Friday, May 07, 2010

EDICIÓN MAYO 2010.



*ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.
-LA HABANA. CUBA-


EL PEREGRINO*



“Yo nací un día
que Dios estuvo enfermo, grave.”
CESAR VALLEJOS




Herida rosa madre de los vientos
El árbol patriarcal, deglute. Trinca. Traga.
Esta noche he sentido más que nunca su furia.
Crujen los huesos de mis hijos, ay, como crujen.
En la gruta escondida, crece el odio paralelo al vástago.
He odiado salvajemente al padre y tan salvajemente
He amado al hombre.
Restos calcinados de incesto, llanto recién nacido,
Despojos de cabellos, de uñas, de vestidos impuros.
Corales bocas, prostitutas del alba
Cambian de lecho.
Cicatrices amargas del olvido.
Nostalgias enredadas entre las medusas del sexo.
Refugio.
Axilas apretadas, flacidez de los pechos sin leche.
Huida, fragor de pájaros.
Mierda tristeza de algas.
Esqueletos buques fantasmales.
Juegos fatuos.
Descendí hasta el Tártaro. Allí lo he encontrado
Y me he encontrado
El exilio de hoy.
No es de hoy, ni siquiera de ayer.
En mi está el animal que me habita y me devora.
Me posee en secretísimos claustros.
Despojos de lo que fue morada de los Dioses.
Persecución.
Precarios espacios nauseabundos.
Se metamorfosea, me confunde.
Huyo, pero siempre vuelvo.
Lejos ha quedado el padre y en el nido hay sangre.
Esquivo, voy y vengo, él espera, siempre espera.
Al encontrarnos, las fauces y garras se confunden.
Jadean en do mayor los huesos.
Piedra pan hecha de miel y greda.
La brecha se fragmenta.
Casa vidrio cerrada.
Puerta piedra sacra silenciosa.
Llave umbral de las mareas.
Faro apagado.
A la vera del mundo, el peregrino.
Por fuera el Ruido.
Conchas marinas, cráneos petrificados
Adentro, silenciosa la soledad aguarda.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







El inventor*


Esto tenía que ser el resultado de la lluvia y de mi trabajo itinerante por zonas del Gran Buenos aires. Sólo la casualidad que me hizo elegir el bar de la esquina, el más viejo y de aspecto ruinoso de los que había a la vista al momento del chaparrón.
A decir verdad, no fue tan casual, me encantan los bares viejos con esos fantasmas que uno puede ver haciendo siluetas en el humo de esos cigarrillos que se dejan quemar sin la insistencia de una pitada tras otra.
Busqué una mesa con ventana para ver a la gente que pasa bajo la lluvia. Pedí un cortado y un sanguche a un mozo que podría ser el fundador del bar, pero no, ese hombre viejo no podía tener más de 100 años.
La lluvia golpeando con furia el vidrio. Hilitos de agua inundaban el piso, enseguida vi mis zapatillas gastadas chapoteando en agua.
Me levanté entonces resignando la ventana y busqué una mesa del lado de la pared ciega.
Y allí, justo arriba de esa mesa doble, solo equipada de un cenicero de lata con la marca "Cinzano" grabada. Estaba la placa de bronce y las fotos.
En la placa se leía: En esta mesa se sentaba Slawek Klepka. Un hombre de bien. Un inventor.
Tus amigos. Noviembre de 1997.

Y la foto donde el hombre -altísimo por cierto- posaba con sus viejos amigos y un invento cuya utilidad no pude discernir. Más tarde le pregunte al mozo: -Es una moledora de café a cuerda- estuvo unos años, después la hija del inventor la vino a pedir, estaba reuniendo los inventos para hacer un museo en su casa.
Y era el mismo, el mismo hombre que compartió habitación con mi padre cuando lo habían operado de hernia. Y apareció el recuerdo de aquella larga noche. Al inventor lo cuidaba su única hija.
Mi padre estaba saliendo de la anestesia, mi tarea consistía en que no intentara levantarse y se cayera de la cama. Ni siquiera le habían puesto un suero.
Pero la mujer necesitaba contarle a alguien quien era, o más bien quien había sido su padre.
-Se esta muriendo. -Me dijo respondiendo a una mirada mía que la invito a hablar.
Ese hombre gigante que estaba casi sentado en la cama y que por momentos llamaba a su hija y luego entraba en un sopor y luego volvía una y otra vez a hablar en un idioma que yo jamás había oído.
Era una letanía. Parecía - luego su hija lo confirmo- una misma frase dicha una y otra vez.
Esta hablando en Polaco. -Me dijo.
Después sin que yo la pudiera ayudar con alguna pregunta, comenzó a relatarme cosas que había olvidado y que con enorme dificultad pude sacar del abismo. El hombre había sido artillero durante la segunda guerra mundial. Condecorado por su ingenio para reparar armas y cualquier engendro mecánico que estuviera a su alcance. Luego de la guerra el hombre preparo su maleta y se vino a la Argentina.
Entro a trabajar en una fábrica y más adelante en otra. Conoció a su mujer, se caso y de esa unión había nacido ella a quien ahora le tocaba acompañarlo en su despedida.
Hasta la jubilación había sido el mecánico de la fábrica, el que resolvía casi todo. No solo trabajaba de lunes a sábado sino los domingos cuando hacía extras y lo esperaban hasta media tarde para almorzar en familia.
No sólo trabajaba en la fábrica, como mi padre cuando llegaba a su casa seguía trabajando.
El hombre tenía un taller en su casa donde reparaba motos y cuando no tenía trabajo con las motos armaba sus invenciones. Su última creación había sido un triciclo motor con sidecar que le permitía viajar por el barrio superando el menor equilibrio que tenia por su edad. Y que su nieto lo lleve a dar una vuelta o lo acompañe a hacer las compras.

Sus invenciones tenían un eje: el hombre odiaba a las pilas por contaminantes y desconfiaba de la electricidad como fuente de casi todos los equipamientos domésticos, así que él quería que los artefactos funcionaran con un complejo sistema de engranajes y a cuerda -al menos esa es la idea rudimentaria que entendí en su momento-.
En aquella larga noche, en un momento me atrevía a preguntar que quería decir en su lengua madre.
-Esta llamando. Pide que lo vengan a buscar. -Me contestó la mujer.
Recordé que le pedí que anotará en uno de los cuadernos que viajan conmigo la frase escrita en polaco.


Cuando volví a casa después de concluir mi trabajo de esa jornada, revolví estantes hasta que encontré el cuaderno con su fecha escrita en la tapa: septiembre/octubre del 97. Y ahí estaba, casi imposible de reproducir con la tipografía disponible en el teclado: "WRÓZKA SZCZESCIA" pero la Z de WRÓZKA tenía un puntito como el que lleva la "i"; y en SZCZESCIA la "E" tiene una colita que serpentea hacia el renglón de abajo, y sobre la última "S" hay un acento que la máquina no me acepta.
Más abajo dice con mi letra "en polaco no hay artículos".
No mucho más quedo de aquella noche.

