Monday, February 04, 2013

ESTACIÓN BAUDRIX



Inventren

 

 

 
 
El Ciclo de las Mercancías*
 
 
 
PARTE 1
 
 
Baudrix es el nombre
de una estación abandonada.
 
 
 
PARTE 2
 
 
Baudrix no es un nombre:
Se trata de un término genérico
que denota a todo lo que parece
ladrillos amontonados
y más específicamente,
si ese amontonamiento
tiene forma definida.
 
 
 
PARTE 3
 
Baudrix es la palabra coloquial
que suele ser usada para nombrar
a todo aquel objeto
que actualmente se encuentra
en su segundo nacimiento.
 
Nos nombra a ti y a mí,
aunque creamos
llevar bien la cuenta.
 
Es esa palabra que a veces
(muy pocas),
se usa para dar nombre
a estaciones de ferrocarril.
 
 
 
PARTE 4
 
Baudrix es el nombre de una historia
que narra acontecimientos inenarrables,
que se contienen unos a otros.
 
Por eso en el único registro
que se tiene del documento,
tan sólo aparece el título
y nada más.
 
 
*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
ESTACIÓN BAUDRIX
 
 
 
 
 
EL ESPERADOR*
 
 
 
La habitación es pobre, por la ventana entra una luz tamizada por una cortina con agujeros, que producen manchitas irregulares de sol sobre el muro encalado. Una araña de patas largas y cuerpecito minúsculo hace filigrana en el techo. Hay una cama, un escritorio sencillo de madera, una lámpara con el pie curvo, despintada como todo, apagada a pesar de que el sol allá afuera está bien alto pero adentro es penumbra y tristeza.
Revistas viejas apiladas, un ventilador de metal sobre una silla, un ropero al que las puertas no le cierran del todo.
Adivinamos un baño del otro lado de la pared por el goteo lento pero continuo. Suponemos sin verlo que la tapa del botón falta, y para realizar la descarga del inodoro habrá que tirar del fierrito dentro del pozo rectangular abierto como una boca que ni llora ni ríe, abierto el rectángulo como una boca asombrada, suspendida en un grito o quizás inmóvil simplemente, esperando algún tipo de reparación.
Un hombre en camiseta sin mangas está acodado en la mesa de la habitación. No hay relojes allí, sólo las manchitas de luz que   
imperceptiblemente recorren las paredes y hacen de reloj de sol indicando que el mundo transcurre allá afuera. El sol se mueve, las manchas pasean lerdas por la pieza como constelaciones nocturnas de inmensidad y lejanía, aquí nunca es de día ni de noche, nos decimos, no es un buen lugar para cultivar vida.
Canta un pájaro, algún perro ha ladrado confusamente en algún lugar. Les contestan. Otros pájaros se desgañitan en respuesta, otros perros emiten sus voces destempladas comentando lo que dijo el congénere.
El hombre no se ha movido. Vemos que hay una pavita abollada, un calentador, un mate de madera recubierto en aluminio, una lata de yerba ennegrecida. Otra lata suponemos que contiene galletas, pero no la ha abierto.
El hombre está encorvado, los brazos sobre la mesa y la cabeza con pocos cabellos obstinadamente fijada hacia adelante. Le corre un gota de sudor temblorosa desde la axila. Anacrónicamente, una pantalla de ordenador le ilumina los ojos. Habríamos creido que un lápiz de madera y una hoja rayada serían más convenientes, pero la notebook delante de su rostro está tan deslucida como el resto de las cosas, polvo entre las teclas, la pantalla sucia y en una esquina del aparato una cinta aisladora remendando una quebradura.
Escribe con dedos pálidos "resido en Baudrix", y en el ordenador que desmaterializa el ser y lo transforma en unos cuantos caracteres viajando por el globo, se transforma en una frase maravillosa, él se transforma en un hombre misterioso y fascinante. Baudrix. Una mujer se imagina un caballero hermoso y distinguido en una casa de tejas negras en medio de un jardín con una fuente. Otra mujer se dice "Baudrix" y aparece un muchacho lánguido de nariz recta sentado en el pretil de un puente de piedra sombreado por altos pinos. "Baudrix" se dice otra, y evoca prados verdes y quizás robles, y quizás a lo lejos la aguja del campanario de una capilla medieval.
"Baudrix" ha dicho ella. Y sonríe, y piensa en el hombre en camiseta, en la cama de hierro, en la uña del dedo gordo del pìe derecho que le rompe las zapatillas de lona. Piensa en los cabellos ralos, las mejillas mal afeitadas. Recuerda la mujer la cortina con agujeritos, el comedor con los muebles de la abuela, el patio de baldosas desparejas.
"Escribe él, aquí, en Baudrix", se dice la mujer. "Y está solo, y espera" se dice. Espera aunque en la estación ya no arribarán más trenes. Lanza sus botellas, él, y todavía. Espera. Se dice la mujer.
El timbre no funciona. Unos nudillos golpean la puerta.
El hombre se pone una camisa de mangas cortas sobre la camiseta, se calza las chinelas y gira el picaporte de su puerta.
 
