Saturday, February 05, 2011

UN AMOR, UN DOLOR SIN LÍMITE, UN DESEO...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





SOY*



Soy mi historia,
secreta, confusa,
dificil de contar.
Dicha diariamente
por retazos
como si de sobrantes
se concretara algo.
Nadie entiende,
yo no entiendo.
Soy siempre un ¿qué más?
o millares de ¿por qué?,
la respuesta es mi historia,
confusa, secreta,
difícil de contar...




DOLOR*


Las palabras juegan a esconderse,
asoman a medias sus significados
dejando en la oscuridad
lo que bulle dentro.
Me duele tu ocaso.
Me duele el ocaso de cada día,
es parte de mí que se aniquila.
No puedo ver qué existe
detrás del comienzo de la noche
donde los designios
potencian su poder.




QUISIERA ESPERAR*


Mis espectativas
se crispan hacia arriba,
se escarchan en el cielo.
Ningún pájaro volvió
como emisario de rastreo.
Acumulo preguntas
que se disgregan al chocar
contra el límite del tiempo.
Quisiera esperar aún
pero me pierdo en acertijos
que oscurecen y confunden
los caminos sin regresos.
Quisiera volver a distenderme
en la alcoba del amor,
aunque no puedo precisar.
si alguna vez
lo recibí como ofrenda...



*Poemas de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar
-De "MORADA DE MI SER"









ESPINA*


“Un amor, un dolor sin límite, un deseo.
Los címbalos solares y el esplendor y el miedo...”
GABRIEL CELAYA




Siempre estuvo conmigo.
Antes de ser la piel bajo mi piel.
Astilla sobre astilla. Espina. Silicio.
Sustancia de barro y de madera.
Aguijón que penetra y palpitando, calla.
Se dilata y contrae, se oyen gritos de huesos
Hay tantas confesiones en este antiguo prisma.
Tiempo inmemorial que acompaña.
La cuido. La preservo. La escondo.
Si no se toca, no duele, no lastima.

Y ahora que la tarde ya cae.
Aparece la botella y el naufrago.
Y me hundo y me sumerjo y me pierdo.
Y la espina silente es un grito inaudible.
Es un pez. Un niño. Un latido. Un miedo.
Trae un amor de años, anterior al pulgar.
Anterior a las formas, a los sexos.

Acaso, por vez primera, vaya a su encuentro, la libere.
Y te atraviese y florezca en rosa.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








GÉNESIS SACRÍLEGO*




*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



1. Separó Lacan la luz de la sombra y pobló de fantasmas el mundo, porque el mundo estaba vaciado de sentidos.

2. El espíritu de Lacan se movía sobre el haz del mundo. Dijo: sea lo real, y fue lo real. Y dijo Lacan que lo real era aquello que no podía representarse como lenguaje. Y vio que eso era bueno.

3. Apartó Lacan lo real de lo imaginario, y dijo: lo que se designe como "yo" estará formado a través de lo que es el otro. Y vio Lacan que eso era bueno.

4. E hizo Lacan la expansión del lenguaje, el territorio simbólico. Y dijo Lacan: que estas tres dimensiones se hallen imbricadas. Entonces creó el nudo Borromeo. Y agregó Lacan: el desanudamiento de cualquiera de las tres provocará el desanudamiento de las otras dos, se tratará de una torcedura, como la Banda de Moebius. Tomó Lacan una cinta de papel, pegó los extremos, tomó el lápiz y la tijera y vio que eso era bueno.

5. Tan ocupado estaba Lacan que perdió la noción del tiempo. Varios días habían pasado, y Lacan creó el habano para solazarse de sus logros y vio que eso era bueno. Mientras fumaba distraído, las horas pasaban como bala y a Lacan se le llenó el mundo de chucherías.

6. Y fue la tarde de un día cualquiera, cuando Lacan dijo: hagamos un fantasma a nuestra imagen y semejanza, para que nos lea. (Sin dudas, para que Lacan existiera, ya había otro que justificara su existencia).

7. El primer fantasma hombre fue hecho a imagen y semejanza de su creador. Como primer fantasma del mundo, recién hecho, dormía plácidamente una siesta bajo la sombra de un árbol. Entonces Lacan pensó que sería estúpido tener un mundo con único fantasma, tan estúpido como pensar en una Antropología Psicoanalítica.

8. Entonces, Lacan pensó, pensó, pensó, yendo y viniendo una y otra vez desde el sol a la luna, desde la cama al living. Meditabundo daba pasos largos, cabizbajo, Lacan, con las manos tomadas en la espalda.

9. Lacan observaba a su primer fantasma recién creado. Sentado en el suelo, el fantasma hombre recién creado intentaba calzarse, incluso cuando Lacan todavía no había inventado los zapatos. Al fantasma hombre le colgaba la simiente entre las piernas y le dio por nombre Estragón, aun antes de que Beckett creara un mundo para esperar a Godot.

10. El primer fantasma se esforzaba tratando de calzarse con las dos manos, fatigosamente. Se detenía, agotado, descansaba, jadeaba, volvía a empezar. Lacan le llenó la cabeza con sus teorías y vio que eso era bueno. Entonces Lacan, dijo: no es bueno que el fantasma esté solo: voy a obsequiarle otro fantasma con su mismo surco para su entretenimiento.

