miércoles, diciembre 19, 2012

LA NADA ES EL UMBRAL DEL QUE NADIE ELIGIÓ PARTIR...


 

*Tapa del libro “Estado de Espesura” de Pamela S. Terlizzi Prina.
                                                              -Se presentará el Sábado 22 de diciembre de 2012 a las 19 hs. En Orsai Bar, Humberto Primo 471 Ciudad de Buenos Aires.
 
          -Dibujo en tapa: Obra de Erika Kuhn. (México).
 
 
 
 
 
LIBERTAD*
 
 
A Liliana Díaz Mindurry, por la belleza del espanto.
 
 
 
La nada es el umbral del que nadie eligió partir
y me dijiste que nunca fue de día
 
Hablemos de los laberintos
y por oposición
de los lugares que no tienen puertas ni ventanas
 
De este lado de las cosas
el gato que huía por los techos se detuvo en mis ojos
que te miran mirar la nada
 
El problema de la libertad es acostumbrarse
a una voluntad incómoda
que jamás querrá uvas ni pan
aunque vague con hambre
 
No pedimos el vértigo la convulsión la gula
salvo las alas
 
Y yo puedo elegir
(la felicidad no siempre)
el goce siempre siempre el espacio
el día sólo como una noche aguada
(promesa de espesura)
 
Te confieso
no busco la belleza
quiero eso que no tiene bordes ni formas que otros hayan nombrado
eso
lo indecible
por anónimo
por imbebible
por terror lúdico
por abismo en el paladar
 
Y ahora te digo de la sed
Es un insecto rosa
que me toca apenas la lengua
que tiene el tupé de apoyar solo las patas
y volar pronto
abandonándome en una flamígera voluntad de tragar
 
De tragar insecto y repulsión
patas impúdicas deseo urgente deglución perversa
fiebre
perecimiento efímero
terrón de arena verbo asfixia humanidad
 
 
*De Pamela S. Terlizzi Prina. pameprina@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
LA NADA ES EL UMBRAL DEL QUE NADIE ELIGIÓ PARTIR…
 
 
 
 
 
 
Prólogo de "Estado de Espesura"*
 
 
 