 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
*
 
 
"El amor es un tren que parte, un pañuelo saludando desde el andén, una lágrima que rueda buscando asirse al recuerdo, imborrable y eterno".
 
 
¿Dónde había leído aquella frase? ¿A quién se la había escuchado decir? ¿La habría imaginado? ¿Estaría escribiendo en el aire? ¿Cuántas cosas puede uno llegar a inventar cuando lo domina el dolor, cuando la única vía de escape hacia alguna de las formas del placer es la propia imaginación?
Quizá, lo sea también un vagón de tren, una locomotora desbocada, un par de rieles que se pierden en el horizonte.
Subió los peldaños del vagón con el peso de su propio desamor sobre los hombros. Se sentía vacío, como si le faltara algo dentro del pecho, eso que hasta no hace mucho le otorgaba consistencia a su propia persona. Y al mismo tiempo, estaba desbordante de recuerdos. Extraña sensación la de la pérdida,
pensó: te llena la cabeza de virtualidades, al tiempo que te vacía de materialidades.
Eludió a los pasajeros que se demoraban en el descanso, fumándose un pucho en un lugar prohibido, para encarar el pasillo y deambular apenas hasta encontrar un asiento vacío donde apoltronarse. Se recostó contra la ventanilla cerrada, cerrándose aún más el abrigo sobre el pecho, como si el frío interior le brotara por los poros, estremeciéndole con un escalofrío.
Un silbato se oyó en la tarde, el suelo del vagón crujió bajo sus pies, y la formación comenzó a moverse, como se movían las hojas de los árboles que circundaban el andén, retrocediendo dentro de su campo visual. Oyó el retumbar de la locomotora dándose ánimos para continuar viaje, y se abandonó a sus -cíclicos- erráticos pensamientos.
¿Cómo seguir viaje desde ahora? El asiento que quedara vacío a su lado era algo mucho más concreto que cualquier símbolo que pudiese representar su actual estado de ánimo. Vacío de materialidades, vacío de cuerpos, vacío de afectos, vacío. Eterno y creciente dolor.
De pronto, descubrió que ya no recordaba ni su rostro. Sentía la ausencia de su figura, su perfume, su calor. Pero no podía recordar sus facciones. Su cabello, quizás, oscuro y lacio; más no sus rasgos. ¿Cómo era posible?
¿Estaría acaso comenzando a olvidarla? Lo dudaba; si así lo fuera, no sentiría este frío que le ascendía por el cuerpo como gélidas rachas de viento invernal. No: aún la recordaba, intensamente; este olvido sólo era otro ejemplo más de la constante presencia de su ausencia.
Clara. Su nombre apareció en su memoria como un oasis en el desierto.
Nombrarla, musitar ese familiar par de sílabas con un silencioso murmullo, no le hizo recordar aquel rostro que tantas veces contemplara extasiado, pero le abrió una puerta. Allí, hecho un ovillo contra la ventanilla del vagón, se abrió delante suyo un acceso hasta entonces velado por el dolor.
Ingresó de pronto en un pasadizo mental que velozmente lo condujo hacia terrenos inaccesibles para él durante mucho tiempo; terrenos anímicos que le parecían demasiado extraños, como si le perteneciesen a otra persona.
El paisaje se desplazaba hacia atrás, oscilando con el rítmico vaivén del tren; y por encima de él, emergiendo con una misteriosa luminosidad, apareció ella. Clara, recortada contra el marco de la ventanilla, como un tierno fantasma que quisiese penetrar en el vagón y sentarse a su lado, haciéndole compañía en este sombrío momento. Clara, extendiendo sus manos con ramalazos de un calor pleno de ternura, deseosa de ahuyentar para siempre esta devastadora languidez que le enturbiaba los afectos.
Su rostro se acercó al suyo, y aunque percibía el aroma de su piel, aún no conseguía discernir sus rasgos. Podría ser ella, u otra cualquiera. Pero era Clara, no había ninguna duda. Su corazón se lo afirmaba, más que su razón.
¿Razón? ¿Existía alguna clase de racionalidad en este momento dentro suyo?
Su mano derecha se aferró aún más a las solapas del abrigo, queriendo asirla, retenerla, abrazarla.
El calor se extendió por debajo de sus axilas, rodeando su cuerpo, mientras una boca respiraba ansiosa sobre su cuello. La calidez se desplazó hasta rodear sus muslos, mientras una leve pero creciente excitación comenzaba a dominarlo. El frío que sintiera hasta entonces parecía haberse extinguido.
Clara volvía a abrazarlo, a quererlo, a darle más de su calor.
