Wednesday, June 11, 2014

COMO PENA SIN PÁRPADOS...




*Foto de Alejandra Alma.
 
 
 
 
 
*
 
 
La belleza
se desnuda
 
espera
 
en el silencio del árbol
como un lenguaje potente
 
o una mujer
abierta
 
 
 
*De Alejandra Alma. almaalma3h@gmail.com
 
 
 
 
 
 
COMO PENA SIN PÁRPADOS…
 
 
 
 
 
 
 
CON LA PIEL ESCRITA EN GOLONDRINAS (*)
 
 
“Nadie estuvo en su ropa, en su patria, en sus raíces.
Un silencio de lobo avanzó y corcoveó por estas calles.
El terror derribó puertas y espió por las mirillas...”
EDUARDO DALTER
 
 
 
He escrito cada una de las puertas de la que fue mi casa.
Me he escrito la piel en golondrinas.
En ojos de carbón. En turmalina negra.
Teñí la patria de trigo desgranado.
 
Ahora me encuentro en un país con fauces.
Atlas de desamores.
Doblo la esquina del deseo y encuentro casas, puertas.
De todas esas casas, una me ha de habitar.
De esas puertas, alguna, ha de ser la mía.
¿Se han borrado las huellas?
¿Acaso somos Hansel o Gretel?
¿Me han escondido los caminos?
¿Han huido los niños y los nidos?
 
¿Qué hacer con este temblor de rosedales?
¿Con estas vísceras de toro, en amarillo?
¿Con esta puerta ojival que no me nombra?
 
Una larga avenida y un grito, me responden.
En bermellón, en azul lirio, en jade.
En sepia. No entiendo lo que dicen.
Pero sé, con la piel escrita en golondrinas.
Que solo soy, una mas, inquilina de amores.
Y un reflejo, una foto, un espejo, de la inmortal palabra.
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
(*) Poema basado en fotografías de Pedro Martínez Exposición 2010. ESPAÑA
 
 
 
 
 
*
 
 
por si decido irme o
 
un pájaro marque territorio sobre el suelo que nos alberga.
 
como la frustración
 
que cultiva cáscaras de pobreza y todo eso,
 
o
 
si el buda que tengo atado a mi muñeca
 
cobrase vida para decirnos que
 
el tiempo
 
abraza ovejas hasta convertirlas en cabritos
 
y somos niños otra vez,
 
y nos proponemos jugar a las escondidas
 
hasta que
 
uno de nosotros se quede dormido tras el árbol
 
o el otro
 
se baje los pantalones y diga
 
esto es tuyo, tomalo.
 
entonces me quedo
 
junto las cáscaras que la pobreza transformó en naranjas.
 
el frío se quedó del otro lado de la puerta, y
 
adentro, nos olemos.
 
algo parecido al almíbar. mi casa
 
tiene los colores de la infancia
 
que no recordamos y el sol
 
permanece ahí,
 
nuestro,
 
en la ventana.
 
 
 
*De Lila Biscia.
 
 
 
 
 
 
 
 
Mirada que crece en el silencio, descubre lo oculto, invita.*
 
 
 
Cada uno mira desde su lugar, con  lo vivido, lo leído, lo amado, el cine, el teatro, los bares de infinitos cafés, hasta la maravilla de la torre de quesos festejados por Calvino con sus sutiles entrecruzamientos de hierbas y cielos. Uno mira  desde su dolor, sus duelos, sus festejos, sus miserias y sus lujos. Con todas las ciudades  que conoció  y algunas que no, y los mares y las calladas montañas. Mira con su cuerpo. Con el silencio.
 
La piel abre ojos, sentidos, íntimas claves a descifrar. Deletrea el cosmos.
 
Vacía para ver
 
 
*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Cosas menores*
 
 
 
*De Antonio Dal Masetto.
 
