Tuesday, July 31, 2012

ESTACIÓN ORTIZ DE ROZAS.



Inventren



ENTONCES LOS TRENES*

    
 *De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


 Cuando los tiempos eran perfectos existieron los trenes.
La estación tenía las tejas rojas, la galería techada sobre el piso de lajas oscuras y yendo hacia el sector de las cargas un ancho camino de granza roja que crujía bajos los pesados botines que usaban los empleados del Ferrocarril.
La construcción era copiada de las facturas inglesas, es decir: aireadas, altas y seguras en todo sentido.
Los ingleses –como los alemanes- llevan el confort en las casas que levantan en cualquier lugar del planeta, según comenta mi hermano, y es fácil constatar. Gran parte de la vida social del pueblo pasaba por allí. Cuántos noviazgos de entonces comenzaron en los momentos febriles en que la ansiedad y el estrépito no dejaban tiempo a la razón y abría un sendero ancho a los sueños.
Los minutos previos a la llegada del tren convertían ese minúsculo reducto en una metáfora que representaba la efusión de la vida, que simplemente daba vueltas, en un carrousel de sueños, angustia y deseo, pero sobre todo en la carcaza de una presunta alegría.
En los minutos previos al arribo del tren todo era conmoción y movimiento. El que siempre llegaba primero era Pepe Faravelli, el cartero. Montado en una pesada bicicleta italiana, de anchas llantas que ruidosamente interrumpían sobre la granza delatora, cruzada en banderola, una gran cartera de cuero crudo para transportar la correspondencia, su uniforme del correo argentino de entonces –azul oscuro en invierno (de lana) y color crema (caqui se le decía) y de lino en verano- silbando sus tangos, eran una marca perfecta, previsible y esperada antes de la llegada del tren. Porque en la oficina de correo tenían un telégrafo que avisaba la hora exacta de llegada. Y no pocas veces el tren se retrasaba motivo por el cual  veíamos ese inmenso reloj bajo la galería como un adorno. La hora exacta de llegada la daba Pepe, el cartero, ya que dos minutos antes, sin desmontar de su bicicleta, subía el veredón alto por una rampa que daba parte a la plazoleta y frenaba con un pie calzado en grandes zapatones de suela de goma.
Había que asomarse entonces al borde del andén y espiar, apostando cuando veíamos el humo y calcular dónde se encontraba. Si venía de Rosario: el “Puente de la vía” y si lo hacía de Río Cuarto, ya en “La Portada”, era perfectamente visible. Antes no, porque lo tapaba la hondonada que hacía el cañadón del campo de los Luppi.
Los que éramos mirones habituales nos saludábamos con una seña imperceptible, casi como una secta de iniciados. Saludar efusivamente a alguien, incluso iniciar una conversación con él, era signo de que el otro venía a esperar un pasajero, tal vez un ignoto pariente.
Las caras más habituales las tengo en la memoria, otros rostros se me escapan y otros, sencillamente los he olvidado.
Pero todos, quien más quien menos, bromeábamos con Juan Cúcaro, empleado del Ferrocarril Bartolomé Mitre, como se bautizó al ex Central Argentino, luego de la nacionalización en  gobierno del primer peronismo. Cúcaro –por lo que recuerdo- vivía allí mismo en un pequeño cuartucho cuya ventana daba a las vías y era el encargado de las cargas. Cúcaro solía repetir “el trabajo dignifica”, y yo nunca supe si lo decía en serio o en broma, dado el tono de ironía que siempre ponía en su voz.
En esos pocos minutos en que el tren se detenía en la antigua estación de entonces, la nerviosa vida bullía, se concentraba alrededor de ese edificio estrictamente inglés en el corazón de la llanura que también llamaban “pampa gringa”. Esos pocos momentos donde el pueblo se despertaba como un saurio dormido: vendedores de helados, fleteros diversos, jóvenes en busca de caras flamantes para soñar esa noche, curiosos de toda laya, y en fin, toda esa densa inquietud que sacudía la modorra en que esa población aletargada y fijada al duro trabajo bullía por breves minutos.
En todos los pueblos de llanura  la gente iba a las estaciones a ver pasar los trenes. Sin embargo los que siempre viajaban coincidían  en que en este pueblo de mi infancia la gente concurría ansiosa en gran cantidad para ver llegar y partir los trenes sin que se supieran los motivos reales de tal afición.
Indagué a muchos mayores sobre esta inclinación ferroviaria de mis copoblanos y obtuve diversas argumentaciones, hasta una que no desecho, pero tampoco tomo demasiado en serio.
Según esta fuente, que me reservo, todo habría comenzado en los años 20 del siglo pasado con la instalación de dos  prostíbulos, popularmente conocidos como “El Queco grande” y “El Queco chico”, y que estaba en un rincón del pueblo, apenas separado por una calle polvorienta por donde nadie pasaba, salvo claro está, los ocasionales clientes, o algún peón de estancia que enfilaba su oscuro hacia su lugar de trabajo.
Cada dos o tres meses venían prostitutas nuevas ( que un eufemismo piadoso llamaba “pupilas” y nunca supe por qué) que reemplazaban a las que estaban.
Entonces toda la población femenina se volcaba a la estación donde las esperaba un “coche de alquiler”, como se llamaba a los pocos taxis que había. Allí la “madama”, o encargada del establecimiento las retiraba y sin dejarla hablar con nadie, directamente las trasladaba al prostíbulo.
Tal la exótica versión que alguna vez me dio una persona mayor para justificar esa tradición de “ir al tren”, como se decía vulgarmente a ese paseo a la estación del ferrocarril en mi pueblo de entonces. Tal teoría nunca fue por mí compartida, pero me parece leal comentarla.
De todos modos, a mí esta costumbre me sirvió para sostener uno de mis primeros sueños y que fue partir hacia otros lugares, conocer nuevas caras, estudiar, y pulsar el nervioso existir de otras realidades.
Y también motivó un pequeño sueño hoy casi olvidado: el rostro bello e impasible de aquella niña que tenía un lunar en la mejilla y que todos los lunes me sonreía desde una ventanilla furtiva, para luego perderse en la llanura infinita sin que yo supiera su nombre o cruzara con ella una palabra siquiera y que hoy es como el símbolo de la fugacidad de la vida.





ESTACIÓN ORTIZ DE ROZAS.





Mi vida contigo *



"Eres mi ciudad y mi montaña.
En ti he nacido, y en ti me he perdido..."


Cuán espesa es la ciudad.


Aún cuando se diluye con lluvias
Cuesta trabajo tragarla.


La vieja estación ferroviaria,
Ortiz de Rozas,
Me lo dice:
Aún no has logrado olvidarla...


Pero es espesa y áspera,
¿Cómo lograrlo?


Las ciudades las hay de dos tipos:
Las que se mezclan contigo
Y las que te escupen.


Ambas son una,
Para que dentro de ellas
Nunca podamos hallarnos.


La vieja estación del Midland,
Ortiz de Rozas,
Bien claro lo dice:
Aún no logramos dejarla...


Pero son tantas
Y en tantos momentos,
¿Cómo habré de lograrlo?


Ciudades como la nuestra,
Desafortunadamente,
Las hay varias:
Con gente durmiendo en las calles,
Con niños impregnados de orines
Pidiendo dinero...


Y cuesta trabajo mirarlas.
Se atoran entre los párpados
Como astillas de vidrio,
Provocan que sangre la piel
Y respirarlas conduce
A un desgarre profundo de tráquea.


La impávida estación
Ortiz de Rozas,
Por eso no vuelve...


¿Cómo lograr evitarlo,
Si aún no he podido olvidarte?


¿A dónde habré de correr,
Si me alejo de ti?


*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com






ORTIZ DE ROZAS*

   
 La mujer ya no era joven. Últimamente le parecía que ya nadie era joven, que los amigos, los vecinos, los parientes, todos habían ido deslizándose junto con ella por una cinta que los había dejado así, arrugados, desplanchados, desteñidos, como esos pantalones de trabajo que se van gastando irremediablemente, salpicados y con alguna que otra recosida para remendar lo que ya no da más de si.
     La ventanilla no deparaba sorpresas. Tras los campos y los postes alguna casita, alguien trabajando el campo, el cielo. A veces miraba el paisaje, a veces se miraba a sí misma etérea en el vidrio sucio, un reflejo de alguien con la mano sosteniendo la cara, el cabello claro, los ojos mirando sus propios ojos sobre el sinfín de la llanura.
     Otra parada. El tren se detuvo y leyó el cartel “Ortiz de Rozas”. Le molestó la zeta. Y la repetición de la zeta en los dos apellidos le sugirió la posibilidad de que la segunda fuese un error, pero no, no creo, se dijo. El cartel era antiguo, alguien lo hubiese corregido. Es raro, se dijo, es raro pero es así.
     La próxima estación era la suya. Bueno, falta poco. Pero después de diez minutos y de que no observase pasajeros subiendo o descendiendo, se preparó para la noticia de que algún desperfecto había detenido el tren.
     Esperó un rato. Miró por la ventanilla. Allá cerca de la locomotora se veía gente en el andén. Bueno, la ocasión de estirar las piernas, la posibilidad de enterarse de lo sucedido. Comenzó a pasar de vagón en vagón hacia el frente, pero luego decidió hacer el camino por afuera, para recibir un poco del último sol de la tarde. El último sol pone pelirrojos a los árboles, estira las sombras, hace que el cielo se transforme en una escenografía.
     Algunos hombres estaban reunidos a la altura de la locomotora. Hablaban entre ellos y uno había encendido un cigarrillo. Cuando ya estaba cerca, un muchacho de campera negra escupió en el suelo. Estuvo a punto de regresar, pero se dijo que toda la vida había escapado ante los gestos desagradables y hoy no. Eso, hoy no. Con los brazos cruzados siguió caminando despacio hasta que pudo ver que en el suelo, en el centro del círculo de hombres, había una vieja motoneta caída de lado, y un hombre con gorra sentado con las piernas abiertas que miraba fijamente sus propias manos. No decía nada.
     La mujer se acercó al grupo y preguntó que qué es lo que había pasado, pero los hombres la ignoraron. Su voz era suave, era vieja, era mujer.  Los hombres ignoran a las mujeres viejas de voces débiles.
     Con las mejillas encendidas volvió a preguntar, "Qué pasó". Uno de los hombres giró un poco el cuerpo y la miró desde arriba pero no se molestó en contestarle. El joven de campera negra volvió a escupir.
     La mujer sintió que se arrebolaba y a la vez una ira avasallante y una avasallante vergüenza.
     “Me caí” dijo el hombre de la motocicleta. Después la miró.
     “No vi el tren, me asusté cuando noté que lo tenía cerca, y me caí” Dijo el hombre que era viejo, que tenía ojos puros y que la miraba. Hacía mucho que nadie la miraba. Ella pensó que este hombre en el suelo la estaba mirando, pensó que le había contestado, notó que él la miraba con la cara abierta como la de un niño que despierta en medio de la noche y vuelve el rostro hallando el de su madre.
     “Sana sana colita de rana” pensó ella. Increíblemente, dijo “sana sana colita de rana” y los dos rieron.
     El grupo de hombres no se dio cuenta de que se había partido una montaña, no notó que el cielo se rasgaba, no escuchó caer las piedras de la torre que se derretía en estrépito. El grupo de hombres no hizo ningún comentario, simplemente levantaron la motocicleta y lo ayudaron a ponerse de pie.
     Era alto, desgarbado, los pantalones le quedaban un centímetro más cortos de lo que debiesen. Ella le arregló un poco el gabán, y mientras se subía a la motocicleta le preguntó que por qué las dos zetas en el nombre de la estación.
     Él no sabía.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com





