Thursday, September 11, 2014

EDICIÓN SEPTIEMBRE 2014

*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam










OLIVOS*



Anoche, en sueños, ha venido mi padre.
Tenía cara de carpintero.
Aunque sus manos, siempre, fueron de tinta.
Mi mirada nubla mi corazón al ver sus ojos.
Tristemente indescifrables ojos moros.
Le pide a mi madre 30 monedas.
Mi madre se las entrega.
Treinta monedas, una fábula de amor y un ramo de olivos
Mi padre, quita el papel plateado y la besa.
Ella saborea la fábula de chocolate.


Yo barro el lugar mas sagrado de mi tierra.
Hay olivos y huesos de sus frutos.
Saboreo el mítico amor y las aceitunas.
Queda una hoja de olivo, una sola.
La levanto y la guardo.
Reverentemente.
Para noches de congojas claves y ángeles caídos.



*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar







*


No soy Bella Durmiente de las letras,

Ni Guardián de las palabras.

Escribo con los pies, con el hueso,

con el carozo



*De Cecilia E. Collazo. psic_collazo@hotmail.com
-De Poética Despiadada . Editorial Imaginante 2013









MILAGRO*



Quiero mirar la tierra
embarazada
que crezcan sus ubres
generosas
y entregue sus frutos
ya maduros
en su parto anual
y prodigioso.
Quiero ser parte del milagro
de las vides y sus racimos,
del sol repitiendo trigo,
del pan en la mesa,
y la familia,
juntos.



*De Elsa Hufschmid. elsifumi@yahoo.com.ar











LA NÁUSEA*




Cuando desperté, ya había oscurecido. Me quedé frente al espejo del baño. Examiné mis ojos, bajando con la presión del índice el párpado inferior y después subiendo el superior; primero el izquierdo, luego el derecho. No vi nada para alarmarme. El blanco del ojo, normal, no tendía al amarillo, y las venas, ninguna más roja que otra. Me tranquilizaba hacer esto, como si a través de los ojos hiciera una especie de escáner y comprobase que todos mis órganos funcionaban bien.
Preparé una cafetera. Mientras se hacía, pasé a la habitación de mis padres. Hacía tiempo que no entraba. Todo seguía igual; solo el polvo se había asentado formando una capa fina, homogénea, casi transparente. Pensé en esas motas uniéndose hasta formar esa alfombra, tejida de bichos microscópicos. Miré las fotos. Mis padres parecían pedirme que les sacara de allí. Sentí escalofríos. El silbido de la cafetera me alarmó. Al salir, cerré la puerta.
Con la taza de café en la mano, me acerqué a la ventana del salón. Retiré la cortina amarillenta y miré tras el cristal. El gris de las nubes se fundía con esa capa grisácea del humo de fábricas y coches. En el alféizar, seguían mis plantas, algo más secas. Las observé. El verde oscuro de hojas alargadas, con forma de lanza. Un verde más claro con franjas amarillas en hojas dentadas. Espinas pequeñas, muy finas, casi transparentes, de cactus carnosos. Agujas más gruesas. Sentí un vacío pesado y una opresión de pecho extraña, como si hubiesen cosido mis pulmones convirtiéndolos en uno y, a través de ese pulmón encogido, no podía respirar, no sabía cómo hacerlo. Abrí la ventana, asomándome. Me ahogaba. Parecía que mis pulmones se pegaban a la tráquea, replegándose. Me quedé quieta, intentando no pensar; se me pasaría.
Me senté. Los olores a fritos, que subían por la ventana, dejaron de oler. El olor a antiguo de la casa se transformó en un olor insípido que desazonaba. Y los perros ladraban tanto…
Cuando miré el televisor, el negro de la pantalla me deslumbró. Tenía un brillo crudo, afilado, casi insoportable. Toqué los brazos del sillón, rodeándolos con mis dedos, aferrándome al material; esa superficie pinchaba, como los pelos fuertes y duros de un jabalí disecado. Solté las manos. Las pastillas. ¿Efectos secundarios? No miraría prospectos. Se me pasaría, seguro que se me pasaría.



