Wednesday, July 17, 2013

A LA CRUDEZA DE LA VERDAD...




*Obra de Cecilia Aguado.
Villa Gesell. Argentina.
 
 
 
 
 
 
 
 
TRES POSTALES SICILIANAS*
 
 
 
La calle de Giovanna
 
 
Por la calle larga que va
al cementerio
vive Giovanna, en cuyo
jardín
amplio creció un cacto
que superó
la altura de los techos.
Triste
se va poniendo esa
calle
después de su casa,
paso
a paso. Es la calle, sin
más,
por la que todos pasan,
ricos
y pobres del pueblo, un
buen día.
 
 
 
 
 
 
Escombros
 
 
a Giovanna Longo
 
 
Algunos prefieren no
acordarse,
pero las fotos sepias
del año
’43 lo dicen todo:
tropas
en las calles; casas
demolidas
y cuerpos tendidos
en poses
tristes, lastimosas.
Gela,
Caltanissetta, Acate
y los campos
de olivos. Un año
largo,
de pan duro, de
sombras gruesas
y de escombros.
 
 
 
 
 
Tarde en Messina
 
 
Llovizna tras el vidrio
mientras
sorbo mi café y miro
el gato
negro que duerme en
el sillón.
La gente agacha la
cabeza
y cruza la avenida
apresurando
el paso.
Todo puede verse
desde este bar
de sillas vacías y de un
entrañable olor
a guiso.
La costa, el puerto,
están
a sólo unas cuadras
de esta esquina
donde se detienen los
tranvías
que dejan una ausencia
tibia
flotando en la llovizna.
Así,
como de una escena
vaga de Fellini,
son el umbral y las
puertas
viejas y abiertas de
Sicilia,
que algunos recuerdan
con pañuelos.
 
 
*De Eduardo Dalter.  eduardodalter@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
A LA CRUDEZA DE LA VERDAD…
 
 
 
