Saturday, December 15, 2012

COMO UNA CANCIÓN QUE SE ELEVA POR EL AIRE...

 
 
 
*Obra de Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu
 
 
 
 
El susurro*
 
 
Los días pasaban, parecidos entre sí como pasan los días. Ya el susurro era un integrante más del grupo, no alteraba los ritmos, las charlas se sucedían fluidamente, el té seguía su ritual, las mujeres tenían sus pequeñas conversaciones, en voz más baja a veces, para no ser oídas por los hombres que a su vez atenuaban sus voces para contarse pequeñas historias privadas. Sólo el susurro participaba en todo. Se deslizaba en suave ondulación hacia uno u otro grupo o alguna mujer en particular. Eso era especial. Nunca prestaba mucha atención a un hombre, prefería la suavidad de la piel femenina descubierta por el escote o un tobillo redondeado que iba a terminar en un zapato delicado, sin agresividad. Se pegaba a esa piel en suave caricia, se enroscaba en una pierna, subía por un brazo que se extendía para depositar un naipe en la mesita redonda. Siempre prodigándose en el grupo, salvo aquellos momentos en que se alejaba hacia los rincones más oscuros, investigaba los libreros o el interior de los jarros de plata.
Esto se prolongó hasta aquel día de mayo en el cual no se movió del cuello de Ana. Se quedó allí apoyado suavemente, sin moverse, sólo modulando sus sonidos en forma casi imperceptible. Todos pensaron que era sólo el capricho de un día. Igual que cuando había estado susurrando desde un tomo del “Orlando furioso” durante casi una semana, sin moverse. Ana estaba halagada. Siempre se había sentido algo relegada dentro del grupo, como más gris e insignificante. Sabía que esto no perduraría, pero esa tarde se sintió protagonista. Los demás opinaron que era un gesto casi caritativo del susurro, que volvería a ser compartido por todos al día siguiente. Pero cuando bajaron y ordenaron las bandejas de galletas, las tazas de té, sus labores o libros, notaron que el susurro ya estaba allí esperando con cierta impaciencia. Siseaba molesto moviéndose malhumorado entre las tazas hasta que Ana se sentó en su sillón habitual, el de pequeñas flores amarillas, con el pelo cuidadosamente recogido en la nuca. Él rápidamente encontró su lugar en el hueco de su cuello y volvió a su ritual de susurro amoroso comenzado el día anterior.
Los demás ya no pudieron desconocer esa clara preferencia. Se miraron unos a otros, mujeres y hombres unidos por su determinación. No podían dejar pasar esa alteración de la rutina. Miraron todos a Ana fijamente, mientras ella algo avergonzada sentía que el calor del susurro sobre su piel era grato y reconfortante. Cuando levantó los ojos hacía los demás, vio que todos estaban rodeándola, con miradas fijas y crueles. Las manos de los hombres parecían demasiado grandes con sus dedos estirados, los de las mujeres tenían las uñas demasiado largas.
 
 
*De Sonia Arismendi. soniaris@adinet.com.uy
-LO DIFERENTE – EL SUSURRO
 
 
 
 
 
COMO UNA CANCIÓN QUE SE ELEVA POR EL AIRE…
 
 
 
 
 
ÍMERO*
 
 
 
El hombre se parece a Neruda.
Me mira con ojos escarpados.
Conozco esa mirada.
Me entrego al abrazo alado, casi filial.
Guardo la lujuria en mi bolso azul.
Entrega a su hija la regla.
Ella, mide cuadrantes de rayuela.
 
 
La mujer se desnuda y corre al fuego.
Su hermana le coloca un vestido de malvas.
Su cabellera negra es exorcismo de luna.
Arranca un mechón y lo arroja a un pozo triangular.
Ingresa. Saca y hunde la cabeza. Una y otra vez.
Salen brazos del costado del pozo.
Semeja una pintura de Picasso.
Siniestramente bello. Doloroso, Sensual.
 
