Saturday, July 09, 2011

EDICIÓN JULIO 2011



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





*


Tengo unas cajas de espejos hipidélicos
Las compre en una feria artesanal
No sabía porque ni para qué
Pero su racimo de colores refulgentes
Hizo recordar mi adolescencia
Su cara de retratos y de luces
Guardaban los secretos de mi pasado
Allí vi reflejados en tonalidades de verdes
El paraíso de inocentes ilusiones
Al observarlas tomé el resplandor
De mis tantas formas de sentir
Enamorada de recuerdos de mi inexperiencia
Me adueñe de esas cajas de resonancia
En ellas guardé en la más grande
Caramelos masticables para compartir
En la mediana atesoré monedas de un país vecino
Y en la más pequeña tengo el saludable
Sabor de la sorpresa.
En esos retratos de ensueños
Todavía guardo la sorpresa.-


* Azul. azulaki@hotmail.com
Para Amelia






Y ERA SÁBADO*



Qué hermosas son las centáurides, aunque tengan cuerpo de yeguas; porque algunas crecen de yeguas blancas, otras de yeguas castañas, y el pelaje de otras es manchado, pero todas brillan como las yeguas bien cuidadas. También hay centáurides blancas que crecen de yeguas negras y la oposición de colores produce una criatura unida de gran belleza.
FILÓSTRATO, EL VIEJO




Era sábado.
Los instintos se ocultaban en la bruma.
La cordura era una verbena negra, desnuda.
Blanca luna de plata.
Grabamos, en un pacto rupestre.
A fuego lento, enardecidos.
A fragua y yunque.
Extrañísimos. Secretísimos signos.
Astrágalos.
Si alguna emigro de tu cuerpo.
-Recuerdo que dijiste-
Búscame aquí. Te estaré esperando.
Y ahora ha emigrado el corcel y el hombre.
Mi perfil te busca
Tengo las uñas rotas y verbenas salvajes.
Entre ellas, casi dormida, una mansa yegua.
Y era sábado.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







LA CASA VACÍA*



La casa estaba vacía
el silencio era total,
las ventanas derruídas,
y hojas en el umbral.
En la entrada había un rosal
que apenas se lo veía,
por una rosa sangrante
que su aroma despedía.
Los pastizales crujían
bajo mis pasos andantes
que recorrían con pena
los senderos, por instantes.
La casa estaba vacía
padeciendo la agonía
del silencio y las tinieblas
que la soledad ponía.
Toda la gente del pueblo
a ese lugar le temian
porque según dicen, vieron:
¡almas volando, venían!
Pero solo eran nubes,
nubes flotando, perdidas,
que acariciaban la casa
al verla sola y vacía.
Los seres que la habitaban
pasaron a otra vida
y sola quedó la casa
triste, en silencio, perdida.
Así es el hombre que pierde
la ilusión en esta vida,
queda con el alma triste
como la casa vacía.


*De Norma Costanzo. normacostanzo@vocampo.com.ar






MALDONADO*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


Los grandes establecimientos rurales de entonces, respondían a las estancias que venían del siglo XIX, modernizadas, sí, en la forma de producción pero con grandes gajos de los primitivos y extensos campos de donde se originaron. El último reparto fue con la guerra al malón o la “conquista del desierto”, por el General Roca. Aunque en aquellos tiempos infantiles eran varias las explotaciones de muchas hectáreas, hubo una que respondía a la firma Guillermo Lÿnnen y Cía., que pese a no pertenecer al distrito del pueblo, por razones prácticas – sólo cinco kilómetros- la relación comercial, laboral y aún familiar era estrechísima. La mayoría de los peones, y empleados eran familias del pueblo y tanto las compras que la propia estancia hacía para subvenir sus necesidades de alimentos y ropa y hasta la ayuda espiritual religiosa dependía de nuestro pueblo. También para las diversiones y hasta los noviazgos y casamientos que no se producían entre la numerosa peonada en la Estancia se concretaban con las chicas o los muchachos en edad de casarse de nuestro pueblo.
La mayor concentración social a la que esta gente se exponía, se realizaba en el prestigioso almacén y despacho de bebidas, o más vulgarmente “Ramos generales” que don Rogelio Belluschi regenteaba con primorosa habilidad, simpatía y verdadero disfrute.
Por ese tiempo, fue vendedor de pinturas “Colorín” y ostentaba un cartel que sólo fue bajado cuando Carlitos, su hijo, hace poco, se hizo cargo del negocio: “El rey de la Pintura”, ese orgulloso cartel estaba en lo más alto como envanecido frontispicio.
Esta clientela, sumada a la fidelísima del Barrio “El Jazmín” hicieron que el mítico almacén se convirtiera en una especie de banco, donde las libretas eran largas “como esperanza de pobre” el decir de tía Anécdota, esas anotaciones de fiado que se le daba al cliente, en general como tributo a su cara, porque casi nadie podría presentar una garantía.
También se trabajaba en base a una confianza que el deudor prefería no defraudar porque era el primer perjudicado, ya que no tendría en adelante crédito. En aquellos tiempos tan remotos ya las grandes estancias se habían desgranado y aún perdido campos por impericia de los herederos, ya no quedaba ni Baumann, o Terrassón, o La Lydia, de don Emilio Vollendwider, muerto en 1913 que fue quien dio impulso al pueblo y el único que al parecer tuvo la iniciativa de colonizar, pese a que se quedó en el camino su proyecto, porque murió en un viaje que había hecho a su país natal, Suiza, en busca de dinero e inmigrantes.
En pocos años sus descendientes, había pulverizado esas miles de hectáreas donde el fundador pensaba en imperio.
Al tiempo de este relato, quedaba en pie “Maldonado” que para toda la zona era “la Estancia” y así se la nombraba porque no había otras. Con el tiempo nos enteramos que otros familiares de Lÿnnen también tenían su parte, don Willy Heuse y don Ulrico Galluzzer, pero en ese tiempo lo ignorábamos y para nosotros, ese alemán lejano que de vez en cuando condescendía bajar al poblado de casas chatas y desprolijas que llamábamos “el pueblo” a realizar un trámite y hasta hoy sospecho que vivió siempre en Buenos Aires y que sus estadas en el campo eran esporádicas, era “el dueño”. Tenía como hombre de confianza a un alemán alto y de ojos grises, que vestía bombacha y saco de color oscuro y altas botas militares, don Alejandro Arlt, hombre recto si los hubo y que era el mayordomo, una especie de administrador que habrá tenido también posibilidad de decidir.
Como ayudante tenía un capataz criollo don Marcelino Rodríguez, quien de vez en cuando bajaba al pueblo montado en su caballo bayo, con perfecta ropa criolla: botas, bombacha y corralera negras y un sombrero aludo que requintaba sobre la frente, con un talero que traía descansando sobre el viento poco abultado y saludaba a todo aquel que a su paso lo saludara:
-Adiós, don Marcelino.
-Adiós amigo, devolvía serio, adusto y muy discreto ese saludo, elevando la mano del talero hasta casi tocar el ala del sombrero negro que reverberaba en la luz de esos crepúsculos que se fueron para siempre.
Yo muchas veces lo pensé a don Marcelino como el último de los gauchos posibles, junto a Baudilio Arévalo, Facundo Quirós, Arturo Samonta, Julio Ávalos, Juan Montero, o Guadalupe Chivel, domadores. Y también pensé que esos atardeceres eran posibles para que su estampa quedara en mis retinas, con esa bola de fuego que lo acompañaba hasta el pueblo y cuando ganaba las primeras estribaciones del callejón de los Vélez ya las sombras harían más oscuro ese sombrero que le comía la cara hasta que le fuera devuelta por la primer lamparita que era la de la esquina de don Leandro Correa, allí donde un día se nos murió un pequeño cuis, que no supimos cuidar y nos dejó una marca de dolor que no tuvo consuelo.






