Wednesday, September 16, 2009

DIBUJAME UN SOL GASTADO CON LAS HEBRAS DEL OLVIDO...






Imagenes: Fotos de Beatríz Leguiza.


Mi gente negra*



Hay tierra que nos dice que descalzos,
escuchamos mejor.
Hay recuerdos de algo que no vivimos...
Hay algo en la sangre,
algo que nos dice que muy lejos,
tenemos hermanos...
Hay una tribu que canta.
Los parches y cueros nos estan llamando...



*de Manuel Emiliano González zozedurden@yahoo.com.ar






DIBUJAME UN SOL GASTADO CON LAS HEBRAS DEL OLVIDO...





EN LA TIERRA DE LOS VIENTOS*



Esta es la tierra de los vientos. Nunca paran. Serpientes son, los condenados. Una ira. Las piedrecitas se te meten en los ojos, (esto en los días en que soplan suave, porque cuando son La Ira no podés salir.
Yo, qué quieren que les diga, no creo nada, nada de lo que dice la vieja sobre los vientos. La vieja es mi abuela, demasiado mala para estar viva y demasiado mala para morirse porque el diablo le teme. Por eso no se sabe desde cuando vive y ella se ocupa de confundirlo a uno cada vez más. Lo que sí tengo que admitir es que es la única que da una explicación para eso de los vientos, porque los otros del pueblo dicen que son cosas de Dios. Por eso, aunque no creo una palabra de su historia, la cuento. Ella dice que fue la primera puta de estas tierras, que llegó por accidente junto con un europeo aventurero en la época de los indios y que cuando se vieron cercados ella ayudó a despellejarlo vivo en señal de simpatía a los infieles. Eso le salvó la vida, y su habilidad para el amor. Dice que entonces no exitían estos vientos, que había una confusión de árboles, de plantas raras, de peligrosa maleza, lianas y enredaderas y hasta flores y frutos como la sangre, algunos buenos para comer y otros puro veneno; que la víbora era señora y el puma rey, que la araña, el alacrán y otros bichos sin nombre se te metían entre los dedos de los pies en las noches sin sueño. Pero asegura que la vida y la muerte eran como tenían que ser: "unas bestias incansables, qué joder, y para nada aburridas". Dice que eso se terminó por culpa de ella, que los vientos son culpa de ella, que no sale nunca de la casa porque sabe que los vientos la reclaman, pero que un día de éstos les dará la cara "para que esto de vivir tan aburrida se termine con una muerte como la gente". Cosas de la vieja. Creo que los ojos se le blanquearon tanto por no salir y no por las cataratas como dice el doctor. Ella es toda blanca. Menos el alma. "Los vientos son La Ira", dice, "son La Ira que me reclama".
Cuenta que en la época de los fortines, cuando los europeos vinieron a echar a los indios de estas tierras, comenzó el desastre: "los indios no aflojaban. Parecían la misma muerte, pero seguían, seguían...". "Yo hice de intermediaria porque sabía la lengua de los infieles y las de los europeos, y me mejor que eso, conocía el lenguaje de sus cuerpos"."Cuando me olí el fin de la cosa me pareció oportuno empujarlo". "Me acuerdo que se me ocurrió una noche de calor, mientras las transpiraciones de mi cuerpo y el del indio que me acompañaba se hicieron un río al que chupaba la tierra sedienta". "No sé cómo no me di cuenta del mensaje de las arañas y los alacranes...". "Al rato que pensé aquello, ya casi amaneciendo, fue como que enloquecieron". "Hasta entonces compartíamos el terreno sin problemas, acostumbrados a vernos". "Pero esta vez me los vi venir como un malón, todos al mismo tiempo, de golpe, y les adiviné las intenciones". "Les dejé de comida al indio dormido y corrí para el fortín"."No me costó trabajo decirles a los europeos cuántos infieles había, por dónde tenían que atacarlos, cómo...". "No fue difícil para ellos dar vuelta todo". "El calor nunca paró desde entonces, es como si ese tiempo no quisiera dividirse, la historia cambió las cosas, pero el calor se quedó, y después vinieron a acompañarlo los vientos...". "Pero entre el calor y los vientos la historia trajo las Compañías de Tierras y Colonias, me trajo un marido Administrador de Tierras y me hizo La Señora". "La tierra quedó rasa a pura tala y arado y ahí empezaron los vientos". "A lo mejor fue, como dicen algunos, porque no quedaban árboles para atajarlos... pero son La Ira".

La vieja se pasa el día contando la historia como entre dientes y cuando la termina, empieza de nuevo. Uno se pudre. De ella y de los vientos. Desde que se murió el viejo, desde que se quedó ciega y se encerró para siempre, la tiene con lo mismo. Yo no creo nada. Pero me canso.

Hace mucho calor, como siempre. Los vientos no paran. En el patio la tengo a la vieja, el último familiar que me quedaba... La tengo a la vieja,digo, estaqueada. Los vientos la suben y la bajan. Pero hay algo extraño, muy extraño... aunque yo estoy acostumbrado a esas cosas en esta tierra de locos ... y es que las arañas y los alacranes, que casi no quedaban, son como miles, prendidos en su cuerpo... ¿cómo es que los vientos no se los llevan volando?



