Sunday, July 07, 2013

ESTACIÓN LUCAS MONTEVERDE

GEOMETRÍA DE TREN*
Una línea recta
es demasiado
-digamos-
infinita.
Una línea de ferrocarril,
por el contrario,
se trunca y se olvida.
Despertamos
durante una ausencia
cotidiana:
sabemos de dónde venimos
y hacia a dónde llegamos,
pero el trayecto
que une ambos extremos
parece pertenecerle al vacío.
En la vieja estación lo sabían
e intentaron corregirlo:
construyeron
una representación del infinito
y le llamaron
“Lucas Monteverde”.
Tan sólo se trata
de una representación
-dijeron-
no es en verdad el infinito.
La estación abrió con gran alegría.
La gente hacía fila para comprar sus boletos,
entraba al pequeño espacio
que antecedía a la puerta del vagón del tren.
Dentro, y tras localizar sus asientos,
parados frente a ellos,
se encontraban listas para comprar sus boletos,
accedían al pequeño espacio
que les separaba de la taquilla y el tren,
subían a él y buscaban con gran emoción sus asientos,
una vez localizados y gustosos frente a ellos,
la emoción aumentaba al darse cuenta de que al fin,
después de formarse en la fila,
iban a comprar sus boletos.
Familias enteras, viajantes, gente que iba y venía,
todos se formaban en una breve pero continua fila,
caminaban,
subían al tren,
localizaban sus lugares
y llegaba
-al fin-
su turno
para adquirir
los boletos en la taquilla.
Daba gusto mirarles imaginar su trayecto,
hacer planes para disfrutar el viaje,
partir del punto donde iniciaban sus pensamientos,
llegar por fin a donde todo comenzaría realmente
y descubrir que allí
donde la vida puede tomarse de un solo trago,
no es diferente
del lugar donde la vida apenas puede ser imaginada.
“Todo lo sólido se desvanece en el aire”
Decía Don Carlos Marx.
*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com
ESTACIÓN LUCAS MONTEVERDE
CAZADORES*
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
Los chicos venían haciendo equilibrio sobre las vías brillantes.
Venían seguidos por la sangre del último crepúsculo, y al llegar al paso a nivel, algunos pasaron pisando cuidadosamente los listones de hierro del guardaganado, y no leyeron (o si lo leyeron lo hicieron con toda inconsciencia) ese gran cartel que decía: "Prohibido transitar por las vías".
Era el comienzo del pueblo y no sabían ‑y si lo sabían no les importaba‑ que esas casas puestas en esa calle paralela a las vías fueron las primeras del pueblo. Las había hecho construir un suizo visionario a fines del siglo XIX, como también esos galpones de chapa que guardaba el cereal año a año, vecinos a ese altísimo elevador que alguna vez treparon por una interminable escalera con los chicos de la escuela, acompañados todos por una maestra paciente y gentil.
Ese elevador ‑la torre más alta del pueblo‑ fue devastado mucho después por un incendio casual y todos se quedaron sin mirador, tal vez para siempre. Era bueno subirse allí para ver el caserío y más allá las quintas, el campo tranquilo, con los sembrados como cuadriculados perfectos. Y los pájaros, que en ese tiempo tan alto eran numerosísimos.
Esa barrita desflecada, compuesta por chicos que no pasaban de diez años, portaba su infaltable gomera –potencialmente fatal para todo pajarito que se creyera dueño del cielo‑, su bolsito de género para guardar piedrecitas a guisa de proyectil y alguna pieza que venía manchando con sangre el género basto.
Venían dando voces, chuscadas, silbidos un poco vagos que se tragaba el aire de marzo, y los menos, desafinando una canción de moda. Venían sin diálogo, como dispersos fragmentos de voces y ruidos que se enseñoreaban en la tarde. Venían distendidos, como la pequeña patrulla de un ejército ignoto que nunca entraría en batalla, porque el azar los dejó a retaguardia.
Así venían, caminando desde el bajo de La Portada, un par de kilómetros al Este, donde ya se humedecían los pastos y el sol se arrastraba como una serpiente de ceniza violeta. La caza había sido magra, pero la diversión muy grata, como son a esa edad todas las actividades decididas en grupo y los juegos que alejan de la obligación de la escuela.
