Saturday, June 14, 2014

¿QUÉ HORIZONTE VUELA DEL OJO QUE HA SOÑADO?


*Obra de Cecilia Aguado.
https://www.facebook.com/cecilia.aguado.12?fref=ts
Villa Gesell. Argentina
 
 
 
 
 
 
 
 
PREGUNTAS *
 
 
 
Una voz que abarca los cielos y la tierra. Soy.
Las peñascosas nubes. Los milagros. Las aguas vivas de la carne.
Precaria. Inconstante. Minúscula. Fluctuante....
Devora las parábolas. Los encomios. El tallo frágil de mi amor.
-Ven mi niño que mis pechos son breves-
Despojados de andrajos. Universales. Fieles.
Los espectros me llaman. No siempre reconozco sus rostros.
Las cabezas de jinetes del sueño cuelgan de una telaraña.
Ay, si el grito se callara. Pregunta soy, de piedra silenciosa.
Pretérito imperfecto. Triangulación de tu boca. Molinete de amor.
No me basta el paraíso prometido. Los mandatos del orden.
Y me punza la pregunta malva. Es mi piel. Mi llave. Mi sino.
El ataque de un cuchillo de fuego. Grito de la lechuza.
Madre: ¿Quién modeló mi rostro? ¿Quién me expulsó del paraíso tibio?
¿Por qué el exilio de la higuera? ¿El féretro en la ciénaga?
-Madre. Una niña en la Puerta. Trae una canasta de preguntas frescas-
(Dice que su padre es espina y su madre hormiga)
Que es más ilusorio, es la pregunta. El punto de partida de la flor o el fruto.
Paradojal respuesta. Sangre y agua, en tu boca. Y vinagre.
¿Hay que olvidar la ley de gravedad? Cae el fruto, maduro o podrido.
Se, no ha sido mi primer regreso. Se, la desmesura de mis zapatos rojos.
Toco el sexo de Lucy y me recibe la impiedad del espejo.
Aun así. Hecho añicos el hueco de mi ombligo. Elijo las preguntas.
¿Quién? ¿Quién sabe las repuestas?
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
 
 
 
¿QUÉ HORIZONTE VUELA DEL OJO QUE HA SOÑADO?
 
 
 
 
 
 
 
Desde las profundidades de la noche*
 
 
 
Desde las profundidades de la noche
surgimos como un sueño sin banderas.
 
Resucitados y anhelantes
resolvimos prendernos en el viento
y atravesar las nubes tormentosas
que amenazaban, negras, nuestro sueño.
 
A un horizonte inmenso nuestros ojos volaron;
como locas gaviotas errantes planeábamos,
pero eran nuestros títeres los que se arracimaban
en la alegre cubierta de un barco que zarpaba.
 
Toda costa escondía una sorda presencia.
 
Siempre creímos que el mar nos salvaría
pero el mar resultó una pantomima,
una niebla poblada de fantasmas
que a nadie revelaron su secreto.
 
Y llegaremos, si llegamos algún día,
a ese horizonte que nos prometieron,
sólo para descubrir, horrorizados,
una tierra en tinieblas, una vasta penumbra,
un hostil territorio que a nadie da cobijo,
una noche terrible sin velas ni azucenas,
un pábilo extinguido sin ventanas ni estrellas.
 
 
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
De Destierro
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Miguel y Clara*
 
 
 