*Por Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
 

“Estado de espesura” es decir, un estado de profunda densidad, de complicación, lleno de follaje y matorrales. La palabra “espesura” tuvo en mi infancia la vibración de lo misterioso que residía en los viejos cuentos de niños, con bosques intrincados, selváticos, esos donde la altura de los árboles no dejaba ver el sol, donde se escondía lo prohibido o al menos un enigma. Creo que la violencia y la intensidad de estos poemas de Pamela Terlizzi Prina justifica y da unidad a su libro, y los conecta a esas imágenes míticas, primordiales.
Un libro de poemas es una definición de la poesía propuesta por el autor, que se va afinando en los volúmenes posteriores. Porque la poesía es lo indefinible por naturaleza, lo que se resiste a ser nombrado, la bebida mágica donde se violentan nuestras estructuras, mecanismos, actos inconscientes, maquinarias prelógicas. Me encanta descubrir en cada libro, o mejor en la voz de un auténtico poeta – Pamela Terlizzi, por ejemplo- esa manera nueva y única de su imaginario, esa forma, ese cosmos personal: en este caso un lenguaje prófugo, un lenguaje que huye, que se oculta, que se ausenta del consenso, de lo autorizado por el poder de turno (o los críticos que dictaminan el canon), para resplandecer en la mirada que dice/ podredumbre/ pueblo flaco/ puta enferma/ inmigración/lo de amoral y de sacrílego y de peste/que tiene la mañana. La buena literatura es amor violento, violentado que violenta, viola, tiene la sacralidad y la brutalidad del fenómeno religioso que como diría Otto es el mysterium tremendum, la experiencia revulsiva, lo que echa hacia el exterior lo interno, las vísceras, lo abismático. Casi como una purga de elementos entre numinosos y atroces.
El elemento boscoso y oscuro (creo en la poesía que ilumina desde lo más entenebrecido) aparece, si se me permite la gran paradoja, nítido: hay que descomponer las palabras/ eviscerarlas. La belleza es la que le hace decir con sarcasmo a Rimbaud, que la sentó en las rodillas y la insultó. También la burla aquí está presente: han prohibido sangrar con grandilocuencia. ¿Qué papel cobra en esta poética el lenguaje? Ya dijimos que huir, descomponer, arrojar la interioridad de falsas apariencias, pero también ser mirada, ventana que se come los colores del mundo. Evitar lo que puedan tener las palabras de “apócrifo”. Tienen nombres falsos, de cotillón/ o fiesta macabra. La cuestión es evitar la frivolidad, la liviandad, lo que pacte con lo convencional.
Destruir el lenguaje es para mí fundamental para un poeta: no se trata de inventar o deformar palabras a la manera girondiana, sino de sacarlas de su entorno para producir algo nuevo a través de ellas o, mucho mejor, a través de las significaciones apartadas de lo corriente, del mecanismo de repetición que ornamenta para decir lo mismo. El poeta encuentra ya un estado de cosas en el lenguaje, gastado por la costumbre y la altisonancia: las digo y todas se vuelven hormigas/ o conejos muertos/ o llaves rotas/ o mugre. Toda auténtica poesía ostenta un carácter subversivo que molestaría a cualquier poder si tuviera la inteligencia de advertirlo: es demasiado sutil para la torpeza de los poderosos y además la poesía circula entre pocos y es minusvalorada como un jueguito para niños más o menos neuróticos y del todo minoritarios. Sea como fuere, ya desde Platón se los expulsa de la República, y lo que sí se trata de hacer es lograr la manipulación del lenguaje, y así las palabras no pueden ser dichas/ porque otra lengua invisible / las tara hasta que se derriten, se secan. Es de esta sequedad y corrupción que las rescata la poesía para enviarlas al lugar de lo boscoso, lo oscuro, el de la “espesura”. Quitarles la intrascendencia y la repetición, el envilecimiento. Así se dice la lengua de los desaparecidos por los totalitarismos (ser otro/ ser detrás de/ sin nombre), y la represión (el rebenque no doblega sino a la carne).
El otro gran poder de lo boscoso es la mirada (Un ojo y después el otro mira/ otra vez/ uno y otro/ hasta lo insoportable lo inadmisible). La poesía objetivista logró una extrañísima mirada que objetiva pero que también descompone el objeto. Siempre se trata de sacar lo interno afuera como en el horror que mencionaba Rudolf Otto en ese gran libro que es Das Heilige (“Lo santo”)”. Un solo poema de “Estado de Espesura” tiene un rasgo de cierto objetivismo: (Detona la luz/ esparce/ hace trizas/ todo es de brillantina) y es “Llueve”. Si los hábitos del lenguaje (diría Edward Sapir) determinan el mundo real, orientan nuestra interpretación de los hechos, el poeta crea nuevamente el mundo hacia una forma nueva, una expulsión precisamente de hábito: la poesía da cuenta de presencias prohibidas e inocencias: entonces entramos en la segunda acepción de espesura, en tanto complicación (según Deleuze cuando los signos se enrollan uno en otro y se mantienen encerrados). Ejemplo: tuve un hijo de mi madre. Segundo ejemplo: nacer y morir en el mismo momento como en el poema “La puerta” (En la orilla misma de la dispersión ya casi no respiro y los golpes son mortales/ lo sé en la carne/ Muero// y ahora unas manos me compelen a la luz/ Ahora es blanco ahora es azul// Nazco).
La densidad de un estado de espesura (tercera acepción) se manifiesta en el deseo de comer (Me completan de seres muertos destrozados por mí), en el odio ( te deseo el horror de las manos vacías), en el desorden (yo que soy el desastre mismo/ que soy esta casa): si el lenguaje es la casa del Ser, según Heidegger, en este libro, el lenguaje denuncia lo fallado, el absurdo gramatical, la impotencia de escribir poemas con semejante material apócrifo, como habíamos visto antes.
Como explicarían los surrealistas no hay sujeto ni objeto, porque el sujeto es múltiple y dividido y el objeto es una idea del mundo, una idea de “espesor” (diría Terlizzi: todo profanado, fuego y plaga/ laten en la espesura del llanto).
Con la densidad del bosque, su espesura y su complicación, Pamela Terlizzi Prina nos redefine el cosmos, es decir la poesía. Una belleza diferente, lo que no tiene bordes ni formas que otros han nombrado.
 
