Saturday, August 15, 2009

EDICIÓN AGOSTO 2009



-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.


Yo quise ser*



Yo quise ser bailarina.
Una Isadora
deslizando el cuerpo entre la impudicia y el arte.
Cuál de esos ojos apreciaba mi estética,
la fuerza de mis movimientos,
la expresión que daban mis caderas,
el sublime desafío de la quietud absoluta.


A quien sobrecogió mi figura
buscando en el aire dar a la música
un sentido de piel, huesos y músculos.
Quien vería los imaginarios tules y gasas
flotando, rodeando mi desnudez.
Todo un desafío a una casta
embretada en códigos y sucios pensamientos.


Yo quise ser aquella Teresa,
esmirriada, luchadora, curando leprosos,
crítica del Papa y sus omisiones.
Vieja y encorvada,
agigantándose en túnica celeste,
cobijando desahuciados hermanos,
llegando a Cristo y preguntando si valió la pena.


Y soy esta mujer
que me observa desde el espejo.
De incógnito en la vida,
con deseos truncos,
buscando la raíz de su sangre



*de ELSA. elsahuf@hotmail.com







LA MARANJA PELUDA*

(Dedicado a Pampita)



Había una vez una maranja peluda que habitaba un planeta no tan verde, que se localizaba en una zona del Universo, denominada Supercúmulo de Galaxias Virgo.
Dentro de este Supercúmulo estaba el planeta, incluido en un grupo de estrellas más pequeño llamado Local y para ser más exactos, se ubicaba en la segunda Galaxia del grupo y dentro de la segunda galaxia, en el Brazo de Orión.
Se destacaba la maranja por ser cuadrúpeda y estar recubierta por un caparazón óseo con pelos ralos. Viene al caso agregar que la carne de la maranja peluda era muy estimada por sus depredadores.
La maranja era importante porque, además de pertenecer a la familia de los Dasypodidal, se la consideraba por algunos como la única superviviente del orden Singulata.
Aunque también comía carroña, la maranja prefería, para saciar su apetito, perseguir durante la noche insectos subterráneos.
No tenía buena visión pero se las arreglaba bastante bien pues, para protegerse, contaba con la formidable armadura, compuesta por placas de hueso. Empleaba sus afiladas garras para adentrarse en el suelo flojo en busca de alimento, para cavar madrigueras, que utilizaba para proteger a sus hijitos y también, para protegerse a si misma de los depredadores que caían, como peludo de regalo, sin aviso, de forma inoportuna, intentando depredarla.




*de Ana María Broglio. anabroglio2@yahoo.com.ar






Amor eterno*




Bajo aquel sauce, al amparo de la intimidad del enorme parque, la pareja discute sin levantar la voz.

- No puedo seguir con lo nuestro, me has embrujado, pero no puedo seguir.
- Pero, yo no puedo vivir sin ti…
- Tienes que buscar otra mujer. Este hechizo debe terminar.
- No puedo… No quiero separarme de ti nunca.
- Debes olvidarme - dice ella incorporándose e iniciando la marcha.
- No te vayas. No puedo vivir sin ti.
- Lo siento, te juro que lo siento.
- Jamás me separaré de ti…

La mujer intenta marcharse mientras el hombre la sujeta por la cintura. Se dibuja en el crepúsculo la imagen de la pareja forcejeando. Anochece.

Al día siguiente se abre el parque al público que observa una nueva estatua bajo el sauce. Un hombre agarrando por la cintura a una mujer que con la melena al viento intenta marcharse. Al pie de la estatua el título: "La unión eterna del brujo y la mujer."




*de Joan Mateu. joan@cimat.es






Meditatio*



Una está viva porque se perdona
"no sabe cómo ni por qué
la vida cada día" (1)
está viva
por insistencia, por obcecación
porque amanece y aunque duelen
los huesitos rotos
la piel responde al asombro
de este día
como al de ayer al de mañana
y se abren como corolas
las preguntas.
Una confía
y está bien que confíe
aunque el instinto alerte de seguros
abandonos
de egoísmos en puerta
y soledades en vilo.
Una está viva porque es tan intenso
ver vivir a los hijos
y porque se siente necesaria imprescindible
aunque el mundo bien andar pudiera
sin esta esperanza a trabajo forzado
que es una a toda costa y sin desmayo.


Una cree que cada día será bello
aunque a mitad de la mañana
nada pase más que el tiempo
nada suene más que el deber
y el teléfono urgente
nadie especial llame a la puerta
y la derribe
para entrar a saco en el derroche
de pasión y ternura que es la sangre
de una
tan terca en esto de vivir
y derramarse.



*De Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com
(1) parafraseando a Miguel Hernández: "no sé por qué, no sé por qué ni como
me perdono la vida cada día"- Poema: Me sobra el corazón.






COMPAÑERO DE CAUCE*


Amigo, hermano. Pájaro núbil. Alma de niño.
Ven, toma mi mano.
Pintemos la soledad de verde.
Celebremos la vida. Tanto verde, tanto.
No se puede verlo pasar, sentados en la vereda gris.
Desafiemos la muerte. No ha de dejarnos solos.
No ha de encontrarnos solos, no.
Levantemos el culto al no olvido.
Volvamos al refugio de los antiguos nombres.
A las noches oscuras, a los sueños claros.
Escondamos los enigmas del beso en la fronda sin tiempo.
Cabalguemos los jinetes sin cabeza.
Calaveras con lirios y luz de plata nueva.
Ven amigo. Liberemos el canto de las cautivas aves.
¿Recuerdas? Sus trinos dibujaban los gnomos de la tarde.
Es inútil quejarse por las muertas horas.
Volvamos el reloj y el calendario.
¿Qué culpa tienes tú? ¿Qué culpa tengo yo?
Es el río y la vida, amor.
El agua se lleva las azules horas. Pero también las trae.
Pero también las trae. Pájaro tibio.
Amor. Amigo. Compañero de cauce. Hermano.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








