Tuesday, December 02, 2014

ANTES QUE LA PIEL SE VUELVA PIEDRA...

*Dibujo de Erika Kuhn.





LLUVÍAME*


”Dos cuerpos frente a frente son a veces navajas y la noche relámpago”.
OCTAVIO PAZ


Traigo para vos todos los destierros del mundo.
Un manojo de destierros irredentos.
Mi expatriación de mar. Exilio de agua que no llega.
Trébol de cuatro hojas que no encuentro.
Traigo toda la furia de los vendavales.
Lluvia que purifica. Limpia. Expía.
Lava sangre de inocentes y manos de traidores.
Desborda rabia. Arrasa, quema.
Roca fluida que enciende la memoria.
Hombres y mujeres. Sol resistiendo piedras.
-Adentro llueve, amor, y hay sol-

Y dolía el destierro como duelen los malvones en flor.
Y temblabas en ella y ella temblaba en vos.
Y giraban como noria seca y triste.
Hasta quemar los brazos, se abrazaban.
La distancia no es barrera para los condenados.
Y derribaban mitos con la boca seca.
Y ensayaban pasos en un ritual de cicatrices.
Y la muerte esperaba en la puerta.
Y se fundían como tronco a la llama.
Y ardían en vida y supervivencia.
Intercambiaban celdas y saliva.

Y se amaban, como nunca se amaron.
La muerte era solo una simple circunstancia.
Un pájaro nocturno posado en la azotea de los sueños.
Y la vida, otra vez, aobaba** en otro cuerpo.
Otro cuerpo que desanda los pasos.
Un Sur que llora en tango y en violines.
Una concavidad que te espera y te busca y te encuentra.
Y te halla, hasta temblar. Hasta temblar, te halla.
Allá. Aquí. En el Sur.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
** No es error ortográfico, ni de tipeo.







ANTES QUE LA PIEL SE VUELVA PIEDRA…

 


Acerca de la poesía argentina/ Un apunte personal*


Creo que desde siempre tuve una relación muy singular con la poesía argentina, y que en no pocos momentos me fue maravillando o me dejó pensando. Recuerdo, y cada tanto releo, aquellos poemas de Enrique Molina que se suceden en su reverberante antología Hotel pájaro, editada en 1967. También, en aquellos distantes años así como en éstos del nuevo siglo, no deja de atraerme la poesía de Alejandra Pizarnik en sus distintos libros, sobre todo aquella que se abre en Los trabajos y las noches, editado en 1965. Por otra parte, Raúl Gustavo Aguirre, con sus Señales de vida, de 1962, y Edgar Bayley, con su “es infinita esta riqueza abandonada” siempre me tuvieron en sus cercanías, o como lectores que siempre hallan un brillo más, o una certeza más en sus poéticas. Todo ello además de algunos poemas de José Portogalo, de Juanele Ortiz, de Raúl González Tuñón, de Romilio Ribero, de Miguel Ángel Bustos y del siempre vital Oliverio de Persuasión de los días, libro que desde siempre entendí como una crítica inspirada hacia los tiempos de la impiadosa Década Infame nacional.

Claro que hay más ejemplos que a menudo me revolotean, y que me puedo olvidar de alguno, o de algunos, de aquellos o de estos tiempos, no así de las letras de algunos tangos de Homero Manzi, de Discepolo, y de Celedonio Flores. Creadores cada uno, en fin, de una poética tan genuina y entrañable como sustentada. Y de estas cercanas décadas, asimismo, se fue imponiendo en mí, a veces siento que más allá de mi voluntad e inclusive de mi gusto, ese extenso poema del poemario Alambres, de 1987, titulado “Hay cadáveres”, del ya desaparecido Perlongher, nativo como Pizarnik de la barriada populosa de Avellaneda, y la intensa Crónica gringa, con varias relecturas, del poeta del sur de Santa Fe, Jorge Isaías. Pero también siempre busqué o necesité de otras poéticas. Otras ventanas, inclusive para poder adentrarme mejor en los versos nacionales. Algo así como quien también necesita cada tanto ir hacia el puerto en búsqueda de otros aires, otros espacios y otras gentes. O dicho de otro modo: para estar aquí siempre necesité de una ventana abierta...