 
TIEMPO Y LLANURA.*
 
 
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
 
 
“El tiempo, de existir era lento como una miel dorada”, escribió Manuel José Castilla, para siempre.
¿Y qué era para nosotros en aquellos tiempos, el tiempo? Algo en lo que seguramente nunca pensamos porque para pensar en “el tiempo” se necesitan años vividos y éramos todos puro presente en la edad primigenia en que quiero instalar –desde el hoy- este relato.
Creo que fue Borges quien ha escrito que a cierta hora de la tarde, más concretamente en el crepúsculo, el campo quiere decirnos algo. Si uno se pone a oír con la atención abierta el sonido de los cientos de insectos misteriosos que son como las voces eternas de esa llanura que nos desampara y nos cobija.
Y si uno sabe oír, es seguro que desentraña todo ese aparente murmullo que nos pone calma sobre nuestros nervios que destruye la ciudad.
Pero están también las voces de aquellos animalitos que van a dormir en las orillas de las cañadas cuando no son  sino los batracios, es decir los sapos y las ranas que brindan la noche en un concierto poco afortunado, con un descontrol y total desafinación que sin embargo, cuando uno se acostumbra, ya a altas horas de la noche produce una entrada apacible en el sueño blando que nos desaparece del mundo, por algunas horas benéficas y reparadoras.
Muchos de nuestros grandes escritores han dejado páginas magníficas sobre qué significa esta llanura que marea como un mar, según supo afirmar Sarmiento. Hudson, por ejemplo, que la conoció llena  de pájaros  “como ya no quedan sobre la tierra”, o los otros que agregaron el sufrimiento humano enseñoreando sobre todo: Gudiño Kramer, Saer, Güiraldes, Manauta, Eandi, Pedroni, Carlino, Vecchioli. O el que le agregó sus grandes cuotas de melancólica ternura, es decir el gran Haroldo Conti.
Entonces si uno suma a los recuerdos más remotos, tan lejanos que su inasibilidad se debe reponer casi con un esfuerzo de imaginación se ve o se mira a sí mismo, según, inmerso en ese espacio siempre llano en un orden de orfandad.
El recorrido nuestro en ese entonces estaba circunscripto a las tareas o la actividad de los mayores. Acompañarlos en sus trabajos, incursiones de caza y pesca o simples  paseos o desplazamientos, en el caso de mi padre o mis tíos y rara vez en un vehículo que no fuera tracción a sangre, o meramente a pie. Estaba también el desplazamiento nuestro, con los amigos siempre dispuestos al asombro de una aventura nueva, que incluía la cacería de pájaros o la prueba de la pesca cuando las lluvias enriquecían los cañadones trayendo en ellas mojarritas, bagres y “viejas del agua”, y de vez en cuando un  pacú barroso que ensanchaba la olla del guiso nocturno, dispuesto con amorosa mano de madre hacendosa, capaz de hacer milagros con el esplendor de su quinta orgullosa de existir en ese barrio humilde gracias a al industria de sus manos.
Si la fortuna de la puntería paterna agregaba alguna noche una  o dos libres de más iban a parar en grandes frascos preparados al escabeche, por la falta de heladera, se conservara comestible un tiempo más. En este trabajo la sabía ayudar mi padre. Como en la ardua tarea de embotellar salsa de tomates, con los que no se consumían y se dejaban madurar ex profeso. Se le agregaba sal, albahaca, ajo y algún otro condimento y se lo tapaba con un corcho al que había que asegurar con unos hilos fuertes que mi padre coronaba con su fuerza porque el contenido ejercía una presión que  a veces expulsaba ese corcho y la salsa era expulsada hasta el techo. Ignoro hasta hoy qué era aquello que revolucionaba ese contenido tan rojo. A veces, cuando la cosecha familiar  había sido óptima se llegaban a embotellar cien recipientes de vidrio.
Este relato que viene de lejos y que no deja –no puede dejar- de lado el tiempo y su paso sobre los hombres, las mujeres y las cosas, estuvo cierta vez en un lugar concreto de esa gran llanura, que no era sino ese espacio y ese paisaje, chatos, enclavado por así decir, solamente en una memoria que quiere ser recurrente y minuciosa pero que no llega a ser obsesiva.
Imposible no ponerse a pensar qué pasa con la llanura cuando está puesta en uno con las cosas que el tiempo carcome con su paso, llena de óxido hasta los recuerdos y deja puesto a orear bajo el sol de los eneros el resabio de las inundaciones, del paso rápido del agua caída en esa tormenta de verano que engrosa el caudal de los canales –los pequeños y los grandes- que drenan el agua que se detiene más de la cuenta sobre los campos y perjudica los sembrados y hasta el riesgo de malograr las pasturas de hacienda y caballadas. Esos canales que mejoraron las posibilidades de rendimiento (el “rinde”, se decía entonces) que aseguraba la subsistencia de las familias numerosas.
Entonces uno debe recurrir a la memoria que viene necesariamente envuelta en las enredaderas del tiempo, poniendo sobre uno y ante sus propios ojos aquellas llanuras que también atravesaban los  carros y camiones con sus cereales hacia los pueblos, que surcaban esos caminos cubiertos de soles esplendorosos o los huellones de barro en el mal tiempo, esas llanura con sus pastos y sus sembrados de trigo o maíz o cebada o cualquier cereal o forraje para animales que se elegía cultivar.
Esas llanuras que han dejado ya de pertenecernos porque no la transitamos sino con la memoria que sólo intenta reconstruirla  o ayudándose con ella, que pone indefectiblemente colgaduras del cielo aquella cigüeña inmensa, de  un blanco impoluto en cuyo plumaje se posa el sol de octubre para siempre.
 
 
 
 
 
 
 
 
LA POBREZA ES UNA FIERA CEBADA*
 
 
“El amor pide amor y lo pide sin cesar…lo pide…aun…” (LACAN)
 
 
 
La oscuridad se acerca rechinando los dientes.
Va al encuentro de ambos.
Cerrado el candelabro. Apagada la puerta.
El jinete se acerca. Temeroso.
... Tan callado, tan triste, tan él.
Trae los soles quietos. Solsticios y fogatas.
Tiempo sideral de su deseo.
La avidez es un pájaro inquieto
Leve luz, rescatando sepulcros.
La pobreza es una fiera cebada,
Azota. Flagela. Hostiga. Aniquila.
Marchita hasta los huesos.
Aborta las cosechas.
“No me confundas, amor, estoy tan triste”
Tan cansada, tan desolada, tan ella.
Un arco. Tembladeral de flechas.
Saetas, ballestas. Se le va la vida en el resuello.
Babas Espumarajos. Secreciones.
Ensangrentadas manos. Besos.
“No temas, amor mío, que me duele el verde”
El hombre es una marejada de oro.
La pobreza se esconde. En granero vacío.
Bajo la mesa. En el pan duro y en el vino agrio.
En la fiebre, en la peste. En los excrementos.
En la codicia. En el becerro de oro.
El hombre y la mujer avanzan.
Tan resueltos. Tan osados, tan ellos.
Trenzados. Entretejidos. Uno.
Tan encuentro.
“Ay amor, es tan dulce la leche de tus pechos.”
“Amor. Es tan refugio, y tan sediento, tu cuerpo”
Lejos, muy cerca del abismo.
La muerte se balancea en un cordel…y espera”
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
El alma rusa*
 
 
 
