Tuesday, February 18, 2014

EDICIÓN FEBRERO 2014

 
-Obra: "Sombras" de Griselda Roces.
Acrílico sobre tela (70x100)
 
 
 
 
 
 
 
 Equivocación del paisaje*
 
 
*DELFINA TISCORNIA
 
 
 
Hoy es trece, creo
y abajo todo espera:
la sierra es un cartón deshabitado.
Un pájaro termina de deshacer la tarde,
sombra contra sombra en un frío espejo de agua,
asombrado tal vez de su propio silencio.
 
Todo el paisaje se quiebra
como resaca de aguardiente,
líneas duras
se abren paso entre franjas de cielo y polvo,
líneas cavadas por una mano infinitamente terca
que tal vez quiso aliviar el espacio
de la costumbre del vacío,
o se dejó llevar, blandamente,
en un sueño de vino oscuro y secreto
y trazó su contorno,
su dolorosa imagen.
 
Aquí y allá la tierra está partida
mitad respiración, mitad ceniza.
Un viento desparejo anuda la montaña a su altura,
como un monstruoso corazón de piedra.
Esta quietud meticulosa
se me enreda en los dedos: el aire es otro cuerpo
dejándose caer sobre mis hombros.
 
Y soy un animal
que espera la música del agua
doblado en la cruz de su piel y sus huesos,
arrojado al final de la tarde
como una equivocación del paisaje.
 
 
-La Cumbrecita, 1989
 
-DELFINA TISCORNIA, In Memoriam
(1966-1996)
 
 
 
 
 
 
 
HÍMERO*
 
 
 
El hombre se parece a Neruda.
Me mira con ojos escarpados.
Conozco esa mirada.
Me entrego al abrazo torpe, casi filial.
Guardo la lujuria en mi bolso azul.
Entrega a su hija la regla.
Ella, mide cuadrantes de rayuela.
 
La mujer se desnuda y corre al fuego.
Su hermana le coloca un vestido de malvas.
Su cabellera negra es exorcismo de luna.
Arranca un mechón y lo arroja a un pozo triangular.
Ingresa. Saca y hunde la cabeza. Una y otra vez.
Salen brazos del costado del pozo.
La pintura de Picasso es un collage hambriento.
Siniestramente bello. Doloroso, sensual.
 
El hombre juega a la rayuela de palabras.
Me entrega un fajo de dólares.
Huelo el verde y me sabe a nada.
El hombre domina con el hambre: gana.
En mis manos un pequeño puñado de monedas.
Huelen a sol.
 
Aparece un árbol con flores azuladas.
Distante. Intocable. Casi ausente.
Me entrego a su contemplación.
Conozco esa mirada.
Guardo la congoja y el adiós en mi bolso azul.
 
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
Nadie sabe… *
 
 
 
Al caer la hoja
en su última ventura sobre la abierta tierra,
el latido intransferible de su pena, nadie sabe.
De la noche
su lenta curvatura labradora
cuidando la simiente del poeta;
Del cristal de la gota
el último sonido que no pudo cumplirse
ahogado en la garganta ávida del líquen;
De la flor en el vaso
su añoranza del tallo, su angustia de ciclo acabado
bajo la luz veladora de olvido ante el retrato,
nadie, nadie sabe…
De esta palabra mía
que muerde los silencios y trepada en retina
se me va en mirada y lejanías;
Del camino sin tránsito visible
que orillando el insomnio sigue
un curso de eternidad perdida;
De todo lo que guardo retenido
porque darlo es abrir la herida
en último gesto arrojando las llaves,
nadie, nadie sabe…
 
 
*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar
 
-De su primer Libro: RAÍZ AL AIRE -1981 -
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Lámpara*
 
 
 
la mujer
cualquier mujer
tiene una lámpara
en algún rincón de su cuerpo
visible o invisible
que nunca será de nadie
ni de sus hijos
ni de su esposo
ni de Dios -que no existe-
será su lámpara
sólo ella sabrá encenderla
o apagarla
nadie más podrá ponerle
un dedo encima
llamémosla Esencia
llamémosla Día o Noche
no es su nombre lo que importa
no será mía
ni tuya
ni de nadie
sólo a ella pertenece esa lámpara
solamente ella sabrá encenderla
o apagarla/
 
 
*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
LOS AMANTES DE MARITZA*
 
 
 