*


Sigo esperando el tren
lo peor es no saber de donde vienen
los inviernos
no soy esa que teje mientras él visita puertos
el recital de Maná no me inspiraría nunca


...


me pregunto que espero
a veces
como para destejer desencuentros
teje y desteje
teje y desteje
sentada
aburrida
ni siquiera ve la nieve



*****

sin embargo sé que algo espero
late el tren
el cimiento
tirantes
maquinista y tiempo
debe ser el invierno


*****

abrazos abiertos
que solo juntan viento
tiembla la distancia
se arrodilla el silencio
nada que un vodka no enfrie aun mas
porque lo cruel es tener el presentimiento
de que algo espero


*De Maria Florencia Tous. florencia.tous@hotmail.com






Unas vidas sin vuelo ni canto*


El criadero de gallinas queda a unos 300 metros de la estación Ortiz de Rozas. Cuando se viene viajando ya a lo lejos se distinguen los enormes galpones. En Ortiz de Rozas hay poco para ver más allá de la estación: casas dispersas, un almacén de campo donde se puede conseguir casi de todo. Y la granja.
Este criadero es una parte en la división de trabajo de la gran industria. De la gran fábrica traen los pequeños pollitos. Aquí se le cortan los picos a los pollitos para que no se lastimen entre sí. Se les administran vacunas, Vitaminas, un alimento balanceado especial para el engorde. Permanecen bajo estos galpones donde no hay diferencia entre la noche y el día hasta que tienen el peso suficiente para ser sacrificados y refrigerados.
Desde que trabajo en el criadero pude vivenciar de cerca lo que es el sufrimiento animal. Hasta deje de comer pollo industrializado.


Al principio el piar de las aves era enloquecedor, después a fuerza de costumbre y necesidad fuí transformando ese ruido que llegaba desde los galpones en un sonido lejano del mar. El mar yendo y viniendo. Golpeando la indiferencia eterna de las arenas.

El horario de trabajo es de 7 a 19 horas. El nuevo ferrocarril Midland es rápido y puntual. Mi casa queda a casi dos horas de viaje en tren. Con 16 horas fuera de casa es lógico que mi casa funcione como dormitorio. Ni siquiera cocino de lunes a sábado. Al mediodía tengo media hora para el almuerzo, salgo a caminar para ver el sol hasta el barcito de la estación, como. Cuando regreso del trabajo voy a la casa de comidas y compro la cena de ese día. Los lunes llevo canelones o ravioles, el martes estofado, los miércoles porciones de tarta, el jueves milanesas con papas fritas. Los viernes son de empanadas o pizza. Los sábados a la noche el menú puede variar según si voy a cenar en soledad o viene María José a quedarse hasta el domingo a la noche en casa. El domingo es el único día que en los hechos dispongo para tener "una vida". La frase se la debo a María José, cuando la conocí en su trabajo me impacto cuando la oí decir "además de esto, tengo una vida". Enseguida sentí el deseo de ser parte de su vida. Lo logré.
Las horas de viaje en tren me espacio para compartir charla con conocidos o leer o simplemente entregarme a la compañía de ese alter o mellizo que es la voz interna que acompaña a cada cual en su viaje extendido por la vida.
A veces son estallidos de imágenes internas las que veo. Durante un tiempo no podía dejar de ver la imagen de mi padre -ya anciano- picando cascotes debajo del nogal que el mismo plantó.
En uno de los viajes hice amistad con el arquitecto Jerome Ricardo Klepka que viajaba hacia la estación Corbett, donde tenía el encargo de la obra de reconstrucción de la estación y su entorno con una enorme libertad para intervenir en todo el proyecto con su visión de artista.
En uno de los viajes compartidos me recomendó la lectura de "Donde mejor canta un pájaro" de Alejandro Jodorowsky, que le resultó iluminador para pensar la historia de su vida. Klepka era hijo de un inmigrante polaco que llegó a la Argentina -al igual que mi padre italiano- después de la segunda guerra mundial. Su padre nunca quiso volver a su patria y si le preguntaban tenía una respuesta invariable: "Polonia es dolor". Una persona puede tener muchas conversaciones con otra pero alguna  queda imborrable en la memoria, ocurrió cuando Jerome dijo: un día de mí vida se encontraron la imagen de mi padre en sus momentos de sufrimiento y la descripción del Cristo sangrante, crucificado, derrotado, que cuestiona tan bien Jodorowsky en su libro. Si hay algo a los que los seres humanos deberíamos temer es a estar derrotados en la vida.

Cuando el arquitecto terminó su obra en Corbett no volví a verlo.


***

Hace unos días que mis noches están atravesadas por sueños raros.
En uno de ellos hablaba con Pablo -gerente creativo y mi jefe-. Pablo es inflexible con sus empleados. Aunque lo diga de modos diferentes, su mensaje es siempre el mismo: "problema tuyo". Es un hombre frontón, su trabajo es que las cosas marchen sin que nadie le lleve problemas y si alguien le lleva problemas los devuelve. Sin embargo, Pablo era extrañamente contemplativo conmigo.
Me sorprendí cuando oí mi voz diciendo "No tengo nada más que hacer aquí". Ahí me desperté.

A la mañana siguiente mientras viajaba en tren leí ese aviso clasificado.
Sentí un sobresalto inexplicable. Hace días que voy al trabajo con una sensación de angustia sin palabras. Hasta recorté el aviso:

"Sereno para criadero de gallinas. Horario de 7 a 19 horas. Hasta 55 años.
Presentarse en granja MaxiRozas. Estación Ortiz de Rozas. FC Midland”


*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com







 VERDADES REVELADAS*


     Todos los días mirando a los otros incorporaba sus reacciones y sus respuestas le permitió asimilar realidades de vida.
Ahora tenía tiempo, estaba sola y abarcaba el egoísmo y el desinterés  de todos hacia su persona.
     El decir ¡BASTA! le dio la pauta, siempre habían estado a su lado como pájaros o gallinas que la rodeaban porque les daba de comer.


*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






"El Tipo"*


El tipo se me quedó ahí.. adentro
como en un estado latente,
de otra dimensión... aprisionado
con una edad bastante menor a la mía

y una angustia que amenaza con devorarlo.


Se quedó ahí y me acecha
lo siento desconcertarse frente al espejo
cuando no encuentra reflejado su rostro
"no soy ese" repite, "no soy ese!!"
"porqué envejecés así!!"

Pero lo peor sucede cuando te percibe
cuando mi memoria dibuja de un trazo de tu risa
o tu voz me sube al oido desde una estrofa,
entonces es como si quisiera tomar el control
"llamala, levantate y llamala!!" me grita


Las pastillas lo aplacan,lo amansan
y sólo se tiende a lo largo de mi mente
reiterando imágenes, paisajes que te traen
y te vuelven a llevar acompasadamente


Pero a veces logra desbordar mis controles
y te ofrece canciones, o te escribe correos
tiñiendo de nostalgias mis tardes de oficina;
reacciono como un carcelero insensible,
lo desdigo y vuelvo a encerrarlo


Lo dejo agotar su furia pidiendo que se le pase
todo tiene que pasar alguna vez, lo sé
como esa hermosa juventud repentina
con la que me bendeciste estos meses
y ahora me rasguña las telas del alma
queriendo entrar y quedarse, para siempre.


