Tuesday, March 20, 2012

AHORA ME DOY CUENTA QUE ESTOY LLENO DE VOCES...



*Foto de Yanina Hinrichsen (c) Londres, 2012







"EL HUEVO DE LA SERPIENTE"*



El miedo solo existe para ocultar lo que no se tiene.



Del “Huevo de la serpiente” ha nacido el miedo.
El miedo teme a la libertad.
La libertad teme al castigo.
El castigo teme a la soledad.
La soledad teme al olvido.
El olvido teme al amor.

El amor no teme al miedo.
Sabe, solo existe para ocultar lo que no se tiene.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar











FRASES*


*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar



a Jorge Jäger
a Charly y Leo



Ahora me doy cuenta que estoy lleno de voces.
Esas voces vienen de las horas primitivas, y están de algún modo en la matriz más escondida de aquella memoria y sus ecos, sus vibraciones y su tono me llega como hilito querendón en el mero recuerdo y también refranes.
Que en ese tiempo eran moda, lo cierto es que reverberan en la memoria como pequeñísimas explosiones que no dejan de iluminar los tiempos idos, no ya como nostalgia pegajosa, sino como derivaciones de un modo que se resiste en permanecer en las sombras y en el óxido de los tiempos idos.
Y también conversaciones que tenían los mayores y escenas y “salidas” humorísticas, algo que se disfrazaba de sentencia pero pretendía hacer reír, o, al menos que la reunión se convirtiera en algo grato, que hiciera, tal vez, más llevadera la existencia, de por sí bastante dura.
Una tarde, no recuerdo si era en algún club del pueblo, o en algunos de los tantos bares de entonces, mientras yo observaba una partida de truco, escuché a Felipe Lavari decir con toda seriedad esto que sonó a sentencia, tal vez por el tono, pero que no pasaba de humorístico.
-La mentira más piadosa de una mujer es cuando le dice a un hombre que es el padre de su hijo. Y siguió jugando, imperturbable, con sus grandes bigotes negros y sus dedos robustos de tirar las tetas de las vacas.
Él, Felipe y un hermano menor a quien apodaban Pato habían venido no sé de que pueblo lejano a trabajar un tambo de la zona, porque en los años sesenta pululaban estos establecimientos por toda la colonia. Recuerdo un par de cosas de los hermanos Lavari: una era su condición de tamberos, otra que les gustaban los caballos y otra era que este gusto se extendía a las cuadreras.
Este tipo de competición muy criolla y de mucha raigambre en las tradiciones nuestras, hoy han dejado de practicarse en la mayoría de los pueblos, según me cuentan.
Hace unos días, en una visita al pueblo fui hasta el antiguo camino que se usaba para tales fines en mis tiempos infantiles.
En el camino que conecta Gödeken con Colonia Hansen, pero el tramo que se usó para cuadreras empezaba en la casa del ballenero Baskas y no pasaba del tambo del Beto Delmaschio, hoy está casi cubierto por los yuyos, ese camino bien cuidado en otros tiempos hoy está como olvidado, se nota que nadie lo transita y tiene lo que fueron las grandes cunetas para drenar lluvias tapadas de hojas y de yuyos y hasta creí ver “colas de zorro” y algún chamico suelto, y todo el entorno sin recuerdo de las carreras que atronaron las tardes con sus caballitos que se bebían el viento en esos quinientos metros reglamentarios.
En esa calle una tarde un caballo mató un borracho que se cruzó en la pista improvisada. Se llamaba Domingo Corvalán y le decían El Pulga.
Sin salirnos de la zona, puedo decir que la otra calle, la que va del “Palo Pinto” hasta la casa que fue de Mingo Giuliano, pasando por el mítico bar de don Marcos Markicich y luego de su hermano Milo, justo frente a las torre de la Norte, cerealera que fue de la Cooperativa y se comió un incendio, tampoco pasa nadie. Los yuyos en su imperioso avance deben ser sometidos a las máquinas cortadoras para que no terminen obstruyendo un paso que muy poco gente usa.
En esta calle se paseaba don Juan Baras, recién salido del bar de Markicich gritando –muy borracho- ¡viva Perón! Y también gritaba a voz de cuello:-¡Después de Juancito Perón está mi padre!
Dicen –y entre ellos estaba mi padre- que un coche dobló en la esquina y no pudo evitarlo. Por suerte no lo mató, es más salió ileso, gritando sus mismos: ¡Vivas! Pero esta vez ya no le quedaba la borrachera, solo el susto. Era 1950.
Casi en el mismo lugar, pero quince años después, mientras mis pocos años eran ocupados en ser ayudante del Mono Boccolini, sodero, y cuando sacaba los cajones vacíos del bar de Markicich, pasó delante de mí y de algunos parroquianos que tomaban sol en la vereda del boliche.

