Thursday, October 10, 2013

EDICIÓN OCTUBRE 2013


 

*Obra de Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
tan antes flor
ignorada
en el esfuerzo del tallo
algo crece por seguir
como mujer que se inventa
desde el borde de su cuerpo
como un pulsar
sorprendente
que en el cruce con la luz
va diciéndose en naranjas.
 
 
*De Alejandra Alma.
 
 
 
 
 
 
 
 
PERDICES*
 
 
 
*De Jorge Isaíasjisaias46@yahoo.com.ar
 
 
Jorge Teillier, poeta lárico chileno escribe un poema a su padre,  ya famoso donde dice que era “honrado como una manta de Castilla” y que tuvo “Una esperanza hermosa como ciruelos florecidos para siempre a orillas del camino”:
Jorge Teillier hizo célebre esa su particularidad de poeta lárico y agrega a su “Retrato de mi padre, militante comunista” que iba a “hablar de la Revolución y el paraíso sobre la tierra en pueblos que parecen guijarros o perdices echadas (…) cuando al partido sólo entraban los héroes”
Es un bello, un entrañable poema, como esos que uno recuerda de un gran poeta y lo acompañan grandes tramos de su vida. A veces, con Jorge Boccanera hemos hablado de él.
Todavía me sigue gustando tanto esa metáfora bellísima “como guijarros o perdices echadas”.
Ignoro como serán las perdices que crecieron en tierras tal vez resecas tras la cordillera. Pero yo conocí éstas que poblaron otro tiempo en estas llanuras nuestras, tan verdes.
De chicos las rastreábamos por los campos, infatigablemente con algún perro que las apuntara convenientemente, nosotros provistos de gomeras con proyectiles de hierro recortado o duras piedras recogidas a las orillas de un callejón perdido que sólo los cuises presurosos cruzaban.
Me apresuro a escribir que con métodos tan precarios nunca cazamos ninguna. Ya porque oíamos ese silbido penetrante a pocos metros, imprevistamente y levantaba ese vuelo corto que iba repitiendo, repitiendo hasta que cada vez se alejaba más y más, incluso más rápido que el ladrido tonto de ese perro al que uno de los nuestros, de nuestra barrita cercana traía como un gran perdicero. No recuerdo, por más esfuerzo que haga quién de los nuestros traía semejante perro que con su ineficacia contribuyó al olvido. Era un perro negro, torpe y sobre todo muy nervioso y ladrador. Es decir, un espantador típico de perdices.
No quiero abonar estos recuerdos con alguna razón ideal, pero presumo que en ese tiempo alto y sin productos químicos con que hoy riegan los campos, no debe ser una construcción de mi recuerdo niño esta explosión de silbidos con que las perdices tontas llenaron y alentaron esa pasión de la caza primitiva pero ineficaz. .Una cosa muy distinta era cuando acompañábamos a los mayores con sus temibles escopetas, a veces con perros que sí sabían hacer su trabajo,  como en nuestro caso en que no recuerdo haber tenido nunca un perdicero o un galgo corredor de liebres. Sólo aquella mascota, ese cuzco petisón y blanco que se defendía muy bien en estas tareas pero sólo a condición de que se lo considerara como lo que era: un entusiasta y vulgar amateur.    
Aquellas auténticas cacerías que improvisaban mis tíos con mi padre traían a la mesa familiar carne blanca y rica, que no tenía el gusto salvaje de los patos o las liebres. Perdiz que no iba al horno terminaba en escabeche, tal la eficaz amorosidad de mi madre, quien de todas escasez hacia virtud. No puedo pensar aquel tiempo de cielos abiertos sino como lo que me sigue pareciendo en la memoria que los años han hecho más difusa: Una gran  alegría de parte de los más chicos cuando éramos autorizados de la excursión, siempre recomendados a guardar silencio para no espantar las piezas tan preciosas que se perseguían con tanta dedicación. No era raro que volviéramos con nuestros bolsitos cargados de carne blanca e inocente.
Las perdices eran tan numerosas en aquel tiempo alto y hermoso donde aún no existían las órdenes, salvo las que querían inculcar en nosotros alguna enseñanza o disciplina, que moraban incluso en la tierra arada. Ni hablar de los yuyales altos, allí donde alguna hacienda oronda pastaba rumiando echada o cansinamente desplazando sus grandes moles de carne pachorrienta.
A veces, en estos recuerdos, me sigue una llovizna cuando el “viento traía un olor a terneros mojados”.
Cuando el sol era digno, el recuerdo se trueca en la imagen de un caballo solitario con un pájaro en el anca o un toro con su lomo poblado de tordos picoteando su duro cuero en busca de esos gusanitos que eran su evidente manjar.
Y cuando el cielo se abría lo cruzaban las cigüeñas y las garzas, que irían hacia aquellos cañadones lejanos donde era raro que las perdices se acercaran. Allí, como es obvio, la población más numerosa estaba integrada por aves acuáticas. Es decir patos sobre todo (crestones, siriríes, picazos, zambullidores), bandurrias, chorlitos, y los avizores biguás que se pasaban horas sobre un poste hasta descubrir bajo el barro el momento silencioso y sutil de un caracol, que no escapaba a su  oído sagaz y caían sobre él.
Casi el mismo oído que tengo para recordar este bello fragmento del poema de Jorge Teillier “Que sus días lleguen a ser tranquilos/como una laguna cuando no hay no viento,/ y se pueda reunir con sus amigos/ de cuyas bromas se ríe como nadie,/ a jugar tejo y comer asado al palo/en el silencio interminable de  los campos”.
 