*De Victor G.Turquet victurquet@yahoo.com.ar







A La buena de Dios*



La sala de espera de la estación está desierta y sucia, como de costumbre. El guarda de trenes Carlos Ruiz entra con andar pesado y se sienta en uno de los ajados bancos de madera. La vida le pesa sobre cada centímetro de su cuerpo, como si la presión atmosférica a su alrededor hubiese aumentado de manera inexplicable desde hace ya varios días. Ni siquiera él puede identificar lo que le pasa. Sabe que es algo denso, que lo atormenta desde hace un tiempo, experimentando el insomnio por primera vez
en su vida; pero no mucho más. ¿Será esta inusual falta de actividad ferroviaria? Hace varios días que no circula ninguna formación.
         Oye unos rumores en el andén y alza la vista, que yacía clavada en el suelo. Una extraña figura lo sorprende, con un miedo repentino y fugaz, recortándose contra el vano de la puerta de la sala de espera. Se halla montado en una bicicleta, luciendo unos pantaloncitos y una remera de manga corta muy ajustados y de colores chillones, además de unas diminutas antiparras y un oblongo casco azul muy particular. Vestimenta que sólo volverá a contemplar -azorado, al recordar este preciso hecho ocurrido en la estación- dentro de unos quince años, cuando sus sobrinos la vistan orgullosos para correr en la pista de concreto del circuito K.D.T.
         El recién llegado espía hacia dentro, buscando encontrar a alguien, y sonríe al descubrirlo. Se levanta las antiparras con ambas manos, revelando un rostro fresco y muy joven.
         -Disculpe, Jefe -, le pregunta, afable. -¿Por dónde me aconseja ir para llegar hasta la estación de Morea?
         Ruíz duda al escuchar esa voz que pareciera llegarle desde muy lejos, pero un momento después se incorpora, acercándose con paso cansino hasta la puerta, observando al extraño de cerca.
         -Son unos cuantos kilómetros. ¿Le parece que podrá llegar?
         -¡Claro, hombre! Por eso le pregunto. Además, quiero hacer ejercicio.
         -Mire, puede salir por allá -, y emerge hacia el andén, extendiendo uno de sus brazos hacia el extremo más apartado de la estación. -Siga siempre paralelo a la vía.. O mejor, tome directamente por la vía. A unos tres kilómetros se va a encontrar con una curva cerrada, después tendrá que
sortear el puente donde cruza la ruta 40 y las vías del Provincial. En cuanto baje del puente, retome el camino, el resto es puro campo, hasta que llegue, a unos siete kilómetros, al empalme Ingeniero De Madrid.
         -¿Está seguro de que vaya por la vía?
         -Ya casi no circulan los trenes -, y se sorprende de poder confesar esto en voz alta, como si un nudo en la garganta le hubiese obstruido la respiración durante días. -El de las 7:52 se canceló. De la formación de las 9:07 no tenemos noticias. Para serle franco, parecen haber cancelado todo desde el fin de semana. Tampoco hay maniobras programadas, así que. ¿Qué quiere que le diga?
         -¿Y la distancia total hasta Morea, por las vías, de cuánto es?
         -Mire -, calcula Ruíz. -Debe tener unos... 40 o 45 kilómetros, más o menos.
         -Muy bien. ¡Muchas gracias!
         El extraño de la bicicleta, embutido en su ridículo atuendo, le vuelve a sonreír mientras se acomoda las antiparras, y se aleja pedaleando, perdiéndose a lo lejos. Ruíz se estremece, como si algo inusual lo hubiese rozado; algo inexplicable, hasta casi peligroso. Pero es sólo un momento; la
depresión vuelve a ganarlo muy pronto.
Los trenes se han detenido. ¿Qué habrá pasado? Y aunque llega a pensar lo peor, su mente intenta divagar hacia cualquier lado, evitando lo impostergable. El silencio, apenas perturbado por el piar de los pájaros, vuelve a amortajarlo.
Hasta que otra figura se asoma por la puerta, esta vez decidida, como si fuese su propia casa.
-¡Don Carlos! ¿Qué anda haciendo por acá?
Es Jesús Corrado, el sociólogo renegado, que harto ya de leer a Marx, Durheim y Heidegger, decidió canalizar su antigua pasión por los trenes -además de acercarse a los reales problemas del pueblo, sin caer en el discurso de barricada de la "Jotapé" o de la izquierda más ortodoxa, tan en boga en estos tiempos-, y se conchabó como señalero hace un par de años.
Ruíz apenas esboza una sonrisa aletargada. No llega a decidirse si la presencia de Corrado es una bendición divina para ahuyentar a sus fantasmas, o si preferiría quedarse solo, sin ganas de hablar con nadie.
-Creo que todavía queda algo de yerba. ¿Por qué no calienta la pava y ceba unos mates, Jesús?
-Tiene razón, Don Carlos. Parece que no queda mucho más por hacer.
-Seguir esperando, capaz, ..a que avisen desde Puente Alsina. Pero,.. ¿para qué? -. Hace una pausa, negándose a pronunciar las fatídicas palabras que, ahora lo sabe, no lo dejan dormir. -Si pareciera que nos han abandonado a la buena de Dios.
Corrado se aleja en silencio. La pava se calienta. El mate es ensillado. El ex-sociólogo regresa junto a su compañero y ceba sin decir mucho, apenas un comentario al pasar. Las palabras escasean, como si decir algo fuese tan inoportuno como las frases pronunciadas junto al cajón del muerto, ahogados por las coronas de flores, en medio de un velorio. La sala de espera se torna inmensa, sucia, deshabitada. El tiempo se derrama con una pereza exasperante. Las horas se vuelven exactamente iguales unas a las otras.
Corrado llega a pensar, con cierto ánimo fatalista, que parecen haber sido tragados por una fuerza desconocida, como en esa serie de TV que a veces ha visto, "El túnel del tiempo", y ahora reposen en un limbo temporal donde quizá en vano aguarden por el milagroso resurgir de la campanilla del
teléfono, anunciando la continuación del servicio ferroviario del ramal Puente Alsina - Carhue, perteneciente al FF.CC. Midland, de trocha angosta, y ese sólo sonido los preserve, en un único segundo, de la muerte.
Entonces, casi a la hora de la siesta, cuando el mate ha sido ensillado ya varias veces, y ambos hombres parecen querer levantarse para echarse una siesta fingida, que jamás les permitirá cerrar los ojos, el inusual timbre de una bicicleta resuena sobre el concreto del andén.
Ambos se ponen de pie de un salto, con las miradas iluminadas, respirando un aire diferente. Se asoman a la puerta, y ven a un cadete del Ferrocarril que se apea del vehículo y les pregunta:
-¿El Jefe de Estación, se encuentra?
-No. Está de licencia -, alcanza a mascullar Ruíz.
-Bueno, firme Ud. Es lo mismo -, responde el cadete, extendiéndole una planilla con una lapicera, y hurgando en una bolsa que lleva colgada del hombro.
Cuando Ruíz le devuelve el comprobante, el muchacho le extiende un telegrama lacrado, saluda con un gesto de cabeza, y se aleja rápidamente. De seguro, tendrá otros destinos ferroviarios que atender, antes de que anochezca.
El guarda abre el envío, ante la curiosa mirada del señalero. El mensaje es escueto:

"CIERRE RAMAL PUNTO
JUNTAR HERRAMIENTAS PUNTO
CERRAR ESTACIÓN ORTIZ DE ROZAS PUNTO
PONER CANDADOS OFICINAS PUNTO
PRESENTARSE ESTACIÓN PUENTE ALSINA PUNTO
COBRO DE HABERES PUNTO
CINCO DE JULIO 1977"

-Tiene fecha de hoy.-, balbucea Corrado, sin darle crédito a sus ojos.
-No -, lo corrige Ruíz, al borde del llanto. -Es de ayer.


*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar






ESTACIÓN DE LOS ECLIPSES DE AGUA*


“Y ya no sé si a ti te estoy mirando, o si contemplo el cielo”
VICENTE GAOS



La espuma desborda por el lecho.
Esta pasión por el río y la piedra es la  misma.
No, no es el mismo Río. Pero muerde la pasión.: ay
Imposible desnudar la luna de metal
Esta piedra que Sísifo lleva. Es la misma.
Una y otra vez. No es el mismo camino. No.
Imposible limpiar la hulla que deja el agravio.

Una lluvia de hollín cubre recodos, esquina y rincones.
Y ella aquí, hurgando basurales.
No, no es el mismo basural.
Imposible acortar los pasos del hambre.

El hambre es el mismo.
Es el mismo dolor. La misma estaca.
Ella, misma. No lo es ni lo será .Nunca.
La espuma, otra espuma, la misma.
Quema como  odio  hirviente.
Y no hay lluvias. Ni nidos. Ni pájaros.

Las cicatrices denuncian que la luna es el quinto satélite.
Pero tiene  cuatro fases y  metal hirviente.
Y penetra, penetra en todos los espacios libres.
Y hay eclipses que borran hasta las mismas sombras.
Y la luna no es la misma luna. Ni él, el cielo.
No, no hay lugar entonces.
No hay lugar para él, el mismo, otro.
Territorio primigenio de los desamparos.
De los desamparos… y los desamparados.

La espuma cubre las cuatro estaciones de su luna.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar




***


Inventren Próximas estaciones:

ARAUJO.
-Por Ferrocarril Midland-


BLAS DURAÑONA.
-Por Ferrocarril Provincial-

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/


Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.


-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:


 BAUDRIX.  EMITA.  INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:


BLAS DURAÑONA.   LUCAS MONTEVERDE.   EMILIANO REYNOSO.

SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS.

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

  ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.

ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


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Saturday, July 28, 2012

COMO UN RAYO QUE BAJA SÚBITO DEL CIELO...

*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





REENCUENTRO*


Si en tarde de lluvia
O noche helada
Te quedan lejos la orilla del mar, el río
Y la botella donde escondimos pensamientos y sueños compartidos…
Te falta hasta la tinta, la pluma de fénix o el pergamino:
Piensa en mí,
Cierra los ojos y escribe.

Llena el universo de páginas,
Deja gotear
La tristeza, saltar la alegría.
(Es importante visualizar una ventana abierta
Y muchas estrellas, ver las palabras transformarse en libélulas,
en anémonas, barcos de papel, flores de loto, espejos bifurcados…)


Adivínate doble
Y las palabras encontrarán el camino.
Irán a posarse en mi almohada,
Lentamente, esperando a ser leídas.
Ellas serán río, cauce, mar y ola,
Redoma con mensaje, sello y travesía.


 *De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba





COMO UN RAYO QUE BAJA SÚBITO DEL CIELO...





"¡Como Peter Pan!"*



No puede ser tán dificil
hablo de olvidar, de dejarte ir
como cuando chico un día desperté
y mi amigo invisible ya no estaba ahí

lo tuve que aceptar, después no pregunté


Como cuando dejé
de ver Disneylandia los domingos
y los programas de fútbol
ocuparon su lugar, no lo extrañé
sólo cambié, nada más


El amor es a veces como Peter Pan
sólo existe porque vos lo ves
y creés que puede ser,
Este amor fue tan niño como Peter Pan
y un día dejó de volar.


Ahh! pero si fuera tán fácil
no seguiría soñándote,
ni recobraría la paz cada vez que te escucho
Ahh! si de mí dependiera
toda esta estupidez se quedaría
en una absurda canción,y yo correría detrás tuyo


Pero este amor se parece tanto a Peter Pan
que me tienta saber si realmente desaparecerá
cuando deje de creer en él.
o quizás se convierta en una leyenda más
esas que le contamos a los niños
para que aprendan a soñar.


*De Victor G.Turquet victurquet@yahoo.com.ar







PAISAJE*


Sabio silencio,
cuna del Tao nos guía
hacia el alba.


Quieta el agua
espeja tonos verdes
y los sacude.


*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






HONRAR LA VIDA*


En el noroeste de Mongolia todo el mundo se muere, pero las personas no mueren. Se lo dice el papá a Nansa, una niñita de ojos rasgados en un redondo rostro de manzana.
El budismo los provee de un inagotable círculo de vidas que el alma recorre pasando de un arbusto a un camello, de un camello a un buitre, saltando de ser a ser, hermanando plantas, animales y seres humanos en un hálito eterno que se manifiesta multiforme y vital. La muerte no tiene más relevancia que el cruce de un umbral. No angustia ni aterroriza. Los niños sólo sienten la curiosidad de quien se pregunta qué vestido usará mañana, qué abrigo le tocará en el invierno próximo.
Pero no todas las vidas son iguales. Las personas poseemos una fineza de percepción, la capacidad de razonar y sentir con mayor agudeza que un yak o una cabra. Esos atributos son invalorables. Podemos, también, mirar las estrellas, contar historias, acariciar un perro dormido. Somos capaces de amar.
Volver a pisar el mundo como un ser humano es un privilegio.
Una anciana recibe en su yurta a la niña que se ha mojado en la lluvia. Toma un cazo con arroz, una aguja larga, y con la aguja en una mano derrama sobre ella puñados de arroz que caen como lluvia blanca. Le pide a la niñita que le avise cuando un grano caiga sobre la punta de la aguja. Puñado tras puñado, la atenta mirada no logra encontrar que el milagro acontezca.
La pequeña mujer arrugada y sonriente le cuenta a la niña que en el mundo existen infinidad de seres, y que la posibilidad de reencarnarse en una persona es tan remota como la de que un grano de arroz caiga en la punta de la aguja. Así de esquivo es el milagro, así de difícil es ser un ser humano, y es por eso que cada vida humana es inapreciable.
Ha de celebrarse, entonces, la vida humana. Y respetarla con la devoción con la que se preserva un frágil fuego en medio de la noche.
Lo dicen los mongoles, allá por donde China y Rusia se confunden. Nos lo cuenta la directora Byambasuren Davaa, que quiso que su pueblo narre a través de sus filmes esa forma de vivir, sentir y explicar el universo.
Ellos, los mongoles budistas que creen en un eterno pasaje de vidas, reverencian la maravilla de ser una persona y de tener la suerte de pertenecer por unos años al género humano. Nosotros, que no prestamos fe a historias de reencarnaciones, que creemos que esta vida es única, despreciamos a nuestros semejantes y no honramos el maravilloso don de la humanidad que se nos ha concedido y reside en nosotros. Mancillamos el milagro, desperdiciamos la esquiva oportunidad de ejercitar los dones que nos fueron hechos. Si podemos amar, si podemos mirar la luna, si podemos narrar historias; entonces es nuestro deber hacerlo y por tanto, como lo cantó Eladia Blázquez, honrar la vida.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com








NÁHUATL Y AMANDA*



Adviene sólido
barco y dorado
navegando julio
y Amanda sufre
otra pasión y suplicantes.