*De Eva María Medina Moreno. relojesmuertos@gmail.com









*


¿Por qué buscamos certezas? ¿No es mejor un mundo de incertidumbre?
¿No es mejor que haya múltiples universos y que los domine el azar?


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com










Sci ficciones cotidianas*



Estaba totalmente convencido, el informe estaba en lo correcto. Había sido un esfuerzo de muchos años, infiltraciones, furtivos trabajos de campo, incluso ese fallido aterrizaje en Roswell en el 47. Pero esta vez las cosas saldrían bien. Atacarían el próximo día de lluvia, según lo proyectado, enviarían las naves más pequeñas, las impermeables, ya luego habría tiempo y lugar para lo demás. XYZ sonrío, siempre había intuido que los humanos desconfiaban de las tormentas, transitando apresurados, evitando contemplar a los otros a los rostros y que además, bajo el castigo de las incesante gotas, nadie miraba lo que se posaba (y viajaba) encima de sus paraguas.

RST gustaba de caminar tranquilamente por las calles donde las viejas casas tenían nombre. Generalmente estas casas también tenían bonitos jardines. Amaba esos desusados nombres tales como: Villa Cohete, Santa Nova, La Estrellada, El Aerolito o el chistoso nombre de, Los Anillos del Abuelo Saturno. Cuando le propusieron cambiar su monótono trabajo de cartero en el pueblo 3124 del Planeta P-138 por el de fabricante de ruedas para penta-ciclos en el pueblo 4523 del P-623 de la Constelación de Sirio, acepto gustoso, siempre y cuando le dejaran poner a su nueva residencia un cartel que dijera: “A Un Millón de Años Luz de Casa”

Sufría al observar el destino ocioso de algunos muebles. La mesa, por ejemplo, había estado más de cien años en el mismo lugar, al igual que el armario de negro roble, un sobreviviente de los siglos de la tempestad. Durante las vacaciones, pudo hacerse con algo de dinero y fue a la ferretería cercana donde entre charlas con su dueño le compro a buen precio, todo un remanente de cinturones cohete y rezagos de propulsores militares. FGH estuvo dos semanas encerrado en la casa, los vecinos solo oyeron los golpes del martillo y vieron, a través de las ventanas, los relámpagos de la máquina de soldar. Tampoco se salvó el piano, que con sus inmensas patas había permanecido en la salita del living desde antes de los tiempos de su abuelo. Muy grande fue la sorpresa para JKL en el pequeño satélite del planeta cuando vio caer a escasa distancia de su sombra al enorme piano proveniente del infinito cielo azul.

La indiferencia del altivo Jazmín ante el humilde Trébol tiene una explicación muy lógica. Antiguamente en el Planeta MNÑ hubo una guerra, dos bandos enfrentados: un feudal arbusto aromático contra una multitud de tréboles de cuatro hojas, muy sanguinarios y feroces estos últimos. La traición de uno solo, un único Trébol enceguecido por un amor que no le era correspondido provocó la expulsión de las dos razas del vegetal planeta. En la Tierra, su planeta exilio, y hasta nuestros días, el odioso Jazmín, en repudio a una ofensa que le es ajena solo mira hacia el cielo, mientras el Trébol, castigado a perpetuar solo tres hojas, observa desde el suelo aguardando la llegada del mesías del cuarto foliolo.

PQR alzó sus anteojos y leyó el postulado: “Las monedas respetan la ley de la gravedad” En base a su razonamiento y a una concienzuda labor científica dedujo que todos los bolsillos debían tener su lado abierto hacia arriba, sino la moneda perdía su razón de ser o de estar en un bolsillo. Decidió investigar por su cuenta. Primero paso semanas revisando los rincones y alcantarillas con una linterna y un detector de metales y al cabo de un año de recorrer el planeta 5486-b verificando chaquetas y pantalones y aún todo aquello que tuviera cavidades ex profeso, regreso al laboratorio y postulo: “Las monedas respetan la ley de gravedad porque no existen bolsillos abiertos hacia abajo” y sonrió.