 
 
 
 

 

 

 

He sido, he dicho: SOY. *

 
 
 
*Por Angie Pagnotta. angie_pagnotta@hotmail.com
 

 

Dedicado a Pablo Dobrinin

 

 
He sido un alma inquieta y he vagado.
He buscado precipicios y he callado.
He oído el cristal roto de tus lágrimas cayéndose en mi hombro.
He obedecido el látigo, la punta, la espada y la palabra.
 
He sido infiel, consecuente, inconsciente y permisiva.
He detestado el silencio. He amado el sacrificio. He perdido tu mirada
He huido. He callado. He temido.
 
Hemos simulado. Hemos mentido. Hemos callado.
 
He buscado, te he encontrado, lo he perdido, no he olvidado.
 
He limpiado mi nombre. He perfumado las sábanas. He sembrado.
He pronunciado cada paso. He alejado todo lo malo. He soñado.
 
Hemos sido. Hemos hecho. He perdonado. Estoy amando.
 
 
 
***
 
-Angie Pagnotta es periodista recibida en TEA (Taller, Escuela, Agencia) y estudiante de la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Tomó clases de narrativa, escritura y crónica periodística con distintos maestros, entre ellos Walter Cassara, Osvaldo Bossi y Vicente Battista. Colabora con medios gráficos y digitales como El Gran Otro, Entrevistar-Te y Revista La Única. Obtuvo una mención en narrativa por su cuento “Alejandra”, otorgado por la Biblioteca Nacional. Es fundadora y directora de Revista Kundra – Literatura aleatoria y del portal de Arte y Cultura Baires Digital. Actualmente está escribiendo su primera novela.
 
 
 
 
 
 
 
 
CUANDO EL VIENTO SUR*
 
 
“Sin ningún viento, ¡hazme caso!, gira, corazón; gira, corazón”.
FEDERICO GARCÍA LORCA
 
 
Cuando el viento sur se vaya
¿Quién refrescará el sonido de la flecha y la última bala?
¿Dónde llorará el río cuándo se seque el cauce de la noche?
¿Quién alumbrará la madriguera del topo?
¿Dónde irá cuando la nieve apague el brillo de la última lluvia?
¿Quién se atreverá a devolver amor a la cuna vacía?
¿Dónde irán estas palabras, golondrinas perdidas?
¿Hasta cuándo buscarán la sombra de su sombra?
¿Adonde irá la sombra del viento sur?
¿Adonde irá la niña sin los vientos? ¿Lluvia, sequía, pedregal?
¿Adonde?
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
Tejer alas con las hojas del otoño*
 
 
 
No caben más platos rotos por el otoño en mi vida. Si para detenerlos tengo que admitir mi cobardía, haré gala de mis dotes escénicas, convenciendo al viento a desviar el curso de los objetos y así evitar el sonido desagradable del meandro quintuplicándose en mi cabeza, como melodías de un violonchelo aquejado por la vejez.
No quiero levantarme en sombra, con mil paraguas de excusa por cada fracaso que me persigue y que toma forma a medida que huyo. Al contrario, deseo que sean miles las rosas que se abran a mi paso, aunque sea el día del eclipse mayor, cuando ni las aves se atreven a dejar sus nidos y los roedores sus madrigueras.
Voy a recoger las hojas caídas de los árboles y me tejeré con ellas alas con las cuales sentir fragilidad, y poder llorar, porque mi máscara me pesa, y ha llegado a suplantar mi osadía.
No caben más platos rotos por el otoño en mi vida o gatos rojos sobre las alas azul cielo de mi sombrero blanco. Me rehúso a justificar esto porque haría más quejumbrosa la historia, que ahora no deseo contar.
 
 
*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es
 
 
 
 
 
*
 
 
 
Todas mis crisis
entran en una lágrima
después de un grito
 
....
 
Al viento le arrojo
mis dudas
mis deudas
y mis dados.
El viento ataja solo los dados,
lo otro,
lo otro me lo regresa
como un batallón de bumerangs
 
.....
 
Una sola gota
rueda hasta encontrar mi boca
Es así como me trago mis angustias.
 
....
 
Eslabón tras eslabón
la vida es una cadena
que llevo al cuello
para que de vez en vez
tire, y me ahorque.
 