En esa esquina miraron a lo alto y vieron ese inmenso águila de cemento pintado de negro, en el frente del almacén de "ramos generales" que fundara don Antonio Pozzi ‑uno de los primeros pobladores‑ y que ahora regenteaba algún descendiente. Vieron una vez más ese águila y lo miraron con renovada admiración, tal vez porque lo compararan con su propia imaginación ganada leyendo profusas revistas de historietas o tal vez porque era un animal que en la realidad nunca habían visto.
Tal vez cruzó un sulky traqueteante en la tarde, con los ejes chirriantes, pidiendo ser engrasado de urgencia.
Tal vez un jinete se internara por ese callejón que bordeaba las vías, en busca del sol del ocaso, apurando el tranco para llegar a algunas de las estancias lejanas.
Tal vez un camioncito rojizo cruzara ya resignado en su último viaje, con su carga de sifones vacíos, con su listón de madera pintada de blanco: "Cerveza Schlau", y más abajo: "Sodería y licorería de Juan Sepperizza".
Es improbable que alguno recordara después esa tarde remota, pero eso ya no tiene ninguna importancia.
También es improbable ‑porque habrá muchos años después discusiones inútiles- saber si allí estuvo la casa de la guardabarrera pelirroja, que cuidaba el paso en las vías del tren de la tarde.
Ilusión del cronista o realidad tangible como sus grandes pechos que escondían esos pullóveres de gruesa lana amarilla.
Lo cierto es que según se dice ‑algunos dudan‑ esa mujer existió y se le encontró un nombre y un apellido, una condición civil: viuda, dos hijos y una tarea precisa: guardabarrera en el cruce del Boulevard Vollenweider, frente a la antigua casa "El Águila" de don Antonio Pozzi, la que hoy está en ruinas.
Y con ellos habrá sucedido lo mismo: la habrán saludado. Pero casi ninguno habrá registrado, no su saludo, sino su propia existencia, ya que años después algunos de ellos ‑ya calvos, ya canos‑ discutirán en la mesa de un bar esa existencia. Pero el cronista que todo lo indaga, ha averiguado, porque sí, porque es su oficio.
¿No es cierto que usted existió Ana Zarza, y que hoy en algún lugar recuerda a esa barrita dispersa por el vendaval de los años, indiferente a otra cosa que no fueran los juegos, o el inminente fervor de la caza?
Otoño, 2003
PLUMAS EN LA LUNA*
Vivía yo con mi familia en un clásico barrio, cercano a las vías del tren.
Todas las tardes, al volver de la escuela y después de la merienda, nos juntábamos los chicos de la cuadra.
Todos guardábamos en algún bolsillo un pedazo de torta, algún bizcocho, o simplemente un pedazo de pan. Y para allá corríamos a la tapera de Pancho, debajo de un árbol al lado de las vías.
Pancho era el linyera, el “croto”, como le decíamos en mi infancia, que todos queríamos y para él vaciábamos nuestros bolsillos.
Debajo de una descuidada barba, que podría ser blanca, sus mandíbulas, con increíble y buena dentadura, trituraban con fruición los dulces, mientras convidaba trocitos a sus cinco compinches, cinco perros flacos y pulguientos que lo acompañaban en sus aventuras por las calles de la ciudad y cuidaban de las estrafalarias pertenencias de Pancho.
Alto, flaco, algo encorvado, de caminar lento, ojos claros casi escondidos bajo las tupidas cejas, de largos cabellos atados a la espalda con un piolín, Pancho tenía una mágica atracción para nosotros. Sentados en rueda a su alrededor, escuchábamos sus relatos y nuestra imaginación se regocijaba con las aventuras que nunca pusimos en duda. Si el tema era estar frente a un león, en plena selva, creíamos en sus poderes de hacerlo volver a su guarida sin chistar.
Antes que oscureciera, nos despedíamos de Pancho, asintiendo a su orden de portarnos bien y hacer los deberes.
