Tuesday, April 02, 2013

¿DEL LADO DE LA SOMBRA O DE LA VIDA?



*Dibujo de Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.
 
 
 
 
El Huerto Del Señor*
 
Detrás de la iglesia estaba el viejo cementerio, al fondo de la calle que da al colegio.
Mi amigo de la infancia Pablo Fontein, me recomendó que fuera a verlo. El lugar se había puesto en boga gracias a un extraño suceso. Pero no le di importancia al principio, ya que siempre fui del tipo escéptico.
Fue buscándola a Carmen recién, que crucé sus portones. Y me asombró ver que la gente se reunía en calma, a participar de un acontecimiento sorprendente. Una mujer todavía joven le hablaba a los muertos.
Ella los abrigaba con sus palabras y su voz era tan dulce, que no solo se convidaba a la tierra, sino que prendía en el alma, como un leño que arde encendiendo otras ramas.
Me preguntaba cómo podía hablar así, en medio del dolor y de la muerte, componiendo con sus palabras, sentimientos paralelos de belleza y embeleso.
Cuando les hablaba tiernamente, los muertos se movían bajo las sabanas de la tumba, y se acomodaban para seguir durmiendo, esta vez en tibios sueños.
Era como regar flores, y otras personas también se animaban, incluso las que les temían a los difuntos.
Ya era un secreto a voces en la pequeña localidad de Santa Catalina. Sobre todo entre las mujeres, que llevaban viandas y hasta iban con sus hijos a pasar el día, en los antiguos jardines del cementerio.
Eso lo cambiaba todo, los fallecidos agradecían que los mimaran, ya no descansaban a solas olvidados del mundo. Las palabras susurradas como a niños, una mano delicada sobre el sepulcro, eran una caricia suave, que atesoraban en sus nidos de silencio.
Al no soltarles la vida, ellos tampoco nos dejaban tan solos de este lado. Y en aquel pueblo, el miedo a la muerte, estaba terminando para siempre.
 
 
*De Mauricio Escribano. mauricioescri@gmail.com
 

 

 


¿DEL LADO DE LA SOMBRA O DE LA VIDA?
 
 
 
 
 
 
 
Observa*
 
 
 
Observa.
La madre está pidiéndonos asilo.
La madre que ha esperado en su lugar
comiendo la comida de los pájaros,
la madre atravesada por la garra
sin tacto para el mármol de la historia.
Mira a la madre como un puño abierto
bajo el largo cabello de las nubes.
Decide tú si abrir o condenarla.
 
 
 
*De Juan F. Rivero. juanfernandezrivero@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
YO SOY EL ARBOL*
 
 
 
Yo soy el árbol
Un pájaro de sueños habita mi sombrero
Y un fuego verde acaricia el viento
Donde el horizonte incendia la monotonía
 
Yo soy el árbol
Un íntimo y eterno fulgor
Un poblador de la memoria del hombre
Un refresco para las fauces del verano
 
Yo soy el árbol
En mis hojas vagabundea el viento
Nací entre la nada y el ardor
Entre el agua y aromas
Abrazado en el asombro de la tierra
 
Yo soy el árbol
Humildes manos me cuidaron
De mí nacieron las mesas
Las casas, las ruedas
Y la sombra como regazo de tanta soledad
 
Yo soy el árbol
Para que el poeta no crezca torcido
Tengo un corazón descubierto de vicios
Soy un titán en medio de la siesta
 
Yo soy el árbol
Y tengo un pacto de amor con el viento
Y tengo una sombra verde para el andariego
Y un nido para los niños
Y una mano en el pecho de la lluvia
 
Yo soy el árbol
Y soy este bombo
Soy esta guitarra que canta
Soy este cuaderno
Y este lápiz invencible
Como el incansable murmullo libertario
 
Yo soy el árbol
Y canto
Y canto
Y canto
Como una nueva brigada de la resistencia.
 
 
*De Carlos Norberto Carbone. Ccarbone71@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
¿Del lado de la sombra o de la vida?*
 
 
 
La tormenta lavo las huellas, se encontraron desnudos de historia como los primeros habitantes del planeta.
La lluvia era la medida del desconsuelo.
Ella se sacó del pecho la piedra negra. Cerrado, oscuro luto sin tiempo ni palabras.
El hombre sintió que había un desencuentro entre la piel suave de ella y esa roca  miró el lugar de dónde había salido, seca, sin sangre,  escribió algo sobre la piedra que acomodó el paisaje  y el cuerpo.
 
La escritura una sonrisa a descifrar.
 
 
*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El arte de la evasión en puntas de pie*
 
 
 
 
*Por Juan Forn.
 