*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com
-En "Cuentos del Litoral"- S.A.D.E –Sta. Fe- y Lux; 1988 y Revista "Puro Cuento" Nº 26. Enero-Feb. 1991







ÉRAMOS EL TRIGO JOVEN*



aunque el daño es grave, bien pudiera ser
que podamos salvar todo el trigo joven…
Víctor Heredia (1)




Casi treinta años han pasado desde el más violento accionar represivo en nuestro país, y digo esto de este modo, porque el aparato instalado en ese contexto, hoy no requiere del despliegue estratégico de aquel entonces. Las consignas represivas se han instaurado y han atravesado el imaginario social con tan certero efecto que, hoy en día, el apoyo de la gente al desquicio de un ministro tan duro como tierno, según reza un graffiti de nuestra ciudad, cobra un registro más temerario que el del propio accionar gubernamental.
En el discurso de la población se escucha: orden, mano dura, más control, prohibición, restricción, penalización, castigo, seguridad, seguridad, seguridad.
¿Qué es lo que tiene que estar ordenado?
¿Mano dura contra quién?
¿Qué es lo que hay que asegurar?
La metodología de detención, tortura y desaparición de personas ejecutada en la década del ’70 concluyó en la devastación y desarticulación de toda una generación y sus retoños.
El ahogo de la simiente transformó a nuestra sociedad en un páramo desolado y, al menos en apariencia, estéril.
Fuimos enfermando de miedo, de desconfianza, de sospecha, de impotencia.
Todas las instituciones fueron convocadas a responder a un mandato de orden y asepsia ideológica en función de responder adaptativamente a la normalización social, anegando y aplastando los renuevos, intentos de repensar la libertad, de la necesaria petición de principio que espera por nuestro despertar.
Éramos el trigo joven. Y crecimos de tamaño. Y continuamos cometiendo los mismos errores agravados por el conocimiento de las condiciones que se nos imponen y seguimos aceptando.
La diferencia entre ignorancia y negligencia es que la primera, sencillamente, desconoce. La segunda, aún sabiendo, niega ese saber y opera como si no supiera.
Fuimos y somos negligentes.
Al igual que en los ciclos naturales, de los cuales estamos excesivamente desconectados gracias a la culturización en ascenso, muchas semillas despertaron a pesar del avance de la maleza y la falta de riego.
Y no es que se trate de un hecho milagroso, místico o divino. Se trata, simplemente, de que si no nos habitara, en nuestra humanidad tan bastardeada, el deseo de libertad y esa rara mezcla de vivir para la muerte y desafiarla, a la vez, con todo nuestro ímpetu, no habría ya vida.
Teníamos una enorme responsabilidad. Fuimos los que no desaparecieron y, aún así, venimos sobreviviendo como desaparecidos.
Nuestros niños adolescentes grandes irresponsables en busca de alcohol, éxtasis, desapercepción, descuelgue, desvida, descompromiso, esos que nuestros ministros tanto se empeñan en controlar, son nuestros hijos, los hijos que parimos los desaparecidos.
Escuchaba el otro día: ‘¿qué vamos a seguir peleando, si ya nos ganaron?’.
El mayor éxito del dispositivo es nuestra convicción de derrota.
Eso permite que aceptemos vivir sin agua, que nuestro esfuerzo laboral de los inviernos se lo lleve Camuzzi, que Otros se adueñen del fluido eléctrico que todos necesitamos, o hemos transformado en necesidad.
Ahora nos toca asegurarnos de que los cacos de ocasión no se metan con el televisor, la video y el microondas que supimos conseguir gracias al plan de estabilidad peronista. La vida vale menos que un radiograbador.
Mano dura.
Intentan restringirnos los días con todas sus noches tan temidas por aquellos que temen perder el control. Pero ya nadie encuentra consuelo en su televisor encendido a la medianoche, excepto como material de comentario para el siguiente día en la oficina.
Ya se recluye como se excluye, da igual. Todo está fuera de la elipse de vivir.
La imposición de gobiernos de facto está lograda. Se ha logrado que admitamos una estructura ‘democrática’ sin representatividad y se sigue escuchando hablar de democracia. ¿Negligencia? Eso creo.
Nos amontonan en casas de obrador a hacinarnos sin límite. Nos dejan sin agua y sin luz a SU antojo.
¿Somos trigo fortalecido? (2)
¿O somos trigo que no se transforma en pan, que crece a la marchanta para rellenar el vacío del vacío?
‘Y ruego a Usted tome partido para encontrar una solución, que bien podría ser la unión de los que aún estamos vivos, para torcer nuestro destino. Saluda a Usted un servidor’ (3)



(1) canción: Informe de la situación
(2) véase concepto de resiliencia tan utilizado por la psicología actual
(3) canción ídem anterior

-El ministro de gobierno era de apellido Tierno y el graffiti anónimo rezaba:
‘Aunque parezca duro, el sorete es tierno’


*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
-Publicado en Periódico Lumbre, de La Pampa