El bajorrelieve cotidiano de las llaves de la luz lo desconcertaba. Llevaba algunos años tratando de comprender. Eso de extender la mano, en plena oscuridad y encontrarlas, allí, siempre al alcance, como si estuvieran esperándolo. Palpar sus aristas, esos extraños ojillos simétricos uno encima del otro, pero entre medio de ambos esa pequeña boca ladeada, quizás con un rictus despectivo. Lo peor era el chasquido, cuando la apretaba, como una pequeña mandíbula atrapando el hueso de un dedo. A BCD le había llevado años adaptarse al nuevo planeta, incluso aún después de cambiar de domicilio varias veces. Siempre lo mismo, en todos los lugares, las desconcertantes llaves de la luz, esperándolo al otro lado de la pared, como si supieran, o adivinaran, su ceguera.



*De Jorge Lacuadra.  jorgelacuadra@hotmail.com

– 08/09/2014









EL REY DESNUDO*


El rey está desnudo, grité. Es inevitable, el amor por la verdad se paga caro, pensé cuando vi que los guardias se acercaban.
Me dejaron a solas con él. Me preguntó si me animaba a refrendar lo dicho. Temblando por lo que podía pasarme, repetí: Está desnudo. ¿Qué podía hacer si lo único que lo vestía era la corona?, ¡y le queda tan bien! Por una vez me equivoqué, mi denuncia no me ocasionó problemas Todo lo contrario, me trató como a una reina.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar
-De Relaciones Textuales









*


Para descifrar
lo que usted me inspira.
Cosa que nunca he podido.
Me puse a buscarla
en mis bolsillos llenos de agua.
Tengo que encontrarla
de algún modo.
Entre los peces voladores.
Sobre el coral
que tapiza el reverso de mis jeans.
O quizás en los bolsillos de atrás
donde guardo la lluvia
y la última moneda de horizonte.
En algún lado sé que está quieta,
desnuda, pero inmóvil.
Voy a sacarme los pantalones
para revisarlos mejor.
Y los sacudiré si es necesario.
También me quitaré la camisa
donde vive un violinista
con la luna en una jaula.
Y arrojaré lejos mis zapatos
para improvisar un desembarco.
Pero prométame
que no hará trampa.
Ni morderá mis dedos
apenas la toque.
Alguna vez tiene que atreverse
a desanclarse.
Después de todo
fue usted quien se escondió en mí
y encendió velas bajo el agua.



*De Mauricio Escribano. mauricioescri@gmail.com







*

Ahí va mi padre silbando en la noche. Es primavera. No alcanza con el canto cíclico de los zorzales. Mi padre se acompaña silbando. Es una melodía que alguna vez le escuche cantar en italiano, habla del amor perdido de una napolitana. Para mi cada vez que lo escuchaba silbar aquella melodía era como si hablara en él toda la tristeza que tenía adentro.
Mi padre un hombre de silencio. De pocas palabras, las justas y necesarias.
Ahora que volvió la primavera y los zorzales cantan ó silban su insomnio. Mi padre vuelve a caminar a la madrugada hasta la avenida bajo las estrellas o la tempestad para ir trabajar a la fábrica. Esta sólo y se acompaña silbando su amor a una napolitana.


*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com






*



qué terrible
qué sola y terrible es la soledad
de los que eligen estar solos
lo sé
sé que hay cosas verdaderamente obscenas
y más terribles todavía
el hambre
la pérdida del hijo
el frío mancomunado en las casitas miserables
que se levantan bajo la mirada impasible
del universo
lo sé
pero ahora estoy pensando en otra cosa
más egoísta
y
por lo tanto
menos humana
pero terrible en su desvelo
en su hoja de acero nutritivo
en su araña mordaz y lisonjera
qué terrible
qué estúpida y terrible
y qué dolor a sangre dulce
a amanecer violento
esa
la soledad de los que eligen
porque tienen el alma saturada de barcos hundidos
o porque una calle se les quedó despierta en la mirada
la soledad de los que eligen estar
irrevocablemente
solos/