 
*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
 
 
Aquella mañana Hernández entró a nuestra oficina con inocultable excitación y, confiriéndole a su voz un tono de intriga palaciega, como si nos estuviera por revelar un secreto de Estado, anunció que a partir de la semana siguiente tendríamos una nueva compañera de trabajo. Lo hizo con un dejo de malicia en la mirada, buscando despertar en Emilio o en mí una reacción que diera cabida a alguna de sus acostumbradas bromas.
-¿Ah, sí, y qué tal está la mina, che?- dijo Emilio, aparentando sumo interés.
Hernández me miró de soslayo, gozando intensamente de la situación. Le resultaba imposible a Emilio disimular ese amaneramiento pronunciado que distinguía a cada uno de sus actos, esa delicadeza excesiva que había originado en los demás empleados del cuarto piso malignas dudas acerca de su masculinidad. A pesar de su afán por endilgarse una fama de mujeriego empedernido, la mayoría de nosotros no creía una sola palabra de sus historias, pero nadie tenía pruebas para desmentirlo.
-Es una yegua -ilustró Hernández-. Yo la vi de cruce un par de veces y la verdad que está muy fuerte. Encima, parece que le gusta la guerra. En Planeamiento dicen que desde que entró al Ministerio ya se la voltearon tres o cuatro. Así que a prepararse, muchachos, mucho apio y mucha nuez. Y después no digan que no les avisé.
Cuando Hernández se fue, el golpe de la puerta al cerrarse nos hundió en un silencio incómodo. Mujer u hombre, joven o vieja, lo cierto era que la oficina que Emilio y yo compartíamos -"la oficinita", como solíamos llamarla, con una naturalidad basada más en la costumbre que en el cariño- era un mundo cerrado, un mundo de dos. La idea de que alguien, un tercero, viniera a romper esa armonía rutinaria nos molestaba a ambos. No era para menos: hacía siete años que trabajábamos juntos y, desde un punto de vista estrictamente laboral, nos complementábamos a la perfección. En cuanto a lo personal, si bien no éramos del todo compatibles, habíamos alcanzado cierto grado de camaradería. Sin dudas, dos cosas nos unían por sobre todas las demás: la soledad y el ajedrez. Emilio era un cincuentón soltero, habitaba la antigua casa de sus padres sin más compañía que la de sus gatos y sus pájaros. Yo, separado tras cuatro años de mediocre convivencia matrimonial, sobrevivía en un departamento pequeño y frío, cuyo desabrido orden clamaba por un toque vital que me consideraba incapaz de insuflarle. Los jueves por
la noche -una semana en cada casa- nos reuníamos para enfrentarnos en arduas partidas, matizadas por buen vino y algo liviano para comer. Por puro gusto, habíamos adoptado el mismo sistema de los matches por el campeonato mundial: nuestros torneos se jugaban a seis puntos, y el que ganaba adquiría el
derecho a que el otro pagara un premio, que variaba según la ocasión: una cena, un libro, una botella de whisky.
A espaldas de Emilio corría el difundido rumor de que estaba enamorado de mí, lo cual me convertía en víctima de ácidas bromas por parte de Hernández y de los otros. Pero era difícil verificarlo porque jamás dejábamos que nuestras angustias, nuestras miserias y nuestros anhelos más profundos salieran a la superficie. Problemas de trabajo, ajedrez, algunas copas, comentarios sobre la actualidad, las inverosímiles fanfarronadas sexuales de Emilio; eso era todo. Sin embargo, por más gris que fuera el panorama, nos habíamos acostumbrado a él y nos sentíamos cómodos.
Maritza apareció en la oficinita el lunes siguiente. Hernández no había exagerado en lo más mínimo: era alta, tenía una figura espléndida y una larga cabellera enrulada que le otorgaba a su rostro un cautivante toque de sensualidad. Inmediatamente detrás de ella apareció Nicolini y nos la presentó. Emilio me dedicó una miradita feroz que interpreté a la perfección: "seguro que se acostó con él". Tras la partida del jefe, Maritza acomodó sus cosas sobre un escritorio metálico que habían traído el viernes anterior y se quedó expectante, aguardando que le diéramos alguna indicación. Haciendo a un lado todas sus aprehensiones, Emilio tomó la delantera y dio comienzo a su tarea docente. Se mostró amable y tolerante, dispuesto a explicarle las cosas una y otra vez hasta que fuera necesario.
Maritza, impresionada al parecer por semejante despliegue de buena voluntad, lo escuchaba con gran interés. Al verlos tan abstraídos, tuve la desagradable impresión de que habían olvidado que yo también estaba allí, y un fogonazo de contrariedad me atravesó el pecho. "Tené cuidado con lo que te explica, que la arterioesclerosis le hace confundir las cosas", me sorprendí diciendo en tono jocoso pero con una carga agresiva que hasta a mí mismo me turbó por lo inaudita. La frase en sí no tenía nada de brutal, pero dejaba traslucir un veneno insidioso. Emilio debió haberse dado cuenta, debió haber advertido esa mínima alteración en el tono de mi voz porque me miró de forma extraña, con un desdén glacial que apenas lograba disimular su airada reprobación. De algún modo racionalmente inexplicable los dos sentimos que la broma que yo acababa de hacer rompía el molde de todas las anteriores, transgredía los códigos tácitos que hasta entonces habían regido nuestra apacible convivencia.
