Friday, August 20, 2010

EN CINCO MINUTOS LEVÁNTATE...



ILUSTRACIÓN: WALKALA. http://www.walkala.eu/
*


Manos creadas para ahuecarse.

Tiemblan (como sonrisas tímidas)

en la mitad de las montañas blancas.


Encuentran

frutillas o poemas o florcitas

timbres rosados

para llamar a las puertas del cielo.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar








EL MILAGRO*



Para Eli


Se había detenido en medio de la habitación, todas sus pertenencias estaban desparramadas sin ningún orden o destino, todo lo que le había costado conseguir durante su vida estaba allí y ni siquiera podía experimentar el goce de haberlo obtenido con su solo esfuerzo, sin ayuda ni aliento de alguien.
Los años se le habían ido acumulando y era consciente de que el fin del camino no estaba muy lejano.
Mirando sus cosas pensó que no tenía sentido conservarlas. ¿Para qué? ¿Para quién? No tenía a nadie y era posible que fueran ofrecidas al mejor postor o tiradas al basurero.
Esa idea sacudió su inmovilidad como si hubiera recibido una descarga eléctrica, comenzó a embolsar cosas, a apilarlas en su living y dejó a un costado unos pocos objetos de los que no podía desprenderse.
Con la misma decisión fue hasta el teléfono y marcó un número, dio unas consignas y fijó un horario que equivalía a decir ya.
No pasó ni media hora cuando arribó una camioneta y un joven muy solícito cargó todo en el vehículo que pertenecía a una Sociedad Benéfica.
Luego entró a la casa, se dejó caer en el sofá, apretó contra su pecho esas pocas joyas según su afecto y cerró los ojos.
- Si desapareciera en este momento, estaría bien, - se dijo, - lo consideraría justo.
La ventana se abrió, un rayo de luz violeta cayó sobre ella y la convirtió en estatua que poco a poco fue empujada hacia la puerta de calle.
Atardecía cuando Raúl, el pintor loco según los vecinos, volvía a su casa caminando displicente por la vereda, al enfrentarse con la estatua quedó inmóvil.
-¡ Qué hermosa! – exclamó. - ¿Quién la pudo abandonar aquí?
Su instinto lo obligó a recorrer con su mirada la calle que permanecía totalmente desierta y la tentación pudo más, la tomó con cuidado y con paso presuroso siguió su rumbo.
Ya en su habitación plagada de caballetes, cuadros apoyados en cualquier parte y todo un arsenal de elementos acordes con su actividad, procedió con sumo cuidado y con ojos de experto a buscar un lugar para apoyar su trofeo, ya ubicado la miró en silencio disfrutando la imagen que le ofreció.
- Eres un milagro, - dijo como en susurro, - serás una excelente compañía que atenuará mi soledad.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar








EL CAMPANARIO DE LA IGLESIA*



Hacia 1950 aproximadamente, yo tenía unos diez años; demolieron la vieja torre de la iglesia parroquial. Una mañana, para mí muy especial, acompañaba a mi padrino Berto en el sulki, y tengo grabada la imagen de cuando levanté la vista, y vi la torre decapitada, y obreros trabajando en aquella demolición, requerida para el renacimiento que surgiría luego, tras la remodelación; de una torre de mayor altura y elegancia, de un estilo más depurado, con grandes relojes, afilado perfil y una gran cruz montada en una pequeña esfera, en su cúspide.
Vislumbro aquel taller de Marcón frente a la esquina suroeste de la plaza, donde montaron el armazón con perfiles de hierro soldados, una pirámide o más bien un cono facetado, un esqueleto metálico con aristas, que revestido luego sería el pináculo de la torre.
Mucho tiempo estuvo afuera, en la vereda, pero nosotros entonces ignorábamos cual era su destino.
Otro episodio, ya escolar, se vincula a esa magna obra, por aquella época; y tiene que ver con el colegio parroquial: al año siguiente, yo estaba en quinto, y sucedió algo que aún no termino de comprender. Teníamos compañeros que se comportaban terriblemente, y el Hno. Vittorio, maestro de maestros, al que yo veneraba, profesor de matemáticas, dibujo, gimnasia; estaba inusualmente furioso, no contra mí, que no mataba una mosca; pero dije algo indebido y me echó del aula. Creo que al ver que era yo, decepcionado, y doblemente enojado, me dijo furioso:
-¡No, mejor, no!... ¡Toma tus útiles y vete a tu casa!...-
Esto era grave, gravísimo, me ligué esto gratuitamente, yo que jamás tuve una inconducta… Pero tomé mis útiles y cabizbajo salí al patio, sabiendo que a casa no podría ir, ya que faltaban dos horas para la salida… Se ve que fue un arrebato momentáneo del maestro, porque ese mes mi boletín no acusó ninguna nota baja, ni observaciones de mala conducta. Pero en ese momento confuso, sin saber qué hacer, crucé la iglesia hasta la escalera del campanario, y entre el ir y venir de albañiles, fui escalando hasta asomar al vano de los relojes, que aún no estaban en su lugar, y viendo la obra y el paisaje a vuelo de pájaro, me quedé hasta el horario en que salían mis compañeros; conversando con oficiales y peones, mientras proseguían con sus labores.
Uno de ellos sobresalía como oficial principal, era diligente, fortachón, y muy divertido. De nombre Atilio, un prestigioso albañil de la empresa ejecutora de la obra: S.J. Agustini Hnos, donde yo mismo trabajaría muchos años después.
Quizás pasó un año, tal vez más, no recuerdo bien cuanto duraron los trabajo de la torre, pero entonces ya estaban en las terminaciones. Faltaba montar la enorme cruz en la cúspide, sobre la pequeña esfera que sería su base. Me gustaba ver los detalles que iban surgiendo, cada vez que volvía a pasar, como las aristas se iban cubriendo de pequeñas molduras como gárgolas, que enriquecían aquella afilada pirámide, último tramo de la torre. Distraído iba a cruzar la calle hacia la plaza, cuando escuché una voz fuerte y lejana, que venía de muy arriba, llamándome por mi apellido…
“-¡Hey…, Agretti, aquí…!!! ¡Mirame!”- y al levantar la vista casi me caigo del vértigo, aun estando en el suelo…
Aquel afable oficial, Atilio; estaba sobre la pequeña esfera, parado allí, sin tenerse a nada, a más de cincuenta metros del suelo, rodeado de vacío y de nada…¡Haciendo alarde de su templanza!
Escuché otro grito, que me pareció de puro gozo, y una fuerte carcajada, mientras agitaba las manos en un ostentoso saludo, mostrándome que no se sostenía más que en sus pies, que apenas cabían en aquella pequeña bola de cemento, facetada como una gema.
Tengo como una foto en mi mente, inmovilizado aquel genial momento; para él seguramente de gloria, y para mí de ejemplo de su bizarro coraje, que guardaré para siempre. Estimo que esa fue la mejor prueba de trabajar con entrega, con alegría, de hacer con gusto el trabajo que el hombre hace, sea donde sea...
Pasó el tiempo, y en aquella empresa tuve ocasión de conocerlo aún mejor, desde mi puesto administrativo, y él de responsable capataz de obras. Armonizaba con todos sus colaboradores, siempre de un inmejorable buen humor, y sobre todo su responsabilidad y su hombría de bien.
Pero la vida nos da sorpresas a cada vuelta de esquina, y ni la ficción supera la realidad, cuando el libro de los dioses devela las páginas que tiene escritas para cada uno…
Poco tiempo después, aquel hombre tan querible y ejemplar, perdió la vida injusta e inocentemente, en un homicidio preparado para otro; donde él fue elegido por el destino, para quizás evitarle la muerte a otro destinatario.
Fue una trampa preparada para asesinar a un vecino, agente de policía;, pero el que apareció inesperadamente en aquella puerta, fue Atilio, que recibió una cuchillada mortal, equivocada, de quienes lo habían confundido miserablemente.




*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda, Santa fe; 21 de julio de 2010.







"Quiero que mi madre reciba mi novela como un ramo de rosas"*



La saga de Gabriel, su personaje duro y conmovedor, termina con "En cinco minutos levántate María".


*Por Marina Navarro


CARIÑO. "SOY UNA PERSONA CON UN EGO APLASTADO, NECESITO QUE ME QUIERAN",
DICE EL AUTOR PABLO RAMOS.