 
 
*De Marcela Lokdos. lokdos1@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
ALREDEDOR DE NABAM*
 
 
 
 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
 
 
 
Yo soy yo, la que escribo y no la que escribió. Algunas veces, cuando releo la novela de ella tiendo a confundir las identidades y creo ser la otra, la que se obsesionó con ese personaje extraño y maravilloso que fue apareciendo apunte por apunte, en esas noches de insomnio en las cuales la historia le fue aconteciendo como dictada, como si ese ser imposible se escribiese y describiese a sí mismo, apareciendo pleno y corpóreo, ajeno a su imaginación.
La cosa comenzó a partir de un artículo del "Diccionario infernal" de Collin de Plancy, libro que pacientemente la esperaba en un anaquel de la biblioteca familiar desde antes de que naciera.
Siempre había estado allí, lo descubrió en la infancia leyéndolo a escondidas de sus padres, y desde entonces esporádicamente releía algunos artículos, con la curiosidad incrédula que conviene a nuestros tiempos y la satisfacción por el estilo y el lenguaje antiguos. También allí, desde siempre, la aguardaba quizás Nabam para manifestarse.
En la página dedicada a los conjuros se recetan las palabras, signos y condiciones para invocar a los demonios, y tan bien organizadas se encuentran las huestes infernales, con sus capitanes, sus legiones y sus cadenas de mando, que a cada día de la semana corresponde un demonio, un horario para efectuar la ceremonia, una ofrenda que debe ser preparada con celo para entregar al compareciente.
La escritora no otorgaba fe a la brujería, pero le pareció que el tema era adecuado para crear una novela, y la primera noche hizo una descripción de Nabam, el demonio de los martes.
"Lo miro parado y es más bajo de lo que parece estando sentado. Esa falsa impresión la causa una cierta desproporción entre el cuerpo y los brazos, que resultan demasiado largos. Me desagrada.
Tiene un exterior brutal desmentido por una delicadeza extrema en los dedos y la forma en que manipula los objetos. Desearía que fuese simplemente bestial sin esa cualidad falsa de cuidadosa cortesía.
Cuando habla, agacha la cabeza, lo que hace que aparezca una línea blanca debajo de sus iris. Ojos celestes, o grises, o verdes.
Difíl definición. El inicio de cada frase le provoca una sacudida y un adelantar el torso hacia mí, que en cada uno de sus avances retrocedo. Me llega su aliento a cigarrillo y alcohol, y algún aroma más como a perfume y transpiración. (Y flores marchitas).
Me mira con una intensidad que me pone nerviosa. Respondo apurada, equivoco las palabras y mis expresiones me resultan estúpidas en el mismo momento de decirlas.
Siempre igual. Serpiente encantadora de pajarillos. Pero yo no soy un pequeño pajarito; sin embargo frente a él soy un ser informe.
Me desprecio. Cada vez que estoy contenida en su mirada, con su cuerpo atento y ominoso, me siento en la zona de trampa. Digámoslo de una vez, el hombre me resulta intolerablemente atractivo porque me repugna."
 