AMIGAS*

Crónicas del Hombre alto (n° 54)


Por alguna curiosa razón cuya escurridiza esencia jamás termino de apresar, las mujeres suelen desnudar su alma frente a mí sin que se advierta en ellas el menor atisbo de pudor o incomodidad al hacerlo. Solteras, casadas, viudas, divorciadas, veinteañeras, sesentonas o señoras de las cuatro décadas, da igual. Poco influyen la edad o el estado civil en este ejercicio descarnado de sinceridad del que me hacen partícipe. Problemas de pareja, amores contrariados, insatisfacciones personales, anhelos inconfesables, todo me es referido con una naturalidad pasmosa, dejándome transformado en depositario de intimidades que el imaginario masculino (¿o el imaginario machista?) supone reservadas al ámbito de las conversaciones femeninas.
¿Por qué lo hacen? Sinceramente, no lo sé. Dudo que estén buscando una opinión masculina para cotejar puntos de vista. Dudo también que esperen recibir consejos. Me parece que si me eligen como receptor de sus desahogos es porque, de algún modo, intuyen que mi atención al escucharlas no es fingida, que no habré de violar el secreto de confesión, que no voy a usar esas confidencias en su contra, que no voy a escandalizarme o a juzgarlas por lo que me cuentan. Todo eso, claro, les brinda la contención necesaria para soltarse; nadie baja la guardia ante quien le inspira recelo. ¿Cómo no sentirme agradecido, entonces, frente a semejantes muestras de confianza?
Sin embargo, el acostumbramento que he desarrollado hacia el hecho de verme envuelto en episodios de esta naturaleza no ha logrado atenuar cierta inquietud que la reiteración de los mismos me provoca. Porque convengamos que la mía es una situación bastante atípica. La experiencia propia y la observación de comportamientos ajenos me indican con claridad que a la mayoría de los hombres -al menos, a los heterosexuales- estas cosas no les suceden (es más, a veces tengo la impresión algo paranoica de ser el único al que le pasan). Pero lo extraño de mi caso no se agota en ser el coprotagonista reiterado de estas sesiones personalizadas de terapia. Muy por el contrario, hay otra instancia aún más insólita pero igualmente recurrente: mi participación como espectador exclusivo en charlas "de mujeres". Porque no es tan infrecuente que me toque ser el único varón en reuniones de dos, tres, cuatro y hasta cinco mujeres que, lejos de amilanarse o sentirse cohibidas por mi presencia, se despachan a gusto, como si yo no estuviera allí, o como si fuera una más de ellas. La vivencia, por cierto, resulta adrenalínica. Porque las reuniones "de mujeres solas", indudablemente, no son como las "de hombres solos". Los hombres, se sabe, no somos muy de andar compartiendo intimidades entre nosotros. Se habla de fútbol, de política, de temas de actualidad, del trabajo o de alguna afición que nos es común. También de mujeres, claro, pero siempre al amparo de un humor socarrón de cuño machista que poco ayuda a ahondar en el tema. Además, si uno es un caballero, esta muy mal visto andar develando la identidad de tal o cual señorita o señora con la que uno haya andado haciendo ciertas cosas. Con las mujeres, en cambio, sucede lo opuesto. No sólo tiran sobre la mesa los nombres concretos de los caballeros aludidos, sus peculiaridades anatómicas y un exhaustivo perfil psicosocial de los individuos en cuestión, sino que proceden a viviseccionarlos con una crudeza que asusta. En realidad, lo que asusta no es la saña en sí, sino la naturalidad con la que ésta es ejercida, como si no tuviera nada de objetable que un grupo de amigas cometa un homicidio mientras comparte una ronda de mate o prepara unas ensaladas.
Disculpen la analogía, pero vivir una situación así es como si le permitieran a un pato (vivo) asistir a una cena de cazadores. En el fondo, todo hombre teme a la mirada enjuiciadora de la mujer, por lo menos en lo que respecta a ciertas cuestiones atinentes a la masculinidad ortodoxa, empezando por lo sexual, siguiendo por lo sexual y terminando por lo sexual (recién después, en un cómodo cuarto lugar, entran a tallar los otros aspectos que teóricamente deberían distinguirnos). Pues bien, muchachos, me veo en el penoso deber de informarles que la peor de las pesadillas masculinas no sólo es real, sino que es mucho más terrorífica de lo que imaginamos y está allí nomás, a la vuelta de la esquina. Y ojo que no hablo de una asamblea de feministas recalcitrantes, de esas a las que la sola mención de la palabra "hombre" les provoca alergia. No; hablo de mujeres que pueden ser nuestras novias, nuestras esposas o nuestras amantes. Una reunión de mujeres solas en las que se habla de hombres es un genocidio de egos viriles. Asistir a esas masacres me ha llevado a conjeturar a veces que si los hombres realmente llegaran a saber la opinión que las mujeres tienen de ellos (no en abstracto, sino bien en concreto), se produciría un notable repliegue mundial de la masculinidad tradicional. No sería descabellado, incluso, pensar en una súbita epidemia de homosexualidad ginecofóbica a escala planetaria.
Pese al azoramiento que me provocan estos involuntarios viajes por un territorio tan subyugante como el de la femineidad, creo que en cierta forma soy un privilegiado. A los ojos de los varones, el universo femenino se presenta como una zona nebulosa y compleja, plagada de delicados recovecos que lo transforman en un terreno resbaladizo, poco apto para hacer pie firme en él. Pues bien, esta inusual visa que las mujeres me otorgan para que lo visite me ha permitido ir bosquejando a lo largo de los años un mapa bastante detallado del mismo, útil para circular en él con cierta orientación. Adviértase que digo "con cierta orientación" porque aquí no hay garantías que valgan. Lejos estoy de parecerme al personaje de Mel Gibson en "Lo que ellas quieren". Aun con mapa y todo, nada lo libra a uno de pegarse unas buenas patinadas por la banquina y terminar estampado contra una columna.
Es posible que algunos lectores -en especial aquellos enrolados entre los hombres a los que estas cosas no les pasan- consideren que el extraño fenómeno que me involucra está sustentado en una explicación muy simple: que todas las amigas que tengo son... muy particulares, por decirlo de una forma políticamente correcta. Puede ser. Conozco bien a mis amigas; me une a ellas un vínculo sutil de complicidades y entendimiento. Las he visto reírse a carcajadas y llorar sin pudores, a veces en el transcurso de la misma charla y con un intervalo de pocos minutos entre una y otra reacción. Las he visto disfrutar de su rol de madres y sufrir con su rol de hijas, y viceversa. Las he escuchado divagar sobrias y ser implacablemente lúcidas bajo los efectos del alcohol. Las conozco bien, sí. Alocadas o serenas, cerebrales o previsiblemente imprevisibles, siempre nobles, siempre inteligentes, todas ellas poseen alguna característica que las vuelve, efectivamente... muy particulares. Pero a pesar de los sobresaltos que me causan sus confesiones individuales o grupales, yo celebro que me tengan en cuenta.
Qué se le va a hacer. Algo habré hecho para merecerlas.