Entreabrió la boca, buscando robarle un beso. Sus labios se encontraron con cierta torpeza, intercambiando sabrosas humedades que ya parecían no recordarse. Su mano quiso desplazarse, pero sólo consiguió aferrar apenas el hombro izquierdo, entrecerrando los párpados, mientras un brazo virtual, luminoso y protector, se desplazaba sobre la brillante piel de la espalda de Clara, y su boca se deshacía del encuentro labial para recorrerle un hombro, inhalando ese perfume que tanto deseara y lo embriagara durante días, semanas, meses.
Entonces descubrió, apenas registrando el escaso contacto que tenía con la realidad que lo circundaba, que el duro asiento del vagón había dado lugar a un mullido sillón de pana, iluminado por una tibia lámpara de pie, que le recordaba una agradable y soleada tarde de otoño. Clara se movía sobre sus muslos, sin dejar de adherirse contra su cuerpo, con una indescriptible desnudez. Los besos recorrían infinitas distancias, procedentes de un ayer tan maleable que muy pronto se convertía en este presente, reactualizado, vívido, inmortal.
Los brazos de él la aferraron vigorosos, rodeándole la espalda y la cintura, impidiendo que se aleje, provocando que ambas caderas se refregaran entre sí, aumentando el imaginable caudal de excitación. Clara gemía sobre su oído, suspiraba entrecortada, le mordisqueaba el lóbulo de la oreja, al desplazar sus tibias manos por encima de sus tetillas, rozándolas apenas con sus pezones al izarse y dejarse caer, volviendo a besarlo, hundiéndole la lengua, cerrando ambas piernas para apretarlo cada vez más.
La excitación de él cobraba vigor muy rápidamente, como hacía mucho tiempo no experimentaba. El frío lo había abandonado. Volvía a sentirse amado, deseado, efecto que retribuía con ardor, mientras el traqueteo del tren lo mecía a un lado y al otro, potenciando el vaivén amoroso que le imprimía Clara con sus ondulantes arqueos, sinuosos movimientos que alejaban de sí toda realidad.
Hasta que ya no pudo resistirse más y se dejó ir, liberando sus recuerdos, abriendo los brazos para recibirla y entregarle su savia, permitiendo un encuentro tantas veces negado, compartiendo ese calor inenarrable que siempre deseara retener junto a su corazón. Y así la recordó, sus rasgos afilados, los ojos claros, una nariz recta que prevalecía sobre unos labios pequeños pero carnosos, las cejas oscuras y tupidas, la tensa expresión orgásmica de un intenso amor que por siempre existiría dentro suyo.
Recordó la liviandad con que encaraba la vida al estar junto a ella, la etérea sensación de volar sobre las calles y las playas durante los extensos paseos que disfrutaran juntos, la trascendencia de cada detalle hecho signo, el calor que le transmitiera su mirada durante tanto tiempo, la consistencia de un vínculo que le otorgaba solidez e impedía que se desmembrara en su propia confusión. Comprendió el estatuto que había adquirido el peso de la propia angustia al estar alejado de ella, el horror que experimentara cada noche que se acostara a solas en una cama absurdamente vacía, con la noche por delante y el sueño resistente a abrazarlo, para conducirlo dentro de ese mágico espacio que creaba cada noche para reencontrarlo con su deseo. Supo que, al convertirse el amor en algo tan leve y el desamor en algo tan pesado, aquello podía conducirlo a una locura tan adherente que jamás conseguiría apartarse de ella, al menos mientras viviera, cargando con aquel dolor hasta el final de sus días. Y el calor que recordara sobre este preciso vagón de tren sólo sería un vano espejismo de los momentos idos, insustancial y evanescente.
Se resistió a recordar más, a enfrentarse con el dolor, a tolerar la realidad. La creciente sensación cobró una entidad casi física a lo largo de todo su cuerpo. Entonces se dejó ir, llevado en brazos por un orgasmo de raíces tanto físicas como mentales, arropado por una tibieza solar que provenía de sus profundidades anímicas más entrañables, abrazando a su propia Clara en un instante amoroso que él hubiera deseado no se acabase nunca.
Así, mientras continuaba alejándose del dolor de la ausencia, se dejó llevar por el traqueteo hasta la próxima estación, rogando porque siempre existiese una estación más en su camino, y esa extensa vía que lo conducía al recuerdo jamás tuviese un final.
 
