Sunday, July 28, 2013

¿TE APAGARÁS CON LA LUZ TÚ TAMBIÉN, COMO LOS PÁJAROS?



*Dibujo de Erika Kuhn.
 
 
 
 
 
 
TE QUIEREN MATAR OTRA VEZ ELENA*
 
 
 
Te quieren matar otra vez Elena
y nada podemos hacer por tí.
 
Lo quieren hacer con pedacitos de vidrio
con rosas de cianuro
con palabras amargas y tenues como el cilantro.
 
Elena
yo solo soy un poeta
que mira crecer tus pezones
te voltea
te besa el cuello
y dibuja en tu espalda un pez de oro.
 
Pero te quieren matar otra vez Elena
y yo sólo soy un poeta
un tarambana
un vendedor de sueños
un comprador de Coca Cola
que ve cómo te sacan las uñas
y no tengo una palabra
una mínima palabra que te defienda
que te haga huir
de esos que te quieren borrar del mapamundi.
 
Elena
yo solo soy un poeta
y salgo por los mercados a comprarte flores silvestres
pero ya en los mercados no venden flores silvestres
y por las noches salgo al reino del neón
para besarte
para bailar
para inventar una nueva constelación
y te llamo por los nombres secretos
__esos nombres de guerra, en esas guerritas mundiales
que fueron nuestros besos y abrazos __
Salgo a gritar las claves que sólo tú conoces
_ Sagitario con luna en los labios
_ Animalito dormido
_ Odalisca
_ Venadito rebelde
 
Y nadie responde Elena. Ahora ya sé que podemos morir por amor aunque los periódicos lo llamen Suicidio,
Depresión social y otras palabras horribles Elena, que desde tu casa de silencio y madreselva no puedes oír.
Yo solo soy un poeta
que intenta una catedral de palabras
un cuchillo de viento
un acto de magia
algo que te salve de la muerte
y volvamos a aquellas guerritas mundiales
que fueron nuestros besos y abrazos
y comprábamos un pan enorme
una guitarra
y había una canción que hablaba de un unicornio azul
que se había perdido
y yo te desnudaba en silencio
y comenzaba a buscarlo en la sombra de tu vientre
en el nacimiento de tus nalgas
en las líneas de tu mano izquierda
llovía
tocaban a la puerta
sonaban allá afuera unos disparos
y nosotros ahí __ en esa guerrita mundial __
Y tú me preguntabas Qué es ese ruido?
¿Qué es ese tropel? y yo te contestaba:
Es un Unicornio que vuelve, Elena.
 
Ahora son otros los tiempos
las cifras
los sobrenombres
y del cielo cae lluvia ácida.
 
Los hijos de puta de entonces ya no son los mismos
tienen otros hijos
el cabello blanco
más dinero
y más hijos de puta que aquellos días en que inventábamos una primavera
en nuestro cuarto
y yo llamé a tu sexo Flor de Agua, Mariposa de Aire.
 
Pero yo solo soy un poeta Elena
y te quieren matar
lo quieren hacer con pedacitos de vidrio
con rosas de cianuro
con palabras amargas como el cilantro
 
Yo solo soy un poeta
que intenta una catedral de palabras
un cuchillo de viento / un giraluna
un acto de magia / una fiesta
y esto no es suficiente
para salvar a una mujer que se llama Elena.
 
Y vengo aquí
 
con ustedes
humildemente
para que me presten una canción
un revolver /. Una flor amarilla
un algo / no sé
 
que me permita volver a las guerritas mundiales
con Elena
al ruido de los besos
a comprar un pan enorme
y una guitarra.
 
Yo solo soy un poeta
ayúdenme
 
De todos modos se los aviso
quieren matar a Elena otra vez
y lo quieren hacer con pedacitos de vidrio
con rosas de cianuro
con palabras amargas como el cilantro.
 
Yo se los aviso.
 
 
 
*De Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu
 
 
 
 
 
 
 
¿TE APAGARÁS CON LA LUZ TÚ TAMBIÉN, COMO LOS PÁJAROS?
 
