Saturday, July 07, 2012

NO ES BUENO DEJAR EL CORAZÓN A LA INTEMPERIE...


El Gambursino*


Les gusta contemplar el movimiento de las olas desde lo más alto de los acantilados, mientras sus melenas hirsutas son atusadas por el viento del norte, y sus antenas , normalmente enhiestas en dirección al cielo , se balancean con un vaivén constante y monótono, como si de una danza se tratara.

En los días de viento son muy pocos los Gambursinos que no usan fijador.


*De Joan Mateu. joan@cimat.es





NO ES BUENO DEJAR EL CORAZÓN A LA INTEMPERIE...






BESOS DE TRAPO*


"No olvides que el primer beso no se da con la boca sino con los ojos.."
Bernhardt



No fue primero el beso.
Fue una historia compartida.
Hembras que eligieron:
Su sierpe, su retoño, su rama.
Sin tronco.


Luego vino un destino de trapo.
Trapos colonizados.
Y una luz. Y una espera, Y una flecha.
Una irresistible necesidad de vida.
Y se unieron. Piel a piel.
Fieles a su especie.


Y llegó el beso. Se dio con la mirada.
Se sintieron. Honda. Profundamente.
Con la seriedad que da el deseo.


Después,  se entrecruzó el empalme.
La ternura atenuó el deseo.
Eran solo un macho y una hembra,
Entregados, sencillamente  a esa costumbre.
A esa necesidad de ser humanos.
Simplemente. Eternamente. Humanos

*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






La mujer sin sombra.*


Ella  reparte cada mañana a torcazas y gorriones –en migas– su corazón de pan.
Ellos devolvieron ese amor comiendo de su sombra.
Un día, ella desapareció.


*De Miryam Seia miryamseia@cablenet.com.ar





*


Como tus labios,  cerca.


En.
              
              Sobre.
                                  
                                   Dentro.

Como tu boca, 

a la espera de la mía

Indaga.

Busca dar forma  a lo que (igual que  el hombre)  aún no se define.

Así te conozco, así te sé.

Aguardo,

                     a través,

                                                a pesar tuyo.


Me  sorprendo, 

                                te fascina

                                                               Permanezco.



*De Graciela Tubino. gtubino@fibertel.com.ar








*


No es bueno dejar el corazón a la intemperie
me habías dicho,
justo en el momento
en que yo guisaba el mío
en tu olla de silencios..


...

Anduve descalza un rato más
y acabé de cocinar entre otras cosas
y no fue querido mío
porque lo femenino de mi cerebro
tardara en procesar el mensaje
adiós es una palabra ineludible
en alemán, giglico, hebreo, olmeca
o chinobasico.
Dejé caer en mi cartera el labial
que hasta ahora solía visitar
tu cenicero, el antifrizz,
mi cepillo y la lasciva
ternura con que tu lengua
solía andar mi nuca,
seis hebillas, la antiage y el único
aro que quedó de tus incursiones a mi oreja.
Guardé y doblé obsesiva como soy
los recuerdos por orden alfabético.
lavé-tendí-sequé-estiré-planché tu nombre
para que « la por venir » no advirtiera
las huellas de mis dientes,
debo admitir no fue cortés dejarte
la tarea de enduir las marcas
de mis gritos y mis uñas
en la pared.
Me voy, me fui
alzando brevemente una mano
que tu espalda nunca llegó a ver
y es que jamás hubiera osado distraerte
de la jugada genial de Lío Messi
o de esa manera tuya de acordarte
de las madres de los árbitros.

Ya verás cuando abras o cierres la heladera,
con la lata de Stella en tu mano,
la nota amarrada al ancla esa
que cambia de colores
con los vaivenes meteorológicos
(recuerdo de Santa Clara)
y que reza:
"las cuentas de este mes
yo las cancelo,
me alcanzas tu parte cuando
y como puedas"
P.D.: ."ya no importa el pote
enorme Estilo Actual La Serenísima
con que prometiste untarme
para mi cumpleaños.
Te dejé bajo la almohada
esa diminuta tanga blanca
de encaje que al final no estrenamos
y aquel lunar levemente a la derecha
que te gustaba tanto"



*De Alejandra Morales.





