Tuesday, July 31, 2012

ESTACIÓN ORTIZ DE ROZAS.



Inventren



ENTONCES LOS TRENES*

    
 *De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


 Cuando los tiempos eran perfectos existieron los trenes.
La estación tenía las tejas rojas, la galería techada sobre el piso de lajas oscuras y yendo hacia el sector de las cargas un ancho camino de granza roja que crujía bajos los pesados botines que usaban los empleados del Ferrocarril.
La construcción era copiada de las facturas inglesas, es decir: aireadas, altas y seguras en todo sentido.
Los ingleses –como los alemanes- llevan el confort en las casas que levantan en cualquier lugar del planeta, según comenta mi hermano, y es fácil constatar. Gran parte de la vida social del pueblo pasaba por allí. Cuántos noviazgos de entonces comenzaron en los momentos febriles en que la ansiedad y el estrépito no dejaban tiempo a la razón y abría un sendero ancho a los sueños.
Los minutos previos a la llegada del tren convertían ese minúsculo reducto en una metáfora que representaba la efusión de la vida, que simplemente daba vueltas, en un carrousel de sueños, angustia y deseo, pero sobre todo en la carcaza de una presunta alegría.
En los minutos previos al arribo del tren todo era conmoción y movimiento. El que siempre llegaba primero era Pepe Faravelli, el cartero. Montado en una pesada bicicleta italiana, de anchas llantas que ruidosamente interrumpían sobre la granza delatora, cruzada en banderola, una gran cartera de cuero crudo para transportar la correspondencia, su uniforme del correo argentino de entonces –azul oscuro en invierno (de lana) y color crema (caqui se le decía) y de lino en verano- silbando sus tangos, eran una marca perfecta, previsible y esperada antes de la llegada del tren. Porque en la oficina de correo tenían un telégrafo que avisaba la hora exacta de llegada. Y no pocas veces el tren se retrasaba motivo por el cual  veíamos ese inmenso reloj bajo la galería como un adorno. La hora exacta de llegada la daba Pepe, el cartero, ya que dos minutos antes, sin desmontar de su bicicleta, subía el veredón alto por una rampa que daba parte a la plazoleta y frenaba con un pie calzado en grandes zapatones de suela de goma.
Había que asomarse entonces al borde del andén y espiar, apostando cuando veíamos el humo y calcular dónde se encontraba. Si venía de Rosario: el “Puente de la vía” y si lo hacía de Río Cuarto, ya en “La Portada”, era perfectamente visible. Antes no, porque lo tapaba la hondonada que hacía el cañadón del campo de los Luppi.
Los que éramos mirones habituales nos saludábamos con una seña imperceptible, casi como una secta de iniciados. Saludar efusivamente a alguien, incluso iniciar una conversación con él, era signo de que el otro venía a esperar un pasajero, tal vez un ignoto pariente.
Las caras más habituales las tengo en la memoria, otros rostros se me escapan y otros, sencillamente los he olvidado.
Pero todos, quien más quien menos, bromeábamos con Juan Cúcaro, empleado del Ferrocarril Bartolomé Mitre, como se bautizó al ex Central Argentino, luego de la nacionalización en  gobierno del primer peronismo. Cúcaro –por lo que recuerdo- vivía allí mismo en un pequeño cuartucho cuya ventana daba a las vías y era el encargado de las cargas. Cúcaro solía repetir “el trabajo dignifica”, y yo nunca supe si lo decía en serio o en broma, dado el tono de ironía que siempre ponía en su voz.
En esos pocos minutos en que el tren se detenía en la antigua estación de entonces, la nerviosa vida bullía, se concentraba alrededor de ese edificio estrictamente inglés en el corazón de la llanura que también llamaban “pampa gringa”. Esos pocos momentos donde el pueblo se despertaba como un saurio dormido: vendedores de helados, fleteros diversos, jóvenes en busca de caras flamantes para soñar esa noche, curiosos de toda laya, y en fin, toda esa densa inquietud que sacudía la modorra en que esa población aletargada y fijada al duro trabajo bullía por breves minutos.
En todos los pueblos de llanura  la gente iba a las estaciones a ver pasar los trenes. Sin embargo los que siempre viajaban coincidían  en que en este pueblo de mi infancia la gente concurría ansiosa en gran cantidad para ver llegar y partir los trenes sin que se supieran los motivos reales de tal afición.
Indagué a muchos mayores sobre esta inclinación ferroviaria de mis copoblanos y obtuve diversas argumentaciones, hasta una que no desecho, pero tampoco tomo demasiado en serio.
Según esta fuente, que me reservo, todo habría comenzado en los años 20 del siglo pasado con la instalación de dos  prostíbulos, popularmente conocidos como “El Queco grande” y “El Queco chico”, y que estaba en un rincón del pueblo, apenas separado por una calle polvorienta por donde nadie pasaba, salvo claro está, los ocasionales clientes, o algún peón de estancia que enfilaba su oscuro hacia su lugar de trabajo.
Cada dos o tres meses venían prostitutas nuevas ( que un eufemismo piadoso llamaba “pupilas” y nunca supe por qué) que reemplazaban a las que estaban.
Entonces toda la población femenina se volcaba a la estación donde las esperaba un “coche de alquiler”, como se llamaba a los pocos taxis que había. Allí la “madama”, o encargada del establecimiento las retiraba y sin dejarla hablar con nadie, directamente las trasladaba al prostíbulo.
Tal la exótica versión que alguna vez me dio una persona mayor para justificar esa tradición de “ir al tren”, como se decía vulgarmente a ese paseo a la estación del ferrocarril en mi pueblo de entonces. Tal teoría nunca fue por mí compartida, pero me parece leal comentarla.
De todos modos, a mí esta costumbre me sirvió para sostener uno de mis primeros sueños y que fue partir hacia otros lugares, conocer nuevas caras, estudiar, y pulsar el nervioso existir de otras realidades.
Y también motivó un pequeño sueño hoy casi olvidado: el rostro bello e impasible de aquella niña que tenía un lunar en la mejilla y que todos los lunes me sonreía desde una ventanilla furtiva, para luego perderse en la llanura infinita sin que yo supiera su nombre o cruzara con ella una palabra siquiera y que hoy es como el símbolo de la fugacidad de la vida.