Quizá no fue tan casual que las cosas ocurrieran del modo que se dieron para que el recuerdo se reactivara justo en esa semana en que mi padre hubiera cumplido 87 años.
Cuando ese titán de Don Slawek Klepka se despedía, mi padre tenía por delante casi 4 años que fueron difíciles. Mi viejo murió con la esperanza de caminar, quizá todavía soñaba con volver a ver Paterno Di Lucania su pueblo de Italia.

Una y otra vez puedo escuchar ahora a ese hombre diciendo su letanía entre gemidos.

Recuerdo cuando la luz del amanecer se filtraba por las persianas, y con la voz cortada en angustia la mujer se animo a traducir a su padre para que lo supiera, e inesperadamente alguna vez lo pudiera escribir:

-Quiere que lo vengan a buscar. No la muerte, sino La "WRÓZKA SZCZESCIA".

"El Hada de la Felicidad"




*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com









MI IMPOSIBLE*




Si pretendes que llegue mi mañana
a iluminar tu senda con neblina
estás pidiendo milagros a los dioses
en los que no crees, a los que abjuras.
No atravesaré la puerta de tu cueva
porque ya traspasé la gran distancia,
ya estoy unida al cosmos transparente
que me justifica y me deja libre
para elegir la senda del halcón.
Desde allí todo vuelo es posible
y adelantaré mi viaje al futuro
sólo esperando llegar al horizonte.
Quiero ver más allá de sus ataduras
y dejar de ser el faro de ambulantes
que giran en torno de consignas
esclavizando los sueños y la vida.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






LA LOCURA Y EL MURO DE LA RAZÓN*


“La locura es una defensa contra la angustia.”
Beatriz Medina



Un loco se arranca las orejas con las uñas y las pega contra el muro del silencio
Del otro lado del muro están todas las notas del himno a la alegría
pero ninguna viene a sonar del lado del loco desorejado.
Del otro lado estaban todos los suspiros de amor pero ninguno vino
El loco se arranca los ojos y los estampa contra el muro de la oscuridad total
Del otro lado arden todos los colores y lucen al sol todas las formas pero ningún color ni forma vienen al loco.
El loco se arranca la locura y la pega contra el muro de la Razón
y salta desesperado queriendo huir al otro lado del muro, pero muere rebotando, desangrándose
y sabiendo que para él ya no habrá otro lado.





IDÉNTICOS*



En un cruce de calles peatonales se encuentran cien hombres tan parecidos entre sí en tamaño, en rostro y en vestir, que al verse a la cara cada uno olvida su nombre y apellido y su propia historia y comienza a preguntarle a otro y a otro ¿Quién soy? ¿Quién es quién?
Pero nadie logra responder y todos huyen hacia los cuatro rumbos de la ciudad buscando a alguien diferente Y no encuentran a nadie y desesperan hasta que a uno se le ocurre preguntarle a otro:
- ¿Si no fueras quien eres, quién te gustaría ser?
Y todos piensan en otra persona hasta que se transforman en esa ora persona, pero esa otra persona es la misma en todos.





EL ARREGLADOR*



Un muñeco se gana la vida arreglando hombres rotos. Le llevan un soldado roto por la guerra y lo recompone, una mujer rota por amor y la arregla, un borracho roto de pesadillas, una loca rota de pájaros celestes, un sillón de ruedas roto de niño triste y lo repara.
Un mal día le trajeron un buen Dios roto en mil pedazos por la ingratitud eterna de sus hijos. Pero a ese todavía no lo pudo arreglar.




NÚMERO HUMANO*



En el futuro cada número llevará un hombre a sus espaldas
Y ese hombre dirá quién es el número
y la aritmética se volverá humanística.



*Textos de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar






EL LIBRO QUE NUNCA ESCRIBÍ*



Siempre quise escribir un libro,
no uno cualquiera,
¡un libro apto para todos!
Los materialistas,
los científicos,
los beatos,
los chiflados,
los cuerdos,
los ortodoxos,
los buenos
y los impíos,
los niños que se ríen de las hadas,
los que han olvidado su propia infancia,
los cazadores de brujas trasnochados,
los que nos tildan de locos
por salir a pescar sirenas, o unicornios,
los que se burlan cuando les decimos
que hemos visto un fantasma,
o sencillamente, que escribimos...
los solitarios,
los melancólicos,
los importantes,
los descreídos…
Pero sobre todo,
a pesar de todo,
y más que todo,
para los que al ver caer una estrella
se olvidan de los meteoros,
de las clases, del planetario,
de los materialistas,
los científicos,
los beatos,
los chiflados,
los cuerdos,
los ortodoxos,
los buenos
y los impíos,
los solitarios,
los melancólicos,
los importantes,
los descreídos…
Cierran los ojos y
dan rienda suelta a sus caprichos.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.









VÍA DE LA ESPERA DOLOROSA*



*De Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com



“La esperanza aplazada,
enferma al corazón”
Christy Brown


Si tú supieras cuanto me ha dolido esperar, lo más seguro es que llorarías; si tú en realidad supieras, te compadecerías de mi dolor. Y es que me estoy vaciando las venas cada que el minutero avanza, cada que el sol aumenta su grado de proyección o a cada instante en el que mis fosas nasales expelen el oxígeno ya digerido.
La vía de la espera dolorosa es tan amargamente lenta que se abren las heridas muy despacio y el momento en el que llegasen a suturar al parecer jamás llegará.
Si tú supieras cuanto me ha atormentado la espera, lo más seguro es que gritarías de espanto al percatarte que estoy vivo en muerte y no hay quien se atreva a llevarme a sepultar. Me estoy transmutando en un recipiente carente de esperanza, de falta de fe; soy el ateo cual cree que aquello no sucederá.
No te asustes entonces si algún día me desmayo en la espesura de mi resignación que duele, que aúlla y que gime ante el desamparo de tu indeterminación.
Sigue pensando las cosas mientras yo me deshago de lo que me queda de vida; continúa disipando tus dudas en lo que yo me introduzco en el caldero de mi propia aniquilación.
¿Qué puede importar que yo te ame si para ti no es suficiente el hecho que yo lo haga? Porque así ha sido desde hace mucho tiempo, te he amado y al parecer a ti no te importa que me este rompiendo por dentro. ¿Qué puede interesar el hecho de entregar mi aliento al grito carente de tu eco? Es más fuerte la manipulación que te atormenta desde tus genes.
Si tú supieras lo que significa permanecer justo debajo de la tormenta andando descalzo a través del sendero de la vía de la espera dolorosa, tendrías compasión de este leproso quien no se curaría ni estando una eternidad debajo del tacto de Dios.
Tendré que guardar luto a través de los lustros, que se trasminarán en décadas ausentes de respiración, aunque después de todo quizá continúe respirando a través de mis heridas, mi única posesión.
El camino de la vía de la espera dolorosa, salvaje e iracunda pesadilla materializada en cada momento en el que he osado pensar que ha llegado a su fin, pero la vía asemeja crecer más y más, mientras su descomunal fuerza parece comprimir mis pulmones, y en cualquier día de éstos habrán de reventar. Si tú supieras todo el ajenjo que me he tenido que tragar, lo más seguro es que detendrías mi andar a través del sendero de esta vía cual asemeja jamás llegará a mostrarme su final.





