Saturday, January 05, 2008

EN EL INTERIOR DE UNA OSTRA SILENCIOSA...



A M O R I N C A*

(leyenda)



El Inca enamorado tiene a su amor enferma.
Su gente se acongoja, decae, trabaja triste.
El hechizo rebusca remedio en sol y en luna.
Y el universo ayuda con todo lo que existe…

La hierba presentida está cerca del frío:
Establece su sitio sobre una tierra plana.
Se afianza en tintineos que hablan de imposibles:
Pero no hay imposible que no muera mañana…

Los augures señalan el punto: es en la Pampa:
Queda pasande el Chaku… queda pasando el Kuyu…
No se oye allí el bramido que llaman Yguazú:
Queda fuera del límite del gran Tahuantisuyu…

Y alla se lanza el Inca. Va solo y va desnudo:
No es nada más que un hombre que loco va de amor.
Y va sin atributos. También va desarmado:
Porque en su impulso lleva el primordial furor

Que tienen las vertientes desde los ventisqueros,
Que tienen oro y plata en panza del crisol,
Y que tiene el gran Cóndor, que es estirpe y prosapia
De este hombre puro y solo, encarnación del Sol…

Más probable es por Kuyu, través las piedras grandes:
Y piedras grandes cruza: va blanqueado de nieve,
Y va envuelto en guanaco: poncho, chamal, ojotas.
Cuando canta, el sol brilla. Y, cuando llora, llueve…

Porque canta en el brío de ir llegando a destino:
Un viaje de mil cielos comienza por un paso…
Porque llorando explora su condición de hombre
Que no domina lo que no alcanza con su brazo…

Chile, atrás…más piedras, más grandes… adelanta…
Las lunas y los soles, las nubes y los fríos…
En las grutas pintadas lee la ruta precisa.
Y en un socavón halla aguas guardando estío…

Y fue un hombre de tántos que atravesó la piedra
Por los secretos lechos de recóndito estiaje…
Y fue una joya más, en su tumba, el secreto
Sobre dónde se encuentran los plácidos pasajes…

Era eco impresionante del solo Amor su vida.
Su esfuerzo era el perfecto modelo del actuar
Que todo hombre se debe, si se sabe en camino:
Pura, simple y sencilla consecuencia de Amar…

Y ya del otro lado – a un paso, la planicie –
La ribera del río se le torna escabrosa:
La piedra, que en camino de amor le ha acompañado,
Al llegar a este punto se torna veleidosa…

El amor no entorpece al amor, y, allá abajo,
Ruge el cariño enorme del río, destrabado…
Materia incompatible son el hombre y el agua:
Y la alegría se ocluye en canto acobardado…

Humano hasta el delirio, este Sol devenido
En mero mortal hombre, siente contraer su carne…
Y dice, con voz queda, entorpecidamente:
“Si debo dar mi cuerpo, no temo suicidarme”…

Por toda rogativa, erguido se endereza:
Tiene en su ser la urgencia de un plan insatisfecho...
Y, erguido, se encomienda, en petición y ofrenda…
Y, en el último instante, clama por un derecho

Que, como Dios, le toca, que , como hombre, merece…
Y así, directamente, toda linde transpuesta,
Clama al cielo infinito, el sumo sacerdote…
Y la montaña fuerza, también, una respuesta…

Exigida hasta el límite su conducta de Hombre
Y probada hasta el tope su condición de Dios:
El uno, ha proseguido, contra toda esperanza…
El otro, alzó su hacha en nombre de los dos….

Mérito suficiente, abocarse a tarea
Inménsamente ardua, dificultad mayor,
Y no negar desgaste ni derrochar poderes,
Y, aún al último instante, desechar el temor…

En forma de borrasca se decidió en el cielo
Lo que procedería al magno apelamiento:
Lluvia aterrorizante lo iluminó en sus lampos.
Inmune al viento blanco. De pie, ante el firmamento…

Bandera del amor. Parado. Erguido. Incólumne.
Hombre reconquistando su condición de Dios,
Que, en actitud mayúscula, une el cielo y la tierra
Que, congregada en coro, le sostiene la voz…

Decidir es rasgar un velo con la idea
Que, rauda, avanza hacia su concresión:
Así rasgó la nube sus negras vestiduras:
La ultimísima gota fue donada en canción…

En un cántico bravo de amores deslindados,
En fántástico evite de las contradicciones,
La magna arquitectura dispuso un voladizo
Que sobreviviría a humanas construcciones…

Y fue así: cayendo, estando, rebotándose…
Sonora nebulosa se estableció en el aire…
Y el hombre, al sentirse en algo así ocurriendo,
Dejó fluir sus brazos y manos al desgaire…

Su corazón fiestero le danza agradecido,
Y así carnavalea al pie del gran talud…
En su paso camina cón él toda su raza…
Bajo sus pies le nace la certeza del sud…

La luz, como al principio, parió la piedra madre,
Recorrida en calores por amarillas aguas…
Consolidó su imperio avanzando hacia el centro…
Y el beso fue un eléctrico choque de piraguas…

Inventando instrumentos musicales, enormes:
Tambores y sonajas y flautas esplendieron…
La luz, desmigajada, giraba en sus colores…
Y, así, se repetían los tiempos que se fueron….

