Saturday, April 30, 2011

COMO UN SILENCIO OSCURO SOBRE AGUAS NEGRAS...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu


PRESAGIO*


Apiñada
entre tablas
se acopla
La mirada
mansa
Es
llena de vida
que sucumbe
El hombre aguijonea
Con premura
los colores
Estéril es la entrega
Masacran

Y el suplicio.



*De Ana Romano romano.ana2010@gmail.com








TARDÍO LLANTO POR LALO REYES*



*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar



Un corto tiempo la familia Reyes vivió en la casa que había sido de Falconeri Díaz, casado con una chica de apellido Peiretti, quienes se mudaron a Venado Tuerto. Este Falconeri fue un entusiasta de Huracán F.B.C., primero como número tres de la reserva y luego ya en el equipo técnico. En las últimas fotos está su cara morena, de fino bigotito, modelo año cincuenta, con un pullöver viejo al que le había cosido una M inmensa, de género: masajista, querría decir.
Esa casa estaba (y está) enfrente de los Míguez, entre la casa de “Chacona” Molina y la de Dergin Gúbero, apodado “El Negro”, en el centro mismo del barrio “El Jazmín”.
Dije que los Reyes vivieron poco tiempo en el barrio. Eran tamberos, y el matrimonio tenía cuatro hijos: algo mayores que yo , a uno le decían “Canario” y era muy simpático, el segundo era crespito, alto, espigado y jugaba en la quinta división de Huracán, otro se llamaba Omar. El menor al que le decían “Lalo” tenía un par de años menos que yo, pero era el que se había adaptado perfectamente a la barra sin perderse travesura o partido. Era moreno y flaco, y cuando alguien por alguna razón le ofrecía con enfática generosidad unas trompadas, él, el “Lalo”, se ponía lacónico e invariablemente decía: -capaz, nomás…- y escupía por el costado la saliva que le salía de entre los incisivos y caía como un pequeño proyectil sobre la calle polvorienta donde andábamos descalzos, a pesar de las altas temperaturas durante todo el verano.
Lo cierto es que al menos por un verano (o tal vez dos) “Lalo” se acercó a la barrita que maquinaba juegos donde las preguntas no contaban, pero sí la inventiva mechada tal vez de alguna travesura inocente. Me gustaría recordarlo como un chico hábil con la pelota, pero sólo me queda en las retinas su entusiasmo y su cuello traspirado que se secaba con un pañuelo que había mudado del blanco pudoroso al color que más se asemejaba a la mugre del polvillo que flotaba sobre los seres y las cosas en esa beatitud lánguida de los primeros tiempos de nuestras vidas.
Ese verano en que los Reyes fueron nuestros vecinos fue el último en que arreciaron las nubes de mariposas blancas y amarillas, aunque la gente entendida dice que los cultivos y uso de los químicos mató la floración circundante y las mariposas murieron para siempre y las abejas se fueron alejando de los pueblos y buscaron en los campos más hondos el alimento con el que pudieran sobrevivir, pero entonces las colmenas se fueron alejando de las poblaciones y en ese alejamiento también –como no podía ser de otro modo- nosotros perdimos la oportunidad de que algún vecino apicultor nos diera prueba de buena fe y de vez en cuando se acercara con un frasquito en esa cortada donde gozábamos la piel gastada del planeta y nos convidara con la advertencia que sólo era para probar. Cosa que hacíamos, con angurria, metiendo los dedos sucios en el frasco para servirnos – si la miel era sólida- o bebiéndola como un licor si era líquida.
Lo de las mariposas sí que es más extraño y yo lo vinculo con “Lalo” Reyes, porque es probable que haya sido un anuncio, una señal que no entendimos nosotros, los que en ese tiempo éramos chicos. Pero tampoco los mayores lo tomaron en cuenta y sólo tal vez se hayan percatado cuando era demasiado tarde para todo, salvo para las lágrimas, que liberan el alma y mitigan el dolor, pero tampoco sirven demasiado.
Mientras tanto él, “Lalo” jugaba con nosotros, iba a la “ciento cincuenta y seis”, que era nuestra escuela, se mezclaba en los picados de los recreos con todos nosotros, en ese lugar que sigue igual, casi con la misma gramilla y con seguridad debajo de las sombras de las mismas moreras y los mismos plátanos, en especial ese inmenso, que tres hombres no abrazan y donde Marcos, el portero, había colgado una campana para abrir y cerrar los recreos como si fueran dos o tres campanadas que abrían al aire la libertad nuestra y luego la cercenara de un bandazo, cuando había que volver a clase.
Casi como cuando en los días patrios desde ese mismo lugar se soltaban tres palomas mensajeras y comenzaban a volar bajo, esquivando los árboles, hasta que ya merodeando el aire libre de la placita Sarmiento, embocaban hacia la mansedumbre azul del “cielo esplendoroso” tal como cuenta aquella canción de nuestra infancia. A propósito: ¿Qué mensajes llevaban esas palomas y a quién iban dirigidos? Ahora caigo en cuenta que nunca lo supe ni nunca me lo pregunté, hasta hoy. Tampoco queda nadie para inquirir sobre tema tan profundo, que tal vez por lo profundo, que tal vez por la propia importancia que tenían o le dábamos nunca nos atrevimos a preguntar.
A “Lalo” Reyes lo mataron lejos de mi pueblo, en algún lugar donde se desarrollaban espectáculos de juegos o tal vez fuera en una fiesta. (Cancha de cuadreras, reñideros de gallos, un bailongo broncoso y rasca).
A “Lalo Reyes lo mataron cuando apenas pasaba los veinte años, una década después en que nos reuníamos en esa cortada de gramillas a jugar a las bolitas, carrera de caballos, reñidero de gallos, alguna perdida cancha de fútbol, no sé. Las versiones son diferentes, la hacen coincidir y otra no, es más, se contradicen.
En el mismo sitio en que están contestes es en su inocencia, en la casualidad que eligió para esos cuatros tiros que eran para otro, el cuerpo de nuestro breve amigo “Lalo” Reyes, quien casi con seguridad habrá abierto esos ojos grandes y habrá pensado para sí: capaz nomás… pero no habría podido encogerse de hombres porque la muerte lo tomó de sorpresa.
En otra cosa en que todos coinciden es que esa tarde, ese lugar siniestro se llenó de una nube de mariposas blancas y amarillas. También dicen que con ellas iban muchas vestidas de riguroso negro que se posaron sobre su pelo hirsuto y rebelde para siempre.






LAS HORTENSIAS*


(Parte 9 de 10)



*De Felisberto Hernández.




IX


María creyó en la desilusión definitiva de Horacio por sus muñecas y los dos se entregaron a las costumbres felices de antes. Los primeros días pudieron soportar los recuerdos de Hortensia; pero después hacían silencios inesperados y cada uno sabía en quien pensaba el otro. Una mañana, paseando por el jardín, María se detuvo frente al árbol en que había puesto a Hortensia para sorprender a Horacio; después recordó la leyenda de los vecinos; y al pensar que realmente ella había matado a Hortensia, se puso a llorar. Cuando vino Horacio y le preguntó qué tenía, ella no le quiso decir y guardó un silencio hostil. Entonces él pensó que María, sola, con los brazos cruzados y sin Hortensia, desmerecía mucho. Una tarde, al oscurecer, él estaba sentado en la salita; tenía mucha angustia de pensar que por culpa de él no tenían a Hortensia y poco a poco se había sentido invadido por el remordimiento. Y de pronto se dio cuenta de que en la sala había un gato negro. Se puso de pie, irritado, y ya iba a preguntar a Alex cómo lo habían dejado entrar, cuando apareció María y le dijo que ella lo había traído. Estaba contenta y mientras abrazaba a su marido le contó cómo lo había conseguido. Él, al verla tan feliz, no la quiso contrariar; pero sintió antipatía por aquel animal que se había acercado a él tan sigilosamente en instantes en que a él lo invadía el remordimiento. Y a los pocos días aquel animalito fue también el gato de la discordia. María lo acostumbró a ir a la cama y echarse encima de las cobijas. Horacio esperaba que María se durmiera; entonces producía, debajo de las cobijas, un terremoto que obligaba al gato a salir de allí. Una noche María se despertó en uno de esos instantes:
-¡Fuiste tú que espantaste al gato?
-No sé.
María rezongaba y defendía al gato. Una noche, después de cenar, Horacio fue al salón a tocar el piano. Había suspendido, desde hacía unos días, las escenas de las vitrinas y contra su costumbre había dejado las muñecas en la oscuridad -sólo las acompañaba el ruido de las máquinas-. Horacio encendió una portátil de pie colocada a un lado del piano y vio encima de la tapa los ojos del gato -su cuerpo se confundía con el color del piano-. Entonces, sorprendido desagradablemente, lo echó de mala manera. El gato saltó y fue hacia la salita; Horacio lo siguió corriendo, pero el animalito, encontrando cerrada la puerta que daba al patio, empezó a saltar y desgarró las cortinas de la puerta; una de ellas cayó al suelo; María la vio desde el comedor y vino corriendo. Dijo palabras fuertes; y las últimas fueron:
-Me obligaste a deshacer a Hortensia y ahora querrás que mate al gato.
Horacio tomó el sombrero y salió a caminar. Pensaba que María, si lo había perdonado -en el momento de la reconciliación le había dicho: "Te quiero porque eres loco"- ahora no tenía derecho a decirle todo aquello y echarle en cara la muerte de Hortensia; ya tenía bastante castigo en lo que María desmerecía sin la muñeca; el gato, en vez de darle encanto la hacía vulgar. Al salir, él vio que ella se había puesto a llorar; entonces pensó: "Bueno, ahora que se quede ella con el gato del remordimiento". Pero al mismo tiempo sentía el malestar de saber que los remordimientos de ella no eran nada comparados con los de él; y que si ella no le sabía dar ilusión, él, por su parte, se abandonaba a la costumbre de que ella le lavara las culpas. Y todavía, un poco antes que él muriera, ella sería la única que lo acompañaría en la desesperación desconocida -y casi con seguridad cobarde- que tendría en los últimos días o instantes. Tal vez muriera sin darse cuenta: todavía no había pensado bien en qué sería peor.
Al llegar a una esquina se detuvo a esperar el momento en que pudiera poner atención en la calle para evitar que lo pisara un vehículo. Caminó mucho rato por calles oscuras; y de pronto despertó de sus pensamientos en el Parque de las Acacias y fue a sentarse a un banco. Mientras pensaba en su vida, dejó la mirada debajo de unos árboles y después siguió la sombra, que se arrastraba hasta llegar a las aguas de un lago. Allí se detuvo y vagamente pensó en su alma: era como un silencio oscuro sobre aguas negras; ese silencio tenía memoria y recordaba el ruido de las máquinas como si también fuera silencio: tal vez ese ruido hubiera sido de un vapor que cruzaba aguas que se confundían con la noche, y donde aparecían recuerdos de muñecas como restos de un naufragio. de pronto Horacio volvió a la realidad y vio levantarse de la sombra a una pareja; mientras ellos venían caminando en dirección a él, Horacio recordó que había besado a María, por primera vez, en la copa de una higuera; fue después de comerse los primeros higos y estuvieron a punto de caerse. La pareja pasó cerca de él, cruzó una calle estrecha y entró en una casita; había varias iguales y algunas tenían cartel de alquiler. Al volver a su casa se reconcilió con María; pero en un instante en que se quedó solo, en el salón de las vitrinas, pensó que podía alquilar una de las casitas del parque y llevar una Hortensia. Al otro día, a la hora del desayuno, le llamó la atención que el gato de María tuviera dos moñas verdes en la punta de las orejas. Su mujer le explicó que el boticario perforaba las orejas a todos los gatitos, a los pocos días de nacidos, con una de esas máquinas de agujerear papeles para poner en las carpetas. Esto hizo gracia a Horacio y lo encontró de buen augurio. Salió a la calle y le habló por teléfono a Facundo preguntándole cómo haría para distinguir, entre las muñecas de la tienda La Primavera, las que eran Hortensias. Facundo le dijo que en ese momento había una sola, cerca de la caja, y que tenía una sola caravana en una oreja. La casualidad de que hubiera una sola Hortensia en la tienda, le dio a horacio la idea de que estaba predestinada y se entregó a pensar en la recaída de su vicio como en una fatalidad voluptuosa. Hubiera podido tomar un tranvía; pero se le ocurrió que eso lo sacaría de sus ideas: prefirió ir caminando y pensar en cómo se distinguiría aquella muñeca entre las demás. Ahora él también se confundía entre la gente y también le daba placer esconderse entre la muchedumbre. Había animación porque era víspera de carnaval. La tienda quedaba más lejos de lo que él había calculado. Empezó a cansarse y a tener deseos de conocer, cuanto antes, la muñeca. Un niño apuntó con una corneta y le descargó en la cara un ruido atroz. Horacio, contrariado, empezó a sentir un presentimiento angustioso y pensó en dejar la visita para la tarde; pero al llegar a la tienda y ver otras muñecas, disfrazadas, en las vidrieras, se decidió a entrar. La Hortensia tenía un traje del Renacimiento color vino. Su pequeño antifaz parecía hacer más orgullosa su cabeza y Horacio sintió deseos de dominarla; pero apareció una vendedora que lo conocía, haciéndole una sonrisa con la mitad de la boca y Horacio se fue en seguida. A los pocos días ya había instalado la muñeca en una casita de Las Acacias. Una empleada de Facundo iba a las nueve de la noche, con una limpiadora, dos veces por semana; a las diez de la noche le ponía el agua caliente y se retiraba. Horacio vio reflejados en el vidrio los ojos de ella; brillaban en medio del color negro del antifaz y parecía que tuvieran pensamiento. Desde entonces se sentaba allí, ponía su mejilla junto a la de ella y cuando creía ver en el vidrio -el cuadro presentaba una caída de agua- que los ojos de ella tenían expresión de grandeza humillada, la besaba apasionadamente. Algunas noches cruzaba con ella el parque -parecía que anduviera con un espectro- y los dos se sentaban en un banco cerca de una fuente; pero de pronto él se daba cuenta que a Herminia se le enfriaba el agua y se apresuraba a llevarla de nuevo a la casita.
Al poco tiempo se hizo una gran exposición en la tienda La Primavera. Una vidriera inmensa ocupaba todo el último piso; estaba colocada en el centro del salón y el público desfilaba por los cuatro corredores que habían dejado entre la vitrina y las paredes. El éxito de público fue extraordinario. (Además de ver los trajes, la gente quería saber cuáles de entre las muñecas eran Hortensias.) La gran vitrina estaba dividida en dos secciones por un espejo que llegaba hasta el techo. En la sección que daba a la entrada, las muñecas representaban una vieja leyenda del país, La Mujer del Lago, y había sido interpretada por los mismos muchachos que trabajaban para Horacio. En medio de un bosque, donde había un lago, vivía una mujer joven. Todas las mañanas ella salía de su carpa y se iba a peinar a la orilla del lago; pero llevaba un espejo. (Algunos decían que lo ponía frente al lago para verse la nuca.) Una mañana, algunas damas de la alta sociedad después de una noche de fiesta, decidieron ir a visitar a la mujer solitaria; llegarían al amanecer, le preguntarían por qué vivía sola y le ofrecerían ayuda. En el instante de llegar, la mujer del lago se peinaba; vio por entre sus cabellos los trajes de las damas y cuando ellas estuvieron cerca les hizo una humilde cortesía. Pero apenas una de las damas inició las preguntas, ella se puso de pie y empezó a caminar siguiendo el borde del lago. Las damas, a su vez, pensando que la mujer les iba a contestar o a mostrar algún secreto, la siguieron. Pero la mujer solitaria sólo daba vueltas al lago seguida por las damas, sin decirles ni mostrarles nada. Entonces las damas se fueron enojadas; y en adelante la llamaron "la loca del lago". Por eso, en aquel país, si ven a alguien silencioso le dicen: "Se quedó dando la vuelta al lago".
Aquí, en la tienda La Primavera, la mujer del lago aparecía ante una mesa de tocador colocada a la orilla del agua. Vestía un peinador blanco bordado de hojas amarillas y el tocador estaba lleno de perfumes y otros objetos. Era el instante de la leyenda en que llegaban las damas en traje de fiesta de la noche anterior. Por la parte de afuera de la vitrina, pasaban toda clase de caras; y no sólo miraban las muñecas de arriba a abajo para ver los vestidos; había ojos que saltaban, llenos de sospechas, de un vestido a un escote y de una muñeca a la otra; y hasta desconfiaban de muñecas honestas como la mujer del lago. Otros ojos, muy prevenidos, miraban como si caminaran cautelosamente por encima de los vestidos y temieran caer en la piel de las muñecas. Una jovencita inclinaba la cabeza con humildad de cenicienta y pensaba que el esplendor de algunos vestidos tenía que ver con el destino de las Hortensias. Un hombre arrugaba las cejas y bajaba los párpados para despistar a su esposa y esconder la idea de verse, él mismo en posesión de una Hortensia. En general, las muñecas tenían el aire de locas sublimes que sólo pensaban en la "pose" que mantenían y no les importaba si las vestían o las desnudaban.
La segunda sección se dividía, a su vez, en otras dos: una parte de playa y otra de bosque. En la primera, las muñecas estaban en traje de baño. Horacio se había detenido frente a dos que simulaban una conversación: una de ellas tenía dibujadas, en el abdomen, circunferencias concéntricas como un tiro al blanco (las circunferencias eran rojas) y la otra tenía pintados peces en los omóplatos. la cabeza pequeña de Horacio sobresalía, también, con fijeza de muñeco. Aquella cabeza siguió andando por entre la gente hasta detenerse, de nuevo, frente a las muñecas del bosque: eran indígenas y estaban semidesnudas. De la cabeza de algunas, en vez de cabello, salían plantas de hojas pequeñas que les caían como enredaderas; en la piel, oscura, tenían dibujadas flores o rayas, como los caníbales; y a otras les habían pintado, por todo el cuerpo, ojos humanos muy brillantes. Desde el primer instante, Horacio sintió predilección por una negra de aspecto normal; sólo tenía pintados los senos: eran dos cabecitas de negros con boquitas embetunadas de rojo. Después Horacio siguió dando vueltas por toda la exposición hasta que llegó Facundo. Entonces le preguntó:
-De las muñecas del bosque, ¿cuáles son Hortensias?
-Mira hermano, en aquella sección, todas son Hortensias.
-Mándame la negra a Las Acacias...
-Antes de ocho días no puedo sacar ninguna.
Pero pasaron veinte antes que Horacio pudiera reunirse con la negra en la casita de Las Acacias. Ella estaba acostada y tapada hasta el cuello.
A Horacio no le pareció tan interesante; y cuando fue a separar las cobijas, la negra soltó una carcajada infernal. María empezó a descargar su venganza de palabras agrias y a explicarle cómo había sabido la nueva traición. La mujer que hacía la limpieza era la misma que iba a lo de Pradera. Pero vio que Horacio tenía una tranquilidad extraña, como de persona extraviada y se detuvo.
-Y ahora ¿qué me dices? -le preguntó a los pocos instantes tratando de esconder su asombro.
Él la seguía mirando como a una persona desconocida y tenía la actitud de alguien que desde hace mucho tiempo sufre un cansancio que lo ha idiotizado. Después empezó a hacer girar su cuerpo con pequeños movimientos de sus pies. Entonces María le dijo: "espérame". Y salió de la cama para ir al cuarto de baño a lavarse la pintura negra. Estaba asustada, había empezado a llorar y al mismo tiempo estornudaba. Cuando volvió al dormitorio Horacio ya se había ido; pero fue a su casa y lo encontró: se había encerrado en una pieza para huéspedes y no quería hablar con nadie.






