Tuesday, September 23, 2014

LOS IMPERDIBLES ÉXITOS DE COIRO & URBANO


*Foto: El niño Coiro.





-Textos de Eduardo Coiro & Urbano Powell.





*


-Lo inconsciente esta servido.

¿Vas a comer?

¿Vamos a comernos?

¿Con voracidad, como el caníbal hambriento que duerme en el cerebro reptiliano?

¿O lentamente, como esos matrimonios que cuelgan de sus telas de araña acumulando años y polvillo?







Esteban y Lucia


Esta arriba de ese tren pero sabe que no va a ninguna parte, vagamente trata de calmar la soledad con el método que utilizaba su tío después de enviudar por segunda vez a los 85 años. "contra la soledad del domingo no hay como un viaje en tren" -recuerda con la voz presente de su tío.

Se levanta y se dirige al vagón comedor buscando una excusa para estirar las piernas, adelante va una mujer muy agraciada. Al entrar al vagón comedor la mujer casi se tropieza con un hombre que caminaba en sentido contrario sin verla.

El hombre observa que de las disculpas ellos pasan casi enseguida a un abrazo. "sos vos" se dicen, "pasaron 26 años".

Como único testigo lamenta no tener mejor oído ni leer los labios.

Los reencontrados buscan una mesa, se sientan. El hombre que viaja sin destino los sigue quizá por curiosidad, quizá por darle un acontecimiento rescatable a su vida en este domingo. Encuentra una mesa, puede verlos pero no escuchar. Debe seguir lo que ocurra desde sus gestos.

Los bautiza para poder imaginarlos mejor: él se llama Esteban y ella tiene cara de Lucia.
Esteban tiene entre 55 y 60 años. Vive solo o con padres ancianos.
Lucía aparenta una década menos que él. No esta sola de hombre aunque la soledad es la sombra de sus pasos.
Se ríen mucho. De pronto Esteban ha recuperado la postura de un hombre joven.
"llevo tu beso perenne en mis labios" quisiera decir Esteban.
Ella le toma delicadamente la mano, la acerca a su boca y le besa ese dedo que transporta un hechizo compartido hace muchos años.

No, no fueron amantes. Despliegan un cariño que solo puede dar una bella amistad.

Hace frío, aun en este comedor donde hay vapores de café y tibiezas de cocina. Esperan el pedido tomados de la mano.

Cuando la moza llega a la mesa desprenden sus manos con incomodidad.
Después del café con leche aparecen ataduras, dolores expresados en el relato de los rostros.

-26 años es mucho tiempo-.

Lucia le recuerda que “El lenguaje es una piel”, saca un libro de su cartera. Le lee largo rato a Esteban.
"La vida es un milagro" "Encontrarse vivos y mutuamente sensibles es aún más milagroso"
Con los celulares se muestran fotos. Se brindan expresiones de ternura.

-Son las fotos de los hijos. Intuye el observador.


El tren va a detenerse en una estación. Ellos se levantan. El hombre sabe que se van a bajar de ese tren.

Hermoso día para refundar el mundo con sus propios pasos -deberían decirse.

El hombre se asoma por la ventanilla. Los ve irse tomados de la mano. Llevan una promesa de futuro.

Seguramente no les interesa ni el nombre de la estación, pero en el cartel se lee "San Sebastián".








La lección



A edad oportuna la abuela se lo había dicho a su madre con todas las letras.
Años después su madre pudo explicárselo a ella con la firmeza de un catecismo. Como un saber que no debe ser olvidado:
“Hay que conquistar el corazón del hombre, pero que él no conquiste el tuyo”
No entregar jamás el corazón -ni la ilusión- era la consigna implícita.
El tiempo pasó escurriéndose como el agua. Su libertad era tan profunda como su soledad.
En la cola del banco, mientras esperaba su turno para cobrar la jubilación. Escuchó la conversación de dos mujeres jóvenes que hablaban de cómo “Enganchar un tipo”.


Quiso hablarles pero se le hizo un nudo en la garganta.







*


Otra vez pensé en el ángel de la reparación.