Son sueños pero actúan*


 *Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com




Minifalda


No acabaríamos nunca si nos dejáramos llevar por todos los ensueños.
Abrís tus pensamientos, desnudo. Entra la mujer con minifalda negra, fuera de reglamento. Después de un tropiezo y confusión dejás que la mujer avance y retroceda en tus propios deseos. Tras abrir levemente la boca la mujer se precipita y se dirige hacia un sitio de asientos vacíos donde encuentra un lirio rojo. La perdés de vista entre elásticas y blancas texturas. Varios minutos después, la volvés a encontrar con un cigarro en la boca y los éxtasis por toda vestimenta. Predica sobre cosas que no existen delante de la estación Saint-Lazare, desnudamente.



Pies y manos


Se sabe muy bien que para habitar el ensueño hay que estar desnudo. Sucede esto: el cubo mágico cambia los colores mientras escribimos un poema interminable. Me mostrás uno por uno los dedos de tus manos. Te muestro uno por uno los dedos de mis pies. Los sueños son sueños pero actúan. Incluso en el momento menos propicio. Los ensueños son redes de pescar perfeccionadas que atrapan entre la multitud a los peces soñantes. Y uno, que estaba en medio de una conversación muy importante, desaparece. Una, que viaja detrás del conductor, se evapora. Y dado que en el terreno de los sueños las distancias se esfuman como por ensalmo, desde la red estirás la mano y abrís el Portal de Mercaderes. Saco un pie y llego hasta El Zócalo. Gigantes y hermosos, cubiertos de oníricas escamas, compramos con monedas invisibles un lirio de oro.



Novia


Curiosamente, a los ensueños se los puede perseguir sin fin. Somos unos cuantos desplazándonos en medio del tumulto. Hacia nosotros viene, en medio de la gente, una novia de la noche anterior que sólo conserva el velo. El tatuaje debajo del ombligo nos mira fijamente y despliega su lenguaje de dragón. Un pájaro se precipita sobre nuestros pensamientos. Aunque es inmenso, el dragón diminuto, habla con voz de niña. El tiempo brota y los átomos se reúnen en la plata Tahrir atestada de revueltas y ensueños. La novia se detiene delante de la estación Sadat, se arranca el velo, ahora, y a lo largo de los siglos por venir. El dragón se pone de pie debajo del ombligo y nos incendia.



Fuente


Hemos entrado en el dominio de los ensueños. Hombre y mujer no pueden unirse tan fuertemente más que en las imágenes poéticas. Las raíces de sus sueños se entremezclan como todo lo que es lejano y desnudo. La cinta del vestido de la mujer se mueve como un océano. El hombre atraviesa a pleno sol la plaza de Cibeles y merodea por el cuerpo de la mujer hasta llegar a una zona que es memoria, fragmento y azucena. Se humedece el mar donde copulan los peces. Junto a la fuente, el hombre recoge el lirio real como si fuera el lirio imaginario. La mujer, transportada por un carro de piedra y cosmos, se deja soñar, a la vez que sueña, desnudamente.



Fotografías


En los ensueños todo es matiz. El suave escándalo de las fotografías de la desnudez te rescata de los días apagados. Los sueños deambulan desnudos por la Plaza Mayor, por las escaleras del edificio, suben al taxi, se sientan junto al conductor que los ignora, bajan haciendo gestos de leyendas. Por costumbre, o por sabiduría de su sangre, los ensueños andan con igual tranquilidad en los espacios de luz y en los espacios de sombra. De todos los sueños que me desnudaron estoy segura de que estos, constituidos de tierna paciencia, fundados en la textura del lirio, son los primeros que me llevan al principio de la lluvia.