Y, tras la más fantástica mineral orgía,
El que se trajo un puente desde el cielo, lo cruza,
Y, al hacerlo, regala al pastor un camino
Que deriva, al naciente, ramaje de medusa…

A un paso, la planicie. A otro paso, la Pampa…
Se le rinde serrana la feroz cordillera…
Y ya vislumbra al yuyo que recorta su estampa,
Porque bravo y erguido, como él, ya le espera…

Lo arranca. Y es un triunfo cómo atruena el silencio…
Lo enarbola. Y le crece con él su áurea estatura…
Un azul victorioso, a su vera, da el cielo…
Indecibles obsequios en su alto oído murmura…

Los hijos de la tierra que le escoltan el paso
Le marcan, con su misma majestad, el regreso:
Su poncho se iza y se alza envuelto en viento Zonda,
Que en vilo le levanta su enamorado peso…

Emocionado, corre hacia las grandes piedras…
De un magnifico salto sortea el vario talud…
Y, un día, allá en su tierra de sol y luna y cielo,
El Waskarán lo abraza, en grito de salud…

(coda)

Cierta invasión, un día, rompe la paz. Y avanza…

Sangre del Inca corre por la gran carretera…

Se empluma y alza vuelo, a la Luz, vuelto cóndor…

Hasta que, con él, vuelva, la Vida, un día cualquiera…




*de Horacio C. Rossi. terrazio@ciudad.com.ar
(1975 – 2008)





EN EL INTERIOR DE UNA OSTRA SILENCIOSA...





Sábado, 05 de Enero de 2008
PANORAMA ECONOMICO
El caparazón*




*Por Alfredo Zaiat. azaiat@pagina12.com.ar



Las crónicas exhiben una temporada exuberante, con playas colmadas, ocupación hotelera y alquileres de vivienda a pleno, comercios llenos de consumidores ávidos por gastar y una movida de verano a lo largo y ancho del país camino a romper record de facturación y de turistas. Durante las fiestas las imágenes también se presentaron de excepción, con shoppings y locales en los principales centros comerciales urbanos atendiendo un frenesí de consumo extraordinario. En las sociedades de consumo, las modernas y
occidentales, estos meses de excesos son habituales y decodificados como síntomas de vitalidad. Incluso son indicadores que esperan ansiosos los operadores y analistas bursátiles para auscultar la salud de la economía y así decidir apuestas especulativas sobre activos financieros. Frente al antecedente de muchos fines de año traumáticos y crisis recurrentes a lo largo de varias décadas, ese tipo de expresiones de una comunidad opulenta genera en algunos una distorsión sobre el cuadro general de bienestar de la cofradía, mientras que en otros les provoca cierto rechazo al no comprender cómo es posible semejante exposición de prosperidad. Resulta más sencillo alejarse de ambas posiciones prejuiciosas y descubrir que así funciona una sociedad dual, que se exterioriza con vigor por el escenario de estabilidad y crecimiento, ya que en períodos de crisis ese festín de consumo precipitado es reprimido u ocultado. En momentos de auge, además, en un bienvenido proceso de reparación de bienestar, se van sumando pasajeros a ese tranvía de satisfacción que brinda el trueque de dinero por bienes y diversión pasajera.
La política se va construyendo con símbolos y actos que los van convalidando. La presencia de Cristina Fernández de Kirchner, después de Navidad y antes de Fin de Año, en la villa La Cava, de San Isidro, rescató la existencia de esa sociedad dual. En un pequeño espacio territorial convive, en palabras suyas, "la inmensa riqueza y la infinita pobreza". En San Isidro se desarrolló en décadas de políticas económicas del ajuste el suntuoso barrio La Horqueta y la miserable villa La Cava, constituyéndose
así en un distrito emblemático de una sociedad dual. La Presidenta prometió que buscará medidas para quebrar ese caparazón que divide dos mundos, uno pegado al lado de otro, con el objetivo de desterrar a una sociedad a la que no le ahorró definiciones: dual, injusta, hiriente e injuriante.
Plantear ese objetivo resulta un importante avance, tanto por su enunciación como por el lugar elegido para hacerlo. De esa forma se va edificando consenso social para abordar esa asignatura pendiente, que para ciertas clases medias adormecidas por la recuperación económica y en un clima relajado y de entusiasmo veraniego se generan condiciones que orientan a minimizar esa tarea. En esa construcción, el discurso y la vocación son un potente movilizador y factor de ruptura, aspectos necesarios y que merecen aprobación. Pero lo más difícil de esa meta no es la palabra, sino el diseño de un modelo que permita rescatar de la pobreza a millones y, fundamentalmente, disminuir la vulnerabilidad que tiene un amplio sector de la población de regresar a ese estado de exclusión social, por ejemplo con un golpe inflacionario en los alimentos.
El proceso de crecimiento a tasas chinas como estrategia para disminuir la pobreza que caracterizó al gobierno de Néstor Kirchner tuvo relativo éxito, al descender del record de 57,5 al umbral del 30,0 por ciento de las personas con ingresos insuficientes para comprar una canasta básica de alimentos y servicios. Esos porcentajes permiten observar la magnitud de la crisis por la que atravesó el país, pero a la vez revelan que el espectacular comportamiento de las principales variables macroeconómicas no
ha podido regresar a niveles previos a la convertibilidad al indicador de pobreza. Apostar a una estrategia similar en la gestión de Cristina Fernández de Kirchner se presenta con elevadas probabilidades de concluir con resultados decepcionantes. Se requiere de políticas un poco más complejas, lo que no implica sofisticación tecnocrática. Acciones focalizadas en cuestiones que se han convertido en nudos de generación y consolidación de pobreza.
El interesante blog homoeconomicus propone la lectura de un documento que colabora para analizar esos problemas. En Reducción de la pobreza y mercado de trabajo en Argentina post-convertibilidad se afirma que "la continuidad en el proceso de mejoramiento de las condiciones del mercado de trabajo
resulta una condición necesaria para seguir avanzando en la reducción de los niveles de pobreza que viene experimentando el país desde 2003". Sin embargo, las investigadoras Roxana Maurizio, Bárbara Perrot y Soledad Villafañe responsables de ese paper señalan que "si bien dicha reducción ha sido muy significativa, los niveles de privación continúan siendo elevados".
Apuntan que, además de un régimen macroeconómico que continúe generando un volumen importante de empleos y, especialmente, de calidad, "es necesario continuar y profundizar la política de ingresos y la política social por parte del gobierno nacional". Esa troika de expertas propone "continuar con el apuntalamiento del crecimiento de los salarios a través de la mejora del salario mínimo y de las jubilaciones". Pero a la vez destacan que "es necesario reforzar la política de transferencia hacia los hogares más necesitados dado que las mejoras que se vienen registrando en materia laboral probablemente no sean suficientes".
En relación con un posible diseño de políticas sociales, Maurizio, Perrot y Villafañe definen, en base a la evidencia obtenida del análisis de la Encuesta Permanente de Hogares, que la mayor incidencia de la pobreza y dificultad para salir de esa situación se encuentra en los hogares con presencia de menores, con jefe desocupado o con una persona inactiva mayor de 65 años que no percibe jubilación. Sugieren, entonces, para abordar cada uno de esos casos un paquete que incluya un aporte monetario a los hogares
con hijos menores que no perciben asignaciones familiares, un subsidio por desempleo y una asignación no contributiva a los mayores sin jubilación ni pensión.
Además de esa estrategia focalizada a los grupos más vulnerables, una de las claves en la actual etapa para abordar la cuestión de la pobreza se juega en dos frentes dentro del mercado laboral. Con la continuidad de la estabilidad económica, fuerte crecimiento del Producto y, fundamentalmente, precios de alimentos contenidos, la discusión salarial y la informalidad laboral pasan a ser centrales. En un voluminoso informe del Banco Interamericano de Desarrollo, ¿Los de afuera? Patrones cambiantes de exclusión en América Latina y el Caribe, se confirma no sólo para Argentina, sino para toda la
región, la elevada correlación entre los empleos de baja remuneración (en negro) y las personas afectadas por la pobreza. "La evolución de la pobreza responde, en gran medida, al desempeño del mercado laboral y, en particular, a la evolución de los salarios".
Por ese motivo, cuando se discuten salarios con la pretensión de ponerles límites, o cuando se despide o se amenaza con echar alegremente a miles de trabajadores del Estado con contratos precarios (en este caso, en la ciudad de Buenos Aires), o cuando el empleo en negro sigue en niveles elevadísimos pese a los anuncios de fiscalización y de crecimiento del empleo en blanco, o cuando el salario del informal se ubica varios escalones por debajo del formal creando así la categoría de trabajador pobre, se está interviniendo en la problemática de la pobreza. Y no precisamente para romper el duro caparazón de la sociedad dual.