SALMO 91*


cada uno con su pedazo de vida,
nos aferramos a la idea de lo perfecto.
como tal nazi me fijo en las manchas
de la mia misma,
y no lo soporto.
miro las de otros para frenar el desquicio de lo propio
y como un juez masturbandose en la sentencia,
exhalo la angustia infinita...
¡que jodidos estamos!
¡que jodida yo!
la madre puta que nos parió,
nos deja caminando inertes, falsos,vanidad,
envidia,
ocultandonos en la entrepierna de otro desgraciado,
con un grosero aspecto de pretension de enamorado
fingimos que hemos conocido la verdad de esta agonía
de la cual a mi nadie me preguntó
si quería experimentarla.


*De Daniela Wallffiguer. danielawallffiguer@gmail.com








Adopción*


Suena el teléfono y el hombre atiende. La voz de Esteban le informa que en un diario de 1927, en la página de policiales, descubrió una noticia fuera de serie. El hombre lo escucha y piensa: "seguro que es todo mentira". Esteban es un apasionado investigador de archivos, bibliotecas, hemerotecas. Es conocido por eso y por ser un gran mentiroso.
Esteban anuncia: "te leo el comienzo de la nota: en el día de ayer se dieron a conocer algunos curiosos detalles relacionados con el luctuoso hecho ocurrido a mediados del mes de marzo último en una mansión del barrio de Belgrano y cuyos protagonistas fueron, como se informara oportunamente, el señor Ramiro Altacerviz y la señora Clara Sáenz de Altacerviz."
"¿me seguís?", pregunta. "te sigo", contesta el hombre. Y piensa: "todo inventado". "resumo un poco -dice Esteban-. Después de la introducción, la nota aclara que estos dos personajes constituían un matrimonio feliz, de mucho dinero, muy conocidos y muy bien conceptuados en las altas esferas de la sociedad de la época. Pero no habían podido tener hijos. Y este es precisamente el punto a partir del cual comienza a desarrollarse la trama de esta tragedia. ¿Me estas siguiendo?" "perfectamente" , contesta el hombre. Y piensa: "es un mentiroso".
"Te sigo contando. Resulta que un día esta gente resuelve adoptar un niño. No era una decisión simple y analizaron cuidadosamente otros casos. Consultaron con abogados, con médicos, con sacerdotes. Pero, al parecer, a medida que avanzaban crecían las dudas. ¿Como seria finalmente esa criatura? pese a la privilegiada educación que le impartirían no existía garantía de que con el tiempo el chico no se descarriase arrastrado por alguna tendencia hereditaria e imprevisible. Y así, más avanzaban, más consultaban, más complicado se les volvía el panorama. Por lo tanto, al cabo de unos meses de titubeos, optaron por adoptar un hermoso, joven, fuerte e inteligente chimpancé. ¿Que te parece?". "Fantástico", exclama el hombre. Y piensa: "mentiroso, mentiroso."
"El animal entro a formar parte de la familia. Lo bautizaron con el nombre de Adolfito. Tenía su propio cuarto, andaba por la mansión, compartía almuerzos y cenas, les brindaba afecto. Bastaron pocas semanas para que los esposos Altacerviz se felicitaran mutuamente por la elección. La más entusiasta era la señora. Se encariño de tal manera que ya no quería salir sin el chimpancé y con frecuencia prefería quedarse en casa, antes que concurrir a las periódicas reuniones de la hora del té. El mono adquirió cierta fama. Los amigos de la familia conocían sus hazañas. Cuando se tocaba el tema -cito textualmente del diario-, la señora Altacerviz, sin advertir seguramente la sutileza del juego de palabras, afirmaba invariablemente que Adolfito era una monada." "¿me oís bien?" "bien". Y piensa: "mentiroso". "A partir de ahora leo directamente de la publicación, escucha: una tarde, el señor Altacerviz regreso en un horario no habitual y al entrar al dormitorio encontró a Adolfito y a su esposa sobre la cama en posición inequívoca. Al advertir su presencia, la señora comenzó a sollozar y a quejarse de que la estaban violando. El señor altacerviz abrió un cajón, saco un arma y empezó a los tiros contra el chimpancé. Si bien sus declaraciones posteriores se limitaron a consignar los hechos, es posible suponer que varios factores debieron influir en su actitud. No solamente la evidencia de la violación, sino también de la ingratitud y, quizá más oscuramente, del incesto. Lo cierto es que empezó a los tiros. Pero si algo poseía Adolfito, además de simpatía, era astucia y ligereza. Anduvo a los saltos de pared a pared y en cuanto pudo desapareció por una ventana."
"¿Estas escuchando?" "atentamente. " "¿que te parece?" "extraordinario" . Y piensa: "todo inventado." "Sigo leyendo del diario, atende: de los seis balazos disparados, cinco se alojaron fatalmente en el pálido cuerpo de clara Sáenz de Altacerviz. Murió inmediatamente. Exasperado, el señor Altacerviz se apoyo el caño en la sien y apretó el gatillo. Pero se había quedado sin balas. Entonces se trepo al techo de la casa y saltó. Trasladado de urgencia a un sanatorio logró salvar la vida, aunque los médicos aseguran que por el resto de sus días no podrá abandonar la cama en que se halla postrado. En esas penosas condiciones, el martes último, balbuceo su declaración ante la presencia del juez, echando así un rayo de claridad sobre estos acontecimientos que habían intrigado a la opinión pública y a las autoridades intervinientes. "
"¿Que me decís?", pregunta Esteban. "Una tragedia", contesta el hombre. "Hay un párrafo mas, presta atención: en cuanto al chimpancé, se supo que cruzando campos alcanzo la provincia de Misiones, pasó al Brasil y continuó desplazándose hacia el norte, logrando finalmente adentrarse en la selva amazónica, donde vive actualmente en concubinato con la hija de un cacique." "Sensacional" , exclama el hombre. Y piensa: "esta vez se le fue la mano."




*de Antonio Dal Masetto.
"Ni perros ni gatos" Torres Agüero editor, Buenos Aires 1º edición 1987







ZOZOBRA*


Trepa
astuta
la imagen
(y es como
espía)

Estacionada
en la hendidura
deposita

La madre
aulla
en un rincón.


*De Ana Romano romano.ana2010@gmail.com







EL TRAMPANTOJO*


Alquilé una casa para el verano con dos plantas y unos metros de jardín. La planta baja con cocina, baño y salón era perfecta; además con el buen tiempo agrandabas la casa usando el porche. El piso de arriba, con tres habitaciones y dos baños, también cubría nuestras necesidades.

De la habitación principal salía una escalera que debería ir al desván, aunque la casa vista desde fuera no parecía tenerlo. Subí por ésta escalera y me encontré con una puerta que intenté abrir inútilmente, pero me fue imposible porque no tenía picaporte. Observando más detenidamente me di cuenta de que se trataba de un trampantojo muy bien pintado ya que parecía que la puerta era real.

Durante unos días no paró de crecer en mí la curiosidad por saber qué había tras la puerta, y como podía conseguir averiguarlo, acabó siendo una obsesión. Finalmente me pinté en la puerta mirando para adentro.