Quizás influido negativamente por los comentarios de Hernández, Maritza me pareció al principio un tanto frívola, pero me bastó un par de semanas para asumir que el mío era un prejuicio estúpido basado en la diferencia de edad.
Al fin de cuentas, todas las veinteañeras vestían de forma parecida, practicaban similar estilo de lenguaje y derrochaban idéntica alegría de vivir. Maritza era simpática, nos trataba bien e incluso respetaba nuestros gustos y opiniones, aun cuando en la mayoría de los casos no estuviera de acuerdo con nosotros. Nada en ella autorizaba a suponerla inescrupulosa o calculadora. Había sido, sí, bendecida por la naturaleza con un cuerpo magnífico cuyas virtudes se encargaba de realzar con pavorosas minifaldas y atuendos muy ceñidos, pero esa sola circunstancia no bastaba para reducirla a una máquina de devorar hombres como había sugerido Hernández. No obstante, tal vez por presión de los otros, o por influjo de esas leyes no escritas de la condición humana, desde su llegada Maritza pasó a ser, automáticamente, el objeto latente de nuestros afanes conquistadores. El cuarto piso en pleno estuvo pendiente del modo en que iba evolucionando -o no- nuestra relación con ella. Se corrió incluso el rumor de que había apuestas al respecto.
Vista desde afuera, la nuestra debe haber sido una competencia grotesca, una maratón de lisiados. ¿Qué podía esperar Maritza de semejantes contendientes?
Uno, un solterón amanerado, un homosexual reprimido atormentado por las culpas, que trataba inútilmente de anularlas con historias inventadas. El otro, un cuarentón poco agraciado, tímido e inseguro. Resultaba muy poco razonable suponer que una mujer como Maritza pudiera concedernos algo más que una atención cortés. Vista desde adentro, en cambio, era precisamente en esas circunstancias, en nuestras casi nulas posibilidades, donde residía el atractivo esencial de la contienda. Porque algo era evidente: ya fuera para desmentir maledicencias, ya fuera para obtener algo de celebridad oficinesca, tanto a Emilio como a mí nos hubiera resultado muy útil consumar la seducción.
Conscientes de nuestras limitaciones, sin embargo, durante los primeros días, ninguno de los dos hizo nada en tal sentido. Actuamos respecto de ella con una naturalidad enteramente ficticia, como si la imposibilidad de conquistarla fuese producto de nuestro desinterés por lograrlo y no de una impotencia descomunal para llevar a cabo semejante empresa. Bromeábamos al respecto con nuestros compañeros, sí, pero nada más. Nos esmerábamos en ser cordiales, caballerosos y simpáticos con Maritza, sí, pero nada más. En nuestras partidas de los jueves, incluso (el único territorio neutral en que podíamos hablar de ella sin testigos), sólo cruzábamos comentarios aparentemente desganados sobre el tema -por lo general más osados de parte de Emilio que de la mía-. En ese marasmo morían todas nuestras débiles expectativas; ahí quedaba estancado todo. Íntimamente convencidos de que no podríamos ganar, pero amparados al mismo tiempo en el tibio consuelo de saber que tampoco podíamos ser derrotados por el otro, nos conformábamos entonces con un triste empate en cero. Como si no hubiese sido lo mismo que perder.
Aquella paridad artificial se quebró una noche de agosto, en medio de una de las partidas, con una frase muy sugestiva que Emilio dejó escapar como al descuido.
-Ayer a la tarde estuve tomando un café con Maritza.
Lo dijo sin mirarme, fingiendo desinterés, pero con calculada lentitud, como si hubiese medido de antemano el efecto de cada una de sus palabras. Lo observé por encima del tablero, tratando de no demostrar que había acusado el golpe.
-Yo estaba en uno de los bares de la peatonal y la vi pasar -aclaró-. La llamé, nos saludamos y la invité a sentarse. Estuvimos como media hora, charlando.
Emití una interjección desprovista de significado y no comenté nada. Fijé la vista sobre las piezas, tratando de demostrar concentración en el juego y me sentí un perfecto imbécil haciéndome el indiferente. Supe que la mía debía parecer una reacción infantil, pero me era imposible evitarlo. No quería mirar a Emilio a los ojos y comprobar que, detrás de su máscara apática, detrás de aquella ominosa falta de alardes, estaba paladeando su primer triunfo ostensible sobre mí. Inofensivo, inconducente, pero triunfo al fin.
Seguí obstinado en clavar la mirada sobre el tablero, pero en lugar de alfiles y peones sólo veía las sombrillas coloridas de la peatonal, las figuras de Emilio y de Maritza, sus manos en las tazas, las muecas alegres de sus bocas al hablar. Por supuesto, tamaño grado de desatención respecto del juego me hizo finalmente perder la partida. Doblemente vencido, aquella noche volví a mi casa y un incontrolable cosquilleo nervioso me obligó a revolverme varias horas entre las sábanas antes de poder dormirme.
La compensación de aquel mal rato, no obstante, llegó rápidamente. Por obra y gracia del azar, el sábado siguiente a la mañana fui a una librería y, mientras revolvía volúmenes polvorientos en busca de algún título que suscitara mi interés, escuché a mi lado la voz de Maritza llamándome. Me sobresalté y, al girar la cabeza, mi cara de estupor se topó con sus ojos de color almendra. Sin poder reponerme de la sorpresa, justifiqué innecesariamente mi presencia en el lugar y mi capacidad de decidir cualquier compra se vio anulada de un momento para el otro. La timidez me impidió hilvanar palabras que sonaran coherentes y no revelaran mi aturdimiento. Maritza enarboló un paquete rectangular y confesó haber adquirido un ejemplar de "Gabriela, clavo y canela". Con más ánimo de complacencia que sinceridad, aprobé fervientemente su elección.
