Saturday, December 29, 2012

UNA LLUVIA DE INFINITO CAE SOBRE LOS SUEÑOS....




                                *Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010) http://galeria.walkala.priv.at/main.php
                 -En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam
 
 
 
 
 
 
 VOLVER*
 
 
 
Flecha ceniza desvelada. Mordedura. Aletear de palabras.
Diosa, insecto, paloma apuñalada.
Humo de huesos. Nardos. Rezos apócrifos.
Árbol casa. Piedra pan. Sed barro. Látigo sollozo
“Sufrir por lo que odias”
Quizás  este sea el karma de este oficio mío:
Volver. Pacientemente. Beber, gastadas travesías.
Volver, redimida.  Almendro, pedernal, esquiva flor de hiedra.
Valle dormido,  laderas,  luna roja.
Que me llegue su lumbre.
Que me bese en las sienes un cardenal de seda.
Que en mi árbol seco florezca una paloma muerta.
”Perder por lo que amas”
Volver: Eco apasionado de un clavel herido.
Que mi pecho sea isla descanso  llanto  niño.
Que el arroyo descifre mis angulares piedras.
Que el invierno no doblegue las cinco hojas de mi pena.
Que el hueco de tu  mano sea  mi casa.
Que la lluvia no fragmente mi reloj  arena
Montar en pelo el potro del relámpago.
“Querer y no obtener lo que deseas”
 
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 (*)Entre comillas, palabras de Buda
 
 
 
 
 
 
 
UNA LLUVIA DE INFINITO CAE SOBRE LOS SUEÑOS…
 
 
 
 
 
 
GALERIA*
 
 
 
*De Jorge Isaías. Jisaias46@yahoo.com.ar
 
 
 
 
LALO REYES
 
Me dicen que murió
que lo mataron
¿Pero es eso posible?
 
Si ayer corría
con nosotros
cazando mariposas,
jugando al fútbol,
robando frutas de
las quintas.
 
Estaba siempre alerta,
como gallito de pelea.
 
 
 
RICARDITO SPINA
 
 
Pequeño y moreno
lo recuerdo
silbando entre aquellos
hinojales altos,
mientras buscaba
nidos de pájaros
en los paraísos tristes
que yo perdí
en la infancia.
 
 
 
TOTO MÍGUEZ
 
 
Delgado y ágil
trepó más alto
y más rápido
todos los árboles
del barrio.
Me enseñó a matar
pájaros, a usar una gomera.
Hoy nos vemos poco
de vez en cuando
un café humeante
o un asado nos reúne
en las mesas del Club.
 
 
 
 
CHAJA CORREA
 
 
Nos criamos juntos
juntos hicimos
la primaria entera.
Mientras íbamos
hacia la escuela
alborotábamos pájaros
a cascotazo limpio.
Hicimos también
todas las travesuras
juntos, menos una.
 
 
 
CHORCHI LOPEZ
 
 
Era el más rápido
en todas las carreras
y la huida al robar las frutas de las quintas.
También el que se fue
más rápido.
Tengo en mis retinas
su cara redonda
su flequillo al viento
y su fácil agilidad
para treparse los tejidos
y advertir al dueño
del hurto
cuando ya tenía
la fruta en el bolsillo
 
 
 
HECTOR DOMINGO
 
 
Su jopito rubio
la simpatía pronta
de sus ojos pequeños
y la eterna sonrisa
lo hacían evidentemente
envidiado
entre los varones del curso.
Pero fabulaba mucho
y el colmo fue cuando
nos dijo, que desde su casa
se veían las manadas
de tigres azules.
 
 
 
 
EL MARLERITO MANSILLA
 
 
Cuando quiero
recordarlo
sólo retengo
su melena
sobre la frente
tirándose entre los palos
defendiendo el arco
“Jazminero” del barrio.
Luego viene
la niebla
y la ceniza
porque se fue
pronto del pueblo
y temprano de la vida.
 
 
 
JUSTITO PEZZINO
 
 
Menudo, con el pelo
corto y el flequillo
sobre la frente,
la picardía inocente
en sus ojos verdes.
Lo veo en esa tarde
en que convirtió
un gol, cuando ganamos
cómodos y lo vimos
gritarlo brazo en alto.
Mucho antes
lo vi cruzar
aquella calle ancha
y solitaria del pueblo
con una granada
partida en una mano
 
 
 
ÑANGÁ GÓMEZ
 
 
Con ansiedad
lo esperábamos
porque él tenía
una pequeña
pelota de cuero.
Era nervioso
y flaco y jugaba
en la defensa
se enojaba siempre
y en lugar de decir
“salí de aquí”,
decía “ñangá de acá”.
Muy chico
se nos fue del pueblo.
¿Adónde andará
el “Ñangá”
con su mal genio
y sus canillas flacas?
 
