Sunday, October 10, 2010

DIOS ACECHA EN LOS INTERVALOS...



*Ilustración: Walkala. http://www.walkala.eu/




RELOJERO*


No miento si afirmo que llegue a aquel portal por pura causalidad, de andar practicando ese noble ejercicio de la atorrantería.
Una mujer estaca barría la vereda. Le pregunté si el señor del segundo laburaba en algún horario en especial.
Al tiempo que me tildaba de vago la vara color azafrán me dio a elegir entre un llamado a la policía o partirme su escoba en el marote si no me retiraba de allí.
Mi esperanza de recuperar la noción del tiempo era tanta que preferí no ser beligerante con la pobre subnormal. Por aquella época era yo un Cromagnon resignado y ocioso y me retiré en buen orden.
Volvería más tarde cuando la reina del estropajo se hubiera ido de los dominios de su vereda de baldosas vainillas.
Eran las seis de la tarde.
Adjunto al un timbre del edificio de marras un cartel, estilo cuadro, fondo negro y letras en bronce brillantísimo, rezaba: “Relojero- composturas- se arreglan relojes de todo tipo y marca- 2º piso- izq.”, de modo tal que, ascendí los escalones chillones de la escalera a una cadencia de un peldaño por minuto ante la inminente posibilidad de que ésta y todo el edificio se derrumbaran.
Cuando llegué al 2º, verifiqué cuál era mi izquierda y caminé por un pasillo más endeble que la escalera, con la esperanza intacta de que el edificio no se derrumbara y la de recuperar mi noción del tiempo.
Detrás de la puerta entreabierta había un cigarrillo con un tipo detrás; un coso entreverado entre agujas, resortes, minuteros, cuadrantes ferrocarrilescos, campanillas, engranajes, péndulos y un cucú algo idiota que salía a chillar cada dos minutos (que en mi criterio balearía con un 38 antes de intentar repararlo)
Sin levantar la mirada me preguntó en qué podía ayudarme.
Le respondí preguntando qué tan veraz era el cuadrito que afirmaba que se arreglaban relojes de todo tipo y marca.
Con suficiencia me respondió: “Soy bisnieto de relojeros”.
No me quedé atrás en mi abolengo y le comenté: yo soy bisnieto de un vasco loco que se metió en La Legión Extranjera, estuvo en el desierto y me regaló un reloj que se me rompió hace un tiempo.
Con la misma suficiencia de bisnieto de relojero me dijo que se lo dejara y que en la semana siguiente pasase por él.
Dejé sobre su banco de trabajo un puñado de arena y unos pedazos de vidrio.
Este reloj no tenía cuerda, ni engranajes, ni pajaritos idiotas; que sólo era cuestión de darlo vueltas cada tanto.
El tipo puso el cigarrillo entre sus dedos y me dijo:” llévese su pedazo de desierto y retírese, sepa usted disculpar mi autosuficiencia, prometo cambiar el anuncio del cartel que lo trajo hasta aquí, admito no poder reparar todo tipo y marca de relojes”.
Cuando salía comentó: “de todos modos no se desanime, pues el tiempo sólo es tardanza de lo que inexorablemente llegará”.
“Sea la dicha o la desgracia”
Caminé hasta la escollera, tiré el silicio, vidrio y arena, con la idea de que vuelvan a ser puro mineral y volví resignado y ocioso al noble ejercicio de la atorrantería pensando que si y le pido al tiempo al tiempo. El mismo tiempo, tiempo me dará.



*De Beto Casquero. beto_casquero@hotmail.com








RITA*


La hora de la siesta era para Rita un tormento. Muchos años de esposa diligente y de anfitriona de los amigos del marido, la colocaban entre la espada y la pared. Él se retiraba al cuarto con la orden de “No estoy para nadie” y, como en una coreografía, comenzaban a sonar el teléfono, el aldabón de la puerta, las voces en la ventana y todos insistían en que lo despertara, que era urgente; ella lo hacía y después le llovían los regaños.

Optó por decir: “No está, fue a comprar cigarros”, pero a los dos días de repetir lo mismo – nunca tuvo mucha imaginación -, le respondían que se dejara de cuento. “Anda a despertarlo, que nadie se cree lo de comprar cigarros tres veces en el día”. Y ella volvía a caer en la falta.

Esa tarde, después de tomar dos fuertes somníferos para no escuchar ni sentir nada, el marido le había dicho que aunque le tumbaran la puerta, aunque quedara sorda de tantos timbres de teléfono, él tenía derecho a su siesta. "¡Ni aunque se derrumbe la casa me puedes despertar!”

