Tuesday, August 25, 2009

EN ESTOS TIEMPOS DUROS DE LAS DUDAS REALES...


-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.



La Historia*



Cuando era muy chiquita jugaba a las visitas,
era una gran empresa la tetera celeste
que los reyes dejaron en la noche de reyes,
las tazas igualitas y rouge entre los dientes,
con un hijo de goma se sentaba mi amiga
en la silla de enfrente y empezaba la historia…


Cuando la vida marca los siglos y las horas,
cuando la noche duele con rouge entre los dientes
y el amor se nos torna una empresa muy sórdida;
la gente “que es chiquita” nos parece de goma,
y duele no tener la tetera celeste;
cuando la noche se sienta en la silla de enfrente:
se termina la historia.


*de Adriana Barcia. barciadriana@yahoo.com.ar






EN ESTOS TIEMPOS DUROS DE LAS DUDAS REALES...






EN LA ZONA*


Uno tiene que ser fiel a una zona, repite aquel personaje de un cuento de Saer.
Imposible afirmar si aquello que un autor pone en boca de sus personajes es lo que piensa él realmente, es decir el autor. Pero tratándose de nuestro comprovinciano está tentado a creer que es así.
En ese caso a qué zona sería fiel yo, digamos, creo que tampoco hay secretos, que todo el que tropieza con un texto mío sabe de antemano adonde voy. A ese lugar minúsculo en los mapas “que no tiene río ni puerto”, como escribí alguna vez.
El lápiz, sin embargo muy elocuentemente muy obsesivamente diría, se dirige a remarcar ese perímetro que pueblan casas bajas y gente muy pacífica.
Y, como el lector supone, hay poco de interesante en estas vidas sencillas, por más que favorables
vientos de la historia económica beneficien a un grupo para que viva en un confort superior al de sus mayores.
Con o sin esa conciencia la gente, como en todas grandes ciudades, o como en cualquier otra parte hace lo que puede con su propia vida.
Sin embargo, cuando pienso en aquel lugar, aparece entre los nombres como el ruido de un galope obstinado. Es el ruido de ese caballo nocturno que rompía el hilo en las noches de invierno, cuando la luna se instalaba como un plato de acero brillante.
Y era mi madre, quien recorría la pequeña, la humilde casa con su lámpara en la mano y llegaba hasta mi habitación para arroparme, y entonces sí, uno se abandonaba al sueño más profundo. Y a veces, en las noches más crueles, cuando la helada atacaba sin piedad la indefensión de los limoneros, ella con una entrega solicita me calentaba la camiseta de frisa con la plancha a carbón, a pura brasa encendida.
No se por qué, la recuerdo en estos tiempos duros de las dudas reales, cuando arrecian los vientos más implacables y uno está siempre alejado de la posibilidad de que la muerte nos restaure la magnitud de cualquier desamparo.
En las chacras de entonces cabía todo el arduo, el implacable trabajo para hacer fructificar ese suelo fértil, pero que gracias a la escasa tecnología acumulaba deudas y magras entradas antes que bienestar merecido.
En esas chacras donde nunca viví, aunque todos mis mayores sí lo habían hecho, pero mi generación se criaba en los pueblos. En esos desolados pueblos de entonces que seguían –como hoy- dependiendo de la actividad rural.
De cualquier modo, en mi remotísimos tiempos infantiles todavía quedaban abuelos o tíos allí, pocos, muy pocos, pero quedaban.
Un pequeño campo que un hermano de mi abuela materna arrendaba no recuerdo a quién, que estaba junto al hondo Canal, y cuya humilde casa de ladrillos estaba asentada en barro, y la rodeaban unos copiosos paraísos, y creo entrever a un costado un selvático cañaveral o no, tal vez mi memoria me juegue una mala pasada. Como no había molino, se sacaba agua de un pozo, que un paciente caballito tiraba con una cadena. El gigantesco balde volcaba sobre los bebederos de lata y allí los caballos y las vacas abrevaban su sed.
Calle de por medio (esa larguísima calle que se hundía en hondos campos y que intercomunicaba las chacras entre sí) estaba la chacra que mi abuelo Isaías arrendaba a don Juan Burki.
En la chacrita de tío Roque, tal el nombre del gringuísimo hermano de mi abuela, pasé imborrables momentos.
Como aquella vez que sentaron mi pequeña humanidad sobre un carro cargado de pasto y el vaivén me fue lentamente bamboleando hasta casi caerme. Como el tío Roque iba a pie y llevaba al caballo de la brida a mis gritos paró y corrió a –literalmente- abarajarme pues el traqueteo me había ido inclinando en incómoda posición –de cabeza- muy cerca del suelo. No dije nada en mi casa, porque si no esas breves y espaciadas vacaciones que me permitían en la “chacra de tío Roque” me estarían vedadas. Y allí lo pasaba muy bien, allí jugábamos en los pocos ratos de ocio con “el primo Hugo”, un poco mayor que yo, pero hijo del tío, es decir primo de mi madre. Por las noches encendían una inmensa radio de madera que funcionaba con la electricidad que proporcionaba una batería a la que llamaban “el acumulador”. Una antena a lo alto y un pequeño molinillo que estaba sujeto al capricho del viento hacía el resto. Al parecer se necesitaba todo eso para que pocas horas al día se pudiera escuchar la radio, siempre con interrupciones y descargas. Nunca supe por qué se necesitaban tantos elementos para oír ese milagroso aparato que era como la máquina de soñar para grandes y chicos.
Si las tareas lo permitían íbamos con el “primo Hugo” a pescar al canal vecino. Ignoro qué pescábamos o que pretendíamos pescar con esas cañas inmensas y esos anzuelos siempre pobres en el agua que corría mezquina.
Pero lo que yo más apreciaba eran esas –paseos para mí- incursiones a caballo en busca de las pocas vacas que había y que teníamos que encerrar al atardecer para ordeñar al día siguiente.
Pero Hugo disfrutaba más jugando a la pelota, como es natural y que pretendía aprovecharme cundo yo iba, de lo contrario no tenía con quién hacerlo ya que sus hermanos eran muy mayores.
Para mí no era novedad, en el pueblo me pasaba horas y horas jugando con mis amigos a ese deporte excluyente de mi infancia.
No he vuelto a andar por esa zona, me dice mi hermano que ya no está más la casa, y ha prometido llevarme.
Iré a un lugar donde ni alambrado habrá de quedar, ni árboles, ni nada que me recuerde a esa chacrita.
Solo el canal y algún sembrado intenso de soja, que cruzan erráticos los pocos pájaros que se atreven sobre ese aburrimiento verdoso, cubriendo por doquier todos los campos.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar







Fuego mujer*



una mujer
junto a su fuego
tiene el orgullo de ser una entre las tantas


enciende fuego vivo
a sus costados


manda un soplo de aliento
al desaliento
y ella es mejor
que todos sus recuerdos


se desentiende
de miedo y pormenores
que la acechan a diario
en su morada


no le basta la luna
que le ofrece
todo el sol
guardado en tibia resolana


lo busca en su calor
el suyo propio
para alejar el frío
a sus costados


una mujer
en medio de su fuego
sabe quemar las penas
y el silencio


hace crujir los días y las noches
al paso del ardor
de sus recuerdos


le pierde el miedo
al fin de los entierros
lleno de espaldas y de pasos lentos


y el encierro final
es como el fuego
se funde y se transfunde
en las raíces
para guardar por fin
aquel misterio



*de Lucía Cinquepalmi lccnqplm@yahoo.com.ar
21 de noviembre de 2002






Explayar*



*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona


UNO Aprovechando que -calor terrible- todos se han ido a la playa, bajo las persianas y me explayo: voy a escribir sobre la playa, ese sitio al que ya casi no voy, pero al que fui tantas veces durante tanto tiempo. ¿Y cómo se llaman los cultores de la playa? ¿Playeros? ¿Playistas? ¿Playados? ¿Playones? ¿Playazos? En cualquier caso, dando saltitos sobre la arena caliente, un rápido e inasible recorrido por las playas a las que sigo yendo: aquella propaganda de mi infancia en la que un bañista se ahogaba
desde la subjetiva del blanco y negro; Plinio El Viejo y Próspero el Antiguo; Faustine y Morel y los acantilados findemundistas de "El gran Serafín"; Hemingway pescando y Fitzgerald enterrándose; Tiburón y los cangrejos mutantes de Corman; Melody o la fuga al futuro y Pauline en la playa o la condena del presente y La Saraghina de 8 1/2 o la imposibilidad de escapar del pasado; los mares de Murdoch y Banville; Ulises y el Corto Maltés; Antoine Doinel y T. E. Lawrence corriendo hasta la orilla; Balbec y la sombra de las muchachas en flor; "Airscape" de Robyn Hitchcock y "Everyday is Like Sunday" de Morrisey y "Mr. Tambourine Man" de Bob Dylan y el más atormentado que tormentoso Pacific Ocean Blue de Dennis Wilson; el dolor definitivo del astronauta de El planeta de los simios, la resignada desesperación de Barton Fink oyendo reír a las gaviotas y la agonía veneciana de Gustav von Aschenbach y los blues submarinos de Steve Zissou; El señor de las moscas y las ganas de Viernes de llamarse Domingo; la epifanía final de "Adiós, hermano mío" y las playas terminales de J. G. Ballard, quien alguna vez dijo: "Si el Sol es el más importante de los canales de televisión, entonces la playa es su programa de mayor éxito".


