Wednesday, March 30, 2011

¿ALGUNA VEZ FUIMOS PARTE DEL MISMO ÁRBOL?




-Ilustración: Ray Respall Rojas: Retrato de Sarah a los 3 años.
La Habana. Cuba




Incerteza Cuántica*



A José Luis Fariñas, por su amistad.




La incertidumbre de saber quién soy.
El temor de que llegues a olvidarlo.



Un muro de contención
¡Y tantas pesadillas!



Tu voz nocturna me hace volver el rostro
Y regresar desde el fondo de la eternidad.



Anclada en ti, desde entonces, aquella melodía.
Ancladas en mí, desde siempre, las letras de tu nombre.



La hiedra toma mis manos:
Como duende, adivina mis silencios.



El camino más recto
Es el más lleno de encrucijadas.



Sostengo una tristeza de milenios.
Desde que te adivino, la siento leve.



Un ángel viejo se posa en mi antesala.
En algún lugar fuera del tiempo comulgo con la muerte.



Caminé entre escombros diminutos. Supe del odio,
De la saña. Desperté, feliz, de no ser otra Yo.




Mi hija
Me salva de todos los abismos.




Me pregunto por qué, entre tantos colores,
Eligió el Creador el azul para pintarte.




El hombre murió en ella, ¿cómo
Llegó a ser talismán de buena suerte?




Un libro que se escribe solo cada noche,
Un río circular, no entender
Por qué mi mano no traspasa las paredes.





En lo alto de una colina
Una puerta retiene el eco de mis pasos.





¿Alguna vez fuimos parte del mismo árbol?





*Micropoemas de Marié Rojas.
-La Habana. Cuba.





¿ALGUNA VEZ FUIMOS PARTE DEL MISMO ÁRBOL?







LA PRINCESA DESCALZA*



¿Quien soy? ¿De dónde vengo? Llevo años preguntando cómo esclarecer mi identidad...

Sé que soy una bruja, a mi modo siempre lo he sabido... A veces soy feliz, otras infeliz, contenta y triste... Soy un atardecer que perdió su amanecer, pero estoy viva, puedo querer a los demás, sentir... soy una mujer apasionada.

Pero, ¿quién soy? Desde pequeña me pregunto si soy hija de un duende travieso que me colocó en una cuna del hospital materno, de una hechicera que me dejó abandonada en el camino, o una hija más de Dios, igual que mis semejantes... Después de muchos años bregando para llegar a la verdad, sólo he descubierto que la vida reclama mucho de mí, nada sobre mis orígenes.

Hoy estoy muy nerviosa... esa pitonisa de quien tanto me han hablado, a quien me costó tanto contactar y con quien tengo cita, me dirá lo que he querido escuchar durante años. Prepárate, Estela, ¡hoy es el día!


......................................................

Todo estaba preparado hasta el último detalle, la adivinadora más famosa de la isla de las palmas, tenía una entrevista con Estela. Se hallaban sentadas sobre una alfombra, frente a frente, todo podía suceder.

La adivina era una señora con cabellos de color rojo intenso, gafas negras, unos aretes muy peculiares de los que colgaban dos lechucitas que miraban sin parpadear. Traía consigo una jaula donde venía un gatito negro y un cachorro de pekinés. A su izquierda, una pecera con dos peces poco vistos de color fresa; a su derecha, una copa de metal dorado con inscripciones en arameo. Frente a ella, un juego de cartas con imágenes de seres de leyenda y figuras geométricas.

- A ver joven – la interrogó, barajando el mazo de cartas y rezando una misteriosa oración, al tiempo que daba golpecitos en el borde de la copa -, usted quiere saber cuál es su verdadera familia, ¿no es así?
- Sí, cuénteme todo, estoy lista a enfrentar mi pasado, sea cual sea...

La anciana se quitó las gafas. Su mirada profunda la escudriñó, siguió como buscando respuestas, paseando su vista del pekinés al gato, a los peces... Tomó un trozo de pergamino, una pluma de cisne y la mojó en un tintero que salieron de la nada.

- Dígame sus apellidos, para anotarlos.
- Fernández Gonzáles... Los que me pusieron al nacer, no son los verdaderos.
- Bien, ahora lo pondremos un minuto en la jaula de los animalitos - al ponerlos, las mascotas brujas miraron fijamente el papel.
- Ya pasó el minuto, dígame... - dice impaciente ella.
- Ten calma, ellos tienen que reconocerte... Mientras tanto conversemos, dime, ¿te consideras una mujer afortunada? ¿Tienes amigos?
- Modestamente, sí... amigos sinceros hay pocos, pero tengo la dicha de tener los imprescindibles para ser feliz y poder brindar por la amistad.
- Me parece bien. Ahora dejaré caer el pergamino en la pecera – el papel desapareció al tocar el agua -, mientras cortas las cartas en tres, así, muy bien, entrégamelas, veremos que dice aquí. Salen tres cartas regentes: Abre la tirada la princesa descalza, le sigue el príncipe insomne, y cierra la estrella encerrada en la pirámide. ¡Te tengo buenas noticias!
- ¿Ya sabe acerca de mi familia? Por favor... la escucho.
- Hay cosas que no se pueden decir... – continuó escrutando las cartas - , pero sí te digo que tu madre reencarnó en ti, murió cuando naciste, ahora son dos vidas que se funden. No la puedes encontrar sino dentro de tu alma, cuando te trae recuerdos de vidas anteriores... solo puedes ver como ella se manifiesta dándote lo mejor, eres una mujer inteligente, amada por sus amigos, buena madre... de las mejores... Eres capaz de conquistar a cualquier hombre, incluso de tener un castillo si te lo propones. Aunque vives encerrada en tu casa, alejada del mundo, el mundo viene a ti... Fíjate cuántas bondades te dio la vida... Es cierto que eres bruja, una bruja de bien, que sabe hacer buenas acciones, dar consejos oportunos, mostrar sinceridad... todo esto me lo dice el pekinés, fue de mis criaturas la que se identificó contigo. La princesa descalza significa sencillez, ella regaló sus zapatos a una joven pobre. El príncipe dejó de dormir para vivir la vida intensamente y dar felicidad a la princesa descalza... Y la pirámide es tu universo, donde eres la estrella, el espacio de tu corazón abierto al bien y las buenas intenciones. ¿Aun quieres más?

Muy sorprendida, Estela se convenció de que ya se había encontrado desde que eligió su lugar en el mundo. Ahora... vio que su madre estaba siempre con ella.



*De Mario Quiroga Fernández. jossuexy56@yahoo.com





*


La ausencia es un recuerdo por venir

resalta el aura de la caricia


la mano que no está



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







Canción de cuna…*


Para mi abuela Lola Reinares de Berraz -ella tan española-



I

Líquida, suave, y dolorosa
La cabecita al nacer…
Tierna, pura y amorosa
Desnuda piel del amanecer…

Los soles agitando
Sus libertarias manitas
Ellos, buscando, buscando
por qué decir luego mamitas…



II

Y…así la vida contemplando
en el vientre embellecido
redondo e iluminado
de certeras blancas lunas
de la mujer que va pariendo…
Eterna luz del recién llegado



III

Vuelven arrorrós de antiguas cunas
las de las abuelas y las tías…
en cantos y romances españoles
traídos de la tierra de Castilla…
Que mi Lola está por aquí
no lo dudo, ella su moro y su Guadalquivir
no lo dudo, ella y su amado teatro…
Con su siempre eterno Federico García Lorca,
sus romances recitados en la memoria mágica
en la casa paterna y en sus ojos color miel…
La bondad pero la pérdida de la libre
alegría de ser actriz …¡su sueño prohibido!
como la Lola Membrives…
Y yo la sueño en las noches
en que recuerdo mis tardes de niñez
acá en santa fe de la vera cruz,
lejos de la fauna y la soledad de la capital,
alegre con juegos de muñecas y tazas de té…
dibujos marionetas, mariquitas de papel
y disfraces en la casa de los Nonos
con la prima disfrazándonos
con todo eso escondido como un tesoro
tía ballet ,tía escenografía
tía de pasos firmes en danza, el salón para nosotras
con los espejos y ojos de gato de la prima
bienvenida a mi vida, solaz y amparo en la adultez…


Y nunca olvido sus romances
En las noches de luna blanca
Cuando mi vida que se va aquietando
Suspira por el pasado de flores…
Y de tanta poesía embellece el alma
El recuerdo amaneciendo
En la tarea nunca bien cantada de
Ser madres…


