Monday, August 30, 2010

PALABRAS PARA LOS QUE VAN A VENIR DESPUÉS...



*ILUSTRACIÓN : RAY RESPALL ROJAS.


LA MARIPOSA PISOTEADA*


A Eduardo Coiro


El otro lado del tapiz. Las cosas
que nadie mira...
“El oro de los tigres”
Jorge Luis Borges


Colocó el CD que había dejado al lado del portalápices, para grabar la música que pensaba regalar a unos amigos que venían a visitarla; este se ejecutó automáticamente y comenzó a ver a desfilar en la pantalla del ordenador las escenas de “Los inmortales”. No… ¡Imposible! El día anterior había comprado esa película y le había salido defectuosa, la tenía en la cartera para devolverla. Fue a su cartera y encontró en su lugar el CD virgen que estaba segura de haber colocado en su mesa de trabajo, aún envuelto en celofán… Volvió a la computadora y en su lugar, estaba la caja de “Los inmortales”.

La vez anterior había sido un exergo tomado de El Libro de las Mutaciones, que al reabrir el documento al día siguiente se había transmutado en una frase de Borges. Recordaba haber dudado, como es lógico, pero al final la había dominado la certeza, como ahora con los discos, de haber escogido la frase del I ching y salvado antes de cerrar el archivo… Y le preguntaban por qué no elegía una pareja para compartir su vida, por qué no tenía hijos, por qué huía del concepto “echar raíces”… ¿Cómo explicarles estos fenómenos, apenas perceptibles, casi en el rango de “detalles sin importancia”?

La asaltó nuevamente el terror de despertar cada día en un hogar ajeno, al lado de un extraño, de no cuidar de sus seres queridos, sino los de alguien muy semejante; sus hijos siendo educados por una extraña con su rostro y sus manías, que nunca sería “ella”, que tal vez se percatase del irremediable equívoco… Un eterno viaje entre las grietas de la aparente realidad, siempre a un ambiente similar… salvo por esas pequeñas diferencias. Esquizofrenia, lo etiquetarían en el peor de los casos, de atreverse a contarlo.

Pensó en todos los seres de la Creación, constantemente intercambiados, cual piezas de un juego mayor, fuera de su alcance, del poder de su voluntad y de su comprensión, alternándose de una realidad a otra por mero placer o experimento de una entidad superior… Tantos, sin percatarse de estas “naderías” que pasan inadvertidas, o que son tomadas por lapsos mentales, descuidos perdonables que van a engrosar los archivos del olvido…

¿Por qué le había sido otorgada la capacidad de advertirlos, memorizarlos y hasta de intentar encontrarles explicación?

Sintiendo la ansiedad de la mariposa pisoteada que aún intenta, con medio cuerpo pegado al pavimento, mover las alas para recobrar el vuelo; guardó la película en su caja, fue en busca del CD en blanco y se resignó, como cada mañana, a ser un pasatiempo de los dioses.



*de Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.









Dark side of the moon*



Las horas de trasnocho salpican
la boca, los ojos y el olfato,
mientras la ley del plomo
regala como propinas, cuatro cadáveres
sobre el cuerpo estéril del pavimento.
Son tres inmejorables versos
con los que lucho, para sacar a flote
con la fuerza de Jacob,
y con la obstinación de un demonio:
He intentado hacer que suden,
o cuando menos, hablen el dialecto de los dioses.
Pero alrededor de las ideas, giran
mariposas sórdidas, irreverentes al destino.
La noche languidece sobre mi alzheimer,
y el éxito parece ir desnudo
a buscar otros confines,
lejos de esta atmósfera asfixiante,
hedionda a humanos,
tan humanos que se pudren en los vertederos
del óbice nocturno.


*de Daniel Montoly©. danielmontoly@yahoo.es








SUSANA ROMANO SUED, NOVELISTA, POETISA Y SOBREVIVIENTE DE LA PERLA

"Toda experiencia poética es transformadora"*


Romano Sued experimenta con las palabras, también indaga sobre la memoria y sus registros en la literatura. Escribió una novela sobre los campos La Perla y La Ribera, durante la dictadura en Córdoba, pero advierte que no es autobiográfica, aunque es parte de "la posibilidad de representar y de dar
cuenta de la experiencia que tiene el lenguaje literario".



*Por Verónica Engler


-¿Qué es la poesía?
-Borges decía: "Cuando me lo preguntan, no lo sé, y cuando no me lo preguntan, lo sé". Creo que uno no puede contestar a una pregunta metafísica, como la del ser. Pero puedo decir que la poesía es escritura,
hay una materialidad, es un ejercicio del lenguaje y es un ejercicio especializado que requiere un entrenamiento. Y también es medio un enigma.
Pero uno podría decir, un poco idealistamente, como decía uno de los hermanos Schlegel, que la poesía es una elevación del espíritu, que sería lo máximo adonde podría llegar el sujeto humano, y que todo lo que se hace son como porciones de ese nivel superior. Pero en realidad es el acceso a un mundo simbólico que transita en el borde de lo real, lo real de la carne, del mundo, de la muerte. Esto es una construcción que, al menos al que escribe, tal vez también al que lee, le permite velar un poco lo que es el abismo fundamental del ser, y mantener a raya en cierto modo la amenaza de la inminencia de la muerte, o de lo real, o del horror, la poesía siempre transita por ahí. A la vez que se expulsa un poco esa amenaza del abismo, un poco también se la visita y, a veces, la atracción de ese abismo es muy grande y los poetas sucumben. Pero la posibilidad de reconocimiento de la tragedia fundamental del sujeto al mismo tiempo permite desdramatizarla, porque lo que se puede hacer con la creación, también, es transmitir una
experiencia, para no hablar solo sino con otros.
-Usted planteó en algún momento que hay que pensar la poesía, debatirla, para sacarla de cierta molicie del no pensar. ¿Por qué esta necesidad de reflexionar sobre una materia que de antemano se presupone ajena a esta demanda de esfuerzo?
-Nuestra sociedad quiere analgésicos, y pensar tiene un costo, pensar también duele. La civilización contemporánea, ya sea a través de la anestesia que producen las imágenes de horror, de violencia, o del puro entretenimiento, usa todo el lenguaje para mantener al espectador en un nivel de no pensar, porque está programada la pregunta, la respuesta, los diálogos, la expresión, la muletilla. Las modas producen estereotipos que uno incorpora y los usa automáticamente, eso produce también como una comodidad en el sujeto que no tiene ganas de ir más allá y pagar un precio por pensar otra cosa. En relación con pensar la poesía habría como dos posturas estereotipadas, o bien tomar la poesía como si fuera algo que es un vehículo de teorías filosóficas o de temas, o bien tomarla desde el punto de vista estrictamente lingüístico-filológico, atendiendo solamente al procedimiento y contando las rimas o las vocales. Creo que hay que sacarla del atolladero de estos dos extremos y ver que se trata de un conjunto enunciativo que arrastra consigo un índice, una huella, tanto de lo que en sí evoca algo que está más allá del lenguaje instrumental, pero que lo hace con recursos de la materia lingüística que no pueden ser ignorados. El uso
de todos los recursos posibles del lenguaje requiere de un trabajo de entendimiento, de una lógica, implica elecciones. Claro que la poesía espontánea puede tener sus hallazgos y uno la puede pensar también. Algo que me enteré hace un tiempo es que muchos cantantes de hip hop quieren aprender
reglas de versificación, porque para combinar los acentos se necesita conocer sobre rima, la extensión de las sílabas o la medida de los versos.
Pero el verso libre tiene un ritmo, y el ritmo es la respiración del lenguaje, enmarcada por esa elección del que escribe. Yo creo que cada escritura construye su propio código, con un ritmo, un léxico, una
intención, figuras, tropos, a lo largo de una obra puede encontrar un lenguaje que es propio y es gregario, porque no se pueden destituir todos los significados convencionales.
-¿Una palabra se convierte en otra según el contexto?
-Mi posición es que en el momento en que una palabra o una imagen entra en su lenguaje específico artístico no pierde todos los significados convencionales para dejar aparecer un nuevo signo. Creo que al significado convencional le añade, o le quita, o le resta, pero primero hay que reconocerlo, o no reconocerlo, pero si es irreconocible, entonces habrá una apuesta al oído, al tono, al silencio, al blanco. Será, entonces, una construcción que hay que pensarla, para hacerla y para descifrarla. La
desenigmatización de un poema que puede parecer hermético requiere entrenarse en ese lenguaje que ha construido el escritor, que es un lenguaje escuchado entre lo que imponen los géneros, la tradición, la lengua materna, la lengua de los otros poetas con la que uno siempre está dialogando, la textura y la propia pulsión de escritura. Toda posición sobre un lenguaje artístico encierra una posición epistemológica, filosófica e ideológica sobre el lenguaje. Toda experiencia poética, con cualquier tipo de lenguaje, sea de imágenes o de música, es una experiencia transformadora, que abre el sujeto a un universo simbólico, imaginario, que lo enriquece, a veces con dolor. Cuando yo hablo de pensar, hablo de pensar junto con las emociones, con la evocación de otro recuerdo.
-Su novela Procedimiento. Memoria de La Perla y La Ribera narra los horrores de los centros clandestinos de detención, una experiencia por la que usted pasó. Pero usted ha hecho hincapié en que no se trata de un texto testimonial ni autobiográfico. ¿Por qué le parece importante que no se asocie esa ficción con la propia historia de quien la escribió?
-Ser víctima no es un honor. Por eso me parece que los archivos tienen que ser públicos, como debe serlo la verdad, garantizándose el derecho a la información, pero deben ser abordados con mucho cuidado, protegiendo al testimoniante. Por cierto que lo testimonial aporta de manera muy valiosa y legítima para reconstruir la verdad de los acontecimientos, pero también cuando uno cuenta y cuenta el horror, en una escena pública, y describe y muestra una y otra vez los hechos con la crudeza de un informe, se puede
alimentar la voracidad del morbo, la exhibición insistente de la violencia podría resultar en un goce perverso. Es lo que se desencadena en la mayoría de los casos en el ámbito de los medios de comunicación. Pero hay una cuestión ética que tiene que ver con pasar por escrito el testimoniar, dejar
un registro de memoria en el género narrativo, con un tipo de enunciación literaria, con una poética, que tiene la capacidad "sismográfica" de capturar estéticamente un trozo de la historia. Esto está estrechamente ligado a la posibilidad de representar y de dar cuenta de la experiencia que tiene el lenguaje literario. Por otra parte, cuando se emprende, como en mi caso, una y otra vez, el acto de testimoniar estéticamente, evocando, realizando "anamnesis" contra la amnesia, cuya raíz (etimológica) es la misma que la de la amnistía, como yo lo vengo haciendo en todos mis libros, la factura literaria coloca en posición de tercero al enunciador que atestigua sobre los hechos, aun cuando se trate de una experiencia propia, biográfica. El asunto es también que hay un aspecto de "prueba" que tendría el testimonio escrito, literario, que brinda materia lingüística al intérprete, para recuperar asuntos de la historia. Estamos asimismo en el terreno del "contenido de verdad" que tendría una obra, en el sentido de (Theodor) Adorno. Pues bien, el lenguaje tiene capacidad indicial, su función semiótica de indicar, como lo conceptualiza Peirce, es lo que permite reconstruir el sentido y los significados que arrastra consigo el signo. Pero Procedimiento... es una creación literaria, ficcional, que ha recurrido, por cierto, a fuentes objetivas, documentos, experiencias personales, literaturas varias, películas, relatos testimoniales, pero es ficción. Si se lo rodea del predicado de "novela sobre violaciones a los derechos humanos" es probable que concite de inmediato un tipo de lectura, una restricción, una orientación puramente heterónoma, que ciega la mirada sobre la densidad de la materia del lenguaje. Insisto en que se puede decir, se puede contar, "imágenes, pese a todo", diría (Georges) Didi-Hubermann
(Didi-Hubermann es un historiador del arte que escribió el libro Imágenes pese a todo, sobre las fotos que fueron tomadas clandestinamente por miembros de los Sonderkommando, que eran los judíos que tenían que meter en la cámara de gas a sus congéneres y luego enterrarlos; después ellos mismos también eran condenados). El asunto es que el mundo simbólico, hecho de signos, expresa de manera no-toda aspectos de la vida, del mundo, del pasado; entonces, el argumento de que si no puede decírselo todo, no se puede decir nada, facilita la posición cómoda de lo inefable. Los responsables de hechos aberrantes en la historia se han ocupado siempre en desmentirlos, camuflarlos, borrar sus huellas, y eso aumenta la necesidad y exige la responsabilidad de que, precisamente, se dejen registros de lo que se pretende borrar. Es por eso que argumentar con lo no representable del horror se hace cómplice de los camufladores.
-En su escritura usted incorpora abundantes palabras en otros idiomas, como el alemán, el hebreo, el idish, el ladino, el árabe. ¿Por qué opta por esta inclusión de vocablos extranjeros?
-Es una elección muy consciente. Tiene que ver con cómo yo aprendí a hablar, y cuáles son las hablas que escuché, yo oí estas lenguas: el hebreo, el árabe, el idish, el ladino, en mi casa. En Procedimiento... incluí palabras en alemán, que parece una restricción en el alcance de la comprensión, yo quería extrañar pero además unir, para que no fuera solamente una escritura que refería sólo y exclusivamente a La Perla y a La Ribera, como los delitos de lesa humanidad y a las ofensas a los cuerpos y a los sujetos en situación de cautiverio en nuestro país y en el genocidio nazi o cualquier otro. Tenía que ser en alemán porque yo tomaba y desarmaba en ese libro poemas de Paul Celan, que es el poeta que combatió hasta el último día de vida la lengua alemana como lengua genocida. Yo, por el genocidio argentino, fui a la tierra en donde se hablaba la lengua de los asesinos, Celan denuncia esa lengua. Pero la inclusión que hago de esas palabras no es para enigmatizar.
-Usted encara la tarea de la traducción poética como un acto de creación poética en sí mismo, ¿qué implica esta postura al traspasar una obra de una lengua a otra?
-Si partimos de la idea de que el lenguaje no es transparente, cada lengua está hecha de los lenguajes y las hablas de construcciones históricas. Poner juntas dos lenguas para alojar en una lo que ha sido hecho en otra implica un trabajo de creación. Un trabajo que es intelectual, lógico, de investigación de las ciencias del lenguaje, pero en el caso de los lenguajes poéticos implica una exploración de las capacidades que tiene la lengua de llegada de extremar, profundizar, el gesto poético que aparece en esa construcción única y singular que es un poema en otra lengua. Uno podría decir que es el segundo enunciador del mismo texto. Entonces, la traducción está en una posición como paradójica en ese punto, por un lado es algo reproductivo, porque sobre esa lectura de lo hecho antes se pasa su hechura lo que es venidero, que es lo traducido. Yo considero que las traducciones de un mismo texto hechas en distintos momentos forman parte del original como si fueran sus variantes. Cuando uno traduce literatura no es que se imbuya del alma del poeta, ni se convierta en un alma gemela, sino que investigar la lengua nos aporta recursos para realizar una interpretación del texto que se traduce. Lo ideal es conocer ese lenguaje construido por un autor, entonces se puede llegar a ver como un hálito poético. Para la
traducción como yo la pienso, como una tarea seria de escritura, es necesario conocer, indagar, descifrar las relaciones que están puestas, que muchas son alusiones, significados velados, o usos de términos particulares en el contexto de esa misma construcción. Yo practico la traducción porque
me interesa ver cómo una obra traspasa fronteras históricas, geográficas, lingüísticas, religiosas y culturales. Hay algo siempre que se puede decir en otra lengua como no se lo puede decir en la propia. Una traducción es una estación en el largo viaje que una obra tiene sobre el mundo, siempre es
provisoria.
-Usted, además de escribir y traducir poesía, también se dedica a investigarla desde el ámbito académico, sobre todo focalizó en la poesía experimental que usted bautizó con el nombre de "expoesía". ¿Cuáles son las creaciones que en los últimos años le resultaron interesantes?
-Dentro de la expoesía están incluidas formas de experimentación que incluyen lo visual, lo cinematográfico, lo sonoro, la experiencia de poetizar. Esto tiene una larga trayectoria, y hay un poeta que ha investigado mucho y cuya fuente para mí fue inapreciable, que es Jorge Perednik. El, por ejemplo, tiene una concepción muy interesante de lo que es la poesía visual, hace remontar el nacimiento de la poesía visual argentina a la Cueva de las Manos. También me parece que hay que revalorizar
absolutamente al gran Antonio Vigo, el poeta, pintor, teórico y experimentador platense. Es interesantísimo porque paralelamente a los situacionistas, como (Guy) Debord en Francia, tenía como un anticipo de lo que las experiencias artísticas estaban gestando. El condensa una respuesta y una propuesta, y alrededor de él otra gente, con la idea de una creación artística colectiva, de transformar la sociedad de su alienación cotidiana, de mirar los objetos y colocarlos de otra forma para ampliar las
experiencias perceptivas de enriquecimiento subjetivo de la sociedad. En los últimos años he comprobado como una especie de incorporación de crítica social por parte de los poetas contemporáneos, que son los que yo llamaría poetas urbanos, que hacen intervenciones, que pintan un tacho de basura, o que dicen unas frases arriba de un techo, o que hacen comunicaciones alternativas en editoriales underground, o que se mezclan con DJs.
-Hay expresiones de lo poético en las calles, en lo cotidiano...
-Hay toda una ebullición que tiene mucho que ver con la ironización de muchos de los textos sociales, de una manera que los sustrae del formato programado y digerido que los medios proporcionan, a pesar de que hay muchísimo de lo que yo llamo patrimonialismo, es decir, cualquier cosa distinta el mercado rápidamente se la apropia y la convierte en mercancía.
Pero los artistas expoetas, que (Ana) Longoni llama "activistas", están luchando todo el tiempo por un lado por visibilizarse, por otro lado peleando por no ser de la misma genealogía que todo lo otro que se
musealiza, se patrimonializa, como pasó con el mingitorio de Duchamp, que después se convirtió en el principal arte burgués. Con sus apariciones sorpresivas, por ejemplo, los expoetas nos sacan de esta solitariedad en que nos coloca una sociedad que está llena de miedo, en donde uno se conecta con
el mundo a través de la pantalla, con comunidades imaginarias, se crean redes sociales virtuales. Pero no creo que haya que condenar eso, sino que cada vez más eso parece interponerse en las relaciones directas entre los sujetos, y las cuestiones identificatorias provienen de otro lado, son unívocas, no de personas que constituyen un colectivo. El problema contemporáneo es que se vive un puro presente que es anestesiante, porque nos hace olvidar que somos mortales, que estamos insertos en una historia.
Yo creo que hay una demanda de escritura, de imágenes, que significa proponer un después de hoy, pero no un "post" o la biopolítica que propone (Giorgio) Agamben. Porque la biopolítica es entregarse a funciones más allá de cualquier regla social, no se apuesta tanto a consensuar, para constituir un colectivo gregario, es como si se potenciara la condición de miembro de la horda en los sujetos. Entonces hay como un repliegue en la individualidad, eso también es la herencia del neoliberalismo, el autismo
social. Yo creo que hay que recuperar el valor de la palabra, del develamiento, porque el velo del lenguaje está siendo muy agujereado, hay como una pulsión a hacer cosas, no está lo simbólico, que es lo que hace de intermediario entre lo bruto de lo real, del mundo pulsional.