 
El hombre juega a la rayuela de palabras.
Me entrega un fajo de dólares.
Huelo el verde y me sabe a nada.
El hombre domina, prepotente: y gana.
En mis manos un pequeño puñado de monedas.
Huelen a sol.
 
Aparece un árbol con flores azuladas.
Distante. Intocable. Casi ausente.
Me entrego a su contemplación.
Conozco esa mirada.
Guardo la congoja y el adiós en mi bolso azul.
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
COMPLICIDAD MATERNA*
 
 
La hondura del llano es una sensación del estado sin límites. El frío o el calor se sienten intensamente. Al verano lo aliviábamos, en ese entonces, bajo alguna arboleda. No había piletas para todos. Las que había eran para un cerrado círculo. Al menos así era en ese entonces. Púberes, nosotros, la barra del barrio, la que corría detrás de la pelota, la que se juntaba a la noche en la esquina y junaba a las chicas que hacia su pasada; esa misma barra que iba a misa los domingos o a ver uno de los clásicos de la liga, esa misma barra de púberes, ese día de enero de 1961, a la siesta, en la ciudad de San Francisco, tenía calor.
Uno dijo: Allá, detrás de la cancha de Roque Saens Peña, esta la casa de campo con el tanque australiano lleno de agua. Vamos a bañarnos. No hay nadie en la casa.
Y la barra fue. El agua fue un alivio ante la canícula feroz. ¿Malla? No. No teníamos. Éramos todos varones. Hicimos un bollito con la ropa y en bola al tanque. Estaba todo bien. Frescos y a las risotadas. Era el límite de la ciudad. A cien metros o menos, el camino al cementerio. El sol partía el suelo. Eso no era motivo suficiente para que las viudas, todas vestidas de negro, vayan al cementerio a rendir culto a sus muertos. Y nos vieron.
Siguieron su camino bajo los pinos que marcaban el camino. Rezando sus rosarios. Alguna hizo seña con la mano. Ese gesto del chirlo. Pero estaban como a cien metros. Nosotros seguimos jugando en el tanque.
Alguien avisó: ¡La cana! Y salimos campo traviesa. En bola, con el ato de ropas bajo el brazo, entre la tierra arada. El jeep azul hizo una pasada y nos dejo ir. No podían corrernos con sus pesados borceguíes. Juego de chicos.
Más tarde supimos que fue una de ellas la que avisó a la policía. Me imagino: ¡Desnudos! ¡Están desnudos junto al camino de los muertos! ¡Es una vergüenza! ¡Ya no respetan nada! ¡Ni a los muertos!
Lo supe por que alguna de ellas me reconoció y se lo dijo a mi madre. Ésta sólo me preguntó: Ayer a la tarde ¿Estaba fresca el agua?


*De cacho agú.
oscarcachoagu@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
NOSTALGIAS*
 
 
 