Por otra parte –y siempre lo consideré como un tema algo extraño–, la poesía de los poetas de las provincias nunca tuvo una libre o abierta circulación en los ámbitos poéticos y culturales de Buenos Aires, bien porque se corresponde con ediciones de pequeñas editoriales o bien porque la administración cultural porteña sesgada a sus cánones (una mezcla de gustos citadinos a la moda y una mezquindad corta de vista) solamente se desplaza entre sus salsas y sus esquinas. No obstante, sabido es que la poesía del país acontece y se produce en el país, no sólo en la gran ciudad canónica. Así, distintos tramos de la poética del bardo santafesino Juan Manuel Inchauspe, a los que siempre volví, significan momentos enriquecedores de la poesía argentina de estas décadas, también los poemarios de la poeta de Jesús María, Susana Cabuchi, titulados Patio solo (1986) y Álbum familiar (2000), ambos con edición en la ciudad de Córdoba, por dar sólo dos ejemplos, además de las poéticas insoslayables gestadas estas décadas en la ciudad de La Plata, con algunos libros reveladores en su haber.

Traspasar fronteras, por otra parte, siempre me dije, es un fundamento esencial de toda poética, poética a la que nada en el mundo, con sus caminos y puertos, le es ajeno. Nunca pude así saber hasta qué punto Fayad Jamís, Sonny Rupaire y Wayne Brown, no son de mi nacionalidad y de mi vecindad, porque más bien siento que ellos tuvieron deseos cercanos y preocupaciones similares, y latidos, a los que yo tengo y tuve. Caminos y vientos del mundo, pesares y sueños del mundo, todos distintos, como cada poema, como el dibujo de cada mano, y como cada mirada. Así, Buenos Aires, tan única, es una inolvidable ciudad del mundo, con sus cielos y sus pozos, que también ha venido dando maravillosos poetas, por lo menos desde Oliverio o desde González Tuñón hasta Perlongher, y aun algo más acá, creadores siempre de avenidas y de aires. Para que todo sea. (Aunque con las provincias prácticamente en estado de ausencia.) Neruda una vez dijo: “Un poeta debe ser un profesor de esperanza”. Y un poco de eso también se trata, sobre todo en los días que pareciera no prometen demasiado.


*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Buenos Aires, septiembre de 2014











AL PRINCIPIO TODO ERA BELLO*


A Enoel Rey



Llegué yo y comenzó a nevar

En las tiendas de estímulos ofrecían lo necesario
desde armadillos de verdad
hasta licuadoras de juguetes

Pero el monstruo tiene labios finos
y nos quedamos a la expectativa
a descubrir un nuevo sol
otros árboles
otros pájaros cantores en el amanecer

Atrás quedaban  los amigos
las mujeres de humo
los piélagos del mar cuando niños

Hay que rehacer las cartas de navegación
hilar los cigarrillos de siempre
dejar que los salmos nos salven y predigan

Al principio todo era bello
terrible como la belleza de Rilke
pero sencillamente bello
lejos de las voces amadas
y los abrazos.


*De Reynaldo García Blanco  centrosoler@cultstgo.cult.cu








*

Antes
de que la piel
se vuelva piedra,
antes de que al deseo
se lo lleven los años
o los pájaros
-quiero decir:
estoy envejeciendo
y mi cuerpo
arraiga
sin pudor
en la rutina-;
antes de ser
el fruto
de otro otoño tardío,
reclamo para mí
esta noche
y esta luna
y este viento
que te nombra
suavecito.


*De MARIANA FINOCHIETTO.









Santateresa*


Los humanos nos juzgan crueles, pero ¿qué valor puede tener en estos tiempos la opinión de los humanos?

Consideran que nuestras costumbres sexuales son violentas, pero ¿hay algo más violento y sanguinario que ellos sobre la faz de la tierra?

Cierto es que matamos a nuestros amantes durante la cópula, pero ¿qué mayor homenaje a sus caricias? Puesto que la muerte ha de llegar forzosamente ¿no es mejor su advenimiento durante el delirante clímax?

