Wednesday, May 19, 2010

CINCO MINUTOS A SOLAS CON LAS MUSAS



-Ilustración: Pilar Ribas Maura





CINCO MINUTOS A SOLAS CON LAS MUSAS

*De Marié Rojas Tamayo.





Alicia empezó diciendo: "Vamos a imaginar que somos reyes y reinas"; su hermana, muy amiga de la exactitud, objetó que no podrían, pues eran sólo dos; y al fin Alicia se vio obligada a conceder: "Bueno, tú podrás ser uno de ellos, y yo seré todos los demás".

Alicia en el país de las maravillas
Lewis Carroll






CARTA A MI HIJA


Disculpa, princesa,

Si a veces no entiendo que mi sombrero - aquel que me gustaba tanto - es ahora tu corona, mis pañuelos de seda las sabanitas de tus muñecas, mis tacones tus escaleras para llegar al cielo; si no comprendo la importancia de tus saltos en la cama, a pesar de los quejidos del viejo colchón de muelles, o tu necesidad de otro cuento, y otro más, y otro... hasta que llegue el hada de los sueños; por haber perdido la noción de tu tiempo sin prisas.

Absuélveme de incomprensiones absurdas, cuando no logro deducir que tus amigas se ven más lindas si les untas mi única caja de maquillaje - en el fondo, nunca iba a usarla -; que tu familia de ositos huele muy bien usando mi perfume, aunque ahora solo quedan sus añicos en el suelo; que aquellos documentos que dejé a tu alcance se ven mucho mejor con tus dibujos.

Comprende mi ignorancia por no saber que la nevera es un mundo mágico, que con colocarte sobre una silla y tomar un poco de escarcha entre las manos, ya no necesitas ir a Europa para entender la historia de "La reina de las nieves"; mi impericia por no saber apreciar las obras de arte que dejas en mis paredes, los arco iris que recortas en mis sábanas...

Disculpa mi impaciencia cuando no entiendo tu lenguaje, tan perfecto, o no he sabido explicarte bien, en ese idioma que me enseñas cada día, aquella duda que tenías acerca del lugar donde duermen las estrellas.

Perdóname mi amor, por ser adulta y olvidar a veces mi propia infancia.

Mamá






CINCO MINUTOS A SOLAS CON LAS MUSAS


Le pedí a la princesa majadera que me diera cinco minutos de absoluta tranquilidad, silencio incluido, para poder escribir un cuento que me venía rondando desde por la mañana.

Sería injusto negar que ella tiene siempre la mejor voluntad de complacerme. El diálogo que sigue, lo fui anotando en mi agenda mientras intentaba concentrarme en el cuento.

- Sí, mamita linda, yo te quiero mucho y me voy a portar bien. No voy a hablar para que escribas tu cuento... ¿Cuánto demoran cinco minutos?

No puedo explicarle que demoran exactamente cinco minutos, así que marco el despertador para que suene al concluir ese lapso, se lo entrego y me vuelvo a sentar frente a la pantalla en blanco.

- ¡Ah! Ya entiendo... bueno, dame un libro y me porto bien.

Le entrego un precioso tomo de fábulas de varios autores, así tiene para escoger.

- Mamá, ¿cuánto suman cuatro más cuatro más cuatro más cuatro?

- Son dieciséis - y al ver que espera algo más de mí -, ¿por qué lo preguntas?

- Para que me busques la página dieciséis.

No más abrir la página comienza a leer en voz alta y yo intento hacer abstracción.

- Mamá, este escritor esta loco... ¡Decir que los zorros y los cuervos comen queso!

Evidentemente no le preocupa mucho que sepan hablar, ni que sean capaces de argucias o bromas de mal gusto; sólo le llama la atención el equívoco con la alimentación. Eso es síntoma de que...

- Debería haber helado de queso y de galletas con mantequilla, tengo hambre, ¿no habrá quesito por ahí?

Me incorporo de nuevo, le sirvo unas galletas con queso, un vaso de agua y vuelvo a mi teclado.

- Mamá, ¿los caballos son herbívoros?

- Sí - respondo lacónicamente.

- Préstame un papel para dibujar un caballo... - algo adivina en mi expresión cuando le entrego papeles y rotuladores - ¿Me estoy portando bien?

- Más o menos.

- ¿Y qué vas a hacer si me porto mal?

- Te voy a sacar un pasaje para Nunca Jamás.

Creo que he ganado unos minutos de silencio, pero he subvalorado su capacidad de reacción.

- No puedes, eres grande y olvidaste como se llega.

Pruebo a no responder. Las frases que siguen son pronunciadas una tras otra, con un segundo apenas de intermedio:

- ¿Falta mucho para que yo sea grande?
- Las brujas no saben matemática, cuatro más cuatro más cuatro más cuatro es igual a cuatrocientos cuarenta y cuatro.
- ¿De qué están hechos los caramelos de miel?
- El caballo me salió mal, quédate quieta que voy a dibujarte.
- ¡No escribas!
- Estás quedando preciosa... mírame... eso...
- Ahora sonríe.
- Tú eres mi mejor amiga.
- Voy al baño, no, mejor no voy y hago otro dibujo.
- Mamá, si me porto bien y escribes tu cuento, ¿vamos a ser famosas?
- Mañana es jueves porque hoy es miércoles.
- Cuando seamos famosas vamos a vivir en una casita rosada, al lado de un árbol y vamos a tener un cachorro.
- Mi cachorro se va a llamar Pixie, ahí lo llevo de la mano y tú llevas la cartera.
- No hay sol porque no encuentro el color amarillo.
- Ayer Daniel se portó mal y por su culpa me regañó la maestra, no lo voy a poner en el dibujo.
- En Nunca Jamás no hay maestras.
- Las cigüeñas no toman sopa, yo tampoco.
- Anoche soñé que estaba durmiendo y no podía abrir los ojos.
- Vamos a poner mis dibujos en tu cuento, los termino y te los doy
para que les hagas fotos.
- Verás que cuento famoso más lindo con mis dibujos.
- Los extraterrestres son del mundo real y los unicornios son fantasías.
- Como somos tan felices, pinté también un corazón.
- ¿Tú no estás brava, verdad?

Se levanta con sus dos creaciones en una mano y el plato vacío en la otra; se acerca con cautela a donde yo, pantalla en blanco al frente y agenda llena de garabatos al lado, acabo de pedirle a las musas que me disculpen y regresen otro día, preferentemente en horario escolar.

En ese preciso instante, suena el despertador.

- ¿Viste que bien me porté? - me dice con la mejor de su sonrisas.





CASTILLO


Cada verano, en la calle que me vio nacer, aguardaba impaciente los camiones de la poda. Veía caer las frondas de mi amado almendro, segura de que no le dolían, porque era como cuando cortaban las puntas de mis largos cabellos; una forma de ayudarlos a crecer más fuertes.
Luego venía el momento de arrastrar las inmensas ramas a mi patio, ayudada por mi abuelo. Hacer con ellas un castillo, descubrir la luz filtrándose a través de sus oquedades, los cambios que operaba la magia en la piel de una lagartija, el brillo de un insecto; el olor, el increíble aroma de la savia
truncada, el suave andar de la cochinilla en la palma de mi mano.

Un día entero en que me mantenía en el trono, recibiendo la visita de mis ilustres amistades; a la mañana siguiente las ramas, ya secas, eran echadas al basurero.
Nadie tiene idea de lo que se puede hacer en una jornada dentro de una fortaleza de hojas, si no ha permanecido tanto tiempo en una. Se podía merendar, en dependencia del menú y de las hormigas. Estaba permitido jugar, los soldados de plomo de mi primo se intercambiaban con piezas de un juego de té o animales de granja en miniatura. Las jirafas pastaban junto a los iglúes y los trineos de plástico que heredé de mi hermano.
Verde fortín donde era reina, ama, gobernanta de un mundo solo mío, tan efímero como un giro de la Tierra. Repetible cada año, esperado como se esperan las lluvias y el florecimiento de las cosechas. Tan constante en su llegada que pudo parecer infinito, en aquellos momentos en que el tiempo parecía no transcurrir y desesperábamos por crecer, hacernos mayores, tener nuestros propios dominios.

Un día, sin que mediase una razón, no hubo más palacio de hojas. Las ramas cortadas permanecieron, tranquilas, en espera del camión que venía tras el de los podadores a recogerlas. Ni siquiera me di cuenta de que había transcurrido el momento de construir mi castillo, estaba demasiado sumida en
pensamientos de otra índole...

Había dejado de ser princesa.





UN DESEO PARA SARAH


La maestra me está esperando a la salida de las clases, imagino por su expresión que para nada bueno será.

- He pedido a los niños que escribieran su mayor deseo, la mayoría puso la paz mundial, que se acabara el hambre en el mundo, que no hubiera desastres naturales... y mira qué egoísta suena lo que ha elegido Sarah.

Me entrega, sacándola de un grupo, una hoja de cuaderno donde reconozco la letra de mi hija:

"Quiero ser millonaria".

Advierto que por detrás tiene algo escrito, le pregunto a la maestra si lo ha leído y me responde que no, que la indicación era poner por escrito un solo deseo, debajo del nombre de cada cual.

Volteo la hoja y leo: "Porque si soy muy millonaria puedo comprarles medicinas a todos los niños del mundo para que no estén enfermitos, libros para que puedan ir a la escuela y leer cuentos cada
noche, comiditas para que no tengan hambre, abriguitos para que no sientan frío, juguetes como bicicletas, dinosaurios, muñecas y pelotas, y mascotas como perritos y gatos. Y todos seremos muy felices".





DE VIAJE


La familia de Dorka se prepara para un fin de semana de excursión, cada uno hace sus valijas, es poco tiempo, por tanto no pueden menos que sorprenderse cuando la niña pide una mochila extra.

- ¿Para echar qué? - le pregunta la madre.

Ella comienza a enumerar objetos y razones: una linterna por si se pierden, un imán "para atraer ondas buenas", diez libros para sobrevivir al aburrido viaje - es necesario llevar muchos, para tener posibilidad de elegir -, unas gafas de sol para cubrir el horizonte con "visión mágica", una cámara fotográfica rota para jugar a los espías, un cordón largo para poder sacar a la familia si cae en un pozo, una tijerita para poder cortar las cuerdas cuando los tomen prisioneros... y sus siete muñecas, bastante
grandes.

- Todo eso cabe en tu bolsa, si lo acomodas bien, excepto los libros, que pueden ir en el coche y... tal vez si te decidieras por una sola muñeca... - intenta convencerla la mamá.
- ¡Qué fácil es todo para ti! - responde suspirando -. Les dije que me iría el fin de semana y me llevaría solo a una de ellas... ¡Y no te imaginas la rebelión que me han formado!





TRADUCCIÓN


Gabi lleva un buen rato jugando a los médicos con su muñeca y repite la palabra "lesión". Los padres se sorprenden de ese lenguaje tan maduro y para cerciorarse, le preguntan "qué tiene la bebé".

- Una lesión en la piernita, pero pronto se pondrá bien.
- ¿Y dónde escuchaste esa palabra? - pregunta el padre, que continúa admirado.
- Lo dijo una enfermera en mi escuela.
- Pero, ¿sabes su significado? - insiste él.
- ¡Ay, papito! - suspira ella ante la necesidad de tener que explicar lo evidente - ¡Lesión significa "enfermedad" en inglés!





LA MEJOR HORA PARA DESPERTAR


Termina la semana de receso escolar, voy haciendo los preparativos para recomenzar. Llega el momento de ajustar el despertador y le pregunto:

- Sarah, ¿qué crees? ¿Lo pongo para las seis y media como siempre, o un poquito antes para irnos acostumbrando?

La respuesta no se hace esperar:

- ¿Y no podríamos ponerlo para las 8 de la mañana de la siguiente semana de vacaciones?







PETICIÓN DE MANO


Comenzando el tercer grado, Allan se aparece en la casa de Olivia, y le dice a la madre que está "aprovechando que está sola" para pedir su mano. La mamá, que simpatiza con el niño y sabe de su fascinación por su hija, le responde.

- Está bien, te doy permiso para que seas su novio. - reflexiona - pero no entiendo por qué Olivia no me lo dijo antes.
- Es que ella no lo sabe - responde Allan, muy serio.
- ¿Cómo?
- En preescolar, después de una reunión de padres, nos vio jugando y me dijo que antes de ser novio de Olivia tenía que pedirle permiso a usted. Eso estoy haciendo.






ALGO MUY OBVIO


Ha comenzado a llover y a tronar, aprovechando la ocasión, le pregunto si quiere que le explique acerca del rayo y el trueno. Niega a la vez con la cabeza y con el dedito índice.