 
*Por Juan Forn
 
 
Miren esa vieja mujer que acepta sin chistar el turno noche en una fábrica soviética de provincias y va de máquina en máquina por ese taller desierto moviendo los labios inaudiblemente. ¿Saben qué está haciendo? Está recitando para sí los poemas de su marido. Eso hace hora tras hora, noche tras noche. Tiene en su cabeza más de mil poemas, y una sola misión en la vida: preservarlos en su memoria. La única manera de mantenerse con vida que tiene la viuda de un enemigo del pueblo es hacerse invisible al largo brazo del aparato represor soviético, y eso viene haciendo Nadiezhda Mandelstam desde que Stalin mandó a su marido a morir en Siberia en 1938. No puede vivir en ninguna ciudad grande de la URSS, tiene que huir a la menor señal de que alguien pueda denunciarla, en cada nuevo destino acepta los trabajos que nadie más quiere y sobrevive malamente, recitando todo el tiempo para sí, uno tras otro, los poemas de su marido.
Parte de esta historia ya la conté: el poeta Ossip Mandelstam compuso un epigrama vitriólico contra Stalin, sus amigos le pidieron horrorizados que no lo repitiese más (“Eso no es un poema; es una sentencia de muerte en 16 versos”), Stalin se enteró y lo hizo encarcelar en la Lubjanka y, cuando ya se temía lo peor, Mandelstam sólo fue desterrado al norte, una condena “vegetariana” (Stalin aceptó a regañadientes el ruego de Bujarin: “Hay que ser cautelosos con los poetas; la historia está siempre de su lado”). Mandelstam partió al destierro con Nadiezhda, pasaron cuatro años de penurias, el plan era que se quebrara solo, de a poco: le impedían trabajar o le daban encargos humillantes. A fines de 1937, con la soga al cuello, aceptó lo inaceptable: se sentó a escribir una segunda oda a Stalin. Quería apurar su condena y quería salvar a su mujer de la aniquilación. Intentó hacer un poema que dijese lo que era Stalin para él y que a la vez conformara a las autoridades. “Trató de afinarse como un instrumento, someterse con toda conciencia a la hipnosis general hasta dejarse embrujar por las palabras de la liturgia. Un salvaje experimento, por el que quizá yo no fui aniquilada”, escribió Nadiezhda treinta años después. Mandelstam logró entender como pocos la lógica del aparato represivo que se estaba construyendo: ya en 1922, poco antes de que se le prohibiera publicar, había sido invitado por Andreiev a colaborar en “la organización más grande y poderosa de la URSS, y todo se basará en la palabra, ¿quieres ser uno de los nuestros?”. Hablaba, por supuesto, de la Cheka, que luego sería el GPU, y luego la NKVD, y luego la KGB. “Hazte invisible. Si no te ven, si logras que se olviden de ti, acaso sobrevivas”, le dijo Ossip a Nadiezhda antes de que se lo llevaran a Siberia. Y eso hizo ella, durante los siguientes treinta años.
Recapitulemos su vida: tenía veinte cuando se casó y veintidós cuando a su marido le prohibieron publicar; durante diecisiete años fue la amanuense de cada poema de él, porque Mandelstam tenía una manera muy particular de escribir, que se intensificó cuando empezaron a perseguirlo: nunca necesitó mesa, escribía caminando (si podía, al aire libre; en caso contrario, yendo y viniendo por la habitación), después le dictaba a Nadiezhda, después escondían esas copias clandestinas con personas de su máxima confianza, después le hacía recitar a ella cada poema que se iba acumulando, porque esas copias podían ser incautadas. Imaginen diecisiete años de poemas acumulándose y después otros treinta, cuando ya era viuda, repitiendo esos poemas uno por uno, día por día, para que no se deshicieran en su memoria, hasta que vino el deshielo de Kruschev y los poemas de Ossip estuvieron a salvo.
Y entonces, cuando tenía sesenta y siete años, y pesaba apenas cuarenta y cinco kilos, y tenía que subir cada mañana cinco pisos por escalera los baldes de agua que necesitara esa jornada, Nadiezhda Mandelstam se sentó a escribir sus memorias, su versión de los hechos, un relevamiento asombroso de lo que había ocurrido en Rusia en todos esos años (en qué resquicios se refugiaba la dignidad cuando todo incitaba a la indignidad) y, a la vez, un testimonio extraordinario de lo que es vivir al lado de un poeta, respirar el aire que respira, asistir al momento en que una vibración interna pone en movimiento sus labios y sus piernas y no cesa hasta que el poema encuentra sus palabras definitivas y se desprende de su creador. Mandelstam decía que las alucinaciones auditivas eran una especie de enfermedad profesional para el poeta. También decía: “Canto cuando la conciencia no me hace trampa”. Por eso sus poemas son todos tan breves, y tan musicales también, como si cada uno de ellos existiera de antes, como si se tratara nomás de captar cada una de sus líneas con suma atención, encontrar las palabras precisas que los formaban y luego eliminar hasta el último vestigio de hojarasca, para que el poema fuera imposible de olvidar.
Cuando Nadiezhda pudo volver a Moscú y dejar de ser invisible, en los años en que escribía sin decirle a nadie las seiscientas páginas de sus memorias (que tituló Contra toda esperanza: contra toda esperanza de que sus compatriotas alcanzaran a ver alguna vez la enormidad de lo que habían padecido), se le empezaron a acercar tímidamente personas que habían guardado clandestinamente originales de Mandelstam que en su momento habían sido rechazados en revistas y editoriales. También se le acercaron sobrevivientes del gulag, que habían visto a su marido antes de que muriera en Siberia. Uno de ellos le contó que, en el calabozo de los condenados a muerte en Kolymá, estaban arañadas en la pared dos líneas de un poema suyo y que Mandelstam estuvo “contento y tranquilo unos días” cuando lo supo. Nadiezhda le pide al veterano de Kolymá que repita los versos. “¿Será posible que yo aún exista realmente / que esto que llega es la muerte verdadera?”, recita él. Nadiezhda entiende al instante la reacción de su marido: ella también ha sentido alivio al constatar que el poema no había padecido las deformaciones habituales que producía el boca en boca. Poco antes, en sus memorias, cuenta que iba en un colectivo lleno en Moscú que saltó al pasar por un pozo; ella se agarró del brazo de la persona que tenía al lado para no caerse y, al darse cuenta de que era otra viejita igual de esmirriada e inmaterial que ella, le pidió perdón con vergüenza, pero la otra viejita le contestó: “No es nada. Las mujeres como usted y como yo somos de hierro”. Dice Joseph Brodsky, que llegó a conocerla bien en esa época, que la última vez que la vio fue sentada fumando en un rincón de la ínfima cocina que habitaba en Moscú: “Era invierno y estaba haciéndose de noche a las tres de la tarde y lo único que se llegaba a ver era el leve resplandor de la brasa de su cigarrillo y de sus ojos. El resto, el diminuto cuerpo encogido bajo un chal, el óvalo pálido de su rostro y su cabello ceniciento estaban sumidos en la oscuridad. Recordaba a los restos de un gran incendio, unas ascuas que se encienden si las tocas”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El sol hace su fiesta en un sabor*
 