¿POR QUE SUSANA ROMANO SUED?

Los registros de la memoria

Por V. E.

Nadadora empedernida y lectora intensa del poeta Alberto Girri, Susana Romano Sued se licenció en Letras y como psicoanalista en la Universidad Nacional de Córdoba (UNC), y luego se doctoró en Filosofía en Alemania, en las universidades de Heidelberg y Mannheim. En la actualidad es investigadora principal del Conicet y está al frente de la materia Estética y Crítica Literaria Moderna, en la UNC. Además es poeta, traductora de poetas e investigadora académica en el área -durante años lideró proyectos de investigación sobre poesía experimental-.
En 2007 publicó Procedimiento. Memoria de La Perla y La Rivera, una novela experimental que abreva abundantemente en la poesía para narrar la experiencia de las mujeres desaparecidas en los centros de tortura de la provincia de Córdoba durante la última dictadura militar, experiencia por la que pasó la propia Romano Sued antes de poder exiliarse en Alemania.
Dirige programas multilaterales internacionales y nacionales de investigación sobre la estética y la teoría de la traducción literaria, y sobre las relaciones de la ciencia y la cultura con el pasado histórico.
También indaga sobre el papel de la memoria y sus registros en la literatura y en la teoría, particularmente a través de la obra de Paul Celan, y en los sistemas literarios sudamericanos, trabajando sobre los procesos de transformación de los registros de los acontecimientos de trauma social y su ingreso en las dimensiones de la ficción y la lírica. Ha traducido numerosas obras, teóricas y de literatura, de líricos alemanes, de lengua inglesa, francesa, italiana y portuguesa, como: Hölderlin, Bachmann, Brecht, Celan, Sachs, Rilke, Benjamin, Bense, Oliver, Blake, Yeats, Frost, Pound, Elliot,
Ginsberg, Dickinson, Lispector, Pessoa, De Melo Neto y Pavese, entre otros.
De su obra poética se pueden citar Verdades como criptas, El corazón constante, Escriturienta, Nomenclatura / Muros, Algesia, El Meridiano, Rapsodia, Leere y Journal, que acaba de publicarse luego de resultar finalista en el concurso internacional de poesía Olga Orozco.
Entre sus ensayos se encuentran La diáspora de la escritura, La escritura en la diáspora, Borgesíada, La traducción poética, Jan Mukarovsky y la fundación de una Nueva Estética, Umbrales y catástrofes: literatura argentina de los '90, Consuelo de lenguaje, Itinerarios Literarios: La cocina de la escritura y Los '90. Otras indagaciones.
"Yo apuesto a que la palabra escrita indique la posibilidad de reconstruir una experiencia, contra los que apuestan a lo efímero, a la inefabilidad, a lo que no se puede contar, a lo que no se puede decir, lo que no se puede transmitir", asume Romano Sued. "La aparición de un libro es un acto performativo, porque crea en ese momento un autor y un lector, pero también es un acto futuro, son palabras para los que van a venir después."


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/dialogos/21-152245-2010-08-30.html








DESCARTABLE*


Arrastra
marginado
el cuerpo
La búsqueda
devuelve
miseria
El viento
entumece
¿Prosigue?
desnudo
Las ruedas pesan
e insiste
El hambre
traspasa su sombra
Sueña
con una frazada.



*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com







El dolor*


*Por Antonio Dal Masetto


Mientras caminamos en el anochecer invernal y nos rodea el fragor sordo de la ciudad, la persona que va conmigo se pregunta y me pregunta:
¿Y el dolor? ¿Adónde va a parar el dolor? El dolor producido por los hombres, el dolor que desde siempre el hombre inflige al hombre, el hombre verdugo del hombre. El dolor de la carne lacerada por las balas y las bombas. El dolor bajo los instrumentos de tortura en las cárceles del mundo, en los campos de exterminio a lo largo del mundo y del tiempo.
¿Se acumula en alguna parte todo ese dolor? ¿O se convierte en nada, ha sido dolor para nada, va a parar a la nada? ¿Es silencio que se suma al silencio? ¿Se diluye igual que el humo de los incendios, el humo de los hornos crematorios de los inocentes asesinados, y no deja tras de sí más que el balbuceo de algunas memorias espantadas?
¿Sólo la memoria, frágil, siempre a punto de sucumbir, es el receptáculo que intenta conservar la evidencia de ese dolor? ¿O el dolor es algo palpable, algo que una vez lanzado al mundo se independiza, fermenta en secreto y permanece?
¿Se deposita en alguna parte el dolor, grito sobre grito, desgarro sobre desgarro? Y si fuera así, ¿qué lugar es ese donde va a parar el dolor? ¿Se instala en las nubes que vagan por los cielos alrededor de la tierra? ¿Están cargadas de dolor las nubes?
¿O el dolor está en la luz que nos recibe cada día con una promesa nueva? ¿O está en el agua que bebemos, en el agua con que nos lavamos? ¿O está en el aire, oculto detrás del aire, y nos anuncia su presencia con los silbidos del viento?
¿O se va almacenando en la vegetación que nos rodea: selvas, bosques, plazas, jardines? ¿Se mueve con la savia que trabaja dentro de los árboles y sube desde las raíces a las ramas? Hojas, flores, pétalos, frutos, ¿albergues de dolor?
¿O está en esas sombras que se deslizan sobre la llanura en la claridad lunar y galopan en el fondo de la oscuridad en las noches sin luna?
¿O el dolor acecha y se agiganta oculto en ese gran vórtice negro del sueño de todos, en el territorio invisible e inexplorado del sueño sin sueños?
¿O busca nuestros cuerpos, se adhiere a nuestra piel formando otra piel, y otra, y otra, capa sobre capa, y lo llevamos a todas partes y en toda circunstancia, en el amor, en el desprecio, en la indignación, en el trabajo y en el ocio, y así andamos por los días en nuestro capullo de dolor que crece año tras año, vida tras vida, generación tras generación?
Zonas ocultas, cosas vivas, cosas en movimiento, ¿habita en alguno de esos sitios el dolor? ¿Hasta cuándo? ¿Habrá un límite para la acumulación de dolor? Y si lo hay, entonces, cuando caiga la gota que hace rebasar el vaso y el platillo de la balanza sucumba al peso, ¿resonará sobre todo esto el aviso de que ha llegado la hora de pagar?
Nubes, aguas, luz, árboles, cuerpos, sueño, sombras lunares, ¿estallarán los diques de contención del dolor? ¿Nos alcanzará, aniquilándonos, un definitivo diluvio de dolor?.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/1998/98-07/98-07-06/contrata.htm




*


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Saturday, August 28, 2010

LA VIDA ES UN DIVINO GUIÓN...




-Dibujo: Ray Respall Rojas



Olivia*


para Ray y Sarah, mis dos voces amigas.



Desde su infancia, Olivia escuchaba dos voces, una masculina y una femenina, conversando con ella, haciéndole sugerencias, aconsejándola... A veces no se ponían de acuerdo entre ellas y tenía que esperar a que terminaran de discutir. También intervenían en sus sueños, pero era agradable no estar sola en aventuras y pesadillas.

Se considera aceptable que un niño hable solo, tenga compañeros imaginarios; mas cuando creció y siguió conversando con algo invisible, sus padres se alarmaron. Olivia descubrió que aquello que consideraba muy normal era una aberración de su mente. Intentó acallarlas y, reconociendo su impotencia, se dejó arrastrar de psicólogos en psiquiatras, asesorar, hipnotizar, entrevistar, medicar... Al fin pudo silenciarlas, con lo cual fue considerada apta para reincorporarse a la sociedad.

Pretendió entablar conversación con sus padres y amigos, pero estaban muy ocupados; trató de hacerse escuchar por los médicos que la habían ayudado, pero ya estaba considerada cuerda; procuró nuevas amistades, mas cada cual estaba inmerso en sus problemas... Todo ser humano parecía estar demasiado atareado para intentar llegar a otros.

Comprendió que estaba sola.

Los demás siempre lo habían estado, no parecían entender su desesperación, lo raro era buscar compañía en un grado tan profundo como para compartir el alma... Con hablar del clima, la obligada y ambigua pregunta de “¿cómo van las cosas?” y algún comentario trivial cuya respuesta ni siquiera era atendida, parecía bastar. Ella siempre tuvo dos amigos, que si bien a veces eran atorrantes, no la dejaban abandonada como ahora lo estaba haciendo el mundo que le había impulsado a alejarlos.

Se sintió triste, arrepentida de haberlos expulsado, mas no había remedio. Aprendió a vivir con ella misma. Se volvió una joven melancólica... “Estuvo loca, es normal que le cueste adaptarse”, decían los que la rodeaban.