 
 
 
 
 
 
EL VALLE DE LOS LIRIOS*
 
 
- Inédito para Inventiva Social-
 
 
 
La conocí en un orfanato, acaso en un hospicio.
Un sepulcro inconcluso. Arenas movedizas.
Un serpentario. Un prostíbulo. Una iglesia.
Musitó serenamente, en voz azur, silente.
Susurró de ausencia y niños disecados.
De la soledad del gusano, padre nuestro.
Me habló quedamente. Al oído.
Me subyugó, al instante. Como en aquel enero.
Yo contesté llorando:
Ven, amada, embriágame la boca.
Pon en ella el color de los lirios.
Hunde mis ojos en tus oquedades.
Apriétame. Amárrame. Agriétame.
No dejes que me escape, soy la mujer de Loth.
Ya todos han partido. Las madreselvas negras.
Los perros flacos, los azules potros.
Han huido las aldeas despobladas de peces.
Ven, no ceses, degüéllame los fresnos.
Márcame con tus dientes, dulcemente.
Estoy cansada amor. De bocas agrias.
De dardos pestilentes. De hospitales.
De la morfina y de drogas de oro.
Llévame a la tierra de cipreses.
Todo lo que se me ha legado lo he cumplido.
La norma, la ley, las normas, los relojes.
He mamado de los pechos de la loba.
He besado con ardor, los labios helados del Bautista.
He bebido cicuta y miel con Judas.
Barrabas ha yacido en mi lecho.
He buscado, agua, solo agua.
En los parapetos de mi sangre.
En pilas bautismales. En artesas.
Y no hay dioses, ni demonios, ni ángeles caídos.
Hasta el Río de Heráclito está frígido.
Tampoco está la niña, ni las trenzas, ni pechos desangrados.
Ni líneas circulares. Ni el semen de los soles negros.
No, no te detenga mi humana, mi vulgar tristeza.
Ven amada, bésame en la boca.
Pon en ella el valle de los lirios.
De los lirios, el valle.
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
EL HOMBRE QUE HABLABA DE CABALLOS*
 
 
Fernando Clérici,  i.m
 
 
 
*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
 
 
 
