Sunday, July 24, 2011

BAJO EL LIMONERO QUE EN LAS MAÑANAS DA LLUVIA SERENA...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




LA PRINCESA Y EL CABALLERO*


Era un mendigo muy conocido en la capital. Sus desandares por las calles habaneras eran parte de la vida cotidiana, pero ella no lo sabía. Cuando lo vio en la puerta de su casa, con la mano extendida, corrió a refugiarse entre las faldas de su madre. Ella la tomó de la mano y la llevó junto a él.

- No temas, Flor, es nuestro amigo El Caballero.

Él hizo una elegante reverencia y se sacó una flor de la manga, “como tu nombre”, le dijo obsequiándosela con una sonrisa. Ella sonrió, sin miedo, la amistad quedó sellada. El Caballero iba a verla a la escuela. Lo dejaban sentarse a su lado en el banco del patio, bajo un árbol, mientras la maestra buscaba alguna cosilla para obsequiarle, una golosina, un pan... Él nunca pedía, pero aceptaba gentilmente cualquier regalo, obsequiando a su vez flores silvestres o periódicos viejos.

Ella creció a su sombra, escuchando cómo vino de París, donde era “miembro de la corte, llegué navegando en una cascarita de nuez”; de la novia que dejó allá, con los ojos tan azules como ella, “eres princesa, por eso tienes los ojos color del cielo, a tu lado hay tres haditas que te protegen, son gorditas y pequeñas como duendes, pero tienen alas, ¿no las ves?”… Con un viejo mazo de barajas, le enseñaba a develar los enigmas ocultos en las imágenes.

Un día le llevó dos estilográficas con baño de oro, en estuche de lujo. Nunca robó, no se sabe de dónde sacó tan valioso objeto.

- Toma, Princesa, esto es para que nunca te falte el amor – señaló la mayor -, si eres amada y no correspondida, escribe una carta de amor con ésta. Cuando quieras olvidar, una carta de desamor con la otra. Nunca te desprendas de ellas.

Terminada su educación primaria, la familia se trasladó de municipio... Pasados los años, casada y madre de un hijo, leyó en la prensa que el Caballero había concluido sus pasos en el hospital psiquiátrico, donde lo habían despojado de su vieja capa y su larga trenza blanca. No lo pensó dos veces, fue a verlo.

Tuvo que pedir autorización al director del hospital, pues él no tenía familiares y, escudándolo de los curiosos, le habían prohibido las visitas. “Puedes pasar a verlo, pero no reconoce a nadie”. Lo distinguió con facilidad. Estaba sentado en un banco, a la sombra de un árbol. Se sentó a su lado, en silencio… Pasados unos minutos, elevó una mirada cansada, perdida, que se detuvo en ella.

- ¡Tú eres la niña de los ojos azules!

Y recomenzó la interrumpida historia de su navegación en cáscara de nuez, de la novia que dejó en las cortes… Ocultas entre las frondas, tres haditas sonreían.



(basado en una historia real)


*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba










MUNDO CIRCULAR*


“En el círculo se confunden el principio y el fin”.
HERÁCLITO DE EFESO



¿Sabes donde comienza el hielo y donde el fuego?
Comenzaban a prenderse las fogatas.
La fecha indica que ya explota el verano.
Y es julio, agosto, enero y es verano.


Una mujer cierra los ojos bajo el sol de la siesta.
Se enciende.
Un hombre, en un planeta de papel apoya su frente en la ventana.
Se apaga.

La serpiente se desliza entre las piedras en busca de agua.
El agua huye buscando la sed de los cañaverales.
Y el viejo río pasa con su memoria a cuestas.


El hombre camina hacia el crepúsculo.
La mujer, montonera del alba, madura en su sazón.


La serpiente, el agua y la memoria se encuentran.
Mundo circular de siete lunas mansas.
Patria de yerbatales y de lumbres.
El hombre apoya su cabeza en los pechos verdes.