Quizá sea un mito, sólo un mito necesario.
Pero dicen que cada tanto en la vida de cada cual alguien llega a reparar o intentar reparar. No es el plomero ni el electricista.
El efecto de su presencia es intangible en la inmediatez. 
La gente humilde -que de creencias vive- dice que el ángel de la reparación existe y que el día menos pensado aparece tendiendo su mano…








Cosas de amigos



José y Claudio son amigos desde la escuela primaria. Se ven cada tanto. Una o dos veces al año. Se cuentan sus problemas, intercambian algún consejo y siguen cada cual con la vida en la mochila al salir del café. En el último encuentro José llega rengueando. -Una hernia de disco. Tras meses de buscar explicación a dolores que migran por ahí, pero cerquita de la cintura.
Claudio le dice: No puedo más, me voy a separar de Graciela. No es compañera. No me ayuda con mis viejitos. Ni una palabra de sentimiento sale de su boca. Hace meses que vivimos en horribles discusiones. Los platos vuelan y se rompen, por ahora no logra dar en el blanco: mantengo la agilidad del wing de rugby que conociste a los 20 años.
José intenta hacerlo desistir: no sabes lo que es la calle, es peor que un desierto.
En un momento le dice con tono de desesperación: -Mírame, soy el espejo de lo que no tenés que ser ni ahora ni en un futuro. No te quedes sólo a los cincuenta. No te vayas a vivir con tus viejos aunque sientas que te necesitan. Aunque tu mujer siga con la guerra de los platos voladores. Entra a tu casa con casco pero no te quedes solo…
José, que nació en Galicia y llegó a la Argentina a los seis años, vive con su madre anciana. Ahora esta casi encerrado en el dolor, ni los remedios ni la kinesiología parecen ser efectivos.
-Y si me pasa algo no tengo a nadie que se ocupe de ir a escuchar el parte medico.
Claudio retruca: -No estoy seguro que Graciela me acompañe si me enfermo.
Lo mío, ya hace rato que es una ficción matrimonial. Más de un mes sin sexo.
José piensa en la imagen de Graciela, cuarenta y cinco años, una morena con aire a Jennifer López...
Ni se anima a decir lo que piensa.
Supone la respuesta de Claudio: -Hermano, pero con el culo solamente no haces nada.
Claudio continua con el relato, José se ha perdido una parte abstraído en sus pensamientos. Casi todos los días tenemos gritos, una tensión insoportable en el aire completa la situación. Ni me da para preguntarle porque llega a cualquier hora y me ignora como si fuera un mueble más de la casa, o mejor dicho: como si fuera la cómoda de la abuela que esta tirada en el galpón.

Desde un televisor situado en la esquina se escucha una frase recortada de una publicidad que se repite una y otra vez pero ellos escuchan sólo esa parte y ríen:

-No veo la hora de que llegue el iceberg y terminemos con todo esto.


José no se queda atrás con la marea de desdichas:

-¿Sabés cuánto hace que no duermo con una mujer? -Mucho, quizás un record mundial. Ni lo vas a adivinar. Años… Desde el final de la relación con Cecilia.


***

Así siguen. Van cinco horas desde que entraron al bar. Tres cortados. Un te con miel. Un té de tilo. Ni José logra que Claudio intente mover algo para salvar su matrimonio. Ni Claudio consigue que José crea que su vida puede salir del abismo de la desdicha y soledad.

Hasta que harto de seguir la cuestión a distancia Javier -mozo y estudiante avanzado de psicología- decide intervenir. -Amigos, nunca opino de los problemas de los clientes pero esta vez creo que ustedes van a aprovechar el consejo: Necesitan tomar distancia. Prueben ubicarse en otro lugar, verse "como de afuera".
Claudio y José agradecen. Ponen cara de "lo vamos a pensar". Javier se va a atender otra mesa.
Después de horas de estar empantanados y no ver una lucecita, Claudio tiene una ocurrencia: ¡Un enroque! ¿Qué...?
-Sí, un enroque, veníte una semana a casa a vivir con Graciela, yo iré una semana a vivir con tu madre, prometo que le daré la bolsa de agua caliente a la hora de irse a dormir.
¿Y yo que tengo que hacer? arriesga José.
-Llévate una muda de ropa y los remedios para la hernia, a la noche - si te lo permiten- dormí en la cama matrimonial con mi mujer. Es fría como el mármol. Si en una semana conseguís tener un ratito de sexo serás un ídolo.

-Después de una semana de distancia veremos si las cosas mejoran.
Antes de partir acordaron algo más: que cada cual llevaría un diario con lo significativo de la experiencia vivida en la casa del otro.


Aunque Javier no ha podido escuchar el rumbo de su consejo puede ver al fin gestos de convicción y alguna expresión de alegría en el rostro de los amigos.