REMEMBRANZAS*


El alga rota que trae la marea,
Moteada de extraños caracteres.
La nube, dibujando tu rostro en la penumbra,
El olor que empuja el viento, cuando parte...


El roce de las alas de mi cuervo.
El canto de los peces, tus sabores,
Tus ojos cerrados, tus manos ingenuas,
El cristal transformado en esmeralda,
El calor de tu cuerpo contra el mío...


El árbol que crece en el camino
Cuando se inclina a mi paso y me susurra:
“¿Lo has visto hoy… hoy te ha besado?”


El dolor de tu ausencia se deshace, hiriendo más adentro,
La respuesta se oculta tras las sombras.
Sobrevuela sus ramas la oscura mensajera de los dioses.
“¿Quieres saber si te amó, si aún te ama?”
Vuelvo la espalda al triste espectro.


*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






EL POETA*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


Barthes dice que el hombre que es cerebral no puede escribir cuentos. Que el hombre que se dedica al ensayo debe ser siervo de otras cosas para poder subsistir. Esto, claro, para Francia, pero para estos países que llaman eufemísticamente “en vías de desarrollo” cualquier actividad cercana a la intelectual es un desatino, un despropósito que se paga siempre o casi siempre con la humillación.
Si además un hombre o una mujer en este tembladeral de los tiempos se decide a escribir ese “género maldito” que se llama poesía, estamos haciendo cartón lleno, como en la tómbola.
Pero suceden cosas extrañas, porque cada vez son más los jóvenes que abrazan ese desatino, ya que carece de todo sentido práctico hacer de su transcurrir o de su práctica una vocación., Máxime cuando mucha gente en su ignorancia supina o en su atrevimiento pretende evadir una tradición. Pretende escribir ex nihilo, con la chatarra de los medios “comunicacionales” contemporáneos en una discursividad afónica, afásica, muda.
Si escribir es la pretensión de quedar perennemente en la memoria de los otros, si ese acto voluntario hecho en extrema soledad tendrá algún sentido no lo sabremos nunca. Sólo hemos de saber que el acto de escribir esconde tras la ilusión de una libertad iluminada, sólo un regusto donde a diario se debaten los pequeños fracasos.
Este infortunado ejercicio arracima inapetencias e imposibilidades de toda naturaleza, exhibe además un narcisismo casi infantil y tras lo exigente del deseo sólo vemos la cáscara vacía que nos somete a toda la afligencia posible.
En ese espacio entre el deseo y la concreción objetiva, donde el poema es lo que es, está toda la historia del arte de occidente.
Pocas veces sin embargo un hombre puede sentir que en esa “intemperie sin fin” puede construir lo más bellos poemas y que en esos “castillos de ilusión” pueda anudar las más bellas mujeres de la tierra o pueda ser un emperador temido, dueño de vidas y haciendas; o un héroe envidiado y admirado porque deshace entuertos y persigue endriagos y gigantes.
De todos modos, de cualquier forma, la precariedad de los elementos con que trabaja su oficio le hará tropezar a cada rato con sus impotencias y sólo una gran humildad podría salvarlo en parte del bochorno que significa pretender robarle el fuego a los dioses. Esa fuente de la creación y el misterio.
Los jóvenes, los que empiezan a pelear difusamente con este vicio absurdo deberán ya empezar a saberlo desde el principio porque no existe la piedad sino la tiniebla, no existe la tierra que se pise firmemente, no existe un cabo suelto para amarrarse a una estaca segura.
Sólo los bichos y las alimañas y los matorrales acechando entre tanta incertidumbre.





DESDE TUS PIES*


A Antonia Echenique de Rosales, tal como ella firmaba.



Desde tus pies. Sube desde tus pies:
Sube el amor, desciende mi raigambre.


Como amaba tus pies.
Pies de frutal madera. De virgen, de cumbrera.
Pies de apuro, de hondonadas, de espiga azul.


Desde tus pies
Desde tus pies, desde tus pies subía.
Una infancia de lumbres encendidas.
De dormidos miedos.
Oh, los miedos.
Silbidos del viento en la raíz del este
Sombras de duda huyendo a los arbustos.
Áspera ausencia que no llega.
Galopar de fantasmas.
Ventiscas, nubarrones.
Ánimas, rezos, despedidas.
Luz mala, intensas voces escondidas.


Yo soñaba en sus pies.
Niña helada de enero. Pues, que había una vez.
Padecimientos. Presentires sudados del ocaso.
Lecho insomne, letras al revés, desangre.
Noche largas de fiebres y alacranes.
Y tus pasos levantados en puñales.


Pies de escarcha. Pies de gemidos, manos frías.
Pies de escucha. Feliz monotonía de tenerte.
Entera me entregaba a su llegada. Lenta y segura.
Pies de silencio invicto. Azucenas salvajes.
Culebras. Amapolas. Cardales.
Cansados pétalos dormidos al ocaso.
Quietos ojos vigilia. Siesta.


Pies de lucha.
De tinta, baluarte de palomas.
Pies de amor y suspiros.
De gritos, de revoluciones.


Pies de miedos. Miedo, huída miedo.
Otra vez el miedo.
Granizos y verdugos.
Libros rotos. Rabia.
Tiempos de héroes de plomo.
Pies de nazarena. Cuidado.
“Perdona nuestras deudas.”
Patria de escarcha. Uniformes .Velas.
Manos cortadas. Incomprensión


Vuelvo las páginas de mentida historia.
Surcos, prematuros surcos.
Pésame dios mío que no tengo.
Pies, amados pies. Ráfagas espumas.
Perdón, tallos, blancas alas de plata.


Sube desde tus pies, sube el amor.
Mano de aurora.
Pulso en la memoria.
Madre.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






SOLEDADES*



I



Años fluyen de mis manos
cuando acuno caricias
sin destino.
Las eché a volar de madrugada
y esperé su regreso
en mi alcoba.
Al partir el sol se diluyeron,
aterida y sin nada
dejé de esperar.



II



No pesa la soledad,
es como una amiga
que cubre mis pisadas
con certeza mágica.
Es manto, almohada,
canción de cuna
en noches de invierno,
estufa con leños ardientes,
café compartido al alba,
charla amena en las noches
sobre la vida y nuestros sueños.




III



Cada huella sabe a destino,
deja su marca testimonio
impregnada de rocío.
Es secuencia de momentos
inscriptos en calendarios,
con sabores indecisos
de imágenes en espejo.
Nos miramos, no nos vemos,
partimos cada minuto
hasta traspasar el tiempo.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar





Tarde de lluvia*



Repiquetea la lluvia sobre el paraguas.
Lejos, el tren se anuncia y corre
desbocado en su fiel metalurgia.
La calle está desierta
son apenas las dos.
Un coro de niños cuaja el silencio
las voces se pierden en el club.
La brisa vuela por la vereda,
giran las hojas ebrias de agua.
Cuadras, y más cuadras,
la bajada, el andén.
Hablan los pasos el idioma de los pies.
Parda la tierra, plomizo el río
crestas de espuma lo van llevando.
Viento en la costanera,
en el alma frío.
No se porqué,
a veces el otoño
me hace tiritar.