Este primer retrato se le dio como una revelación, como si hubiese visto realmente a Nabam, y al otro día la imagen del demonio se le presentaba constantemente, reclamando su atención aun mientras ejecutaba sus tareas cotidianas.
Tenía, entonces, al personaje. Cómo sería el desarrollo de la novela no era tan claro, excepto que le resultaba evidente que se enamoraría de él con secreto horror. En síntesis, una mujer invoca al demonio en una ceremonia hecha por broma, el demonio se presenta, se declara suyo, esta mujer debe convivir con él y se consignan las vicisitudes y los diálogos que se dan entre ellos.
En algunos borradores utilizó un narrador omnisciente, en otros la tercera persona, pero los desechó y finalmente escogió el relato en primera persona, siendo la narradora una mujer que era ella misma, disfrazada apenas por detalles dispares o concesiones tenues a un intento de ocultamiento. Se puede notar sin ninguna dificultad al leer el libro cómo esos pueriles disfraces se diluyen a medida que la relación avanza, y finalmente aparece la escritora claramente retratada a través de sus palabras. Así, Nabam iba tomando forma y peso, y ella se despojaba de imposturas para reconocerse como protagonista del drama.
"No soy más que una mujer. Una patética mujer. No puedo escribir sobre sentimientos porque caería en la deplorable zona de la novela rosa, no no no no no no no. ¿Qué se puede decir que no haya sido dicho admirablemente por otros?."
Este párrafo se encuentra en su diario, y por la fecha corresponde a las primeras etapas de escritura. No deseaba escribir una historia de amor, y era eso sin embargo el fondo de la trama, la secreta seducción del demonio. Sin embargo, un segundo leimotiv ejercía un contrapunto constante, y era la relación del demonio con Dios, la imposibilidad de probar la existencia de Dios aún ante la presencia del demonio, igual de ignorante que las demás creaturas de los secretos designios del creador.
Así, este personaje en principio fantástico e increíble se va mostrando como ser arrojado al mundo, dotado de escasos poderes y aún más escasos conocimientos del más allá, siendo que al entrar en este territorio, al franquear la puerta de nuestra existencia pierde la memoria sobre las maravillas o espantos del otro lado.
Todo esto lo escribía ella sin consultarse a sí misma, con rapidez, finalizando capítulo tras capítulo casi sin efectuar correcciones posteriores.
"No me extrañaría para nada comenzar a escribir en lenguas.
Jamás había sentido igual urgencia por otro relato, ni tanta seguridad al poner las palabras, que se siguen unas a otras como dotadas de una necesaria ordenación. Recuerdo un documental sobre el autismo, en el que un niño dibujaba un gallo copiando la imagen fielmente de su memoria, trazando líneas aparentemente azarosas, caóticas, hasta que como por milagro se completó la figura. Se explicaba que las líneas no tenían sentido para él, y que aleatoriamente podía realizar un trazo del ala, luego una pata, luego una pluma de la cola y el pico, pero que el gallo surgiría completo y perfecto al final, siempre igual al primer modelo, sin importar el orden o aparente desorden de la operación. Me pregunto si no estaré dibujando algo que tiene una existencia propia, me pregunto qué rostro aparecerá cuando coloque el punto que cierre el último capítulo, y si podré mirar ese rostro que me estará devolviendo la mirada".
Esa sensación de ser mera transcriptora, acaso de estar realizando un acto más de medium que de creadora la acompañó todos los meses en los cuales los capítulos se sucedían velozmente unos a otros, en los cuales el demonio narraba historias, reflexionaba sobre la humanidad desde su condición de creatura ajena, se instalaba con su rostro y su cuerpo detalle por detalle en las palabras y en esa realidad paralela que tomaba una consistencia de cosa cierta.
Y Nabam, claro, era hermoso y terrible, orgulloso, soberbio y completo en sí mismo, una enorme fuerza agazapada y acaso mentida en su presencia confortable. La violencia probable, la posibilidad de una súbita detonación hacía que el horror por su condición demoníaca permaneciera como bajo contínuo por detrás de la melodía tranquilizadora de los diálogos calmos y la convivencia cotidiana.
El demonio se presentaba con una corporeidad en el relato que al principio le hizo dejar las luces encendidas por las noches y se resolvió luego en una especie de espera insensata.
"Me he descubierto en la calle mirando insistentemente los portales y las veredas, buscando la imagen familiar de mi demonio recostado contra el umbral de una casa o fumando silenciosamente desde la silla de un bar, libro en mano, sentado con esa actitud de dejarse estar, con ese reposo de animal cazador que reconocería de inmediato.
Me ha parecido verlo, y no me he asombrado. Sería natural y fácil caminar hacia él y saludarlo, aceptando su comparecencia como algo necesario.
Cuando escribo lo siento a mi lado, puedo percibir ese olor que le es característico, y no tengo miedo sino expectación. Frente al teclado de mi computadora, mientras describo cómo me seduce lentamente, soy seducida, ¿me seduzco?. Y cómo lo extraño cuando lo busco en las habitaciones silenciosas y descubro que él no está aquí, que no puedo rodear su cuerpo ominoso con mis brazos.
Ayer, cuando llegaba a casa, la imagen de Nabam aguardándome, espalda en la pared, cigarrillo humeante en la mano de estatua, esa imagen era tan nítida y precisa que la decepción de no encontrarlo me sumió en una depresión que hube de conjurar continuando con la novela, donde vive respira actúa habla, me habla."
 
