Wednesday, June 25, 2014

LA FRÁGIL BREVEDAD DE TODO...



*Obra de Claudia Marting.

Rosario. Argentina.


 

 

 

 

 

 

A contraluz*

 

 

Desde la memoria miro la vida

a contraluz.

 

Aquellas emociones residentes

de una zona oscura,

tamizadas por el tiempo lograron

la suave piedad de los silencios.

Puedo tomar el pasado

y observarlo en su reverso

entre mis manos.

Un negativo donde lo inverso

se descubre para entender

que la vida puede ser eso.

De las sombras que fueron

se desprende una fatiga dócil,

suave luz domesticada

que le pide a mi presente

una nueva mirada.

Obedezco

para reconciliarme

con mis antiguos habitantes…

Necesito la absolución de mis recuerdos.

Oficio mi propia ceremonia

y alzando la vida –como un cáliz-

comulgo lo que fue, y lo que es

a contraluz

 

 

*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar

 

 

 

LA FRÁGIL BREVEDAD DE TODO…

 


 

 

Viejo cementerio*

 

En el viejo cementerio de

Old Brompton,

de antiguas lápidas

carcomidas

por los soles y las lluvias,

algunas dibujadas

sin prisa por el moho,

se extiende

un camino por donde

los caminantes

apaciguan su momento

entre los árboles,

mientras los pájaros chistan

y revolotean

ocultos en lo alto de las

copas.

Todo está dicho, pareciera,

en el paisaje,

donde una parte oscura y

presentida

yace más allá del tiempo

y de los aires,

en tanto el sol ilumina

débilmente

la frágil brevedad de todo

lo que respira,

puja, arde, y olvida.

 

 

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar

 

-Del poemario Dos cigarrillos para Eliot;

Londres, mayo de 2013 y mayo de 2014.


 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Una historia para Antoine*

 

*De Jorge Lacuadra. jorgelacuadra@hotmail.com

 

No siempre fue todo tan simple como ahora, hubo momentos de fiebre y de vértigo, pero esta pequeña playa, las rocas y la cueva que me enuncia su ojo cíclope desde el acantilado no generan los suficientes eventos como para pensar que los días siguientes pueden ser diferentes al de ayer o a la calma que reina en este mediodía. Salvo las tormentas, pero ese es un prodigio horroroso en el cual hoy no quiero pensar y que escapaba a mis fuerzas, son designios de un dios iracundo y desconocido. Estoy sentado en una pequeña playa de arena blanca, rocas blancas también se elevan hacia un cielo azul limpísimo. Es ese cielo el que miro con interés, escudriñando, sonsacándole quizás uno o dos secretos, un cielo, por ahora, vacío y solo mío. El sol casi en la vertical de mi posición, emite su bostezo cálido sobre la isla y sobre el mar.

 

Antoine despega del aeropuerto del Borgo, en la bella isla de Córcega, convertida en bastión de los Aliados contra las fuerzas alemanas en Italia. Despega temprano, un asistente le ayuda a colocarse el traje para grandes altitudes, sus miembros acusan la fatiga de los años y los accidentes. Comprobado el uso del laringófono, chequeados los instrumentos, Antoine se lanza a los cielos del Mediterráneo, al poco tiempo ya sobrevuela la costa francesa, territorio que conoce como la palma de su mano. La hora del regreso está programada para las 12:35, es el tiempo máximo que el combustible de los tanques le otorga, ni un minuto más.

 

En el profundo desierto africano, frente a hogueras de hombres con ojos relucientes, he dicho: que somos dioses imperfectos, de suave carne y que buscamos crear un hombre perfecto con la vieja arcilla y llamarlo dios. He dicho que somos profetas locos, en agónica cordura y que lloramos porque hemos perdido jugando con el viento el color de la lluvia. Pero los hombres del desierto me entregaban su mirada distante, su realismo perpetuo, el Sahara era un grito de arena y sed, nada sabían de las tonalidades del barro o del color del agua, si conocían al viento por su nombre, el Simún, el de venenoso aliento. He dicho también, que somos sueños de un duende ciego y perverso llamado historia, llamado grito, pero el día siguiente es el hoy que ayer, será mañana y que ahora ya es pasado, es el olvido, es la clepsidra ambiciosa del tiempo. He deambulado estas palabras más tiempo del que debiera y han producido llagas en mi boca y en mis sueños. Mis labios se posaron un día sobre un pliegue del tiempo y camine mil libros hasta comprender la levedad de los sueños del hombre.