*de Ana Maria Diaz Velo. anadiazvelo@hotmail.com







PERMANENCIA*



Si puedo estar a tu lado en un día gris
Sin que preguntes el motivo,
Mas, tomando mi mano,
Regalándome un poema, una flor,
Una sonrisa,
Me haces sentir la necesidad de tu presencia.


Si logras entender este ponerme taciturna,
Incomunicablemente sola,
Arisca, blue,
Y solo aguardas,
Con la paciente espera de un amigo,
El regreso de la alegría.



Si logras secar mis lágrimas
Sin mencionar jamás
Que me has visto derrotada.


Sé que te quedarás,
Sabrás que te has quedado,
Sabremos los dos,
Que los ángeles existen.




*de Marié Rojas Tamayo
La Habana - Cuba







Era el tiempo*



Era el tiempo
en que la luna caía
degollada en los brocales
cuando guardé mi llanto
en aquel cuarto
que olía a azahares, a naftalina
y a cáscaras de naranjas secas.
Era el tiempo
en que los niños
existían como ángeles
o fantasmas quietos
o dormidos
y los grandes se secaban el vino
de los labios con la manga del saco
y cantaban esas canciones
donde siempre una novia italiana esperaba
y sin embargo sonreían sin llanto
aunque la voz se les quebrara
como una rama seca


*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
Invierno, 2004.




FOTO*


La foto, en apariencia, no tiene nada de especial. Y sin embargo, la miramos. Sin saber muy bien el porqué. La ausencia de color nos hace suponer que es antigua; también el hecho de estar rasgada en algunos puntos y arrugada en otros. Los años han gastado las esquinas; en una de ellas, arriba a la izquierda, falta un trocito minúsculo, tal vez demasiado pequeño para afirmar que la imagen está incompleta. Al mirarla por primera vez, se tiene una ligera sensación de frío, tan leve que casi no la percibimos. Sólo más tarde (pero ¿cuánto más tarde?) seremos conscientes de ello.

Muestra un pequeño edificio de una sola planta, con una especie de porche o tejadillo exterior que da a un andén. Sabemos que es un andén por la presencia de las vías en la parte inferior de la imagen. La conclusión resulta obvia: El lugar es una estación. En un lateral del tejadillo hay seis letras que nos indican el nombre, seis mayúsculas irrebatibles: ANDANT. Quizá sea esa media docena de letras, que parecen un tanto anacrónicas, lo que nos perturba ligeramente. O el color apagado del cielo, en el que, sin embargo, no se aprecia nube alguna. Lo cierto es que nos asalta una sensación desagradable que, por otra parte, no nos impide seguir mirando la foto; acaso anhelamos encontrar eso que nos molesta un poco no saber definir o señalar con precisión.

La visión de líneas paralelas sugiere el infinito. Aquí, las vías quedan bruscamente cortadas en los bordes izquierdo y derecho de la foto, negando con violencia esa abstracción, segmentando una mínima parcela de realidad -o de ese conjunto de percepciones que llamamos realidad. En el andén hay seis personas. Posan (la contemplación de una foto puede llevarnos por caminos un tanto sinuosos e intrincados; hacernos pensar, por ejemplo, en la actitud del que posa, en la perpetua repetición de ese momento, en la pavorosa idea de que toda la vida es pose). Cinco de ellos miran directamente a la cámara. El otro, el primero por la izquierda, está con los brazos cruzados y parece tener la vista clavada en un punto inconcreto, hacia la derecha del fotógrafo. Nos incomoda ese detalle (¿porque insinúa una ruptura, un desorden?). Nos incita a preguntarnos qué está mirando exactamente. ¿Por qué no hace como todos los demás y simplemente fija la vista en el centro? (si es que el ojo de la cámara es el centro, si podemos atrevernos a presumir la existencia de un centro) ¿Qué es eso que está ahí, fuera del ámbito de la foto, y qué significa esa mirada y por qué los otros no ven lo que él está viendo? Podría pensarse que sólo es un gesto, una pose diferente, una obstinación lícita en no mirar directamente al ojo de la cámara, y tal vez no sea otra cosa, pero nos desasosiega un poco esa asimetría.


-Cabe preguntarse si en realidad tenemos derecho a asomarnos a una foto. No me refiero al vistazo casual o efímero, al frívolo escrutinio de un momento, que con frecuencia provoca una sonrisa o un rechazo o mera indiferencia. Hablo de mirar una foto como quien mira un cuadro, durante un tiempo que no se puede medirse con cronómetros o calendarios, el tiempo dúctil de quien pinta un atardecer a lo largo de infinitos atardeceres o el de aquellos que esperan, agazapados durante toda su vida, el instante exacto del resplandor que les justifique. Esa contemplación, que en el fondo es una búsqueda, ¿no sería una forma de intrusión en ese otro orden que nos es ajeno? ¿No serán, pues, nuestros ojos invasores -camuflados tras el objetivo y el tiempo- lo que miran esas cinco personas, preguntándose acaso el motivo de tal insistencia?


La wikipedia nos cuenta que hace más de treinta años que por ahí ya no pasa el tren y que en Andant, el pueblo, apenas quedan cuarenta habitantes. Visto desde lejos, sólo son cifras. Pero la lenta despoblación de todos estos lugares nos da qué pensar. Pensamos, por ejemplo, si eso que mira el primero de la izquierda, eso que parece estar un poco a la derecha del fotógrafo, ligeramente a la derecha y hacia arriba, no será lo que, sin ruido, sin que casi nadie lo perciba, va limando con paciencia los bordes de las fotos, oscureciendo los paisajes y los rostros, devastando, centímetro a centímetro, los campos y las calles asfaltadas, terminando poco a poco con la vida en los pueblos y devolviendo al desierto lo que, acaso, siempre fue del desierto.


-Y así, la inmovilidad de la foto desborda el ámbito del papel y se expande implacable por la realidad (por este lado de la realidad). Pienso que debería ponerme de una vez a escribir algo sobre ella. Pero no se me ocurre nada. La tengo ahí, delante de mis ojos, dejándose mirar mansamente, permitiéndome atisbar cada detalle, acaso contemplándome, o contemplándose a sí misma a través de mis ojos un poco cansados. Y yo no puedo hacer otra cosa: sólo mirar la foto y dejarme contagiar esa parálisis, esa suerte de espera; inmóviles ellos en su perpetuo instante desgajado para siempre del tiempo; inmóviles todos en nuestro diario periplo por las avenidas de la rutina; inmóvil yo en mi celda sin barrotes; tanto, que ni siquiera me molesto en girar un poco la cabeza, en mirar de reojo hacia atrás, a mi derecha, donde sé que se arremolina en silencio, expectante, eso que está mirando, desde la lejanía y el pasado, el hombre de la foto, eso que siempre ha estado ahí y que no puede verse; que nadie puede ver sino a través de un reflejo, una señal inequívoca en los ojos asombrados de otro, una sombra difusa atravesando océanos y décadas.