Un cuarteto especial*


Los cuatro gatitos alineados, miraban con asombro a tía Noelia.
Sus ojitos celestes e inquietos, seguían los movimientos de su dueña.
Esa fuente verde que ellos tanto querían danzaba un rock lento de la mano de Noelia.
El aroma que despedía al ritmo no era tentador. Fruncían las narices,
estiraban sus bigotes, pero no se movían, a la espera de sus almuerzos. Sabían que el verde artefacto les traía el regalo diario y se relamían.
¿Qué manjar seria? ¿Algunos trocitos de hígado, o sardinas saladitas, o carne de pollo?
Ya pasaban los minutos y tía Noelia seguía con sus pasos de baile. Se les estaba terminando la paciencia. Uno de ellos saltó al respaldo del sillón, tratando de adivinar cuál era el riquísimo alimento que con tanto aspaviento les regalaría.
-Hoy mis queridos michingos comerán puré de soja.
¡SOJA! El alimento del futuro, nutritivo. Rico en vitaminas. Un regalo del cielo.
Cuando los cuatro se arrimaron a la fuente y olieron ¡ puag! ¡que asco!.
Los bigotes se les encogieron, los pelos del lomo se erizaron y no tardaron más que medio minuto en salir corriendo hacia el patio.
-Yo prefiero comerme una cucaracha, yo, cualquier laucha del baldío, nosotros le vamos a robar algo al perro del vecino.
-No, dijeron los cuatro, haremos algo mejor, haremos huelga de hambre, un piquete sobre el tapial.
Y allá fueron, los cuatro en fila india, las colas al viento y los ceños fruncidos. Jamás comerían soja.
-Tía Noelia deberá cambiar el menú o nos iremos a vivir a casa de la abuela-.
-Esta decidido-.