 
Cuando Chejov llegaba a su casa de campo en Melikhovo, ochenta kilómetros al sur de Moscú, hacía izar una bandera para que los campesinos de la zona supieran que estaba. Había comprado esa casa, donde tenía viviendo a toda su familia, con el dinero que ganó como escritor, pero había empezado a escribir sólo para pagarse la carrera de médico (de hecho, firmaba con seudónimo esas “bagatelas”, para no arruinarse el nombre). Cuando triunfó, casi sin proponérselo, y sin creerse nunca del todo su calidad como escritor, a los únicos pacientes que atendía los atendía gratis, a la hora en que le golpearan la puerta. Una noche, tarde, estaba en Melikhovo sentado frente al fuego con amigos cuando lo mandaron llamar de afuera. Se demoró en volver y cuando le preguntaron el motivo de la tardanza dijo secamente: “Era una consulta”. ¿Tan tarde? ¿Alguien conocido? Chejov contestó, mirando al fuego: “Era una campesina. No la había visto en mi vida. Necesitaba láudano”. No se lo habría dado sin más, dijeron sus amigos. Luego de un largo silencio, Chejov contestó: “Vi en sus ojos que había tomado una decisión. Hay un puente de piedra sobre el río, acá cerca. Si se tira, va a padecer horriblemente antes de morir. Con el láudano le será más fácil”. Y, para cambiar de tema, se puso a hablar de literatura (cuando hablaba de literatura también lo hacía con el filo de un bisturí: a cada aspirante a escritor que le mandaba sus manuscritos le daba el mismo consejo: “Corten, corten, corten donde mienten. A todo cuento que escriban córtenle el principio y el final, porque ésos son los lugares donde más mienten todos los escritores”).
Cuando hablamos de Chejov siempre parece que habláramos de un hombre mayor. En todas sus fotos parece haber nacido médico, sensato, sabio, salvo en una que le sacó su hermano en Melikhovo, el mismo año en que ocurrió el incidente del láudano. Chejov tenía treinta y cuatro años; aunque aún parecía un estudiante revoltoso, le quedaban menos de diez años de vida, ya escupía sangre cuando tosía y tenía dos hermanos muertos de tuberculosis, además de doce hermosas mujeres esperando en vano su propuesta de matrimonio. ¿Sabía para entonces que tenía fecha pronta de salida? ¿Vivió así, y escribió así, porque sabía? Miren la foto y recuerden que la pregunta que Chejov se hizo siempre fue la misma que trataba de transmitir a cada paciente que examinaba: “¿Cómo debería vivir, siendo el que soy, sabiendo lo que sé?”.
Lo que sabemos es que fue siempre enfermizamente privado, el rey de la elipsis, el maestro de la evasión en puntas de pie, tanto en la vida como en lo que escribió. Cuando ensayaban La Gaviota, y un actor le pidió que le explicara cómo era el personaje que debía representar, contestó espantado: “Pero si usa pantalones a cuadros”. Las mujeres casaderas de Moscú decían que era “elusivo como un meteoro” (él, por su parte, se limitaba a repetir: “Denme una esposa que, como la luna, no aparezca todas las noches en mi cielo”). En Melikhovo quería la casa siempre llena de gente, pero se construyó una cabaña apartada para poder escabullirse a su antojo de familia, amigos y pacientes. Cuando le vino la fama, en lugar de disfrutarla en Moscú o Petersburgo (“Uno sólo puede acostumbrarse a la fama como un hombre a la verruga que tiene en la frente”) se fue a la isla de Sajalín, en Siberia: estuvo tres meses censando las miserias de la población carcelaria, haciendo una ficha de cada uno de los presos, a razón de 160 por día, en jornadas de catorce horas de trabajo; nadie le había pedido tal cosa, lo hizo sólo para que Rusia tuviera delante de sus ojos aquello que no quería ver. Volvió por mar, cruzando a Japón y de ahí a Ceilán, donde tuvo la experiencia sexual más gloriosa de su vida, y escribió desde allá: “Al fin puedo decirlo. He vivido. He estado en el infierno y en el paraíso, hijos de perra”. Aunque en otro tramo de su correspondencia dice, famosamente: “No me gusta hablar por carta de cosas que me importen mucho”.
 
