Saturday, April 06, 2013

SER EL OTRO...




*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010) http://galeria.walkala.priv.at/main.php
-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam
 
 
 
 
 
“Nos debíamos una alegría” *
 
 
Tanto decir “cómo quisiera que mi viejo estuviera aquí, aunque sea por unas horas”, que ese día mi Padre llegó.
 
El 4 de abril en el día de su cumpleaños número 90 lo vi doblar desde la esquina con su bastón artesanal.
 
Me encontró bajando las nueces más altas con un largo palo armado para la ocasión.
Cosechar las últimas nueces del año en el día del cumpleaños de mi padre es una ceremonia que a veces compartimos con mis hijos.
 
Esta vez, la llegada de mi padre me sorprendió solo en la puerta de casa.
 
Nos dimos el doble beso de mejilla a la usanza italiana. Mezclamos lágrimas y risas.
 
 
“Nos debíamos una alegría” me dijo.
 
 
No quise preguntarle donde había estado estos años.
 
 
-El pasado murió, pensé.
 
 
-Ahora estoy aquí. Mañana veremos… dijo mi padre que parecía leer mis pensamientos.
 
 
-No hacen falta explicaciones, -dije mientras lo abrazaba- vamos a la casa que te cuento de los nietos…
 
 
*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
 
 
 
 
SER EL OTRO…
 
 
 
 
 
HUIR*
 
 
 
Tengo el corazón apretado
entre las costillas.
Quiso huir de la realidad
y se encontró con una reja
de huesos.
 
 
*De Elsa Hufschmid. elsifumi@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
Nos vamos de viaje (Alzhéimer)*
 
 
 
Nos vamos de viaje
y quiero que tú cuides de mis flores
y mis gatos.
Nos vamos de viaje...
Espero que mis llaves
les sirvan a tus puertas; las palabras
resultan a menudo algo indigestas,
pero acostumbrarás
tu cuerpo a lo que llegue.
¿Querrás regar mis plantas?
Hay una cajetilla
oculta bajo un mueble,
contiene algunos versos de recambio
por si se va el fusible
y buscas medio ciega una respuesta.
Yo quiero que te encargues de mis manos
y mis ojos.
Nos vamos de viaje...
¿Los cuidarás tú sola?
No olvides cada día
el acto de regar, regar mi cuerpo
(adonde yo me voy no hay agua,
adonde yo me voy no puedo).
Te dejo mis sentidos y mis nervios,
por si los necesitas.
Hay una cajetilla
bajo un mueble:
contiene algunos versos de recambio.
 
Sé nota que no estás
Se nota que no estás:
las cosas se descuelgan del columpio
estructural que las sostiene
y encaran como luces occidentes
o ecuatoriales flores
el vacío.
 
 
*De Juan F. Rivero. juanfernandezrivero@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
SER EL OTRO*
 
 
¿Me sucedió algo que quizá, por el hecho de no saber cómo vivir, viví como si fuese otra cosa?
 
CLARICE LISPECTOR, La pasión según G.H.
 
 
Es una mujer corriente, pero hay algo en ella que me arrastra. Noto que mis ojos empiezan a escrutarla de arriba abajo, acercando y alejando el objetivo; acercándolo, alejándolo, acercándolo, alejándolo. Su chaqueta negra oculta un cuerpo consumido, nada atractivo. Pelo castaño, largo, separado por una línea central recta. Nariz aguileña, trozos de carne casi inexistentes moviendo su boca. ¿Es esto lo que busco? No, creo que no. Oigo el sonido del zoom acercándose a unos ojos que parpadean. ¡Su mirada, es su mirada! Que ha vuelto de un lugar árido, oscuro, frío, muy frío. Mis ojos se dirigen a ella, abstrayéndose del resto de realidad cercana. Un, dos, tres. Ya está, ya es mía.
 
La mujer de chaqueta negra y nariz aguileña grita. Sus ojos, de un azul muy claro, casi blanco, me acechan preguntándome qué ha pasado. No contesto y salgo.
 