 
 
ANGEL BALQUINTA
 
 
Le decíamos Angelito
o “cabezón”
y no sabíamos
por qué siendo
un boquense confeso
andaba siempre
con una casaca de Bánfield.
 
 
 
ROBERTO ESCUDERO
 
 
De chico fue un travieso
defensor de “El Jazmín”
su equipo
-como el de casi todos-
El Racing Club
de Avellaneda.
De grande
es un implacable
memorioso y un entusiasta
descubridor
de quirquinchenses
dando vueltas por el mundo
 
 
 
PILI MÍGUEZ
 
 
Era el más pequeño
de aquella barrita
antigua y desflecada.
Subió el árbol
más alto
hurtó la fruta
más jugosa
y clavó en un ángulo
aquella pelota de trapo
con la zurda descalza.
 
 
 
*”Galeria” poemas de Jorge Isaías.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
 
Duermo con vista a  un pedacito de cielo, una lluvia de infinito cae sobre los sueños. Me abrigo en el arte efímero de los pequeños momentos. Entre el infinito y el instante, fluye la vida.
 
 
*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
SABIDURÍA*
Edipo se acercó a la Esfinge.
La Esfinge era hermosa y distante.
 
Simétrico rostro de mujer, bellísimo busto, grácil cuerpo sedente de animal de presa. Patas delanteras extendidas, laxas; patas traseras prontas al salto. Siempre vigilante, siempre en quietud. Ni dormida ni en movimiento, su calma era la de quien demuestra soberanía controlando el músculo y el erizarse de los cabellos.
Frágil solidez de quien no puede darse ni al reposo ni a la furia. Pero desde aquí lo vemos; no vio esto Edipo en la mujer animal. Le fue dado el temor y la admiración frente a lo terrible. Y le fue dada, también, la paralizante atracción que halla su sujeto en quien ha de destruirnos.
La Esfinge proferiría su enigma, su pregunta afilada, certera, aguda; su pregunta que condenaría la falta de entendimiento con la ganada muerte.
Edipo lo sabía. Había realizado su jornada para el lívido momento en que el enigma definiese su suerte. Y ahora aguardaba. Por un instante miró el cielo por si fuese última visión, dibujó con ternura la silueta de un árbol en su memoria.
Los ojos de la Esfinge eran espejos de cristal de roca.
Edipo recibió el peso del temor a la propia ignorancia, le tembló el pecho frente a la belleza exacta de ese ser maravilloso de contornos perfectos. La imaginó invulnerable, casi aceptó como inevitable y lógica, acaso necesaria, la desaparición de su contingente persona frente a la evidente solidez de la criatura.
Este inabarcable ser semejaba conocer los secretos del universo. Su calma merecía ser producto de su seguridad.
Y la Esfinge ejerció la veladura del silencio para mentir sabiduría.
La Esfinge, inmóvil como los dioses frente a la agitación de los hombres, ocultó su ignorancia con la lejanía de una máscara hueca, la arrogancia de una pose estatuaria. Su silencio no era otra cosa que un
oscuro despojo, un muro que protegía la nada. Mostraba sólo lo pasible de causar admiración, ocultaba el vacío del centro.
La Esfinge nada sabía, nada comprendía, y era, como nosotros, hábil para la destrucción pero negada para el acto generoso de crear.
Su majestad no le permitía dudas o inaceptables cuestionamientos.
Estaba condenada a las sentencias y a la brevedad. Si no hablaba, no se advertiría su carencia. No mostraría la cera en la grieta del mármol, no permitiría cercanías que pudieran propiciar el hallazgo de la imperfección.
La belleza exacta no se arriesga a mostrar el perfil opuesto, curvar el cuello, producir modificaciones en la obra conclusa. La ignorancia no es capaz de quitarse el velo que cubre su desnudez.
Edipo, que viendo a la Esfinge veía los ropajes del hierático desprecio; Edipo, quien siendo un hombre se sentía ínfimo frente a un oráculo certero; Edipo, engañado por la Esfinge, la creyó sabia e infalible.
Antes de que la desmesurada voz declamase el acertijo, se daba ya por muerto.
Se alegraba, quizás, de su cercana desaparición. Engañado por la aparente esfericidad del monstruo, deseó que su persona imperfecta no manchase la pureza del ser fabuloso.
Pensó que sería un honor alimentar al prodigio. Se resignó a su destino, acaso lo satisfizo que el hilo de su vida fuese cortado por un adversario de tamaña dignidad.
Otro instante se demoró la Esfinge en plantear el acertijo. Sabía que la teatralidad le era necesaria para no desmoronarse. La ejercía con impecable oficio.
Con voz de Sibila, de Oráculo, con voz de Ídolo de bronce y pedrería la Esfinge desplegó las palabras que serían su derrota.
No era el enigma un cofre inviolable. Edipo halló la llave. Con íntima desazón Edipo halló la llave. Con alivio también, pero con desazón Edipo desató el nudo de palabras.
Y se alejó luego de contemplar cómo se despeñaba la Esfinge desde lo alto de la Acrópolis. Pensó "no he de despeñarme yo por una falla, no he de morir por orgullo ni ceder a la tentación de la soberbia, y no he de confiar ingenuamente en la sabiduría de las estatuas".
Lo olvidó luego, como a todos los alumbramientos que nos proponemos tallar en la memoria.
 