*de Sergio Borao Llop. sbllop@aragoneria.com

*La foto de referencia se encuentra en:
http://www.plataforma14.com.ar/images/fotos_antiguas/antiguas_postales_con_motivos_ferroviarios/EstacionAndant.jpg





Aquel Hito*



Labios
de una adolescente
besé
en la calle Cachimayo
debutantemente


Dos, tres veces
y ya habiendo anochecido


Ahí nomás de la plazoleta Primera Junta


y de muchísimas otras plazoletas
no he dejado
en las calles arboladas
-hombre hecho y derecho-


de besar.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





CUIDADO CON LOS TRENES...*




Hacía apenas tres días que Laurita se había mudado al campito del abuelo para transcurrir sus vacaciones estivales; y, la verdad sea dicha, ya se encontraba bastante aburrida. Pensar siquiera en las semanas que le quedaban por delante para que regresara a su casa, sólo acrecentaba su melancólico mal humor. ¿Por qué la habían castigado de esa manera sus padres, yéndose de viaje a conocer la Isla de Pascua en una segunda –y acaso vana- luna de miel, mientras ella debía padecer aquel solitario tormento? Por más que le daba vueltas y vueltas en su cabeza, a pesar de la notable inteligencia que había desarrollado para sus escasos diez años de edad, le era imposible darse una respuesta válida.

Deambulaba por los alrededores sin entusiasmarse demasiado con nada. El paisaje la fastidiaba. Extrañaba ver televisión, jugar ocasionalmente con la computadora de su hermano, encontrarse con sus amigas para escuchar música, como haría cualquier chica de su edad; o simplemente permanecer en su casa, escribiendo en su diario. Aquí, en cambio, todo obtenía un carácter soporífero. Por más que le fascinara la lectura, placer que heredara con orgullo de su padre, por el que llevase consigo de vacaciones varios libros de cuentos, y alguna que otra novela, no conseguía concentrarse para sentarse a leer -como su papá Augusto le había prometido que disfrutaría, en un último intento para convencerla de ir a pasar aquella temporada con los abuelos- trepada en las ramas del coposo árbol de la estancia, o sin concretar acrobacias, al menos entre sus mullidas raíces, cubiertas de vegetación. No había caso: el campo la deprimía.

El abuelo había comprado aquel terreno cuando su papá era muy joven, ni bien clausuraran el ramal ferroviario de trocha angosta que solía atravesar aquellos campos. Por entonces, desbordantes vagones de carga desfilaban delante de la otrora estación, edificio que actualmente constituía parte de las edificaciones de la estancia familiar. En ese sentido, su abuelo era un purista; había mantenido intacto el carácter tradicional del inmueble, conservando ciertos detalles propios como las campanas, las inscripciones en determinados carteles, las ventanillas… ¡Con decir que la antigua boletería se había transformado en su estudio particular, y la oficina del Jefe de Estación en su propio dormitorio!

Aquellos detalles resultaban por completo superfluos para Laurita. Ella era curiosa por naturaleza, aunque su atención no pudiese mantenerse en pie durante mucho tiempo. Se cansaba fácilmente de las cosas, por lo que solía aburrirse bastante seguido. Y en el campo era peor. Por eso, a los tres días de estar allí, ya había recorrido todo lo que le resultara de interés. Tendría que hallar algo que la sorprendiese de verdad, a fin de no llegar a pensar seriamente en colarse en el primer vehículo a motor que apareciese por allí, ocultarse debajo de alguna manta o cajón, y fugarse con enorme prisa hacia Buenos Aires, a la casa de alguna amiguita o pariente que la cobijara con excesiva discreción; ya vería dónde.

El hecho sorprendente llegó de la mano de Teresa, la cocinera de la estancia, mujer enorme tanto de cuerpo como de corazón. La mañana del cuarto día, al comprobar el rostro compungido y de mirada triste que Laurita presentaba por encima de la humeante taza del desayuno, Teresa se acercó hasta ella por detrás y le susurró:

-Una niña tan seria y bonita no podría andar por ahí con esa cara si supiera el secreto que yo sé…

Laurita la miró, apenas motivada frente al imaginable tedio que la aguardaba durante el resto del día. Teresa continuó:

-Y los secretos, al ser compartidos con ciertas personas especiales, se vuelven mágicos…

Aquello venció cualquier barrera de sospecha que la niña pudiese esgrimir frente a las diversas motivaciones que la entrañable mujer pudiese formularle. Y la hostigó a preguntas, sintiendo cómo se desperezaba su inquieto sentido por la curiosidad. Teresa finalmente, luego de hacerse desear durante unos minutos, le narró la antigua historia que circulaba por aquellos pagos desde hacía varias décadas.

A escasos doscientos metros de la casa, donde las densas ramas de los árboles crecieran formando una protector túnel vegetal, se extendían en el pasado los rieles de la trocha angosta del antiguo ferrocarril. Y allí mismo, un tiempo después de haberse cerrado aquel ramal, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Misteriosas luces que se veían en las noches de luna llena, distantes silbatos de tren, locomotoras que aceleraban en medio de la noche… La peonada siempre se asustaba hasta los huesos cuando despertaba del sueño a causa de semejante presencia, y todos afirmaban que un tren fantasma surgía del olvido, negándose a detener su marcha, a pesar de las decisiones humanas. Sólo algunos valientes podían acercarse y jactarse de haberlo visto. Pero para ello, había que llegar hasta el lugar de la mano de alguien que supiera las palabras mágicas para convocar a los espectros…

-¿Y cuáles son? -, exclamó Laurita, olvidada del desayuno, con la mirada fascinada por completo al escuchar atentamente a Teresa.

-Hay que pararse debajo de la Cruz de San Andrés y repetir las palabras mágicas que rezan en ella, haciendo caso de cada una de sus advertencias. Pero una niñita de ciudad como vos no tendría que ir sola. Podría acompañarte yo, en una de estas noches. Claro que, mientras esperamos el momento de ir, vos a cambio podrías ayudarme con algunas cosas que tengo que hacer en la estancia. Juntar los huevos en el corral, por ejemplo…
Con ello, Teresa consideró que la mantendría ocupada durante unos días, a fin de que fueran pasando las vacaciones, retrasando la fecha del futuro encuentro espectral. A Laurita, en cambio, el arreglo no la convenció para nada. Sin embargo, ya conocía el hecho fundamental: el corazón del secreto, y la clave para acceder a él. Y había diseñado su propio plan. Sólo hacía falta que se hiciese de noche, y pudiera escabullirse sin ser vista.

La emoción la carcomió durante toda esa tarde. Las horas se demoraban pegajosas sobre la esfera de los relojes, y a diferencia de lo que Teresa se esperase, la niña no volvió a abrir la boca respecto de aquel tema. La mujer creyó al caer el sol que su estrategia de entretenimiento no había dado resultado, y no volvió a mencionar el tema.
Laurita, en cambio, aguardó hasta que todos se hubieran acostado, y ni bien dejó de escuchar los habituales ruidos que realizaban sus abuelos por las noches, se escabulló fuera de la habitación en puntas de pie, abrigándose con un saco abierto por encima de su camisón, calzada con sus resistentes ojotas todo terreno, y salió de la casa por la puerta de la cocina. Una vez que se hubo alejado unos metros de la casa, encendió la pequeña linterna que se había traído de Buenos Aires, y caminó sin prisa hacia la enramada, bajo la tenue mirada de las estrellas.
Soplaba una fresca brisa que agitaba levemente las ramas de los árboles. Aquel rumor la inquietaba, aumentando la sensación de soledad que experimentaba de golpe, aunque al mismo tiempo la impulsara hacia la aventura; como si lo desconocido muy pronto le deparase una sorpresa inimaginable. Avanzó entre los pajonales y los ruinosos restos de la vía, carcomida por el óxido y casi sepultada por el polvo acumulado por los años, hasta detenerse delante de la antigua señal, cuyo poste –milagrosamente- aún se conservaba de pie.

