Thursday, July 17, 2008

TANTA HUELLA SUELTA AL VIENTO...




*Foto de Valeria Marioni y Florencia Soler Abbate. hijasdelviento@hotmail.com



QUÉ HABLA ESE HOMBRE*


A los Intelectuales K




Qué habla ese hombre,
por Dios,
que en sólo una década
en ejercicio
de gobierno se hizo
millonario.
Qué cree, qué quiere
hacernos
creer, en medio de
esta polvareda
de enfrentamiento
que él mismo
fogoneó entre negocios,
humos y falacias.
Cómo es posible tanta
zanja,
tanta huella suelta al
viento,
bajo este horizonte
sin salida,
ciego, y cuesta abajo.



*de Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar







TANTA HUELLA SUELTA AL VIENTO...





Resistencia*



Uno de estos dias, me levanto temprano.
Miro por la ventana y me resisto.
Digo, hoy, resisto, o sea,
a ver amigo si me explico:
resisto a los que vienen por mi pellejo,
aguanto los rebencazos que me propinan,
resisto las ganas de mandar todo al carajo,
me visto y resisto, y me voy para el trabajo.
Subo al bondi y resisto, el empujón agrio.
Bajo y camino, y resisto, el frío que me acobarda.
Llego a la fábrica y resisto, a la sirena que me apremia.
Resisto frente a la máquina, me meo y resisto,
a parar la producción me resisto, aguanto ¿Vió?
Las ganas de mandar todo a la mierda, resisto.
El dolor en la espalda, lo resisto. Al dolor,
al grito del capanga, lo resisto. ¿Me explico?
A comer mal y poco y de parado, lo resisto.
A correr por un baño sucio, lo resisto.
Una hora y otra más, las resisto. No sea cosa.
Que la quincena venga flaca, lo resisto.
Espero en la esquina, es de noche y resisto.
Resisto dormirme de parado, sin putear resisto.
Me alquilo y resisto. No me vendo y resisto.
Y asi termino mi dia, lo resisto. Me duermo,
pero antes, como en un sueño, me digo:
Hoy me resisto.



*de Udi, udi.cuatro.catorce@gmail.com







El cine*


Salí corriendo alocadamente del cine. Estaba aterrorizado y lo único que quería era poder escapar. Había poca gente ya que era la última sesión, pero no me entretuve en mirar si los demás me seguían. En mi pasión por salir a la calle no me di cuenta de que en una de las dos puertas de la salida ya habían puesto la reja. Choqué violentamente contra ella y caí al suelo de espaldas. Me hice tanto daño, tantísimo daño, que mientras me retorcía de dolor pensé que hubiera sido preferible morir entre las garras de los leones que habían salido de la pantalla.



*Joan Mateu. joan@cimat.es







El misterio de la alfombra: *




En un diario matutino, apareció una noticia sorprendente.
Se busca alfombra perdida. Su nombre: mágica. Al que pueda encontrarla será gratificado con una valiosa recompensa. Remitir información a esta dirección, ciudad de las diagonales calle del silencio entre los tilos y las jacarandas. Mantener máxima discreción.
Intrigada por el aviso me puse a investigar de inmediato. Llame por teléfono a la persona que había realizado la solicitud y me dio detalles de su objeto perdido y/o robado.
Con voz deformada para que no la reconociera me dijo que esa moqueta había sido su testigo durante tantos años de pasión jugando a las escondidas. Entre llamadas en clave y mensajitos de texto, ella la alfombra había sostenido sus ardientes encuentros con su don Juan. Era suave, no muy limpia pero si mullida, por lo cual las escenas de amor se desarrollaban con gran habilidad y maestría.
Luego agregó casi llorando, que de no encontrar su tan codiciado fetiche, tendría que ir a visitar a un traumatólogo, porque le dolían todas las coyunturas, que los años no venían solos, que no quería quedar en silla de ruedas y qué explicación le iba a dar a sus familiares y amigos.
Me quedé en silencio, intentando darle una pista, un consuelo, no conocía el paradero de su objeto perdido.
Solo tenía una explicación sobre la desaparición del valorado tapiz: habría volado
Al país del nunca jamás.
Moraleja: “si han de disfrutar a escondidas, que les duelan los huesos”. Párrafo extraído del Manual del matrimonio perfecto, capitulo 3 Saber inconsciente de alguna parte engañada.




*de Azul. azulaki@hotmail.com
Idea central. Azul. Asesor legal y correctorrr! Eduardo Coiro.





*



El hombre añora. Extraña. Intuye que ya nada será lo mismo.
No es por un objeto en sí mismo, sino por esa oculta señal que a veces en la vida es previa a que se desencadenen hechos imprevisibles.
Por un momento, piensa si esto puede solucionarse con dinero.
-Compro otra y listo.
Quiere convencerse de que es posible, que nada va a cambiar.
Que todo seguirá siendo como fue hasta la última vez.
Ella llegando a última hora, cuando la recepcionista ya se había retirado.