ESTACIÓN ORTIZ DE ROZAS.





Mi vida contigo *



"Eres mi ciudad y mi montaña.
En ti he nacido, y en ti me he perdido..."


Cuán espesa es la ciudad.


Aún cuando se diluye con lluvias
Cuesta trabajo tragarla.


La vieja estación ferroviaria,
Ortiz de Rozas,
Me lo dice:
Aún no has logrado olvidarla...


Pero es espesa y áspera,
¿Cómo lograrlo?


Las ciudades las hay de dos tipos:
Las que se mezclan contigo
Y las que te escupen.


Ambas son una,
Para que dentro de ellas
Nunca podamos hallarnos.


La vieja estación del Midland,
Ortiz de Rozas,
Bien claro lo dice:
Aún no logramos dejarla...


Pero son tantas
Y en tantos momentos,
¿Cómo habré de lograrlo?


Ciudades como la nuestra,
Desafortunadamente,
Las hay varias:
Con gente durmiendo en las calles,
Con niños impregnados de orines
Pidiendo dinero...


Y cuesta trabajo mirarlas.
Se atoran entre los párpados
Como astillas de vidrio,
Provocan que sangre la piel
Y respirarlas conduce
A un desgarre profundo de tráquea.


La impávida estación
Ortiz de Rozas,
Por eso no vuelve...


¿Cómo lograr evitarlo,
Si aún no he podido olvidarte?


¿A dónde habré de correr,
Si me alejo de ti?


