Saturday, December 13, 2014

ES TAN CÓMODO EL TERRITORIO DE LA NADA...



*Obra de Claudia Marting.
Rosario. Argentina.








*


Entre mis pestañas y el mundo

sucede una historia

que a veces me salva

y otras

me ahoga.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar








ES TAN CÓMODO EL TERRITORIO DE LA NADA…









Paisaje*



Era ya la cuarta o quinta vez que le veía ahí sentado, bajo la primera arcada del Puente de Piedra, contemplando el río o tal vez las torres del otro lado. Una hora más tarde volví a pasar y ahí seguía, en la misma postura.
Así que me acerco y le digo:

-¿Qué hace?

Él me mira sin amabilidad. Tarda, pero al fin responde:

-Estoy pintando un cuadro.

-¿Del río? –pregunto- ¿De la Basílica?

-No.- dice después de un rato.- Yo, soy el cuadro.



*De SERGIO BORAO LLOP. sbllop@gmail.com










Piel de lecturas*



Tu mano acaricia

creando en contra del olvido


*De Cristina Villanuevacristinavillanueva.villanueva@gmail.com










*


ya no tendrá nombre el río.
no sabrás nombrar su orilla
a las piedras hundidas en su cuerpo
las llamarás con ruidos guturales
a los pájaros que lo cruzan
los señalarás con el dedo.
ya no tendrá nombre el paisaje
las nubes, las violentas nubes
la noche impasible y lejana
estrellas mecánicas que mires
nada tendrá nombre.
habitarás un mundo donde las cosas
carezcan de nomenclaturas
podrá hacerte daño la roldana invisible
que permite a la mariposa agitar sus alas,
una mísera gota de agua
podrá agujerearte el brazo extendido
y sentirás dolor mas no sabrás nombrarlo.
ya no tendrá nombre el río
y tu propio rostro en el espejo
te será ajeno como un jabalí,
como el amor, como la lluvia, serás
ausencia/


*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar











Angustia*



¿Cómo se hace
para tolerar
la angustia?

Se escribe, se escribe...

Insisto:
se escribe!


*De Cecilia E. Collazo. psic_collazo@hotmail.com









ESTACIÓN DEL DESEO*


"El que siente deseo desea lo que no tiene a su disposición, lo que no posee, lo que el no es y aquello de que carece, desea aquello de lo que está falto
y no desea si está provisto de ello."
PLATÓN- El banquete.



ESTACIÓN DE LOS NÓMADES

Sin patria. Andróginos. Nidos nómades. Luto.
¿Adonde irán los pájaros cuando llueve ceniza?
Pasajeros de un mundo leve. Insustancial. Insípido
Universo excluido del tronco y de la rama.



ESTACIÓN DE LA DUDA

Ella, sintió que si abrazaba al árbol.
Ocurriría lo que no deseaba.
-Es tan cómodo el territorio de la nada-.
Sola con su temblor de espejos empañados.



ESTACIÓN DEL EMBATE

Él, sintió que si no la despojaba de armaduras.
El alma no se atrevería entrar al cuerpo.
Curso fluvial gigante. Catarata. Bautismo sideral.
La empapó. Calada hasta los huesos. Plena.



ESTACIÓN DEL DILUVIO

Diluvio Universal. Jazmín de leche. Toro salvaje.
Les sangraba el deseo entre las uñas.
Y fueron uno. Mitad mujer. Mitad hombre. Uno.
Una cabeza. Dos caras. Un solo sexo.
Asombro de dioses. Tiempos inmemoriales
-El oficio del agua es la continuación del fuego-
Fundidos para siempre, como ayer, mañana, hoy.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar












SEGUNDA
OPORTUNIDAD*



*De Alberto Di Matteo. licaldima@yahoo.com.ar




DOS



“Do you believe that we can change the future
Do you believe I can make you feel better
Can we get together
I really, I really wanna be with you” (Madonna)

 