Al hombre lo recuerdo con su atuendo de trabajador rural; bombachas, camisa de tela resistente, gruesas y de color verdoso, calzando alpargatas siempre y en la cabeza una boina pelusienta y cuando se la quitaba para sentarse a comer, una calva  brillaba en su cabeza perfecta.
Se había casado con una  cuñada suya, viuda, que tenía dos hijas de su hermano,  la cual era dueña o arrendaba una chacrita minúscula.
Como no les daba para vivir tenían que salir a juntar maíz cuando era la época y algunas otras tareas de las chacras vecinas, incluida en la de otro hermano donde de muy chico lo conocí.
Con esta mujer tuvo una hija, a quien bautizó María Eva, ya que su condición, su identidad, estaba marcada fuertemente por su peronismo visceral y auténtico.
Como carecía de casi todo, incluso de radio, un vecino suyo, lo invitaba a oírla algunas noches aunque éste fuera radical, pero no alteraba esa condición los gestos de buena vecindad. Esta generosidad llegaba al extremo que debía compartir los discursos de Perón, a lo cuales el hombre calvo era muy afecto, como es obvio suponer. Esa bondad primaba por sobre las ideas políticas, algo al parecer, muchas veces difícil de entender.
En esa chacra donde por primera  vez lo vi por circunstancias ajenas a mi voluntad, ya que allí coincidían algunos matrimonios, entre ellos mis progenitores, me llamó la atención cierto aire juvenil y cómplice que tuvo del primer momento conmigo.
En aquellos tiempos, la gente mayor nos trataba casi como a objetos, así que cuando un mayor ponía su atención en nosotros nos sentíamos halagados y lo seguíamos con fidelidad cuasi canina.
Este hombre calvo, este hombre bueno no exento de inocencia tenía –según entendí con los años- dos pasiones excluyente: su peronismo y la minuciosa atención que la provocaban los caballos. Me hablaba largamente de ellos. De sus pelajes, de su condiciones, de su alzada y de sus remos, de su cabeza, que los hacía nobles o no. Obvio que tanto amor debía tener una razón: también amaba las cuadreras que –es seguro- más de una vez lo habrían dejado sin un peso.
En las épocas de las juntadas de maíz se le había asignado la responsabilidad de preparar el fuego y encargarse del asado del mediodía, para lo cual abandonaba el rastrojo un buen rato antes que el sol cayera de plano, débil, por que era invierno, sobre la hilera de los sauces que fungían de acompañantes del camino que llegaba a la chacra desde un camino interior, conducto obligado hasta la tranquera hacia el camino real que conducía a nuestro pueblo hacia el oeste y en sentido contrario hacia otros. Yo era ayudante en esa tarea. Un buen rato antes, munido de un pequeño canasto acarreaba marlos desde la troja donde se almacenaban como excelente combustible para las cocinas económicas y en especial para los asados. Dicen los entendidos, entre los cuales cuento a mi padre, que le daba un gusto muy rico, muy especial a la carne.
Al clarear, cuando ya los juntadores y las juntadoras iban hacia el rastrojo que los esperaba con esas heladas pampas, con las chalas que cortaban las manos como navajas, con los yuyales que mojaban como un río, las traicioneras espinas del chamico, la sorpresa del tapiquí con  su lluvia, la chinchilla que se mete en la carne. Yo sabía que todo eso los esperaba. Hacía allí también iban mis padres y por todos ellos yo sentía una gran  pena.
Antes de enfilar hacia el trabajo, con un grupo de bolsas vacías sobre uno de los hombros, el hombre calvo a quien todo el mundo conocía como Nando me llamaba aparte y me recomendaba, como a un adulto.
-Compañerito, téngame listos los marlos.
-Si compañero Nando, respondía yo, un poco orgulloso de mi misión.
Cuando el sol estaba llegando bajo esa hilera de sauces nuevos yo ya tenía media docena de canastos volcados al lado de una carretilla dada vuelta.
Cerca de las casitas de los perros que estaban atados con una gran cadena, un ovejero alemán que respondía al nombre de Capitán y otro negro, inmenso con feroces ojos detrás de unas ojeras de pelo amarillo, cuya raza olvidé, pero se llamaba León, se ponía un largo tablón apoyados sobre unos arados en desuso, unas sillas alrededor y la sombra propicia de unos sauces muy viejos era todo el escenario donde almorzaría la gente que venía de la juntada.
Aunque yo estuviera distraído, jugando tal vez con los cuzcos que libremente corrían bajo los árboles, yo sabía que Nando se acercaba porque siempre andaba silbando y tenía una manera particular de hacerlo, algo identificatorio diríamos. También tenía una rara habilidad para encender el fuego y que no se por qué no se apagaba.
A veces faltaban marlos y me pedía “una corridita hasta la troja, vos que sos livianito”, me pedía. Ponía la carne con la devoción y la justeza de un científico y cuando ya la sangre goteaba sobre las brasas, venía la pregunta o el pedido de rigor.
-Nando, habláme de caballos.
Y él, con un entusiasmo estudiado, metía una mano en el bolsillo de su bombacha bataraza, sacaba una tabaquera y papel para armar un cigarrillo. Lo hacía con mucha parsimonia, con el suspenso que él sabía –como buen narrador oral- dosificar y no sin antes echar una bocanada de humo en el aire brillante bajo el sol que caía en la llanura comenzaba su relato.
 
 
 
 
 
 
 
Diana  y  León*
 
 
 
*De Elsa Hufschmid. elsifumi@yahoo.com.ar
 
 
En un lugar, perdida entre los viñedos, estaba la finca. Allí vivía con mis abuelos. Mis padres habían muerto en un accidente y yo, con la escuela secundaria recién terminada y mis flamantes 17 años, encontré un refugio de paz y amor nunca imaginado.
 
Mis primeros amigos, una pareja de galgos, Diana y León, con ellos aprendí a correr entre las líneas de los viñedos.
 
Altos, elásticos, unían sus cuatro patas en unas carreras geniales, perdidos en el horizonte tras una imaginaria liebre que solo ellos verían, dejándome extenuado, cara al cielo, buscando recomponer mi aliento. Al cabo de diez minutos, volvían hasta mí en loca carrera que frenaban en un revuelo de hojas secas y tierra y se echaban cuan largos eran a la espera de mi decisión de seguir.
 
Últimamente notaba que Diana llegaba más cansada y tardaba en seguirnos. Se lo comenté al abuelo.
 
Está preñada la Diana, contestó, dentro de dos semanas tendremos cachorros.
 
¡Hey León, vamos a ser papá!
 
Pasaron los días, Diana ya no nos acompañaba. Se sentaba en sus cuartos traseros, incomoda por su panza y nos quedaba mirando, y allí mismo la encontrábamos cuando volvíamos.
 
Una madrugada, la voz, algo cascada, del abuelo me despertó.
Tenemos problemas con la Diana, dijo.
 