*De Joan MATEU. joan@cimat.es
Barcelona - ESPAÑA







Correo:


CENTRO CULTURAL BERNARDINO RIVADAVIA
San Martin 1080 –Plaza Montenegro- 2000 Rosario
CICLO 2011
"Del derecho y del reves de letras en tiempos de oscuridad”


Declarado de interes Municipal por el Honorable Concejo Deliberante

“…incluso en los tiempos más oscuros tenemos el derecho de esperar cierta iluminacion, y
que esta iluminacion puede llegarnos…de la luz incierta y a menudo debil que irradian
algunos hombres y mujeres en sus vidas y sus obras, bajo casi todas las circunstancias y que
se extiende sobre el lapso de tiempo que les fue dado en la tierra.
Hannah Arendt, Hombres en tiempos de oscuridad


Martes 03 /20:00
“Letras en tiempos de oscuridad ”
Ps.Laura Capella

Leer es homenajear cuando esa lectura intenta asir algo de la pulsion que a traves del manuscrito, de la maquina de escribir o el teclado de la computadora o de un agregado a pie de pagina o junto a una firma, el autor ha dejado como presencia más allá de su muerte, haciendonos sus interlocutores. Freud y su Moises y el monoteismo; Freud y su recomendación de la Gestapo , ironia vital. Durante el mes se homenajera a un padre y abuelo cuyo testimonio le ganó a la muerte. A mujeres que han sufrido prision y exilio y sus cartas las sostuvieron y las sostienen, mujeres que sonrien cuando testimonian sobre esas epocas oscuras. Revistas que sobrevivieron a la más atroz dictadura demostrando que no obstante los monstruos no son omnipotentes. Letras en tiempos de oscuridad que nos iluminan.


Martes 10/20:00
Crear durante la dictadura (El rincon de las revistas subtes) Homenaje al poeta Jorge Reboredo director revista Rayos del Sur
Hugo Alberto Ojeda, escritor, integrante del Colectivo Wokitoki, hablará sobre cartas escritas entre distintas revistas literarias argentinas.


Martes 17/20:00
“Letras desde el pasado”
Gonzalo y Rodolfo Fernandez Bruera querellantes en la causa Díaz Bessone, relataran las vicisitudes sufridas por su familia durante la última dictadura militar y de como el padre de ellos: Jose Esteban, secuestrado en junio del ’77 por la patota de Feced y tomado como rehen para forzar la entrega de su hijo, pudo, una vez recuperada su libertad, dejar testimonio de lo vivido en el Servicio de Inteligencia, en un extensisimo relato escrito con una vieja maquina de escribir. Estas letras no solo sirvieron de catarsis y elaboracion de lo vivido, sino que a cinco años de su muerte “hablaron”, puesto que fueron presentadas como elemento probatorio en el juicio que se le sigue a los genocidas de la Causa mencionada.


Martes 24 /20:00
Cartas de la Chica del ’17, escritas por Nelly Balestrini de Larrosa. Homenaje a Nora Larrosa.
Pamela Gerosa ,estudiante de licenciatura en historia, integrante del Proyecto "Historia, Identidad y Perspectiva" y del Archivo Biografico Familiar de Abuelas de Plaza de Mayo y Hugo Alberto Ojeda ,escritor, integrante del Colectivo Wokitoki, sobre las cartas escritas desde la carcel de Devoto por Nelly Balestrini de Larrosa (sobreviviente del ex- CCD La Calamita ).


Martes 31/20:00
“Seda Cruda. Cronicas de cárcel , exilio y regreso”
Marta Ronga, la autora y María del Carmen Marini, la partera del texto nos hablarán sobre el mismo.
Creación y coordinación del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista


Martes 20 hs. Sala “C”
Entrada libre y gratuita
Se entregan certificados con el 75% de asistencia
Consultas: delderechoreves@yahoo.com.ar
Blog: http://delderechoreves.com.ar
Cuenta facebook: Ciclo Delderechorevés
Auspician:
· Facultad de Psicología, UNR
· Colegio de Psicólogos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
· CEIDH (Centro de Estudios e Investigación en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
· IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Ética y Prácticas alternativas "Paulo Freire" - Facultad de Derecho. UNR.)


*Laura Capella. elecapella@yahoo.com.ar
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Friday, April 29, 2011

LA BURLA INCONMOVIBLE DE UN OBJETO...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




OCTAVA MORADA*


XLI

Soy a través de la palabra
el paisaje de mi alma
en acuarela.
Con hechizos intrigantes
y en pentagramas
te cuento de mis sueños
y mis ritos.
Puedo inventar la primavera
en medio de otoños
y de lluvias
y hacer florecer en el invierno
cerezos y rosales,
alelíes y orquideas.
Soy imagen en palabras,
sin ellas sería un acertijo,
algo blanco y brumoso
sin principio ni fin
con tonos imprecisos.
La palabra alumbra mi deseo,
el amor, la pasión
y hasta mi abismo,
allí donde escondo las quimeras,
los fallidos intentos,
los olvidos.
La palabra me nombra,
soy imagen,
por ella me descubro
y me descubres
y cambio vestimenta a tus ojos
según me sumerja
en su espejismo.


*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar









Ella, la Sra. Tere*


La Sra. Tere se había dado la gran vida. Era una mujer muy hermosa y de mucho carácter. Su perfil aguileño le sentaba de maravillas, y estaba orgullosa de él. Jamás pasó por su mente en hacerse una cirugía plástica de nariz, ella comentaba orgullosa que le daba "personalidad".
Rememoro sus días de fiesta y de extravagancias. Su afán de ser la más linda.
Cuando enfermó llamaron a sus familiares avisando que había fallecido, fueron de inmediato sus hijos a la sala de terapia intensiva para despedirla. Pero abrió los ojos lentamente y les dijo: "todavía no me voy a morir".
A sus allegados no les sorprendió que despertara, ¡tenía tanta personalidad!.
Los que estaban asombrados eran los médicos.
En Febrero le llegó la hora y voló para otro boliche, quería seguir de caravana tomando Whisky, fumando cigarrillos importados, llevándose los vestidos de moda hechos a medida.
Sus cenizas se las dieron a una de sus hijas, quien con un poco de impresión no quería tenerlas en su casa, por lo tanto se las proporcionó a Roxana (una amiga) y quedaron que en Semana Santa las esparcirían en el Lago del Bosque.
Pasó esa fecha, y el cofre de Tere estaba en el cuarto Roxy.
Una noche, Roxana empezó a sentir ruidos raros, se levantó de la cama y al no encontrar nada, se acostó.
Nuevamente comenzó a escuchar más murmullos.
Entonces se puso frente a la urna y le inquirió: Tere que querés? Te doy un cigarro, un poco de champán? El susurro siguió.
A la mañana siguiente Roxana observó que en el cuarto de baño había dejado enchufado el artefacto que derrite la cera depilatoria. Ja.
Pasaron cuatro años y Tere, luego de haberse mudado a otro departamento, después de estar en el baúl de un auto paseando por el interior del país.
Fue entregada a su hija.
Están sus cenizas en el living de su hogar. Sigue haciendo de las suyas.
Esta acompañada por una osa de peluche gris que pertenece a su nieto.
Algún día cuando su sucesora pretenda despedirse de ella, la llevará al lago, pero mientras tanto está en compañía.



*De Azul. azulaki@hotmail.com
29/4/2011







LAS HORTENSIAS*


(Parte 8 de 10)



*De Felisberto Hernández.




VIII

Walter había regresado de unas vacaciones y Horacio reanudó las sesiones de sus vitrinas. La primera noche había llevado a Eulalia al salón. La sentaba junto a él, en la tarima, y la abrazaba mientras miraba las otras muñecas. Los muchachos habían compuesto escenas con más personajes que de costumbre. En la segunda vitrina había cinco: pertenecían a la comisión directiva de una sociedad que protegía a jóvenes abandonadas. En ese instante había sido elegida presidenta una de ellas; y otra, la rival derrotada, tenía la cabeza baja; era la que gustaba más a Horacio. Él dejó por un instante a Eulalia y fue a besar la frente fresca de la derrotada. Cuando volvió junto a su compañera quiso oír, por entre los huecos de la música, el ruido de las máquinas y recordó lo que Alex le había dicho del parecido de Eulalia con una espía de la guerra. De cualquier manera aquella noche sus ojos se entregaron, con glotonería, a la diversidad de sus muñecas. Pero al día siguiente amaneció con un gran cansancio y a la noche tuvo miedo de la muerte. Se sentía angustiado de no saber cuándo moriría ni el lugar de su cuerpo que primero sería atacado. Cada vez le costaba más estar solo; las muñecas no le hacían compañía y parecían decirle: "Nosotras somos muñecas; y tú arréglate como puedas". A veces silbaba, pero oía su propio silbido como si se fuera agarrando de una cuerda muy fina que se rompía apenas se quedaba distraído. Otras veces conversaba en voz alta y comentaba estúpidamente lo que iba haciendo: "Ahora iré al escritorio a buscar el tintero". O pensaba en lo que hacía como si observara a otra persona: "Está abriendo el cajón. Ahora este imbécil le saca la tapa al tintero. Vamos a ver cuánto tiempo le dura la vida". Al fin se asustaba y salía a la calle. Al día siguiente recibió un cajón; se lo mandaba Facundo; lo hizo abrir y se encontró con que estaba lleno de brazos y piernas sueltas; entonces recordó que una mañana él le había pedido que le mandara los restos de muñecas que no necesitara. Tuvo miedo de encontrar alguna cabeza suelta -eso no le hubiera gustado-. Después hizo llevar el cajón al lugar donde las muñecas esperaban el momento de ser utilizadas; habló por teléfono a los muchachos y les explicó la manera de hacer participar las piernas y los brazos en las escenas. Pero la primera prueba resultó desastrosa y él se enojó mucho. Apenas había corrido la cortina vio una muñeca de luto sentada al pie de una escalinata que parecía del atrio de una iglesia; miraba hacia el frente; debajo de la pollera le salía una cantidad impresionante de piernas: eran como diez o doce; y sobre cada escalón había un brazo suelto con la mano hacía arriba. "Qué brutos -decía Horacio- no se trata de utilizar todas las piernas y los brazos que haya". Sin pensar en ninguna interpretación abrió el cajoncito de las leyendas para leer el argumento: "Esta es una viuda pobre que camina todo el día para conseguir qué comer y ha puesto manos que piden limosna como trampas para cazar monedas". "Qué mamarracho -siguió diciendo Horacio-; esto es un jeroglífico estúpido".Se fue a acostar, rabioso; y ya a punto de dormirse veía andar la viuda con todas las piernas como si fuera una araña.
Después de este desgraciado ensayo, Horacio sintió una gran desilusión de los muchachos, de las muñecas y hasta de Eulalia. Pero a los pocos días, Facundo lo llevaba en su auto por una carretera y de pronto le dijo:
-¿Ves aquella casita de dos pisos, al borde del río? Bueno, allí vive el "tímido" con su muñeca, hermana de la tuya; como quien dice, tu cuñada... (Facundo le dio una palmada en una pierna y los dos se rieron.) Viene sólo al anochecer; y tiene miedo que la madre se entere.
Al día siguiente, cuando el sol estaba muy alto, Horacio fue, solo, por el camino de tierra que conducía al río, a la casita del Tímido. Antes de llegar el camino pasaba por debajo de un portón cerrado y al costado de otra casita, más pequeña, que sería del guardabosque. Horacio golpeó las manos y salió un hombre, sin afeitar, con un sombrero roto en la cabeza y masticando algo.
-¿Qué desea?
-Me ha dicho que el dueño de aquella casa tiene una muñeca...
El hombre se había recostado a un árbol y lo interrumpió para decirle:
-El dueño no está.
Horacio sacó varios billetes de su cartera y el hombre, al ver el dinero, empezó a masticar más lentamente. Horacio acomodaba los billetes en su mano como si fueran barajas y fingía pensar. El otro tragó el bocado y se quedó esperando. Horacio calculó el tiempo en que el otro habría imaginado lo que haría con ese dinero; y al fin dijo:
-Yo tendría mucha necesidad de ver esa muñeca hoy...
-El patrón llega a las siete.
-¿La casa está abierta?
-No. Pero yo tengo la llave. En caso que se descubra algo -dijo el hombre alargando la mano y recogiendo "la baza"-, yo no sé nada.
Metío el dinero en el bolsillo del pantalón, sacó de otro una llave grande y le dijo:
-Tiene que darle dos vueltas... La muñeca está en el piso de arriba... Sería conveniente que dejara las cosas esatamente como las encontró.
Horacio tomó el camino a paso rápido y volvió a sentir la agitación de la adolescencia. La pequeña puerta de entrada era sucia como una vieja indolente y él revolvió con asco la llave en la cerradura. Entró a una pieza desagradable donde había cañas de pescar recostadas a una pared. cruzó el piso, muy sucio, y subió una escalera recién barnizada. El dormitorio era confortable; pero allí no se veía ninguna muñeca. la buscó hasta debajo de la cama; y al fin la encontró entre un ropero. Al principio tuvo una sorpresa como las que le preparaba María. La muñeca tenía un vestido negro, de fiesta, rociado con piedras como gotas de vidrio. Si hubiera estado en una de sus vitrinas él habría pensado que era una viuda rodeada de lágrimas. De pronto Horacio oyó una detonación: parecía un balazo. Corrió hacia la escalera que daba a la planta baja y vio, tirada en el piso y rodeada de una pequeña nube de plovo, una caña de pescar. Entonces resolvió tomar una manta y llevar la Hortensia al borde del río. La muñeca era liviana y fría. Mientras buscaba un lugar escondido, bajo los árboles, sintió un perfume que no era del bosque y en seguida descubrió que se desprendía de la Hortensia. Encontró un sitio acolchado, en el pasto, tendió la manta abrazando a la muñeca por las piernas y después la recostó con el cuidado que pondría en manejar una mujer desmayada. A pesar de la soledad del lugar, Horacio no estaba tranquilo. A pocos metros de ellos apareció un sapo, quedó inmóvil y Horacio no sabía qué dirección tomarían sus próximos saltos. Al poco rato vio, al alcance de su mano, una piedra pequeña y se la arrojó. Horacio no pudo poner la atención que hubiera querido en esta Hortensia; quedó muy desilusionado; y no se atrevía a mirarle la cara porque pensaba que encontraría en ella la burla inconmovible de un objeto. Pero oyó un murmullo raro mezclado con ruido de agua. Se volvió hacia el río y vio, en un bote, un muchachón de cabeza grande haciendo muecas horribles; tenía manos pequeñas prendidas de los remos y sólo movía la boca, horrorosa como un pedazo suelto de intestino y dejaba escapar ese murmullo que se oía al principio. Horacio tomó la Hortensia y salió corriendo hacia la casa del Tímido.
Después de la aventura con la Hortensia ajena y mientras se dirigía a la casa negra, Horacio pensó en irse a otro país y no mirar nunca más a una muñeca. Al entrar a su casa fue hacia su dormitorio con la idea de sacar de allí a Eulalia; pero encontró a María tirada en la cama boca abajo llorando. Él se acercó a su mujer y le acarició el pelo; pero comprendió que estaban los tres en una misma cama y llamó a una de las mellizas ordenándole que sacara la muñeca de allí y llamara a Facundo para que viniera a buscarla. Horacio se quedó recostado junto a María y los dos estuvieron silenciosos esperando que entrara del todo la noche. Después él tomó la mano de ella, y buscando trabajosamente las palabras, como si tuviera que expresarse en un idioma que conociera poco, le confesó su desilusión por las muñecas y lo mal que lo había pasado sin ella.