Sólo después de un rato consigue descifrar aquel sonido que la acuna desde que saliera de su letargo: es el rumor de las olas. Respira profundo, con el sabor de la sal aún adherido sobre sus labios y lengua. Gira el cuerpo sin darse cuenta, volcándose de cara al cielo, y abre los ojos. Inmediatamente se los refriega, ardiéndole por efecto de la sal y del sol de la mañana. Tose varias veces, escupiendo un poco de agua marina, obligándose a ponerse de costado a fin de no ahogarse. Apenas percibe que las olas le lamen los pies. En este instante, lo que más le importa es que el conjunto de estos detalles le indican que afortunadamente continúa con vida.
Vuelve a abrir los párpados, quizá con temor. El cabello rubio pegoteado sobre la cara le dificulta la visión. Intenta incorporarse con dificultad, apoyándose sobre un codo. Siente que le duele todo, aunque no pareciera haberse roto nada. El intenso mareo, una contractura feroz, mucho frío sobre la ropa mojada, pero nada grave. Extiende apenas una mano: arena blanca. Conchillas. Alza la vista. Una playa. Tierra firme. Dios acaba de regalarle una segunda oportunidad. Una en la que su vida parece haber sufrido un antes y un después. Pero donde aún, presa del shock causado por el accidente, no llega a evaluar las dimensiones de tal consecuencia.
Una ola mayor que las anteriores la cubre hasta la cintura, haciéndola tiritar. Comienza a arrastrarse playa adentro, impulsándose con los codos y las rodillas. Hasta que pocos metros después se topa con una palmera caída, alza un brazo, se iza sobre un flanco del tronco, con las piernas aún sobre la arena, y mira en derredor. Playa… En otras circunstancias, un paisaje de ensueño. Un cielo profundamente azul, donde los matices apenas consiguen distinguir la línea del horizonte, que recorta un océano inmenso y rumoroso. El sol de media mañana brillando por encima de apenas unas mínimas nubes, algunas gaviotas, una suave brisa tropical. El intenso verde de las palmeras, los cocos desparramados sobre la arena, vegetación selvática allí donde la línea de la playa se desvanece. Y a pocos metros de distancia, yaciendo de costado, está él.
La marea parece haberlo arrastrado más lejos, ajeno al mar que besa la costa. Desde donde ella se encuentra, parece estar en buenas condiciones, aunque le resulte imposible descifrar si está vivo o muerto. ¿Se habrá ahogado? De pronto, necesita saber si él se encuentra bien, …si aquella mirada del avión aún persiste…, tanto como necesitó darse cuenta de que ella misma seguía viva. Se limpia los párpados con el dorso de la mano y lo observa con mayor detenimiento. Su abdomen se mueve; continúa respirando. Suspira, aliviada… Es un completo desconocido, y aún así, la impronta de su mirada a bordo del avión le ha conmovido hasta el alma. ¿Quién será? En este momento, el único ser vivo a la redonda.
Ella se arrastra, sostenida del tronco caído, intentando bordear la palmera, hasta que decide incorporarse sobre ambos pies. Casi se desploma; se encuentra exhausta. Con paso vacilante, se desprende del árbol y camina lentamente hacia él, aún mareada. Ha perdido los zapatos en el accidente, y el trajecito celeste de Tommy Hilfiger se le adhiere al cuerpo, todo empapado y cubierto de arena; la blusa blanca ha perdido algunos botones, aunque no los suficientes para perder la poca decencia que le resta. Alcanza a llegar donde está él y se desploma de rodillas a su lado. El inspira profundo, como si adivinase su presencia, y tose del mismo modo que lo hiciera ella un rato antes, sacudiéndose un poco más. Se cubre la cara con una mano, parpadea, intenta moverse al acodarse. Aún conserva la camisa blanca y los pantalones oscuros, además de un zapato. Recuperado el aliento, acusando el mareo y con dolor de cabeza, consigue enfocar la escena, identificar esas sombras luminosas que danzan delante de sus ojos, y vuelve a reparar en ella, a centímetros de él, mirándola con el asombro de quien ha contemplado su propia salvación.
[Imagen temblorosa otra vez. Extraño cambio de lente. Realidad que necesita estabilizarse, sin poder descifrar si mi mirada es propia o la del otro]
El contacto visual se asemeja al que tuvieran a bordo del extinto avión. Un puente casi telepático, gracias al cual ni siquiera necesitasen hablar. A pesar de esta desolada imagen que presentan ambos, vulnerables y desharrapados, se contemplan como si aquel ser humano que les devuelve la mirada fuese el más hermoso y contenedor de la Tierra. El silencio se impone entre ambos; les basta con mirarse, saberse allí, vivos. Hasta que ella tiembla a causa del frío que le genera su propia ropa mojada, abrazándose a sí misma, y él extiende desde el suelo una de sus manos.
—¿Te sentís bien? —le pregunta, temeroso, con la voz rasposa.
—Sí, no es nada… Necesito sacarme esta ropa.
El mira alrededor, como si tuviese a su alcance un nutrido placard del cual pudiera elegir la ropa más cómoda que la situación amerita. Acodado en la arena, intenta incorporarse con esfuerzo, tambalea, y ella lo toma de una mano, luego de otra, ayudándolo a ponerse de pie, sostenidos ambos de su solitaria precariedad. Una breve inspección al paisaje los desalienta: puro contexto natural. La civilización occidental no ha llegado hasta aquí. O quizás sí… Ellos, por ejemplo. Han caído de un avión en vuelo, hacia el exacto centro de una tarjeta postal. Y si ellos consiguieron arribar a la costa, quizá algunos de los restos del naufragio también los hayan acompañado.
—Veamos si encontramos algún equipaje por acá cerca —propone él; y aún tomados de la mano –gesto impensado pero cálido-, caminan por la playa, acostumbrándose de a poco al paso tambaleante sobre la arena.
La fortuna los acompaña. No han caminado muchos metros aún cuando divisan sobre la costa algunos bultos arrastrados por las olas. Restos de butacas, partes del ala, astillas del fuselaje, algún otro cuerpo –aunque la errática postura les indique que carece ya de vida, y la poca razón que van recuperando les prevenga de pensar demasiado en la cercanía de la muerte, que muy de cerca les ha rozado una mejilla, queriendo abrazarlos para siempre-. También hallan equipaje. No demasiado, pero algunos bolsos al fin.