Una tarde, lo encontramos ocupado en raros artefactos de alambre que, nos dijo, serían alas para volar hacia la luna. Nos pidió le lleváramos plumas, y al otro día, todos los chicos aportamos una buena cantidad de ellas.
Las gallinas se habían alarmado de nuestro ahínco en limpiar de plumas los rincones, y alguna de las pasaban cerca, sintieron los manotazos.
En mi casa no había gallinero, pero abuela Sofía, como buena idish, tenía un acolchado de plumas que trajo de su país, que misteriosamente quedó menos abultado.
Durante una semana asistimos y aportamos a la realización de las grandes alas que ya tenían buenas formas.
Una fuerte tormenta nos mantuvo en nuestra casa, y al otro día, cuando llegamos a la tapera, sólo encontramos algunas plumitas embarradas y los perros, que nos saludaron con alegres ladridos, mientras comían lo que había en nuestros bolsillos. Pancho no estaba, tampoco las alas.
Volvimos durante unos días, en especial llevando algo de comer a los perros, que ya no eran cinco. Algunos también nos habían abandonado.
Mamá, notando mi tristeza, una noche de luna llena me invitó a mirarla, y descubrimos las barbas de Pancho. Me alegró mucho saber que había llegado.
Hoy, ya hombre, intactas mis emociones infantiles, levanto mis ojos hacia la luna y mi corazón se comunica con Pancho, alejando por unos minutos los ingratos sucesos de este siglo XXI, cada vez más agobiante.
Comparto la ilusión con mis dos hijos que olvidan sus guerreros y monstruos electrónicos y apaciguan sus fantasías escuchando, por enésima vez, alguna de las aventuras de Pancho, que ya incorporaron a sus recuerdos. Por supuesto que conocen de los cráteres de la luna y su gaseoso entorno, pero nos entibiamos el espíritu y por unos minutos vemos las barbas, y tal vez, algún guiño de Pancho, que todavía, a pesar de los años, deja deslizar alguna plumita, que encuentro debajo de un árbol o posada, etérea, sobre las violetas del jardín.
*De Elsa Hufschmid. elsifumi@yahoo.com.ar
Saga de hierro*
(tríptico)
*De Abel Edgardo Schaller abelnegroschaller@yahoo.com.ar
I
Agudo miriñaque entre los pastos
hiende las quietas soledades frías,
sobre designios de la geometría
monótono le cruje el duro trasto.
Como enhebrando pueblos en el vasto
y añoso mapa de las lejanías,
con negritud bufante engulle vías
por rumbos de durmientes y balasto.
Lleva una estrella temblorosa y sola,
una pequeña mota de rezago,
que parpadeando en su furgón de cola
señala la quietud del horizonte
cuando suspenso en un humito vago,
se funde entre las sombras y los montes.
II
Resoplando entre los sigilos del alba,
venían por los campos, humedecidos por la extendida ingenuidad del trébol.
En el andén gregario comadreaban sus horas las sencillas esperas,
y era un contento ver las estaciones claras,
llenas de ásperas manos de trato delicado,
mujeres aferradas a cestos minuciosos,
niños que a puro niño corrían mariposas con redes de sonrisas,
algún viejo bichando desde un chala, anónimo de años,
perros vagabundos detrás de cualquier gesto
con una fidelidad muy parecida al hambre;
los descifrables, apacibles modos
de un regocijo que el pueblo hacía suyo
por obra y gracia de la soledad y de los mapas.
Después, en una diáspora de augurios y vapores,
la voz de la campana urgía los pañuelos.
Sobre el temblor overo de algún carro,
un par de adioses largos se sacaba despacio los abrojos.
III
Hay que verlos allí, en medio de un páramo de olvido,
indefensos de solemnidad y herrumbres, los aceros reumáticos y solos.
Junto a galpones que esparcen silencios y oquedades, los han llevado a morir...
¿Qué de aquel bronce tañidor de andenes,
de vidrios empañados que juntaban ahíncos de mejillas?,
¿qué del pitido largo que agitaba los brazos con recomendaciones mudas?,
¿qué del asombro de los girasoles, del espanto sesgado de las liebres
ante sus correrías de humo y panaderos,
y aquel raudo miriñaque desflorando las ofrecidas donosuras de los campos?