Reconociendo el grado de obsesión que su personaje le provocaba, la escritora no se alarmó por ella sino se limitó a disfrutarla, pues no creía en realidad en la existencia de los cielos o infiernos del catecismo. Pensaba, como lo consignó en otros apuntes, que esta momentánea suspensión de la incredulidad era el
resultado de haber encontrado un carácter y una historia interesantes, cosas que favorecerían la obra, que prometía ser buena o en el peor de los casos menos mala que sus anteriores producciones, las que reconocía resignadamente como mediocres y carecientes de ese impacto que obliga al lector a mantener la atención en las páginas, y distrae del artificio del estilo y los mecanismos del relato.
"No te asustes, que cuando te dije que lo busco y me parece escuchar sus pasos demorados por las habitaciones, sé perfectamente que no va a ocurrir. Sólo es un sentimiento de posibilidad de la maravilla pero como juego. Dejame ser feliz con su compañía imaginaria mientras dure. No te preocupes, que no me estoy volviendo loca. Lo que pasa es que es tan hermoso."
Este fragmento de un mail a una amiga da cuenta de la alarma de ésta por esa inmersión en la irrealidad, y del intento de la escritora por tranquilizarla y quizás tranquilizarse a sí misma.
Luego del frenesí de escritura de los primeros tiempos, hubo una súbita detención en correcciones mínimas y agregado o sustitución de palabras o frases que no alteraban la obra sustancialmente, sino que demoraban el desenlace.
"No he continuado con la novela. No puedo decir mi novela porque es suya, es la zona donde él camina y respira y me acaricia distraídamente. Me he percatado de que esta suspensión no se debe a falta de inspiración. Demasiado sé que ya el último capítulo está completo línea por línea, y es el miedo a la finalización, a escribir las palabras lo que me amedrenta. Sé que puesto el punto final, esto acaba, Nabam se transforma en un personaje con presentación, nudo, desenlace, y que narrar el desenlace equivale a darle fin a él junto con la novela. Está vivo mientras escribo, lo relegaré al pasado cuando concluya su historia. Me demoro en separarme de su presencia cotidiana, no me resigno a aceptar que sus últimas palabras sean consignadas y se resuelva finalmente en una foto más del álbum, que desaparezca como esos amigos que se van y se diluyen en la memoria."
Pero, resignadamente, luego de corregir una y otra vez pasajes ya revisados, en un solo día completó lo que restaba y colocó el temido punto último que equivalía al punto de muerte para la relación íntima con su personaje.
"Ya está, la cosa está hecha. Nabam está terminado, qué feo me suena. Ahora, a intentar vivir sin mi demonio. Pero qué dramática, yo que deploro las tragedias y esa penosa magnificación de las cosas, me entrego a la lástima por mí misma y por nada.
Pero me engaño. Es el pudor, siempre ese pudor por los sentimientos lo que me obliga a intentar mentirme a mí misma. Los sentimientos me avergüenzan como la exhibición de las tragedias o la demostración de que al fin y al cabo yo tomo, también, seriamente mis sufrimientos, aunque éstos sean bastante lastimosos y dignos más de una sonrisa que de una lágrima. No es que no haya ocurrido nada, lo que me sucedió no sucedió en el terreno de lo diurno, de lo tangible, pero esta desazón, este pesar no son ficticios. Es un abandono, una carencia, y duele, me duele.
A veces siento el impulso de retomar Nabam, de agregar otro capítulo, de fingir que puedo tocarlo cuando íntimamente sé que está completo y no puedo manipularlo sin perjudicar esa cosa de bruñido ya realizado."
Quizás resulte innecesario referir que ella estaba enamorada de Nabam. Se había enamorado de ese ángel caído hermoso y taciturno que página a página iba definiéndose como un ser negado al amor. Era la seducción del amado inaccesible, acaso la más perversa porque al no ser factible su satisfacción la transforma en una obsesión imposible de conjurar. Ella sólo podía depositar su amor en ese demonio, y el demonio sólo podía amar a Dios, que lo había expulsado de su amor.
Situación refleja, simétrica, insensata porque el demonio a fin de cuentas no existía.
"Te extraño mi Nabam, cómo te extraño. Y no es casual que extraño sea lo ajeno, lo diferente, lo alejado de uno y de sus costumbres, y utilicemos el verbo extrañar para expresar el intolerable vacío, la urgencia, el desesperado hueco que alguien deja en nosotros al marcharse. Cuando uno extraña, es porque el extrañado se ha convertido en ajeno, alejado, diferente, en un extraño."
Pasado un tiempo, dijo a sus amigos en tono de broma que poco a poco había remitido la enfermedad, y que ya no buscaba a su personaje por las calles ni esperaba hallarlo sentado en la silla de hierro de la cocina. Contó que había comenzado a escribir algunos cuentos, y que tenía la idea de una nueva novela.
Hay apuntes de esa novela, que recomenzó varias veces, sin hallar el tono justo ni la forma de narrar la historia. Los borradores revelan una escritura desganada, carente de inspiración, más de trabajo de redacción impuesto que de novelista.
"No hallo placer en la escritura, no puedo dejar el estilo de Nabam, su castellano antiguo, su fría observación a través de frases corteses. No puedo creer en estos nuevos personajes intrascendentes, meros personajes y no otra cosa, marionetas con los hilos al descubierto. Cómo habría sonreído Nabam, siempre tan pronto a burlarse de mí, si hubiese leído la frase `marionetas con los hilos al descubierto'. Sin su mirada no puedo soslayar estas frases estúpidas y gastadas. Para qué engañarme, no puedo escribir este libro sin sombra, esta historia anecdótica e insustancial que tanto esfuerzo me demanda y que tan poco vale."
No destruyó los borradores, pero los guardó definitivamente y no volvió a escribir.
Sus conocidos dicen que ya no hablaba de Nabam, y que continuó su vida sin demostrar la íntima sensación de vacío de la que habla en su diario. Era quizás tan penosa para ella que no quería compartirla, y más aun cuanto que pensaba que no había verdaderos motivos, ya que se repetía que el demonio había sido un personaje en una trama y no había razones reales para sentirse abandonada. Cabría preguntarse qué es la realidad, qué significa esa palabra aplicada a los sentimientos.
"Trato de salir, de ver amigas, de volver a la realidad. Me persigue un vacío helado, una soledad que me atemoriza, la vergüenza de admitir ante mí misma que me enamoré de un ser inexistente y al que yo misma di forma sólo con palabras. Cómo decir esto, como admitir esto si no puedo confesármelo sin saber que es absurdo. Sin embargo, no es menos doloroso por ser absurdo. No, no duele menos."
Fue entonces que tomó la resolución de invocarlo. Tal vez lo meditó durante semanas, tal vez fue un impulso repentino. Como sea, ningún rastro escrito queda de ello, y cada uno puede formarse su propia opinión al respecto.
Repitiendo al personaje, repitiéndose a sí misma si convenimos finalmente en que ella era el personaje de la novela, con una tiza dibujó el círculo mágico y el pantaclo en el suelo, y pronunció su pedido de comparecencia a la noche del martes, al aire inmóvil de la habitación, a los improbables habitantes de esas oscuras regiones invisibles en las cuales no creía.
Sabemos que su pedido fue satisfecho, y también sabemos que no fue su demonio familiar, su doméstico acompañante quien apareció atraído formado o conjurado por la letanía. Qué terrible espanto se alzó frente a ella Dios nos guarde de saberlo. No fue posible reconocerla, pues su cadáver estaba desperdigado en jirones de carne y cabello y vísceras ensangrentadas. De nada había servido la pueril barrera de la línea de tiza, y la protección que asegura el conjuro es seguramente un engaño más de los demonios, que se complacen en juegos de esa naturaleza.
Ahora, en mis manos se encuentra la novela, y me hallo con súbito horror buscando la figura de Nabam recostado en algún muro, fumando en la silla de algún bar, respirando quedamente mientras hojea un libro. Línea por línea conozco su rostro y su cuerpo, y es tan hermoso. Es tan hermoso.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El cielo tan deseado*
 
