Saturday, December 27, 2014

UNA SUERTE DE INSTANTE SUBLIMADO...


*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam









Liberar*



Palabras, vuelen lejos. Nombren
Sin ligaduras. Canten.

La estrechez de mi espalda ya
no las contienen.
Fuguen de mí. Busquen
un cielo sin fantasmas.
Sólo cuando puedan darme
la inmanente voz de las cigarras
o una luz singular en la garganta
regresen por momentos
y ayúdenme a decirlo.

Entonces será mi breve cielo,
una suerte de instante sublimado.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar








UNA SUERTE DE INSTANTE SUBLIMADO…







ECLIPSE OCULTO*



El eclipse sucedió allá lejos, muy lejos, tan arriba en esa luna familiar y extraña, la luna siempre la misma, presente en las noches que no vemos y en las que vimos.
Se ha obscurecido la luna, se ha puesto roja, ha revelado su superficie convexa de esfera celeste. Allá detrás de las nubes, para otros ojos, para quien no se halle debajo de las nubes nocturnas que se empeñan en ser garúa para regalar un entramado sutil en los faroles.
Desde aquí y tras las ventanas hemos visto oscuridad y agua, hemos visto la textura móvil de las gotas minúsculas, y hemos apenas presentido que la tierra negó la luz del sol a nuestra siempre luna. Eclipse sin ojos, eclipse ciego.
Sabemos con las yemas de los dedos, con los vellos sensibles del borde del espíritu, con un leve temblor de la piel sabemos que esta noche y para nadie la luna se vistió de largo, se puso pendientes, se engalanó y bailó con gasa transparente. Hoy la luna puso fanal a la bombilla, se soltó la cabellera, se recostó en los cielos y extendió rubor en las mejillas.
Impúdica luna la luna a media luz. Luna de otoño, luna desvelada.
Horadan mis ansias esta lluvia y estas nubes. Detrás ha ocurrido el eclipse, y ya ha acabado. No lo vimos. Pienso que no veré muchos más.
Recuerdo otros.
Inclina a la meditación un hecho único y precioso. Nos deja a solas con los pasados en sepia y los mañanas de incertidumbre.
Siento la precariedad de mi silueta contra el negro de la noche. Ruego que me vea el hombre cuando ponga fanal a mi bombilla, cuando baile a media luz, cuando deje caer los velos.
Que no ciegue la lluvia a mi amor. Que no me oculten de él ni estas nubes ni otras aguas.


*De Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com










Sobre el dios vengador*



*Por Carolina Quiroga. carolinq73@hotmail.com



De la escuela católica me quedaron ciertos ritos, miedos e ideas. Por ejemplo, aunque yo no crea en dios, no por eso dejo de rezar en ciertas ocasiones; no me doy cuenta, simplemente lo estoy haciendo. O cuando estoy explicando algo de literatura que se relaciona con la Biblia les lanzo a mis alumnos muy de mal humor un: ¿No hicieron el catecismo ustedes?
Pero una de las cosas que nunca me pude sacar de la cabeza es la de idea de un dios vengador. Recuerdo que la madre de un querido amigo solía repetir a modo de amenaza: ¡Pero hay un dios! La idea del castigo me fue difícil de quitar en todos estos años.
Mi relación con la religión estuvo rodeada de muchos momentos de confusión y una curiosidad nunca satisfecha. Yo veía una imagen en mi libro de catequesis y le preguntaba a mis compañeras: ¿Este es Jesús o es dios? -Jesús y dios son el mismo, respondían invariablemente, y yo quedaba con menos certezas que antes. ¿Cómo podía ser que Jesús iba a tener la misma cara que su padre? ¿Pero no era que dios no se veía? ¿Quién había sido el afortunado de haberle visto el rostro?
Por las noches me daba terror pensar en que podían aparecerse ante mí Jesús o la virgen. Pensaba en ese momento, ¿qué haría yo, gritaría, lloraría de emoción o de miedo? Rezaba para que no se me aparecieran nunca, como bien lo había leído en los libros de los santos.
Debo decir que siempre me quejaba mucho de los regalos que me solía hacer mi exsuegra: trapos de piso, juegos de ballerina, bolsas de basura y trapo, jabones, desodorantes y cosas por el estilo. Jamás faltaron a mi cumple, ni ella ni su madre y siempre venían con regalos, fuesen los que fuesen.
Este año fue el único que no festejé con nadie. Mis hijos saben que es mi cumple porque les digo: che, hoy es mi cumple. Mis padres tampoco vinieron, uno porque me ve siempre y el otro, porque no sabía si yo estaba.
Me la pasé sola y sin regalos. Claro que recibí muchas salutaciones por facebook, ¡gracias a dios!
Dios me castigó por haber renegado de aquellos regalos. Si los hubiera aceptado como lo que realmente eran: muestras de cariño y cortesía, hoy los estaría recibiendo gustosa. Y justo mi trapo de piso ahora se arruinó por entero.
No existe un dios para mí, eso está clarísimo, desde el día en que nací. Porque como dijo Vallejo, Yo nací un día...
Y me lo hace pagar.