*De Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar









¿REENCUENTRO Y DESPEDIDA?*




(2° parte) El deseo no pide permiso



“Me debés un café”, le aseguró él, aquella mañana otoñal frente a la antigua estación ferroviaria, envuelto por un abrazo del que no quería desprenderse, para luego zambullirse en una pretendida ilusión de olvido que nunca llegó a concretarse. Las imágenes de aquel breve encuentro con ella danzaban continuamente delante de sus ojos. Cada situación de pareja que escuchaba en boca de terceros, o cada detalle que lo asaltaba en forma de canción oída al pasar, eran referidos exclusivamente a ella, como si cualquier extraño le estuviese adivinando el pensamiento al comentarle experiencias ajenas. Ella regresaba a su vida después de permanecer varios años sepultada, como un angustioso espectro casi imposible de eliminar, aterrándolo de madrugada con una extraña mezcla de placer y dolor, generándole el deseo de volver a bailar juntos -como durante aquellos veranos compartidos-, asomando por la mañana en alguna oculta fotografía dentro de la infinita maraña de carpetas de su computadora. Sólo que esta no-muerta, sin necesidad de alimentarse de su sangre, le iba chupando gradualmente su fidelidad conyugal. Situación que ella misma, lejos de sentirse satisfecha, la padecía…
Ella vivía conmocionada, maldiciendo el día en que se le ocurrió citarlo para tomar un café, sólo por el mero hecho de volver a verse después de tanto tiempo. Aunque nada había sido del todo inocente: sabía que el encuentro no le resultaría un hecho cotidiano y sin consecuencias. Sólo que nunca supuso que sus expectativas iniciales fuesen desbordadas de aquella manera. El estaba igual, como si los años no hubiesen hecho mella alguna en su esencia, como si continuase siendo el mismo adolescente que la deslumbrara hablando de lo que fuera, a veces sin que ella pudiese seguirlo, pero fascinada frente a tanta inteligencia. Y frente a él, contemplándolo sin percatarse del paso del tiempo, se sentía a su vez una adolescente, dispuesta a salir corriendo de la estructura familiar que la rodeaba desde hace años, para sumergirse en situaciones descabelladas, fuera de toda lógica racional, incluso peligrosas…
Durante los siguientes días, él había conseguido garabatear algunas frases inconexas, queriendo darle forma creativa a sus sentimientos, al menos para sepultarlos dentro de un escrito, cualquiera fuese la forma que éste adoptase. Quiso escribir poemas, letras de canciones, algún cuento, hasta esbozó una novela –interrumpido a cada rato por las chispeantes visitas de su hijita de casi tres años en el estudio-, pero las palabras se le fugaban de las manos sobre el teclado, causándole un fastidio que acrecentaba con mayor potencia sus deseos eróticos. El cuerpo no lo dejaba pensar. Y la razón venía perdiendo la batalla de manera vergonzosa.
Ella aguardaba cada mañana a que su marido se llevase a los chicos al colegio y se fuese a trabajar, para hacer a un lado sus tediosas tareas domésticas, revolver entre sus forradas cajas de zapatos, y así reencontrar aquellas que contenían sus más preciados bienes, sobrevivientes de innumerables mudanzas, contenedoras de sus entrañables recuerdos del pasado. Allí estaban, víctimas inocentes del paso del tiempo y el manoseo de su dueña, las interminables cartas que él le escribiese hacía más de quince años, incluso hasta casi veinte, con una tinta ya ilegible, algunas hasta pegadas con cinta para que dejen de seguir rompiéndose en los dobleces, testimoniando palabras que con el paso del tiempo ella conoce ya casi de memoria, pero que cada vez que las lee, le parece volver a escucharlo. Esa es su letra, son sus palabras en forma de carta o de canción, como si aquellas ajadas hojas de papel lo mantuviesen vivo durante todo este tiempo, acompañándola desde el pasado a pesar de sus numerosos cambios de domicilio y de pareja. Tal vez, alguna de estas solitarias mañanas en que releyó estas cartas, se le haya ocurrido la peregrina idea de reencontrarlo más allá del recuerdo, beneficiada por la tecnología virtual cuando una tarde la sorprendió desde la pantalla de su computadora un correo electrónico firmado por él. Idea que pareció ir cobrando forma con el paso de los días, o de los meses, y que de pronto plasmó a través del chat, propuesta que él aceptara de manera gustosa pero incauta.
“Así estoy yo… así estoy yo sin ti”, le canta Joaquín Sabina en sus auriculares. Pero se resiste, detesta caer en la melancolía, cambia pronto de canción. Escucha a Madonna en su última gira mundial, arengando al público argentino –aunque semejante potencia produzca en él quizá un efecto contrario, que lejos de sedarlo, lo excite aún más-, y aunque el poderoso ritmo bailable lo distraiga por un rato, las imágenes de ella regresan cada vez más letales. Evoca sin quererlo esos ojos, aquella mirada que lo contempla indefensa, conocedora del efecto devastador que la presencia de él causa en sus emociones. Y toda su estructura de razonamiento cae derribada, porque ha vivido equivocado desde que la conoció: ella ha permanecido enamorada de él desde el momento mismo en que leyera su primer escrito, donde tímidamente le confesaba gustar de ella, y él no ha sabido percibirlo. Todos los desencuentros posteriores fueron producto de su propia inexperiencia y del temor de ella; o de ambos, a qué negarlo. El nunca antes había estado con una mujer, ella nunca antes había recibido una declaración de amor propia de cuento de hadas. Y así estuvieron siempre, a medio camino entre la excitación y su consumación, avivando el deseo mutuo pero de algún modo resistiéndose a concretarlo, a pesar de las insistencias de él o de la angustia de ella. Así vivieron, extrañándose, recordándose, buscándose, para luego desconocerse al encontrarse, impotentes de acercarse definitivamente, temerosos de romper un hechizo forjado a dúo sin saberlo.
Hasta que la tensión se les desbordó incontenible, envileciendo sus sueños húmedos, para descubrirse necesitándose más allá de cualquier limitación. Y fue él quien la llamó una mañana, tembloroso ante el abismo, para decirle que el deseo no pide permiso. Que deseaba con el alma hacerle el amor. Que no aceptaría una negativa por respuesta. Que arriesgaba la posibilidad de seguir viéndolo en el futuro. Que necesitaba desterrar este fantasma para siempre, y poder seguir así con su propia vida. Aunque ninguno de los dos supiera qué pudiera suceder después…
Miles de fantasías se le agolparon a ella en el corazón, mitad conscientes, mitad inconfesables. Dudó mucho en darle una respuesta, sin poder pensar, mareada frente a tantas posibilidades. ¿Por qué decidió complicarse la vida al citarlo en aquel bar? Si tenía un mundo ordenado y rutinario en el que nada la sorprendía, predecible en su propia fijeza… Ahora dudaba de todo. ¿Y si ceder a la tentación con él se convertía en una extraña especie de adicción, de la cual no pudiera sustraerse una vez que la probase, y por cuya abstinencia debiera padecer en soledad el mayor de sus sufrimientos amorosos? El miedo a perder lo conseguido en todos esos años –un marido, sus dos hijos, un hogar familiar- la estremecía sin piedad, y a la vez, un secreto deseo de rejuvenecimiento palpitaba en sus entrañas, haciéndole cosquillas en los pies, impulsándola a vivir la última deuda pendiente de su adolescencia; quizá, su última gran aventura.
Así que una mañana, con la cara de él devorándose desde el recuerdo todo su campo visual, sin pensar demasiado en nada, ni siquiera en el increíble coraje que estaba necesitando para levantar el teléfono y marcar su número, decidió terminar con tanta incertidumbre, atravesando con su propio deseo aquella tupida jungla de sus dudas. Y dejando a un lado la imagen de él como amigo entrañable de su familia de origen, compinche en la adolescencia de sus hermanos, a la presencia de su marido y de sus queridos hijos, incluso hasta su rol de ama de casa, queriendo simplemente sentirse VIVA, se lanzó hacia el abismo…



