Friday, October 04, 2013

OPACO COMO TODO LO ETERNO...



*Obra de IRIS SAMAAN. “SERIE MI VIDA”
Artista de Lomas de Zamora.
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
 
La noche urbana transcurría alrededor y casi através mío
cuando, como una luciérnaga, tuve entre mis manos,
brotando del estruendo de nafta y cornetazos
el misterio de Dios.
Quedé parado
en una esquina o a mitad de cuadra
mirando este oxidado destello, opaco como todo lo eterno.
Los turistas, los vecinos anónimos, los paseantes siguieron
andando, pescazando. Consumiendo,
y yo quedé estorbando su procesión,
esa velocidad de tanto poder adquisitivo,
con el misterio de Dios entre mis manos.
Olía a rutina y a cerveza, como cualquiera en el verano
y tambaleé unos pasos maravillándome, maravillándome.
Tarareé, igual que siempre, y anduve, igual que siempre, 4 ó 5 baldosas.
Las luces asessinas de las billeteras andaban por ahí.
Yo iba vigilante, pues debía comprentender porqué, cómo, cuándo,
comprentender algo de tanto, algo de todo, algo de algo.
Pasó una ambulancia jineteada por un dolor ajeno,
y compartí el descubrimiento
con ella y con el canillita y con el ciego y con la que vende lotería
y con el nenebobo de encallecidos padres a babor y estribor.
Algo para el gurí que perdió el globo y para el chico del sillón de ruedas.
Poquito a la pareja que se estaba besando,
pues ya había muy de más, por ahí.
Sobre los cochecitos de brotes malcriados, gotitas, nada más.
Un guiño para el viejo
que sembraba en los jóvenes memorias maduradas.
Y así.
Colgué de un campanario unos trozos, para que las campanas
lo esparcieran por viento, calma, solana, lluvia, a la hora exacta.
Muy pronto,
ya había compartido, totalmente,
el misterio de Dios.
 
Y entonces:
lo comprendí y lo entendí.
 
Todo.
 
 
*De Horacio Rossi
Escritor argentino (1953-2008)
 
-Poema elegido por Alfredo Di Bernardo para El Regalador nº 460.
 
 
 
 
 
 
OPACO COMO TODO LO ETERNO…
 
 
 
 
 
 
 
*Por Angie Pagnotta. angie_pagnotta@hotmail.com
 
 
¿Qué pasa en el aire, cuando el viento se enrosca?
 
Hay una brisa que trae novedades.
A lo lejos, se expande una soga que pasa miles de prendas nuevas y usadas. Remeras, vestidos y medias flamean furiosamente. La tarde comenzó a vestirse de lana, y el viento húmedo sacudió los telones, los vidrios y los toldos.
El viento trae consecuencias y avisa.
La ropa en las terrazas se mueve violenta, penetrable y ruidosa. Las ropas bailan y hacen una danza ancestral, como un canto de ballena en el fondo del mar. Los cortinados, los tanques y los cuadros zigzaguean a ritmo de candombe.
El viento trae esperanza. El viento brinda aire.
La continuidad de nuestros actos será un acercamiento más en estos minutos decisivos. El sol está cayendo, el viento avisó. Los actos comulgarán con otros que se volverán hechos. El viento avisa, pero los actos no.
 
 
***
 
-Angie Pagnotta es periodista recibida en TEA (Taller, Escuela, Agencia) y estudiante de la carrera de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Tomó clases de narrativa, escritura y crónica periodística con distintos maestros, entre ellos Walter Cassara, Osvaldo Bossi y Vicente Battista. Colabora con medios gráficos y digitales como El Gran Otro, Entrevistar-Te y Revista La Única. Obtuvo una mención en narrativa por su cuento “Alejandra”, otorgado por la Biblioteca Nacional. Es fundadora y directora de Revista Kundra – Literatura aleatoria y del portal de Arte y Cultura Baires Digital. Actualmente está escribiendo su primera novela.
 