- No hace falta, ya lo sé.
- ¿Lo aprendiste en la escuela? - estoy admirada de lo rápido que van... solo está en preescolar.
- Por supuesto que no, mamá, "siempre lo he sabido". En el cielo
viven dos enanitos, Rayo y Trueno. Rayo juega a asustarnos con su linterna,
Trueno lo hace con su martillo.







ÁNGELES GUARDIANES


Extravío constantemente mi camino, sin remedio, al punto de que si me detengo a contemplar algo, no puedo recordar qué dirección llevaba. Me he perdido a dos cuadras de mi casa, para no hablar de los sitios que frecuento poco. En el extranjero soy feliz, pues se considera natural que pregunte
constantemente cómo se llega a un lugar, pero imaginen tener que preguntar cómo llegar a mi hogar, al regreso de la panadería.

Cuando mi hijo Ray era pequeño, me daba pena decirle que no tenía noción o instinto alguno para orientarme. A veces un camino de 300 metros se convertía en un kilómetro. Cuando me percataba de "que había vuelto a pasarme", le inventaba una excusa: lo había llevado hasta ahí para mostrarle
aquel edificio, o aquel parque, aquel vitral o aquel monumento...

Tendría cinco años aquella tarde en el zoológico, yo no lograba encontrar el camino que me llevaba a la puerta. Habíamos visto por segunda vez la jaula de los gorilas, y yo le había explicado "que quería hablarle un poco más de esos seres tan inteligentes".

Pero ahora, por tercera vez, nos enfrentábamos a la mirada escrutadora del simio.

- Es que - traté de inventar una excusa -, olvidé decirte que...

- No te preocupes, mamá - dijo mi ángel guardián con una sonrisa comprensiva, señalando una escalerita de piedras con el índice - la salida queda para allá.







EL ARTE DE CRECER


En la casa de al lado viven tres hermanitos, él tiene siete, la mayor de las niñas cinco y la menor aún es una bebé, recién comienza a andar y a balbucear palabras coherentes. Cada vez que llora, solo se le escucha gritar "¡Mamá, mi mamá!".

En medio de uno de sus llantos, escucho al hermano:

- ¡Tengo unas ganas de que aprenda a hablar del todo, para que cambie de palabras!
- ¿Estás loco? - le responde la hermanita del medio, demasiado lista para su edad - ¡Cuando aprenda a hablar podrá dar las quejas!







MIS DOS PRÍNCIPES


Mi hijo mayor quiso hacerle un mal chiste a la hermana:

- Sarah, te voy a hacer una adivinanza: Juan y Dame fueron al río, Juan se ahogó, ¿y quién quedó? - el objetivo es que ella dijera "Dame" y él le propinaría un papirotazo.
- ¿Era "Juan me tiene sin cuidado", el personaje de la canción, y por eso se cayó... por no hacerle caso a su abuelita?
- No, Sarah, era otro Juan.
- Pues si era Juan el de los frijoles mágicos, lanzó un frijolito, creció una mata larga, muy larga, y pudo salir del río... y si era Juan Sin Miedo, no se asustó y salió nadando.
- Era otro Juan que no conoces...
- ¿Y el río estaba muy hondo? Porque los niños no deben salir solos a los lugares peligrosos.
- El río era hondo y tal vez Juan y Dame no eran niños.
- ¿Iban en un botecito que naufragó?
- No, Sarah - la paciencia se le agota -, escucha bien: Juan y Dame fueron al río, Juan se ahogó, ¿y quién quedó?
- ¿Eran dos amigos?
- Es posible...
- ¡Entonces el otro lo ayudó a salir del agua! Los amigos siempre se dan la mano, eso dice mi mamá.
- No, mi hermanita, atiende, mírame fijamente a los ojos: Juan y Dame fueron al río, Juan se ahogó, ¿y quién quedó?
- ¡Una muchacha que los vio y llamó a los rescatadores! Vinieron y los salvaron a los dos, se hicieron amigos de la muchacha, vino la prensa y les hizo una entrevista, ¿sí? - sonríe encantadora.
- ¡No, Sarah, por favor! - está visiblemente atormentado - Se supone que tenías que decir: ¡Dame!

Sarah le dio un coscorrón y salió corriendo.






LENGUAJE DE ADULTOS


Una amiga tiene, entre sus recuerdos de viajes, un incensario dorado. Su nieto, en plena edad de escuchar historias, le preguntó qué era aquello. Ella decidió aprovechar para contarle la de "Aladino y la lámpara maravillosa". El niño le preguntó si de aquella lámpara que ella tenía también saldría un genio. Mi amiga negó con la cabeza, un poco frustrada. Él la consoló, apoyando la manita en su hombro:

- No te preocupes, abuelita, tu lámpara es amarillosa.

Una compañera de estudios de mi hijo, demasiado joven aún para pensar en ser madre, se ofreció a cuidar a la sobrinita para que los padres pudieran ir a una función de teatro. Entre las mil recomendaciones que le dio su hermana, hizo hincapié en que la niña debía tomar, a una hora determinada, una cucharada de jarabe.

Todo estuvo bien hasta que llegó la hora del medicamento. Pasó por intentos de chantaje, amenazas, promesas. para sus cuatro años, ella tenía una capacidad de negación increíble. Desesperada, buscó el manual y comenzó a leerle los beneficios que le aportaría a su organismo tomar aquella fórmula.
La niña le quitó el papel de las manos y le dijo, mirándola a los ojos:

- Tía, si es tan bueno, ¿por qué no te lo tomas tú?







HORA DEL BAÑO


Andy, de tres años, odiaba tener que abandonar sus juegos y entregarse al baño. Aquel día la madre se lo había pedido, exigido, suplicado, sugerido... unas veinte veces. Impaciente, lo tomó de la mano y lo llevó a la bañera.

Ante lo inevitable, hizo un puchero. Apenada, ella le preguntó qué le pasaba con el aseo personal:

- ¿No ves que es muy difícil? - le dijo, sollozando.

- Andy, ¡tú no sabes aún qué significa difícil!

- Claro que lo sé - respondió el niño - Difícil es antónimo de facilísimo.

Y hablando de baños, en mi caso era lo contrario. Mi hijo mayor, solía pasar más de una hora en la ducha, había que sacarlo con los dedos arrugaditos.
Una tarde, al ver que había gastado en una sola tanda todo el jabón, perdí los estribos.

- Pero mamá - argumentó mi pequeño sabio, señalando su cuerpo, que aún no medía un metro - ¿tú tienes idea de la cantidad de células que he tenido que lavar?





PRIMER AMOR


Estábamos en el preescolar, yo tenía cuatro años y él cinco. Su fila se cruzó con la mía, íbamos en direcciones opuestas y no pudimos apartar la vista uno del otro hasta que se cerraron las puertas de nuestras aulas. En el receso nos buscamos con la mirada, incapaces de hablarnos aún, sintiendo aquella extraña fascinación que ninguno de los dos había experimentado antes.

Al sonar el timbre, corrí a donde me esperaba mi abuelo y le conté lo que sentía; él, con la calma y la sabiduría que siempre lo acompañaron, me dijo que la mejor solución para el amor era declararlo, ¿quién sabe si era correspondida? Me señaló con picardía al niño, que venía caminando hacia nosotros de la mano de un señor canoso. Había hecho la misma confidencia a su abuelo y recibido igual consejo. Con la venia de los abuelos, en su complicidad maravillosa, comenzamos a "ser novios".

Nuestro noviazgo consistía en regresar juntos de la escuela hasta mi casa.
Su abuelo llevaba sus cuadernos para que él pudiera cargar los míos, mientras nos dábamos la mano. Por el camino siempre nos contábamos algo de lo sucedido en el día, comentábamos alguna película o algo que viéramos a nuestro paso. Nos despedíamos en la puerta, yo me quedaba diciéndole adiós hasta que se tornaba un puntito al final de la calle.

Una tarde, me comunicó que ya no podía cargar más mis libros, ni acompañarme hasta la puerta de mi casa, porque sus padres se lo llevaban la semana siguiente a un país "del otro lado del mar".

"Pero - me dijo con los ojos llenos de lágrimas -, creo que todavía podemos seguir siendo novios, aunque no nos veamos más, aunque no sepamos escribir cartas. dice mi mamá que el primer amor nunca se olvida".







AMOR DE ADULTOS


Laura, de cinco años, está enamorada de un niño de su aula, llamado Ferrán. Regresan juntos de la escuela, al amparo de las madres que los miran con orgullo:

- Me dijo Laia que ya tiene novio - dijo Laura, "tentando el terreno".

Silencio del otro lado de la mano. Tal vez una mirada furtiva. Pero las mujeres, de cualquier edad, no nos rendimos tan fácilmente.

- ¿Tú y yo no podemos ser novios también?

- No, porque somos amigos - responde Ferrán en tono determinante.

- ¿Y eso que tiene que ver? - insiste ella.

- Que los amigos se divierten y juegan juntos, pero los novios tienen que hacer... lo mismo que hacen los padres...

- Está bien - respondió rápidamente Laura - ¿Y qué hacen los padres?

Ya estaban las dos madres asustadas ante la inesperada precocidad del niño, cuando él respondió:

- ¡Se enfadan y discuten todo el tiempo!







LA RESPUESTA CORRECTA


Si tuviéramos a mano la respuesta exacta, el comentario preciso y atinado... Ellos siempre lo tienen.

Ray, a los cuatro años, solía preguntarme, al final de cada película: "¿Las tortugas ninjas existen?" "¿Peter Pan vuela?" "¿Los ratones saben bailar?" "¿Los gatos tocan piano?" "¿Los perros saben jugar cartas?"... La explicación se resumía en que todo era posible en algún rincón de la fantasía. Le daba un margen para que comprendiera que la ilusión hace la vida más hermosa. Al final, resumíamos las respuestas en una frase: No es verdad, pero es bonito.

Llegó un día en que las preguntas pasaron a otro género; quería saber por qué el sol calentaba, por qué caía lluvia... hasta que llegamos a: "¿Dónde estaba yo antes de nacer?" Pensé en el viejo mito de las cigüeñas, en la imagen de un hada con un pequeño en brazos; pero los tiempos han cambiado y él se merecía la mejor de mis explicaciones.

Comencé la historia de un bebé en miniatura, creciendo dentro de mí como una semillita... la barriga crecía hasta parecer una calabaza, un día él anunciaba que quería salir al mundo, dándome empujoncitos con la cabeza.
Llegué exitosa al final, casi me vi de nuevo saliendo del hospital con él en brazos.

- ¿Estás contento con la explicación?

- Sí - me respondió, mientras se encogía de hombros -, pero te olvidas que dentro de tu barriguita no hay "oxígeno respirable". No es verdad, pero es bonito.







SENTENCIA...


Había derramado sin querer un cucharón de sopa sobre la meseta de la cocina. Pensando que estaba sola - Sarah dormía la siesta -, comencé una absurda pelea con mi torpeza, mientras limpiaba el reguero de fideos y caldo.

- ¡Mira lo que has hecho! - dijo a mi lado una vocecita airada -
¡Eso no se hace! ¡Voy a llamar a la policía!

Acabada de despertar, me miraba con las manos cruzadas y las cejas fruncidas, sumándose al enojo.

- Sarah, encima de lo que me ha pasado, ¿me vas a regañar? - le dije, compungida.

- No es a ti... - me miró con amor, para después volver a tomar la expresión enfadada - ¡Es con esa cuchara!

Y tomando el cucharón en la mano, le dijo:

- ¡A partir de hoy estás castigado! ¡No te usaré más para comer chocolate!






ASUNTOS DE FAMILIA



La mamá le ha regalado un teléfono de juguete y le sugiere que llame a su primo, le salude y le pregunte por toda la familia. Él, marca los numeritos indicados y comienza su monólogo:

- Hola primo, te llamo para saludarte, ¿cómo está tu mamá? ¿Y cómo está tu papá? ¡Qué bueno que están bien! ¿Y cómo están mis abuelitos? ¿Y cómo estás tú? ¿Y cómo está tu primo?

Llegada esta parte la madre lo aparta del juguete y le llama la atención:

- Pero hijo. ¡tú eres su único primo! ¿Cómo vas a preguntar por ti?
- Mamá, me has pedido que pregunte por "toda la familia", ¡y yo soy parte de ella!





