jueves, noviembre 14, 2013

ENTRE ESCOMBROS DE VIDA A LA INTEMPERIE...




*Obra de Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com
 
 
 
COSAS*
 
Hay un niño jugueteando en mis recuerdos,
que lo alzo, que lo beso, y me sonríe.
 
Hay mujeres que las miro,
que me miran, y no me ven.
 
Hay un viejo que camina por mi cuerpo,
que le grito, que lo espanto, y no se va.
 
Hay un mundo que me quiebra las rodillas,
que me aplasta, y no logra arrodillarme.
 
 
*De Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu
 
 
 
 
 
 
ENTRE ESCOMBROS DE VIDA A LA INTEMPERIE…
 
 
 
 
 
 
Luz de pájaros*
 
 
 
A mí me da la luz
 
la luz poniente,
 
la traicionera luz de un día cualquiera
 
la luz que ya se acaba
 
y que va a verte a ti,
 
del otro lado
 
 
 
Es una sola la luz,
 
la zalamera
 
que espero un año entero
 
para verla partir,
 
cuando cansada y antes de empezar
 
la siesta, se adormece
 
muy temprana entre pájaros.
 
 
Luces de amapolas y geranios,
 
luces de amaneceres largos
 
de piernas abrazadas
 
en la playa de Isla Negra,
 
luces de poemas perdidos
 
y olvidados fantasmas
 
luces de amor y de esperanza
 
luces de rock y twist y de distancia
 
luces de vez primera que desde Chile
 
me vio partir
 
ya sin hijo sin amante sola
 
guitarra a cuestas.
 
 
 
Luz de recogimiento en primavera
 
luz que alumbró mi vida trasnochada
 
luz que hoy agonizas,
 
luz impura, adormecida pero roja,
 
luz del primer amor en mis entrañas,
 
envejecida luz
 
noche de pájaros.
 
 
*De Marta Zabaleta. mzabaletagood@gmail.com
Londres, 19 de diciembre 2002
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Hacía sus ejercicios matinales puntualmente pasando de visible a invisible con rapidez. Era muy metódico y pese a su depresión por la partida de su amigo, cumplía sus rutinas. El otro había desaparecido dejándole como recuerdo la habitación con todo lo que contenía. Se despidieron con cierta angustia por parte de él y con ansiedad por el cambio el otro. Había vuelto a la soledad Se impuso salir a caminar por las calles, lo cual siempre le había divertido, pero ahora lo hacía con desgano, sin regocijo. No reía en silencio como antes, no daba saltitos graciosos ejercitando su cuerpo invisible para todos los que iban a su lado. Caminaba sin rumbo y volvía al cuarto vacío. Debo hacer algo, pensó. Empezar otra vez a disfrutar solo. Por un momento emitió destellos azules para afirmar su decisión, pero se apagaron en segundos. Irme a otro lugar. Cambiar todo. Eso, pensó, eso es lo que debo hacer. Esa noche descansó inquieto, A la mañana luego de sus ejercicios, partió. Subió a distintos vehículos, instalándose entre la gente, que de pronto se removía inquieta, por un roce inesperado. Fue cambiando para no aburrirse y luego de varias opciones, eligió el móvil conducido por un anciano que llevaba un niño a su lado. El se sentó atrás. A los pocos minutos notó que el niño lo miraba fijamente con la cabeza ladeada y un ojo azul. No me ve, se dijo. Pero el ojo azul seguía fijo en él. Se removió nervioso y pensó en retirarse, pero no quería hacerlo. De golpe el niño desapareció. Se encontró solo con el conductor que no lo miraba. Sintió una presencia a su lado. Una mano recorría su cara. No pudo reaccionar, estaba atemorizado. La mano terminó su inspección y una voz joven le preguntó hacia dónde iba. A cualquier lado, pensó. Lejos, tanto como pueda. Estaba abrumado y no reaccionaba ante la voz que surgía de la nada. Porqué lo haces, preguntó la voz interesada. Soy muy infeliz, contestó sin palabras. Puedes viajar con nosotros si quieres, dijo la voz con tono invitante. Mi abuelo y yo vivimos en el móvil. Quiénes son ustedes preguntó casi lloroso. El niño apareció de nuevo y sonrió al vacío. Somos como tú. Viajamos todo el tiempo. Adoptamos estos cuerpos porque es más fácil para moverse entre los humanos. Tú deberías tener otro cuerpo también, observó con voz clara. Él estaba tan desconcertado que tomó su forma natural sin proponérselo. El niño lo saludó gravemente y el conductor emitió un gruñido de bienvenida sin mirarlo. Algo empezó a cambiar en él por primera vez desde que su amigo lo dejara. Estaba emocionado. El otro lo miró y por un momento pasó a su forma real. No era un niño. Era un adulto y muy agraciado. Sus colores naranja y amarillo eran cálidos. Se sonrieron mutuamente y el otro fue un niño otra vez. El conductor por un instante, fue un anciano de color azul. Lo saludó con otro gruñido y volvió a su estado anterior. Había empezado otra etapa. Se sintió reconfortado y comenzó a meditar que forma adoptaría. Una mujer pensó de golpe. Una mujer joven. Será divertido como experiencia.. Se acomodó en el asiento del móvil con una sonrisa invisible en la cara. Estaba casi feliz.
 