DOS Y está claro que las poéticas mareas de las propias playas poco y nada tienen con la resaca de las playas de todos. La playa es, siempre, ese lugar que se idealiza en la distancia y que nos decepciona en la cercanía. La playa no es lo importante. Lo que vale es el viaje hacia la playa. Llegar a la playa equivale a enfrentarse a la frontera insalvable del océano y a las incomodidades de cremas y ampollas y picaduras varias. "Las playas más puras nunca son más puras que la arena que las constituye, y la arena es cualquier cosa menos pura. Está hecha de desechos: sobras de rocas, arrecifes, corales, huesos, conchas, valvas, caracoles, pescados, plancton", apunta Alan Pauls en La vida descalzo. A lo que me atrevo a agregar que la playa, también, está hecha -o desecha- de playeros y playistas y playados y playones y playazos. De ese tipo de animal que bebe un Sex on the Beach en las terrazas de luxe o se hace unos buches con un tinto de verano. Y muchos de ellos llegan hasta las playas de Barcelona y alrededores.


TRES "¡Vaya, vaya! No hay playa", cantaba, durante los calores de la Movida, una banda madrileña llamada The Refrescos. En Barcelona sí hay playa pero, también, hay mucho ¡vaya, vaya! La playa se ha convertido en un problema para los locales. No saben muy bien qué hacer con ella y apenas se consuelan
pensando en que, este verano, peor la están pasando en Palma de Mallorca: destino vacacional escogido por ETA para su "campaña de verano" y donde nigerianos y gitanos acaban de trenzarse a patadas por unas gafas de sol o algo así. Pero el consuelo dura poco y a Barcelona le preocupa el avance de la playa sobre la ciudad (se estudian medidas que prohíben el cada vez más numeroso tránsito en traje de baño o, incluso, desnudo), se escandalizan por los servicios de masaje sobre la arena (que concluyen, previo pago de un extra, con un "final feliz" ante los ojos de familias de buen ver que no pueden creer lo que están viendo) y se lucha contra el "latero" paquistaní (vendedor ambulante de bebidas en lata que les quita clientes a los chiringuitos) o el "descuidero" magrebí (carterista experto con toalla) o el "guiri" internacional (visitante desbocado). Los ayuntamientos de playas cercanas -golpeados en sus presupuestos por la crisis y comprobando que el turista de hotel no abunda, pero cada vez son más los turistas de mochila- han puesto en marcha un catálogo de multas altísimas que van de lo coherente
a lo delirante. Y es que no es fácil para un pueblo de 20.000 habitantes descubrir, de pronto, que tiene 100.000 visitantes en agosto. Así, al pedido de colaboración a la ciudadanía toda para acabar con las plagas urbanas de palomas y ratas y mosquitos tigre, se suma ahora la caza al turista -han aumentado también las restricciones a playas nudistas- que llega aquí para hacer todo eso que no puede hacer en casita, durante los largos meses de frío y gripe. Días atrás, un editorial de La Vanguardia advertía en que no era astuto perseguir a la bolsa de dormir de hoy que dentro de unos años podía llegar a volver como suite cinco estrellas. Y una graciosa columna del escritor Quim Monzó titulada "Please, Don't Come to Barcelona" arrancaba con un "Nunca en mi vida pensé que llegaría un día en el que sería turistófobo militante, pero vivir en Barcelona me ha llevado a ello". Y seguía: "Si usted no vive aquí, dé gracias a Dios por ello. Al Dios que sea, incluso si no cree en ninguno. Pero dé las gracias en voz baja, porque está muy mal visto quejarse". Y terminaba con un "¡Por favor, id a Croacia, a París, a Florencia, adonde sea!" luego de informar de la existencia de un comando urbano que pega carteles donde se lee "Warning: Tourist Area" y se explica: "No soy turista. Vivo aquí. Denme un respiro".