Aquello debía haber sido un paso a nivel, el cruce entre la vía férrea y acaso algún camino municipal. Allí permanecía, incólume, la cruz acostada, con sus letras aún legibles, inscriptas en cada uno de sus brazos. Laurita respiró hondo, fascinada ante la perspectiva de lo siniestro; señaló con firmeza el haz de la linterna sobre la señal, confiando en realizar los pasos necesarios para convocar la presencia de los espíritus viales, y recitó en voz alta:

-“Cuidado con los trenes”……Claro que tengo cuidado, aunque ya no pasen por acá… “Pare”, estoy parada, “mire”, miro para un lado y para el otro, “y escuche”, a ver, qué se escucha……

La brisa susurró entre los árboles nuevamente, quizá remedando alguna misteriosa conversación, incomprensible para quien no supiera entender el idioma; y por un instante, más allá de los quejidos de algún cerdo trasnochado en los corrales, nada se escuchó. Laurita sintió que comenzaba a hacer frío, y se estremeció. Entonces, proveniente de territorios en extremo lejanos, creyó escuchar el agudo silbato de un tren.

Contuvo la respiración, temerosa de moverse, aunque un impulso la llevó a mirar en ambas direcciones otra vez. Sólo al reparar varias veces sobre uno de los extremos consiguió divisar, en los confines del horizonte, la débil luz amarillenta de un faro de locomotora.

Se le aceleró el corazón, y comenzó a reírse entre dientes, sin motivo, víctima de su propia travesura. El faro se acercaba muy velozmente, demasiado como para que aquella luz perteneciese a una locomotora real… Y de pronto, la brisa se transformó en un considerable ventarrón, que agitó las ramas con violencia, asustándola aún más. El viento le golpeó en la cara, despeinándola hacia atrás, obligándola a entrecerrar los ojos. Entonces, una negra e imponente locomotora, con el número 0410 inscripto en enormes caracteres blancos debajo de la ventanilla de la cabina, se le apareció delante suyo en todo su esplendor, con el ardiente vaho de su motor diesel quemándole la cara.

Laurita gritó, pero nada se oyó por encima del tronar del silbato y el chirriar de los frenos sobre unos rieles misteriosamente relucientes, extraídos de quién sabe qué otro ramal en servicio actual e ininterrumpido. El motor regulaba constante mientras la formación recorría los últimos metros hasta detenerse por completo. Y en ese último tramo de recorrido, Laurita contempló azorada el interior de los vagones.
Dentro, hombres y bestias se debatían en caótico desenfreno. Una luz espectral se derramaba sobre ellos, emergiendo sin piedad hacia aquella virgen enramada pampeana. Los caballos coceaban los asientos de madera que aún quedaban en pie, haciéndose lugar, girando sobre sí mismos, mientras los hombres, semidesnudos, con los brazos extendidos hacia delante y las caras aterradas, intentaban eludir esos briosos cuerpos, queriendo escapar de un destino prefijado de antemano. Relinchos y alaridos ensordecieron la noche, mientras una voz, amplificada por ominosos parlantes, ordenaba:

“¿Quiénes son tus compañeros, hijo de puta? ¡Hablá de una vez! ¿O querés que te hagamos un poco más de `submarino seco´? ¡Hablá!”

Un destello eléctrico. Olor a carne quemada. Y esos gritos…

La cabeza de un caballo, con los ojos desorbitados y mostrando los dientes, asomó por el hueco de la ventana faltante de la puerta más cercana a Laurita, quien temblaba como una hoja, a punto de orinarse encima, y sin dejar de iluminar con su linterna. El animal se debatía furioso, sin conseguir escapar del vagón, empujado por detrás por otro caballo, tan encabritado como él, y por algunos hombres, pálidos y barbados, algunos “tabicados” con sucios trapos, surgidos casi como de las imágenes en sepia de un sórdido campo de concentración. Entonces, aún sin comprender la totalidad de lo que ocurría delante de sus ojos, Laurita observó que el caballo se retiraba, y que los bordes de aquel hueco del ventanal comenzaban a derramar un líquido oscuro pero brillante: sangre.

Y antes de que ella respirase lo suficiente como para lanzar el alarido, la siguiente aparición la dejó sin aliento.

Forcejeaba con uno de aquellos hombres, intentando que volviera a meterse dentro del vagón. Pero su silueta era inconfundible. Y al reparar en su presencia, luego de dominar al pobre infeliz, la miró de frente, con expresión de reproche, y absoluta firmeza en la voz al exclamarle:

-“¿Qué estás haciendo acá vos???”

Y Laurita, antes de huir aterrada hacia la casa, estremecida por la inexplicable presencia de Augusto, su papá, a bordo de aquel funesto tren fantasma, chilló…

Treinta años después, un alarido similar brota de sus labios -dando comienzo a un cíclico insomnio que se prolongará durante semanas- al sentarse de golpe sobre su cama, respirando agitada, rodeada de silencio y de penumbras, mientras los fantasmas que acudieron aquella noche bajo la enramada, como mudos testigos de …¿un país que ya no existe?…, aún desfilan erráticos delante de sus ojos, inmensamente abiertos, aunque cargados de pesadilla…



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar







CONDENA*




No me preguntes, no, no me preguntes

Por qué mi voz se ha oscurecido.

No me preguntes por qué mi sombra no refleja mis horas.

Y no hay mirada, solo cuencas vacías.

Y la piel se ha esfumado

Y aferrada a los huesos, una jungla de desoladas lianas

Y el latido del viento

¡Ah, el latido del viento que me agobia!

Juro que lo he intentado.

No he podido acallar, sin embargo,

Su latido en mi sangre.

El viento empuja las antiguas velas,

E indefectiblemente

Mi pobre corazón,

Condenado a una barcaza abandonada,

Zozobra, mas no se hunde.




Tanta agua y morir de sed.

Tanta luz estelar y morir de noche.

Tanto viento y morir de calma.





*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






Vida de pulga*






De un salto casi mortal, alcancé el lomo, caliente y sucio, de un perro callejero que pasaba, husmeando las bolsas de residuos.

Yo estaba muy cómodo viviendo entre las largas mechas de aquella perra coqueta, pero tenía que esconderme en lo mejor de mi siesta, cuando el champú y el cepillo invadían mis dominios, dejando mis pobres ojitos ardiendo con tanta espuma.

Y para peor, insistían todos los días con el baño!