*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com






ORTIZ DE ROZAS*

   
 La mujer ya no era joven. Últimamente le parecía que ya nadie era joven, que los amigos, los vecinos, los parientes, todos habían ido deslizándose junto con ella por una cinta que los había dejado así, arrugados, desplanchados, desteñidos, como esos pantalones de trabajo que se van gastando irremediablemente, salpicados y con alguna que otra recosida para remendar lo que ya no da más de si.
     La ventanilla no deparaba sorpresas. Tras los campos y los postes alguna casita, alguien trabajando el campo, el cielo. A veces miraba el paisaje, a veces se miraba a sí misma etérea en el vidrio sucio, un reflejo de alguien con la mano sosteniendo la cara, el cabello claro, los ojos mirando sus propios ojos sobre el sinfín de la llanura.
     Otra parada. El tren se detuvo y leyó el cartel “Ortiz de Rozas”. Le molestó la zeta. Y la repetición de la zeta en los dos apellidos le sugirió la posibilidad de que la segunda fuese un error, pero no, no creo, se dijo. El cartel era antiguo, alguien lo hubiese corregido. Es raro, se dijo, es raro pero es así.
     La próxima estación era la suya. Bueno, falta poco. Pero después de diez minutos y de que no observase pasajeros subiendo o descendiendo, se preparó para la noticia de que algún desperfecto había detenido el tren.
     Esperó un rato. Miró por la ventanilla. Allá cerca de la locomotora se veía gente en el andén. Bueno, la ocasión de estirar las piernas, la posibilidad de enterarse de lo sucedido. Comenzó a pasar de vagón en vagón hacia el frente, pero luego decidió hacer el camino por afuera, para recibir un poco del último sol de la tarde. El último sol pone pelirrojos a los árboles, estira las sombras, hace que el cielo se transforme en una escenografía.
     Algunos hombres estaban reunidos a la altura de la locomotora. Hablaban entre ellos y uno había encendido un cigarrillo. Cuando ya estaba cerca, un muchacho de campera negra escupió en el suelo. Estuvo a punto de regresar, pero se dijo que toda la vida había escapado ante los gestos desagradables y hoy no. Eso, hoy no. Con los brazos cruzados siguió caminando despacio hasta que pudo ver que en el suelo, en el centro del círculo de hombres, había una vieja motoneta caída de lado, y un hombre con gorra sentado con las piernas abiertas que miraba fijamente sus propias manos. No decía nada.
     La mujer se acercó al grupo y preguntó que qué es lo que había pasado, pero los hombres la ignoraron. Su voz era suave, era vieja, era mujer.  Los hombres ignoran a las mujeres viejas de voces débiles.
     Con las mejillas encendidas volvió a preguntar, "Qué pasó". Uno de los hombres giró un poco el cuerpo y la miró desde arriba pero no se molestó en contestarle. El joven de campera negra volvió a escupir.
     La mujer sintió que se arrebolaba y a la vez una ira avasallante y una avasallante vergüenza.
     “Me caí” dijo el hombre de la motocicleta. Después la miró.
     “No vi el tren, me asusté cuando noté que lo tenía cerca, y me caí” Dijo el hombre que era viejo, que tenía ojos puros y que la miraba. Hacía mucho que nadie la miraba. Ella pensó que este hombre en el suelo la estaba mirando, pensó que le había contestado, notó que él la miraba con la cara abierta como la de un niño que despierta en medio de la noche y vuelve el rostro hallando el de su madre.
     “Sana sana colita de rana” pensó ella. Increíblemente, dijo “sana sana colita de rana” y los dos rieron.
     El grupo de hombres no se dio cuenta de que se había partido una montaña, no notó que el cielo se rasgaba, no escuchó caer las piedras de la torre que se derretía en estrépito. El grupo de hombres no hizo ningún comentario, simplemente levantaron la motocicleta y lo ayudaron a ponerse de pie.
     Era alto, desgarbado, los pantalones le quedaban un centímetro más cortos de lo que debiesen. Ella le arregló un poco el gabán, y mientras se subía a la motocicleta le preguntó que por qué las dos zetas en el nombre de la estación.
     Él no sabía.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com





*


Sigo esperando el tren
lo peor es no saber de donde vienen
los inviernos
no soy esa que teje mientras él visita puertos
el recital de Maná no me inspiraría nunca


...


me pregunto que espero
a veces
como para destejer desencuentros
teje y desteje
teje y desteje
sentada
aburrida
ni siquiera ve la nieve



*****

sin embargo sé que algo espero
late el tren
el cimiento
tirantes
maquinista y tiempo
debe ser el invierno