*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar






Ensueño poético*



Navegando en la noche estrellada,
hilvanando la historia del amor más fantástico,
bordando en el espacio este relato mágico
de la aventura insólita de una enamorada
envuelta por el aura del hechicero idílico,
arrastrada en un viaje lleno de sortilegios,
desprendida de todos mis viejos personajes,
me encontré con la esencia de este ser insondable,
que era yo.


Fui libre como el ave, la nube, el aire. Libre
de toda libertad, la soñada, la jamás alcanzada.
Y con él fui al espacio infinito, intangible,
al otro lado del mentiroso espejo. Y reviví el dolor,
y el gozo, la alegría, el amor verdadero, el que no pide nada
y que lo pide todo, el que mata y da vida,
el que nos cubre el cuerpo de una lluvia de plata.
Y caí, confundida, maltrecha, malherida.
Entre espinas y rosas, entre estrellas y noches,
en perfumados bálsamos y lodos nauseabundos,
entre angustias mortales y auroras fantasmales,
atardeceres lánguidos y mañanas gloriosas.
Viví como hace mucho no sabía vivir.
Y supe que era bueno, y dejé de sufrir.
Gracias al hechicero que me llevó en su vuelo.


Envuelta en el milagro de un ensueño poético
volví a poner mis plantas en el suelo.


Pero quiero volver,
y huir así del cieno en que se hunden mis pies,
dormir bajo la luna sobre un campo de heno,
envuelta en el perfume de una flor que no exista,
soñando aquel poema que nunca he escribir.


*de Celina Vautier. celka@arnet.com.ar







Entropía S.A.*




*Miguel Grinberg
16.09.2009


El paroxismo materialista de Occidente capotó recientemente a partir del colapso de una megaburbuja hipotecaria y/o especuladora que en el centro del Imperio arrastró a bancos presuntamente indestructibles y a gigantes industriales como la General Motors. Durante el siglo XX, la tendencia financiera basada en la explotación salvaje de los “recursos” naturales –con una consiguiente crisis ambiental planetaria– y de los “recursos” humanos –con una implacable degradación social mundial– no llegó a consolidar una civilización y mucho menos una cultura. Fomentó, apenas, un modelo económico llamado sociedad de la abundancia –o de consumo– y una brecha salvaje entre ricos y pobres. Su naufragio empuja globalmente a millones de personas hacia un desamparo no exento de desolación. ¿Resultado? Como sostenía Hamlet: palabras, palabras.

El titular del Fondo Monetario Internacional acaba de declarar que “seguimos en crisis, aunque vemos el final del túnel”. Reconoce el derrumbe de los consumidores estadounidenses y la impotencia para empujar el crecimiento mundial, mientras se duda del impacto estructural de un eventual incremento del consumo en los grandes países emergentes.