 
 
En mi cielo, las voces  de los autores me leen sus textos en la oscuridad. En mi cielo estabas, te preguntaba algo y contestabas o consultabas los libros, esperaba tu explicación con la sonrisa de la que recibe una joya. En ese mismo cielo los picaflores tomaban de tu mano su leche de azúcar y vos plantabas flores cuidando los colores. Pintor - jardinero de lo efímero. El mundo se  abría con viajes y libros, antes de las pantallas. En ese mismo cielo Benito, Uma y Huayra aprendían de vos la conversación, cierto arte íntimo para cubrir las paredes de belleza. Todos nos sentábamos a ver cuando  por las  noches les leías  cuentos, como salía a volar el pájaro azul que, ahora no tanto, se les  pide a los hombres que no muestren..También estaba  la plaza de Egipto. en el momento más alto de la alegría de la lucha En ese cielo “no pasaran” decíamos y nunca pasaron. Trabajaba de leer diarios y desparramar a cada cual las noticias que les interesaban, el café salía de las  canillas. En lugar de propagandas tiraban en  el umbral poemas para que la mañana brille cuando se sale a la calle. Siempre había una mirada enamorada, salir  a festejar, carnavales, la libertad, el contacto. En mi cielo me acunaba en la plaza o lloraba con otros .El cuerpo vivía y contaba, las cirugías no modelaban a las mujeres, la vida si. Mirá esta es la voz,  tan casi de niña, con la que dije mis verdades y mis dulzuras. Mirá con estos ojos, descubrí a Miguel Hernández, hace tanto, se me llenaron de rosas en la fiesta  del sol que se esconde en Kee  West,  miré caminar a mis hijas  y las sonrisas del principio ¿El cuerpo es la perfecta foto de una estrella de cine o ese recorte con forma de  corazón en un vestido por el que se busca atrapar una mirada? ¿El arte es lo perfecto o lo que uno hace con lo que le falta? El cuerpo es el placer de  tirarse desde la montaña  de arena que es un Everest en la infancia, y la frescura del  agua, alma acariciante,  para flotar. Es un llamado, un regalo para otro. A veces uno se envuelve en papel celofán.  Y es una fiesta si alguno sabe desenvolverla. En mi cielo una pequeña florcita blanca, se posa sobre el negro fondo de la taza de café olvidada  en el jardín,  muestra en su contraste, que hay también un luto esperando, un pequeño infierno que la flor de pétalos abiertos atenúa y sobrevuela. Desde mi cielo no se ve el cielo, como lamenta Monterroso, pero sí se lo escribe que es una manera de curarle las heridas o de verdad soportar que no exista salvo por llamaradas.
 
 
*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Bajo los árboles de ese mediodía
Amé tu sangre descolgada de las sombras.
Todo florecía
Hasta las huellas esqueléticas
De las hojas del álamo.
Salpicaste mi espalda de colores
Con sonidos y hechizos.
Se llenó mi tiempo de tu espesa armonía
Y nos volvimos de tierra, de madera y agua
De viento y de pétalos
Para no olvidarnos.
 