Años después, las voces regresaron sin previo aviso. Su alegría fue tan grande que casi les grita un saludo. Pero miró hacia fuera, ahí estaba ese mundo de personas solas, distantes... Prudentemente, calló su voz externa y con la voz de su interior, les dio la bienvenida. Desde entonces conversa con ellas, en silencio, y puede contarles lo que sea, pues siempre le prestan atención, le dan consejos, le cuentan historias y la escoltan hasta en sueños.

Olivia ha vuelto a sonreír, a veces ríe a solas. Pero ya no habla en voz alta y si le preguntan por las voces, niega su existencia. “Al fin se ha recuperado del todo”, dicen los que la rodean, satisfechos, y continúan sus vidas de soledad en compañía.




*de Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.










El viaje al altiplano*


Si cruzo frente a ella
la observo desplazarse por todos lados
como una estrella
en la majestad de la bruma,
encendidamente cálida.
Entierra sus ojos en mi silencio
hasta rozar mi piel
con sus deseos
y luego se disuelve,
soterrada y fría,
dejándome un vendaval de angustia
en cada célula.



*de Daniel Montoly©. danielmontoly@yahoo.es







Uno se salva*



*Por Juan Forn



Mi madre, que aceptaría ser definida como una lectora ocasional, mandó durante años a encuadernar en cuero los libros que por algún motivo quería conservar, y los tiene todos juntos en una bibliotequita angosta en su dormitorio. Son de una variedad absoluta, descarada: hay libros que heredó (de ahí el mandato de encuadernarlos), hay libros que están ahí no por su contenido sino por su dedicatoria, hay hasta un compendio de recetas manuscritas en francés y otro de cálculo diferencial que usó mi padre cuando estudiaba ingeniería; hay de todo, y casi todo está ahí desde que yo tengo memoria. Pero, con los años, mi madre ha ido reduciendo el stock de esos estantes para intercalar entre los libros fotos de las personas queridas que se le van muriendo. En el resto de su dormitorio hay infinidad de enormes
dibujos en colores de sus nietos, reina la luminosidad, pero en ese rincón mi madre se semblantea con la muerte a su manera. Quiero decir que mi madre no puede leer esos libros, ya no le da la vista para leer, pero los considera parte de ella, en todo sentido: cuando regala uno es porque tiene que hacer lugar para otra foto, lo que significa otro muerto, lo que hace muy intenso recibir alguno de esos volúmenes cuando ella decide desprenderse de él, con un criterio tan particular como el que tuvo para seleccionarlo.
Hace una semana decidió darme una vieja edición de Emecé (1952) de Crónica de mi familia, de Vasco Pratolini, un libro que a mí me partió al medio cuando lo leí por primera vez y sigue dejándome sin aliento cuando vuelvo a leerlo. A ella, en cambio, sólo le queda un vago recuerdo de que "le gustó",
de que fue un regalo (aunque no hay dedicatoria en el ejemplar) y no dice una palabra más sobre el tema porque eso fue antes de casarse con mi padre.
Se ve que era insistente quien se lo regaló, o que el libro le gustó a mi madre más de lo que recuerda, porque había otro Pratolini encuadernado en su bibliotequita, uno que se llamaba Diario sentimental, que fue el primero que yo leí (sentado en el piso del dormitorio de mi madre, con la espalda apoyada contra aquella bibliotequita y las rodillas en alto, para que me funcionaran de atril). Mi madre dice que estoy loco, que ella nunca tuvo ni leyó otro libro de Pratolini y que tampoco se acuerda nada de Crónica de mi
familia, así que le cuento la increíble historia de Vasco y su hermano: que la madre murió dando a luz al menor de sus dos hijos, que el padre estaba en la guerra, que la abuela no podía alimentar a los dos nietos, así que al bebé se lo quedó el mayordomo del patrón, que no podía tener hijos. Vasco vio cómo su hermanito crecía criado como un niño rico hasta que se escapó a Florencia, donde aprendió a leer solo, hizo la nocturna, se enfermó de tuberculosis, lo mandaron a un sanatorio de montaña, se curó, volvió a
Florencia, consiguió trabajo de periodista y una noche, en un bar, reconoció a su hermano, que lo estaba buscando hacía meses. Vasco lo culpaba desde siempre de la muerte de la madre; el hermano veía a Vasco como el único vínculo que le quedaba con la madre muerta (y en cierto momento le decía: "Pero tú quieres ser escritor. Tú eres el único que puede ayudarme a imaginármela viva"). La guerra había dejado sin trabajo al mayordomo y el hermano de Vasco era para entonces tan pobre como Vasco. Por fin eran
iguales. Tan iguales, que el hermano se enfermó igual que Vasco. Pero no tuvo la suerte de Vasco. Murió jovencito. Era enero de 1945. Acababa de terminar la guerra en Italia, pero Pratolini estaba encerrado en un cuarto de pensión redactando Crónica de mi familia, que está escrita en menos de un año, en carne viva, en forma de monólogo al hermano muerto ("Al morir mamá, tú tenías veinticinco días"), con esta tremenda aclaración preliminar al lector: "Este libro no es una ficción. Es un coloquio del autor con su
hermano muerto. El autor trató sólo de hallar consuelo. Tiene el remordimiento de haber intuido demasiado tarde la calidad espiritual de su hermano. Estas páginas se ofrecen como una estéril expiación".
Por ese libro extraordinario (y por el resto de su obra, pero por ese libro en particular), Pratolini estuvo por ganar el Nobel dos veces a principio de los años '50. Después, el existencialismo francés destronó al neorrealismo italiano y el rastro de Pratolini se fue perdiendo. Sus últimos libros ni se
traducían; hacia 1970 ya era un autor olvidado. Las necrológicas que en 1991 anunciaron su muerte tenían todas en común la misma sorpresa ante el hecho de que Pratolini hubiese seguido vivo hasta entonces, sin publicar nada desde 1967. Nadie sabe qué le pasó a Pratolini en todos esos años. En el
Diario sentimental, contaba que hizo un amigo de su edad en aquel sanatorio para tuberculosos. Con él compartía los permisos para caminar por la montaña, preguntándose si la tuberculosis y la guerra en ciernes les permitirían librarse de la virginidad antes de llevárselos. Un día el director los convoca a su oficina y nos enteramos de que ambos tienen la misma clase de tuberculosis y que existe un tratamiento que, si funciona, en menos de un año los curará (y, si no funciona, acelerará los síntomas).
Cuáles son las probabilidades, preguntan ellos. Cincuenta y cincuenta, dice el médico. A partir de entonces se produce un vuelco terrible en su amistad.
Porque los dos entendieron mal ese 50 y 50: creen que, si uno muere, el otro se salvará. Y no pueden evitar desearle la muerte al otro.
Desde mis diez años, mi padre me llevó todos los 31 de diciembre a un cóctel antes del almuerzo en casa de unos italianos finísimos que hacían negocios con él. Cuando mi padre murió, la invitación llegó igual, a casa de mi madre, y ella me pidió que fuese en representación de él. Yo obedecí, estuve copa en mano una larga hora en aquel departamento racionalista donde todo olía a fresco y a limpio y a vainilla, y terminé hablando con uno de los ancianos anfitriones, que me contó que había estado a punto de morir de
tuberculosis en su adolescencia, que se salvó de milagro y llegó sin nada a la Argentina en 1938. "Los años pasaron. Yo fui afortunado. Mire a su alrededor: hemos formado una familia, ¿no le parece?" Yo me sentí incluido en ese plural. La luz que entraba por los ventanales parecía suspendida a su
alrededor con el expreso propósito de mantenerlo vivo para siempre. El agregó: "Pasé todos estos años creyendo que mi mejor amigo en el sanatorio, un muchacho de mi edad, con mi mismo diagnóstico, había muerto. Pero hace un par de meses recibí una carta de Italia. Era de él. Usted quiere ser escritor, quizá conozca su nombre: Vasco Pratolini. La carta era muy breve.
Decía: 'Uno muere, el otro se cura, ¿recuerdas? Hemos llegado a ese momento, y el afortunado eres tú. Que tengas una buena vida, amigo. Me despido de ti'".
Mi madre me miró largamente cuando terminé de contarle esto. Después retiró de mis manos el ejemplar de Crónica de mi familia y dijo: "Creo que voy a elegir otro libro para darte. Este me lo voy a quedar".



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-152061-2010-08-27.html







ALEGANTROPÍA*


Estos versos plagados
De palabras grotescas,
Cacofónicas, mesonóficas,
Endomórficas, metafóricas,
Con un sentido, destino,
Vestido, cansino y vecino
Mirón, entrovertido,
Exolado y culto.


Muchas de estas palabras
O fonemas o sonidos o
Formas de expresión
No son de mi total entendimiento,
Comprendimiento, agrado,
Pasado y, e, o gastado.


Pero como dicen algunos
Abladores sin “H”:
“El culturismo no ocupa
espacio en gaveta”



*de Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.









NO NOS DICEN, NO NOS VEMOS*




*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



Mis libros (que no saben que yo existo) / Son tan parte de mí como este rostro /
De sienes grises y de grises ojos / Que vanamente busco en los cristales /
Y que recorro con la mano cóncava. / No sin alguna lógica amargura / Pienso que las palabras esenciales / Que me expresan estßn en esas hojas / Que no saben quién soy, no en las que he escrito. /
Mejor así. Las voces de los muertos / Me dirán para siempre.
Jorge Luis Borges



El día 16 del mes en curso, recibí por correo electrónico un artículo de Eduardo Dalter, enviado por el querido poeta Rubén Vedovaldi. El asunto del mismo era "¿200 años de poesía argentina?". El interrogante venía a cuestionar la antología editada por Alfaguara que pretende homenajear a la
poesía argentina en el bicentenario de la Revolución de Mayo. Me permito transcribir sólo un tramo de la nota de Dalter para ponernos en cuestión:
"El propio Licenciado Monteleone, firmante de la antología citada (200 años de poesía argentina) y crítico del matutino La Nación, en los comienzos mismos del prólogo nos va a advertir, contraviniendo en rigor al propio título, y abriendo el paraguas, para que no queden dudas, lo que sigue acerca de la obra: "Tal vez no sea un conjunto más o menos razonado o azaroso de inclusiones, sino un sistema de ausencias, porque la acosa el fantasma de la totalidad. No sólo porque hay poetas que no están, que deberían haberse incluido y que, aun por motivos extraliterarios, cuya peripecia es irrelevante, no figuran en esta selección ". La mayoría de las perversas omisiones corresponde a poetas del interior del país. Pero la peripecia irrelevante de los motivos extraliterarios, al parecer, son motivo suficiente para justificar el olvido.
Todo lector es dicho por los autores que lee. (Como lectora, me permito repetir al maestro, quien siempre ha puesto por sobre su condición de escritor su cualidad de lector). Pero el lector en la actualidad de nuestro país tiene la identidad mutilada por el mercado editorial. El lector es dicho a medias por los autores que el mercado elige que digan. Y está claro que el mercado editorial da la voz condicionado por el debe y el haber no por convicciones estético culturales. Sin dudas, la principal actividad del mercado editorial es el silencio. O el barullo. Cada uno podrá colocar en una u otra categoría lo que lee o lo que no puede leer.
No parece muy razonable que los escritores que se han dado a conocer al público masivo en los últimos años hayan salido de premios de emporios comerciales. ¿A ningún ministro de cultura se le ha dado por sospechar algún atisbo de pobreza en el hecho, por ejemplo, de que estos premios sean otorgados a uno solo de los géneros literarios que existen? ¿El estado no tiene por función proteger a los sectores más vulnerables? ¿La cultura de una nación uno de una metrópoli no merece cuidado y promoción de todos sus referentes culturales? ¿Un país que tiene el privilegio de contar con un poeta merecedor del Premio Cervantes (no del premio Clarín), no debería ocuparse, preocuparse porque la poesía conquiste un lugar más preciado? El mismo Gelman, cuando recibió el premio en el año 2007, nos dio un mensaje que por lo visto, como nación no hemos podido comprender: "la poesía es la Cenicienta de las artes". Perdón, maestro. Esta princesa, oculta entre las labores más veladas y complejas del hombre, sigue siendo destinada a tareas de servidumbre: en los colegios es utilizada para cantar odas acomodaticias
en fechas patrias, y en el parlamento, para dar unas pinceladas de maquillaje a la conciencia cultural de los funcionarios.
Porque el estrago no sólo se dio por la indolencia con que se pensó, se prologó y se vendió la antología, sino que además, este tajazo a la memoria nacional fue declarado de interés para la H. Cámara de Diputados, y quien firma el trámite parlamentario Nº 77 del 16 de junio de 2010 es la diputada
Castaldo Norah Susana, de Tucumán.
Entre los fundamentos para tal declaración se cita a los propios editores quienes procuran "entre todas las facetas de nuestro patrimonio común, reconocernos en la palabra poética, entendida como la quinta esencia de la creación de sentido, de belleza y de verdad. Ese es el espejo continua diciendo la nota de presentación de los editores donde en esta fecha elegimos mirarnos: el de la reunión de las obras de cientos de poetas argentinos, de diferentes épocas, estéticas y cosmovisiones, que esta antología pone otra vez al alcance de todos, a modo de celebración".
En el espejo roto de la poesía nacional, como lectora, elijo no mirarme.
Entiéndase que mi postura no va en contra de los poetas seleccionados sino de la amputación, de la indolencia, de la mezquindad.
Recuerdo que en el III Congreso de la Lengua, el poeta Ernesto Cardenal (cuyo discurso no gozó de las luces de neón) dijo que "Cada vez que un pueblo deja de hablar una lengua se empobrece toda la humanidad." Y yo me permito diversificar este enunciado: cada vez que un pueblo deja de leer los
distintos lenguajes de sus poetas se restringe su cosmovisión, se limita su condición lectora, se cercena su percepción estética, se disgrega su tejido social, se le roban sus tesoros, se empobrece su humanidad.
En 1987, Octavio Paz decía: "En las democracias liberales de Occidente la libertad de creación se enfrenta a peligros más insidiosos pero no menos bárbaros que la censura política e ideológica de los Estados intolerantes: el mercado y la publicidad. Someter a la poesía, por naturaleza solitaria y que nada siempre contra la corriente, a las leyes de circulación de las mercancías, es mutilarla en su esencia. La poesía moderna, lo dijo Blake, es la aliada del demonio: es el ángel que dice No."
Este ángel del No sigue vivo en los bares y resiste en publicaciones privadas. Es cierto que es fuerte, que es invencible, pero no la forcemos más a sobrevivir a la sombra del poder editorial porque seríamos cómplices de un crimen donde nosotros seremos nuestros propios cadáveres.


