miércoles, julio 16, 2008

BIENAVENTURADOS LOS QUE NO ENCUENTRAN PUERTA NI CAMINO...







IMPROBABLE*



Bienaventurados los locos
los sedientos
los que no encuentran puerta ni camino
los que comulgan ritos de niebla
entre fantasmas
los militantes del miedo
o de la sombra.


Bienaventurados los atormentados
los que no confían en el Padre
ni conocen al Hijo
los que no han recibido más Palabra
que un silencio porfiado
y dos preguntas.


Bienaventurados los menesterosos
de ternura
los que han aprendido de memoria
la rutina de sufrir

los que ejercen su eterno desencuentro
los que postulan el absoluto
de la contradicción.



Bienaventurados los harapientos
limosneros de la paz
los que fuerzan con llaves obsoletas
las muertas cerraduras.


los miserables
los que rasgan la carne para hallar
el cero de la vida
los que mienten para acertar
los que se atreven a decir
que son inútiles


los ignorantes
los que no saben ni aspiran a saber
los desahuciados de toda ideología

los que transcurren sin pena ni gloria
y diluyen sus días en agua de misterio.



Bienaventurada la vulgaridad
de ser prosaicamente igual
a los que nombro

y el escándalo de andar anónima
arrullando mis dudas con un himno



a los próceres de algún mañana neutro,

si es que llega.




*De Martha Valiente puertopegaso@gmail.com








BIENAVENTURADOS LOS QUE NO ENCUENTRAN PUERTA NI CAMINO...







Pantallitas*



*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona


UNO Veo en las noticias las últimas novedades de la crisis, de la caída de la Bolsa, del tipo ese que asesinó a golpes a un bebé porque interrumpió su partida de Mortal Kombat ("Yo amaba al niño; pero hizo que me mataran", se disculpó), de los inmigrantes muertos a bordo de pateras y ahí aparece, en
los titulares, como uno de los grandes hitos del día: una cola de varios metros y varias horas, unas 300 personas llegadas desde varios puntos del país, una puerta que se abre, todos entrando al negocio de la Gran Vía de Madrid sonriendo como zombies (algunos cámara de video en mano para filmar el magno evento) y el primero de los compradores que sale a la calle y saluda a los periodistas allí apostados sosteniendo un aparatito en la mano.
"Me lo regalaron por haber sido el primero", sonríe y alza los brazos disfrutando de sus quince pulsos de fama. Y agrega: "Por fin". El tipo se llama Carlos, es colombiano, es el primero en España en conseguir su iPhone y más de uno, al verlo, habrá pensado que ya hay demasiados extranjeros viviendo en España; porque semejante honor le correspondía a un llamado local y no a uno de larga distancia, ¿no?


DOS Y Carlos lo quería de color blanco. Pero no había. Nada más que iPhones negros por el momento. No importa. Lo importante era tenerlo, hacerlo suyo, ser parte de asunto. "Lo tenía pensado desde que vi el anuncio", suspiró.
Después entrevistan a un nerd granulado que explica con voz metálica las múltiples desventajas del producto. No entiendo nada, parece que son muchas.
Tomo nota: batería de escasa autonomía, poca calidad del GPS, falta de cámara de video y de mensajes multimedia. Pero el nerd cuestionador se lo compra lo mismo.


TRES Enseguida, el cronista explica que el contrato que obliga a firmar Telefónica para recibir "gratis" el engendro es un tanto leonino, que compromete a una fidelidad de dos años (con multas si uno quiere desengancharse antes) y que asociaciones de protección al consumidor ya han advertido a los adictos en cuanto a lo poco ventajoso de la maniobra comercial. Aunque allí todos sonríen. "Lo hago por amor", dice uno. "Tengo todo lo de Apple", explica otro. Y tal vez era a ellos a quienes se refería
Zapatero cuando dijo, días atrás, eso de "en esta crisis hay gente que no va a pasar ninguna dificultad".
Al caer la tarde -en un año en el que, por primera vez, por los aumentos, casi nadie hace caso de las rebajas-, el iPhone se había agotado en todas las tiendas de la península ibérica, uno de los 22 países donde la semana pasada comenzó a comercializarse el invento. En Tokio, las colas tenían un kilómetro de largo. Para la noche, los sociólogos teorizaban ya sobre el artefacto en cuestión como "icono anticrisis". Así, el consuelo de un pequeño tótem exclusivo. La historia será otra, advirtieron, cuando haya que
afrontar los gastos extras de un aparatito en mano que, como viene la mano, sólo servirá para comunicar y difundir noticias no muy buenas.