 
 
 
 
 
 
SI TERMINA EL AMOR*
 
Si termina el amor
el agua es más espesa en los estanques
y un ángel de cristal se muerde el labio;
puede darse un revuelo de gaviotas
mar adentro
y en el pecho la daga de una ausencia infinita
se abre paso cual proa entre las olas
y el consuelo del sueño nunca llega.
Nunca, el sueño nunca, nunca llega.

Si termina el amor
nubes negras se apoderan de los cielos
lanzándose a una loca carrera delirante
cuyo único destino es la certeza
de lo perdido, sí, de lo perdido.

Si termina el amor se llena el alba
de funestos ladridos sin consuelo
y un ruiseñor cansado se asesina
contra el pétalo fugaz de una amapola.

Si termina el amor lloran los parques
y una estrella fenece en cualquier parte,
y repican las fúnebres campanas
un coro de gemidos germinados,
una salva de gritos apagados
que hacia adentro resuenan y resuenan.

Si el amor se termina...

Los porches que solían cobijarnos,
la estación del ayer que nos prestaba
sus callados andenes de férrea complacencia;
la quietud temerosa de los templos,
el generoso amparo de las calles...
¿A qué otra causa han de servir? Decidme.

Y la noche... la noche, la noche protectora
si el amor se termina...
¿de qué sirve la noche si el amor se termina?
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
DE UNA FUGAZ PASADA POR ANDERSON Y BAUDRIX*
 
 
 
*Por Alfredo Armando Aguirre. 14choloar@gmail.com
 
 
 
Fue por el verano austral de 1986. En el marco de una larga marcha que inicié en Lobos y terminé en San Andrés de Giles. Una larga marcha que hice a pié, mochila al hombro.
Uno de los tramos fue entre 25 de Mayo y Araujo. En el tramo anterior hecho entre Pueblitos y San Enrique, ya iba en la búsqueda de una clase especial de ramales ferroviarios abandonados, como efecto de ese crimen de lesa humanidad aun impune, cual fuera el llamado Plan Larkin, que fuera entregado a la Administración Frondizi, que lo había encargado, en febrero de 1962, poco antes del derrocamiento de ese controvertido personaje de la política argentina.
Esos ramales, eran una suerte de derivados de alguna línea principal que habían sido autorizados por una ley especifica, en la época de esplendor ferroviario que concluyó con el estallido de la Primera guerra Mundial, aunque mantuvo alguna inercia por casi tres décadas mas pero decreciente
Se entiende que esos ramales, suponían que en sus “puntas” se generaría carga.
Bueno: ya habíamos llegado a San Enrique, donde nos hospedamos en esas casas de familia que daban alojamiento y comida en esas pequeñas poblaciones. Y después de haber hecho un “tramo de enlace” en colectivo hasta 25 de mayo, me apresté a ir desde allí hasta la punta de otro de esos peculiares ramales: Anderson, donde terminaba el ramal que se desprendía en Gorostiaga de la línea Sarmiento (Ex Ferrocarril Oeste).
Vale acotar que había salido con un plan previo, consultando los mapas disponibles (El Google Earth entonces no existía). En 25 de Mayo, gente conocida, nos dio las orientaciones de como llegar a Anderson. En ese entonces hacia las travesías caminando una hora y descansando 5 minutos. En la provincia de Buenos Aires, por su peculiar división en “partidos” hay una concentración en las ciudades cabeceras de los mismos, que torna difícil encontrar alojamiento en las pequeñas poblaciones. Allí, uno queda librado a la buena voluntad de la gente.
Bueno, lo concreto es que nos metimos por los caminos de tierra y haciendo alguna que otra pregunta, y consultando las señales viales añejas que la Dirección de Vialidad provincial había hecho en parceria con YPF y el Automóvil Club, llegamos a lo que quedaba de Anderson. Esas puntas de riel, tenían un “triángulo de vías” para dar vuelta la locomotora que llevaba los trenes, generalmente “mixtos”, hasta allí. Para ese entonces muchas de los edificios de esas pequeñas estaciones, estaban alquilados a personas del lugar.
Satisfecha nuestra curiosidad empezamos a buscar la salida de Anderson y a menos de tres kilómetros, detrás de una fila de árboles de gran altura, nos encontramos con lo que quedaba de la estación Baudrix que pertenecía al Ferrocarril Midland inaugurada en 1910, que luego pasara a formar parte del Ferrocarril Nacional General Belgrano, y desde 1954 hasta la “Revolución Libertadora” formara parte del Ferrocarril Nacional de la Provincia de Buenos Aires.
En este verano austral de 2013, no recordamos bien si esa estación estaba o no ocupada. Sí nos recordamos que en su playa de carga, había unos galpones de zinc, con la leyenda “Apoye el Segundo Plan Quinquenal” (Es decir el plan de gobierno 1953-1957, aprobado por Ley 14.184, y abortado por el golpe de estado de 1955). Recordamos que era mediodía y el boliche frente a la estación estaba cerrado. Allí fue donde sentimos la picazón de una avispa. Picazón que cualquiera que la haya experimentado, sabrá lo dolorosa que es. De algún lugar había sacado, que con orín, se podía aplacar el dolor y eso hice. Surtió efecto.
Retomamos la marcha, paralelo a la vía del Midland ya levantada y así luego de cruzar el camino pavimentado que va de 25 de Mayo a Bragado, llevamos a una casilla de Vialidad Municipal en Araujo. De eso ya hemos escrito tiempo atrás.
 