*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25079-2010-08-28.html







Un nido de abrazos*



1

Alboroto de gorriones contra la tarde gris.
Un hombre traza sus letras casi en oscuridad.
En quietud, afina el oído.


Desprendidos de trinos, se escuchan pasos de luz
de su compañera —ahora con alas plegadas— volviendo al nido.




2


Levantan la vista
ven al árbol dormitorio
florecido en pájaros de la noche.
No caen a pétalos.
Sólo se acompañan en soledad
de hoja en hoja.
Ella se pregunta
porque no hacen nido.
Mirando al cielo vedado
por hojas y pájaros. Se abrazan.
Y hacen del abrazo, un nido.



*de Eduardo Francisco Coiro inventivasocial@hotmail.com






*


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Thursday, August 26, 2010

LA DANZA INMÓVIL...




MARAVILLA*

a José Luis Fariñas


No hacía caso al principio a sus molestias en el oído. Pero al fin fueron tantas que acudió al especialista. Éste, tras un concienzudo examen, pidió hablar con alguien de la familia. Como los padres ya no estaban en este mundo, había ido a acompañarla el vecino.

“Se le ha colado una semilla en el oído”... La cosa se complicaba, al parecer la semilla se había adherido de modo tal a su oído interno que no era posible extirparla sin acudir a una cirugía, en cuyo caso corría el peligro de quedar sorda. Era mejor mantener una estricta observación.

En casa, tras descubrir que echando dos gotitas de agua hervida cada seis horas, sentía cierto alivio, comenzó a recordar cómo aquella semilla había llegado a su oreja: hacía diez años, la abuelita del vecino les había dicho que si colocaban una semilla de Maravilla debajo de su almohada y le decían “Maravilla, Maravilla, revélame tus secretos”, les sería revelado en sueños el rostro de su alma gemela. Nada ocurrió, salvo que a la mañana siguiente no encontró la semillita por ninguna parte. Fue a comentarle al vecino y él le dijo que había preferido plantar la semilla...

En la próxima consulta le dijeron que la semilla al parecer se había caído sola, pues no se veía por ninguna parte. Pero a la semana comenzaron los picores, primero detrás de la oreja, luego por toda la cabeza. Se rascaba hasta que los brazos no le daban más, el vecino venía entonces para ayudarla a cepillarse los cabellos, hasta dejarla dormida.

Un amanecer vio el primer brote asomando detrás de la oreja. A la semana tenía tres flores. Poco a poco fueron emergiendo las demás. El vecino palmeó emocionado ante el espectáculo y la invitó a merendar helado de vanilla.

Nunca podrá librarse de sus enredaderas, la Maravilla mientras más se poda, más se obstina en crecer; pero si las acomoda se ven muy hermosas, mezclándose con sus cabellos color miel. Cuando se peina ante el espejo, juega a adivinar como serán los hijos que tendrá con el vecino, y se pregunta si heredarán su capacidad de germinación.

Es feliz: mientras otras mujeres tienen que adornarse el pelo, a ella le brotan Maravillas.




*de Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.






LA DANZA INMÓVIL...






De vuelta a casa*



Cuando abrí la puerta

comenzaron a mover sus alas.

Estaban posadas en todos los muebles.

En especial en las paredes de la cocina.

Mi lugar preferido, el más cálido.


En un abrazo de mil colores

revoloteaban a mi alrededor.

La casa me saludaba con mariposas.

Algarabía de alas, amor colorido.

Yo volvía del infierno

y ella, mi amado refugio, se alegraba.


Me senté, extasiada, mirando como,

en rápido vuelo, el bullicio de colores

se alejaba por la puerta abierta.

No quise saber por donde entraron.

Tres meses hace que dejé mi casa.

Tres meses en loca pelea

con la vieja huesuda que se sonreía

en desdentada alegría de llevarme.


Pero no pudo. Mi corazón gritó ¡No!

Me daba chance de ¿cuántos años?

No lo sé, no importa, seguiré

contando mariposas y estrellas,

mirando crecer mis nietos,

comiendo chocolates,

y regando mis malvones.



*de Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar









VENUS SOBRE MIRLOS*



La muchacha con largos ojos de Venus nórdica
me besó como desatinada adolescente
que a mano armada roba
su primer beso
a una boca comprometida.
Y con los nervios ahogando mis palabras
guardé silencio, era más prudente
fingir ser tonto
que cazador de piernas cortas
a plena luz del día.
Ella no aceptó la sorpresa. Sin menoscabo
rehusó entender que el miedo
es mucho más promiscuo
que los deseos mundanos.
La muchacha con ojos más largos que el día
besó mi noche con la frugalidad
espartana
de quien demanda hacer la guerra
para saciar la sed de paz
en cada célula del cuerpo.




*de Daniel Montoly©. danielmontoly@yahoo.es







Florecido*


El hombre la había arrancado de su vida como se arranca a un yuyo indeseable en el jardín.

Con la misma brutalidad en el tirón, tratando de arrancar la raíz de cuajo. Sin sentir nada.Al otro día, justo al otro día. El hombre plantó en su lecho a una muchacha bella como una azalea. La mujer se marcho prontamente sin echar raíces en su vida.

No se quedo quieto. Siguió plantando bellas mujeres que se marchitaban antes del nuevo amanecer. Nadie pudo crecer ni florecer en ese lugar. Su vida era un jardín desierto al que regaba inútilmente antes de anochecer.

Hasta que percibió esos movimientos adentro. Esos pujos que sintió por todo su cuerpo y que se ramificaban de noche a día con la velocidad implacable de la naturaleza. Y eran la luz y esa tibieza que anuncian una primavera cercana.

El hombre se vio a la siguiente mañana en el espejo y comprendió lo que sucedía.
No había logrado extirpar bien las raíces de ella. Su amada.

Sus brotes se abrían paso por sus poros y estaban a punto de estallar en flor.



-Sólo pido que las flores sean del color de sus ojos. Pensó resignado.



*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com








Boliches de campo*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



El primero que recuerdo y que aparece nítido imbatible en la memoria es aquel que llamaban Boliche de la Legua, camino más allá del cementerio y que al estar a esa distancia exacta del pueblo, en un cruce de caminos se ganaba de por sí el apelativo.
De los otros, a los que sólo oí nombrar y que mi amigo Miguel Compañy trae sobre la mesa y los deja palpitantes como pececitos brillantes a gotas de un ámbar fiel, allá van: Santos Ferrara, Los prados, La Lata, Blanco, La viuda, Valvazón, Pendija, Copani, La Pellegrina, La Portada o Demarchi (que estuvo en los inicios, antes de que el mismísimo pueblo existiera), Tamborini, Raviola, Villa de mayo, o El dólar, que sigue estando en Colonia Hansen y que regentea su dueño y mi amigo. Estoy nombrando a Emir Egilio Menza, conocido popularmente como El Narigón, tan diligente y bueno como el pan recién horneado. Se me ocurre que estos boliches debieron ser la secuela de las antiguas pulperías que mojonaron la pampa en aquellos tiempos de caballadas atronadoras, ya fuera ranquel o de sufridos chinos patrios, especie de Martín Fierro, según eternizó Hernández.
Esas pulperías que según Sarmiento eran un oasis de sociabilidad en aquellas resolladuras del sol y los largas jornadas con peligros constantes y que había que ser muy baqueano para internarse entre esos pajonales machazos con la sola presencia de los ñandúes fugaces y el grito del chajá quebrando la noche de un solo y violentísimo tajo.
Estos boliches -los que yo conocí casi siempre de lejos, mejor dicho "vi" desde lo alto de un carro- eran seguramente más seguros y con unos parroquianos mucho más pacíficos, más proclives a jugar a las bochas que a las salvajes "visteadas" a cuchillo filoso.
Esos boliches estaban necesariamente lejos del pueblo y a veces a su costado se construía una escuela
-hoy despobladas por el sistemático éxodo rural pero casi siempre tenían un galpón o una pista de mosaicos sufridos para los escasos bailes donde iban a sacudirse el polvo las juventudes chacareras de
entonces. Estas pistas descubiertas se subsanaban con una buena carpa de lona o arpillera para cada ocasión y con algunos faroles que llamaban "sol de noche" producían la ilusoria sensación de un esplendor que sólo tendrían los salones del segundo imperio en el mediodía de Francia. Si bien estos
boliches, es de suponer, abrirían todos los días para una copa casual o rutinaria tal vez de viandantes o de tamberos que eran los que tenían una actividad más regular -una vaca se ordeña dos veces al día, inexorablemente y ese trecho obliga a las cremerías de la zona y por ese trayecto siempre habrá "un" boliche a mano, o dos. Los boliches -como las pulperías en su momento eran un centro de información y una ocasión de hacer sociales.
Por lo tanto el día señalado era el domingo a la tarde, único hueco de la semana que se permitían a si mismos los sacrificados hombres rurales de entonces.
Se pasaban esas horas de ocio entre naipes, tabas, juego del sapo, o, ya en ocasiones mayores, una carrera de sortija o unas cuadreras como Dios manda.
Y a veces, a esto era ponerle un digno broche de oro: un baile donde nunca faltaba un acordeón a piano y un par de guitarras.
Si había a su alrededor alguna escuela como el caso de Colonia Hansen o el boliche La lata o Los Prados, la cosa se presentaba distinta. Había -allí sí una configuración de acontecimientos y sociabilidad diferente porque todo estaría investido de un carácter más formal ya que los actos escolares llevaban necesariamente un protocolo que aún en esos parajes solitarios y casi dejados de la mano de Dios, la persona que representaba al Ministerio de Educación, a la sazón maestras o maestros que fungían de directivos, amén de enseñar a leer y escribir, hacer cuentas y aprender algo de Historia y Geografía, si fuera posible, debía cumplirlo.
Como nunca asistí a un acto escolar en esas escuelitas rurales nada puedo agregar que no esté en la conjetura y la fabulación de mis lectores o yo.
Escapan en estos momentos los rostros de todos aquellos hombres y mujeres que poblaron la Colonia cercana a mi pueblo. Un gran vacío más hondo que todos estos años se interponen entre algún recuerdo, alguna anécdota sucedida en aquellos míticos boliches y yo. Si yo pensara en los obreros que transitaron mi pueblo y que hoy son sombra y olvido sería distinto. Pero tratándose de aquellos chacareros difusos prefiero hacer mutis, porque mi experiencia infantil con las zonas rurales era esporádica y acotada y sujeta a mi discreto rol de acompañante de mi padre, es decir sin ninguna iniciativa propia como por otro lado era mi vida y la de cualquier niño de entonces.
Y el lector se preguntará con razón ¿Y los boliches entonces? Ay, los boliches ni mis amigos ya no están. Han sido borrados de la faz de la tierra. Y es tan triste reconocer que es como si nunca hubieron existido.


*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25044-2010-08-26.html







Sol*



tiene un sol
más bien es poseedor de un sol
un sol le pertenece
órgano el sol de sus voces
suyas
sale a tomar el sol de sus voces
el solitario sale a tomar el sol de sus voces



