*Obra de Walkala.
-Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).
-En Aurora
Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam
FRAGORES*
No se si fue en
tiempo que los ocasos rodaban detrás de aquellos robles centenarios, en un haz
de fragores rojos y violetas.
Me dicen que
esas treinta hectáreas de coníferas fueron taladas sin ninguna piedad. Me
pregunto qué manera lisa tendrá hoy ese crepúsculo cuando no tendrán sino los
yuyos para enredarse en parsimonias y esplendores quietos, tan sin razón al
parecer, pero tan necesario creo, es decir, cómo muere el sol pasando de llama
a brasa lenta y luego viene la yegua sombría de la noche que arrasa cementerios
y ciudades y caminos solitarios que se hunden en el campo.
Hubo garzas en
aquel tiempo lejano y cigüeñas y gaviotas que buscaban las cañadas para su
alimento pero al ocaso levantaban lentamente el vuelo sin saber hacia
dónde, porque nunca supimos en qué lugar dormían. Loe escasos vehículos de ese
tiempo, arrastrados por percherones oscuros sumaban al incómodo traqueteo, una
molestia de polvillo que se metía en los pliegues de la ropa ordinaria de la
gente que labraba esos campos, con contracción de esfuerzos ya que la
tecnología era escasa, muy cara y deficiente.
Los ocasos,
luego del desmonte como se llamaba al criminal talado de esos árboles
pertenecientes a la estancia Maldonado, dieron pena honda mucho tiempo, pero
luego la gente se fue acostumbrando y sólo quedó en la memoria de los más
grandes, quiero decir, que los más jóvenes tuvieron noticias gracias a
los relatos melancólicos, que todo lo volvían homérico, hasta el hecho
más nimio, hasta la anécdota más banal.
Como todo lo
que sucedió en un pueblo chico, donde la población se desfleca y emigra por
mejores horizontes, va sedimentando en anécdotas que son casi rituales hasta
que ingresan al callejón de la memoria oral, mantenida viva gracias a la
renovación generacional que también pone en clave de humor aquello que fantaseó
de niño, porque en un lugar del cerebro almacena ese sedimento que la palabra o
el gesto entrevisto depositó en un lugar recóndito bajo un cúmulo de lava
movediza, aquella que un día, él también pondrá en palabras para de algún modo
dignificar su propia pertenencia.
Los bares que habrá
de frecuentar, los escasos clubes que cada vez concitan menos adhesión de los
jóvenes serán escenarios donde uno oirá, por enésima vez quizás el transcurrir
de un anécdota que le relató un mayor, casi con las mismas palabras, como un
disco rígido, o una lámina de acero que tiene una inscripción vetusta y que el
paso de los años no lograron borrar, sino que lo hacen más evidente por cada
minuto, o años o décadas que permanezca bajo un montón de cenizas frías. Y
cuando suceden las reuniones aparecen estas historias, y en ellas o a través de
ellas, digamos, se van tejiendo los anecdotarios tal vez apócrifos que engrosan
ese magma lábil que empieza siendo una impresión y termina en una verdadera
historia a relatar.
Pero cuando
advienen ciertas mitologías, se bifurcan y ramifican en nombres que son sólo
eso para la mayoría, no obstante la insistencia en aparecer los hace dueños de
una carnadura propia. Y también habla del tiempo, que en sí mismo es todo un
tema que da para seguir ensanchando el horizonte tal vez estrecho de la
propia experiencia.
Y de cualquier
otra que exceda lo personal.
Generalmente
recaen también (o digamos que es casi un lugar común) las charlas sobre
cosechas y lluvias o faltas de lluvia o las alternativas dudosas cuando aparece
la posibilidad o el temor del granizo, o el exceso de lluvia o lo que es casi
peor, las sequías, es decir, la falta absoluta de agua.
Más
enconadas suelen ser las discusiones políticas y aún las de fútbol que
suele dividir a las familias y hasta hacen objeto de pesadas bromas a algún
adversario.
Los más jóvenes
emigran en masa al terminar sus estudios secundarios, pero regresan los fines
de semana porque quedan sus familiares y amigos. Algunos lo harán para
siempre, otros lo harán como la canción de Serrat: ”primero de mes en mes y
luego de año a año y luego no lo harán nunca” Y luego pasan desde lejos, a ser
un acérrimo enamorado de ese lugar que alguna vez detestaron y al que un día
juraron no volver.