DIBUJOS INFANTILES


Cuando nacemos somos grandes artistas... son los mayores quienes nos van torciendo el genio. Un día le pedí a Sarah que hiciera una ilustración para una fábula sobre un burrito. Partió diligente con sus lápices y su libreta de dibujos rumbo a la sala, de donde volvió con la imagen de un animalito, que si bien semejaba un burro, tenía la mitad del cuerpo verde, la otra mitad amarilla, y ostentaba unas hermosas alas de libélula.

- Sarah - le dije - ¿no te pedí que me dibujaras solamente un burro?

- Mamá - respondió -, ese es solamente mi burrito.

Por suerte, al escritor le encantó y no tuvimos que demorar más la publicación.

Poco después me llegó un poema sobre un unicornio y le encomendé la tarea de ilustrarlo a Rafael, de 9 años. Me envió el dibujo de un hermoso caballo blanco... sin cuerno. Le hago la observación y, ¿saben cuál fue la respuesta? ¡Que ya lo unicornios no usaban cuernos!

Hablando del tema con un grupo de madres, una de ellas me dijo que su hija había pintado un león sin boca. Al llamarle la atención acerca del detalle faltante, la niña le contestó:

- ¿Tú estás loca? ¿Y si me muerde?

Otra me contó que en una ocasión, le pidieron a su hijo en la escuela, que dibujara un árbol, una casa y una familia. El chico entregó el dibujo de un árbol inclinado y una casita de puertas cerradas.

- Pero, creo que has olvidado pintar la familia - le dijo la maestra.

- Maestra, es obvio - comentó señalando al árbol -, había mal tiempo y tuvieron que meterse en la casa.

Otra pidió a su hija de cuatro años que le hiciera un dibujo, ella respondió, que sólo dibujaba "por pasión y no siguiendo órdenes"... Así son.

Hace unos años, le sugiero a Sarah que ilustre un cuento sobre una princesa.
Esta vez la sorpresa fue peor. Me trajo una ranita verde como el perejil.

- Mi amor... ¡esto no es una princesa! - me apresuré a decirle.

- Tranquila, no te preocupes, deberías leer más cuentos de hadas - respondió calmada -, si le das un besito, se convierte en princesa.






TOCAR LAS ESTRELLAS CON LA PUNTA DE LOS DEDOS


Cada vez que iba al parque de diversiones, corría a La Estrella.
Aquella rueda giratoria, grande como un edificio, era mi favorita entre las atracciones.

Cuando comenzaba a subir, lentamente, experimentaba una desesperación casi dolorosa por llegar a la cima. Al sentirme en el punto más alto, levantaba los brazos y sentía que podía tocar las estrellas.

Luego se iniciaba el descenso y con él un cosquilleo en lo que hoy sé que es un importante chakkra. Ignorante de otra filosofía que no fuera la de mi invención, cerraba los ojos y dejaba que el vértigo me penetrara, subiera hasta la frente, encendiendo luces de colores en mi interior.
"Si morir es tan fácil, no tengo por que temerlo"... me decía mientras experimentaba la extinción de mi ser para fundirme con el Universo.

Concluida la rotación del astro metálico, era depositada en el suelo y mi antiguo miedo a la muerte regresaba con punzante insistencia.

Y yo corría a comprar más entradas, para iniciar una nueva vuelta.







EDUCACIÓN PARA LA VIDA


Sarah esta en pleno romance con Anthony, su amigo del alma, compañero de aula y de juegos. Todos los días dibuja una pareja de niños tomados de la mano, rodeados de corazones, estrellas y caritas felices; abajo, con su letra torpe de seis años, pone los dos nombres y algún lema como "felices por siempre", "novios contentos", o algo por el estilo, me tiene el refrigerador lleno de dibujitos, que pega con imanes.

¡Sí que le ha dado fuerte! Me hace recordar mis amores de primer grado, cuando ser novios no pasaba de enviarnos papelitos por debajo del asiento y compartir la merienda debajo de un árbol, o ayudarme a llevar los libros.

Pero hoy las cosas van un poco más adelantadas, acabo de escuchar este diálogo entre Sarah y mi madre, quien se encuentra de visita y le está repasando la lectura.

Hay una frase en el libro que dice: Ana tiene pena. Sarah la lee lentamente, se vuelve, la mira y le pregunta:

- Abuelita, ¿y de verdad tú tienes pena?

- Claro - responde mi madre- tú también tienes pena a veces, ¿o no?

- ¡Por supuesto que no! - exclama Sarah rápidamente, para sorpresa nuestra - Pena tiene Anthony.

- ¿Por que Anthony sí, y tú no? - la interroga de nuevo la abuela.

- Abuelita - le explica con paciencia - pena es esa cosita que tienen los varones entre las piernas.







OLVIDO INVOLUNTARIO



Ahí estaban, mirándola interrogantes. Sabía que no podía demorar más la noticia. Isa había preguntado tres veces por qué no iba al hospital a llevarle ropas limpias, Ale imitaba a la hermana y la perseguía tirándole del vestido, repitiendo "¿Y papá? ¿Y papá?". Si tuviera la máquina del tiempo la emplearía para saltar unos minutos después, cuando estuviera dicho. Los tomó de la mano, los llevó a la terraza, desde donde se contemplaban las flores del jardín.

Hizo sonar las campanitas de cerámica que con tanto amor había colocado él para espantar a las malas sombras que traían pesadillas. Se sentó en el sillón mientras dos pares de ojos la contemplaban expectantes. Llenó de aire los pulmones... sentía que la crisis de asma se le encimaba, como cada vez
que tenía que revivir los últimos días.

- Ale - miró al menor, de tan sólo tres años... ¿cómo hacerle entender?

Optó por decirlo del modo más directo, tal vez la edad lo ayudara a no sentir el alcance de la frase:

- Papá se murió.

- ¿Dónde está papá? - fue la respuesta.

- Papá ya no está. No lo vamos a ver más. Tuvo un accidente y se puso muy enfermito. se ha ido al cielo, como la tortuguita Cleo.

- ¿Y no le vas a llevar la ropa? - dijo el niño, resistiéndose a comprender.

Se secó una lágrima rebelde. Sentó al hijo en sus piernas, lo abrazó.

- Ale, donde está papá ya no necesita ropas, ni flores, ni dulces.
Es un lugar...

- Mamá - se escuchó, como un susurro venido de muy lejos, la voz de Isa.

- Isa, por favor, tú eres la mayor, tienes que ayudarme, tenemos que explicarle a Ale...

Una mano delgadita se posó sobre la suya, obligándola a levantar la vista.
Tremendamente pequeña, demasiado madura por los días viendo sin comprender, tratando de ser un apoyo a no sabía qué, inmensamente triste por lo que acababa de descubrir, desde sus seis años, la miraba la hija.

- Mamá, yo también soy una niña.






MANTÉNGASE ALEJADO DEL ALCANCE DE LOS NIÑOS



A veces quisiera colgarme esa frase en el cuello. No quiero estar "al alcance" de algunos diablillos que conozco, a pesar de que los adoro.

Sarah se comió varios caramelos de café. El sobre advertía que contenían cafeína, motivo más que suficiente para que lo colocara bien alto, a resguardo de manitos infantiles, y para que ella hiciera una de esas torres de sillas y cajas que luego le regalan chichones en la frente...

Esta vez tuvo éxito, cuando la descubrí, había a su alrededor nada menos que catorce papelitos vacíos, anunciando el banquete. Llamé a la pediatra, que me dijo que solo la observara, pues "no era tan alto el contenido en cafeína".

A las doce de la noche, todavía estaba saltando sobre el colchón y repitiendo sin parar: "Ya va a salir el sol, ya va a salir el sol, ya va a salir el sol". Al día siguiente todos reíamos el acontecimiento, pero a mí
no se me curaba el susto.

Una amiga, a modo de consuelo, me contó que para salir a pasear tenían que turnar a sus hijos, pues con los dos juntos no podían a la vez. En una ocasión que aún recuerda, tenía al menor con fiebre tan alta que tuvo que ser ingresado. Lo dejó con el esposo, prometiéndole volver pronto pues "ya se sabe que los hombres se ponen muy nerviosos en estas situaciones", fue a la casa a recoger algunas mudas de ropa limpia. Se le acercó entonces el mayor, de cinco años, que había quedado momentáneamente al cuidado de una amistad, venía con las manitas ocultas tras la espalda.

- Mamá, para que tú veas que soy un niño bueno, y no me tengas que llevar al médico como a mi hermanito, me tomé todas las vitaminas "C".

Y le mostró un paquete vacío de 20 tabletas, que ella creía guardados en lugar seguro... Regresó al hospital en cuestión de minutos, para un lavado de estómago de urgencia. Al menos logró que a los dos los ingresaran en camas contiguas, así todo quedaba en familia.







JUGUETE


Ana María fue una niña muy pobre, hasta a los quince años no se puso un par de zapatos. Aprendió a leer entre los doce y los catorce, trabajando de conserje en una escuela, espiaba las clases por la ventana, repitiendo en voz baja las lecciones; antes de limpiar el pizarrón tomaba restos de tizas y trataba de dibujar las letras, a los dieciséis ya fue capaz de leer una novela, todavía recuerda como le nacieron sus primeras alas.

No podía soñar con tener un juguete. A los siete años, trabajaba en una finca vecina a cambio del almuerzo y comida para su madre y hermanitos.
Parte de sus funciones consistían en abrir y cerrar el portón donde las crías de ganado aguardaban a que terminara el ordeño para ir a alimentarse.

Un día llegó un nuevo inquilino, un potro precioso, apenas separado de su madre. La niña quedó encargada de su cuidado. Tomó un inmenso afecto al potrillo, que le hacía mimos mientras ella lo cepillaba y acariciaba su suave crin. Lo llamó Juguete, ya que nunca tendría otro. Pronto comprendió, que aunque el amor que sentía por su madre y hermanos no mermaba, el que profesaba por el caballito era cada vez mayor.

Cierta vez, en su casa, escuchó hablar de una prima que estaba de novia. Los comentarios versaban alrededor del muchacho, muy bueno, trabajador, honrado, que la quería mucho...

- Yo también tengo novio, es muy bueno y me quiere mucho - dijo de pronto.

- ¿Y quién es, señorita, si se puede saber? - le preguntó su madre.

- Un caballito de la finca donde trabajo.

Los mayores prorrumpieron en risas sin darle otra explicación. Tuvo ella que preguntar al dueño de la finca qué había en su frase que motivara tantas burlas, él le explicó que las personas se hacen novios solamente de otras personas, como los gallos de las gallinas, las vacas de los toros...
Convencida entonces de que su amor era de otra índole, siguió cuidando de Juguete.

La noticia de que debían mudarse a un pueblo bastante alejado, debía dejar su trabajo en la finca y buscar otro, la golpeó una noche. Por ser la mayor, tuvo que ayudar en la recogida. Mandaron a uno de sus hermanos con el recado, ella no pudo siquiera despedirse del caballito.

Pero la nostalgia la corroía por dentro. Un día no pudo más, y en vez de ir a la casa donde ahora trabajaba, comenzó a desandar el largo camino que recordaba haber cruzado para llegar a esta nueva casa.

No era lo mismo en carretón que andando, los pies se le ampollaban, pero la voluntad de ver por última vez a su amigo color canela era más fuerte. Al caer la tarde, atravesó un naranjal y divisó la finca.

La encontraron en la puerta, transida de dolor y cansancio. El dueño de la propiedad, que había llegado a tomarle afecto, la llevó cargada para el interior, lavó y curó sus pies y le dio a beber un vaso de leche tibia.
Cuando la vio más recuperada, le preguntó que hacía allí, tan lejos de su casa.

- Vine a despedirme de Juguete.

El caballito había sido vendido. El dolor de la niña fue tan fuerte que sintió que algo la atravesaba por dentro, como un puñal, y perdió el sentido.

Esa noche la devolvieron a su casa, uno de los peones la llevó en una carreta. La golpiza fue doble, de la madre, por haberse marchado sin decir a dónde iba, del padrastro, porque había faltado al trabajo y ese día no habría paga.

Pero estos dolores no importaban, porque uno mayor anidaba en su interior para no abandonarla nunca. Juguete, con sus alegres corcoveos y su enorme cabeza apoyada en su hombro, le había hecho descubrir el amor, el duelo y ahora se resistía a mostrarle el camino del olvido.







APLASTANTE LÓGICA INFANTIL


Ando de lo mas feliz con un libro recién comprado de poemas de José Ángel Buesa. Sarah me pregunta qué estoy leyendo y, aprovechando su curiosidad para introducirla en el mundo de la poesía, le recito: "pasarás por mi vida sin saber que pasaste"

- Ah, sí... - responde ella - ¡pues pasó muy mal si ni siquiera se enteró!