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar








Tratando de mirar a los otros*




*Por Gary Vila Ortiz



¿Desde qué sitio escribo estas líneas? Desde mi escritorio, rodeado como siempre por los libros, los discos y todos esos objetos inútiles que colecciono. Que siempre coleccioné. Muchos de los más viejos aún los conservo, otros se han perdido irremediablemente. Escribo estas líneas escuchando la cuarta sinfonía de Dvorak, en un aparato de música que no anda nada bien. En algún momento podré cambiarlo, no por ahora. También están presentes las nostalgias, hoy no sé bien por qué, más fuertes que de
costumbre.
Me voy ubicando para que se comprenda, si es que algún lector quiere hacerlo, el lugar y el estado de ánimo en que me encuentro al comenzar estas líneas que tratarán de explicar qué significa para mí ese mirar a los otros del título. Y los otros no son solamente aquellos que observé en el bar por la mañana sino también los autores de algunos libros que he leído a lo largo de la semana, los de la música que he escuchado, de ciertos films que miré por televisión. Es decir que los otros son todos esos seres humanos que me conmueven, que hacen que sienta la necesidad de escribir sobre ellos. Es cierto, pese a que me siento triste, que fumo como debe hacerlo todo individuo de 75 años que tiene asma, que tengo una taza de café a mano, y algunos pesos en el bolsillo, no más de quince o veinte y dos pesos, estando en lo que suelo llamar mi refugio, un ser privilegiado. Lo que quiero decir y no tan sólo insinuar: miro a los otros desde un lugar de privilegio. (Digo refugio, no madriguera, Kafka me dijo que las madrigueras eran muy
vulnerables).
Como le decía alguna vez al Negro Ielpi mientras mirábamos los materiales de un libro que publicamos juntos y que fue Gilberto Krass quien tuvo la amabilidad de publicarlo, le decía al Negro, "son necesarias algunas precisiones". Dicho sea de paso, inevitablemente siempre me voy por las tangentes, hace unos días pude conseguir ese libro en una librería de esas que son las que llamábamos de viejo pero que ya no lo son, a tres pesos; el amigo de la librería me lo quiso regalar, lo que no acepté para tener
constancia de su enorme valor. No me interesó demasiado ni por mí ni por el Negro, pero sentí cierta incertidumbre por Raymond Chandler y Philip Marlowe, a quienes el libro en cuestión estaba dedicado. Todo esto a cuento de las precisiones que deseaba hacer para este artículo. Entre las cosas que ando leyendo tengo algunos libros de John Berger, a quien tendría que haber descubierto antes pero que descubro recién ahora. John Berger, un escritor inglés nacido en 1926, nos ofrece una mirada de penetrante lucidez del mundo en muchas de sus realidades. Uno de sus libros se llama justamente "Mirar" y uno de sus artículos me provoca un gran bienestar. Se trata de unas hermosas líneas sobre Giacometti, acompañadas por una fotografía de Cartier Bresson.
El bienestar me lo produce una coincidencia. Hace mucho, no recuerdo en qué año, pero con seguridad después del 69, escribí un poema dictado por dos fotografías, la de Giacometti que usa Berger en su comentario y una de Nabokov fotografiado mirando unos frascos con mariposas. Las fotografías estaban en el anuario de 1969 de "US.Camera", un número que descripto por Berger sería una inteligente observación de lo que había ocurrido en la década del sesenta. El poema se publicó en un diario, pero no puedo encontrarlo, aún cuando sé que debe estar en algunas de las cajas acumuladas con papeles, que ya tendría que dar por perdidos.
Ese "mirar" de Berger es notable. Si digo que me hubiera gustado conocer un análisis de ese número de "US.Camera" es porque las reflexiones de Berger sobre la fotografía son estupendas. Debemos ponerlo junto a los que han hecho, entre otros, Italo Calvino, Susan Sontag, Roland Barthes. Ese anuario muestra el mundo de los sesenta, con muchas de las cosas que fueron pasando y con fotografías de primera línea. Hay fotos de los asesinatos de Robert Kennedy y de Martin Luther King, ocurridos en 1968, de la guerra de Vietnam, desnudos de mujeres sumamente atractivos, animales, fotos que nos resultan curiosas y además, pero faltaría enumerar otras, las de personalidades como Giacometti y Nabokov. Hay de Marlene Dietrich, un homenaje a Edward Steichen, de Salvador Dalí, una bellísima de Marianne Moore, una conmovedora de Carson McCullers, otra, terrible, del examen por tres individuos del cadáver del Che Guevara y esa tristemente famosa foto del asesinato de un miembro del Vietcong por parte de un brigadier general de Vietnam del Sur, quien dispara su revólver sobre la cabeza del guerrillero que tiene las manos atadas. También las célebres series de Eadweard Muybridge, una sobre la mujer que va a acostarse y otra sobre la secuencia de un jinete galopando con su caballo. La de la mujer data de 1885 y la del jinete de 1878.
Muybridge había nacido en 1830 y murió en 1904. (La del jinete y su caballo creo que fue utilizada para la tapa de un disco dedicado a Philip Glass).
Se pregunta Berger qué hacía las veces de la fotografías antes de la invención de la cámara fotográfica. Uno espera, sigue diciendo Berger, que se diría el grabado, la pintura, el dibujo. Pero la respuesta más reveladora sería la memoria. Es entonces cuando pienso si para los argentinos las fotografías han reemplazado a la memoria en el sentido que le da Berger.
Creo que al mirar a los otros nos parece intuir que no solamente hemos perdido la memoria de muchas cosas sino también las posibles fotografías de las mismas. Y además que muchas fotografías que deberían haber sido tomadas no lo fueron, por una imposibilidad real o porque no se las permitió tomar.
Aún cuando siento una verdadera pasión por la fotografía no sé tomarlas. Es decir, puedo apretar lo que haya que apretar en una máquina que alguien me presta para que le tome una foto, pero no tengo cámara y de tenerla sería para hacer un trabajo que ignoro si podré hacerlo. En general miro a los otros con afecto, pero esa mirada tiene el límite que tiene que tener el ojo que mira. El otro límite es mi memoria. No me gustan las fotografías "artísticas" sino las otras que podríamos llamar documentales. Por ejemplo, las mencionadas de Giacometti y Nabokov lo son y permiten observar a esos artistas en dos momentos particulares de sus vidas.
Me permito mirar a los otros siempre y cuando experimente, ante todo, una de las formas del amor. Mirar, de otra manera, como ajenos a lo que miramos, me parece algo parecido a lo que considero el peor de los pecados, la soberbia.
Hay que mirar siempre, aún cuando lo que observamos nos produzca rechazo, con una aceptación plena de nuestro espíritu. Berger es un ejemplo en tal sentido, un ejemplo que no puede pasarse por alto. Si queremos observar y además escribir sobre eso, tenemos la obligación (acepte el lector la
exageración) leer a Berger para sumarla, claro está, a las otras lecturas que nos permiten hacerlo. Nunca debemos ser aquellos que todo lo anotan prolijamente, es decir, los que miran desde el más profundo desprecio por la condición humana. Los nazis, ejemplo máximo en este sentido, llegaron hasta
lograr "entender" que el amor en la situación que ellos ponían a otros seres humanos era imposible. En un experimento que es difícil calificar (el nazismo destruyó además de nuestro concepto de la justicia y del amor, el lenguaje: las palabras dejaron de significar lo que alguna vez significaron); por eso decir que ese experimento que hicieron fue abominable o infame no alcanza, como no alcanzaron los juicios de Nurenberg. Pero lo hicieron y dejaron constancia de eso. Posiblemente lo hicieron pensando que la barbarie que implantaron iba a durar los mil años que querían para ella.
Esa barbarie no duró, pero hay otras también feroces aunque ninguna rozó ni la superficie del nazismo.
Mirar debe ser ante todo un acto de amor, que probablemente dure mucho menos que una fotografía, pero una fotografía si bien puede ser tomada desde un compromiso afectivo con lo que se mira a través de la cámara, no siempre es un compromiso amoroso, una de las formas de amar o de tratar de sentir lo
que han experimentado esos otros. O lo que aún siguen experimentando. Existe un inventario fotográfico de los horrores, como decía Susan Sontag, eso que ella califica de "epifanía negativa". Berger apunta con razón que las fotografías son reliquias del pasado, huellas de lo que ha sucedido. Los vivos, sin embargo (expresa Berger) no han asumido ese pasado y de esa manera las fotografías adquirirían un contexto vivo. "Es posible que la fotografía sea una profecía de una memoria social y política todavía por alcanzar".
Estaba escribiendo sobre mí mirar, limitado en el espacio y en el tiempo. Me comprometo en ese mirar y hasta el momento es mi memoria la que hace las veces de la cámara. Miro dentro de los límites en que es posible mi mirar.
Creo que a los argentinos, que no saben asumir su pasado, a menos que lo asuman como una mentira, habría que reemplazarles la memoria por fotografías que a lo mejor le hacen entender de qué se trata esto que somos y eso otro que queremos ser. Pero tenemos (los argentinos todos) una enorme facilidad
para trampearnos y la mirada hacia los otros, desde que las recuerdo, no siempre han sido miradas del amor sino de diferentes formas del odio. Es una lástima que la fotografía, aún las más precisas, pueden hacernos reflexionar sobre esos temas, pero no pueden fotografiarse. Los resultados del amor y del odio pueden verse en las fotografías, pero las miradas del amor o del odio, del desprecio o de la indiferencia son inmunes a todas las cámaras, si bien aquellos como Berger, Sontag, Barthes o Calvino, puedan revelarnos su esencia.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-24981-2010-08-22.html







La danza inmóvil*



*De Alejandra Pizarnik.



Mensajeros en la noche anunciaron lo que no oímos.
Se buscó debajo del aullido de la luz.
Se quiso detener el avance de las manos enguantadas
que estrangulaban a la inocencia.
Y si se escondieron en la casa de mi sangre,
¿cómo no me arrastro hasta el amado
que muere detrás de mi ternura?
¿Por qué no huyo
y me persigo con cuchillos
y me deliro?
De muerte se ha tejido cada instante.
Yo devoro la furia como un ángel idiota
invadido de malezas
que le impiden recordar el color del cielo.


*Fuente: http://www.devoradaporelespejo.com.ar/2009/04/30/la-danza-inmovil/







4TO. ENCUENTRO DE ESCRITORES*


“ESPACIOS ABIERTOS: LECTURAS, ESCRITURAS, DIÁLOGOS”


Fecha: Sábado 4 de setiembre de 2010
A partir de las 9hs.
Lugar: Foro Cultural de la Universidad Nacional del Litoral
9 de Julio 2154
Santa Fe

Organizado por: Secretaría de Cultura de la U.N.L. y Sociedad Argentina de Escritores Santa Fe


CRONOGRAMA

9 hs.: Recepción de participantes- Palabras de bienvenida-

9,30 a 10,40: Primera Mesa de Lectura. (7 escritores- 10´ cada expositor)

10,40 a 11: Pausa para café e intercambio de trabajos.

11 a 12 : PANEL . Tema: “La incidencia del paisaje en la escritura literaria”.
Panelistas: Julio Gómez (Santa Fe), Jorge Isaías (Rosario), Fortunato Nari (Rafaela)
Coordinadora: María Beatriz Bolsi

12 a 12,30: Diálogo con el público

13 a 14,30: Pausa para almorzar-

14,30 a 15,40: Segunda Mesa de Lectura: (7 escritores- 10´ cada expositor)

15,40 a 16: Pausa para café e intercambio de trabajos

16,15 a 17,40: Tercera Mesa de Lectura. (8 escritores- 10´ cada expositor).

17,45hs. Cierre del Encuentro



*


Inventren Próxima estación: HERRERA VEGAS.



Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:


HORTENSIA.

ORDOQUI. / CORBETT. / SANTOS UNZUÉ.

MOREA. / ORTIZ DE ROSAS. / ARAUJO.

BAUDRIX. / EMITA. / INDACOCHEA.

LA RICA. / SAN SEBASTIÁN. / J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS. / PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. / PLOMER. / KM. 55.

ELÍAS ROMERO. / KM. 38. / MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD. / MERLO GÓMEZ. / RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

LA SALADA. / INGENIERO BUDGE. / VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA. / VILLA DIAMANTE. / PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.



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Wednesday, August 25, 2010

ESTACIÓN MARÍA LUCILA


InvenTren.



Piedra Fundamental*



*De Alejandra Pizarnik.



No puedo hablar con mi voz sino con mis voces.

Sus ojos eran la entrada del templo, para mí, que soy errante, que amo y
muero. Y hubiese cantado hasta hacerme una con la noche, hasta deshacerme
desnuda en la entrada del tiempo.

Un canto que atravieso como un túnel.

Presencias inquietantes, gestos de figuras que se aparecen vivientes por
obra de un lenguaje activo que las alude, signos que insinúan terrores
insolubles.

Una vibración de los cimientos, un trepidar de los fundamentos, drenan y
barrenan, y he sabido dónde se aposenta aquello tan otro que es yo, que
espera que me calle para tomar posesión de mí y drenar y barrenar los
cimientos, los fundamentos,
aquello que me es adverso desde mí, conspira, toma posesión de mi terreno
baldío,
no,
he de hacer algo,
no,
no he de hacer nada,
algo en mí no se abandona a la cascada de cenizas que me arrasa dentro de mí
con ella que es yo, conmigo que soy ella y que soy yo, indeciblemente
distinta de ella.

En el silencio mismo (no en el mismo silencio) tragar noche, una noche
inmensa inmersa en el sigilo de los pasos perdidos.

No puedo hablar para nada decir. Por eso nos perdemos, yo y el poema, en la
tentativa inútil de transcribir relaciones ardientes.

¿A dónde la conduce esta escritura? A lo negro, a lo estéril, a lo
fragmentado.

Las muñecas desventradas por mis antiguas manos de muñeca, la desilusión al
encontrar pura estopa (pura estepa tu memoria): el padre, que tuvo que ser
Tiresias, flota en el río. Pero tú, ¿por qué te dejaste asesinar escuchando
cuentos de álamos nevados?

Yo quería que mis dedos de muñeca penetraran en las teclas. Yo no quería
rozar, como una araña, el teclado. Yo quería hundirme, clavarme, fijarme,
petrificarme. Yo quería entrar en el teclado para entrar adentro de la
música para tener una patria. Pero la música se movía, se apresuraba. Sólo
cuando un refrán reincidía, alentaba en mí la esperanza de que se
estableciera algo parecido a una estación de trenes, quiero decir: un punto
de partida firme y seguro; un lugar desde el cual partir, desde el lugar,
hacia el lugar, en unión y fusión con el lugar. Pero el refrán era demasiado
breve, de modo que yo no podía fundar una estación pues no contaba más que
con un tren algo salido de los rieles que se contorsionaba y se
distorsionaba. Entonces abandoné la música y sus traiciones porque la música
estaba más arriba o más abajo, pero no en el centro, en el lugar de la
fusión y del encuentro. (Tú que fuiste mi única patria ¿en dónde buscarte?
Tal vez en este poema que voy escribiendo.)

Una noche en el circo recobré un lenguaje perdido en el momento que los
jinetes con antorchas en la mano galopaban en ronda feroz sobre corceles
negros. Ni en mis sueños de dicha existirá un coro de ángeles que suministre
algo semejante a los sonidos calientes para mi corazón de los cascos contra
las arenas.

(Y me dijo: Escribe; porque estas palabras son fieles y verdaderas.)

(Es un hombre o una piedra o un árbol el que va a comenzar el canto...)

Y era un estremecimiento suavemente trepidante (lo digo para aleccionar a la
que extravió en mí su musicalidad y trepida con más disonancia que un
caballo azuzado por una antorcha en las arenas de un país extranjero).

Estaba abrazada al suelo, diciendo un nombre. Creí que me había muerto y que
la muerte era decir un nombre sin cesar.

No es esto, tal vez, lo que quiero decir. Este decir y decirse no es grato.
No puedo hablar con mi voz sino con mis voces. También este poema es posible
que sea una trampa, un escenario más.

Cuando el barco alteró su ritmo y vaciló en el agua violenta, me erguí como
la amazona que domina solamente con sus ojos azules al caballo que se
encabrita (¿o fue con sus ojos azules?). El agua verde en mi cara, he de
beber de ti hasta que la noche se abra. Nadie puede salvarme pues soy
invisible aun para mí que me llamo con tu voz. ¿En dónde estoy? Estoy en un
jardín.