Pero vuelven
siempre, por lo menos con la imaginación, porque los años de la infancia
son vitales, fundamentales en la vida de un ser humano, y porque alguna vez
Saer mismo lo escribió: “la única patria a que puede aspirar alguien es la
infancia”. Y sobre todo si sigue apareciendo en los sueños con esos soles rodadores
detrás de aquel monte de eucaliptos y robles, que nosotros perdimos para
siempre, como el vuelo de aquella bandada de garzas moras que buscaron
refugio en aquel atardecer que los años sepultaron.
*De Jorge
Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
ESPERÁBAMOS UN ALGO QUE NUNCA LLEGÓ…
PALABRA INCESANTE*
Vacío. Silencio.
Voces para expresar lo que no se puede.
La percepción de estos dos aspectos, si así
se los puede llamar, no tiene el significado de la soledad, entendida como
angustia existencial, sino la captación de un estado de ser, del uno mismo
desnudo de atavíos. Y esto es lo que, de diversas maneras, intentamos los
humanos descifrar. Unas veces con relativo éxito; otras, sólo rozamos su
presencia y nos vamos aullando sin saber qué fue lo que rozamos.
Vacío. Silencio.
Me atrevo a compararlos y no creo, felizmente, en un cuenco cósmico
dónde nada hay. Dónde esta todo por hacerse. Que no ocupa lugar alguno.
Que abarca todos los lugares. Que no es un cuenco. Que me contiene y a la vez
lo contengo. Donde la cordura se desvanece y la locura no tiene lugar. Esta
última sólo acaece en los espacios tumultuosos, con sus dobles mensajes, su
exigencia de respuesta, donde las cosas, entendiendo “cosas” en el más amplio
sentido, acosan.
Vacío. Silencio.
Convocan sin
convocar a la creación, a vaciarse uno mismo y, desde allí, crear. Somos
creadores de esos espacios y silencios y, paradójicamente, ellos nos contienen.
Por ello el necesario desvanecimiento de la cordura, tal como la entendemos en
nuestro diario andar.
No es nuevo ni original lo que expreso. Ya
esta dicho. Uno sólo refresca esa memoria con palabras que reconocemos.
Ese árbol.*
Sí, ese árbol habló.
Habló con el murmullo de sus
hojas,
-desvanecidas de
amarillo-
mientras el otoño trepa en el aire.
Habló con todas las voces que lo habitan
invitando al sosiego de su ramaje extendido;
largos brazos buscando la luz, indicándola,
sugiriendo esa tenacidad que vislumbra un maestro.
Habló en el lenguaje maderamen,
que llena los fogones de quien fuere sin preguntar.
Habló desde la quilla de un bote pescador
desde el
silencio creciente de sus raíces.
Habló desde el mirador fortinero de las pampas
desde los
altares de los dioses diseminados en el hombre
desde todos los teatros del mundo
desde todas las
mesas, cucharas, ruedas, cascos de roble
durmientes
ferroviarios, barcazas, flechas cautivas, bancos de plaza y de
/los otros.
El árbol habló.
Fui semilla, dijo.
Toda palabra se desdibuja en
el cansancio del día.
Su presencia se
hace brumosa y lenta. Si a todo
ello le sumamos el dolor, la dureza de su sonido
parte en dos, en cuatro, en partículas infinitas
todo atisbo de cantar con ella.
Ocre es su color. Todo el arco iris se
bifurca en ocres
estallando los
dientes de la imaginación hasta su límite.
Mueren los
sueños. El cansancio y el dolor del día
ocupan toda la geografía de las percepciones
clavando sus colmillos en lo más profundo de uno mismo.
Uno va muriendo en la ocredad
y sabe del día ido.
Se queda absorto en todo aquello que no pudo
y que fue obstruido por el ir y venir de las cosas.
Pide piedad, uno. Pide un solo de piedad
para no dormir mañana y poder cantar.
Queremos decir cosas hermosas. Cosas
tiernas. Amorosas.