Que nadie vea en estos argumentos una justificación. No hay tal cosa. Si arrancamos la cabeza de nuestros amantes durante el acto es simplemente porque hay en nosotras un impulso que no puede ser reprimido, y que proviene sin duda de la voluptuosidad del instante. Pero no hay engaño. Saben que así debe ser, y cumplen su papel sin la menor queja. Amar y morir son una misma cosa para ellos. No hay traiciones, ni deslealtades, ni malentendidos. Sólo el placer, y después la nada. A nosotras, en cambio, nos queda la amargura de la soledad, la certidumbre del desencuentro.

Uno tras otro, van pasando por nuestras vidas. Llegan, nos aman y se van, sin posibilidad alguna de regreso. Casi no da tiempo ni a juntar un puñado de recuerdos. Por eso siempre estamos profundamente tristes; en nuestro abatimiento, parece que rezamos.

Hay voces que afirman que nuestra conducta sexual está basada en el antiguo principio que dice que todo macho es infiel por naturaleza, y que sólo tratamos de protegernos del inevitable abandono. Pero estos teólogos carecen por completo de credibilidad. Una hora de irrefrenable lujuria con una de nosotras bastaría para desmontar la más sofisticada teoría al respecto.

Los humanos nos miran por encima del hombro, pero en la intimidad nos envidian, y en el fondo les gustaría poder imitarnos, sentir el vértigo del instante, paladear esa espesa mezcla en la que miedo y deseo son una misma gelatina multicolor, habitar, apenas un momento, esas zonas oscuras de su alma a las que ni siquiera en sus horas más desoladas se han atrevido a asomarse.