Hay un jardín.



*de El infierno musical, 1971





ESTACIÓN MARÍA LUCILA








María Lucila*





"Cubre la memoria de tu cara con la máscara de la que serás y asusta a la niña que fuiste"

Alejandra Pizarnik. -Caminos del espejo-







El hombre con el que me encuentro en el bar se llama Emilio, se entero de mi interés por escribir sobre la estación María Lucila del Midland. Dice que va a contarme algo de su historia personal que sin dudas tiene relación con la antigua estación de trenes. Le aviso que no logro escribir razonablemente bien y que más aún, tengo la sensación de que mi escritura empeora con el tiempo.

-No importa, vengo a contarle esto porque necesito que alguien lo escriba. -me dice con tono de suplica.

-Y porque a mi me duele tanto el pasado que necesito contarlo a quien tenga un rato para escuchar.

Lo que sigue es el relato del hombre, dos horas y media sentados, con tres cafés cortados de por medio que quiso invitarme si o si. -Me ofende si no me permite pagar a mi- dijo para terminar con mi resistencia.



En la estación María Lucila trabajaba su abuelo. Su madre nació allí y la llamaron María Lucila para homenajear a la estación que además de darle trabajo a su abuelo era su vivienda.

Pasó en el pequeño pueblo sus primeros años, luego de la nacionalización cuando el Midland paso a ser parte del ferrocarril Belgrano, al abuelo lo trasladaron un par de veces de estación hasta que se jubilo.

Lo cierto es que su madre pasó su adolescencia y juventud radicada en Avellaneda.

Se hizo amiga de la Alejandra Pizarnik, cuando era una chiquilina tímida y tartamuda. Y al menos una vez se fueron en tren a conocer el pueblo que lleva el nombre de mi madre.

El hombre me muestra una foto con dos jóvenes que posan para la cámara haciendo equilibrio sobre el riel, más allá se observa una estación típica del Midland pero es posible ver el lugar donde se colocaba el cartel con el nombre. Atrás de la foto puede leerse "con florita Pizarnik, María Lucila, enero del '53.

Mamá era una mujer hermosa -dice el hombre. Igualita a las chicas que dibujaba Divito.

Por alguna cuestión que desconozco lo único perenne en ella, lo que había echado raíces profundas era la angustia. Su verdad era una cuna de angustias de la que nadie había logrado sacarla.

(....)

Se equivocaron ella y mi padre en casarse. Mi padre era psiquiatra y mi madre su paciente, se enamoraron o se tuvieron lástima -vaya uno a saber- , o quisieron dar vuelta la historia de cada cual que los había llevado en ese punto de encuentro o desencuentro.

Usted sabe que todo, absolutamente todo en el universo se acerca o se aleja, pero nosotros nos ingeniamos para negar esas percepciones incomodas.

Creo que mi padre pensó que la iba a cambiar, no hay héroe más fallido que el que quiere cambiar una persona.

Llego a decírmelo una vez: -lo que no se da espontáneamente bien entre una mujer y un hombre no se lograra jamás. Nadie puede cambiar al otro -ni a sí mismo, según parece.

La angustia de mi madre le impedía conectarse plenamente con los otros, estar presente y atravesar los acontecimientos que te van marcando en la vida.

Se fue cuando mi hermano tenía 5 y yo 3 años. Dejo una carta.

Mi padre después de leerla ni intento buscarla, entro en un profundo silencio que le duro meses.

Un día nos presento a su nueva mujer: Ella es Natalia, vivirá con nosotros -nos dijo.

Natalia nos crío y malcrío lo mejor que pudo.

Mi hermano creció, estudio ingeniería electrónica y se fue a vivir a Estados Unidos. Vive en Nueva Orleans, tiene mujer e hijos americanos. Un auto y vacaciones.

Mi padre tenia 70 años cuando falleció, era 8 años mayor que mi madre. Yo no había cumplido los 21.

años. Antes de enfermar, me invito a charlar en un bar.

Sin que se lo pidiera me dejo su consejo: -A los 20 años un joven debe elegir si en su vida será un hombre o un marido. Yo te recomiendo que seas un hombre...

Creo que le he fallado, no logre ni ser un marido eficiente ni un hombre en el sentido que creo que le daba a esa palabra mi padre con un tono cercano a lo sagrado.







*



De mi madre, quedaron casi todas las preguntas sin respuesta.

Nunca sabre si volvió a ver a su amiga Alejandra "la florita" como la llamaban los abuelos.

Hay un abismo de treinta años de silencio.

La tía Eugenia -hermana menor de mi madre- logró encontrarla unos meses antes de su muerte.

Tuvo una corazonada y la siguió. Volvió a María Lucila 20 años después de que cerraron el ramal los militares y se llevaron las vías. Y allí estaba mamá viviendo en la estación. Sin luz eléctrica, sin vecinos cercanos. Salvo una escuela pública ubicada enfrente de la estación no había nadie a Km.

Allí vivía mi madre. ya envejecida prematuramente. Sacando agua con una bomba manual, cultivando vegetales en unos pocos metros de quinta. Rodeada de pájaros -tenia muchos en jaulas- y otros que venían a visitarla a los que agasajaba regando la tierra con alpiste, o mijo o arroz según lo que tuviera.

No sabía nada del mundo, ni siquiera quien era el presidente de turno, no tenia radio ni televisión.

¿Sabe cual era una de sus costumbres? Sentarse con una silla a la hora de salida de la escuela y ver el rostro de los niños. Estudiarlos con detenimiento y luego verlos alejarse por el camino de tierra hasta que eran manchas blancas.



(....)



Sabía del suicidio de Alejandra y le dolía como si hubiera pasado apenas unos días atrás:

"Pobre Florita, repetía. Tan lúcida y tan frágil. Pobres todas las personas sensibles del mundo porque no tienen cabida". Eso es lo que me dijo mucho después la tía, a la que hizo jurar que no le diría a nadie donde estaba y como vivía.



*



Esto es lo que la tía Eugenia rescato: unas fotos, unos libros de Pizarnik con anotaciones de mi madre. Una historia clínica que le dieron en el hospital donde se observa que en los últimos años sufrió demasiado.

Muy poco para un enigma de más de 30 años.



El hombre vuelve a abrir el libro que le dejo su madre y me lee otra frase de Pizarnik remarcada con birome azul:

"Como una niña de tiza rosada en un muro muy viejo súbitamente borrada por la lluvia"

Así me siento, así me sentí siempre, -escribe al costado mamá- y espero que quienes esperaban algo distinto de mí puedan perdonar esta soledad en la que he hundido mis días.



Emilio derramó lágrimas. Arrugó con rabia una servilleta de papel después de secarse para evitar que sus lágrimas de sal caigan sobre el pocillo de café.

Al rato nos despedimos con un abrazo. Mientras caminaba por la avenida me di cuenta que ninguna historia de las que he podido contar son historias de vida de gente feliz.









*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar








EL CAMAROTE OCUPADO*



-Cuarta parte-



-¡TÓMATELAS DE UNA PUTA VEZ, O TE DESTROZO!!!
¿Quién había dicho eso? ¿Aquella presencia poseía acaso la capacidad de hablar? ¿Se trataba quizá de su propia voz, deformada por la excitación? ¿O bien todo era parte integrante de la posesión orgásmica que aquello indescriptible y sin nombre había hecho con ella?
Lorena se hallaba tendida en cuatro patas sobre el oscuro piso de goma del camarote, apoyada sobre ambas rodillas y los hombros, ladeada la cabeza, el cabello revuelto, la remera estrujada contra su cuello, la cadera en alto y un dilatado ano apuntando hacia el techo. Sus propias manos le recorrían la piel con movimientos sutiles, mientras las erráticas ráfagas de aire helado-hirviente se enroscaban alrededor de su tronco y de sus miembros, estimulándola sin cesar. Había dejado ya de preguntarse qué pasaba, dónde estaba, quién la acosaba… Lo único que le importaba era que aquella inusual sensación no se acabase, por nada del mundo.
Sentía por encima de su cuerpo las vibraciones que generaba la figura con sus casi acrobáticos movimientos de amante desaforado y vicioso, incapaz de detenerse. La sometía a su voluntad, y eso a ella parecía gustarle cada vez más. Se relajaba y lo dejaba hacer, convencida de que aquella Lorena que alguna vez decidiese trasladarse hacia la Estación Puente Alsina a bordo del “New Midland Express", en apariencia como turista, pero en definitiva probablemente escapando de alguna inconfesable emoción
–inconsciente y prohibida-, quizá hubiese dejado de existir, olvidando en su lugar a este despojo perverso y lujurioso que sólo deseaba ser satisfecha en brazos de un amante invisible y poderoso, cuya única finalidad en este mundo –quizá tan distante al que conociera en el insondable más allá- fuese la de penetrar la carne ajena, a través de todos sus agujeros…
El aire se colaba a través de su canal vaginal con una intensidad tan avasallante que la mujer sólo alcanzaba a gemir, con un volumen cada vez más audible, incapaz de comprender cuál sería el límite al que podría llegar su propio cuerpo, si acaso fuera dueña de los recursos físicos necesarios como para soportar semejante embate …¿amoroso? ¿Qué clase de amor era aquél? Ni se le ocurrió contestarlo, o pensarlo siquiera, temerosa de que la respuesta culminara para siempre con esa inquietante cabalgata nocturna.
Y así, mientras su ventoso partenaire le horadaba las entrañas por detrás, una tenue pero persistente corriente comenzó a rondarle la boca, limando la fiereza de sus labios, deseosa de colarse por encima de su lengua con un intenso deseo por ser paladeada. Pero, …¿cómo podría saborear el aire? Más allá de toda lógica, el inconfundible aroma del semen y el sudor varonil (que a los últimos restos de lo que alguna vez fuera Lorena le hicieron evocar a un –cada vez más- inexistente muchacho llamado Sergio) se esparció por el ambiente, otorgándole a la experiencia un matiz mucho más realista, como si quisiese complacerla en todos los detalles.
La mujer se mecía sobre el suelo, notando gozosa cómo se agitaba su cadera hacia delante y atrás, mientras su espalda se arqueaba y un profundo abismo de placer se generaba sin pausa dentro suyo, alcanzando un éxtasis exquisito. Placenteras circunstancias ante las cuales profería toda clase de incitantes groserías:
-¡Así!!! ¡Así, guacho!!! ¡Cojéme bien cogida!!! ¡Rompeme bien el orto, puto!!! ¿Eso es todo lo que podés hacer, eh??? ¡Si ni siquiera se te puede ver la pija, dale!!! ¡Con más ganas, cagón!!!
La corriente de aire arreció, con tal violencia que la alzó unos centímetros y la desplazó hacia un costado, arrojándole el tronco encima del catre para dejar al descubierto la cadera, proyectada hacia el centro del camarote, donde a ella le era imposible distinguirlo en la oscuridad, pero sí comprobar la demencial presencia de decenas de manos que la aferraban como si se tratase de una invisible orgía, mientras comenzaba a discernir por encima de sus propios gemidos el constante bufido de aquel erótico espectro, dichoso a decir basta, mientras ella se aproximaba a experimentar otro violento estallido orgásmico.
-¡Así!!! ¡Así!!! ¡ASíííííííí!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!!