CADA PINCELADA DEJA LA HUELLA DE SU ERROR*



Le explicaba a Juan Manuel la dificultad de la acuarela como técnica, una técnica que utiliza esa materia liviana y transparente, ese pigmento apenas perdurable, esa nada de color difuso, esa mancha sutil. Y le dije; comparando el óleo que puede repintarse, taparse, corregirse; que en la acuarela cada pincelada deja la huella de su error. Una de esas frases maravillosas que venidas de otros lados hallan una aplicación a la forma en que se da el mundo.
Decía en broma Juan Manuel que para resultar interesante diría, para explicar los fallos y la propia historia, para justificar un poco el propio rostro, que en él cada pincelada ha dejado la huella de su propio error.
Y es así, estamos surcados de antiguas pinceladas que se ven tenuamente debajo de las nuevas, y por mucho que acumulemos capa tras capa de materia evanescente, no podemos hacer desaparecer las huellas que el tiempo, las decisiones, los aconteceres fueron dejando siempre fijas y siempre adivinables como soporte de lo que tratamos de dibujar por sobre ellas.
Somos el resultado de esa materia liviana y transparente, somos una acumulación de felicidades y malas horas, y no las podremos negar aún si accedemos a la senectud que va vaciando los frascos y despeja los estantes. Seguirán percibiéndose las viejas pinceladas, y no serán quizás menos dolorosas. Ni acaso menos gozosas.
Nos miramos en los reflejos fríos. Y el primer amor, y aquella íntima vergüenza, y ese día que no podemos recordar sin que algo se mueva en las profundidades, todo está allí, capa sobre capa sobre capa. Y eso somos al fin.







*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com






Inmunidad*




Tenía la rara facultad de curarse rápidamente de las enfermedades. Desde pequeño, su madre vio con sorpresa que las gripes le duraban medio día, la tos ferina un día entero y las paperas las solucionó en tres cuartos de hora.
Le hicieron pruebas para constatar que no había secuelas y los médicos atribuyeron estas curaciones a que el niño contaba con unas defensas excelentes.

En el curso de su vida siguió con la misma facilidad para curarse. Los cortes ocasionales le cicatrizaban rápidamente y los golpes y hematomas le duraban raramente más de diez minutos. Acabó siendo una cosa natural para él, lo que le llevo a realizar trabajos de riesgo, muy bien pagados e incluso a presentarse como voluntario en algún experimento para probar medicamentos. Curiosamente en estos casos los demás cobayas humanos no reaccionaban como él ya que, no sólo sufrían la enfermedad inoculada, sino que en algunos casos se temió por la vida de alguno.

El ejército, conocedor de esta cualidad, le reclamó para investigar las causas de la misma con la intención de poder dotar a sus soldados con las ventajas que ello reportaría.

Ninguna prueba médica obtuvo resultado por lo que derivaron la investigación hacia la vertiente psicológica. En este campo los resultados fueron esclarecedores e inmediatos. Tras pasar las primeras pruebas se vio claramente que tenía "personalidad múltiple" con lo cual, el muy bribón, cuando enfermaba cambiaba de personalidad adoptando otra que estuviera sana.




*de Joan Mateu. joan@cimat.es







SIN RESPUESTA*



Sembrar puertas con espera
fue el imán del camino,
fue inventar sonrisas
en casas abandonadas
o colocar guirnaldas
en terrenos baldíos
para cosechar todas las mañanas.
El mensaje se evaporaba,
casi nadie habría las ventanas
y el viento inventado se perdía
en inútiles tramos de hojarasca.
Era lava de vida activada,
ver el amanecer y saborearlo,
abrir puertas al ensueño alado
y si fuera preciso, ser paloma
y águila a la vez por la osadía.
Pero nadie respondió
y el mensaje se durmió sin esperanzas.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar









EL HIJO DE SOMNUS*





El hijo de Somnus ha llegado.
Muro relegado de la luz.
Paz de sepulcro.
Sin nombre, sin dirección, sin techo.
Manos de labios.
Excluidos del yelmo y de la espada.
Olvidados rastros de pezuñas
Camino del retorno.
No se recuerda en el nombre del padre.
Apedreados tallos y sierpes con amnesia.



Universo de pasión.
Dioses, estrellas y conjuros.
Calandrias, potros azules nuevos.
Tigres dientes de sable, corazón de pájaro.



Puentes.
Indescifrables puentes de la noche.
Río de olvido.
Piraguas, canoas, balsas lenguas.
Puentes, colgantes puentes de velas encendidas.
Niños racimos, naranjales. Lupanares.
Manzanas con tacos y sombreros.
Uvas verde amatista. Las uvas están verdes.
Inocencia, pan de saudades. Ubres.
Salto lecho. Oscuridad.


Hijos de la noche, hermanos de la muerte.
Parias. Celebrad el jubileo.


Que no vengan los duendes de la aurora.
Es el hijo de Somnus. Que no se vaya. Que no se vaya, no.





*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





¿Y Después de Votar?*



“los que viven en el desaliento total, y sólo ven en el problema
la pregunta de si anular o no su voto,
es porque no conocen los movimientos populares
que se gestan actualmente desde el pueblo que se organiza…”
-Octavio Valadéz-

--
“Si el voto cambiara algo, sería ilegal”
-Anónimo-
--


Se levantó sin novedad alguna. La propaganda electoral comenzaba a rondar por las calles, como un adorno impertinente tapando las alcantarillas. Hoy es día de elecciones… ¡Máxima expresión de la democracia! (le habían dicho).

Todo parecía marchar sin mayor novedad: gente, urnas, esperanza… Desde que recuerda a su país, todo ha sido más o menos lo mismo: promesas de campaña que nunca se cumplen, empleos inestables, sobreexplotación de los recursos naturales, corrupción… Una larga lista (pensaba). Pero aún así se disponía a votar: tenía en sus manos ese gran poder de decidir el rumbo de su nación, aunque no le hicieran caso, aunque ninguna de las opciones las hubiera elegido y aún cuando ninguna de las propuestas le identificaban y a lo sumo le prometían una vida menos dura para soportarla en su pobreza. Le habían dicho que esto era el más grande logro de nuestra democracia, y la única manera de ejercer su poder, como una especie de aventura mitológica donde cada seis años (o antes si hay elecciones intermedias), el poder le fuese concedido como por arte de magia mientras, el resto del tiempo, ni le voltearan a ver.

Una vez más, nada fuera de novedad se le presentaba. Caminaba y recordaba a aquel experto en política que criticaba a los inconformes diciendo que aquellos que no estuvieran de acuerdo con las propuestas de los partidos políticos, bien podían hacerse campaña y difusión ellos mismos, empleando la Internet y otros medios de acceso masivo, en lugar de andar promoviendo el “voto en blanco”… Y pensaba en que tenía razón: se pueden elaborar propuestas alternativas a las oficiales, y como inconformes hay más de uno, en lugar de hacerle caso al experto y andar cada uno difundiendo sus propuestas, bien pueden ponerse de acuerdo estos “inconformes” y elaborar propuestas que emanen de intereses comunes a la mayoría de la sociedad… Pero ¿a caso esto no se hace ya, desde los movimientos sociales que se organizan desde abajo, desde lo popular?... El experto no estaba descubriendo algo nuevo, sólo que así lo creía porque tiene pegadas en sus ojos boletas electorales y urnas, y es lo único que puede ver: todo lo que se salga de eso le llama “ilegal”, y le es extraño.