Al perfilar la mirada nos tropezamos con todas las torpezas que/
acusamos
al caminar el mundo. Queremos decir arcoiris y nos quedamos truncos
con enterocolitis aguda; queremos el sol sobre los árboles
y llueven sapos malolientes que nos quieren hacer tragar.
Y reiteramos una y otra vez. Necesitamos
reiterar que aún es aún.
Que es posible otro mundo y no esta oquedad del dolor
y de lo injusto. ¿Y cuál es ese mundo? Nos dicen con un gesto.
Soñadores, nos dicen. Muy imaginativos, acusan.
Y uno todo lo que quiere es borrar el dolor y lo injusto. Sólo eso.
La luna baila sola. Duerme su sombra hacia
otra mirada del vacío.
Nunca tuvo sol la otra cara. Nunca supo que existe un sol, una tierra.
Pero están, como está ese otro mundo posible con sólo imaginarlo.
Que la luna ya no baile sola. Que baile con vos, con él, con ella,
/conmigo.
Que baile lo nunca bailado para destrabar lo posible.
Las palabras, como objetos,
modorrean en mi cabeza. Esta toda ella llena de palabras-objetos. Quisiera
desocuparla. Que nada de ellas estorbe mi desplazamiento, enturbie mi mirada y
golpee con sus ángulos a lo que de mí circula.
Algunas palabras-objetos, bien podríamos
neologizar un poco: palabjetos, están adormiladas en rincones nebulosos. Otras,
más a la mano, susurran ideas ininteligibles imposibles de describirlas con
certeza.
Años que están las palabjetos
sin saber su procedencia, de cómo terminaron ahí, en esos rescoldos de mi
mente. Algunas están enmohecidas otras cubiertas de olvido y, las presentes,
aquellas que siguen estando en primera línea del recuerdo. Estas palabjetos
siempre pueden confundirnos o podemos tropezar con ellas, sin saber que nos confunden o que son la causa
de nuestros tropiezos.
Nos confunden porque no
sabemos, de primera, qué fue antes y qué después. Depende del grado de nuestra
percepción. Y tropezamos porque nos impiden seguir avanzando, como obstáculos
que son, a todo aquel que intenta marchar.
Sin duda, una o algunas palabjetos me
negaron caminar. Tropecé con ellas y ahí me quedé, esperando no sé bien qué.
Demasiadas palabjetos, me dije despacito.
Despacito, para que no me crean un trastornado que habla solo al caminar, como
si un amigo imaginario me acompañara.
Vaciarme de todas ellas. De las
innecesarias. De las que producen escozor y no me permiten moverme. Sé que
están allí. Sé, porque me rozan, me ocupan, me frenan, me obturan.
Fui semilla, dijo el árbol.
Fui semilla
adormecida y germinal.
Fui semilla de
bolsillo, de agujerito, de pico de pájaro
y del viento, de la nube y de
la hormiga.
Fui semilla rodando por
doquier
adormecida en el tiempo, lo necesario, para
que
esa preñez de árbol creciera en mí.
No soy más que esto. Y no es poco serlo.
La varadura esta en uno. Esas palabjetos
están tiesas, inmóviles y me inmovilizan. ¿Quién las instaló allí? ¿Cuándo dejé
que las instalaran? Sin embargo hay otras que son como banderas al viento.
Ondulan, van, vienen, suben, bajan, acompañan sin retaceos, sin ser nocivas
para mi paso. Esas sí las instalé yo. Abrí la puerta para ir a jugar con ellas
y para que ellas vengan a jugar conmigo. Son las palabjetos que fui creando en
el andar. Las otras, me las impusieron.
Ahondar este misterio, es despojarlo como
tal y clarificar lo que soy. Ha llegado el momento, como decía mi amigo poeta,
de cardar. Y debo cardar las palabjetos que obturan, las impuestas, las que
entorpecen.
Hoy, ya transustanciado en el río vital
doy cobijo sin rituales a quienquiera,
desde mi fortaleza y desde mi
debilidad.
Celebro las mañanas claras,
los atardeceres quejumbrosos
las tardes frías, la lluvia
en cualquier momento.
Sólo celebro.
Es una celebración atávica,
milenaria, que sostengo
y me sostiene. Y no hay
secretos. No sirven.