*De Mónica Laurencena Berraz. monilaurencena@hotmail.com
Noviembre de 2008






Los coristas*



*Por Jorge Consiglio

Para Pele


todo pequeño gesto una masacre
María Malusardi


Hay momentos en los que accedo a una perspectiva exacta acerca de mi vejez.
Soy consciente no sólo de lo más inmediato, quiero decir de la imagen externa de la decadencia, sino que también puedo entendérmelas con la dilatación gradual de cada tejido, de cada célula. Estos estados de lucidez acompañan, por lo general, algún tipo de descompostura física; hablo de una gripe fuerte, de alguna infección o de un problema de estómago. Me sucedió, justamente, dos miércoles atrás durante la hora de la cena. A la tarde de ese mismo día, por ahorrarme unos pesos, me había comido unas empanadas en un bolichito que está cerca de la terminal de micros. Juro que mi estómago digiere piedras, pero esa vez algo del relleno logró desequilibrarme. Cuando un par de horas más tarde me senté a la mesa del Toledo y clavé los ojos en el plato de sopa que tenía frente a mí, sentí que un grumo de saliva me
bloqueaba la garganta.
-Araujo, nunca lo vi tan pálido, ¿se siente bien? -preguntó Ayala.
-Carajo -alcancé a pronunciar mientras salía corriendo con los dientes apretados.
Tanta era la urgencia por meterme de cabeza en el inodoro que no llegué a cerrar del todo la puerta del baño. Caí de rodillas y largué un chorro interminable de vómito. Los ojos se me salían de las órbitas. Un larguísimo hilo de flema me colgaba de la boca. Con cada contracción, mi cuerpo se daba vuelta como un guante y un sudor helado me inundaba los pliegues. Después de cada arcada sentía que era menos dueño de mis actos; me entregaba casi con dulzura a la enajenación de esa violencia. En un momento, entendí que me abandonaba el ánimo y apoyé la palma abierta contra la pared. Logré mantener el equilibrio pero no pude salvar los anteojos que, con el bamboleo, me saltaron de la cara y se hicieron pedazos contra el piso. Fue en ese instante, en ese preciso instante, que escuché su voz. Conservaba el mismo tono cristalino y el mismo aire de trivial arrogancia de hacía veintitantos años. Hablaba con Ayala en el comedor. No me hizo falta ni un segundo de esfuerzo de memoria, lo reconocí de inmediato. Scarsi, murmuré, Juan Pablo Scarsi. Y me paré con dos movimientos.
Lo distinguí rígido, con el antebrazo apoyado en el mostradorcito de la recepción. Había en el piso, junto a sus pies, un bolso grande con las manijas descosidas. Llevaba puesto un traje jaspeado que le quedaba chico.
La corbata era una tira de tela oscurecida que se cerraba alrededor de su cuello como si quisiera asfixiarlo. Estaba más gordo, mucho más gordo, pero era claro que los kilos de más no eran los que trae la prosperidad sino aquellos que llegan con los años o la progresiva resignación. El pelo lo llevaba peinado hacia atrás, endurecido con fijador. La vida le había restado altura y convicción; sin embargo, conservaba, sobre todo en las mejillas y en las bolsas que le colgaban debajo de los ojos, cierto esmalte
que se podía interpretar como un añejo orgullo. Era Scarsi; sin dudas, era Scarsi.
-Buenas noches -dije.
El hombre hizo un gesto con la cabeza y alzó las cejas. Con cierta dicha, pensé que no tenía voz ni para saludar. Ayala, que permanecía sentado con una cuchara colgando de la mano, le informó el costo de las habitaciones y aclaró que las dos únicas disponibles no estaban en las mejores condiciones.
-La humedad hizo que se cayera parte del revoque -dijo.
-¿Y el precio es el mismo? -arriesgó Scarsi.
Hubo un silencio. En algún lugar del edificio, alguien abrió una canilla y se escuchó el tránsito del agua por los caños.
-Señor, este hotel se llama Toledo, yo soy el encargado y el precio de las habitaciones no es discutible, ¿me comprende? -cerró Ayala.
Su estadía duró cuatro días. Fue lo que aquí llamamos un huésped fantasma: ocupó el baño al alba, estuvo ausente durante el día y cenó en la cama de su habitación comida comprada.
Durante el tiempo que compartimos el techo, lo crucé un par de veces. En ambas oportunidades, lo miré directo a los ojos para desafiar su curiosidad, pero estaba demasiado ocupado en congeniar su voluntad con el reumatismo.
Evidentemente, mi cara ya no era ingrediente de su pasado.
Ayala, en su función de encargado del hotel, tuvo alguna que otra charla con él. Incluso, me enteré de que una noche salieron a fumar un cigarro a la vereda. Se sentaron en el banco que hay a la derecha de la puerta y perdieron la mirada en la oscura arboleda del Parque Alberti. Scarsi contó que vendía una línea de productos para un laboratorio de herboristería.
Protestó por las condiciones del mercado, por los viáticos, por el escaso respaldo que le daba la empresa; se preocupó por una abstracción a la que, para simplificar, llamó porvenir; se rió a carcajadas de una palabra mal pronunciada, de un término relacionado con la lealtad y la traición. Dijo que tenía una mujer que lo esperaba en Mar del Plata, una novia. El resto fue lo que cualquiera en su lugar hubiera contado.
Se fue un domingo muy temprano por la mañana. Sé que, con una sonrisa discreta, aceptó el desayuno que le ofrecieron, que prometió volver el próximo mes, que se tomó el tren con destino incierto. Cuando me desperté ese día cerca de las once y Ayala me comentó, entre otras cosas, el egreso de Scarsi, dije:
-¿Quién entiende a la gente?
Y me aboqué a tomar mate y a leer detenidamente el diario.
Como Ayala es sereno y le gusta respetar cierto proceso digestivo del pensamiento, volvió al tema recién una semana más tarde. Estaba sentado en el sillón de mimbre del patio. Su geométrica cabeza de general dispuesta de frente hacia la puerta de entrada; la camisa blanca, impecable, con un único botón desprendido. Lo recuerdo ocupado en tomar agua y cuando digo ocupado, me refiero a que la actividad implicaba algo mucho más complejo que el simple hecho de hidratarse. Se llevaba el vaso a los labios, pero antes de que el vidrio hiciera contacto con la carne, detenía el movimiento y consideraba el líquido con una mirada. Después, bebía y saboreaba. Entornaba apenas los ojos con el propósito de que ningún otro sentido impugnara el protagonismo que le otorgaba, en ese instante, al paladar. Parecía abstraído
en el entendimiento de cuestiones íntimas de la sustancia.
-Dígame, Araujo, ¿usted lo conocía de algún otro lugar a Scarsi?
Arqueé las cejas.
-¿Por qué lo pregunta? -arrojé para ordenarme.
-Una impresión que tuve. Pura curiosidad -cerró.
Durante algunos segundos, deseé un cigarrillo en silencio. Me alisé los pantalones con las palmas abiertas y giré la cabeza como si la memoria, el esfuerzo al que la sometía, me dictara ese gesto. Creo que hablé marcando una pausa que empieza a serme habitual, no sé si por una cuestión respiratoria o por simple hábito.
Dije que gran parte de la secundaria la cursé en una escuela de Mar del Plata, en el Instituto Mioso. Si se trataba de prioridades, en aquel lugar, había una y bien marcada: jugar al fútbol. Dos veces a la semana, la escuela permanecía abierta hasta las once de la noche para cumplir con los campeonatos. La elección de los jugadores que integrarían el equipo que saldría a jugar con otros colegios respondía tanto a cuestiones arbitrarias como a méritos justificados. Durante la primera parte de mi estadía, la
escuela fue un sitio sin sobresaltos, signado por la ciega voluntad y el frenesí que suele establecer un ámbito de competencia. Pero un marzo muy caluroso, llegó, como un castigo, un Fondo Mensual del Ministerio, que según nos aclararon debía ser empleado para la promoción del deporte y de alguna
otra actividad que tuviera en cuenta el equilibrio espiritual del alumnado.
Se pensó rápido y con buen sentido. Eligieron la música. Diseñaron con arrogancia y alguna precisión lo que al cabo de dieciocho meses se convertiría, de acuerdo a mi juicio, en un nudo de desgracia: el Coro de Jóvenes del Instituto. Obedientes, nos sometimos a las pruebas de voz que equivalieron para la mayoría a prolongadas sesiones de tortura. Pasado un mes, se conocían los nombres de las treinta mejores voces. Pero la verdadera oportunidad de mostrar talento todavía no había llegado. Se trataba de la elección del solista. Fue un trabajo arduo, por momentos verdaderamente desesperante, tanto para el grupo como para Amaranto, pianista melancólico sobre quien recaía la tarea. Nos enteramos del nombre del elegido un lunes a las siete y veinticinco de la mañana. El propio Amaranto pronunció orgulloso las cinco letras que fueron el signo del éxito. El alumno Sebastián Nieva, exclamó. Y la escuela entera se volcó sobre el negro Nieva, que medio encorvado y con una mancha roja en el cuello, largaba risotadas de pudor.
Desde el principio, la actividad del coro se caracterizó por su intensidad, pero, en compensación, siempre fue acompañada por el reconocimiento de los entendidos y del público. Al tercer mes empezaron las giras. Fuimos a Zárate, Cañuelas, dos veces a Tres Arroyos y participamos en un festival en
Buenos Aires. De inmediato, nos acostumbramos a los buenos vientos: no había paso que diéramos que no estuviera acompañado por aplausos. De esta forma, transcurrió un poco menos de dos años, tiempo en el que nuestro prestigio se había vuelto indiscutible.
Pero como todo termina, un septiembre, brutalmente, de un momento para otro, se cortó el Fondo Mensual del Ministerio. No hubo justificativos, simplemente se evaporó, dejó de existir. Este hecho desencadenó dos cambios contundentes. El primero se registró en el ánimo del rector, principal
promotor de las actividades artísticas. Algo, cierto alambre íntimo, se desplazó en su interior y comenzó a generar un ruido áspero cuyo testimonio se dejaba ver, sobre todo, en la crispación de su gesto y en la inestabilidad del pulso. Lo ganó una profunda frustración: había logrado desarrollar un proyecto que le daba prestigio sin demasiado esfuerzo, y de pronto, sólo para confirmar que lo bueno es efímero, todo se cancelaba.
Ahora, el rector era enemigo hasta de sus propias uñas. El otro cambio impactó de lleno en el coro. De pronto, nuestro éxito resultaba fastidioso.
Nos sentíamos vestidos de fiesta en medio de un bombardeo. Nuestro repliegue fue mudo; sin saberlo buscábamos una forma válida pero diminuta de la dignidad. Suspendidas las giras, Amaranto decidió sostener la actividad como una módica forma de resistencia: nos juntábamos a cantar en el auditorio
chico que está detrás del jardín. De todas maneras, nunca logramos perder suficiente entidad como para pasar desapercibidos. Recuerdo que una mañana de lluvia en la que trabajábamos Bach, recibimos la visita del rector. Abrió la puerta con autoridad y revoleó la mano para indicar que no hacía falta
interrumpir la tarea. Se ubicó en un lateral del salón, cruzó los brazos en la espalda a la altura del cóccix y se dispuso a escuchar. No bien terminamos el primer movimiento, Amaranto giró la cabeza esperando un juicio que sabía inválido; sin embargo, su imaginación se quedó corta frente a los hechos. Algo suena mal, determinó el rector. El pianista intentó defender su trabajo. Fue desarticulado con un gesto y dos palabras. Es acá, en el medio -precisó el rector con los brazos en alto, señalándonos-. Vamos a hacer una prueba con estas seis filas y el solista. Cantamos un fragmento y nos interrumpió: No. Es más al centro. Ahora vamos con cuatro filas y el solista. Otra vez el mismo fragmento. Ya casi lo tengo. Estas dos filas.
También el solista. Ahora los involucrados éramos cinco. Sabíamos que sobre nuestras espaldas pesaba algo mucho más importante que el simple hecho de desafinar. Las cuerdas vocales se tensaban porque sobre ellas se libraba una batalla que no tenía relación con la música. De esta forma enfrentamos el
reto, que entendimos bien como el último. Nos interrumpió antes de terminar.
Es usted, Nieva, dijo y apuntó al solista con un índice huesudo. No lo tome a mal, no es culpa suya. La voz en la adolescencia se distorsiona, se ablanda dicen los que saben. ¿Cómo no se dieron cuenta antes? Y Nieva, que no tuvo la suficiente amplitud de tórax para entender la injusticia, que buscó con la mirada desesperada un cómplice con el que compartir su desconcierto, se separó, aturdido, del grupo, caminó hasta la pila de bolsos de útiles y se puso a buscar el suyo. Le costó encontrarlo: pude ver en las arrugas del mentón el altísimo costo de esa demora. Cuando se alejó, lo hizo con el paso irregular de los rengos.
Ayala bostezó y los ojos se le llenaron de lágrimas.
-¿Hace falta que le diga el apellido del rector? -pregunté.
Su respuesta fue inmediata:
-No veo a Scarsi en ese papel.
Sorprendido, tomé una bocanada de aire y elevé la protesta:
-¿De qué me está hablando? Yo no le miento.
Ayala irguió su cabeza castrense. El pelo mojado era cobre que se le pegaba al cráneo. Dijo:
-Con Scarsi nos fumamos un cigarro afuera, charlamos un rato. Me pareció un buen tipo, muy castigado. Sé que es una impresión superficial, pero no me lo imagino en el rol que usted le puso, ¿no se habrá confundido de persona?
Me mordí la yema del índice para suprimir una picazón que a veces me da.
Arrugué la frente por toda respuesta. Pensé que había contado mal las cosas.
En algo había fallado. Quizás había pasado por alto algún detalle elocuente.
Creí entender que, aunque los hechos se ordenan en el tiempo, las evidencias que los vuelven reales los van abandonando si no hay un esfuerzo de memoria.
Tuve la intención de volver al tema, de rectificarme; pero el desánimo supo imponerse. Me acomodé en la curva del sillón de mimbre, repasé mi encía con la lengua y, por unos instantes, pude disfrutar del aire fresco de la tarde.