*Por Victoria Mora. mvictoriamora@yahoo.com.ar
 
 
Hoy volví a pensar en Clara. Parece increíble, un hombre grande y no me la puedo sacar de la cabeza, a pesar de como terminó nuestra historia. Quizás sea el momento de reconocer que es el gran amor de mi vida. Si cierro los ojos puedo verla, linda, hermosa como cuando la conocí. Entré a la oficina ese día como cualquiera otro, la vi y me enamoré. Estaba escribiendo a máquina, concentrada, inclinada sobre la mesa, primero la vi de perfil, me acerqué, cuando la tuve enfrente supe que caería rendido a sus pies. Unos ojos grandes negros, profundos me miraban con desconcierto. La saludé, intentando entablar una  conversación que no fue, solo me devolvió unos monosílabos sueltos. Ese día no me respondió, pero de a poco con toda mi paciencia fui logrando que me hablara. Un día se me ocurrió llevarle un regalo, un perfume, me di cuenta, que aunque no quería demostrarlo, el regalo le había gustado. Así di el primer paso.
Haciendo un trabajo de hormiga llegó un momento en que conversábamos de todo: nuestra historia, nuestra infancia, nuestras ideas, por supuesto no coincidíamos en muchas cosas pero era un placer hablar con ella, y además me di cuenta que a ella le gustaba hablar conmigo.
-Hola Clara ¿como estás hoy? Te extrañé anoche- me animé un día
-No me digas esas cosas, por favor- siempre tan tímida
-Bueno es lo que siento, no se puede evitar-insistí
-Hablemos de otra cosa ¿si?-
Entonces empezábamos a debatir: historia, literatura, política, nunca rechazaba mi conversación ni mi compañía.
Un día conocí a su familia. Fuimos en el auto hasta su pueblo, un pequeño pueblo perdido en la provincia de Bs As. Hicimos prácticamente todo el trayecto en silencio, pensé que quizás fueran los nervios de que conociera a su familia ¡siempre tan preocupada Clara! Yo intentaba todo el tiempo que fuera feliz, a veces lo lograba, a veces no. Clara era un ser luminoso que me había cambiado la vida. La amaba con toda el alma y si bien a veces me respondía como yo esperaba, a veces era distante, como el día del viaje. Le saqué conversación sin éxito en varias oportunidades, no hubo caso. No sé porque estaba tan nerviosa, sus padres nos recibieron con los brazos abiertos increíblemente hospitalarios. La primera visita fue un poco rara porque no nos conocíamos pero después fue fluyendo, el padre hacia unos asados espectaculares, la pasábamos genial. Sin embargo, Clara siempre con esa mirada sombría, debí sospechar que a pesar de mis esfuerzos lo nuestro no iba a funcionar.
 
 
Miguel sabía que Clara iba a ser liberada en cualquier momento. Lo intuía, quedaban pocos detenidos, la confirmación se la dio Gutiérrez
-Che, se te va la mina- por un segundo a Miguel se le paró el corazón
-¿La trasladan?-ambos sabían que traslado era sinónimo de vuelo de la muerte
- ¡Que cara! No boludo, no te asustes, la liberan -Miguel respiró, quiso saber
-¿Sabes que día?
-No, pero te lo averiguo, te va a salir caro, eh
- Dale boludo, me debes más de una, averiguame ¿si?
-Porque sos vos y porque la piba se portó como los dioses, desde que la trajeron a la oficina no paró de laburar, está bien que hacen cualquier cosa con tal de no volver a los calabozos, pero ella se portó mejor que cualquiera, le escribió a máquina trabajos a medio mundo y nunca la oí quejarse de nada, y mirá que cuando llegó la pasó mal, después recapacitó, se dio cuenta como son las cosas, menos mal que la metieron en el programa de recuperación enseguida, sino vos te quedabas sin novia, ¡pobrecito Miguel se iba a quedar solito! -lo cargó Gutiérrez
- Calláte imbécil, no me cargues y conseguime la fecha
- ¡No te calentes! es un chiste
 
El centro clandestino se estaba desmantelando, ya casi no quedaban prisioneros. A Miguel le costaba pensar que iba a ser de su vida. Hacia dos años que había decidido directamente vivir ahí. No tenía sentido alquilar afuera,  todo lo que necesitaba estaba adentro, y desde que conoció a Clara, ya no salió más que para hacer trabajos que le indicaran, o comprar alguna cosa para él o para ella. Se puso feliz cuando Clara pudo visitar a sus padres, así él iba a conocerlos.
La segunda vez que fueron, era año nuevo, cuando terminaron de cenar, ayudó a la mamá de Clara a levantar la mesa, y ahí se animó, le confesó que estaba enamorado de su hija. Notó que la mujer se sorprendía pero entendió que la situación era compleja. No le importaba. La historia la escribía él.
Tenía todo planeado, cuando esto se terminara con el dinero que había ahorrado iba a alquilar un departamento y se iba a casar con Clara, quizás hasta tener hijos. No estaba seguro si ella iba a poder, pero lo intentarían. Fantaseaba a menudo con eso, un sinfín de imágenes cotidianas en  las que él y Clara comían juntos, hacían las compras, se amaban, ella con panza, los dos con un bebé, juntos y felices. Finalmente supo el día exacto en que Clara iba a salir, consiguió ser quien la lleve a su casa, después de todo él había sido su responsable durante dos años. Lo preparó todo muy bien, la casa lista, amueblada, hasta le compró ropa, la ropa que imaginó que a ella iba a gustarle. Ese día compró flores. Después de subirla esposada al auto salieron del predio. Anduvieron como media hora, ella atrás en silencio, él mirándola por el espejo retrovisor, sonriéndole. Ella esporádicamente insinuaba una sonrisa tenue, hasta que él rompió el silencio
-¿Te gustan las flores? Son para vos
-¿Vamos a ver a mis viejos?
-No a un lugar mejor
Clara no preguntó más nada. Miguel paró el auto enfrente a su nueva casa, antes de bajarla, le sacó las esposas
-Estás libre- Entonces Clara se sorprendió, sonrió, un poco descreída quizás, pero sonrió feliz, por primera vez, como nunca la había visto
-¿Me puedo ir? ¿Me voy a mi casa con mis viejos?
-No, Clara, acá, esta es tu nueva casa, conmigo ¿ves? ¿Te gusta?-y otra vez la sombra en el rostro de Clara, oscureciéndola completamente
Miguel no entendía, era una casa preciosa ¿no lo amaba acaso?
-Si- dijo ella tímidamente- es preciosa
Entraron, Miguel le preguntó si necesitaba algo, Clara le dijo que lo que más había extrañado en esos últimos dos años era darse una ducha con agua bien caliente y los churros con dulce de leche, le pidió por favor si podía ir a comprarle una docena mientras ella se bañaba.
Miguel salió sonriente caminando a la panadería del barrio, cuando volvió quince minutos después, se encontró una casa vacía.
Cuando llegó a la casa de los padres de Clara ya no quedaba nadie.
 