*Fuente: Página/12.
http://www.pagina12.com.ar/diario/economia/2-97072-2008-01-05.html







Empantanado*




En 1984, seguramente en apuros, Gabriel García Márquez publicó un artículo en el que se preguntaba cómo se escribe una novela. Su testimonio dejaba entrever un trasfondo de angustia: no hay escritor -al menos de cuantos se tenga noticia- que no se haya encontrado alguna vez con la temible sospecha
de que ha perdido el don de la palabra.
Mientras escribía las primeras páginas de A sus plantas rendido un león, me hice mil veces la misma pregunta: ¿Cómo demonios se hace para escribir algo que merezca llamarse literatura?
Los pánicos revelados por García Márquez me daban vueltas en la cabeza.
Entonces me di cuenta de que en mi desasosiego yo estaba haciendo lo mismo que hacen todos los escritores ( aunque uno cree ser el único y se avergüenza ) cuando la novela -o simplemente una idea- se empantana: correr a la biblioteca y buscar el auxilio del libro más amado. El escritor impotente saca, por ejemplo, Tifón, de Conrad, y empieza a recorrer al azar las páginas del capitán MacWhirr. Pero, claro, Conrad fue marino y ha vivido todo lo que cuenta. No sirve como modelo. Entonces uno toma a Simenon, La escalera de hierro, sin ir más lejos, y al cabo de unos pocos capítulos se da cuenta de que no pasa gran cosa, de que la historia fluye y se acumula como la arena de los relojes. El personaje es un pobre tipo, seguramente uno de los más estupendos pobres tipos descritos en este siglo, pero tampoco eso es lo que uno está intentando hacer.
A ver, probemos con uno nuestro, Julio Cortázar, Rayuela, o más simplemente, Final de juego. No, nada que hacer: el hombre tiene una música propia, intransferible, tan mezcla de jazz y de tango que uno se queda atrapado en el relato y olvida su propia novela trunca. No hay caso. No hay libro ajeno que sirva.
Entonces el escritor vacío va y prueba con los libros propios, si es que ya tiene alguno.
Peor todavía. Cada vez que uno repasa algo ya publicado se tropieza con la dificultad de reconocer que alguna vez fue mejor, o bien de que nunca fue lo suficientemente bueno como para que valga la pena seguir adelante.
Conozco muchos escritores -en realidad la mayoría- que trabajan con un plan previo. Manuel Puig me contó un día que nunca se sentaba a escribir hasta que no sabía lo que iba a ocurrir en la novela paso a paso, capítulo a capítulo, con un comienzo y un final insustituibles. Otros toman apuntes. En servilletas de papel, en blocks que esconden en los bolsillos del saco, al dorso de la última carta de la amante, o sobre un rollo de papel higiénico.
En general, me dice Antonio Dal Masetto, los apuntes sirven. Como yo estaba impresionado por la precisión del montaje de Siempre es difícil volver a casa, le pregunté cómo había trabajado para lograrlo.
Fue así: una noche se sentó a la mesa con una damajuana de vino y una caja de zapatós vacía. Sacó o copió todos los apuntes que había juntado en los fondos de los bolsillos, en los bordes de las sábanas y hasta en las paredes del departamento y dispuso cuatro pilas, como si fueran naipes. En una puso
todos los apuntes que, se le ocurría, cabrían al personaje A; en otra los del B, en la siguiente los del C y en la última los del D. Planchó pacientemente los papeles con el dorso de la mano, los enrolló como un
matambre y ató cada uno con un trozo de piolín. Después los metió en la caja de zapatos y la guardó en un armario hasta que le vinieran ganas de escribir. El día que la pereza lo abandonó, metió la mano en la caja y empezó a sacar los rollos al azar. Personaje que salía, personaje que entraba en acción. "Es un método como cualquier otro", me dijo al final y sacó del bolsillo los arrugados apuntes que está juntando para su próximo libro.
Scott Fitzgerald, en cambio, era un hombre meticuloso y la prueba está en el apéndice de El último magnate. Como Raymond Chandler, el gran Scott reescribía cada capítulo hasta el hartazgo y supongo que ésa fue una de las causas para que los dos se dieran a la bebida con tanto fervor.
En cambio, Erskine Caldwell, a quien me acerqué en París para agradecerle algunos de mis mejores momentos de soledad, era bastante desprolijo y los más inolvidables momentos de El camino del tabaco se deben al fino olfato con el que captaba el idioma y los gestos de los granjeros del sur.
De joven, Scott Fitzgerald despreciaba lo que Caldwell hacía, pero terminó admirándolo. Lo cierto es que el autor de La chacrita de Dios nunca tuvo problemas para sentarse a trabajar y allí quedan más de cincuenta libros -de lo mejor a lo peor- que lo prueban.
Quien resultó un verdadero caso de empantanamiento fue Samuel Dashiell Hammett. Ya en 1931 tuvo que encerrarse en el hotel que regenteaba Nathanael West para poder entregar a tiempo El hombre flaco, que le habían pagado por anticipado. Después se empacó como una mula y en treinta años sólo