-Prólogo de "Estado de Espesura" de Pamela S. Terlizzi Prina, Editorial Ruinas Circulares, 2012.
Liliana Díaz Mindurry
Buenos Aires, septiembre de 2012
 
 
 
 
 
 
 
 
 
La mar está en calma*
La mar está en calma y las barcas, fondeadas en medio de la pequeña bahía se mecen atadas a las boyas de color bermellón viejo tirando de ellas suavemente a cada impulso de las olas y haciendo bailar indolentemente las largas barbas verdes que cuelgan filamentosas hacia el fondo, producto del largo tiempo que llevan en el agua.

En total hay unas 10 barcas. Las otras diez o doce están sobre la arena. Son las más pequeñas y el esfuerzo de subirlas y bajarlas cada vez que te haces a la mar no es importante, por ello descansan sobre las "escaleras" de madera encerada, atadas a las pastecas que se usan para subirlas mediante lo que a los ojos de un profano sería un entramado de cuerdas sin sentido.

La "Rosario", con unas nansas en su babor, la "Mariven", algo desconchada y reseca porque Luis sale normalmente con la "Merçé"; la "Maria Luisa", recién pintada de blanco y con el fondo y una raya verde, con su vela latina impresionante y seductora, la "Costa Brava", con un motor tan viejo como las rocas que componen su nombre, la "Formigueta", tan coqueta, mojando su popa con las olas pequeñas (nunca la acaban de sacar del agua) la "Baldufa", preciosa pequeña de remos con casco amarillo y escálamos de madera, la "Atrevida" de Tomás, la "Rosa de los Vientos" de aquel señor de Pals que va al calamar, la "María", la "Marisu", el "Pablo" que es un bote sin motor para pescar sonsos, "La Cubana"... A su alrededor, redes en sus "cofas" cuerdas y "llivants" de 60 metros, corchos de señalización, banderitas, fondales y toda clase de artilugios de pesca.

En la rada, flotando mansamente sobre el agua, la "Costa Azul", la más grande, con sus bancos y su palo en cruz, la "Paulina", la barca más esbelta que nunca vi, con su color verde tan personal, con su motor tan antiguo que había que calentar durante 5 minutos mediante un soplete antes de intentar arrancarla, "Carlos", un canot de motor interior, rojo y blanco con unos cromados rutilantes que sale únicamente el 15 de Agosto pero que estaba siempre impecablemente cuidado, "Palamós", "Cap de Creus", la "Estrellita del Sur", la "Libertad", y la "Mizar", roja y blanca, con las maderas de la borda perfectamente barnizadas, el tambucho de popa abierto, y los bancos blancos de su bañera que te invitan a sentarte y navegar.

"Viene mar" - alcanza a decir Luis mientras pasa por mi lado.

Luis es el hijo mayor de León, el pescador más viejo y de más rango del lugar. Con la piel curtida por el sol, su grueso pelo siempre despeinado, la misma camisa azul marino con las mangas arremangadas por debajo del codo y los pantalones por debajo la rodilla. Luis tiene el rostro surcado por las arrugas más profundas que jamás vi. Recuerdo que un día le dejó a mi hermana, por la que tenía un afecto especial, ver el fondo de estas arrugas, y cuando ella, con sus deditos, le separó los costados de una de ellas, apareció el fondo blanco, de un blanco inmaculado, níveo, blanquísimo. Luis era blanco en el fondo.

Y era también lacónico. Pero ¿acaso hacía falta hablar más?. "Viene mar" ya lo decía todo, ¿Para qué gastar más palabras?. Yo, con mis once años, estaba jugando en la arena en un circuito lleno de montañas y complicadas carreteras, haciendo carreras de ciclistas con unos muñecos montados en bicis que salían en los paquetes de Chocolates Torras y llevaban en la espalda la bandera del país al que pertenecían. Levanté la cabeza para ver cómo se alejaba Luis y seguí con mi carrera porque recoger las barcas lo haríamos al día siguiente.

Los pescadores "sabían" con dos y tres días de antelación, cuándo viene el mal tiempo y entonces se preparan y recogen las barcas. Las que están en la playa, las suben más hacia arriba, incluso a veces hasta por encima del camino que rodea la cala, (si el temporal va a ser muy fuerte) y las que están fondeadas las llevan a tierra.