*


Esa niña

La que mira

extrañada el barro

sobre el cuerpo marcando edades.

La que se desola

se desierta, se arrodilla cansada de fingir,

se enmuda y no sabe y no entiende

porqué la penitencia, porque la vida a veces

viene sin ninguna señal.

Esa niña no es la que todos nombran en los manuales de autoayuda,

esa es la que no ha  crecido  por una anemia de corpúsculos de seda

la escondo, trato de sosegarla.

La otra que disfruta del juego es una mujer que aprendió de grande

Pasa que como los idiomas que no son la lengua madre, a veces  fallan



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







*

Estás dormido.
La breve luz,
al entrar por la ventana,
transparenta
la suave urdimbre
de tu brazo.
Desde la sombra
mi mano trepa
hacia la trama luminosa.
Y soy otra vez
el animal
deslumbrado por el rayo,
instinto
en busca de la luz.

*De MARIANA FINOCHIETTO.






El cementerio de las ilusiones muertas*



Era un cementerio de televisores, celulares y pendrives, cpu y todas esas cosas que se usaron en otras épocas en que la comunicación era material y no telepática como en el presente. Las personas en esa época adoraban esos objetos y destinaban gran parte de sus vidas a poseerlos.
Todos ellos tenían que ver con comunicarse, saber de los otros, unirse.
Porque el gran problema humano siempre había sido la desunión.
Trabajar por unirse y saber del otro, de los otros, colaborar con sus necesidades y disfrutar de sus descubrimientos y logros era el objetivo principal
No obstante todo este ahínco en tan noble interés no lograba solucionar las diferencias entre dos hermanos.
Estos no se habían entendido en su niñez porque sus padres les habían dado diferentes lugares que excluían el juego en común. Habían criado dos desconocidos bajo el mismo techo. Y luego el tiempo se dedicó a alimentar dos enemigos.
Trabajaron para diferentes bandos políticos y llegaron a intentar destruirse mutuamente.
Se dividieron la casa paterna, luego se dividieron la provincia natal y finalmente cada uno partió para lugares opuestos.
La vida parecía haber logrado el objetivo materno de eternizar esa distancia hasta que el azar de eso que llamaban progreso puso en manos de uno de ellos una vieja computadora en los albores de las redes sociales y allí un hermano encontró al otro y no pudo evitar intentar saber de su vida.
Allí se enteró de los últimos años de su madre, y de la absurda muerte de otro hermano.
Todo se puede saber cuando uno insiste.
Llegada la navidad hubo un intento de conciliar la enemistad con cierta nostalgia por el pasado compartido y el deseo de conocer que señales había dejado la vida en cada uno. Pero no hay sistema humano que pueda acercar a dos seres que se dirigen hacia lo opuesto siempre, en eterno desencuentro.
Lo más sofisticado de la comunicación humana debe tejerse siempre sobre el desacuerdo explicito. Otra cosa no es sino obsecuencia. De lo contrario sucede la fatalidad del olvido y el desapego eterno.
Hay seres que pasan su vida trabajando para no encontrarse y así pierden las cosas más importantes de sus vidas.
No hubo encuentro, ni se volvieron a conectar.
Un día uno se enteró de la muerte del otro por el pésame expresado en dicha red.
El celular que fuera pertenencia de uno de ellos estaba siendo depositado por máquinas en el cementerio cybernético.
Las buenas intenciones tienen ese destino: el cementerio de las ilusiones muertas.


*De Marta Giralt. giralt.marta420@gmail.com










ESTACIÓN DE LOS PARTOS*



ESTACIÓN DEL DOLOR


Un nido de cobras reales en mis hemisferios.
Un ratón me lastima la boca.
Escucha, amor. Los perros reptan y aúllan a la noche.
Silencioso vampiro sorbe sed de mis ojos.