*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar








Flora quiso eclipsar*



*De Nechi Dorado. nechi.dorado@gmail.com


Nació gata, simple gata asilvestrada; fue poseedora de un solo apellido, Felidae, pero siempre, desde muy joven, tuvo ínfulas de oligarcona por eso pensó que algún día podría casarse con un espécimen valioso-aunque carente de valores- para vivir como viven las reinas con el mismo afán parasitario. Es decir, quería ser rica pero apoyada en la columna donde se rascan los que no hacen siquiera el mínimo esfuerzo por procurarse un momento placentero como la necesidad de rascarnos con las uñas cuando algo nos pica.
Esperando concretar su sueño vivió en un zoológico corriendo de aquí para allá buscando una presa, por supuesto la que fuera más fácil, para saciar su hambre. Convengamos que esa gata era de las que se conocen como “dameunacamaytejuego”, como dije antes, solo contaba con ínfulas pero éstas no suelen saciar el  apetito. No había gato ni ratón capaz de acercarse a ella para resolverle el sustento porque sí nomás, sino  a menos que tuviera algo para ofrecer a cambio, contrariamente a sus deseos más íntimos: almuerzo o cena.
Pasaron los años, Flora fue creciendo y al entrar en la etapa de la madurez gatuna sus posibilidades de ascenso disminuyeron, como es lógico, en las sociedades que solo valoran lo que no es valorable, digamos que el más puro capitalismo descarnado.
Lo que fue aumentando era la grasa alojada sobre todo en sus caderas además de su tremenda panza que ya arrastraba por el suelo, por ello los movimientos cadenciosos que se notaban esforzadamente exagerados perdían la fuerza de armonía. El exceso de adiposidad no suele resultar erótico, mucho menos si tenemos en cuenta que en el mismo zoológico habitaban gatitas más jóvenes y mucho más bonitas y graciosas que ella. También mucho menos pretenciosas, por eso, generalmente, avanzada la oscuridad se la veía salir para hacer la calle donde la demanda ante la oferta era mucho más interesante.
Sin embargo, tanto esfuerzo por ingresar en una capa social inaccesible para ella, también había impedido que la pobre Flora pensara que sus sueños habían sido estériles.
Siquiera tampoco pensó  que su vida hubiera sido mucho más interesante si se le hubiese ocurrido utilizar otras aptitudes mucho más beneficiosas, como suelen realizar otros animales de su misma especie, por ejemplo,  el hecho de asimilar algunos conceptos.
Pese a todo lo que les cuento de Flora, no puedo dejar de mencionar su tenacidad sobre todo para mantener sus humos, seguía sintiéndose importante, además,  por haber accedido a cierta amistad con una runfla de gatos tan ambiciosos como ella, que más de una vez le tiraban una soga cuando la veían casi ahogada y con la cara del hambre dibujada entre sus cachetes.  Amigos a  los que acudía haciendo uso de sus pocas habilidades: el gruñido, siseo o silbido, sonido que emitía al sentir la cercanía del peligro. ¡Y vaya si el hambre es peligroso! ¡Y vaya si la runfla era tan inescrupulosa como ella!
Cada tanto tiempo llegaban al zoológico nuevas especies de animales, motivo que generaba gran alteración entre los viejos residentes del lugar.  Una mañana muy temprano, Flora descansaba luego de haber vivido  una noche fogosa en la que varios machos se disputaron la voluptuosidad de sus carnes ya convertidas en sebo. Pero los gatos que entienden muy bien a los humanos  solían repetir algunas frases populares: “a falta de pan, buenas son tortas”. Claro, sobre todo si las otras gatitas ya estaban ocupadas.
Flora y otros animales sueltos vieron la imagen de una imponente leona que había ingresado a desgano como es lógico imaginar, y fuera ubicada  tras el alambrado que separaba  a los animales domésticos de los que llaman salvajes, que no tenían por qué ocupar ese lugar tan lejano a su hábitat natural. Era una hermosa leona a la que la tristeza de su mirada no logró opacar tremenda  imponencia, haciendo sentir a Flora como una especie de insecto en ese mundo donde habitara que consideraba suyo.
Para tristeza de Flora, ya bastante alicaída por el peso de los calendarios, resultó terrible notar el orgullo y la autoestima altísima de los gatos al ver tamaña belleza a pocos centímetros de distancia. Ellos, nada tontos, comenzaron a jactarse sabiendo que sus penes son iguales a los del león, cosa a la que no pudo acceder otra especie ni siquiera haciendo uso de pastillitas mágicas impulsadas por las empresas farmacológicas que lograron estirar el placer con afán lucrativo.
Y  como la leoncita estaba sin pareja, habrían de tenerlo en cuenta. Además, a ella no haría falta  proveerle ningún tipo de alimentos sabiendo muy bien que era cazadora por naturaleza y esa autosuficiencia leonina marcaba otra diferencia considerable.
-Ella se las arreglará para proveer sus propias necesidades, comentaban los machos  mientras frotaban sus cuerpos contra el alambrado divisorio.