Clara salió del país con su familia, en España los esperaba su hermana. Allí treinta años después logró ver a Miguel entre rejas.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Desierto*
 
 
 
¿Qué horizonte vuela del ojo que ha soñado?
 
 
El absurdo viaje retorna en preguntas
 
Extranjera del sentir y los sentidos
 
su cuerpo se torna ingrávido
 
flota levemente el todo mar
 
azul
 
extensión en calma
 
donde nada es de tierra/
 
nada se esculpe/
 
donde tierra
 
no hay/
 
 
 
*De Alejandra Alma. almaalma3h@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Humo*
 
 
 
Escuchó la fuga de un eco en su memoria. Supo entonces que todo lo ocurrido después no merecía la pena. No fueron más que puñetazos al aire, bocanadas de humo sin cigarrillo, reflejos de un eclipse.
 
¿Quién iba a recordar ahora si las libélulas emigraron en noviembre o de qué fuentes manó la sangre de los parias? ¿Con qué ojos mirar hacia el ocaso sin evocar la precisa sentencia del olvido? ¿A quién iba a importarle si el norte es el oeste o si el este termina por devorarse a sí mismo como un intemporal Ourobouros? (El sur no, el sur es siempre el mismo resplandor crucificado)
 
Y esa persistente voz preguntando una y otra vez cuándo terminó exactamente la película; esa voz queriendo averiguar (¡cómo si eso fuese a cambiar algo!) cuánto tiempo llevaba presionando inútilmente los botones del telemando y recibiendo por única respuesta una pantalla negra que grita "Nevermore!"
 
 
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
De Prosas breves
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El ciruelo del mundial*
 
 
 
 
Cada mundial vuelvo a recordar la historia del árbol en el fondo de la casa de los padres de Kalman.
Porque el secuestro ocurrió al principio del mundial de la dictadura.
Quizá será por la tapa del libro, que conservo desde aquella época.
La hoja suelta y maltrecha de papel de "EL ESTADO Y LA REVOLUCION " de  V.I. LENIN. 
PEQUEÑA BIBLIOTECA MARXISTA LENINISTA. Editorial Anteo, 1972
 
En la desesperación el padre polaco de Kalman había enterrado todo lo que encontró en la pieza de sus hijos.
Solo se había salvado la colección de mecánica popular y el diccionario.
 
La imagen de su rostro recién retornado del chupadero. Su cara, nunca voy a olvidar su cara aunque la imagen este desgastada por las décadas transcurridas.
A los 20 años Kalman había envejecido de golpe: era un muchacho ojeroso con una tristeza madre instalada en la mirada. Me recibió sentado en una habitación deliberadamente sombría, como si sus ojos acostumbrados a semanas en la mazmorra no toleraran la luz.
 
Me dio la hoja suelta y dijo: -Llevalo de recuerdo, es lo único que quedo de la biblioteca.
De la biblioteca enterrada yo sólo había leído "Para leer al Pato Donald".
 