ESTACIÓN DEL DELIRIO.


El hombre está solo y espera la piedra del delirio.
No creo en horóscopo chino pero me bufa un toro en las entrañas.
Es en vano la prisa o la pausa. La duda es la certeza.
-A veces cuando duerme los pájaros lloran de ternura-



ESTACIÓN DEL FULGOR


Un oficio de gato. Siglos de desamparos.
Las líneas de sus manos son las mías.
Ambos fuimos “la cría repudiada”
Mas el fanal se apaga y las luces quedan.



ESTACIÓN DE LOS PARTOS


Ya lo siento llegar. Jinete insomne, estremecido.
Entierra crucifijos y un máuser herrumbrado.
Y damos respuesta al sentido de vida, al universo.
Y parimos, juntos, dos congojas y cuarenta hijos.

Dicen, que cuando el sol se pone.
Las abejas, se posan en su boca y sorben…


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar










SEGUNDA
OPORTUNIDAD*



*De Alberto Di Matteo. licaldima@yahoo.com.ar




CINCO



“Forbidden love
Are we supposed to be together
Forbidden love - Forbidden love
We seal the destiny forever
Forbidden love” (Madonna)



Abre los ojos en la acogedora luz de la media tarde. Le cuesta recordar dónde se encuentra: las imágenes que percibe se le antojan desconcertantes. Arena, palmeras, rumor de oleaje cercano, algunas nubes en el cielo. Hasta que repara en ese cuerpo a su lado, cálido y de espaldas, y entonces todo cobra sentido otra vez.
Ella duerme plácida sobre la manta, con respiración acompasada, el cabello rubio desgreñado ocultándole parte del rostro, la insolada espalda aún con rastros de sal y arena, y ese cautivante aroma desprendido de su cuerpo que lo perturba, excitándolo de nuevo. Apoya el codo sobre la manta, su cabeza en la mano derecha, y se regocija al contemplarla, acostado junto a ella.
¿Quién es esta mujer? ¿Cómo pudo llevarlo hasta ese límite, haciéndole olvidar todo, dejando atrás aquella imagen suya de profesional exitoso, para convertirlo en apenas unas horas -siendo ella misma el detonante de semejante transformación, más allá de cualquier accidente, ya tan lejano de sus emociones- en un hombre decidido, emprendedor, activo, improvisador, creativo, y por sobre todo, tan pasional? Se recuerda a sí mismo varios años atrás, cuando aún estaba de novio o buscando novia; la imagen que daba de sí era la del tipo serio pero enigmático, afable y divertido, pero al mismo tiempo poseedor de un lado oscuro, con el que más de una mujer quiso tentarse. ¿Dónde habría ido a quedar aquella imagen suya? En su cama matrimonial, seguramente no. Allí imperaba el tedio desde hacía ya algunos años. Y él ya no le encontraba sentido a revertir la situación. ¿O sí?...
Sin pensarlo siquiera, desliza la yema de los dedos de su mano izquierda por sobre el flanco izquierdo de ella, iniciando el recorrido desde la rodilla izquierda, ascendiendo hasta el hermoso promontorio de la cadera, descendiendo por el sugestivo valle de la cintura, tropezando con el arrugado vestido verde, comenzando a ascender nuevamente por el progresivo monte de la espalda, bordeando el abismal costado de la axila, hasta alcanzar un sólido hombro y acariciar con mucho cuidado la tenue curva de su cuello, para finalmente detenerse en el suave lóbulo de su oreja, causando quizá sin proponérselo la cosquilla que motiva que ella abra los ojos y ronronee agradecida, temblando apenas de la emoción.
Gira la cabeza en dirección a él, se aparta el cabello de los ojos, y aún con rastros de sueño en la mirada, le sonríe con frescura y transparencia, libre de toda máscara. Esa sonrisa… ¿Cómo es posible que a él le resulte tan familiar, en un rostro que apenas acaba de conocer? ¿Por qué siente que algo en la esencia de esa bellísima expresión ha sido parte de su vida desde hace mucho tiempo?