*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
 
 
De qué amaneceres ateridos venían aquellos caballos que emergían del amanecer, aquellos que mi infancia vio con los belfos babeantes y las narices que producían un intenso vaho tibio cuando el alba aún era una gran sombra profunda y oscura.
Luego del desayuno abundante por las rudas tareas que se avecinaba, el menor de mis tíos montaría el “nochero” como se llamaba al caballo manso que permanecía atado a un palenque e iría a buscar la tropilla que moraba por las noches en un potrero de alfalfa, muy alejado de la casa.
De allí vendría la caballada necesaria para el arado o las rastras, o las carpidoras o la cortadora de alfalfa con su gran lanza que iba hacia un costado produciendo una lluvia verde sobre el campo y un olor penetrante de frescura que tocaban las pituitarias ávidas y con sólo eso uno se sentía bien.
Esto que trato de recordar, esto que trato de narrar de todos modos es de la época en que el viejo, es decir mi abuelo, ya no trabajaba el campo, había delegado esa tarea a sus hijos menores. Todos los mayores habían emigrado y se ocupaban de peones rurales, única tarea que podían hacer por su conocimiento, experiencia y baquía. Como casi ninguno había ido a la escuela o lo habían hecho esporádicamente ya que había que trabajar desde muy chicos, no podían esperar otra cosa. Nunca supe, y ya nunca sabré a esta altura quién le puso en la cabeza a mi abuelo, que había vivido toda su vida en el campo, que podía ponerse al frente de un negocio, él, que era analfabeto, y que –presumo- apenas sabría dibujar su firma y sacar las cuentas, bien elementales. Mi abuela era muy vivaz, más inteligente que él, había aprendido a leer y a escribir sin que nadie le hubiera ensañado nunca. Pero el viejo –que era desconfiado por naturaleza- no le permitía que ella atendiera sola a la clientela. Porque además sospecharía que ella podría distraer algunas monedas para repartir entre sus nietos. Y era verdad esta sospecha porque yo era uno de los beneficiados directos, ya que ella me aseguraba la matinée del domingo, un paquete de maní con chocolate y la revista de historietas del día lunes.
Cuando mi abuelo tomó la decisión de cambiar sus animales, sus escasas maquinarias y sus enseres de labranza, ya que no era dueño del campo, por un almacén y despacho de bebidas, tenía cincuenta y siete años y se sentía viejo y se sentía cansado, tanto trabajar para otro siempre, deslomándose. Alguna vez me contó que cuando era un niño de corta edad su padre lo llevaba al campo para que le ayude a arar. Lo hacían con bueyes. El padre de mi abuelo en la mancera y él manejando los bueyes. Como sus seis años no tenían fuerza para darle latigazos a los animales, mi bisabuelo le pegaba un chicotazo a los bueyes y de paso uno a él, para que aprendiera.
Esto me lo contó casi al final de su vida, cuando pasaba los ochenta, y como nunca fue proclive a las confesiones, yo lo doy como notoria verdad.
Imposible mensurar hoy cuánto sufrieron estos inmigrantes que cruzaron el mar escapando del hambre, y que luego nos engendraron en la tristeza de haber abandonado sus raíces y en la presunción de que nunca serían de un país, que les daría, sí, identidad a sus hijos y a sus nietos.
Pero ellos nunca se adaptaron, creo, y nunca fueron felices.
Mi abuelo al atardecer se sentaba en la galería y miraba el campo.
Es lo que uno creía, pero cuando esa bandera de trigo, tremolaba, él estaría mirando a través de esas olas amarillas, su lejana tierra a la que nunca volvería.
Entonces sacaba su pipa del bolsillo de su chaquetón de brin, metía la cazuela dentro de su tabaquera, luego con parsimonia la llenaba y encendía el tabaco dulzón que se volvía agrio en su boca.
Y a través del campo en reposo miraría esas luciérnagas vivaces que incendiaban los alfalfares y tal vez soñara con su aldea que dejó colgada en su tierra y ahora sólo vivía en su memoria.
En su memoria que sólo de vez en cuando se atrevía a inquietar con recuerdo.
 
 
 
 
 
 
 
CUANDO NO TE PERTENEZCA*
 
 
 