Comienzan a prenderse las fogatas.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






Bajo el Limonero que en las Mañanas da Lluvia Serena*



Me miro dentro de casa por vez primera:
Nunca había entrado,
Y esta parece ser una ocasión especial.


Todos me miran
Como esperando a que me acerque,
El calor que se siente es cada vez más bochornoso.


Me miro dentro de casa,
Y miro que mi cuerpo no es un cuerpo completo.


La tarde tiene un brillante olor de frutas cocidas:
Me adornan con ellas.


Me miran esperando a que me acerque,
Me llevan en platos
Y me dispersan por la mesa.


La tarde tiene aromas alegres
De corazones hervidos con sueño caliente,
Con manojos de hierbabuena.


Mis ojos me miran dentro de casa,
Servido dentro de platos de fiesta
De esos que sólo se usan los días de San Jacinto.


Me miran y les miro:
Mi cuerpo ha alcanzado para cada invitado.


Nos miramos y sabemos que es este un día de fiesta:
Se da el primer bocado,
La sensación extraña
De sentir cómo caigo a los estómagos
Me produce algo parecido a las cosquillas.


Me distraigo del tiempo
Pensando en que ha sido buena idea
La de dejarme entrar en la casa,
Lejos del polvo que hay afuera,
Para poder festejar juntos el día de San Jacinto.



*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







PANTALONES CORTOS*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


Del estruendo pertinaz de las cigarras en aquellos veranos en que los callejones sombreaban con sus paraísos el paso de las iguanas y los cuises, vienen a veces nuestros más gratos recuerdos.
Decir gratos no es asegurar que fueran grandes o importantes, sólo desmesurados en la memoria, porque en aquel tiempo todo era mínimo, acotado y lo único realmente grande o muy grandes eran los sueños.
En las siestas entonces iríamos en bandita traviesa hacia las cañadas de la zona. En especial la del “Gordo” Compañy, que era la que teníamos más cerca. Allí íbamos, a meternos en esas aguas barrosas, festoneadas de juncos y espantillos y cortaderas, y al grito mezclado de las diversas aves acuáticas –entre la que sobresalían por su cantidad: garzas, gaviotas y bandurrias- para luego emprenderlas por las quintas vecinas a probar el sabor de las negadas y preciadas sandías. Un golpe en el suelo y se partían. Tratábamos de hurtar las que estaban debajo de las guías y las hojas, porque las que estaban al sol hervían, así que nos sonaba en los oídos las prevenciones de nuestras madres: no comer sandías calientes porque descomponen el estómago. Sabedoras que no nos podrían sacar esa costumbre de “distraer” alguna de ellas de las seductoras quintas de los alrededores.
De las cosas que recuerdo en ese tiempo está la ropa.
Mi madre me vestía, -fruto de su industria- con las ropas de trabajo que mi padre no usaba ya. O cualquier género mostrenco que apareciera por sus grandes bolsas de retazos que traían en sí tal vez irrecuperables historias muy difícil de precisar.
Los pantaloncitos que me cosía con la vieja máquina inglesa marca White –que permanece muda en la vieja casa paterna- tenían un solo bolsillo, para llevar el pañuelo, pero yo, como los otros chicos metíamos allí preciados tesoros: figuritas, bolitas queridas o simples recortes de hierro para la gomera que pedíamos en el taller de don “Pepe” Giuliano y que eran proyectiles mortíferos para tanto pájaro inocente. Esta costumbre de poner objetos allí nos traía un inconveniente mayor: cuando corríamos había que hacerlo con la mano derecha apretando ese bolsillito (por lo demás no muy generoso) para no andar regando nuestras cosas amadas.
Y oportunidades de correr había de sobra: cuando nos corría alguien más grande y había que tomar distancia, cuando robábamos las frutas de don Clemente Gerlo o por cualquier situación que nos presionara en acción inmediata. Cuando jugábamos al fútbol hacíamos un hoyo pequeño en la tierra y allí cada uno ponía su tesoro individual.
El “Juanca” López, tenía una forma de correr, muy cómica, lo hacía a los saltos, como si galopara, pero era el más rápido, con esa forma que nos producía tanta risa. El “Juanca” López fue el primero de nosotros que abandonó este mundo. No tenía treinta años y hoy, tal vez, yo sea el único que lo recuerda. Todavía saltan en mi memoria sus atajadas cuando se tiraba en los penales, sin miedo, con ese flequillo que doña Rosa, su madre, le cortaba de vez en cuando para que el pelo no le cubriera los ojos. Era hijo del “Boca de Bronce”.
Juan, ya te perdoné el medio piñón que me pegaste cuando nos peleamos por aquella bolita. Digo “medio” porque moví justo la cara para que no me dieras de plano.
Recuerdo que pasaste al arco cuando Roberto Vega se mudó de barrio, pero siguió llevando al “Jazmín” en el corazón, según siempre me reafirma.
¡Cuántos milagros produjo mi madre con esa máquina de coser!
Una vez leí que Eva Perón enfatizaba en aquella mítica “Fundación” para que cada mujer pobre tuviera “su máquina” de regalo. Doy fe que sabía el por qué.
Mi madre nos cosía a los tres: a mi padre, a mi hermano y a mí. Y también nos tejía primorosos pulóveres, ya cerrados, ya con botones y también bufandas para la helada de junio y gorros de lana, muy gruesos.
Los guardapolvos los heredaba de un primo segundo, Hugo Ciccarelli. Salvo en sexto grado cuando me cosió uno con tela nueva para recibir el diploma de finalización de primaria. Me hubiera gustado tenerlo, hoy, pero mi hermano lo usó hasta gastarlo.
Los que creen que escribo estas palabras con algo de tristeza se equivocan, porque nosotros nunca nos enteramos de que éramos pobres, digo, mis amigos y yo.
Si en esa humildad orgullosa no había carencias.
Y además teníamos todo a mano: el aire, el cielo, los árboles, todos los sueños que en nosotros cabían.
Y los mejores crepúsculos que tuvo el planeta, como hoy tengo el recuerdo de una madre amorosa aunque lamente que no pueda lagrimear leyendo este homenaje a sus manos, que eran las más hacendosas del mundo.