Beso

Todas las imágenes imaginan demasiado. Ella dice que va a ducharse de nuevo antes de volver a la China. El intenta besarla y ella se resiste porque no están en la rue Royale, ni en la luna, ni en el fondo del río. Luego, por las mismas razones, se entrega a un beso más largo que la memoria, más largo que la noche y que los cuerpos. Un beso del que ya nunca va a despertar. Besándose entran en un resplandor de Hopper y vuelan hasta un color de Chagall. Besándose caen en el lirio de O' Keeffe y ruedan como amantes de Rodin. Ese beso bacanal, que va desde los labios hasta Pekín, desde los dedos hasta la aurora, desde el ombligo hasta el sol, desde los pies hasta la sombra, es un beso de origen y destino. Aunque los que nunca han besado no creerán jamás en el vaticinio de los peces.



Sustancia

Para un alfarero la piedra es la materia de su poesía. En cambio nosotros, nosotros somos sustancia de sueños. ¿Quién nos ha visto? ¿Quién ha dado con nuestra materia? Como ocurre con tantos seres del mundo, nuestros nombres son más conocidos que nuestro ser. Nuestras huellas, más visibles que los pies. ¿Quién distingue entre vos y otro? ¿Entre otra y yo? Algunos dicen que vos has emigrado al norte y que yo he partido hacia el sur. Dicen que no habitamos el mismo espacio, ni el mismo tiempo. Pero a nosotros no puede sorprendernos que nunca nos hayan visto, porque tal poder de ocultamiento lo hemos practicado aún ante nuestros propios ojos.



Lirio


Es tarde para dejar de soñar. El sueño ocurre en cualquier parte. En la terminal de ómnibus, en la muralla China, en el bar, en el museo, en la puerta del diario, en la Bastilla. Ocurre antes de que los poetas nos atravesaran la garganta, incluso antes de los sofismas de la soledad y su lenguaje. Dentro de seis meses o tal vez mañana seguiremos siendo una mujer, un hombre, una humanidad, una historia narrada y su ulterior transparencia. Es tarde para no escuchar la delgada voz del viento. Es tarde para no recoger el lirio, para no volver de esto, enriquecidos.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/13-34561-2012-07-07.html








Cosas de amigos*



*Por Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar


José y Claudio, amigos desde la escuela primaria. Se ven cada tanto. Una o dos veces al año. Se cuentan sus problemas, intercambian algún consejo y siguen cada cual con la vida en la mochila al salir del café. En el último encuentro José llega rengueando. -Una Hernia de disco. Tras meses de buscar explicación a dolores que migran por ahí, pero cerquita de la cintura.
Claudio le dice: No puedo más, me voy a separar de Graciela. No es compañera, no me ayuda con mis viejitos, ni una palabra de sentimiento. Y hace meses que vivimos en discusiones.
José intenta hacerlo desistir: no sabes lo que es la calle, es peor que un desierto. En un momento le dice con tono de desesperación: -Mirame, soy el espejo de lo que no tenes que ser ni ahora ni en un futuro. No te quedes sólo a los 50. No te vayas a vivir con tus viejos aunque sientas que te necesitan. Aunque tu mujer siga con la guerra de los platos voladores. Entra a tu casa con casco pero no te quedes solo.
José, que nació en Galicia y llegó a la argentina a los 6 años, vive con su madre anciana. Ahora esta casi encerrado en el dolor, ni los remedios ni la kinesiología parecen ser efectivos.
-Y si me pasa algo no tengo a nadie que se ocupe de ir a escuchar el parte medico.
Claudio retruca: -No estoy seguro de que Graciela me acompañe si me enfermo.
Lo mío, ya hace rato que es una ficción matrimonial. Más de un mes sin sexo.
José, piensa en la imagen de Graciela, 45 años, un aire a Jennifer López y un culo impresionante.
Ni se anima a decir lo que piensa.
Supone la respuesta de Claudio: -Hermano, pero con el culo solamente no haces nada.