Eran cuatro o cinco jornaleros que trabajaban en la “Norte” y se habían cruzado a refrescar el garguero en un alto del trabajo.
Digo que por la calle pasó el Chino Bruno con su caballejo flaco, su bolsita de arpillera que suplantaba el apero criollo, del cual con seguridad carecería.
-Adiós Chino feo, gritó uno.
Y el hombre, flaco, viejo, pobre, contestó dándose vuelta apenas.
-Sí, pero querido por lindas mujeres…
Y la risa de todos se mezcló con el vuelo súbito de un grupo de palomas que enfilaron su destino hacia el trigal altísimo de don Juan Dallosta.









FRUSTACIÓN*


Escucho el sonido del reloj cucu. Alucino que ese sonido se traga mi tiempo y que no tengo alternativa para detenerlo.
Quiero hacer algo y ese algo se convierte en nada cuando la ventanita se abre y el tiempo se decreta...
Así siguieron los días y las noches hasta que decidí huir. Abrí la puerta y la DAMA DE LA NOCHE, me cerró el paso.
- Vine a buscarte - me dijo -el tiempo se queda en el reloj.


*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar











Vencido*



El tránsito es caótico; la mañana, plomo gris, sofocante.
El hombre, apoyado en el poste del colectivo, mira a lo lejos. En el rostro tiene cicatrices profundas. Lleva grandes anteojos oscuros, que apenas cubren su ojo izquierdo, gigante, sin vida.
Una frenada. Las ruedas chillan contra el asfalto; el hombre baja la mirada.



Como trotamundos, los recuerdos desfilan en su cabeza.
Otra mañana, otra frenada, una camioneta golpeando su cuerpo. La tierra lo recoge blanda y tibia. Qué bien huele la tierra seca del oeste.
El viento, redondo y musical, aísla su dolor.
El viento, le da aire a su cuerpo herido y derrotado.
Qué bien huele la tierra blanda del oeste.
No sabe cuánto tiempo estuvo tirado. Avistó la muerte cerca.


Ruido de tierra y hojas secas. Alguien se acerca, lo observa.
- Terrible accidente, llamá la ambulancia - escucha
Los pasos se aceleran, las voces aumentan. Una sirena abre paso a la ambulancia.
La tierra blanda queda lejos, los ruidos son metálicos, la voces bajas. El olor a medicamentos le llena los pulmones. Intenta mirar. Sus ojos no se abren. Un pinchazo en un brazo; siente la camilla blanda. Se duerme o se muere, no sabe.


La muerte en vigilia, paciente.
El hombre siente el sudor en su cara deforme. Con esfuerzo abre el ojo derecho. Está en una camilla, en un hueco blanco y frío.
Intenta levantar un brazo y no lo logra. El dolor le da certeza de vida.
Siente que alguien toca sus pies. Los mueve. Escucha:
- Che, este es el accidente de moto que entró a las diez?
- Che, se mueve! Casi nos mandamos una cagada, menos mal que no lo mandamos al freezer…
- Sacalo, sacalo, llevalo a sala, dale!
El hombre se desespera, se queja, no puede gritar, apenas ve por su ojo derecho pegado con sangre. Mueve las manos, trata de quitarse el trapo blanco que lo cubre.
- No; acá no se queda, mandalo al hospital del sur. Mirá si vamos a aceptar que estuvo 10 horas fuera de la morgue porque no tuvimos tiempo para entrarlo. Mirá si vamos a escribir que lo vimos muerto, que en la tomografía lo vimos muerto.


En el hospital del sur, el hombre fue curado con paciencia, suturaron las heridas de la cara, trataron de rescatar su ojo izquierdo; era tarde.


No consigue trabajo.
- Dr., necesito un certificado, algo
- Certificado de qué, negrito?
- Del accidente, a ver si consigo un subsidio
- Accidente?, yo qué tengo que ver?
- Ud. me atendió en la guardia doctor, me dijo mi primo que trabaja acá
- No mientas negrito, no te conviene. No te conozco
- Ud. Me atendió, se acuerda que me dieron por muerto? Fue el día de muchos accidentes. No me metieron a la morgue, porque no tuvieron tiempo.
- Estás inventando, no te conozco, y no tenés cómo probar lo que decís.

Llega el colectivo, sube. Se seca una lágrima con la manga.