En esta maniobra, participan todos los habitantes del pueblo usando para las barcas pequeñas, las pastecas de cada una, pero para las grandes, se usa el "tambor": En el camino de tierra que circunda la arena de la pequeña cala, hay clavados en el suelo unos tubos de hierro en los que se coloca un cilindro de madera. A ese cilindro se le acoplan cuatro palos a modo de astas donde los pescadores, sus mujeres y cualquiera que esté por allí en este momento se agarran y comienzan a dar vueltas empujando las varas.

Una cuerda atada al cilindro se va enrollando sobre él, despacio, al mismo ritmo de las vueltas que da éste, y arrastra la barca atada en el otro extremo de la cuerda por encima de unas traviesas que van colocando los pescadores y la van subiendo lentamente por encima de la arena hasta donde se sabe que va a estar segura.

Normalmente esta operación se hacía con la calma previa al temporal y era para mí un orgullo que, a mi edad, los pescadores me dejaran ir a recoger las barcas fondeadas y llevarlas a la playa para que fueran trincadas por ellos con el extremo de la cuerda y fueran arrastradas con los "tambores" hasta lugar seguro. Ir hasta la "Estrellita", ponerla en marcha y llevarla a la playa, con la confianza de los que allí esperan incluida la del dueño que está observando, repetir esta maniobra con "Palamós", la "Paulina", mi "Mizar" y las demás me llenaba de un enorme orgullo y me hacía sentir el centro del universo.

Algunas veces, sin embargo, la predicción era más apurada o había un cambio de tiempo por la noche, y la operación se iniciaba cuando ya había empezado el mal tiempo. Eran las menos, pero alguna vez pasaba y entonces había peligro. Había que ser muy hábil y tener los nervios muy templados. Poner en marcha el motor de la barca, y esperar el momento adecuando para acercarse a la playa. Entrar en ella a cresta de ola, y depositar con la máxima suavidad la barca sobre la primera traviesa para que la trincaran rápidamente y con el mínimo tiempo hicieran rodar el tambor y la subieran a lugar seguro antes de que rompiera la siguiente ola. En estos casos había que ir nadando
a por la siguiente barca, trepar a ella desde el agua (eso era lo más peligroso ya que podías cortarte con la hélice o la barca podía golpearte con el oleaje) poner el motor en marcha y entrar en la cresta de la ola más adecuada.

Muchas veces me he preguntado después cómo era que confiaban para eso en un chaval de 11 años. Y también, cómo era que mi madre me dejaba hacerlo. Con el tiempo he sabido la respuesta de la segunda pregunta: Mi madre nunca supo que lo hacía y en cuanto a la primera, nunca lo supe.

Pasado el temporal, las barcas se volvían a sus amarres, en una operación mucho más sencilla, en la que se necesitaba mucha menos gente. Las barcas se deslizaban por las pendientes de la arena sobre los travesaños y se llevaban a remo hasta las boyas. No era preciso ni arrancar el motor.

Todo volvía a su sitio, y yo volvía a mis juegos. Alguna vez, cuando estaba de nuevo jugando en la arena con algún amigo a las carreras de ciclistas o a cualquier otro juego, pasaban dos pescadores y uno le decía al otro, cuidando muy bien de que yo lo oyera, pero haciendo ver que no sabía que estaba escuchando: "Parece que el chaval va aprendiendo..." y esa felicitación irónica me llenaba de satisfacción, pero lo que más me gustaba era que siempre me trataron como uno de ellos. Yo no era el niño que ayudaba, era uno más de los pescadores, uno más de ellos.

Y eso, eso me gustaba.
*de Joan Mateu. joan@cimat.es
 
 
 
 
 
 
El sueño gira*
 
 
En el sueño, un hombre la  arropa con flores amarillas. Teje una manta con ellas, con sus propias manos de artesano en una aldea lejana de un continente oscuro, mientras le derrama la tristeza densa y luminosa de los poemas de Pasolini. El hombre con su antigua paciencia  termina la obra. Saca una flor del centro y le acaricia el alma,  así se desteje la cobertura tapiz que la cubre. Ella sonríe, mientras el hombre que es un orfebre de la belleza, le prepara collares de madera y pétalos para cubrirla. Todo en el sueño gira, vuelve a las vísperas.
 