CUATRO Y lo cierto es que me cuesta entender que el teléfono haya ascendido a la categoría de objeto de lujo y símbolo de status. Yo fui educado y crecí en la idea de que una de las verdaderas e incontestables señales de haber triunfado en la vida era la posibilidad de no tener que atender el teléfono, de que no supieran cómo encontrarte, de convertirte en alguien inaccesible e inalcanzable.
El teléfono móvil -que seguramente le habría inspirado a Julio Cortázar alguna de sus "instrucciones" como aquella del reloj que no te regalan sino al que te regalan- no ofrece otra cosa que una forma futurísticamente actual de esclavitud a un amo sin piedad alguna para el que, incluso, ya se ofrecen
servicios como los telones de fondo sónicos ("Querida, estoy en el aeropuerto. Escuchá los aviones...") para así esconder el verdadero y tramposo paradero.
Antes, cuando el teléfono sonaba en el centro de la oscuridad, uno sabía que algo había sucedido. Ahora, en cualquier momento, el móvil suena y del otro lado se oye la voz de un promotor invitándote a cambiar de marca y de modelo, a que te vayas con otro a cambio de un teléfono mejor y más moderno y con más botones.


CINCO Y el teléfono probablemente sea el ingenio que más ha evolucionado en los últimos tiempos. Los primeros móviles hoy parecen herramientas prehistóricas que sólo servían para hablar por teléfono. Ahora, todo entra ahí, se lo usa para todo, de seguir la cosa así, pronto el teléfono será nuestra casa y he visto a gente desesperada como si se le hubiera muerto un ser queridísimo cuando se les rompió o perdieron o les robaron el móvil. Y el teléfono móvil es aquello que más ha cambiado a la ficción y la
no-ficción en los últimos tiempos. Las novelas policiales, las historias de amor, los films catástrofe, las comedias de enredo, las telenovelas, las intrigas políticas... Ya nada es lo que era y, cuando uno se encuentra con una película donde marcar un número es una ceremonia larga y reflexiva, resulta imposible no preguntarse si las cosas no eran mejor entonces. Si ayer uno no pensaba un poco más antes de hacer cada llamada telefónica. Si no se decían menos estupideces en ese aire cargado de mucha menos electricidad y ondas invisibles. Si Naomi Campbell no tendría entonces muchos menos problemas con la Justicia, porque cuesta mucho más arrojar por la cabeza uno de esos contundentes y antiguos engendros de baquelita. Negra.
Porque los teléfonos blancos no se arrojaban nunca y, a lo sumo, se cortaban con fuerza y un mohín de diva caprichosa y el mayordomo se los llevaba lejos, más lejos.
Bendito sea Maxwell Smart, todavía fiel a su zapatófono.