Creo que esto le ganó a aquello de: "Mamá, préstame un bastoncillo de algodón, que tengo el oído lleno de ruidos", o a las que me dijo mientras pasábamos por las calles vecinas al cementerio y en una visita al zoológico:
"El cementerio es un lugar que sirve para que pueda morirse la gente" y
"La cebra es hija de un caballo que se casó con un pijama".






PROTESTA


Sentía un inmenso placer por sorber el agua de la esponja del baño.
No valían regaños, amenazas, advertencias sobre microbios. Le gustaba empaparla hasta que se hiciera muy pesada y exprimirla sobre su rostro, con la boca bien abierta. No entendía qué podía haber de malo en ello.

Un día, sin previo aviso, desterraron del baño su querida esponja y colocaron en su lugar un guante de felpa que sabía a artificio plástico.

A modo de protesta, intentó suicidarse. Cuando llegaran sus padres a secarlo, lo encontrarían tendido sobre las losas... Probó el jabón, pero le dio náuseas, el talco le provocó tos y casi lo descubren, sorber la tubería le supo a algo viejo y oxidado, como el sombrero del vendedor de periódicos.
Los perfumes y cremas de afeitar estaban algo lejos. De las cuchillas de su padre, ni hablar; no le gustaba un final sangriento. Golpeó su cabeza varias veces contra la pared y solo logró un enrojecimiento en la frente...

Comprendió que desear morir era una cosa, y llevarlo a efecto otra muy distinta. La vida, al arrancarle el talismán que le permitía sentirse el Rey Tritón sorbiendo el océano, acababa de darle su primera lección.

Cuando la madre entró al baño con la toalla encontró a un duende de seis años, acurrucado contra una esquina de la bañera, llorando entre lo que reconoció como los restos de un guante de felpa.







TAROT


La princesa majadera ha decidido "estudiar" el Tarot. Comienza por pasar las cartas, leyendo sus nombres en alta voz, va intercalando sus comentarios.

- El Loco, ¡mira eso, un loco en una baraja, debe ser interesante!
El Mago... no tengo que estudiarla porque sé muy bien lo que es un mago...
El Emperador, es sinónimo de rey, monarca, soberano - me mira orgullosa de sus conocimientos -... La Emperatriz... ¿quién es ella?
- La esposa del emperador - le explico.
- ¿El sumo sacerdote? - se le nota molesta, van dos que no conoce y eso no es justo, al menos desde su punto de vista.

Le señalo un libro que ella ha hojeado, sobre la estancia del Papa Juan Pablo II en Cuba.

- Ya capto... La Sacerdotisa... - lo piensa bien, no quiere reconocer que tendrá que preguntarme de nuevo y saca sus propias conclusiones - ¡Ya sé, la esposa del Papa!







SABER DÓNDE ESTÁ EL PELIGRO


Dora se cayó de la bicicleta, se golpeó una rodilla y le pidió a sus padres no ir a la escuela al día siguiente. Estuvieron de acuerdo, pero al despertar, pidió que la dejaran montar de nuevo su bicicleta.

- ¿Cómo es posible - le pregunta su madre -, si hace unas horas te quejabas de tanto dolor que no podías ir a la escuela?
- Verás - responde ella mostrándole su rasponazo -, con esta herida, tal vez no sobreviviría entre tantos niños, pero en el parque, a solas con mi bici, lo máximo que me puede acontecer es que sufra otra caída.






LECCIÓN


Aunque Pablo vio que su compañero de pupitre estaba copiando su examen, lo dejó hacer. Mas a la hora de las notas la maestra anunció que el copiador había sacado 100 puntos y él 95... se miraron los dos, perplejos, sin decir palabra, cualquier comentario podía delatarlos.

A la salida de clases la maestra les hizo señas de que se rezagaran. Cuando se vio a solas con ellos les dijo:

- Tú, has sacado 100 por copiar de tu compañero sin faltas de ortografía y sin que yo me percatara, y tú - dijo a Pablo -, has perdido cinco puntos por dejar que otro te robara los conocimientos.






DECADENCIA DE UNA ESPECIE


Dejo a Sarah en la puerta del colegio. Cuando me dispongo a marcharme la veo regresar con un niño alto, delgado y de enormes ojos.

- Te presento a Braulio - me dice contenta.
- Hola - me dice el niño abombando el pecho.

Apenas puedo responder a su saludo, mi hija habla de nuevo.

- Él tiene el mismo poder que yo, de convertirse en dragón cuando llega la noche.
- ¡Qué bien! - es lo único que se me ocurre decir.
- Nos vamos a reproducir - me comenta el niño.

Por suerte no tengo tiempo de desmayarme, ellos vuelven a la carga.

- Sí, ya está todo pensado, cuando cumplamos treinta años, vamos a tener un hermoso huevo con dos dragoncitos gemelos, así perpetuamos la especie.
- Ya no quedan muchos dragones en el mundo - me explica Braulio -, y en nuestra isla, sólo nosotros dos.






SABOREANDO LA VIDA


Veo, plantado en el medio de la acera, a un precioso niño de unos cuatro años saboreándose a lengüetazo limpio las dos manos, primero una, luego otra... a su lado, el abuelo conversa con un jardinero, sin percatarse.

El niño me mira y se ríe.

- Están deliciosas, ¿verdad? - le pregunto.
- ¡Riquísimas! - me responde y se las guarda en los bolsillos...

Sigo el camino riendo, y el abuelo me mira, sin entender nada de nada.






EXPULSIÓN


Dora pide a su mamá que la deje hacer una casita con las sillas del comedor y algunas sábanas. Inicialmente iba a protestar por el reguero, mas siente que despierta en ella ese niño que llevamos dormido. Ayuda a armarla, se sienta en ella con la hija y le pregunta para quién ha sido construida:

- Aquí vivirán unos animales muy cariñosos, que han sido atacados por fuerzas malignas, yo soy la responsable de su cuidado, tendré que esperar la llegada de un mago que viene de otra estrella a curarlos...

De pronto su expresión cambia, mira fijamente a la madre.

- Mami, ¿qué haces aquí "con nosotros"? ¿Has olvidado que ya creciste?

La mamá sale de la casita, expulsada de Neverland, sin tener siquiera un mapa con el camino de regreso.






ESTRATAGEMA


Lo habían dejado después de clases, era merecedor del castigo y lo sabía, había rayado el pupitre en un arranque de rabia.

Sintió carraspear a la maestra a sus espaldas, miró sobresaltado, pero en su expresión nada denotaba que le había visto.

- Me acaba de surgir una complicación - le dijo -, estás libre, pero te quedas mañana.

Al día siguiente contempló salir a sus condiscípulos. La maestra salió también, por unos instantes, y volvió con una cajita de zapatos.

- Ayer me fijé, cuando te fuiste, que tu pupitre estaba "muy marcado". Por más que lo pensaba, no encontraba la razón, hasta que comprendí que el pupitre solo estaba intentando llamar tu atención...
¿Comprendes lo que quiso decir? Te decía "soy tu amigo, sin importar cómo te sientas"; todos necesitamos un poco de simpatía, aunque a veces no sepamos cómo pedirla - y le extendió la caja.

Adentro encontró papel de lija, una brocha y un pomito con barniz.






TODO ES LO QUE PARECE


Como Adán, tienen esa visión fresca que les permite descubrir y renombrar el mundo. Para ellos un pino no es un pino, sino un arbolito de Navidad que creció demasiado, una libélula puede ser un elfo o un hada.

Llevé a Sarah a jugar en un parque cercano, donde hermosos árboles centenarios ciernen la luz con sus brazos, cubriendo de sombra todo terreno.
Los niños de varias generaciones nos hemos ocultado en las oquedades de su tronco, hemos cabalgado en sus ramas, nos hemos columpiado en sus lianas, que solíamos anudar para convertir en hamacas. Tras observarlos con detenimiento, me dijo:

- Mamá, creo que ese gigante de la derecha nos está mirando.

En otra ocasión descubrimos, en un montón de escombros, una pluma blanca demasiado grande para pertenecer a los pájaros y aves de corral que, hasta el momento, constituían su universo de seres alados. La solución fue sencilla:

- Mira, mamá - me dijo alzándola - ¡Encontré una pluma de elefante!







ADIVINARSE DOBLE


Es la hora de la cena y Gabi está bizqueando intencionalmente, como un juego. El papá le pide que no lo haga y ella, enderezando los ojos, le pregunta por qué.

- Porque lo ves todo doble: dos neveras, dos mesas, dos platos, dos mamás...
- ¡Qué bien! - aplaude ella bizqueando de nuevo y siguiendo a la madre que está ocupada poniendo la mesa - ¡Entonces tendré dos mamás... una para que haga el trabajo de la casa y la oficina, y otra para que juegue conmigo!






REALIDAD O FANTASÍA


Creíamos a Sarah dormida mientras veíamos un programa de televisión. El sonido la despertó y logró espiar los primeros minutos, antes de ser descubierta y llevada de regreso a su camita. Le costó trabajo conciliar el sueño, preocupada porque había presenciado la escena de un accidente doméstico. Solo sabía decir: "Pobrecito el niño, se quemó las manitas".

Por más que le explicábamos que aquello no era real, ella insistía en "que sí, el niño se quemó, las manitas le dolían mucho, yo lo vi llorando". Su papá intentó explicarle que lo que había visto era ficción, fantasía, actuación... y ella a porfiar, "yo le vi las lagrimitas, él estaba llorando de verdad".

- Vamos a ver, Sarah - le dijo él -, mírame a los ojos y concéntrate: ¿Recuerdas aquella obra de teatro en la escuela, en que tú hiciste de La Cucarachita Martina?

Asentimiento silencioso, con cara de "¿A dónde irá a parar todo esto?"

- Pues bien, eso es actuación. Tú eres Sarah, ahora y en aquel momento, siempre, aunque actuaras como la Cucarachita Martina.

- Papá - le respondió con enfado -... ¡Yo era la Cucarachita!





MATEMÁTICAS


Los padres casi siempre queremos adelantar algo de lo que nuestros hijos aprenderán en la escuela, sobre todo si ellos muestran buena disposición. Lo importante es que se vea como un juego, no como deber o castigo.
Carmen encuentra siempre el momento de repasar matemáticas a su hija Laura.
Las improvisadas clases se iniciaron desde que la niña tenía tres años, "dado su espíritu inquieto y su afán por aprenderlo todo". Comenzaron por el conocimiento de números, conjuntos, comparaciones, hasta que pasaron a las sumas y las restas de pequeñas cantidades.

Para que la lección no fuera tal, sino un entretenimiento más, se hacía con caramelos. "A ver, Lau, si yo tengo dos caramelos y tú me regalas tres...", "Si tengo cuatro caramelos y te doy uno...", terminando siempre con la obligada pregunta de ¿cuántos quedan? Llegó un momento en que no hicieron falta los objetos físicos, pues ya era capaz de abstraerse y realizar la operación.

A ella le divertía tanto el juego que quería practicarlo todo el tiempo.
Pronto los sorprendió al demostrarles que no sólo era capaz de responder, sino que proponía ecuaciones, siguiendo el mismo estilo. Una noche dijo:

- A ver, mamá, si tú tienes tres caramelos y yo te pido uno, ¿cuántos te quedan?

- Dos.

- Y si tienes uno, y te lo comes... ¿qué te queda?

- Ninguno - dijo la madre, dispuesta a introducir el concepto del cero.

- Pero mami - estalla en risas, colocándole "algo" en la mano -, sí te queda... ¡Te queda el papelito!






EL REGALO


Cuando aún no dominaba totalmente el lenguaje, a mi hija le gustaba comunicarse través de dibujos que denotaban sus sentimientos. Tenía una especie de alter ego: un payasito. Ora juega con otros niños, ora hace malabares con pelotas, ora sonríe mientras hace equilibrios, ora se siente frente a un enorme pastel.
Los que conozcan a la princesa majadera saben que le basta con el tono de mi voz para adivinar mis sentimientos. En las pocas ocasiones en que la regaño, la tristeza le dura tanto que me remuerde la conciencia, sólo mi aspiración a ser una buena educadora me ayuda a no transigir.
En aquella ocasión tomó un frasco de cristal y salió corriendo por toda la casa. Tomé el recipiente, lo puse en alto y le dije, muy seria: "¡No lo hagas más, las niñas lindas no hacen eso!".

Se marchó, cariacontecida. Cuando daba el incidente por olvidado, me trajo el dibujo del payaso con la sonrisa invertida y una enorme lágrima a punto de caer, con él venía toda la pena que sentía por haber hecho algo que no fuera de mi agrado.