 

Antoine confía en su avión, ha aprendido a escucharlo y a valorarlo, sabe que no lleva armas, solo está provisto de cámaras, agudos ojos de vidrio que contemplaran las cotas y los terrenos solicitados por el Comandante. La carencia de armamento aligera su nave, lo hace grácil y rápido. El Lightning es un buen producto de la americana Lockheed, y al igual que el mismo Antoine, es un veterano ya en ese verano del ’44 y el aluminio del fuselaje tiene ya su castigo. Antoine sobrevuela los Alpes en las cercanías de Grenoble y corrige su rumbo y sus objetivos sobre la Francia ocupada.

 

No sé qué hago aquí. Identifico vagamente una morfología de isla mediterránea y recuerdo, de una manera culpable, que me han ayudado a ponerme el traje de piloto. De pronto me doy cuenta que estoy mirando mis manos, y que estas también son instrumentos, como los de tantas máquinas que he manipulado. Siempre he tenido facilidad y habilidad para la mecánica. Mis dedos siempre han graduado diales y palancas, y estos a su vez también son los diales y palancas de mi cuerpo, son los aparejos de mi sangre, las poleas de mi temperamento. Tengo frente a mi unos endebles instrumentos de cuarenta y cuatro años, compuestos de carne, tendones y huesos, tan perfectos que hasta les desconozco algunas funciones, como la de cortarme levemente al afeitarme o al mal peinar mi corto pelo encanecido. No dudo del gobierno de mis miembros, desconfío si, del chasis que los contiene, y del mecanismo que los alimenta.

 

Sobre la Bahía de Carqueiranne cerca de Tolón, Antoine reduce gases y pierde altitud, deja atrás las estelas dobles, las babas del diablo que persiguen los artilleros alemanes. Debería seguir por sobre los 10000 metros, pero Antoine decide descender, recuerda por un momento el vuelo aquel sobre Turín, también por debajo de las cotas de reconocimiento, en vuelo de regreso, cuando dos aparatos alemanes lo centraron entre sus líneas de fuego. Sorprendidos tal vez por lo errático del vuelo de Antoine no disparan. Antoine enajenado, continúa, sonríe, los observa marcharse por el espejo retrovisor.

 

No he sido un piloto – Me lo digo a mi mismo – Sino más bien, un administrativo, fatigando palabras sobre órdenes y papeles con membretes. Me he pasado estos últimos años escribiendo informes. Informes para el Comandante, informes para el Estado Mayor, informes sobre el Observador e informes sobre el Ametrallador. Podría llenar un hangar de archivadores repletos, una inmensa biblioteca de términos técnicos y ambiciosos, podría cubrir las alas de todos los aviones de Francia con los informes de suministros. He redactado con letra temblorosa por las vibraciones del timón de cola: memos, planillas de repuestos, listados de cojinetes, verificaciones de cubos de hélices, niveles de aceites, cintas de municiones, carretes de fotografía. He dictado partes, “meteos”, estadísticas que mal empleó el régimen de Vichy, detalladas cartografías que, si entendieron los generales aliados. También he redactado disculpas, quejas, cartas a viudas, a amantes y a amigos maravillosos que he perdido en el tiempo.

 

Antoine imaginó una rosa, amo una rosa, habló con una rosa. Trató de entenderla como se entienden los mandos de un avión, tironeando primero, tomando posesión después. Tarde comprendió que no se puede atesorar la rosa en una caja de cristal, sin marchitarse, sin perder su esencia de rosa, como tampoco un avión puede volar eternamente aprisionado en un firmamento acotado por la guerra. Se acaban los rollos de fotografía, se acaban las municiones, se termina el combustible y se termina el tiempo. El tiempo de la rosa también marchita, su ciclo se hace áspero, luego se asfixia, y finalmente muere.