Ella parece intuir los pensamientos de él, sintiendo lo mismo. Esos ojos oscuros la escrutan a medio camino entre la calma y la intensidad, como ya lo hiciera alguien más en su pasado, aunque le resulte harto difícil recordar quién. Y sin embargo, experimenta una enorme paz, algo que le resultaba ya casi desconocido en su vida cotidiana, acosada por las responsabilidades laborales y hogareñas, lidiando con un matrimonio devenido en pura forma, causante de las mayores frustraciones, desapasionado y vacío.
Por alguna extraña razón, ninguno de los dos recuerda reproches convencionales de la sociedad de la que provienen, ni se ven acosados por la culpa, ni se torturan pensando con qué cara volverán a contemplar a sus hijas. Un remoto misterio les impide percibir la idea de haber cometido una infidelidad. Como si ya se conociesen desde antes, desde siempre… Como si sólo fuesen un hombre y una mujer que viven ajenos a cualquier otra realidad, y que probablemente vuelvan a desearse dentro de poco.
—Hola… —murmura él, sin dejar de mirarla fijo a los ojos.
—Hola… —responde ella, girando apenas el cuerpo para esconder la cabeza y acurrucarse ronroneando contra su pecho, pasando un brazo por debajo de la axila en alto de él, y luego abrazarlo.
El le besa apenas el cabello, devolviendo el abrazo. Se acomoda sobre la manta hasta quedar ambos acostados, frente a frente, y vuelve a besarla en los labios, esta vez con muchísima dulzura y una creciente pasión, aunque sin imprimirle ningún frenesí. Ella le devuelve el beso con gusto, acariciándole la cabeza, desplazando luego la misma mano libre para acariciarle la cadera desnuda. Vuelven a mirarse.
—Sos hermosa…
—Vos sos hermoso…
—Me enloqueciste…
—Y vos a mí…
Ese sólido contacto visual, las caricias de una infinita ternura, el rumor del oleaje allí cerca y de las hojas de palmera sacudidas sobre sus cabezas… ¿Qué más les hace falta para sentirse en la gloria, ajenos a cualquier problema que pudiera presentárseles?
El rumor del estómago de él los devuelve a la cruda realidad. Necesitan comer. Ambos ríen con agrado.
—Me voy a tener que levantar a cocinar —anuncia él.
—Dejame probar a mí —se entusiasma ella.
Ambos se levantan, se acomodan la escasa ropa que llevan puesta, y mientras él busca la navaja en la mochila, ella se aleja unos metros eligiendo los cocos que llevará para merendar. De rodillas sobre la manta, él la observa fascinado, incrédulo respecto de poder compartir con esta mujer la singular situación que atraviesan. Y por detrás de tan sugestiva imagen, se le impone otra, sobre el horizonte. Una considerable y oscura masa nubosa ha borroneado la línea del océano, augurando lo peor. Una pequeña pero persistente señal de peligro se le instala en la consciencia: deben comenzar a tomar precauciones.
Ella regresa sonriente, con un par de magníficos cocos en cada mano.
—A ver: dame esa navaja —solicita, enfática, mientras se arrodilla junto a él.
—Primero golpealos uno contra el otro —indica él, sin atisbo de sonrisa, ni despegando la vista del horizonte. —Necesitamos cubrirnos los pies. Se acerca una tormenta.
Y mientras se incorpora, señala con el mentón hacia ese paisaje que gradualmente va perdiendo todo su brillo y encanto. Ella gira la cabeza y se muerde el labio, decepcionada. ¿Cómo es posible que en semejante panorama de tarjeta postal irrumpa una furia natural como ésa? Aunque aún se halle a considerable distancia, aparenta avanzar hacia ellos a gran velocidad. Y su aspecto tenebroso no presagia nada bueno.
