lunes, noviembre 28, 2011

PALABRAS QUE CALLAN CUANDO HABLAN...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




PECES*


Otro es hombre de medio cuerpo arriba, y el resto, pez.
HERMAN HESSE



No te recuerdo por las palabras de las que tanto hablaste.
Te recuerdo mas, por las que has callado.
No te recuerdo por ser tú, sino por ser otro.

Por ejemplo, no se a que huele el regazo de tu madre.
Quien enjugó tu lágrima primera, en tu primera vida.

De tus lejanas fiebres, de silencios oscuros.
De piedras , escondidas, donde comienza el niño.
No me has hablado del cansancio de tu padre.
Del tren que se llevó tus infantiles pasos.
De que color era la esquina de tus lunas.
Cual fue tu primera muerte.
Quien te dio un apretón de manos en la funeraria.
Del cuerpo inaugural que bebió el azul tembloroso de tu núbil deseo.
De quien, la primera gota en senos de mujer.
Cual, el inicial follaje que cubrió tus páginas en blanco.
La fuente primigenia de tu pena.

Te recuerdo por lo que tanto dices cuando callas.

A mi, quizás, me recuerdes por lo que digo.
Sabes, por ejemplo que nací espejo bifocal, con alas.
Que llevo en mis manos crepúsculos de golondrinas muertas.
Que solo fui una pausa en el deseo.
Que rescribo mis pasos en calles silenciosas.
Que no lloré cuando murió mi padre, si, cuando murió mi perro.
Que los lobisones se alojan en mi lecho.
Que las madreselvas se enredan en mi pelo.
Que tengo el poder de convocar la lluvia.
Que soy mujer, oscura y azulada.
Uva y sangre en tu boca. Piel arisca y pulpa blanda.
Sabes, de mi obstinada afición a cabalas, mitos, profecías.

Palabras que hablan cuando callan.
Palabras que callan cuando hablan.
Crípticas.

Una pecera.
Afrodita y Eros entre sus brazos.
Y una constelación de peces que me multiplican, me redimen.
Me salvan del diluvio universal...
“...De medio cuerpo arriba, el resto, pez


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





PALABRAS QUE CALLAN CUANDO HABLAN...






Kenneth White: Un apocalipsis tranquilo, por Héctor Loaiza*




El libro Un apocalipsis tranquilo (1), de Kenneth White, es de palpitante actualidad. Desde la década de 1970, este poeta franco-escocés ha expresado en su abundante obra la necesidad del hombre posmoderno de dirigir una nueva mirada hacia su entorno natural para escapar del infierno neurótico que suponen las gigantescas metrópolis de hormigón y asfalto. El mundo, mientras tanto, ha evolucionado vertiginosamente en estas últimas décadas: las megalópolis de Europa, América, Asia y África se parecen. Los hábitos culturales, de consumo y moda son los mismos. Kenneth White pone al desnudo la crisis de civilización que se manifiesta en el malestar planetario de los seres humanos: «Gigantismo —escribe—. Superpoblación. Crecimiento canceroso. […] Falso progreso. Gangrena. Necrosis…». De la crisis intelectual, a la cual se refiere, hemos pasado a una depresión financiera.

(1) Une apocalypse tranquille, Éditions Grasset, París, 1985.





Kenneth White: Un apocalipsis tranquilo, por Héctor Loaiza




Kenneth White reúne en su libro diferentes artículos y ensayos sobre varios poetas y autores, como Hölderlin, William Carlos Williams, Henry Thoreau, Henri Michaux, Dylan Thomas, D. H. Lawrence y tantos otros. En su Prefacio, nos advierte de que no hay intención profética ni quejosa en el título de la obra. Le ha dado a la palabra «apocalipsis» un sentido derivado de su raíz griega, «revelación y poner al desnudo», y fuerza este significado hacia el desacondicionamiento, la deriva y el descubrimiento de nuevas vías. Su intención está muy lejos de las acepciones comunes de nuestra época, que evocan la histeria colectiva, el milenarismo, la espera de catástrofes cósmicas, el mesianismo, las revoluciones sangrientas...