Ya todos mis amigos habían emigrado cansados de tanto agua y hoy me decidí: cambié de barrio. De pronto me encontré rodeado de una manifestación de pulgas; eran como treinta que se escurrían cómodamente entre el pelaje del vagabundo, acompañando sus libres paseos por las veredas y la plaza. Estaba bastante gordito, bien alimentado y listo para darnos de comer a toda pulga que se animase a soportar el olorcito a sucio que tenía. Yo venía de habitar a alguien siempre perfumada pero me propuse aguantar el cambio, por la alegría de tanta compañía. Algunas pulgas jóvenes y muy lindas me espiaban a través de los desgreñados pelos del lomo y mi corazoncito aceleraba su toc .toc.

Decidí afincarme en este perro, que aunque descuidado y ruidoso, me ofrecía una futura familia.

El nos trasladaba desde los portones del mercadito, donde había huesos de todo tamaño que le regalaban los carniceros, hasta las distintas puertas de las casas del barrio. Allí aparecían latas con restos de comida o taruguitos marrones, que nuestro “perro colectivo” masticaba con gusto.

El agua la tomaba de una canilla siempre rota que había en la plaza y la cama era un montón de hojas o algún banco desocupado.

Los chicos eran sus amigos, aunque nunca faltaba algún travieso que lo pateara o le acertara con una piedra. El salía corriendo sin pensar en nosotros, que si no nos tomábamos fuerte de algún pelo, caíamos estrepitosamente a tierra. Bueno, eso no era tan grave ,siempre pasaba algún otro vagabundo que cobijaba al que caía.

Teníamos libertad. Claro que había que aguantar las heladas noches, pero nos apretujábamos en las partes mas cálidas de nuestro “perro casa”.

También a veces alguna pulga desatinada, chupaba con más fuerza, y las uñas del vagabundo, rascando con ahínco, desparramaba al grupo que salía a los saltos del refugio.

Pero nos acomodábamos en otro lugar y volvíamos a acompañar el plácido sueño del vago.

Estoy pensando en formar una familia y me quedaré a vivir en este lugar. Me gusta cierta pulguita, rubia y muy linda, y creo que será buena compañera. Y seremos felices y comeremos perdices. Bueno... las comerá el perro, porque a mí no me gustan.







*De Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar












LAS PLURALES AUSENCIAS*



Padre, desde tus máscaras de barro te convoco.
Sé de tus furiosas armaduras de cartón y acero.
Te convoco desde mi antifaz de hembra sumisa.
Desde mi desnudez de niña.
¿Recuerdas los pelechos de víbora en semana santa?
Despréndete de cáscaras y escamas.
-Sé que guardas viejas cicatrices-
Falsas, algunas; otras, verdaderas.
Descálzate.
Deja al lado del río tu sombrero, tu saco, tu corbata.
Tus plurales ausencias.
Tus sonoros dragones.
Tus confesos silencios.
Los migrantes sabores de tu lengua.
Los pertinaces rostros.
Los acertijos.


No atiendas el teléfono.
No dejes que tu café se enfríe.
Que los tordos esperen.


Olvida las antiguas cancelas y tu hambre madre.
Relega la cimitarra y el alfanje.
Toma a la que te amó más que nada en el mundo.
Torna en púrpura su olor de amante abandonada.
Sé lagarto. Potro. Pasionaria. Musgo.
Bebe en ella el vino de la vida.
…Y hazme de nuevo, padre



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





INSTANTÁNEA CON FONDO DE LLUVIA*


Crónicas del Hombre Alto (n° 61)


Ella entra al dormitorio recién bañada, envuelta en un toallón color turquesa, descalza, el cabello ceñido a la altura de la nuca con un elástico negro. No me mira. Abstraída vaya a saber en qué pensamientos propios de un día cansador que se termina, no advierte que yo sí la estoy mirando, que sigo desde la cama cada uno de sus movimientos.
Afuera, marzo se deshace sobre la ciudad en un aguacero noctámbulo y el viento balbucea palabras ininteligibles junto a la ventana. Adentro, sólo los pasos leves de ella y el zumbido del ventilador vulneran el silencio de la casa.
Ella acomoda el toallón húmedo sobre la baranda que rodea el entrepiso y se pone la remera con la que habrá de dormir (una remera que le queda grande porque es mía). Al hacerlo, un mechón ondulado escapa de la prisión de tela que lo retenía y queda suspendido junto a su mejilla izquierda, como un estilizado signo de pregunta que rebota graciosamente en el aire.
A pesar de su simpleza, el hecho logra captar mi atención más profunda y no entiendo por qué la imagen de ese rizo lánguido que se balancea rozándole la cara me conmueve de tal forma. Soy el espectador solitario de un acontecimiento mínimo, sutil, cuyo fugaz fulgor se abre paso entre los pliegues de lo cotidiano y viene a subrayar en mi interior la certeza de que amo a esa mujer.
Ajena por completo a esta epifanía doméstica, ella se sienta en el borde de la cama, programa el despertador, se quita la tira elastica y le devuelve a su pelo la libertad transitoriamente cercenada. Después, se acuesta, apaga la luz y se acurruca junto a mí, tomando mi hombro por almohada.
"Escuchá cómo llueve", murmura, y nos quedamos así, abrazados en silencio, atentos al soliloquio monocorde que la noche derrama sobre las calles y las casas.




*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar






*



5. Concurso Literario XICóATL "Estrella Errante"*

Introducción

A comienzos de este siglo en YAGE pensamos que después del Concurso Literario dedicado a commemorar los 250 años del nacimiento de Wolfgang Amadeus Mozart, un buen tema sería imaginar nuestro planeta en el año 2100.

Un gran número de obras “científicas” y literarias a lo largo de la historia se han ocupado del futuro de la humanidad. Desde los llamados profetas mayores del “Antiguo Testamento” (Isaías, Jeremías, Ezequiel y Daniel), pasando por los libros sibilinos de la Roma antigua, las obras de Platón (“La República”), Thomas More (“La Utopía”), Michel de Nôtre-Dame (“Las verdaderas centurias astrológicas y profecías”), Tommaso Campanella (“La Ciudad del Sol”), Jonathan Swift (“Los viajes de Gulliver”), Jean-Jacques Rousseau (“El Contrato Social”), Robert Owen (“Nueva visión de sociedad”), Étienne Cabet (“Viaje a Icaria”), Karl Marx y Friederich Engels con el “materialismo dialéctico”, Aldous Huxley (“Un mundo feliz”) hasta trabajos muy recientes como el del autor George Friedman [1]. Todo esto sin incluir esa inmensa franja literaria llamada “Ciencia-Ficción”, comenzada a fraguar ya en el siglo XVII por Johannes Kepler con “Somnium”, y que ha generado obras tan brillantes y fantásticas como las de los autores Edgar Rice Burroughs, Howard Phillips Lovecraft, Fritz Leiber, Robert Bloch, Robert E. Howard, Isaac Asimov, Ray Bradbury, Anthony Burgess, Arthur C. Clarke, Robert A. Heinlein y en castellano Adolfo Bioy Casares y Jorge Luis Borges [2].