Es de noche, el barrio de La Paternal está oscuro y poco concurrido. Pablo Ramos, abre de par en par las puertas de su casa sin preguntar siquiera quién es. Saluda afectuosamente, invita a sentarse mientras él cambia en la cocina la yerba del mate. Ésta, también es la casa de Gabriel Reyes, el protagonista de sus dos novelas anteriores: El origen de la tristeza , que repasa el fin de la infancia y transita la adolescencia de Gabriel, un pibe de clase baja que vive en Avellaneda y La ley de la ferocidad , donde
Gabriel, ya adulto, se entera que su padre, con quien siempre tuvo una relación conflictiva, ha muerto.
Esos personajes vuelven en su nueva novela, que saldrá en septiembre.
En cinco minutos levántate María transcurre en la madrugada previa a la muerte del padre de Gabriel y le pone punto final a una trilogía autobiográfica. Esta vez, Ramos relata el cierre de la historia de los Reyes desde la voz de María, la madre de Gabriel. Un relato descarnado y sin concesiones, en primera persona, en la voz de la mujer que mejor conoce a Gabriel.
¿Por qué eligió a María para contar el final? Porque no podía cerrar la historia de Gabriel desde el resentimiento. Ese amor-odio al padre mezclado.
Necesitaba contar todo desde el amor más profundo que es el de una madre y una mujer. La novela es un repaso por la historia de los Reyes y María es la conexión para el acercamiento entre Gabriel y su padre. Era necesario que la contara ella. Si esta es la última palabra, dejémosla en manos de los que
saben.
Está escrita casi en tiempo real.
Sí. Lo único que espera un lector mío es que lo dé todo, lo mejor posible, pero todo. Por eso lo ubico en un lugar preferencial. La historia transcurre por completo en el dormitorio de María. Ella se despierta en medio de madrugada, se da cuenta de no se va a poder volver a dormir y empieza a pensar. De repente percibe algo diferente, algo denso y frío como una sombra más oscura que se agacha sobre su marido y ella la ve. Se enfría la pieza.
Todavía no sabe que su marido va a morir esa misma noche, pero puede adivinarlo.
¿Cómo definirías a tu madre? Mi madre es un espíritu complejo. Es una mujer que lo hizo todo sola, que nos protegió de todo y de todos y que siempre estuvo ahí, firme. Que puede ser delicada y amorosa o mostrarse retraída y desconfiada, como un animal acorralado.
Ella tiene un diario que empezó cuando vos naciste.
Hay mucho de los diarios de mi madre en la novela. Cuando decidí que iba a ser ella la protagonista, le pedí permiso para leerlos y le pregunté qué de eso quería que estuviera en la novela. Hay una conexión muy física con mi vieja. Soy el mayor de mis hermanos. Ella construyó a la persona que yo soy, tan comunicativa y con tanto miedo. Con tanta necesidad de mujeres y de afecto.
¿María es la mujer que mejor conoce a Gabriel? Es la única que puede pintar un retrato del alma de Gabriel. Es, de alguna manera, escribir un retrato de mi alma para mirarla yo. Pero un retrato de mi alma sería injusto sin la visión de mi madre.
¿Qué pensás que va a decir cuando la lea? No sé. Me da mucho miedo, escribí aterrado por momentos. Yo soy una persona con un ego aplastado, necesito que me quieran. Pero me gustaría que la reciba como el ramo de rosas de su vida.
Eso intento que sea la novela, un ramo de rosas para mi madre y un ramo de rosas para la mujer, para todas las mujeres de mi vida que de alguna manera resumo en María.
Pensaste un montón de dedicatorias y finalmente quedó, "Para mi madre".
Pasé por veinte mil dedicatorias, quedó esa. Lo que pasa es que sigo siendo un impotente a la hora de decirle cuánto la quiero. Por eso escribo. El lenguaje es impotente, nada alcanza. Al final uno queda ahí, como un niño atrapado, tratando de poder contarlo.



*Fuente: Clarín.
http://www.clarin.com/sociedad/Quiero-madre-reciba-novela-rosas_0_319768105.html







El paranoico que tenía razón*




*Por Juan Forn.


