Tuesday, November 12, 2013

LA CANCIÓN DE CUNA MÁS ANTIGUA QUE ADORMECIÓ LA TIERRA...




*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).
-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam
 
 
 
 
 
EL AGUA*
 
 
 
Llueve casi con timidez.
Cierro las puertas a otros ruidos
para oír sólo el sonido del agua.
La canción de cuna más antigua
que adormeció la tierra,
el eterno tema
que lava el alma hasta dejarla
despojada.
Me arraigo a este paisaje
como un árbol sediento
y permito que ella camine
por mis sentimientos
en todas direcciones.
Y consiento
que intente hallar los límites.
Yo
no lo encuentro.
 
 
*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar
-Poema incluido en TIEMPO ALFAFERO - Octubre 1998-
 
 
 
 
 
 
LA CANCIÓN DE CUNA MÁS ANTIGUA QUE ADORMECIÓ LA TIERRA…
 
 
 
 
 
 
 
ENERO*
 
 
 
Era un hermoso día para morir, viviendo.
Arde el verano y la ausencia de garúa.
Un estío que atrapa lagartijas.
Uno que otro matuasto entre las pajas.
Plenitud. Soledad.
Ni una brizna de hierba entre los pechos.
Un templo. Un santuario. Oscuridad.
Y yo en ella.
 
Era una gloria morir en ese enero.
Parada en los umbrales de la pena. Espero.
Se aproximan los potros de la noche.
Un cuervo tiembla de deseo en su desierto.
La sangre salpica las estrellas...
Los muslos. La pasión y la memoria.
Un grito. Un grito y un silencio.
 
Hasta el viento callaba.
Féretro pequeño. No nato. Lágrima seca.
Sublevación.
Enredados, un pulpo, una medusa.
Un cordel de oro. Una garra. Un galope.
Dos gritos. Dos gritos y un silencio.
 
 
*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
LA MARCHA*
 
 
 
Le había prometido amor eterno y una vida feliz, pero últimamente pasaba más tiempo de viaje que en casa, vivía en otros mundos, desaparecía a la velocidad de la luz y volvía medio hibernado.
 
- ¿Bafg pkfiibd, Plumkier? ¡Bazlugg ingrfhu daa gorjmekk! * - le dijo con los ojos anegados en lágrimas.
 
Sin embargo él, partió de nuevo.
 
 
 
*De Joan Mateu. joan@cimat.es
 
* (Traducción) ¿Por qué me dejas, Plumkier? ¡Todos los extraterrestres sois iguales!
 
 
 
 
 
 
 
 
 
LA CAPILLITA SOLITARIA*
 
 
 
*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
 
 
 