¿Por qué este libro ha molestado, desde su publicación, a cierta intelectualidad francesa? Kenneth White observa y analiza con «ojos nuevos» los males y falsas tragedias que padece la cultura europea, crucificada entre el ser y la nada. Si parte de la necesidad del arraigamiento en una cultura para escapar a la neurosis colectiva de la vida en las megalópolis, no es porque se haya convertido en apóstol de un desmedido «nacionalismo» europeo. Al contrario, reivindica el exilio y el nomadismo como fuentes de inspiración literaria (especialmente, en su análisis de la obra de James Joyce, quien nos ha dejado obras maestras de proyección local y universal). Cita a Joyce cuando este expresa su posición frente a la situación belicista de Europa a principios del siglo XX: «¡Que mi patria muera en mi lugar!».

En su obra poética, su prosa y sus ensayos, Kenneth White está motivado por la voluntad de superar la crisis del mundo posmoderno. Vislumbra en el campo del cultivo de ideas y en los acontecimientos el carácter de nuestra época: «...Estamos viviendo, más o menos conscientemente, el paso entre dos culturas. Lo mismo que los monjes de las efervescencias religiosas del siglo III al IV y del siglo VI al IX salían del paganismo para ir hacia el cristianismo, nosotros (hablo del trabajo radical que hoy está en curso) estamos saliendo del humanismo para dirigirnos hacia [...] algo que, por el momento, queda indefinido...»

Sus reflexiones, que tienen como principal objetivo ayudarnos a salir de la espesa bruma de un «humanismo en crisis», le han valido interpretaciones tendenciosas por parte de los cultores de un conformismo bien pensante.

Las páginas consagradas a Henry Thoreau —el más chino de los autores norteamericanos, según Lin Yutang— son admirables. Respecto a Thoreau, que vivió al ritmo de las pulsaciones de la naturaleza y que llega a transcribir en sus libros sus observaciones y sus experiencias vitales, Kenneth White se pregunta: «¿Se puede decir que Thoreau buscaba hacer revivir a los dioses? No. Se trataba, más bien, de lo que podría llamarse una mitología sin mito: una manera de percibir y una manera de pensar, una manera de estar fuera de sí y de estar en lo más profundo de una sensación del mundo...».

White pone al desnudo las llagas del humanitarismo que se complace en rendir culto al sufrimiento y a la miseria, y cita a Henri Michaux: «En Europa, todo termina en lo trágico. No hay ninguna atracción por la sabiduría (todo, al menos, después de los griegos; por lo demás, discutibles en sí). Lo trágico de la sociedad francesa, el Edipo de los griegos, el culto de la desgracia de los rusos, lo trágico jactancioso de los italianos, la obsesión por lo trágico de los españoles, el hamletismo de los ingleses, etc.»

Se refiere al comentario del filósofo francés Emmanuel Levinas sobre el libro El espacio literario, de Maurice Blanchot, para ilustrar su propio nomadismo intelectual y los hitos de su búsqueda, que van desde el «mundo blanco» (el de la transparencia) hasta La Ruta azul, título de uno de sus libros en el que relata su peregrinaje hacia los territorios hiperbóreos del Labrador y Groenlandia. «El pensamiento contemporáneo nos reserva la sorpresa de un ateísmo que no es humanista: los dioses han muerto o están retirados del mundo. El hombre concreto, aunque sea racional, no contiene el universo...»

Esa es la fuente de energía que alimenta su aspiración de alcanzar el Conocimiento. ¿De qué manera puede el hombre superar la ruptura con la dimensión cósmica? En su dinámica arquitectura conceptual, retiene la propuesta de Levinas de «un ateísmo no humanista y una superación de la metafísica», la de «una nada que no se queda tranquila», y la de «una incesante agitación». En su poema de El gran sueño despierto, percibe con nitidez su situación en el mundo:



Dejé de ser cristiano
sin por eso volverme a Thor
había algo más
que me llamaba
desde el exterior
y acaso esperaba ser nombrado.



Al comentar el libro La diosa blanca de Robert Graves, plantea la necesidad de referirse a los principios «arcaicos» de la poesía y al restablecimiento de la estructura mitológica de la lengua. «Se trata de volver a encontrar, más allá de las palabras, la materia misma, la energía primigenia de la poesía». Para hacerlo, nos es necesario ir no solo más allá del período en el que aún estábamos ayer, del «judaísmo tardío, del judeocristianismo, del Islam y del protestantismo cristiano», sino también del «período olímpico» griego, que instauró un sistema patriarcal sobre la base de un fondo primitivo consagrado al culto del principio femenino, cuyos avatares son múltiples.»