- Hoy el payasito está triste - me dijo antes de regresar a sus páginas en blanco, que como cajas cerradas, siempre encierran sorpresas.






INTERPRETACIÓN ERRÓNEA


Oscar se acerca a su mamá:

- Mami, regálame una caja de cigarros.

La madre se asusta y le echa un buen sermón acerca de los malos hábitos, los peligros de querer imitar lo que se ve en las películas... Él la escucha con paciencia. Cuando ella termina, se saca del bolsillo un montón de rectángulos de papel con dibujitos y letreros hechos por él, y le dice, suspirando:

- Si me hubieras dejado terminar... quiero una caja de cigarros vacía, de las que tú y papá fuman completas, para guardar en ella mis "cartas de la pirámide de la luz".






EN EL MERCADO


Nicolette acompaña a su madre al mercado, le gusta ir empujando el carrito. Aguanta con paciencia las quejas de su progenitora acerca de la subida de los precios, la baja calidad de las conservas, lo malas que le han salido las servilletas... Finalmente, aprovecha una pausa y señala con la
punta de la nariz hacia la fila donde se amontonan las golosinas.

- Bueno, ya que terminamos con el drama, ¿podemos pasar a la parte divertida?






ACEITUNAS


Cuando tenía once años conocí a uno de mis mejores amigos. La intuición me dijo que estaba tan solo como yo. Nos cuidábamos como ángeles guardianes. Una tarde me dijo:

- ¿Sabes? A veces me viene a los labios el sabor de la aceituna.

Lo miré, sorprendida, pensaba que aparte de una amiga que vivió en Italia, nadie más entre nosotros había degustado las aceitunas.

- No sabía que habías comido aceitunas - le dije.
- Nunca las he probado - sonrió -, por eso cuando me viene ese sabor desconocido, pienso que muy bien puede ser el de las aceitunas.





FANTASÍA


Fuimos a ver una adaptación de Pinocho, con actores infantiles.
Como me dio pena verla llorar ante las desventuras del pobre muñeco de madera, la llevé en el entreacto a conocer al protagonista. Él se portó a la altura de las circunstancias, incluso se dejó abrazar, varias veces. Pero cuando hizo falta volver a escena, no había modo de desprenderle a Sarah.
Optamos por explicarle que los personajes eran actores siguiendo un texto, la casita de Gepetto un decorado, el grillo un títere... ella insistía en que aquel era "El Pinocho real del libro".
Como una solución emergente, la instructora, que acababa de hacer su entrada al camerino, hizo señas al joven actor para que se quitara la máscara con la narizota. Emergió de ella un caballerito de unos ocho años, que dijo sonriente:

- ¿Y ahora, Sarah, te convences?

- ¡Claro, siempre lo supe! - dijo para nuestra sorpresa, regresando muy tranquila a su asiento.

Cuando llegamos a la butaca, le comenté que a veces las personas se confunden, sin que esto signifique un mayor problema.

- Claro, mamá, yo te perdono cada vez que te equivocas... pero ¿viste como Pinocho se transformó en un niño de verdad cuando se lo pidió el hada?






LÓGICA CONCLUSIÓN


La mamá de Josué ha luchado por mantenerle la creencia en los reyes magos. Año tras año, entre los dos hacen la carta, él espera con ansia la fecha y despierta con los regalos al pie de la camita. Pero justo cuando es capaz de escribir su primera cartita sin ayuda, regresa cabizbajo de la escuela:

- Dice la maestra que los reyes son los padres.

No sabe como reaccionar. por suerte, demora en responder, porque el niño no ha terminado su historia:

- No le dije nada para no llevarle la contraria, pero sé que es mentira, ¡tengo la prueba de que los reyes existen!

De nuevo se ha quedado sin palabras, pregunta con un gesto. El niño la mira, extrañado de tener que dar una explicación tan evidente:

- Mamita, ¿de dónde tú y papi van a sacar tres camellos?





LA BRUJA


La había dejado en casa porque tenía gripe. Aprovechando que abrí la puerta, se asomó al balcón, escoba en mano, con mi sombrero de pajilla encasquetado, invocando a los cinco elementos y saludando al sol naciente.
Luego hizo una preciosa reverencia, dirigida a los niños de la escuela primaria que tengo al lado, reunidos en el patio por algún importante motivo.
Divertidos, los que estaban en las filas más cercanas voltearon el rostro y corrieron la voz; en cuestión de segundos toda la escuela estaba vitoreándola. Ella les advirtió a viva voz que era una hechicera buena y no había por qué temerle... que pronto bajaría a cumplir sus deseos.

Los alumnos no, pero las maestras sí deben cuidarse de sus sortilegios, gracias a su brillante actuación se interrumpió un discurso muy serio que estaba pronunciando la directora. El desorden generado fue tal que tuvieron que enviarlos de regreso a sus aulas.






CONFESIÓN


Diez años de convivencia con Lucy, que comenzaron en el momento en que la trajo al mundo, han sido suficientes para adivinar cuando se avecinan las grandes tormentas... Ésta es una de esas ocasiones.

- ¿No vas a terminar el desayuno? - un sorbito pausado y sin ganas corrobora su preocupación - ¿Pasa algo?

- Tengo un gran problema, pero no tengo a quién contárselo... - responde la niña.

- Todo problema tiene una solución, comienza por tener confianza en mí - dice, tratando de ocultar su preocupación.

- Es algo terrible, no sé realmente si quieres oírlo, si estás preparada, si me vas a querer igual después, o si me mires de otra manera...

- Basta, Lucy - la interrumpe, cada vez más inquieta -. Eres mi hija. Eso significa que te quiero no importa lo que hagas, ni los errores que puedas cometer...

- ¿Por terribles que sean?

Suspira, sintiendo que la quiere más que nunca, pero que tal vez no alcance a tomar su mano con la suficiente ternura para darle el valor que necesita.

- Por terribles que sean tus errores, eres mi princesa Lucila, dime qué te ha sucedido, porque no tengo el poder para adivinarlo.

- Déjame voltear la espalda - acompaña la frase con el gesto - es que... que yo... Sé que nunca voy a ser la misma para ti, pero... No sé dividir.

- ¿Qué? - atina sólo a responder, tratando de ocultar la sonrisa de alivio, sintiendo que hubiera dado la vida por ella.

- Que tu princesa Lucila no sabe dividir. Cuando la maestra me pone una división, tengo que escribir las tablas de multiplicación al lado y desandar el camino, porque no sé hacerlo de otro modo ¡Y eso es tan vergonzoso para alguien que está en quinto grado!






LA MAGIA DE LA SEMILLA


Suelo preguntarle a mi hija, en el camino de regreso de la escuela, qué hizo durante el día. Estando en el jardín de la infancia, me respondió:

- Hicimos magia.

No hubo forma de sacarle más información. Como el Pequeño Príncipe, prefiere formular preguntas, o cambiar el tema. Al día siguiente me dijo lo mismo. Cuando ya no podía más de curiosidad, vino la explicación.

- ¡Ya nació!

- ¿Quién, mi Caperucita? - le llamo así cuando le pongo un abrigo rojo con capucha - ¿Nació un gatito? ¿la hermanita de Lorena?

- No, mamá. Hace días pusimos una semillita en algodón, le echamos agua y la pusimos donde le diera la luz. Ayer se rompió el frijolito y se asomó una hojita verde. Hoy había una planta pequeñita así - me mostró el tamaño con las manos - ¡Hicimos la magia de la semilla!

¿Qué es sino magia, el misterio de la vida?






EL PINTOR Y SU OBRA


Estaba impartiendo un Taller de Creatividad Infantil, apoyada por Ray, tres años mayor que nuestros "alumnos", cuyas edades oscilaban entre los seis y los siete. Era un taller muy libre, los que quisieran o se sintieran capaces de escribir, podían hacerlo, los demás hacían dibujos, figuras de plastilina, inventábamos juegos de mesa. Los dibujos se exponían en un mural improvisado y con los cuentos hacíamos libritos que dejábamos en la biblioteca de la escuela.
Un día, uno de mis pintores me dice, colorado hasta las orejas:

- Maestra, dice mi mamá que "cómo puede agradecerle lo que está haciendo por mí".

No era primera vez que un padre intentaba pagarme por este trabajo, al cual dedicaba gran parte de mi tiempo libre. Yo no necesitaba otro pago que las caritas sonrientes de los niños.

- Dile que si quiere me dé las gracias, como hacen ustedes al final de la clase, que está bien así.

- Es que dice mi mamá "que usted se esfuerza mucho por nada y hay que ser agradecidos" - me insistió.

En ese momento descubro que mi interlocutor llevaba uno de sus dibujos en la mano, un malabarista en una bicicleta.

- Bueno, si te parece bien, me puedes regalar ese dibujo tan lindo que acabas de terminar.

El cambio de su expresión me dio a entender que no quería desprenderse de su obra.

- O podemos hacer una cosa: yo espero a que tú crezcas y, cuando seas un pintor famoso, me regalas uno de tus cuadros.

- ¿Usted está loca, maestra? - protestó el artista - ¡Cuando yo sea famoso no regalo nada... lo vendo!





NO ES FÁCIL CRECER


Mostraba a Sarah varias fotos familiares; en una de ellas aparezco embarazada de ocho meses, cargando a la hija recién nacida de una amiga.
Ella conoce a la niña, han jugado juntas. algo no anda bien.

- Mamá, ¿dónde estaba yo? ¿Por qué no aparezco en la foto? - pregunta.

Creo que es un buen momento para iniciarla en los misterios del nacimiento y le digo, con tono muy natural, "estabas en la barriguita de mamá".

- ¡Ay, mami! - exclama asustada - ¿y como llegué hasta ahí?

Pienso comenzar a explicarle, pero ella saca sus propias conclusiones:

- Seguro Jacqueline hacía mucha bulla y yo me escondí ahí dentro para que me dejara jugar tranquila. ¡Todavía es y no para de hablar!

Como si fuera poco, ve una foto en que yo aparezco cumpliendo que seis años.

- ¿Quién es esa nené tan linda? - me interroga de nuevo.

- Soy yo, cuando era pequeña.

- ¿Tú fuiste pequeña? - me mira sorprendida.

- Todos fuimos pequeños alguna vez. Tu hermanito fue un niño, yo fui una niña, abuela Ana fue una niña...

- ¡No! - me interrumpe apenada - ¿Mi abuela también? ¿Y qué le pasó?







CHOCOLATE Y MATEMÁTICAS


A la mamá de Ariel le habían regalado una caja de bombones, la caja estaba en el cuarto, apenas la abrió el primer día para tomar uno y darle otro al niño. Tres días después, se le acerca él:

- Mamita, ¿vamos a jugar a las matemáticas?
- Está bien - responde ella - ¿me explicas el juego?
- Intercambiamos bombones - le dice colocándole uno en la mano -, yo te doy un bombón a ti, tú me das uno a mí.
- ¡Qué bien! - exclama ella, pero el niño toma el bombón y se lo introduce en la boca a toda prisa.
- Ya está. se acabó el juego.
- Pero, ¿qué tiene que ver esto con la matemática? - pregunta.
- ¡Muy fácil! Uno menos uno es igual a cero, ¿no es así? ¡Ese era el último bombón de la caja!







PEQUEÑOS MANIPULADORES


Manipulan nuestro afecto con sus sonrisas, sus miradas... Si esto sucede con los padres, ¡qué dejamos para los hermanos mayores! Hermano menor es, por definición: la persona que más amamos y más odiamos en el Universo.
Ray se estaba preparando un batido de chocolate. Sarah, de cuatro años, se paró a su lado y le pidió con sonrisa encantadora "que se lo regalara".
Lógicamente, él no quiso. En tono menos cordial, le pidió "que se lo prestara un ratito". Como es algo que no puede ser prestado, el hermano le dijo que no.

- ¡Eres el pedazo de tonto más... - gritó en tono airado, pero al ver que el hermano colocaba un segundo absorbente en su jarro y se lo acercaba, concluyó con el tono más dulce imaginable - ... más lindo y más bueno que he visto en mi vida!







¿POR QUÉ SIEMPRE LAS HORMIGAS?