consiguió escribir una docena de páginas.
Yo no sé si a Juan Rulfo le pasó algo similar. Escribió un libro de cuentos, El llano en llamas, y una novela, Pedro Páramo, que son obras maestras. Luego, durante tres décadas guardó silencio. En un bar de Berlín, hacia 1980, Rulfo me dijo que estaba escribiendo algunos cuentos. Pero muchos sospechábamos que se burlaba de nosotros y sobre todo de Octavio Paz, su blanco preferido.
Rulfo no creaba expectativas sobre obras futuras y esto fue aprovechado por los editores que se hacían un deber en no pagarle sus derechos de autor. Yo le propuse en otro bar, el Suárez de Buenos Aires, que hiciéramos circular la voz de que estaba terminando una novela. Automáticamente, sus editores del mundo entero correrían a pagarle los derechos atrasados para tener alguna posibilidad de publicar la nueva novela que, sin duda, sería un acontecimiento para las letras del continente. Sin embargo, Juan Rulfo sólo parecía preocupado, ese día, por comprar toneladas de aspirinas fabricadas en la Argentina, porque, me decía, las de México son malas y escasas.
Creo que he leído Pedro Páramo veinte veces y mi admiración por Rulfo no tiene límites. Sé que él gustaba de mis novelas, pero cada vez que me pongo a escribir pienso que si Rulfo había dejado de hacerlo debía ser porque creía que no valía la pena. Y si pensaba eso, ¿qué diablos hago yo frente a
la máquina de escribir?
Más tarde, sentado frente a doscientas páginas llenas de ruidosos guerrilleros que parecían ir al fracaso, ante un cónsul argentino que la cancillería olvidó en un lugar perdido del África, me preguntaba cada día qué hacer ahora, de qué manera seguir mañana, cómo terminaría esa historia que escribía a ciegas llevado de la mano de un puñado de personajes que parecían divertirse como si vivieran por su cuenta.
Tarde o temprano, a casi todos los escritores nos persigue el síndrome de Dashiell Hammett. Salvo que no se tenga el menor sentido autocrítico y uno decida que todo lo escrito bien escrito está, van a parar a la basura decenas o cientos de páginas que uno sabe irrescatables aun para los amigos más fieles. Y con cada página se va un pedazo de corazón. No porque la literatura esté perdiendo algo: simplemente porque para escribir cualquier cosa que tenga algún sentido hay que encorvar la espalda y entabacarse,
y vomitar el café recalentado de la madrugada. Y cada vez que algo va al cesto de los papeles y uno puso en la máquina otra página en blanco con la esperanza de que el ángel iluminador pase ante sus ojos, vuelve a aparecer el fantasma de Dashiell Hammett.
Por supuesto, hay escritores que no se empantanan jamás. Son, casi siempre, los más prolíficos y vanidosos. No hay en ellos la menor duda sobre las bondades de lo que acaban de enviar a su editor. Conozco a varios. En general, le entregan a uno el original de una novela (o de un cuento, o de un poema), con un gesto severo y esta frase en los labios: "Estoy seguro de que te va a gustar."
Sin embargo, mi breve experiencia de novelista me dice que no hay manera de convencer a todo el mundo de que lo que uno hace está destinado a la posteridad.
Cuando le envié Triste, solitario y final a Julio Cortázar, recibí una de las más bellas cartas de elogio que he tenido en mi vida. Al mismo tiempo la leyó Juan Carlos Onetti, quien me la devolvió con el gesto adusto que siempre llevaba puesto y mientras viajábamos en un ascensor, me comentó, despectivo: "Esa cosa va a andar muy bien en Estados Unidos."
Onetti fue uno de los más grandes escritores de este continente y una de las personas menos sociables del oficio. En 1979, en Barcelona, presentó esa obra cumbre que es Dejemos hablar al viento. El salón estaba colmado de público que asistía a una mesa redonda para oír hablar al maestro. Era hora de salir a hacer cada uno un discurso sobre ya no recuerdo qué tema, cuando nos informaron que estaba prohibido fumar en la sala. Allí nomás, Onetti se plantó. Sin un cigarrillo en los labios él no podía hablar. Como a mí me sucedía algo similar, apoyé su rebeldía y estuvimos media hora negociando en vano mientras la gente batía palmas para recordarnos que estaban allí.
El bombero de la sala, como buen catalán, no quiso dar el brazo a torcer y entonces yo disimulé un cenicero entre el saco y la camisa y le avisé a Onetti -que se había atrincherado en un rincón- que bien podíamos desafiar a la fuerza pública. El asunto lo entusiasmó y cuando apareció en la sala la
gente lo aplaudió tanto que encendimos diez cigarrillos cada uno sin que el bombero pudiera impedirlo. Lo que más turbaba al catalán era que alguien hubiera colocado un cenicero sobre la mesa y con ello legitimara nuestra transgresión. Desde entonces, Onetti aceptaba tomar el teléfono cuando lo llamaba, una vez por año, o cuando estaba de paso por Madrid. A veces pienso que hasta me tenía alguna simpatía porque habíamos bebido juntos y compartimos el amor por Chandler y por los diluidos suburbios de