A Felisberto Hernández*



Muequitas en el pizarrón:

escríbanme o partan tizas




Inteligiendo en las costas

los restos de un pesar

antroposófico




Caí

de fallecimiento provocado por un signo de

admiración



Anticipé:

ya venía con brizna la brisa:

Alicia en el País de las Sevillanas

es una artista asediada por su vello púbico



Advertirlo

sin ablandarse en la modestia



Da sobre las cosas el sol:

sobre Felisberto da como vemos

que ve cómo da

sobre las cosas.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







El Buda de los buitres*



*Por Juan Forn



El Coty Aldazábal, mucha gente lo conoce, ayudó en una película que estaban filmando por sus pagos de Alejandro Korn y, sin proponérselo, se hizo fama de amansador de animales en el mundo del cine. Tanto que un día lo van a buscar de una productora que trabaja con la Universal de Hollywood preguntándole si es especialista en buitres, porque andan buscando uno para una superproducción internacional que va a filmarse en Corrientes. El Coty los mira y dice: “Especialista no sé, pero tengo onda con los bichos, con cualquier bicho, aunque buitres nunca vi”. Déjenme describir al Coty: es enorme, canoso pero rapado a cero, con cara de pelado bueno pero una forma de mirar que dice inequívocamente que no es un pelado bueno cualquiera. El Coty fue rugbier alguna vez, después marino mercante, recorrió el mundo, descubrió el zazen, se fue a vivir al medio del campo, tuvo una parva de hijos con su mujer, no le tiene miedo a nada en el mundo salvo quizás a su mujer y a sus hijos, hizo y hace artesanías nobles en cuero, toca o tocó hasta hace muy poco en la banda de sus sobrinos, los Pléyades (toca la flauta de bambú; se las fabrica él mismo; los muchachos de la banda estuvieron años tratando de convencerlo para que se pasara al saxo, o al menos al trombón, y así tener una sección de caños power, pero él es zazen, él toca su flauta de bambú, creo que por eso terminó abandonando o abandonado por la banda).
Los de la Universal le explican al Coty que necesitan un árbol lleno de buitres, que el árbol tiene que aparecer varias veces a lo largo de la película, que buitres y árbol ya tienen, lo que necesitan es que los bichos hagan para la cámara lo que dice el guión, y le ofrecen al Coty una plata que no está acostumbrado a ver, si es capaz de ayudarlos. El Coty parte a Corrientes, llega a la estancia donde está montada la preproducción, tiene quince días antes de empezar a filmar, lo llevan por el campo como doscientos kilómetros hasta un frigorífico en cuyos fondos tiran las cabezas y las patas de los animales faenados. El olor es imposible; la cantidad de buitres carroñeros, igual. El Coty se instala con sus cosas en el frigorífico (el Coty viaja siempre con sus cosas en una bolsa de arpillera, “para que los pungas no se tienten”). Hay orden de ayudarlo, pero nadie del frigorífico quiere saber nada, lo dejan solo como loco malo, sentado en posición zazen mirando los buitres, un día y otro, después aventurándose entre la carroña, después arrastrando carroña lejos y viendo si los animales lo siguen, después armando una trampa enorme de alambre tejido y flejes de madera con carroña debajo. Cuando cae la trampa quedan varios buitres adentro pero tienen tanta fuerza en los cogotes que consiguen alzar los flejes de madera y escabullirse. El Coty le hace entonces unos faldones a los flejes de la trampa. Como recibe nula cooperación del frigorífico se va al pueblo más cercano caminando, ve que está lleno de pasacalles políticos porque hay elecciones y procede a subirse a los árboles e ir cortando pasacalles (uno de cada partido político, para no abusar, aclara) y con ellos hace los faldones de su trampa. En el pueblo se sabe ya que el Coty es el loco de los buitres y nadie se anima a decirle nada, especialmente cuando tampoco los faldones hacen funcionar la trampa.
El Coty ya lleva gastados diez de los quince días que le dieron y mucho efecto no le hace ya estar sentado en posición zazen, cuando se le acomoda al lado un changuito con una gomera al cuello, que le pregunta: “¿Usted anda buscando buitres, don?” Y abre la mano y dice: “Tengo doce piedras. ¿Doce animales le alcanzan?” El Coty cose lo más rápido que puede unas bolsas con los pasacalles y se interna en el carroñal detrás del chango, y se encarga de embolsar y atar cada bicho que el chango deja inconsciente de un hondazo. El chango le enseña cómo evitar los espolones de las patas y de las alas cuando las agarre despiertas. El Coty avisa desde el frigorífico que tiene los buitres. Le mandan un taxi, doscientos kilómetros. Cargan los bichos en el baúl, le pagan al chango, arrancan. En la estancia el Coty dejó armada una bruta jaula. Cuando suelta los animales adentro, uno de ellos se le va al humo, directo a los ojos, él alcanza a cubrirse con el brazo, le quedan el brazo y la pelada feamente arañados. Bichos bravos, pero el Coty se pasa dos días alimentándolos con una caña en cuyo extremo cuelga vísceras, aventurándose cada vez más en la jaula. Llega el equipo de filmación y los actores. Le muestran al Coty el árbol donde deben ir los buitres. El pide saber en qué ramas. Se sube y marca los lugares exactos. Arma unas lengas de alambre y lleva los bichos embolsados y los va atando de las patas en los lugares marcados. Los alimenta ahí mismo, día y noche, las últimas cuarenta horas antes de que rueden la escena. La escena es un éxito. El Coty está por soltar los animales cuando un ayudante de producción le dice desesperado que el buitre estrella, uno que debía beber sangre de un tazón que le daba un brujo en la película, llegó hace instantes en avión de Buenos Aires, con su entrenador, pero el bicho llegó muerto.
El Coty pide sangre. Le traen un tazón con líquido rojo. ¿Qué es esto?, dice. Glicerina líquida con colorante. “El buitre necesita sangre de verdad, y si está tibia mejor”, dice el Coty, y pide una oveja, y abre su bolsa de arpillera y saca un torniquete de goma y un bisturí, y sangra con mano sabia a la oveja y hasta le pone curabichera en aerosol (que saca de su bolsa) antes de soltarla. Mientras la oveja se aleja berreando, él trepa al árbol, embolsa a once de los doce buitres y al restante, aquél que lo había lastimado, le ofrece el tazón de sangre. El bicho bebe. El Coty pregunta dónde tiene que estar el bicho en la escena. Le marcan el lugar. El Coty arma unos disimulados ganchos para las lengas de alambre, sigue dándole sangre al buitre hasta que llega el momento de poner al bicho en su lugar. El actor que hace de brujo recibe aterrorizado el tazón que Coty llena con sangre, pero el Coty lo va tranquilizando, le explica cómo acercarse, cómo opacar los ojos para que el animal se fije más en el brillo de la sangre que en él. Se rueda la escena, es un éxito.
Con la plata de la Universal, el Coty le puso techo a su casa. No quiso en cambio ponerle luz eléctrica. Durante años, hasta ayer nomás, si uno se acercaba de noche a la casa, lo que se veía era la luz de las velas y la lumbre del fogón (la casa es un ambiente enorme con un fogón gigante en el medio; alrededor del tiraje del fogón el Coty hizo un entrepiso y ahí puso todas las camas). Dice el Coty que el día en que estaba terminando el techo miró al cielo y vio una bandada de pájaros grandes, quizá chimangos, aunque eran muy grandes para chimangos, volando dos veces en círculo sobre su cabeza antes de perderse a lo lejos, igual, igual que el día en que soltó a los buitres en Corrientes, antes de volverse a sus pagos de Korn. Dice el Coty que cuando un bicho grande te pasa volando tan cerca se puede oír el ruido del aire en las plumas, y que aquellos dos días diferentes lo que él oyó fue exactamente el mismo sonido, esa clase de cosas uno no se las olvida así nomás.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-167220-2011-04-29.html







TRANSMUTACIÓN*



El cuerpo ajado
que acaricias
por los bordes
de la rutina
Encallas
Centro
terso
imponente
Y absorbes
útero.


*De Ana Romano romano.ana2010@gmail.com



*

Inventren Próxima estación: ORDOQUI



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Thursday, April 28, 2011

POR ESE MINUTO DE VIDA BAJO UNA LUZ DESLUMBRANTE...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu



SECUENCIA*


Desnudos
ante el viento
los cuerpos
Desnudos
flamean
en el fuego
Desnudos
junto al río
encandilado
Desnudos
frente al espejo
estallan
Desnudos
se detienen
al llegar
a la cima.


*De Ana Romano romano.ana2010@gmail.com









Por el Camino del Río*


Por el camino del río
camino de enamorados
buscando las fronda espesa
donde en amor hacer nido
se nos va una parejita
de la manita tomados
y el lápiz de algún poeta
los persigue dibujando.


Y que hermosa está la luna,
reflejadita en el agua
y que feliz canta el agua
dichosa de ser un río,
cuanto fulgor en la noche
cuanto brillo en el lucero
y el lápiz de aquel poeta
en todo encuentra un te quiero.


Por el camino del río
camino de enamorados
ya no se ve la pareja,
los de la mano tomados
y hay un revuelo en las hojas
de la vera del camino
y hay risitas por lo bajo
risitas y algún quejido,
es que a ellos como al río
los va empujando el destino
y aquel poeta discreto
se vuelve hacia el caserío


Que destino los poetas
pasan la vida cantando
de amores que viven otros
y ellos se quedan soñando.


Por un camino de río
camino de enamorados
sueñan todos los poetas
algún día ser amados.


*De Don Ramón de Almagro. donramon@sinectis.com.ar

Don Ramón y su esposa, durante muchos años fueron almaceneros, de ahí eso de Doña Elsa y Don Ramón, en Abril de 1996 como muchos otros, debieron cerrar el boliche, al quedar sin trabajo, sin nada, Don Ramón a los 62 años, buscando contención, comenzó un secundario nocturno, terminando esto en
Diciembre del 98, ahí, en el colegio, encontró la poesía, cuando sólo tenía escrito siete poemas ante la necesidad que siempre tiene cara de hereje, comenzó a venderlos en el subte "D", esto fue en Enero del 98, desde entonces, gracias a Dios, a Metrovías, al Personal y a los Pasajeros este ha sido su medio de vida. Don Ramón firma como Ramón de Almagro, pues vive en ese barrio desde hace más de 60 años, pero en realidad nació un 10 de Abril de 1934 en Arrecifes, ciudad del Noreste de la Provincia de Buenos Aires.






Meditaciones matinales*


VIII


Mandatos. ¿Cuántos de ellos están sobornando nuestra existencia? ¿Cuántos de ellos, porque son "sagrados", no nos permiten ser felices?
Desde niño escuche aquí, allá y acullá: "Quieres tener algo. Quieres ser algo. Hay que sacrificarse".
Toda la vida es un sacrificio. Una pesada cruz que debemos soportar estoicamente. Primero el deber, después el placer. Y dale que va. Hacemos lo que hacemos, a presión. El hacer, así, es una pesadumbre que nos hace abrumados y dolidos por lo que hacemos. Consolidan ese mandato fábulas como la de la cigarra y la hormiga.
Todo aquel que cante, dance, escriba, contemple o esté alegre con su hacer es mirado, por el entorno, como sospechoso.
Ocurre, simplemente, que está subvirtiendo la orden del mandato.