Puede ver ahora mismo la imagen: esa desesperación que hace que se toquen y se quiten solo lo esencial de la ropa y se revuelquen en la alfombra hasta penetrarse y acabar furiosamente, dichosamente al mismo tiempo.
Ese orgasmo es un lujo. –se dice.
Ni con su mujer, ni con otras amantes puede lograr eso.
Celia y él sobre la alfombra. Literalmente vuelan por el aire.
Esta alfombra es mágica –dice ella cada vez que tiene ocasión.
Pensar que era regalo de casamiento de mi suegra que la compro en una feria de El Cairo, si supiera –que en paz descanse- los placeres que nos brinda. –dice el hombre buscando la sonrisa cómplice de Celia.
Pero de todo esto ya pasaron tres interminables meses.
Fue en el último vuelo y mientras se daba el orgasmo de ambos como de costumbre, cuando sintió que la alfombra los había llevado más allá de los límites estrechos del consultorio.

Quizá haya sido una venganza de su suegra –El sabía que las coloradas como ella eran todas unas brujas-
Entonces sintió la caída.
Y la mano y después el grito de Celia alejándose.
Y ese aterrizaje con suerte sobre la palmera. Las roturas y los yesos.

El hombre espera a su mujer en el horario de las visitas.
Y de la pobre Celia, ni noticias.



*de Eduardo F. Coiro. inventivasocial@hotmail.com
-En base a la idea de Azul-







Punto de partida*



Qué será ahora de tus ramas, Sauce
a quién le llorarás tu pena
yo, la que te escuchaba
conteniendo tu frenética huida
también me fui
crucé montañas
batallé con la nieve
adopté bosques
entrevisté arrayanes y radales
que mintieron ser abedules
y una tarde
recordé tu despedida sin palabras ni adiós
vos, mi confidente
mi amigo con fidelidad de perro
vos, que esperabas elevándome sin reproches
transformando mi vida en una leyenda celta
adonde los árboles fueron energía
protección
y el bosque un templo
para hablar en murmullos
que no despertasen malhumorados duendes
trocando nuestra vida en tempestad.
Estoy de regreso
¿por qué no me advertiste, Sauce?
¿te creías inexperto?
aún hoy escucho las palabras de un árbol.

En este desencuentro vos y yo hemos perdido
dos mil cuatrocientos atardeceres de soles
rojos naranjas y azules
dejando entre paréntesis mis ampollas
recorrer tanto camino
para elegir el comienzo.