*Fuente:http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-162842-2011-02-22.html





El cuento por su autor*


Utilizo muchos ingredientes para escribir mis cuentos. Uno va juntando situaciones que vivió, rasgos de personajes, relatos de conocidos, ámbitos y climas, hasta que la voluntad dispone el momento de sentarse a conjugar todos esos elementos en un relato. Allí comienza un juego de tensiones.
Supongo que, cuando llega un circo a un pueblo, debe darse una situación similar a la hora de armar la gran carpa debajo de la que se presentará el espectáculo. Uno tiene todo ese material, que fue anotando en papelitos o que simplemente recuerda, y sospecha que, si lo combina de una manera
adecuada, servirá para poner de manifiesto una verdad. No una verdad inmediata ni conceptual, sino una más bien vaga, inasible, pero no por eso menos certera. Esta es la esperanza, que siempre termina por esfumarse cuando uno siente que está cerca. El texto es el único testimonio que queda de esa instancia.
Para componer "Los coristas" usé una historia que me contó Pele, un gran amigo. Pele es infectólogo. Le gusta el cine pero no es un fanático, tiene siete u ocho películas con las que arma su canon, entre ellas se cuenta Crímenes y pecados. Es un tipo mordaz y de un sentido del humor que alterna la acidez con el absurdo. Lo admiro por muchos motivos, pero creo que, si alguien me preguntara cuáles son los dos por los que se destaca, no tendría que pensar mucho la respuesta. El primero tiene que ver con su capacidad de observación; es sumamente minucioso mirando aquello que le interesa del mundo (o lo que le parece grotesco o estúpido) y tiene un notable poder de síntesis para rescatar el detalle justo que da cuenta del perfil de una persona (que destaca su miseria o su grandeza, aunque más a menudo su miseria). El segundo se relaciona con sus facultades como narrador oral. El tipo empieza a contar cualquier historia y se detiene el universo. No se trata sólo de la pasión con la que habla, sino de su punto de vista, es
decir, de las escenas que elige para armar su historia. Una maravilla.
Hace unos cuantos veranos, Pele estaba saliendo con una chica muy linda que no lo dejaba fumar. Trataba de cuidarlo: andaba (anda todavía) en dos atados y medio diarios. Sufría la abstinencia como un condenado. Entonces se fugaba: me pasaba a buscar con el auto, abríamos las ventanillas y el loco
se despachaba un cigarrillo detrás del otro. Mientras fumaba, me contaba cosas. Esa vez, se enganchó con un episodio que había vivido en una secundaria de Constitución. La cuestión era simple: había formado parte de un coro que al comienzo fue muy exitoso y que, después de un tiempo, por una
cuestión externa, pasó a ser la lacra de la institución. El protagónico se lo llevaba un rector venenoso, Scarsi de apellido, que se ocupó de humillar a los coreutas en general y al solista en particular, el entrañable negro Nieva. La estrategia de Scarsi me pareció tan siniestra y, además, con un peso simbólico tan fuerte en un país como el nuestro, que no pude olvidarla.
Cuando Pele terminó su relato, habíamos llegado a Chascomús. No podíamos creerlo.
Cuando me propuse escribir la historia de Nieva y sus compañeros, imaginé que podía agregarle tensión narrativa si la sacaba de Constitución. La acción transcurre en la ciudad de La Plata. El protagonista, Leandro Araujo, ya existía en otro cuento. Es un personaje que viene expulsado de Mar del Plata por desencuentros e indiscreciones y termina en el Hotel Toledo, que es una especie de hogar de sobrevivientes. Me pareció que el pasado remoto de Araujo, su adolescencia, tranquilamente podía guardar los hechos que Pele me contó. También me atrajo la idea de imaginar lo que el tiempo había hecho con Scarsi. Los que se encuentran en el Toledo son otras personas, dos hombres que se desconocen; sin embargo, hay vivencias que por determinantes jamás se olvidan.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/162842-52135-2011-02-22.html







Y el olor de la leche sueño juego comida*


Por la recuperación de todos los niños robados



Ellos, sucias manos al acecho.

Ellas sin antojos ni cursos
ni mamás ni compañeros

Ellos, el asco verde.
Parteros al revés.

Ellas, con los ojos vendados,
las muñecas atadas

Ellos descreadores de vida-
Criadores de gusanos.
Violadores del pacto
del cuerpo con la historia
Ellos, estrategas del odio.
intentan deshacerlas.
Abrir el mecanismo
Para saber como ellas,
con los ojos vendados,
las muñecas atadas

en la marea verdosa de ellos mismos,
parían y parían .

y el olor de la leche, sueño, juego, comida
y el otro verde fresco de los árboles.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar




Correo:


Señor Juez, el Trabajo ¿No es cultura y Medio Ambiente?*


A partir del 28 de Marzo pasado, por acción de la Justicia, se prohibió la navegación en toda forma de la Cuenca Riachuelo - Matanza. La grave contaminación y abandono y la demanda de una fuerte remediación fueron el fundamento de esa resolución.

Coincido plenamente en que hay que dar un punto final, barajar y dar de nuevo en la cuestión. El que tira veneno tiene que ser retirado de esa cuenca y correspondientemente sancionado. Seguro que sí. Tal los basurales municipales que hay en varios arroyos o los puntos en que los pícaros vacían cisternas de "retiro de residuos peligrosos" (Tal como se habla del tema en los ámbitos comunes de la Sociedad local).

Pero me preocupa muy mucho que los fundamentos y decisiones de la medida pudieran ser copiados por las autoridades del Rhin, el Danuvio, el Mississippi, el Támesis, el Volga, el Danubio o tantos otros, pues el transporte intermodal y multimodal de Europa y Estados Unidos se vería seriamente afectado haciendo zozobrar millones de puestos de trabajo en sus respectivas cuencas.

Es obvio que no se les ocurriría tamaña medida.

Recordemos que el Plan Larkin (1961), y su epílogo fluvial por Martínez de Hoz en la Dictadura, llevaron al remate por chatarra de la Flota Fluvial del Estado y, casi hasta hoy, la desaparición de miles de pequeñas y algunas grandes empresas de navegación por los ríos Uruguay y Paraná (recién comienzan a recuperar el balizamiento y dragado del Barranqueras, por ejemplo).

El Juez cita "Dentro de éste marco, el patrimonio cultural de la Cuenca Hídrica Matanza-Riachuelo se encuentra constituído por aquellos bienes producidos por la sociedad, cuyo valor se asigna en función de la importancia en la conformación de su historia, su carácter y sus hábitos (integrados por el patrimonio tangible e intangible).".

Pero no menciona al trabajo como la base de la existencia de todas esas realidades geográficas (entendamos bien aquí, a la Geografía como la porción de la asuperficie terrestre en la que el Hombre ha intervenido).

Lo bueno y lo malo de la cuenca Matanza - Riachuelo es fruto de la actividad humana y eso y solo eso es lo que engendra la Cultura de ese espacio.

Recuperar lo natural, difícil tarea, por supuesto que debe ser un objetivo básico, pero reemplazar la actividad del trabajo industrial, comercial, logístico, de transporte fluvial (potencial), por el trabajo de servidumbre doméstica que, apenas generan, los "puerto madero" en las intervenciones espaciales, significa una trasculturación más que la preservación de la Cultura. La Cultura no es la vista simpática de los restos de lo que fue, como una Pompeya después de la erupción, sino que la Cultura, del Trabajo en particular, es el Trabajo Real en sí mismo. Su propia existencia, recreación y continuidad en vez de la simple foto de lo que fue.

El Riachuelo, resueltos los vectores de contaminación y rescatados o recreados todos los intersticios naturales posibles, es el Monumento a la Cultura del Trabajo, mientras que la más hermosa barraca industrial tornada en plácido espacio de vivienda de lujo, es incomparable en cuanto a exaltación de la labor del hombre, frente a una gran fábrica o miles de pymes discurriendo heterogéneos espacios urbanos adecuados en calidad y repletos de trabajadores felices y niños aprendiendo la única forma que el Hombre conoce para ganarse el Buen Pan: El Trabajo Digno.

Entre un Riachuelo con hermosas construcciones, ficción de la imagen anterior, con bosques artificiales cubiertos dentro de inmensos shoppings, y el desafío de pequeños bosques naturales, con parques ABIERTOS donde jueguen los niños a la pelota o lo que quieran mientras los adolescentes se besan descaradamente a la sombra de las paredes de industrias Pymes que proveen de Buen Trabajo a todos sus mayores, no quepa duda que me quedo con esa realidad.

Realidad en la que el Riachuelo pueda transportar barcazas de frutos de la tierra y de las industrias hasta el Mercado Central y el Alto Paraná o concordia.


Marzo 30 de 2011
*Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
-Ingeniero White - Buenos Aires



*


Inventren Próxima estación: HORTENSIA



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MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

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Monday, March 28, 2011

ESE ENLACE DE MOMENTOS BRILLANTES Y OPACOS...




-Ilustración: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba




Habanecer*



Portazos, cazuelas, la radio que no cesa,
Una oración a un dios que vive tras las puertas.
Añoranza de ti, ausencia…
El vendaval que lleva a Oz no llega.
Música de mi barrio, trinos, azucenas,
Por causa de la luz, no veo caer una estrella.





Si somos la materia creada en el Big Bang,
¿Desde cuándo nos sabemos de memoria?





La única magia cierta es la que inventan los niños
Con piedras, agua, una rama y flores secas.





Alguien pasa volando y se apodera de mi sombra.
Soñé, de nuevo, con el ángel que me abraza,
Cuyo rostro, familiar, no veo.
¿Es aquel que me espera tras la luz?
(¿Será que no deseo reconocerte?)





Hemos asesinado La Vida, triste paradoja.
Peter Pan no entiende y vuela inconsolable,
De ventana en ventana,
Buscando historias.





Fui destinada
A vivir en el nido del cuco.
Ningún lugar me pertenece.





*Micropoemas de Marié Rojas.
-La Habana. Cuba.