Una intemperie regada de estrellas



Otra vez pensé en Raquel. Caminábamos de la mano por la calle peatonal de su ciudad, hoy lejana para mi. Era invierno y de madrugada, íbamos como suspendidos en el aire. La noche estaba estrellada y limpia, por momentos parecía que el cielo se derrumbaba y las estrellas estaban ahí nomás, como al alcance de una mano extendida.
Estábamos solos en la calle o al menos sentíamos que éramos los únicos seres presentes en ese momento tan único y tan frágil a la vez. Una pareja que buscaba una casa, una cama para resguardarse de un frío polar.

Y ahí aparecieron las preguntas sin respuesta sencilla. ¿Que hacía allí lejos de mi pueblo con ella? ¿Que era aquello tan fuerte que nos unía? ¿Era el amor o la devastación de la vida antigua la que nos dejaba unidos en esa intemperie regada de estrellas?

Pensé en la intemperie como algo primitivo: una pareja se refugia de temores y amenazas bien reales. Buscar una caverna, encender el fuego, abrazarse, cubrirse con unas pieles. El mundo era ese ínfimo presente, la idea de la presencia del pasado en sus vidas no tenía sentido. El futuro por definición no existía. Solo ese presente.

Después llegaron trabajosamente los descubrimientos. Los seres que viven su realidad en un escenario interno que llevan consigo, en una neurosis que los protege y limita a la vez, su propia caverna y el rugido de sus ancestros dinosaurios por si no alcanzara con los miedos reales de la jungla social.

En eso estaba, bien perdido en pensamientos sin solución, cuando llegamos a la casa.

Y antes o después del cariño físico, Raquel me trajo las pantuflas de su ex marido para que no se enfriaran mis pies en el camino al baño.










María Lucila



"Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste"

Alejandra Pizarnik. -Caminos del espejo-


El hombre con el que me encuentro en el bar se llama Emilio, sabe de mi interés por escribir. Dice que va a contarme algo de su historia personal que sin dudas tiene relación con la antigua estación de trenes. Le aviso que no logro escribir razonablemente bien y que más aún, tengo la sensación de que mi escritura empeora con el tiempo.

-No importa, vengo a contarle esto porque necesito que alguien lo escriba. -me dice con tono de suplica.

-Y porque a mi me duele tanto el pasado que necesito contarlo a quien tenga un rato para escuchar.

Lo que sigue es el relato del hombre, dos horas y media sentados, con tres cafés cortados de por medio que quiso invitarme si o si. -Me ofende si no me permite pagar a mi- dijo para terminar con mi resistencia.

En la estación María Lucila trabajaba su abuelo. Su madre nació allí y la llamaron María Lucila para homenajear a la estación que además de darle trabajo a su abuelo era su vivienda.

Pasó en el pequeño pueblo sus primeros años, luego de la nacionalización, al abuelo lo trasladaron un par de veces de estación hasta que se jubiló.
Lo cierto es que su madre pasó su adolescencia y juventud radicada en Avellaneda.
Se hizo amiga de la Alejandra Pizarnik, cuando era una chiquilina tímida y tartamuda. Y al menos una vez se fueron en tren a conocer el pueblo que lleva el nombre de mi madre.

El hombre me muestra una foto con dos jóvenes que posan para la cámara haciendo equilibrio sobre el riel, más allá se observa una estación típica del Midland pero es posible ver el lugar donde se colocaba el cartel con el nombre. Atrás de la foto puede leerse "con florita Pizarnik, María Lucila, enero del '53.

Mamá era una mujer hermosa -dice el hombre. Igualita a las chicas que dibujaba Divito.

Por alguna cuestión que desconozco lo único perenne en ella, lo que había echado raíces profundas era la angustia. Su verdad era una cuna de angustias de la que nadie había logrado sacarla.

(....)

Se equivocaron ella y mi padre en casarse. Mi padre era psiquiatra y mi madre su paciente, se enamoraron o se tuvieron lástima -vaya uno a saber- , o quisieron dar vuelta la historia de cada cual que los había llevado en ese punto de encuentro o desencuentro.