A punto de enloquecer, entre timbres, gritos y aldabonazos, furiosa con su condición de obediencia, recordó aquel hechizo que le había enseñado su bisabuela. Valía la pena. Fue a buscar una rama horquillada y la clavó en el centro del patio pronunciando el conjuro aprendido hacía tanto…


El terremoto la sorprendió preparando el hatillo con sus pertenencias, terminó de anudarlo a toda prisa, se lo enganchó al hombro, salió, se cuidó de cerrar la puerta... Con ambas manos se aferró bien a la reja de la entrada.


Las casas de los lados caían... Rita, fiel a la orden, esperaba a que cayera la suya y, con ella, el último despertar de su marido.


*de Marié Rojas Tamayo.
-La Habana. Cuba







El esclavo del amor*




*Por Juan Forn


Hay que empezar por la cicatriz al hablar de Agustín Lara. El mismo empezaba por ahí cuando cantaba el bolero de su vida, que es la mejor de sus canciones, lo que es decir mucho, teniendo en cuenta las canciones que escribió. La cicatriz era un tajo que le cruzaba la cara desde la comisura de la boca hasta el nacimiento de la oreja. La leyenda dice que se la hicieron en algún momento entre sus trece y sus veinte años, en alguna de las casas de putas donde tocaba el piano. No se sabe si fue navajazo de
chulo airado o botellazo de dama desairada, si fue por algo que él había hecho o por algo que decía en alguna de sus canciones. "No recuerdo que Agustín Lara haya dicho nunca una verdad y la cicatriz es su mentira más productiva", diría su primer biógrafo, explicando por qué renunciaba a la tarea. La cicatriz, es decir la fealdad de El Flaco de Oro, es el mito de origen de sus innumerables conquistas. El le echaba la culpa a Dios: "El Señor de los Señores me hizo tan feo que me dio también la gracia de la
divina musicalidad". Quizá su don fuese de origen extraterreno, pero su fealdad no: era producto de aquel tajo que le arrancó media encía superior y la mejilla izquierda (su característico gesto chueco, su cara de feo, era porque la dentadura postiza no se sostenía sola). Las mujeres se enamoraban de la cicatriz, porque la cicatriz lo convertía en el protagonista de sus canciones, además del compositor e intérprete: cada canción hablaba de una mujer distinta pero de un mismo hombre, él.
Contaba Monsiváis que en Ciudad de México, hacia 1910, doce de cada cien mujeres entre los quince y los treinta años de edad eran prostitutas inscriptas (la expresión de la época era "pecadoras con contrato"). En los salones de esas casas de putas tocaba el piano el joven Agustín Lara. En los salones de esas casas de putas tenían lugar las confesiones más hondas y honestas de los varones de la época: no había momento de mayor disposición espontánea a la confesión inconfesable que rodeado de cofrades y putas cariñosas después de un buen coito por el que se había pagado. La genialidad de Lara fue convertir esas confesiones en canciones: "Letra y música exaltan a la perversión", dijeron las damas biempensantes de la época, que primero quisieron prohibirlo y después sumarlo a la Comisión Permanente contra la Prostitución.
Si le creemos a la leyenda, Agustín Lara participó en la Revolución Mexicana, aprendió poesía en Durango de su gran amigo Renato Leduc mientras ambos trabajaban en el ferrocarril, recibió dos heridas de bala que casi lo mandan al otro mundo y hasta estuvo en la cárcel antes de ser descubierto en el café Salambó y grabar su primer éxito, "Imposible". Según Renato Leduc (que alguna vez lo describió así: "Al mirarlo por primera vez, uno sentía que ya había visto ese rostro en alguna piedra rota, en un pájaro mínimo o en la arena calcinada por el sol del Caribe. Era una miniatura de tamaño
natural"), lo que salvó a Lara de ser un Amado Nervo musical fueron las limitaciones de la industria del disco: la imposición de que las canciones no durasen más de tres minutos. Todo lo intenso debe ser efímero. Lo cursi, obligado a la brevedad, encontró su densidad justa y así nació el bolero como categoría ontológica.
Si le creemos a la leyenda, en 1928, aquejado de una pulmonía que él cree tuberculosis, Lara escribe "Mujer", en momentos en que, según su esposa de la época, "no teníamos ni papel para escribir, así que en la tapa de una caja de zapatos él empezó a escribir la letra con la mano derecha mientras con la mano izquierda hacía como que tocaba el piano y con los pies llevaba el ritmo". Dos años después tiene programa propio en la radio, en horario central, La Hora de Agustín Lara, donde casi cada noche estrena una canción.
A cambio exige un estudio exclusivo para él, un piano de cola que nadie más puede tocar, un florero con 24 rosas frescas, una botella de cognac Napoleón y un cheque nuevo cada noche en el atril. Cuando conquista a María Félix, la mujer más hermosa y más famosa de México, le regala un piano de cola blanco con la inscripción: "En este instrumento sólo tocaré las melodías que componga para la mujer más espléndida del mundo" (en ese piano compuso para ella "María Bonita", "Humo en tus ojos" y "Noche de Ronda"). Un día va en su decapotable rumbo al teatro donde actúa la Félix. En el asiento del acompañante lleva un tapado de visón con el que planea sorprenderla. En un semáforo en rojo se le acerca una "mariposilla muerta de frío que se me ofreció a cambio de un cigarro". El le da en cambio el tapado de piel, llega al camarín con las manos vacías, le cuenta a la Félix lo ocurrido, logra emocionarla y cuando ella lo abraza deshecha en lágrimas y le susurra que ahora debe ir a comprarle otro tapado, más caro, él le contesta: "No puedo, mi bien. También le di todo el dinero que llevaba".
Sus intentos de ser empresario de sí mismo lo llevaron a la ruina tres veces. Ponía a nombre de diferentes alias algunas de sus canciones para salvarlas de las leoninas condiciones de los contratos que firmaba en tiempos de escasez. Cuando lo acusaban de plagio (mis preferidas: que les afanó a Lugones y a Cole Porter), él decía que hasta a sí mismo con otros nombres se había robado y que no era su culpa si le adjudicaban canciones que no eran de él. Dedicó canciones a Granada, Sevilla, Toledo y el bar Chicote de Madrid sin haber puesto un pie en España. Cuando Franco lo invitó y lo agasajó, se ofendió de que se ofendieran sus amigos republicanos exiliados en México. Actuó en veintiocho películas haciendo siempre de sí mismo: pianista trágico, músico alcohólico, dipsómano, y a veces también ciego (aunque en la vida real, cada vez que le decían que tenía oído absoluto, él contestaba: "Y ojo también").
Cuando algunas de sus doce viudas fueron a reclamar la herencia después de su muerte, en 1970, descubrieron que sus matrimonios eran falsos: él había contratado actores para que hicieran de sacerdote y de juez de paz. Con los hijos, en cambio, era egocéntricamente justo: los reconocía a cambio de que se llamasen Agustín (el que tuvo con Yolanda Santacruz se llama Agustín Lara Santacruz; el que tuvo con Vianey Lárraga se llama Agustín Lara Lárraga, y así sucesivamente). Hay innumerables biografías sobre él, incluso una para niños, con ilustraciones, para colorear. No ha de haber persona en el mundo que no conozca alguna de sus 400 canciones, aunque no sepa que es de él. En un reportaje que dio a la revista Siempre! en 1960 dijo: "He tenido la gloriosa dicha de que me amen. La esencia de mis manos se ha gastado en caricias. Las joyas que he regalado, puestas juntas en el cielo, opacarían a la Osa Mayor. Tres veces tuve fortuna y tres veces la perdí. Soy un ingrediente nacional como el epazote y el tequila. Soy más Werther que Dorian Gray. Quiero morir católico pero lo más tarde posible. Pueden
llamarme el Hueso que Canta, el Esclavo del Amor".