Pero por detrás de los tropiezos del consumismo hay un declive mayor: el de la naturaleza humana. Afectada a fondo por algo que la ciencia termodinámica llama entropía, que es la cantidad de energía por unidad de temperatura absoluta que se emplea al transformar la energía de una forma a otra por medio de un proceso. Generalmente, esta energía se disipa en el ambiente en forma de calor, pero este calor no puede aprovecharse porque es una forma de energía desordenada, de desecho. Por consiguiente, todo va de más a menos: decae. Ello rige tanto para las metrópolis como para los imperios, para los empresarios incompetentes como para los gobernantes mediocres.

Yendo al fondo de la cuestión, hay todavía un plano más complejo de desgaste y degradación: parecería que estamos en vías de decadencia humana. De descomposición colectiva. Vaticinada a través de décadas por sabios de todo origen. Por ejemplo, Jiddu Krishnamurti (1895-1986): “Veremos cuán importante es despertar en la mente humana una revolución radical: la crisis es una crisis de la conciencia. Una crisis donde ya no podemos aceptar las antiguas normas, los antiguos moldes, las tradiciones antiguas. Considerando el estado actual del mundo, con toda su miseria, sus conflictos, su brutalidad destructiva, su agresividad y todo lo demás, y que el hombre continúa igual –aún es brutal, violento, agresivo, codicioso, competitivo– y ha construido una sociedad acorde a ello”.

Como si predominara lo perverso, lo vulnerable, lo fraudulento, lo genocida, pero no es así: podemos ser potentes, hermosos, extraordinarios. Porque no estamos necesariamente condenados a ser entrópicos. Podríamos ser hacedores constantes de milagros. Ya que la vida es una rebelión suprema contra la entropía. Pero, convertidos en espectadores de la vida y no en sus protagonistas, esperamos que ello suceda espontáneamente. Así no saldremos del pantano.

Es cierto que todos los años se gasta en nuestro planeta más de un billón de dólares en armamentos que detonan infinitas tragedias generacionales y ecológicas. También reaparece el tabú del incesto y no faltaría mucho para que alguien reivindique el canibalismo. Mientras, el homicidio se ha vuelto tan corriente como la contaminación del aire que respiramos. Pero no es toda la realidad. Aunque el cine y la TV se hayan convertido en un tiroteo constante y la inseguridad civil se haya convertido en plaga ante el auge de la delincuencia, hay miles de hombres y mujeres empecinados en elevarse y no en degradarse. Pero aún no constituyen una masa crítica capaz de impulsar la revolución radical que sugería el filósofo.

Acabo de ver Bastardos sin gloria, de Quentin Tarantino. El público celebra la persistente ceremonia satírica donde los exterminados no son los judíos sino los nazis. ¿Qué ha cambiado? Nada más que la mira del sadismo exterminador. Y bien: así declinan los imperios. Apestando.

Nos toca redescubrir nuestros genuinos poderes como seres sensibles y como ciudadanos generativos. Aunque la TV por cable sea un documental entrópico constante, a fuerza de balaceras y sandeces. Carl Sagan sostuvo que se está desarrollando una nueva conciencia que ve a la Tierra como un organismo único. Pero todo organismo en guerra consigo mismo está condenado. Entonces, la decisión personal es simple: parar de reproducir el sistema o seguir contribuyendo a su continuidad. Edgar Morin afirmó: “No olvides que la realidad es cambiante, no olvides que lo nuevo puede surgir y, de todos modos, va a surgir”.


*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=30828







De arriba*



*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona


UNO Mi película religiosa favorita es Jasón y los argonautas. Lo que más me fascina, cada vez que me cruzo con ella, son esas escenas donde los dioses del Olimpo, ahí arriba, juegan con los humanos como si fueran piezas de ajedrez. La idea se repite en The Infinities, la nueva e igualmente fascinante nueva novela de John Banville. Allí, en boca de Hermes, se nos narra el último día de la agonía de un teórico matemático en coma mientras, a su alrededor, se reúne su familia para despedirlo. Hermes contempla todo eso e introduce modificaciones aquí y allá, Zeus desciende para -según su costumbre- penetrar divinamente a una joven mortal y, al final, tal vez por primera vez en la obra de este todopoderoso escritor irlandés, impera una cierta calidez y optimismo, cortesía de unos titanes que, dicen, nos
envidian nuestra capacidad para complicarnos largamente nuestras breves existencias.


DOS El problema del segundo mandamiento es ese ambiguo matiz del "en vano".
Todo estaría mucho más claro si allí se instruyera un "No tomarás el nombre de Dios". Y punto. Pero no: en el nombre de ya saben quién se hacen cosas muy raras. Es el problema del catolicismo en general: sus teóricas ganas de complacer a todo el mundo mientras, a la hora de la práctica, gana esa fuerte vocación por salirse siempre con la suya mientras sus deidades top y subalternos parecen no saber jugar al ajedrez y preferir, en cambio, el tinenti. Ya saben: piedrita en el aire e ir robando, una a una, sin apuro, las demás piedritas.