En el origen de toda gran revista hay un loco. Y en casi todos los casos es el primero en irse de la revista, peleado con todos, haciendo honor a su fama de loco, aun cuando tenga razón. Harold "Doc" Humes no fue la excepción: inventó The Paris Review pero fue degradado a último pinche de la dirección ("encargado de Suscripciones y Publicidad") en el primer número de la revista. El no sabía nada: se enteró en el puerto de Nueva York, cuando retiró de aduana los paquetes impresos que venían de París. Y le dio tanta ira que arrastró los paquetes hasta una papelería, se hizo hacer un sello que decía "Fundador: Doc Humes", lo estampó en la portada de cada uno de los ejemplares de la revista, dejó los paquetes en manos del distribuidor y se volvió a París. Dos números después ya se había ido de Paris Review, harto de que ninguno de sus compañeros le creyera que estaba siendo vigilado por el gobierno norteamericano.
Era el año 1953. Los miembros fundadores del Paris Review (George Plimpton, Peter Mathiessen, William Styron y Humes) eran todos jóvenes veteranos de la Segunda Guerra que al volver a su patria terminaron lo más rápido que pudieron la universidad para volverse a Europa, con la ilusión de que París
fuese para ellos lo que había sido para Hemingway y Fitzgerald en los años '20.
¿Por qué habría de preocuparse por ellos y vigilarlos el gobierno norteamericano? Humes había conocido y encandilado a Plimpton y Mathiessen en los cafés parisinos, donde jugaba por plata al ajedrez para mantenerse (en realidad malvivía de una renta que le pasaba su padre) y trataba de
reunir fondos para crear una revista literaria. Plimpton y Mathiessen eran niños bien que venían de Yale y Harvard. No les costó nada reunir el dinero que hacía falta pidiéndolo a sus padres y a los amigos de sus padres, pero no se animaron a poner a Humes como editor. Tampoco se animaron a decírselo,
razón por la cual Humes se enteró como se enteró de la noticia en el puerto de Nueva York, adonde había viajado especialmente para lanzar "su" revista.
Bajo la dirección de Plimpton, Paris Review se convirtió en la mejor revista literaria del mundo, pero Humes ya se había bajado hacía rato del barco.
Prefirió irse a Londres con su mujer y sus hijas, donde escribió dos novelas que recibieron muy buenas críticas, que a su vez alimentaron aun más su paranoia: el New York Times dijo de la primera (un thriller ambientado en el París bohemio y pro-comunista de posguerra) que era de un "talento alarmante"; el Washington Post dijo de la segunda (una novela de mercenarios afroamericanos en una isla del Caribe) que "su vividez daba escalofríos". Las cosas empeoraron a principios de los '60, cuando Timothy Leary llegó a Londres con una valija llena de LSD, y Humes lo convenció de que le diera cinco dosis juntas (era legendaria su tolerancia a los químicos). El trip fue una catástrofe: le produjo su primer brote psicótico.
Mientras sus amigos lo internaban en un psiquiátrico, su esposa escapó a Nueva York con las cuatro hijas.
Con los años, Humes volvería a su país convertido en "un neo-profeta eléctrico" (la definición es de Paul Auster, que era estudiante en Columbia cuando cayó bajo su influjo en 1969). Para entonces se decía de él que había inventado y patentado una casa hecha enteramente de papel que resistía lluvias e incendios; que había asegurado su cerebro en un millón de dólares; que había sido el jefe de campaña de Norman Mailer cuando éste se postuló a alcalde de Nueva York; que había filmado (y perdido) una película-verité llamada Don Peyote, en la que un junkie llamado Ojo de Vidrio hacía de Quijote por las calles del Village completamente colocado, mientras Ornette Coleman seguía sus pasos y proveía música de fondo. Cuando no estaba internado, Humes dormía en las oficinas de la editorial Random House, o en los campus donde estudiaban sus hijas (NYU, Harvard y Columbia) y donde nunca le faltaban fans que se sumaran a sus protestas callejeras. Sostenía que el gobierno vigilaba cada uno de sus pasos y dominaba a la población a través de mensajes subliminales en las nubes. Su último hogar fue el Hospicio Saint Rose, creado un siglo antes por la hermana de Nathaniel Hawthorne. Hasta su muerte escribió una novela eterna (que por supuesto se perdió) donde contaba la historia de un científico que descubría que lo
estaban convirtiendo en otra persona o se estaba volviendo loco, y trataba desesperadamente de transferir a las cabezas de los demás toda la información que almacenaba en la suya antes de enloquecer del todo.
Casi nadie se acordaba ya de Humes cuando su hija Immy reveló, en su documental Doc, que Paris Review estuvo infiltrada por la CIA y que el topo era uno de sus fundadores, Peter Mathiessen. El propio Mathiessen confiesa a cámara, presionado por la voz en off de Immy, que la CIA lo reclutó cuando
egresó de Yale después de la guerra, que le pagaron el viaje a París, que su fachada era la revista y su trabajo consistía en informar sobre los americanos con los cuales trataba (una vez a la semana debía encontrarse en el Jeu de Paume con su contacto). Aunque "aún no eran los tiempos en que la agencia comenzó a dedicarse al asesinato político", dice Mathiessen, el asunto terminó por asquearlo y renunció, y también se mantuvo alejado de Paris Review unos años, hasta que un día, al enterarse de lo mal que estaba Humes en Londres, viajó hasta allá para confesarle todo. Mathiessen creía de buena fe que la revelación aliviaría la paranoia de Doc y quizás "hasta lo liberara de sus fantasmas". En cambio, Humes se cruzó con Timothy Leary y se fritó la cabeza con aquellas cinco dosis de LSD. Antes de hacerlo escribió una larga carta a Plimpton, donde le relataba todo lo que le había contado Mathiessen y exigía ("es el que vomita el responsable de limpiar la vomitada") que el propio traidor escribiera de su puño y letra un relato de los hechos y que el texto completo se publicara en Paris Review. La carta nunca llegó a destino. Terminó dentro de una valija que los amigos de Humes enviaron a su esposa a Nueva York después de internarlo y que ésta dejó arrumbada en un altillo hasta que Immy la descubrió, cuarenta años después.
La revelación no parece haberle movido un pelo a nadie. Mathiessen es hoy un venerable activista ecológico y defensor de los indios americanos. Plimpton murió con honores en 2003. Immy estrenó su documental en 2008, presionó hasta que se reeditaron las dos novelas de su padre (The Underground City y Men Die), exigió al FBI que diera a conocer el voluminoso archivo que tenía sobre Doc (donde figuran desde la aprobación de la beca Marshall con la que se fue a París en 1949 hasta el certificado de defunción firmado por personal del hospicio en 1992), incluso colgó en la web aquella tremenda
carta que su padre escribió a Plimpton en 1965. Pero lo único que logró hasta ahora es que la crítica declare a Doc Humes "un interesante antecedente de ficción paranoica".