CALZÓN ROTO*


La idea de volver a la adolescencia, qué significativo sería, recuerdo cuando a los quince fui a la escuela en el campo, un periodo obligatorio del curso escolar en el cual debíamos trabajar en la agricultura. Estábamos cuarenta y cinco días en campamentos mixtos, hembras y varones... Puede parecer algo malo, pero en realidad, dada la soledad a tantas horas con el sexo opuesto, fuera de la vigilancia de los padres, ¡era de lo más emocionante!

En la noche nos reuníamos para bailar, hacer cuentos, haciendo todo lo posible por estar muy cerca de la chica que nos interesaba; pero aumentaba la emoción cuando, como en mi caso de adolescente criado en la ciudad, eran tres y no sabía cuál de ellas me quitaría la virginidad, que estábamos decididos a perder a toda costa. Entre el frío de las noches, los que aún no tenía compañía se hacían todo tipo de bromas de mal gusto, digamos que a la una de la mañana le vaciaran a un durmiente un tubo de dentrífico en la cara.

Pero así y todo, cada curso escolar, la historia se repetía y era como vivir una aventura… En años anteriores, ahora que me asaltan los recuerdos, lo más vil y erótico que vi, fue a Pachuco, un amigo del aula, intentar hacerle el amor a una vaca; sí, claro, vulgar y salvaje, pero Pachuco se veía muy feliz.

Ya que voy a contar, lo diré todo, sin penas ni remordimientos; ese año había cambiado el mundo, yo era feliz, tenía tres enamoradas: Marcia, Margarita e Inés… Estaba en una racha tremenda y todo era porque decían que mis ojos hablaban, ¡qué detalle! Por más que me paraba frente a un espejo, nunca sentí una sola voz.