Claudio continua con el relato, José se ha perdido una parte abstraído en sus pensamientos. Casi todos los días tenemos gritos, los platos vuelan y se rompen seguido. Ni me da para preguntarle porque llega a cualquier hora y me ignora como si fuera un mueble más de la casa, o mejor dicho: como si fuera la cómoda de la abuela que esta tirada en el galpón.

Desde un televisor situado en la esquina se escucha una frase recortada de una publicidad que repiten una y otra vez, pero ellos escuchan esa parte y rien:
-No veo la hora de que llegue el iceberg y terminemos con todo esto.

José no se queda atrás con la desdicha confesada: -¿sabes cuanto hace que no duermo con una mujer? -Mucho, quizás un record mundial. Ni lo vas a adivinar. Años. Desde el final de la relación con Cecilia.


***

Así siguen. Van cinco horas desde que entraron al bar. 3 cortados. Un te con miel. Un te de tilo. Ni José logra que Claudio intente mover algo para salvar su matrimonio. Ni Claudio consigue que José crea que su vida puede salir del abismo de la desdicha y soledad. Hasta que harto de seguir la cuestión a distancia Javier -mozo y estudiante avanzado de psicología- decide intervenir. -Amigos, nunca opino de los problemas de los clientes, pero esta vez creo que ustedes van a aprovechar el consejo- Necesitan tomar distancia. Prueben ubicarse en otro lugar, verse "como de afuera".

Claudio y José agradecen. Ponen cara de "lo vamos a pensar". Javier se va a atender otra mesa.
Después de horas de estar empantanados y no ver una lucecita, Claudio tiene una ocurrencia: ¡Un enroque! ¿Qué...?
-Si, un enroque, venite una semana a casa a vivir con Graciela, yo iré una semana a vivir con tu madre y prometo que le daré la bolsa de agua caliente a la hora de irse a dormir.
¿Y yo que tengo que hacer? arriesga José.
-Llévate una muda de ropa y  los remedios para la hernia, a la noche - si te lo permiten- dormí en la cama matrimonial con mi mujer. Es fría como el mármol. Si en una semana conseguís tener un ratito de sexo serás un ídolo.
Después de una semana de distancia veremos si las cosas mejoran.
Antes de partir acordaron algo más: que cada cual llevaría un diario con lo significativo de la experiencia vivida en la casa del otro.

Aunque Javier no ha seguido el rumbo de su consejo puede ver al fin gestos de convicción y alguna expresión de alegría en el rostro de los amigos.







COTIDIANO*



Lavo las tazas de la merienda
y algún plato postergado del almuerzo
la esponja en la mano
... siempre encuentra una mancha que frotar
en los cerámicos...
Bebo con festejo materno
el café quemado y dulce
que me hizo Alejo.
Leo el "mododeuso" de algún menjunje
quita-frizz y lacio extremo y repito
varias veces la palabra stearamidoproyl,
que siempre es bueno saber cual es el componente activo.
Insisto con tozudez taurina en disciplinar
a fuerza de apresto a la empacada arruga
de mi camisa de seda.
Atardece y una mariposa que no sabe
la hora anda aun sumergida en los cálices
de esa ostentosa flor roja que vive
a mitad de mi patio...
Me unto con el barro-capilar a la espera
del milagro... lavoplanchoordenofriego... y recuerdo
tu lengua (esa otra mariposa) libando en mi.


*De Alejandra Morales.