 
 
*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
El  banquete*
 
Se acercan las fiestas navideñas y el deseo de que pasen lo más rápido posible, ya era un deseo inamovible en algunas personas.
Hacía varios años que había enviudado y la falta de hijos hizo que don Darío se  alejara  más de la familia, encerrándose  en una caparazón casi inexpugnable.
Mientras los vecinos adornaban sus casas y organizaban los festejos, él trataba de ignorar lo que pasaba a su alrededor.
Una tarde mientras regaba el jardín, la vecina inmediata a su casa, doña Encarnación,  le hablo desde el suyo.
- ¿Donde va a pasar Noche  Buena, don Darío?
- Desde hace varios años que lo paso solo en casa, yo no tengo mucho que festejar- contestó lacónico.
- Es muy triste, lo que dice, hasta egoísta de su parte. El hombre la miró sorprendido sin entender lo que quería decirle y ella continuó.
- Yo pienso que es egoísta privar a alguien que quiera compartir la mesa con usted. Por mi parte, siempre invito alguna persona  y le ofrezco un verdadero banquete, eso me da una gran tranquilidad porque puedo compartir lo que tengo, mientras acompaño alguna soledad.
- Usted  tiene su filosofía y yo la mía, además  mis finanzas no están a tono con las fiestas.
- Mire don Darío, yo voy a demostrarle que eso no tiene ninguna importancia. Hágame el favor de compartir mi mesa y le aseguro que no va a costarle nada.
- No me ofenda Encarnación, no puedo aprovecharme así de su bondad.
- No me ofenda  usted rechazando mi invitación, yo también voy a estar sola.
- Está bien, pero debe decirme con que puedo colaborar para la cena.
- Bueno, si insiste, puede traer una sidra y un pequeño pan dulce, de lo demás me ocupo yo.
El 24 de diciembre, cuando Darío se levantó, encontró debajo de la puerta una tarjeta navideña  que decía “ El banquete es a las 22 hs.”
Esa tarde lo encontró mas alegre que de costumbre, hasta  silbó un villancico mientras se bañaba.
A las 22 en punto estaba en la puerta de la vecina con la sidra y el pan dulce. Ella le abrió la puerta y lo invitó a pasar. Era la primera vez que entraba en esa casa;  pese a ser vecinos desde hacía mas de veinte años, nunca habían intimado suficiente como para conocerse.
La casa de Encarnación era la mas vieja y pobre de la cuadra, pero guardaba detalles de un antiguo buen pasar, que le daba cierta distinción. El comedor estaba en penumbras, solo iluminado por dos pequeños candelabros en ambos lados de la larga mesa.  Dos platos, dos copas, cubiertos y  en el centro un enorme pavo rodeado de papas al horno con perejil y una hermosa jarra de cristal con agua cristalina con hielo. El resto de la mesa estaba cubierto de gran cantidad de pequeños platos de juegos de café incompletos. Parecía todo preparado para una degustación o lo que sería peor, una broma. En uno  había dos nueces, en otro un alfajor cortado en cuatro, dos higos frescos partidos al medio, cuatro albondiguillas minúsculas de carne y en otro un tomate  simulando una rosa, una banana cortada en rodajas y un palillo pinchado en cada trozo y así seguía una larga lista con pequeñas muestras.  Darío fue recorriendo con la vista cada plato, pero no hizo ningún comentario, temía ofender a su anfitriona por eso se sentó en el lugar que le fue asignado.
Doña Encarnación se sentó frente a él y acercó el pavo con las papas, sirvió delicadamente tres papas en  cada plato y volvió el pavo al centro de la mesa.
- El pavo debe estar riquísimo- comentó Darío, para indicar que deseaba  comer un trozo.
La mujer soltó una carcajada que lo descolocó y dijo
- En mi casa no hay fiesta navideña sin pavo, pero está fuera de mi presupuesto, este es de yeso. ¿ Parece de verdad, no?
Darío ya empezaba a sentirse incómodo, sentía que lo habían invitado para burlarse, pero se aguantó, el esmero  y delicadeza con que estaba preparado cada plato en esta modestísima mesa, merecía respeto, por eso probó gentilmente cada bocado que le ofrecieran, disfrutando al fin de cuentas de esta velada. Encarnación servia cada bocado y lo describía mientras contaba  alguna anécdota divertida. Así fueron vaciando los  veinticuatro platitos., mientras el hombre se iba soltando y desgranando sus propias vivencias bajo la atenta mirada de su anfitriona.
A las doce en punto, junto con las campanas de la iglesia, Darío destapó la sidra,  sirvió las copas y brindó con su anfitriona. Las  dos horas que estuvo sentado en esa mesa habían volado. Hacía muchos años que no participaba de una cena navideña y si le hubieran preguntado cual fue el menù, en realidad ya no se acordaba. Evidentemente el banquete, como dijo doña Encarnación, había resultado  un éxito  y ésta al notar el cambio de actitud de su invitado, agregó al despedirlo
- ¿Se habrá dado cuenta don Darío? : “De todos los elementos que  conformaron este banquete,  la comida fue lo menos importante”
 