Se aproximan y revisan de rodillas. Húmedas, pero aún existen cosas que quizá les sirvan hasta que los auxilien... ¿Los auxiliarán…? Uno de los bolsos contiene ropa de mujer. Otro es una mochila de camping. Por allá, un par de maletines ejecutivos, no muy impecables. Botellas vacías del carrito de bebidas. Bolsas de polietileno abiertas con restos de las viandas del avión. Nada comestible y en buen estado, pareciera; justo cuando la adrenalina del impacto los abandonase, dejando a su paso un apetito voraz. Ambos revisan con detalle. Hasta que él alza la vista, descubre los cocos, y abre la mochila.
—¡Bingo! —exclama, sorprendido del propio tono divertido que acaba de utilizar, ajeno quizás al momento. Se pone de pie, extrayendo de la mochila una navaja multiuso Victorinox en una mano, tomando con la otra una correa de la mochila y arrastrándola sobre la arena, dispuesto a realizar por primera vez en su vida aquello que ha contemplado cientos de veces en las películas.
Ella lanza un suspiro, adivinando el gesto. Su estómago ya está croando a viva voz. Y toma el bolso con la ropa de mujer, siguiéndolo de cerca. No quiere quedarse sola.
El se arrodilla al pie de una palmera y golpea un coco contra el otro. Nada. Agita uno de ellos; escucha el batir de la leche en su interior. Vuelve a golpearlos entre sí hasta que aparece una pequeña grieta. Apoya uno de ellos contra la arena, despliega la hoja de la navaja, y la hunde dentro del fruto. Forcejea un poco hasta conseguir realizar un agujero, rasquetea los pelos exteriores del coco, y lo alza para beber.
—A ver qué tal es —anuncia, y bebe. —Mmmm… Muy dulce. Pero líquido al fin. Te quita la sal del mar.
Le extiende el coco a ella, y se sonríen por primera vez. Ajenos por completo a la situación catastrófica.
—Gracias.
—No hay de qué.
Mientras ella bebe, él practica los mismos cortes sobre un segundo coco. Los rugidos del estomago de ella son atronadores, y ambos emiten una breve, liberadora carcajada. Por extraño que parezca, la complicidad, aún en circunstancias tan terribles, se produce de inmediato. El bebe del segundo coco, hasta que el apetito puede más, y vuelve a forcejear con la navaja hasta partir la corteza y extraer esa deliciosa pulpa blanca que no los satisface, pero les permite al menos iniciar de otra forma el día. ¿O quizá, …su nueva vida?
Sentados en la arena, chupándose hasta los dedos bajo la sombra de la palmera, despejándose gradualmente del shock del accidente, van desgastando los cocos hasta dejar pelada la cáscara peluda. Al terminar, él abre la mochila y hace un recuento de pertenencias. Oro en polvo: encuentra fósforos, linterna, mantas, papel higiénico, mapas –inservibles en este rincón del mundo-… Ella investiga entre la ropa del bolso. Nada muy práctico; pareciera que su dueña sólo vestía faldas y objetos de lujo. Se consuela con hallar ropa interior limpia y una toalla de mano. Selecciona algunas prendas.
—Necesitaría bañarme… —analiza ella. —Pero a falta de ducha, tendría que sacarme esta ropa y cambiarme.
—Okey —se excusa él, poniéndose de pie. —Voy a dar una vuelta, a ver si encuentro algún dato que nos ayude a salir de este lugar, o ver la manera de subsistir.
—¡NO!!! —lo detiene ella. —¿Dónde vas? No me dejes sola… Por favor…
—Está bien. Cambiate.
Y le da la espalda, alejándose un par de pasos, mirando hacia el horizonte al cruzarse de brazos, sin voltear demasiado la cabeza hacia el costado para no espiarla, ni hacerla sentir incómoda. Ella se desviste trabajosamente de esa ropa húmeda y enarenada hasta quedar desnuda, sin quitar los ojos de esa espalda de camisa blanca  estrujada, que él comienza a quitarse sin darse vuelta, dejando a un lado cualquier pudor, acalorado por este sol tropical, volviendo a cruzarse de brazos con la camisa en un puño.
Aunque la desnudez de él la tiente, es demasiado pronto para entrar en confianza de esta manera. Apenas lo conoce. Alto, delgado, canoso, algo desgarbado… ¿Cómo será bailando? ¿Y haciendo el amor? ¿De dónde habrá sacado esa idea??? El hecho mismo de que él mantenga distancia hallándose tan cerca y le genere privacidad, a ella le fascina.
Se sacude un poco la sal del cuerpo con la toalla, y se calza una bombacha diminuta –todas parecen iguales-, junto a un vestido verde de falda muy corta y espalda al descubierto, que no necesita corpiño y le permite caminar sin enredarse, como le ocurriría con los pliegues de cualquiera de las otras faldas que encontró. Guarda todo en el bolso, se cuelga la correa estilo bandolera, cruza su trajecito por encima del equipaje, y anuncia, sonriente:
—Listo. Podemos irnos.
A él no hizo falta espiarla para darse cuenta de su silueta, marcada sin disfraces debajo de ese atuendo de corte europeo. Sólidos hombros, al igual que la cadera, con un torso tentador y unos muslos cautivantes. La contempla sin tapujos, gustándole mucho lo que ve. También piensa que es demasiado pronto… Y que sus vidas han tomado un giro inesperado al subirse a aquel avión, por motivos muy distintos para cualquiera de los dos.
Se descalza el único zapato que le queda, tirándolo a un costado junto con las medias, guarda en la mochila los pocos enseres que dejara esparcidos, se cuelga una de las correas al hombro, ata la camisa en la otra correa y le extiende una mano, apostando al contacto:
—Vayamos a investigar. Después cortamos más cocos.
Ella lo toma de la mano, sin dejar de sonreír, aunque la situación en la que se hallan no tenga nada de divertido. Algo en él la tranquiliza, sin saber muy bien de qué se trata. Ambos emprenden la marcha a lo largo de la costa, rastreando la arena con la mirada en busca de mayores tesoros. Nunca se sabe lo que uno pueda llegar a necesitar en caso de una emergencia.