Llego a otro andén. Ruido de raíles chirriantes. El tren estaciona. Se abren las puertas. El movimiento de la masa me introduce en el vagón.
Cuando el espacio se desahoga, me fijo en un chico que está de pie, agarrado a la barra metálica. Me atrae, algo me atrae. Me sujeto a la misma barra y me oigo: moreno, nariz chata; no, no es eso. Los ojos, la boca. Tampoco. Miro sus manos. Entonces surgen las imágenes, tiesas, arrítmicas, de unos dedos
enguantados negros sobre otros marrones. La misma atmósfera pesada. Siento que mis dedos se mueven, intentando rozar los del chico. No me lo puedo quitar de la cabeza.
En la calle, lo veo hablando con un amigo. Me quedo detrás. Doy pasos cortos, miro con frecuencia el reloj y me apoyo en la pared.
Lo miro, examinando a modo de autopsia cada detalle, radiografiando su interior para extraer aquello que busco. Tenso los dedos, los aprieto, los estiro. Su figura dentro de mi pupila; ocupándola, haciéndose más grande; negra, cada vez más negra.
Un golpe seco. El chico yace en el suelo. Su amigo intenta reanimarlo. Gente alrededor. Corro, preguntándome qué le habré quitado. ¿Qué me atrajo de él? Subía las escaleras del metro deprisa, de dos en dos; esos dedos al agarrarse a la barra, los brazos, los músculos tensos…
 
Entro en un parque. Una niña salta, otros se columpian. Un niño, de unos cinco años, juega a la guerra con sus dedos. Lo observo. Se da cuenta y me sonríe. Le devuelvo la sonrisa y le enseño un papel y un lápiz que saco del bolsillo trasero del pantalón. Hago un dibujo. El niño se acerca y lo mira. Oigo: «columpios, mamá, yo, señor». Con los ojos humedecidos lo levanto, sentándolo en mis piernas. Trotes de caballo. El niño se ríe. Arriba abajo, arriba abajo. Viene una mujer que coge al pequeño, arropándolo en su pecho. «Degenerado. Aprovecharse así de un niño. Yo os encerraba a todos. Pervertido». No digo nada, solo bajo la cabeza. «Te lo tengo dicho, no te alejes ni juegues con extraños, menudo susto, y deja de berrear, me vas a dejar sorda».
 
Bajo la calle sonriendo. Me fijo en dos adolescentes. Se besan, caminan, se vuelven a besar, y entran en una cafetería. Los sigo.
 
Son como lapas, como no paren de besarse imposible averiguar lo que quiero. Me lo están poniendo difícil, ¡críos de mierda!
Me acerco a ellos.
−Perdonad que os moleste, ¿no tendréis un cigarro?
−No –dice él.
−No fumamos –dice ella.
−Mejor, mejor…
Vuelvo a la barra y los miro. La chica tiene algo, no es guapa pero tiene algo. Se me cae el café, que limpio con servilletas. Una voz me dice que son sus labios lo que deseo. Unos labios carnosos, grandes, con esa forma perfecta, como los pintó Rossetti. Capaces de las mayores desgracias. Te los voy a quitar princesa. Sudo. El sudor por la frente, las cejas. Son casi míos. Me pertenecen, ya son parte de mí. Un grito, la chica. Sus labios sangran. El camarero la atiende. El chico, paralizado. Ella continúa gritando. Salgo del bar sintiendo que algo me falta. ¡El pelo del chico! Lo quiero, esa melena rubia va a ser mía, ¡mía!
 
Cuando llego a casa me tumbo en el sofá. Me quedo dormido.
Al despertar siento un ligero temblor, que desecho estirando brazos y piernas. Voy al baño. Me echo agua en la cara, bebo del grifo y me miro al espejo. Llevo una peluca rubia, lentillas de un azul muy claro, mi boca, pintada de un rojo chillón corrido por los bordes, y unas hombreras debajo de la camiseta. La imagen me paraliza. Qué era aquello, ¿una broma?
Mientras pienso qué hacer, me fijo en una luz roja, intermitente, que sale del dormitorio. Retiro la cortina, escondiéndome detrás, y veo una furgoneta; con esa luz tan molesta. ¿La policía? El chico podría haber muerto, la mujer quedarse ciega, el niño sin alegría, los adolescentes…
Llaman a la puerta. La peluca, al suelo. Me quito las lentillas. Me limpio la boca con la mano y tiro las hombreras. Las ideas se me amontonan; las deshecho.
Llego a la puerta con los oídos latiendo. Miro por la mirilla y pregunto. Me llaman por mi nombre. Dicen que abra. La policía, pienso. Corro. Me cogen antes de llegar a la escalera. «No he sido, yo no he sido», grito. Me dicen que ya lo saben.
«Pórtate bien», oigo, «y no te pondremos la camisa». Uno de ellos se sienta a mi lado. Es un hombre corriente, pero hay algo en él que me arrastra. Noto que mis ojos empiezan a escrutarlo de arriba abajo, acercando y alejando el objetivo; acercándolo, alejándolo, acercándolo, alejándolo. Su chaqueta y pantalones blancos...
 