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-154547-2010-10-08.html








TRES VARIACIONES DE CÓMO AMAESTRAR EL FUEGO*



I

A partir del Descontructivismo



Simplificar su razón de ser
descontruyendo
su naturaleza destructiva.
Blasfemar con agua
el poderío
conque el viento
sodomiza sus lenguas
haciendo de ellas
aves rojas.



II

A partir de la Teoría de La Fuerza Aplicada



... Doblegar su fatua ira
hasta hacer de él
caballo dócil
en cuya iridiscente piel
las estrellas
cuenten su origen
a partir de la ternura
de un relámpago.




III

A partir del credo vuduísta


Rezar a Yemayá, y a los orishas
con la caída del levante
y colocarle chispas
en un cuenco
de tortuga vieja.
Prender tres velas azules
con dos piedras blancas,
y así, con su poder
en nuestras manos
jamás volverá a ser
un ángel fiero.



*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es





CUANDO LA INERCIA COTIDIANA SE FRACTURA
Dios en los intervalos*


Un día, el "encadenamiento más o menos mecánico" de la vida, el "tedio de los días", se desbarata de pronto. Para indagar qué sucede entonces, el autor acude a autores tan diversos como Winnicott, Camus, Breton, Merleau-Ponty y Borges.




Por Daniel Ripesi *


Muchos tejen su vida en el encadenamiento más o menos mecánico de pequeños aconteceres. Han aprendido a recibir cada nuevo día sin muchas expectativas y a despedirse de cada jornada sin mayores nostalgias. Sus días corren en una sucesión de labores y distracciones que se viven con la misma indiferencia o resignación. Alternan alegrías y fracasos con el mismo temple y la misma moderación. Muchos encuentran alivio en algún programa de entretenimientos de la TV. Sobrellevan el tedio de sus días con cierta fatiga. Un día cualquiera, a partir de algún suceso casual y nimio, advierten que han perdido el deseo de vivir. Frente al panorama monocromático de sus días y el envejecimiento que han notado de pronto, se preguntan: "¿Para qué todo esto?".
La pregunta llega como una visita inesperada. La vida, repentinamente, ha perdido sentido. De un plumazo han perdido su estado de inconsciencia. Puede que la única respuesta sea el suicidio. En El mito de Sísifo, advierte Camus: "Son muchas las causas del suicidio, y de una manera general las más evidentes no son las más eficaces. Lo que desencadena la crisis es casi siempre incontrolable. Los diarios hablan con frecuencia de 'penas íntimas' o de 'enfermedad incurable'. Son explicaciones valederas. Pero habría que saber si ese mismo día un amigo del desesperado no le habló con un tono indiferente. Esa sería la causa, pues tal cosa puede bastar para precipitar todos los rencores y todos los cansancios todavía en suspenso".
De pronto esa rutina cotidiana, que nuestro sentido común protege con todas sus fuerzas, trastabilla por un instante y entonces, con la vacilación o el desdén inesperado con que nos saluda un amigo que cruzamos en la calle, toda una vida se desploma en el acto. No se trata de la indiferencia del amigo en
sí misma, sino que toda una existencia estuvo como esperando ese desdén para tener la oportunidad de manifestarse. Ese instante es el más riesgoso y crítico de una existencia, pero también el de mayor fertilidad, porque es el instante en que se interrumpen todas las certidumbres anticipadas que
regulan una vida. En ese instante se cierra un mundo y puede abrirse otro, aunque haya que soportar una grieta, un pequeño abismo. Ese episodio que trastrueca el hilo previsible de nuestra existencia nos enfrenta con la más aguda de las fragilidades, la propia, la de los demás y la del mundo. Se abandona un terror cotidiano, domesticado, y se enfrenta otro terror sin nombre.
Pero esa observación implica ya una cierta distancia respecto de nosotros mismos. En ese desdoblamiento, ¿dónde somos verdaderamente? A poco que creamos ser ese nuevo personaje que se observa, reeditamos un engaño: el de que, en ese nuevo punto de vista conquistado, somos. Se habrá reconstruido así lo que se creyó abandonar, una ficción rutinaria que nos construye, seduce y aplasta: nuestro propio yo. El poeta Fernando Pessoa se preguntaba "¿Quién soy entre yo y yo?". Entre yo y yo, habita un extraño: el propio ser en movimiento, no coagulado aún en certezas duraderas y aplastantes.