 
Cada vez que tengo la ocasión de escribir, a estímulo del Aparcero Coiro -alma mater del emprendimiento telemático “Inventiva Social”- y hacerlo sobre temas ferroviarios, se me revuelven las tripas con lo que hicieron con los ferrocarriles en Argentina. Todo para ser funcionales a los planes del complejo caminero automotriz. Ese proceso se dio en otros países pero no tan alevosamente como en Argentina.
Y encima algunos quieren hacer pasar por héroes a los responsables de unos de los actos más desestructurantes que padeció el país.
Tomamos contacto con el documento, conocido como Plan Larkin allá por 1972. No sabemos cuantos de los que se refieren a él lo han leído. Era evidente que el plan solo quería justificar el levantamiento de ramales y la clausura de servicios para seguir pavimentando los caminos ya dispuestos por el plan decenal de 1934-1954, reglamentario de la ley de vialidad 11658 de 1932.
Nos consta que hubo protestas y hasta una huelga de parte de los gremios ferroviarios. También nos consta la complicidad de “fuerzas vivas” que pedían caminos pavimentados por doquier y después terminaron lamentándose porque les sacaban el tren y porque se le inundaban sus campos...
Era evidente que no se estudió, como se haría actualmente, el impacto socioeconómico de esa vesania.
Nuestra fantasía seguirá alimentándose con la ilusión  que esas construcciones y las actividades que desencadenaron, están anidadas y volverán a la vida cuando las circunstancias decidan que es tiempo para el fruto....
 
(Salvador do Sul, RS, 2 de enero de 2012).
 
 
 
 
 
 
 
 
EL TREN DE LAS 18*
 
 
Con su estertor
como un punto o una peca negra
una mancha voraz ocupando la planicie
o bien como un cimbronazo del horizontes
irrumpía el tren de las dieciocho

columpiando sus distancias en uno y otro ojo.
El asunto estaba en ese acontecer de la tarde
donde bajaban y subían saludos
bultos varios y uno que otro grito de andén

como si todo la congoja y la nostalgia
la risa y los temores
se detuviesen un instante en los umbrales
para, luego, salir cual arcón mágico por la pampa.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
***
 
 
Inventren Próximas estaciones: 
 
 
 EMITA. 
-Por Ferrocarril Midland-
 
 
BLAS DURAÑONA.
-Por Ferrocarril Provincial-
 
Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.
 
 
-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:
 

INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN. 
J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 
 
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE. 
 
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  
 
PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.
 
 
 
-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:
 
 
 LUCAS MONTEVERDE.   EMILIANO REYNOSO.
 
SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS.
 
JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
 
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
 
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
 
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
 
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 
D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
 
  ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
 
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.
 
 
 
 
 
 
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