Un momento feliz*


Uma llega a casa el día de su cumpleaños. Su cabeza es una fiesta de trencitas y cintas de distintos colores. Hay una femenina disposición a la belleza. No es natural pienso, nadie es hermoso sin una mirada que lo señale. Es un lazo en movimiento y esa alegría de festejar la propia vida. que la dispone. Se celebra una historia, esa rara escena de ser el mismo y distinto. ¿qué tenemos en común con el bebé, el niño, las distintas etapas de la vida. ¿Se festejará el hilo que enlaza?. Ella contenta, hace música con un instrumento que le regalaron. Me muestra su vestido, lee un cuento con pocas palabras y muchas imágenes, ese libro lo lee. Antes había dicho que no sabía leer pero sabe. Lee en mis ojos que está encantadora. Lee cosas que entiende y que no, en los tonos de voz. Lo que no se comprende es un misterio a desarrollar, abierto, un largo cuento.
Uma habla como si no cerrara los sentidos, dice algo de la vida.
La vida, ese enlace de momentos brillantes y opacos: La vida esa sorpresa como cuando esta tarde ella del otro lado de la puerta me mostraba sus 5 años rutilantes de recién estrenados.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar








REGRESO DE MI ARCO IRIS*



"Si las lágrimas
se tornan arco iris,
¿valdría la pena haber llorado?"
Marié Rojas Tamayo




Tuve miedo
y cerré mis diques.
Mis ojos secos
veían fantasmas.
El lago interno
amenazó desbordes
y me urgió
a que abriera mis ventanas.
En mi delirio
cumplí la exigencia
y dos ríos lavaron
mis párpados ciegos.
Ya libres al viento
encendieron luces
y como arco iris
elevaron vuelo.



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






Empantanado*




En 1984, seguramente en apuros, Gabriel García Márquez publicó un artículo en el que se preguntaba cómo se escribe una novela. Su testimonio dejaba entrever un trasfondo de angustia: no hay escritor -al menos de cuantos se tenga noticia- que no se haya encontrado alguna vez con la temible sospecha
de que ha perdido el don de la palabra.
Mientras escribía las primeras páginas de A sus plantas rendido un león, me hice mil veces la misma pregunta: ¿Cómo demonios se hace para escribir algo que merezca llamarse literatura?
Los pánicos revelados por García Márquez me daban vueltas en la cabeza.
Entonces me di cuenta de que en mi desasosiego yo estaba haciendo lo mismo que hacen todos los escritores ( aunque uno cree ser el único y se avergüenza ) cuando la novela -o simplemente una idea- se empantana: correr a la biblioteca y buscar el auxilio del libro más amado. El escritor impotente saca, por ejemplo, Tifón, de Conrad, y empieza a recorrer al azar las páginas del capitán MacWhirr. Pero, claro, Conrad fue marino y ha vivido todo lo que cuenta. No sirve como modelo. Entonces uno toma a Simenon, La escalera de hierro, sin ir más lejos, y al cabo de unos pocos capítulos se da cuenta de que no pasa gran cosa, de que la historia fluye y se acumula como la arena de los relojes. El personaje es un pobre tipo, seguramente uno de los más estupendos pobres tipos descritos en este siglo, pero tampoco eso es lo que uno está intentando hacer.
A ver, probemos con uno nuestro, Julio Cortázar, Rayuela, o más simplemente, Final de juego. No, nada que hacer: el hombre tiene una música propia, intransferible, tan mezcla de jazz y de tango que uno se queda atrapado en el relato y olvida su propia novela trunca. No hay caso. No hay libro ajeno que sirva.
Entonces el escritor vacío va y prueba con los libros propios, si es que ya tiene alguno.
Peor todavía. Cada vez que uno repasa algo ya publicado se tropieza con la dificultad de reconocer que alguna vez fue mejor, o bien de que nunca fue lo suficientemente bueno como para que valga la pena seguir adelante.
Conozco muchos escritores -en realidad la mayoría- que trabajan con un plan previo. Manuel Puig me contó un día que nunca se sentaba a escribir hasta que no sabía lo que iba a ocurrir en la novela paso a paso, capítulo a capítulo, con un comienzo y un final insustituibles. Otros toman apuntes. En servilletas de papel, en blocks que esconden en los bolsillos del saco, al dorso de la última carta de la amante, o sobre un rollo de papel higiénico.
En general, me dice Antonio Dal Masetto, los apuntes sirven. Como yo estaba impresionado por la precisión del montaje de Siempre es difícil volver a casa, le pregunté cómo había trabajado para lograrlo.
Fue así: una noche se sentó a la mesa con una damajuana de vino y una caja de zapatós vacía. Sacó o copió todos los apuntes que había juntado en los fondos de los bolsillos, en los bordes de las sábanas y hasta en las paredes del departamento y dispuso cuatro pilas, como si fueran naipes. En una puso
todos los apuntes que, se le ocurría, cabrían al personaje A; en otra los del B, en la siguiente los del C y en la última los del D. Planchó pacientemente los papeles con el dorso de la mano, los enrolló como un
matambre y ató cada uno con un trozo de piolín. Después los metió en la caja de zapatos y la guardó en un armario hasta que le vinieran ganas de escribir. El día que la pereza lo abandonó, metió la mano en la caja y empezó a sacar los rollos al azar. Personaje que salía, personaje que entraba en acción. "Es un método como cualquier otro", me dijo al final y sacó del bolsillo los arrugados apuntes que está juntando para su próximo libro.
Scott Fitzgerald, en cambio, era un hombre meticuloso y la prueba está en el apéndice de El último magnate. Como Raymond Chandler, el gran Scott reescribía cada capítulo hasta el hartazgo y supongo que ésa fue una de las causas para que los dos se dieran a la bebida con tanto fervor.
En cambio, Erskine Caldwell, a quien me acerqué en París para agradecerle algunos de mis mejores momentos de soledad, era bastante desprolijo y los más inolvidables momentos de El camino del tabaco se deben al fino olfato con el que captaba el idioma y los gestos de los granjeros del sur.
De joven, Scott Fitzgerald despreciaba lo que Caldwell hacía, pero terminó admirándolo. Lo cierto es que el autor de La chacrita de Dios nunca tuvo problemas para sentarse a trabajar y allí quedan más de cincuenta libros -de lo mejor a lo peor- que lo prueban.
Quien resultó un verdadero caso de empantanamiento fue Samuel Dashiell Hammett. Ya en 1931 tuvo que encerrarse en el hotel que regenteaba Nathanael West para poder entregar a tiempo El hombre flaco, que le habían pagado por anticipado. Después se empacó como una mula y en treinta años sólo
consiguió escribir una docena de páginas.
Yo no sé si a Juan Rulfo le pasó algo similar. Escribió un libro de cuentos, El llano en llamas, y una novela, Pedro Páramo, que son obras maestras. Luego, durante tres décadas guardó silencio. En un bar de Berlín, hacia 1980, Rulfo me dijo que estaba escribiendo algunos cuentos. Pero muchos sospechábamos que se burlaba de nosotros y sobre todo de Octavio Paz, su blanco preferido.
Rulfo no creaba expectativas sobre obras futuras y esto fue aprovechado por los editores que se hacían un deber en no pagarle sus derechos de autor. Yo le propuse en otro bar, el Suárez de Buenos Aires, que hiciéramos circular la voz de que estaba terminando una novela. Automáticamente, sus editores del mundo entero correrían a pagarle los derechos atrasados para tener alguna posibilidad de publicar la nueva novela que, sin duda, sería un acontecimiento para las letras del continente. Sin embargo, Juan Rulfo sólo parecía preocupado, ese día, por comprar toneladas de aspirinas fabricadas en la Argentina, porque, me decía, las de México son malas y escasas.
Creo que he leído Pedro Páramo veinte veces y mi admiración por Rulfo no tiene límites. Sé que él gustaba de mis novelas, pero cada vez que me pongo a escribir pienso que si Rulfo había dejado de hacerlo debía ser porque creía que no valía la pena. Y si pensaba eso, ¿qué diablos hago yo frente a
la máquina de escribir?
Más tarde, sentado frente a doscientas páginas llenas de ruidosos guerrilleros que parecían ir al fracaso, ante un cónsul argentino que la cancillería olvidó en un lugar perdido del África, me preguntaba cada día qué hacer ahora, de qué manera seguir mañana, cómo terminaría esa historia que escribía a ciegas llevado de la mano de un puñado de personajes que parecían divertirse como si vivieran por su cuenta.
Tarde o temprano, a casi todos los escritores nos persigue el síndrome de Dashiell Hammett. Salvo que no se tenga el menor sentido autocrítico y uno decida que todo lo escrito bien escrito está, van a parar a la basura decenas o cientos de páginas que uno sabe irrescatables aun para los amigos más fieles. Y con cada página se va un pedazo de corazón. No porque la literatura esté perdiendo algo: simplemente porque para escribir cualquier cosa que tenga algún sentido hay que encorvar la espalda y entabacarse,
y vomitar el café recalentado de la madrugada. Y cada vez que algo va al cesto de los papeles y uno puso en la máquina otra página en blanco con la esperanza de que el ángel iluminador pase ante sus ojos, vuelve a aparecer el fantasma de Dashiell Hammett.
Por supuesto, hay escritores que no se empantanan jamás. Son, casi siempre, los más prolíficos y vanidosos. No hay en ellos la menor duda sobre las bondades de lo que acaban de enviar a su editor. Conozco a varios. En general, le entregan a uno el original de una novela (o de un cuento, o de un poema), con un gesto severo y esta frase en los labios: "Estoy seguro de que te va a gustar."
Sin embargo, mi breve experiencia de novelista me dice que no hay manera de convencer a todo el mundo de que lo que uno hace está destinado a la posteridad.
Cuando le envié Triste, solitario y final a Julio Cortázar, recibí una de las más bellas cartas de elogio que he tenido en mi vida. Al mismo tiempo la leyó Juan Carlos Onetti, quien me la devolvió con el gesto adusto que siempre llevaba puesto y mientras viajábamos en un ascensor, me comentó, despectivo: "Esa cosa va a andar muy bien en Estados Unidos."
Onetti fue uno de los más grandes escritores de este continente y una de las personas menos sociables del oficio. En 1979, en Barcelona, presentó esa obra cumbre que es Dejemos hablar al viento. El salón estaba colmado de público que asistía a una mesa redonda para oír hablar al maestro. Era hora de salir a hacer cada uno un discurso sobre ya no recuerdo qué tema, cuando nos informaron que estaba prohibido fumar en la sala. Allí nomás, Onetti se plantó. Sin un cigarrillo en los labios él no podía hablar. Como a mí me sucedía algo similar, apoyé su rebeldía y estuvimos media hora negociando en vano mientras la gente batía palmas para recordarnos que estaban allí.
El bombero de la sala, como buen catalán, no quiso dar el brazo a torcer y entonces yo disimulé un cenicero entre el saco y la camisa y le avisé a Onetti -que se había atrincherado en un rincón- que bien podíamos desafiar a la fuerza pública. El asunto lo entusiasmó y cuando apareció en la sala la
gente lo aplaudió tanto que encendimos diez cigarrillos cada uno sin que el bombero pudiera impedirlo. Lo que más turbaba al catalán era que alguien hubiera colocado un cenicero sobre la mesa y con ello legitimara nuestra transgresión. Desde entonces, Onetti aceptaba tomar el teléfono cuando lo llamaba, una vez por año, o cuando estaba de paso por Madrid. A veces pienso que hasta me tenía alguna simpatía porque habíamos bebido juntos y compartimos el amor por Chandler y por los diluidos suburbios de
Montevideo y Buenos Aires.
Pues bien, Juan Carlos Onetti era de esos escritores que se empacan pero insisten. En aquel 1979 me dijo que estaba escribiendo una novela de cien capítulos cortos y que nunca el trabajo le había salido tan rápido y tan bueno; sin embargo, esa novela se quedó empantanada en alguna parte y Onetti la cambió por Cuando entonces, esa maravilla. Como él tenía una envidiable capacidad para matar personajes y resucitarlos cuando se le da la gana, no hay manera de tomarlo como modelo. Igual que a Borges, sólo se puede admirarlo, nunca usarlo de referencia.
Jorge Musto, otro uruguayo, me reprochó por carta que yo, como jurado, no hubiera votado por su novela en un concurso que ganó en La Habana en 1977.
Luego trabamos relación y me contó su manera de escribir: Musto nunca pasa a otra página antes de haber dejado terminada, impecable, la que está escribiendo. Si comete un error de máquina tira el papel y vuelve a empezar.
Entonces entendí por qué su novela no me había invitado a premiarla. Tengo para mí que la escritura tiene un ritmo y una respiración que sólo se sostienen cuando el autor se desliza por ella como por sobre una correntada.
Es imposible detenerse a contemplar el río sin que a uno se lo lleve el agua. Hay que nadar sin pausa y corregir la dirección a medida que se dan brazadas. Por supuesto, hay que ir hacia la costa sin perder el estilo: "Deben pelearse los personajes, no las palabras", ha dicho García Márquez y tiene razón.
Ese maravilloso mecanismo de relojería que es Crónica de una muerte anunciada fue escrito a una página por día, sudando, metiéndose en la piel de Santiago Nasar y en los odios de sus asesinos. Es posible que el "mierda", al final de El coronel no tiene quien le escriba, haya demandado años de maduración.
Lo cierto es que cuando García Márquez se quedó empantanado, me di un susto mayúsculo y me gustó leer aquel artículo en el que pedía auxilio cuando él sabía, como sabemos todos, que no hay Dios ni poderoso señor sobre la tierra capaz de sacarlo a uno de semejante atolladero.
Es frecuente, también, que el escritor se sienta acabado después de cada libro. Le pasaba a Scott y creo que le pasaba a Italo Calvino como también me pasa a mí.
Cuando lo conocí, Calvino acababa de terminar Si una noche de invierno un viajero, y aún no sabía que había hecho un libro magistral. Recuerdo que me animé a preguntarle si estaba conforme con la novela, e hizo un gesto de duda sincera. Como Calvino era de poco hablar y yo tenía veneración por él, siempre que lo visitaba me guardaba las preguntas que hubiera querido hacerle. Me pasa lo mismo con casi toda la gente que hace lo que yo soy incapaz de hacer. Creo que con Juan Gelman he hablado muy poco de
poesía porque me intimidaba su talento. Lo mismo me ha ocurrido con Bioy Casares.
Con Giovanni Arpino hemos visto fútbol y hemos tomado copas sin mencionar su novela La monja joven. Cuando me animé a decirle al brasileño Joao Ubaldo Ribeiro todo el placer que me había dado leer Sargento Getulio me contestó que en Brasil hay otro escritor joven mejor que él y que se llama Mario
Souza, el autor de Mad María.
Los brasileños son un capítulo aparte. Se quieren mucho entre ellos y eso los distingue del resto de los mortales, pero sobre todo de los argentinos.
Cuando conocí a Souza, me dijo que Ribeiro es el mejor de todos ellos y hasta Jorge Amado y Nélida Piñón proclaman que lo suyo es tan bueno como lo que hacía Guimaraes Rosa. Tengo para mí que los brasileños no se empantanan nunca. Porque de eso se trataba al principio, de los escritores que alguna vez nos hemos quedado mirando por la ventana esperando a que Dios provea. En mi caso son siempre los gatos quienes me traen las buenas noticias. Es una constante y una certeza en mi vida y algún día escribiré sobre ellos.
Así como Triste, solitario y final existe gracias a un gato, otro -blanco y negro- llegó ese año a sacarme del apuro cuando no sabía dónde ir con el cónsul que Pasquini Durán me había revelado en una charla de madrugada.
El verano de 1985, mientras estaba en aprietos, dejaba a cada rato la máquina para ir a darle de comer a la araña que vive en el resquicio de la puerta de mi escritorio. Eso me distraía de mi empantanamiento y me gustaba verla salir a buscar su alimento deslizándose sobre la transparente tela que rodea su cueva. A cada momento me decía que iba a aplastarla, pero algo, una burda superstición, me detenía.
Luego, en pleno invierno, salía a pasear por el marco de la puerta, satisfecha porque le sobraba comida para llegar a la primavera. En ese momento, yo estaba escribiendo la página doscientos de mi historia y ya me llevaba bien con los personajes. Entonces les avisé a los gatos que esa araña no se tocaba, porque tenía que acompañarme en ese cuarto hasta que la novela estuviera terminada y le encontráramos un buen título.