* * *


La misma estación ferroviaria de hace un tiempo atrás, otra soleada mañana de otoño. El llega primero, con una ansiedad inusitada. Hasta hace pocos minutos, viajaba tarareando canciones de Sabina, metiéndose en clima, entusiasmado. Pero ni bien desciende del vagón, un creciente temblor le ataca las tripas, le contractura la espalda, le seca la boca. Ella no llegó. ¿Vendrá? ¿O se arrepentirá a último momento? Le tiemblan las manos. Camina a lo largo de la plataforma, sale despacio de la estación, crujen las hojas secas bajo sus pies, contempla el bar de enfrente con renovada añoranza. Evoca sus ojos, sus manos, su risa… Respira hondo. Siente que si piensa sólo un poco más en lo que está a punto de hacer, dará media vuelta y huirá corriendo de allí, el corazón devastado por la culpa y estrujado en un puño. Tiene que recordarla como la última vez, inundarse de su recuerdo, ahogarse en su mirada… ¿Vendrá?
Sin que lo perciba, otro tren acaba de llegar a sus espaldas. Y apenas da un paso, resuelto a esperarla dentro del bar y salir ni bien la vea, o quizá buscando excusas para cruzar la calle y zambullirse en el primer colectivo que lo saque de allí, cuando unos dedos lo llaman por detrás. Al volverse está ella, con una media sonrisa que intenta disimular el enorme susto que le oprime la garganta, aunque con su habitual transparencia en la mirada. Se abrazan de nuevo, sintiendo que aquel contacto de la última vez tampoco ha desaparecido. No se dicen nada. Entonces él le busca la boca, y ella le devuelve el beso más que complacida, deshaciéndose en sus brazos, experimentando una corriente eléctrica a lo largo de su cuerpo que la despabila del tedio cotidiano hasta los huesos.
Caminan tomados de la mano, hablando poco, temblando mucho. Según él, hay un hotel cerca, aunque nunca lo haya frecuentado. Ella se deja llevar; no podría hacerse cargo de nada. Pocas cuadras más adelante lo encuentran, tapado por unos enormes maceteros con ligustros que le dan una ilusoria imagen de privacidad. Al ingresar, la sensación de angustia crece entre los dos. Esto no lo han vivido nunca juntos. ¿Cómo será? ¿Qué actitud tomará el otro en una situación como ésta? ¿Aflorará en el momento más íntimo del encuentro algo desconocido, que los espante, o será la escena soñada que han imaginado durante años? La pregunta atraviesa sus mentes al unísono, aunque ninguno se anime a decirla en voz alta, o a querer pensar demasiado.
El paga en la caja -“Ya no hay vuelta atrás”, piensa-, toma la llave con una mano, a ella con la otra, y ascienden al primer piso por un pasillo estrecho y una escalera oscura. Desde que se vieran hace unos minutos, pareciera que no pudieran despegarse el uno del otro a menos que sea absolutamente necesario. Pero caminan hacia la puerta de la habitación como autómatas, sin saber muy bien qué están haciendo ahí.
Al entrar, ven una habitación simple, con una cama de dos plazas dominando la escena, algunas luces de colores, y espejos por todos lados. Nada de excentricidades. El revisa los botones, gradúa la iluminación, y consigue bajar el volumen de una horrible música instrumental que apenas continúa escuchándose. Se quita la campera y la contempla a su lado. Ella permanece de pie, mirando en derredor como si fuese su primera vez. Palpitan con extrañeza, ¿incómodos? El se quita el pulóver y la toma de un brazo con suavidad. Recién entonces ella lo vuelve a mirar a los ojos, y el puente invisible que ha existido entre ambos desde que se conocieran se tiende nuevamente en su total intensidad. La sonrisa aflora en sus rostros, las miradas se iluminan, y una risa cómplice y nerviosa crece entre los dos, impulsándolos al abrazo.
Besos y caricias llegan con naturalidad, con muchísima ternura. Consiguen sentarse al borde de la cama, mientras ella se va quitando su propio abrigo y él busca en la campera hasta encontrar el MP3 en un bolsillo y encenderlo. La embriagante música del saxo de John Coltrane, con Johnny Hartman entonando “My one and only love”, los envuelve y transporta hacia otro lugar, quizá desconocido, donde ellos sean otros de los que son, reinventándose al estar juntos.
Muy lentamente la ropa va cayendo junto con sus miedos, los besos crecen en intensidad, la pasión se instala y despliega sin brusquedades. El la recorre, cubriéndola de besos, estremeciéndola al acariciarle una piel tan suave con la yema de sus dedos, oliendo el perfume de su cabello al hundir su cara en él, contemplando esta belleza que sólo ha madurado con la edad. Ella lo toca para saber que él está allí, que no se extinguirá en la vorágine de sus sueños, que esta situación está ocurriendo realmente, aunque buena parte de su mente se lo niegue, y a él también. Las contracturas y temblores parecen haberse fugado muy lejos, relajándolos como nunca antes, con el vago recuerdo de aquella noche en la clínica mientras él estaba internado, previo a sus operaciones, o en la cocina de su casa, una tórrida madrugada de febrero. Besos que saben mejor que aquellos, potenciados por el tiempo y la experiencia.
Finalmente se desnudan por completo, y sus imágenes rebotan sobre todos los espejos, multiplicando su deseo hasta el infinito. Ella lo recuesta sobre el colchón y se le trepa encima, sin dejar de besarlo, respirando agitada, mientras él teme no llegar a ponerse el preservativo, al acariciarle las nalgas y ser transportado por este vertiginoso huracán de sensaciones hacia las profundidades de su ser, allí donde el pensamiento ya no tiene cabida, deshaciéndose del beso para acariciarle un pezón con los dientes… Y se siguen tocando, gustando, chupando, fregando, mordisqueando, como si nada de lo que hicieran les alcanzase, con una extraña mezcla de dulzura y de pasión.
Hasta que consigue entrar en ella, previa protección, y el lento vaivén de las caderas adquiere un ritmo compartido, una cadencia propia, evocándoles por un segundo aquella plasticidad y sincronía que descubrieran entre ambos al bailar, allá lejos en el tiempo, envueltos como ahora por la música. Como si cada movimiento de uno tuviera su reflejo en el otro, ya estén sentados frente a frente, o acostados uno encima del otro, o yaciendo de costado… Y aunque en el infatigable rodar de los cuerpos jadeantes ella apenas se dé cuenta de lo que piensa, sí se percata de que lo que alguna vez fantaseara como adicción al hecho de estar con él… pareciera recién haber comenzado…
Misteriosamente, es tal la conexión que han logrado desde que se iniciara la música en el MP3, que alcanzan juntos el orgasmo, atravesados por una descarga eléctrica que los estremece por entero al gemir al unísono. El se desploma entre espasmos sobre ella, agotado, intentando recuperar el aliento, embriagado por su perfume a mujer, sintiendo que el cuarto gira a su alrededor, multiplicada su imagen sobre el techo y las paredes, perdiendo la total noción del espacio. Ella lo abraza con una ternura desconocida, cálida y vigorosa a la vez, deseando en lo más profundo del alma que este instante se eternice, que lo recuerde cada vez que se sienta vacía y triste, que le sea imposible de olvidar. Y a medida que pasan los segundos, transformados en minutos, en medio de las cariñosas frases que se prodigan el uno al otro, una pregunta va cobrando forma entre ambos, ineludible, decisiva…
“¿Y a partir de ahora… qué hacemos?”
Ambos creen que cualquier cosa que digan, cualquier movimiento que realicen, sería capaz de desvanecer para siempre este maravilloso hechizo que los funde en una sola entidad. En este espacio que han creado entre los dos, todo parece tan simple, tan pujante, tan hermoso… ¿Para qué destruirlo pensando en lo que pueda ocurrir una vez que abandonen este cuarto? ¿Por qué atormentarse desde ahora con la idea de que van a extrañarse, necesitarse, enloquecerse al estar separados? ¿Y si eso no ocurriese? ¿Y si sólo fuera un lento fluir del sentimiento, que quizá les provoque el día de mañana un nuevo deseo por volver a verse?
Para ella, nada parece lento ni posible de moderar a futuro. Lo quiere, lo necesita, quizá hasta lo ame con locura. Es lo más mágico que le ha pasado en la vida. Es mucho más hermoso de lo que fantaseaba mientras releía de memoria aquellas viejas cartas. Es REAL, es un hombre que lejos de ser sólo palabras está VIVO… Y no sabe aún cómo entender esta arrolladora irrupción de la realidad comparada con la imagen ideal que en soledad se formase de él. Por su parte, él se siente como un adolescente que acaba de tener su primera relación, con la energía necesaria para seguir ni bien recupere el aliento, pero también con el devastador efecto sensorial que le causa la sorpresa de lo nuevo, concretizando una expectativa moldeada y pulida durante años. Sólo que hace rato que dejó de ser un adolescente, y lo que se le juega hoy es algo más que un momento sexual…
Entonces la razón, la maldita razón que le carcome el cerebro desde que tuvo conciencia para pensar, esa puta razón que nunca lo dejó vivir en paz, le dice “Ya está, boludo: levantate y rajá, que esto se terminó”. Y por otro lado, experimenta esa misma sensación de adicción que le brota a ella por cada uno de sus poros. Siente que le está por estallar la cabeza. ¿Cómo se puede vivir amando a dos mujeres a la vez? Y ella, temblando aún de felicidad, sin deshacer este tierno abrazo que quisiera no terminar nunca, quizá llega a la misma conclusión: el corazón dividido entre dos amores. La culpa… La maldita, torturante, repulsiva y puta culpa… ¿Cómo se hace para seguir viviendo después de esto?
Se miran a los ojos, profundamente. Se intuyen similares, tanto en el placer experimentado minutos antes, que ha superado cualquier imaginación, como en el terror que comienza a ganarles la jugada si no se tornan precavidos y reprimen lo que sienten cada vez con mayor intensidad.. Maldita adicción… Maldita atracción… Maldita calentura que no cesa… Ni aún habiéndola concretado…
El deseo nunca pide permiso… arrasa sin medir las consecuencias.
Se besan por enésima vez, y casi como en un juego infantil, dicen al mismo tiempo la frase que los suspende colgados de la ilusión, una vez más, para que esta función del Gran Circo del Amor no termine, para que las payasadas y acrobacias que les nacen de las entrañas sigan por tiempo indeterminado, para que los puñales del mago hagan centro en el corazón de ambos, para que continúen haciendo equilibrio sobre un cable por encima del abismo, para que los rombos y cascabeles de los coloridos disfraces les oculten el miedo, para que las fieras que albergan dentro de sus pechos no se domestiquen a fuerza de latigazos, para que la frescura de su juventud compartida no se muera nunca.
“¡El primero en levantarse de la cama, pierde!”
Y así permanecen, hipnotizados por una sonrisa que se torna sonora carcajada, que los impulsa a las cosquillas y al juego de manos, hasta que suene la campanilla del teléfono, y una voz impersonal les anuncie que “Su turno terminó”…