Vagando sin novedad, en un día de elecciones llamadas intermedias (y lo mismo si fuesen presidenciales), aquella persona se preguntaba qué hacer con su boleta electoral: si decidía anular su voto, uniéndose a la protesta que intenta reclamar a los políticos su falta de compromiso con la sociedad, ¿qué le quedaba por hacer después?: parece que esperar a que el “castigo” se evidenciara y los políticos, consternados y preocupados, decidieran poner un remedio y reducir sus excesivos sueldos, sus privilegios, dejar de favorecer las empresas extranjeras para favorecerse a sí mismos con los contratos… ¿A caso el castigo será escuchado?, ya no digamos obedecido ni aprendido, sino tan sólo escuchado, pues sólo queda esperar para constatarlo… Votar por algún partido o propuesta corre con la misma suerte en última instancia: Esperar… Esperar a que un día las promesas sean cumplidas, a que llegue el salvador que nos rescate de todos los males, o esperar nuevas elecciones, para votar y volver a esperar.

Quizá la respuesta no se encuentre en el contexto de las elecciones: ¿Votar o anular el voto?: bien, ya se ha decidido, ¿Y ahora que? ¿Hasta cuándo vamos a esperar?... Puede construirse un movimiento que parta directamente de los intereses de la mayoría de la sociedad, un poder que bien puede ser llamado popular, y para construirlo no hay que esperar, no se necesitan urnas ni anuncios comerciales, y no promete privilegios para algunos, sino para la mayoría.

Se desilusiona quien no ve mayores caminos que el tachar o no una boleta electoral, y todo su problema queda allí. Construir desde abajo las propuestas, y organizarse, mata cualquier desilusión… Se preparaba para “ejercer” su poder mediante el voto, que le habían dicho es una obligación ciudadana, ¿y la obligación social?, ¿dónde se perdió?: ¿son lo mismo un ciudadano comprometido, elección tras elección, que un sujeto social de tiempo completo?, ¿a caso es la única manera de influir en el rumbo histórico de su existencia y de los demás, con un crayón y una boleta electoral?

Todo parecía sin mayor novedad por las calles… Siguió caminando y mirando, en un día de elecciones, que lo único seguro que le dejaban era basura de propagandas entre sus pasos, y uno que otro anuncio espectacular…


Nota: La moraleja se queda de tarea.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com






DEMOSTRACIÓN*



Los automóviles pasaban a toda velocidad por la avenida. Le recordaban las películas mudas de Carlitos. La gente causaba la misma impresión.
Asomada a la baranda miraba con los ojos muy abiertos. Allá en la esquina estaba su madre. La oía a pesar de la distancia.
- No sé por qué comienzas cosas que no vas a terminar. Siempre eres la misma.
También vio como llegaba su marido y se unía a su madre.
- No se preocupe, Dora, no va a hacer nada. Nunca lo hace, le faltan agallas.
Esa fue la palabra clave. Ella tenía agallas y había resuelto demostrarlo.
Abrió los brazos, su cuerpo se elevó. ¡ Si, podía volar!
- Adiós, - le dijo el piso 15.
- ¡Bravo! ¡Bravo! – Se unieron a coro el 14, el 13, el 12 y el 11.
El piso 10 cerró sus ventanas. El nueve hizo una reverencia, luego hubo un silencio entre el octavo y el segundo.
- No sé si tienes razón – susurró el primero.
La planta baja musitó algo ininteligible cuando la calle se abrió en cruz tratando de convertirse en pétalo



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar





Las aguas y los dioses*



En este lugar, aquí, en este hermoso lugar hay verde. Aquí, en este sitio existe el verdor. Aquí es bello, aquí hay plantas. Eso decíamos.
Nosotros, los mapuches, nosotros, los salvajes ignaros decíamos Carhué y era decir nuestra casa, era decir la tierra, era decir mi familia, mi ancestro más remoto, mi vida. Decíamos Carhué y decíamos amo la tierra verde.
Y el lago Epecuén nuestro lago Epecuén era salado. Salado como el mar más reconcentrado, tan salado como si el océano hubiese sido puesto al fuego en una olla de barro y hubiese hervido despacito hasta que el agua fuese casi sal. Así era el lago, así lo extendieron los dioses oscuros sobre la tierra verde. Y era el límite del verde. Mas allá venía la pradera que se tornaba páramo, hasta allí las pasturas y la facilidad. Hasta allí lo cálido y amable, a partir de allí ese límite, ese exterior, esa felicidad que se
consigue con mayor dolor. Porque, debo decirlo, también esa era nuestra casa, y así como se ama al hijo obediente, se ama inevitable y dolorosamente al hijo que se eriza en espinas y baldío.

Era Carhué y era el lago de sal. Y fueron los hombres que ya estaban pero estaban todavía lejos. Eran los hombres del color de la blanca muerte, que nos habían dejado tranquilos hasta que su codicia los forzó a extender los brazos más lejos que el corazón. La codicia les dio hierros en los brazos y les dio hierros en los pies, y Carhué que era mi hogar fue mi tumba, y mis lugares tomaron nombres que nunca les casaron, nombres que se resbalan porque no los pertenecen. Pueblo Adolfo Alsina, lago San Lucas,
nombres extranjeros, nombres que se desvanecen bajo el cielo de la América y que mi boca no puede pronunciar sin hacerse violencia.

Llegaron los hombres de hierro. Se quedaron los hombres de hierro.
Vinieron en su propia bestia humeante como quien llega montado en una pesadilla. Le dicen ferrocarril a la bestia de fuego, a ese monstruo negro y temible. En tres grandes bestias llegaban los hombres blancos y seguían trabajando para su codicia.
No les bastaba la laguna de sal. Ya no estábamos nosotros, yo era ya polvo de huesos bajo mi tierra verde cuando los intrusos que vendían baratijas y habitaciones y bañadores a rayas quisieron obligar a la tierra a dar más de si. No les bastó ver nuestra tierra, se la apropiaron; no les bastó apropiarse de la tierra, la quisieron doblegar con sus canales y sus terraplenes. No era suficiente con el nuestro lago, no. Hicieron un lago ellos, un lago dulce, trajeron el agua desde otros lados que no son este lado, que no pertenecen a este lado, y con ese agua extranjera hicieron ese nuevo lago y cambiaron la historia de la nuestra tierra.