Me pregunto cuánto durará tu amor, qué parte de mí es la amada.
Si es a mí a quien deseas o es a esta mujer que está a tu lado, que parece lo mismo pero no es igual.
Alejada ya de un hombre, me ocurre seguir preguntándome por su salud, por sus achaques, por sus afectos y su transitar por las aceras. Alejada ya definitiva, irrevocablemente, me ha ocurrido recordarlo con ternura, sonreírme en el colectivo, desearle en silencio y desde lejos un feliz cumpleaños, si necesitamos un ejemplo.
No soy afecta a recontar defectos, a caer en críticas de acero y piel desgarrada.
Me ocurre rememorar sin ira y con aprecio, me ocurre sentirme unida por un pasado común a ese ser que ya es un extraño, y que ya hizo que los días y las noches me fueran borrando de sus sábanas y del olor en los cabellos.
Y me ha ocurrido golpe tras golpe escuchar que la otra mujer, la mujer de antes de mi pareja ya no existe, no significa nada, es un fantasma, un cadáver amortajado en el extranjero. Es la madre de mis hijos dirá, es aquella con la que cometí el error de casarme, lo que sea, pero nada, nada de nada, ni un aleteo sutil de sentimiento, ni una rosa en el libro, ni una cajita de fósforos escondida en un cajón. Ni una sonrisa, por dios, para quien debe de haber reído, charlado, hecho el amor en un lejano tiempo de felicidad.
Yo no nací hoy ni me han parido ayer y sin historia. Los hombres que fueron parte de mi vida fueron queridos, y no reniego tan pronto ni tan levemente de los afectos. Quizás porque tomo tan en peso y profundidad la palabra amor es que me sea tan difícil pronunciarla. Pero yo los he amado a todos, y a todos los sigo queriendo.
No me mueve el que este hombre sea mío, que sea hoy mi pareja, novio, esposo, lo que sea pero mío. Lo quiero porque lo quiero, porque lo encuentro bueno, noble, propicio para la querencia. Puedo quererlo sin posesión e inclusive desde el abismo de las décadas o los kilómetros. Que no haya ni pueda haber un futuro compartido no quita la ternura ni la calidez de una caricia lejana.
Cuando me dicen que me aman, y cuando me lo dicen ahora mientras cocino, o escribo, o recorto una cartulina azul. Cuando me dicen que me aman, me pregunto cuánto durará este amor, cuán larga es su sombra, hasta adónde abarca. Me pregunto, mi amor, si tu cariño tiene una correa como esos perrillos volubles, que tan pronto saltan al amigo que llega, como le dan la espalda y son todo fiestas para el nuevo visitante.
Sin necesidad de que la estatua de alabastro sea de mi propiedad puedo disfrutar su belleza, sin que la magnolia presida mi jardín puedo admirar sus flores de gigante, sin que estés a mi lado puedo valorarte. Y no te negaré cuando la noche caiga, ni cuando el gallo cante hasta la tercera vez.
 
 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
Cerca de la Revolución*
 
 
 