 
*De Sonia Arismendi. soniaris@adinet.com.uy
LOS DIFERENTES. EL ENCUENTRO II.
 
 
 
 
 
 
 
 
LAS MUDAS*
 
 
 
La opinión que tuvo la gente de aquel personaje era confusa. Hubo quien consideró que había sido un ser sibilino y rastrero, con un deje de misterio en su forma de hacer las cosas y una tendencia a pasar desapercibido.
 
Su apariencia estuvo rodeada de una aura de misterio, en la que despuntaba, de vez en cuanto, una pátina de vileza subyacente. Su forma de ser, reservada y adusta, hacía que fuera un solitario y bastantes veces criticado entre sus conocidos por su facilidad en el uso de una lengua viperina que de vez en cuando usaba sin compasión. Periódicamente faltaba al trabajo durante periodos más o menos largos y presentaba una baja laboral aduciendo que debía hacer curas de sueño.
 
Al encontrarlo muerto en su apartamento sin razón aparente se procedió a hacer una autopsia, cuyos resultados fueron extraños y sorprendentes.  Una visión de muestras de la piel efectuada en el microscopio reveló la presencia pequeñas escamas. Sin embargo lo que más sorprendió fue la columna vertebral que estaba compuesta por más de doscientas vértebras y el hecho de que el pulmón izquierdo era de un tamaño muchísimo más pequeño que el derecho. También encontraron en su estómago restos de aves e insectos.
 
Estas particularidades crearon una sospecha impensable, sin embargo se confirmó cuando en el registro efectuado en su casa encontraron en el armario varias fundas completas de su cuerpo que estaban hechas con su piel, constatando que correspondían a cada una de las mudas que había hecho en su vida.
 
 
 
*De Joan Mateu. joan@cimat.es
 
 
 
 
 
 
 
 
INVENTREN*
 
 
Al amigo Coiro, que sueña trenes.
 
 
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
 
 
 
Lo que vemos desde aquí no es más que un modesto edificio de una sola planta, con una puerta de madera y dos ventanas. Se adivina que en otro tiempo estuvo pintado de blanco, pero ahora toda la fachada está repleta de desconchones y lo que parece ser un impreciso conglomerado de restos de pintura, con diversos colores mezclados de forma aleatoria, como lo haría un niño. "Ese estrago no es obra de niños" dice el Gringo. El Gringo era actor.
Vino hace casi treinta años a participar en una película, descubrió la melancólica noche de nuestras ciudades y la insondable desnudez de nuestros yermos, y nunca más volvió a su tierra. Desde entonces vaga por ahí con su videocámara y un ansia insaciable de escenas por grabar, de mundos por descubrir y relatar.
 