*de Osvaldo Soriano.
-Texto incluido en "Piratas, fantasmas y dinosaurios" Editorial Norma. Bs As. 1996.








Epifanía*


Puede ser que la lluvia vista con diamantes una tela de araña
que la planta cubra su verde desnudo y
destelle como poblada de astros.

Es posible que mi ojo la vea

y acaso me olvide de la muerte

por un rato.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






La página en blanco*


Una sábana inmaculada en un viejo convento europeo esconde una historia que sólo el lector podrá escribir


*Por Isak Dinesen


Junto a la puerta de entrada a la antigua ciudad solía sentarse una anciana de piel color café, cubierta con un velo negro, que se ganaba el pan contando historias.
Decía la mujer:
-¿Queréis un cuento, señora gentil, caballero? He contado muchas, muchas historias, mil y una más, desde los tiempos en que dejaba que los muchachos me contasen a mí el cuento de la rosa roja, los dos suaves capullos de azucena y las cuatro serpientes sedosas, cimbreantes y mortalmente enlazadas. Fue la madre de mi madre, la bailarina de ojos negros a quien tantos poseyeron, la que hacia el fin de su vida, arrugada como una manzana de invierno y escondida detrás del piadoso velo, me enseñó el arte de
relatar historias. La madre de su madre se lo había enseñado a ella, y ambas eran mejores narradoras que yo. Pero esto ahora no tiene importancia, porque, para la gente, ellas y yo somos la misma persona y me tratan con gran respeto, puesto que vengo contando historias desde hace doscientos años.
Después, si se le ha pagado bien y está de buen humor, seguirá diciendo:
-La de mi abuela -decía- fue una escuela bien dura.
»-Sé fiel a la historia -me decía la vieja bruja-. Sé eterna e inquebrantablemente fiel a la historia.
»-¿Por qué, abuela? -preguntaba yo.
»-¿He de darte razones, desvergonzada? -gritaba ella-. ¿Y tú quieres ser cuentista? ¿Tú vas a ser cuentista y yo he de darte razones? Pues bien, escucha: cuando el narrador es fiel, eterna e inquebrantablemente fiel a la historia, al final es el silencio quien habla. Cuando la historia ha sido
traicionada, el silencio no es más que vacío. Pero nosotros, los fieles, cuando hemos dicho nuestra última palabra oímos la voz del silencio. Lo entienda o no una mocosa impertinente.
»¿Quién es -prosigue la mujer- el que relata un cuento mejor que todas nosotras? El silencio. ¿Y dónde se lee una historia más profunda que en la página mejor impresa del libro más valioso? En la página en blanco. Cuando la pluma más finamente cortada, en su momento de mayor inspiración, ha escrito su cuento con la más preciada tinta, ¿dónde podrá leerse un cuento aún más profundo, dulce, alegre y cruel?: en la página en blanco.
La vieja arpía calla un momento, suelta una risita y mastica algo en su desdentada boca.
-Nosotras -dice finalmente-, las viejas que contamos historias, sabemos la historia de la página en blanco. Pero no nos gusta contarla, porque entre los no iniciados podría mermar algo nuestra fama. Aun así, voy a hacer una excepción con vosotros, dama hermosa y gentil y caballero de generoso corazón. A vosotros os la contaré.
»En las altas y azules montañas de Portugal existe un viejo convento de monjas de la Orden Carmelitana, que es una orden ilustre y austera. En tiempos pasados el convento fue rico, las monjas eran todas nobles señoras, y se producían incluso milagros. Pero con el correr de los siglos las damas de alto linaje fueron perdiendo la afición al ayuno y la plegaria, las ricas dotes dejaron de fluir a las arcas del convento y hoy apenas quedan unas pocas hermanas humildes y pobres que viven en una sola ala del vasto y decaído edificio, que parece querer fundirse con la roca gris que lo rodea.
Sin embargo, la comunidad es aún viva y alegre. Sus devociones son fuente de gozo inextinguible, y las hermanitas se dedican alegremente a la tarea que hace muchos, muchos años, deparó al convento un único y singular privilegio: cultivar el mejor lino de Portugal, con el que fabrican la tela más fina del país.
»El vasto campo frente al convento se ara con bueyes blancos como la leche, de manso mirar, y la semilla es sembrada hábilmente por virginales manos endurecidas en la labor, con las uñas llenas de tierra. En la estación en que florece el lino, el valle entero se tiñe de un color azul de aire, el mismo color del delantal que llevaba puesto la Sagrada Virgen para ir a coger huevos al gallinero de Santa Ana cuando el Arcángel San Gabriel, con su aleteo poderoso, descendió hasta el umbral de la casa y en lo alto, muy
en lo alto, una paloma, con las plumas del collar enhiestas y las alas vibrando, se recortaba en el cielo como una pequeña estrella plateada.
Durante ese mes los aldeanos de muchas millas a la redonda alzan los ojos hacia el campo de lino y se preguntan: "¿Ha subido el convento al cielo? ¿O han logrado las hermanitas que el cielo baje hasta ellas?".
»Cuando llega la estación, el lino se recolecta, se agrama y se rastrilla; después la fibra delicada se hila, el hilo se teje y, por último, la tela se extiende sobre la hierba para que se blanquee, y se lava una y otra vez hasta que parece que haya nevado en torno a los muros del convento. Toda esta labor se lleva a cabo piadosamente y con precisión, y con ciertas aspersiones y letanías que son un secreto del convento. A ello se debe que el lino, que se carga a lomos de pequeños asnos grises y, pasada la puerta de las monjas, desciende y desciende hasta llegar a la ciudad, sea blanco como una flor, liso y suave como era mi pie cuando, a los catorce años, lo lavaba en el arroyo para ir al baile de la aldea.
La diligencia, queridos señores, es buena cosa, y la religión también, pero el germen último de la historia procede de algún lugar místico ajeno a la historia misma. Así, la virtud del lino del Convento Velho le viene del hecho de que la primera semilla fue traída por un cruzado de la propia Tierra Santa.
»En la Biblia, las gentes que saben leer pueden aprender cosas sobre las tierras de Lachis y Maresa, donde crece el lino. Yo no sé leer, y nunca he visto este libro del que tanto se habla. Pero la abuela de mi abuela, cuando era niña, fue la favorita de un viejo rabino, y sus enseñanzas se han guardado en la familia y se han transmitido de generación en generación.
Así, en el libro de Josué podéis leer que Axa, hija de Caleb, se apeó del asno y gritó a su padre: "¡Dame bendición! ¡Pues que me has dado tierra de secadal, dame también fuentes de agua!". Y él le dio entonces las fuentes de arriba y las de abajo. Y en los campos de Lachis y Maresa vivieron, más tarde, las familias que tejían el lino más fino de todos. Nuestro cruzado portugués, que descendía de una familia de grandes tejedores de lino de Tomar, cabalgando por esos mismos campos quedó impresionado por la finura de las plantas de lino, y se ató un saco de semillas al pomo de su silla de montar.
»Así se originó el primer privilegio del convento, que era el de suministrar las sábanas de matrimonio para las jóvenes princesas de la Casa Real.
»He de deciros, queridos señores, que en el país de Portugal las viejas y nobles familias observan una costumbre venerable. A la mañana siguiente a los esponsales de una hija de la casa, y antes de que se entreguen los regalos de boda, el chambelán o el gran senescal cuelgan de un balcón del palacio la sábana de la noche de bodas y proclaman solemnemente: "Virginem eam tenemus" . "Declaro que era virgen." Esta sábana no se lava ni se utiliza nunca más.
»Nadie observaba esta costumbre venerable más estrictamente que la Casa Real, en la que ha persistido casi hasta nuestros días.
»Desde hace muchos siglos también, y como señal de gratitud por la excelente calidad de su lino, el convento de los montes ha gozado de un segundo privilegio: el de recibir de vuelta el fragmento central de la sábana blanca como la nieve, que lleva el testimonio del honor de la desposada real.
»En el ala principal del convento, desde la que se divisa un inmenso panorama de colinas y valles, hay una extensa galería de suelo de mármol blanco y negro. De los muros de la galería cuelga una larga hilera de
pesados marcos dorados, rematados cada uno de ellos por una cartela de oro puro en la que figura inscrito el nombre de una princesa: Donna Christina, Donna Ines, Donna Jacintha Leonora, Donna Maria. Cada uno de estos marcos encierra un retal cuadrado de una sábana real de boda.