Y ahora no estoy*



 *Por Juan Forn


Weldon Kees llevaba un poeta adentro. El problema es que también llevaba adentro al contribuyente respetable de Nebraska que hubiese debido ser, que tanto temía ser. Era hijo de ricos, boy-scout, era igualito a Howard Hughes, escribía, pintaba, tocaba el piano, filmó películas, pero el que lo tenía delante veía sólo decoro y opacidad. El poeta adentro se desgañitaba gritando, pero de afuera sólo se veía a un vendedor de seguros. Elizabeth Bishop lo llevó una vez a Kees a visitar a Ezra Pound al psiquiátrico y éste gritó al verlo: "¿Para qué diablos me traes a un vendedor de seguros?" Lo conocieron todos, en las dos costas, pero todos se dieron cuenta tarde, cuando Kees ya se había esfumado en el aire, a los cuarenta y un años, el 19 de julio de 1955: la policía de San Francisco encontró su Plymouth
abandonado, con las llaves puestas y la puerta abierta, al lado del Golden Gate. En su departamento encontraron unas medias puestas a secar en el baño y al gato. No estaban ni la billetera ni el reloj ni la bolsa de dormir de Kees, pero la cuenta bancaria, con ochocientos dólares de entonces, quedó sin tocar. No había nota suicida. No había suicida tampoco. Alguien dijo que sus últimas palabras conocidas habían sido: "Está todo mal. Puede que tenga que irme a México". Y empezó el mito.
Hay que contarlo más ordenado, pero es imposible. Kees salió de Nebraska detrás de una chica de la que se había enamorado. La siguió por tres universidades (Berkeley, Denver, Chicago), se casó con ella y con ella llegó a Nueva York. Se llamaba Ann Swann y era un cisne. Un cisne que bebía como un cosaco. O, según le escribió Kees a Conrad Aiken: "Como Talullah Bankhead y Malcolm Lowry juntos". Pasó trece años con ella, uno o dos fueron buenos, aunque era difícil recordar cuáles. Nunca le faltó trabajo: publicó en The New Republic antes incluso de llegar a Nueva York, Clement Greenberg le cedió su lugar como crítico de arte en The Nation, se lo llevó Time a escribir de música y de cine, logró colar cuatro poemas en The New Yorker, cuando vino la guerra hizo unos famosos montajes de noticieros, después de
la guerra se puso a pintar, más bien a hacer collage, y llegó a colgar junto a Picasso, Mondrian y De Kooning en la galería Koots de Nueva York. Pero luego de siete años en la ciudad, un día le compró un Plymouth usado a Mark Rothko, lo bautizó Tiresias, y enfiló hacia la Costa Oeste junto a su cisne.
En Berkeley él se puso a hacer cine experimental y ella entró a trabajar en la clínica de desintoxicación Langley Porter, donde terminó internada. Sólo entonces se animó Kees a pedirle el divorcio. Menos de un año después la policía iba a encontrar su Plymouth abandonado junto al Golden Gate.
A los veinticuatro años, cuando se sentía el empapelado de la pared en Nueva York, Kees escribió: "No estoy haciendo lo que quiero. ¿Hay alguien haciéndolo?" Tres años después, juntó treinta y nueve poemas en un libro, que se publicó sin pena ni gloria en medio de la guerra, pero le permitió por fin encontrar la voz que hablaba en su cabeza. El último de esos poemas, las instrucciones de un programa de matiné de cine, decía: "Sólo pedimos algunas cosas / el pochoclo debe tragarse rápido / los chicles pegarse
debajo de las butacas / y notarán que no hay puertas de salida / una precaución necesaria". Los poemas de Kees van a ser siempre, a partir de entonces, susurros inquietantes que alguien sopla al pasar en nuestro oído: nos muestran por un instante otra vida como si fuera atrozmente nuestra, nunca se sabe del todo quién nos habló.