Dicen que era bueno y generoso sin amar, cariñoso y atento sin apego, accesible pero insondable. Desde muy chico le inculcaron la modestia, a la manera rusa (“Recuerdo bien el momento en que mi padre empezó a educarme, o debería decir azotarme, yo tenía cuatro años”). De grande descubrió que no podía deshacerse de ella, y tampoco de la aversión invencible que le producía la grandilocuencia rusa (“Siempre me parece que engaño a la gente, o les parezco demasiado alegre o indiferente”). En 1901, cuando le quedaban menos de tres años de vida, se casó en secreto con la actriz Olga Knipper. Su madre, sus hermanos y sus amigos se enteraron por los diarios, días después. Olga se ganó el corazón de Chejov porque era desenfadada en la cama y sensata fuera de ella: ordenada, trabajadora, autosuficiente económicamente y, además, la mayoría del tiempo estaba a mil kilómetros de distancia (para entonces, la tuberculosis había obligado a Chejov a mudarse a Yalta, mientras Olga triunfaba en Moscú, en el teatro donde Stanislavski montaba las obras de su marido). Chejov decía que la había elegido porque tenía una caligrafía hermosa y buen ojo para los detalles cuando escribía cartas, pero también es cierto que le servía para controlar a la distancia las puestas que hacía Stanislavski de sus obras, así como Stanislavski y su socio Nemirovich-Danchenko (que era amante de Olga) necesitaban de ella para que el ya muy enfermo Chejov les entregara la gran obra que les había prometido: El jardín de los cerezos.
Después de la luna de miel, Olga y Chejov estuvieron casi seis meses sin verse. Cuando por fin ella fue a Yalta, se quedó cinco días y luego se lo llevó a un pueblo montañas adentro, donde lo convenció de someterse a una cura de kumis: una leche fermentada de yegua cuyos bacilos se decía que combatían con éxito al de la tuberculosis (había que beber cuatro litros por día de esa sustancia espesa y agria). Antes de volverse a los escenarios de Moscú, Olga le pidió que le informara puntualmente de los progresos. Quince días después, Chejov le escribía: “Aumenté otros tres kilos esta semana. Ahora me siento más fuerte cuando toso sangre”.
Cuando estalló la Guerra Ruso-Japonesa en 1904, quiso ir como voluntario al frente, pero un médico enfermo más que médico es un paciente, y Olga lo convenció, en cambio, de ir al spa de Badenweiler, en Alemania. Ir a morir adonde otros iban a reponerse, más chejoviano imposible. Raymond Carver contó la muerte de Chejov en el cuento “Rosas amarillas”. Máximo Gorki contó el entierro en Moscú: una multitud esperaba en la estación de tren, pero siguió por error el féretro del general Keller, que venía de Manchuria. Cuando llegaron al cementerio y la banda se puso a tocar marchas militares comprendieron que estaban en el funeral equivocado: el ataúd de Chejov iba en otro vagón, que llevaba ostras. En una escena de Tío Vania, un personaje se desmaya y otro pide: “Rápido, un vaso de agua”, pero cuando se lo alcanzan no se lo da a la víctima, sino que se lo bebe él, con total naturalidad. Ahí está Chejov, como cuando dijo: “La literatura tiene de bueno que uno se puede pasar con la pluma en la mano días enteros, sin advertir cómo pasan las horas y al mismo tiempo sintiendo algo que se parece a la vida”.
 
 
 
 
 
 
 
 
MUERTE **
 
¿Cuántas muertes serán necesarias para que comprenda el hombre
Que ya ha habido demasiados muertos?
BOB DYLAN
 
 
Yo, podría decirte muchas cosas.
Muchas cosas, dulce, pequeña inmensa, tan temida.
Tan anhelada, tan odiada.
Los ángeles han caído en tus espejos de agua.
Torpes criaturas sin pupilas.
Yo podría decirte que se que me buscabas y me buscas.
Sé, de tu espera ansiosa en aquella tarde de verano sediento.
Hubo un tiempo en que acechabas como reptil hambriento.
En la concavidad del tajo consagrado me escondía.
Vos traías la cabellera larga de los tiempos.
Las uñas chamuscadas con la congoja del ardiente enero.
Yo venía de un vértice encendido, de un planisferio oscuro.
Y fui hembra, resucitada y bautizada por el polvo.
Vos, en cambio, no sabes la geografía exacta de tu nombre.
Tu nombre es de mujer, como la justicia, la vida, la utopía.
Como la bandera, la patria, la palabra.
La libertad, la negación del no, la rosa.
Que cruel designio te persigue, compañera.
Quien mutila tus pechos. Quien te castra. ¿No te cansas?
Te he visto trepar por los balcones y los nidos vacíos.
Te he observado, absorta, en la mirada de los gatos negros.
Testigo he sido de la transmutación de tus manos.
He contemplado tus rituales de danza en los patíbulos.
He percibido los poetas sentarse en tu huesudo pubis.
He escuchado el llanto de las madres y los hijos.
Te oí mil veces pasar por la puerta de mi casa.
He visto a Belcebú y a vos y a un niño con pupilas sangrantes.
Y te has equivocado una y otra vez .Setenta veces siete.
Y me preguntas, incisivamente, al borde del abismo.
Porqué el poeta, ante tanto tormento.
Ante los albores terribles de las guerras.
Ante la fetidez de un sol alquitranado.
Porqué el poeta se baña en la clepsidra el deseo.
Porqué se empapa en la penumbra del amor.
Yo podría decirte muchas cosas…
Y digo, se, que parece fútil, banal, invertebrado.
Los poetas cantan al amor y a la luna.
Y llenan oquedades y agujeros de bala.
Y yo, entre ellos…
Saco la flecha del cervatillo y la clavo en mi pecho.
Hondo, muy hondo, hasta los confines del barro.
Y me despojo y me bebo y me amordazo en besos.
Y celebro. Celebro ser mortal, jubilosamente…
Vos, en cambio, amada, pequeña inmensa, tan temida.
Llevas la carga tan pesada de los dioses .Por siglos de los siglos.
Ser inmortal, una y otra vez, inmortal.
Inmortal. Una y otra vez.
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
**Del Libro “Exorcismo de la hoja””
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Pascual*
 