Y no me decidía entre ellas: Marcia… muy hermosa, pero decía cada tontera, cosas como: “Trigueño, hazme sufrir, no te peines, pareces un diablo y me encanta tu infierno”. Lo cierto es que eso me desencantaba un poco.

Margarita, con su rostro angelical, me decía: “Quiero tus besos”; pero me le acercaba y se ponía roja como un tomate, llegué a asustarme pensando que le pasara algo si ahondábamos más la relación… ¡Parecía tan inocente!

También Inés me atraía, pero menos que las otras dos, tenía un defecto al caminar, sin embargo y aunque de pocas palabras, era muy segura de sí misma; lo que le faltaba de perfección física le sobraba de atrevida y zalamera.

Y así, la noche más fría y de lluvia que yo recuerde, Inés y yo, fuimos a una casa de tabaco. Mi primera vez… Tenía mis manos heladas y un miedo horrible; ella… muy serena, como si fuera algo común, más común para ella de lo que yo esperaba.

El sitio se encontraba muy oscuro, tenía una cajetilla de cerillas húmedas, pero tras muchos intentos, no logré encender una, ella me comentaba: “¿Para qué la luz?, no hace falta”. Y sí, me beneficiaba, si lo han de saber: llevaba puesto mi mejor calzón, aquel que apenas tenía dos agujeros.

Me apretaba las manos y me decía: “Estás frío, nervioso” y yo, reproduciendo voz de actor de moda, le comentaba: “No, todo es muy normal”.

¡Si supiera que era mi primera vez! Aun reprocho mis dudas, ahí entre la negrura me preguntaba, ¿en dónde estará el lugar exacto e íntimo de ella? ¿Abajo o arriba, horizontal o vertical? No era como ahora donde todo lo explican en las clases de primaria. En fin, para qué preocuparme: si yo venía en línea recta, el sitio aparecería por su cuenta.

Y llegó la hora, la chica se abalanzó sobre mí y comenzó a besarme con furia. Logró lanzarme al suelo cubierto de hojas de tabaco y con fuerza inesperada consiguió inmovilizarme. Sorprendido, le pedí a Dios que no me hiciera quedar mal, si no, al otro día no hubiera podido dar la cara a mis amigos. El milagro sucedió, con ella llevando la iniciativa, ya no era virgen, solo santo fuera de lugar. Bendita experiencia donde fui alumno en vez de maestro.

Todo trascurrió muy bien… solo que al otro día, ya quería probar con Margarita y después con Marcia. Definitivamente, descubrí que era un pecador.




*De Mario Quiroga Fernández. jossuexy56@yahoo.com
Cuba, residente en México








CAÍDA CONTROLADA*


Vemos un laboratorio como imaginamos los lugares de creación científica; como las viejas películas de ciencia ficción imaginaban el desarrollo de la técnica: batas blancas, asepsia, ángulos ortogonales y aristas blancas. En el impoluto laboratorio, un robot que intenta dificultosamente hermanarse con los que nos desplazamos sobre dos extremidades. Sin éxito. El blanco robot en el blanco laboratorio una y otra vez se cae.
Pesado, no demasiado alto, las rodillas dobladas y un aspecto alarmantemente humano. Pero más que hombre, mujer o niño, se asemejaba a un astronauta enfermo con mareos invalidantes.
En la división de cibernética de la SONY intentaban que el autómata diese tres pasos sin acabar de costado sobre el piso. No lo lograban, y menos aun cuando un asistente le propinaba un empujoncito. Más motores en las articulaciones, sensores de gravedad, giróscopos. Nada. El robot, pobrecito, invariablemente terminaba de costado pataleando sobre el suelo del laboratorio.
Para lograr que camine un bípedo, es necesario estudiar cuadro por cuadro y con extremo detalle el desplazamiento de los humanos. De la imitación de la naturaleza se obtienen las maravillas y los monstruos tecnológicos. Precisamente observando videos de movimiento, uno de los ingenieros dio finalmente con la solución simple y obvia, como simple y obvia suele ser cada solución una vez que alguien ha dado con ella.
Nadie camina sin caer innumerables veces; la cosa no es evitar la caída sino intentar controlarla.
El cuerpo se inclina hacia adelante, comienza a caer, se adelanta una pierna que salva al peatón de quedar tendido en la vereda. La columna se tiende hacia el frente, la pierna se extiende con vigor, el atleta corre y equilibra con brazos y cintura la posibilidad de rodar en la pista.
Caminar, entonces, es frenar innumerables caídas en vez de evitarlas. Será que más importante que cuidar la indumentaria es aprender a zurcir las inevitables rasgaduras. Las heridas abren la piel pero se restañan, la red necesita de remiendo luego de cada pesca en alta mar.
Caminar es controlar cada pequeño abismo, poner cintura a las traiciones, manotear algo para asirse cuando se cae el amor, frenar un poco cuando la ira arrecia o la enfermedad desbalancea. Vivir es superar cada grande o pequeño revés hasta aquel que, por profundo o por final, sea el que nos deje tendidos para siempre. Mientras tanto, a extender la pierna hacia adelante muchachos, y a intentar mantener el paso airoso.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com