Usted sabe que todo, absolutamente todo en el universo se acerca o se aleja, pero nosotros nos ingeniamos para negar esas percepciones incomodas.
Creo que mi padre pensó que la iba a cambiar, no hay héroe más fallido que el que quiere cambiar una persona.
Llego a decírmelo una vez: -lo que no se da espontáneamente bien entre una mujer y un hombre no se lograra jamás. Nadie puede cambiar al otro -ni a sí mismo, según parece.
La angustia de mi madre le impedía conectarse plenamente con los otros, estar presente y atravesar los acontecimientos que te van marcando en la vida.
Se fue cuando mi hermano tenía 5 y yo 3 años. Dejo una carta.
Mi padre después de leerla ni intento buscarla, entro en un profundo silencio que le duro meses.
Un día nos presento a su nueva mujer: Ella es Natalia, vivirá con nosotros -nos dijo.
Natalia nos crío y malcrío lo mejor que pudo.
Mi hermano creció, estudio ingeniería electrónica y se fue a vivir a Estados Unidos. Vive en Nueva Orleans, tiene mujer e hijos americanos. Un auto y vacaciones.

Mi padre tenia 70 años cuando falleció, era 8 años mayor que mi madre. Yo no había cumplido los 21.
 Antes de enfermar, me invito a charlar en un bar. Sin que se lo pidiera me dejo su consejo: -A los 20 años un joven debe elegir si en su vida será un hombre o un marido.  Te recomiendo que seas un hombre...
Creo que le he fallado, no logre ni ser un marido eficiente ni un hombre en el sentido que creo que le daba a esa palabra mi padre con un tono cercano a lo sagrado.

*

De mi madre, quedaron casi todas las preguntas sin respuesta.
Nunca sabré si volvió a ver a su amiga Alejandra "la florita" como la llamaban los abuelos.
Hay un abismo de treinta años de silencio.
La tía Eugenia -hermana menor de mi madre- logró encontrarla unos meses antes de su muerte.
Tuvo una corazonada y la siguió. Volvió a María Lucila 20 años después de que cerraron el ramal los militares y se llevaron las vías. Y allí estaba mamá viviendo en la estación. Sin luz eléctrica, sin vecinos cercanos. Salvo una escuela pública ubicada enfrente de la estación no había nadie a Km.
Allí vivía mi madre. Envejecida prematuramente. Sacando agua con una bomba manual, cultivando vegetales en unos pocos metros de quinta. Rodeada de pájaros -tenia muchos en jaulas- y otros que venían a visitarla a los que agasajaba regando la tierra con alpiste, o mijo o arroz según lo que tuviera.
No sabía nada del mundo, ni siquiera quien era el presidente de turno, no tenia radio ni televisión.
¿Sabe cual era una de sus costumbres? Sentarse con una silla a la hora de salida de la escuela y ver el rostro de los niños. Estudiarlos con detenimiento y luego verlos alejarse por el camino de tierra hasta que eran manchas blancas.

(....)

Sabía del suicidio de Alejandra, le dolía como si hubiera pasado apenas unos días atrás:
"Pobre Florita, repetía. Tan lúcida y tan frágil. Pobres todas las personas sensibles del mundo porque no tienen cabida". Eso es lo que me dijo mucho después la tía, a la que hizo jurar que no le diría a nadie donde estaba y como vivía.

*

Esto es lo que la tía Eugenia rescato: unas fotos, unos libros de Pizarnik con anotaciones de mi madre. Una historia clínica que le dieron en el hospital donde se observa que en los últimos años sufrió con su cuerpo.

Muy poco para un enigma de más de 30 años.

El hombre vuelve a abrir el libro que le dejo su madre y lee otra frase de Pizarnik marcada con birome azul:

"Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia"

Así me siento, así me sentí siempre, -escribe al costado mamá- y espero que quienes esperaban algo distinto de mí puedan perdonar esta soledad en la que he hundido mis días.

Emilio derramó lágrimas. Arrugó con rabia una servilleta de papel después de secarse para evitar que sus lágrimas de sal caigan sobre el pocillo de café.
Al rato nos despedimos con un abrazo.

Mientras caminaba por la avenida me di cuenta que ninguna historia de las que he podido contar son historias de vida de gente feliz.







*



Se desnudan.

Ella apoya su espalda contra el respaldo de la cama.
Abre sus piernas.
Deja sus piernas dobladas, las rodillas quedan como una cima curva y perfecta.
Un haz de luz que se filtra por los postigos entornados les da un aspecto irreal. Son la superficie de un planeta mágico.

Ella Desnuda. Con sus piernas abiertas y el sexo expuesto, recibe al hombre.

El hombre apoya su espalda en los pezones se chispean a la altura de sus pulmones.

Ella lo contiene en sillón de mullida ternura humana. Abre un libro, recorre en silencio las páginas.

Cada vuelta de hoja genera una brisa o un huracán en la piel.

Él se concentra en la respiración. Los pulmones son una caja perfecta de resonancia. Siente al latido del corazón de ella como doble latido del propio corazón.