Abjura el mar
sobre el pezón
total y trotamundo,
náhuatl y nuestro
acometido por mil guerras
que perdimos
Aunque Amanda
ría, sobre su risa
cándida y virtual
está flotando la tristeza.



1974
Crónica de Abdul y otros poemas
(Plaqueta)


*De JORGE ISAÍAS. jisaias46@yahoo.com.ar
- El pan en llamas. Antología. Editorial Ciudad Gótica. Rosario. 2011







La Asociación de Vagos*


La Asociación de Vagos, una de las entidades con más prestigio y antigüedad de la ciudad. Para su constitución se tardaron 14 años por razones obvias y al cabo de 10 años más, aún no había realizado actividad alguna lo que estaba en perfecta consonancia con sus estatutos.

Sin embargo, los más importantes ediles del ayuntamiento, con motivo de las fiestas de la ciudad, obligaron a la asociación a montar un evento deportivo, bajo amenaza de que en caso de no llevarlo a cabo se le retirarían las subvenciones de las que gozaba hasta la fecha.

Reunida la ejecutiva, y después de sopesar las diferentes propuesta presentadas, se decidió organizar una carrera pedestre, propuesta por el socio más antiguo y más vago. El ayuntamiento aceptó la propuesta sin leer la letra pequeña, ilusionados y sorprendidos de que la Asociación de Vagos propusiera algo de tanta actividad.

El día del evento todos los socios estaban presentes en la línea de salida esperando el pistoletazo, con sus números de dorsal al pecho. A las doce en punto se dio la salida y la carrera comenzó.

Hoy, pasados tres meses aún está en marcha y el ayuntamiento, extrañado ha inquirido el motivo de tan larga duración. Al leer la letra pequeña se ha dado cuenta que menciona claramente que se dará el primer premio a aquel de los corredores que llegue en último lugar.

El talante y los fines de la asociación se han salvado.


*De Joan Mateu. joan@cimat.es







Cuando cae el rayo*


 *Por Juan Forn


Borges dijo una vez que todo libro que no encierra su contralibro es un libro incompleto. John Berger escribió de joven un libro en el que contaba cómo era la vida de un médico rural en la Inglaterra de posguerra, que de día atendía a pacientes y de noche se quemaba las pestañas leyendo, no sólo para mantenerse al día con los avances de la medicina, sino para poder contestar las preguntas existenciales que le hacían sus humildes pacientes (por qué morimos, qué es la enfermedad). Berger admiraba de tal manera la vida de ese médico que tituló su libro Un hombre afortunado. Pero en la página final, en un breve epílogo, informaba que aquel médico rural se había suicidado quince años después. "Un suicidio no constituye necesariamente una crítica de la vida a la que pone fin, aun cuando nos haga mirar desde ahí la historia de esa vida", decía Berger. Había algo en esa fabulosa frase que abría una cuña de aire en su libro, un puente hacia la nada. A veces un libro nos deja así; a veces pasa la vida entera sin que encontremos su contralibro.
Déjenme contar hoy la historia de otro libro sobre otro médico rural, otro médico de frontera. En el mundo colonial africano podían pasar cosas como ésta: nacías francés en las Islas Mauricio, que habían sido francesas después de ser árabes, holandesas y portuguesas, pero que eran británicas cuando los colonos europeos fueron invitados a abandonar la isla, después de la Primera Guerra. Tu familia se queda sin nada, debe volver como pueda a Europa, pero no es Francia sino Inglaterra la única que les tira un hueso, y ese hueso es una beca del gobierno para estudiar. Nuestro aspirante a médico sabe que sólo cuenta con eso, no puede permitirse fracasar, y no se lo permite. Pero el llamado de la selva reverbera en su sangre. Cuando lo mandan a hacer la residencia en el departamento de enfermedades tropicales
del Hospital de Southampton, se anota en cuanto puede de voluntario para ir a la Guyana. Pasa dos años allá. Vuelve de licencia a Francia, conoce a su prima hermana, se enamora de ella, parte a su nuevo destino: Nigeria, la sabana africana. Espera pacientemente la primera licencia para volver y poder casarse con ella y llevársela a Africa con él (el tema de las licencias es decisivo en esta historia: son quince días cada dos años, en el mejor de los casos, y ya hablaremos del peor).
Dije que nuestro médico conoce y se enamora de su futura esposa en quince días, y que en otros quince, dos años después, vuelve a casarse y llevársela con él a Africa. Pasan juntos ocho años felices. Déjenme dar una sola imagen de esos años: nuestro médico está operando, en una precaria sala de auxilios, cuando se levanta una de esas fabulosas tormentas tropicales, el cielo se pone color de tinta, los relámpagos rajan el cielo, uno puede contar los segundos que separan el rayo del trueno, nuestro médico está
interviniendo a un paciente cuando un rayo entra por la puerta abierta, corre sin ruido por el piso de cemento, funde las patas metálicas de la mesa de operaciones, quema las suelas de los borceguíes del médico y huye por donde había entrado. El paciente se salva por el hule en donde está acostado, el médico por sus suelas de goma. La que ve entrar y salir el rayo, y se estremece con el trueno unos segundos después, es la esposa. Así se lo cuenta a sus dos hijos pequeños, en Francia, en una buhardilla
prestada donde deben apretarse cinco (ella y los niños y los ancianos padres de ella) en la Francia de Pétain durante la guerra. Ella es esposa de un médico militar británico, por ausente que esté él: pueden deportarla, y a los niños también, así que deben mantenerse ocultos, sobrevivir de la caridad ajena y de los recuerdos africanos. El mayor de esos dos niños es Jean-Marie Le Clezio, él es el que cuenta la historia.
Le Clezio conocerá a su padre al llegar a Africa, a los ocho años. Cuando su madre quedó embarazada, ella y el padre decidieron que el niño naciera en Francia. Ella viajó primero. En una licencia de quince días, él viajó a conocer al hijo, que ya tenía meses, dejó nuevamente embarazada a su esposa y partió, con el propósito de volver a llevárselos a los tres en su siguiente licencia. Pero estalló la guerra. El trató de cruzar el desierto y llegar hasta Argel para reunirse con ellos, pero fracasó. No le quedó otro remedio que refugiarse en su oficio en la sabana africana, sin medicamentos, sin material, sin contacto con su mujer y sus hijos, mientras en el mundo la gente se mataba entre sí. Ese es el padre que Le Clezio conoce en Africa: un hombre que fue muy feliz, y luego muy infeliz, y ya nadie sabe lo que siente
ahora. Siete años vive con ese extraño Le Clezio, hasta que le llega el momento de viajar a Francia a empezar el Liceo. Su padre ya no pide licencias para ir a verlos. Cuando llega, por fin, es porque ha sido dado de baja de su puesto. Es la tercera vez que pisa Francia en treinta años, pero en este caso no por quince días; ha vuelto porque lo mandaron de vuelta, porque no tiene adónde ir.
Le Clezio va un día a visitarlo. Lo describe así: cocinándose y comiendo en los mismos cacharros de metal esmaltado azul y blanco que usaba en Africa, con el mismo blusón azul que se ponía en cuanto volvía a su casa en Africa, pero usando su instrumental quirúrgico africano para cocinar, el escalpelo para cortar el pollo, la pinza clamp para servirlo. Ese hombre que había sido entrenado ambidiestro como cirujano, para ser capaz de operarse a sí mismo con un espejo si hacía falta, en el territorio que le tocara en
suerte, usa ahora su instrumental para trozar y servir el pollo que comerá solitariamente en su departamento de jubilado. Ese hombre que estuvo treinta años atendiendo desde el parto hasta la autopsia a tres generaciones de africanos, ahora, cuando lo internan para hacerle unos análisis, no sólo no dice a nadie en el hospital que es médico, sino que tampoco pide conocer los resultados: ya no se identifica con los facultativos de delantal blanco, sino con los pasivos yacentes en las camas. Ha dejado de ser el que enfrenta la enfermedad, ahora la padece.
Para Le Clezio, Africa era los cuentos de su madre y, después, fue la libertad que tenían él y su hermano corriendo descalzos por la sabana africana mientras su padre estaba fuera de casa, curando gente, la mayor parte del día (la llegada del padre era la llegada de la autoridad, de las prohibiciones, de los castigos, del silencio). Le Clezio sintió que le debía Africa a su madre hasta que vio a su padre vivir como en un campamento africano, en un anónimo monoambiente parisino. Tituló así su libro, El africano, y es un gran título y un hermoso libro: uno oye el clamor de Africa y el de la orfandad en sus páginas. Pero lo que yo vi en ese libro, lo que agradezco haber por fin vislumbrado, como un rayo que baja súbito del cielo, electrifica lo que encuentra a su paso y se esfuma tal como había llegado, es lo que necesitaba saber desde hacía años sobre aquel médico rural inglés que se suicidó en la página final del libro de Berger.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-199702-2012-07-27.html






*


El sol hace su fiesta en un murmullo

--- El sol arrulla una pequeña fiesta,Tan íntima como ese primer juego. No está, dice la piel, luego aparece, se desabrocha de mudeces, acá está.


El sol hace su fiesta en un olor


Ella busca revuelta en el río de  perfumes, ese olor que guie a su amor ciego y lo deje a la orilla de su boca


El sol hace su fiesta en la mirada...


La mirada de fiesta es un tumulto de rayos que se expanden , se van de lo previsible, como si el sol fuera una lámpara que alumbra eso a punto de desaparecer, el borde, lo pequeño, lo ínfimo. Entre la sonrisa y la mueca, la densidad de lo humano. La plenitud y la caida.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com







"DIARIO DEL HOMBRE DESNUDO"*



Cartón lleno
con héroes
chantados
que avanzan
con vacíos
que retroceden.




“INDIGNACIÓN DE NOVIEMBRE”*


Barro que predestina al paisaje
parte con el siglo
Aire que impone la amalgama
de la inermidad y la constatación

El paseo va cobrando vidas y todavía no
    [termina
Circunscribir la intemperie y los efectos de la
    [selva
Desde aquí dispararon nubarrones hacia la
    [precariedad
oficiosa de lo desierto.





“PEINANDO A TÍA” *


La mano de la tía estacionaba
garbanzos en los cartones azules

La de su sobrina estacionaba porotos
de Onam en los cartones amarillos:
ternos endogámicos
impotentes cuaternos
quintinas anorgásmicas

Leguminosa la sobrina estacionada
en las ensaladeras de su tía.