Después se largo con el relato del secuestro y lo que soportó en ese campo clandestino.
A menudo pienso en él, más aun cuando se acerca un mundial.
Cuando volvió a su casa, fueron con los viejos a un vivero y compraron un ciruelo bastante crecido.
Fue una ceremonia familiar plantar el ciruelo sobre el bulto de los libros enterrados en la quinta.
La dictadura pasó, años después volvieron a discutir si tenían que desenterrar los libros, el árbol había crecido y ya daba sombra.
 
Fue Kalman el que decidió: -dejémoslo tal cual, parece que las raíces están bien alimentadas.
 
 
 
*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
El lamento de los sobrevivientes*
 
 
 
*De José Sbarra
(1950-1996)
 
 
“Esta es la verdad que nos parece, sin embargo,
el error, pero que es cierta justamente porque 
sucede que es el error. En cuanto a la prueba,
no soy yo, sino la historia, cuando termine, la 
que la proporcionará”.
Hegel
 
 
 
(Fragmento I)
 
 
Esta tristeza que nos llega con la tarde ya es moneda
corriente, viene desde lejos (quizás desde nuestra infancia)
a recordarnos que somos los elegidos para quienes
fue reservado el dolor de las horas.
¿Qué haremos con los inviernos que restan?...
Con nuestra piel arrugada y los ojos vidriosos,
con las lagrimas que rodarán por las solapas gastadas,
con el frío de la vida que se alarga como las sombras
de la tarde?
¿Qué haremos que no sea parir dolor?
¿engendrar monstruos perseguidores de nuestra propia hipocresía?
¿Qué haremos con estas vigilias interminables e infecundas,
con nuestros sueños hartos de derrotas?
¿Qué haremos con los hijos que no tuvimos?
¿A dónde iremos a dar con nuestra sangre sucia?
¿Habrá algún sitio para los solitarios,
para los que no compusimos sinfonías,
para los que no supimos hacer estallar en colores nuestra tristeza?
Para los que no hicimos concesiones,
para los empecinados,
para los que pretendimos el todo, la libertad absoluta y
nos quedamos con el ardor de la nada.
¿Habrá piedad para los que jugamos a cara o seca
y perdimos?
¿A dónde iremos los que olvidamos sonreír en el momento
necesario;
los que no supimos retroceder
cuando retroceder significaba avanzar?
¿Dónde acabaremos los que nunca fuimos inocentes?
¿Quién se apiadara de los desesperanzados
cuando todo haya concluido
y hoy mismo
y esta misma tarde
y en este tedioso instante
quien golpeara la puerta para traer algo
que no sea indiferencia,
desprecio por nosotros,
asco de nuestras caras
o la boleta del gas?
¿En qué infierno acabaremos los equivocados,
los que no fuimos genios,
los que no fuimos dioses,
los que sobrevivimos de prestado,
que conocimos la luz y nos detuvimos a jugar con las sombras?
¿Qué será de los vencidos ilesos?
¿Qué será de los fracasados,
de los que no recibimos una bofetada a tiempo o la tuvimos
pero nadie se acerco a consolarnos?
¿Habrá un sol, una playa, un mar, un cielo nuevo
para los desertores del rebaño que nos estrellamos las
narices contra las piedras pero no nos atrevimos a regresar?
¿Qué será de los que lloramos a escondidas?
¿Habrá algún premio para los que quisimos volar más
alto y no triunfamos? (pero nos defendimos a gritos
cuando dijeron que era soberbia).
¿Viviremos mucho tiempo más intercambiando caretas con
nuestros fantasmas?
¿Habrá piedad para los que escuchamos a todos y no
entendimos a nadie;
para los que la soledad no nos dio un jaque de muerte
ni el amor nos dio un golpe de vida?
¿Qué haremos con este silencio insultante,
con los espejos injuriosos?
¿Y qué haremos con los soles nuevos? ¿Continuaremos
interponiendo las persianas atávicas?
¿Habrá ternura para los desarraigados,
para quienes el futuro es una palabra sin sentido,
para los que descubrieron con espanto que el amor es lo
mejor pero no alcanza?
¿Quién nos mirará con ojos que no sean de misericordia
o benevolencia?
¿Qué haremos con nuestros amaneceres abúlicos?
¿No cesaremos nunca de dejarnos caer de la cama,
de quedarnos acostados en el piso,
enredados aún en las sábanas,
mirando puntos en el techo,
recitando poemas atribulados,
cantando zambas tristes como “la añera”?
¿Seguiremos asomándonos a la ventana,