Intercambiamos un par de frases triviales y, luego de unos segundos, Maritza amagó despedirse. Sobreponiéndome milagrosamente a la turbación, le dije que yo también me iba y conseguí que saliéramos juntos. Ya en la calle, lamenté no haber traído mi auto y hasta pedí absurdas disculpas por ese motivo.
Maritza me indicó cuál era el ómnibus que debía tomar para regresar a su casa y entonces, dando un salto al vacío, mentí, mentí con alevosía y ensañamiento inventando un compromiso familiar sólo para fundamentar la inverosímil casualidad de que yo necesitaba abordar la misma línea de colectivos. Recorrimos un par de cuadras hasta la parada, rodeados por un enjambre de cuerpos que poblaban la estrechez de las veredas. Mientras aguardábamos la llegada del colectivo, unos muchachos que pasaban miraron a Maritza con ojos golosos y alcancé a percibir la mezcla de envidia y admiración que me prodigaron. Me sentí feliz de que me vieran con ella y deseé intensamente que también Emilio nos viera en ese momento, que nos viera desde lejos, sin poder intervenir en la escena, sin poder interrumpir mi felicidad. Viajamos sentados en la fila de atrás, tuvimos una charla divertida y, antes de bajarse, Maritza se despidió de mí con un beso. La seguí con la mirada a través de la ventanilla, la vi sonreír y saludarme con la mano desde la vereda. La seguí mirando hasta que sus propios pasos y el andar del colectivo se confabularon para privarme de su figura.
El lunes, al entrar al Ministerio me crucé con Comelles y Del Río, dos empleados de Legales.
-Ah, picarón, picarón, el sábado te vi en el centro con tu compañerita- me dijo Comelles, y el otro hizo un comentario de doble sentido que ambos festejaron con grosera alegría. Gratamente sorprendido, supe que existía una prueba contundente de mi victoria. Inofensiva, inconducente, pero victoria al fin. No sin escrúpulos, improvisé un silencio cómplice para potenciar mi posición ganadora y fui a la oficinita saboreando el triunfo. Decidí dejar que la dinámica del rumor hiciera su tarea insidiosa y no dije nada a Emilio. Yo sabía que, más tarde o más temprano, terminaría por enterarse de todo, porque era un hecho que Comelles o Del Río, con tal de reavivar el fuego de las chanzas y sembrar cizaña, habrían de contárselo. Pero pasaron las horas, pasaron los días y Emilio no atinó a hacer referencia alguna al
asunto. Urgido por la necesidad de una reivindicación, decidí entonces, en medio de la partida, vengar el mal momento sufrido la semana anterior.
-El sábado estuve con Maritza en una librería- dije.
Emilio congeló en su boca una sonrisa despectiva.
-¡Bueno, che, ni que te la hubieras llevado a un telo!- contraatacó.
Me asombró la crudeza de su reacción. El tono de broma casual que había pretendido asignarle a su comentario no alcanzaba a disimular que la noticia lo había herido.
-¿Y quién te dijo que no me la llevé?- bravuconeé, sólo por ver qué cara ponía ante la posibilidad de que fuera cierto.
-¿Y para qué habrías vos de llevártela a un telo, eunuco? Para voltearse una hembra como esa hay que tener con qué.
Callé satisfecho. No era la primera vez que notaba en él un empeño denodado por desmerecer la relevancia de cualquier acercamiento de mi parte hacia Maritza y, por oposición, sobredimensionar la de los suyos. Pero nunca como en aquella ocasión me habían resultado tan transparentes sus maniobras, lo cual hablaba a las claras de cuánto le había molestado la novedad. A pesar de su impavidez facial de jugador de póquer, supe que mis palabras habían hecho blanco en una zona sensible. Casualidad o no, aquella vez fue Emilio el que jugó de manera horrible y yo gané la partida con muy poco esfuerzo.
Sin que nuestra rivalidad quedara planteada en forma explícita, a partir de aquel episodio el desafío que se había entablado entre ambos desde la llegada de Maritza, esa partida sin tablero donde las piezas éramos nosotros mismos, adquirió una aspereza mayor. Nos lanzamos a competir como niños, en busca de triunfos tácitos, tratando de obtener ventajas microscópicas que nadie, excepto nosotros dos, era capaz de medir. De haber podido contabilizar los minutos que cada uno lograba estar a solas con ella, de haber podido computar con precisión matemática a quién miraba más cuando hablaba, con quién se reía más, o a quién le hacía más confidencias, lo habríamos hecho. Todo era cotizable en esta lucha. Como si no se tratara ya de conquistar a Maritza por el honor, sino de ver quién se quedaba con más migajas de un banquete inaccesible, reservado para otros.
Poses huecas para impresionar a los demás, trucos para intimidar al adversario; en ese par de variantes deberían haberse resuelto las cosas. El problema fue que Maritza me empezó a gustar de veras. Una noche me descubrí pensando en ella más de la cuenta y supe que acababa de trasponer la línea prohibida. En poco tiempo, la presión de los otros pasó a segundo plano y las razones de conveniencia social se confundieron peligrosamente con mis necesidades de naturaleza individual, hasta terminar siendo devoradas por éstas. La soledad se volvió más urgente que el orgullo y comprendí, no sin resquemor, que me internaba de lleno en un camino de fantasías sin retorno.