Ella comienza a leer.
Su voz se eleva en catedrales.

En su voz que eleva en catedrales hay un eco de otra voz dormida.

El hombre cierra los ojos. No esta del todo allí.

Hay una niña que canta en latín. Cuando su voz vuela, se despega del coro y los fieles se giran, dejan de ver hacia el pulpito y buscan el origen a ese desgarro del aire que llega a los oídos.
Afuera, probablemente esta nevando, el reloj de la iglesia esta congelado como en una postal sepia a las 10 y 5 minutos de una mañana de domingo. Los tejados rojos cubiertos en algodones de nieve. El río D'Orba hace espuma al chocar contra los pilotes del puente de hierro y madera, más allá, el horizonte se eleva como en una visión de piernas que culminan en cimas nevadas de luz matinal.

El hombre, que se elevo lejos lejos para imaginar el canto de su abuela,  vuelve al cielopiel que acaricia con sus manos.








La Rica



A Antonio Dal Masetto.


El hombre lee en su asiento una carta escrita sobre papel verde. Se inclina un poco tratando que el sol que ingresa por la ventanilla ilumine de lleno en esas letras de birome azul. Tiene sus ojos cansados y la presbicia lo obliga a distanciar bastante la carta, a punto de temer con incomodar con la extensión de su brazo a la señora sentada enfrente en la que puede ver una mirada curiosa detrás de esos anteojos redondos con bastante aumento.

En realidad, no le importa que esa señora de mediana edad y pelo rubio enmarañado se interese por su carta. Ella solo podría haber leído la fecha y el lugar que están en letra visible e imprenta, arriba a la derecha de la primera hoja. Luego viene la letra manuscrita, pequeña y encriptada de Gabriela que se hace imposible de descifrar si la persona no esta familiarizada con ella.

Y además, que importancia tiene que esa señora sepa de su felicidad, de su ir y venir con el amor y la distancia.

Ella iba y venía, en su trabajo por los aires, en sus ensueños o en amores fugaces de cada aeropuerto que no lograban desplazarlo a él. Su hombre. Él, que iba y venia todos los fines de semana para compartir su lecho, sus labios. Para caminar con ella de la manito o en el abrazo de hombro de ella a cadera de él que tanto les gustaba, como a los eternos amantes, novios o compañeros de vida, aunque nunca supieron definirse, no les interesaba otra cosa más que llevarse de la mano o del abrazo por la vida que era una sucesión de instantes o una eternidad bajo una misma luz, pisándose a veces con mutua torpeza los pies en aquellas estrechas veredas del centro antiguo de la ciudad, para luego retornar al departamento de ella y fundirse en un solo cuerpo a luz de luna o estrellas, a sol que entibia la piel o a cielos de acero sin grietas. Aun parece sentir el ruido de la lluvia cayendo a gotones de sonido persistente por los techos, mientras adentro los cuerpos se encendían bajo cobijas del frío invierno.

Sentados en la cama, los domingos a la tarde él le leía cuentos de Dal Masetto y ella a él a Borges o Cortázar. Una vez, le leyó "Romance" y él sabía, que era apenas un pretexto para llegar a la frase final que tanto lo oprimía como presagio, como una anticipación acechante a la vuelta de la esquina, o en cada ir y venir a la estación de trenes, para llegar o partir de los brazos de ella, su amor, su compañera.

Recuerda haberle leído esa frase final del cuento de Antonio Dal Masetto que ahora ronda en su cabeza: “el destino es insondable y no existe felicidad que no este amenazada”.

Su piel lo enloquecía. Su blanca piel casi transparente en la que podía ver rutas celestes que no parecían venas sino mapas de cielo como los que ella surcaba primero en Aerolíneas Argentinas y más tarde en Lufthansa.

Él sentía cada encuentro y cada despedida como si fueran una misma imagen superpuesta de ese intento imperfecto de volver una y otra vez al placer, o al contacto de la piel, la fusión de los cuerpos, el orgasmo de cada cual a su tiempo y modo, la sonrisa del después y el dormir abrazados para entrar en la noche del sueño bien juntitos. Gabriela y su parecido a Bette Davis. Sobre todo la expresión de su mirada. Fue un descubrimiento mientras en una madrugada vieron “La extraña pasajera”. Como les pego esa frase que adoptaron casi como un lema propio: "tenemos las estrellas, no pidamos la luna".