*De Mirta Alicia Gisondi   mirtagisondi@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
ELLAS*
 
 
Crónicas del Hombre Alto n° 82
 
 
Ahí están ellas, otra vez, bordando la madrugada con su taconeo insomne. Ahí están, con su desnudez incompleta -siempre incompleta- cumpliendo su rito exhibicionista, su lento desfile sensual, ofreciéndose a cualquiera que las quiera tomar. Ofreciéndose a mí, por ejemplo, que no puedo dejar de mirarlas con un recelo envenenado de lujuria.
Me chistan, me llaman, prometen fiestas que sé imposibles porque mienten -siempre mienten- pero me acerco igual; nunca he podido controlar esta atracción viciosa que ejercen sobre mí.
Me deslizo entonces hacia el vértigo artificial que ellas me proponen y juego de nuevo a que les creo. Las palpo con mi urgencia de animal solitario, les prodigo mi furia torpe, mis gestos ampulosos de monarca en el destierro, y ellas actúan como si en verdad lo hiciera bien. Fingen sumisión, simulan descaradamente que son mías esta noche.
Pero mienten -siempre mienten-. Concluyo mi trajín, me levanto y, apenas les doy la espalda, escucho otra vez sus risitas burlonas.
Me doy vuelta; no puedo dejar de mirarlas con un recelo envenenado de fracaso.
Allí siguen ellas, las palabras, bordando la madrugada con su taconeo insomne.
 
 
*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
 
 
 
 
 
 
DESENCANTADOS*
 
Apenas echados los primeros dientes, a poco de pasar caminando bajo la mesa, a instantes del amamantamiento y el sonajero, un rato después, una nada, el niño ya es un adulto en miniatura. Desencantado, incrédulo, feroz.
Están hartos de todo, todo los aburre.
Transcurren por uno o dos años de infancia para luego, así sin transición, arribar a una espúrea adultez o, peor aún, a una vejez cínica y malhumorada.
Antes del primer amor se interpone la burla por la inexcusable tontería de estar enamorado. Antes del primer real dolor, la insensibilidad confundida con estoicismo
Miedo de ser pueriles a los cinco años, vergüenza, tremenda vergüenza si se los halla disfrutando de alguna bobería. Cómo dejarse sumir en la puerilidad si han pasado casi tres años desde que dejaron los pañales. Ya son grandes.
Con lástima e impaciencia reniegan de las payasadas de los padres, los ponen en su lugar haciéndoles notar que en la vertiginosa altura de sus ocho o nueve años no están ya más para ese tipo de simplezas.
Gusto por la violencia y por la burla. Veo en la página brillante de una revista cuatro pandilleros en actitud desafiante, con rostros que van desde una exagerada mueca maléfica a la inexpresividad del psicópata. Cuatro niños que desde la página brillante publicitan calzado. Cuatro niños.
Que no los molesten con canciones infantiles de osos o ranitas, que no les cuenten cuentitos de hadas con final feliz, que no les pase la mamá la suave mano en suave caricia por el cabello. Eso es para nenes, no para un adolescente de siete pesados años cargados de cien mil imágenes de asesinato, de odio, de la lujuria del sexo sin la ternura del amor.
Cada filme es una enciclopedia, es el in y out, el savoir faire, un código de conducta y el evangelio. Es el compendio de cómo decir la frasecita ingeniosa, cómo burlarse para que duela, cómo ridiculizar cada gesto de buena voluntad y a toda persona demasiado pura. Hasta las películas de dibujos animados se promocionan asegurando que son para todas las edades, que contienen guiños de humor para los padres. ¿Para adultos infantilizados o para niños ancianos?
Les hemos robado la posibilidad de dejar brotar la alegría sin cedazo, esa ternura plena que si no aparece en esa época quizás se seque para siempre. Les robamos la sinceridad, lo espontáneo.
Y creemos que son más inteligentes cuando repiten frases y actitudes machacadas desde las pantallas; que son genios tecnológicos cuando saben responder obedientemente a las señales de las máquinas, como obedientemente salivaba el perro de Pavlov con la campana.
Cuánto daño, cuánto plato roto, cuántos trozos de vidrio por los suelos.
Algún niño sonriendo como niño se entretiene con su autito. Alguna nena feliz dibuja con tizas de todos los colores en el pizarrón de la tristeza, algunos saltan a la cuerda. Aunque el futuro los llegue, habrán disfrutado en su momento justo la justa porción de felicidad.
 