La antigua ruta once, el camino real para nosotros, era ancha, arenosa, polvorienta, y desde nuestro pueblo hacia el norte, habitualmente desolada, casi desierta; haciendo lucir desolado todo lo que lo circundaba. Los arbustos, enredaderas, y pastos de los costados; se veían sucios, cubiertos por el polvo que se levantaba del camino, más por los vientos, que por el escaso tránsito de aquellos tiempos. Muy pocas casas se animaban a asentarse a su vera, sólo algún “boliche” o paraje, muy lejano uno de otro. Las casas de los colonos eran espaciadas, y se presentaban bastante alejadas de la ruta.
En la mitad del siglo veinte éramos niños, y solíamos acompañar a mi padre, en sus cortos viajes, con el traqueteante y pequeño transporte de fletes varios. Solíamos visitar colonos, llevando moderadas cargas de mercaderías, o de insumos, trayendo parte de sus cosechas, especialmente hortalizas y otros productos, que se comercializaban bien en el pueblo.
A un par de kilómetros de las últimas casas, donde un abandonado camino vecinal formaba la esquina de un pequeño lote de campo, yermo y de breves pastos amarillentos, alejado de todo vestigio de vida: se levantaba solitaria una pequeña capillita ornamental, que se erguía, no más alta que una persona, sobre una delgada columnata retorcida, de aspecto neo gótico, símil mármol, y consagrada seguramente a una deidad religiosa, alguna virgen. Nadie sabía qué conmemoraba, ni en honor a quién se había erigido, y sobre todo por qué precisamente allí, alejada de todo.
El tema es que verla siempre tan sola, causaba una sensación incómoda, revestida con algo de inexplicable temor, y nuestra imaginación infantil, nos proponía absurdas relaciones con alguna leyenda, de hechos o personas que desconocíamos; máxime que más de una vez hemos visto, a algún acompañante circunstancial de la zona, persignarse respetuosamente cada vez que pasábamos por el lugar.
Nunca pasé indiferente, ni lo hubiera hecho sin advertirlo; siempre ese resquemor, ese recelo. Y no sólo yo, en casa se contaban cosas curiosas que habían ocurrido, a quienes de noche pasaban por allí, y no guardaron tal vez el debido respeto; aunque no es que lo creyeran del todo, siempre aparecían esos temas en charlas de sobremesa, como algo gracioso, folklórico.
Recuerdo que una noche nublada y muy obscura, nuestro pequeño camión quedó sin nafta, y se detuvo, precisamente enfrente; aunque no podíamos verla, sabíamos nuestra posición, porque ubicábamos las primeras y espaciadas luces del pueblo. No podría decir que me daba miedo, estaba al lado de mi hermano mayor, que si bien todavía era un niño, era una compañía enorme para mí, y además estaba papá, que fue quién se bajó y midió con una pequeña regla, cuanta nafta tendría el tanque. Pero varias veces me descubrí escudriñando en la negrura, a ver si veía la silueta de la capillita, y a veces miraba fijamente. Por si alguna cosa extraña se moviera cerca…
Un jinete se acercaba al trote.
Lo escuchábamos desde una buena distancia. Papá le habló cuando estuvo junto a nosotros, aunque ni remotamente lo conociera. Le dio un billete y una damajuana de vidrio, pidiéndole que le consiguiera algo de nafta en un almacén, que estaba sobre la ruta, hacia el norte. El jinete apareció tras un largo rato, con la damajuana a medio llenar, suficiente para llegar a casa. Generoso y honesto el criollo. Luego no sé bien qué pasó. Papá le pasó un billete de poco valor como propina, agradeciéndole “la gauchada”; pero el hombre se indignó, se enojó, y lo expresó a toda voz, y era que consideró escaso el pago por el servicio.
Mi hermano y yo nos decepcionamos, ya que en principio entendimos que era un gesto generoso, y no aceptaría pago alguno por el auxilio; pero no, el hombre entendió que era una changa, y le habían pagado poco…
Todo esto sumado hizo que nuestra avería requiriera bastante tiempo en el lugar, que para mí era apremiante. Me avergonzaba sentir el miedo o resquemor que estaba sintiendo, y por momentos tenía un cosquilleo y escalofríos, hasta que volvía a serenarme viendo que ya nos íbamos y dejábamos atrás aquel oscuro y desolado sitio. Alejándonos, y sintiéndome algo más seguro me animé a voltearme y mirar casi hipnotizado hacia atrás, esperando ver, vaya a saber qué misteriosa aparición.
Tengo en mi memoria ese percance, y aquella noche tan cerrada; donde tuve omnipresente la inquietante cercanía de la misteriosa capillita…
Y esto del halo singular y casi exótico, que emanaba el pequeño santuario, estaba bastante difundido, y amalgamado a una profunda cultura religiosa, que a su vez, de un modo curioso, se ligaba también a un abanico de supersticiones y temores. Era evidente, al menos entre nuestros conocidos y parientes; aunque nadie habría querido reconocerlo, y sólo surgía si se involucraban, como pasó con un primo mayor nuestro, que estaba viviendo temporalmente con nosotros…
Era todavía soltero, así que estaba en la etapa de conocer posibles candidatas casaderas.
Acostumbraban en la zona rural de aquel entonces, acceder a encuentros de muchachos y muchachas, en las fiestas familiares, o en los bailes de colonia, fiestas religiosas o cívicas, y tantos eventos domingueros o casuales. Pero sobre todo de un modo muy recurrido en la zona: las visitas domiciliarias; donde solos, o en compañía de un amigo, o a veces dos, el pretendiente llegaba un sábado por la noche, “a tomar mate”… directamente y sin invitación alguna, a una casa elegida, donde hubiera chicas casaderas;
 