Salté de la cama, eché un abrigo sobre mis hombros y fui detrás de abuelo hasta el galpón.
Allí estaba Diana, echada sobre unas lonas, los ojos inquietos, los pelos del lomo erizados, lamiendo desesperada un bulto húmedo que asomaba entre sus patas traseras.
Me parece que el cachorro está muerto y no puja para salir, dijo abuelo. Llamé al veterinario. Éste vivía a 5 kilómetros, demoraría en llegar y Diana necesitaba ayuda.
Alguna vez en el cine había visto un parto y me propuse, con el atrevimiento de mi juventud, ayudar al nacimiento.
Hablándole muy quedo a la perra, tomé el bulto suavemente y le di pequeños tirones. Un gemido de Diana y el bulto salió de su encaje, detrás, aprovechando el esfuerzo, nació otro.
Tratando que la perra no se diera cuenta, abuelo tomó el primer bulto inerte y con una seña me invitó al patio. Este está muerto, dejémosla sola, ella sabe como seguir. Quédate cerca y vigilá, voy a traerte un vaso de leche caliente.
 
León, que esperaba en la puerta del galpón, me hizo compañía.
 
Cuando el sol iluminaba con fuerza los viñedos, me asomé. Diana acostada cuan larga era amamantaba cinco inquietos y bellos galgos. Levantó la cabeza, me miró y siguió durmiendo, reponiendo fuerzas.
 
El ruido de pisadas la alertó, era el abuelo. La perra hizo un movimiento extraño, lo miró gruñendo y mostrando los dientes, se acurrucó sobre sus crías como en defensa. Hey Diana es el abuelo! Éste se paro en seco y le habló, Diana que pasa? Soy yo. La perra volvió a gruñir y un ladrido duro y alerta salió de su garganta. Abuelo avanzó un paso hablándole pero solo consiguió que Diana se levantara vivamente produciendo un desparramo de galguitos. Abuelo volvió sobre sus pasos alejándose. Quieta Diana, quieta, no voy a tocarte los cachorros, perdóname, pero el que te llevé ya estaba muerto.
 
Abuelo, te parece que Diana te entiende? Cree que le vas a llevar un hijo?
 
Si mi querido, ella entiende, y aunque vos no te diste cuenta me vio cuando llevé el bulto anoche y le va a costar mucho perdonarme.  Cuando los cachorros crezcan y ella vea que se arriman a mí y juegan confiados recién me va a devolver su confianza, mientras tanto deberé tener paciencia. Hace mucho tiempo que conozco estos perros, son muy inteligentes y muy fieles pero las hembras son muy celosas de sus crías.
 
Bueno pero no te preocupes León me va a acompañar en mis cacerías y vos tendrás mucho trabajo con estos cinco cachorros que te van a enloquecer con sus juegos.
 
Mientras tanto me conformo con tener a mi lado a León.
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Es hora de reconocer
que nunca me van a crecer los pies
para alcanzarte
 
Tarde voy o tarde vengo
el reloj no habla a mi favor
y mi bolsillo es el único lugar
donde me siento a salvo
 
Ojos para que los tengo
manos para que las llevo
si todas las puertas parecen iguales
 
No supe prender en mi vientre
ningún indicio de extravagancia
ni mis muñecas saben girar
al ritmo del vuelo de un pájaro
 
Solo dispongo de una maleta
con la llave de un cielo
que me pertenece
 
Y el amor...
el amor no parece comprender la lluvia
de mis cerraduras
ni a mi silueta ofreciendo besos
al universo que descubro
en tu azulejo.
 
 
*De Marcela Lokdos. lokdos1@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
La dama del sombrero rojo*
 
 
 
¿Qué será
la dama del sombrero rojo
bajo el velo?
¿Ave del paraíso?
¿Será de dragón
su fuego camuflado
entre puntillas?
¿Será la suma voraz de todo miedo?
¿Sólo madre,
y sus ubres
cándidos surtidores de nácar?
¿Será loba?
Padecerá su hambre
debajo de la luna?
¿Será gorrión?
¿Mariposa nocturna
amanecida entre dos hojas de cuaderno?
Mujer que velas
de rojo
¿te apagarás con la luz
tú también,
como los pájaros?
 