TRES Esa es la tesis de Edward Gibbon en su magistral The Decline and Fall of the Roman Empire: una mañana el emperador Constantino se levanta con ganas de patear el tablero y legaliza la cristiana idea de que hay una vida mejor después de la muerte. Resultado: los romanos, acostumbrados a interactuar con los dioses día a día, pierden interés en el presente y comienzan a soñar con la futura recompensa de un paraíso. Y dejan de mirar al cielo, a ese lugar que mira Maradona mientras descubre que ya no es su
casa, que alguien cambió la cerradura de la puerta mientras libraba su cruzada tachada. Jornadas de oración non-stop en la Iglesia Maradoniana y falta poco -¿cuánto apuestan?- para que su Mesías diga el verbo "crucificar".
Mientras tanto, Bilardo profetiza que nada cambiará y que "esto tiene que terminar así, sólo si viene Jesucristo con alguna cosa podemos aceptarlo".
El problema y el misterio residen en qué posición pondría el Diez a jugar al Dios.


CUATRO En la contratapa de Memorias de Adriano, Marguerite Yourcenar cita una carta de Flaubert donde se lee: "Los dioses ya no estaban y Cristo aún no estaba, y de Cicerón a Marco Aurelio hubo un momento único en el que el hombre estaba solo". Me pregunto si -aunque Benedicto XVI piense lo contrario- no habitamos una época similar a la espera de un nuevo Dios.
Según el escritor Douglas Coupland -quien por estos días presenta su Generation A- vivimos un momento bisagra, una era límite en la que, pronto, "el nombre de Dios dejará de ser Google".


CINCO Mientras tanto y hasta entonces, el cielo está vacío de padres y desborda de hijos. Hace ocho años que se estrellaron varios aviones en el nombre de un Dios y hace unos días otro avión fue sometido a la iluminada voluntad de un hombre que decía haber recibido instrucciones celestiales y amenazaba con hacer volar todo por los aires si no se le permitía comunicar su profecía de catástrofe inminente. Por fin reducido, se descubrió que ese paquete negro que pretendía ser una bomba no era más que una Biblia, esa poderosa arma de seducción masiva.


SEIS Y uno de los libros más comentados de por aquí es El Día D: La batalla de Normandía, de Anthony Beever. Allí se revela -para pasmo de muchos- que durante el famoso desembarco murieron más civiles franceses que soldados aliados, ensuciando bastante el bronce de esa gran gesta. Las bombas caían
desde las alturas y -dijo Beever- "contar la historia desde abajo es la única forma de narrar los acontecimientos sobre la gente corriente". La salida del libro ha coincidido con la emisión -en el National Geographic Channel- de Apocalipsis, documental en seis partes sobre la Segunda Guerra
Mundial rebosante de imágenes inéditas de esas que uno mira bajando los ojos y diciéndose todo el tiempo "Dios mío... Dios mío...", mientras las callen arden y los cuerpos se queman.


SIETE Barcelona está en llamas. Bastó la publicación en El País de unas reveladoras fotos de maríasmagadalenas haciendo su trabajo bajo los arcos del turístico Mercado de la Boquería para que la ciudad se despertara de su ensueño de Atenas/Shangri-La en una pesadilla que la recalifica como parte
de Sodoma & Gomorra, Inc. Arreciaron las quejas de vecinos, las cartas de lectores indignados, la desesperación de políticos y los editoriales sobre el resquebrajamiento urbanístico y la degradación humanística del "Modelo Barcelona". Sepan -como dato puntual- que buena parte de las prostitutas
subsaharianas son sometidas por sus proxenetas con ritos vudú. Y las calles se llenan de carteles conminando a la ciudadanía toda a delatar aliens. Es parte de la campaña de marketing de la película District 9, metáfora del apartheid de Neill Blomkamp producida por Peter Jackson. Otra de extraterrestres, pero esta vez varados y marginados en una Sudáfrica que no quiere encuentros cercanos ni se preocupa demasiado por su incapacidad para phone home.


OCHO Y, por si no hubiera suficientes problemas, el Vaticano ha anunciado el envío de un comando de nuncios-ninja para frenar el "Efecto Zapatero" que ha convertido a España en "la vanguardia del laicismo descristianizador y una amenaza de contagio al resto del orbe católico". Gripe Z. Los invasores.
Cayendo desde las alturas.


NUEVE Leo la noticia de que una suicida mata a un peatón al arrojarse desde un octavo piso y aplastar a ese pobre tipo que pasaba por ahí. La noticia me produce una mezcla de indignación y paranoia. Cada uno es dueño de morir como quiera, pero sin implicar a segundos y terceros. El viejo asunto de los
efectos colaterales y todo eso. No sé, la verdad que me parece que estábamos mejor cuando, en las alturas, los ajedrecistas estaban a cargo de la partida.


DIEZ Todavía no fui a ver Up pero -muy up- no dejo de escuchar a los divinos Beatles remasterizados. Y me acuerdo de The Einstein Intersection de Samuel R. Delany, en la que, en el futuro, en una Tierra devastada, los nombres de los dioses son John, Paul, George y Ringo. Y así -arriba y abajo, aquí y allá y en todas partes- los inmortales nacidos en Liverpool cantan y juegan.
Tal vez entonces...


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-131798-2009-09-15.html







Coplas para la tejedora*



*Jorge Fandermole



Cómo se te ovilla el tiempo
en su corazón de lana
sangrando en el movimiento
por las cribas de la trama.