*Por ALDIMA- licaldima@yahoo.com.ar







De azul*


Si pudiera sumarme a tu azul
mar antiguo de olvidos...

Ser en ti
la palabra voraz que me consume.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/






PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR*



*Por Celso H Agretti celsoagr@trcnet.com.ar




I


Seguramente en los años cincuenta, Salta ya era “La Linda”, con sus cerros pintorescos tan vestidos de verde, rodeando la ciudad; sus caminos de cornisa donde uno suele humedecerse de nubes, ver los valles ondulados con aquellas vaquitas diminutas como pintadas, pastando; y saliendo de una curva angustiosa los reflejos de un prístino lago, con un dique de juguete.
Entonces ya, como siempre ha sido, el tierno corazón de una colegiala ensaya atropelladamente los primeros escarceos, de un galope estremecedor en un inmaculado pecho infantil, prendado de un primer amor. Amor que nace con la ilusión de ser amada, un amor que nace como un juego que casi no se puede ocultar, y al compartirlo parece que se agranda, que ocupa todo el mundo.
Eso le pasó a la pequeña Paola, aunque podría ser, o quizás era, a cualquiera de las demás de esa escuela, y de todas las escuelas del mundo; pero sucede que por esto que relato, aquello tan común e inevitable, pasó a trascender en el tiempo de este modo.
Podríamos decir que son cosas de chicos, que es un juego inocente que más o menos nos tocó a todos; pero para las monjas que regían el colegio de varones y niñas anexo a la basílica franciscana de la capital salteña, esas cosas eran censurables e impropias de niñas o niños de bien. Sería una travesura coquetear o presumir, y era posible que el objeto del deseo nunca llegara a enterarse, que no pasara de una sospecha pero aún así, no dejaba de henchir el pecho del elegido. Pero la aventura debía mantenerse sin que las celadoras lo advirtieran. Un caída de ojos, una mirada, una sonrisa; que a esa edad los varones, más lentos en estos lances, no terminaban de interpretar; por eso ellas en sus cabildeos, entre risas y secretitos se decían que los pobres eran unos “babiecas”.
Roberto, de quinto grado, no se daba por enterado, y Paola de cuarto, recurría a su grupito de íntimas para pergeñar nuevas estrategias, ya que al estar ellas en cuarto, sólo compartían el recreo, y siempre rigurosamente sobrevoladas por las miradas vigilantes; por lo que todo debía hacerse con el mayor disimulo.
Así que un día, en el aula, durante una aburridísima clase de historia, mientras el almirante Brown disparaba sus cañones en el Río de la Plata; Paola escribió una pequeña esquela de amor, arrebolada y temblorosa, muy lejos ella de la encendida batalla de nuestro máximo héroe naval, soñando más bien, en la hazaña que planeaban ellas: que una del grupito le alcanzara de sorpresa al desprevenido Roberto, aquellos dos renglones en los que confiaba que la advirtiera, que al fin él se avivara de una buena vez… y desde lejos, ver anhelante qué iría a hacer aquel encumbrado príncipe; seguramente la buscaría con la mirada hasta encontrarla, descubrirla, fijarse en ella, y seguramente, sonreírle amorosamente…