“DIARIO DE INVIERNO” *


Nombrar además y por último
(y principalmente)
a lo que sea que ya caído
dude en atisbar su diseminación
en las formas del vuelo.



*Poemas de Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar

-Poemas concebidos a partir de los poemarios "Diario de invierno" de Osvaldo Guevara e "Indignación de noviembre" de Simón Esain, de la novela "Diario del hombre desnudo" de Nilo Toya y del relato "Peinando a tía" de Juan Carlos Pellanda.






¿Cómo ama una mujer?*


 *Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



* Las Marosas

Hay mujeres que aman como Marosa.
Diablas de diversos tipos y colores. No es necesario detenerse y preguntarse de dónde salen porque se nos imponen ante los ojos en un entrechocar de nácares, de tacones, de espuma.
Las llamadas 'catalinas' son de ojos azules y pestañas muy largas.
Las 'lorenas', con pechos exuberantes en bandeja; dulces tartas caídas para acabar con el hambre en el mundo.
Las 'juanas' se pintan las uñas de las manos y de los pies. Se embarazan muy fácilmente. Hacen dulce de higo con los hijos hervidos en azúcar.
Estas diablas están a las veras de los tazones de porcelana transparente y de las inminencias. Son de diversos tipos y colores. Las hay con cabello trenzado y con cabellos de niebla.
Las hay azucenas.
Las hay suplicantes.
Las hay perdidas en su propia casa.
Las hay nacidas con tacos altos, rojos, finos, precedidas por una jauría de perros invisibles.
Las hay morenas.
Las hay prohibidas.
Las hay desmelenadas que caen sobre los labios de los hombres como diamelas.
Se ven sus carnadas de diablos en los árboles, en las bocas de tormenta, en los postes de luz, en las cucharas de té, en el revoltijo hechizado de los agapantos. Los cebos de sus malignidades cuelgan del anzuelo del día y de las redes el anochecer.
Las muy diablas caminan por las calles de la ciudad como gladiolos travestidos de personas.
Las muy diablas suspiran.


* Las Giocondas

Hay mujeres que mueven los hilos de la marioneta con el talento de Gioconda Belli. Gatunamente enrolladas en la cama, siguen paso a paso las fórmulas de su mentora. El muñeco se les acurruca en un nido prefabricado de besos, tacatá, tacatá, y de palabras, tacatá, tacatá, y lo alimentan con un panal de miel rancia hasta desmentirlo, tacatá, tacatá, hasta hacerle vomitar diminutivos espeluznantes,
tacatá, tacatá, que atontan los sentidos, tacatá, tacatá, y horadaran el huequito, tacatá, tacatá, despacito, tacatá, tacatá, hasta el bosquecito de arbustos, tacatá, tacatá, ese lugarcito apretado,
tacatá, tacatá.
Estas diosas lujuriosas enseñan al muñeco a caer una y otra vez en todos los  lugares comunes, tacatá, tacatá, guiadas por su mentora, tacatá, tacatá. Son  los corceles del amor, tacatá, indómitas gacelas, tacatá, tacatá, ariscas yeguas, tacatá, tacatá, la poesía estupefacta, casi muere, tacatá, tacatá.
El juguete dopado de obediencia, construye el castillo de arena y abre la puertecita por donde la arisca yegua se amansa, tacatá, tacatá, como un ama  de casa, tacatá, tacatá, y una vez adentro del palacio cambia los frenesíes del amor por el melodrama, tacatá, tacatá.
Ascendentes, salientes, entrantes en todas las direcciones posibles, las mujeres diminutivas se instalan como un corazón suplementario. Y la asfixiada marioneta tiene por futuro morir ahogada en su propio esperma, tacatá, tacatá.



* Las Cheever

Hay mujeres que aman como Cheever, nadando contra corriente, flotantes y encendidas, sin que el orden de sus asuntos les impida incidir en los asuntos del mundo.
Sus cabezas son nubes a la hora de la desnudez cabeza abajo.
Sus pies vienen de un país visitado por un sueño reciente y sus manos corrigen el error que la luna produce.
Un polvillo de azúcar sobre la frente les da una blancura de esmeralda, amatista o misterio.
Son mujeres que aman con un pie en la confusión y otro en las tormentas.
Con un pie en la ternura y otro en el espejismo.
En la absoluta inmovilidad del tiempo y del espacio, siguen hacia delante porque saben que en este siglo no pueden detenerse.
Las mujeres que aman como Cheever les temen a los diminutivos.
Les temen a los anzuelos.
Les teman a los estribillos.
Les temen al subconsciente de Gioconda Belli. Les temen al subconsciente de las marionetas. Al subconsciente de los Reyes Magos. Al subconsciente de Dios. Al subconsciente de las indómitas gacelas.
Con qué esmeril, con qué esmeralda, con qué esmero corren peligro las peligrosas mujeres que temen a los diminutivos.
Las mujeres que aman como Cheever están en alguna parte del aire, debajo, o detrás, o del otro lado de las sombras, en puntas de pie sobre el límite sobrenatural de las cosas, o sobre una pluma de cisne.
Es casi imposible que las mujeres que aman como Cheever no atraigan la mirada de los lectores de Cheever, que las distinguen entre la multitud con destreza desesperada.
Así es.
El fenómeno de las mujeres en sí es inquietante, porque todas coinciden en el mismo mundo, como los animales medio dormidos coinciden en la selva con los animales medio despiertos.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-34871-2012-07-28.html






*

Inventren Próximas estaciones: 

ORTIZ DE ROZAS.
-Por Ferrocarril Midland-


BLAS DURAÑONA. 
-Por Ferrocarril Provincial-


-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/


Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.


-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:


ARAUJO. BAUDRIX.  EMITA.  INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:


 LUCAS MONTEVERDE.   EMILIANO REYNOSO.

SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS.

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

  ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.

ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.




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Monday, July 23, 2012

CUANDO LA MUERTE QUISO ROBAR LA LUNA...


*Obra de Vicente Bonachea.
Cuba




INCONCLUSO[1]


A Vicente Bonachea


La mujer más delgada,
Más antigua,
Ensilló su pálida cabalgadura.

Pluma de cisne en ristre
Tomó la red,
El ramo de heliotropos,
La peonza,
El faro en miniatura…

Echó en su cesta
El quitasol para engañar las horas,
El cuerno de unicornio como anzuelo,
La cigarra que adormece con su canto,
El cebo feliz de una pavana.

Besó en los labios al fauno,
Helado mármol,
Bebió de su boca el chorro agudo
De agua acontecida.

Se persignó frente a la higuera,
Cerró la verja,
Asumió el camino de sus pasos.

“Esta noche atraparé la luna”,
Dijo al trigo.


*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba
[1] Este poema está inspirado en un grabado del pintor cubano Vicente Bonachea (1957-2012), titulado “Cuando la muerte quiso robar la luna”.





CUANDO LA MUERTE QUISO ROBAR LA LUNA...





ESTOCOLMO*


Algo.
  Puede ser una mueca, una corona, un sacrilegio,
Flota en un océano de sangre bajo  un  cielo metal hirviente.
Concreto, como  una piedra atada al cuello,
O difuso como una picadura de avispa o  de picana.
Por momentos se asemeja  a un anillo de esponsales
A un  garfio de hierro.
Se  adhiere como pólvora  o miel amarga.
Se escurre en  las cuencas vacías.
Silbido  de ruiseñor.o bala.
En mareas profundas no obedece a la luna ni a los vientos.
Va  y viene. Arremete, empuja, retrocede, avanza.
La certeza es  su duda.

Un remolino de cuchillos hace trizas el  follaje.

Raspa la secreta flor.
Lentamente, voluptuosa pluma.
Luego  rápido, más rápido.
Galope de un potro enceguecido por la  metralla y la vía  láctea.
El  blanco  es la cabeza, explota en el vientre.
Desnuda los  anhelos y las ansias.
Desdibuja la cordura.

Arden.
  Río congelado de amor y odio.
Crece la tormenta y el latido.
La sombra de Tupac Amarú se asoma  en la ventana.
¿Quién  juzgará ese deseo  no deseado?

Yermos ropajes de salitre
Desnudan la herida  abierta del estigma.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar






Tintura para Cristales *



I


Tuviste suerte
de que sólo te mutilara
de una mordida
aquél animal;
Pudo haberte devorado
de un sólo bocado...


(me dijeron,
mientras me trasladaban
al hospital)



II

Vaya que tienes suerte
de ganar el salario mínimo;
Pudieras estar sin empleo
y sin poderte comprar
un bonito
teléfono celular...


(dijeron,
mientras yo
me encogía de hombros)



III

Qué persona
tan llena de suerte eres,
Pudiste haberte topado
con un grupo
de asesinos a sueldo;
Menos mal
que tan sólo fue
la policía federal...


(clamaba una multitud,
mientras yo sentía
cómo mi cabeza era partida en dos,
aquel día en que marchamos para protestar
en contra de los recortes presupuestales
y por una educación de calidad)



IV


Qué suerte tienes
de que te hayan
roto el corazón;
Pudiera haber sido
que nunca te hubieras enamorado...


(dicen)


V

Tienes suerte
de tener
un gobierno neoliberal;
Ten en cuenta
que pudo ser mucho peor...


(aunque yo,
a un paso de caer sin control
por las escaleras de la clase media,
no encuentro clara la diferencia
de lo que dicen)




VI


No cabe duda
que una suerte divina te cobija...


(¿por qué?, pregunté)


Tu país es tan sólo
una colonia económica,
también cultural, alimentaria,
y hasta digamos que política
de las potencias imperialistas;
Pero recuerda
que pudiste haber nacido
con una ciudadanía
en un país
con ocupación militar...



VII


Ah...