El juego era ir “tanteando”, a ver cómo eran “recibidos”; y no excluía que también visitaran otras casas, a veces esa misma noche, hurgando en un itinerario de selección, que concluía sólo cuando se formalizaba un compromiso, Esto podía ser una búsqueda de meses o de años, tornándose en algunos casos crónica, y como todo, ir devaluándose con el tiempo, siendo recibidos lógicamente, cada vez con menos expectativas.
No sólo los sábados, también las vísperas de fiestas, donde la otra parte también esperaba con impaciencia, qué podría depararle aquellos encuentros; que por otra parte no siempre eran tan fortuitos, a veces, ya tenían previamente alguna mirada complaciente, como un guiño, o un convite concertado.
Mi primo pertenecía a éstos últimos, visitantes “tomadores de mates”…
Un jueves por la noche, víspera del sagrado viernes santo, en que no podía realizarse ninguna actividad que no fuera de recogimiento, o adoración a Dios y a Cristo crucificado. Mamá no hubiera querido, que ninguno de nosotros saliera de casa esa noche.
-Mirá que tenés que estar de vuelta antes de las doce. No te entretengas. Acordate que pasada la medianoche ya va a ser Viernes Santo…-
-Si tía, quédese tranquila.- dijo mi primo, guiñándonos un ojo a sus espaldas, cancheramente…
Y con esa promesa, mi primo subió a su bicicleta, y partió a su visita romántica, a una legua al norte. Cuando decidió volver vio que ya eran más de las doce; y aunque nada tomaba en serio, se sintió profundamente sólo al volver por la ruta, en una noche alumbrada fantasmagóricamente por la luna llena.
A la mañana siguiente, tartamudeaba, todavía desencajado al contar, lo que él juraba que le había pasado:
Precisamente al llegar a la capillita, vio de reojo como de la misma salía un pequeño perro negro, mostrando una ferocidad rabiosa, y ladrándole furiosamente, arremetía decidido a morderle la pierna. Trató de pedalear más fuerte, pero el camino arenoso le frenaba las ruedas, y el perro lo atacaba más y más fieramente. Comenzó a defenderse arrojándole patadas, pero cada vez que le acertaba una, el perro crecía, y se hacía cada vez más grande y más aguerrido; y en un momento se había convertido en un perrazo enorme que no le daba tregua…
Se acordó entonces de rezar desesperadamente, mientras se concentraba en pedalear, y poco a poco se fue distanciando; del descomunal y fiero animal en que se había convertido, salvándose según él, por muy poco de sus filosos colmillos…
Todos trataron de hacerlo entender, que el perro habrá sido nada más que un perro, y que el miedo hizo el resto…
Pero a él nadie le hizo cambiar nunca, lo que aseguraba haber vivido.
Y muchos de nosotros entonces, sin querer, sentimos un escalofrío….
Y yo, lo vuelvo a sentir cada vez que me acuerdo.
 
 
 
*Celso H. Agretti. Avellaneda, Provincia de Santa Fe
 
 
 
 
 
 
 