Ante el desarrollo del turismo frívolo a India, Kenneth White prefiere el «viaje mental» o el «viaje entre cuatro muros», lo que, en términos hinduistas, significa «saber ir de los Vedas hasta el vacío». Para nutrir su búsqueda poética, practica una especie de yoga de la caminata que se inspira en los textos clásicos del hinduismo: «Sabiendo que, al final, Samsara (la existencia) y Nirvana (el absoluto) son la misma cosa, que es la alianza del Karmamudra (acción) con el Jaanamudra (contemplación) que origina el Mahamudra (el gran gesto), y que yendo de lugar a lugar se puede terminar viendo, no solo en la mente, sino también en el meollo de los huesos, la noción del no-lugar, que permite gozar, de una manera desapegada, de todos los lugares».

Su vida cotidiana y su creación literaria están impregnadas de su estudio de la filosofía taoísta. Kenneth White evoca la presencia de una «corriente taoísta» periférica y subterránea en la ciencia y la cultura occidental. El físico norteamericano Fritjof Capra representa esta tendencia que, para mejor comprender los fenómenos de lo infinitamente pequeño —las partículas de la materia—, recurre a las filosofías orientales. Según White, el pensamiento taoísta «es un pensamiento oceánico en el que todo está mezclado, con tempestades súbitas y calmas extrañas». La comprensión del taoísmo es muy ardua para los occidentales, empapados por varios siglos de racionalismo. «Ni filosofía, ni religión, ni ciencia, pero participando de cierta manera de esas tres visiones, el taoísmo es aún otra cosa…». Transcribimos las últimas líneas del significativo capítulo «Caminatas taoístas»:



Ecología del cuerpo en el mundo
y el espíritu en el espacio
Ser riente y sonriente
Fin del miserabilismo.



Al final de su libro, Kenneth White propone la necesidad de construir un nuevo pensamiento que vaya más allá de la oposición occidente/oriente (a la cual añadiríamos norte/sur), y escribe: «Georges Bataille habla de una especie de sueño planetario. Nietzsche habla, casi demasiado “poéticamente”, de “cosas ocultas”, de “misterios”, “tesoros”, y luego, se calla bruscamente. Hokusai, lo recordamos, se refería a la ’potencia de intuición’ y a la “verdadera sensación de la naturaleza”».

Con su optimismo lúcido, Kenneth White se pregunta (y eso nos interesa): «¿Quién sabe si estos últimos años, que podrían ser los de la época de las catástrofes, no podrían ser más bien la de la Gran Salida y de la formación, de la cristalización en la solución oceánica posmoderna, de un pensamiento unitivo planetario?».

Así termina el libro de un «infatigable trabajador» —como lo calificó Arthur Rimbaud anunciando a los futuros poetas visionarios y exploradores— que nos deja en su poesía y en su prosa las chispas de una conciencia siempre en movimiento.





ACERCA DEL AUTOR


BIO: Nació en Cusco (Perú). Vivió en Buenos Aires de 1959 a 1962. Estudios en la Facultad de Letras de la Universidad de San Marcos de Lima. Sus cuentos fueron publicados en revistas literarias. Reside en Francia desde 1969. Publicó en francés “Le chemin des sorciers des Andes”, Robert Laffont, París, 1976, “Botero s’explique”, La Résonance, Pau (Francia) en 1997, “El camino de los brujos andinos” en Diana de México, 1998 y la novela “Diablos Azules”, Editorial Milla Batres, Lima, 2006. La edición francesa de la novela “Démons bleus à Cuzco”, Éditions La Résonance, Pau (Francia), 2009. Acaba de publicar, la reedición en español de "Diablos Azules", Éditions La Résonance, Pau (Francia), 2010. Entre 1981 y 1999, ha colaborado en semanarios y revistas de París y en diarios latinoamericanos con artículos sobre literatura y arte. De 1998 al año 2000, fue director de la revista en francés Résonances que —a partir de enero de 2001— se convirtió en el website, Resonancias.org.