CUATRO Y -leo también- que la cosa se pone verdaderamente inquietante al salir las estrellas. Como en aquel cuento de Cortázar -donde, al subir la Luna, la inocente escuela de día se convertía en un perturbador territorio nocturno- la playa de Barcelona se transforma en Playa-Lobo. Un lugar en el que pasar la noche o en el que la noche te pasa por encima. Subculturas, mutantes, zombis y sonámbulos y cataratas de alcohol, sexo, tiros, líos y cosa golda. Tierra de nadie a la que todos tienen acceso. El sitio al que van a dar todas las fiestas sin ganas de final. Sólo hace falta un poco de audacia y ganas de emociones fuertes. Y hacerse a la idea de que nadie está a salvo ahí. Como Bob Dylan quien, días atrás, fue arrestado por caminar "with no direction home" por una playa de Long Branch, New Jersey, al
resultarle sospechoso y "like a complete unknown" a un oficial de policía que no supo reconocerlo.
Y es que, está claro, nadie se parece del todo a sí mismo en la playa, en ese lugar en el que todos nos parecemos. Así, salimos cantando "Vamos a la playa" y, una vez allí, nos morimos de ganas volver a casa para escuchar Bringing It All Back Home.
Por eso, yo me quedé en casa escribiendo todo esto -un ex playado explayándose, las contratapas son el protector solar que te separa de las quemaduras de las noticias- a la espera de que todos regresen y de que vuelva septiembre.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-130561-2009-08-25.html





Molas*



En el golfo de Urabá
navegando afluentes del Atrato
con su hombre van
las indígenas cunas
ruta al mercado
a vender (¿tiene precio lo bello?)
sus molas ingenuas – lujuriosas.
Caprichosas geometrías
reiteran en las telas
diseños que antiguamente
pintaban en sus pechos:
amarillas rojas negras
abstracciones
algún pájaro libando
anchos pezones
alguna flor de despeinados pétalos
duplicada en gráciles morenos
planetas gemelos.
Me lavaré como ellas la mirada
con infusión de hierbas y agüita del cielo
para mejor ver la ruta de los sueños
por encontrar la magia los colores
con los que pintaré tus ojos
en mis pechos.