 
*De María Manetti. dulcemariam6@hotmail.com
08/04/2013
 
 
 
 
 
 
 
 
Palmira y las reglas ortográficas*
 
 
 
*De Nechi Dorado. nechi.dorado@gmail.com
 
Esta historia sucedió hace muchos años, cuando sobre el cielo de mi tierra,  gordas nubes de plomo,  comenzaron una danza alocada. Cuando la primavera asomó salpicada de sangre de pueblo trabajador y una caterva de caranchos, con insignias doradas en el pecho,  afilaba sus garras desgranando pedazos a la historia. El odio de clase, predecesor y sucesor de otros enconos de sinrazones,  irrumpió en la escena nacional pisoteando el derecho al trabajo y a la decisión.
Mi hogar padeció situaciones de espanto, pero jamás hubo permiso para llantos ni demoras, sí  en cambio, se abrió paso a la palabra resistencia alcanzando un sitio de honor en nuestra mesa.
En las interminables noches de ausencia de mi padre, seguramente viendo la tristeza en mis ojos de niña, mamá me enseño que la lucha por los derechos era imprescindible y realmente fui incorporando esa idea. Aprendí que las lágrimas, muchas veces, hay que transformarlas en bronca motora de instancias superadoras, imprescindibles.
Como docente y militante y por si eso  fuera poco, como compañera de un dirigente político-sindical, perdió la posibilidad de acceso a empleo formal, pero supo saltar el obstáculo. Fue entonces, cuando la sala de casa se llenó de banquetas y de niños inquietos que necesitaban apoyo para sus tareas escolares,  la familia que podía pagar lo hacía,  los niños cuyo entorno era muy pobre, tomaban clases igual.
Aprendí en aquellos tiempos qué cosa era la sensibilidad social  y con los años pude ver cómo ingresaba en terapia intensiva.
Todos los días por la puerta de casa pasaba un señor con un carrito tirado por un caballo marrón con una mancha blanca en la frente, voceando: “botelleeeeroooo, botella, trapo viejo, mueble viejo, diario viejo p’a vender, boootelleeeerooooo”.    En primavera, cuando comenzaba a apretar el calorcito anunciando la inminencia del verano, mamá dejaba la puerta y las ventanas  abiertas para que la brisa se colara; además,  el lugar se convertía en una especie de atalaya desde donde podía observar mis juegos en la calle.
Una tarde, el botellero, detuvo la marcha de su caballo en la puerta de nuestra vivienda. Ahí me enteré que la tracción a sangre en realidad era una yegüita y se llamaba Palmira.
¡Fue tan hermoso ver a Palmira mordisqueando el pastito que crecía bajo el árbol que daba sombra a la casa, que se me ocurrió convidarla con mi chupetín!  Deduje que tendría hambre y era el único paliativo que encontré a mano. O a boca, para hablar correctamente.
Palmira, supuse que agradecida, lamió el dulce y esa fue la primera vez que compartí una golosina con una caballa con manchita en la frente. Una lamida ella, otra yo y ambas nos mirábamos a los ojos estableciendo una comunión sin hostias,  sin genuflexión y sobre todo con desprendimiento absoluto del  sentimiento de culpa. Por suerte mamá se distrajo perdiéndose el espectáculo de la relación recién nacida entre su hija y la yegua. No se si la hubiera apoyado, todo bien con intercambios bípedo-cuadrúpedo,  pero me refiero a eso de los lengüetazos…
-Cuidámela, pidió el botellero y se paró en la ventana mirando hacia adentro. Mi madre interrumpió su clase y se dirigió hacia donde estaba el hombre.
-Buenas tardes, compañero, saludó ella. ¿Puedo ayudarlo en algo?
(¡Claro, eran tiempos en los que para alguna gente un trabajador no representaba un peligro inminente sino  que era parte de una unidad clasista!)
-Perdone, señora, pero ¿sabe? Yo dejé la escuela en segundo grado, después hubo que salir a ganarse la vida para ayudar en casa. Cuando veo chicos estudiando me da un nudito aquí, agregó tocándose la panza.
-¡Pero yo podría dictarle clases! Puede venir mañana mismo, coordinemos un horario y tiene las puertas abiertas, respondió mi madre. Ni piense en tener que abonar nada, usted debe terminar su ciclo y  lo ayudaré con mucho gusto, agregó mamá enfáticamente.
-Gracias señora, pero es tarde ya, respondió, no tengo tiempo. Solo quería contarle que me gusta mucho la poesía, escribí algunas y si usted quiere se las dejo y me da  su opinión. Eso sí, por favor que nadie las vea, porque yo   tengo muchas faltas. Una vez se las mostré a una mujer muy preparada y  me dijo que eso no era poesía, que había reglas para ser poeta y sobre todo debía no tener errores. Seguro que tenía razón, por eso dejé de hacerlas, pero guardé algunas y por ahí a usted le sirvan y se las pueda leer a los chicos, pero que no las lean ellos, casi rogó.
El botellero dejó un pilón de hojas amarillentas  en manos de mi madre, saludó con la misma cortesía con la que se presentó y acarició mi cabecita antes de subir al carro y llevarse a Palmira, que a la vez se llevó mi chupetín, lo que no me causó ninguna gracia.
-¡Yegua maleducada! dije tirando la piedra de la rayuela contra las huellas que dejaba el carro que se alejaba. (Hoy toda huella que veo me sabe a chupetín)