»En las manchas borrosas de las telas una persona de cierta imaginación y sensibilidad podría reconocer todos los signos del Zodíaco: la Balanza, el Escorpión, el León, los Gemelos. O discernir imágenes de su propio mundo de ideas: una rosa, un corazón, una espada, o acaso un corazón atravesado por una espada.
»En los viejos tiempos podía verse en ocasiones una larga, majestuosa y colorida procesión que avanzaba por el paisaje de rocas grises en dirección al convento. Princesas de Portugal, que ahora eran reinas o reinas-madres de otros países, archiduquesas o grandes electoras con sus espléndidos séquitos llevaban a cabo un peregrinaje de naturaleza a la vez sagrada y secretamente jubilosa. Pasado el campo de lino la ruta se hace empinada; la dama real tenía que bajar de su carroza para recorrer la última parte del camino en un palanquín regalado al convento precisamente con esta finalidad.
»Después, y aún en nuestros días, ocurre a veces, como puede ocurrir cuando se quema una hoja de papel, que después de que todas las chispas han corrido por el borde del papel para ir a morir a un extremo surge una última chispa, pequeña y reluciente, que va corriendo detrás de las otras, que una solterona muy anciana, de alto linaje, emprenda la ruta hacia el Convento Velho. Hace muchos años fue la compañera de juegos, amiga y doncella de honor de una joven princesa de Portugal. En el camino al convento, va contemplando el panorama que se extiende a sus pies. Llegada al edificio, una monja la conduce hasta la galería, frente al marco que lleva el nombre de la princesa a la que sirvió un día, y se despide de ella, comprendiendo que quiere quedarse sola.
»Lenta, muy lentamente, una procesión de recuerdos desfila por la pequeña, venerable y cadavérica cabeza bajo la mantilla de negro encaje, que se inclina en señal de reconocimiento. La leal amiga y confidente recuerda la vida de casada de la joven princesa con el consorte real elegido. Revive los
momentos alegres y los tristes, coronaciones y jubileos, intrigas cortesanas y guerras, el nacimiento del heredero del trono, los matrimonios de los príncipes y princesas de las nuevas generaciones, el orto y el ocaso de las dinastías. La vieja dama recuerda las profecías a que dieron lugar las manchas de la sábana: ahora puede comparar la realidad con la profecía, con una leve sonrisa y un ligero suspiro. Cada pedazo de tela con el nombre inscrito en el marco que lo encierra tiene una historia que contar, y todos han sido puestos allí por fidelidad a la historia.
»Pero en medio de la larga hilera hay una tela que no es igual que las otras. Su marco es tan hermoso y pesado como los demás, y ostenta con el mismo orgullo la placa dorada con la corona real. Pero en la cartela no hay ningún nombre inscrito, y la sábana enmarcada es de lino blanco como la nieve de una esquina a la otra: una página en blanco.
»¡Os ruego, buenas gentes que venís a escuchar historias! ¡Mirad esta página, y reconoced la sabiduría de mi abuela y de todas las mujeres que narran historias!
»Porque, ¡qué lealtad eterna e inquebrantable ha hecho colgar este pedazo de tela junto a los otros! Ante él, las narradoras de cuentos hemos de cubrirnos con el velo y guardar silencio. Porque si el padre y la madre reales que un día ordenaron que se enmarcase y colgase ese retal no hubieran conservado en su sangre una tradición de lealtad, quizá no habrían dado la orden.
»Es frente a este pedazo de puro lino blanco donde las viejas princesas de Portugal, reinas, viudas y madres con experiencia de la vida, con sentido del deber y con una larga historia de sufrimientos, y sus viejas y nobles compañeras de juegos, doncellas y damas de honor, permanecen de pie más tiempo.
»Y es frente a la página en blanco donde las monjas jóvenes y viejas, y la propia madre abadesa quedan sumidas en la más profunda reflexión.


*Fuente: http://www.lanacion.com.ar/1359865-la-pagina-en-blanco







Niña Luz niña oscuridad*




Los tambores te estallan en el alma
Junto a tu rabia de pájaro soñador
Todo en tu silencio se escucha

...Hermosas cadenas que atan
A tu cordura la locura de tu fervor

Ambas están en vos luz y oscuridad
En bella armonía
Portadora de susurros
De esperanza.


*De Adrian Retamoso
poeta santafecino.

-Enviado para compartir por Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar






Correo:



EL DERECHO DE LOS HÉROES*

Quizá, primero que nada, debería definir al adjetivo (Por lo menos para la razón de estas líneas). Héroe: individuo que hace algo que beneficia o le cae bien a la Sociedad. Por caso, estos héroes de hoy en día, tienen que ver más con "la Gente" que con "el Pueblo" ó "el Público".

Hace mucho, pero mucho tiempo, un mayor me dijo que los combatientes de las revoluciones nunca deben ser quienes conduzcan los gobiernos en el triunfo. Me tocó en propia persona aprender sobre la certeza de esa aseveración.

Suelen decir "pero Don Manolo hace tanto tiempo que es el Presidente del Club, que quién lo va a reemplazar?"; "...pero él es el único que sabe de ese tema, elr esto de los directivos dependemos de él..."; "...pero él luchó tanto porque hiciéramos esta institución..."; "...es que ella siempre condujo este movimiento..."; "...pero es que hace algunas cosas muy buenas, de lo otro no le podemos decir nada...".

Y así, el Presidente de un club de barrio lleva 30 años en la Presidencia y unos 20 en la Cooperadora de una escuela en la que no tiene ni hijos ni nietos. Así el Director de una Institución se lleva puestos empleados, proveedores y negociados; o el Político es el único con privilegios para seguir siendo jefe o candidato a cualquier cosa.

Hay dirigentes sociales que, desde que asumieron la conducción de su institución, vieron jubilarse a más de uno de los que ellos mismos pusieron como cadete cuando era adolescente el mismo.

Al mejor de esos héroes, tornado gobernante de una institución o lugar del Estado, se le van pegando aduladores. Personas que, con el tiempo, aseguran su lugar sosteniendo al Héroe. Esos mismos aduladores, suelen decirle al oído "vos quedate, nosotros hacemos. Despreocupate" o, peor ahún, "nosotros te sostenemos, vos hacé lo que decimos".

Del Héroe ideal en la conducción formal, al tirano o monigote, hay un solo paso. Más, cuando el período de su gestión pasa los 4 o 6 años. De allí en más, héroe con derechos hereditarios: sus hijos nacen, crecen y se crían como principes. Sea en el Club del Barrio o en la cumbre del Poder Político en la Sociedad.

Hoy lo aprendí: Las gestiones sociales, en cuanto a cargos formales de conducción, no deben superar los 4 a 6 años de gestión, sea funcionario designado o electivo, sea en una institución de barrio o en el gobierno y la relación genética debe ser más una prohibición que el derecho que culturalmente se arrogan hijos y parientes.

El único Derecho de los Héroes debe ser el portar la mochila de sus actos y, si no se transforma en un Gerontes Mediocre, su narcisismo podrá transformarse en docencia para enseñar a los que vienen, mas no para conducirlos.


Marzo 28 de 2011 -


*Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
-Ingeniero White - Buenos Aires




*


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Friday, March 25, 2011

SERÉ ESE GRANO DE ARENA...




-Ilustración: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba




*


(Los Dioses)
Quieren de nosotros
Una perfección que no tuvieron.





¿Qué pasará
Si me niego a la resurrección?





Si las lágrimas
Se tornan arco iris…
¿Valdrá la pena haber llorado?





Tengo mariposas en las manos:
Soy luz nocturna,
Soy árbol seco, soy
La única flor en medio del invierno






A JL


El rojo del cristal en mis manos.
Pálidos cráneos de piedra,
Rojas catedrales,
Roja sangre, roja
El agua bendita, rojo sol.






Donde había luz
Solo vio manchas






He muerto demasiadas veces.
¡Déjenme ahora
Dormir sin sueños!






Al Alquimista


Bienaventurado sea
El que escuche la música
Que no me ha sido destinada.
Bienaventurada
Quien bese tus labios
Cuando yo retorne a ser un Eco.






A Borges



Soñé que alguien me soñaba.
Soñé que mi soñador moría.
¿Cómo pude despertar?
¿Cómo sé que estoy despierta?






En la carretera
Un hombre muerto.
¿A dónde fue a parar
Su alma?






Tu aroma en mi almohada
Me hace cuestionar al Infinito.