 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Quiero darte lo mejor de mí
Quiero entregarte mi regalo
Pero no puedo ser lo que tú
Puedes o quieres ser
Solo te doy la libertad
Y quizás te enojes
No es tan difícil invadir
y eso es lo que no quiero
quiero que solo sepas
cual es tu verdad
y no es la indiferencia
quiero que comprendas
que no es tan fácil olvidar
lo que son solamente
tus ilusiones
quizás mañana
puedas comprender
que no deseo ser tu sombra
solo tus propios anhelos
y que puedas
entender que tu vida
tiene un camino propio
y no quiero entorpecer
con mis obsesiones
tu destino
solo quiero que puedas conquistar
liviano tus opiniones
y no quiero ser la causa
de tu decepciones
ya verás que en algo tengo acierto
y en tus manos estará el intento
no puedo brindarte
lo que aun no sabes
pasara el tiempo
donde puedas comprender
lo mucho que te quiero.-
 
 
 
 
 
 
 
 
 
2013*
 
 
 
*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com
 
 
 
20
 
Fue un beso colosal, una infiltración erótica, una lenta invasión morena. Ni siquiera se trató de un beso de despedida, un beso para dejar atrás el año. Tampoco un beso de bienvenida descorchado con ebriedad al paso de la cuenta regresiva. Se trató de una embriaguez inenarrable, de una niebla penetrando otra niebla, de un cuchillo desgarrando un espacio circular hecho a imagen y semejanza de la luna.
El segundo beso se quedó en la garganta. Bloqueó el aire. Crujían las arterias y el flujo sanguíneo se detenía para llegar al origen de todos los orígenes. Castigo maravilloso de no latir, no latir, no latir, hasta que la primera partícula de oxígeno comenzó la resurrección y el pecho se descontroló en una supervivencia erótica.
El tercer beso no podría haber sido más hondo ni más orientado a la pulverización de los malos recuerdos.
El cuarto beso arrancó el chirrido adherido a todas las cosas.
El quinto beso liberó las palabras enjauladas.
El sexto beso vino desde abajo, encendido y terso como una manzana, sin detenerse una sola vez a tomar aliento.
En el séptimo beso, los labios brotaron en jardines obscenos y recorrieron la extensión silenciosa, llena de oquedades movedizas, hasta perderse en la sombra.
El octavo beso llegó con su llave maestra. Rotó la lengua en la cerradura y se abrieron los portales. Toda la noche rotó la lengua. Huyó y regresó toda la noche por la misma puerta.
El noveno beso no quiso saber otra cosa más que de ese clamor, ese resplandor en la noche, ese errar hasta no hallarse en ningún otro sitio en que no estuviese perdido.
Los pequeños pájaros nacidos del décimo beso, se abrevaron en las aguas donde brotó la flor de la maravilla, capaz de calentar su voz suplicante.
El decimoprimer beso sólo buscó un lugar propicio para vivir y multiplicarse.
En el decimosegundo beso, la noche era toda blanca y la luna toda negra. Un muñeco de marlo, enloquecido, golpeaba las puertas redondas del universo; las luces del nuevo año se apagaban y se encendían; dos golondrinas apenas movían la cabeza escuchando la noche nueva.
El decimotercer beso se hizo doble y hermoso como un misterio.
El decimocuarto, sobrepasó el desamparo.
El decimoquinto, se llenó de acasos y desórdenes, hasta desnudar la desnudez, hasta aclararse y completarse, hasta dar por cierto que habría riesgos de seguir perdiéndose en su propia compulsión succionadora; hasta derrumbar los puentes falsos y erigir los puentes verdaderos.
El reflujo del decimosexto beso trajo consigo el fulgir untuoso, lava de un volcán erupcionado desde el silencio, encajes, jabalinas, dulce, taladro, lengua.
El decimonoveno beso se vio recompensado con creces, no sólo por sí mismo sino también por las correspondencias y los delirios.
Durante mucho tiempo el vigésimo beso fue el único destello de luz que hubo en ese dormitorio donde ni aire, ni miedo, ni tiempo había.
 