Montevideo y Buenos Aires.
Pues bien, Juan Carlos Onetti era de esos escritores que se empacan pero insisten. En aquel 1979 me dijo que estaba escribiendo una novela de cien capítulos cortos y que nunca el trabajo le había salido tan rápido y tan bueno; sin embargo, esa novela se quedó empantanada en alguna parte y Onetti la cambió por Cuando entonces, esa maravilla. Como él tenía una envidiable capacidad para matar personajes y resucitarlos cuando se le da la gana, no hay manera de tomarlo como modelo. Igual que a Borges, sólo se puede admirarlo, nunca usarlo de referencia.
Jorge Musto, otro uruguayo, me reprochó por carta que yo, como jurado, no hubiera votado por su novela en un concurso que ganó en La Habana en 1977.
Luego trabamos relación y me contó su manera de escribir: Musto nunca pasa a otra página antes de haber dejado terminada, impecable, la que está escribiendo. Si comete un error de máquina tira el papel y vuelve a empezar.
Entonces entendí por qué su novela no me había invitado a premiarla. Tengo para mí que la escritura tiene un ritmo y una respiración que sólo se sostienen cuando el autor se desliza por ella como por sobre una correntada.
Es imposible detenerse a contemplar el río sin que a uno se lo lleve el agua. Hay que nadar sin pausa y corregir la dirección a medida que se dan brazadas. Por supuesto, hay que ir hacia la costa sin perder el estilo: "Deben pelearse los personajes, no las palabras", ha dicho García Márquez y tiene razón.
Ese maravilloso mecanismo de relojería que es Crónica de una muerte anunciada fue escrito a una página por día, sudando, metiéndose en la piel de Santiago Nasar y en los odios de sus asesinos. Es posible que el "mierda", al final de El coronel no tiene quien le escriba, haya demandado años de maduración.
Lo cierto es que cuando García Márquez se quedó empantanado, me di un susto mayúsculo y me gustó leer aquel artículo en el que pedía auxilio cuando él sabía, como sabemos todos, que no hay Dios ni poderoso señor sobre la tierra capaz de sacarlo a uno de semejante atolladero.
Es frecuente, también, que el escritor se sienta acabado después de cada libro. Le pasaba a Scott y creo que le pasaba a Italo Calvino como también me pasa a mí.
Cuando lo conocí, Calvino acababa de terminar Si una noche de invierno un viajero, y aún no sabía que había hecho un libro magistral. Recuerdo que me animé a preguntarle si estaba conforme con la novela, e hizo un gesto de duda sincera. Como Calvino era de poco hablar y yo tenía veneración por él, siempre que lo visitaba me guardaba las preguntas que hubiera querido hacerle. Me pasa lo mismo con casi toda la gente que hace lo que yo soy incapaz de hacer. Creo que con Juan Gelman he hablado muy poco de
poesía porque me intimidaba su talento. Lo mismo me ha ocurrido con Bioy Casares.
Con Giovanni Arpino hemos visto fútbol y hemos tomado copas sin mencionar su novela La monja joven. Cuando me animé a decirle al brasileño Joao Ubaldo Ribeiro todo el placer que me había dado leer Sargento Getulio me contestó que en Brasil hay otro escritor joven mejor que él y que se llama Mario
Souza, el autor de Mad María.
Los brasileños son un capítulo aparte. Se quieren mucho entre ellos y eso los distingue del resto de los mortales, pero sobre todo de los argentinos.
Cuando conocí a Souza, me dijo que Ribeiro es el mejor de todos ellos y hasta Jorge Amado y Nélida Piñón proclaman que lo suyo es tan bueno como lo que hacía Guimaraes Rosa. Tengo para mí que los brasileños no se empantanan nunca. Porque de eso se trataba al principio, de los escritores que alguna vez nos hemos quedado mirando por la ventana esperando a que Dios provea. En mi caso son siempre los gatos quienes me traen las buenas noticias. Es una constante y una certeza en mi vida y algún día escribiré sobre ellos.
Así como Triste, solitario y final existe gracias a un gato, otro -blanco y negro- llegó ese año a sacarme del apuro cuando no sabía dónde ir con el cónsul que Pasquini Durán me había revelado en una charla de madrugada.
El verano de 1985, mientras estaba en aprietos, dejaba a cada rato la máquina para ir a darle de comer a la araña que vive en el resquicio de la puerta de mi escritorio. Eso me distraía de mi empantanamiento y me gustaba verla salir a buscar su alimento deslizándose sobre la transparente tela que rodea su cueva. A cada momento me decía que iba a aplastarla, pero algo, una burda superstición, me detenía.
Luego, en pleno invierno, salía a pasear por el marco de la puerta, satisfecha porque le sobraba comida para llegar a la primavera. En ese momento, yo estaba escribiendo la página doscientos de mi historia y ya me llevaba bien con los personajes. Entonces les avisé a los gatos que esa araña no se tocaba, porque tenía que acompañarme en ese cuarto hasta que la novela estuviera terminada y le encontráramos un buen título.