Estoy aquí, nací y crecí en la intemperie y
el secreto que fui
se desvaneció en mi corteza, en mis hojas y
flores, en mi sombra.
Soy mi propio desconocido. Desconozco los
efectos que producen mis gestos, los tonos de mi voz, mis actos todos. No sé si
es necesario conocerlos. Si, es necesario, saber cuáles son los más molestos
para ciertas personas que están cercanas.
(lapacho en
flor) *
El árbol, hoy me habló de la celebración y
de la fiesta.
Me habló en su rosado tono de
sostener el cielo
de sostener mis ojos
de hacer sostenido el asombro.
Regresé a casa ardiéndome el
color en mis manos
respirando gratuidad en su gesto.
No hay porqué demorarse en algunas cosas.
No la merecen. Sólo saber que están y dónde
están para no tropezar con ellas dos veces.
Soy esto que vez, dijo.
Nada oculto. Todo ofrezco. Y, si me quitan
algo, no reclamo.
Sé que resurgiré en otra rama o en algunas
de mis semillas.
Sé que seguiré ofreciendo sombra y alivio
al caminante
que permaneceré a través de otros
que las aves anidarán hasta mis últimos
tiempos
que otros seres treparan por mi corteza,
la rasgarán, tragarán, se ocultarán,
rascarán
como lo hacen ahora.
De nada me quejo.
Y el juego sigue. Sigue y seguirá mientras
la conciencia esté despierta.
El mañana es una quimera. Sólo sirve, en
esta experiencia del vivir, el presente y el almacén de experiencia que hemos
tenido.
¿Quién encendió el madero para que Giordano
Bruno esfumara en cenizas?
¿Quién jaló el gatillo, en New York, sobre
J. Lenon?
¿Quién, sí, quién al Mahatma
Gandhi queriendo acallar su testimonio?
¿Quién, el ejecutor de Martín Luther King?
¿Quién clavó la lanza en el costado de
Jesús o el primer clavo en una de sus manos?
¿Quiénes fueron los cuatro jinetes que
azuzaron sus caballos para descuartizar al inca?
¿Quién estuvo detrás del ángel de la
muerte, que clavó su daga de fuego a los palotinos?
¿Quién, en terrae ignota, sepultó a García
Lorca?
¿Quién manchó de púrpura el pecho de
Camila?
¿Quién, quién, quién?
Desde la cobardía, sólo sordos y oscuros
ejecutores de la luz.
En este juego las reglas se superponen, se
olvidan, se niegan, se recrean. Somos nosotros los ejecutores de tal acción.
Suponemos una entidad, un “más allá”, que las dicta. Pero, no. Somos nosotros.
Y cuando suponemos esa entidad, advienen esas cuestiones como los dogmas que se
usan para encender maderos, jalar gatillos, clavar lanzas…
El árbol sólo domina su espacio. Y lo
aroma.
Enciende la luz y le da
amparo. Siempre es referencia.
De una cita de amor, de un duelo, de una
desolación, de un descanso,
de un pacto o, simplemente, de cobijo en su
sombra.
Ya el silencio ha ganado la noche. No es
total. Algún motor está mordiendo el silencio, alguna ambulancia pasa a lo
lejos, algún grillo reclama no sé qué en el patio. El procesador titila
invitándome. Estoy aturdido de varias cosas: el calor, cierto cansancio,
algunos dolores que me circundan, algunos silencios que no sé explicarlos.
De todos modos, el mundo está ahí. Está en
la dimensión que yo lo veo. Y no sé si es similar o igual a otra. Creo que no.
No hay absolutos en estas cuestiones. No sirven.
Hoy he mordido las horas del día.
¿Tú, aún, amas mi presencia?
Siento que no soy el mismo. Otros ríos me
arribaron.
Habité otras lunas. Caminé orillas que fui
marcando.
Y en todo, intensa o tenue, tú estabas.
Como un molesto moscardón, la inquietud me
llama a escribir. Y estoy varado. ¿Habrá alguna palabjeto que me esta obturando
el navegar?
La libertad no es sólo una
conquista externa y necesaria sino, y más profundamente, una conquista interna.