Hay que verlos allí, verificarles esa postración inútil,
la luna interpelándoles los lomos, o el sol a pique sobre los vestigios rancios.
Una campana ausente desala gorriones invisibles
y el tiempo los enyuya de tristeza y hastío.
Pesados de oscuridad sin culpas, los han llevado a morir...
yacientes  desinencias del óxido y del siglo.
Sobre los pueblos que albriciaban con su paso
se abate un desánimo de estrellas
y una orfandad sin párpados se ahonda en las miradas.
Algo había sucedido*
*Por Dino Buzzati.
El tren había recorrido sólo pocos kilómetros (y el camino era largo, nos detendríamos recién en la lejanísima estación de llegada, después de correr durante casi diez horas) cuando vi por la ventanilla, en un paso a nivel, a una muchacha. Fue una casualidad, podía haber mirado tantas otras cosas y en cambio mi mirada cayó sobre ella, que no era hermosa ni tenía nada de extraordinario. ¡Quién sabe por qué había reparado en ella! Era evidente que estaba apoyada en la barrera para disfrutar de la vista de nuestro tren, superdirecto, expreso al norte, símbolo -para aquella gente inculta- de vida fácil, aventureros, espléndidas valijas de cuero, celebridades, estrellas cinematográficas... Una vez al día este maravilloso espectáculo y absolutamente gratuito, por añadidura.
Pero cuando el tren pasó frente a la muchacha, en vez de mirar en nuestra dirección se dio vuelta para atender a un hombre que llegaba corriendo y le gritaba algo que nosotros, naturalmente, no pudimos oír, como si acudiera a prevenirla de un peligro. Solamente fue un instante: la escena voló, quedó atrás y yo me quedé preguntándome qué preocupación le había traído aquel hombre a la muchacha que había venido a contemplarnos. Y ya estaba por adormecerme, al rítmico bamboleo del tren, cuando quiso la casualidad -se trataba seguramente de una pura y simple casualidad- que reparara en un campesino parado sobre un murito, que llamaba y llamaba hacia el campo, haciéndose bocina con las manos. También esta vez fue un momento porque el expreso siguió su camino, aunque me dio tiempo de ver a seis o siete personas que corrían a través de las praderas, los cultivos, la hierba medicinal, pisoteándola sin miramientos. Debía ser algo importante. Venían de diferentes lugares -de una casa, de una fila de viñas, de una abertura en la maleza- pero todos corrían directamente al murito, acudiendo alarmados, al llamado del muchacho. Corrían, sí, ¡por Dios cómo corrían!, espantados por alguna inesperada noticia que los intrigaba terriblemente, quebrando la paz de sus vidas. Pero fue sólo un instante, lo repito apenas un relámpago; no tuvimos tiempo de observar nada más.
"¡Qué extraño!", pensé, "en pocos kilómetros ya dos casos de gente que recibe, de golpe, una noticia" (eso, al menos, era lo que yo presumía). Ahora, vagamente sugestionado, escrutaba el campo, las carreteras, los paisajes, con presentimiento e inquietud. Seguramente estaba influido por el especial estado de ánimo, pero lo cierto es que cuanto más observaba a la gente, más me parecía encontrar en todos lados una inusitada animación. ¿Por qué aquel ir y venir en los patios, aquellas afanadas mujeres, aquellos carros...? En todos los lados era lo mismo. Aunque a esa velocidad era imposible distinguir bien, hubiera jurado que toda esa agitación respondía a una misma causa. ¿Se celebraría alguna procesión en la zona? ¿O los hombres se dispondrían a ir al mercado? El tren continuaba adelante y todo seguía igual, a juzgar por la confusión. Era evidente que todo se relacionaba: la muchacha del paso a nivel, el joven sobre el muro, el ir y venir de los campesinos: algo había sucedido y nosotros, en el tren, no sabíamos nada.