(dije)


*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







 EL PRÓXIMO VERANO*

          

*De JORGE ISAÍAS. jisaias46@yahoo.com.ar


 En ese tiempo los veranos podían sostenerse en el sonido estridente de las cigarras que detenían el silencio de una abeja y ponían equilibrio en la cintura del mundo. Las palomas zureaban desde muy temprano de una forma particular, las tijeretas circunscribían círculos en el aire límpido, estático. Mi madre entonces decía: “hoy se prepara el calor, sólo falta que canten las chicharras”. Chicharra era el nombre popular de esos bichitos que nunca vi porque se mimetizaban con las hojas de los árboles, y era inútil que uno buscara el origen de ese ruido estridente  porque cuando creía descubrirlas, el ruido aparecía en otra parte.
            Entonces, promediando la mañana una chillaba ostentosamente y luego otra y otra y luego un coro insistente que explotaba a lo largo de los paraísos, los fresnos, los siempreverdes, las higueras bobas y esos sauces majestuosos debajo de los cuales mi padre levantó un parrillero para gloria de los días, porque allí crepitaron las brasas de todos los asados cuando los días fueron felices e inolvidables.
            Los calores más que sofocantes tenían una permisividad umbrosa bajo los árboles frondosos, siempre y cuando uno mantuviera una inmovilidad casi imposible  para la nerviosa actividad a la que nos sometía nuestra propia inquietud, nuestro propio cúmulo de intereses inmediatos, porque al no mediar el compromiso de la escuela, el ocio era total y la disciplina hogareña muy laxa porque eran tiempos de cosecha fina,  la del trigo y mi padre andaba trepado a las trilladoras por diversos puntos de la pampa húmeda.
            Muchas veces he escrito que en aquel tiempo las calles eran de tierra, y en el estío se juntaba un polvo de cinco centímetros que quemaba como brasa nuestros pies generalmente descalzos en la época, y que debíamos sortear como podíamos esa calcinación y pisar la gramilla refrescante de la vereda mientras íbamos haciendo los mandados.
            En el tráfago de esos días veraniegos que partieron para siempre podíamos ver pasar el carro rechinante de Juan Ugolini con su carga preciada de sandías, las mujeres con pañuelos que protegían sus cabezas del sol ígneo, con sus delantales húmedos y sus manos con olor a perejil, a cebolla, a cualquier cosa que delatara la tarea interrumpida y que mientras  compraban al hombre silencioso con su sombrero de corcho, aprovechaban para pasarse alguna información confidencial o una receta de cocina. Y como es casi de manual, la purretada merodeando esa exquisitez prometida, deseada y regalona.
            Si era mediodía el paso de don Francisco Spina, vecino y peluquero, contento en medio de la calle, la cabeza mal cubierta por una improvisada sombrilla de rama de paraíso cortada al paso. Don Francisco venía  silbando, cantando o haciendo bromas a todo viandante que se le cruzara en el camino, grande o chico, le daba lo mismo: tal era su alegría de vivir.
            Después de almorzar era la siesta sagrada, imposible de evitar por los mayores, y, de algún modo imposible no trasgredir por los más chicos. La cañada de Compañy era una alternativa que no se podía eludir porque el deseo del chapuzón refrescante valía cualquier sacrificio, hasta  aquella que incluía una paliza o unos chancletazos muy benévolos de madre permisiva. Si por caso el que infligía el castigo era el padre, la cosa cambiaba en ciento ochenta grados.
            -Es que mi marido tiene la mano muy pesada, por eso no me gusta que le pegue a los chicos- repetía mi madre en rueda de mates con tías o vecinas.
            También pasaba a esa hora de la siesta el carrito de los helados, que en ese tiempo eran dos. El de don Zimo Callegari –con sus toldito blanco tirado por un caballo oscuro- y el de don Miguel Balagué, todo amarillo con su caballo blanco. Entre las dos y las cinco de la tarde, se paseaba por el pueblo el muchachito de turno voceando los preciados helados que uno para variar no compraba porque faltaba esa esquiva moneda de los pobres. Esos chicos eran mis amigos: Albertito Nocino, Valentín Prámparo, Roberto Vega, Hugo y Miguel Correa y algún otro que se quiso caer de mi memoria.
            Al atardecer ya bañados y vestidos con ropas decentes nos darían permiso para dar una vuelta  hasta el club donde los mayores estarían jugando al básquet y al final del partido las mesas se irían cubriendo con parsimoniosos parroquianos en procura de un vermouth con picada o una cerveza.
            Con el sol todavía alto regresábamos a casa. Con suerte habríamos tomado algún helado.
            En ese regreso no era raro que nos cruzáramos  con el camioncito comunal del riego que manejaban don Pedro Aimetti, o Donato Yocco, según dieran los turnos. Ese camioncito cuyo radiador tenía una tapa de bronce iba tirando el agua en esas calles polvorientas que se aplacaban a medias con esos chorros insuficientes tal vez para tanta avidez como no vieron  otros tiempos.
            Este era el tiempo del verano, con sus inconvenientes y sus cosas bellas como eran el ocio y la alegría.
            Aún faltaba mucho tiempo para el invierno, cuando la escarcha vendría para quedarse y las golondrinas cruzarían el aire, erráticas, haciendo justamente lo contrario: buscando el viento que las llevara hacia tierras cálidas hasta el próximo verano.






También el mar*


También el mar empuja dócilmente
antiquísimos mundos diminutos,
de noche, cuando el sueño
atraviesa los muros, profanando
las sílabas errantes de los cuentos.

Es, entonces, la luna, burladero,
refugio de las hadas y los ogros
que en consorcio planean sin rubores
la ruptura del viejo pergamino.

En otro lugar duermen
su sueño sin sonidos ni esperanza
los héroes del pasado
en un tálamo de cruces, vómitos y olvido.

Antiguos mensajeros, mientras tanto,
se despojan del tedio acumulado
y vierten sobre el agua y en el viento
viejas plagas, del tiempo rescatadas.

La iniquidad ensombrece el firmamento.
Bandadas subterráneas afloran como fuentes
emponzoñando ríos y acuarelas.
Flores de plástico y metal se adueñan de los bosques
y un rapsoda es lapidado por castores
bajo una luz violácea que desdibuja el orbe.

La razón nos confiesa que todo está perdido.

Pero el pequeño ladronzuelo
ataviado con la sangre de sus muertos
y el barro primordial que le sustenta,
ha conseguido hacerse con la llave
que conduce a la aurora o al destierro.



De Extrañamientos y rescates.
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/






POR UNA CABEZA*


Asomada con mi enorme cabellera a la ventana del mar

 veo subir un pájaro entre las transparencias

nos amamos en el templo.

Siempre hacen los cuerpos un templo del sitio del abrazo donde se vuelve a ligar lo desligado.

Él se enredaba en mi como en una interminable  serpentina de algas

yo resbalaba en él hasta llegar al hueco del deseo.

Después lo de siempre,

Poseidón me entregó indefensa

sembraron de serpientes mi cabeza

no pude mirar sin volver de piedra lo que miraba.

Al final como la de tantas mujeres rodó mi cabeza

con un sueño de redes en el pelo

una mirada propia de luz que no se baja

y un abrazo de agua para la hoguera de las

OTRAS  de resplandecientes, estremecedoras

cabelleras inadaptadas.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com



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Sunday, July 22, 2012

LOS SERES DE LOS SUEÑOS NO HABLAN ENTRE SÍ...


*Obra: "En el Tunel" de Virginia Rivera.
http://www.facebook.com/#!/virginiarivera72





CODIGOS ROTOS*


“Espantoso  juego del amor, en el cual es preciso que uno de ambos jugadores pierda el gobierno de si mismo”

CHARLES BAUDELAIRE



Dices, amor, que has roto los códigos.
y es verdad, en parte.
Y mueves la balanza en dirección opuesta al sudoeste.
Dices que has roto los códigos y te vas con el viento.
Y se aleja la curva de tu espalda aun desconocida.
Intento ingresar al fondo de tus ojos y no encuentro al niño.
Llegan ciclones y desgajan los impúberes árboles.
Talan gargantas y devoran pájaros.
Y la noche se tensa de presagios mineros.
Y vomita la tierra.
Y traga hijos, combatientes y lunas de hojalata.
Ay amor, si te contara.
Los códigos que aun no rompe la noche.
Y me viene una escondida nostalgia.
Un desgarro en la boca. En la boca, un deseo.
Y no amanece y el gallo canta.
Y la sangre del sol no se derrama.
Y las mujeres en las cavernas se persignan.
Y algo me dice que no hay ni una vela prendida.
El delirio se esfuma y se esconde el pez azul en el estanque.
Y no hay nadie que sepa barajar esta pequeña historia.
Y en fin, yo te pregunto, me pregunto.
¿Qué son los códigos?
¿Qué juego nefasto y consagrado es el amor?
¿Cuáles son los códigos de una historia?
¿Quien los escribe y los traduce?
¿La historia, es fábula, novela? Leyenda, traición  o tradición.
¿Sabes cuales son los códigos del fuego, de la tierra?

Y el juego, parece que termina.
Y el deseo es otra de las pequeñas muertes,

La Historia, no es La Historia, es una historia.
La Historia es de los dioses, de los generales de bronce.
De los mercaderes de la vida.
¿Y los códigos de los dioses de barro?
¿Y las pequeñas muertes del exilio?
¿Las batallas perdidas, en el pan, en el vaso vacío?
¿Y tu sed y mi hambre?
¿Y los lejanos senderos que aun buscan nuestros pasos?
Y  buscan y añoran y se apenan en el canto de las ranas.

Ay amor, si te contara.
Los códigos se rompen, amor, por soledad.
Por soledad, amor.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar






LOS SERES DE LOS SUEÑOS NO HABLAN ENTRE SÍ...




LA SOÑADORA*


Ella estaba acostada,  el ruido de la puerta al cerrarse, las manos que la recorrían. Freud dijo que uno no es responsable de sus sueños y recordando eso fue más allá de lo que nunca hubiera imaginado. En la cama encontró una nota al despertarse: -sueña usted que es una maravilla, señorita, que sus sueños no queden solo para su psicoanalista -.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com






LA HORA DEL JABALÍ  (*)


Acostada.
Tiembla la  herida, desde el pié de la rama flotante.
Cierro los ojos.
Abro mis canceles.
Siento crecer la hierba.
Doce horas es un siglo verde. Basta un instante.
Mi savia es luz y mi lámpara relámpago.
Busco un lugar entre la hetaira y la alienada de Dios.
El viento negro apaga el soplo.
Jack el destripador ha llegado.
(No he de dar el beneficio de la muerte, esta vez, no)
Del otro lado de la calle hay un sol que no espera.
El viento ensucia soldaditos y muñecas.
Boca roja lagrima pintada.
Tacos altos compra venta. Oferta demanda.

Hay pecados mas graves.
Mi mano sostiene el pan y la miseria.
La miseria sostiene el desamparo.
El desamparo sostiene mi temblor.
Soy el temblor.
Solo un temblor con mis brazos
en cruz.


*De Amelia Arellano amelia.arellano01@yahoo.com.ar
(*) “La hora del jabalí” de la serie de Utamoro sobre  los burdeles Llamada “Doce horas en las casas verdes.”






Seno soberbio*


 *Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



Fulminante.



Mi amiga se baña desnuda en el mar. Se ha quitado la ropa interior y grita a los peces, a las medusas, a las algas marinas. Llama por su nombre a Alfonsina y a todos los muertos del amar. Usando sus pies como un tentáculo siembra pozos en el lecho del océano. No hay motivo para pensar que es un trabajo superior a sus débiles fuerzas.


La desnudez.


La soledad.


Llama a todos los que han salido de su memoria. El mar la mira cuando viene, la sigue mirando cuando se va. Por momentos se detiene ante ella para mirar esa breve esperanza de la desnudez y sigue su camino de mar para no detenerla en su caída o en su ascensión.


La mirada.


Los peces.


Mi amiga desnuda en el mar abraza con inmenso amor su seno soberbio de amazona. La luz del amanecer la cubre y la descubre. El viento la toca. Grita el nombre de todos los que salieron de su memoria. Sigue entrando en el mar presintiendo peces, vagando entre medusas hechas de delirios atroces y miradas obscenas.


La hermosura.



La memoria.