 

Será hoy, por la tarde, en horas del calor soportable, cuando nos encontremos en el sitio acostumbrado, en la mesa de siempre, aquí en Buenos Aires. Será hoy cuando tú me mires y sin palabras reclames los besos que te adeuda mi persona, los besos invariablemente tuyos. Seguro vacilas entre contarme tus experiencias del día o aprovecharte de mis silencios para robar la tibieza de mis labios, una complicidad que me gusta sobremanera. Aprenderé contigo que la paciencia es la mejor moneda para no precipitarnos en un mar de arena y que nuestras manos son espejos de olas que acarician playas somnolientas. Recordare que tu misterio de mujer me envuelve siempre, como la noche que me rodea durante mis nocturnos vuelos y supera todos mis sentidos, y que mis explicaciones para tu asombro de sonreír sin motivo son menos valederas que mi osadía de comprenderte. Recuerdo siempre el “Sí” que me diste en pleno giro, en pleno rizo, por eso Sudamérica es para mí tan entrañable. Cumpliré con prontitud mi promesa de un abrazo protector y las miradas encendidas sobre tu piel, llevo siempre conmigo la pulsera de plata con nuestros nombres grabados, nunca me separaría de ella, nunca. Entonces, será hoy, en este mediodía, en la hora de la agonía plácida de los elementos, cuando alce mis ojos frente a tu recuerdo y brinde por ti. Será hoy cuando tú me asombres con un nuevo dilema y las preguntas queden sin responder y yo solo piense en un beso o una rosa.

 

Antoine sobrevuela una costa conocida, podría para sus habitados recuerdos igualarse a la de Túnez, a la de Trelew en la Patagonia Argentina o el litoral de Saigón, pero es la costa de Marsella, y frente a él ahora, el Archipiélago de Frioul. Continúa descendiendo, debajo de los 1000 metros, a los lejos alcanza a divisar espolón rocoso que es el Castillo de If, la isla prisión que Dumas cerró en torno a su Edmundo Dantes y donde recaló el malogrado Rinoceronte de Durero. Antoine vuela más bajo aún, el día es tan maravilloso ¿Cómo no aprovecharlo? Frente a él una isla, una ensenada pequeña entre promontorios blancos, Riou.

 

Miro instintivamente hacia la cueva y me parece ver un niño de pie en la entrada desdibujada, un pequeño rey de oro con una capa azul. Sé que a este personaje yo lo he soñado anteriormente, lo soñé en el ´42 en Manhattan o en Long Island y lo soñé también cuando era yo un niño, me invade una pesada melancolía, un leve dolor en el pecho, como si los correajes del traje me apretaran demasiado y me tironearan hacia atrás, y también el recuerdo de otros niños jugando a la par mía en un lugar llamado Lyon, que se me antoja muy distante. Parpadeo, como para despertar de un sueño y el pequeño príncipe desaparece como un cometa en el cielo, he quedado ahora, inmensamente solo. Recorro el horizonte y veo un punto que se acerca desde una isla lejana. Mi mirada acostumbrada a identificar objetivos me dice que es un bimotor americano, volando muy bajo, a pesar de la distancia lo escucho muy fuerte y diviso su cabina brillando al sol, destellos de plata sobre el horizonte. Desciende aún más y distingo los emblemas de mi Francia en las puntas de sus alas. De pronto veo dos pájaros negros descolgarse desde el sol, cazas alemanes en picado, y yo he quedado paralizado, no puedo advertirle, no puedo gritar. Escucho entre la cacofonía de los motores el ametrallamiento al que es sometido el francés y de golpe los disparos cesan, algo milagroso ha ocurrido, lo intuyo, quizás el imposible de que se atascaran a un tiempo todas las ametralladoras. Los alemanes lo persiguen por un momento y retornan hacia la costa. El avión del francés no ha sido alcanzado por los disparos, sin embargo cae, cae y yo no puedo gritarle.

 

Es 31 de julio de 1944, Antoine lo lleva anotado en la pizarra que apoya en su muslo y que está unida a su chaqueta de vuelo. El Lightning ronronea quedamente mientras Antoine estira los músculos cansados del cuello. Mira el reloj en su muñeca, su viejo compañero, sabe que es hora ya de volver a Córcega, pero hoy no, quizás vuele un poco más. En la costa que ya avizora ve la pequeña silueta de un hombre sentado, envidia su aparente tranquilidad, envidia la pequeña y solitaria playa, desearía ser dueño de una isla así. Empuja, aleja los mandos de su cuerpo, estira los brazos, los hombros se distienden aliviados. Antoine escucha un tableteo sobre las alas, no se preocupa, los motores siguen bien. Siente una tranquilidad que le gana los miembros y se deja caer, mira el mar, el bello mar y sonríe, como aquella vez.