*de Osvaldo Soriano.
"Piratas, fantasmas y dinosaurios" Editorial Norma. Bs As. 1996.







Sábado, 05 de Enero de 2008
2001: odisea del futuro
Von Däniken*



*Por Pablo Capanna


Si bien para los argentinos la sola mención del 2001 trae pésimos recuerdos, hay que pensar que alguna vez ese año estuvo en el futuro y cargó con todas las esperanzas que encerraba el mítico 2000.
También fue el título de una gran película de Stanley Kubrick: 2001. Odisea del espacio. Para muchos es casi un paradigma, y si alguien lo duda basta ver cómo todos desde entonces copiaron su escenografía, limitándose a añadirle apenas algunos truquitos tecnológicos.
Es probable que todos la hayan visto. Si no, podemos confiar en los canales de cable, que cada tanto la pasan tres veces por día, y luego la archivan durante años. En los videoclubes, está entre los "clásicos", pero es mucho más que una película vieja.
2001 se basaba en un cuento de Arthur Clarke escrito unos veinte años antes, pero nos sacudía desde el comienzo con una escena que parecía impugnar a Darwin y a la Biblia por igual. Nuestros remotos antepasados, que se veían mucho más simiescos que cualquier australopiteco conocido, se topaban con un
misterioso monolito negro. Las radiaciones que emitía los volvían súbitamente inteligentes, aunque su primera invención era un palo, para partirles la cabeza a sus adversarios. De ahí, el film saltaba a un futuro imaginario donde se suponía que seguirían estando la URSS y Panam.
Aunque al público no le importara saberlo, la fórmula no era original: mucho de teosofía, un toque de Robert Ardrey, un guiño a Nietzsche y un refrito de ciencia ficción bastante antigua.
Eran las ideas que había puesto en circulación Planète, una exitosa revista francesa que había crecido a la zaga de un best-seller, El retorno de los brujos (1960).
La película de Kubrick se estrenó en 1968, un año atípico. En mayo los estudiantes habían hecho arder París con la primera revolución posmoderna y la guerra en Vietnam ya no tenía retorno. El film de Kubrick no salía de la nada; explotaba estéticamente algunas ideas que flotaban en el ambiente, a
un lado y otro de la Cortina de Hierro.
Ese mismo año, el hotelero suizo Erich von Däniken logró publicar, no sin dificultad, un libro que luego sería el eje de un enorme negocio y el inicio de una moda irresistible. Recuerdos del futuro pasó por el mundo como un ciclón, creció hasta mover fortunas y agotó sus fuerzas sólo para pasarle la posta a la New Age.
En perspectiva histórica, el fenómeno aparece como la avanzada de un movimiento que trivializó e instaló las creencias "ocultas" en el favor popular, gracias a un formidable marketing que supo encontrar el momento más propicio.
Podría haber sido una moda como el cubo de Rubik, el aro hawaiano o la manía por los dinosaurios. Pero tenía algo más, que se ha encargado de investigar el antropólogo francés Viktor Stoczkowski. Su libro (Hombres, dioses y extraterrestres, 1999) excede el tema estrictamente histórico, para plantear algunas provocativas tesis sobre ciencia, seudociencia e ideología.

LOS DIOSES DEL ESPACIO
El mito ("teoría", para sus adeptos) de los astronautas del pasado es un conspicuo fenómeno cultural que creció vigorosamente a mediados del siglo pasado de la mano de las obras de von Däniken y sus epígonos. A diferencia de modas más efímeras como El código Da Vinci, logró mantenerse vigente durante varias décadas, y sería ingenuo pensar que se haya extinguido.
Simplemente ha sido metabolizado junto con el mito ovni y otros efectos no deseados de la ciencia ficción, para ingresar en el imaginario colectivo.
Muchos creen que es una teoría científica.
Stoczkowski resume su evolución en una clásica curva de campana, en la cual se limita a graficar los títulos originales publicados cada año, sin incluir las reediciones, traducciones y piraterías, que son legión.
La moda arranca en 1954, con el libro de un tal G.H. Williamson. En 1960, cuando ya aparecen cuatro libros más, recibe el empujón decisivo de Planète.
En 1963 hay cuatro nuevas obras, y para 1968, cuando hace su irrupción Von Däniken, ya se publican once. En 1974 alcanza un pico de 25 novedades, que fueron decreciendo desde entonces (18 en 1975 y cinco en 1980) y se mantiene con las reediciones.
Recuerdos del futuro, el primer libro de Von Däniken, apareció en alemán y en seguida fue traducido a varios idiomas. Llegó a ser popular en la India, Turquía e Irán, para no hablar de la Argentina. En 1973 cuando la televisión norteamericana adelantó escenas del documental, en dos días se vendieron 250.000 libros. Hubo 44 reediciones en Estados Unidos, seguidas por otros 20 textos que el suizo escribió entre 1968 y 1997. No hay estadísticas confiables sobre las ventas, que los editores ocultaban al fisco, pero el propio Von Däniken admitía en 1997 que llevaba vendidos 54.000.000 de ejemplares. El éxito del suizo fue compartido por el italiano Peter Kolosimo y el francés Robert Charroux (1909-1978). Se cree que Charroux, un empleado de correos que había comenzado escribiendo cuentos policiales y novelas "del
corazón", fue plagiado por Von Däniken. De hecho, un tercio de las tesis del suizo ya estaban en los libros publicados por Charroux entre 1963 y 1967, pero éste alcanzó a escribir veinte más.