Eran realmente dos frutos:
El del mal,
El de la ciencia del bien.
Nadie sabe cuál tomó Eva.
(Se desconoce el paradero del otro).






Seré ese grano de arena
Que viajará a transformarse en perla.






*Micropoemas de Marié Rojas.
-La Habana. Cuba.









EL CORAZÓN MULTIPLICADO*



Vuelve a escucharlo. La secuencia rítmica es ésta: un golpe seguido de otro golpe igual.
Uno = uno + dos = dos. La duración de cada toque es la misma salvo que el segundo suena un tanto más apagado, sordo, que el primero, como si al final hubiera una alfombrita de goma para amortiguar el topazo.
El profesor baja la manga de su pulóver -que había recogido para controlar la cantidad de pulsaciones por minuto- porque avista la llegada del colectivo. La duplicidad de los latidos de su corazón (aunque, en realidad, debería decir "cuadruplicidad") consiste en que cada diástole y cada sístole suenan por duplicado. He dicho bien: cada diástole y cada sístole suenan por duplicado. No es un eco, un efecto especular del sonido. Es cada sonido por partida doble. Doble sístole, doble diástole. Como si hubiera un corazón gemelo del suyo.
La pereza de la memoria del profesor de literatura se niega a recuperar el instante (ahora nebuloso) en que el prodigio cardíaco comenzó a suceder. Sea por contagio epidémico del alumnado o por lo que fuere, su memoria no es de aquellas dignamente laboriosas, de las que antes del alba parten con sus redes a pescar recuerdos en las aguas del ayer. Es, más bien, una memoria de empleado público que trabaja a reglamento.
Afectado por el singular síntoma, ha decidido consultar a un cardiólogo y le han asignado el turno para esta tarde. Trata de entender el fenómeno. ¿Será posible que una tropilla de alumnos secundarios le haya provocado una patología a su corazón? Bueno, nada es imposible. Y el salario docente:
¿será capaz de producir un desquicio semejante? Y... probablemente. La familia, ¿también podrá ser causa de anomalías tan serias? No es impensable.
Parado sobre el pasillo del colectivo, el educador baja la tapa de su olla mental pues comienzan a preocuparle detalles más urgentes, como éstos: si el grandote que está a punto de aplastarle el pie con sus botas de estilo militar llegará o no a cumplir la temible amenaza; si la joven con un bebé en sus brazos, un bolso a su espalda y un carrito plegado al hombro logrará conmover a la cuarentona que simula dormir para no ceder el asiento a la madre primeriza, y otras cuestiones no menos prosaicas. Entonces, la olla cerebral vuelve a destaparse por la presión del vapor interno y piensa que sería práctico comprar unos auriculares o, directamente, un estetoscopio, adherirlo con algún pegamento no tóxico debajo de la tetilla izquierda y así escuchar los latidos con mayor nitidez, para intentar identificar alguna particularidad del sonido, algo que lo oriente acerca del origen de su enfermedad, de la etiogenia de su mal. Porque debe tratarse de una enfermedad. Y rara. Y fatal.
A nadie le ha confiado su repentina disfunción para no alarmar y, al mismo tiempo, para que el temor de los otros no incremente el suyo propio.
Mientras ninguno de los de su círculo íntimo lo sepa estará eximido de presiones para investigar acerca de su enfermedad y hasta, quizás, curarla, sin que nadie se adelante con premoniciones o angustias. Siempre que la tal cura exista, y si no...
Desciende del ómnibus temblando con esos pensamientos que precisamente le incentivan el ritmo cardíaco por duplicado, los golpecitos gemelos que cuadruplican sus latidos. Paciencia. Ya está llegando al consultorio médico.
Después de llenar la ficha clínica, el doctor escucha su consulta. Al oír la descripción del síntoma, detiene las anotaciones que estaba haciendo en la foja. Su lapicera queda inmóvil, detenida a dos centímetros de la carpeta, y una sonrisa burlona aparece, más que en los labios, en la mirada del
cardiólogo. ¡Esa bendita ironía de los médicos, que gozan del privilegio de poder salvar la vida o condenarla, si se les antojare!
-¿Cuándo comenzó a percibir el síntoma?
El profesor titubea con la fecha. Ese brillo irónico en las pupilas del facultativo comienza a vitrificarse a medida que va auscultando el corazón docente: el doble retumbo sube a sus oídos por el canal de los auriculares.
De inmediato, el médico realiza un electrocardiograma que va imprimiendo el asombroso grafismo de la doble pulsación.
La ecografía deberá practicarse el mismo día así que el profesor avisa por teléfono a su familia que no lo esperen a cenar, porque "se ha llamado a una reunión gremial imprevista, porque resulta que el aumento salarial pactado al final no es tanto como se dijo y siempre lo mismo, habrá que fijar un
plan de lucha", espero que mi mujer lo crea, faltaba nomás crear un entredicho.
En la pantalla del ecógrafo el corazón se ve normal, con la forma y el movimiento de cualquier corazón humano. Pero cómo, entonces, los exámenes muestran claro, inconfundible, ese doble latir, si no hay cambios en la actividad cardiaca o, si la hay, ella no es perceptible. El doctor convoca a dos colegas suyos por teléfono para realizar una junta médica el día siguiente, a las diez de la mañana. Sin demora.
El docente secundario vuelve a vestir el saco y la corbata, pero no le ajusta el nudo. Recoge los exámenes del curso que había llevado para corregir en su casa: "Romanticismo. Siglo XIX". Siente un desánimo anticipado. Para qué seguir trabajando. Mañana sabrá si el mal es incurable o no. Después de eso el trabajo recobrará sentido o lo disipará, definitivamente. El médico intuye su temor:
-Arriba ese ánimo, ¿por qué abortar la esperanza? ¿Y si sólo se tratara de una de esas monstruosidades inocuas, como tener seis dedos o una sola fosa nasal?



A las once de la noche, su esposa es la única que está despierta todavía en el hogar. Mejor dicho: con los ojos abiertos, aunque su cuerpo y sus energías ya estén clausuradas a la circulación. Entre dientes le da las buenas noches y le indica que en la heladera hay comida para recalentar en el horno de microondas.
El educador ya no siente apetito. Se prepara un té y come una rebanada de pan con queso. Suficiente. Y no consigue dormir. No duerme porque el doble latir de su corazón no se lo permite. A su lado, los pliegues de la colcha dibujan el cuerpo de su esposa bastante parecido al de ella misma cuando era
adolescente. Al apagar el velador, la luna de otoño entra por los pies de la cama envuelta en tramas de plata brillante. Poco a poco, el fulgor va trepando por sus piernas y refregándole ese raso plateado en las pantorrillas, luna diva del cine, luna geisha, y se atreve a rozarle las ingles, luna meretriz de esquina, luna emperatriz lujuriosa, lo excita con la seda de plata que, a la altura de su tórax, es el manto de una diosa mirándolo desde arriba hasta echarse impulsivamente sobre la boca del profesor, besarle las mejillas, los párpados, lamerle las orejas y hacer que el pulso se vuelva intolerable hasta que, tras el paroxismo, penetre en el sueño para descansar. Y en el sueño, voces lejanas recordándole a aquel que
fue y dejó de ser, la mitad del corazón que ha perdido.



A las seis de la mañana, el reloj educativo suena como es habitual. El docente se despierta sabiendo que no es un día común, un día habitual, es el día en que le han de corroborar si el fin de sus días está próximo o si aún se mantiene -de la muerte- a distancia cronológica normal. Sin embargo, toma
su desayuno cotidiano, se afeita como lo hace ordinariamente, saluda a su familia y parte, tal cual en una jornada usual, hacia el colegio, si bien en realidad sólo va a presentarse en la vice-dirección para justificar su inasistencia por razones de salud y luego irá a someterse a los exámenes médicos.
Una vez en el establecimiento escolar, elude ineficazmente (vale decir, casi desnuda su torpeza) las inquisiciones de una secretaria que divide su rostro en dos para mirarlo: mitad autoritarismo rígido y mitad suspicacia retorcida. Una mejilla para cada actitud. En realidad ese profesor está muy bien conceptuado, la secretaria no tiene margen para la desconfianza, pero ¿cómo desaprovechar una oportunidad para despuntar la malicia entre tanta monotonía de expedientes?
El docente traspone el portal de la institución escolar después de recorrer una galería silenciosa donde, a través de las ventanas, puede ver la gesticulación de los labios de sus colegas dictando clases a las manadas estudiantiles que bostezan, dormitan, miran para otro lado o, directamente, juegan al truco, hojean revistas, graban nombres en los pupitres. Es un paisaje eglógico, una dulce y muda imagen campestre observada a través de cada ventana, donde un pastor semi-despierto les habla a unas ovejas
semi-dormidas.
En la calle, su corazón potenciado se explaya haciendo sonar a gusto los dos tambores. Mientras camina, cada percusión parece rebotar contra las puertas de los departamentos, la estatua de la plazoleta, la vidriera del bar.
La literatura que enseña el profesor en su clase no abarca ni la décima parte de la que ha leído. Y la literatura provee de respuestas. En este caso la adecuada sería El Corazón Delator, de Edgar Alan Poe. Alguien está inhumado en su pecho, junto a su corazón, y late armoniosamente con el suyo.
Es la única hipótesis racional aunque parezca absurda. O siniestra. Alguien a quien mataron y cuya muerte quisieron ocultar sin que lograsen aniquilar la música de sus sístoles y diástoles. Alguien está enterrado en su sangre.
Alguien buscó su cuerpo para abrigar lo único que le quedaba vivo: el pulso cardíaco.