¿Estarán condenados estos soldaditos incansables a nuestras torturas? Un amigo me cuenta que de niño pasaba las vacaciones en casa de una tía; lo que más le gustaba del lugar es que tenía un patio de tierra, con un oxidado tiovivo y un hormiguero bajo una mata de mango.
Contra todo pronóstico, su mayor placer no era girar en el tiovivo, sino quemar hormigas. Hurtaba para ello lupas, fondos de botella... a veces se colaba algún niño vecino por encima de la cerca y lo ayudaba a crear pequeñas fogatas. Se complacían especialmente en quemar la entrada del hormiguero.
Pero las manías incendiarias del visitante veraniego terminaron cuando, a falta de otro lente de aumento, tomó los espejuelos de la tía. Tuvo la mala suerte de dejarlos caer al suelo, uno de los cristales se rompió.
Ese verano pasó el resto de las vacaciones encerrado en la casa. Los niños del vecindario lo miraban con pena desde el otro lado de la verja, sin atreverse a saltarla, ante el temor de quedar también confinados a un montón de revistas viejas y un televisor en blanco y negro.
Él miraba con nostalgia el tiovivo, triste sin niños que arrancaran música a sus goznes oxidados, a la sombra de la mata de mango donde ahora se enseñoreaban las hormigas.






SABIDURÍA INFANTIL


Los niños vienen a la vida con una sabiduría anterior, que van perdiendo en la medida en que tienen que acomodarse a lo que se les inculca... Sus conceptos son tan nítidos que tienen la belleza de lo
elemental.

Con tres años, Sarah se me acercó y dijo:

- Mamá, quiero el mundo.

Después de aguantarme una perorata sobre la imposibilidad de poseer el universo y la belleza de lo inalcanzable, me señaló un sacapuntas en forma de globo terráqueo que estaba un poco más arriba que la altura que le proporcionaban sus pies en puntillas: " Mamá... ese mundo".

A la misma edad, Nicolette pidió a su madre "poner las estrellas en el techo del cuarto". También pasó por la explicación. La escuchó con una paciencia que ya quisiéramos ostentar los adultos, abrió la manita y le mostró unas estrellitas de colores que había recortado. Sólo quería que le ayudaran a pegarlas en el techo.





SABIO CONSEJO


El niño de los vecinos se ha dado un buen cabezazo intentando escalar un muro. Acude la abuela, algodón y desinfectante en mano, a curarlo en el patio, donde hay más luz. La escucho darle este consejo:

- Mi amor, cuando vayas a romper de nuevo una cabeza, trata por todos los medios que no sea la tuya.






LENGUAJE MÉDICO


Mientras me observaba guardar un medidor de presión digital en su estuche, mi hija me preguntó qué era aquello.

- Es un esfigmomanómetro - le dije, esperando su acostumbrada ristra de preguntas, que en el fondo me divierte.

Curiosamente, guardó silencio. Cuando la abuela vino a visitarnos, le dijo muy bajito:

- Mi mamá tiene un estuche rojo donde guarda el universo.

Y volviendo a ese lenguaje misterioso que hablan los doctores... Estaba de visita un médico amigo; como Sarah estaba acatarrada, le pedí que la reconociera. Al verlo sacar el estetoscopio, ella dijo, con tono entendido:

- Eso es un telescopio.

- No, Sarah - le explicó él amablemente -, es un estetoscopio, los telescopios son para ver los astros, esto es para ver cómo andan tus pulmones, tu corazón...

- O sea, es un telescopio para ver las estrellas que llevo dentro - concluyó.







A QUE TÚ NO PUEDES...


Tenía una cabeza inmensa. Los niños le hacían burlas, le ponían traspiés. Él nunca protestaba, nunca se defendía, se incorporaba, se sacudía el polvo y seguía sin mirar atrás.
Muchas veces escuché la frase "A que tú no puedes". Era el reto de los más osados, dirigido a nosotros, los niños criados con remilgo. Pronto aprendí que hay cosas que no podemos y otros sí; al tiempo que somos capaces de habilidades que para nuestros osados compañeros significan más que un reto.
Ante el "a que tú no puedes", respondía: "y tú no puedes tocar el piano".
Por lo general daban la espalda, en busca de una nueva víctima.

Pero "El Globo" no había aprendido aún esta lección. Yo nunca lo molesté, lo llamaba por su nombre, me daban pena los abusos de que era víctima, pero tampoco moví un dedo para evitarlos. Ese tipo de coraje lo adquirí después.

Aquel día un grupo de niños se subió a un árbol. Los "caseros" envidiábamos su agilidad felina, el agarre preciso, el estiramiento de las extremidades hasta el punto justo, la ausencia de vértigo o sentido del peligro... Hacían competencia hasta sentarse a horcajadas en una rama, cada vez más alta. El Globo, como yo, observaba desde abajo. Uno de ellos le gritó la famosa frase.

- ¡Oye, Globo, a que tú no puedes!

- Yo sí puedo - dijo con voz trémula.

- ¿Qué tú dices? - le gritó otro desde las ramas.

- ¡Que yo sí puedo! - gritó

Ante nuestra consternación, comenzó a trepar. Muy despacio, tanto que me causaba desesperación, se fue elevando. Nadie se atrevía a hablar.
Finalmente llegó a una rama segura y logró sentarse en ella, estuvo varias veces a punto de caer, pero encontró el equilibrio. Lleno de arañazos, el rostro embarrado, sin atreverse a bajar la vista por miedo al vértigo, El Globo sonreía.

Los que estaban en las ramas altas bajaron, protestando porque "el cabezón lo echó todo a perder" y se marcharon derrotados. Los espectadores se aburrieron de la contemplación de la proeza y se fueron alejando. Quedamos, El Globo en las ramas, demostrando que él si podía y yo abajo, en espera de
la ausencia de público para buscar un adulto que lo ayudara a bajar. pero algo trascendental había sucedido ese día y, para él, ya nada sería igual.






EL SITIO DONDE SE ESCONDE EL ALMA



- Abuelita... ¿qué cosa es el alma?

Ella se queda pensando. Hay cosas muy fáciles de explicar: por qué no alcanzamos el horizonte, por qué la luna y el sol nunca se encuentran, por qué florece en primavera... pero a veces sentimos que conocemos algo y, al tener que darle explicación, comprendemos que no somos más que niños grandes. La nieta espera, impaciente, golpeando el suelo, ora con la punta del zapato, ora con el tacón.

- El alma es algo lindo, pero muy misterioso - responde con suave voz -, está dentro de nosotros, no nos abandona nunca, la sentimos, pero no se ve...

- Ya sé - dice tomando la mano de la abuela y poniéndola sobre su corazón de siete años -, está aquí.








LECCIÓN APRENDIDA



A veces nos olvidamos de que están ahí. El exceso de ocupaciones, la falta de tiempo, las prisas, el resto de la familia, la profesión, algún malestar... justificantes válidas, pero lo importante es que, a pesar de
esto, ellos están.

Una tarde, mi hija se me acercó. Yo estaba fregando apresurada, pues aún me quedaba por editar una montaña de documentos.

- Mamá, ¿qué estás haciendo?

- Estoy fregando, Sarah, ¿no lo ves? - dije sin prestarle mucha atención.

- ¿Te puedo ayudar?

Por lo general, la dejo tomar algún recipiente plástico y hacer como que friega, pero esta vez le pedí que me dejara sola. Se acercó entonces a su papá:

- Papá, ¿te puedo ayudar?

- Aléjate de aquí - respondió él, sumergido en un montón por archivar.

Fue al cuarto del hermano, quien estaba preparando un lienzo, en medio de un reguero de tintas, recipientes con agua, tubos de spray, pinceles y carboncillos. No más entrar, ni siquiera tuvo que formular su pregunta, fue puesta de patitas en la puerta, con la encomienda de ocuparse de sus propios
asuntos.
La vi venir, cabizbaja, llevando en brazos su coyote de peluche.

- Coyote, ¿qué estás haciendo? - le preguntó.

- Estoy jugando solito, Sarah, nadie me quiere - habló el coyote.

- No pienses eso, yo sí te quiero, ¿te puedo ayudar? - dijo Sarah.

- Sí, Sarah, muchas gracias, ¡ya estoy contento! - respondió el coyote.

Comprendiendo la lección, dejé a un lado cualquier otra "prioridad" y corrí a abrazarla.







LA NOVELA DE PABLO


Aylén me había pedido permiso para traer a mi taller literario infantil "a un amigo escritor que se llama Pablo". Como me sospechaba, el escritor medía poco más de 120 centímetros. Venía con un cuaderno escolar bajo el brazo.
Hechas las presentaciones, pasamos a la lectura de los nuevos textos. Aylén traía un poema a su guitarra, Michel una oda a las golondrinas, Giselle una carta a su mamá, Eleanne un cuento futurista... Así llegamos a Pablo.

- Se trata de mi última novela - dice orgulloso, abriendo la primera página.

Esperaba cualquier género menos éste. Con mucho tiento, pensando en lo que le llevaría una lectura, comencé por decirle que me parecía un género demasiado serio para un escritor tan joven, me respondió que él era un persona seria; pasé a argumentar que era demasiado difícil, me respondió que a él le gustaban los retos; le pregunté si estaba empapado en las características de una novela.

- Claro. esta novela es policíaca, tiene muchos personajes, y no se resuelve el crimen hasta el final.

Me pareció que algo así merecía la pena ser estudiado, si un niño de ocho años era capaz de escribir una novela policíaca y mantener el suspense hasta el último momento, podíamos estar presenciando el nacimiento de un genio...
Aylén asentía con la cabeza, como adivinando mis pensamientos.

- Pablo, creo que nos interesará mucho disfrutar de tu novela, pero... ¿no podrás leerla de capítulo en capítulo, para disfrutarla poco a poco, y así poder administrar mejor el tiempo de que disponemos?

- Imposible - me respondió con sonrisa enigmática -. Mi novela se desarrolla en un solo capítulo.

¡Genial, sin dudas! Habría que encontrar otra solución:

- ¿Puedes leérnosla, entonces, en grupos de diez páginas?

- Imposible... - dijo de nuevo, ahora descorazonado.

La pregunta sin formular revoloteaba los rostros. Pablo estaba colorado hasta la punta de las orejas.

- Es que... es que... ¡mi novela sólo tiene nueve páginas!







MALA NOCHE


Me adivina la cara de cansancio, llevo toda la noche velándole la fiebre.

- No me digas que no has dormido... - me dice preocupada.
- Así es - le respondo - he pasado la noche vigilándote.
- Pero mamá - sonríe -, tenía fiebre y me dolía la cabeza, ¿a dónde se supone que me iba a ir?






REMEDIO


Julián fue un niño excepcional, sobre todo para las matemáticas. A los tres años, lo sorprendieron circulando con un rotulador "los números siete del almanaque", a los seis inventó un teorema (publicado en una revista), a los siete, iba por la calle murmurando algo ininteligible. La madre, sorprendida ante el soliloquio, le preguntó:

- ¿Qué haces, hijo?

Él le hizo seña de que guardara silencio. Pasaron tres autos, volvió a murmurar y, tomándose un respiro, respondió:

- Disculpa, mami, es que voy sumando las matrículas de los carros que pasan.

A esa edad, tuvo una perreta. Él era muy dulce y obediente. La madre adivinó que estaba copiando "la herramienta manipuladora" que había visto usar al hijo del vecino. Ideó un remedio a la altura de su pequeño genio:

- ¡Vamos corriendo para el médico! - gritó abalanzándose sobre la cartera y tomando al niño de la mano, arrastrándolo rumbo a la puerta.

- ¿Por qué, si no me duele nada? - respondió Julián, suspendiendo al momento la rabieta.

- Es que se te ha pegado la enfermedad del vecinito - dijo, tocándole la frente, con expresión preocupada.

- Y tú... ¿cómo lo sabes? - preguntó, tan asustado que ni siquiera recordaba por qué había iniciado la pataleta.

- No sé - la madre cambió a un tono más tranquilo -, de momento me pareció que tenías los mismos síntomas, pero ahora veo que puede que me haya equivocado... Vamos a dejarte todo el día en observación y mañana veremos si te has contagiado o no.






TODO ES SEGÚN EL COLOR...


Mi hija emergió del cuarto con el rostro y los brazos pintados con rotuladores. He pasado por paredes, puertas, muebles, sábanas decoradas a su antojo, pero lo de pintarse el cuerpo me pareció el colmo.

- ¡Pero Sarah! ¿Qué cosa es eso? ¿No te das cuenta que los pintores pintan en papel, que los libros de colorear son de papel, que las libretas son de papel?... ¡El cuerpo no se pinta!

- Ah... ¿no? - respondió - ¿Y qué me dices de cuando te pintas los ojos y los labios?