 
ONDOLOIN*
 
 
Ondoloin me dice desde muy lejos una voz transformada en palabras. Ondoloin, palabra que suena como una campana, como las olas del mar que no rompen en acantilados sino que besan con ternura la arena de la playa. Ondoloin.
Qué hermosa, verdaderamente qué bella palabra.
Un hombre de padres italianos ha aprendido una sola palabra de las tierras vascas. Y me dice ondoloin, me desea felices sueños con la voz ribeteada de helechos, moras silvestres, campanillas de cabras saltando en los montes. Me saluda este hombre con la sal del mar, con la luz lenta, con piedra y balidos de ovejas albas. Ondoloin.
Ondoloin que camina en la noche el erizo bajo los robles, que la sombra del jabalí se dibuja en el tronco de un almendro, que los ciervos estiran los hocicos húmedos lejos de las autovías. Ondoloin que los putres no volarán en círculos sobre los tejados rojos de los caseríos, que ningún espanto rondará los gallineros. Ondoloin que todas las pesadillas han sido conjuradas, el mal se ha alejado, las sorguiñas descansan. Alguien ha dicho ondoloin para que lo incierto se resuelva en claro de luna.
Si es casi una pequeña canción, si es una caricia. Si es una flor, una nube blanca.
Estaba yo triste, hoy.
Una voz lejana me ha llegado escrita y me dice una palabra tierna de toda ternura. Ondoloin para mi que me voy a la cama. Arropada en dulzura de sonido danzante me acostaré entre las sábanas...
 
 
 
*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
HABANERAS*
 
 
Pasión de manzana rodeada de recuerdos. Una noche entre la bruma del pasado y recuerdos presentes que te llevan al agua. Las barcas, tendentes al vaivén suave de la mar calma, oscilan con el peso de la gente y a su lado, amurada, otra barca, y a esa otra, y otra, y otra más. Es la reunión de cada año para cantar habaneras. Es la tradición de mi tierra, es la tradición marinera.
En la arena de la playa, sobre las rocas, colgadas del paseo marítimo, en las terrazas de los bares, balcones de las casas, terrados, y calles, se juntan, amontonan y unen miles de personas que con las que están en las barcas fondeadas en la bahía, comparten el espacio y se preparan para la gran reunión anual de las Habaneras. Aquellas canciones de Cuba que se trajeron los marinos que fueron, años ha, a hacer fortuna y regresaron tan pobres de dineros como se fueron pero tan ricos de sueños que jamás dejaron de cantar y añorar.
Ayer, por la noche, 36 años después de aquel dia en el que 20 personas nos reunimos en la arena de la playa de Calella de Palafrugel, y de forma improvisada hicimos un "cremat" en la arena (esa especie de quemada de ron y caña que también trajeron de las islas los emigrantes de antaño) y lentamente cantamos con más afición que calidad esas canciones de la Habana.
Ayer, de nuevo, otros, se reunieron en número de 41.000, y también cantaron. Y fue entrañable y fue bello, y fue distinto. Pero fue genial para los que no vivieron sus inicios porque agitar el pañuelo al compás, tanta gente a la vez mientras cantas con todos ellos la habanera "La bella Lola" da un sentimiento de complicidad en el que cabe todo aquel que se acerca a la cantada.
Las habaneras catalanas son la tradición de un pueblo que se adentró en la mar en busca de vida y riquezas, y que regreso al cabo de los años igual de pobre pero con añoranzas de playas sin fin, de mulatas exuberantes, de bohíos, de negritos congo y de nostalgias interminables.
Hoy, si quieres regresar a la Cuba soñada, toma tu guitarra y canta, y se te unirá a ti el mundo, y podrás balancearte con él mientras tomas el "cremat", y haces guiños de complicidad al vecino de la izquierda que puede muy bien ser sueco y no entender nada de la letra, pero que se emociona como tu, porque forma parte de esta tierra que te fagocita, te enamora y te hechiza.
 
 
*De Joan Mateu. joan@cimat.es
 
* El primer sábado de cada agosto se reúnen en Calella de Palafrugell gente de todas las procedencias para cantar habaneras.
 
 
 
 
 
 
 
 
UNA BODA*
 
 
una huella serpenteante de pequeños
cráteres de arena conduce hacia el desierto.
 
Michael Ende. El espejo en el espejo.
 