SEIS Y el número a marcar es 2015. Ese es el nombre del año -leo- en que, se calcula desde este 2008, la mitad de los seres humanos -4000.000.000 de personas- tendrán teléfono móvil. Y la otra mitad no. Será una útil y muy huxleyana forma para separar a los que "pertenecen" de los que no, a los que
podrán llamar y recibir llamadas de los que no tendrán línea. Un mundo feliz y, ya que estamos, por qué no fantasear para entonces con los móviles directamente implantados en nuestros oídos y bocas para que así sean, sí, verdadera y totalmente móviles.
2015 será, también, el año en que recién se publicarán los primeros estudios médicos que determinarán los efectos que produce hablar por teléfono móvil.
Y parece que no son -serán- efectos agradables. Las leyendas urbanas hablan ya de racimos de tumores cerebrales o cabezas explotando en plan Scanners.
Rumores menos extremos diagnostican arritmias cardíacas si se lo lleva en el bolsillo izquierdo del saco y esterilidad e impotencia si se lo lleva en el bolsillo del pantalón. Exageraciones y llamadas equivocadas, esperemos. Pero ya han trascendido filtraciones de los experimentos con ratas que -tal vez
desesperadas por comunicarse con Mickey Mouse o con Jerry o con Firmin o con Willard- han sufrido pérdida de memoria y de reflejos y de coordinación.
Mientras tanto y hasta entonces -antes de que nos encuentren hablando solos por las calles y con los zapatos contra las orejas- aquí estamos, pensando que son ellos los que suenan cuando los que sonamos somos nosotros.
Y -nos vemos, nos oímos- haciendo fila cuando salga el próximo modelo.
Llamando por móvil desde la cola para contarle a alguien que estamos por comprarnos el nuevo móvil.
Por amor, por supuesto.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-107904-2008-07-16.html







De lo que nada y gesta*




El pez por la boca muere
-dice mi analista.
Pero muere más aún
-digo yo-
en oídos clausurados.
No preparados
para pescar
alguna verdad que nade
entre palabras.


Y no sólo son las palabras
por sí mismas.
Sino lo que ellas
arman y desarman
en nuestras vidas.


Temo por el efecto de las palabras
las dichas y las no dichas.
Más por las no dichas
que como veneno lento
van matando por dentro.


Intuyo efectos
de las que portan deseo
en un oído demasiado fértil.
¿Serán embarazantes
esas palabras tras una larga
gestación de meses?

¿Será doloroso un parto de oído?
¿Tendrá vida y muerte propia esa criatura desprovista de cordón umbilical?

¿O una criatura sin tiempo como una buena novela?




*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
http://urbamanias.blogspot.com






El país de Bombita Rodríguez*



Una parte de nuestro trabajo es entender lo que sucede. La otra, contarlo. Debo reconocer que no entiendo nada.



*Por Jorge Lanata

16.07.2008


Acaso el humor sea la única manera de combatir al nuevo invitado que llegó para quedarse: el odio. Se discute con odio, se argumenta con odio, se pregunta con odio.
Una parte de nuestro trabajo es entender lo que sucede. La otra, contarlo. Debo reconocer que no entiendo nada. No entiendo el tono apocalíptico de estos días, no entiendo la sensación de abismo, no entiendo por qué el Gobierno siente que en este aumento de retenciones se le va la vida. No entiendo el tono épico del oficialismo, que parece bajar desde la Sierra Maestra para liberar ¿a quién? Decisiones muchísimo más trascendentales en la vida argentina no han tenido ni la mitad de esta repercusión social: las leyes de impunidad, la reforma de la Constitución, las privatizaciones. Estamos discutiendo el monto de una alícuota. ¿Quién lo transformó en una cuestión de vida o muerte?

Hay un 30% de inflación, hay concentración insólita de la economía, hay uno de los funcionarios más sospechados del Gobierno a punto de renacionalizar una compañía aérea y seguimos hablando de las retenciones. El Gobierno compra voluntades, entrega aportes del Tesoro a diputados y senadores, arregla lo que sea con quien fuere para conseguir la mayoría en el Legislativo. ¿Está por repudiar los 170.000 millones de dólares de deuda externa? ¿Va a pedir que la transferencia de acciones de las empresas pague impuesto a las Ganancias? ¿Va a dejar de entregar subsidios a las empresas de transporte que brindan un pésimo servicio y se quedan con la diferencia? ¿Va a reducir el IVA y aumentar Ingresos Brutos o Bienes Personales?