DE PESQUERÍA


Me habían llamado a la dirección para darme una reprimenda por conversar en clases. Era un mal menor, aun así me intimidaba la figura gruesa y severa del director. A mi lado, en el sofá de los condenados, estaba Mina, una niña famosa por sus travesuras, alguien que una "niñita buena" como yo, admiraba en silencio, a sabiendas de que jamás podría igualar sus hazañas.

El director se demoraba... Mina me miró:

- ¿Vamos a jugar? - me dijo.

- ¿A qué? - algo se traía entre manos, nunca hacía nada derecho.

Con la barbilla señaló la mesa frente a nosotros, adornada con una pecera llena de pececitos dorados.

- Nos vamos de pesquería.

Comencé con cierto temor, los peces insistían en escapar de mis dedos. Me fui entusiasmando y comenzamos a sacar pececitos, que íbamos colocando en el suelo, en dos filas, la de ella y la mía. Los contábamos, para ver quién había hecho una mejor pesca. Podía sentir el viento salado azotando mi
rostro, mientras los dedos se me ampollaban de tanto sostener la caña.

- ¿Qué está pasando aquí?

La voz me regresó a tierra. Mina lucía la más encantadora de sus sonrisas. "Nada"... le dijo con vocecita angelical. La mirada acusadora se posó en mí, ocupada en esconder con los pies el fruto de nuestra pesca. Por una vez en la vida supe mentir, la aventura compartida me había dado valor.

- Nada...

- Muy bien, por hoy las perdono porque me tengo que ir con urgencia - se atusó el pelo grasiento -, no quiero saber por qué están aquí, pero como vuelvan a caer en este sofá... ¡el castigo será doble!

Se marchó, dejándonos a solas. Nos miramos y reímos. Antes de salir, logré convencer a mi compañera de pesquería de devolver los peces a su hogar.







ELECCIONES



Lleva toda la tarde preparando tacitas de té y cucharillas para montar una escena de "Alicia en el país de las maravillas".

- Mamá, en la merienda de locos, ¿quién es tu personaje favorito, la Liebre o el Sombrerero?

Lo pienso detenidamente.

- La Liebre Marceña, ¿y cuál es el tuyo?
- ¡Alicia! - dice sin necesidad de pensarlo.
- Pero Sarah - replico - eso no es justo... ¿por qué no me dijiste que podía escoger también a Alicia?
- ¡Porque es mi obra de teatro, soy la directora y es justo que me quede con el mejor personaje!







REGALO DE NO CUMPLEAÑOS


Un toque como aleteo de mariposa, lo saca del sueño.

- Papá... Papá, despierta, te tengo un regalo de cumpleaños...
- Pero Anita, ¿de dónde has sacado que hoy es mi cumpleaños? - responde desperezándose.
- Ayer me dijiste que... que.
- Bueno, lo que vale es la intención, a ver ese regalo.

Ella le tiende un papel con un garabato informe. Él lo mira desde todos los ángulos posibles.

- Voy a necesitar tu ayuda, está muy lindo tu dibujo, pero... ¿qué es?
- Una silla.
- Mira, amor, ayer me dijiste que querías ser pintora como papá, ¿recuerdas?
- Ajá - asiente ella muy atenta.
- Pues los pintores antes de dibujar tienen que hacer una detallada observación del objeto que van a pintar, ¿me entiendes?

Ella mira cariacontecida su dibujo.

- ¿No te gustó mi regalo, papi?
- ¡Me gustó mucho! Pero quiero enseñarte a hacerlo mejor. Ve al comedor, mira bien la silla y dime qué es lo primero de ella que te llama la atención.
Obedece, contenta con el juego.

- Tiene dos cositas para poner los brazos y una cosa para poner la espalda.
- Bien, esos son los brazos y el espaldar. Vuelve y dime qué más ves...
- Tiene algo rojo para sentarse y patitas para pararse...
- ¡Bravo! Eso rojo es el cojín, y las patitas... ¿cuántas me dijiste que eran?

Corre de nuevo y vuelve jadeando con cuatro dedos en alto.

- Eso es: una silla tiene cuatro patas, un espaldar, un asiento y dos brazos. Ahora que sabes tanto... ¿Qué vas a pintar para complacer a papá?

Se marcha corriendo. Al rato vuelve y le entrega un papel con un nuevo garabato.

- Pero, amor mío, ¿qué es esto?
- ¡Una rosa!






LAS BUENAS Y LAS MALAS


Por dejarla trastear mi calculadora, ésta ha dejado de funcionar.

- ¿Recuerdas aquello que me explicaste del reciclaje? - me pregunta - ¿qué tal si me la regalas para usarla como juguete?

En cierto modo tiene razón, a pesar de lo caradura de la propuesta.
La dejo llevársela para su cuarto. Al rato regresa.

- Te traigo una buena y una mala noticia, ¿por cuál comienzo?
- Se suele comenzar por la mala, pero vamos a ir directo a la buena - le respondo.
- Tanto di a las teclas que volvió a funcionar.
- ¡Qué bien! ¿Y cuál es la mala?
- ¡Que ahora tendré que prestártela cada vez que la necesites!







CUANDO SEA GRANDE...



Nos hicieron mil veces la pregunta cuando éramos pequeños, se la hacemos hoy a nuestros hijos y sobrinos, a los hijos de los amigos... pero ¿cuántas veces hemos escuchado la pregunta viniendo de un niño a otro?

Ray y su mejor amigo, un año mayor, sostenían largos diálogos mientras jugaban. En una ocasión escuché este intercambio de neuronas entre ambos:

- ¿Qué vas a hacer cuando seas grande? - preguntó Daviel, de cinco años.

- Ingeniero constructor de robots - respondió con aplomo mi hijo - ¿Y tú?

- Yo voy a ser "automático".

Ray, que acababa de cumplir cuatro, se quedó mirando al amigo. Luego levantó las cejas con cara de ¿qué es eso?, y su interlocutor le explicó, con la paciencia de un hermano mayor.

- Los automáticos son personas que van a otros países para que esos países se hagan amigos de su país.

- Pues yo... - el mío no sabía como emular una carrera tan importante -, cuando sea ingeniero constructor de robots, le voy a hacer un robot a mi mamá que haga todas las cosas de la casa, después voy a hacer uno para que tu mamá no tenga que trabajar, y te lo voy a vender "baratico".

- Y yo - dijo el futuro embajador -, cuando sea automático y vaya a otros países, voy a buscar muchos hombres que compren tus robots...
¡Baraticos, para que tengas mucho dinero!






HAY QUE CUIDAR LOS REGALOS


A mi hija le regalaron por sus cinco años un juguete. Quien lo trajo se lo entregó, con muchos remilgos, advirtiéndole varias veces que lo cuidara "porque era un juguete que no se veía en las jugueterías".

Ella se limitó a dar las gracias, ni siquiera llevó el regalo a su cuarto.
Tomó un papel, sus colores, se sentó a la mesa, dibujó exactamente el juguete y se lo dio al amigo nuestro.

- Toma, por si se me rompe - le dijo antes de comenzar a abrazar a la enorme gatita de lazo color de rosa.







EL SOLDADITO



A los siete años, Raimundo arrancó la cabeza de uno de sus soldaditos de plomo y se la introdujo en la nariz. La madre lo llevó a urgencias, donde trataron infructuosamente de extraérsela. Al parecer, la cabecita de plomo había ido más allá de lo permisible.

- Vamos a hacer una cosa - le dijo el médico -, no te pongas nervioso... voy a ir empujando el soldadito poco a poco, y cuando sientas que va a pasar a tu garganta, me avisas.

Ante el puchero del paciente, insistió:

- Tú tranquilo, sin nervios. ¿No eres hombre? - asintió varias veces - Entonces, adelante, ¡sin miedo!

Comenzó el lento proceso. De pronto, el niño dijo "¡Ya!".

- ¿Ya sientes que viene para la garganta? - preguntó el galeno.

- ¡No! - dijo con orgullo el pequeño - ¡Que ya me lo tragué! Vi que venía para la garganta y, como soy un hombre, ¡adelante y sin miedo!







DOLOROSA VERDAD



Para amenizar el camino de regreso, le pregunté qué había hecho en el preescolar:

- Estuve cazando dragones y unicornios... ¡Ah, qué cansancio! - me respondió, haciendo ademán de secarse la frente - Había un vampiro encaramado en un árbol, tenía dientes filosos, pero al final se hizo mi amiguito.

- Sarah - le pregunto de nuevo -, ¿que hiciste... de verdad?

- ¿De verdad? - me contempla con una mezcla de enfado y aburrimiento - ¡Jugar con plastilina y colorear!






ERROR DE LOS REYES


El hijo de un amigo hizo su carta a los reyes pidiéndole una bicicleta, pero el presupuesto de los padres solo llegó para comprarle una pelota inflable. Poco después, estaba en la playa jugando con ella cuando se le suma otro niño. A la hora de partir, el improvisado amigo le pregunta:

- Socio, ¿dónde puedo conseguirme un balón como este?
- Fácil - le responde -, escribes a los reyes magos diciéndole que has sido bueno y obediente, les pides una bici. ¡y te dejan uno de estos!





EL RESCATE DE LOS JUGUETES



Cuando estaba en "quinto año", regalé al jardín de la infancia una montaña de muñecos de peluche que ella ya no miraba, pues decía eran "de bebés". Estuvo de acuerdo en que ahora serían propiedad de la escuela.
Nos sentimos muy felices, la maestra, y yo, que me vi libre de los monstruitos de diversos colores y tamaños que se esparcían por el piso, apareciendo sobre el sofá en el momento en que recibíamos visitas, ocupando closets, cestas y armarios, ocasionando tropezones nocturnos, soltando rellenos...

A fines del año, mi princesa me preguntó:

- Mamá, ¿dónde se ha metido mi marcianito?

El "marcianito" es una cosa verde, con la cabeza terminada en dos cuernitos.
Le dije que no sabía, que tal vez había regresado al planeta Marte, y me miró con expresión de "a otra con esa historia, aquí quien las inventa soy yo". Al día siguiente, regresó triunfal con el monstruito.

- No te preocupes, mamá - me dijo sosteniendo al bicho en alto con orgullo -. Ya sé a dónde se fueron mis juguetes.

Vi regresar al gato, al toro, al perro, a los osos - toda una familia -, al mono grande y al pequeño - el grande es impresionante, ocupa medio armario -, al león, al conejo, al pollito, al elefante y a la rana vestida de marinero.

El día que trajo el último de los peluches, algo indefinible que ella llama "El señor Gongo" y que a mí me recuerda ciertas películas de vudú, los reunió en medio de la sala y les dijo:

- ¡Los he salvado! ¿Ahora sí están felices? A ver digan: ¡Viva Sarah, la rescatadora de los juguetes!

No escuché las vivas y salvas, debe haber sido porque en ese momento estaba demasiado ocupada recogiendo cientos de bloques plásticos de construcción.






DE PRÍNCIPES Y PRINCESAS


Cada vez que iban a pasar el día en casa de la abuela y coincidían con la prima. Subían a la azotea, espadas de madera en mano, a jugar a "El castillo de la princesa". Los abuelos los dejaban ir, el lugar estaba rodeado por un muro y los tres primos no eran tan traviesos como para temer que lo escalaran.

El juego consistía en encerrar a la prima en un cuartico de servicio en estado de abandono, lleno de cajas, revistas viejas y trastes. Para ellos, fortaleza inexpugnable. Ella se encaramaba en una de las cajas, se asomaba por la ventana y comenzaba a pedir auxilio.

Uno de los hermanos hacía de "malvado hechicero que tiene prisionera a la princesa" y el otro de "salvador que viene de muy lejos a rescatarla". Se turnaban para que siempre ganara el bueno. El combate era encarnizado, salpicado de amenazas de los contrincantes y aplausos, advertencias o besos
lanzados con la punta de los dedos por la damisela en peligro.
Invariablemente, el nigromante era vencido y ella, plena de emoción, besaba a su salvador.

Fueron felices, luchando por la princesa, conquistando su amor hasta el cansancio, hasta que al padre de la dama se le ocurrió subir a ver "qué hacen esos muchachos en la azotea". Llegó en el momento del beso.

Los príncipes y la princesa recibieron una dura reprimenda, cuya causa no comprendieron. Peor aún, se les negó seguir jugando fuera de la vista de los mayores, "porque estos niños cada vez están más adelantados".
El castillo quedó sin dama, mago, ni paladín, bajo el poder invasor de las cucarachas.







AVANCES DE LA CIENCIA




Alex pregunta, desde su cuarto, a los padres que se hayan en el de al lado, preparándose para dormir:

- Mamá, Papá, ¿qué cosa es un condón?