*

El guarda avanzó con paso trémulo hacia los vagones de pasajeros, el de Primera Clase y el de Clase Turista, seguido muy de cerca por el barman. En ambos casos, el pedido –o casi ruego- que formuló Fernando Suárez, bajo la atenta mirada de Ernesto y el desconocimiento absoluto de Gorriarán, el supervisor, fue el siguiente:
-Su atención, por favor. Tenemos un inconveniente de índole psicológico-espiritual en el vagón dormitorio, por lo que nos vemos obligados a solicitar la ayuda de los gentiles pasajeros. ¿Habrá entre Uds. algún sacerdote o psicólogo disponible, que desee colaborar con nosotros?
Más de la mitad del pasaje ya se encontraba durmiendo a esas horas, y una parte del que estaba despierto padecía los inesperados efectos de la misteriosa intoxicación de la cena; por lo tanto, la cantidad de público que recibió un llamado tan extraño fue bastante escasa. Algunas cabezas se levantaron en silencio, amodorradas, para luego mirar en derredor y otear en busca del valeroso candidato que aceptara la arcana consigna. En un principio, Ernesto y Fernando temieron lo peor, mirándose con desaliento, embargados por la culpa de molestar al pasaje con semejante locura.
Hasta que finalmente, una chica de Primera alzó la mano y se acercó hasta ellos, vistiendo pantalones desflecados en las botamangas, un suéter a rayas horizontales de colores, cabello lacio muy corto y anteojos de marco negro onda retro. Bajita y menuda, llevaba una bolsa de yute colgada de un hombro, donde claramente se advertía la presencia de un par de tomos de las Obras Completas de Sigmund Freud, en la edición de tapas verdes de Amorrortu Editores. Y en sus manos, “Extracción de la piedra de la locura”, de Alejandra Pizarnik.
-Disculpen… -, se presentó, un tanto tímida. –Me llamo Claudia Bromiker. No soy psicóloga, sino estudiante, de la U.B.A. Me faltan diez materias para recibirme. ¿Los…… puedo ayudar igual?
Ambos empleados ferroviarios se miraron incrédulos y contestaron al unísono, sin premeditación alguna:
-¡Sí, sí, claro, por supuesto!!!
En la sección Turista, quien acudió al llamado presentaba una apariencia tan inconfundible como la de su futura compañera de tareas: delgado en extremo, con una cara cincelada a cuchillo, vestía una sotana negra hasta las rodillas y lucía una enorme cruz de plata sobre el pecho, además de llevar la cabeza totalmente rapada.
-Buenas noches -, se presentó. –No soy sacerdote, sino seminarista. Sin embargo, tengo sobrados conocimientos para dar algunos sacramentos esenciales. Mi nombre es Heriberto Fort. Tal vez pueda ayudarles…
La aliviada respuesta de los empleados, incapaces de creer en su buena suerte, no se hizo esperar:
-¡Sí, sí, claro, por supuesto!!!
Los cuatro marcharon en díscola procesión hacia el vagón dormitorio, y en el último descanso antes de abandonar los vagones de Primera y Turista, el guarda y el barman les informaron acerca de los percances suscitados desde el momento en que Lorena llegase al coche comedor. Heriberto y Claudia los escuchaban con extrema atención. Y Ernesto experimentaba la sensación –luego del horroroso golpe en la cabeza y el demoníaco y casi andrógino insulto- de que todo aquello había sucedido en algún otro viaje, quizás en otro tiempo; hasta podría haber ocurrido en otra vida, muy distinta a la suya.
-Según creo entender -, les advirtió el seminarista, -nos encontramos ante un definitivo caso de posesión demoníaca. Debemos practicar un exorcismo cuanto antes. Llamaré con mi celular al Obispado más cercano para pedir asesoramiento técnico -, y extrajo de entre sus negros ropajes un luminoso teléfono Motorola.
-Disculpame si te llevo la contra -, le retrucó la estudiante psico-bolche, -pero está claro que lo que experimenta esta mujer es un notable cuadro de histeria conversiva, identificándose al mismo tiempo con las posiciones del hombre y la mujer durante el momento del acto sexual. Habría que ahondar en las fantasías reprimidas que debe sostener a nivel inconsciente quizá desde su más tierna infancia.
-No quisiera ingresar en controversias teóricas y metodológicas que nos tomarían toda la noche-, argumentó Heriberto, -así que preferiría que nos dediquemos con ahínco a combatir al Maligno, más allá del discurso de una pseudo-ciencia creada por un hombre en extremo perturbado moralmente, en caso de que la señorita se refiera al psicoanálisis…
-¡No te permito! -, protestó Claudia, airadamente. -¡La religión es el opio de los pueblos, ha consolado ilusoriamente a la Humanidad con el más oscuro de los dogmas, llevándola hacia el abismo de la ignorancia y el sacrificio inútil, y no por eso me opongo a tu participación en este preciso encuadre de trabajo clínico!
-Dama y caballero, se los suplico, por favor… -, terció Fernando Suárez, interponiéndose entre ambos pasajeros, con las manos en alto, vencido por la incertidumbre de llegar a resolver a tiempo semejante complicación antes de que se enterase Gorriarán. –Trabajemos en conjunto… Ninguno de nosotros sabe qué está pasando realmente ahí adentro. Son sólo conjeturas…
-Sea lo sea, a mí me asusta muchísimo -, confesó Ernesto, mirando de reojo el pasillo del vagón dormitorio al que estaban por ingresar. –Y no veo el momento de que nos deshagamos de eso, y rescatemos a esa pobre mujer.
-Bueno, lo de “pobre” yo lo pondría en duda… -, murmuró Claudia. –Si mujeres como éstas alguna vez se convirtiesen en pacientes, haciendo una terapia como corresponde, no estaríamos dando vueltas por los pasillos a estas horas.
Heriberto estuvo a punto de retrucarle, pero se interrumpió al recibir un leve codazo de parte de Fernando, quien lo fulminó con mirada admonitoria, para luego murmurar:
-Perdón Padre, pero resolvamos esto rápido. No lo vuelvo a decir otra vez. Si jugamos como chicos, entonces olvidémonos del alma de esta pasajera, y que cada uno siga con lo que venía haciendo hasta ahora. Uds. durmiendo y yo trabajando.
El seminarista lo miró con mal talante, pero se llamó a silencio, del mismo modo que la estudiante. Ernesto aguardó un segundo a que los ánimos se calmaran, respiró hondo e hizo punta, iniciando la avanzada crucial hacia el camarote Nº 6.
Al llegar junto a la puerta, los sonidos eran muy distintos a los que percibieran minutos antes. Gemidos y jadeos varios se dejaban escuchar claramente desde el pasillo. Heriberto se persignó de inmediato y comenzó a murmurar una oración, mientras Claudia sonreía satisfecha junto a la puerta y hurgaba en su bolsa de yute a fin de rescatar algún texto freudiano, fundamental entre los que analizan estas intrincadas cuestiones de la patología histérica. Al percibir la presencia de los voluminosos tomos de color verde, Heriberto guardó el Motorola, y del mismo bolsillo del que había extraído el celular hizo aparecer un cristalino frasquito de agua bendita, al tiempo que se descolgaba la cruz de plata del pecho y la sostenía en alto con mano firme, la mirada adusta, el ceño fruncido.
-¡Atrás!!! -, exclamó. -¡Permitan el paso de un soldado de la Fe, dispuesto a inmolarse en pos de la Verdad y la Justicia Celestiales!!!
-Me parece que viste muchas veces el video de “El exorcista” -, sentenció burlona Claudia, sin alzar la vista, ahondando en el índice del libro.
-¡Basta! ¡Déjense de joder!!! -, protestó Ernesto. De pronto, los temores que experimentara desde aquel espeluznante golpe en la cabeza parecían haber desaparecido, dando lugar a una decidida firmeza. -¡Parecen chicos peleándose en el patio de una escuela!
Y miró a Fernando, quien con la visera de la gorra echada hacia atrás y expresión desolada, parecía pensar lo mismo que él:
-Hubiéramos resuelto esto solos -, murmuró el guarda para sí.
Afuera, la tormenta parecía haber amainado, aunque la noche seguía siendo horrible. Un viento muy fuerte azotaba los flancos del “New Midland Express", al tiempo que “Sophrosyne”, la locomotora a energía solar, hacía sonar el agudo pitido de su sirena, muy próxima de arribar a la Estación María Lucila.
Fernando pareció despertar de un sueño muy bizarro, confundido entre los límites de la pesadilla y la realidad; manoteó el silbato con gesto desesperado y exclamó:
-¡Uy, carajo! ¡Gorriarán me mata por no estar en mi puesto! ¡Todo por estar haciéndote caso a vos, Ernesto, con estas pelotudeces!
-¡EEEH! -, protestó el barman, mientras su compañero se alejaba por el pasillo. -¿Y yo qué culpa tengo? ¡Lo único que hice fue pedirte ayuda! ¡Hay una pasajera en problemas!
-¡Que se las arregle sola! -, sentenció Suárez, antes de escabullirse hacia donde se encontraba su supervisor.
-¡Atrás!!! -, insistió Heriberto, la cruz en alto, el agua bendita a punto de ser rociada a su paso.
-¡Tengo una misión divina, sublime, irrevocable!!!
-¿Se puede callar de una vez? -, le gritó Ernesto, acercándole su rostro colérico, a punto de morderlo. –¡Necesito silencio para poder pensar!!!
El seminarista volvió a expresar su mal talante, incomprendido en su indelegable batalla espiritual.
Tan ocupados estaban ambos hombres en dejar sentada su propia posición que ninguno de los dos pudo describir lo que ocurrió inmediatamente después. Menos aún Claudia, absorta en los textos freudianos, intentando releer lo que ya debería haber estudiado para los exámenes finales de mitad de año. Lo único que pudo percibir, aún sin verlo con sus propios ojos, fue la sensación de una puerta que se abría, una corriente de aire constante que le azotaba el rostro, y una mano firme, levemente húmeda, que la asía de una de sus muñecas con la potencia de una tenaza muscular y la tironeaba con violencia hacia adentro, causándole un molesto tropezón con sus propios pies, ahogando un quejido de sorpresa, para caer de bruces dentro del camarote Nº 6, dejando olvidado contra el acanalado suelo de goma del pasillo el tomo verde de las Obras Completas de Freud, abierto y con el lomo proyectado hacia el cielo.
La puerta se cerró con un estampido, provocando que tanto Ernesto como Heriberto cayeran en la cuenta de lo que ocurría más allá de sus propias rencillas. El barman se volvió, lanzándose contra la puerta del camarote, adosando las palmas de sus manos sobre ella, y exclamó:
-¡Claudia! ¿Estás bien?
Pero en el interior, sólo se oía el viento…



(Continuará…)



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar






*


En construcciones imposibles
sobre vigas inconcientes
me esfuerzo por levantarte,
Pero como ya sabemos,
una taza no sostiene el mundo.




*



Que hago si en la vida se me va el alma
Si la sangre estalla en mis manos
Si se desarticulan mis huesos
Si dentro mío esta la fuerza
Si ensordecen mis oídos
Y callan mis gritos
Para siempre
Si el ruido no es mas que
Una suma de silencios.