Una mañana en el trabajo, mientras estampaba con desgano el sello fechador sobre un par de expedientes, se me ocurrió un plan que, dentro de su elemental sencillez, parecía sumamente efectivo: averiguar la fecha del cumpleaños de Maritza y, oportunamente, sorprenderla con un regalo.
Entusiasmado por el proyecto, fui a la oficina de Personal, aduje una excusa creíble y solicité los legajos de los tres para no despertar sospechas.
Examiné el único que en realidad me interesaba y obtuve el dato deseado: 27 de septiembre. "Libriana; cálida, sensible y seductora", pensé. Sentí que los dioses me eran favorables: faltaba apenas un par de semanas. Los días siguientes me dediqué fervientemente a delinear cada paso de la operación con la puntillosidad extrema de un estratega militar. Una cosa estaba clara; para que mi éxito fuera total debía darse un requisito esencial: el tema del cumpleaños no debía ser tratado con anterioridad. En primer lugar, para evitar que un comentario inoportuno de Maritza le brindara a Emilio la posibilidad de tener la misma idea que yo; en segundo y decisivo lugar, para que la sorpresa fuese absoluta y, por lo tanto, el golpe de efecto fuera contundente. Por suerte para mis intereses, ni Maritza hizo mención al tema, ni Emilio dio señales de olfatear lo que yo me traía entre manos.
El día indicado, apenas nos ubicamos en nuestros respectivos puestos de trabajo, puse en marcha la secuencia de actos minuciosamente ensayada y perfeccionada durante todo el fin de semana. Dejé pasar unos minutos para que Maritza terminara de despabilarse tomando un café, esperé a que dispusiera sus papeles sobre el escritorio, me puse de pie, caminé hacia ella con el regalo escondido a mis espaldas y, sin decir una palabra, deposité mi ofrenda sobre la planilla que tenía en aquel momento bajo sus ojos: el paquete rectangular, la rosa prolijamente adherida a él mediante cinta adhesiva y una pequeña tarjeta que sólo decía "Feliz Cumpleaños".
Maritza levantó la vista sobresaltada y me obsequió la expresión de desconcierto más bella que alguna vez hubiera visto en un rostro de mujer.
Pude sentir, al mismo tiempo, clavado en mi nuca, el estupor de Emilio al presenciar aquella escena.
-¿Cómo sabías? -tartamudeó Maritza, maravillada.
Encogí mis hombros sonriendo y, ocultando mi indecible terror a que no le gustara, la insté a que abriera su regalo. Maritza desgarró el celofán y extrajo el ejemplar de Teresa Batista, cansada de guerra que, después de innumerables dudas, había comprado en la misma librería de nuestro primer encuentro.
-¡Jorge Amado! -se alegró, estrechando su libro contra el pecho-. ¡Qué lindo!
-¿No lo tenés, no? - me atajé, preocupado.
-No, no lo tengo. Gracias, no sé qué decirte, sos un dulce- dijo y me dio un sonoro beso en la mejilla.
No tuve necesidad de mirar a Emilio a los ojos para constatar la magnitud de mi éxito; podía percibir perfectamente su mueca de contrariedad, su embozado desasosiego. Después de una exagerada felicitación con piropo incluido, salió de la oficinita corriendo y volvió unos minutos después con una caja de bombones que Maritza recibió con gran entusiasmo. No me importó. Supe que ya no era lo mismo, que yo había pegado primero, y que su reacción tardía tratando de acomodarse a la situación no hacía más que confirmar mis certezas.
Mi alegría, empero, duró tan sólo diez días. Duró hasta que un lunes de octubre Maritza y Emilio aparecieron en la oficinita con una novedad impactante: la noche del sábado habían ido juntos a un recital. Haciendo desesperados malabares con mis nervios para no delatar mi súbita angustia, dediqué gran parte de la mañana a la tarea de averiguar si había entendido bien, si acaso no se trataba sólo de un encuentro casual del que Emilio se aprovechaba para inventar una cita inexistente. Los resultados de mi solapada pesquisa no podrían haber sido más descorazonadoras: efectivamente, había habido una invitación. Emilio había propuesto la salida a Maritza y ella había dado su aprobación. Quedé como atontado. Comprendí que acababan de despertarme de un sueño para arrojarme de cabeza a la realidad. Ya recompuesto, Emilio estaba empezando a jugar fuerte y yo había estado perdiendo lastimosamente el tiempo. De nada servía ahora preocuparse por analizar cuáles eran sus verdaderas intenciones respecto de Maritza, o cuáles las razones de Maritza para aceptar su invitación. Lo único cierto y concreto era que conformarse con verla en la oficinita de lunes a viernes o aguardar un milagro del azar para encontrarme con ella fuera del trabajo carecía por completo de sentido práctico. Lo había complicado todo sin necesidad. Sólo era cuestión de construir alguna buena excusa para cimentar una invitación y, lo que era más importante, hallar la manera más conveniente de formularla para que no fuera rechazada.