 
*De Martha Valiente. puertopegaso@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
Henry, su manifiesto inventariado*
Usted, que se dice escritor de lo escrito,
-ya que si osáramos entrar en el fangoso terreno de lo escribido
debería ser llamado “escribidor”-
Usted, entonces, que se dice escritor, hágalos hablar,
Crúcelos entre sí, involúcrelos en el argumento,
Hágalos partícipes, hombre,
Aunque más no sea: ignórelos,
Súmelos, réstelos, ampútelos, exprímalos,
Aplástelos y confúndalos,
Asfíxielos, abduzca la porción rubí de sus discursos, abárquelos,
Hágalos sonar, reír, cantar, sacúdalos dentro de un frasco,
Hágalos hablar, coincidir, coexistir,
Eso, coexístalos, que hablen, hombre,
Que entre ellos, que alrededor de ellos, que a sus espaldas y dentro de ellos,
Se arme un gran rumor, un quilombo, una concurrencia,
Como un concierto, de la soledad de los solos nacerá la música,
Ni más ni menos, el elemento común, lo mágico, el instante,
De las partes nacerá el todo,
Cuando haya caos seremos,
*De Leonardo Pez. leonardopez@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
Una maldita pastoral*
 
 
 
*Por Juan Forn
 
 
En 1999, la revista Time la eligió desde su tapa como la canción más importante del siglo XX, “la Marsellesa de la lucha contra la segregación racial”, pero sesenta años antes, cuando Billie Holiday la estrenó, la opinión había sido levemente diferente: en un pequeño suelto, la revista lamentaba que la politización hubiese llegado al jazz, e incluso daban a entender que Billie Holiday la cantaba y la había grabado sin entender la letra. La letra decía: “Un fruto extraño cuelga de los árboles del galante Sur / un cuerpo negro que se balancea en la brisa como en una pastoral / los ojos saltones, la boca en una mueca / el aroma dulzón de las magnolias y la carne quemada / que a los cuervos les gusta picotear / a la lluvia empapar y al viento balancear / es el fruto de una amarga cosecha”. Se refería a una foto que había aparecido con escándalo en un diario en 1939: mostraba el cadáver de un negro ahorcado y carbonizado colgando de un árbol en medio del campo.
El autor de la canción no era negro ni vivía en el Sur. Era judío y comunista y maestro de escuela en el Bronx. Se llamaba Abel Meeropol. Escribía canciones en sus ratos libres con el seudónimo Lewis Allan. El día que vio la foto del negro linchado escribió aquellas líneas, que envió como poema a The New Masses, el diario del PC norteamericano, y además le puso música y empezó a tocarla en los mitines del partido. Esas reuniones se hacían los lunes en el Café Society, un bar en Greenwich Village en cuyas paredes había murales defendiendo la causa republicana de la Guerra Civil Española y un Hitler simiesco colgando del techo. El Café Society era uno de los pocos lugares públicos de la ciudad donde los músicos negros que tocaban de martes a domingos podían entrar por la puerta principal y no por la cocina. El Café Society fue el primer lugar fuera de Harlem donde cantó en vivo Billie Holiday. Un lunes que había estado ensayando, el dueño del café le rogó que se quedara al mitin para oír la canción, a ver si le interesaba para su repertorio. Billie no pareció muy impresionada pero consultó con sus músicos y dijo que podía hacerla, aunque no a esa manera blanquiñosa (Meeropol la tocaba a la manera de las canciones de Brecht y Kurt Weill). Cuando le presentaron al autor, sólo le preguntó qué significaba pastoral.
El dueño del Café Society quería que Billie cerrara su show con esa canción, que cuando sonaran los primeros acordes se apagaran todas las luces del local (menos un foco que daba en la cara de Billie) y se interrumpiera todo el servicio del bar, las mesas y la cocina, para impedir el menor ruido. Con el último acorde del piano ese foco debía apagarse para que Billie desapareciera del escenario, y nunca volviera a saludar, así los espectadores se llevarían la canción en las entrañas, sin paliativos. A los músicos les pareció demasiado: Billie la interpretaba en mitad del show y la banda apenas daba tiempo a la audiencia de reponerse cuando arrancaba con los primeros compases del tema siguiente. Pero la estremecedora manera en que la cantaba ella, con los dientes apretados (“como si destripara cada palabra que salía de su boca”, decía Hal Roach, el baterista de la banda) corrió como un reguero de pólvora por Nueva York y los shows se hacían a sala llena.