Se miran sorprendidos, para tener seis años va muy adelantado.

- Es algo que inventó la ciencia - le explica ella, dando el rodeo didáctico - para que las parejas lo usen cuando no desean tener hijos...

- ¿Y cómo logran atraparlo? - interroga de nuevo el niño.

Preocupados, saltan de la cama y van a su encuentro. Él les muestra una lámina de un libro de fauna salvaje y el título "Cóndor".







LA CUQUI


La Cuqui llama a su tía para darle las quejas: la han dejado castigada.

- ¿Y por qué te castigaron? - pregunta la tía.
- ¡Por una bobería! - contesta ella - Le corté las trenzas a mi hermana con la tijera de mamá.
La tía se toma una pausa para respirar, a la niña nunca le había dado por tomar las tijeras, mucho menos habían previsto la idea de que "pelara" a la hermanita.

- Cuqui, eso no está bien, hay otros modos de jugar... ¿Por qué lo hiciste?
- Te pareces a la sicóloga de la casa de al lado... - responde la niña.
- ¿En qué? - se sorprende la tía.
- Dice ella que lo hice para llamar la atención, ¡si yo hubiera querido llamar la atención me hubiera pelado "a mí misma"! ¡A mi hermana solo quería dejarla bonita!







PARTIR Y REGRESAR



Acaban de celebrar la Pascua en el hogar de Dorka... Escuchó con seriedad la explicación del misterio de la muerte y la resurrección. Tiene en sus manos el juego que anhelaba, pero en vez de saltar de alegría, abre la caja, acaricia el juguete y suspira hondo.

- ¡Qué pena! Tendré que empezar la historia una vez más...
- ¿Qué tendrás que empezar? - le pregunta la hermana mayor.
- Lo de ser una niña buena...
- ¿Para qué, Dorka? - se suma la madre, intrigada.
- Para merecer este juguete tan lindo - y lo muestra cariacontecida.
- ¡Pero si ya lo tienes! - le dicen a coro.
- No han entendido nada - responde, abrazando su juguete -, ahora lo tengo, pero no puedo llevarlo conmigo al otro mundo, por tanto, cuando regrese y "recuerde cuánto me gustaba"... ¡Tendré que comenzar de nuevo!







COMPLEJIDAD MATEMÁTICA



Voy por el camino escuchando a una madre que intenta repasarle los números pares a su pequeñito. Le pide que los repita. El niño comienza muy entusiasmado.

- Cero, Dos.
- ¿Qué más? - pregunta ella.
- Este - suspense -. ¡Cuatro!
- Vamos, ¿y qué sigue? - lo apremia.

La pausa se alarga. Al fin se le ilumina el rostro.

- ¿Seis?
- ¡Claro que sí! No entiendo por qué demoras tanto.
- Entiéndeme, mamá - le dice alzando una manito -, ¡voy sumando de dos en dos!






ANABEL


Hacemos el camino con Anabel y me divierte escuchar que no para de quejarse del calor, de los zapatos, del uniforme, del peso de la mochila...

- Pues yo he aprendido a disfrutar de esta caminata - le digo para animarla -, vas viendo las casas, los árboles, escuchando a los pajaritos o conversando con una amiga.
- Odio caminar - me reprocha con el ceño fruncido -, necesitaría un par de alas, una alfombra mágica.
- O tal vez un automóvil - la ayudo a seguir.
- ¡Ni loca! - me responde - ¿Tienes idea de lo difícil que es conseguir un automóvil?






CRIMEN Y CASTIGO



Harold le dice a su madre, camino a la escuela:

- Mamita, ¿a los niños que dicen mentiras se les castiga?
- Eso depende - responde ella -, a veces se les explica que es incorrecto.
- Y los que nunca hacen la tarea, ¿van presos? - la interrumpe.
- Mi amor, ¡los niños no pueden ir presos! ¿A qué vienen esas preguntas?

Muestra su mejor sonrisa y se encoje de hombros:

- Es que se me había olvidado decirte que hoy hay reunión de padres.







MEMORIA PORTÁTIL


La abuela le ha preparado una merienda deliciosa, se sienta a la mesa y saborea cada bocado...

- ¿No te olvidas de dar las gracias? - le pregunto.
- ¡Imposible! - me responde entre carcajadas - Tú siempre estás ahí para recordármelo.







EN UN LUGAR NO LEJANO.


En el sitio donde parquea su auto, en una ciudad que puede estar en cualquier parte del mundo, tan real como esta historia, un chofer de taxi veía una madre con varios hijos pequeños que pedían limosna. Desde el principio observó que uno de ellos era distinto, lejos de abalanzarse a pedir, se quedaba atrás, retraído, mirando con pesar la escena. Un día la madre casi se lo empuja encima. El niño, en voz muy baja, le pidió una moneda. Él le dijo que lo acompañara hasta su auto. Allí le preguntó si sabía leer y el chico le dijo que la abuela, antes de morir, le había enseñado "las letras y los números".

El hombre anotó algo en un papel.

- Mira, para que te dé la moneda debes hacer un trabajo para mí, así no será limosna, sino el justo pago por trabajar, ¿te parece bien?

El niño lo miró sonriente.

- Debes aprenderte lo que dice este papelito, para mañana, a esta misma hora. Si te lo sabes, te doy la moneda.

Al día siguiente, el niño se sabía de memoria la tabla del dos. Continuó "trabajando" y recibiendo su correspondiente remuneración hasta llegar a la tabla del ocho. Ese día cuando el taxista llegó, notó que el niño no estaba.
En su lugar, vino uno de sus hermanos.

- ¿Dónde está tu hermano? - le preguntó.

- Esta castigado - respondió el otro muy bajo -, mi madre le dijo que usted era raro, porque se lo llevaba para el coche antes de darle el dinero. Él le enseñó los papelitos con lo que usted le hacía aprender y ella le dijo que eso no era asunto suyo, que usted no era maestro ni nada parecido.

- Y tu hermano... ¿se quedó callado?

- No, por eso lo castigaron, le dijo que lo llevara a pedir al lugar donde vivían los maestros.







HABLANDO CON DIOS


Antes de dormir, me pregunta cómo se reza, le explico que solo hay que hablar con el corazón en la mano, dirigiendo nuestras palabras al Creador. Me pide que le muestre cómo, comienzo a hablar muy quedo: "Querido Dios, gracias por las cosas buenas que me has dado y por las que aún me aguardan. Perdona mis errores, los de hoy y los de mañana. Ayúdame a traer felicidad a este mundo, a ser mejor cada día. Cuida a mi familia. Te ruego que nos des salud y alegría, que nos mantengas siempre juntos."

-¡Para, para! - dice de pronto - Me voy a desmayar de la emoción.
- Es así más o menos como rezan los que tienen fe, con sus palabras, o con las que han aprendido.
- ¿Y son muchos? - me pregunta.
- Tengo esperanzas de que sean millones los que lo hagan.
- Pues Dios debe llorar cada noche, cuando tantas personas a la vez le hablan con el corazón en la mano.






DONDE NO ARRIBAN LAS SIRENAS


Tuvimos alas, habitamos castillos, buscamos tesoros, conocimos el lenguaje de los juguetes y las aves, el poder de conjurar tempestades y de amainarlas, fuimos reyes o reinas, corsarios, aventureros, defensores del universo. También fuimos inmensamente sabios.

La infancia es infinita, está tan llena de sucesos mágicos que tendríamos para llenar un tomo tras otro. Un trocito de la memoria es un regalo, suficiente para que recordemos dónde dejamos extraviada la llave que abre el rincón de los duendes. Llega el momento del cierre, y quiero hacerlo con un recuerdo que me ha sido devuelto por alguien de otra generación.

De niña me llevaban a una playa cuyo nombre semejaba el sonido de una trompeta: Tarará. No me dejaban adentrarme más allá de diez pasos, con un salvavidas tan ajustado que me dejaba sin respiración. Opté por renunciar al baño, tenía cosas mejores en que ocupar mi tiempo: construir fortalezas que las olas se encargaban de borrar; afinar mis oídos esperando escuchar el sonido del sol al tocar el agua; aguzar la vista en espera del rayo verde del que hablan los marineros; recolectar trofeos traídos por la marea... Mis preferidos eran unos trozos de cristal, tan pulidos por las aguas, que sus
bordes se tornaban romos. Eran las joyas que me enviaban las sirenas.

Aunque no lograba verlas, sabía que iban al fondo del océano a buscarlas y me las lanzaban, traviesas, ocultándose entre la espuma. A veces me parecía ver una, entonces levantaba en alto mis tesoros y les hacía señas con la mano. Cuidaba mucho mis joyas, las llevaba con cuidado a la casa que alquilábamos, y, por las noches, mientras los demás veían televisión en blanco y negro, yo me regalaba imágenes en colores, enfocando el mundo con mis prismas. Las blancas eran diamantes, las amarillas ámbar y las verdes, esmeraldas.

Cuando alguien me dijo que eran restos de botellas, comprendí que solo sentía celos de mi amistad con las hijas del océano y lo miré a través de un zafiro. A través del rayo azul purifiqué a aquel infeliz sin fantasía.

Un amigo también recuerda aquellos "vidrios que el mar pulía hasta semejar joyas opacas". Sus padres no le permitían entrar a las partes hondas de la playa, mientras sus primos, crecidos junto al mar, nadaban hasta hacerse pequeñitos. Él los miraba "con la envidia de quien solo sabe chapotear en los charcos". Para alejar este sentimiento, los veía a través de sus gemas - para él también lo eran -. La vista de sus primos se hacía borrosa... un cristal más, como en las pruebas que nos hacen los optometristas y casi se difuminaban... uno más y todo era océano. El mar y él, a solas.


El mundo era perfecto.





***


Agradecimientos


A todos los que ofrecieron sus memorias para este libro.
A Vicente Joan, mi mejor lector.
A Sarah y Ray, por permitirme ser su mamá.
A mis tías Josefina y Beatriz, por la magia.
A mis abuelos Sarah y Pepe, por mi infancia.
A Freddy, mi primer héroe.
A José Luis, por su amistad.
A Pilar, Juana, Emilse, Ildi, Carmen, Viola, Magali, Maricuqui, Alba, Yamila, Wendy, Eduardo Francisco, Enrique, Yordán, Esteban, Frank, Ariste, Mario, Dominick, Wilfredo, Ignacio y El Bolo, por haber aparecido en mi vida.



NOTA DE LA AUTORA: Las historias que aparecen en este libro son basadas en hechos reales; varias fueron publicadas en la columna "De príncipes y princesas", que llevé durante un tiempo en la revista Arena y Cal, y compiladas en el libro del mismo nombre, publicado por la editorial El Far,
colección El Viajante, Ediciones Hiperdimensional, Mallorca, en el 2006. Más adelante envié alguna historia de este libro a la revista virtual Inventiva Social, de Argentina. La mayoría son inéditas.






Marié Rojas Tamayo
Ciudad Habana, 23 de mayo de 1963.

Miembro de la Unión de Escritores y Artistas de Cuba, UNEAC, Sección de Literatura Infantil.
Licenciada en Economía del Comercio Exterior, Universidad de la Habana, 1985. Graduada de los idiomas inglés y francés.

Libros publicados: "Tonos de Verde", 2004 y 2005, "Adoptando a Mini", 2005, ed. Fundación Drac, Mallorca. "De príncipes y princesas", 2006, Editorial El Far, Colección El Viajante, Mallorca. "En busca de una historia", Colección Mundo Imaginario, Editorial Andrómeda, España, 2010.

Su obra ha merecido varios reconocimientos internacionales, los más recientes: Mención Especial en el Premio Lazarillo de Tormes, OEPLI, España, 2009; Premio Ana María Matute 2008 de Ediciones Torremozas y Segundo Premio de Novela Andrómeda de Ficción Especulativa 2008. Sus cuentos y poemas aparecen en más de 50 antologías internacionales. Varias de sus obras están siendo llevadas a la televisión, la radio y el teatro. Colabora con revistas, periódicos, proyectos culturales y páginas web del mundo. Dirigió la revista "Dos islas, dos mares". Coautora de los libros-arte: "Choco", "El
libro del taller de gráfica" y "Mujer, Soledad y Violencia". Asesora literaria del libro arte "Andersen". Autora de las antologías internacionales: "Criaturas mágicas", "Travesía en el mar de los sueños" y "Homenaje a Hans Christian Andersen en su bicentenario". Fue promotora cultural y condujo talleres literarios infantiles. Nominada por el American Biographical Institute en el 2004 entre las mujeres destacadas por su relevante aporte a la sociedad.

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