*****

abrazos abiertos
que solo juntan viento
tiembla la distancia
se arrodilla el silencio
nada que un vodka no enfrie aun mas
porque lo cruel es tener el presentimiento
de que algo espero


*De Maria Florencia Tous. florencia.tous@hotmail.com






Unas vidas sin vuelo ni canto*


El criadero de gallinas queda a unos 300 metros de la estación Ortiz de Rozas. Cuando se viene viajando ya a lo lejos se distinguen los enormes galpones. En Ortiz de Rozas hay poco para ver más allá de la estación: casas dispersas, un almacén de campo donde se puede conseguir casi de todo. Y la granja.
Este criadero es una parte en la división de trabajo de la gran industria. De la gran fábrica traen los pequeños pollitos. Aquí se le cortan los picos a los pollitos para que no se lastimen entre sí. Se les administran vacunas, Vitaminas, un alimento balanceado especial para el engorde. Permanecen bajo estos galpones donde no hay diferencia entre la noche y el día hasta que tienen el peso suficiente para ser sacrificados y refrigerados.
Desde que trabajo en el criadero pude vivenciar de cerca lo que es el sufrimiento animal. Hasta deje de comer pollo industrializado.


Al principio el piar de las aves era enloquecedor, después a fuerza de costumbre y necesidad fuí transformando ese ruido que llegaba desde los galpones en un sonido lejano del mar. El mar yendo y viniendo. Golpeando la indiferencia eterna de las arenas.

El horario de trabajo es de 7 a 19 horas. El nuevo ferrocarril Midland es rápido y puntual. Mi casa queda a casi dos horas de viaje en tren. Con 16 horas fuera de casa es lógico que mi casa funcione como dormitorio. Ni siquiera cocino de lunes a sábado. Al mediodía tengo media hora para el almuerzo, salgo a caminar para ver el sol hasta el barcito de la estación, como. Cuando regreso del trabajo voy a la casa de comidas y compro la cena de ese día. Los lunes llevo canelones o ravioles, el martes estofado, los miércoles porciones de tarta, el jueves milanesas con papas fritas. Los viernes son de empanadas o pizza. Los sábados a la noche el menú puede variar según si voy a cenar en soledad o viene María José a quedarse hasta el domingo a la noche en casa. El domingo es el único día que en los hechos dispongo para tener "una vida". La frase se la debo a María José, cuando la conocí en su trabajo me impacto cuando la oí decir "además de esto, tengo una vida". Enseguida sentí el deseo de ser parte de su vida. Lo logré.
Las horas de viaje en tren me espacio para compartir charla con conocidos o leer o simplemente entregarme a la compañía de ese alter o mellizo que es la voz interna que acompaña a cada cual en su viaje extendido por la vida.
A veces son estallidos de imágenes internas las que veo. Durante un tiempo no podía dejar de ver la imagen de mi padre -ya anciano- picando cascotes debajo del nogal que el mismo plantó.
En uno de los viajes hice amistad con el arquitecto Jerome Ricardo Klepka que viajaba hacia la estación Corbett, donde tenía el encargo de la obra de reconstrucción de la estación y su entorno con una enorme libertad para intervenir en todo el proyecto con su visión de artista.
En uno de los viajes compartidos me recomendó la lectura de "Donde mejor canta un pájaro" de Alejandro Jodorowsky, que le resultó iluminador para pensar la historia de su vida. Klepka era hijo de un inmigrante polaco que llegó a la Argentina -al igual que mi padre italiano- después de la segunda guerra mundial. Su padre nunca quiso volver a su patria y si le preguntaban tenía una respuesta invariable: "Polonia es dolor". Una persona puede tener muchas conversaciones con otra pero alguna  queda imborrable en la memoria, ocurrió cuando Jerome dijo: un día de mí vida se encontraron la imagen de mi padre en sus momentos de sufrimiento y la descripción del Cristo sangrante, crucificado, derrotado, que cuestiona tan bien Jodorowsky en su libro. Si hay algo a los que los seres humanos deberíamos temer es a estar derrotados en la vida.

Cuando el arquitecto terminó su obra en Corbett no volví a verlo.