El recoge hojas de palmera caídas en derredor, seleccionando las más enteras, para luego regresar donde se encuentra ella y cortarlas a lo largo de las nervaduras con la navaja. Una nueva experiencia que jamás ha realizado antes, pero descubrirá en la práctica. Ella se dedica a romper la dura corteza de los cocos, golpeándolos entre sí. Consigue abrir una grieta en uno de ellos, y bebe con avidez, limpiándose los labios con el dorso de la mano en un gesto de inusual delicadeza que a él lo fascina, para luego extender el fruto y convidarle. El toma el coco, bebe con énfasis, y se lo devuelve agradecido.
—Dame uno de tus pies —le pide él. —Veamos cómo resulta esto.
Ella se sienta frente a él sobre la arena y extiende un pie. El toma una de las hojas cortadas y lo envuelve, cubriendo el empeine y la planta, para luego atar los extremos de las nervaduras y colocar una segunda hoja sobre el mismo, cubriendo la superficie aún desnuda. Repite la operación con el pie restante.
—Caminá por sobre aquellas ramas y contame cómo se siente —le pide, mientras comienza a cortar las hojas para su propio calzado.
Ella avanza unos metros, pisa con fuerza, asegura el paso, deja de sentir en la planta de sus pies la sensibilidad percibida durante la expedición anterior. Y se pone a cantar y bailar, feliz, los brazos en alto, saltando alternativamente sobre ambos pies.
—“Like a virgin… Hey! Touched for the very first time…”
El lanza una sonora carcajada, mientras se ata las hojas en sus propios pies. Le encanta estar junto a ella. Le parece que podría llegar a vivir cualquier clase de experiencia a su lado, y jamás se aburriría. Intuye que quizás esta nueva vida no le resulte nada complicada, a pesar de las limitaciones con las que se encuentran a cada instante.
Toma de nuevo la navaja en la mano y abre uno de los cocos, extrayendo la pulpa blanca. Come con los dedos mientras la observa regresar, con andar felino, distendido, y una enorme sonrisa, agradecida y satisfecha. El devuelve la sonrisa, convidándole pulpa de coco extendida sobre sus propios dedos. Ella se arrodilla junto a él, abre la boca y come de sus dedos, chupándoselos, sin dejar de mirarlo, fijamente. Tal vez, al calor de lo vivido, el sabor de este coco sea muy distinto al de los demás. Todo lo que vivan a partir de este momento, quizá resulte harto diferente.
Vuelven a besarse, incansables del sabor del otro. Y terminan de comer los cocos, entre beso y beso, mirándose mucho, cómplices de un sentimiento que avanza a pasos agigantados, sin hablar demasiado, estando quizá todo dicho ya.
La brisa se intensifica con ramalazos gélidos que causan escalofríos, el sol se ha marchado detrás de la densa masa nubosa, la copa de las palmeras rumorea un quejido de presagios, las cáscaras ya han sido roídas en exceso. El contempla el horizonte y suspira, con un manto de honda preocupación en la mirada.
—Tenemos que irnos —señala, plegando la navaja, sacudiendo la manta y arrojando ambas dentro de la mochila, al tiempo que desata la camisa y comienza a ponérsela, abrochándose apenas tres botones.
—¿Ya? —se decepciona ella, volviendo la vista hacia el horizonte borrascoso y mordiéndose un labio, con la angustia avanzando desde lo más remoto de sus recuerdos. Deben ponerse a salvo cuanto antes.
El se calza la mochila en ambos hombros, la ayuda a ponerse de pie y calzarse el arrugado saco del trajecito celeste. Luego le alcanza el bolso y ambos se internan en la espesura, pisando con seguridad, a paso decidido, mirando de reojo hacía la tormenta que se les aproxima. Quizá, transformando sus negras nubes en algo mucho más devastador que un evento natural.