*De Cacho Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar







LAS HORTENSIAS*


(Parte 7 de 10)



*De Felisberto Hernández.




VII


María esperaba, en el hotel de los estudiantes, que Horacio fuera de nuevo. Apenas salía algunos momentos para que le acomodaran la habitación. Iba por las calles de los alrededores llevando la cabez levantada; pero no miraba a nadie ni a ninguna cosa; y al caminar pensaba: "Soy una mujer que ha sido abandonada a causa de una muñeca; pero si ahora él me viera, vendría hacia mí". Al volver a su habitación tomaba un libro de poesías, forrado de hule azul, y empezaba a leer distraídamente, en voz alta, y a esperar a Horacio; pero al ver que él no venía trataba de penetrar las poesías del libro; y si no lograba comprenderlas se entregaba a pensar que ella era una mártir y que el sufrimiento la llenaría de encanto. Una tarde pudo comprender una poesía; era como si alguien, sin querer, hubiera dejado una puerta abierta y en ese instante ella hubiera aprovechado para ver un interior. Al mismo tiempo le pareció que el empapelado de la habitación, el biombo y el lavatorio con sus canillas niqueladas, también hubieran comprendido la poesía; y que tenían algo noble, en su materia, que los obligaba a hacer un esfuerzo y a prestar una atención sublime. Muchas veces, en medio de la noche, María encendía la lámpara y escogía una poesía como si le fuera posible elegir un sueño. Al día siguiente volvía a caminar por las calles de aquel barrio y se imaginaba que sus pasos eran en poesía. Y una mañana pensó: "Me gustaría que Horacio supiera que camino sola, entre árboles, con un libro en la mano".
Entonces mandó buscar a su chofer, arregló de nuevo sus valijas y fue a la casa de una prima de su madre: era en las afueras y había árboles, Su parienta era una solterona que vivía en una casa antigua; cuando su cuerpo inmenso cruzaba las habitaciones, siempre en penumbra, y hacía crujir los pisos, un loro gritaba: "Buenos días, sopas de leche". María contó a Pradera su desgracia sin derramar ni una lágrima. Su parienta escuchó espantada; después se indignó y por último empezó a lagrimear. Pero María fue serenamente a despedir al chofer y le encargó que le pidiera dinero a Horacio y que si él le preguntaba dónde estaba ella, se lo dijera; por último le encargó que viniera al otro día a la misma hora. Después ella fue a sentarse bajo un árbol con el libro de hule; de él se levantaban poemas que se esparcían por el paisaje como si ellos formaran de nuevo las copas de los árboles y movieran, lentamente, las nubes. Durante el almuerzo Pradera estuvo pensativa; pero después preguntó a María:
-¿ Y qué piensas hacer con ese indecente?
-Esperar que venga y perdonarlo.
-Te desconozco, sobrina; ese hombre te ha dejado idiota y te maneja como a una de sus muñecas.
María bajó los párpados con silencio de bienaventurada: Pero a la tarde vino la mujer que hacia la limpieza, trajo el diario "La Noche", del día anterior y los ojos de maría rozaron un título que decía: "Las Hortensias de Facundo". No pudo dejar de leer el suelto: "En el último piso de la tienda La Primavera, se hará una gran exposición y se dice que algunas de las muñecas que vestirán los últimos modelos serán Hortensias. Esta noticia coincide con el ingreso de facundo, el fabricante de las famosas muñecas, a la firma comercial de dicha tienda. Vemos alarmados cómo esta nueva falsificación del pecado original -de la que ya hemos hablado en otras ediciones- se abre paso en nuestro mundo. He aquí uno de los volantes de propaganda, sorprendidos en uno de nuestros principales clubes:¿Es usted feo? No se preocupe. ¿Es usted tímido? No se preocupe. En una Hortensia tendrá usted un amor silencioso, sin riñas, sin presupuestos agobiantes, sin comadronas".
María despertaba a sacudones:
-¡Qué desvergüenza! El mismo nombre de nuestra...
Y no supo qué agregar. Había levantado los ojos y cargándolos de rabia, apuntaba a un lugar fijo.
-¡Pradera!, gritó furiosa, ¡mira!
Su tía metió las manos en la canasta de la costura y haciendo guiñadas para poder ver, buscaba los lentes. Entonces María le dijo:
-Escucha. -Y leyó el suelto-. No sólo pediré el divorcio -dijo después-, sino que armaré un escándalo como no se ha visto en este país.
-Por fin, hija, bajas de las nubes -gritó Pradera levantando las manos coloradas por el agua caliente de fregar las ollas.
Mientras María se paseaba agitada, tropezando con macetas y plantas inocentes, Pradera aprovechó a esconder el libro de hule. Al otro día, el chofer pensaba en cómo esquivaría las preguntas de María sobre horacio; pero ella sólo le pidió el dinero y en seguida lo mandó a la casa negra para que trajera a María, una de las mellizas. María -la melliza- llegó en la tarde y contó lo de la espía, a quien debían llamar "la señora Eulalia". En el primer instante María -la mujer de Horacio- quedó aterrada y con palabras tenues, le preguntó:
-¿Se parece a mí?
-No, señora, la espía es rubia y tiene otros vestidos.
María -la mujer de Horacio- se paró de un salto, pero en seguida se tiró de nuevo en el sillón y empezó a llorar a gritos. Después vino la tía. La melliza contó todo de nuevo. Pradera empezó a sacudir sus senos inmensos en gemidos lastimosos; y el loro, ante aquel escándalo gritaba: "Buenos días, sopas de leche".






hijos para (no) sacarle el cuerpo a la muerte*



hijos para descargarse
hijos para arrepentirse
hijos para pulsear
hijos para evidencia
hijos para transacciones
hijos para los tótemes
hijos para herederos
hijos para equivalencias
hijos para pensarse
hijos para matices



hijos para
suavizar asperezas
hijos para
constituir jugueterías
hijos para
“cambio chico”
hijos para
consumo interno
hijos para
adherir a causas perdidas
hijos para
causas mixtas



hijos para que lo sean todo
hijos para sostener la brega del odio
hijos para restituir la dignidad
hijos para justificar un fin
hijos para efectos de extrañamiento
hijos para estar en el medio
hijos para estimular a los finos nosólogos
hijos para ser los hijos mentados
hijos para ser los padres mentados
hijos para hacerse fama y echarse a dormir


hijos para
decirlos

*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







FEROCIDAD*



Hace ya algún tiempo terminé la lectura de "Sacrificios en días santos" de Antonio Dal Masetto.
Más allá de mi admiración por el maestro y su manera de narrar con palabras sencillas e imágenes contundentes. He quedado impactado por una idea fuerte: algo así como quien puede entender cuanta ferocidad puede anidar en el corazón humano. Cuanto odio latente esta dispuesto a ser depositado en un otro cualquiera. Este libro nuevamente situado en el pueblo de Bosque (los anteriores fueron Siempre es difícil volver a casa" y "Bosque") se despliega entre gentes para las cuales todas las facetas de la duplicidad moral del orden burgués son parte de su normalidad. Son la jaula invisible que los contiene y los hace rehenes de un mismo orden de intereses.
"Manejados desde el anonimato, desde la hipocresía" dice textualmente Antonio.


Por aquella época había estado trabajando en unos pueblos del interior y surgió un pequeño botón de muestra. Un rato antes había visto una placa de mármol que avisaba que en ese edificio había enseñado Julio Córtazar. A pocos metros de allí luego de doblar una esquina entre a un bar de un club social y deportivo para comer algo. Era la hora de la siesta y sólo estaban unos pocos parroquianos que
tomaban vino tinto acodados a la barra. Enfrente se veía una plaza desierta tapizada de hojas secas de plátano.
Observé que se asomaban a la puerta y seguían el paso de una mujer por la vereda de la plaza. Ella no era ni linda ni fea y su andar no era merecedor a mi juicio de ningún comentario.
Pero para esos náufragos del club social era un verdadero suceso que demandaba comentarios e ironías.
Alguien preguntó -¿Es de Chacabuco?
Recordé que el pueblo natal de Haroldo Conti no estaba tan lejos de ese pueblo.
En ese momento asocié lo que estaba ocurriendo con la tremenda frase con la que comienza el cuento Perfumada noche "La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas".
En seguida pude oir a otro parroquiano que estaba algo alejado del grupo de arracimados a la puerta, sin despegarse de la barra y con la copa de vino tinto en el aire, decir bien fuerte, para que lo oigan todos:


-Qué puta es esa mina.


Pensé en ella. Que iba a alguna parte cruzando al aire las dentelladas de ferocidad de esos infelices.
Pensé en esa mujer a quien alguien seguramente ama y espera verla llegar a su hogar desprovista de fantasmas.

Y recordé la frase siguiente de Haroldo: "Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de ese hombre es una luz deslumbrante".

Y sentí pena por esas personas, tan parecidas a los habitantes literarios de Bosque. Por ese minuto de vida bajo una luz deslumbrante que no les será concedido.



*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com






*

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Wednesday, April 27, 2011

UN SOPLO DE LOCURA...



-Dibujo: Ray Respall Rojas. (Un soplo de locura)




DESPUÉS DE LA CONTIENDA*



“El sueño más largo es la Vida, de la cual habremos de despertar para comenzar nuestra verdadera existencia...

Siempre supe que eran molinos, querido Sancho, pero ya no quedan gigantes”.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.








*


Con tus lagrimas de soledad


el frío gabinete dejó que cayeran por un rumbo incierto
aunque en tus ojos estaba la intención de la esperanza
la balsa daba tumbos en la tormenta de niebla y llovizna
y no hubo un ancla donde sostenerla...
esas gotas cristalinas y tibias
fueron dejando surcos de un presente, de un adiós
no fue correspondido ese instante, ese espacio de una pausa
que podría ser de escucha.
En vez de un abrazo, el metálico pulso de la computadora
inundó el verdadero sentir y aumentó la separación egoísta.
Como puedo remontar esa cascada de aguas tristes,
ese exilio de incomunicación de mi parte.
Quiero amiga mía, que con estas letras y estos vocablos
sepas que puedes contar conmigo.-



*De Nora Azul. azulaki@hotmail.com
27/4/2011.-





Casa de pájaros*


En el jardín, la casita de pájaros, se abraza a un árbol para disimular su fragilidad, su pequeñez. LLueve, muestra su vocación de refugio. Aunque no se sabe de dónde, saca fuerza y flamea el techo rojo... Regalo de un artesano. Recuerda la casa de Snnopy, el soñaba sobre el techo.
De este lado de la ventana, del sueño, cuadritos, una esperanza de vencer a la tristeza



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar





LAS HORTENSIAS*


(Parte 6 de 10)



*De Felisberto Hernández.