Cuando terminó la clase, los chicos comenzaron a burlarse y con sobrados motivos:
-¡La yegua te robó el chipetí-iiiin, la yegua es más viva que vo-ooosss,  cantaban con la espontaneidad maravillosa que las criaturas tienen y van dejando por los caminos de la vida a medida que se va madurando! ¿Madurando? Bueno, así dicen. ¡Qué se yo!
Entré a casa mascando bronca, indignación y amasando las ganas de tirarle piedrazos al día siguiente, cuando Palmira pasara por la calle como todos los días. Y cuando volvieran los chicos…
De pronto vi a mamá secarse lágrimas que se deslizaban por sus mejillas suavecitas como el algodón.
-¿Por qué llorás tía? Preguntó Griselda, (Pochita) mi prima que era seis años mayor que yo y con la que mami hablaba de mujer a mujer, aumentando mi bronca. En ese momento encontré una nueva víctima para la venganza del día siguiente: ¡Pochigriselda, a vos también te voy a hacer algo! pensé aunque no lo dije en voz alta.
-Leé Pochita, fíjate como siente este hombre, invitó mamá.
-¡Ay tía!, respondió mi prima pasando sus ojos sobre el papel ajado, me gusta pero tiene muchas faltas de ortografía, escribió hacer sin hache y ver con b larga.
Mami acarició la cabeza de Pochi, la abrazó como siempre hacía pese a mis celos infantiles que se descargaban en mis dientecitos que a la vez mordían mi lengua, antes de explicar:
-Pochita, cuando pase el carrito pensá que allí va un poeta innato. Un hombre que no tuvo la posibilidad de acceso a la cultura. Hay montones como él  y son los eternos invisibilizados en un mundo donde las reglas las imponen entre palabras difíciles.
-Este hombre hace hablar su alma y eso debemos sentir, siguió diciendo mi madre. Son latidos los suyos y como tales,  lo celebro e incentivo más allá de reglas ortográficas, agregó.
-¿Pero es poesía eso? Preguntó mi prima.
-Para mí sí, respondió mamá, pero  no soy  ni quisiera ser  crítica literaria. Apenas llego a preguntarme si acaso no sirve la poesía cuando nace  en la mesa sin pan, en la mesa sin vino del obrero. Este hombre, como tantos, habla con la simpleza del que no recorrió páginas porque no pudo, ¿pero, quién puede desvalorizar lo que siente? ¿Un verdadero artista? ¡Para mí, no. De ningún modo!
-Hay gente que erige monumentos a la cultura aún con ausencia absoluta de herramientas literarias. Gente que es capaz de negarle un tiempo al descanso,  luego de durísimas jornadas que encallecen sus manos y llenan el cuerpo de sudor rancio. Gente que termina siendo arrojada como paria por los senderos de la vida selectiva que sacraliza intelectos descalificando esfuerzos, completó su idea mamá, aunque yo no entendía nada, menos con chupetín arrebatado…
Griselda y yo recordamos la historia muchas veces cuando mami ya no estuvo físicamente, porque a un médico irresponsable se le ocurrió escribir la peor “poesía” al dolor, nacida de un  error imperdonable.
Aprendí aquel día de hace tanto, que bien puede la poesía crecer sobre huellas de barro congelado, o sobre terrones de polvo transpirados  aunque termine dando vueltas carnero en algún cajón inexplorado… Aprendí que el desconocimiento de las reglas ortográficas no es obstáculo facilitador de  que el corazón quede encriptado.
Como te dije antes, esta tarde recuerdo y de paso confieso,  también acabo de perdonar para siempre a Palmira.
 
 
 
 
 
 
*
 
 
 
La tardecita me encontró ahí
puntual,
lista para ese instante.
Ibas a decirme algo lindo:
tuyo y mío
yo tenía que estar más linda que nunca.
Disimulaba la ansiedad con pastillas de limón
redondas.
Todo entraba en el bolsillo de mi campera.
Pero nada era pequeñito.
Ibas a decirme algo lindo,
dijiste,
y a mi cuerpo
le crecieron
pétalos.
 
*De Paz Bongiovanni. pazbongio@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
***
 
 
Inventren Próximas estaciones: 
 
 
 
EMILIANO REYNOSO.  
-Por Ferrocarril Provincial-
 
 
 
INDACOCHEA
-Por Ferrocarril Midland-
 
 
 
Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.
 
 
 
 
-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:
 

LA RICA.  SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 
 
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE. 
 
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  
 
PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.
 
 
 
-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:
 
 
SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS.
 
JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
 
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
 
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
 
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
 
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 
D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
 
  ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
 
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.
 
 
 
 
 
 
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1 comment:

alma said...

me encanta! los escritos y especialmente las fotos. gracias
habrá un link para compartir en fb?