*


Vuelve a doblar en dos las tres o cuatro hojas de la carta sin dejar de echar una última mirada con los ojos húmedos sobre el encabezado, que seguramente la señora que esta allí enfrente ya ha leído, aun fingiendo desinterés y con la mirada perdida en algún punto de la estación que de una vez están por dejar cuando la fuerza de la máquina logre romper la inercia y el viaje se desate sin atenuantes.

No importa que esa señora sentada enfrente haya leído la fecha: Hamburgo, 15 de abril de 1992.

Y más abajo el Querido Javier: y luego el texto que conoce de memoria y ha leído una y otra vez durante estos años a bordo del tren.

“A los tristes no los quiere nadie” se dice a modo de explicación.

Entonces el tren arranca y el hombre rompe la carta en cuatro con expresión de angustia marcada en el rostro, aunque ya maldice su impulso, su inútil esfuerzo por doblegar ese pequeño hilo de ilusión que lo mantiene ahí, no queriendo preguntarse sin respuesta, y entonces guarda esos grandes pedazos en el bolsillo derecho de su campera, quizá ya mismo piensa en pegarlos con cinta transparente al llegar a su casa.

Intenta disimular su rostro desencajado. Se levanta y se va al otro vagón, no quiere testigos, que nadie sospeche ni se pregunte por que él sigue yendo y viniendo en ese tren. Como si el tiempo no hubiera pasado.








Palabras con “F”



Al hombre le cuentan una historia cercana.
Ocurrió unos años atrás. El amigo del hombre conoce a una mujer que vive a unos 500 km de su ciudad. Resulta que se forma una pareja a distancia. Ellos se quieren. Mantienen la relación por varios años. Se extrañan mucho pero resisten la espera. Sólo el hombre puede viajar y lo hace cada 15 o 20 días. Si, logran festejar juntos los respectivos cumpleaños. En uno de esos cumpleaños -el de ella- sucede lo que el amigo del hombre desea contar: los presentes comienzan a jugar con rondas de preguntas difíciles. La memoria hace un juego inestable y selectivo: el hombre tiene la foto vívida de cuando a su compañera le preguntaron si creía en "la fidelidad" ella respondió con un "No" bien cortante acompañado del movimiento de tragar saliva. El amigo del hombre tenía apenas unos instantes para ensayar una respuesta. Hasta el día de hoy sostiene que fue la respuesta más honesta y la difunde como un hallazgo digno ser donado para quien lo necesite:

"La única posibilidad de fidelidad es la felicidad"






*


Silencio de sol ausente. El hombre percibe con su nariz cerrada por el resfrío como se abre paso lentamente un aroma a sopa de vegetales. Un olor a hogar inunda el aire quieto de la habitación.
Él, ahora, puede respirar bien, bastante mejor que ayer a la noche. Se abren sus sentidos y el gusto a sopa le trae bien cerquita la voz de anoche, con su compañera cantando en la cocina…

“Who can buy this wonderful morning?”
“Who can buy this morning to me?”
Abajo de su voz de blanca negra alcanza a oír la percusión, un ritmo espontáneo que surge del cuchillo cortando sobre la tabla de madera.
Pedacitos y pedacitos que serán bien pronto aroma y alimento.
Recién en la mañana, con la cama bañada de sol, el hombre abre sus pulmones y los llena del aire a sopa, y también del sonido que bien evaporado y mezclado en los sabores vegetales flota en la habitación…

“Who can buy this wonderful morning?”
“Who can buy this morning to me?”

Por cierto, nadie puede comprarle esta maravillosa mañana









Nos veremos otra vez



Llueve, y llueve fuerte. Afuera de la ventanilla el horizonte esta velado por una cortina de agua.

Nos queda intentar arreglar las cosas desde la literatura piensa el hombre.

El arquitecto Ricardo Klepka acaba de ver a Irene entrando al vagón. Le hace señas para que se siente al lado de él. Irene que tarda en reaccionar, pasaron casi 20 años. El pasado es otra persona, otro mundo al que ya no pertenecemos, y eso incluye a las personas que quedaron allí apresadas en esas capsulas congeladas.

Pero el saludo es emotivo, abrazo, besos. Esa sensación de vértigo que da el no ver al otro en décadas.

¿Cómo me reconociste? –Pregunta Irene.

-Sos vos, igualita antes del tiempo, solo te falta el cigarrillo en los labios y el humo dejando fantasmas.

-Me prohibieron el cigarrillo, pero yo fumo a escondidas, es un ritual personal y no voy a renunciar mientras el cuerpo me lleve hasta un kiosco y pueda comprar los cigarrillos por mi misma.