Para André Breton, el yo es la condena subjetiva de los seres humanos a las leyes del utilitarismo convencional "protegidas por el sentido común" (Primer manifiesto del surrealismo, 1924). Se trata de esa "insoportable manía de equiparar lo desconocido a lo conocido, a lo clasificable que domina los cerebros". El movimiento surrealista anheló la destrucción sistemática del yo porque "entre yo y yo" habitaba, sí, el terror de lo inédito, pero también lo maravilloso de lo inédito. En la disolución del yo
se creía ver la emergencia del ser en su estado indócil, natural, espontáneo. Un ser aún sin forma, sin condena, sin pasado. Winnicott ve en esto el verdadero self, por oposición al falso self: ese instante de lucidez que, en términos de Camus, al verificar lo absurdo de la vida paradójicamente se compromete con ella, en su mayor libertad.
Para Camus, "la sensación de lo absurdo está a la vuelta de cualquier esquina y puede sentirla cualquier hombre". Por imperio de pequeñeces, que son ajenas a todo dominio posible del Yo, éste se puede tornar un extraño para sí mismo. El mundo mismo puede tornarse extraño, mostrar de golpe su espesor, de modo que los "árboles pierden al cabo de un minuto el sentido ilusorio con que los revestíamos (...) La hostilidad primitiva del mundo llega hasta nosotros (...) Esas apariencias disfrazadas por la costumbre
vuelven a ser lo que son. Se alejan de nosotros". Hay en todo cuanto nos rodea -y en nosotros mismos- un fondo inhumano que por momentos se nos revela cuando se altera el "aspecto mecánico" de nuestros gestos y advertimos, en esa "pantomima carente de sentido", la inmensa estupidez de cuanto nos rodea.
En ese momento único en el que lo absurdo se apodera de una existencia, donde, según Camus, "la cadena de los gestos cotidianos se interrumpe", nos confrontamos con un vacío de sentido que puede ser, también, el comienzo más verdadero y más real de la existencia. Fogonazo de la conciencia que ilumina, con una luz cruda y directa, lo que ya no se podrá negar. El ser prepara, entonces, una respuesta. Se recupera la pasión a partir de una fe en el vivir que nace de la desesperación: "Se trata de morir irreconciliado y no de buena gana". El goce absurdo por excelencia es el arte, y la expresión comienza donde termina el régimen del pensamiento lógico que ordena y juzga. El arte no busca explicar nada, ni consumar un sentido, ni aportar una nueva lógica. El arte respeta al misterio, y le rinde homenaje.
Para Camus, el arte no intenta subvertir esa realidad que todos dan por sentado; propone un rechazo, pero admitiendo que en ese rechazo habrá siempre algo de aceptación de lo ya establecido. Es éste un desgarramiento subjetivo permanente en el artista: "No se trata de saber si el arte debe huir de lo real o someterse a lo real, sino tan sólo de saber qué dosis exacta de lo real debe conservar la obra para no desaparecer en las nubes o, por el contrario, arrastrarse con plantillas de plomo".
Atrapar la realidad tampoco es sencillo, porque nunca está enteramente realizada. Para Camus, "la realidad de la vida de un hombre no se encuentra sólo en el lugar que ese hombre está. Se halla en otras vidas que dan forma a la suya, vidas de seres amados, pero también vidas de hombres desconocidos" (El revés y el derecho, ed. Losada).
También Winnicott propone una permanente tensión en la intimidad de todo sujeto, entre esa dimensión potencial del ser, constituida por una serie de referencias identificatorias que se tiende a ignorar y esa figuración de uno mismo, plena de tics y reflejos imaginarios que el individuo cree que lo caracterizan del modo más genuino. Esa suma de referencias identificatorias marcan con gustos y aversiones, temores y deseos ajenos, que, en silencio, alimentan lo que el sujeto cree ser por sí mismo. El momento de lucidez que Camus propone como ruptura de la inercia existencial es pescarse en esa enajenación de la propia personalidad: "Uno es otro". A partir de ese descubrimiento sólo queda "hacer del otro uno mismo", trabajar una apropiación que construya ese ser en rebeldía. Pero resulta que uno "ya es el otro", de modo que el trabajo de apropiación que se emprende para construir un destino personal es el de ese otro que ya somos.