*De Iris. iris_neuquen@yahoo.com.ar








No germinaron los manzanos*


*De Nechi Dorado nechi.dorado@gmail.com



“Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido, cantaba la abuela a la hora en que un manto oscuro con puntitos plateados caía sobre las tejas de la casita del barrio de obreros y una cortina de espesas pestañas desplegaba angelitos sobre los ojos de la pequeña.
-¿Y por qué llora el niño, abu? Preguntó la criatura.
-Uy, que el hambre duele, mi niña, respondió ella mientras la cubría de besos, cosquillas y caricias.
En la casa, muy humilde, vivía la abuela paterna, a cuyo hijo se lo tragara una noche impune de las que se repitieron tantas veces en la historia de estas tierras, su nuera y la única florcita que diera el matrimonio como ofrenda a su paso por la vida y a la que llamaron María Eva.
Niña inquieta, con ojos color del tiempo, corazoncito ágil para conmoverse ante cualquier situación lastimosa. Era la adoración de la abuela llegada de una Asturias lejana, estampada en su alma de mujer curtida por los golpes de la vida y que pareció compadecerse de tanto dolor a través de la pequeña.
María Eva fue creciendo entre el amor de esas dos mujeres en un barrio con olor a tilos, olor de rosas y malvones, recuerdos de ayeres dulces, renacuajos en las zanjas y la infaltable rayuela cuya meta era siempre el cielo.
Uno, dos tres, cuatro, cinco seis, siete, ocho nueve ¡¡¡CIELO!!! Y el barrio se empapaba de risas infantiles entre el mate de la tarde compartida con los mayores.
El cielo, una tarde, recibió a la abuela, dejando un hueco en el alma de la niña y su madre, pero ella no murió del todo, quedó flotando en su canción de cuna y cada noche la melodía inundaba el cuarto de una niña que ya daba los primeros pasos por la cintura de la adolescencia.
Pasaron los años, el futuro dijo presente pero siguió estancado en el pasado, la niña casi mujer comenzó a recorrer la muchas veces cruel rutina del aprendizaje de la vida, que no siempre otorga lo que realmente se sueña.
Se recibió de maestra, quiso tentar suerte en una fábrica cercana a la casa para costearse con mayor libertad los estudios de sociología. Se inscribió en la facultad porque “un pueblo de hombres cultos es un pueblo de hombres libres”,atrapaba de Martí mientras echaba a volar sus sueños imposibles.
29 de Octubre de 1979
El odioso reloj le gritó ¡basta! al descanso como cada mañana cuando paría las 5:00. María Eva estiraba sus brazos como alitas tratando de despegar el sueño de sus ojitos de color tiempo. Atiborró el ajado bolso negro de la abuela con las cosas cotidianas, compañeras de asistencia perfecta, antes de colgarlo de su hombro. Allí estaban: el sándwich, la manzana, los puchos, el encendedor, el monedero.
-Pucha, pensaba, todavía faltan cinco días para cobrar y las cosas que hay que comprar en casa.
Inmediatamente despedía a la madre con su acostumbrado –Chau má, te quiero.
-Cuidate nena, volvé temprano por una vez, no fumés tanto, respondía desde el sueño su madre. María Ëva sonrió y se alejó cantando bajo las estrellas que no se iban todavía.
Salía de la casita con el corazón atrincherado y los sentidos imaginando un futuro cercano que en realidad estaba lejos.
Eran las 6:00 de la mañana cuando con un beso a las mejillas compañeras, iniciaba la jornada en la fábrica y aparecían los matecitos clandestinos antes de que llegara el “trompa”.
A las 12:00 llegaba el descanso de media hora, salían del cofre el sándwich y la manzana.
-Otra vez que Carmen no trajo nada.-masculló entre bostezos. Ella era su amiga y compañera de la vida. María Eva imaginaba que también habría “nada” esa noche en la mesa para los niños, apenas un mate cocido, con suerte. Cortó su sándwich, partió al medio la manzana y le ofreció a su amiga las mitades más grandes.
Cuando Carmen fue al baño, ella comenzó su tarea de abeja obrera, recolectando entre otros compañeros lo que pudieran dar para los hijos de la humilde mujer.
-Dios mío ¿Llorarán los niños? Se torturaba pensando. Allí estaba la voz de la abuela y ella diciéndole bajito –Hay que hacer germinar los manzanos para que no falte en ningún hogar el fruto. Ayúdalos abuela.
A las 5:00 de la tarde el ulular de la sirena indicaba la hora de salida. Como dolía en el pecho ese aullido que tantas noches indicara la antesala del infierno. Paradojas de los sonidos que pueden ser tanto libertarios como carceleros.
Antes de ir a la Facultad, alrededor de las 6:00 de la tarde, María Eva pasó por la villa para visitar a los niños de Carmen. Llevaba fideos, manzanas, caramelos y la ternura de siempre. Era una pasadita nomás, pero sin restarle tiempo al matecito apurado.
-Nos juntamos con los chicos, le confió a Carmen.-Hace días que no vemos a Jorge, le sopló al oído.
Carmen había sido su compañera de sueños hasta la noche en que se llevaron al padre de sus hijos, quienes quedaron colgando de su espalda quebrada por la ausencia.
-Cuidado María Eva, dijo Carmen en el abrazo de despedida.
Puso primera al motor de su vida, arrancó atravesando calles sin reparar que la estaban siguiendo con paso tan sigiloso como un reptar terrorífico. El peligro le abanicaba la carita adolescente. Quién diría que ella…
Llegó a Villa Jardín, el dolor arrancó otro trocito de su corazón ardiente. –Se llevaron a Jorge, decía Beto mientras golpeaba con el puño de la desesperación una mesa destartalada.
A medida que aparecían los compañeros el silencio estallaba los oídos, sólo les quedaba llorar como hace un niño sin manzana. La tristeza ahogada la empujó al refugio sacrosanto de los brazos de su madre en carrera desenfrenada. Se contaron la jornada, pero no todo, no podía preocuparla tanto. Cantó la abuela su “Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Claro, como todos los días.
-Sigue llorando el niño, mami, todos lloran. Muchos lloran sin parar.
María Eva iba inventando su propio adiós.
La noche del 29 de octubre fue noche de luna nueva. Se sintió una campanada que tiró abajo la puerta. Un ventarrón irrumpió en la sala y en la pared se estampó un corazón sangrando despedazado frente al cuadro con la foto de la abuela.
El reloj enmudeció, enquistó sus manecillas, el odio se volvió Titán y de esos ojos brotaban, como víboras de fuego.
-¿Dónde está esa hija de puta? Arremetió Jápetos.
-¿Qué es esto? Preguntó la madre tratando de volverse escudo sobre el pecho de su niña.
-No dejes entrar al miedo, suplicaban las lágrimas de María Eva.
La arrastraron de los pelos, la metieron a empujones en el asiento posterior de la barca de Caronte. Cerbero los esperaba en la puerta del averno.
La abuela tomó su brazo queriendo acercarla a ella, la madre empequeñeció contra el pecho de la abuela y de una sola garganta se escaparon las entrañas ¡¡¡Ay, mi niña!!!
La abuela cantó su nana, la niña le respondía mientras un rayo de odio se la iba devorando. De las casas vecinas parecían brotar ramitos de luciérnagas que no lo eran. Se había encendido el miedo.
Desde entonces, todos los 29 de octubre en aquel barrio de casitas bajas donde ayer criaran sus hijos tantos obreros, se ve a una niña caminando de la mano de su abuela cantando una letanía: -“Señora Santa Ana ¿por qué llora el niño? Por una manzana que se le ha perdido…
La niña responde –dile que no llore, yo le daré dos, una para el niño y otra para vos.
Adelante va la madre, vanguardia de la columna de espectros de tristeza.
A la mañana siguiente, desde entonces, en cada jardín falta una flor que aparece donde todavía está el corazón estampado.
Las tres mujeres sólo se ven esa noche, todo el barrio las espera.
Hasta el momento, comentan, no volvieron a germinar los manzanos…