Los médicos pueden curarla. No se arrepiente de nada. En sueños mató a su amante. Su sangre temerosa apenas quería salir. Tuvo que hundir los dedos una y otra vez en el pequeño corazón para que deje de latir. Ella soñó hasta volverse loca. Mientras moría, el amante le sonreía con una ternura inimaginable. Demasiada sonrisa para quien está muriendo de ese lado por donde sólo llueve sal.



El amante.


El sueño.


Luego se acercó a su cadáver y le dijo: estás muerto. Y aunque él ya no podía escucharla lo sabía. Mi amiga le entregó su seno al amante que moría. El amante muerto lloraba deslizándose como un canto rodado llevado por la corriente. Las mujeres son sensibles a los coitos deslumbrantes y terroríficos. Mi amiga exhala un liviano olor a sangre y a menta. El aire la respira.



El seno.


El aire.


Ella levanta las manos hacia la peluca que es su cabello y la arranca suavemente. La cabeza desnuda y misteriosa como una runa. La cabeza apenas cubierta por un bozo de muchacho. Más hermosa que la noche. Más fuerte que un vendaval. Ríe. Delata. Eros, breve y mucilaginoso cae desprendido del pedestal.


La runa.


El viento.


Fulminante.


Mira hacia atrás. Aprecia la distancia que la separa de la costa. El amante quería más explicaciones antes de morir. Un ángel de papel atravesó el sueño riendo a fuego vivo hasta quemarse. Mi amiga apretó las manos y fue a mirarse en el espejo. Moriré de amor, pero no de cáncer. El amante muerto, al escucharla, se puso de pie y lloró. Recordaba la hora de la ambulancia, el camillero, el cuarto blanco. Cuando otra vez la llamó en sueños, ella llevaba efímeras flores sobre el pecho. A simple vista uno puede notar que el amante está muerto.



El ángel.


El espejo.


Los seres de los sueños no hablan entre sí cuando se encuentran en otros sueños. Las mujeres de dos senos estaban serias. Llevaban vestidos claros, discretamente floreados. Mi amiga miraba esas mujeres con una especie de fascinación. Atravesó desnuda toda la extensión del sueño, salvaje y dulce, aullante y murmurada. Llevaba en su pezón soberbio una cuenta de suspiros inaudibles. Un primer y un último milagro. Hacia arriba, abajo, a un lado y otro, atrás, adelante, un oscilar de los niveles de lo cierto y de lo constante.


La extensión.


Los suspiros.


Quizás en eso consiste la desnudez: sentir que te pertenece algo hermoso. Hay cosas que en la vigilia se nos escapan pero en sueños no. La vigilia ignora el vello del pubis, ignora el grito que sale del esternón. Con el cabello en la mano, mi amiga agita su cabeza de muchacho con pubis de mujer y llama por su nombre a todos los muertos del mar.


El esternón.


El pubis.

Hay que decirlo: mi amiga es un enjambre de alas frescas bajo el cielo desplumado. Puñados de sol se derraman sobre la vanidad bien llevada de su cuerpo. Unas lenguas de sirenas disimulan la emoción a fuerza de tragarse la espuma. Todos los muertos del mar se sientan sobre una lágrima y la observan cantar o bailar con ritmo de desnuda estrella. Hay que decirlo: para llegar a esto fue necesario estirar el miedo hasta el otro lado de la noche y someterse a las rigurosas leyes de un amor que no muere.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-34764-2012-07-21.html






RELIGIOSIDAD II*



Cada día, cada tarde
o cada noche
hay una hora en mi memoria
... en que me desnudo
y me suelto el pelo antes tus ganas.

Y si cierro las puertas del recuerdo,
si le doy la espalda
a esa imagen tenaz
de vos y de mi
ofrendándonos en el altar de los suplicios,
el deseo se desata implacable
en los sueños y vuelvo a ser
otra vez la hembra suplicante,
devota del santo de tu unción,
sacerdotisa del ruego
merecer la espada de todos
los traspasos,
ofrecer el territorio de mi espalda
al estigma de tus ganas.
Postrada ante el ciclope feroz
de tus instintos,
pidiendo por favor que lo repitas
merecer una vez más el cielo
de condena.


*De Alejandra Morales.





Definición*


Cartera: objeto de valor que utilizan las mujeres como una continuación de su cuerpo.
Según infatigables teóricos del psicoanálisis. Asocian a la cartera con una zona erógena de mucho placer llamada vagina. Del latín vaginum  cavidad virtual que se expande o se pliega. En ella penetran objetos de calidad, su mejor representante el pene. Además pueden introducirse otros elementos de tamaños, colores, texturas y cualidades diversas.
Como dirían los sabios psi, la cartera se liga a esta cavidad. En ella, "la cartera", que también se abre y se cierra,  se colocan tantos instrumentos como la persona de genero femenino quisiera introducir; espejo, peine, Cosméticos, toallas higiénicas, celular, documentos y tarjetas de crédito, llaves, efectos y defectos personales. Desodorantes, lápices, lapiceras, gomas, tijera, cigarros, encendedor, etc.
Con el deslizamiento y la condensación de todos estos elementos se concluye que la cartera es una prolongación de la esa zona erótica e intima de la mujer.


*De Azul. azulaki@hotmail.com





El azar y el deseo*


El jardín colmado de sorpresas,  como la vida. Un infinito pequeño. El azar es una forma del deseo piensa, mientras ve  plantas que algún viento llevó  a un cruce singular. Así, en  un cantero  con  flores, sucesos que seguramente se dieron en la noche, crece una planta hija de la  que estaba en el extremo opuesto. Las razones botánicas, los  placeres  del intercambio, generan una riqueza inesperada. El otro verde, el tono distinto, no es rechazado como a veces sucede entre los humanos. La humedad, una música, la piel de unas hojas contra otras, dejan algún regalo para descubrir en la mañana. El café se adelanta en el perfume,  una flor de un rosado masculino, como el de la langosta, avanza  hacia otra, rosa, pequeña, femenina, abierta apenas en la espera. Los pájaros caminan sobre el pasto  como sobre uno de los sueños del mar. Mientras el café desarma en la boca el jugo de sus  granos de vida, las dos flores duermen su abrazo de amantes.  En recortes, ventanas abiertas, espacios tejidos entre las ramas, aparece el cielo como las letras de un mensaje a descifrar.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com





*


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Saturday, July 21, 2012

LA ETERNIDAD SIGUE PARECIENDOME MUCHO TIEMPO...



 
*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





Beduinos*



El desierto se presentaba delante de ellos como un mar de arenas sin fin y a pesar de ir dejando atrás una duna tras otra, la aparición de otras de igual apariencia les hacía tener la sensación de que no avanzaban en su huida.
No se arrepentían de su decisión y el amor que les había lanzado a marcharse de sus respectivas tribus les daba fuerzas para seguir. Su amor estaba por encima de las rencillas, los odios y las continuas peleas que durante décadas habían enfrentado las dos familias.
Sólo la casualidad hizo que se conocieran y gracias es ella se había fraguado aquel amor que les llevó a resolución de huir y formar su propia familia lejos del pasado.
Al cabo de muchas jornadas llegaron a un oasis pequeño y escondido detrás de unas formaciones rocosas de escasa altura, pero que mantenían el lugar lejos de las miradas de circunstanciales trashumantes por lo que decidieron establecerse allí.
Con el curso de los años, tuvieron dos hijos, consiguieron cultivar la tierra y tener algunos animales pudiendo con todo ello vivir una vida tranquila, feliz y en paz.
Una mañana despertaron sorprendidos al ver que el oasis había desaparecido, sus dos hijos no estaban y el huerto y los animales se habían esfumado. Sentados sobre la arena caliente con los primeros rayos del sol de la mañana, se miraron a los ojos y comprendieron, con desesperación, que habían vivido todos aquellos años en un espejismo.


*De Joan Mateu. joan@cimat.es





LA ETERNIDAD SIGUE PARECIENDOME MUCHO TIEMPO...




CANCIÓN DE MI PUEBLO*



No tiene río
no tiene puerto
ni nombre sonoro.
No tiene nada
distinto a otro pueblo.
Pueblito perdido:
lo cruzan los pájaros,
lo cruza la pampa,
lo cruzan camiones
cargados de trigo
cargados de hacienda.
La gente es la misma,
con sus penas hondas
y sus penas leves;
la gente va a misa,
se ríe, comercia,
se casa y engendra
y un día cualquiera
se va para siempre.
No tiene una torre
que llame de lejos,
el tren ya no pasa
y la ruta al costado
esquiva sus calles
esquiva sus casas.
Pero cuando me acerco
yo voy divisando
la punta de un pino
el ala de un pájaro
o mi sueño niño
que en el aire espera.
No tiene un río
no tiene puerto
no tiene atractivo
al extraño
pero para mí
siempre ha sido
el mejor de los pueblos.


1984, primavera
Crónica Gringa.


*De JORGE ISAÍAS. jisaias46@yahoo.com.ar
- El pan en llamas. Antología. Editorial Ciudad Gótica. Rosario. 2011







La voz del padre*


 Luglio. Mi padre viene viajando. Salió il Giugno 30 del puerto de Nápoles.
Atrás hay un viaje en tren "la letorina". Adelante el mar como horizonte. Un puerto y la promesa de vivir en Argentina.

El pasaporte con esa foto de una expresión tan parecida a Paul Newman dice que llegó el 21.
Sin embargo creo que sigue viajando. Que el Sebastiano Caboto todavía no hizo escala en Río de Janeiro.

..."La voz del padre llega muchos años después" - Oigo decir en el bar al amigo.

-Hay días. Momentos en que necesito que llegue, aún 60 años después.

Será por eso que el otro día mi padre llegó.
Hombre de pocas palabras ni siquiera quiso entrar a su casa. Mi padre no era de ironías ni de eludir cuando tenía que decir una verdad. Miró con sus ojos más celestes que aquellos con los que reflejaba el mar inabarcable y me dijo: "Ahora tenés que ser tu propio padre"


*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com






*


Mi hermana tiene una marca,
un signo oscuro de pregunta
que se ancla en sus cejas,
los ojos como boyando en las aguas
sombrías de un amor trágico.


Otras de su familia
con menos fortuna que ella
estamos signadas por la tragedia
de una vida sin amor.


Yo recuerdo, siendo niñas, que las primas
en bandadas solíamos jugar
sin mas disputas
que a quién le tocaría ser la reina
y a quién la cocinera,
ella en cambio, se sentaba en la vereda
con ese gesto grave que cargan los ancianos
después de enterrar a muchos muertos,
cruzaba los brazos ferozmente como evitando
una carga ... ya por entonces tenía los hombros
vencidos ... el peso era excesivo para sus nueve
años.

En ocasiones, fugazmente se entretenía
con una mancha, su cara se iluminaba
y por un momento volvía a parecernos
una nena, recostada en el bullicio
y en la flores de las tardes de verano
en el patio de la abuela.