*SERGIO BORAO LLOP. sbllop@gmail.com










Abracadabra*



*Por Javier Núñez


Todavía hoy, cuando llevo a mis hijos a un cumpleaños o un acto escolar en el que aparece un mago, me acuerdo del tío Pierre y se me cierra la garganta de tal forma que me veo obligado a dejar la sala o el patio donde tiene lugar la función para alejarme del acto de prestidigitación como un animal salvaje del fuego. Sé que es absurdo, pero no puedo evitar que me asalte una tristeza insalvable o una fobia repentina y entonces salgo a fumar en silencio mientras a mis espaldas persiste la voz artificiosa que anuncia maravillas y el coro de asombros infantiles que celebra unos pobres trucos de salón. Sé que es tan absurdo como evidente, porque hace apenas unos días lo volví a hacer y mi hija me siguió hasta la calle para tomarme de la mano y decirme que no tuviera miedo. "Es solamente un mago", dijo. Y yo no supe qué contestar o cómo hacerle entender, después de tantos años.
El tío Pierre era un solterón empedernido y extravagante que se autoproclamaba mago. Al principio la familia no lo tomaba en serio y lo dejaba hacer esos absurdos trucos con los que nos deleitaba a los menores en cumpleaños y sobre todo en las fiestas de fin de año, cuando la familia en pleno se reunía en la quinta de Funes de la tía Clori.
Eran trucos menores, gracias sin demasiada gracia que ejecutaba en la mesa mientras comíamos: la desaparición de un pulgar en el puño cerrado de la otra mano; la aparición de una moneda en orejas ajenas; los pañuelos floridos que metía en un puño cerrado para después hacerlo aparecer bajo la fuente del clericó. Y los chicos tratábamos de imitar o adivinar cómo hacía mientras los padres se impacientaban porque nos olvidábamos por completo del plato que teníamos enfrente. Los trucos se iban sofisticando a medida que avanzaba la cena y después de comer, en la canchita de fútbol que estaba detrás de la pequeña loma en la que se alzaba la pileta, nos maravillaba con fuegos de artificio que surgían de sus mangas o encendía cigarrillos con las orejas mientras ponía los ojos como el dos de oro.
Para el final siempre reservaba el mismo truco: nos hacía rebuscar en los bolsillos vacíos de su saco sin que halláramos ni una pelusa para al fin suspirar como resignado, meter las manos en sus bolsillos una y otra vez y arrojar al aire mariposas brillantes que se desplegaban por el cielo estrellado de la canchita de fútbol. Siempre se iba con ese último acto, mientras nosotros nos dejábamos caer de espaldas en el pasto y contemplábamos absortos las pequeñas manchitas radiantes que iluminaban por un instante la noche y se perdían en lo alto para siempre. Las veíamos ascender hasta que apenas eran puntos indiscernibles que se confundían con las estrellas, siempre con una extraña sensación de desprendimiento o nostalgia anticipatoria, como si esas mariposas que despedíamos año tras año simbolizaran algo de nuestra infancia que no habría de volver.
El tío Pierre, entretanto, regresaba a la mesa silbando o cantando alguna canción a media voz. Los mayores todavía lo dejaban hacer sin mayor escándalo.
Pero después, cuando empezó a insistir en todas partes con eso de que no eran trucos sino magia de verdad, empezaron a mirarlo con sorpresa o espanto y a susurrar a sus espaldas cada vez que empezaba con sus actos. Fue por entonces cuando empezó a decirle a todo el mundo que se llamaba Pierre, porque le parecía que un mago tenía que tener un nombre "con estilo". (En realidad tenía un nombre mucho más mundano por el que, todavía hoy, cuando surge su recuerdo, la familia lo nombra. Si me permito el otro nombre, ese que escogió en algún momento de su vida porque el que le habían puesto sus padres le parecía demasiado "prosaico y poco glamoroso", obedece acaso a la impunidad de la escritura o a una suerte de rebelión a destiempo, porque aunque mi abuela ya no está para cortar el aire con el hielo de su mirada cada vez que alguien se atrevía a decirle Pierre, la huella de ese reproche silencioso se extiende como un legado irrenunciable. Por eso Pierre y Pierre y Pierre, y el destierro inútil del nombre auténtico en este puñado de palabras que lo evocan).
Lo único que consiguió fue que, durante un tiempo y siempre a sus espaldas, la gente del barrio y hasta la familia se refirieran a él como "el loco Pierre", hasta que mi abuela --después de la áspera discusión que le siguió a un almuerzo familiar-- prohibió para siempre que se lo llamara de otro modo que no fuera su verdadero nombre, como si ese gesto autoritario bastase para erradicar la amenaza de la locura.
Hay algo infinitamente triste en ese instante de incomprensión, de comunicación imposible, entre alguien que se cree perfectamente cuerdo y aquellos que no albergan la más mínima duda en cuanto al deterioro evidente de sus facultades mentales. Un abismo percibido de repente en medio de una sobremesa, como si un terremoto secreto hubiese abierto una fractura insalvable entre los comensales. Hay algo infinitamente desolador en la mirada del que se resiste a ser considerado un loco, que trata en vano de rebatir argumentos lógicos con trucos de salón que son recibidos con escepticismo o exasperación.
Durante un tiempo, la familia trató de disuadirlo con un empeño mancomunado que nunca ha vuelto a repetirse: unos trataban de convencerlo con argumentos sensatos; otros lo invitaban al disimulo; algunos lo amenazaban abiertamente y sin reparos, pero todos, sin que nadie quedara afuera, aportaban su cuota para arrastrarlo hacia el lado de la cordura. El tío Pierre, al principio, no les prestó mucha atención: como si creyera o quisiera creer que se trataba de algo momentáneo, un malestar pasajero que acabaría por disiparse, un nubarrón espeso que se hubiera posado sobre la mesa de cada reunión. Tal vez pensaba que no había más que esperar a que el viento soplase en otra dirección para que todo volviera a la normalidad. Pero el tiempo pasaba y el clima, en vez de distenderse, se volvía más y más espeso: cada aparición del tío Pierre traía consigo una tensión tan evidente que la atmósfera de la mesa podría haberse revuelto con una varita --claro que el tío Pierre, si es que tenía alguna, se cuidaba mucho de sacarla--.
Cada gesto del tío Pierre era seguido por una decena de pares de ojos, cada palabra interrumpía hasta el rumor de cubiertos y cada movimiento de sus manos, por leve que fuera, cortaba las respiraciones de la mesa.
El celo desmedido era tan evidente que una tarde se arremangó la camisa para no mancharse los puños con salsa y cuando levantó la vista notó que todos los integrantes de la mesa, desde los grandes hasta los chicos, lo contemplábamos fijamente con los cubiertos suspendidos a mitad de camino entre los platos y la boca, sin atrevernos siquiera a respirar.
El tío Pierre suspiró, llenó su copa con vino tinto, la alzó hasta el nivel de los ojos, dijo "ahora lo ven", hizo fondo blanco y dijo "ahora no lo ven". Después se levantó de la mesa, sin terminar de comer. Se alejó dos o tres pasos pero volvió, la cara encendida como si una llamarada feroz la iluminara desde adentro:
--Abracadabra --dijo--. Me olvidé de las putas palabras mágicas.
Entonces sí, se fue dando un portazo tan fuerte que todas las copas de la mesa empezaron a temblar al mismo tiempo.
Y siguieron temblando.
Siguieron temblando mientras el vino se agitaba en su interior, como si la furia ardiente del tío Pierre lo hubiera hecho entrar en ebullición, hasta que saltaron burbujas y todos nos levantamos espantados de la mesa para contemplar cómo el vino se revolvía y se transformaba, y de las copas salían disparadas un montón de mariposas púrpuras, un centenar de mariposas, un millar de mariposas que inundaron el comedor y las habitaciones y cada uno de los rincones de la casa antes de perderse por las ventanas abiertas y desaparecer para siempre, igual que el tío Pierre.