LA RESACA DEL FUTURO
Es probable que la clave de este éxito fuera la promoción que hizo Planète de la "teoría de los astronautas prehistóricos" unos años antes de que Von Däniken la sistematizara y comenzara a facturar. Planète fue fundada en 1961 por el novelista Louis Pauwels y Jacques Bergier, un experto en la ciencia
ficción que se presentaba como "físico".
Llegó a tener un éxito increíble para cualquier revista cultural: en su mejor momento alcanzó a vender cien mil ejemplares. Fue una de las primeras "revistas de biblioteca", con una notable calidad gráfica, firmas prestigiosas, muy buen nivel periodístico y un formato muy imitado. Se editó en varios países, incluyendo la Argentina, y en pocos años llegó a montar un negocio que incluía turismo y educación. Produjo colecciones de libros de historia, religión y literatura. Organizó multitudinarias conferencias, paseos a la India o la NASA y costosos paquetes turísticos en las playas mediterráneas. Cuando ya estaba planeando fundar una universidad, en 1972 el público se cansó.
Planète puso en circulación todos los temas que luego explotarían Charroux y Von Däniken. Lo más curioso es que muchos de ellos los había tomado Bergier de fuentes rusas.
En esos años, los soviéticos auspiciaban esa literatura, en el marco de una campaña antirreligiosa dirigida al frente interno. Como se sabía muy poco de lo que pasaba en la URSS, en Occidente se le dio una importancia que no merecían. En esos años, el astrónomo Shklovskii explicaba en Komsomolskaia
Pravda que los satélites de Marte eran artificiales, el físico Agrest sostenía en Literatúrnaia Gazeta que en el Líbano prehistórico habían ocurrido explosiones nucleares, y el periodista Alexander Kazantzev hablaba de una nave espacial que se había estrellado en Siberia en 1908.
La "teoría" de los visitantes extraterrestres se apoyaba en una galería de "pruebas arqueológicas": las ruinas de Tiahuanaco y las pistas de Nazca, la isla de Pascua, las pinturas prehistóricas de Tassili, Sodoma y Gomorra, el "astronauta" de una pintura maya. También se hablaba de objetos de aluminio
en la China prehistórica, de naves espaciales en la India védica, de pilas eléctricas y lentes ópticas en el Irán medieval. Todo venía a demostrar que la Tierra había sido visitada por extraterrestres en el pasado más remoto y que el hombre había sido creado por ellos; en algunas versiones, lo habían creado por error.
Nada de esto era nuevo, salvo que ahora se explicaba por una tecnología superior, en lugar de la magia. Ya estaba casi todo en los libros de Madame Blavatski, de fines del siglo XIX. La idea de los perversos demiurgos que habían engendrado al hombre era mucho más antigua: estaba en los textos de los gnósticos, escritos allá por el siglo II.
A todos estos temas Von Däniken no vaciló en añadirles algunos probados fraudes, como las famosas "piedras de Ica", falsos grabados preincaicos donde aparecían dinosaurios, telescopios y trasplantes de órganos. La teoría se construía como una pirámide inversa. Partiendo de dos o tres tesis aceptadas sin vacilación, se acumulaban infinitas "pruebas" de origen inverificable. Si algo podía explicarse de otro modo, era apenas una excepción a la teoría. Curiosamente (o no tanto) Planète y Von Däniken despreciaban abiertamente a quienes creían en los ovnis. Eran otro target.
EL HOMBRE DE PALENQUE, MEXICO. GRABADO EN PIEDRA QUE SE REMONTA A 12 MIL
AÑOS ATRAS, DONDE LOS AFICIONADOS A LO ESOTERICO VEN UN ASTRONAUTA.

LOS REFUTADORES FRUSTRADOS
Por supuesto, no todos sucumbieron a la moda, pero la palabra de arqueólogos, historiadores, escépticos y racionalistas no alcanzó a contenerla: es sabido que los libros de astrología se venden más que los de
astronomía, por más amenos que sean éstos. El público veía a los refutadores como aguafiestas, sobre todo desde que los editores comenzaron a hablar de "dioses" en los títulos. Era algo que ni siquiera se le había ocurrido a Von Däniken.
Los expertos explicaron que Tiahuanaco había sido construida en tiempos del Imperio Romano; que la nave espacial del "astronauta" de Palenque era una mazorca estilizada y su casco era un quetzal; que los megalitos de la isla de Pascua ya estaban en una historieta de Oesterheld; que las pistas de Nazca habían sido trazadas con fines rituales.
Algunos fundaron una anti Planète llamada Janus, pero no hicieron más que imitar su formato. El escritor John Sladek recurrió al humor y en Los nuevos apócrifos (1973) anunció que los asirios ya conocían el timbre, como lo demostraban los pezones de una diosa.
El mundo académico se movilizó. Entre 1973 y 1980 la "teoría" fue objeto de trabajos colectivos y exhaustivos análisis de especialistas (Peter White, Henry Broch, Jean-Pierre Adam) y periodistas como Ronald Story. Ninguno de ellos logró conmover al lector. Quienes compraban esos libros eran
precisamente aquellos que ya estaban contra Von Däniken.
Para medir la magnitud del impacto cultural que tuvo el fenómeno, basta ver el prestigio de las firmas que movilizó. El historiador de las religiones Mircea Eliade y el filósofo Edgar Morin se vieron en el compromiso de juzgar el fenómeno sin irritar demasiado a los lectores. Eliade (que tenía un pasado esotérico) lo vio con optimismo y quiso explicarlo por el hartazgo que había provocado el pesimismo existencialista. Pero de hecho, el público que veía las películas más negras de Bergman y Antonioni era a veces el mismo que compraba los libros de Von Däniken. En esos años, hasta daban algún toque de progresismo.
Edgar Morin, que en algún momento terminó por escribir en Planète, bosquejó una explicación sociológica. Destacó el poder del marketing, la atractiva presentación y la fácil lectura. Identificó a un lector que aquí se hubiera llamado "mediopelo", a mitad de camino entre la universidad y la televisión.
La situación volvió a repetirse hace muy poco tiempo con El código Da Vinci, un negocio armado sobre la ignorancia histórica y bastante paranoia conspirativa. Muchos se preguntaron si valía la pena el esfuerzo que ponían los historiadores y hasta los guías de turismo por refutarlo, ante gente que
estaba dispuesta a creer ciegamente en algo que su propio autor presentaba como una novela.
El caso Von Däniken, siendo uno de los más duraderos, se volvió ejemplar porque logró hacerles perder la calma a los propios escépticos. Algunos esgrimieron un informe donde se acusaba al suizo de mitomanía y exhumaron causas penales por estafa. Aunque hubiera mucho de cierto en todo eso,
atribuirlo todo a la irracionalidad, la ignorancia o la locura es una explicación bastante simplista. Ni los autores ni los lectores de la "teoría" eran ignorantes, irracionales ni locos. Más de un gerente de
ventas con pocos escrúpulos envidiaría su astucia.
Stoczkowski aporta un factor más inquietante cuando señala la abundancia de contenidos racistas y antisemitas que hay en muchos de esos textos, especialmente los de Charroux, que se siguen reeditando hasta hoy. Para el antropólogo, estamos ante un suerte de "racionalidad restringida", que razona lógicamente a partir de premisas que solo satisfacen el deseo, y suele ser inmune aun a las refutaciones más contundentes.
Chesterton decía que los locos no son aquellos que han perdido la razón. Son esos que tienen uso de razón, pero como han perdido el criterio de realidad se sienten capaces de construir delirios sistemáticos. O de consumirlos, como en este caso.