Pero más allá de toda referencia identificatoria, todavía hay, para Winnicott, un ser incognoscible, secreto, indecible, núcleo insondable. Un ser recóndito que desborda toda impronta de deseo venida desde los otros y que no se somete a la voluntad de dominio del propio sujeto. Aspecto central del self, que no se organiza alrededor de ninguna pauta coagulada de "personalidad", pero que impulsa al sujeto a vivir. Lo empuja a ser lo que todavía no es ni imagina ser. Esa dimensión del ser es la que André Breton
quiere recuperar atacando al yo. Hay que deconstruir ese yo que somete y asimila al sujeto a las leyes del "utilitarismo convencional". Búsqueda de un ser único, nuevo, sin condenas ni ataduras. Breton imagina un verdadero self liberado de su falso self, algo que Winnicott jamás habría autorizado.
¿Dónde encontrarlo? Los locos y los niños dan testimonio, para Breton, de ese ser que tiene trato habitual con lo insólito, la gloria inaudita de hacer sin saber qué se hace: "Gracias al surrealismo, las oportunidades de la infancia reviven en nosotros. Es como si uno volviera a correr en pos de su salvación o de su perdición definitiva. Se revive, en las sombras, un terror preciso (...) El espíritu que se sumerge en el surrealismo revive exaltadamente la mejor parte de su infancia". Es preciso liberarse de las
ataduras del Yo, volver a recuperar el gesto espontáneo, al acto puro sin explicaciones: "El adorno del comentario ningún beneficio produce al acto".
La cita con lo maravilloso se evidencia en el encuentro de imágenes que contienen el más alto contenido de arbitrariedad, las que más tiempo tardan en traducirse al lenguaje práctico, las que contienen en máximo porcentaje de contradicción (¡Viva Alicia en el país de las maravillas y su exegeta Deleuze!).
El gesto espontáneo del que habla Winnicott, y cuya fuente es el núcleo del self, se aproxima mucho a este acto espontáneo que anhela recuperar Breton.
Ese acto inédito que puede prescindir de la palabra y que -por el contrario- encuentra en las razones del discurso un estorbo para la verdadera creación, es el verdadero self. Breton busca un ser antipredicativo, un individuo no acosado por las exigencias de no-contradicción y del sentido crítico. Es lo que, desde otro lugar del pensamiento, planteó Maurice Merleau-Ponty. En las discontinuidades de esa ficción de unidad que supone el yo, en cada una de sus fracturas, el surrealismo intenta encontrar esa otra emergencia fugaz que, para Merleau-Ponty, regula "cierta ley misteriosa y desconocida" y, para Breton, un estado de inocencia que encuentra lo maravilloso: "Creo en la pura alegría surrealista del hombre que, consciente del fracaso de todos los demás, no se da por vencido, parte de donde quiere y, a lo largo de cualquier camino que no sea razonable, llega donde puede."
Breton ofrecía un método para lograr el encuentro con lo inédito: la escritura automática. Parecido al método psicoanalítico de la libre asociación, Breton pide dar libre curso al "dictado del pensamiento no
dirigido, emancipado de las interdicciones de la moral, la razón o el gusto artístico. (...) Es el método más seguro para devolver a la palabra su inocencia y su poder creador originales". Qué próximos están en esto Breton y su contemporáneo Merleau-Ponty: para este último, no se piensa antes de hablar; hay identidad entre pensamiento y palabra. Lo que uno cree por detrás de la palabra, ordenándola, dándole su recorrido más adecuado, preparando su expresión menos equívoca, es ya la condena del sujeto que así
no dirá nada nuevo, se repetirá hasta el hartazgo. La palabra nueva ("la palabra plena", decía Merleau-Ponty) emerge en estado de inadvertencia del propio sujeto, está en el borde de la escritura-acto automático -para Breton-, del lapsus -para Freud-, de lo absurdo --para Camus-, del gesto espontáneo -para Winnicott-. Podríamos agregar, con Borges, que el Destino, esa ruta puntual de nuestras existencias, de cumplimiento inexorable, puede no acontecer: Dios acecha en los intervalos.