Cuentos de la realidad




La migración es por hambre... boludo*



*Por Carlos Alberto Parodíz Márquez. parodizlaunion@gmail.com


Un jardín no siempre es el de los senderos que se bifurcan, esta realidad inquieta a Olivia, la perra parida por una dogo de Bruselas y un ovejero alemán, que se rasca con entusiasmo, sentada para estudiar los escollos del jardín con el firme propósito de no dejar nada en pié.


Yo la acecho cuanto puedo, acompañado de Enriqueta, una perrita semejante a un hilo negro canoso, que adelgaza mientras la otra engorda en igual medida. Enriqueta administra los silencios con la elocuencia magistral de los mimos, ella pinta su cara con pelos erráticos que le otorgan cierto aire mefistofélico.


Constituimos un trío algo desarbolado pero, por lo menos parecemos estar de acuerdo para algunas circunstancias, por ejemplo comer. Una ceremonia plena de cuestiones bizantinas pero que a mí, por lo menos, me divierte.


Los menúes difieren y dependen de cuan famélicas se muestren. Por supuesto la negrita llega tarde o debe declinar, no siempre cortésmente los embates a que la somete la cachorra, pero los tres terminamos firmando una paz transitoria mientras nos acostumbramos a los horarios.


El teléfono, estrepitoso como nunca gracias a Yon, volvió a fastidiarme contra mi voluntad dispuesta a la permisividad. El vasco, en una mañana de resaca azarosa, por como sonaba, agriaba inmutable la mejor y mayor paciencia.


Me anunciaba que pasaba a buscarme en una hora para ir a almorzar, gratificante elemento para mi vida y darme una información que entendía necesario poner en mi conocimiento, por supuesto sin consultarme que opinaba, no suele considerar ese aspecto de la relación, pero estoy acostumbrado.


Ordené lo mejor que pude el acostumbrado desorden interno de la casa, algo para lo que no parezco dotado pese a la buena onda que le pongo. Pero yo ordeno y Olivia que viene detrás desordena o rompe, según su histeria.


El tiempo que se consume más rápido que la brasa de un cigarrillo, vicio que clausuré a cuenta de otros, se me volvió a escurrir como el agua entre los dedos.


¿Qué parte de las migraciones, que se hacen por hambre, se te escapó?, fue el saludo árido de Yon, apenas respondí con la celeridad disponible, aunque para él siempre demoro.


Menos mal que no le agregó el boludo pertinente. Fue una acotación diplomática. En realidad su pegunta me situó en una nebulosa impertinente, no sabía de que carajo hablaba. Por lo tanto me lo quedé mirando, como otras veces.