 
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
 
 
Todos saben que nunca asisto a las bodas.
Aunque no por ello dejan de enviarme invitaciones. Algunas, de lo más extravagantes. Los escenarios elegidos también son diversos: Iglesias tradicionales, juzgados, templos decadentes y ya abandonados, ayuntamientos, locales dedicados a otros cultos, incluso una vez recuerdo que el enlace se celebraba en una vieja ermita construida en lo alto de una montaña, a la que sólo se podía acceder tras una caminata de cuatro kilómetros cuesta arriba y bajo el sol. Esto último, al menos, despertó mi simpatía y, con la pertinente nota declinando la invitación, envié un profuso ramo de flores, no todas ellas, según me hizo notar la empleada de la floristería, apropiadas para la solemne ocasión. Mándelas no obstante, respondí. Todas las flores son hijas de la tierra. Y a ella tornarán un día, como nosotros mismos, ninguna merece ser discriminada durante el brevísimo periodo que le ha sido dado para mostrarse al mundo.
Detesto las bodas. Una boda -dice Silvio WJ- es el acontecimiento social donde se concentra la mayor cantidad de idiotas por metro cuadrado. No es que sean idiotas siempre -explica-; lo son, con obstinada insistencia, mientras dura el evento. Gente que se siente obligada a mostrarse sonriente, como si en realidad hubiese un motivo. Gente que saluda con la mayor y más fingida cordialidad a otra gente totalmente desconocida, burbujas que un instante flotan en la superficie para hundirse de nuevo en la inmensa vorágine del anonimato sin haber llegado siquiera a pronunciar su sentencia, aquella para la cual fueron creadas. En la conversación, inevitable en cualquier reunión prolongada, abundan los lugares comunes, la intrepidez oratoria y el aburrimiento. Realmente me repugna todo ese circo: el protocolo de fingir que nos interesa el suceso y cuanto con él se relaciona, de verse casi obligado a esgrimir frases estándar, del tipo No has cambiado nada desde la última vez, que ellas interpretan como un halago cuando en realidad se trata de una crítica bastante ácida, porque lo normal sería haber cambiado, haber evolucionado, y en cambio, helas ahí, sonrojadas y satisfechas a causa del presunto piropo recibido, y en verdad tan huecas y lineales como siempre. No se nos podrá acusar de haber mentido. Pero no hay que alarmarse: Toda palabra dicha en uno de estos eventos es barrida junto con las colillas de los cigarros y los restos de comida, ni rastro quedará de lo uno ni de lo otro, brisa imperceptible que pasó, haciéndonos sentir apenas un leve escalofrío; ni eso, ya no nos acordamos.
A veces, sin embargo, no tengo otro remedio que ir: Cuando se trata de un familiar o un amigo, palabra ésta que un día también perderá del todo su sentido. En esos casos, extraigo el disfraz de su lugar en el fondo del armario, me acomodo en su interior lo mejor que puedo, coloco en mi rostro la sonrisa apropiada para que nadie pueda distinguirme entre la multitud y, durante el tiempo imprescindible, adopto los modales convenientes. Después, con un pretexto cualquiera (nada es del todo inverosímil cuando a nadie le importa), me retiro. En general, agradezco que el restaurante donde se celebra la comida o cena esté cerca de un río. La contemplación de la corriente, ya sea desde un puente o desde la ribera, contribuye a limpiar los restos del fatigoso episodio: Imágenes ya en descomposición, frases truncadas, risas fingidas, poses; sombras, en suma, reflejadas en el muro inmaterial y milenario.
La última vez, lo recuerdo como si fuese hoy, no había río alguno. Tuve que ir caminando hasta casa para despejar mi mente, tal era la cantidad de despropósitos y estupideces que habían violado mis oídos. Aun así, la caminata (algo más de cinco kilómetros), resultó excesivamente corta.
Horrorizado aún, me tumbé en el sofá con los ojos cerrados y un disco de David Anthony Clark (Terra Inhabitata, claro) sonando a través de los auriculares. Sólo después de un buen rato pude recuperarme. Me prometí no volver a dejarme arrastrar hacia ese abismo.
Por eso mismo, resulta más bien extraño que hoy esté preparándome para acudir, una vez más, a la ceremonia. No sabría explicar (aun si hubiese de hacerlo) los motivos. Ni siquiera conozco los nombres de los contrayentes.
La invitación llegó hace un mes, en un sobre de color azul, sin membrete ni remitente. Sin franquear. El cartero, al preguntarle, me miró con gesto altivo y aseguró no saber nada del asunto. Si bien al principio pensé que se trataba de una broma, con el paso de los días se fue apoderando de mí ese sentimiento de fatalidad que me ha llevado a cometer los mayores disparates, pero que, al mismo tiempo, me ha permitido ver en ocasiones el rostro descubierto de la vida -tan distinto en el fondo a esa máscara doliente y cotidiana-, el bello rostro que tan fácil resulta amar porque tiene el inconmensurable valor de lo irrepetible.
Para evitar ese desasosiego, metí el sobre en un cajón de mi escritorio. A pesar de los años cumplidos, de las inequívocas repeticiones -parece mentira- aún no hemos aprendido que esa táctica sólo sirve para olvidar cosas que hubiésemos olvidado de todos modos y sin el menor esfuerzo, por carecer de importancia alguna. En el presente caso, como en todos, el encierro reforzaba aún más la presencia impalpable de la carta, le concedía la solidez de lo inquietante, la hacía aun más patente por el vacío dejado en el lugar donde debería estar y, sin embargo, no estaba. Se convirtió en una incómoda obsesión, como esas cancioncillas que, a veces, aunque las detestemos, se nos quedan pegadas en la memoria sin motivo aparente y resuenan dentro de nosotros durante horas. La música, al final, siempre cesa, pero la invitación se dibujaba constantemente en mi cabeza, hasta en sus más difusos detalles. Cuando al fin la saqué de allí y la coloqué sobre la mesa del salón, apoyada en el florero, la sensación angustiosa desapareció. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Algo que no era yo había decidido por mí.
 