*De Diana Poblet. soydian@yahoo.com.ar







Mudanzas*



Mi padre siempre estaba yéndose a otra parte, a algún lugar imposible donde no pudiera alcanzarlo su sombra. Desplegaba sobre la mesa el mapa de la República y apoyaba el dedo en algún rincón que no hubiera sido fundado todavía.
Así era él: tenía hormigas en los pies y una mirada cortante que me helaba la respiración cada vez que se enojaba. "Acá", decía de pronto, y apretaba el mapa hasta hacerle un agujero allí donde íbamos a pasar las mil y una hasta que se le ocurriera dar otro salto.
Fueron tantas las veces que nos mudamos que ya confundo trenes y épocas. Ahora, al cambiar de barrio, me parece que voy de un continente a otro aunque las voces sean iguales y las mismas lluvias mojen los mismos árboles. Veo una casa desierta que es ésta y es otra, una de mi infancia. Por las ventanas entra una luz de invierno que colorea el polvillo suspendido en el aire. Ya no hay olores y los fantasmas flotan por ahí, me asustan como antes, me avisan que el tiempo pasa y en alguna parte, adentro mío, van mi padre con la vieja corbata azul y mi madre con aquel pañuelo al cuello.
Atrás voy yo con el pantalón corto y el echarpe con los colores de San Lorenzo.
En cada mudanza una pérdida. En la última, entre la Boca y Palermo Viejo se me extravió el Omega a cuerda que me había dejado mi padre. Quizá me lo robaron y vaya a saber en la muñeca de qué brazo andará. Me lo había entregado una enfermera en una clínica de Flores la tarde en que él murió. También me entregó el anillo de matrimonio y unos anteojos. Yo usaba a veces el Omega, aunque adelantaba cinco minutos y se me resbalaba bajo el puño de la camisa. Después lo dejaba en un cajón de la cómoda y me ponía otro cualquiera de los tantos que la vida nos deja. El de los quince años, el de la novia aquella, el primero que compramos a crédito en tiempos en que eran caros y estaban cargados de sentido.
Tendría nueve o diez años aquel invierno en que nunca llegó a Río Cuarto la pelota de tiento que me había mandado Perón. No sé cuál tristeza es más folletinesca, si aquella de la pelota o esta del reloj. Mi padre debe haber metido la pelota en un cajón mal cerrado o tal vez la tiró a la basura porque en ella veía la monstruosa cara del general gesticulando ante las masas. No quiero ser mal pensado: tanto detestaba al Conductor que una huella suya en nuestra casa era como otra mano en la cintura de mi madre.
Pero por encima de todo lo que yo más lloraba eran los gatos perdidos. Hubo uno que no apareció a la hora de la partida y todavía lo estoy esperando. Ni bien huelen mudanza los gatos se ponen mustios y dejan de comer. Me acuerdo de otro, negro y blanco, encerrado en un cajón para recorrer mil kilómetros en un Ford de los años cuarenta. Nosotros llegábamos siempre antes que los muebles y esperábamos con ansiedad las cacerolas y los juguetes. "Por ahí mañana aparece el camión", susurraba mi madre en la oscuridad del hotel. "Para qué querés muebles", le contestaba mi padre y enseguida la brasa de su cigarrillo marcaba de rojo el recuerdo que tengo de aquellos otros fantasmas. A la llegada, nadie nos daba la bienvenida y tampoco iban a despedirnos. De entre los papeles de la última mudanza se desliza al suelo una carta que mi madre me escribió cuando yo vivía en una pensión de la calle Uriburu. "En Cipolletti no nos acompañaron ni nos hicieron despedida, así es la gente de agradecida. Dormimos en la oficina de Obras Sanitarias que tenía una pieza con dos camas para los inspectores que venían de Buenos Aires, que la hizo hacer tu padre pero hasta allí nos llevo Desiderio en una camioneta que tenía."
No fue nadie a decirle adiós a mi padre, nadie le dio las gracias por las noches en blanco y los domingos perdidos. No sé si esperaba otra cosa. Nunca fue un tipo muy popular y lo que más recogía eran puteadas y sarcasmos. Conocía a la gente y pensaba que Perón se aprovechaba de su ingenuidad. Siempre fue así de gorila. Pero no creo que haya sido por eso que nadie fue a despedirnos. Más bien habrá sido porque el tren pasaba muy de madrugada y era un sacrificio salir a esa hora de la cama. Vagamente recuerdo aquella última noche en el cuarto de Obras Sanitarias que menciona mi madre. Era la sexta o séptima vez que cambiábamos de pueblo pero esta vez era distinto porque yo era grande y me obligaba a separarme de mi primera novia. Me vienen a la memoria el frío y la bronca que tenía con mi padre. Nos pasa que alguna vez queremos matarlo y para no hacerlo huimos hacia lo desconocido. Lo veo todavía recostado en la cama, con un pulóver descosido, hojeando un libro en inglés. En la muñeca llevaba el Omega que a mí me iban a robar treinta años después. ¿En qué pensaba? Me parece que empezaba a sentirse viejo porque había pedido el traslado a Tandil donde vivía la familia de mi madre. Allí había empezado su aventura y volvía tan pobre como al principio. No le importaban los pocos muebles que se iban en el camión y si tuvo alguna amante no le dolió dejarla. Era, definitivamente, un hombre solo, sentado en una silla incómoda. Indiferente a otra cosa que no fueran el agua con cloro, los cacharros que inventaba y su imaginario combate con Perón.
El día que dejamos Mar del Plata para ir a San Luís perdió el sombrero que más quería y desde entonces no volvió a ponerse otro. A veces, bajo el sol más hiriente, se calzaba un rancho de paja de Italia que había encontrado en un andén vacío. No era un intelectual pero a veces decía cosas que atribuía a Plutarco o a Dante: "Qué duro es el camino, Osvaldito", y se quedaba mirándome a los ojos a ver qué decía yo. ¿Qué iba a contestarle? Un día me lo encontré a la salida del hospital en que lo habían dejado cuando volcó con el coche y me dijo algo así como Eccovi l'uom ch'e stato all'inferno. ahora intuyo a qué infierno se refería. Igual, nunca me pareció un hombre angustiado. Era débil, sin duda. Inseguro. Tan inestable que cada vez que terminaba de construir una casa la abandonaba corriendo. Una vez apareció en Chilecito y otra en El Bolsón. Hasta ahí no lo seguimos, pero fuimos a visitarlo a una pensión de viajantes. Mi madre se condolía: sólo tenía una cama chica, unos libros en el suelo, la regla de cálculos, una Parker y el compás sobre la mesa. Apenas le llegaba luz de un ventanuco y la dueña lo sermoneaba porque había cambiado la bombita de veinticinco por una de sesenta. El Omega aún estaba en su brazo y ahora que no lo tengo más siento que mi padre empieza a alejarse de mí. Al verlo más distante, me parece que acerca el dedo al mapa y me señala un lugar en el que tarde o temprano vamos a encontrarnos para charlar largo de sus mudanzas y las mías.