Un día abandonamos las rondas,
era costumbre frotarnos con hojas
de naranjos y azahares para quedar
oliendo a primavera ...y sentarnos en la vereda
a esperar que Juan Andrés
pasara en bicicleta ... las cinco primas soñabamos
con que él nos inaugurara
el verano y la boca con un beso ...


Mi hermana no soñaba, apenas
si cerraba los ojos para descansar
la fatiga de ver tanto mañana violento.


Pasó el tiempo para todas.
Yo viajé,
que otro destino podría haberse esperado
para quién nació de padres
migratorios y erráticos.
Ellas se quedaron ... casi niñas
fueron pariendo y jugando a rondas
de pañales que se amarilleaban en las sogas
de alambre.


Quizás por la noche recordaban un raido
perfume de naranjos viendo entre algodones
como año a año había una mata más
de pelo oscuro, desmadejada sobre
las almohadas ... o se quedaban
con el alma paseando en bicicleta,
acariciandose el vientre mientras
tomaban un matecocido
sin azúcar ...olvidadas de Dios
y del marido.


Mi hermana en cambio tiene un dios piadoso,
un dios que siempre se acuerda de ella,
solía encontrar consuelo en orarle
después que el acercaba el revolver
a su boca.


Sin un grito parió tres hijos silenciosos
y oscuros como sus lágrimas,
suelo creer que los hizo varones a todos,
porque creía en la abuelar sentencia,
de "tengan machos, porque siempre
sufren menos"


Yo años después parí y enterré a mi hija
el mismo día ... ella aún suele decirme
que fuí bendecida ... ella cree en resurrecciones,
en milenios, en vida eterna ...
yo aún no resuelvo
que voy a cocinar mañana con los cinco
australes que me quedan.


Ella es piadosa y va a templos,
yo aún sin Dios aprendí a resignarme,
pero la eternidad sigue pareciendome
mucho tiempo...


Cuando vuelvo a Tucumán
y me encuentro con mis primas
nos abrazamos muy fuerte,
por sus bocas con muchos dientes menos
el aliento de las niñas que fuimos
es un aire fresco y sentadas
mansamente en el patio de la abuela,
nos quedamos de espalda, fingiendo
que no vemos y las dejamos que jueguen
otra vez a la ronda de reina y cocinera, refugiadas
en esas tardes de verano en que la vida
olía a azahares...
definitivamente.


*De Alejandra Morales.







Taxi driver*


*Por Juan Forn


A nada temen más los escritores que al famoso bloqueo de escritor. Y, a la vez, pocas cosas les despiertan tan mórbido interés. De todos los casos que conozco yo, el más extraordinario me parece el de Fran Lebowitz, que llegó jovencita a Nueva York, escribió como escupidas una serie de brillantes ensayitos que juntó en dos libros muy cortos (Vida metropolitana y Estudios sociales), que la convirtieron en una leyenda de la noche a la mañana, cuando tenía veintisiete años y desde entonces lleva más de treinta tratando de escribir una línea más que la convenza, y nada. Uno la oye hablar y es como si la estuviera leyendo, como si tuviera delante un texto de asombroso filo y gracia y elocuencia, pero Fran Lebowitz ya no escribe. El sensei Leopoldo Marechal acuñó de viejo una frase que debería ser el mantra de los escritores en problemas: “De todo laberinto se sale por arriba”. Hay quienes creen que Fran Lebowitz logró romper por elevación la lógica de su encierro; hay quienes la ven aún cautiva en ese laberinto, como un todavía maníaco pero ya avejentado cobayo de laboratorio.
Fran Lebowitz tenía cinco años cuando descubrió que a los libros no los había hecho todos una misma persona, como pasaba con los árboles y las nubes y los animales. Cuando su madre se lo explicó (“Dios no hizo los libros, Frances”) estuvo toda la tarde siguiéndola de una punta a la otra de su cocina en Nueva Jersey, repitiéndole: “¿Qué quieres decir? ¿Que los puede hacer cualquiera? ¿Que yo puedo hacer uno?”. Como nadie en el mundo (es decir, en su casa y en el jardín de infantes) quería enseñarle todavía los rudimentos básicos del oficio, la pequeña Fran decidió ponerse a escribir libros tal como los consumía: por vía oral. Después aprendió las letras, descubrió el saborcito de la tinta contra el papel, y le gustó cantidad, pero quedó esclava para siempre de su mito de origen: se podía escribir oralmente. Su familia y el sistema educativo de Nueva Jersey trataron durante años de disuadirla (“¡Te puedes callar de una vez, Fran Lebowitz!”), pero ella perseveró. Logró que la echaran en tercer año de la secundaria, que la consideraran un caso perdido en casa, escapó a Nueva York a los diecisiete, manejaba un taxi para pagar el alquiler del cuchitril donde vivía, esquivaba yonquis por las calles y se pasaba las noches afilando la lengua y la mente en bares llenos de humo donde oficiaban las mentes más brillantes, las lenguas más afiladas de Nueva York.
En esos bares, en esas contiendas verbales de trasnoche perfeccionó Fran Lebowitz su manera de escribir oralmente; aprendió a tallar y pulir y corregir oralmente, y al volver de aquellos bares a su covacha en la madrugada transcribía lo que quedaba. Así fue escribiendo esos ensayitos que le publicaban las revistas de los amigos (amigos como Andy Warhol, revistas como Interview) y que juntó en los dos libros que la convirtieron en la voz por excelencia de Nueva York: si Oscar Wilde manejara un yellow cab, si Truman Capote fuera lesbiana, si Susan Sontag tuviera ironía, así escribía Fran Lebowitz. Ningún tema la intimidaba, y en todos deslumbraba. Su plan era ir quemando las hormonas juveniles con esos ensayitos, preparándose para la magna tarea, una novela, un gran fresco de su época donde convergieran el filo, la elocuencia y la gracia que ya tenía con el advenimiento de su voz “madura”, que en su humilde opinión se le estaba avecinando a buen paso. Y entonces le sucedió algo completamente inesperado: un día descubrió que hablar no era escribir, que hablar ya no la hacía escribir.
Lo descubrió como se descubren esas cosas: primero de a poco y después de repente, como dijo famosamente Hemingway. Según ella fueron dos los momentos fatídicos: el día en que por primera vez le pagaron por escribir y el día en que por primera vez le pagaron por hablar. “En cuanto se volvió trabajo empezó a dejar de gustarme, porque por principio y religión estoy en contra del trabajo. Elegí escribir para no trabajar. Y por supuesto hablar es más fácil que escribir. Casi cualquier cosa es más fácil que escribir, he descubierto. Salvo no escribir, que es la tarea más ardua que conozco.” Cuando todas las revistas empezaron a pedirle alguno de esos ensayitos que ella destilaba gota a gota (“Escribo tan lento que podría usar mi propia sangre como tinta sin debilitarme”, dijo una vez), fue dejando de publicar. Cuando todas las universidades y todos los programas de televisión y de radio quisieron tenerla de invitada, dejó de aparecer en público. Pero había sido durante demasiado tiempo un taxi intelectual, como se definió alguna vez a sí mismo Sir Isaiah Berlin (“Me ponen el dinero en la mano, me dicen hacia dónde, y allá vamos”); para muchos, su verba ya no tenía contenido; la veían como un cobayo viejo repitiendo su maníaca rutina en su jaula de cristal.
Para demostrar lo contrario, Martin Scorsese hizo un documental sobre Lebowitz: Public Speaking. Las mejores partes son las largas escenas en que están sentados los dos solos (Scorsese detrás de cámara) a una mesa del Waverly Inn, el bar preferido de ambos. Filman cuando el bar ya ha cerrado sus puertas, desde la medianoche hasta las cinco de la mañana, los dos son noctámbulos y se nota gloriosamente: hay un biorritmo de trasnoche en esos monólogos de Lebowitz, hay un peso especial en sus palabras, una grávitas, que yo no le había visto nunca. Leí después que el único hueco que tenía Scorsese para filmar fue cuando se pospuso por dos semanas el rodaje de La isla siniestra en la costa de Boston. Lebowitz aceptó las fechas sin decirle a nadie que su padre estaba en ese momento muy enfermo en Nueva Jersey, una enfermedad súbita pero benigna que lo iría apagando sin dolor a lo largo de las siguientes semanas. De manera que llegaba cada noche a filmar al Waverly Inn luego de haberse pasado la tarde acompañando la mansa agonía de su padre en un hospital de Nueva Jersey. El padre ya no podía decirle que hiciera el favor de callarse por favor; no quedaba nadie más de la familia que pudiera decirlo, y ella, como sabemos, no logró nunca aprender ese dispositivo básico de las relaciones humanas llamado silencio. De manera que Fran Lebowitz le habla a su padre. Le habla y le habla. Le cuenta por qué escapó de ellos y se fue a Nueva York, qué buscaba, qué encontró, qué perdió en el camino y en qué se convirtió. Fran Lebowitz habla y habla y de pronto está escribiendo de nuevo, está por fin escribiendo su novela, el fresco de su época, el relato de su vida, en esa habitación de hospital de Nueva Jersey. Quizá nunca lleguemos a leerla, quizá nunca lleguemos a conocer el estilo tardío de Fran Lebowitz, pero nos queda el eco, el reflejo que alcanza a vislumbrarse en esos monólogos de trasnoche en el Waverly Inn filmados por Scorsese. Es un mínimo fulgor, pero alcanza para transmitirnos que hubo un día en que Fran Lebowitz logró por fin salir de su laberinto.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-199107-2012-07-20.html





*


Arrastro este silencio
como el cuerpo de un muerto,
me arrastro a mi misma
como si ya no viviera.

... Cada madrugada repito el ritual,
los gestos,
desde antes, desde siempre,
ya lo hacía desde niña
cuando jugar era decapitar muñecas.

A veces este silencio
me susurra algo,
un breve rumor como de pasos,
un eco sordo,
apagado, lejano.

Este silencio tiene cuerpo
y boca que aprieta fieramente.
Se tiende al lado de mis huesos
y mis húmeros tristísimos
se callan.
Mis clavículas chocan
y se ignoran
como si no las igualara
el mismo olor a espanto


*De Alejandra Morales.




Para leer en Aurora Boreal:

La literatura como espejo.

-Entrevista a Consuelo Triviño Anzola  realizada por Marcos Fabián Herrera.

http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1274:la-literatura-como-espejo&catid=91:entrevistas&Itemid=275




Correo:


***

Respecto a los escritos de Jorge Isaías.


Si bien trato de leer la mayoría de lo que editás. No me pierdo sus relatos. Es bueno que lo digamos.
Y que él lo sepa. Es atrapante como rescata su mundo infantil, su historia de pueblo, de hogar,
aún cercana y fragante.Todavía deben estar sus huellas en el polvo de aquellas calles, las estelas de aquellas  aves en el cielo, y el eco de los gritos de aquellos baldíos y las risas estridentes de sus travesuras flotando entre esos andares gringos de entonces...
Que siga escribiendo, que no termine nunca de contar, de sus personajes, de sus amigos; y que con su magia vuelvan a vivir para él y para nosotros, con quienes comparte.


*De Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar




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