II


De esto y de lo que sigue lo conocimos mi mujer y ya por boca del antiguo sacristán de la esplendorosa basílica de San Francisco en la zona histórica de la ciudad, en una pletórica visita turística. Este hombre, no supimos nunca nosotros por qué estaba tan dispuesto aquella mañana, mientras nos guiaba por el suntuoso templo, uno de los verdaderos altares de nuestra historia; en la que se entrelaza con la campaña del general Belgrano, donde tras aquella gloriosa batalla, funden las campanas con el bronce de sus cañones, dejándole con fervor a Salta un legado y testimonio de su gran victoria. Campanas que suenan en el alto y pintoresco campanil, que tanto luce al frente en el conjunto barroco colonial del emblemático templo franciscano, de marcados tonos que remarcan sus elegantes líneas, volutas y ornamentos, propios de principios del siglo diecinueve.
En la sacristía, en el centro de una enorme sala, hay una mesa de grandes dimensiones, e inamovible, como enclavada; ya que luce un pesadísimo y grueso mármol que admitiría fácilmente veinte personas sentadas a su alrededor, traída de Europa durante la colonia y de Panamá bajada por el Alto Perú a lomo de mulas, y asentada en seis gruesas patas redondas, también de mármol…
Y este escenario, y por esta preciosa mesa, se desató el relato de la historia de la
notita de amor que Roberto nunca llegó a leer. O casi…
­_Ah..¡Sí! Ustedes no saben que pasó con aquel papelito que tenía grabados dos renglones de ansiosas palabras de amor inmaculado y juvenil…_
_¿En dónde habíamos quedado?..._



III


Roberto permanecía un poco retraído, casi apartado, ya que se sentía grandecito, como que ya ciertos juegos no le atraían tanto, y quizás un poco distinto a los demás. En eso una de las compañeritas de Paola se le acerca rozándolo y tratando de poner en su mano el mensaje. Como él no estaba atento, ella tuvo que insistir, haciéndolo más evidente… y ¡Zácate!... Cuando Dios no quiere… Una de las monjas estaba a pocos pasos y de reojo vio algo, y como si hubiera visto al mismísimo diablo, saltó como un resorte, gesticulando a voz en cuello, tratando de obtener aquel objeto que ya era al menos obsceno. Otras monjas corrieron en su auxilio, gritando también aunque no sabían qué ocurría… Pero Roberto, ya con el papelito se largó a correr, escurridizo como un mono por aquel patio de juegos, se metió en la sacristía y en dos segundos estaba escondido bajo la mesa. Sentía afuera el barullo del revuelo, donde todos se agitaban sin saber qué pasaba.
Vio que entre la pata y la mesada de grueso mármol había un intersticio, y apurado metió la notita tan doblada como se la dieron, y la introdujo hasta que desapareció allí escondido, el cuerpo del delito. Luego salió a enfrentar a la Santa Inquisición. Hubo amonestaciones, suspensiones y notas a los padres; las más severas a las niñas partícipes del delito. Salvo muy pocos aquel día, los demás imaginaron cosas, o las mal interpretaron; los colegiales llevaron el tema a sus casas y la cosa de pequeña pasó a crecer y a deformarse; las madres estaban horrorizadas, y la ciudad misma terminó escandalizándose de las vejaciones y quizás violaciones que impidieron las santas monjas del prestigioso colegio. La moral misma de algunas familias se mancillaba en voz baja en las tertulias y en las casas.
Tras aquel bochorno, Paola fue llevada por una tía a Córdoba, donde continuó sus estudios, fue desvinculándose de su ciudad natal, y casi no se supo más de ella.
Roberto pasado el revuelo volvió furtivamente bajo su mesa a buscar la nota, pero no pudo sacarla, por más que tratara. Otro día volvió con un estilete y otros enseres para recuperar la notita, pero al insistir sólo consiguió empujarla más profundamente en la ranura; y alzar la mesa, imposible, ni él ni diez como él… Más adelante también la vida lo llevó a él a vivir muy lejos de su Salta natal…
Pasaron décadas, al menos cinco; y Roberto pudo volver ya hecho un hombre grande y lleno de recuerdos. Nunca olvidó aquella esquela, y pensaba en que mientras envejecía con distintos logros, aquel papelito, quizá amarillento, estaría allí como esperándolo.
Tras los permisos de rigor, y con la ayuda suficiente pudo mover el pesado mármol, alzándolo tan sólo un par de centímetros, y él mismo con sus propios dedos obtuvo tras tanto tiempo, el pequeño trozo de papel, y leer por fin aquellas palabras de amor que tan ilusionada y temblorosa había escrito Paola, aquel lejano día, más de cincuenta años atrás…
Quienes estaban con él en la espaciosa sacristía, asistieron a la emocionada estampa de un rostro compungido, enmarcado por blancos cabellos, de blandas majillas, donde bajaron por un instante, dos gruesas y temblorosas lágrimas, y un hondo e imperceptible suspiro, fue el preludio de un largo y profundo silencio…
Yo me había transportado siguiendo el relato del afable sacristán, tan ensimismado, que también sentí mis ojos humedecidos y en el pecho el corazón como que se me derretía lentamente…
_¡Oh Dios!..._ exclamó, mirando alarmado su reloj, y llevándose una mano a la frente, como asustado…_¡Las doce y quince!..., ¡Y yo no toqué las campanas de las doce!..._ y agregó: _¡Sólo me había pasado una vez en treinta años!!!_
Y se fue presuroso a su repique de campanadas de aquel medio día, en que se retrasaron quince minutos… ¡Por una pequeña notita escrita por una jovencita enamorada, hace más de cincuentas años!



-Celso H Agretti
Avellaneda, Santa Fe; 31/05/2011







Kukulcan, Quetzalcoatl, Serpiente con plumas de quetzal*


"Los libros que lees
fueron escritos por los hombres que ganaron estos lugares.
Mira con cuidado las razones puestas en sus páginas,
porque si te entregas desprevenido,
no entenderás la verdad de la tierra
sino la verdad de los hombres..."
Canek. Ermilo Abreu Gómez, 1940.

--


Contando con un sistema capaz de optimizar el uso de la información, tanto del ambiente externo como de la estructura e integridad interna del mismo sistema, la vida puede emerger como consecuencia del dinamismo en la interacción de los componentes que lo integran.


Esta propiedad de optimizar el uso de la información puede ser lograda si los elementos en interacción del sistema, presentan todos la misma quiralidad. Esta condición homoquiral en el establecimiento de redes de interacción moleculares es la base material para permitir que la vida emerja como una consecuencia de la evolución y complejización de la materia en el Universo.


Los aminoácidos son serios candidatos para que esto ocurra.