Miré a mis compañeros de viaje, algunos en el compartimiento, otros en el corredor. No se habían dado cuenta de nada. Parecían tranquilos y una señora de unos sesenta años, frente a mí, estaba a punto de dormirse. ¿O acaso sospechaban? Sí, sí, también ellos estaban inquietos y no se atrevían a hablar. Más de una vez los sorprendí echando rápidas miradas hacia fuera. Especialmente la señora somnolienta, sobre todo ella, miraba de reojo, entreabriendo apenas los párpados y después me examinaba cuidadosamente para ver si la había descubierto. Pero, ¿de qué teníamos miedo?
Nápoles. Aquí, habitualmente, el tren se detiene. Pero nuestro expreso, no, hoy no. Desfilaron cerca las viejas casas y en los patios oscuros se veían ventanas iluminadas. En aquellos cuartos -fue un instante- hombres y mujeres aparecían inclinados, haciendo paquetes y cerrando valijas. ¿O me engañaba y todo era producto de mi fantasía?
Se preparaban para marcharse. "¿Adónde?", me preguntaba. Evidentemente no era una noticia feliz, pues había como una especie de alarma generalizada tanto en la campaña como en la ciudad. Una amenaza, un peligro, el anuncio de un desastre. Después me decía: "Si fuera una desgracia se habría detenido el tren; en cambio, el tren encontraba todo en orden, señales de vía libre, cambios perfectos, como para un viaje inaugural.
Un joven a mi lado, simulando que se desperezaba, se había puesto de pie. En realidad quería ver mejor y se inclinaba sobre mí para estar más cerca del vidrio. Afuera, el campo, el sol, los caminos blancos; sobre los caminos, carros, camiones, grupos de gente a pie, largas caravanas, semejantes a las que marchan en dirección a la iglesia el día del santo patrón de la ciudad. Ya eran cientos, cada vez más gentío a medida que el tren se acercaba al norte. Y todos llevaban la misma dirección, descendían hacia el mediodía, huían del peligro mientras nosotros íbamos directamente a su encuentro; a velocidad enloquecida nos precipitábamos, corríamos hacia la guerra, la revolución, la peste, el fuego... ¿Qué más podía pasarnos? No lo sabríamos hasta dentro de cinco horas, en el momento de llegar, y seguramente sería demasiado tarde.
Nadie decía nada. Ninguno quería ser el primero en ceder. Cada uno quizás dudara de sí mismo, como yo, y en la incertidumbre se preguntara si toda aquella alarma sería real o simplemente una idea loca, una alucinación, una de esas ocurrencias absurdas que suelen asaltarnos en el tren, cuando ya se está un poco cansado. La señora de enfrente lanzó un suspiro, aparentando que recién se despertaba, e igual que aquel que saliendo efectivamente del sueño levanta la mirada mecánicamente, así ella levantó las pupilas, fijándolas, casi por azar, en la manija de la señal de alarma. Y también todos nosotros miramos el aparato, con idéntico pensamiento. Nadie se atrevió a hablar o tuvo la audacia de romper el silencio o simplemente osó preguntar a los otros si habían advertido, afuera, algo alarmante.
Ahora las carreteras hormigueaban de vehículos y gente, todos en dirección al sur. Nos cruzábamos con trenes repletos de gente. Los que nos veían pasar, volando con tanta prisa hacia el norte, nos miraban desconcertados. Un multitud había invadido las estaciones. Algunos nos hacían señales, otros nos gritaban frases de las cuales se percibían solamente las voces, como ecos de la montaña.
La señora de enfrente empezó a mirarme. Con las manos enjoyadas estrujaba nerviosamente un pañuelo, mientras suplicaba con la mirada. Parecía decir: si alguien hablaba... si alguno de ustedes rompiera al fin este silencio y pronunciara la pregunta que todos estamos esperando como una gracia y ninguno se atreve a formular...