VI

Hacía poco tiempo que Horacio dormía en el hotel y las cosas ocurrían como en la primera noche. en la casa de enfrente se encendían ventanas que caían en los espejos; o él se despertaba y encontraba las ventanas dormidas. Una noche oyó gritos y vio llamas en su espejo. Al principio las miró como en la pantalla de cine; pero en seguida pensó que si había llamas en el espejo también tenía que haberlas en la realidad. Entonces, con velocidad de resorte, dio media vuelta en la cama y se encontró con llamas que bailaban en el hueco de las ventanas de enfrente, como diablillos en un teatro de títeres. Se tiró al suelo, se puso la salida de baño y se asomó a una de sus propias ventanas. En el vidrio se reflejaban las llamas y esta vantana parecía asustada de ver lo que ocurría a la de enfrente. Abajo -la pieza de Horacio quedaba en un primer piso- había mucha gente y es ese momento venían los bomberos. Fue entonces que Horacio vio a maría asomada a otra de las ventanas del hotel. Ella ya lo estaba mirando y no terminaba de reconocerlo. Horacio le hizo señas con la mano, cerró la ventana, fue por el pasillo hasta la puerta que creyó la de María y llamó con los nudillos. En seguida apareció ella y le dijo:
-No conseguirás nada con seguirme.
Y le dio con la puerta en la cara. Horacio se quedó quieto y a los pocos instantes la oyó llorar detrás de la puerta. Entonces le contestó:
-No vine a buscarte; pero ya que nos encontramos deberíamos ir a casa.
-Ándate, ándate tú solo -había dicho ella.
A pesar de todo, a él le pareció que tenía ganas de volver. Al otro día, Horacio fue a la casa negra y se sintió feliz. Gozaba de la suntuosidad de aquellos interiores y caminaba entre sus riquezas como un sonámbulo; todos los objetos vivían allí, recuerdos tranquilos y las altas habitaciones le daban la impresión de que tendrían alejada una muerte que llegaría del cielo.
Pero en la noche, después de cenar, fue al salón y le pareció que el piano era un gran ataúd y que el silencio velaba a una música que había muerto hacía poco tiempo. Levantó la tapa del piano y aterrorizado la dejó caer con gran estruendo; quedó un instante con los brazos levantados, como ante alguien que lo amenazara con un revólver, pero después fue al patio y empezó a gritar:
-¿Quién puso a Hortensia dentro del piano?
Mientras repetía la pregunta seguía con la visión del pelo de ella enredado en las cuerdas del instrumento y la cara achatada por el peso de la tapa. Vino una de las mellizas pero no podía hablar. Después llegó Alex:
-La señora estuvo esta tarde; vino a buscar ropa.
-Esa mujer me va a matar a sorpresas -gritó Horacio sin poder dominarse. Pero súbitamente se calmó:
-Llévate a Hortensia a tu alcoba y mañana temprano dile a Facundo que la venga a buscar. Espera -le gritó casi en seguida-. Acércate. -Y mirando el lugar por donde se habían ido las mellizas, bajó la voz para encargarle de nuevo:
-Dile a Facundo que cuando venga a buscar a Hortensia ya puede traer la otra.
Esa noche fue a dormir a otro hotel; le tocó una habitación con un solo espejo; el papel era amarillo con flores rojas y hojas verdes enredadas en varillas que simulaban una glorieta. La colcha también era amarilla y Horacio se sentía irritado: tenía la impresión de que se acostaría a la intemperie. Al otro día de mañana fue a su casa, hizo traer grandes espejos y los colocó en el salón de manera que multiplicaran las escenas de sus muñecas. Ese día no vinieron a buscar a Hortensia ni trajeron la otra. Esa noche Alex le fue a llevar vino al salón y dejó caer la botella...
-No es para tanto -dijo Horacio.
Tenía la cara tapada con un antifaz y las manos con guantes amarillos.
-Pensé que se trataría de un bandido -dijo Alex mientras Horacio se reía y el aire de su boca inflaba la seda negra del antifaz.
-Estos trapos en la cara me dan mucho calor y no me dejarán tomar vino; antes de quitármelos tú debes descolgar los espejos, ponerlos en el suelo y recostarlos a una silla. Así -dijo Horacio, descolgando uno y poniéndolo como él quería.
-Podrían recostarse con el vidrio contra la pared; de esa manera estarán más seguros -objetó Alex.
-No, porque aún estando en el suelo, quiero que reflejen algo.
-Entonces podrían recostarse a la pared mirando para afuera.
-No, porque la inclinación necesaria para recostarlos en la pared hará que reflejen lo que hay arriba y yo no tengo interés en mirarme la cara.
Después que Alex los acomodó como deseaba su señor, Horacio se sacó el antifaz y empezó a tomar vino; paseaba por un caminero que había en el centro del salón; hacia allí miraban los espejos y tenían por delante la silla a la cual estaban recostados. Esa pequeña inclinación hacia el piso le daba la idea de que los espejos fueran sirvientes que saludaran con el cuerpo inclinado, conservando los párpados levantados y sin dejar de observarlo. Además, por entre las patas de las sillas, reflejaban el piso y daban la sensación de que estuviera torcido. Después de haber tomado vino, eso le hizo mala impresión y decidió irse a la cama. Al otro día -esa noche durmió en su casa- vino el chofer a pedirle dinero de parte de María. Él se lo dio sin preguntarle dónde estaba ella; pero pensó que María no volvería pronto; entonces, cuando le trajeron la rubia, él la hizo llevar directamente a su dormitorio. A la noche ordenó a las mellizas que le pusieran un traje de fiesta y la llevaran a la mesa. Comió con ella enfrente; y al final de la cena y en presencia de una de las mellizas, preguntó a Alex:
-¿Qué opinas de ésta?
-Muy hermosa, señor. Se parece mucho a una espía que conocí en la guerra.
-Eso me encanta, Alex.
Al día siguiente, señalando a la rubia, Horacio dijo a las mellizas:
-De hoy en adelante deben llamarla señora Eulalia.
A la noche Horacio preguntó a las mellizas: (Ahora ellas no se escondían de él) -¿Quién está en el comedor?
-La señora Eulalia, dijeron las mellizas al mismo tiempo.
Pero no estando Horacio, y por burlarse de alex, decían: "Ya es hora de ponerle el agua caliente a la espía".






CABÁLGAME...*


Cabálgame de mil maneras
penetra en mi esencia
derriba fronteras
has de mí... lo que quieras.
Enardece los sentidos
arrúllame con gemidos
deslízate sobre mi piel
así... suave... te espero.
Envuélveme con el aliento
quiero ser tu fuego
morir abrazada en el caldero
que habita en tu sexo.
Besa mi humedad tibia
explora con tu lengua mi anatomía
no temas anidar en las esquinas
sé salvaje o tierno como el viento.
Puéblame de sensaciones... misterios
sacude... conmociona lo eterno
trepa suave por los pechos
vibra conmigo... seamos un solo cuerpo.



*De ANA MARIA FERNANDO. patagoniacaliente@yahoo.com.ar







El campo de Desalmados*



*Por Laura Ramos cuadernosprivados@gmail.com



Me gusta el campo en la literatura de María Martoccia porque se parece al campo árido y amarillo, de pasto seco, seco de espíritu, de mi adolescencia (Despeñaderos, provincia de Córdoba). En el campo de María Martoccia a los loros se los quema, cuando no se los comen los perros; a las vacas se las carnea y a los pulgones se los aniquila con sulfato; las pieles de los conejos se clavan en marcos de madera; a los perros vagos que no ladran, que no sirven para nada, se los ahorca. En el campo donde se refugió mi padre, que desconocía todo sobre el campo pero que leyó mucho sobre cría de animales, de un día para otro se instalaron decenas de familias de ovejas, de vacas, de cerdos y de perros hambrientos. Los animales, desprotegidos a causa de la impericia de mi padre para su crianza pese a su afán por vencer esa dificultad, fuera de control como no fuera bajo el control malvado de la naturaleza, se comieron unos a otros, en una serie de sacrificios sin ritual ni sentido, sin otra poesía que la poesía del mal.
El escritor austríaco Thomas Bernhard, en su novela El sobrino de Wittgenstein , que leí mucho antes de conocer la obra de María Martoccia, abomina del campo: “Era inimaginable qué podía buscar en el campo Irina, mujer de la gran ciudad. Aquella mujer que, año tras año, iba cada noche a un concierto o a la ópera o a una obra de teatro, había alquilado de la noche a la mañana una alquería de una sola planta, de la que la mitad se utilizaba como pocilga, como pudimos comprobar con espanto Paul y yo, y en la que no sólo había goteras sino que, además, como no tenía sótano, había una humedad que llegaba hasta el techo. Y allí estaban sentados de repente Irina y su musicólogo, que durante años había escrito en periódicos y revistas vieneses, apoyados en una estufa americana de hierro colado y comiendo el llamado pan de aldeano hecho en casa, con la ropa raída y desgarrada y, mientras yo me tenía que tapar las narices por el penetrante olor de la pocilga, elogiaban el campo y maldecían de la ciudad. El musicólogo no escribía ya artículos sobre Webern y Berg, sobre Hauer y Stockhausen, sino que partía leña ante la ventana o vaciaba las aguas fecales de la cegada letrina. Irina no hablaba ya de la Sexta o la Séptima, sino nada más de la carne ahumada que, con sus propias manos, había colgado en la chimenea, no hablaba ya de Klemperer o la Schwarzkopf, sino del tractor del vecino que la despertaba ya a las cinco de la mañana, con el gorjeo de los pájaros. Al principio habíamos creído que Irina y su musicólogo marido volverían muy pronto a la música, dejando su fascinación por la agricultura, pero nos engañamos. Pronto no se habló ya en absoluto de música, como si nunca hubiera existido. Íbamos a verla, y nos servía su pan amasado por ella misma y su sopa cocinada por ella misma y además los rábanos cultivados por ella misma y tomates cultivados por ella misma, y nos sentíamos engañados y pensábamos que nos tomaba el pelo. En pocos meses, Irina se había convertido de la mujer refinada de la gran ciudad y la más apasionada de las vienesas en una provinciana de la Baja Austria, honrada campesina, que colgaba en la chimenea su carne ahumada y cultivaba sus hortalizas, lo que, desde nuestro punto de vista, equivalía a una autodegradación radical y no podía dejar de repelernos”.
Como Irina, María Martoccia, por lo que sé, vive en el campo, en el interior de la provincia de Córdoba (la misma topografía de Despeñaderos, se me ocurre, por la cercanía geográfica y la hosquedad de sus héroes), pero a diferencia de Irina, escribe libros, y no creo que cocine su propio pan o siembre hortalizas. No creo que cultive estas costumbres rurales alguien que describe el campo con tal parquedad, sin ningún apego, sin ánimo de construir una mística pero con la decisión de crear una atmósfera (Sierra Padre; Desalmadas). En esos términos es que su lectura me traslada a la atmósfera del campo, al que mi abuela llamaba Desamparados pero que podría llamarse también Desalmados, donde viví con mi madrastra durante el golpe de estado de 1976. Los personajes de María Martoccia se asientan, como dice Luis Chitarroni, en “las gélidas aguas del cálculo egoísta”. Las mismas gélidas aguas en las que navegan los personajes de Honorato de Balzac, algunas de cuyas aventuras, desplegadas en los dieciséis volúmenes desvencijados de la biblioteca de mi padre, leí durante aquel invierno.
En el comienzo de Ursula Mirouët , Balzac reúne en la placita de la iglesia del pueblo de Nemours a los herederos que traman una conspiración contra la heroína. No hay bondad ni campechanía provinciana en el campo de Balzac. Sin embargo, pese al cálculo egoísta al que alude Luis Chitarroni (cita a Carlos Marx en Mil tazas de té, un libro precioso), las novelas provincianas de Balzac no me hablan de la topografía que conozco, sino de una topografía de costuras y bordados que se enlazan con el mundo imaginario en el que me gustaría vivir.


*Fuente: http://www.clarin.com/ciudades/campo-Desalmados_0_468553274.html






*


A Uma


Un sobresalto, esas dos hojas rojas en la desnuda vereda. Un regalo del árbol. Prendedor de luz. Pequeña, provocativa belleza. En la mano abierta, herida sin dolor.

Si Caperucita se la hubiera puesto en el pecho se hubiera perdido como la arena en el desierto.


A Blanca Nieves en cambio la hubiera transformado.


Los tesoros dependen de la mirada..


Hay que afilar los ojos.

Los lobos sólo ven la carne.

El instante brilla.

El tiempo juega a la derrota.

¿Con qué podremos ganarle?

Me cubro por dentro de esas pequeñas joyas vegetales.

Pongo algunas flores imaginarias sobre lo que deja al descubierto la blusa de encaje negro que me cubre.

No soy la misma cuando camino pintada por mi propia palabra.

Si el tiempo vence, al menos lo entretengo, me escondo por un rato y juego mientras los lobos no están.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






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Tuesday, April 26, 2011

SOBRE UN HILO TAN FRÁGIL COMO INVISIBLE...




*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu



CENICIENTA*


Cenicienta fue multada por dejar cristales en la escalera y calabazas en la calle. Se la tachó de incívica por no reciclar y de impuntual, pero lo que nadie le perdonó es que cambiara los delicados zapatos de cristal por unas deportivas Nike. A ella, eso no le importó porque cobró un porcentaje sobre las ventas.



*De Joan MATEU. joan@cimat.es
Barcelona - ESPAÑA










*


No soy un asesino serial sólo te voy a matar a vos.
Ella se quedó tranquila, siempre le gustó ser única .


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







LAS HORTENSIAS*


(Parte 5 de 10)



*De Felisberto Hernández.