 
 
*De Eva María Medina Moreno. relojesmuertos@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
BAR TEJIDO EN MACRAMÉ VENECIANO*
 
 
 
 
*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com
 
 
 
Pasa el barredor, histérico de goce, con el cepillo de barrer las calles como si fuera caballo. En la esquina deja el cesto de basura lleno de confidencias. Venecia es una mesa pequeña con dos sillas de madera en un rincón apartado del bar. Está habitada por dos copas de vino, diez dedos de un lado, diez dedos del otro. Un corazón de un lado. Un corazón del otro.
 
-Tengo una cosa roja.
-Tengo una cosa brava.
-Tengo una cosa abierta.
-Tengo una cosa perfumada.
-Tengo una cosa honda.
-Tengo una cosa alada.
-Tengo una sensación.
-Tengo un monoambiente.
-Tengo tiempo.
-Tengo ganas.
-Tengo amor.
-Tengo miedo.
-Tengo amor.
-Tengo miedo.
 
Es una noche de origami. Los taxis pasan sin saber a dónde van. En cada esquina hay un ángel con rastas bebiendo alcohol y haciendo malabares con bolas de fuego. La mujer está inquieta. El hombre está dulce.
-Anoche me soñaste.
-Sí. Fuiste mi sueño del día vuelto a soñar por la noche.
-Me soñaste de derecha a izquierda. De Norte a Sur. De Este a Oeste.
-Te soñé toda una vida, tardes enteras te soñé.
-Mis manos sujetaban algo importante, algo que no podía soltar para sostenerme en el colectivo.
-Sí soñé tus manos.
-Y tampoco podía hablar por lo que le soñabas a mi boca.
-Estuve inspirado.
-Por un momento me confundí y creí que yo soñaba que me estabas soñando.
-Es humano, es natural.
-¿Es posible?
-Es nuestro.
La noche hunde su dedo en la luna. La luna no tiene dedos pero tiene ojos. La noche es un color nupcial erguido sobre sus patas y la luna mira esa locura tejida con hilo macramé.
-No se trata de eso.
-¿Siempre vas a comenzar tus ideas con un no?
-No, no siempre.
-No tenés cura.
-No me copies.
-No me copio: es contagioso.
-No seas exagerado.
-No exagero.
-No me hagas reír.
-No te hago cosquillas.
-No me hagas trampa.
-No me embrujes.
-No me provoques.
-No me culpes.
-No te quejes.
-No te demores.
-No te detengas.
Una mujer solitaria en el otro extremo del bar teje con hilo macramé una noche perfecta. Los faquires compiten con los dragones. Las mujeres que abren las puertas de los taxis compiten con las luciérnagas. A los faquires nadie les da moneda, a los dragones tampoco, a las mujeres y a las luciérnagas tampoco.
-Yo sé.
-Yo veo.
-Yo tengo frío.
-Yo tengo un pájaro.
-Yo tengo el vino.
-Yo bebo el humo.
-Yo veo un faro.
-Yo veo un barco negro.
-Yo estoy en Venecia.
-Yo estoy en tu sueño.
-Eso es mío.
-Esto es tuyo.
-Para salvarnos del mundo.
-Y para salvarlo.
 
El mozo trae más vino. Los huesos están difusos. Las consonantes se aferran a las vocales literalmente. Forman palabras literalmente. Y luego se sueltan y forman el silencio, literalmente.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Una parte de mi oscuridad pisa sobre mi corazón
solo así la tierra me eleva al cielo.
Y por cada escalón que la desgarra
me enseña todas las raíces
que parten de su seno.
Para que no olvide allá a dónde voy,
el origen de dónde vengo.
 
 
*De Mauricio Escribano. mauricioescri@gmail.com
 
 
 
 
 
* * *
 
 
 
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