* Texto extractado del trabajo Breton, Camus y Winnicott: el self que desborda al yo.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-154452-2010-10-07.html









sueños punitorios*




sueños punitorios en los que he caído
[miserablemente

sueños punitorios que eyaculo
con un ligero emberretinamiento
puntual como las fragancias rabiosas

sueños punitorios en los que declamo
[envaselinados parágrafos
de ridiculez

sueños punitorios donde dicto argucias
[beckettianas
mientras malone, joe, molloy, watt y murphy
[reverdecen
calamidades exclusivas

sueños punitorios multidireccionales
en los que estoy cuando me encuentran barruntando
la oportunidad de un próximo golpe
de gracia extrema o intimidad

sueños punitorios para los orígenes de mi
[autocaratulado buenismo consagratorio
matizado por algunas abrillantadas
[claudicaciones:
a saber:
robo y estupro pero también sevicia seguida
[de asesinato
malversación de caudales públicos
ñoñería
desvirtuación de atributos
y tráfico de chupetines de alta toxicidad

sueños punitorios para periódicas mutilaciones
referidas a zonas hóspitas e inhóspitas donde
[me jorobo

sueños punitorios de malaventura



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar




*


Inventren Próxima estación: HERRERA VEGAS.



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BAUDRIX. / EMITA. / INDACOCHEA.

LA RICA. / SAN SEBASTIÁN. / J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS. / PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. / PLOMER. / KM. 55.

ELÍAS ROMERO. / KM. 38. / MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD. / MERLO GÓMEZ. / RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

LA SALADA. / INGENIERO BUDGE. / VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA. / VILLA DIAMANTE. / PUENTE ALSINA.

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