*De Osvaldo Soriano.
-De "Piratas, fantasmas y dinosaurios”. Editorial Norma, edición de 1996.








Jesús estuvo en Buenos Aires*




*Reynaldo Sietecase
17.07.2008


Es andaluz, nació en Granada no en Belén. Es bajito, no tiene barba. No parece un rockstar. Todo lo contrario: su cabello está perdiendo la batalla contra el tiempo. Usa anteojos con vidrios gruesos. Igual se parece mucho al Nazareno. Incluso, cuando siente que sus pedidos no son atendidos, se crucifica. Como si todo su cuerpo fuese una señal desesperada con destino al cielo y a la tierra, se crucifica.

El padre Jesús Olmedo es el párroco de la iglesia Nuestra Señora del Socorro de La Quiaca. Llegó al país en 1971, tenía 25 años y su imagen de la Argentina se resumía a una postal con vacas, pampa, abundancia, cultura y desarrollo. El flamante sacerdote no tardó mucho en comprobar que había llegado a uno de los lugares más pobres de Latinoamérica, donde lo único que sobra es la intemperie.

Años después tuvo que volver a España y, a comienzos de los 90, regresó a La Quiaca para quedarse definitivamente. Como el otro Jesús, el tipo es un peleador y los niños del norte argentino le habían ganado el corazón. “Había venido a evangelizar y ellos me habían evangelizado a mí”, repite. Comprendió además que los integrantes de los pueblos originarios están en el último escalón de la pobreza. ¿En qué otro lugar debería estar Jesús?

En dos décadas de trabajo intenso, el padre Olmedo ayudó a establecer una decena de comedores. Es que el hambre es la necesidad más urgente. Según su propio diagnóstico, la mitad de los niños de esa zona de Jujuy están desnutridos. Por esa razón, la imagen de la leche derramada en la ruta, en mitad del conflicto entre el Gobierno y el campo, lo indignó de manera especial y salió a decirlo: “Mientras se pelean por las retenciones los pobres siguen pasando hambre”. Unos días antes, a comienzos de junio, una movilización de pobres y desocupados fue reprimida de manera brutal por la policía provincial. Hubo varios heridos de bala, entre ellos, el propio Olmedo.

Jesús sabe que el peor enemigo de los pobres es el silencio. Escribió un libro sobre ese tema: La cultura del silencio. “Cuando un pueblo calla durante tanto tiempo es porque ha sido silenciado”, y sugiere: “Desde la cultura del silencio hay que pasar al grito de los excluidos”. Con esa idea, en la semana de los dos actos, bajó a Buenos Aires. En medio de la peor disputa de poder de los últimos años, Jesús bajó a la Capital. Aquí, como dicen en el interior, atiende Dios. Aunque él cree que si lo dejan, “si no lo encadenan, Dios está en todos lados”.

El padre logró algunas cosas en medio de la disputa por la soja: la ministra de Desarrollo Social, Alicia Kirchner, le prometió hacer un relevamiento de la zona y ayuda oficial inmediata. El líder chacarero Alfredo De Angeli, que lo cruzó en un canal de televisión, le garantizó el envío de alimentos. También recibió apoyo de distintas parroquias y organizaciones sociales de todo el país.

Jesús agradece pero sabe que nada será suficiente si no se remueven las causas profundas de la iniquidad. Por eso sigue exigiendo a las autoridades políticas la generación de puestos de trabajo, más escuelas, cloacas, agua potable, obra pública, subsidios para los desempleados. También pide que se controle el contrabando de artículos de primera necesidad desde La Quiaca hacia Villazón, en Bolivia, que mezcla corrupción y carencias. Y que la Legislatura jujeña declare a La Quiaca zona de emergencia.

Uno de los mayores desafíos asumidos por Olmedo es que la sociedad tome conciencia. Quiere que se asuma que en “La Quiaca comienza la Argentina” y para eso debe enfrentar los muros de silencio que imponen los prejuicios y la indiferencia hacia los coyas, hacia los antiguos dueños de la tierra, hacia los habitantes del norte profundo que están entre los argentinos más olvidados. Esos compatriotas que deben mendigar por lo que les pertenece por derecho propio.

Es por eso que a Jesús le cuesta entender algunas cosas de este país, al que considera suyo: “En 2001 veíamos por televisión cómo se hablaba de la crisis argentina por la plata que se había quedado dentro de los bancos y no se hablaba de la crisis argentina por el hambre y la miseria”. Un periodista porteño le pidió una definición: “¿Usted está con el campo o con el Gobierno?” y el padre respondió: “Con ninguno de los dos. Yo estoy con los pobres”.

Jesús estuvo en Buenos Aires. No organizó ningún acto.



*Fuente: Crítica de la Argentina
http://www.criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=8224







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