contando personas de a dos en dos,
mirando paraguas los días de lluvia?
¿Hasta cuándo viviremos parapetados en los rincones
oscuros, con la soledad como una enfermedad contagiosa?
¿Hasta cuándo nos aferraremos a las tinieblas como
arañas?
¿Habrá algún sitio para los que no fuimos escuchados,
para los que no supimos gritar,
para los que no tuvimos la respuesta del eco
en la montaña de los hombres?
¿A qué sitio iremos a dar con nuestros pocos dientes y
nuestros pocos pelos que no sea de podredumbre y
silencio?
Tanta sangre enloquecida y caliente,
tantos sueños,
tanto pudor innecesario,
tanto error
y después tanto arrepentimiento
para ser cenizas,
barro inútil,
cauces desolados, ahítos de piedras y de olvido.
(¿O tendrá mejores matices la muerte de los muertos?)
Tantos deseos de partir,
de abandonar esta casa,
de dejar esta suerte,
de dejarse a uno mismo…
¿Cuándo gritaremos ese ¡ahora!, ¡ahora!, ¡ahora!,
hasta que se descuelguen los retratos de todos los museos,
hasta derribar esta casa,
hasta sepultar nuestros espectros,
hasta apostatar de este despiadado ocultamiento?
¡Cuántas palabras más encerradas que nosotros mismos!
cuántas caricias puras dentro de la piel,
cuantos sonidos de amor en silencio,
(cómo ensucia al sentimiento el acto)
cuánto daño padecido
(cómo defrauda a la intención el gesto)
y cuanto nos queda por padecer todavía.
¿Cómo recuperaremos el tiempo que se nos fue esperando?
¿Cómo responderemos ahora a todo aquello que no
respondimos?
¿Qué ilusión podrá resistir a nuestro cansancio?
¿Qué respuestas encontraremos en las paredes?
¿Qué plegaria rezar que no contenga mentiras?
¿Qué sueño soñaremos los que nos nutrimos de letargos?
¿Qué canción entonaremos que no evoque los deseos
irrealizables, los intentos fútiles?
¿Ante que Dios nos arrodillaremos los que no aprendimos
a rendir pleitesía?
¿Hasta cuándo soportaremos los relojes que marcan y
fustigan los rostros, las horas de mármol y acero?
Los sobrevivientes estamos condenados a respirar entre
los muertos,
a tocarlos con nuestras sombras innocuas.
En esta casa muda ¿qué móvil existirá que nos despierte?
ya acostumbrados a esperar el porvenir y siempre
desesperando en cada instante.
Apoyados en los alféizares, con los ojos irritados, con
las manos mortecinas, mirando octubres o eneros en la
calle. Y los jóvenes, la belleza, los niños, los frutos, el
amor afuera…
¿De qué simiente surgimos los infinitamente deshabitados?
¿Qué oráculo inexorable predijo nuestro desierto?
¿En qué juego de la infancia apostamos la inocencia?
¿En qué rayuela perdimos la esperanza
y en que escondida aprendimos a sufrir?
Para los sobrevivientes no hay presencia concreta
que sirva de compañía,
apenas y a veces hay estériles vanaglorias de arte
a simulaciones de locura envasable y vendible.
El triunfo nos destruye (quizás la verdad en estado puro
se halle únicamente en la desolación y el fracaso).
Un sobreviviente para otro es siempre un espejismo.
 
 
-De Obsesión de vivir. (1975)
 
 
 
 
 
 
 
*
 
Yo quise ser un rojo violín desorbitado
Máximo Simpson
 
 
 
Yo quise ser
o quiero todavía
 
Pasionaria con el brazo extendido
 
señalando
horizontes.
 
La que piensa  juntando líneas
para mostrar
que el rey está desnudo
y la reina  demasiado atada
 
Una mesa cubierta de poemas
 
para   que cada invitado se sirva su palabra
 
Una ronda de cuentos para  ahuyentar el  frío
 
Un almohadón
de  sonidos
y aromas
 
esa flor desorbitada y única
 
que acaricia  los   ojos  que se ofrecen
 
el café que anima las mañanas
 
yo quise ser la libertad
 
y todavía quiero y seguiré queriendo
en un mundo de palabras que encierran en cárcel de sentidos
 
y los pobres se llaman terroristas desde niños
por no poner sus dones en las manos del amo
 
quiero abrir la llave
aspirar el poco aire que dejaron sin contaminar
 
y ser la libertad.
 
 
*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar
 
 
 
 
 
***
 
INVENTREN
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SAN SEBASTIÁN
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-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
 
 
 
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