Pero no tuve tiempo. El viernes siguiente, sin poder hacer nada por alterar el curso de los acontecimientos, escuché cómo una conversación trivial entre Emilio y Maritza acerca de comidas y recetas desembocaba imprevistamente en una propuesta muy concreta de Emilio para que Maritza fuera a su casa la noche siguiente, promesa de lasagnas caseras de por medio. Con el amargo escepticismo de un condenado que hasta el último momento conserva la esperanza de una clemencia salvadora, deseé que Maritza se negara a aceptar, que tuviera o inventara otro compromiso para no ir, pero su contestación afirmativa destrozó mis endebles ilusiones. Me invadió un deseo infantil e irracional de sabotearlo todo, de impedir la realización de aquella cena por cualquier medio, aun exponiéndome al ridículo más patético.
-Vos sí que sos afortunada -dije, sin pensarlo, pretendiendo ser gracioso-. Conmigo nunca pasó de los sandwiches de milanesa.
Lo dije advirtiendo al instante que incurría en una desagradable impertinencia por entrometerme en una conversación que no me concernía. Lo dije buscando quizás forzar una extensión del convite que, en el improbable caso de tener lugar, hubiese resultado totalmente ridícula. Sentí hacia Emilio algo parecido al odio. Recordé que, apenas doce horas atrás, había estado jugando ajedrez conmigo en mi propia casa sin dejar traslucir siquiera un atisbo de un plan que, seguramente, llevaba ya varios días en su cabeza, y tuve miedo de no ser capaz de sobrellevar airosamente la refinada sutileza de sus ardides.
Después de un fin de semana terrible durante el cual mi ánimo navegó sin cesar entre la ansiedad casi morbosa de saber qué había pasado y el pánico a saberlo, tuve que afrontar el lunes tan temido. Desde el ascensor del Ministerio, justo antes de que las puertas se cerraran, alcancé a divisar a Emilio entre la gente que se agolpaba en la cola y, más atrás, a Maritza marcando su tarjeta. Los caprichos de la perspectiva hicieron que los viera uno al lado del otro, rozando sus cabezas. La imagen me acompañó en mi viaje hasta el cuarto piso como un presagio negativo. Un par de minutos más tarde, mis dos compañeros entraron a la oficinita charlando animadamente.
Reprimiendo la curiosidad, me limité a saludarlos como si fuera un comienzo de semana cualquiera. Si mi grosería y mi ridícula intervención del viernes no habían podido desbaratar la cena, ahora que ya todo había pasado, no tenía el menor sentido humillarme deliberadamente incurriendo en una reincidencia que sólo hubiese puesto de manifiesto mi patética situación.
Tampoco Maritza o Emilio hicieron referencia alguna al asunto y creí ver en ese mutismo llamativo la confirmación de mis peores sospechas. Tal vez Maritza consideraba que el asunto carecía de relevancia, o tal vez consideraba prudente callar porque el hecho de que yo no hubiese sido invitado le provocaba algo de culpa. Pero bajo el influjo de mi imaginación desbocada, o del hecho de estar mal predispuesto, el silencio de mis compañeros no me pareció casual, sino hijo de una complicidad. Creí ver en los ojos de Maritza una expresión inédita, un fulgor que la tornaba, al mismo tiempo, más hermosa y distante que otras veces. Emilio, por su parte, se mostraba cómodo manteniendo una actitud enigmática que rozaba el engreimiento y acrecentaba mi interés.
Alrededor de las diez, Maritza salió a sacar fotocopias. El silencio se volvió entonces más espeso. Emilio se puso de pie y se acercó hasta mi escritorio. Con el corazón sobresaltado y la garganta reseca ante la inminencia del desastre, me dispuse a enfrentar una verdad que, a pesar de su dolorosa contundencia, ejercía sobre mí una atracción casi suicida.
Mirando de reojo hacia la puerta, como si temiera que Maritza volviera de improviso, se acodó en mi escritorio y comenzó a hablar.
-Esta guacha es puro sexo- dijo, y, sin más preámbulo, se puso a enumerar las cualidades amatorias de Maritza, a enaltecer frenéticamente sus dotes de hembra insaciable, a describir con minuciosidad pornográfica los accidentes de su cuerpo maravilloso.
Lo escuché azorado, con una repulsión difícil de reprimir. La escena no me resultaba novedosa; Emilio había presumido muchas veces frente a mí de sus aventuras eróticas ostentando idénticas ínfulas de hombre libertino. De hecho, era justamente esa singular conjunción de discurso machista y forma afeminada de pronunciarlo lo que más solía divertir a Hernández y su séquito. Según mi estado de ánimo, los monólogos ampulosos de Emilio podían inspirarme algo de gracia o solamente compasión. Pero en esta oportunidad, sus bravatas aplicadas a Maritza me resultaron de una obscenidad intolerable. Asistí a su relato sin poder articular palabra, con la conmoción propia de un puritano obligado a presenciar las perversiones más aberrantes.
Lo hubiera podido golpear sin ningún escrúpulo; tal era la hostilidad que su confesión me provocaba. Pero algo me dijo que era todo una farsa, que Emilio estaba mintiendo en forma descarada, quizás más que nunca. Aferrado a este pensamiento, volqué todos mis esfuerzos mentales a la tarea de examinar
meticulosamente cada pliegue de su discurso, tratando de hallar en él alguna contradicción, por mínima que fuera. Pero Emilio era muy astuto y la manera en que iba tejiendo la trama de aquella historieta era de una precisión tan cínica como incomparable. Contaba, claro, con otro elemento a su favor: sabía demasiado bien que la discreción de Maritza jugaría como resguardo de su credibilidad. Había acomodado las cosas de tal forma, que la única manera posible de desmentirlo quedaba virtualmente vedada, no sólo porque nadie habría incurrido en la grosería de preguntarle a Maritza si se había acostado con él, sino porque, con independencia de lo sucedido aquel sábado, la eventual respuesta de ella habría sido la misma, fuese por decoro o por elemental sinceridad.