Si nos acercáramos un poco más, veríamos que se trata de la oficina ya inútil de un apeadero abandonado, último residuo de un pasado que se nos va marchando lentamente. Un poco más cerca, observamos que la puerta, que alguna vez fue verde y ahora es un mero trozo de madera reseca, ha sido abierta, quizá forzada, y que las ventanas no tienen cristales. Pensamos que acaso alguien se los llevó para venderlos, o que estarán esparcidos por el suelo, fragmentados en miles de pequeñas astillas transparentes que dentro de un rato, cuando el sol esté alto, sembrarán de reflejos el entorno, multiplicando la aridez de este paisaje.
 
Nuestros pasos, lentos, resuenan sobre la calma del amanecer austral mientras nos vamos aproximando a la caseta. A pocos metros hay un auto, que parece tan abandonado e inútil como todo lo demás. El volante y el cambio de marchas han desaparecido, así como tres de las ruedas. La cuarta está destrozada. También faltan la puerta del conductor y los espejos. Ese auto tiene un no sé qué de animal herido. De bestia moribunda que se ha arrastrado hasta aquí a exhalar su último aliento, al lado de las vías por las que una vez circuló esa especie de hermano mayor: el tren. Pero también las vías han emigrado a otras latitudes. No queda por allí ni un solo hierro. Algunas traviesas de madera, uno que otro tornillo enterrado, la hierba seca marcando el lugar donde antes hubo raíles, como queriendo contar una historia, una vieja balada de destierros y encuentros.
 
Dentro del inmueble en ruinas hay alguien. Se asoma al acercarnos. Es el Marmota. Le llaman así porque siempre parece estar durmiendo. La realidad es que padece una suerte de insomnio crónico, que le impide dormir durante la noche. Eso hace que se pase el día dando cabezadas. Antes la cosa era diferente: El Marmota trabajó, como todos nosotros, en el ferrocarril.
Fueron años dichosos. Uno se pone a contar anécdotas y no termina. Ganamos algo de plata, hicimos buenos amigos, recorrimos este país hermoso, vivimos.
Luego todo terminó de repente. La casa donde vivía el Marmota en esa época estaba a unos doscientos metros de las vías. Cada noche, antes de acostarse, escuchaba pasar el tren de las once, que iba hacia el norte. Media hora más tarde, con bastante puntualidad, podía escuchar, a veces ya desde la tibia región del duermevela, el que venía atravesando la estepa rumbo al sur. Ese era el mejor indicio de que el mundo seguía marchando, de que todo estaba bien. Después -esto ya lo supo todo el país por los diarios o la televisión- esa ruta quedó obsoleta y se suspendió el tráfico. Muchos de nosotros nos quedamos sin trabajo. Aquella primera noche sin trenes, el Marmota permaneció acostado cara al techo durante horas, esperando, sin saberlo, el sonido que había venido escuchando y amando desde que tenía conciencia. El bárbaro silencio no lo dejó dormir. Desde entonces, cada noche no es más que un reflejo borroso de aquélla, la pesadilla de la que no le es posible despertar.
 
Por eso no es extraño que haya sido el primero en llegar. Nos saluda con un gesto. Nos muestra el interior. Un armario desgajado y un par de sillas raídas, un tablón de anuncios con cuatro o cinco chinchetas oxidadas, un botiquín vacío. También hay un diminuto baño con las paredes desnudas.
Habrán aprovechado las baldosas. "No es mucho, la verdad" murmura el Gringo.
"Hay que ser cautos" dice alguien. "No sabemos bien de qué va esto. Ya se verá".
 
Todavía falta gente, no sabemos cuánta. Nos sentamos afuera, en el suelo, a la sombra. Aún no hace calor, pero es el lugar más agradable para esperar.
Fumamos en silencio, con la mirada perdida en un punto inconcreto, cada uno sabrá qué es lo que ve en esa intersección imaginaria.
 