¿Va a poner un impuesto a los plazos fijos, hoy exentos de impuesto a las Ganancias? No. Sólo piensa aumentar las retenciones al agro; no digo que el tema sea menor, pero... ¿por qué visto desde afuera da la impresión de que estamos discutiendo el comienzo del socialismo en la Argentina? Y si es así, ¿por qué tardamos cinco años en comenzar a hacerlo? ¿Qué parte del gobierno K va a llevarlo adelante? ¿Moyano? ¿Ishi? ¿Saadi? ¿D’Elía? He escuchado las sentencias más increíbles:

–Si el Gobierno pierde en el Senado, la estabilidad democrática está en riesgo.
¿Quién tomará el poder? ¿Darán un golpe por cinco puntos de retenciones? ¿Avanzará con las tropas el general De Angeli?
–No –dicen con ingenuidad los chicos de la Cámpora–, pero la derecha terminará fortalecida.

¿Cuál derecha? ¿La de las petroleras que apoyan a K?

¿La de las compañías testaferros que salieron a comprar empresas? ¿Las de la industria pesquera o minera? ¿Cristóbal López es un comandante sandinista? ¿Rudy Ulloa, su lugarteniente? ¿De Vido viene de trabajar en un koljos? ¿Felisa será Felisa Luxemburgo? Tuve, como todos, el mismo escozor ante la foto del campo con Barrionuevo. ¿La de Kirchner con Moyano es distinta? ¿Hay chorro bueno y chorro malo? ¿Qué tienen de distintos Reutemann y Scioli o Alperovich y De la Sota? ¿En qué momento Luis Juez, o Claudio Lozano o Víctor De Gennaro pasaron a ser parte de un complot golpista y Aldo Rico un demócrata que asesora al Frente para la Victoria en el Senado bonaerense? ¿Felipe Solá es un “traidor hijo de puta” por votar distinto? ¿Hay escrache bueno y escrache malo? Ver a Juan Cabandié, ex miembro de HIJOS, despotricar contra los escraches fue igual de desolador. También escuchar que estos escraches son violentos y los otros no. ¿Meterle el pie a Alemann o tirarle huevos a un milico eran sólo pasos de danza clásica? La lógica del escrache descansa en la idea del repudio social: es arbitraria y anónima, y muy susceptible de ser manipulada, pero es buena para todos o mala para todos. Que Kirchner sea admirado y escuchado por “intelectuales” es también una novedad. El trabajo académico e intelectual del Presidente, su aporte al mundo de las ideas, no parece haber superado la ejecución hipotecaria durante la 1.050. Ahora, sin embargo, un grupo de “intelectuales” –dentro de los cuales se encontraban muchos funcionarios del Gobierno– decide iluminarse con sus razonamientos, y le regala –como informó anteayer Página/12– una serie de aforismos. Horacio “Bombita Rodríguez” Verbitsky pareció divertirse con el juego, de modo que se nos ocurrió acercarle algunos otros:

“Si seguís con De Vido, Horacio, estás jodido.”
“El Perro con Rudy bien se lame.”
“De robo para la Corona a servir a la Reina.”
“Desde Ezeiza a Calafate Horacio banca el remate.”
“De los soldados de Perón a defender a Felisa fue HV sin cortapisas.”

Bombita Rodríguez, el Palito Ortega montonero, personaje creado por Diego Capusotto, se ha transformado en un documental.

Acaso el humor sea la única manera de combatir al nuevo invitado que llegó para quedarse: el odio. Se discute con odio, se argumenta con odio, se pregunta con odio. Asistimos a la remake del término “gorilas”, como si el Gobierno fuera “peronista”. D’Elía llama “oligarca” a Fernando Peña y milita en un partido cuyo líder declaró, en blanco, unos cinco millones de dólares y acaba de construir un hotel en Calafate de 500 dólares por noche, eso sin hablar del gasto en carteras de Madame. El Gobierno habla de democratizar la democracia, pero espera tres meses de conflicto para llevar las retenciones al Congreso, y mientras tanto el secretario Guillermo “Poronga” Moreno trata de convencer a los golpes a los opositores (con la ayuda de su esposa y jefa de asesores). Me están contando una pelea que no es tal. Así como Kirchner supo, durante su primer gobierno, que no había nada mejor que pelearse contra enemigos imaginarios, propone ahora, en su segunda administración, abismos inexistentes.

¿Qué pasará si el Gobierno pierde en el Senado? Nada. Seguirá gobernando hasta completar su período, y ojalá le sirviera para sacudirse la soberbia que se vuelve cada día más violenta.