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Anarquías*



A quien comparte genes de ángel, gato y dinosaurio




Cuando desperté,
Todavía anidabas ahí.
 
¿Qué vine a aprender?
¿Lo habré logrado?
 
Nadie recuerda ese instante de orfandad
Anterior al nacimiento.

Exhaustas de amarse, dos libélulas
Inmolan sus alas al crepúsculo.
 
Vislumbrar otras realidades
Nos convierte en forjadores de universos.
 
El poder de avizorar el futuro,
¿Es regalo, o maldición?
 
El pasado no es un desierto, es
Jardín, mariposas y escorpiones.
 
El presente: mi gato y tú, aguardándome
En el brocal del pozo de los deseos.

¿Cómo puede el eco responder al silencio?
 
Alguien caminó sobre mi tumba
Y esa frialdad aún me desabriga.
 
La eterna sensación de ser vistos.
De ser escuchados, de ser un espejismo.
 
Es cada nombre, anagrama de mil
Vocablos por idearse.
 
Resonancia, fulgor, bálsamo, arcanos... Padre,
¿A qué me traes a un lugar del cual aún no soy digna?
 
Desde el fondo del océano una perla escucha
Mi llamado y parte en viaje hacia el anillo.
 
Prometí que regresaría
Para que pudieras olvidarme.
 
Juguemos a las transmutaciones.
¡Prueba a sentir lo que yo siento!
 
La umbrosa dama se posa entre las flores:
Hoy no es tu día, pasé solo a saludarte.
 
Desde las paredes me miran antepasados ajenos.
...
 
Llueve silencio sobre mis ventanas,
Permanezco a salvo del amor y las ventiscas.
...
 
La sombrilla permanece en el zaguán,
Hace un año que no lloro.
 
Nieva en medio de esta agonía abrasadora.
Las Rosas de Jericó parten en busca de otros suelos.
 
 
Presagian un eclipse en la pirámide invertida,
La luz de las tinieblas subyuga toda fluorescencia.
 
 
Es la sonrisa de mis manes, el único sendero
Para tornar del reino de los interludios.
 
¿Existes, cuando no te pienso?
¿Existía, antes de que me imaginaras?
 
 
Hay tanta soledad, tan sin remedio,
Que ya ni Dios nos acompaña.
 
 
Juego a ser mujer, juego a la realidad y a todo juego,
Con tal de no sucumbir a la vorágine.
 
 
Alquimia de las palabras breves,
Ensalmo del espacio sin palabras…
 
*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.
 
 
 
 
 
 
***
 
EDICIONES RUINAS CIRCULARES
 
Tiene el agrado de invitar a la presentación del libro:
 
 
 
Estado de Espesura
 
Pamela S. Terlizzi Prina
 
 
 
Se referirá a la obra Liliana Díaz Mindurry.
 
Lecturas a cargo de Victor Ares.
Musicalizará José Antonio Cadórniga.
 
 
Se realizará el Sábado 22 de diciembre de 2012 a las 19 hs.
Orsai Bar, Humberto Primo 471, San Telmo, Ciudad de Buenos Aires.
 
 
 
Ediciones Ruinas Circulares. www.ruinascirculares.com
 
 
 
 
***
 
 
 

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