*Poemas de Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com









La María Lucila*



Era una morocha de rulos, de profundos ojos negros, que siempre lucia un elegante pero antiguo vestido de seda color lila, desbordante de volados, perteneciente a alguna de sus abuelas, y se peinaba con flores frescas sobre sus sienes. En el pueblo todos sonreían al verla pasar, ya que su alegría contagiaba a cualquier vecino con quien se cruzara, siempre rumbo a la estación de trenes. Todos allí la conocían como "La María Lucila".
-Ahí va La Lucila / oliendo a nafta-lila –canturreaban por lo bajo los chicos de la cuadra, ocultando sonrisitas socarronas al verla pasar por la vereda de enfrente, sin que ella se inmutara, siempre sonriente, ajena a los cuchicheos.
Nadie sabía muy bien cuál era el motivo de su felicidad permanente, como tampoco existía alma alguna que la hubiese visto triste o enojada, ni conociera acaso sus verdaderos sentimientos. Sólo sabían que era una de las tantas hijas de Don Nemesio Nicolaides, aquel esquivo patrón de estancias de quien se contaban las más disparatadas historias, desde las más terribles hasta las más gratas, sin que nadie pudiera definir al personaje en una sola faceta.
Renuente de casar a sus hijas, se vanagloriaba de que ellas eran “todas puras”, desafiando abiertamente a quien sostuviera o incluso insinuara lo contrario durante aquellas verdaderas fiestas populares que se organizaban en los campos de la familia, cuando se transmitían algunos de los partidos importantes del campeonato local, o las peleas de box donde combatían los campeones nacionales, o incluso cada uno de los capítulos de determinados radioteatros, siempre a la misma hora. En tales ocasiones, casi la mitad del pueblo se congregaba en varias hileras de bancos de madera, bajo la copa de los árboles, para disfrutar del espectáculo a través de la atenta escucha del único aparato de radio a galena que existía en la región, mágico y suntuoso.
Hacía ya algunos años que Don Nemesio era una incógnita para el pueblo –en caso de que aún estuviera con vida, recluido en su ancestral estancia colonial-, y la María Lucila, en su aparente inconsciencia, cumplía casi al pie de la letra con aquel folclore familiar, conservando el misterio mediante su mutismo.
Casi nadie la había escuchado hablar desde que se hizo mujer. Algunos hasta creían que era sorda… ¡Quién sabe…! Lo que todos aseguraban era que no se comunicaba, salvo por miradas, carentes de intensidad. A menos que marchara triunfante hacia la estación…
El expreso de las 17:15hs. pasaba todos los días, aunque sólo tres veces por semana –pocos años antes de que discontinuaran el servicio- transportaba pasajeros. En estas ocasiones, la María Lucila se acercaba hasta el andén y lucía su sonrisa más radiante, contemplando con la mayor de las expectativas hacia las ventanillas de los vagones, saludando con la mano en alto cada vez que la formación partía o arribaba. ¿A quién esperaba? Nadie lo sabía. Se rumoreaban muchas cosas: la mayoría se inclinaba por imaginar algún amor secreto, cierto pretendiente que le prometiera casamiento años atrás y volviera a cumplir puntualmente con su palabra. También podría estar aguardando la llegada de alguna parienta muy querida, o quizá la llegada de alguna encomienda cuyo misterioso valor sólo ella y el remitente podrían conocer.
Sus hermanos varones habían emigrado hacía ya una larga década, buscando conchabarse como trabajadores golondrina, y nunca se los había vuelto a ver. Había quienes decían saber que habían cometido algún delito inconfesable y permanecían cumpliendo una larga condena a la sombra. Otros aseguraban haber escuchado rumores de alguna pelea a cuchillo en un almacén de ramos generales, donde los hermanos se habían trenzado entre sí ante la aparición de una ardiente pollera, yendo a parar juntos al cementerio. ¿Por qué, teniendo una propiedad agropecuaria importante, los hijos varones habían abandonado el hogar? ¿Sería la crueldad del padre tan cierta como se fantaseaba? Lo que sí se sabía era que las apariciones de la familia por el pueblo siempre eran fugaces y a escondidas, con miradas torvas y actitudes muy poco sociales. Se limitaban a rodar en un sulky que había conocido épocas mejores, proveerse de mercadería, pasar por el correo y volverse a la estancia. Los negocios agropecuarios parecían no tener cabida con los empresarios o comisionistas del pueblo.
La María Lucila, en cambio, arribaba siempre sola y a pie. Siempre con su mismo vestido antiguo, fuera invierno o verano, lloviera o brillase el sol. A veces se abrigaba con alguna mantilla, también lila y vetusta. Viéndola con detenimiento, parecía escapada de una fotografía en sepia, aunque su semblante no reflejase más que frescura y vitalidad.
Hasta que un día, a bordo del expreso de las 17:15hs., arribó un muchacho cuya fugaz existencia no estaba en los planes de nadie. Ni siquiera en los de María Lucila, si es que alguna vez había fantaseado con tal posibilidad.
Se llamaba Rodrigo Fuentes y era viajante de comercio. Distribuía mercaderías en auge para la época, pero ninguno en el pueblo consiguió adivinar qué clase de productos representaba por aquella zona. Sólo se supo que arrastraba fama de tipo elegante, entrador y buen mozo, y la mayoría de las jovencitas que lo vieron bajar del tren, con su traje gris perla, su maletín y su chambergo, cayeron prendadas de su encanto, suspirando embelesadas.
Sólo que allí también estaba María Lucila, y los ojos claros de Rodrigo Fuentes, en vilo sobre el estribo del vagón, fueron capturados de inmediato por aquella delgada y atractiva silueta. La muchacha, sin embargo, se mantuvo en su actitud habitual, saludando a los pasajeros que se asomaban por las ventanillas del expreso, ignorando la retribución de dichos saludos, como si los destinatarios nunca hubiesen estado allí.
Descendió del tren flotando sobre una nube de ilusión, incapaz de concebir la existencia de mujer más hermosa que la María Lucila. Supo de inmediato que debía hacerla suya, casándose con ella, o incluso raptándola y escapando en mitad de la noche, atravesando los campos en una huída salvaje, cargando con la chica sobre sus hombros, luciendo una desquiciada mueca de satisfactoria lujuria.
El silbato del expreso marchándose a sus espaldas lo hizo regresar a la realidad, para contemplar el hermoso perfil de la muchacha volviéndose y marchándose del andén de la estación. Rodrigo Fuentes no podía dejarla escapar. Atravesó la estación, seguido por los sonoros suspiros de las muchachas del pueblo que lo contemplaban casi babeantes, y apuró el paso hasta darle alcance, cruzando a medias la calle.
Impulsado por lo desconocido, la tomó por la muñeca, deteniéndola. Ella se volvió y lo miró a los ojos, intrigada, aunque sin perder la sonrisa. La desnuda mirada de él revelaba una honda turbación, imposible de disimular. Y aunque sentía la boca pastosa y el corazón le galopaba desbocado, el turbado viajante de comercio balbuceó:
-Sos… sos la mu-mujer… más her-hermosa que conozco… Te… Te amo.
Y acto seguido, le rodeó la cintura con un brazo, soltó el maletín para quitarse el chambergo y rodearle los hombros con el brazo restante, y le estampó un profundo y prolongado beso en la boca, ante el cual ella permaneció impávida, dejándolo hacer, sin siquiera reaccionar.
Las exclamaciones de sorpresa y estupor se oyeron por todos los rincones. No hubo quién entre los presentes no se sintiera conmovido ante lo que presenciaba - en su mayoría, cada uno por su lado, experimentaba algo similar-, no sólo por lo extraño de la escena, sino porque –a pesar de lo improbable de tal sensación- lo que ocurría traía consigo quizá todo el peso de la desgracia.
Hasta quizá hubo alguien, entre tanto testigo, que recordase la fatídica sentencia de Don Nemesio Nicolaides: “Todas ellas son puras”. Y no existía hombre que se les pudiese acercar… ¿Ni siquiera sus hermanos?
La muchacha abrió los ojos al culminar el beso, y miró al viajante con expresión asustada, como si el beso de aquel improvisado Príncipe Azul la hubiese despertado de un bellísimo sueño para arrojarla de lleno en una pesadilla tan atroz que ni ella misma podía determinar su origen o alcance futuro. O quizá, hubiera vivido inmersa en tal pesadilla desde siempre, y sólo ahora se percatase de ello, incapaz de digerir la noticia.
La María Lucila emitió un ahogado quejido y se estremeció en los brazos del recién llegado, como si un lacerante dolor la obligase a apartarse de él. El viajante deshizo el abrazo y la contempló absorto, sin recuperarse aún de la fresca humedad de aquellos labios. La muchacha se alejó de él dando pequeños tropezones, sin darle la espalda, con una inusual mueca de susto y dolor, hasta que por fin se volvió y echó a correr por la calle principal que salía del pueblo, en dirección a la estancia familiar. Los testigos eran cada vez más numerosas, y sobre todos ellos se cernía un funesto ambiente de premonición.
Rodrigo Fuentes, incrédulo, la contempló alejarse sin saber qué hacer, ni tampoco pudiendo apartar su mirada de aquella espalda que se alejaba en línea recta, con la mantilla caída y aleteando sobre un costado, y extrañas marcas rojizas impregnadas en aquellos lugares del vestido donde él había apoyado sus manos.
Aunque le demandó un enorme esfuerzo, con el paso de los segundos la pavorosa imagen comenzó a hacérsele posible hasta el punto de llegar a espantarlo: el dolor experimentado por aquella mujer estaba motivado por heridas recientes que le cruzaban la espalda y teñían el dorso de su antiguo vestido con el inequívoco rastro de la sangre.
Aquella muchacha había sido azotada con un látigo; no sólo una, sino muchas veces…
La pujante sensación erótica experimentada por Fuentes cedió violento paso a un odio irracional. Ni siquiera conocía a esta mujer, apenas había llegado a un pueblo que visitaba por primera vez, y sin embargo las emociones percibidas en escasos segundos eran de una profundidad inaudita. Sentía que algo había cambiado dentro de sí desde entonces, quizá para siempre, pero que no le alcanzaría sólo con saberlo. Tendría que hacer algo al respecto. Algo que lo cambiaría todo.
Como en todos los pueblos, las noticias escandalosas vuelan de labios a oídos en cuestión de instantes. Y para cuando Rodrigo Fuentes recorrió las escasas cuadras que lo separaban de la estación al único hotel, regenteado en la misma oficina de correos, el empleado ya lo miraba con expresión de curiosidad y complicidad a un mismo tiempo.
Fuentes no sólo pidió una habitación. También quiso saber, sin dudar ni un instante, dónde podía encontrar alguien que le vendiese un arma de fuego. Con municiones, claro está. Tal vez todas las que pudiera conseguir…
El empleado, quizá experimentando la misma sintonía mental que parecían haber sentido todos los testigos de la escena anterior, extrajo un pesado y oscuro Smith & Wesson de debajo del mostrador y lo apoyó sobre la lustrada superficie de madera, con la culata dispuesta para que Fuentes la tomara. No emitió palabra, ni exigió un precio por él. Simplemente lo entregó, como si sus actos estuviesen predestinados desde hacía muchos años, dispuestos a ser ejecutados cuando el destino así lo dictase.
Fuentes lo miró a los ojos unos instantes, con una comprensión inmediata de la situación, y manteniendo el pesado silencio que lo rodeaba desde que bajara en el pueblo, apenas unos minutos antes, tomó el arma con mano segura y se la guardó en el cinto, contra la cadera, oculta detrás del bolsillo izquierdo del saco. Dejó el maletín sobre el mostrador, aún sin haber firmado ningún registro donde constara su nombre alquilando una habitación –sin haberla pagado siquiera-, hizo un gesto de asentimiento con la cabeza hacia el empleado, y se marchó con rumbo desconocido.
En las afueras del pueblo, algunos jinetes comentaban extrañados haber visto a la María Lucila huyendo hacia las casas como alma que lleva el diablo. Rodrigo Fuentes avanzó por las calles de ripio, siguiendo la mirada silenciosa de los vecinos que cuchicheaban entre sí y lo escrutaban desde las veredas, para luego desviar la mirada y contemplar el horizonte en dirección a la estancia de los Nicolaides. No hizo falta que nadie hablase, menos aún que él preguntase. Los hechos ocurrían como si un misterioso titiritero los manejase siguiendo el guión de un antiguo drama jamás escrito, aunque por todos conocido.
El recién llegado se adentraba hacia el camino rural, seguido por una temerosa muchedumbre que se mantenía reacia a acercarse, y que tampoco quería perderse detalle de lo que fuera a acontecer. No había caminado trescientos metros cuando la encontró tendida en el suelo, con la espalda empapada en sangre, y ambas manos cubriendo el rostro lloroso. Se acercó en silencio, se hincó a su lado, la tomó delicadamente por los hombros y la alzó en pie. Ella intentó resistirse apenas, porque al contemplarlo se relajó, desvaneciéndose al momento. Rodrigo Fuentes la alzó en brazos y regresó por donde había venido. El pueblo se abrió en arco al verlo venir, y nadie se extrañó por lo que ocurriría. Como si nadie, hasta esa misma tarde, hubiese hecho bromas respecto de la naftalina.
Atardecía cuando el viajante de comercio ingresó por segunda vez al hotel, trayendo consigo a una nueva pasajera, y se coló hacia la habitación sin dar explicaciones. Nadie se las hubiera exigido tampoco. Y mientras los curiosos se agolpaban silenciosos en la vereda de la oficina de correos, algunas miradas oteaban expectantes en dirección al camino que llevaba a la estancia de los Nicolaides, especulando cuánto tardarían en venirla a buscar.
La luna comenzaba a asomarse en el horizonte y el ambiente se impregnaba con el aroma de las tempranas cenas cuando los primeros vecinos dieron la alarma ante la llegada de un vetusto sulky, cargado de gente, procedente de las afueras. Al comando de las riendas, casi desconocido tras el inexorable paso de los años, iba Don Nemesio Nicolaides, cargando sobre sus rodillas una enorme escopeta de dos caños.
Alguien golpeó a la puerta de la habitación. Dentro, Rodrigo Fuentes, en mangas de camisa, había retirado el dorso del vestido de la espalda de la muchacha, e intentaba curar aquellas heridas con un algodón embebido en alcohol. María Lucila, acostada boca abajo, se quejaba con ahogados gemidos, mordiendo la almohada, ausente de todo lo que ocurría, dominada sólo por el dolor y la vergüenza. Y como siguiendo aquel misterioso relato preconcebido, ante una nueva serie de golpes en la puerta el forastero se calzó el saco y el chambergo y salió de la habitación, con la corbata floja y el revolver en la cintura, dispuesto a enfrentar su propio destino.
Las luces de los faroles iluminaban tenuemente la calle, pero lo suficiente como para que todos los presentes adivinasen la silueta del sulky aproximándose moroso hasta la puerta del hotel, cargando el peso de lo inevitable. Al detenerse, Don Nemesio saltó a tierra, quejumbroso, olvidando a su mujer e hijas a bordo del sulky, como si ellas formasen parte de un mudo equipaje. Tomó la escopeta con ambas manos y apuntó desde su cadera al forastero, quien se acercaba sin temor hacia él.
-¡Hasta ahí nomás! –exclamó Don Nemesio, y su poderosa voz contrastó con su aparente debilidad física. -¿Dónde está mi hija?
-Adentro –respondió Fuentes –donde Ud. no la pueda volver a tocar.
-Salí de ahí, pendejo, que voy a entrar a buscarla. Y enseguidita nos volvemos al rancho –anunció el viejo, haciendo ley de su palabra.
Con un gesto que en absoluto parecía ensayado, Rodrigo Fuentes desenfundó el revólver y apuntó al suelo, para que su adversario supiera a las claras de qué iba la cosa. El pueblo a su alrededor contuvo el aliento, apartándose unos metros, adivinando el peligro.
-La chica no va a ningún lado con Ud. –determinó Fuentes. –Así que mejor vuelva por donde vino. Y deje de molestar a esta gente, que ya es tarde y mañana tienen todos que madrugar.
-¡A mí nadie me ordena lo que tengo que hacer, hijo de una gran…!!! –comenzó a gritar Don Nemesio, llevándose la culata de la escopeta al hombro, mientras Fuentes alzaba su brazo, dando un paso atrás y amartillando el revolver, al apuntarle a la cabeza.
El aullido de espanto y dolor los estremeció a todos, aunque los hechos, aún en cámara lenta, ya se habían desencadenado como para que alguien pudiese detenerlos. La aparición lila aleteó con su mantilla desde un costado y se zambulló entre ambos, agitando frenética los brazos a pesar de su mutismo, provocando la sorpresa de todos. Don Nemesio y Rodrigo Fuentes, sin embargo, habían concentrado toda su atención en el enemigo, incapaces de ver hacia los costados.
Dos disparos fracturaron la noche. Un solo aullido desgarró los corazones. Y el espanto del pueblo adquirió dimensión de tragedia.
La María Lucila se estremeció entre ambos hombres, vapuleada por la perdigonada sobre sus costillas y el balazo en el cuello, sacudida como una absurda marioneta cuyos hilos acaban de ser cortados, cayendo sin remedio sobre el escenario. Su cuerpo se desvaneció con la misma cualidad etérea que poseía al desplazarse hacia la estación, aunque ahora teñido de sangre, mancillado por una muerte segura. La mantilla aleteó detrás suyo plegando sus alas. El cisne local se había extinguido.
Ambos hombres contemplaron estupefactos aquel cuerpo sin vida, incapaces de comprender lo ocurrido. Dudaron, renuentes a aceptar la pérdida. Pero una vez que la idea se formó irrevocable dentro de sus mentes, generó tal sensación de odio que sólo podía calmarse derramando mayor cantidad de sangre.
Ambos volvieron a amartillar sus armas, apuntando con fiereza, chillando entre dientes su desprecio. El pueblo contuvo el grito. Las mujeres se agacharon a bordo del sulky, aullando de miedo y de dolor.
Un par de disparos semejantes volvieron a atronar la escena. La cabeza de Don Nemesio se impulsó hacia atrás, agujereada en la frente. La pechera de Rodrigo Fuentes quedó convertida en un siniestro colador. Y ambos cuerpos cayeron hacia atrás sobre el ripio mucho antes de que los ecos de los estampidos se extinguieran en la noche.
La maldita trama, urdida desde tiempos inmemoriales, sostenida por un pueblo entero desde la indignación causada por el primer rumor echado a correr respecto de las crueldades de Don Nemesio, se había cumplido al fin. Sólo que había requerido de una cuota de sangre mucho mayor que la que cualquier vecino hubiese podido imaginar.
Los primeros testigos avanzaron vacilantes rumbo a los cadáveres. Las parientes de Don Nemesio permanecieron inmóviles sobre el sulky, cubriéndose las bocas y los rostros. Y a lo lejos, como una cruel burla del destino, apareciendo como sutil fantasma que arriba para llevarse consigo a las almas difuntas, se dejó oír el agudo silbido de un tren.



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar





*


Sobre el muro de la memoria tacho tu nombre hoy,
Cierro mi mente a tu recuerdo para no volver tras mis pasos.
Para no escucharte en los gritos sordos que me atormentan,
Para dejar de mirar con los ojos nublados el futuro al revés
Para por fin salir del eterno ensueño
y alejar de mis manos lo que alguna vez fue cuerpo.



*de Freyja freyja_walkyrien@hotmail.com




*


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