Ricardo recuerda esa imagen en el estudio de arquitectura donde ambos trabajaban. La vista fija de Irene en la ventana, como no viendo o viendo otra cosa. Ese aire a la Pizarnik que descubrió cuando la vio leyendo un libro con la foto de Alejandra en la tapa.

Irene que le dice con aquel libro en mano y su infaltable cigarrillo en la boca:

-Decidí que iba a fumar una tarde a los 11 años viendo a mi abuelo fumar en el patio.

“Veía a mi abuelo fumando solo en el patio. Esa concentración de estatua viviente imposible de describir: ¿en que pensaba?

Viéndolo con ese hilo de humo que se disipaba en el aire dejando siluetas que jugaba a descubrir mi abuelo era una locomotora mansa. Era de los viejos de antes, macizos, parecían invulnerables. Esos bigotes tipo manubrio de bicicleta que después descubrí que eran igualitos a los de Hindenburg.

Como los abuelos de muchos otros niños mi abuelo había sido foguista ferroviario.

El abuelo armaba sus propios cigarrillos sin filtro o fumaba en pipa, pero yo empecé a fumar en la adolescencia los negros

Parisiennes, éramos minoría las mujeres que fumábamos negros”.

En un momento se funden los recuerdos con la palabra presente de Irene que evoca los momentos compartidos: me encantaban esas horas donde no pasaba nada o no había trabajo y se hablaba, se fumaba y se tomaba mate hasta la hora de irse cada cual a su casa.
Llueve mucho che, el tren parece un barco. En este momento ya debe haber gente con el agua al cuello. –dice Ricardo volviendo por un instante la mirada a la ventanilla

¿Te acordas del proyecto de la casa-barco? Dice Irene.

-Vendría bien retomarlo, todavía tengo cuadernos con apuntes y los planos enrollados.

De memoria : “El barco casa es una unidad transportable, pensada para ser utilizada como vivienda en medios urbanos manteniendo sus características de flotabilidad ante situaciones de inundación extrema” recuerdo la risa de los dueños del estudio, “ni en el Delta lo usarían”.

-Vos terminabas indignado Ricardo.

-Algunas veces los maldecía en polaco y otras en ruso. Y si me preguntaban, les decía: consíganse traductor a mí me pagan por proyectista.

La música funcional del tren les acerca a Serú Girán.

¿Te acordas cuando lo desafinábamos a dúo? –dice Irene abriendo bien grandes sus ojos verdeagua.

Si te hace falta quien te trate con amor

Si no tenés a quien brindar tu corazón

Si todo vuelve cuando más lo precisas

Nos veremos otra vez

Un encuentro puede ser fulgor. Alegría imprecisa.
La próxima estación como un futuro impredecible esta todavía lejos.



*


Dos novios se dan un beso en el andén.
La chica sube al tren.

Beatriz vuelve a decirle "cuando la gente se quiere ver, se ve".
Fue la despedida y ocurrió cuando ese hombre que mira era un adolescente de la edad del chico que quedo allí, parado en el andén, viéndola partir.








Ellos y el universo



Se abrazan en el umbral con sus pies en la vereda.

A sus espaldas -ya pasado inmediato- hay un pasillo, una casa y una cama donde todavía están tibias las sabanas. El aire frío corta los rostros.

El espera un taxi. Ella espera verlo partir muchas horas, días, kilómetros.

Es la hora justa para dormir abrazados de piel a piel.

La calle es tierra del viento. Como un trotamundos, una caja de cartón rueda en la calle. Más lejos, un hombre de espaldas trabaja empujando por el cordón con su cepillo de acero los restos del día anterior. Un perro lo sigue. Se acompañan en su mutua soledad.

La melancolía es una hada antigua que habita en cada cual y sobrevuela visible en el aire.

Llega el taxi. Rompen su abrazo. Se dan un beso tenue.

- Cuídate, -se dicen en espejo.

El sube.
Cierra la puerta.

Se aferran en la mirada…

Y en ese instante suspendido son ellos y el universo.








FLORECIDO



El hombre la había arrancado de su vida como se arranca a un yuyo indeseable en el jardín.

Con la misma brutalidad en el tirón, tratando de arrancar la raíz de cuajo. Sin sentir nada. Al otro día, justo al otro día. El hombre plantó en su lecho a una muchacha bella como una azalea. La mujer se marcho prontamente sin echar raíces en su vida.

No se quedo quieto. Siguió plantando bellas mujeres que se marchitaban antes del amanecer. Nadie pudo crecer ni florecer en ese lugar. Su vida era un jardín desierto al que regaba inútilmente antes de anochecer.