(Continuará…)






***

INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/

El Reynoso*

(De la estación Emiliano Reynoso)



Es un pesado tren el de la memoria. Así lo siente el hombre mientras viaja acunado por el vaivén del tren de trocha angosta.
El arquitecto es hoy un hombre viejo. Ha dirigido muchas obras, ha visto desfilar delante de su mirada a verdaderos personajes entre los albañiles y gremios que trabajaban en sus obras.

“El Reynoso”. Reynoso era el apellido del peón que se convirtió en una leyenda. Cada tanto cuando le tocaba compartir un almuerzo con los obreros, alguien contaba la historia, modificada con el énfasis y el suspenso que le imprimen los Cuentacuentos a sus narraciones.
Los albañiles son excelentes narradores de historias propias y ajenas.


La obra era una casa de campo que quedaba en el medio del campo y no era una metáfora. El campito quedaba a un par de kilómetros de la ruta y a unos 300 metros del apeadero del ferrocarril, se llegaba por una huella que  se hacía intransitable con una lluvia copiosa. Unas pocas casas perdidas. Un solo vecino con el que se compartía el alambrado y una línea de eucaliptos altos a los fondos.

Para comprar cigarrillos o comida había que ir hasta la ruta. Un solo corralón de materiales para las urgencias “El cóndor” atendido por dos hermanos con apellido inolvidable: los “Cucurulo”.
Costo encontrar un equipo de albañiles que estuvieran dispuestos a viajar horas en tren para llegar hasta el fin del mundo.
Los albañiles trajeron al Reynoso, un correntino fuerte que además de peonar en la jornada laboral acepto quedarse como sereno en el medio de la nada.
Armamos un obrador con chapas bastante grande, una parte se dividió para que sea el dormitorio del Reynoso. Además del catre, ropa y unas pocas cosas el hombre había traído un pequeño altar caserito del gauchito Gil.
El Reynoso hacía las compras para el asado y llevaba los pedidos de materiales al corralón donde teníamos cuenta corriente. En esa época no existían los teléfonos celulares.

Un día aviso que le regalaron una mascota.
-Le puse “Tigui” dijo. Del gato de Reynoso nos olvidamos enseguida,  al hombre se lo vio comprar botellas de leche, juntar los huesos del asado o comprar hueso con carne para el animalito. La mascota se quedaba dentro de un sector alambrado pero bien agreste que ni siquiera fue desmalezado. La única entrada era la puerta del fondo del obrador – casa del sereno.

Esa zona del campito en la que no trabajábamos era el equivalente a una manzana urbana. El proyecto contemplaba en una segunda parte construir allí una amplia pileta de natación, un quincho y parquizar.


En esa mañana de enero había un calor demencial. Era una visita de rutina a una obra que ya estaba en etapa de terminación, estaban los pintores, los albañiles y el Reynoso que recién había vuelto de comprar las provisiones para el mediodía en los comercios de la ruta.
Fue todo muy rápido, como suele ser con los hechos que marcan la memoria para siempre. Escuchamos tiros. Algunos nos silbaron por encima de nuestras cabezas. Uno de los pintores se tiro de la escalera al piso. Se escucho un lamento de animal grande, un ronquido doloroso que venia desde el pastizal. Luego escuchamos el grito que pretendía emular al del Tarzán de Johnny Weissmüller. Ahí ubicamos al tipo trepado al eucalipto blandiendo una carabina con gesto triunfal. No habíamos salido de la sorpresa cuando vimos al Reynoso trepar como su gato al árbol. Sujetó al hombre, lo bajo a los golpes. Desde el piso con el Reynoso golpeándolo ese hombre ya no gritaba como Tarzán sino que pedía auxilio, perdón…
Los albañiles salieron disparados, cruzaron el alambrado, lograron sacarle al Reynoso el cuchillo antes que lo sacara del cinto, creo que lo iba a degollar como a un cordero.

Fue a raíz de esto que días después supimos que ese vecino era un cazador furtivo –denunciado por cuatrerismo- , que tenía a maltraer a varios campos de Saladillo. La noticia podría haber salido en los diarios pero no fue así: el dueño del campo que construía su casa era un empresario exportador de lana que compró un acuerdo de silencio: nadie diría ni una palabra, no habría denuncias policiales. Supe que el acuerdo incluía comprarle su chacra al Tarzán de la carabina un precio increíble con tal de no tener a un chiflado cerca. Reynoso iría a una obra que teníamos en Barracas.

A la mascota la enterramos en los fondos del terreno. Reynoso que era un hombre grande lloraba como un niño. Se había puesto las mejores ropas y tenia un pañuelo colorado anudado al cuello. Le habían matado a la única compañía que había tenido durante dos años en la soledad de ese paraje perdido en la pampa. Ahí nos enteramos de una habilidad de su mascota: como un perrito amaestrado traía en su boca una piedra que colocaba sobre su alpargata, El Reynoso daba la patada con fuerza y entonces el Tigui como un perrito atrapaba la piedra en el aire o la buscaba entre los pastos hasta traerla de vuelta a los pies del hombre.


20 años después en otra obra ubicada en el barrio de Núñez a la hora del relato, el capataz santiagueño volvió a contar la versión que había escuchado, a su vez en otra obra y hace años, pero esta versión era algo mas verosímil que aquellos hechos ocurridos delante de mis ojos: el vecino era un drogadicto que había ahorcado al gato.  El Reynoso había hecho justicia, pues trenzado en lucha lo había degollado sin miramientos.

No dije nada, me limite a escuchar.
Además, lo del tigre de Bengala jamás lo hubieran creído.


*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com


Próxima estación para escribir:
  
J.J. ALMEYRA.

Estaciones literarias por visitar en el Ferrocarril Midland:

INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.
PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO. 
KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

***

-Próximas estaciones literarias por visitar en el ferrocarril  Provincial:

GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS

 JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar



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