*Por Juan Forn
 
 
En julio de 1966, el viejo Mao estaba supuestamente jubilado en la provincia de Hubei pero, ante las inequívocas señales de que China se recuperaba luego del catastrófico Gran Salto Hacia Adelante que él mismo había puesto en marcha en 1958 (con un saldo de veinte millones de muertos por inanición), decidió lanzarse a las aguas del Yangtzé durante un acto público en su honor y nadar quince kilómetros. En realidad, sólo se dejó flotar en la mansa corriente del río durante una hora, pero el rumor que corrió por toda China fue que el Gran Conductor se había revitalizado y, a los 73 años, volvía a escena. Dos días después Mao estaba en Pekín, obligando a renunciar a Liu Xaoqi, el sucesor que él mismo había elegido, y dando vía libre a los jóvenes rabiosos de las Guardias Rojas para motorizar la hoy tristemente célebre Revolución Cultural. El hombre que había dicho “La política es la guerra por otros medios” iniciaba una guerra total contra su propio partido, con la consigna: “Muerte a todo lo viejo”.
En cada comuna de China, todos sus habitantes debían asistir, diariamente y en horario de trabajo, a las sesiones de acusación pública en que una persona, parada o arrodillada en una silla, con la cabeza baja y un humillante bonete de papel donde él mismo había escrito de puño y letra su culpa, era denunciada por sus amigos, vecinos o familiares y recibía los insultos de toda la comuna. Las sesiones duraban horas y podían repetirse cientos de veces y, entre sesión y sesión, se les daba a los acusados las dos peores tareas: romper el hielo de los campos y vaciar a mano las letrinas. Cada una de las sesiones se cerraba con un vibrante ballet de milicianas en traje Mao celebrando la sabiduría del Gran Conductor. Gran parte del trabajo de un fotógrafo de prensa en esos años era registrar estos actos. Había, en la jerga, dos tipos de fotos: las “positivas” (es decir, las que podían publicarse) y las “negativas”. Por cada toma que salía publicada, un fotógrafo recibía film por el equivalente de ocho tomas. El que al volver al diario entregaba para revelar más imágenes “negativas” que “positivas” en sus rollos se cavaba su propia fosa. Al joven Li Zhensheng, por ser el novato de su sección en el Diario de Heilongjiang, le tocaba revelar los rollos de todos sus compañeros. El joven Li creía de verdad en la Revolución Cultural, pero en el cuarto de revelado se fue dando cuenta de que en realidad estaba registrando la locura colectiva del país en estado puro. Tuvo el cuidado de, noche a noche, recortar de sus rollos las fotos más “negativas” que le salían y dejar sólo las positivas a secar. Para no tirar las otras, se las llevaba a escondidas a su casa. Nunca lo descubrieron, pero igual lo mandaron a los campos. Sobrevivió, y en 1988 era maestro en una escuela de fotografía de provincia cuando le pidieron desde Pekín fotos para una muestra sobre la Revolución Cultural.
Li mandó mezcladas diez fotos “positivas” y diez “negativas”. El inglés Robert Pledge las vio, logró contactarlo y le mandó decir que quería hacerle un libro. Tardó siete años en recibir casi treinta mil colitas de rollos en negativo desde China, pero el libro fue un bombazo. Se llama Soldado rojo de las noticias, porque eso decía en el brazalete rojo que usaba Li, en lugar del brazalete blanco y negro de prensa, así podía acercarse a sus objetivos más que los demás fotógrafos sin que las Guardias Rojas lo apartaran. Nadie le vio la cara tan de cerca a la Revolución Cultural como él. Nadie la vio tan panorámicamente tampoco: Li nunca tuvo gran angular, así que cuando necesitaba captar algo en grande en las escenas de masas a las que asistía iba disparando y girando, calculando máxima efectividad con mínimas tomas para no malgastar rollo. Li había querido estudiar cine. De chico, cuando en las salas chinas ponían parlantes afuera, como él no tenía para pagar la entrada se sentaba en la calle y “escuchaba” las películas. La primera cámara que tuvo la consiguió a cambio de una colección de estampillas que le robó a su padre, que había sido cocinero en un barco de carga. Pero cada rollo costaba un yuan, así que sus compañeros hacían una vaquita para que él les sacara fotos y en recompensa le cedían la última; Li hacía en quince minutos las primeras quince fotos y se pasaba el resto del día con la restante. Al entrar en el diario, lo primero que le enseñaron fue que no terminara el rollo sino que se dejara una o dos exposiciones por si se topaba con algo a su retorno de cada asignación. Li lo entendió a su manera: la última era para él. Cuando Li nació se le pidió al abuelo que le pusiera nombre. El abuelo era campesino pero era conocido en diez pueblos a la redonda como hombre instruido. A la partícula Zhen que correspondía generacionalmente, la completó con el nombre por el que hoy conocemos al nieto, que en chino significa: “Como una canción que se eleva por el aire, lo que veas será visto en las cuatro esquinas del mundo”.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Territorio de infancia*
 