Hasta que percibió esos movimientos adentro. Esos pujos que sintió por todo su cuerpo y que se ramificaban de noche a día con la velocidad implacable de la naturaleza. Y eran la luz y esa tibieza que anuncian una primavera cercana.

El hombre se vio a la siguiente mañana en el espejo, comprendió lo que sucedía.
No había logrado extirpar bien las raíces.

Sus brotes se abrían paso por sus poros y estaban a punto de estallar en flor.


-Sólo pido que las flores sean del color de sus ojos. Pensó resignado.








UNA GOTA DE HUMANA TERNURA.



Así estaba el hombre.
Y esto que no es decir nada daba a entender que en su vida casi todo hacia agua. Se le escapaba la belleza de los días como en un colador.
¿Y que le quedaba en el colador? Sólo los restos pensantes de alguien que no podía percibir la felicidad. ni buscarla consecuentemente.
Ya no le preocupaba la soledad pequeña de noches vacías de abrazos. De despertares con la boca besando la piel de la almohada. No era la penuria de sentido a la luz del día, cuando su vida se escurría en rutinas auto-administradas para no caer en la percepción del vacío. No era la soledad pequeña entonces. No era eso sino la enorme soledad del desamparo la que lo atormentaba por debajo de cada paso que daba. Sentía que el suelo, lo más material y evidentemente sólido que se nos brinda en la ciudad ya no era seguro para él. Sentía ciénagas. Arenas movedizas donde los demás seres pisaban veredas y calles. Sólidas, evidentes.
Ese hombre leía. Leía hasta que una frase lo fulminaba y lo obligaba a cerrar el libro y transitar varios días con ella circulando en los laberintos de su mente, que por costumbre, no conducían a ninguna salida. Pasó con "Una gota de humana ternura" leída en "la octava maravilla" de Vlady Kociancich.
Entre lágrimas se vio como un mendigo de amor buscando alimentarse de sonrisas que recibía tras algún piropo ingenuo.
Y además el encierro. Ese temor desmedido a alterar sus pocas rutinas.
Quería y necesitaba de algo que le diera aire a su vida.
Pero no lograba superar la etapa del diagnostico.
Hasta que logro asumir que lo suyo era ser “enamorado del aire”.
Esa imagen -aun ilusoria- “vivir de amor en amor etéreo” le ilumino el día, ahora debía seguir adelante buscando día tras día sostenerse bien en el aire con sonrisas e ilusiones intangibles.








Lo verdaderamente heroico


Le dejo a su sobrino sus cuadernos de notas por legado. Le llegaron embalados en una caja y atados con hilo de yute. Son cuadernos comunes de hojas rayadas y espiral que vienen con su título en la tapa. El hombre elige abrir el que dice “Amor”.
Son frases sueltas. Según parece muchas eran propias, del propio saber del tío gestado en años de andar por la vida. Otras escuchadas. A veces frases subrayadas con resaltador en un recorte de diario.
Todo prolijamente anotado con su letra cursiva grande y clara, que le elogiaban tanto en su empleo de revisor de cuentas.
El hombre va al final del cuaderno. Esa es la última frase. Tiene una aclaración:
“Me dicen en el bar que lo dijo la Rosa Montero en un reportaje. No es textual, la escribo con mi memoria no tan buena…"

Lo verdaderamente heroico es querer al otro tal cual es.

"Tal cual el otro es" -Escribe para dar énfasis a la frase.

Luego sigue una reflexión:

“Cada vez seremos más los viejos solitarios. Hasta que lleguemos a estar sentados en el geriátrico mirando un Potus.
Con suerte habrá una ventana para ver el movimiento de la calle.
Y en una mañana cualquiera, una viejita se sentara al lado nuestro. Nos tomara la mano.
Y será tarde para casi todo, menos para sonreír”






*


Alboroto de gorriones

Van al árbol dormitorio
florecido en pájaros de la noche.


No caen a pétalos.

se acompañan
de hoja en hoja.


Ellos

Se preguntan
porque no hacen nido.


Mirando al cielo vedado
por hojas y pájaros.

Se abrazan.
Y hacen del abrazo un nido.





***



-Eduardo Francisco Coiro nació en 1958 en Lomas de Zamora, Argentina. Es Licenciado en Sociología de la Universidad de Buenos Aires. Es  Editor del proyecto cultural Inventiva Social, una publicación virtual abierta para escritores.






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