Los tres especialistas ya lo aguardaban en la clínica cuando el docente llegó. El saludo que le dedicaron podría calificarse de reverencial. ¿Serían los Reyes Magos? Al educador le brotó ese humor de los desahuciados.
Los dos facultativos convocados reiteraron sucesivamente la auscultación, lo hicieron toser, agacharse, revisaron la tirilla de papel impresa por el electrocardiógrafo. Entre los tres especialistas, abordaron una exhaustiva anamnesia en la que le escudriñaron desde las causas de las muertes familiares a partir de los abuelos en adelante, hasta sus hábitos alimenticios y sexuales. Lo sometieron a un escueto test psicológico, le hicieron recordar lo que pudiera de su parto, lactancia, enfermedades infantiles y disgustos recientes.
El profesor observaba de reojo la impecabilidad de las camisas doctorales.
En determinado momento, el cardiólogo local tuvo que apartarse hacia un rincón de la sala para atender una llamada en su teléfono móvil. De regreso al lado de la camilla, expresaba aturdimiento, exasperación. Enronquecido, les comentó que acababan de informarle sobre un caso idéntico al del paciente que estaban examinando. El nuevo era un hombre del Noroeste y venía llegando en avión para consultarlo, recomendado por un hospital zonal. Los Tres Reyes Magos cayeron en una ansiedad patética. El turno para realizarle estudios con aparatos de última generación (pero ya canonizados) se fijó para las dieciocho horas, en punto.
El docente aprovechó el plazo para almorzar comida liviana en un restaurant próximo, donde solía concurrir antes de casarse, y husmeó por las librerías de una calle tradicional. Mientras tanto, los especialistas revisaban al paciente norteño con el previsible resultado: síntoma idéntico al del
profesor.
A la hora en que el cuádruple cardíaco arribó al instituto donde lo habían citado para ampliar los estudios, los médicos le comunicaron la escalofriante noticia de que un tercer paciente, ahora femenino, presentaba el mismo cuadro. La mujer era de la capital. Le rogaron discreción para no encender alarmas improcedentes hasta cerciorarse de la peligrosidad y extensión social de la patología. Podía tratarse de efectos de la contaminación ambiental o del consumo de algún alimento envasado.
El educador volvió a pensar en "corazones delatores". Por cumplir con lo previsto, se sometió con docilidad pueril a las prácticas médicas, cansado de ser ahora él, el profesor, el examinado de turno. Lo único que los doctores volvieron a constatar fue la veracidad del síntoma inexplicable.
Eso sí: pusieron meticuloso cuidado en la descripción del caso, previendo la posterior comparación con los nuevos que se presentasen.
La próxima entrevista se convino (excepto que apareciera alguna urgencia) para el lunes de la semana entrante, con fecha 24 de Marzo de 2006. Hasta entonces, miles de pacientes solicitaron turnos para cardiología en consultorios privados, clínicas y hospitales aduciendo el mismo síntoma del latir multiplicado, en casi todas las ciudades del país.



*De Eugenia Cabral. ecabral54@yahoo.com.ar







OPCIONES*



Ella cantaba.
En la voz el asombro
por tanto augurio fané y descangayado
todo por haber dado ese paso
al que llamaban malo
y que para ella estaba pleno de gracia.
En su barrio de Delfos
el oráculo le vaticinó
un futuro de viejita abandonada
secándose las lágrimas
al pie del piletón.
Decidíó dejar el tango.
No hay futuro para las minas
que no quieren sufrir, se dijo,
y cambió de ritmo.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







Argucias del olvido.*



*Por Eduardo Pérsico. epersico@telecentro.com.ar



Creo que debiera pronunciar algunas cosas y al fin, decirlas en voz alta. Tras la ventanilla el sol renacido en primavera formateaba los árboles que tren a tren cambiaban su diseño. Era diario ese viaje cuando murió mi padre por golpear a mi madre, según tanto hiciera antes de separarse, y una tarde volvió para forzarla a compartir la cama. Esas cosas, y como nadie supo que yo retorné a mi casa de improviso, ni se dijo 'cuestiones de familia' o frases parecidas.


El tiempo moja su perpetuo pincel y sin aviso repinta con su sal cada memoria. Si nuestra gran verdad son los recuerdos las horas desfiguran hasta el calor materno recibido; la máxima ternura que nos brindara el mundo. Jamás yo pensaría, un veinteañero, cruzarme con mi padre al irse de mi casa ajustando su ropa y detrás, más que verla suponer a mi madre cubriéndose la cara lloriqueando, a medio vestir y un pie descalzo, desmadejada. Y enseguida, - pasaron ya más de treinta años- aquel hombre,
mi padre, derrumbado en el piso y mi madre diciendo 'no le sigas pegando', es una infiel secuencia congelada.


Sin embargo conmigo persisten desvaídas visiones. Risas de la niñez irrepetibles, cierto beso fugaz y temeroso ya sin rastro en la calle donde fuera, un 'te quiero' esfumado de pasión transitoria en un anochecer donde quizá llovía. Y aquel incierto inicio ardientes y desnudos, en un cuarto prestado con alguien que tampoco hoy recuerde mi nombre y no sienta por eso ningún rincón vacío.


El instante cuando mi madre dejó de lloriquear y los dos nos callamos ya sin mirar ese cuerpo allí en el suelo, son raudos fotogramas de ida vuelta y retorno sin fijar una imagen. Conspiración o pacto de silencio da lo mismo que fuera; cualquier palabra sobra si enfrente no hay testigos y al comprenderlo ella prefirió dejarme solo. Lo que hice después en solitario y por enigmas que son de cada uno, trae voces sin retorno y ajenas al asunto.


La desmemoria no es artera ni cruel; afanosa acomoda los ultrajes y apaga los reclamos que acusan la conciencia Es transcurrir de tiempo con su precio de olvido, un imbatible eco de otros opacos ecos y silencio que pronto nos acalla el daño que le hicimos a otro. Ningún torturador recuerda cada noche el aullar de una víctima o el rechazo de una mujer violada; esa crueldad bien pronto la oculta en palabreos, 'obligación, cumplir con su tarea los altos intereses' y demás artilugios. No existe un criminal con
piel que perciba o la traspase su traición ni su crimen; fortín de negaciones protegiendo su olvido.


También lo imaginario, invención que por siempre concurre a la memoria, atenúa y tranquiliza culpas del asesino. El de uniforme robando niños en la alta noche y la señora que nobleza obliga, pagara ese servicio de apropiarse, al reinventar la historia y borrarle los rastros asesinos ambos se tornaron invisibles. No saben no contestan han dejado de ser; y como una muerte previa los devoró la amnesia.


Así que del instante cuando maté a mi padre espero que me lleguen las palabras y empezar a decirlo.



*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina







El mar (autorretrato)*




*Por Juan Forn


En el fondo de Gesell, pasando los campings, antes de llegar a Mar de las Pampas, hay que subir un médano importante para llegar a la playa. En plena subida pasé a una familia evidentemente cordobesa, que arrastraba con esfuerzo heladeritas, sombrilla, sillas plegables y un par de niños que se quejaban de que la arena quemaba. Llegué hasta el agua, me di un buen chapuzón y cuando salía, pasé junto al padre y al hijo de esa familia, un nene que tendría cinco o seis años y que evidentemente era la primera vez que veía el mar. Le estaba diciendo al padre, con ese asombro que es un tesoro privativo de la infancia: “¡Mire, papá, cuánta agua mojada!”.
Otro día, hará de esto unos cuantos años, cuando llevaba poco viviendo en Gesell, me crucé caminando por la playa con un surfer recién salido del agua. Era uno de esos días gloriosos de octubre, que te sacan de los huesos el frío del invierno con sólo apuntar la cara al sol, cerrar los ojos y dejarse invadir de luz. Pero yo era reciénvenido y había bajado a caminar por la playa con un camperón de cuero negro que había sido compañero de mil batallas en mis tiempos porteños. El surfer me miró pasar y me dijo, con sus rastas morochas aclaradas de parafina y una sonrisa de un millón de dientes: “Yo, en Buenos Aires, también era dark. Pero acá soy luminoso, loco”.
Otra vez bajé a leer a la playa. Me faltaban menos de treinta páginas para terminar el libro cuando empezó a levantarse tanto viento que era para irse. Pero yo quería terminarlo como fuera y terminé guarecido contra los pilotes de la casilla del guardavidas, dando la espalda a la tormenta de arena, con el libro apoyado contra las rodillas y apretando fuerte las páginas con cada mano para que no flamearan. Así estaba, cuando el guardavidas se asomó desde arriba por la ventana de la casilla y me dijo “Eh, flaco, ¿qué leés?”. Una biografía de un escritor, le contesté. El tipo se quedó mirándome y después comentó: “La biografía de un escritor vendría a ser como la historia de una silla, ¿no?”.
El mar tiene esas cosas. Los poemas más horribles y las frases más inspiradas. Todo depende de la entonación, de la sintonía que uno haga con él. Hay quien dice que el mar te lima. A mí me limpia, me destapa todas las cañerías, me impone perspectiva aunque me resista, me termina acomodando siempre, si me dejo atravesar, y es casi imposible no dejarse atravesar. Cuando viene el invierno, cuando el viento impide bajar a la orilla y hay que curtir el mar de más lejos, se pone más bravío, para acortar la distancia, para que lo sintamos igual que cuando lo curtimos descalzos y en cueros. Llevo ocho años bajando cada día que puedo a caminar por la orilla del mar, o al menos a verlo, cuando el viento impide bajar del médano. En los últimos tres, cada semana de las últimas ciento cincuenta, cada contratapa que hice, la entendí caminando por la playa, o sentado en el médano mirando el mar. Por dónde empezar, adónde llegar, cuál es la verdadera historia que estoy contando, de qué habla en el fondo, qué tengo yo (o nosotros, ustedes y yo) que ver con ella, qué dice de nosotros.
En mi vieja casa había una especie de repisa angostita, a la altura de la base de las ventanas, a todo lo largo del comedor. Sobre esa repisa fui dejando piedras que encontraba en mis caminatas por el mar. Piedras especialmente lisas, especialmente nobles, esas que cuando uno las ve en la arena no puede no agacharse a recoger. Esas que parecen haber sido hechas para estar en la palma de una mano, para que uno las palpe con los dedos y los cierre hasta entibiarlas y después a palparlas, a leerlas como un Braille otra vez. Esas cuya belleza es precisamente lo que la abrasión del mar hizo con ellas y lo que no les pudo arrebatar. Esas que parecen ofrecer compañía y pedirla a la vez, cuando se cruzan en nuestro camino. Que establecen con nosotros un contacto absoluto, responden a nuestra mano como si fueran un ser vivo y, sin embargo, al rato no sabemos qué hacer con ellas y las dejamos caer sin escrúpulos, al volver de la playa o incluso antes.
Por tener esa repisa providencialmente a mano, en lugar de soltarlas empecé a traerme de a una esas piedras, de mis caminatas por la playa. Nunca más de una, y muchas veces ninguna (a veces el mar no da, y a veces es tan ensordecedor que uno no ve lo que le da). Así fueron quedando esas piedras, una al lado de la otra, a lo largo de las paredes del comedor. Era lindo mirarlas. Era más lindo cuando alguien agarraba una distraídamente y seguía conversando, en una de esas sobremesas que se estiran y se estiran con la escandalosa languidez con que se desperezan los gatos.
Me gusta pensar así en mis contratapas, en esto que vengo haciendo hace tres años ya y ojalá dé para seguir un rato largo más. Que son como esas piedras encontradas en la playa, puestas una al lado de la otra a lo largo de una absurda, inútil, hermosa repisa, que rodea un comedor en el que unos cuantos conversan y fuman y beben y distraídamente manotean alguna de esas piedras y la entibian un rato entre sus dedos y después la dejan abandonada entre las copas y los ceniceros y las tazas con restos secos de café. Y cuando todos se van yo vuelvo a ponerla en la repisa, y apago las luces, y mañana o pasado con un poco de suerte volveré con una nueva de mis caminatas por el mar.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-164843-2011-03-25.html







Miradas*


Mi mala visión me hace intuir

en los estantes de mi biblioteca un mar con barcos

que me esperan para partir.


Si tengo que elegir entre Grecia o un buen oculista


me quedo con las islas y el azul.


No sé puede ver la vida demasiado al pie de la letra.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar




*


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