(Continuará…)






***

INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/


La muerte y J. V. Cilley*

(De la Estación J. V. Cilley)



La muerte de las personas es como la muerte de los objetos, o quizás debiese haberlo dicho al revés. Pero la muerte de los objetos, esos seres inanimados que portan cierta alma que aflora, también es reconocible.
Cómo no decir en la estación "esta estación, que estaba viva, ha muerto". Cómo, frente al patio borrado por la Pampa que devora las construcciones humanas, frente al andén inexistente, los rieles levantados, las paredes apenas esbozadas por una línea de ladrillos ancha y baja, cómo, entonces, no decir "esta estación, que tuvo vida, ha muerto".
Dicen que a la estación la derrumbaron, que a los rieles los levantaron, que dejaron que los yuyos tapen el pozo cegado, y que permitieron que el patio apenas se dibuje brevemente por el perímetro de árboles desolados. Pero a la casa del guarda no la tiraron las manos de las gentes que mataron la vida del ferrocarril. La casa se derrumbó de tristeza, sola por el peso de la pena de ya no ser, de haber quedado despoblada. La vivienda del guarda sin guarda se derrumbó por el peso del vacío, sin ayuda.
La casa se cayó sobre sí misma, como un árbol, como un farol que se apaga, como un amor que desvanece su anhelo y se repliega en el olvido.
Es una tumba la estación J. V. Cilley. Si las personas mueren, si la historia tritura y demuele y desaparece, entonces esta estación, que ya no está, que es apenas un rastro bajo los cielos enormes y definitivos, esta estación es una tumba como la de los gringos, una tumba en tierra fundida en la tierra, un rectángulo de soledad bajo el perfecto azul.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com



Próxima estación para escribir:
  
J.J. ALMEYRA.

Estaciones literarias por visitar en el Ferrocarril Midland:

INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.
PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO. 
KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

***

-Próximas estaciones literarias por visitar en el ferrocarril  Provincial:

GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS

 JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.

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