 

Muchas veces he dicho, que somos fuego en el horizonte, como el sol del verano, somos llama solitaria y carente de sonidos. Construimos refugios bajo el sol porque no podemos habitar en él ni caminar suavemente en el rojo de su aurora. Soñamos con cometas, planetas distantes, pero ignoramos que cada persona es un planetoide particular, algunos poblados de una única rosa, otros surcados por profundas raíces de baobabs. Y he dicho que somos esclavos del pensamiento, del dolor, simplemente caminar por el desierto bajo otro sol y acariciar la arena con manos desnudas, es volar, volar sin alas y caer, precipitarse a la realidad y lastimarse mucho, como nosotros, como tú y yo, como verdaderos dioses olvidados sobre el horizonte.

 

 

 

 

 

 

Hora*

 

Racimos de flores rosadas sobre

las rejas

del viejo ministerio, que lucen

como pinceladas

en medio de lo abierto y de lo

gris.

A esta hora, todo se aquieta en

estas calles

donde otrora Churchill anduvo

por los bordes

calientes en medio del oscuro

tronar

de la Luftwaffe. Hace sólo un

momento

un hombre pensativo contra la

vidriera,

y con su rubia cerveza, miraba

hacia la calle…

bajo un halo de soledad, que es

semejante en todos lados.

Todo parece aquietarse a esta

hora

extraña en estas calles anchas,

que quedan flotando así, como

del tiempo.

 

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar

 

-Del poemario Dos cigarrillos para Eliot;

Londres, mayo de 2013 y mayo de 2014.


 

 

 

 

 

 

 

*

si después de Auschwitz fue posible la poesía

si después de La Cacha es posible la poesía

entonces el Horror de los horrorosos

aunque racional y obediente

no asesinará jamás las utopías.

si

una

sola

mujer

un

solo

hombre

se

mantienen

en

pie

habrá la

poesía/

 

 

*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar

 
 

 

 

 

 

TIEMPOS*

 
 

Hay un tiempo monocorde, un tiempo único que se mide en años, en décadas, en números escritos en papel o en las pizarras, el mismo número para los millones de almas. Está el número que empieza en dos mil para los católicos, en cinco mil para los judíos, en no sé cuántos para los chinos, y así en cada cultura, en cada continente, diferentes pero los mismos, fecha de coincidir en otoños y en la moda, y en las opiniones que se usan o no como el largo del cabello, los tatuajes o el corte de los vestidos.

Es un número no negociable, se impone desde el encabezado de los periódicos y nos acecha en el margen inferior de las pantallas. El año en curso. Año lectivo, año litúrgico, lo que sea, pero el mismo para cada uno en cada morada y bajo sol o estrellas.

Después de ese tiempo general e impuesto que sufren los ancianos y los durazneros, a su lado o por debajo, no lo sé, hay un tiempo otro que se mide en el lugar que vamos ocupando en una cadena insoslayable.

Hijos primero, y hermanos, nuestras charlas y opiniones, nuestros enojos y temores se encadenarán fatalmente a la familia primordial. Pasaremos por el noviazgo, de pronto las conversaciones y la inclinación de las balanzas vendrá por esos extraños que modifican los afectos y las angustias. Embarazos, casamientos, nacimientos. Los temas se superponen pero giran sobre el eje de una familia nueva y más íntima, las responsabilidades y los nuevos problemas. Fiestas de cumpleaños, ¿Y el trabajo, qué tal?, vacaciones con sombrilla y bolsos monumentales.

Los chicos van creciendo, problemas y ya sabemos, niños pequeños problemas pequeños, niños grandes… Están de novios los chicos. Suegra, suegro, imposible que yo sea suegro de alguien si apenas ayer le compraba la leche chocolatada, los lápices de colores con olor a madera. Pero los chicos están de novios. ¿Y el trabajo, qué tal?

Los padres envejecen, de pronto hay que hacerse cargo de los padres, no puede ser si apenas ayer nos sostenían, eran piedras en la llanura, monumento ecuestre y prócer y alguien inamovible. Los padres envejeciendo precipitadamente, sin remedio. Parte médico en las reuniones, la salud de tu mamá, la próstata de tu papá, qué van a hacer ahora que ya no se puede quedar solo. No sé, ya vamos a ver, nadie quiere ver eso que ya vamos a ver, nadie quiere decir qué vamos a hacer ahora que no puede quedarse solo.

Las responsabilidades de a muchas y en sacos, en cajas y de todos los tamaños, indudablemente pesadas. Hay que seguir adelante, aunque ya no aguanto tanto como antes, aunque el cansancio arrecia.