 
Silvano D'Orba. El tío abuelo Pascual, se siente muy viejo y sin descendencia decide dejar instrucciones para el después de su muerte. Piensa en su hermana mayor ya fallecida, la sobreviven dos hijos y dos nietos, En su hermano menor, Juan, tres hijos profesionales, nietos y bisnietos. Pascual ordena en su testamento que mientras esa casa exista este disponible una habitación lista para recibir a los descendientes de sus hermanos que lleguen desde la Argentina. El los espera, ahora o en un futuro indefinido, confía, quiere que ninguna puerta se cierre después de su partida.
 
 
 
Lobos*

Me acuerdo de la historia que contaba mi padre más de una vez: la historia del soldado que retornando al pueblo pasó por el bosque de los lobos. Descendía de la montaña después de salir de Padula, la noche lo sorprendió y decidió quedarse en la oscuridad del bosque. Sentado, fumando quizás, mientras veía consumirse las llamas de una pequeña fogata. Había llovido, era difícil mantener el fuego. Se podría imaginar que utilizó incluso las cartas de su novia a la que había ido a ver para sostener esa llama. Para estar despierto, lo cierto es que sus ojos se cerraron y allí lo encontraron -contaba mi padre- sentado y comido por los lobos. Pienso en las pesadillas que se encarnan en nuestro mundo más originario.

Puedo volver a ver la imagen de mi padre emergiendo de la única pesadilla que le vi contar con espanto: pastoreaba las ovejas sin compañía ni perros y al llegar a un sendero que se estrecha de rocas una manada de lobos atacan y empiezan a devorarlas. Ve eso sin poder hacer nada. Aferrado a un bastón largo, apenas cuidando su vida. En ese punto se despertó y gritó con toda la fuerza como si el sueño fuese más fuerte que lo real.
 
 
 
Silvana*
 
 
Silvana escribe las cartas de su madre y su abuela para su tío en la Argentina. Cuando él tío partió ella no había nacido. Quedaron unas pocas fotos, el relato de su madre sobre aquella partida: un hombre joven al que ven irse con su bolso caminando hasta perderse de vista rumbo a la estación de trenes. La letorina va repleta, muchos también van a Napoli para embarcarse a América. Hay besos y abrazos desesperados ante la intuición de un paso irreversible.
 
Escribió una nueva carta, sale a ver el cielo, sueña un avión para ella.
Silvana escribe sin parar, no solo al tío en la Argentina .Tiene amigos con los que se escribe en francés, inglés, portugués, y hasta en chino, el último de los idiomas que aprendió.
 
Ese hombre joven que había nacido en 1923 y vieron partir en 1952 fue mi padre, el que mojaba con lágrimas las cartas que recibía desde Italia.
 
 
 
 
Higueras*
 
 
Anita me hace sentir que estoy despojado de las memorias de la infancia.
-¡como no te acordas del galpón de Antonio Bruno donde guardaba el camión "guerrero"!
Para nada, digo, para mi existía el terreno de la esquina con la higuera y después la casa de doña Josefa que nos curaba el empacho a los chicos y a los grandes también.
 
Recuerdo comer los higos arriba de la higuera, creo que nunca más debo haber comido higos tan dulces. Y era tan lindo ver el mundo desde lo alto, a esa edad la higuera parecía altísima, era como estar en la copa de una araucaria añosa.
 
Anita vuelve a hacerme sentir un olvidado: no era una higuera, eran tres...
 
 
 
 
 
Consejo*
 
 
Mi padre hablaba poco pero era certero en sus palabras.
 
"No hay que temerle a los muertos sino a los vivos"
Nos decía con tono de consejo.
 
 
 
 
*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
 
 
 
 
 
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