 
 
 
 
 
La ciudad que perdía el tiempo*
 
 
 
*Por Juan Forn
 
 
En lo alto del parque Letná en Praga hay un metrónomo gigantesco, pintado de rojo y visible desde cualquier parte de la ciudad. La mitad del tiempo la aguja está inmóvil: el aparato gasta una fortuna en electricidad y el municipio no consigue sponsors que paguen la cuenta, pero a los praguenses les gusta igual, han tenido siempre fama de perder el tiempo en las tabernas, de hacer todo con retraso. Cuando Stalin cumplió setenta años, en 1949, todos los países socialistas homenajearon puntualmente al Padrecito de los Pueblos pero los checos se atrasaron con la estatua que querían erigir en su honor. Para congraciarse con Moscú no les quedó otro remedio que prometer el monumento más grande erigido nunca en honor a Stalin. Se alzaría en la colina del parque Letná y sería la primera visión de la ciudad que tuviera todo aquel que llegara a Praga. Llamaron a concurso pero se presentaron sólo cuatro proyectos, así que el ministro de Propaganda obligó a todos los escultores de la ciudad a presentarse voluntariamente. El más ilustre de ellos, el viejo Karel Pokorny, presentó un Stalin con los brazos abiertos como un cristo, para no ganar. Otokar Svec no podía darse ese lujo: necesitaba adecentar su currículum; un año antes le habían tirado abajo una estatua que había hecho de Roosevelt y tenía un pasado de vanguardista, necesitaba congraciarse con el nuevo orden. Otokar no quería ganar, le alcanzaba con quedar segundo para limpiar su legajo, pero tuvo la desgracia de que eligieran su proyecto.
El Stalin que debía hacer tendría la altura de un edificio de diez pisos. En una mano llevaba un libro y la otra la apoyaba contra el pecho. A su lado marchaban, abriéndose en cuña, un obrero, una muchacha y un soldado. Los del lado izquierdo eran soviéticos, los del lado derecho eran checos. En el proyecto original sólo acompañaban a Stalin los dos soldados, pero el ministro dijo que parecía que se lo estaban llevando detenido e hizo agregar las otras figuras. También pidió que Stalin fuera más alto, aunque transgrediera las proporciones del conjunto. En realidad, sacó una navaja del bolsillo y cercenó las cabecitas de los comparsas en la maqueta en arcilla que le había presentado Svec. El escultor comprendió la metáfora: él mismo era comparsa en el proyecto; mucho más importantes eran los arquitectos. Había que hacer una gigantesca base subterránea de hormigón a la estatua para que la montaña no se derrumbara; había que reforzar el asfalto de los caminos desde las canteras de Liberec para que resistieran el paso de los enormes camiones rusos portatanques que irían trasladando los bloques de granito que conformarían la estatua; y había que apurarse para que el monumento estuviera listo de una vez. Pero eran checos: Stalin se murió y ellos no habían terminado todavía.
Tardaron seis años en lugar de dos. La inauguraron con fastos el 1º de mayo de 1955. Kruschev ni se molestó en ir; Stalin ya empezaba a ser mala palabra. Meses después vendría su famoso discurso del XX Congreso condenando los errores del Padrecito de los Pueblos y prohibiendo el culto a la personalidad. En todas las ciudades del bloque socialista se apuraron a cambiar los nombres de plazas, calles, montañas y ciudades dedicadas a Stalin. Pero sacar la enorme estatua del parque Letná no era tan fácil: había sido construida para que durara para siempre. Y, además, era obra de todo el pueblo checoslovaco. Eso dijo el ministro de Propaganda cuando la inauguró y eso hizo poner en la placa. Un par de horas después, en las tabernas de Praga, los parroquianos se felicitaban unos a otros por lo bajo, por la responsabilidad que les cabía en aquel retablo que simbolizaba a la perfección las colas para recibir carne, el día de la semana que había carne en los mercados de Praga. El nombre de Otokar Svec no se mencionó en todo el acto. Tampoco estaba en la inauguración. Se había suicidado unas semanas antes. La leyenda dice que una noche había ido en taxi hasta la obra, la circundó a pie, volvió al coche, le preguntó al taxista qué le parecía. El taxista señaló una de las figuras secundarias del lado de los soviéticos y dijo: “Me gusta que la campesina le toque la bragueta al soldado. Al que lo hizo seguro que lo fusilan”. Lo encontraron muerto, acostado en el piso con la llave del gas abierta y una nota de puño y letra contra el pecho: “Cedo los honorarios que me correspondan por el pago de mi tarea a los soldados que perdieron la vista en la guerra”.
Al ministro de Propaganda Kopecky le tocó encargarse de la eliminación de la estatua, “de una manera digna y respetuosa”. Cuando recibió la orden, le dijo a su mujer: “Este asunto me va a seguir hasta después de muerto”. La montaña era débil para sostener el monumento, imagínense para demolerlo. Hacían falta ochocientos kilos de dinamita repartidos en dos mil cargas para ir acabando por partes con aquel coloso de granito, hierro y hormigón. No se lo podía volar por los aires alegremente; debía hacerse en tres detonaciones sucesivas y envolventes, para que los trozos no salieran despedidos a la ciudad. La explosión fue de día pero todos la recuerdan nocturna por el famoso cuento de Bohumil Hrabal. (“El Moldava era una serpiente de plata, la cabeza de Stalin se llenó de luz, y de pronto la noche tuvo todos los colores del arcoiris y caían pequeños pedazos de Stalin sobre los techos de las casas y el río, mientras la enorme cabeza rodaba colina abajo, cruzaba el puente y llegaba hasta la Plaza Mayor.”)
En realidad, la cabeza de Stalin la habían desmontado antes, en trozos, los dos mejores picapedreros de las canteras de Liberec. Los bloques se ocultaron en distintos rincones de la ciudad. De alguna manera, la nariz de Stalin llegó al cementerio judío, un rincón perdido al fondo del cementerio municipal, y allí quedó, durante treinta años, custodiada por el jovencito que había recibido la orden de enterrarla. Cuando cayó el Muro, el jovencito ya era un viejo pero seguía siendo el único sepulturero del cementerio judío y tenía todavía la nariz de Stalin. Todos los taxistas de Praga lo sabían y ofrecían el paseo a los turistas occidentales que querían comprar souvenirs socialistas. El viejo sepulturero recibía a las visitas, les hacía la recorrida y rechazaba invariablemente las ofertas que le hacían por la narizota de granito. “Hay cosas que no tienen precio”, decía y procedía a relatar cómo se habían ido los soviéticos de Checoslovaquia en 1989. Especulando con la proverbial pachorra checa, los rusos argumentaron que necesitarían dieciocho meses para evacuar en tren. Los taxistas checos, todos los taxistas del país, se pusieron de acuerdo y propusieron llevarlos ellos: a los oficiales, a los soldados, a las esposas, a los hijos y a los bártulos. Los transportaron a todos en una semana al otro lado de la frontera. Lo hicieron gratis, a cambio de que fuese en siete días. Durante una semana, todo aquel que tenía un coche en Checoslovaquia fue taxista. Y cuando volvía de la frontera se iba derecho a la taberna a perder el tiempo como Dios manda.
 