Suegros de veras ahora, abuelos. ¿Abuelos? ¡Abuelos, si apenas ayer! Increíblemente abuelos, y empiezan o siguen los funerales. Los padres y madres, pero antes los padres sobre todo van cayendo como manzanas maduras.

Abuelos, huérfanos y abuelos ¿Y el trabajo qué… ah, ya a punto de jubilarte? Y ahora entonces cómo llenar el tiempo. Nietos, claro.

De la salud y la alegría y el futuro limpio pasamos a tener el cuaderno borroneado de enfermedades y defunciones. Los hijos que tienen canas, papá, tu suegra, y cómo estás vos de la próstata, y tengo que ir mañana al oftalmólogo y pasado tengo turno con el cardiólogo. Y la sal ya no y lo frito ya te conté. Los turrones duros no por los dientes.

Las enfermedades de los chicos y los padres y los tíos. Y ahora las nuestras, y nuestra propia caída en los vacíos espacios que dejan los que se van marchando, y de a poco nuestras propias muertes.

A tiempo del tiempo ese general e indiferente, nuestros tiempos pequeños que anotan con nuditos en una cuerda modesta las aflicciones y ganancias de un libro modesto. Llegadas y partidas, la declinación de las mentes y el cuerpo que se vence.

La muerte de los mayores, la muerte de los queridos maestros y de los cantantes admirados, del trompetista aquel, de aquel actor que fue joven y hermoso (lo recuerdo).

Nuestros tiempos que se despliegan y se gastan, que en cada hoja guardan la debida anotación. Nuestros tiempos de vivir los capítulos por orden consecutivo y con cierta molesta repetición de situaciones y argumentos. Nuestras propias breves vidas.

Y de a poco, nuestras propias muertes.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

The Globe*

 

W.S., en memoria

 
 

400 años borran todo,

no siempre

a la piedra, ni a la letra,

que a veces es más duradera

y sólida.

Por lo demás, el gran río

siempre estuvo

ahí, y durante algunos meses

aciagos,

bombardeado por las noches.

La memoria,

tantas veces volátil, incierta,

escurridiza,

suele también tener la opaca

firmeza

del granito. Pero 400 años

borran

todo, hasta los edificios que

parecían destinados.

No así algunas palabras,

algunas voces,

donde parece los tiempos

respiraran.

 
 

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar

 

-Del poemario Dos cigarrillos para Eliot;

Londres, mayo de 2013 y mayo de 2014.


 

 

 

 

 

 

He vuelto a ver el lago*

 

Después de tantos años no parece ya el mismo

aunque su forma exacta pueda ser la de entonces

y en la isla del centro perennes permanezcan

aquellos siete pinos, aquellos cuatro bancos,

testigos silenciosos de nuestra adolescencia.

 

 

He vuelto a ver el lago. También la pasarela,

las aguas estancadas, el césped, el paseo...

Todo igual y distinto.

 

Mas nada nuevo adorna este paisaje.

Tan solo son mis ojos, ayer quizá inocentes,

esperanzados, vírgenes... Hoy demasiado viejos.

 
 

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

 

 
 

 

 

 

¿Y VOS QUIÉN SOS?*

 

 

"¿Y vos quién sos?". El azoramiento de algunos se despliega en la noche con absoluta franqueza. Otros, en cambio, tal vez para no herir la susceptibilidad de quien acaba de saludarlos tan efusivamente, disimulan su perplejidad y postergan su exteriorización por un rato, hasta que pueden preguntarle en confianza a algún conocido: "Che, ¿y aquél quién es?". En uno u otro caso, cuando surge al fin la respuesta clarificadora, el apellido o el apodo que diluyen la incertidumbre, es el momento de la palmada en la propia frente, de las exclamaciones jubilosas, de las risotadas de recobrada complicidad. Pero es tanto el bullicio y tanto el movimiento, son tantos los ex alumnos de distintas promociones que, al igual que nosotros, circulan y se encuentran, y se reconocen (o no) a medida que van llegando a la cena, que cuando uno se está acomodando a la respuesta recibida, enseguida florecen nuevos saludos, nuevos abrazos y, con ellos, más asombros, ya sea por desconocimiento transitorio del otro, o precisamente por la razón opuesta.