*de Verónica Capellino. veroaleph@hotmail.com







El Padre*



Cuando pienso en mi padre me vienen a la memoria los regresos a casa, al terminar nuestra jornada de trabajo. Volvíamos de noche, él en bicicleta y yo trotando. Corría a la par, a veces me atrasaba un poco y luego lo alcanzaba. La bicicleta era de mujer, el asiento estaba demasiado bajo y mi padre, un poco echado hacia atrás, pedaleaba despacio por la calle de tierra. Estoy seguro de que no hablábamos. Si intentara recuperar algún diálogo con mi padre me resultaría imposible. Sólo frases sueltas. Esto de los regresos ocurría en Salto, el pueblo de la provincia de Buenos Aires donde fuimos a vivir cuando emigramos de Italia. Un hermano de mi padre estaba en la Argentina desde antes de la guerra y le había ofrecido una participación en su carnicería. Yo tenía doce años.
Recorrimos ese trayecto durante meses y meses. Con frío, con calor, con lluvia. Después de tantos años, la memoria rescata una única carrera nocturna que las resume a todas. Esa imagen siempre vuelve y se impone sobre los demás recuerdos. Aunque son muchas, nítidas y fuertes las imágenes que tengo de mi padre. En general de la época de mi niñez, en el pueblo italiano, antes del largo viaje en barco a través del océano. Podría intentar hacer una lista y creo que no acabaría nunca. Ahí está la figura de mi padre, oscura y quieta bajo una nevada, esperándome en el portón del colegio de monjas al que yo iba. Mi padre guiándome por un atajo, a través de una colina que dominaba el lago, hasta llegar a la desembocadura de un río donde nos deteníamos a pescar. Mi padre caminando cauteloso unos pasos delante de mí, en los bosques que comenzaban más allá de las últimas casas: bajo el brazo llevaba la escopeta belga de dos caños de la que estaba orgulloso. Mi padre cortando pasto desde el amanecer hasta el anochecer, en el campo de un terrateniente, parando unos segundos para sacarle filo a la guadaña, secarse el sudor de la frente y tomar un trago de agua. Mi padre vaciando la letrina con dos baldes colgados en los extremos de una larga vara de madera que se cruzaba sobre los hombros. Mi padre abonando los surcos de la huerta con el contenido de esos baldes. Mi padre hachando troncos, apretando los dientes y soltando un soplido ronco en cada golpe. Mi padre llegando a casa de noche, con un pino para el árbol de Navidad, seguramente arrancado de algún lugar prohibido. Mi padre emparchando la cámara de una bicicleta. Mi padre con el torso desnudo, afeitándose en el patio, frente a un espejo colgado de un clavo, explicándome por qué había dos zonas de la cara que necesitaban ser enjabonadas más que el resto. Mi padre fabricándome una flauta. Mi padre lavando una oveja en el arroyo para luego esquilarla. Mi padre realizando trabajos de albañilería, de carpintería. Mi padre sembrando, cosechando, pisando la uva para hacer vino, injertando frutales. Teníamos un ciruelo que daba frutos amarillos en una rama y rojos en otra. Un peral que daba peras de diferentes estaciones. Yo estaba asombrado con tantas habilidades. Aquel hombre sabía hacer de todo. Parecía que nada tuviera secretos para él.
Mi padre era un montañés callado y tímido. Pero podía irritarse y mucho. Una vez lo vi perseguir a un tipo por la calle hasta que el otro saltó por encima de una cerca que daba a un barranco y escapó. Se trataba de una disputa entre vecinos. No recuerdo la razón o nunca la supe. Tengo una imagen muy clara de esa violencia al aire libre. Todavía me parece oír el jadeo de los dos hombres corriendo. Me pregunto qué hubiese pasado si mi padre lo alcanzaba.
Con nosotros nunca se enojaba. Nos quería y nos respetaba. Pocas veces tuve oportunidad de aplicar tan adecuadamente la palabra respeto. De él, sin duda, heredé la inconsciencia y la tozudez. Estoy pensando en la actitud de mi padre durante la guerra. Trabajaba en una fábrica de gas y a veces su turno terminaba en la mitad de la noche. De nada servían los ruegos de mi madre y los consejos de sus compañeros. Volvía a casa sin esperar que amaneciera, desafiando el toque de queda y las balas, porque quería dormir en su cama, era su derecho, y no existían Hitler o Mussolini o guerra que se lo impidieran.
Partió para América en 1948. El día de la despedida reía, bromeaba, se lo veía de buen humor, pero a mí me pareció que lo hacía para darse ánimo y cubrir el desconcierto. Recuerdo el reencuentro en el puerto de Buenos Aires, pasados dos años de separación, su abrazo torpe y sin palabras. En el viaje en tren a través de la llanura invernal, rumbo al pueblo, tampoco habló demasiado. Iba sentado junto a mí y su brazo se mantuvo rodeándome los hombros todo el tiempo. De tanto en tanto sus dedos se comprimían para darme un apretón.