***

Hace unos días que mis noches están atravesadas por sueños raros.
En uno de ellos hablaba con Pablo -gerente creativo y mi jefe-. Pablo es inflexible con sus empleados. Aunque lo diga de modos diferentes, su mensaje es siempre el mismo: "problema tuyo". Es un hombre frontón, su trabajo es que las cosas marchen sin que nadie le lleve problemas y si alguien le lleva problemas los devuelve. Sin embargo, Pablo era extrañamente contemplativo conmigo.
Me sorprendí cuando oí mi voz diciendo "No tengo nada más que hacer aquí". Ahí me desperté.

A la mañana siguiente mientras viajaba en tren leí ese aviso clasificado.
Sentí un sobresalto inexplicable. Hace días que voy al trabajo con una sensación de angustia sin palabras. Hasta recorté el aviso:

"Sereno para criadero de gallinas. Horario de 7 a 19 horas. Hasta 55 años.
Presentarse en granja MaxiRozas. Estación Ortiz de Rozas. FC Midland”


*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com







 VERDADES REVELADAS*


     Todos los días mirando a los otros incorporaba sus reacciones y sus respuestas le permitió asimilar realidades de vida.
Ahora tenía tiempo, estaba sola y abarcaba el egoísmo y el desinterés  de todos hacia su persona.
     El decir ¡BASTA! le dio la pauta, siempre habían estado a su lado como pájaros o gallinas que la rodeaban porque les daba de comer.


*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






"El Tipo"*


El tipo se me quedó ahí.. adentro
como en un estado latente,
de otra dimensión... aprisionado
con una edad bastante menor a la mía

y una angustia que amenaza con devorarlo.


Se quedó ahí y me acecha
lo siento desconcertarse frente al espejo
cuando no encuentra reflejado su rostro
"no soy ese" repite, "no soy ese!!"
"porqué envejecés así!!"

Pero lo peor sucede cuando te percibe
cuando mi memoria dibuja de un trazo de tu risa
o tu voz me sube al oido desde una estrofa,
entonces es como si quisiera tomar el control
"llamala, levantate y llamala!!" me grita


Las pastillas lo aplacan,lo amansan
y sólo se tiende a lo largo de mi mente
reiterando imágenes, paisajes que te traen
y te vuelven a llevar acompasadamente


Pero a veces logra desbordar mis controles
y te ofrece canciones, o te escribe correos
tiñiendo de nostalgias mis tardes de oficina;
reacciono como un carcelero insensible,
lo desdigo y vuelvo a encerrarlo


Lo dejo agotar su furia pidiendo que se le pase
todo tiene que pasar alguna vez, lo sé
como esa hermosa juventud repentina
con la que me bendeciste estos meses
y ahora me rasguña las telas del alma
queriendo entrar y quedarse, para siempre.