Otra ciudad. Como al entrar en la estación el tren disminuyó su velocidad, dos o tres se levantaron con la esperanza de que se detuviera. No lo hizo y siguió adelante como una estruendosa turbonada a lo largo de los andenes donde, en medio de un caótico montón de valijas, un gentío se enardecía, esperando, seguramente, un convoy que partiera. Un muchacho intentó seguirnos con un paquete de diarios y agitaba uno que tenía un gran titular negro en la primera página. Entonces, con un gesto repentino, la señora que estaba frente a mí se asomó, logrando detener por un momento el periódico, pero el viento se lo arrancó impetuosamente. Entre los dedos le quedó un pedacito. Advertí que sus manos temblaban al desplegarlo. Era un papelito casi triangular. Del enorme título, sólo quedaban tres letras: ION, se leía. Nada más. Sobre el reverso aparecían indiferentes noticias periodísticas.
Sin decir palabra, la señora levantó un poco el fragmento, a fin de que pudiéramos verlo. Todos lo habíamos visto, aunque ella aparentaba ignorarlo. A medida que crecía el miedo, nos volvíamos más cautelosos. Corríamos como locos hacia una cosa que terminaba en ION y debía de tratarse de algo espeluznante; poblaciones enteras se daban a la fuga. Un hecho nuevo y poderoso había roto la vida del país, hombres y mujeres solamente pensaban en salvarse, abandonando casas, trabajos, negocios, todo, pero nuestro tren no, el maldito aparato, del cual ya nos sentíamos parte como un pasamano más, como un asiento, marchaba con la regularidad de un reloj, a la manera de un soldado honesto que se separa del grueso del ejército derrotado para llegar a su trinchera, donde ya la ha cercado el enemigo. Y por decencia, por un respeto humano miserable, ninguno de nosotros tenía el coraje de reaccionar. ¡Oh los trenes, cómo se parecen a la vida!
Faltaban dos horas. Dos horas más tarde, a la llegada, ya sabríamos la suerte que nos esperaba a todos. Dos horas. Una hora y media. Una hora. Ya descendía la oscuridad. Vimos a lo lejos las luces de nuestra anhelada ciudad y su inmóvil resplandor reverberante, un halo amarillo en el cielo, nos volvió a dar un poco de coraje.
La locomotora emitió un silbido, las ruedas resonaron sobre el laberinto de los cambios. La estación, la superficie -ahora oscura- del techo de vidrio, las lámparas, los carteles, todo estaba como de costumbre. Pero, ¡horror! Aún el tren se movía, cuando vi que la estación estaba desierta, los andenes vacíos y desnudos. Por más que busqué no pude encontrar una figura humana. El tren se detuvo, al fin. Corrimos por el andén hacia la salida, a la caza de alguno de nuestros semejantes. Me pareció entrever al fondo, en el ángulo derecho, casi en la penumbra, a un ferroviario con su gorro que desaparecía por una puerta, aterrorizado. ¿Qué habría pasado? ¿No encontraríamos un alma en la ciudad? De pronto, la voz de una mujer, altísima y violenta como un disparo, nos hizo estremecer. "¡Socorro! ¡Socorro!", gritaba y el grito repercutió bajo el techo de vidrio con la vacía sonoridad de los lugares abandonados para siempre.
EL TREN DE LOS SUEÑOS*
(Para Eduardo Coiro, quien sabe, quizás los sueños alguna vez se cumplan.)
“Si yo hubiera inventado el ferrocarril no habría consentido que nadie montara en él sin mi permiso.”
GUSTAVE FLAUBERT
Nunca he visto ese tren.
Pero conozco sus bifurcaciones.
Tal como las líneas de mis manos.
Conozco el territorio que lo define.
Sus caballos de fuegos. Sus andenes.
Las líneas de la vida y de la muerte.
Habría que nombrarlo despacio y decirle.
Al oído, decirle, no solo hay líneas, hay triángulos.
Hay cruces donde quedan cruces.
Que las líneas del corazón señalan el norte,
Largas y profundas.
Que lleva y trae amores.
Que su oficio es el de muchos.
Andar y andar.
No elegir el caballo ni el jinete.
No preguntar. No parar. Huir. Ir. Venir
Soñar que es una la línea de la vida.
y es como mis pantalones, cortos.
Reino de líneas paralelas.
Nunca he visto ese tren. Pero lo sueño.
Lo miro, a la distancia, lo miro…y lo sueño.
Y lo sueño.
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
***
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