 
 
 Dame pan madre, dame pan
No te pido sólo el alimento,
sino los pájaros que se esconden en la miga,
las solitarias gotas negras del dolor
y los trasiegos azules de aquel júbilo
que a veces me anegara.
Gocho Versolari
 
 
El sabor del inicio toma cuerpo, redondo como el mundo, una frutilla o cereza o brizna de tomate o ají, dona el rojo-rosado, el color con el que nos prendemos a la vida.
Cuerpo derramado o duro: Brie, azul, sardo, con alguna pimienta que complejiza la unidad perdida.
La maravilla del sabor, alejando la dulzura primera con gotas de cognac o veteados por el tiempo, nos vuelca en el desamparo ¿o lo desnuda?
¿El arte un intento de hermosear la herida?
A veces los paraísos se palpan con las papilas del lenguaje.
 
 
 
*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
LOS HOLGADOS MUROS DEL TEMPLO DEL LLANTO.*
 
 
 
 
*De Jesús Brilanti. lugburtian@hotmail.com
 
 
 
 
El camino es lo bastante extraño,
 
Fuera del laberinto nada existe,
 
La vida termina y comienza aquí,
 
y aún así, camino por el sendero
 
de las ilustraciones desoladas.
 
Un frío viento conduce nubes
 
por debajo de un cielo purpúreo,
 
mientras nuestra esencia entra
 
en fulgurante trance;
 
introducción hacia lugares remotos,
 
y repentinamente, el templo del llanto,
 
frente a mi cápsula óptica;
 
el templo del llanto en donde
 
gobierna lo ilimitable y transpira matices,
 
una tenue lluvia acre impacta mi rostro
 
vinculándose con mi pesadumbre del alma.
 
 
 
Ostentosos jardines, tierras irrigadas,
 
y seres exóticos jamás antes vistos,
 
seres preñados de luz, serenidad,
 
parajes del empíreo,
 
lugar de los mil seis lagos,
 
y uno de ellos descubre sus secretos,
 
aparentemente infinito,
 
pero después de corto tiempo, se aprecian
 
intactos magnos pueblos perdidos
 
en los holgados muros
 
del templo del llanto.
 
 
 
 
 
 
 
A Nietzsche o prohibido escupir en el mundo*
 
 
 
La locura o la fe
la verdad o la fe:
elegí
 
El temor a la locura o la fe:
elegí
 
El temor a la locura y a la crudeza de la verdad
o elegí
la cocción de la fe.
 
 
 
*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
***
 
 
 
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