La gata, víctima de un fuerte ataque de histeria intuyendo que se acercaban tiempos difíciles, comenzó a transpirar cayendo envuelta en un estado paroxístico de no fácil manejo.

Su poco cerebro en ese momento impedido hasta de razonamiento lineal,  le impedía generar ideas. Su pelaje lucía deslucido, sus carnes flojas no eran comparables a la turgencia de la leona. Pero lo más duro de asumir para la pobre gatita, fue darse cuenta que la nueva vecina en ese espacio tan cruel como existente, sentía por sí misma un orgullo al que Flora jamás pudo acceder abocada como estaba en su manía constante por trepar escalones que la elevaran hasta por sobre de toda lógica.
La chatura de su cerebro pareció disminuir más todavía,  a partir de una desacertada decisión de la gata que al borde de la desesperación pensó que si se paraba frente a la leona en momentos en que el sol  permitiera hacerle sombra pese al alambrado, la eclipsaría con facilidad.
Saboreaba lo que suponía sería su mayor victoria  cuando el sol estuviera de su lado. ¡Su mayor victoria!
Cuando el astro alcanzó el punto exacto esperado ansiosamente por la gata, Flora se paró delante de la leona. Antes citó a los gatos para presenciar cómo ella, la gata Flora, habría de hacer sombra sobre la bestia opacando la fuerza innata de la recién llegada.
Los gatos, hinchados de curiosidad,  fueron acercándose para ver la escena. Flora se paró frente a la bestia, pero el sol no tuvo la capacidad como para lograr que semejante anatomía quedara tapada por algo tan minúsculo. La gata cambió la posición sin embargo el resultado fue el mismo.
Giró, se corrió, fue hacia la derecha, hacia la izquierda, sin producir ningún efecto sombrío sobre la mole. La leona continuaba mirando sin entender qué era lo que pretendía la que, respecto a ella, no era sino una pobre  animalita cargada de ínfulas pero nada más que eso.
Harta de los bailoteos estériles de la gata desesperada, la leona se puso de pie y tal como era de esperar,  más allá de que el sol hubiera realizado un giro conspirativo o no, proyectó su sombra sobre la pobre Flora.
La gata se retiró entre alaridos producto de  la furia que ataca cuando se entiende, aún con las  limitaciones descriptas, que muchas veces sucede que la victoria suele tener un apellido fortísimo: Pírrica.
Lo rescatable de ese momento tan triste como aleccionador, fue que la gata comprendió que no es lo importante querer ser, sino simplemente ser. Y para ello no hace falta vivir apoyada en catervas de rufianes. De la misma manera que entendió, además, que así como un insecto jamás podrá construir un edificio de mampostería;  ni una culebra gestar pajaritos de colores;  o un torturador dar una tesis de derechos humanos resultando creíble; una simpática gata asilvestrada tampoco podrá hacer sombra sobre cuerpo, fuerza y garra de una leona, aunque esté en cautiverio.






*


habitar

también

la penumbra

la duración de la grieta

la tierra expuesta

el lado abierto

del suelo

la soledad

de las aves


*De alejandra alma. almaalma3h@gmail.com



***

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