La Columbia, el sello que le sacaba los discos a Billie, no quiso saber nada de grabársela, después del suelto de Time. Pero ella la grabó igual, para un sello mucho más pequeño, Commodore Records. Los discos de Commodore se vendían a un precio tres veces más caro que los de los sellos importantes (imposible competir con los costos) y la canción era muy cortita, así que, para justificar el precio, se le agregó una obertura instrumental al principio, porque al final no se le podía agregar nada. En dos semanas se vendieron más de diez mil placas. Los críticos de jazz la snobearon: Downbeat dijo que no era una canción para el estilo de Holiday; John Hammond dijo que era lo peor que pudo pasarle artísticamente a Billie. También desde la comunidad negra se alzaron voces de reproche: decían que era una canción para blancos progresistas más que para negros, por el precio del disco, porque sólo se podía conseguir en Nueva York y porque ninguna radio se atrevía a pasarla. Sin embargo, cada vez que Billie la cantaba (y la siguió cantando el resto de su vida, aunque sólo en los bises, las veces que le daba el cuerpo o el alma para hacer bises), los camareros impedían a los oyentes encender un cigarrillo siquiera.
En su autobiografía, Lady sings the blues (que, como es bien sabido, escribió enteramente un fantasma llamado William Dufty), Billie aparece diciendo que cuando escuchó “Strange Fruit” por primera vez fue como si la hubiese escrito ella, que se acordó al instante de cuando su padre murió en la calle de neumonía porque ningún hospital de Dallas quiso cobijarlo, que la mayoría de los clubes donde se presentaba le impedían por contrato interpretarla y que las veces que la interpretó en el Sur la echaron de la ciudad, pero es bien conocido el comentario que hizo Billie sobre esa autobiografía (“No sé ni qué digo ahí, no pude ni leer el maldito libro”) y cuánto odiaba el dramatismo que le adjudicaban. “No hay nada sentimental en mí”, le oyó decir Elizabeth Hardwick una vez (porque Billie Holiday nunca le hablaba a nadie, siempre hablaba como si estuviera sola, aunque tuviera siempre gente alrededor, para servirle whisky, para traerle heroína, para encenderle el cigarrillo, para vestirla y desvestirla). Cuando le preguntaban de dónde venía el dramatismo que imprimía a las canciones, contestaba: “Del cuarto frío y oscuro en donde nos tuvieron esperando hasta que nos dejaron subir a tocar”. Según su pianista Mal Waldron, Billie esperaba sin hablar con nadie, fumando y bebiendo sorbitos de whisky, envuelta en un tapado largo de piel en el que parecía una mezcla de cosaco y de pantera, mientras los músicos rogaban que no se escapara a inyectarse heroína. A los treinta empezó a preguntarse en voz alta si había tenido una vida muy larga o muy corta; se lo siguió preguntando hasta los cuarenta y cuatro. Esos catorce años fueron un prolongado e impúdico derrumbe, pero ella siempre se obstinó en repetir que no hacía a nadie responsable por sus elecciones. Al último que se lo dijo fue al policía que la custodiaba a los pies de la cama de hospital donde murió, porque en 1959 era delito punible inyectarse heroína, y la moribunda era reincidente y estaba en libertad condicional. Nueve meses antes del fin, estaba reponiéndose de una condena de ocho meses en prisión en casa de la poeta Maya Angelou en Harlem, y una noche le cantó a capella “Strange Fruit” al hijo de su anfitriona. Cuenta Angelou que cuando terminó la canción y oyó la voz de su hijo preguntándole a Billie qué significaba pastoral, ella contestó: “Es cuando agarran a un negrito como tú, le cortan los huevitos, se los meten por la garganta y lo dejan colgando de un árbol. Eso es una maldita pastoral, querido, y no dejes que nadie te haga creer otra cosa”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Mis amigos poetas*
 
 
 
Mis amigos poetas
no están con los famosos en las antologías.
Mis amigos poetas odian la hipocresía,
le cantan a los duendes
y se mueren de pena por la muerte de un niño.
Mis amigos poetas apoyan las huelgas
y reciben balas
cuando disparan versos a la policía.
Mis amigos poetas están en las marchas
y cargan estandartes del Cristo de La Higuera.
Se oponen a las guerras y a las oligarquías.
Mis amigos poetas
jamás tendrán un Nobel.
 
 
*De Miguel Crispín Sotomayor arcomar@cubarte.cult.cu
 
 
 
 
 
 
***
 
 
 
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