Reencontrarse con los compañeros de la secundaria después de veinticinco años constituye una experiencia que tiende a resultar conmocionante. Aún después de aclaradas las respectivas identidades, es difícil sustraerse a cierta impresión de irrealidad. La visión parece empeñarse en seguir desenfocada; cuesta tomar la imagen de esos tipos calvos, gordos, canosos o de lentes que uno tiene enfrente y ajustarla al recuerdo que uno guarda desde su adolescencia asociado a esos mismos apodos y apellidos.

"¿Y vos quién sos?". No es descabellada la pregunta, habiendo pasado tanto tiempo sin saber nada del otro. Pero es incontestable. A lo sumo, uno puede ensayar una apretada síntesis de datos que cree significativos, pero es imposible pasar de allí. Alguien habla de la hija que está por cumplir 15 años, alguien menciona que estuvo viviendo en el extranjero, alguien cuenta que su hijo también viene a este colegio, alguien nombra como al pasar su lugar de trabajo, y hay que conformarse con mirar desde la orilla esas existencias que ignoramos, imaginarlas a partir de esos pocos indicios, sabiendo de sobra que son insuficientes. Y es claro que esa estrechez obligada de nuestras biografías, ese laconismo de diccionario que estamos forzados a practicar nos aleja de lo que en verdad han sido y son nuestras vidas, pero ¿cómo resumir veinticinco años de otro modo? No hay alternativa; menos aún siendo tantas las voces que habría que escuchar, y el tiempo casi nulo con que contamos esta noche para concretar tamaña empresa.

La charla navega por canales serenos y amables: anécdotas risueñas de nuestro lejano pasado común, historias de profesores y preceptores, intercambio de información sobre el paradero de los compañeros que no vinieron. Nadie delatará aquí sus íntimos naufragios, ni trazará en público el mapa minucioso de sus felicidades cotidianas. No es ese, al fin y al cabo, el propósito de la reunión. La realidad, entonces, sólo se cuela en las conversaciones casi por descuido, entra en el festejo sólo a cuentagotas. De alguna manera, la cena funciona como una burbuja a prueba de desencantos. Por una noche, el transcurrir de la vida queda cancelado. Por una noche, estamos suspendidos en una especie de limbo temporal donde ya no somos exactamente los que éramos (y lo sabemos) pero tampoco quedan

expuestos en detalle los contornos de nuestra versión actual. Por una noche, hacemos a un lado nuestras posibles diferencias y recostamos nuestra identidad sobre aquello que nos une -la pertenencia al colegio, el sabernos parte de la promoción '82- felices de haber sacado del placard un perfume existencial que hacía mucho no nos poníamos.

"¿Y vos quién sos?". Quizás nos hayamos perdido para siempre y ya no podamos reconocernos. No lograremos saberlo con certeza; al menos, no esta noche. Nos iremos de aquí siendo casi extraños. Pero lo haremos pensando tranquilizadoramente que todavía nos conocemos.

He allí la limitación fundamental de estos reencuentros.

He allí, tal vez, su atractivo principal.

 

*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar

 

 

 

 

 

 

 

La ventana*

Faber & Faber

 

 

Por esta ventana, entre

cuarteto

y cuarteto, seguramente

el poeta

habrá buscado en el

espacio

y en el paso de la gente

una respuesta.

Toda ventana abierta,

siempre

alienta. La poesía,

algunas veces,

suele ser una ventana,

donde

el viento llama y deja

signos.

Además, me digo,

ésta no es

ni será ya cualquier

ventana.

Una ventana alta

para airear

los versos de Mr. Eliot

para siempre.

 

 

*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar

 

-Del poemario Dos cigarrillos para Eliot;

Londres, mayo de 2013 y mayo de 2014.


 

 

 

 

 

 

 

 

*

 
 
 
rozar la ajenidad
 
ser a la vez
el insecto y la orquídea
que no se corresponden
 
 
*De Alejandra Alma. almaalma3h@gmail.com
 
 
 
 

 

***

 

INVENTREN

Próximas estaciones literarias:

  

SALADILLO NORTE

-Por Ferrocarril Provincial-

 

SAN SEBASTIÁN

-Por Ferrocarril Midland-

 

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar


 

 

Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.

 

-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:

 

 

J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

 

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

 

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

 

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

 

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

 

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

 

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.

 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 

VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.

 

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

 

 

 

-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:

 

 

 

GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS.

 

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

 

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

 

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

 

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

 

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.

 

ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.

 

 

 

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InventivaSocial

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Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar

 
























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