Y el diez de noviembre uno de los dioses oscuros miró la tierra que era verde, abominó el lago dulce, tomó una palabra, pronunció una nube de ceniza, y el terraplén cedió, y la ciudad conoció el olvido del agua silenciosa. Y el agua avanzó como un ejército en marcha, y las puertas se hincharon en sus marcos, y el inexorable pasado se acumuló sobre los ladrillos de la ignominia. No tañe la campana bajo el agua, no acuden los niños a las escuelas, diez metros de agua se comprimen sobre las plazas y los tejados.
Me duermo en mi tumba ahora. Mientras me adormezco canto quedo una melodía que ya no encuentra cuerdas para sonar. Siento la luz de la luna quebrada sobre el pueblo sumergido. Descanso ahora. Los dioses juegan sus juegos, un pez desprende silenciosa, lentamente, una escama de madera de una
silla que se pudre.



*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com





OFRENDA*



Cuando el frío de junio
tirita por su escarcha,
se duerme la lluvia
en los rincones
y se congelan los recuerdos
bajo los cobertores,
dibujan nuestros dedos
soles verticales
para evaporar carencias
y prometer un mañana.
Cuando el amor niño agoniza
en una cuna sin nanas
ni nodrizas que amparen,
atizamos el fuego,
inventando caricias
que no duerman al alba.
Cuando las puertas
olvidan las bienvenidas
y las ventanas rechazan
los llamados,
conjuramos al viento
a crear melodías
y a buscar presencias
fijadas en las estampas.
Cuando el adiós viste
una túnica blanca
y gira hacia el camino viejo
con un “Hasta nunca,
mañana no me esperes”,
modelamos regresos
como torres de arena
para que contengan
el tiempo de una plegaria.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






FUGAZ COMO LA TARDE*



*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar



Las palabras se pierden.
Ni bien rozan el aire su formato se esfuma,
hoja que deshilacha del silencio al olvido.

Esta ciudad ajena a sus ojos tan claros
y su complejo idioma,
una tarde nos hizo andar el mismo rumbo.

Buenos Aires crecida de cuartos transitorios
es pródiga en romances que hagan pasar el rato.

Algún brillo furtivo habremos visto juntos,
denuedo compartido por mostrarnos el alma.
Y acaso aconteciera, cachorros renacidos.

Al vestirnos y el juego de abrochar su corpiño
adherimos al beso piel abrazo y memoria.
Todo cuanto teníamos.

Minuto inolvidable, por decir de algún modo
sin pesares de tango ni renglones que valgan.

Esa piel vuelve a rachas junto a sus ojos claros.
Y la voz siempre enigma ya confunde su nombre.



*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina. Julio 2009.









CAZADORES*



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Los chicos venían haciendo equilibrio sobre las vías brillantes.
Venían seguidos por la sangre del último crepúsculo, y al llegar al paso a nivel, algunos pasaron pisando cuidadosamente los listones de hierro del guardaganado, y no leyeron (o si lo leyeron lo hicieron con toda inconsciencia) ese gran cartel que decía: "Prohibido transitar por las vías".
Era el comienzo del pueblo y no sabían ‑y si lo sabían no les importaba‑ que esas casas puestas en esa calle paralela a las vías fueron las primeras del pueblo. Las había hecho construir un suizo visionario a fines del siglo XIX, como también esos galpones de chapa que guardaba el cereal año a año, vecinos a ese altísimo elevador que alguna vez treparon por una interminable escalera con los chicos de la escuela, acompañados todos por una maestra paciente y gentil.
Ese elevador ‑la torre más alta del pueblo‑ fue devastado mucho después por un incendio casual y todos se quedaron sin mirador, tal vez para siempre. Era bueno subirse allí para ver el caserío y más allá las quintas, el campo tranquilo, con los sembrados como cuadriculados perfectos. Y los pájaros, que en ese tiempo tan alto eran numerosísimos.
Esa barrita desflecada, compuesta por chicos que no pasaban de diez años, portaba su infaltable gomera –potencialmente fatal para todo pajarito que se creyera dueño del cielo‑, su bolsito de género para guardar piedrecitas a guisa de proyectil y alguna pieza que venía manchando con sangre el género basto.
Venían dando voces, chuscadas, silbidos un poco vagos que se tragaba el aire de marzo, y los menos, desafinando una canción de moda. Venían sin diálogo, como dispersos fragmentos de voces y ruidos que se enseñoreaban en la tarde. Venían distendidos, como la pequeña patrulla de un ejército ignoto que nunca entraría en batalla, porque el azar los dejó a retaguardia.
Así venían, caminando desde el bajo de La Portada, un par de kilómetros al Este, donde ya se humedecían los pastos y el sol se arrastraba como una serpiente de ceniza violeta. La caza había sido magra, pero la diversión muy grata, como son a esa edad todas las actividades decididas en grupo y los juegos que alejan de la obligación de la escuela.
En esa esquina miraron a lo alto y vieron ese inmenso águila de cemento pintado de negro, en el frente del almacén de "ramos generales" que fundara don Antonio Pozzi ‑uno de los primeros pobladores‑ y que ahora regenteaba algún descendiente. Vieron una vez más ese águila y lo miraron con renovada admiración, tal vez porque lo compararan con su propia imaginación ganada leyendo profusas revistas de historietas o tal vez porque era un animal que en la realidad nunca habían visto.
Tal vez cruzó un sulky traqueteante en la tarde, con los ejes chirriantes, pidiendo ser engrasado de urgencia.
Tal vez un jinete se internara por ese callejón que bordeaba las vías, en busca del sol del ocaso, apurando el tranco para llegar a algunas de las estancias lejanas.
Tal vez un camioncito rojizo cruzara ya resignado en su último viaje, con su carga de sifones vacíos, con su listón de madera pintada de blanco: "Cerveza Schlau", y más abajo: "Sodería y licorería de Juan Sepperizza".
Es improbable que alguno recordara después esa tarde remota, pero eso ya no tiene ninguna importancia.
También es improbable ‑porque habrá muchos años después discusiones inútiles­- saber si allí estuvo la casa de la guardabarrera pelirroja, que cuidaba el paso en las vías del tren de la tarde.
Ilusión del cronista o realidad tangible como sus grandes pechos que escondían esos pullóveres de gruesa lana amarilla.
Lo cierto es que según se dice ‑algunos dudan‑ esa mujer existió y se le encontró un nombre y un apellido, una condición civil: viuda, dos hijos y una tarea precisa: guardabarrera en el cruce del Boulevard Vollenweider, frente a la antigua casa "El Águila" de don Antonio Pozzi, la que hoy está en ruinas.
Y con ellos habrá sucedido lo mismo: la habrán saludado. Pero casi ninguno habrá registrado, no su saludo, sino su propia existencia, ya que años después algunos de ellos ‑ya calvos, ya canos‑ discutirán en la mesa de un bar esa existencia. Pero el cronista que todo lo indaga, ha averiguado, porque sí, porque es su oficio.
¿No es cierto que usted existió Ana Zarza, y que hoy en algún lugar recuerda a esa barrita dispersa por el vendaval de los años, indiferente a otra cosa que no fueran los juegos, o el inminente fervor de la caza?