 
13
 
Trece veces los pies pisaron la nervadura de la noche sin hablar, sin recorrer palabras quejumbrosas. Pisaron la nervadura de la noche y nada más.
Trece aguijones dulces salieron de la penumbra, todos con afán de inyectar opacidad o sueños sobre las frentes cargadas de piedras.
Trece movimientos hicieron las trece hojas de papel negro pegadas en la pared con saliva y tela de araña.
Y los recorridos. Trece recorridos a veces a caballo. A veces, sobrevolando con un ala. A veces, en chino mandarín. A veces en picada. A veces siempre. A veces nunca. A veces.
Trece lluvias llegaron desde el fondo del tiempo y se derramaron en el fondo de la memoria.
Y la arena. Trece granos de arena construyeron trece desiertos inmensos, uno gobernado por la viviente incertidumbre; otro fresco y oscuro como la sombra de un árbol; otro cubierto por tu rostro; otro iluminado por una estrella colgada con hilo sisal en el vano de la puerta; otro amarillo como una lejana noche sin recuerdo; otro soñador y apacible, libre de violencias secretas; otro iluminado por fósforos y significados incomprendidos; otro habitado por trece murciélagos dorados; otro libre de escenas repetidas; otro lleno de libros; otro con toboganes que llegan hasta la luna; otro recorrido por un automóvil negro; otro donde se han abolido las cárceles y las cirugías plásticas pero abunda el aroma de los pinos.
Trece veces corrió el toro por el jardín, pisoteando las fresias y las cuatro patas se le llenaron de cuatro aromas, de cuatro colores, de cuatro suavidades y un rumor.
Trece veces corrió la mujer con un corazón en cada mano sobre un fondo amarillo de montaña. Dos hilitos de sangre caían desde la luna. Dos lágrimas de Dios rodaban por la ladera. Dos mitades de naranja derramaban la sed. Dos uvas moscatel embriagaban el viento. Dos bocas abiertas nombraban las cosas y un silencio nuevo se hamacaba fuertemente.
Y la luna. Trece veces la luna nos cubrió la piel con ese fulgor dichoso.
Trece recuerdos se encendieron debajo de la ceniza natal.
Trece lilas soltaron por su perfume por única vez, en medio de todas las veces.
Y los segundos. Trece segundos duraron toda la vida.
Y los deseos. Trece deseos se prodigaron a lo largo de la noche. A ninguno le faltó su perfume sexual y su ternura.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Lo mejor de mi vida tal vez se haya quedado*
 
 
 
Lo mejor de mi vida tal vez se haya quedado
abandonado en alguna encrucijada
o al otro lado del cristal mojado
tras el que contemplé las marejadas y la noche,
y por qué no decirlo, las inmutables estaciones
que me fueron alejando de otras tardes más cálidas.
Hubo un tiempo de caminos anchos,
de colinas suaves que ocultaban fuentes,
de jóvenes aves y ardillas veloces
y de sal y de pan y de plácidos campos
preñados de fértiles terrones y labradores.
Hubo un tiempo de límpidas aguas,
de frondosos bosques y playas morenas,
de silentes cráteres orlados de espuma.
Pero en la noche del invierno treintaycinco,
todos esos mis ángeles me fueron vomitados en el rostro
y pude comprobar que la senda se había ido estrechando
hasta límites intolerables.
Supe entonces que mis pasos borraban el camino,
que ya no era posible detenerse
ni mirar hacia atrás, que no había regreso,
que legiones de arpías me empujaban riendo
y que un loco empuñaba mis recuerdos.
Entonces, tras la lluvia, se apagó una ventana.
 
 
*de Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
 
 
 
 
 
***


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