-Mirá-, arguyó, como si hubiera algo a la vista. -Hoy Africa, se dio vuelta en la cama y cuando eso pasa, las mantas se desordenan, y muchas veces, destapado te cagás de frío, por ejemplo en invierno – sumó didácticos conceptos, pero sin precisar, nada que me orientara.


- Si estudiás el mapa-, agregó - seguro entenderás como se puede dar vuelta la mano- , lo dijo en tono entusiasta, pareciendo como si yo siguiera el hilo de su pensamiento. Mientras me hundía en un espantoso fangal.


- Sucede que los ejemplos tientan, y la gente parece cansada de aportar trabajo, el que lo tiene y recibir el hambre como parte de pago, cuota de castigo o proyecto de vida y parece que los ejemplos cunden y se dispersan. Brotan, por lo menos hasta ahora, aunque lo de Kadafi, está por verse.


Lo tenés presente, cuando hace quince años hablamos de las uniones forzadas que llevan algunos pueblos, por citar a Yugoslavia y Libia, aquella estalló y hubo genocidios para todos los gustos. Ahora las tribus en esa parte de África, quieren abrirse y eso no parece aceptarlo el campo de los intereses.


Aquí hay petróleo en el juego, pero el hambre es igual, los dividendos fueron a parar a Europa, para reinvertir, dicen, pero parece que la gente ha perdido, entre otras cosas, la paciencia -, explicación que me resultó laboriosa, porque yo no recordaba nada de algo hablado hace quince años, y vaya a saber en que circunstancias. Preferí por lo tanto seguir inmutable.


- Quiero que recuerdes, porque para que puedas escribir con alguna coherencia, sería necesario citar lo que ya publicaste luego de nuestras charlas, viajes e investigaciones, es para que no te pierdas, con los detalles. Y por lo menos sigas un cierto orden en los acontecimientos, que nunca son ordenados -, lo dijo casi con aflicción. Pero ya necesitaba parar la lluvia y pregunté.


- Yon, los pueblos funcionan, pese a ellos mismos, con control remoto. Es duro, pero cierto. Los intereses se ocupan del control y, hasta ahora, siempre salen parados. Tienen los medios y el control. Eso te lo dije y lo escribí más de una vez, sobre todo cuando tuve que escribir sobre el petróleo y su inasible presencia en los sucesos que afectan a la humanidad.


- Ellos viven cincuenta años adelante del común, y los gobiernos, como dicen los norteamericanos, son “administraciones”, parcelas de poder. Pero ya que viniste con ese tema, quiero decirte que tengo hambre y la podríamos continuar en una mesa mejor provista que la mía- .Argui casi hosco, para esa hora del post mediodía.


Nos fuimos, como en otros viajes, a la latitud cero, un lugar que el vasco frecuenta y donde sigue sin pagar, desde siempre, es una latitud que parece agobiar con los detalles.


Cuidadoso servicio para esperar los mejores bocados y las bebidas oportunas, que nunca se rechazan al final de las respuestas.


Nadie da cuentas de las verdades, cuando la hostilidad avanza sobre nuestros vecinos y el mundo, que es un vecindario poco prometedor, se va poblando de intolerancias que nacen de otras algo leves y se multiplican al ritmo de las necesidades.


Las diferentes calamidades desatadas en el planeta movilizan en la huida a las migraciones que lo hacen buscando comida y agua-, alcancé a agregarle al vasco. Este, como muchas otras veces, seguía absorto las piernas de la camarera y el balanceo imparable de sus caderas que, debo convenir, era mucho más grato que divagar sobre cuestiones latosas. Lo cierto es que esta vez, por primera, estuvimos solos, porque los protagonistas, buscaban alinearse como alguna banda en fuga. En los tiempos por venir que serán los del cólera, aunque no resulte un vaticinio recomendable, se puede decir que es la vida que te alcanza. El vasco estaba ocupado en cuestiones de estado.






Hacete*



Hacete famoso y no te dejarán dormir:
así de minas

Si con todas
no con una

Pensá en tu viejita.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar




*

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