*De su libro de cuentos y relatos "Destapando el silencio" Editorial Amaru (2010) Argentina.
http://textosnechidorado.blogspot.com//










Inamovible*


En la memoria de mi madre sigue inamovible.
Otras cosas deben haber desaparecido para siempre.
Pero el cabo Chitrangula sigue entrando en los fondos de la casa para robar gallinas y el viejo Zucca -su abuelo-, disparando una perdigonada en la noche.
-No dispare don Zucca.. soy yo, Chitrangula, -se animó a decir el cabo.
El resto vuelve a la oscuridad.


*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar













ÍDOLOS*



A los ojos pequeños se alzan gigantes,
perfectos, inigualables
y contemplamos
y veneramos, figuras que pesan,
lingotes de oro en nuestras venas,
palabras martillean más allá de la conciencia
y creemos
y agachamos la cabeza

los ojos pequeños se hacen grandes,
a veces
pasean más allá de las fosas,
a veces
llegan donde las revelaciones son claras,
a veces
donde los pasos encuentran razones,
donde la piel respira otro aire

¡Horror!

los gigantes son enanos,
las palabras tornan mudas...
no siempre
y el sentimiento intacto en una cajita de seda
y las cabezas de los ídolos
ruedan y sangran
a veces

hay vacíos que las palabras no llenan
hay heridas que el tiempo no cierra


*De Ruth Ana López Calderón. anilopez20032000@yahoo.es
25-04-2011









"EL PÁJARO DE LA FELICIDAD"*



Hechos
por lo que hacemos
hacemos
hechos

Me restauro
restaurándote

El punto blanco
en tal
abigarrada
oscuridad
da
luna

No me imagino
más

que a un cierto
canto
envolviéndolo
todo.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-“EL PÁJARO DE LA FELICIDAD” de Pilar Miró.






Para leer en AURORA BOREAL:

La abuela Balbina.
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=999:la-abuela-balbina&catid=83:mini-relato&Itemid=200



*

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