11. Y Lacan tomó una costilla del primer fantasma, amasó la porcelana fría, lo llenó de las mismas teorías psicoanalíticas que al primero y le hizo un surco en la parte final de la espalda, igual al surco del primer hombre fantasma.

12. Lindos jueguitos hacían el primer fantasma y su partenaire, a cualquier hora de la noche o el día. Entonces Lacan pensó en crear la galería de porno gay, para los futuros usuarios fantasmas. La equidad era perfecta: ambos tenían sembrador, ambos tenían surco. No se adivinaba ni por asomo el complejo de la castración.

13. Tan felices estaban en el paraíso los primeros fantasmas, que ninguno pensaba en Lacan, ni en sus seminarios. Uno más uno era dos en un mundo lleno de chucherías. Nada podía ser menos confuso.

14. Entonces Lacan consideró apropiado hacer algunas modificaciones. Tanta felicidad iba en contra de sus propósitos. Era necesario introducir la fisura, el misterio, lo negro del mundo. Rebanó Lacan la simiente que pendía de las piernas del segundo hombre fantasma, y le alargó la raya del horizonte. Extendió el surco, lo ahuecó de nuevo y creó el fantasma mujer, para extrañamiento y exploración del primer fantasma hombre.

15. Con el sobrante, Lacan hizo dos agarraderas y las abultó en el frente superior del segundo fantasma para que el primer hombre fantasma se agarrara de ellas en los momentos de siembra desenfrenada.

16. La agricultura fue la floreciente actividad del mundo y se cosecharon pequeños fantasmas prometedores, capaces de hacer el mundo cada vez más agrícola y más fantasmagórico.

17. Luego, Lacan puso a prueba a sus creados, y redefinió algunas chucherías del mundo. Dijo, el inconsciente no es más que la medida del afuera del sentido de los propósitos, y los fantasmas creyeron que eso era bueno.

18. Luego dijo a sus fantasmas que al decir "llueve" la lluvia sería un acto del pensamiento. Por ello, cada uno de sus fantasmas podría darle a la lluvia su sentido. Incluso confundir la lluvia con el meteoro, con el agua pluvial, con el agua que de ella se recogiera. Y los fantasmas creyeron que eso también era bueno.

19. Y Lacan, con un pie en la luz y otro pie en la sombra dijo que el meteoro era propicio a la metáfora. Así, Lacan dio vía libre al fantasma mujer, al fantasma hombre y a la metáfora. Y fue así que muchas chucherías del mundo cobraron sentido.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27286-2011-02-05.html






*


La arena es un cuento sin fin

Incontable

Una infinita alfombra de

estrellas o rocas trituradas


Por eso
a veces en las tardes

cuando los niños se sacan los zapatos

queda un brillo de estrellas

casadas con el mar.

Que juegan al verano

Sobre todos los pisos oscuros de las muerte.




*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







Nadie encendía las lámparas*



*De Felisberto Hernández.



Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se
hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran
vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse.
Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.
La mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol.
Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas.
La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés".
Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi
con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: "siéntense, por favor" Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado- y dijo:
-Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.
Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle:
-No crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear.
Los tres nos reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:
-Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.
Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: "Parece que te hubieran lambido las vacas." El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar.
-¡Ah, Dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante!
De buena gana yo le hubiera dicho: "¿Y usted?, ¿tan femenino?" Pero le pregunté:
-¿Cómo se llama?
-¿Quién?
-El señor... recalcitrante.
-Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios.
Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡Y qué le vamos a hacer!"
Cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino"
sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo:
-No estoy de acuerdo con ustedes.
-¿Por qué?
-...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.
-¿Cómo?
-Se repite a largos pasos.
Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:
-Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.
Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino:
-Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.
La sobrina de las viudas no se pudo contener.
-¡Jesús, pareces Blancanieves!
Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:
-Dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?
-¡Oh!, habría que preguntárselo a ella.
-Y usted, ¿no lo podría hacer?
-Sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.
Ella sonrió y bajó los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.
Vino una de las tías -la que no tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:
-Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.
Volví a pensar en la gallina y le contesté:
-¡Señora! ¡No estamos en un gallinero!
Cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó:
-¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir?
Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.
-No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.
-Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí?
-Casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.
Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia.
Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.
Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:
-Tengo que hacerle un encargo.
Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.


*Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/hndz/nadieen.htm







ONE HORSE & FOUR HORSEMEN*


Estos ladrillos manchados
de arte rupestre,
testifican
amores paganos
apócrifos.
Amores arabescos
pervertidos
por los orines
y los abrazos
semánticos,
urgentes,
calle abajo
ante las sirenas
y los curiosos
transeúntes.
Pechos brutales,
desnudos
por el hambre y el dolor,
falos enfermos
por masturbarse
con el neón
los viernes.
Las flores
de los muros
recobran su matiz
con la caída
del sol.
Heridos por el semen,
los rincones
se orean exhaustos,
débiles ángulos
y el viejo bar,
vierten su sombra
sobre los sudorosos
cuerpos:
Árbol del vicio
sin rastros,
o huellas de ausencia.


*De Daniel Montoly© danielmontoly@yahoo.es
Delaware, Ohio 2007





*


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