 
 
 
 
 
 
 
AMARGO*
 
 
*De Ruth Ana López Calderón. anilopez20032000@yahoo.es
 
 
Un sorbo de mate amargo,
como silencios la madrugada peinan
soledades y ataviadas nostalgias
y las sombras de los árboles
acarician los barrotes de la ventana
pupilas que contemplan al horizonte.
Pensamientos anegan confusos instantes
crepitan realidades penumbras devanan
y sueños seducen irracionales y es negro
y es blanco
y es gris:
¡no!, ¡no!, ¡no!, es de rutilantes colores:
Ojos absortos y estremecida piel,
perturba, crispa, como truncado el vuelo del pájaro
a lo lejos, y aleteos desesperan rasgar el viento
entremezclando, lágrimas y rocío
besando el marco de la ventana,
y la ironía danza sonriente sobre balcones viejos:
otro sorbo de amargo mate,
y embebidos resquemores y congeladas venas astillan
la piel.
La quietud abraza cada rincón del paisaje
resquebrajado, inhóspito,
vacíos claman presencias lejanas.
El mate amargo,
no tan amargo como el instante de lucidez.
 
 
 
*Poema incluido en DESDE LAS PROFUNDIDADES
Editorial BLACK DIAMOND EDITIONS, 2013
https://www.blackdiamondeditions.com
Desde las profundidades, 2013.
Derechos reservados © Ruth Ana López Calderón, 2013.
 
 
 
 
 
 
 
*
 
nuestro jardín
abigarrado de abismos
podría darte una flor
surgir en medio,
digo
recortarse percepción
y disfrutar
que es beberse las palabras.
 
 
*De Alejandra Alma.
 
 
 
 
 
 
ARMARIOS*
 
*De Walter Benjamin.
 