Por supuesto, la hazaña de Emilio -o al menos ese simulacro tan perfecto- adquirió una rápida y entusiasta difusión en todo el cuarto piso y el torrente de burlas al que me hice involuntario acreedor dejó mi ya alicaído prestigio por el suelo. Emilio supo sacarle provecho a su momento de esplendor y anduvo toda la semana vanagloriándose de la resonante conquista obtenida, sin que nadie pudiera precisar -más allá de que fuera o no verdad lo que decía- hasta qué punto estaba convencido de que le habíamos creído.
El jueves siguiente nos tocó definir nuestro torneo de ajedrez. Estábamos empatados en cinco puntos y medio, y yo debía jugar de visitante con negras.
Igual que un niño enardecido, deseoso de vengarse mediante el juego del adulto que lo ha desairado, esa noche llegué a casa de Emilio jurándome que ganaría. Mi estado anímico de los momentos previos, sin embargo, distaba de ser el más propicio. Mi nerviosismo, mi extrema ansiedad, en nada ayudaban a
sostener un pronóstico favorable. Máxime cuando con mi adversario sucedía exactamente lo opuesto. Consciente de que los hechos de la semana habían hecho mella en mis reservas anímicas y, por lo tanto, con la inestimable ventaja de tener el control mental de la situación, se mostraba calmo y sonriente, como si se tratara sólo de una partida más.
El desarrollo de la apertura fue parejo. Obligado moralmente a tomar la iniciativa, me lancé a un juego más agresivo que el habitual, pero Emilio, sabiendo de antemano que ese sería mi plan, estructuró una defensa impecable, sin fisuras, que neutralizó mis embestidas. Comprendí que Emilio no arriesgaría nada aquella noche, que jugaría con paciencia oriental, tratando de desestabilizarme emocionalmente. Su estrategia, estaba claro, consistía en dejar que me desesperara, aguardar mi error y luego asestarme una estocada certera de una vez y para siempre.
-Esto tiene un olor a tablas...-dijo al cabo de un buen rato, espoleándome.
Apenas si pude controlar mi furia, pero no le contesté; al menos con palabras. Creyendo vislumbrar una posible debilidad en uno de sus flancos, adelanté un alfil con decisión y lo ataqué con incontenible entusiasmo.
-Jaque- dije, casi gritándolo.
Entre perplejo y divertido, Emilio observó mi jugada y se echó a reír con ganas, meneando la cabeza.
-¿Qué te pasa, Kasparov; estás distraído? Eso no es jaque, compañero. Le estás haciendo jaque a la dama.
Miré el tablero y advertí desconsolado que Emilio tenía razón. Enceguecido por mi ambición de triunfo, acababa de cometer una torpeza inexplicable, digna de un principiante, confundiendo el blanco de mi ataque. Avergonzado, gruñí un insulto impersonal y, luego de analizar rápidamente el juego, comprobé con alivio que, al menos, mi paso en falso no había originado ningún perjuicio insanable.
Hicimos unos movimientos más pero no conseguimos sacarnos ventajas.
Estuvimos dos tensas horas frente a frente pero, más allá de mi estúpida confusión, ninguno de los dos se equivocó.
-No le des más vueltas- dijo Emilio, con ademán de cansancio-. Esto es tablas de acá a la China.
-Esperá, esperá- contesté entre dientes, remiso a aceptar la evidencia, mientras mi cerebro giraba a mil revoluciones por minuto tratando de hallar la jugada genial que hiciera trizas el desarrollo equilibrado de la partida y lo volcara a mi favor.
-Dios mío, qué tipo testarudo- dijo Emilio, echándose para atrás y exhalando un suspiro de fastidio. -No sé por qué estás tan interesado hoy en ganarme.
El timbre zumbón de su voz me sacó de quicio.
-Porque estamos definiendo el torneo, no sé si te acordás.
Intenté retribuir con una mirada agria el tono de socarronería con que me estaba tratando, pero fue en vano: no sólo no rehuyó mis ojos, sino que dotó a los suyos de una expresión malévola.
-¿Ya tenés pensado lo que vas a pedir si ganás?
Lo miré con un encono muy mal disimulado.
-Por supuesto- dije, con sequedad.
-Me lo imaginaba- masculló, como si pensara en voz alta.
Sólo por impedir que siguiera hablando, moví una torre y lo insté a que jugara. Sabía que era inútil; a esa altura, cualquier jugador podría haber adivinado lo que iba a suceder en las próximas jugadas. Por supuesto, Emilio reaccionó como correspondía y anuló la eficacia de mi previsible maniobra.
Tuve que reconocer que la partida no daba para más. Con la pesadumbre de quien se ve forzado a renunciar a algo muy codiciado, acepté su enésimo ofrecimiento de tablas. Emilio me tendió la mano por encima del tablero y yo se la estreché con resignado automatismo. Se puso de pie, fue hasta el aparador y regresó enarbolando una botella de whisky sin abrir.
-Este empate histórico bien vale un brindis histórico.
Estaba exultante; su actitud vital contrastaba con mi abatimiento, mi frialdad de cementerio.
-No, mejor dejémoslo para otra ocasión- dije.- Yo me voy; no me siento bien.
Creo que tomé demasiado.
Y no mentí excesivamente al hacerlo; consumido por los nervios, aquella noche había bebido más que de costumbre.
 