*Fuente: Crítica Digital
http://200.82.82.211/index.php?secc=nota&nid=7508







Año Nuevo*



Cada noche de Año Nuevo recuerdo, aunque sea por un instante, la última que vivió mi padre. Estaba envuelto en una bata raída, en la puerta de la casa que alquilaba en la calle Santo Tomé. El pucho seguía en sus labios pero ya lo estaba matando. Levantaba un brazo para saludarme mientras alrededor estallaban petardos y bengalas de colores. Nos habíamos peleado, creo, porque yo odiaba las fiestas tanto como él y no sé qué estúpida costumbre nos hacía reunirnos a brindar y desearnos cosas en las que no creíamos.
Me parece que ya habíamos discutido antes de comer. Mi padre estaba sin trabajo y deambulaba por la ciudad en busca de una changa. Había perdido el Gordini y ya no le quedaba nada por empeñar. Mi madre presentía que el final estaba cerca pero cuando supimos que hasta se le podía poner una fecha, ella se negó a aceptarlo. Salimos al patio de baldosas y ahí se puso a llorar. Afuera, detrás de los cohetes, López Rega gobernaba el alma del General. Si lo menciono es porque en esos últimos días de 1973, uno de mis tíos, que era un tarambana, fue a visitar a mi padre para empujarlo a entrar en la guerrilla.
Era un disparate: mi padre tenía sesenta y dos años y era radical. Ni siquiera había aceptado que Balbín se abrazara con Perón. El Jefe podía perdonar y hacer política por su cuenta, él no. Me contó la ocurrencia de mi tío con una sonrisa. "Quiere que me gane la vida como bandolero", me dijo, y empleaba esa palabra para herirme porque sabía que algunos de mis amigos eran montoneros y no lo habían aceptado como fotógrafo en el diario Noticias. Ya estaba grande para trances de guerra y de algún modo se lo dieron a entender. En mi cabeza, el episodio es tan confuso: mi padre necesitaba trabajo y en el único lugar donde yo conocía gente con posibilidad de dárselo era en el diario de los montoneros. Le expliqué a uno de ellos que se trataba de darle una oportunidad, algo en el laboratorio de fotografía. Me preguntó qué sabía hacer y no supe explicarle. Le dije, sí, que mi padre era antiperonista por lo menos desde el 17 de octubre del cuarenta y cinco.
Seguro que eso no lo ayudó a conseguir trabajo y fue una pena: andaba tan bajoneado que no tenía nada que perder. Igual, en la entrevista enseguida metió la pata: oyó la palabra "compañero" y empezó a cagarse en Perón como si estuviera en sus mejores tiempos, allá por los años cincuenta. Después me contó que habían sido amables con él y le dijeron que lo citarían a la brevedad. Yo quedé mal con mi amigo por mandarle un gorila y con mi padre porque nunca lo llamaron a revelar las fotografías del General.
Creo que todo eso pesó para que discutiéramos aquella noche. A mí no me levantaba la voz, pero al hablar se le notaba el disgusto. En esos días le había dado un relato mío para que lo pasara en limpio y lo hizo mal. Se lo dije y, súbitamente, se entristeció. Lo había juzgado desde mi pedantería juvenil y ni se me ocurrió pedirle perdón. Nunca lo había hecho y no iba a empezar esa noche, aunque mi madre presintiera que aquél era el último Año Nuevo que pasábamos juntos. Mi padre dijo algo así como "si no te gusta hacételo vos" y se levantó a buscar otro paquete de cigarrillos. La bata que llevaba parecía salida de una novela de Gogol y el piyama, abajo, tenía tantos años como su inquina por Perón. Tal vez ya he escrito lo suficiente sobre él y tal vez no. Nadie conoce el instante en que muere de verdad. Tengo una fotografía que mi padre se tomó a sí mismo en la que está reclinado sobre una gran regla de cálculos. Esa es la imagen que quería dejarme de él. años después, en Brasil, un funcionario me contó que de joven había aprendido dibujo industrial a su lado. "Me hablaba todo el tiempo de vos", deslizó después para congraciarse. Uno de mis primos, que fue su