V


Unos días antes que trajeran a Hortensia, María sacaba a pasear a Horacio; quería distraerlo; pero al mismo tiempo pensaba que él estaba triste porque ella no podía tener una hija de verdad. La tarde que trajeron a Hortensia, Horacio no estuvo muy cariñoso con ella y María volvió a pensar que la tristeza de Horacio no era por Hortensia; pero un momento antes de cenar ella vio que Horacio tenía, ante Hortensia, una emoción contenida y se quedó tranquila. Él, antes de ir a ver a sus muñecas, le fue a dar un beso a María; la miraba de cerca, con los ojos muy abiertos y como si quisiera estar seguro de que no había nada raro escondido en ningún lugar de su cara. Ya habían pasado unos cuantos días sin que Horacio se hubiera quedado solo con Hortensia. Y después María recordaría para siempre la tarde en que ella, un momento antes de salir y a pesar de no hacer mucho frío, puso el agua caliente a Hortensia y la acostó con Horacio para que él durmiera confortablemente la siesta. Esa misma noche él miraba los rincones de la cara de maría seguro de que pronto serían enemigos; a cada instante él hacía movimientos y pasos más cortos que de costumbre y como si se preparara para recibir el indicio de que María había descubierto todo. Eso ocurrió una mañana. Hacía mucho tiempo, una vez que María se quejaba de la barba de Alex, Horacio le había dicho:
-¡Peor estuviste tú al elegir como criadas a dos mellizas tan parecidas!
Y María le había contestado:
-¿Tienes algo particular que decirle a alguna de ellas? ¿Has tenido alguna confusión lamentable?
-Sí, una vez te llamé a ti y vino la que tiene el honor de llamarse como tú.
Entonces María dio orden a las mellizas de no venir a la planta baja a las horas en que el señor estuviera en casa. Pero una vez que una de ellas huía para no dejarse ver por Horacio, él la corrió creyendo que era una extraña y tropezó con su mujer. Después de eso María las hacía venir nada más que algunas horas en la mañana y no dejaba de vigilarlas. El día en que se descubrió todo, María había sorprendido a las mellizas levantándole el camisón a Hortensia en momentos en que no debían ponerle el agua caliente ni vestirla. Cuando ellas abandonaron el dormitorio, entró María. Y al rato las mellizas vieron a la dueña de casa cruzando el patio, muy apurada, en dirección a la cocina. Después había pasado de vuelta con el cuchillo grande de picar carne; y cuando ellas, asustadas, la siguieron para ver lo que ocurría, María les había dado con la puerta en la cara. Las mellizas se vieron obligadas a mirar por la cerradura; pero como María había quedado de espaldas, tuvieron que ir a ver por otra puerta. María puso a Hortensia encima de una mesa, como si la fuera a operar y le daba puñaladas cortas y seguidas; estaba desgreñada y le había saltado a la cara un chorro de agua; de un hombro de Hortensia brotaban otros dos, muy finos, y se cruzaban entre sí como en la fuente del jardín; y del vientre salían borbotones que movían un pedazo desgarrado del camisón. Una de las mellizas se había hincado en un almohadón, se tapaba un ojo
con la mano y con el otro miraba sin pestañear junto a la cerradura; por allí venía un poco de aire y la hacía lagrimear; entonces cedía el lugar a su hermana. De los ojos de María también salían lágrimas; al fin dejó el cuchillo encima de Hortensia, se fue a sentar a un sillón y a llorar con las manos en la cara. Las mellizas no tuvieron más interés en mirar por la cerradura y se fueron a la cocina. Pero al rato la señora las llamó para que le ayudaran a arreglar las valijas. María se propuso soportar la situación con la dignidad de una reina desgraciada. Dispuesta a castigar a Horacio y pensando en las actitudes que tomaría ante sus ojos, dijo a las mellizas que si venía el señor le dijeran que ella no lo podía recibir. Empezó a arreglar todo para un largo viaje y regaló algunos vestidos a las mellizas; y al final, cuando María se iba en el auto de la casa, las mellizas, en el jardín, se entregaron con fruición a la pena de su señora; pero al entrar de nuevo a la casa y ver los vestidos regalados se pusieron muy contentas: corrieron las cortinas de los espejos -estaban tapados para evitarle a Horacio la mala impresión de mirarse en ellos- y se acercaron los vestidos al cuerpo para contemplar el efecto. Una de ellas vio por el espejo el cuerpo mutilado de Hortensia y dijo: "Qué tipo sinvergüenza". Se refería a Horacio. Él había aparecido en una de las puertas y pensaba en la manera de preguntarles qué estaban haciendo con esos vestidos frente a los espejos desnudos. Pero de pronto vio el cuerpo de Hortensia sobre la mesa, con el camisón desgarrado y se dirigió hacia allí. Las mellizas iniciaron la huida. Él las detuvo:
-¿Dónde está la señora?
La que había dicho "qué tipo sinvergüenza" lo miró de frente y contestó:
-Nos dijo que haría un largo viaje y nos regaló estos vestidos.
Él les hizo señas para que se fueran y le vinieron a la cabeza estas palabras: "La cosa ya ha pasado". Miró de nuevo el cuerpo de Hortensia: todavía tenía en el vientre el cuchillo de picar carne. Él no sentía mucha pena y por un instante se le ocurrió que aquel cuerpo podía arreglarse; pero en seguida se imaginó el cuerpo cosido con puntadas y recordó un caballo agujereado que había tenido en la infancia: la madre le había dicho que le iba a poner un remiendo; pero él se sentía desilusionado y prefirió tirarlo.
Horacio desde el primer momento tuvo la seguridad de que María volvería y se dijo para sí: "Debo esperar los acontecimientos con la mayor calma posible". Además él volvería a ser, como en sus mejores tiempos, un atrevido fuerte. Recordó lo que le había ocurrido esa mañana y pensó que también traicionaría a Hortensia. Hacía poco rato, Facundo le había mostrado otra muñeca; era una rubia divina y ya tenía su historia: Facundo había hecho correr la noticia de que existía, en un país del norte, un fabricante de esas muñecas; se habían conseguido los planos y los primeros ensayos habían tenido éxito. Entonces recibió, a los pocos días, la visita de un hombre tímido; traía unos ojos grandes embolsados en párpados que apenas podía levantar, y pedía datos concretos. Facundo, mientras buscaba fotografías de muñecas, le iba diciendo: "El nombre genérico de ellas es el de Hortensias; pero después el que ha de ser su dueño le pone el nombre que ella le inspire íntimamente. Estos son los únicos modelos de Hortensias que vinieron con los planos". Le mostró sólo tres y el hombre tímido se comprometió, casi irreflexivamente, con una de ellas y le hizo el encargo con dinero en la mano. Facundo pidió un precio subido y el comprador movió varias veces los párpados; pero después sacó una estilográfica en forma de submarino y firmó el compromiso. Horacio vio la rubia terminada y le pidió a facundo que no la entregara todavía; y su amigo acepto porque tenía otras empezadas. Horacio pensó, en el primer instante, ponerle un apartamento; pero ahora se le ocurría otra cosa; la traería a su casa y la pondría en la vitrina de las que esperaban colocación. Después que todos se acostaran él la llevaría al dormitorio; y antes que se levantaran la colocaría de nuevo en la vitrina. Por otra parte él esperaba que maría no volvería a su casa en altas horas de la noche. Apenas Facundo había puesto la nueva muñeca a disposición de su amigo, Horacio se sintió poseído por una buena suerte que no había tenido desde la adolescencia. Alguien lo protegía, puesto que él había llegado a su casa después que todo había pasado. Además él podría dominar los acontecimientos con el impulso de un hombre joven. Si había abandonado una muñeca por otra, ahora él no se podía detener a sentir pena por el cuerpo mutilado de Hortensia. La vuelta de maría era segura porque a él ya no le importaba nada de ella; y debía ser María quién se ocupara del cuerpo de Hortensia.
De pronto Horacio empezó a caminar como un ladrón, junto a la pared; llegó al costado de un ropero, corrió la cortina que debía cubrir el espejo y después hizo lo mismo con el otro ropero. Ya hacía mucho tiempo que había hecho poner esas cortinas. María siempre había tenido cuidado de que él no se encontrara con un espejo descubierto: antes de vestirse cerraba el dormitorio y antes de abrirlo cubría los espejos. Entonces sintió fastidio de pensar que las mellizas no sólo se ponían vestidos que él había regalado a su esposa, sino que habían dejado los espejos libres. No era que a él no le gustara ver las cosas en los espejos; pero el color oscuro de su cara le hacía pensar en unos muñecos de cera que había visto en un museo la tarde que asesinaron a un comerciante; en el museo también había muñecos que representaban cuerpos asesinados y el color de la sangre en la cera le fue tan desagradable como si a él le hubiera sido posible ver, después de muerto, las puñaladas que lo habían matado. El espejo del tocador quedaba siempre sin cortinas; era bajo y Horacio podía pasar, distraído, frente a él, e inclinarse, todos los días, hasta verse solamente el nudo de la corbata; se peinaba de memoria y se afeitaba tanteándose la cara. aquel espejo podía decir que él había reflejado siempre un hombre sin cabeza. Ese día, después de haber corrido la cortina de los roperos, Horacio cruzó, confiado como de costumbre, frente al espejo del tocador; pero se vio la mano sobre el género oscuro del traje y tuvo un desagrado parecido al de mirarse la cara. Entonces se dio cuenta de que ahora la piel de sus manos tenía también color de cera. Al mismo tiempo recordó unos brazos que había visto ese día en el escritorio de Facundo: eran de un color agradable y muy parecido al de la rubia. Horacio, como un chiquilín que pide recortes a alguien que trabaja en madera, le dijo a Facundo:
-Cuando te sobren brazos o piernas que no necesites, mándamelos.
-¿Y para qué quieres eso, hermano?
-Me gustaría que compusieran escenas en mis vitrinas con brazos y piernas sueltas; por ejemplo: un brazo encima de un espejo, una pierna que sale de abajo de una cama, o algo así.
Facundo se pasó una mano por la cara y miró a Horacio con disimulo. Ese día Horacio almorzó y tomó vino tan tranquilamente como si María hubiera ido a casa de una parienta a pasar el día. La idea de su suerte le permitía recomendarse tranquilidad. Se levantó contento de la mesa, se le ocurrió llevar a pasear un rato las manos por el teclado y por fin fue al dormitorio para dormir la siesta. Al cruzar frente al tocador, se dijo: "Reaccionaré contra mis manías y miraré los espejos de frente". Además le gustaba mucho encontrarse con sorpresas de personas y objetos en confusiones provocadas por espejos. Después miró una vez más a Hortensia, decidió que la dejaría allí hasta que María volviera y se acostó. Al estirar los pies entre las cobijas, tocó un cuerpo extraño, dio un salto y bajó de la cama; quedó unos instantes de pie y por último sacó las cobijas: era una carta de María: "Horacio: ahí te dejo a tu amante; yo también la he apuñalado; pero puedo confesarlo porque no es un pretexto hipócrita para mandarla al taller a que le hagan herejías. Me has asqueado la vida y te ruego que no trates de buscarme. María". Se volvió a acostar pero no podía dormir y se levantó. Evitaba mirar los objetos de su mujer en el tocador como evitaba mirarla a ella cuando estaban enojados. Fue a un cine; y allí saludó, sin querer, a un enemigo y tuvo varias veces el recuerdo de María. Volvió a la casa negra cuando todavía entraba un poco de sol a su dormitorio. Al pasar frente a un espejo y a pesar de estar corrida la cortina, vio a través de ella su cara: algunos rayos de sol daban sobre el espejo y habían hecho brillar sus facciones como las de un espectro. Tuvo un escalofrío, cerró las ventanas y se acostó. Si la suerte que tuvo cuando era joven le volvía, ahora a él le quedaría poco tiempo para aprovecharla; no vendría sola y él tendría que luchar con acontecimientos tan extraños como los que se producían a causa de Hortensia. Ella descansaba, ahora, a pocos pasos de él; menos mal que su cuerpo no se descompondría; entonces pensó en el espíritu que había vivido en él como en un habitante que no hubiera tenido mucho que ver con su habitación. ¿No podría haber ocurrido que el habitante del cuerpo de Hortensia hubiera provocado la furia de María, para que ella deshiciera el cuerpo de Hortensia y evitara así la proximidad de él, de Horacio? No podía dormir; le parecía que los objetos del dormitorio eran pequeños fantasmas que se entendían con el ruido de las máquinas. Se levantó, fue a la mesa y empezó a tomar vino. A esa hora extrañaba mucho a María. Al fin de la cena se dio cuenta de que no le daría un beso y fue a la salita. Allí, tomando el café pensó que mientras maría no volviera, él no debía ir al dormitorio ni a la mesa de su casa. Después salió a caminar y recordó que en un barrio próximo había un hotel de estudiantes. Llegó hasta allí. Había una palmera a la entrada y detrás de ella láminas de espejos que subían las escaleras al compás de los escalones; entonces siguió caminando. El hecho de habérsele presentado tantos espejos en un solo día, era un síntoma sospechoso. Después recordó que esa misma mañana, antes de encontrarse con los de su casa, él le había dicho a Facundo que le gustaría ver un brazo sobre un espejo. Pero también recordó la muñeca rubia y decidió, una vez más, luchar contra sus manías. Volvió sus pasos hacia el hotel, cruzó la palmera y trató de subir la escalera sin mirarse en los espejos. Hacía mucho tiempo que no había visto tantos juntos; las imágenes se confundían, él no sabía dónde dirigirse y hasta pensó que pudiera haber alguien escondido entre los reflejos. En el primer piso apareció la dueña; le mostraron las habitaciones disponibles -todas tenían grandes espejos-, él eligió la mejor y dijo que volvería dentro de una hora. Fue a la casa negra, arregló una pequeña valija y al volver recordó que antes, aquel hotel había sido una casa de citas. Entonces no se extrañó de que hubiera tantos espejos. En la pieza que él eligió había tres; el más grande quedaba a un lado de la cama; y como la habitación que aparecía en él era la más linda, Horacio miraba la del espejo. Estaría cansada de representar, durante muchos años, aquel ambiente chinesco. Ya no era agresivo el rojo del empapelado y según el espejo parecía el fondo de un lago, color ladrillo, donde habieran sumergido puentes con cerezos. Horacio se acostó y apagó la luz; pero siguió mirando la habitación con el resplandor que venía de la calle. Le pareciá estar escondido en la intimidad de una familia pobre. Allí todas las cosas habían envejecido juntas y eran amigas; pero las ventanas todavía eran jóvenes y miraban hacia afuera; eran mellizas, como las de María, se vestían igual, tenían pegado al vidrio cortinas de puntillas y recogidos a los lados, cortinados de terciopelo. Horacio tuvo un poco la impresión de estar viviendo en el cuerpo de un desconocido a quien robara bienestar. En el medio de un gran silencio sintió zumbar sus oídos y se dio cuenta de que le faltaba el ruido de las máquinas; tal vez le hiciera bien salir de la casa negra y no oírlas más. Si ahora María estuviera recostada a su lado, él sería completamente feliz. Apenas volviera a su casa él le propondría pasar una noche en este hotel. Pero en seguida recordó la muñeca rubia que había visto en la mañana y después se durmió. En el sueño había un lugar oscuro donde andaba volando un brazo blanco. Un ruido de pasos en una habitación próxima lo despertó. Se bajó de la cama y empezó a caminar descalzo sobre la alfombra; pero vio que lo seguía una mancha blanca y comprendió que su cara se reflejaba en el espejo que estaba encima de la chimenea. Entonces se le ocurrió que podrían inventar espejos en los cuales se vieran los objetos pero no las personas. Inmediatamente se dio cuenta de que eso era absurdo; además si él se pusiera frente a un espejo y el espejo no lo reflejara, su cuerpo no sería de este mundo. Se volvió a acostar. Alguien encendió la luz en una habitación de enfrente y esa misma luz cayó en el espejo que Horacio tenía a un lado. Después él pensó en su niñez, tuvo recuerdos de otros espejos y se durmió.






honduras digo meterse*



ivonne digo madam
saturno digo anillos
y lobo digo está

gambito para el estigma ultra dilacerante

en los otros me velo
velotros
velos de los otros
gambito
y sigue el lobo estando
ultraño

¿extraño?
¿o entraño?