*De Victor G.Turquet victurquet@yahoo.com.ar







A La buena de Dios*



La sala de espera de la estación está desierta y sucia, como de costumbre. El guarda de trenes Carlos Ruiz entra con andar pesado y se sienta en uno de los ajados bancos de madera. La vida le pesa sobre cada centímetro de su cuerpo, como si la presión atmosférica a su alrededor hubiese aumentado de manera inexplicable desde hace ya varios días. Ni siquiera él puede identificar lo que le pasa. Sabe que es algo denso, que lo atormenta desde hace un tiempo, experimentando el insomnio por primera vez
en su vida; pero no mucho más. ¿Será esta inusual falta de actividad ferroviaria? Hace varios días que no circula ninguna formación.
         Oye unos rumores en el andén y alza la vista, que yacía clavada en el suelo. Una extraña figura lo sorprende, con un miedo repentino y fugaz, recortándose contra el vano de la puerta de la sala de espera. Se halla montado en una bicicleta, luciendo unos pantaloncitos y una remera de manga corta muy ajustados y de colores chillones, además de unas diminutas antiparras y un oblongo casco azul muy particular. Vestimenta que sólo volverá a contemplar -azorado, al recordar este preciso hecho ocurrido en la estación- dentro de unos quince años, cuando sus sobrinos la vistan orgullosos para correr en la pista de concreto del circuito K.D.T.
         El recién llegado espía hacia dentro, buscando encontrar a alguien, y sonríe al descubrirlo. Se levanta las antiparras con ambas manos, revelando un rostro fresco y muy joven.
         -Disculpe, Jefe -, le pregunta, afable. -¿Por dónde me aconseja ir para llegar hasta la estación de Morea?
         Ruíz duda al escuchar esa voz que pareciera llegarle desde muy lejos, pero un momento después se incorpora, acercándose con paso cansino hasta la puerta, observando al extraño de cerca.
         -Son unos cuantos kilómetros. ¿Le parece que podrá llegar?
         -¡Claro, hombre! Por eso le pregunto. Además, quiero hacer ejercicio.
         -Mire, puede salir por allá -, y emerge hacia el andén, extendiendo uno de sus brazos hacia el extremo más apartado de la estación. -Siga siempre paralelo a la vía.. O mejor, tome directamente por la vía. A unos tres kilómetros se va a encontrar con una curva cerrada, después tendrá que
sortear el puente donde cruza la ruta 40 y las vías del Provincial. En cuanto baje del puente, retome el camino, el resto es puro campo, hasta que llegue, a unos siete kilómetros, al empalme Ingeniero De Madrid.
         -¿Está seguro de que vaya por la vía?
         -Ya casi no circulan los trenes -, y se sorprende de poder confesar esto en voz alta, como si un nudo en la garganta le hubiese obstruido la respiración durante días. -El de las 7:52 se canceló. De la formación de las 9:07 no tenemos noticias. Para serle franco, parecen haber cancelado todo desde el fin de semana. Tampoco hay maniobras programadas, así que. ¿Qué quiere que le diga?
         -¿Y la distancia total hasta Morea, por las vías, de cuánto es?
         -Mire -, calcula Ruíz. -Debe tener unos... 40 o 45 kilómetros, más o menos.
         -Muy bien. ¡Muchas gracias!
         El extraño de la bicicleta, embutido en su ridículo atuendo, le vuelve a sonreír mientras se acomoda las antiparras, y se aleja pedaleando, perdiéndose a lo lejos. Ruíz se estremece, como si algo inusual lo hubiese rozado; algo inexplicable, hasta casi peligroso. Pero es sólo un momento; la
depresión vuelve a ganarlo muy pronto.
Los trenes se han detenido. ¿Qué habrá pasado? Y aunque llega a pensar lo peor, su mente intenta divagar hacia cualquier lado, evitando lo impostergable. El silencio, apenas perturbado por el piar de los pájaros, vuelve a amortajarlo.
Hasta que otra figura se asoma por la puerta, esta vez decidida, como si fuese su propia casa.
-¡Don Carlos! ¿Qué anda haciendo por acá?
Es Jesús Corrado, el sociólogo renegado, que harto ya de leer a Marx, Durheim y Heidegger, decidió canalizar su antigua pasión por los trenes -además de acercarse a los reales problemas del pueblo, sin caer en el discurso de barricada de la "Jotapé" o de la izquierda más ortodoxa, tan en boga en estos tiempos-, y se conchabó como señalero hace un par de años.
Ruíz apenas esboza una sonrisa aletargada. No llega a decidirse si la presencia de Corrado es una bendición divina para ahuyentar a sus fantasmas, o si preferiría quedarse solo, sin ganas de hablar con nadie.
-Creo que todavía queda algo de yerba. ¿Por qué no calienta la pava y ceba unos mates, Jesús?
-Tiene razón, Don Carlos. Parece que no queda mucho más por hacer.
-Seguir esperando, capaz, ..a que avisen desde Puente Alsina. Pero,.. ¿para qué? -. Hace una pausa, negándose a pronunciar las fatídicas palabras que, ahora lo sabe, no lo dejan dormir. -Si pareciera que nos han abandonado a la buena de Dios.
Corrado se aleja en silencio. La pava se calienta. El mate es ensillado. El ex-sociólogo regresa junto a su compañero y ceba sin decir mucho, apenas un comentario al pasar. Las palabras escasean, como si decir algo fuese tan inoportuno como las frases pronunciadas junto al cajón del muerto, ahogados por las coronas de flores, en medio de un velorio. La sala de espera se torna inmensa, sucia, deshabitada. El tiempo se derrama con una pereza exasperante. Las horas se vuelven exactamente iguales unas a las otras.
Corrado llega a pensar, con cierto ánimo fatalista, que parecen haber sido tragados por una fuerza desconocida, como en esa serie de TV que a veces ha visto, "El túnel del tiempo", y ahora reposen en un limbo temporal donde quizá en vano aguarden por el milagroso resurgir de la campanilla del
teléfono, anunciando la continuación del servicio ferroviario del ramal Puente Alsina - Carhue, perteneciente al FF.CC. Midland, de trocha angosta, y ese sólo sonido los preserve, en un único segundo, de la muerte.
Entonces, casi a la hora de la siesta, cuando el mate ha sido ensillado ya varias veces, y ambos hombres parecen querer levantarse para echarse una siesta fingida, que jamás les permitirá cerrar los ojos, el inusual timbre de una bicicleta resuena sobre el concreto del andén.
Ambos se ponen de pie de un salto, con las miradas iluminadas, respirando un aire diferente. Se asoman a la puerta, y ven a un cadete del Ferrocarril que se apea del vehículo y les pregunta:
-¿El Jefe de Estación, se encuentra?
-No. Está de licencia -, alcanza a mascullar Ruíz.
-Bueno, firme Ud. Es lo mismo -, responde el cadete, extendiéndole una planilla con una lapicera, y hurgando en una bolsa que lleva colgada del hombro.
Cuando Ruíz le devuelve el comprobante, el muchacho le extiende un telegrama lacrado, saluda con un gesto de cabeza, y se aleja rápidamente. De seguro, tendrá otros destinos ferroviarios que atender, antes de que anochezca.
El guarda abre el envío, ante la curiosa mirada del señalero. El mensaje es escueto:

"CIERRE RAMAL PUNTO
JUNTAR HERRAMIENTAS PUNTO
CERRAR ESTACIÓN ORTIZ DE ROZAS PUNTO
PONER CANDADOS OFICINAS PUNTO
PRESENTARSE ESTACIÓN PUENTE ALSINA PUNTO
COBRO DE HABERES PUNTO
CINCO DE JULIO 1977"

-Tiene fecha de hoy.-, balbucea Corrado, sin darle crédito a sus ojos.
-No -, lo corrige Ruíz, al borde del llanto. -Es de ayer.


*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar






ESTACIÓN DE LOS ECLIPSES DE AGUA*


“Y ya no sé si a ti te estoy mirando, o si contemplo el cielo”
VICENTE GAOS



La espuma desborda por el lecho.
Esta pasión por el río y la piedra es la  misma.
No, no es el mismo Río. Pero muerde la pasión.: ay
Imposible desnudar la luna de metal
Esta piedra que Sísifo lleva. Es la misma.
Una y otra vez. No es el mismo camino. No.
Imposible limpiar la hulla que deja el agravio.

Una lluvia de hollín cubre recodos, esquina y rincones.
Y ella aquí, hurgando basurales.
No, no es el mismo basural.
Imposible acortar los pasos del hambre.

El hambre es el mismo.
Es el mismo dolor. La misma estaca.
Ella, misma. No lo es ni lo será .Nunca.
La espuma, otra espuma, la misma.
Quema como  odio  hirviente.
Y no hay lluvias. Ni nidos. Ni pájaros.

Las cicatrices denuncian que la luna es el quinto satélite.
Pero tiene  cuatro fases y  metal hirviente.
Y penetra, penetra en todos los espacios libres.
Y hay eclipses que borran hasta las mismas sombras.
Y la luna no es la misma luna. Ni él, el cielo.
No, no hay lugar entonces.
No hay lugar para él, el mismo, otro.
Territorio primigenio de los desamparos.
De los desamparos… y los desamparados.

La espuma cubre las cuatro estaciones de su luna.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar




***


Inventren Próximas estaciones:

ARAUJO.
-Por Ferrocarril Midland-


BLAS DURAÑONA.
-Por Ferrocarril Provincial-

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/


Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.


-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:


 BAUDRIX.  EMITA.  INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:


BLAS DURAÑONA.   LUCAS MONTEVERDE.   EMILIANO REYNOSO.

SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS.

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

  ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.

ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


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