Un rato más tarde aparecen dos mujeres con un bulto. A lo lejos, parece una especie de alfombra enrollada. Se oye un susurro: "Son ellas". Caminan despacio, quizá el peso les impide avanzar más aprisa. Dos de los hombres se incorporan, tiran sus cigarrillos al yermo donde antes estaban las vías, y van al encuentro de las mujeres. El tercero sonríe. Hace años que las conoce. Sabe lo que va a pasar, como si ya lo hubiera visto antes, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que ver una y otra vez esa misma escena: Se encontrarán a mitad de camino, o un poco más lejos, allí donde un letrero sujeto con alambre al poste inclinado todavía indica el nombre del apeadero, y una flecha mínima, insignificante, señala la dirección a seguir.
Después, ellos se ofrecerán a llevar el pesado fardo. Ellas, educada pero firmemente, rechazarán la propuesta. Habrá una breve y acalorada discusión. Luego, ellos regresarán a paso ligero, sin mirar atrás, mientras ellas se van aproximando con lentitud, saludando con la mano de vez en cuando y parándose a descansar un par de veces.
 
Cuando llegan, apoyan el fardo sobre uno de los muros y saludan a todos. Hay sonrisas y abrazos. Queda olvidado el incidente de unos minutos antes. Somos una misma cosa, las pequeñas contrariedades no deben afectarnos. Tenemos un objetivo, aunque aún no sepamos muy bien cuál es. Así pues, nos saludamos y charlamos durante algunos minutos. En realidad, no sabemos de qué: Lo importante en ese momento es el sonido de las voces, saber que estamos ahí, que hemos regresado del exilio al que nos sometimos, o al que no pudimos escapar.
Luego, todos callamos. En el horizonte ha aparecido el Catalán. A esa distancia parece más pequeño, pero así y todo, no pasa desapercibido.
Alguien pregunta "¿Se habrá acordado de traer los cuadernos?". Es una pregunta retórica. Todos conocemos la extrema seriedad y eficiencia del Catalán. Resulta extraño verle con traje y corbata en un día como hoy y en un lugar como éste. Al caminar, sus pies levantan pequeñas nubes de polvo que se quedan durante un instante posadas sobre el camino terroso y después se desvanecen como fantasmas inexpertos. Trae una maleta en la mano derecha, una maleta pequeña. Nos sorprende un poco reparar ahora en que los demás no hemos traído equipaje. No pensábamos que fuese necesario, y quizá no lo sea, mas el hecho de ver a uno con una maleta nos hace pensar en ello por primera vez desde que iniciamos esta aventura. Entendemos, porque así se nos dijo, que todo empieza en este lugar y en este día, pero nada sabemos de lo que vendrá luego. "¿Y no es siempre así en la vida?" se pregunta uno de nosotros, imposible saber quién.
 
Ha ido llegando más gente. Unos charlamos, otros permanecemos callados mientras oteamos la lejanía por si vienen más. La mañana va floreciendo.
Nadie mencionó una hora concreta; no obstante, algunos empezamos a estar un poco intranquilos. Aunque nadie va a volver sobre sus pasos, eso no lo dudamos. Así que nos ponemos a esperar. Fumamos y charlamos; caminamos y fumamos, alguien canta por lo bajo. El día va transcurriendo. Hay quien piensa que tal vez sería hora de regresar a su casa; sin embargo, aquí nadie se mueve. No sabemos qué, pero en el fondo todos confiamos -o nos dejamos mecer en ese espejismo- en lo que ha de venir, aunque nos sea imposible cifrarlo o definirlo. Escrutamos la inmensa extensión que se extiende en torno; creemos adivinar, a lo lejos, sombras que se mueven, autos que van o vienen, aunque sabemos que no hay ninguna carretera cercana. Llega la primera penumbra del crepúsculo. Tal vez nos preguntamos si en verdad es posible aún esperar algo. Como un ronroneo creciente, la noche se acerca y nada ha sucedido. Sobre el murmullo, se escucha un rasgueo de guitarra, una voz que entona una milonga, otra que le acompaña. Al otro lado, en el yermo, se repiten los ecos nocturnos de los lugares abandonados para siempre. Entre todos estos ruidos tan familiares, se cuela uno nuevo, inexplicable: Si no fuera imposible, diríamos que se ha oído el traqueteo de un tren en la distancia. "Habrá sido un camión" farfulla una voz, aunque le falta convicción. Un rato después, el sonido se repite. Pedimos silencio. En efecto, hay un rumor, lejano aún, pero inequívoco. Esta vez nadie tiene dudas. Al fin y al cabo, somos todos del oficio. "El viento lo habrá traído desde la ciudad" musitamos, tratando de negarnos esa ambigua ilusión que comienza a asentarse en nuestro ánimo. Sin embargo, aguzamos el oído por si nos es dado establecer de dónde viene; escudriñamos el norte y el sur, el este y el oeste, convencidos de la inutilidad de nuestra solícita
vigilancia, y al mismo tiempo con la secreta esperanza de ver aquello que deseamos, distante quimera que nos alzó de nuestros lechos y nos condujo hasta este minuto en el que todo va a tener sentido, o a perderlo. El sonido es real y poco a poco aumenta su volumen. Crece entre nosotros un griterío apagado, hay movimientos inquietos, miradas interrogantes, cierta confusión.
 