Dije que Kees logró colar cuatro poemas en The New Yorker. Fueron los únicos que le publicaron en la vida y todos tenían un mismo personaje, un tal Mister Robinson, que era todo lo que Kees temía ser y creía que estaba condenado a ser: la frustración americana en traje gris y vaso de whisky y el agujero de la noche por delante ("Decisiones: ¿Toynbee o Lumitol?"). Hay quien dice que Anne Bancroft leyó esos poemas para imaginarse qué clase de marido tenía Mrs Robinson en El Graduado. Yo me lo creo. De aquellos cuatro poemas largos de The New Yorker, Donald Justice eligió seis líneas y con ellas armó un poema de homenaje a Kees, cinco años después de su desaparición. Además prologó y consiguió editar doscientos ejemplares de los poemas reunidos de Kees en una colección de poesía regional de una editorial universitaria de Nebraska. No los leyó nadie salvo tres o cuatro poetas, pero entre esos tres o cuatro estaban Robert Lowell y John Berryman. Menos de un año después, Lowell incluía a Kees en su poema "Last Night", que va contando famosamente los suicidios o autodestrucciones de los poetas de su
generación, y Berryman usa de modelo al Robinson de Kees para sus celebrados "Dream Songs". Los poetas jóvenes copiaron a su manera: ellos también pusieron a Kees de personaje, pero siempre en México, todavía vivo, mirándolos de lejos, purgando su condena, o por fin liberado, o simplemente
borracho de mezcal.
Para enrevesarlo todo aún más, el veterano Pete Hammill escribió en 1987 una larga nota contando que a los veintiún años, cuando andaba de juerga en México, se cruzó una noche en una cantina con un americano cuarentón, barbudo, vestido con un poncho de Oaxaca, que trató de convencerlo de que
Willem de Kooning era el mejor pintor viviente y que el mejor cine del mundo era la trilogía conformada por El Ciudadano, Sunset Boulevard y las películas de Chaplin. Luego de vaciar juntos diez botellas de mezcal, el desconocido se perdió en la noche sin despedirse. Cuando Hammill volvió a Nueva York y conoció la leyenda de Weldon Kees y vio las fotos, reconoció en ellas a aquel barbudo bebedor de mezcal. Se pasó treinta años contando la anécdota en privado hasta que se decidió a publicarla en el San Francisco Examiner. En esos treinta años había hablado con tanta gente sobre Kees que conocía todas las historias y reconocía que la más probable de todas era que Kees se hubiese suicidado (según el cisne Ann, su marido se pasó todo el matrimonio hablando de matarse y ya una vez había tratado de saltar desde el Golden Gate, "pero dijo que la baranda estaba demasiado resbalosa y no logró subirse"). Hammill sostenía, sin embargo, que si existía algún lugar en el mundo de aquel entonces adonde uno podía ir a vivir su propia muerte, ese lugar era México. Hammill le oyó decir al presunto Kees aquella noche que estaba escribiendo un libro sobre suicidios famosos, pero no tenía final. Lo tenía, aunque no lo supiera: eran esos seis versos con los que Donald Justice le armó aquel poema-homenaje, que podría ser un epitafio y terminó siendo la última revelación que nos dejó Weldon Kees: "A veces me pregunto
por los demás / si están preparados para el viaje/ cuál es la razón de su silencio/ por qué razón se fueron / quizá llevaban una pesada carga / quizá temían el daño o lo habían producido".


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-197995-2012-07-06.html






*


El sol hace su fiesta en un sabor.
 El sabor del inicio toma cuerpo, redondo como el mundo, una frutilla o cereza o brizna de tomate o ají, dona el rojo - rosado, el color con el que  nos prendemos a la vida

 Cuerpo derramado o duro: Brie, azul, sardo, con alguna pimienta que complejiza la unidad perdida.

 La maravilla del sabor, alejando la dulzura primera con gotas de cognac o ciertos veteados por el tiempo, nos vuelca en el desamparo ¿o lo desnuda? ¿El arte un intento para hermosear la herida?
 La libertad paga el precio en el deseo incesante de cielos. A veces los paraísos se palpan con las papilas del lenguaje..


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com





*

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