Otoño, 2003





INVENTREN*



Al amigo Coiro, que sueña trenes.



Lo que vemos desde aquí no es más que un modesto edificio de una sola planta, con una puerta de madera y dos ventanas. Se adivina que en otro tiempo estuvo pintado de blanco, pero ahora toda la fachada está repleta de desconchones y lo que parece ser un impreciso conglomerado de restos de pintura, con diversos colores mezclados de forma aleatoria, como lo haría un niño. "Ese estrago no es obra de niños" dice el Gringo. El Gringo era actor. Vino hace casi treinta años a participar en una película, descubrió la melancólica noche de nuestras ciudades y la insondable desnudez de nuestros yermos, y nunca más volvió a su tierra. Desde entonces vaga por ahí con su videocámara y un ansia insaciable de escenas por grabar, de mundos por descubrir y relatar.

Si nos acercáramos un poco más, veríamos que se trata de la oficina ya inútil de un apeadero abandonado, último residuo de un pasado que se nos va marchando lentamente. Un poco más cerca, observamos que la puerta, que alguna vez fue verde y ahora es un mero trozo de madera reseca, ha sido abierta, quizá forzada, y que las ventanas no tienen cristales. Pensamos que acaso alguien se los llevó para venderlos, o que estarán esparcidos por el suelo, fragmentados en miles de pequeñas astillas transparentes que dentro de un rato, cuando el sol esté alto, sembrarán de reflejos el entorno, multiplicando la aridez de este paisaje.

Nuestros pasos, lentos, resuenan sobre la calma del amanecer austral mientras nos vamos aproximando a la caseta. A pocos metros hay un auto, que parece tan abandonado e inútil como todo lo demás. El volante y el cambio de marchas han desaparecido, así como tres de las ruedas. La cuarta está destrozada. También faltan la puerta del conductor y los espejos. Ese auto tiene un no sé qué de animal herido. De bestia moribunda que se ha arrastrado hasta aquí a exhalar su último aliento, al lado de las vías por las que una vez circuló esa especie de hermano mayor: el tren. Pero también las vías han emigrado a otras latitudes. No queda por allí ni un solo hierro. Algunas traviesas de madera, uno que otro tornillo enterrado, la hierba seca marcando el lugar donde antes hubo raíles, como queriendo contar una historia, una vieja balada de destierros y encuentros.

Dentro del inmueble en ruinas hay alguien. Se asoma al acercarnos. Es el Marmota. Le llaman así porque siempre parece estar durmiendo. La realidad es que padece una suerte de insomnio crónico, que le impide dormir durante la noche. Eso hace que se pase el día dando cabezadas. Antes la cosa era diferente: El Marmota trabajó, como todos nosotros, en el ferrocarril. Fueron años dichosos. Uno se pone a contar anécdotas y no termina. Ganamos algo de plata, hicimos buenos amigos, recorrimos este país hermoso, vivimos. Luego todo terminó de repente. La casa donde vivía el Marmota en esa época estaba a unos doscientos metros de las vías. Cada noche, antes de acostarse, escuchaba pasar el tren de las once, que iba hacia el norte. Media hora más tarde, con bastante puntualidad, podía escuchar, a veces ya desde la tibia región del duermevela, el que venía atravesando la estepa rumbo al sur. Ese era el mejor indicio de que el mundo seguía marchando, de que todo estaba bien. Después -esto ya lo supo todo el país por los diarios o la televisión- esa ruta quedó obsoleta y se suspendió el tráfico. Muchos de nosotros nos quedamos sin trabajo. Aquella primera noche sin trenes, el Marmota permaneció acostado cara al techo durante horas, esperando, sin saberlo, el sonido que había venido escuchando y amando desde que tenía conciencia. El bárbaro silencio no lo dejó dormir. Desde entonces, cada noche no es más que un reflejo borroso de aquélla, la pesadilla de la que no le es posible despertar.

Por eso no es extraño que haya sido el primero en llegar. Nos saluda con un gesto. Nos muestra el interior. Un armario desgajado y un par de sillas raídas, un tablón de anuncios con cuatro o cinco chinchetas oxidadas, un botiquín vacío. También hay un diminuto baño con las paredes desnudas. Habrán aprovechado las baldosas. "No es mucho, la verdad" murmura el Gringo. "Hay que ser cautos" dice alguien. "No sabemos bien de qué va esto. Ya se verá".

Todavía falta gente, no sabemos cuánta. Nos sentamos afuera, en el suelo, a la sombra. Aún no hace calor, pero es el lugar más agradable para esperar. Fumamos en silencio, con la mirada perdida en un punto inconcreto, cada uno sabrá qué es lo que ve en esa intersección imaginaria.

Un rato más tarde aparecen dos mujeres con un bulto. A lo lejos, parece una especie de alfombra enrollada. Se oye un susurro: "Son ellas". Caminan despacio, quizá el peso les impide avanzar más aprisa. Dos de los hombres se incorporan, tiran sus cigarrillos al yermo donde antes estaban las vías, y van al encuentro de las mujeres. El tercero sonríe. Hace años que las conoce. Sabe lo que va a pasar, como si ya lo hubiera visto antes, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que ver una y otra vez esa misma escena: Se encontrarán a mitad de camino, o un poco más lejos, allí donde un letrero sujeto con alambre al poste inclinado todavía indica el nombre del apeadero, y una flecha mínima, insignificante, señala la dirección a seguir. Después, ellos se ofrecerán a llevar el pesado fardo. Ellas, educada pero firmemente, rechazarán la propuesta. Habrá una breve y acalorada discusión. Luego, ellos regresarán a paso ligero, sin mirar atrás, mientras ellas se van aproximando con lentitud, saludando con la mano de vez en cuando y parándose a descansar un par de veces.