De pronto alguien grita mientras señala un punto luminoso en el sur: "Allí, allí". Ya no es sólo el traqueteo remoto. Ahora lo acompaña una luz que se nos va acercando, una luz que viene del Sur. Desconcertados, nos miramos.
Nos gustaría ensayar una hipótesis, fijar con unas pocas palabras eso que está sucediendo y que no tiene explicación, mas nadie dice nada. El sonido se va elevando hasta resultar casi insoportable. El círculo de luz también ha aumentado ostensiblemente su tamaño. No puede ser, pensamos. Pero es: Una locomotora antigua, cubierta por la tierra de todos los caminos, erosionada por todas las lluvias que el mundo ha visto, se acerca, poderosa y desafiante, hacia el lugar en que estamos, hacia este apeadero inútil, hacia este yermo desolado, provocando un rechinar, una agria resonancia, fantástica música que escuchamos con el corazón encogido. Con un chillido de frenos viejos, desacostumbrados, se detiene justo al lado de este barracón donde esperamos, arracimados y anhelantes. Vemos al conductor. Le reconocemos. Era cierto, entonces. Una voz se eleva por encima del murmullo general. La voz, resuelta, garabatea en el aire un pensamiento común: "Vamos subiendo. Es la hora".
 
-Sergio Borao Llop, publicó “El alba sin espejos” por el sello eBooks Literatúrame!

 
 
 
 
 
 
 
HERMANA*
 
Nuestros gestos perdidos.
Roque Sáenz Peña, 1949
 
 
 
Aún recuerdo
los pasos cautelosos
los pasos de prudencia quebradiza
bordeando la cornisa de tus miedos
en la inseguridad de sus vaivenes
aún recuerdo las pausas
los reflejos
que inauguraban secas rebeldías
pertinacias sin tregua
terquedades
tras la muralla fina de tu frente
Aún andan nuestras sombras repetidas
mi avaricia de afectos
tus silencios
la seducción erguida de los moños
trenzados en cabellos inocentes
y esa absurda inquietud
que sacudía
todo el ramaje azul de los susurros
cuando el sol
como alfanje desbocado
mutilaba las siestas transparentes
Hoy que la vida nos saqueó la gracia
que sitió
con relojes
la memoria
en la desnuda piel de la nostalgia
he advertido la huella de los duendes
Ven, hermana
busquemos los calderos
donde agitan sus pócimas
y hechizan
con alas de luciérnagas azules
sus molduras de bronce reluciente
donde guardan los gestos que nos faltan
las sonrisas
los sueños
las promesas
que extraviamos
un día sin raíces
entre escombros de vida a la intemperie
 
 
*De NORMA SEGADES-MANIAS.
 
 
 
 
 
 
***
 
 
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