 
*Por Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar
 
Haciendo caso a Rilke, si no puedo decir nada, puedo decir de mi infancia, porque verme sin escribir se hace muy difícil.
Y uno recurre a contar hechos del pasado. De un mundo que ya fue. Queda el polvo de los recuerdos y, en muchos casos, la nostalgia. Pero, personalmente, no me acuno en ella. Sé que ese mundo ya fue. Con sus códigos, su lenguaje, sus percepciones del mundo y de la vida.
Más allá de ello, convengamos que han sido, cada uno de esos hechos, la materia con la que estamos compuestos en buena parte en nuestra forma de ser y obrar. Y lo están las generaciones que nos siguieron y las que seguirán. El abrazo oportuno de papá y/o mamá, el consejo del abuelo, los juegos con mis hermanos o compañeros de edad y escuela, los viajes, los amigos nuevos, los amores infantiles y los metejones juveniles...
Es cierto, además, que no todos tenemos la misma infancia. Cada uno está signado por el lugar donde nació y creció. Y hay diferencias. Uno las percibe con claridad, ya adulto. De niño solo sabemos que somos niños.
Y los amigos son amigos del alma. Para toda la vida. Eso creemos. Y queremos hacer todo con ellos: ir de paseo, comer un alfajor, tomar la merienda, ir a la escuela, ir a la iglesia para prepararnos para la primera comunión. ¿Cómo no voy a ir con mi mejor amigo? Y ahí fui. La primera vez fue una charla del cura. Como la pasamos bastante bien, lo invité. Y él, sin ninguna traba, aceptó y vino conmigo. La pasamos bien.
Claro, había un detalle: mi amigo era judío. Las nacionalidades y confesiones religiosas siempre las pase por alto pero, los mayores, nos pusieron en regla de adultos. Uno aquí y el otro allá. En los juegos, no había problemas: los piratas, el tren, trepar los árboles, comer frutos silvestres o correr tras la pelota. Pero en lo religioso, nones.
Así fue como empecé a distinguir ciertas diferencias, pero que no me movieron en mis siete: la amistad no tiene religión, ni raza, ni territorio.
 
 
 
 
 
 
 
LOS DEMONIOS DE MIEDO*
 
 
"¡Cómo has caído del cielo, Lucero, hijo rutilante de la Aurora! Has sido abatido a la tierra, tu que vencías a las naciones!
Tú decías en tu corazón: "escalaré los cielos; elevaré mi trono por encima de las estrellas de Dios; me sentaré en el monte de la divina asamblea, en el confín del septentrión escalaré las cimas de las nubes, seré semejante al Altísimo…por el contrario, al Seol has sido precipitado…”Is.14,12 15
 
 
 
Es octubre; el espejos, ha hablado
Ha dicho que soy un grano de polen y una gota de agua.
Que puedo ser flor, pez o caracola .Hermafrodita.
Que mi corazón decía que iba a escalar las cimas de las nubes.
Que nací para “hija rutilante de la aurora “y elegí ser estrella vespertina.
Y busqué la insaciable sepultura del hombre.
Tierra de oscuridad. Sin luces y sin sombras.
Pálida estrella de la noche: mutante noche sin estrellas.
Es octubre; el silencio de los espejos ha callado.
 
Y todos los demonios del cielo se han posado en mi lecho.
Y han partido, sin siquiera despedirse, aquellos Reyes Magos.
Han partido, los míos, mas amados.
Y estoy en la cueva de Platón, mirando a la pared del fondo.
Nadie entiende el letargo de viejos anatemas.
Ni el porque la ceguera que obnubila el atisbo de la hoguera.
Y los hombres son sombras y sus sombras demonios.
 
Es octubre y ha vuelto la flor de los almendros.
Y han vuelto, la escuela, los primeros años, la niña.
Una niña enferma de llanto y de preguntas. Y de miedo
Una niña, sacudida, por el canto de octubre y de risas y soles.
Y ríe y canta y llora y los demonios danzan alrededor del fuego.
Y ríen, en un lúdico instinto de primates. Imparable. Ríen.
Y se marcha la tiranía de los dioses…. Desaparece. Huye.
Y la mujer traduce las antiguas sombras:
La risa es lo único que aleja los demonios del miedo
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
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