Aúlla en luz*



Así
sin importar los años.
Ni la piel. Ni el llanto.
Sobrevive un sueño.
Permanece intacto.

No tengo el coraje de decirle
que los tiempos se acortan.
Que siempre será
un delirio no nato.

Cuando intento decirle,
aúlla en luz.
Y por eso, porque sufre
me callo.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar




***

INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/


SILBIDOS Y TANQUES DE AGUA*

(De la Estación Rolito)


¿Era Cortázar el que en Francia extrañaba no el país sino los signos de la Latinoamérica que nos atraviesan? ¿Era Cortázar el que extrañaba en su departamento de París el silbido de los hombres que caminaban por las veredas de Buenos Aires, manos en los bolsillos, pensamientos nebulosos, labios fruncidos en el soplo sonoro que modulaba melodías truncas? ¿Era, acaso, Cortázar quien observó que en la Europa faltan los tanques de agua sobre los tejados tan ordenadamente limpios?
La estación de tren de ladrillos, tan como cualquier otra, tan melancólicamente semejante a tantas otras, marcada su solidez por la evanescente silueta de los árboles, afeada la pureza con el tanque burdamente adosado, cañerías de langosta posada torpemente sobre la estructura perfecta.
Quién puso el tanque de agua. Quién destruyó con el cilindro burdo y claro la maravillosa cadencia de los ladrillos quietos, armonizados en rojo y naranja, recortados contra los verdes y terrosos y los marrones vegetales del paisaje.
Tanque de agua contra el silbido descuidado de la arboleda rala. Manos en los bolsillos, peatones indolentes.
Esta Latinoamérica que se repite en estribillos silbados sin razón y sin cálculo. Esta indolencia de abandono, de cielo extremo, de horizonte desolado.
Esta estación de tren sin trenes, sin guardas. Estos árboles que están desde antes y se prefiguran eternos. Este esfuerzo sin tesón, esta forma de hacer a medias, de adosar tanques de agua a las construcciones de líneas nobles. Esta irreverencia por los pasados esta despreocupación por los futuros.
La estación Rolito los silbidos los trenes muertos los despojos. La belleza caduca y mancillada, la belleza de lo que no fue ni será, la belleza del pasado desgastada, desprotegida. La falta de gracia. La primacía de lo necesario aunque los árboles se indignen.
Los que colocaron el tanque de agua habrán silbado en el viento. Descuidadamente. Sin pensar. Sin culpa habrán silbado el albañil y el plomero.
Después se habrán marchado y se perdieron en la sucesión de días inclementes.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com



Próxima estación para escribir:
  
J.J. ALMEYRA.

Estaciones literarias por visitar en el Ferrocarril Midland:

INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.
PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO. 
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MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

***

-Próximas estaciones literarias por visitar en el ferrocarril  Provincial:

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JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
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ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
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 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
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