Cuando llegan, apoyan el fardo sobre uno de los muros y saludan a todos. Hay sonrisas y abrazos. Queda olvidado el incidente de unos minutos antes. Somos una misma cosa, las pequeñas contrariedades no deben afectarnos. Tenemos un objetivo, aunque aún no sepamos muy bien cuál es. Así pues, nos saludamos y charlamos durante algunos minutos. En realidad, no sabemos de qué: Lo importante en ese momento es el sonido de las voces, saber que estamos ahí, que hemos regresado del exilio al que nos sometimos, o al que no pudimos escapar.

Luego, todos callamos. En el horizonte ha aparecido el Catalán. A esa distancia parece más pequeño, pero así y todo, no pasa desapercibido. Alguien pregunta "¿Se habrá acordado de traer los cuadernos?". Es una pregunta retórica. Todos conocemos la extrema seriedad y eficiencia del Catalán. Resulta extraño verle con traje y corbata en un día como hoy y en un lugar como éste. Al caminar, sus pies levantan pequeñas nubes de polvo que se quedan durante un instante posadas sobre el camino terroso y después se desvanecen como fantasmas inexpertos. Trae una maleta en la mano derecha, una maleta pequeña. Nos sorprende un poco reparar ahora en que los demás no hemos traído equipaje. No pensábamos que fuese necesario, y quizá no lo sea, mas el hecho de ver a uno con una maleta nos hace pensar en ello por primera vez desde que iniciamos esta aventura. Entendemos, porque así se nos dijo, que todo empieza en este lugar y en este día, pero nada sabemos de lo que vendrá luego. "¿Y no es siempre así en la vida?" se pregunta uno de nosotros, imposible saber quién.

Ha ido llegando más gente. Unos charlamos, otros permanecemos callados mientras oteamos la lejanía por si vienen más. La mañana va floreciendo. Nadie mencionó una hora concreta; no obstante, algunos empezamos a estar un poco intranquilos. Aunque nadie va a volver sobre sus pasos, eso no lo dudamos. Así que nos ponemos a esperar. Fumamos y charlamos; caminamos y fumamos, alguien canta por lo bajo. El día va transcurriendo. Hay quien piensa que tal vez sería hora de regresar a su casa; sin embargo, aquí nadie se mueve. No sabemos qué, pero en el fondo todos confiamos –o nos dejamos mecer en ese espejismo- en lo que ha de venir, aunque nos sea imposible cifrarlo o definirlo. Escrutamos la inmensa extensión que se extiende en torno; creemos adivinar, a lo lejos, sombras que se mueven, autos que van o vienen, aunque sabemos que no hay ninguna carretera cercana. Llega la primera penumbra del crepúsculo. Tal vez nos preguntamos si en verdad es posible aún esperar algo. Como un ronroneo creciente, la noche se acerca y nada ha sucedido. Sobre el murmullo, se escucha un rasgueo de guitarra, una voz que entona una milonga, otra que le acompaña. Al otro lado, en el yermo, se repiten los ecos nocturnos de los lugares abandonados para siempre. Entre todos estos ruidos tan familiares, se cuela uno nuevo, inexplicable: Si no fuera imposible, diríamos que se ha oído el traqueteo de un tren en la distancia. "Habrá sido un camión" farfulla una voz, aunque le falta convicción. Un rato después, el sonido se repite. Pedimos silencio. En efecto, hay un rumor, lejano aún, pero inequívoco. Esta vez nadie tiene dudas. Al fin y al cabo, somos todos del oficio. "El viento lo habrá traído desde la ciudad" musitamos, tratando de negarnos esa ambigua ilusión que comienza a asentarse en nuestro ánimo. Sin embargo, aguzamos el oído por si nos es dado establecer de dónde viene; escudriñamos el norte y el sur, el este y el oeste, convencidos de la inutilidad de nuestra solícita vigilancia, y al mismo tiempo con la secreta esperanza de ver aquello que deseamos, distante quimera que nos alzó de nuestros lechos y nos condujo hasta este minuto en el que todo va a tener sentido, o a perderlo. El sonido es real y poco a poco aumenta su volumen. Crece entre nosotros un griterío apagado, hay movimientos inquietos, miradas interrogantes, cierta confusión. De pronto alguien grita mientras señala un punto luminoso en el sur: "Allí, allí". Ya no es sólo el traqueteo remoto. Ahora lo acompaña una luz que se nos va acercando, una luz que viene del Sur. Desconcertados, nos miramos. Nos gustaría ensayar una hipótesis, fijar con unas pocas palabras eso que está sucediendo y que no tiene explicación, mas nadie dice nada. El sonido se va elevando hasta resultar casi insoportable. El círculo de luz también ha aumentado ostensiblemente su tamaño. No puede ser, pensamos. Pero es: Una locomotora antigua, cubierta por la tierra de todos los caminos, erosionada por todas las lluvias que el mundo ha visto, se acerca, poderosa y desafiante, hacia el lugar en que estamos, hacia este apeadero inútil, hacia este yermo desolado, provocando un rechinar, una agria resonancia, fantástica música que escuchamos con el corazón encogido. Con un chillido de frenos viejos, desacostumbrados, se detiene justo al lado de este barracón donde esperamos, arracimados y anhelantes. Vemos al conductor. Le reconocemos. Era cierto, entonces. Una voz se eleva por encima del murmullo general. La voz, resuelta, garabatea en el aire un pensamiento común: "Vamos subiendo. Es la hora".



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es





El empleo*



Tenía un dolor atroz en la herida del brazo derecho. Sentado en la oscuridad de aquel cuartucho en el que le habían encerrado, miraba las vendas que se teñían lentamente de rojo. Aún tenía la sensación tener la mano, pero sólo era eso, una sensación.

Contó mentalmente los días que le quedaban de vida, un par de antebrazos (dos días), dos pies (dos días más) , cada pierna eran dos días (cuatro días), la otra mano (un día) y la cabeza (otro día). Dentro de diez días se habría acabado todo. Maldijo la hora en la que respondió aquel anuncio de trabajo. "Se precisa gente para dar de comer a los leones". Debió haber seguido con su profesión de contable.