*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com






El granicero*



*Por Lourdes Uranga López. lourdesuranga@hotmail.com


Tenía que vengarse, tamaño insulto no lo podía soportar nadie. Lo creen calmado porque esta viejo, pero le bulle por dentro y como se entiende con Tláloc, pues que mejor merced, Tláloc ejecutó su venganza.

Rutilo hacía llover y lo ocupaban para ello, en Santa Catarina del Monte era reconocido su poder, la abuela de Calvario recordaba los oficios ejecutados por el granicero y abrumada por un calor desconocido por ella explicaba:

Cuando el pueblo empieza a padecer por agua, él pide dinero en las casas y compra naranjas, plátanos y hace unos panecitos como galletas con figuras de estrella, de hombrecitos, de animalitos, de plantas; con todo eso se encamina al Tláloc que así le dicen a la montaña grande que está junto al Telapón. De Santa Cruz de Arriba, de Xocotlán, de distingue muy bien, pero mientras más cerca, más queda tapado por los cerros chicos. Tilo sabe como invocar al buen dios, de habla de los padecimientos de la gente, repitiendo tres veces: Sin tu voluntad no lloverá, mándanos agüita. Si no llueve, las plantas, los animales y los hombres empequeñecerán o desaparecerán.Tu como dios grande y prodigioso debes enviar el agua, para eso me mandaron los de Santa Catarina del Monte, saben que me oyes y en mi boca ponen Su necesidad y su súplica. Como ofrenda te traigo frutitas y galletas que son como si comieras parte de ellos porque lo han conseguido con trabajos. Aquí están divísalas bien; son hombrecitos, plantas y animalitos que te piden Atl., no la niegues señor Tláloc y seguirás siendo en estos tépetl, grande y amado.
Así tú lo quisiste, si no, te hubieras ido a vivir a otra parte, pero no, tú escogiste a los santacatarineros como tus pequeños hijos y ahora como buen padre debes procurar su sustento.

La abuela en su lamento por las prolongadas secas, comenta...Cuando Tilo regresa del Tláloc, empiezan las lluvias, a veces ni tiempo le da de llegar a su casa y se le ve corriendo dentro del agua. ¿Pos qué ya se moriría el muy ladino?

Cuando era niño comenzó a hablar con Tláloc, entonces también estaba él, nuestro dios, lo hicieron los mexicanos de antes, pero ya se lo llevaron a la ciudad, de pura maldad porque ¿Para qué quieren que les llueva si ni siembran! El cerro sigue ahí ese ni modo que se lo lleven. Dicen que el verdadero Tláloc sigue escondido en el monte, porque él escogió donde mandar y sólo les pidió a los mexicanos que le hicieran su figura para no perderse, para saber dónde es su casa, para que sus hijos supieran donde buscarlo y adorarlo. No es asunto de mortales decidir donde han de enseñorearse los dioses.

Con el pecho adolorido, estrujando las manos, venteando el aire y escrutando el cielo, la anciana comenta después de un prolongado quejido
Tilo es mandadero de Tláloc, le basta con mirar al cielo o tocar la tierra y Tláloc le anuncia las lluvias y las secas, pero Rutilo se encapricha con su poder y manda granizo. Una vez, lo golpeó Catarino Linares con la cuarta de tres puntas y le dio hasta que se cansó.
Á Serafina, que así se llamaba la mujer del Tilo, al ver como lo cuarteaban nomás decía:

-Por chismoso Tilo, por chismoso!

Unos tales Clavijo mataron al padre del granicero por ratero, ese canijo andaba yendo por La Purificación, por San Miguel, por Tlaminca, siempre perjudicando a la gente. Todos estos pueblos éramos zapatistas, el difunto Catarino Linares era general zapatista por eso se creyó con derecho y razones para pegarle al Tilo, pos el sinvergüenza de su padre, anduvo con los carrancistas y quien sabe que tanto desmán armó se merecía la muerte que le dieron.

Rutilo no debía usar su poder, no debía hacerlo, mandó el granizo tres días con sus noches a las tierritas de los que mataron a su padre. Catarino tenía que castigarlo a ver si así se le quitaban las ganas de abusar de su don y de andarse burlando de la gente pues al mismo Catarino le preguntó socarronamente cuando pasaba bien montado en su bayo allá por el Molino de Flores:

-¿Cómo está el maicito de tus amigos Clavijo? ¡Qué buena cosecha que tendrán! ¿Verdad?

Y seguía sentadote el Tilo, creyendo que ahí iba a parar la cosa. Pero Catarino regresó al penco hasta donde estaba Tilo con su mujer y luego luego, Catarino lo castigó, por eso le dio con la cuarta de mano. También Tláloc lo castigó ¡no digo! le quitó el habla, y como de vez en cuando sigue haciendo su muina y manda granizo, pues ya el Tláloc nunca le devolvió la palabra. Desde entonces nadamás señala el cielo y hace señas advirtiendo a la gente de los chubascos y yendo al Tláloc en las secas. Por su muina es que graniza más en Tlalmocilla, Atzoyatla, Tlacomultenco, Tlachuilango y Tépetl. Como se emborracha y se enoja, manda más granizo para las tierras de abajo. A veces la gente no tiene que mandarle al Tláloc y reclaman a Tilo por el granizo y él, pues más a capricho lo hace caer. A veces lo provoca desde julio, cuando ya está trasplantado el cempoalxóchitl que debe florear en noviembre para la fiesta de todos santos. Hay que poner los altares y la ofrenda de los difuntitos, indicar el camino con pétalos para que no se pierdan ni se equivoquen. Si la flor la acaba el granizo, hay que conseguir más plantitas y si no se consiguen o no se logran, avemaría purísima. ¡El gastazo que tenemos que hacer para comprar tanta flor! y más sabiendo que la cosecha va a estar pobre por la misma granizada.

No, si es una salación el tal Tilo, pero como también intercede por el agua, pues se calman los corajes que la gente le tiene. Los de otros pueblos dudan de su poder y envidian a santa cata por ese mandadero de Tláloc, pero el chiste no es sólo tener el mandadero, el chiste es que aquí mero escogió el Tláloc para acompañarnos y protegernos, nosotros lo tenemos que honrar como el gran señor de las lluvias que es.