Me miro en el espejo. La transformación se ha producido sin incidentes.
Ahora ya puedo marcharme. Al cerrar la puerta de casa, y mientras bajo las escaleras, me asalta una molesta sensación de ingravidez. Me sorprendo al reparar, quizá por vez primera, en el rostro sereno de la portera del edificio. Aunque sus ojos reflejan una tristeza cuyos motivos se me escapan, son hermosos. En su juventud debió ser una mujer linda, pienso. Parece ir a decirme algo, pero sólo me mira con esos ojos enormes, se queda un instante en suspenso, como tratando de hallar las palabras exactas, acaso palabras que no conoce o que se le han olvidado, y luego, impotente, se da la vuelta y desaparece en el interior de la portería, provocándome, sin que atine a discernir el motivo, una sorda melancolía.
La boda es en otra ciudad. Un estremecimiento me recorre de arriba abajo al tomar el tren. Eso me sucede siempre desde que un buen amigo (a cuya boda no pude acudir para no cometer un imperdonable anacronismo) me dejó leer algunos de sus cuentos, en los cuales el tren no es un lugar tan idílico como pueda parecer a un viajero ocasional. Es sólo un momento. En cuanto el cuerpo se acomoda, la sensación opresiva desaparece. En cualquier caso, no conviene dormirse. Uno nunca sabe dónde va a despertar. El viaje es corto y el paisaje, amable. El trayecto me resulta relajante, pero agradezco su conclusión. Antes de salir de la estación, entro un momento en los lavabos y echo un vistazo a mi aspecto. El traje no se ha arrugado. Me ajusto el nudo de la corbata (un extraño se ajusta el nudo de la corbata, ahí en el espejo) y salgo al exterior, donde amenaza lluvia.
No conozco el lugar, así que detengo un taxi y le doy la dirección. El taxista me mira, o para ser exactos, mira mi reflejo en el retrovisor.
Parece algo desconcertado, pero se encoge de hombros y partimos. Calculo que no tardaremos mucho en llegar, es una ciudad pequeña. Después de algunos giros y rotondas, percibo que estamos alejándonos del centro. Luego, tomamos una estrecha carretera en dirección al norte. Muy pronto los edificios desaparecen de la vista. El lugar, deduzco, está en las afueras, o tal vez en una pequeña aldea cercana. El viaje es corto. Al detenernos, no puedo evitar un gesto de sorpresa. A nuestra derecha no hay más que una sucesión de campos de cultivo que se prolonga hasta el horizonte. A la izquierda, el panorama sería idéntico, a no ser por una larga nave, tal vez un viejo almacén, que se extiende paralela a la carretera. Parece abandonada. El taxista vuelve a mirarme por medio del espejo. Aquí es, dice. Contemplo los ajados muros y los campos circundantes. Demasiado real para ser una broma de mal gusto. En las bromas, todo es más o menos correcto excepto uno o dos detalles, que desentonan. Ahí radica la gracia. Pero aquí existe una uniformidad en el despropósito. Hay algo desagradable en todo esto. Lo más
sensato sería pedirle al conductor que diese media vuelta, volver a la estación, tomar el tren, olvidar la existencia de este lugar y este día. Sin embargo, pago la carrera, no sin añadir una generosa propina, desciendo del automóvil y cruzo la carretera desierta. Por el rabillo del ojo, distingo la sombra del taxi poniéndose de nuevo en movimiento, dando la vuelta y acelerando rumbo a la ciudad. Juraría que los ojos del conductor siguen fijos en mí mientras se va alejando, como si fuese incapaz de entender lo que aquí sucede o como si estuviese tratando de indicarme algo con esa mirada, algo que él sabe pero que yo, por algún motivo secreto, no puedo comprender. Muy pronto, el auto desaparece tras una curva, dejándome tan sólo esa extraña sensación.
Al internarme en el camino de tierra que conduce a la enorme construcción, me remango un poco el pantalón, pero es inútil: Mis pasos levantan pequeñas nubes de polvo que luego flota en torno a mí hasta quedarse pegado en mis ropas. Fue una mala idea no pedirle al taxista que me acercase, al menos, hasta la puerta de la nave, si es que la hay. Un poco antes de llegar al final del muro, escucho voces, ecos, no sé si resuenan en el interior o al otro lado del edificio. Giro la esquina y puedo ver la fachada, que da al norte. Al otro lado de la nave distingo numerosos coches aparcados.