El primer mueble que se abría obedeciendo a mi voluntad fue la cómoda. Tenía que tirar tan sólo del tirador y la puerta saltaba, empujada por el muelle. Dentro se guardaba mi ropa. Entre mis camisas, calzoncillos, camisetas que deben de haber estado allí y de los cuales no recuerdo nada, había, no obstante, algo que no se ha perdido y que hacía que el acceso a este armario  me resultase una y otra vez seductor y fantástico. Tenía que abrirme camino hasta el rincón más recóndito; entonces daba con mis calcetines que estaban amontonados allí, enrollados y plegados según antiquísima costumbre, de forma que cada uno de los pares presentaba el aspecto de una pequeña bolsa. Para mí no había mayor placer que el meter mi mano lo más profundo en su interior; no sólo por el calor de la lana. Era la "tradición" la que, enrollada en su interior, tomaba siempre en mi mano y que me abría de esta manera hacia la profundidad. Cuando la tenía abrazada con la mano, y me había asegurado en lo posible de la posesión de la masa suave y lanuda, entonces comenzaba la segunda parte del juego, que conducía a la revelación emocionante. Pues ahora me disponía a desenvolver "la tradición" de su bolsa de lana. La aproximaba cada vez más hacia mí, hasta que se obraba lo más sorprendente, que "la tradición" saliese por completo de su bolsa, en tanto que ésta dejaba de existir. No me cansaba nunca de hacer la prueba de esta verdad enigmática: que forma y contenido, el velo y lo velado, "la tradición" y la bolsa, no eran sino una sola cosa. Y había algo más, un tercer fenómeno, aquel calcetín en el cual se convertían las dos. Si ahora pienso cuán insaciable fui para conseguir este milagro, me siento tentado a suponer que mis artificios no fueron sino la pequeña pareja hermanada de los cuentos que igualmente me invitaban al mundo de la fantasía y de la magia para acabar por devolverme de la misma infalible manera a la simple realidad que me acogía con el mismo consuelo que un calcetín. Pasaron años. Mi confianza en la magia ya se había perdido y hacían falta estímulos más fuertes para recobrarla. Empecé a buscarlos en lo extraño, lo horrible y lo fantástico, y también esta vez era ante un armario donde trataba de saborearlos. El juego, no obstante, era más atrevido. Se había acabado la inocencia, y fue una prohibición la que lo creó. Y es que tenía prohibidos los folletos en los que me prometía resarcirme con creces del mundo perdido de los cuentos. Por cierto, no comprendía los títulos: "La Fermata" "El Mayorazgo" "Haimatochare" . Sin embargo, de todos los que no comprendía, debía responderme el nombre de Hoffmann, "el de los fantasmas" y la seria advertencia de no abrirlo jamás. Por fin logré llegar a ellos. Sucedía algunas veces por la mañana, cuando ya había vuelto del colegio, antes de que mi madre regresara del centro y mi padre de los negocios. En tales días me iba a la biblioteca sin perder el más mínimo tiempo. Era un extraño mueble; por su aspecto no se veía que albergara libros. Sus puertas, dentro de los bastidores de roble, tenían unos cuarterones que eran de cristal, es decir se componían de pequeños cristales emplomados, cada uno separado de los otros por unos rieles de plomo. Los vidrios eran de color rojo y verde y amarillo, y totalmente opacos. De esta manera, el vidrio no tenía sentido en esta puerta, y como si quisiera tomar venganza por el destino que le deparaba este uso impropio, brillaba con unos reflejos enojosos que no invitaban a nadie a acercarse. Pero, aunque me hubiese afectado entonces el ambiente malsano que rodeaba ese mueble, no hubiese sido un estímulo más para el golpe de mano que tenía proyectado a esta hora silenciosa, peligrosa y clara de la mañana. Abría bruscamente la puerta, palpaba el volumen que no había que buscar en la primera fila sino detrás, en la oscuridad, y hojeando febrilmente abría la página donde me había quedado; sin moverme, comenzaba a recorrer las páginas delante de la puerta abierta, aprovechando el tiempo hasta que vinieran mis padres. De lo que leía no comprendía nada. Sin embargo, los terrores de cada una de las voces fantasmales y de cada medianoche, de cada maldición, aumentaban y se extremaban por los temores del oído que esperaba en cualquier momento el ruido de la llave y el golpe sordo con el que, fuera, el bastón de mi padre caía en la bastonera. Un indicio de la posición privilegiada que los bienes espirituales mantenían en casa era que este