dependiente en una oficina de Morón, se me acercó en la feria del libro para decirme que era un gran tipo mi viejo. Entonces, ¿dónde está su parte oscura? ¿Cómo adivinar su lado odioso? Acaso cometo el error de vestir a los perdedores con el ropaje de los sueños. No estoy seguro de que mi padre haya sido digno de elogio. Hacía su deber de controlar el agua corriente por puro orgullo y de hecho siempre permaneció en el más rotundo anonimato. Resulta triste admitir que mi padre era un don nadie. Un tipo de cuarta perdido en las provincias. Un oso de invierno jugando a la escondida.
Para las fiestas de fin de año y para los carnavales, algún comando hacía saltar la red de agua para demostrar que había resistencia y ahí iba él, de noche y en bicicleta, a recoger peones y restablecer el servicio. Como a esas horas los tipos eran remolones y se negaban a trabajar en nombre de la familia y la religión, mi padre acordonaba la bicicleta en la vereda, avanzaba unos pasos y en voz alta, para que escucharan los vecinos, les enumeraba las veinte verdades del buen peronista. Eran pocos los que se resistían. A veces la disputa giraba en torno de si mi padre decretaba San Perón para el día siguiente o si lo dejaba para el lunes de la semana siguiente. Cuando llegaba la ocasión todos eran felices menos él. A veces, con otros chicos, en lugar de asistir a clase nos íbamos a nadar o a jugar a la pelota y al otro día, si la maestra me pedía el justificativo, yo me ponía de pie y respondía que en la víspera Obras Sanitarias había festejado la fiesta del General. Nadie tenía nada que objetar, salvo el cura que era más contrera que mi padre. Antes del cincuenta y cinco, a los gorilas se los llamaba contreras y Enrique Santos Discépolo los gastaba con un personaje al que llamaba "Mordisquito" , Entre el cura que lo criticaba desde el púlpito y Discepolín que lo cargaba por radio, mi padre vivía atormentado en busca de una identidad. Todavía faltaban veinte años para que mi tío lo tentara con la guerrilla y yo lo mandara a buscar trabajo en el diario montonero, pero él ya estaba tironeado por los símbolos de nuestras discordias. Cómo iba a imaginar que un día Alfonsín, urgido por figurar, iría a rendir el pabellón radical a la puerta de un caudillo riojano.
Pero volvamos al Año Nuevo del setenta y cuatro. El relato que ha pasado en limpio trataba sobre la guerra entre peronistas y eso debe haberlo sobresaltado un poco, lo suficiente como para hacerlo tipiar algunos párrafos a la bartola. No había computadoras en ese tiempo y cada teclazo dejaba una marca indeleble. No guardé aquella copia suya: nadie piensa que lo que hoy tiene entre sus manos con indiferencia será mañana un recuerdo. Y aquellas páginas anunciaban el final. Cuando a uno le vienen ganas de morirse puede elegir la forma que le venga mejor. Mi padre era de la época del tango, de cuando había peronistas y radicales, así que decidió sufrir.
Yo me empecino en discutir con mi padre aquel Año Nuevo en el barrio de Versalles. Siguen los buscapiés, las estrellitas y los rompeportones. Zumban las saetas y se nos ponen los pelos de punta. Cualquier aficionado a las letras podría describir la desazón de esas horas. Al filo de la medianoche se desata un tiroteo y enseguida, desde el centro, llega la sirena de La Prensa. No recuerdo con qué vino brindamos, pero él y yo tenemos el estómago revuelto. Todos los malos augurios se cumplen ese año. Se mueren mi padre y el General. Buenos o malos, esos hombres me tienen, todavía, en vilo. Desde el fondo de los tiempos mi padre me saluda en la puerta de su casa, con la bata raída, mientras el General escucha por última vez esa música maravillosa que es la voz de su pueblo.




*De Osvaldo Soriano.
"Piratas, fantasmas y dinosaurios" editorial Norma, Bs. As, edición de 1996.





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