 
Tal como me la contaron, así la cuento. Ni una palabra menos, ni una palabra más. Se llamaba Eusebio o Pandolfi o Schab o vaya a saber. Y esto carece de importancia porque con el tiempo todo el mundo lo identificó como el hombre del paquete.
En algún momento, hacía años, muchos, nadie podría precisar cuando, el tipo empezó a circular con un paquete. No muy grande, tal vez del tamaño de una caja de zapatos. Un paquete envuelto en papel de diario o pael madera y atado con piolín. Un paquete. Ese fue el arranque.
Al principio nadie reparó en el detalle, no había razón para hacerlo, pero después de meses, tal vez más que meses, aquel Eusebio o Pandolfi o Schab se convirtió inevitablemente en el hombre del paquete.  Lo llevaba bajo el brazo o, cuando circulaba en bicicleta, apresado en el resorte del portaequipaje. Si dejaba la bicicleta volvía a meterse el paquete bajo el brazo. Jamás lo abandonaba.
Y así fue como se acostumbraron a verlo y a identificarlo, a reconocerlo y en cierto modo a aceptarlo: el tipo y su envoltorio, ligados, una misma cosa, inseparables, como la imagen mental de un camello es inseparable de sus jorobas o la de un elefante de su trompa.
Aquel fulano no poseía muchas cosas: un rincón techado para cobijarse, la bicicleta, suficiente habilidad como para procurarse el alimento diario, y el paquete.   Más de cuatro -es lógico- se habrán preguntado qué ocultaría el misterioso bulto. Y hubo alguien que una mañana, justo en la esquina de la plaza que da al banco, concretamente le gritó:
-Che, fulano, ¿qué tenés en el paquete? ¿Llevás tu almita en pena escondida en el paquete?
No era una ocurrencia excesivamente original, pero de todos modos prosperó, y así como hasta ese momento se había aceptado con naturalidad la figura del tipo indivisible de su paquete, ahora también se impuso, alegremente, la costumbre de asegurar que llevaba su alma envuelta bajo el brazo.  Cosas que
pasan, cosas menores, tibios adornos navideños para el largo tedio de los días.
Y siguío la vida y todo muy tranquilo y cada cual con sus asuntos. Hasta que un anochecer de frío o de calor, alguien, un grupito, seguramente reunido alrededor de una mesa de confitería, resolvió que acababa de sonar la hora de averiguar el contenido del famoso paquete.
No fue empresa difícil acorralar al tipo, despojarlo, romper el piolín, desgarrar el papel y develar el enigma. Adentro no había gran cosa: un zapato viejo, un frasco vacío, un cepillo sin pelos. Quizá algunos objetos inútiles más. (Ahí están, desnudos, abandonados sobre la vereda, recibiendo la mezquina bendición del farol de la esquina.)
Y así, en una calle cualquiera, en un par de minutos, contra una pared de ladrillos, sucumbió el humilde mito provinciano y el hombre del paquete se quedó sin su paquete y quizá sin su alma.
Después, empujando la bicicleta, regresó a su porción de techo, ahora convertido en el señor nadie, o simplemente en Eusebio o Pandolfi o Schab, definitivamente despojado de su única riqueza, esa pequeña cuota de misterio conservada y alimentada durante años, y que le había permitido transitar tal
vez con un poco menos de pena por la pálida vida de los hombres, y tener un pálido nombre propio entre los pálidos nombres de los hombres.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Mensaje exiliado*
 
 
 
Detrás de mi aparente mansedumbre
suele encontrarse el águila
si mutilan mis vuelos....
Puede estar la loba que cuida
el territorio como a su patria ingénita,
porque siento en mí a cuantos sufren
y canto, respirando anhelos.
Canto... más allá de mis penas.
Me ensancho
para decir que soy paloma
buscando cielos paridores
de otras constelaciones
donde podamos entender
los mensajes exiliados.
Donde extender las alas
a golpe de impulso, de latido y faena.
Ser imagen y voz en la distancia.
NO a la bala: esa queja de acero
atravesando los sueños.
Universo... boca abierta con hambre de sombras
creo que van hacia allí las palabras.
Todas las palabras. Apenas hay eco.
No hay devolución sobre tierra y bajo cielo.
Uno dice lo que sabe
lo que puede
lo que piensa
a veces
nacemos para eso...
largos silencios se suceden.
Me miro -anodina- recortada contra la sombra
y me pregunto si alguna vez
podrán sanar el dolor de las guerras
ESAS palabras cuando lleguen.
Bien sé que no.
 
 
*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
Revelaciones*
 
 
 
Revelaciones que no están en los candados
que condenan puertas hacia el cielo
ni en las encrucijadas de la nieve.
 
(Acaso en el sopor de las guillotinas oxidadas,
en el silencio avergonzado del patíbulo)
 
Nombres en penumbra golpean la memoria.
Palabras prendidas al dorso de una brisa
que nadie pudo poner en letra impresa.
Sangres incendiadas, sueños desgarrados.
Amaneceres grises hijos del insomnio,
albas bastardas preñadas de tristeza
por el suicidio de los pájaros azules
y el destierro de los últimos castores.
 
Allende el recuerdo, gritos.
 
Pero hoy
                                     
                                      las orillas del mar
 
                                                          están calladas
 
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Somos una forma de vida obstinándose en persistir como aquellos virus de antaño que escapaban a todas las formas posibles de la extinción.
 
Tengo la memoria del nogal que me albergó años y años desde la semilla que mi madre alada enterró en este bosque que no es un bosque como ustedes entienden, sino una zona protegida de creación de nuevas formas de vida. Soy y seré golondrina, después de desprenderme de la corteza de ese ser que será un recuerdo de madera y leña al tiempo de mi partida. Vivo en los aires. En la mitad del ciclo anual haremos nido en algún refugio de la ciudad de Bonita. Volveré a comienzos de la primavera del sur con mi pareja.
Gestaremos huevos semillas de la especie. Confiaremos en la fuerza de la vida. Aún en aquella surgida por medios artificiales. Como una última y desesperada utopía. No hay en el esbozo de nuestra historia nada que pueda parecérseles a una verdad reconocida de vuestra época.
 
Sólo cuento con el testimonio intangible de mi propia existencia y el recuerdo de un lejano origen literario. Cuando una abuela de más de 80 años leyó la frase que nos gestó: "Dicen que a los hijos hay que darles raíces y alas. Raíces para que sepan de donde vienen y alas para que las desplieguen y vuelen a su propia vida en el momento justo"
 
Del legado de ese sueño existimos.
 
 
*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
"maga de palabras" *
 
 
 
y el reloj
 
se detiene en tus manos
 
como pena sin párpados
 
 
*De alba estrella Gutiérrez. alba.estrella@gmail.com
 
 
 
 
 
***
 
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