La anciana hablaba frenéticamente, como si sus recuerdos y explicaciones cumplieran el papel de sustituir los deberes del granicero. Hablar de la necesidad de agua, de como desde que ella había nacido, apenas empezado el siglo veinte, Tláloc siempre había socorrido a los santacatarinences. Ansiosa prosiguió:

-Por eso una vez, hace como veinte años, el pueblo de Huexotla que siempre nos envidió el 25 de agosto que se festeja a San Luis Ovispo, siempre hacen gran fiestón los del barrio de San Luis Huexotla, fue entonces cuando los huexotleros invitaron a Rutilo. Don Candelario que era fiscal de la iglesia, les dijo a sus amigos: A mi se me hace que lo del granicero es puro cuento de los santacatarineros.
Otro huexotlero llamado Pascual le contestó
-Vamos poniéndole una trampa, ese mudo que va a saber lo que el señor Tláloc decide. -Camerino explicaba
-Con unos litritos de neutli le vamos a quitar lo mentiroso. ¡Taimado tilo! le haremos buen escarmiento a él y su pueblo de crichos.
-Pascual que era el más porfiado le decía:
-Ándele Don Rutilo, tómese otra jicarita de neutli, aquí en Huexotla también lo sabemos hacer, a ver que dice usted. Bueno decir es un decir; pero aunque sea con sus ojitos brincones nos dar su aprobación. ¿Verdad compadre Cande? Hay que quedar bien con Don Rutilo, 'ora que los huexotleños tenemos el honor... aquí Sixto me contaba que Don Rutilo casi hace milagros, mira que hacer llover y hacer caer granizo a su antojo.

Tilo hacía señas y emitía unos sonidos queriendo platicar cada vez más entusiasmado por los halagos y el pulque.
¡Pero qué platicar! Nadamás hacía visiones para no perder el tiempo entre trago y trago y entre jícara y jícara.
Pascual que no se le olvidaban sus planes, le dice:

-Nosotros no tenemos quien nos avise ni mande las aguas, caen nomás las que dejan los que saben pedir.
Tilo, cada vez más animado manoteaba presumiendo su oficio y no dejaba de beber. Pascual, Sixto, Candelario y Camerino, los cuatro envidiosos huexotleros le atizaban el pulque, ya hasta se lo querían empinar ellos mismos. Cuando Tilo estaba borracho, ya no disimulaban su furia, Pascual le repetía:
- A ver Tilo, suelta la agüita por aquí, para tus amigos de Huexotla. ¡Que digo amigos! ¡Tus padres mudo tlacalero!

Y Sixto carcajeándose y deteniéndose su panza, decía:
- ¡Después de esta borrachera va a llover pero en sus calzones!
La borrachera no dejaba pensar a Tilo y seguía empinándose la jícara sin darse cuenta de la humillación.
Después de tanto pulque, Tilo cayó; suavecito, nomás sonó su cabeza, que fue la primera que pegó en una piedra, ya ni alcanzó a ver los castillos y los cohetes con todo y que estaba rete cerquita. Y ni con eso les bastó a los huexotleros que estaban ardidos de pura envidia. Y Sixto les aconsejó:
-¡Hay que enchilarlo!
Pascual con dentera hasta grita:
-¡Si, chile en el fundillo! A ver si Tláloc le prepara un baño de asiento.
Y le retacaron el fundillo con chile pasilla, que como estaba seco, no le ardió hasta que estaba despertando de la borrachera. Se le salían las lágrimas de tanto dolor y quemadera que se traía en la cola y aunque se sacó los chiles, el dolor no menguaba. Lloraba también de coraje, porque por engreído, había confiado en huexoxtleros.
Señor Tláloc pensaba al tiempo que sollozaba ruidosamente con tu poder ayúdame a calmar mi dolor y a vengar mi humillación.
-Y venia yendo enojado y avergonzado para Santa Catarina atravesando por San Pablo Ixáyoc cuando, como él lo pidió, empezó; a llover y se sentó en un charquito para refrescar su cola. Miraba al monte agradecido, pronto terminó de llover donde él estaba. Más abajo en las tierras de los huexotleros, empezó a granizar tan fuerte que las milpas que ya estaban jiloteando se empezaron a caer y todos los jilotes chorreaban sangre. Tilo lo vio porque como mandaba el granizo, les dio su merecido, castigándolos en su alimento y se quedó un rato divisando para abajo, el Tilo sonreía conformado, donde estaba no llovía ni granizaba. Ni un pedacito de San Pablo, ni de Santa Catarina, padecieron el granizo. Y al granicero no le importaba ya si Tláloc le pedía los ojos o el
entendimiento, el gozaba de ver los destrozos y la milpa sangrante. Después se le calmó lo engreído, quien sabe lo que sea de el, a lo mejor ya hasta se murió, pues en que mes estamos, casi en junio y nada que llueve.
¿Qué no habrá granicero en este pueblo?
Y la anciana dobló la cabeza y se quedó dormida hablando de lluvia tierra y semillas, el cielo azul, dejaba pasar un calor desacostumbrado por estos montes, me hizo renegar y alejándome exclamé...

-¿Qué ya no hay granicero en este pueblo?



*Lourdes Uranga López
Santa Catarina del Monte Texcoco México.


Pequeño glosario.

Tláloc. Dios de la lluvia entre los mexicas y acolhuas.
atl. agua en nahuatl.
tepetl. montaña, cerro.
neutli. pulque. (bebida fermentada del maguey)




OLIVOS*



Anoche, en sueños, ha venido mi padre.
Tenía cara de carpintero.
Aunque sus manos, siempre, fueron de tinta.
Mi mirada nubla mi corazón al ver sus ojos.
Tristemente indescifrables ojos moros.
Le pide a mi madre 30 monedas.
Mi madre se las entrega.
Treinta monedas, una fábula de amor y un ramo de olivos
Mi padre, quita el papel plateado y la besa.
Ella saborea la fábula de chocolate.


Yo barro el lugar mas sagrado de mi tierra.
Hay olivos y huesos de sus frutos.
Saboreo el mítico amor y las aceitunas.
Queda una hoja de olivo, una sola.
La levanto y la guardo.
Reverentemente.
Para noches de congojas claves y ángeles caídos.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar




Correo:


*


Comparto los links al programa que nos hicieran en el Canal La Comarca, a cargo de Graciela Zabala el 10 de junio de 2011

Primera parte:
http://www.youtube.com/watch?v=1hoaWvoR5NU&feature=youtu.be


Segunda parte:
http://www.youtube.com/watch?v=QGaAB3xOrHI


Tercera parte (Incluye la glosa 2011):
http://www.youtube.com/watch?v=NSHbHiRXO7A&feature=related


*Alfredo Armando Aguirre. choloar47@rocketmail.com




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