*Fuente:
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/futuro/13-1845-2008-01-05.html






Sábado, 05 de Enero de 2008
Pabellón de tinieblas*




*Por Miriam Cairo cairo367@hotmail.com




FIESTA, FIESTA
Se descolgó el mundo. Sus débiles membranas de pájaro sobreviviente de un diluvio, se desprendieron en una maniobra inepta de los ángeles, que con sus boquitas de murciélagos blancos llenaron el cielo de exclamaciones espantosas. Inmersos en los festejos de rigor, nosotros pensábamos que eran fuegos artificiales. Dios delegó la responsabilidad de los sermones a los que estaban más borrachos, pero la ebria locuacidad de los creyentes apenas alcanzaba para repetir una y otra vez "feliz año", "feliz año". Al diablo se le torcieron las mandíbulas comiendo nueces y retraído en la penumbra, él también nos dejaba caer, pero nosotros pensábamos que ese ardor en el estómago era porque el vitel thoné estaba vencido. En la caída, el mundo rasgaba con las uñas el telón del universo. En los oídos somnolientos de
dios, el derrumbe terreno era un pequeño rumor, apenas un acorde que se convierte en silencio. Sus murciélagos blancos jugaban a las escondidas.
Ninfas y sátiros celebraban orgías en honor al imperio pero nosotros pensábamos que era un happy hours de último momento.


KITSCH-KITSCH, BANG, BANG
Claudia Médicci, con un vestido de tul negro, surcado por una franja de encaje que no mostraba plenamente las aureolas tutelares de sus senos, me sorprendió en plena noche, jubilosa, mientras mis viejos vecinos partían en dos un enorme pan dulce, sobre la mesa improvisada en la vereda. Ella estaba
radiante, como toda estrella de televisión, sonriente y excitada convencida de que allí también, en mis sueños, había cámaras y espectadores detrás de la pantalla. Los químicos que suelen servirse en estas fiestas, fermentaron mi fárrago onírico y en el revoltijo de figuras, la mano bienhechora del sueño, intoxicada con lemon?champ agarró a la Médicci al voleo, que flotaba en su propia zona alucinada, con un baby-doll negro y tanga al tono. Yo no podía echarla, porque nunca he echado a nadie de mis sueños y menos aun en navidad, cuando una tiene la dicha de caer en una promiscuidad tan bien venida. La sonriente rubia fue interceptada en plena fantasía con galán de nombre Cacho y de apellido Castaña. Ella se mostraba nerviosa, mientras me describía el modelito que llevaba puesto. El atrás de la rosarina se expandía hacia los costados como un gran plato carnal del que podían comer los hombres y las mujeres de todo mi vecindario. El viento de la noche de los sueños, se comportaba como una ráfaga fílmica, precisa, que le sacudía el largo cabello de amazona tratado por Sanders y coloreado por Silkey.
Cuando ella se levantó el tul y dio la espalda, mostró a Cacho, en toda su plenitud, el universo postrero, excretador de flores, el cual meneaba al ritmo de una música que ella misma se provocaba. El viento jugaba con las extensiones que mutaban a un color rojizo a medida que el sueño avanzaba. El viento certero, dirigido a veces por Polaco, a veces por Armando Bo, le sostenía el vestidito impresentable enrollado en la cintura. Cacho y yo estábamos fascinados con ese jueguito de porno-inocencia. El redondo paquete de la mujer que antes conducía La Pavada, se revolvía bajo los tules del baby-doll, y Cacho, subyugado, fue tras ella, guiado por el hechizo de sus nalgas. El balance de fin de año es altamente positivo: mi capacidad alucinada va en ascenso. A mi fauna onírica he incorporado rutilantes seres de farándula. Pero mi fidelidad no se altera: el viejo desnudo que me esperaba fumando pacientemente en una azotea flotante, sin edificio, era como siempre Ezra Pound.


EL SILENCIO EROTICO
En sus rostros, la vocación de amor se anunciaba inminente. Tal como lo dijera el libro que leo todas las noches, la transparencia de esa vocación los hacía amados. Al igual que el narrador del libro que leo siempre, yo tampoco me sentí bastante autora para describir el modo en que esos dos se aferraban a la vida ni para transmitirle a mi lector por dónde eligieron éstos, canalizar sus solturas. Mientras ella buscaba el gel en la cartera, era fácil para mí seguir sus movimientos de mujer que dejaba de ser buena,
pero eso no duró mucho tiempo. Cuando ella volcó generosamente un borbotón de ungüento en la mano derecha y sobó la panoja cristalina, mis ojos de bestia relatora iban y venían, desesperados, por cada rincón de la selva. La transparente vocación de amor se acumuló en la mazorca nítida de él, desde
donde salía el nítido rumor de la nítida simiente. Ella, con un gesto insensible, despreocupado, pasó lo mano por la línea de su horizonte, delineó varias veces con el dedo la ranura gozadora. El transparente empuñó su nave ungida y como si fuera un crayón descomunal, dibujó con ella el surco de abajo hacia arriba primero, de arriba hacia abajo después, hasta que la aeronave halló la brecha resbaladiza y entró de lleno en la abertura del sol profundo. Ella con su dedo y él con su nave bien me habrían podido
señalar como impotente narradora porque en ese momento todo mi universo narrado desaparecía en el interior de una ostra silenciosa.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-11808-2008-01-05.html



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