¿a madam?
y sus anillos de anillada
de consabida
de vapuleada
de saturnina
de atangueteada

lobos de farras y reviente
(lobos de palfium, pantopón y dolofina)
lobos locales comen ivonnes
cuando ellas apenas arriban
lobos chamuyan

yo
tranqui
espero
y después las canto

la cruz del cono sur
allá papusa
la nieve
hoy tan sólo detalles
y hacia el final: remordimientos


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar









Misterio y melancolía en la poesía de Leonel Calderón*



*Por Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com
21/4/20011



Hay una pieza del pintor metafísico de principios del siglo XX, Giorgio de Chirico, que bien pudiera servir como leitmotiv de este ensayo. La tela en cuestión tiene el siguiente título: “Misterio y melancolía de una calle”. Conversando hace pocos años en el pequeño pueblo de Jinotepe, con el poeta nicaragüense Leonel Calderón, surgió la idea de ilustrar su último poemario, con esa pintura del célebre artista italiano, precursor del surrealismo. El contubernio entre pintura y literatura ha sido siempre posible, y, de algún modo, ambas disciplinas estéticas confluyen hacia un horizonte integrador, aunque las formas específicas que adopta esta vieja relación, no hayan sido nunca convenientemente explicadas. Fiel a esto último, podríamos preguntar: ¿Qué es lo no explicado en la poesía de Leonel que la hace colindar con las plasmaciones plásticas de Chirico?
Lo común a ambos artistas, aquello que los hermana en un juego mutuo de semejanzas y aproximaciones, es curiosamente el breve entorno urbano de Jinotepe; sus viejas y gastadas calles en sombras, en las que se percibe el constante ir y venir de la inextinguible melancolía del poeta. La idea que el pintor buscó plasmar en el lienzo, refleja con sus propios recursos lo que un día fue expresado por el poeta, y en ambos casos se nos aproxima bajo la forma universal de una intuición. Porque pocas veces una poesía se asemeja tanto al lugar en que ha sido inscrita. En raras ocasiones la expresión plástica y la configuración poemática, poseen la capacidad de evocar por igual un mismo paisaje y una idéntica sensación, los cuales se disuelven entre la soledad y el hastío, y a la vez, en ese intrincado e insoluble misterio que es en sí la vida. Singular ambiente citadino sobre el que se deslizan uniformes los días de Leonel, entre tanto cumple la tarea de ser el espacio físico que contextualiza su sensibilidad, al mismo tiempo que ésta nos remite a un sentido estético más amplio, el cual realiza su significado por medio de la hondura escatológica insinuada en la pintura, y en la que se inserta una consciencia del límite más allá de la cual sólo podría estar la muerte, la locura o la eternidad.
Hay algo esencialmente poetizable en la obra pictórica de Chirico que lo acerca a la expresión poética de mi amigo Leonel. Mas, lo llamativo es que la tela del pintor no opera tanto sobre nuestra percepción sensible, sino sobre nuestra capacidad de ideación, por lo que no es una propuesta estrictamente plástica, sino una transposición al lienzo de un dilema espiritual. Lo curioso es además que en el poemario de Leonel que nos ocupa, (Ofrendas del tiempo) no aparece ninguna mención al paisaje real, al específico contexto urbano en el que fueron escritos esos poemas, ya que ese texto se aparta con desdén de toda inmediatez, para situarse en el aspecto puro de la subjetividad y construir desde ahí su propio paisaje metafísico. Esto también me trae a colación a Chirico, y es lo que al final nos hace comprender la razón por la que el poeta recordara mi sugerencia, emitida casi al azar, de ilustrar su poemario con una obra pictórica que aportaría un referente visual, el cual proyectaría a un primer plano la circunstancia existencial que sin dudas lo sostiene, e igualmente nos comunica, que aun el oficio más esmerado de la reflexión implica una realidad tangible, mensurable, y una vida recorrida a partir de una infinidad de detalles.
Saber que estamos en la vida como en equilibrio sobre un hilo tan frágil como invisible, también nos hace comprender que el oficio de la literatura es sólo uno de los modos de resistir al tiempo infinito que sin piedad nos desgasta. Porque el lentísimo transcurrir del tiempo en esos humildes pueblos de provincias perdidos en la inmensa geografía latinoamericana, nos propone un diálogo fundamental, al que, en última instancia, sólo pueden asistir los auténticos creadores. Nos dice así el poeta endosando a sus versos la intencional cadencia de una letanía:
“Se alista el hombre como todos los días/ para ir a la oficina/ se baña con cierto desgano/ y un poco cansado se rasura/ la barba de tres días/ busca la corbata ya gastada/ el desteñido pantalón/ la camisa sin ajar/ toma café y mastica de prisa el duro pan/ Hace treinta largos años (o más) que realiza lo mismo (…) camina, siempre por las mismas calles/ y el idéntico adiós y buenos días/ a los mismos vecinos…”
Sin embargo, el poeta se describe a sí mismo “/ cargado de crepúsculos y sueños (…) / con varios libros y escribiendo siempre (…)” para más adelante añadir: “Y un día fue / que escogí con amor este camino”. Leonel nos coloca con estos versos en inmediata relación con su imaginario afectivo y el inapelable utópos que persigue su condición humana, entre tanto hace de su relación con el tiempo una relación visceral y la inevitable rémora que compone su destino, en el que a su pesar hormiguean, como en todo mortal, el significado truncado y envilecido de las cosas.
Sería oportuno agregar que hay un contenido diáfanamente evangélico en la obra del poeta, el cual le impele a contemplar la vida desde una mirada primordialmente ética; mirada que, dicho sea de paso, no se encuentra exenta de implicaciones sociales. Pero de la misma manera que la religión le condiciona a Leonel su personal actitud ante las cosas, haciéndolo oscilar entre su quehacer poético y la paciente introspección, las preguntas que realiza, siempre aparecen inscritas en el horizonte creador de sus textos, y a la vez permanecen ligadas al sordo quejido existencial que emite su naturaleza. Poder ver unidas religión y poesía, es algo que entraña un contenido casi misional. Y es un hecho que no es común cuando se trata de un buen poeta, ya que termina por avecinar literatura y eticidad. Tolstoi, por ejemplo, nos dejó en Rusia ese paradigma por medio de su vida y de su obra. Pudiéramos luego volver a preguntar: ¿La intensidad de la experiencia religiosa es la que nos acerca a los valores más esenciales de la vida? Y, ¿son esos valores y no otros los que debe comunicarnos la poesía? ¿Es entonces posible, sobre todo cuando se vive en la arriesgada región del límite, un arte verdadero que sea realmente profano? Lo que podríamos responder a estas interrogantes, es que Tolstoi demostró con su vida que se podía ir de la literatura a la santidad, y creadores como Leonel nos demuestran que además es posible andar con acierto de la religión a la poesía. Quizás porque lo importante sea ir de lo uno a lo otro. O tal vez porque del mismo modo que la riqueza siempre ha hecho malas migas con la santidad, ésta se puede convertir en ocasiones, en el tesoro inestimable del poeta.
Habría que retomar el contenido histórico de nuestros pequeños pueblos rurales, hijos dilectos de las oligarquías de la tierra, para desde de ahí intentar apresar las implicaciones teleológicas que pudiera encerrar para un verdadero artista un poblado como Jinotepe; lugar de pobreza encarnecida y repleto de significados. Ese extraño y, a la vez cotidiano lugar, donde la aguda visión de Chirico se vuelve colindante con el ámbito físico donde a Leonel le fue dado hilvanar su vigilia, confluyendo así pintura y poesía hacia un mismo cauce residual, esencialmente humano del mismo modo que conceptualmente plástico.
En la tela, si la miramos con detenimiento, la avenida “abstractamente” vacía se prolonga junto a una edificación de puertas rectilíneas y ojivales, y su color mostaza, y su cielo jaspeado, así como su configuración exageradamente geométrica, le dan un aspecto frio e indiferenciado al conjunto de apariencia tan misteriosa como improbable; diseñado por el pintor para subrayar la soledad que acompaña a sus fantasmagóricos transeúntes. Nos dice el poeta, situándonos de golpe en su propio entorno espiritual: “Solo Soy, habitando en el Mundo/ en el Mundo concreto, mi casa/ y al Ser, un dolor muy profundo/ me asedia angustiante… y me abraza”. ¿Podría haber soledad sin ciudad? ¿Poesía sin soledad? Poseen las pequeñas ciudades nicaragüenses una particularísima relación con la poesía, al mismo nivel que establecen sus vínculos con el arcano mágico y doloroso de las cosas: Si la ciudad de León es la patria de la niñez impresionable de Darío; Granada, la de las plazas y portales neoclásicos y la aventura desconocida de la Nicaragua marina; por su parte, el viejo y ruidoso poblado de Jinotepe, enclavado en una alta y desarbolada planicie, es una de esas regiones en el mundo, donde se hace más patente la infinita y resignada tristeza residual de la gente, aunque también un lugar donde se vuelven imprescindibles los poetas.
Leonel es un hombre que ha sabido servirse de toda la lasitud bochornosa que colma su vida pueblerina, para dedicarse con sosiego al estudio y al cultivo de su obra, mientras a la frivolidad imperativa e insustancial de la Modernidad, ha sabido oponer su convicción de seguir siendo el humilde ciudadano de un lugar hechizado, hundido en el polvoriento marasmo de los siglos. No obstante, éste es el dictamen que desde su pueblito esencial el poeta le hace al individuo informe de Occidente. “(…) contemplemos solo y absorto/ al hombre desolado de Occidente/ con su esterilidad interior/ con la sequedad insondable de su alma/ y el íntimo derrumbe de sus sueños”.
Es sugestiva la autoridad que confiere la poesía frente a esos grandes mundos aculturados que componen la esfera de acción del hombre moderno. Esta actitud marcadamente imprecatoria aparece en ciertos lugares del poemario que nos ocupa, y alcanza sus mejores acentos cuando habla de “los hombres de paja”: “Silencio que cae con la luz de la luna/ sobre techos y lóbregas calles/ mientras plácidos duermen los hombres de paja/ y roncan felices…/ -entes ciegos que tienen el sueño de la dura piedra- (…)” Mas, será obviamente la particular visión sobre las cosas, el sentimiento estrictamente personal, el que va a primar en estos versos, y de este modo observará reflejada en la pupila de Vallejo su propia imagen: “Me han contado con dolor y mucho sentimiento/ el por qué de tu angustia en carne viva/ y la causa de tus ojos dolorosos (…)” Y es esa misma mirada, como pupila que refleja la imagen mítica, la que el mundo nos devuelve y es además su cuadro metafísico y desarbolado, como si el artista hubiera salido al descampado para contemplar en el cielo de Jinotepe la noche más obscura de Chirico: “La luna en añicos ya no sale / y el Sol es un espejo opaco/ y moribundo/ los parques son eriales/ no hay árboles ni pájaros/ y hay sombras/ y ruidos fantasmales/ y púberes doncellas moribundas (…)”
Pero si son claramente discernibles eticidad y melancolía en la poesía de Leonel, ¿dónde es que radica su particular misterio? Este debería ser explicado a partir del correlato establecido con la pieza de marras del creador italiano: Las gastadas callecitas de Jinotepe, son por hipérbole las calles universales de la poesía, mientras la pintura –por la que desanda la sombra fugitiva de una niña solitaria con su aro–, es la imagen intuida de un lejano arquetipo. De esta manera, la imagen fue vivida por el poeta desde su interior, habitada en sus predios por su intensidad:
“En un cafetín y casi en la penumbra/ y en una de sus mesas ya gastadas/ unos ancianos de rostros enjutos/ (y en sus cabezas/ algunos ralos cabellos/ entre canosos y amarillos)…/ beben café y lentamente conversan/ de algo que no se sabe/ que nadie se da cuenta (…)” ¿Qué es eso “que no se sabe”? ¿Qué es aquello de lo “que nadie se da cuenta”? El autor de estos versos no nos lo dice, sin embargo sospechamos que es algo esencial, como lo pueden ser los fantasmas lares que nos rondan, o en la noche una música muy lejana que nos trae un recuerdo de la infancia que no termina de llegar, que quizás no recuperemos nunca.
¿Qué es eso “que no se sabe”? ¿Qué es aquello de lo “que nadie se da cuenta”? Creo nadie responderá jamás esta pregunta. Intentado rodearla, Antoine de Saint Exupery nos propuso la alegoría de una casa de la que en su niñez decían se encontraba oculto un tesoro; por más que lo buscó nunca pudo encontrarlo, no obstante ese tesoro secreto invadió su casa por mucho tiempo de un aura de misterio. Conversando con Leonel Calderón en su pequeña casa de Jinotepe, pude compartir por breves momentos de su compañía y afectuosa amistad, y después de leerme su poemario me pidió que lo prologara. Escasos años después, releyendo con esa intención sus versos, me aproximé un poco más a la evocación de ese tesoro prudente y misterioso que ronda la vida de ciertos hombres; a la secreta intuición de su forma. Hay así en la tierra y en el cielo tesoros inimaginables, aunque nadie jamás podrá hallarlos, sólo los poetas pueden darnos noticias de ellos; por eso es que son imprescindibles.



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