Reconozco algunos, aunque no me molesto en tratar de recordar a quién pertenece cada uno. En la fachada, hay un portón verde, abierto de par en par. Junto a él, algunas personas charlan. Reconozco a mis primas. Por lo tanto, debe tratarse de una boda familiar. Trato, inútilmente, de evitarlas. Pocas cosas hay en el mundo tan insulsas como una conversación con ellas.
También veo a dos o tres antiguos compañeros de juergas, lo cual me sorprende un poco. Al percibir mi presencia, sus sonrisas se ensanchan ostensiblemente. Me saludan con una cordialidad que considero excesiva, aunque no les preste demasiada atención. Las voces se multiplican al acercarme a la entrada. El interior está alfombrado y lleno de gente.
Docenas de lámparas inundan de claridad el ámbito, sólo el techo y las paredes quedan velados por una tenue cortina de penumbra. Hay flores por todas partes -aquí, en medio de este desierto, el contraste aún resulta más evidente-. Al fondo, en un discreto segundo plano, están los fotógrafos, esperando el momento de ponerse a disparar sus cámaras. Me resulta chocante reconocer a la mayoría de los invitados. Es algo infrecuente, máxime cuando uno intenta vivir apartado del mundo. Me gustaría preguntar quiénes son los novios, pero sería una imprudencia. Temo hacer el ridículo, puesto que no sé si todo el mundo recibió la misma invitación o, por el contrario, finalmente sí fui objeto de una broma. Por eso miro a uno y otro lado con disimulo, a pesar de los constantes saludos, abrazos y palmadas en la espalda, que me impiden concentrarme en mi objetivo. Oigo palabras que no me molesto en descifrar, me siento guiado por manos y cuerpos que se arremolinan alrededor. Todo esto me marea un poco.
Las manos, las risas, las palabras, me conducen, sin que sea capaz de advertirlo, hasta el lugar central, allí donde la iluminación resulta aún más deslumbrante. Distingo, encima de una plataforma elevada a la que se accede mediante dos amplios escalones, una especie de altar (¿un altar destinado a sacrificios rituales?). Por un momento, siento como si formase parte del reparto de una película de Luis Buñuel y no pudiese hacer nada, salvo representar mi papel lo mejor posible. Me sorprendo esperando el eco de un grito de pánico en alguna parte, pero es sólo una ilusión. En las bodas no hay pánico, sólo alegría, no importa ya si verdadera o falsa. De repente, al lado del altar aparece un individuo alto y serio. No tiene aspecto de sacerdote. Sospecho que se trata de un simple funcionario, su rostro muestra el inexpresivo cansancio propio de ese gremio. Viste un traje negro que parece muy antiguo. El rostro y el traje, sin embargo, son extrañamente compatibles. Si esto fuese una película, pienso, él sería Anthony Perkins; un Perkins con disfraz de Bartleby.
A mi lado (no me había dado cuenta antes) se encuentra el menor de los hermanos de mi difunto padre, un hombre bajo y de mirada pícara, cuyo nombre no logro recordar. Bajo su fino bigote, una sonrisa muy expresiva me abre las puertas de la comprensión. Justo entonces, la gente que hay a mí alrededor se mueve unos pasos hacia atrás y el pasillo central se despeja.
Mi tío hace un gesto. Ante mi sorpresa, nosotros no nos movemos. Se hace el silencio y, sólo un instante más tarde, la música comienza a sonar. Es un tema de Luis Delgado, del disco El hechizo de Babilonia. Exquisita ironía.
Parece un mensaje, y tal vez lo sea. Desde el fondo de la nave, la novia avanza hacia donde estamos. No hubiera hecho falta mirarla, pero aun así, lo hago. Sus ojos sonrientes, sus labios húmedos, confirman mi sospecha. Sé que se detendrá junto a mí y después el estirado funcionario nos dirigirá una serie de palabras inútiles y nos hará una pregunta simple. Sé cuál será la respuesta. Es impensable pronunciar otra palabra. Por un momento, me aferro a la esperanza de estar soñando.
Mas no es un sueño. El sudor que corre por mi frente es real, como lo son el polvo de ahí afuera y las risas forzadas de los invitados. Antes o después, tenía que suceder. Prometí no recaer e incumplí la promesa. Por eso, sé que cuando todo esto acabe, cuando pase la ceremonia y termine el convite y no consiga encontrar un río junto al que recuperar la armonía, cuando finalmente llegue a casa (que inevitablemente será otra) e intente quitarme la máscara, podré comprobar, sin asombro, que esta vez no es como las otras, que esta vez la máscara y el rostro son una misma cosa, conglomerado inerte que no cede ante estirones ni arañazos. Será sólo una anécdota verificar que mi querida colección de música, en efecto, ha desaparecido.
 