En el aire vi unas manos
y en las manos la tibieza
y en lo tibio del hilado
el hielo de la tristeza.


Ven y téjeme las notas
en los puntos de la urdimbre
paso a paso y gota a gota
con tus agujas de mimbre.


Ay, Edilia si te olvidas
de anudar tus propios pasos
va a venir la noche un día
a dormírsete en los brazos.


En el sueño, tejedora,
donde tus lanas te alumbran
te soñás tejiendo auroras
en medio de la penumbra.


Artes de adivinadora
te cuentan lo sucedido
y tus lanas lo atesoran
en la piel de tu tejido.


Quién te habrá dado esa prisa
prendida en colores fuertes
y en los bordes de ceniza
lentitudes de la muerte.


Cuando sientas en tu hilado
que mi tiempo se ha vencido
dibujame un sol gastado
con las hebras del olvido.


-Enviado para compartir por Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com








Hacer el amor es una mudanza invisible*




*Por Adrián Abonizio. abonizio@hotmail.com



¿Quién podía pensar que encontraría al amor en una mudanza?. Nadie, pero lo hice. Llevábamos los bagallos atados en la cabeza era ropa liviana, almohadones con mis primos cuando la ví. Teníamos que dejarlos en la parte trasera de la chata celeste que comandaba mi tío cuando se me vino encima: pasaba por la vereda de enfrente y la reconocí: era de la escuela, de los turnos tardes, en los claustros altos. Ester se llamaba. Po de apellido como el río de Italia. Caminaba como las gimnastas pero con la cabeza echada hacia adelante en una especie de reconvención monástica con determinación del que está orando y a nadie percibe, salvo sus pensamientos, sus arroyos personales. Pasaba desapercibida salvo para mí. Había descubierto en ella una belleza potencial que habría de fulgurar si se la sabía encender, si esa
llama portátil que consistía en el cuerpito de una mujer era soplado sin ferocidad y con talento. Dirán: es excesivo el argumento para un chico de doce años ¿Y con eso? ¿Quién puede afirmar que no pensara en aquello sólo traducido en torpezas de primate de vientre caliente con el corazón apurado y las manos frías? Los chicos saben cosas de honduras interminables sólo que no tienen el lenguaje para semejante cartografía de gruta, de silencio y abismo. Ella era hermosa pero aquella brillantez de magia me sería reservada para mí si obraba con prudencia. Mientras, atravesaba el ancho mundo de los corredores de sus calles con la insignificancia de una chica común. Era invisible para el resto. Sólo a mí me estaba destinado abrir los altos portones de luz que conducen al Amor. En un decir, estaba enamorado. Rubén
mi primo me susurró al pasar. Eh, no es para tanto. Hay más lindas. Yo hace rato que estaba detenido con el pie apoyado en el paragolpes de la chata viéndola irse hasta que dobló la cortada. Mi timidez era monstruosa. No me acercaba a ellas porque me trababa, pero podía actuar en un acto escolar.
Imitar a otros. Contar inventos y hasta sacarme por debajo la malla en la pileta del club. Era fuerte, ingenioso. Peleaba con fiereza para que me vieran, luchaba en un partido hasta la hazaña; todo en la presunción que llegarían hasta sus oídos de diosa como se debatía un mortal en sus territorios. Juzgaba que la sola existencia de mis actos la habrían de acercar hacia mí. Allí estaba yo entonces, detenido en el cielo de altar de sacrificio junto a la chata celeste. Ya estaba acabando de pasar: era más alta que yo y nariz de ratoncito respingada. Un encantamiento extraído de un film donde era ella la pordiosera, la Cenicienta postergada a la que nadie aún ha brindado su capullo de manzana roja, su color más escondido. Me gustaba hacer el amor: en eso consistía, ello creía yo que era cuando por vez primera escuché la frase "el tipo hacía el amor". Debía ser eso: imaginarse, construirlo, hacerlo, moldearlo, ayudarlo, imaginarlo y formarlo. Fue creciendo y creciendo. Yo estaba haciendo el amor. Era eso.
Mientras, el tiempo transcurría en algunas horas muertas en que el cielo se cubría de pájaros malos que chirriaban, que el universo agobiaba con palotes y dibujitos escolares, olor a estufas y pedos escolares. A madre con santuario y llanto por su hijita muerta, hermana que nunca ví, o algún dramón de hermanos batallando por herencias, Julio Sosa, alto en la parodia de un muerto que cantaba, mi padre en su palomar, sin hablar, sólo silbándole a sus halcones negros que quería más que a mí. Ocurrió aquello en
una esquina: confrontados por una pelota esquiva fuimos a dar ambos contendientes contra un portón y allí sudados tratamos de cortar una pelota ya mascada por la patadas y llevarla hacia el redil de un arco con piedras.
Entonces pasó ella. Mirando a la distancia sin ver. Un instinto de saltar a un vacío me diezmó el estómago pero una fuerza añeja y desconocida me creció en el pecho. La tomé por su brazo, un brazito de sueter mostaza. Se asustó.
Yo estaba sudado, echando fuego por la boca y no era esa la mejor entrada al reino. Le dije que siempre la veía, que la esperaba y que no aguantaba más sin su amor. Fue a un apartado donde la fui conduciendo sin arte, ella como asomada a un pozo, la barra callada detrás, asistiendo a un asesinato o a una coronación. Me miró, era corta de vista hasta la exageración. No te conozco, no sé quien sos y sacame la mano del brazo. Soy de tu colegio del turno mañana. -Ah, dijo y empezó ella súbitamente a oler a violetas: estábamos bajo una parra de glicinas. Vos, vos, tartamudeó... Seguí jugando y se quitó de un suave empellón mi torso Vos, sos muy chico para mí todavía.
Volví a la querencia. Habían visto y oído todo. De nada valía aclarar. Se suspendió el partido. Yo ya era invisible.
Nos sentamos en el mármol de la sodería.Era la tarde en la languidez de vacas muertas en el cielo de nubes que flotaban.
Toledo, eficiente, bestia pero fiel, habló.
No es para tanto! Te dijo que todavía sos chico para ella. Pero los varones crecemos más rápido. Cuando la alcancés te ponés de novio y la dejás por otra. Sí, pero ¿cuánto falta?, interrogó el Fabio buscando precisión.
Ellas crecen menos que nosotros, exclamó. Vos y al tocarme me volvió de nuevo visible en unos meses la pasás en edad, acordate lo que te digo.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-20232-2009-09-16.html