*De Joan Mateu joan@cimat.es





LA PECERA*




Los ojos oblicuos destilaban recelo, la recién llegada no era bien recibida, ella pensó que venía a alterar la paz, su paz. El desparpajo con que se movía era augurio de problemas.
La miraba desde su rincón, estática, sin mover un solo músculo, como un púgil antes de iniciar la pelea del siglo. El gran trofeo era él que estaba con candidez flotando sobre una nube de fantasías.
Hasta ese momento la vida había sido tranquila, habían convivido mansamente compartiendo el pan diario, los requiebros, los coqueteos. También ella sabía mover su cuerpo audazmente y seducirlo, entonces los ojos de él se agrandaban para mirarla, para decirle cuánto la deseaba. ¡Y cómo gozaban los acercamientos y esos contactos piel a piel mientras se dejaban estar disfrutando su intimidad!

Ella no necesitaba más para ser feliz.
Pero ahora llegaba “esa”, entraba por la puerta grande, desplegaba sus encantos en ese contorneo rítmico; sus ojos se convertían en dardos dirigidos hacia él y su boca se entreabría sensualmente y se volvía a cerrar ofreciendo un largo beso apasionado.
Él parecía no darse cuenta, estaba quieto pero blando; ella quiso creer que miraba sin ver pero no podía evitar estar a la espera de un signo, una señal que le indicara que ella seguía siendo la preferida. Pero esa señal no llegaba y sus dudas crecían como plantas en tierras recién abonadas.
Esperó el tiempo que su inquietud juzgó indispensable, luego, lentamente se fue colocando entre la recién llegada y él; sin darse cuenta sus movimientos eran sinuosos, sensuales. Estaba compitiendo, quería ensombrecer los encantos de la rival.
De pronto, a través del cristal, se insinuaron dos grandes ojos azules trasparentes de inocencia. Luego surgió una sombra larga y delgada que descendió amenazante y cinco diminutos dedos asieron con firmeza el pequeño cuerpo de él sacándolo de su elemento. Entrecortados resoplidos indicaron su agonía. Ella paralizada sólo atinó a mirar a la recién llegada, sus ojos la acusaron de todo lo que ocurría; sólo ella podía tener la culpa. La otra siguió nadando sensualmente en la pecera, no había perdido nada.





*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar








REACUÉRDAME COMO ERA*



Recuérdame como era antes, amor.
Antes del barro compartido.
Como era, lo que ya no soy.
Como era lo que sigo siendo.
La que acercaba su voz de hierba a tu silencio.
Pigmalión no ha encontrado a Galatea.
La estatuilla, yace fragmentada. Ya no está.
Tampoco está el hombre de los ojos tristes.
El amor ha pasado como pasa la infancia.
El viento, los naufragios, el temblor de los astros.
Ha callado el crepitar sonoro del brocal de greda.
Me han llamado, otras voces, otros viajes.
Me entregado y he sido prisionera.
Errante, amante, prisionera.
He elegido, la voz que no me llama.



Se me ha dado lo que se me ha quitado.
Más, lo que se me ha quitado es lo que se me ha dado.
Tierra se me ha quitado. Tierra se me ha dado.
Y aquí me tienes, de vuelta, amor.
Fatigado corazón de tierra, aún palpitante.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





*



La luna sostenía al crepúsculo.
Y me sostenía a mí, ensombrecido,
anónimo ante el río.


Instante en que todo se encendió.


Encendido lámpara cada objeto y cada uno
cada paso y cada quietud
cada mirada y cada gesto
cada silencio y cada palabra.


Una hebra de luz apagó las sombras.


*de Cacho Agú. cachoagu@yahoo.com.ar





TE BUSCO AMOR*




I


Te busco amor
en cada despertar
en las tardes grises
y en las noches largas.



II


Te busco amor
en sueños peregrinos
en el nuevo repicar de las campanas
y en el pájaro azul que con su canto
golpea el cristal de mi ventana.



III


Te busco amor
en la estrella lejana
que tiembla noche a noche
ante mis ojos
y extingue con el día su vida.


En ese perro
que descubre en las calles su camino
que persigue en la noche la comida
y en los niños
que no encuentran alimento en la mañana.



IV


Te busco amor
en esa mujer que frente a ti
mece su cuerpo y sus ojos
con la arrogancia de buena mercancía
y como meretriz alza sus senos
creyéndolos diamantes
y pasea sus nalgas creyéndolas de oro.


En la otra mujer, la que nunca se fue,
pero esta acá, también te busco amor.
La que guarda su mejor belleza
para esperar correo
la que da de mamar a la foto del hijo.
La que tiemblan sus manos
cuando recibe cartas
la que llora y se marchita
cuando busca y no encuentra noticias.



V

Te busco amor
en el amigo que escucha atentamente
un rosario de penas y alegrías
y que luego devuelve con otras fechas,
otros nombres, otros lugares.




VI

Te busco amor
en el que siembra tristeza, hipocresía,
en el que oferta la risa
como aquélla ofertaba sus senos,
en el que vive buscando quien lo abrigue
y empuje para alargar sus pasos.

En el que cree que la vanidad y el poder
lo hacen inteligente y se muestra sabio
y fuerte, y luego llora, solo,
como aquélla que creía que sus nalgas eran de oro.




VII

Te busco amor
en todas esas cosas
porque en ellas espero siempre encontrar
algo de ti.




*de Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu






Onírica*


Era en el sueño esa reina que obsequia una ciudad …



Es la ciudad de los silencios largos
de las lluvias tenues
la que dilapida sus pánicos
y vértigos
es la ciudad con sus callecitas
sus casas sus parques y
sus puentes
una ciudad en la que los solos
susurran nombres
tiemblan en la intemperie
y es en ella posible encontrarse
para perderse (…relámpago el destino
riesgo).
En la ciudad, la hermosísima ciudad
crecen los barrios en desorden (ventanas abiertas
hacia las estaciones) para pasar sin más
del otoño al
deseo.
Puedes llegar a ella ligero de equipaje
vacío de deberes
tiritando acercarte a sus rescoldos
venir como si soñaras
como si nunca
te hubieras ido como si fueras
a quedarte.