Unos días más tarde, una mañana de fines de noviembre, después de una excursión de rutina a Legales, volví a la oficinita y, al entrar, sorprendí a Maritza en tren de confidencias con un veinteañero de pelo largo y aspecto de deportista.
-Ay, qué susto- dijo sobresaltándose al verme-. Pensé que era Nicolini. Vení que te presento. Este es Daniel, mi novio.
Los concluyentes términos de la novedad me dejaron reducido a una parálisis absoluta. "Ah, mucho gusto", atiné a balbucear, turbado, mientras tendía mi mano al extraño. Después, completamente confundido, no supe qué decir y terminé felicitando a la flamante pareja con una rigidez espantosa en las palabras. Me hundí en un vértigo infinito de sensaciones. Una pesadez agobiante se apoderó de mí, como si una esfera de plomo hubiera brotado de pronto en el centro mismo de mi pecho, oprimiéndome los pulmones. Temeroso de que mis pensamientos se volvieran transparentes en mi cara, sentí una imperiosa necesidad de huir. Iba a invocar una supuesta orden del jefe para darle una razón a mi súbita partida, pero justo en ese momento también Emilio regresó a la oficinita y un sentimiento morboso remotamente emparentado con la curiosidad me obligó a quedarme.
-Menos mal que volviste- le dijo Maritza, y presentó a su novio por segunda vez-. No quería que Daniel se fuera sin conocerte. Es una tontería, ya sé, pero a mí se me puso que vos nos trajiste suerte.
-¿Yo?-dijo Emilio, sin poder ocultar su asombro, tratando al mismo tiempo de asimilar la noticia y de averiguar qué grado de injerencia tenía él en el asunto.
- Sí, vos y tus lasagnas. Porque Daniel y yo nos conocimos la noche de las lasagnas.
-La noche de las lasagnas- repetí como un autómata, y alcancé a percibir cómo el rostro de Emilio empezaba a transfigurarse.
-¿Te acordás que yo me fui de tu casa a eso de las dos? Bueno, como a las dos y media me pasaron a buscar unas amigas al departamento y nos fuimos a bailar.
A años luz de la maledicencia que el cuarto piso en pleno había derramado sobre aquella cena, desmintiendo sin siquiera sospecharlo la leyenda bañada en lujuria que se había tejido en torno a ella, Maritza continuó su reveladora explicación con el más absoluto candor, ajena a las consecuencias devastadoras de sus palabras. Los ojos de Emilio describieron un peregrinar tan desesperado como apenas perceptible; los vi pasearse sobre Daniel, sobre Maritza, sobre mí, sobre el piso, una y otra vez, sin poder detenerse en ninguno de los puntos, como si, forzados a cumplir una condena, recorrieran las distintas estaciones de un mismo desconsuelo. A duras penas consiguió sobreponerse y, en un inútil esfuerzo por rodear a su derrota de una pizca de ilusoria dignidad, hasta se permitió hacerle alguna que otra chanza a nuestro joven adversario. Después de unos minutos de conversación un tanto incómoda, Daniel dio por concluida su fugaz visita y se despidió de nosotros con la amabilidad neutra de quien saluda a dos personas a las que no asigna demasiada importancia y a las que no piensa volver a encontrar. "Lo acompaño hasta el ascensor y vuelvo", nos anunció Maritza y se fue con él.
Nos quedamos con los ojos estúpidamente clavados en la puerta, cada uno contemplando los restos de su naufragio particular.
-¿Qué me contás? -le dije, sabiendo que hundía el cuchillo en plena herida, más por desatar mi nudo de emociones encontradas y descargarlo con alguien que por un sólido deseo de venganza.
-Y qué querés -masculló Emilio alzándose de hombros.- Estas pendejas son todas unas putas.
El anatema, pronunciado con tanta afectación, me resultó esta vez más grotesco que nunca. Disponía de unas cuantas respuestas posibles para desmentir la falacia de Emilio y hacerlo pedazos, pero preferí callar y no usé ninguna de ellas. De nada habrían servido las palabras a esa altura.
Sólo hubiesen sonado -lo sabía- como el triste anuncio de un jaque mate inofensivo e inconducente.
 
 
-Texto incluido en "Las cosas como somos". Colección Bienes Culturales. ATE CDP Santa Fe - 2009
 
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
agradecer la mirada
que no conoce la piel
ni como sabe el silencio
que atraviesa cuando habla
o ese lapso de las manos
que entre veinte pensamientos
puede dejarte una flor
 
 
 
*De Alejandra Alma.
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