"LOS COSACOS"*




Muchachas de la aldea provocadas por los uniformes
(aman dos a Mariana)
sangre, humo, detonaciones en el heno
(Mariana se dejaba -¡Oh!- se dejaba galantear)
los chechenes, los caballos y los gritos
(bruscos pudor o altanería)


Uno agoniza
otro retorna a entrañables
nevadas y silenciosas calles de Moscú.







"I COSACCHI"*



Ragazze del villaggio provocate dagli uniformi
(due amano a Mariana)
sangue, fumo, detonazioni nel fieno
(Mariana si lasciava - Oh! - si lasciava corteggiare)
i ceceni, i cavalli e le urla
(bruschi pudori o arroganza)


Uno agonizante
l' altro ritorna alle sviscerate
nevicate e alle silenziose strade di Mosca.



*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar
-Traducción: Jerome Seregni jeromeseregni@hotmail.com






Correo:



Difusión Invitación Especial - Luz y Fuerza Presenta:
ESPACIOS COTIDIANOS - Beatriz Leguiza "Fotografías"



“ESPACIOS COTIDIANOS”
Donde se conjugan el arte y la cotidianeidad


En el marco de los festejos por el 63º aniversario de la fundación del Sindicato de Luz y Fuerza de Santa Fe, la Secretaría de Prensa y Cultura, ha habilitado los “ESPACIOS COTIDIANOS”, un conjunto de muestras fotográficas que recorren los senderos donde el arte se mezcla con la cotidianeidad, con el propósito de acercar diferentes estilos culturales a todas las personas que habitualmente recorren los ámbitos que Luz y Fuerza ofrece a la comunidad santafesina.
Las muestras, cuentan con la especial colaboración de la Fotogalería Roberto Guidotti y se iniciarán con exposiciones de la fotógrafa, afiliada a Luz y Fuerza, “Beatríz Leguiza”, quien presentará obras de su autoría, en espacios que podrán ser visitadas en cualquier momento del día, durante los meses de Septiembre y Octubre, con entrada libre y gratuita.
La inauguración está prevista para el Viernes 18 de Setiembre, a las 20:00 Hs. en el Hall de la Sala de Teatro “Juan Arancio” de Luz y Fuerza, con la Muestra “DE SOLEDADES”, habilitándose simultáneamente otras en los siguientes espacios:

“APARIENCIAS” en la FARMACIA LUZ Y FUERZA - 9 de Julio 2682.
“DANCE” en el ámbito de la OPTICA LUZ Y FUERZA -9 de Julio 2698
“EN CARRERA” en la PELUQUERÍA LUZ Y FUERZA - Junín 2930.


La fotógrafa Beatríz Leguiza Nació en la provincia de Santa Fe en 1969, comienza con su actividad fotográfica en el Foto Club Santa Fe, continuando su formación en los talleres en la Fundación Fundalyf y luego en el Estudio Roberto Guidotti, realizando numerosas exposiciones desde 2004 a la fecha.
En su muestra “De Soledades”, expresa su más profundo sentir sobre la visión de la vida:
"Porque el pasado no tiene retorno, porque el futuro me es ambiguo, porque el presente late dentro de mi y me obliga a seguir y me empuja hacia un camino desierto de todo y de nada y aún en la nada miro a través del visor el paso del tiempo..."

Por lo expuesto, se invita a todos los interesados en apreciar el buen arte fotográfico a participar de la inauguración de las muestras, y apoyar la iniciativa cultural que permitirá la difusión de esta disciplina en una propuesta original.



-Enviado para compartir por Roberto Guidotti rguidott@epe.santafe.gov.ar




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