*De Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com
"la ciudad, la hermosísima ciudad" -frase de Viaje de los Cronopios -Julio Cortázar, Historias de Cronopios y famas.
"ligero de equipaje"- verso de Retrato- Antonio Machado.






he vuelto a ver*



hoy he vuelto a ver
el lado de afuera de las cosas
lo he visto
tantas veces desde fuera
han sido manos tañidas de cebada
bajo el tenue color del alba helada
un movimiento péndulo inquietante
un solo ir y venir de muerte y vida
he visto la llegada
rasante del olvido
impulsándose en viento a otro camino
he visto el aire en el vaivén de sombras
en manos frágiles que temen desasirse
vi el pozo inagotable
donde habitan la duda y los enigmas
y asomé por el vuelo
de rezos y de cábalas ansiosas
invocando al misterio y a los cielos
vi la parte de arriba
de todos los latidos disonantes
creciendo y agitándose viscosos
del cansancio obligado al desafío
vi lágrimas y risas enramadas
mezclándose en el fuego del ocaso
un fuego tibio de calor lejano
vi el adiós dibujado en comisuras
hirientes complacientes inefables
pero hoy
que he vuelto a ver
el lado de afuera de las cosas
lo he visto desde dentro
del ruido silencioso de los besos
del sabor agrio de madrugar la vida
sin el suave movimiento de la brisa
de otro cuerpo rozándose en el mío
latí con la ansiedad de la pregunta
que debía haber hecho y que no dije
detuve el aire en mi garganta
por horas miedo y muerte acompasada
sentí el olor del frío de la luna
que ya nadie podrá herir desde mis ojos
desperté el vientre inerte
dormido de la noche negligente
me atrapé desde el lado de adentro
en el lado de afuera
y viceversa
sin desbordar ni huir
sin recompensa



*de Lucía Cinquepalmi lccnqplm@yahoo.com.ar






La zapatilla plateada y la zapatilla negra*



Anoche soñé que me hallaba el hall del depto de un amigo famoso, un dirigente de fútbol. Tenía ansias de verlo. En la sala de espera, residían sus familiares. Seguramente irían a festejar el triunfo de Estudiantes de La Plata. Incómoda frente al grupo, esperaba impaciente encontrarme CON ENRIQUE FUNES. Exitoso y seductor, como todos los que se dedican al arte de la política.
Como tardaba mucho, me dirigí a su puerta, que se encontraba entreabierta, ideal para inspeccionar, (típica curiosidad femenina je-). Así observé que estaba dándose los últimos toques de elegancia de los metro machos argentinos.
Insegura lo esperaba... Hasta que, inesperadamente, como pasa en los sueños, estaba Enrique a mi lado, con toda su parentela alrededor. Pero, no me dio ni la hora, sólo criticó mis pies, me dijo: - ¿te viste los zapatos? Ridiculizada, sonrojada, veo que tengo puestas una sandalia plateada y con plataforma en el pie izquierdo y una negra y de menor costo, y mucho más bajita, en el derecho. Me pongo colorada de vergüenza y no puedo esbozar ni una sola palabra-. Él, con una despreciable indiferencia, se va con el grupete. Quedo sola, muy sola.
Al despertar, tengo una tremenda sensación de angustia y culpa. Me reprocho el macabro sufrimiento nocturno. En mi mente, las imágenes alusivas suceden. Me pregunto: ¿por qué cuernos tenía puestas las sandalias de distinto color y altura? No puedo dejar de pensar…
¿Tendrá que ver con mi innata inseguridad de estar con los demás?
Si, ¡Así estoy yo frente a las circunstancias de la vida, me digo!!!
Pero…creo que puedo ir más allá.
Recuerdo la sandalia plateada: lo asocio con un cuento de princesas, el de la Cenicienta que perdió su zapatito de cristal esperando a su príncipe azul…
Pienso en la presidenta que viajo a un país lejano, Honduras por un golpe militar y evoco su gran cantidad de calzados, botas y carteras, bolsos y demás yerbas importadas ( Luis Vuitton, Armani, Versashe) y su vestuario de lujo de puta madre.
No nos da ni cinco, se va….Nos deja la epidemia de la gripe, sin respuesta ante la emergencia sanitaria.
Pero. ¿ y la negra?
La otra chancleta, la deslucida, la más chata. Es la que toca la tierra y la suciedad. Es más barata. Seguidamente surgen los retratos de los pobres muertos de frío y de hambre. Los carros tirados por niños de 8 años buscando cartón, botellas de vidrio y plástico. También, otras personas revolviendo la basura de las bolsas de residuos. De los “marginados” que no alcanzan concurrir a la escuela.
Me incluyo en ellos, me apropio de su tristeza, engaño y soledad.
Los comedores, van a seguir dando comida “dicen” los políticos en almuerzos con rating. ¿Por qué? ¿Dar en forma indigna?
Las antitesis plata/negro, exitoso/ excluido, discurso/silencio. Muchedumbre/ soledad. Aparecen como fantasmas de lo que estamos viviendo.
Deseo vivir en un país donde no existan mensajes ambiguos y mentirosos. Que los gubernativos no se muestren ricos y famosos.
Que no existan niños descalzos, o con zapatillas de distinto par.
Que el remedio para las pestes sea gratuito, que no especulen los vendedores con el aumento de precios (repelentes, alcohol, barbijos).
Que no aparezcan enfermedades como la tuberculosis, el dengue y el cólera, que habían sido erradicados en forma definitiva.
Que las drogas blancas/ negras, toxicas o tónicas, no sigan embobando a nuestra juventud.
Que la inseguridad sea tomada con seguridad, no debatiendo la edad de in imputabilidad sino brindando educación a los niños y adolescentes y fuentes de trabajo a sus padres.
Quizás este sueño, no era tan claro para los que están arriba, salvo ahora, con la gripe importada. Algunos la trajeron cuando viajaron con dinero- plata (plateada, plataforma) a los países top.( EEUU) y yankilandia.
No podemos darnos besos ni abrazos, tenemos que quedar a un metro de distancia, no estar en grupos. Solo sentir miedo y desprotección.
Estamos sometidos a la ausencia de una eficaz prevención primaria de la salud.
El éxito se encontrará, si logramos apoderarnos de nuestros derechos y trabajar todos en pos de de la salud, educación y justicia.-




*de Azul. azulaki@hotmail.com





*


El horizonte es una red para atrapar la esperanza en fuga.


*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






*

Inventren... Próxima estación: SATURNO.
Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/




*


Queridas amigas, apreciados amigos:


En el próximo programa de Poesía y Música Latinoamericana, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!) presentaremos:


El domingo 16 de agosto de 2009 música del compositor mexicano Armando Luna Ponce, poesías de Elena Fassio (Argentina) y música de fondo de Jorge "Lobito" Martínez (Paraguay).

¡Les deseamos una feliz audición!



ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!



Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.

www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067





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