*Fuente: Resonancias.org. laresonance@yahoo.fr

http://www.resonancias.org/content/read/1359/kenneth-white-un-apocalipsis-tranquilo-por-hector-loaiza/













El hombre sin ilusiones*





El encierro de sus emocione cohabitaban en su mente
Nubladas de resentimientos y frustraciones
Había perdido la alegría encapotada en un impermeable de lluvia
De cenizas recurrentes y lo aislaban de la fuente del río
Con su mirada áspera y dura mordía cada trozo de sonrisa que apreciaba
La hacía añicos, para que no pudiera entrar en su celda de dolor e insatisfacción
Se quejaba de la luz del sol entrecerrando los párpados por la molestia
Era incansablemente gruñón.
No tenía tiempo para la aventura, bebía del iris del ermitaño
Contaba cuantos minutos le faltaban para llegar a tiempo
De la sin razón y la terquedad.
No le agrada soñar y desplomarse a descansar observando las hojas de parra
Y sus esferas frutales de colores moscatel, blanco y chinche.
Si alguna distraída abejita osaba posar para saborear el elixir de las frutas
De inmediato buscaba la manera de lastimarla.
Estaba en guerra con la naturaleza y toda su familia porque siempre
Quería buscar la perfección y que le dieran la razón los más cercanos.
Era absolutamente impenetrable, lo llamaban el hombre sin ilusiones.




*De Azul. azulaki@hotmail.com








LLAMANDO A LAS MINORÍAS SILENCIOSAS*



*June Jordan
(1936-2002)



Hey

Vengan
Salgan

Dondequiera que estén
Necesitamos tener un encuentro
en torno de este árbol
Que no ha sido
plantado
todavía.


*Poema tomado del libro “Harlem: los blues de la historia”, de Eduardo Dalter; Ediciones del Nuevo Cántaro, Buenos Aires, 2010. Traducción de los poemas al español: Eduardo Dalter y Nidia Santa Cruz.
-Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar





La gente que pasa*



*Por Gary Vila Ortiz


El pasar del tiempo acrecienta la memoria del ayer más lejano y se complace en encontrar detalles que reaparecen con más nitidez. Cosas posiblemente sin importancia para los otros, pero sin duda que deben significar mucho para mí.
En el campo de mi abuelo había una vieja casona la cual solamente a veces contaba con electricidad. Abundaban los viejos faroles a kerosene, había una gran victrola a cuerda y un mueble en donde se encontraban los libros que publicaba La Nación.
En un esquinero estaba el cuarto más viejo de la casona, que tenía otro cuarto arriba que había sido hecho cuando por esa zona llegaban los indios, ignoro si los malones. A ese cuarto se llegaba por una escalera de caracol que supo ser la estrella de muchas películas de miedo. Yo dormía en ese cuarto en el cual había un retrato de la madre de mi abuelo. En algún lado debe estar. Era, supongo, un daguerrotipo muy bien hecho, en el cual se veía su cara. Se llamaba Santo López y la discusión familiar era que algunos aseguraban que era una india y otros lo negaban. Yo estoy convencido de que se trataba de una india, y eso me llena de orgullo.
Durante unos cuantos años, pero yo todavía no había nacido, todas las noches alguien subía y bajaba por esa escalera de caracol y a muchos les daba miedo y trajeron un sacerdote para que tomara las medidas de la caso.
Aparentemente los misteriosos pasos desaparecieron. Pero cuando yo empecé a ir y a dormir en ese cuarto los fantasmas volvieron y creo haber conversado con ellos, pero tal vez eso pertenece a mi imaginación y al deseo de que eso hubiera ocurrido.
Ignoro qué habrá sido de ese casa, tal vez se encuentre muy derruida, pero todavía en pie. El campo de mi abuelos se recostaba sobre el Arroyo del Medio, del lado bueno, es decir de Santa Fe. Los pueblos más cercanos eran, hacia un lado Cañada Rica y hacia el otro Peyrano. Los caminos eran de tierra y alguna vez por uno de ellos vi pasar los autos de esas viejas carreras en que se destacaban Fangio, los hermanos Gálvez, Víctor García y muchos otros que, creo, fueron desapareciendo.
Dicho sea de paso, en ese tiempo se elegía entre dos posibilidades, aún cuando hubiera más para elegir. En las carreras estaban los que querían a Fangio en su Chevrolet y otros a Oscar Gálvez en su Ford.
En polo estaban los partidarios de Venado Tuerto o del El Trébol.
A quienes nos gustaba el té había dos para elegir, el té Sol y el té Tigre.
A mí me gustaba el té Sol y siempre que podía lo acompañaba con las galletitas Mitre, que venían en una caja rectangular. Las últimas que comí fue en Sorocabana que me conseguían cada tanto las galletitas en paquetes más pequeños.
Volviendo a la casa del campo en la misma había un piano vertical desafinado en cual solía pasar largo tiempo tratando de "componer" algo, algo, claro, que nunca compuse.
Por la noche, con el farol de kerosene en una lata de galletitas, jugábamos al truco de seis: mi abuelo, sus cuatro hijos varones y yo, que era el nieto mayor. No era ese mi único privilegio. A la hora de la cena, si por la mañana habíamos almorzado un par de corderos a la parrilla cuyo fuego estaba hecho de marlo, a mi abuelo le traían la cabeza del cordero hervida. De esa cabeza me correspondía comerme el ojo del cordero. (Ahora pienso que eso del Ojo del cordero podría ser un buen título para una novela policial).
Una de las últimas veces que fui, llovió a mares. Yo tenía un Citröen y creo que tres hijos. Por supuesto que mi desastrosa economía se llevó, entre otras cosas, ese auto, (que por otra parte, es el único que tendría de poder tener uno, pero el de aquellos años, no los nuevos). Ese día de regreso, al salir de Cañada Rica, un baqueano me dijo que me pusiera al medio del camino y manteniendo la misma velocidad. Como buen inconsciente lo hice y todavía puedo escribir estas líneas.
A la casa del campo se llegaba por una galería de casuarinas unos árboles como los eucaliptos que los tengo marcados en la memoria.
Otra memoria que me persigue es la imagen de mi abuelo, que ya debía andar cerca de los noventa, sentado en una silla con su sombrero y una macana en la mano. ¿Sabe el lector lo que es una macana? Un látigo de mango muy corto y duro con una larga y fina y entrelazada cinta que mi abuelo manejaba con
pericia. Tanto yo como mis primos supimos recibir unos buenos latigazos.
Como las gallinas andaban sueltas, solamente se juntaban para ir a uno de sus dormideros, un aguaribay que estaba frente a la cocina. Mi abuelo había trabado amistad con ellas y notaba si alguna de las gallinas no aparecía. En la costa salitrosa, donde pastaban las ovejas, había una multitud de tucuras
y la caballada, en la cual se había mezclado un burrito que me había regalado el doctor Celoria, que se llamaba Baldomero. los padrillos le tenían muchos celos, pues a las yegüitas ese burrito las atraía
particularmente. Además siete gansos que siempre fueron siete. Y que yo espero que lo sigan siendo en ese sitio donde van los gansos cuando se mueren.
En apariencia el título de esta contratapa no tiene relación con lo que he escrito, pero la tiene, al menos para mí. Caminando por estas calles de Rosario vi una persona que era igual al Vasco Ardanaz, que vivía en el campo y fue siempre un personaje entrañable. Lo recuerdo, sobre todo, por las partidas de sapo que jugaban con mi viejo. ¿Quedarán sapos con la vieja y todo, que si se la acertaba se lograba el puntaje más alto?
Y el pensar en Félix hizo que los recuerdos comenzaran a fluir naturalmente y como vinieran.
La gente que pasa suele traernos recuerdos, más que nada la gente que no conocemos. Pues la que sí conocemos nos lleva a ciertos recuerdos en particular.
Días pasados miré a una muchacha esperando el ómnibus. Yo he esperado ómnibus muchas veces, pero el recuerdo que me trajo fue el de un tranvía, el 23, que venía por Santa Fe y doblaba en Italia, cuando Italia iba para el otro lado. El tranvía estaba lleno. Y me tocó quedarme como pegado a una chica por la cual sentí un profundo deseo que todavía experimento o mejor dicho la memoria lo tiene guardado.
Dependemos de los otros y esos otros son justamente la gente que pasa y que me gustaría que siguiera pasando. Al menos hasta el Apocalipsis.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-31458-2011-11-28.html








Tormenta de palabras*


A Mirta le gustaba hablar y hablar
Estaba enamorada de sus palabras,
No importaba el contenido de lo que decía
Era sencillamente
Hablar por hablar
En cada momento de silencio
Ella robaba la oportunidad de llenar ese espacio
Con oraciones vacías, repetitivas
Pero lo único que lograba era aburrir a los que estaban a su lado
Tenía tanta necesidad de ser protagonista
Que siempre daba una opinión o un mandato prepotente

Era más que una mujer, una cotorra.-


*De Azul. azulaki@hotmail.com






Ella no era atea de maravillas*


Ella frota la maravillosa lámpara. Surge un genio alto y fuerte que se tiende a su lado, se expande para olvidar la estrechez en que estuvo guardado tanto tiempo, la roza apenas de mil y una forma y le dice:

“No te preocupes tanto en pensar los deseos, esta vez van a ser mas de tres”


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com




*


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