armario fuera el único entre todos que quedara abierto. A los demás no había otro acceso que la cestita de las llaves que acompañaba en aquella época a cualquier ama de casa por todas las partes del hogar, la cual, no obstante, era echada de menos a cada paso. El ruido del montón de llaves al revolverlas precedía cualquier faena en la casa. Era el caos que se revelaba antes de que se nos presentase la imagen del orden sagrado detrás de las puertas de los armarios abiertos de par en par como el fondo de un relicario del altar. También a mí me exigía veneración e incluso sacrificio. Después de cada fiesta de Navidad y de cumpleaños había que decidir cuál de los regalos había que ofrendar al "nuevo armario" del que mi madre me guardaba las llaves. Todo lo que se encerraba permanecía nuevo por más tiempo. Yo, en cambio, no pensaba conservar lo nuevo, sino renovar lo antiguo. Renovar lo antiguo mediante su posesión era el objeto de la colección que se me amontonaba en los cajones. Cada piedra que encontraba, cada flor que cogía y cada mariposa capturada, todo lo que poseía era para mí una colección única. "Ordenar" hubiese significado destruir una obra llena de castañas con púas, papeles de estaño, cubos de madera, cactus y pfennigs de cobre que eran, respectivamente, manguales, un tesoro de plata, ataúdes, palos de tótem y escudos. De esta manera crecían y se transformaban los bienes de la infancia en los anaqueles, cajas y cajones. Lo que antaño pasaba de una casa de campo a formar parte del cuento -aquel último cuarto que está vedado a la ahijada de la Virgen María- en una casa de ciudad queda reducido al armario. El más sombrío entre los muebles de aquella época fue el aparador. Lo que era un comedor y su misterio sólo podía apreciarlo quien lograba explicarse la desproporción de la puerta con el aparador ancho y macizo cuyas cimas llegaban hasta el techo. Parecía tener unos derechos heredados sobre su espacio, lo mismo que sobre su tiempo, en el cual se erguía como testigo de una identidad que en épocas remotas podría haber unido los bienes inmuebles con los muebles. La limpiadora, que despoblaba todo por doquier, no podía con él. Sólo podía quitar y amontonar en un cuarto de al lado los enfriadores de plata, las soperas, los jarrones de Delft y mayólicas, las urnas de bronce y las copas de cristal que estaban en los nichos y debajo de las hornacinas, en sus terrazas y estrados, entre los portales y delante de sus revestimientos. La elevada altura donde ocupaban su trono anulaba todo uso práctico. Con razón el aparador se asemejaba en eso a los montes cubiertos de templos. Además, podía exhibir unos tesoros tales como los que a los ídolos les gusta rodearse. El día más oportuno para ello era cuando se daba alguna fiesta. Ya a mediodía se abría la montaña dejándome ver el tesoro de plata de la casa en sus galerías cubiertas de un terciopelo parecido a musgo verde gris. De todo lo que allí yacía no sólo se podía disponer diez, sino veinte y hasta treinta veces.
Y cuando veía estas largas, larguísimas filas de cucharitas de moca y posacubiertos, cuchillos para pelar fruta y desbulladores de ostras, se mezclaba el goce de ver tanta abundancia con el temor de que aquellos a quienes se esperaba se parecieran los unos a los otros como nuestros cubiertos.



- Walter Benjamin. "Infancia en Berlín hacia 1900"
Alfaguara, Bs. As. Edición de 1990. 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
cuando terminábamos de cenar
limpiábamos la mesa
mi viejo apoyaba el cenicero
apoyaba la copa con vino
y repartíamos las cartas
se armaba el chinchón
el televisor encendido
era enero o febrero
lo recuerdo porque esos eran los meses
en que pasaba mis vacaciones en Ramos Mejía
una de esas noches
recuerdo que mi viejo trajo otro vaso
y lo llenó con vino
y me dijo "acompañame, pero no le digas a tu vieja"
mis viejos se habían separado hacía muchos años ya
pero Pochi le temía a mi vieja
le temía
o aún la amaba
yo creo lo segundo
porque recuerdo que esa noche
al terminar la botella de vino
sus ojitos brillaban como si tuvieran frío
y quiso decir para sus adentros
el nombre de mi vieja
pero el murmullo se le volvió palabra
y yo le dije "qué dijiste"
y él sonrió y me dijo "nada"
no recuerdo quién de los dos ganó esa noche
o a lo mejor perdimos los dos
o a lo mejor ganamos los tres
 
 
*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
***
 
 
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