 
-Sergio Borao Llop, publicó “El alba sin espejos” por el sello eBooks Literatúrame!
 
 
 
 
 
 
 
 
 
HEROICA.*
 
(Los pájaros rebeldes)
 
 
Por ciudades de estambres hasta el cielo,
masticando la tierra
con su idioma de látigo,
el hombrecito gris reclama los cereales,
los árboles,
las napas,
las escamas…,
sus verdes sembradíos de monedas,
su harina matemática.
En respuesta a su atenta,
desde el ápice austral del horizonte
los pájaros anónimos,
embriagados de estrellas insepultas
entre sombras opacas,
vendimian en la noche del suburbio
sus racimos de amor deshilachado,
recogen transparencias de rocío,
hilvanan el futuro con agujas de viento
y en la ausencia del pan
edifican de nuevo la esperanza
para inventar un mundo
de manteles tendidos y agua clara.
Verbenas rezagadas
encrespan su frescura sobre hierbas de octubre,
la sonata de un grillo
sumergido en el fuego del silencio
trepa sus espirales sin escalas
y la complicidad de los faroles
inaugura secretos de obstinada argamasa,
de cajones de frutas,
de callos extenuados,
de delgadas ternuras fortaleciendo el vuelo
bajo la luna intacta.
 
 
*De NORMA SEGADES-MANIAS.
 
 
 
 
 
 
***
 
 
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EMILIANO REYNOSO.
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LA RICA
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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. Los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
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Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
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Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.


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