Después vino el trabajo a su lado, en la carnicería, donde aprendí la recorrida de los clientes antes de memorizar la primera media docena de palabras en castellano. Salía al reparto a la mañana y a la tarde y, cuando terminaba, ayudaba en el negocio. Siempre había algo que hacer. Limpiar la picadora de carne, la sierra eléctrica, lavar el piso, pelar ajos para los embutidos, darles agua a los animales. Empecé a jugar al fútbol en la sexta división del Club Compañia General. Estaba contento con los botines, el pantaloncito y la camiseta que me habían dado y podía llevarme a casa. Los partidos eran los sábados después de mediodía y a veces llegaba con un poco de retraso al trabajo. Entonces, durante toda la tarde, vivía en un clima de acusaciones silenciosas. Las acusaciones provenían de mi tío y mis dos primos. Mi padre no me decía nada. A lo sumo rumiaba una frase en voz baja cuando me veía aparecer corriendo. Se sentía obligado con su hermano mayor que lo había traído a América, y la deuda me incluía. Estoy seguro que esa dependencia lo amargaba. Pero no podía hacer nada y guardaba silencio. También en el reducido territorio de aquel negocio éramos extranjeros y había que ganarse el espacio y soportar las humillaciones cuando llegaban. Yo intuía que mi padre hubiese deseado un destino distinto para mí.
Una noche, cinco años después de la llegada al pueblo, emprendí otro viaje. Partí a descubrir la ciudad. A esta altura mi padre se había separado de mi tío y había instalado su propia carnicería. No le iba bien. Mi padre no era el mismo de antes. América lo había golpeado. Yo no estaba con él en el negocio nuevo. En los últimos tiempos había trabajado de cadete en una farmacia. Me fui sin que lo supiera. Mi madre y mi hermana me vieron dejar la casa porque se despertaron mientras yo preparaba la valija. No lograron retenerme y tampoco se animaron a llamar a mi padre. Ignoro cuánto pudo dolerle aquella huida. Nunca me la reprochó. Después, en los espaciados regresos al pueblo, me encontraba con pequeños cambios en la casa. Algunas comodidades en el baño, en la cocina. Me enteré que una vez, al comprar un calefón, mi padre comentó: "Para cuando venga Antonio". Por lo tanto pensaba en mí con cada mejora.
Cuando murió, yo estaba lejos. Una enfermera iba a aplicarle inyecciones día por medio. La última fue un sábado. La enfermera se despidió hasta el lunes. mi padre dijo "Vamos a ver si aguantamos hasta el lunes". No aguantó. Sé que en el final preguntó por mí. Llegué al pueblo el día posterior al entierro. Venía desde Brasil, viajando en trenes y en ómnibus. En la puerta encontré al marido de mi hermana que me dijo: "Papá murió".
Muchos años después de su muerte, mientras mirábamos unas fotos, oí a mi hermana murmurar: "Qué hermoso era papá". Nunca había pensado en eso. Eran fotos de sus veintisiete años, tenía a un chico de meses en brazos, estaba tostado por el sol y se le notaban los músculos bajo la camiseta clara. Se lo veía feliz. El chico era yo.
De tantas cosas relacionadas con mi padre me acuerdo especialmente de aquellos regresos a casa después del trabajo. Eran siempre noches grandes, cargadas de estrellas y de silencio. Así las veo. Avanzábamos a través de un decorado de casas mudas y luces fantasmales en las ventanas y en los patios. Yo me sentía extraviado en esa oscuridad y la sensación no me gustaba. Quería llegar rápido, para que pasara la noche, y luego el día, y otra noche y otro día, hasta que el cerco de las noches y los días se rompiera. ¿Y mi padre? ¿Qué pensaba? ¿Qué significaba para él ese tránsito entre la agitación de la jornada y la promesa del descanso? ¿En qué medida mi presencia le servía de compañia, de incentivo, de alivio? ¿Me vería como yo me veo ahora en el recuerdo? Lo que veo es un cachorro impaciente, agazapado en el fondo de sí mismo, esperando su oportunidad para dar un salto. Mi padre pedaleaba y yo trotaba a su lado. No teníamos otra referencia que el foco de la bicicleta alumbrando un óvalo de tierra, hipnótico, surgido como desde un sueño, renovándose en una calle que podría no tener fin. Esa luz mínima marcaba el camino y finalmente nos sacaba de la oscuridad. Nos guiaba a la mesa familiar preparada para la cena, a los rumores de las sillas arrastradas sobre el piso de ladrillos y de los cubiertos en los platos. Pero durante ese trayecto permanecíamos lejos de todo. Ahí estábamos solos y estábamos juntos. Nos movíamos en una zona de vacío entre un mundo que ya no existía, perdido del otro lado del océano, y este otro que se proyectaba en los días futuros y estaba hecho de necesidades e insatisfacciones y furias contenidas y esperanzas obstinadas.