Para esta edición del Concurso Literario XICóATL tenemos la fortuna de contar con la valiosa colaboración de un selecto grupo de excelentes espacios de difusión literaria, quienes nos ayudarán en la puesta en circulación de las bases del concurso y posteriormente publicarán los trabajos ganadores en sus respectivos medios. Casi todos ellos colaboran también en el jurado que seleccionará los trabajos a premiar. Estos aliados son las Revistas literarias internacionales “En Sentido Figurado” (hecha en 7 países), “Cañasanta” (de Toronto, Canadá), “Carátula” (de Nicaragua), “Cinosargo” (de Chile), “miNatura” (de Cuba), “Antorcha Cultural” (de Mendoza, Argentina) y “Azul@rte” (de Québec, Canadá); además los blogs literarios “NTC … Nos Topamos Con …” (de Colombia); “Inventiva Social” (de Buenos Aires, Argentina); "Aurora Boreal" (de Dinamarca).

El siglo XX fue profundamente estampado por el sello sangriento de una multitud de regímenes totalitarios, guiados por una u otra ideología política. Tan nefasta experiencia, marcó a su vez el comienzo del fin para todas las ideologías. En lo científico, lo cultural y lo económico la humanidad alcanzó desarrollos jamás soñados por civilización alguna; sin embargo, esta grandiosa expansión material nos deja al mismo tiempo un inmenso catálogo de problemas y desafíos para los siglos venideros. Si bien la sombra compañera de la llamada civilización durante el pasado siglo fue la guerra, la de este siglo XXI es la gran devastación y la profunda degradación del medio ambiente. Pienso que la humanidad requiere con urgencia en este siglo una gran revolución, esta vez de carácter espiritual. Será una transformación esencialmente individual, que tenga como objetivo la abolición de todos los condicionamientos de carácter religioso, político y cultural que hoy siguen prolongando su esclavitud. El hombre económico y enajenado de hoy no tiene ningún futuro. El hombre sin conciencia de sí mismo, de su papel en el mundo, de sus derechos y responsabilidades nunca podrá resolver los problemas de hambre, miseria, guerra, dependencia, sobrepoblación, contaminación ambiental, relación con otras especies y otros tantos que hacen infeliz la vida. Pero el objeto de esta introducción no son mis fantasías y/o especulaciones sobre lo que ocurrirá en nuestro planeta en un futuro, ese será el trabajo de quienes deseen concursar en esta convocatoria. Lo que sí tengo muy claro de momento es mi profundo agradecimiento para todas las entidades y personas que harán posible el desarrollo del evento y para todos los que emprendan la tarea de imaginar qué sucederá o cómo será nuestro planeta, en especial los continentes que más nos conciernen, esto es (Latino)América y Europa, en el año 2100.



*Luis Alfredo Duarte-Herrera.





BASES DEL CONCURSO



- Para trabajos inéditos, en prosa
- Extensión máxima: 5 páginas, formato DIN A4, tipo de letra Times New Roman tamaño 14, a espacio sencillo, margen: 2 cm x 2 cm x 2 cm x 2 cm.
- Tema: "(Latino)América / Europa / año 2100"
- Idioma: español
- Género: ensayo y/o cuento.
Envío del trabajo: enviar vía e-mail a euroyage@yahoo.de 2 archivos anexos en formato Word: el primero con el cuento o ensayo (no olvidar colocar el seudónimo) y el segundo con los datos personales (pseudónimo, nombres y apellidos, dirección electrónica, dirección postal, teléfono y corto curriculum vitae [opcional]).

- Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de noviembre 2010.

PREMIOS:

- Se otorgarán 3 premios, cada uno de 500 euros, más la publicación en los siguientes medios:

1. Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL, “Estrella Errante”, bilingüe, impreso y digital www.euroyage.org
2. Revista Digital “En Sentido Figurado” http://www.ensentidofigurado.com/
3. Revista Cultural “Carátula” http://www.caratula.net/
4. “Revista Cinosargo” http://www.cinosargo.cl.kz/
5. “Cañasanta, Revista sobre Arte y Literatura Latinoamericana” http://www.canasanta.com
6. Revista Digital “Antorcha Cultural” www.antorchacultural.com
7. Revista Digital “miNatura” http://www.servercronos.net/bloglgc/index.php/minatura/
8.“Revista Literaria Azul@rte” http://www.revistaliterariaazularte.blogspot.com/
9. “NTC … Nos Topamos con …” http://www.ntcblog.blogspot.com/
10. “Inventiva Social” http://www.inventivasocial.blogspot.com/
11. Revista Aurora Boreal http://www.auroraboreal.net


- Mención de Honor y publicación (bilingüe en XICóATL) de los trabajos destacados.
- Los resultados se anunciarán en el No 96 de XICóATL (Julio/Septiembre/2011) y, por la misma época, en los demás medios descritos.

El jurado está integrado por:

1. Eduardo Francisco Coiro, por “Inventiva Social”,
2. Gabriel Ruiz Arbeláez, por “NTC … Nos Topamos con …”,
3. Ricardo Acevedo Esplugas, por “miNatura”,
4. Dr. Angel Lucio Gargiulo Filippini, por “Antorcha Cultural”,
5. Judy García Allende, por “En Sentido Figurado”,
6. Daniel Rojas Pachas, por “Cinosargo”,
7. Ángel Fernández, por “Cañasanta” y
8. Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera, por “Estrella Errante”.


CONCURSO XICóATL
www.euroyage.org
euroyage@yahoo.de

A-5020 SALZBURG - AUSTRIA



[1] „The Next 100 Years“, Friedman George, 2009, Doubleday, Randmon House Inc. Versión en alemán: “Die nächsten 100 Jahre”, 2009, Campus Verlag GmbH, Frankfurt am Main, 298 pgs. Existe versión en español: „Los próximos 100 años“, Editorial Destino, 2010, 336 pgs. Friedman intenta principalmente una visión geopolítica de lo que sucederá en los próximos 100 años en nuestro globalizado planeta y predice, entre otras cosas, el derrumbamiento de la China en el 2020, una nueva guerra mundial para el 2050, el aseguramiento energético del planeta mediante energía solar del cosmos para el 2080 y el desafío del poder de los Estados Unidos de América por parte de México hacia el 2100.

[2] Un interesante artículo de Elvio E. Gandolfo titulado “La Literatura Fantástica y de Ciencia Ficción en América Latina” encuentra en la Revista Cinosargo, en el link http://www.cinosargo.bligoo.com/content/view/564315/Literatura-fantastica-y-de-ciencia-ficcion-en-America-Latina.html




*


Apreciadas amigas, queridos amigos,


El número 91 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Abril/Junio/2010, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org bajo el link:

http://www.euroyage.org/es/xicoatl-91

CONTENIDO:


ENSAYO: La balada de Haroldo Conti. Jorge Isaías.
POEMARIO: Poemas. Emilse Zorzut.
- Poemas. Gabriel Ruiz Arbeláez.
NARRATIVA: Cuentos. Aymer Waldir Zuluaga Miranda.
AUSTRIA: Una noche con A. Alfred Ziermayr.

La edición impresa de XICóATL # 91 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@aon.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).


Freundliche Grüße / Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067



*


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Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

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