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-151616-2010-08-19.html








LOS ENAMORADOS*



Esta carta es tuya.
Te ha aparecido durante varias etapas de tu vida,
Y al parecer cuando se te impregna el sudor
De cansadas dudas,
Eliges de tal modo,
Que andas errante por los caminos.
Cuando me elegiste,
para mi fue el milagro
Pedido desde antes de mi existencia y,
Tu rostro insertado en la ciénaga
Con el solo hecho de hacer contacto sutil en mi morada,
hizo sentir que estaba viva
Y como cualquier criatura que vive y exhala,
Ese instante coincidió con la comunión infinita
Prometida a los seres que invocan
este extraño y anómalo sentimiento.
Mas, para ti, era un pasar como tantos otros,
Quizás utilizado como bote de salvavidas que te rescataba de un anterior naufragio.
Y los naufragios eran auto inducidos, dejando dolor y miseria,
Rencor y odio misógeno, a la vez que nuevamente
Te tocaba elegir entre dos amantes,
Y tu sudor estaba impregnado de tormentosas y mortales dudas.
Quizás desde un principio buscabas el amor infantil
Enseñado en los cuentos de hadas,
Pero la realidad exigió mucho mas de ti
Y no podías quedar en menos con la petición de la naturaleza.
El amor es para la razón
Y tu, eres irracional: el llamado de la selva es tu consigna,
Dejando descendencia sin el menor pudor,
Culpando tu miseria de vida a quienes engendraron tu amor
Y con desdicha despertamos al horror de tu vanidad.
Quisiera que esta carta hoy fuera mía
Pero con alevosa dedicatoria
Invertida,
A ti la regalo.



*de Daniela Wallffiguer. danielawallffiguer@gmail.com






*


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