*de Antonio Dal Masetto.
"El padre y otras historias", Editorial Sudamericana. Buenos Aires, edición del 2002.






"Siempreviva"*

(blues melódico)


Atemporal belleza, siempreviva,
sos eterna atracción que me seduce
mientras los años afirman con sus luces
las razones más crueles de mi pena...


Porque al pasar el tiempo
por tu cuerpo,
como un sensual aliado
te florece;
y no hay peor castigo
a mi conciencia
que ver tanta virtud desarrollada
e impotente aceptar que eres ajena.


Más la febril poesía me posee,
pasional y romántica se eleva
sobre un abismo
de imposibles certezas
dibuja un puente sostenido en la nada
para dejar su insolente propuesta
en el jardín de la flor censurada.


Siempreviva... pasión inconveniente
Siempreviva... ilusión atrevida
Siempreviva... razón la que sustenta
que me pueda sentir adolescente
para jugar a verte... Siempreviva.





*de Victor G. Turquet victurquet@yahoo.com.ar







Juegos*



Paso el fin de semana con mi hija. Es sábado, vamos a una plaza. hace rato que estoy sentado cerca de los juegos, fumando, observando, escuchando, con la cabeza más o menos en blanco. De vez en cuando, en la confusion de colores, corridas y gritos infantiles, detecto la figura de mi hija, y entonces, al descubrirla tan feliz, tan frágil y entregada, me asaltan los mismos contradictorios sentimientos de siempre: una mezcla de placer y angustia. Lucho contra esto, evito ponerme grave, conozco los mecanismos de mis impulsos, se lo que hay ahí de incontrolable y tramposo. Intento abandonarme a la lentitud de la hora, a la calma que me ofrece esta tarde de sol bajo los arboles. Mi hija se acerca corriendo, informa, pide permiso, despues vuelve a alejarse. La sigo con la mirada y advierto que, asi como yo la busco, tambien ella, sin interrumpir su juego, suele echar una ojeada para este lado. Esas miradas, rápidas, económicas, precisas, sirven para reafirmar cierto acuerdo tácito establecido entre los dos, para comprobar que todo sigue en orden. Va pasando el tiempo. La claridad comienza a menguar, hay un cambio en el aire y me inquieto como ante la presencia de una amenaza. Dentro de poco se prenderan los faroles y hará demasiado frío para quedarse. Recorro una vez más las hamacas, los toboganes, busco a mi hija con cierta impaciencia y la descubro inquieta, severa, incansable, absolutamente aplicada a esa actividad de los juegos, a la charla con alguna amiga ocasional. Recupero la paz e intento rescatar algunas de esas ideas que se me han estado insinuando y escapando durante toda la tarde. Pienso en las veces que a lo largo de dos años, en los atardeceres, en las noches, en las madrugadas, estuve asi, en esa posición, en esa actitud. Las veces que, por una u otra razón, alegre o desgraciado, harto, enfurecido, mis pasos derivaron hacia un banco de plaza. Igual que entonces, en esta jornada nueva, ahora con mi hija jugando ahí a pocos metros, vuelvo a disfrutar con esta entrega, con el silencio, con la evidencia de cierta vieja tenacidad.
Miro nuevamente alrededor, veo los bancos ocupados, y me digo que al margen de las historias, las mias, las ajenas, siempre he encontrado ahí la misma cosa. Los arboles que se tiñen y pierden sus hojas y vuelven a florecer cuando corresponde. Y también las parejas lentas buscándose y abrazándose en la sombra. Entonces creo saber que puedo liberarme, desentenderme de cuanto está ocurriendo más allá de esta isla. liberarme de las amenazas, de los miedos, de las desesperanzas. estos encuentros que se reiteran a mi alrededor parecen desmentir todo. Esas caras y esos cuerpos anónimos, confundidos en la invariable actitud de la ternura, insisten. Se oponen, insisten. igual que mi hija insiste en sus juegos. Ellos, sean quienes sean, vengan de donde vengan, se asocian para el viejo ritual común. siento que esa cita a través del tiempo es realmente más fuerte que todo. Y pensarlo es un hallazgo y un alivio. Tambien yo insisto. Esta afirmación mansa, sin estridencias, reencontrada en cada oportunidad, es una de las pocas que he visto perdurar. No ha habido muchas tan firmes, tan intocables, tan alejadas de las oscilaciones del mundo. Enciendo otro cigarrillo. En el centro de este templo abierto al cielo, entre la multitud de fieles sin cara, percibo, como seguramente lo percibí otras veces, que estoy participando de una ceremonia invencible. Busco una vez más a mi hija. ella me está dando la espalda, pero ante la insistencia de mi mirada gira la cabeza rápidamente, levanta la mano y esboza un saludo. En la fugasidad de ese gesto pretendo descubrir, no sólo la complicidad de siempre, sino también una aprobación a todas esas divagaciones mías.



*de Antonio Dal Masetto







*

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