Abordar algo, cualquier acción, cualquier idea, sin preconceptos o prejuicios
es bajar las propias barreras para que lo nuevo fluya. Después vendrá el decir
sí, el decir no. Vendrá la necesidad de hacerlo y de hacerlo sin cortapisas.
De alguna manera lo que
hacemos y lo que pensamos y deseamos, se espejan. Soy lo que digo, hago lo que
pienso y viceversa.
El árbol sólo emergió como hierba en la
vastedad.
Y quiso altura. Quiso y dejó crecer su vastedad preñada en la semilla.
Y se hizo referencia en el horizonte. Desde su fragilidad, fortaleció su
estar.
Hebra a hebra fui tejiendo mi
propio andar. No fue el hilo de Ariadna. Fue y sigue siendo mi propia
conciencia de elección. Lo que estaba en mí desde el principio y lo que fui
incorporando al caminar. Y lo que mal incorporé y que hoy o ayer me tienen
varado.
Desde su corteza herida de tiempo y
crecimiento se sostiene.
Su decir es su propio estar.
El murmullo de sus habitantes lo dicen todo.
Quizás, el viento, copule con él y se llevé su voz a la vastedad.
Y quizás, ciertamente, deje violines en sus ramas
y formas fantasmales que se diluyen con la luz, la necesaria luz
con la que juega eternos juegos.
De pronto, toda esta soledad de cosas y
personas. Toda esta soledad donde uno debe abordarse y auto dialogar. Aprender
del árbol. Sólo aprender de él, sin preguntar, sin demasiado ruido en la
cabeza. Sólo contemplarlo y sentir su sonido. Disfrutar de su presencia.
Arrecian las
palabras.*
Es un vendaval imparable que nos eleva y
sostiene.
Es que somos lenguaje que camina
lenguaje que ama
lenguaje que crea.
Somos toda esta posibilidad
toda esta cantera de palabras incesantes
todo este andar entre sílabas y sonidos
todo este querer decir.
Arrecian las palabras.
Uno sólo deja
mecerse por ellas.
EREMITA*
“¡ Crusoe,
estás ahí! Y tu rostro se ofrece a los signos de la noche
como una
invertida palma de la mano. (Saint John Perse)”
Incrédula.
Pagana. Amante de ángeles caídos, es.
En los
campanarios de los ojos de los muertos, mora.
(No teme al
tañido de palomas ni al vuelo de raposos nocturnos)
Lleva,
incrustado en su cuello un collar de espejos rotos.
Ignora porqué
la siguen, insectos, camaleones y pavos reales.
No le gustan
los portones, ni grandes ventanales.
Ingresa por el
ojo de las cerraduras.
En medio de sus
pechos desgarrados yace un lirio y un áspid.
Le sangra hasta
las lágrimas el follaje y ataúd del eremita.
(Se ha fugado
del mundo; así lo elige y ama)
Se han
encontrado, a veces en antiguas querencias. Cruz de palo.
Ella, arrastra
los mismos miedos de la infancia.
Él, no teme.
Tan puro, abocado a las lumbres apagadas.
Voz de puñal,
piel de salmuera, orfebre.
A veces caminan
por las aguas, tomados de la mano.
Con una pena
larga los arrecifes, sin hablar los siguen.
A ella le
desvelan sus agudas certezas.
Suele caminar
en sus pupilas y deslizarse por su piel de luto.
Lo despeina.
Sumerge el rostro en viñas de sus manos.
El eremita mira
los vuelos del paraguas y calla.
No sabe, aun.
Ella. En esa noche exacta ha conocido a Dios.
*De Amelia
Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
La viajera*
En esa maravilla
de que los ojos miren
y se anhelen las bocas.
En la grandeza
de la insignificancia,
en la línea sutil.
de que los ojos miren
y se anhelen las bocas.
En la grandeza
de la insignificancia,
en la línea sutil.
En lo no revelado
en la constancia del amigo,
en la palabra
que nunca nos dijimos
habiéndolo deseado.
en la constancia del amigo,
en la palabra
que nunca nos dijimos
habiéndolo deseado.
En la certeza,
en la sin razón del sentimiento.
En el ser
el verdadero ser que se es.
En la herida irreparable
de la ausencia.
en la sin razón del sentimiento.
En el ser
el verdadero ser que se es.
En la herida irreparable
de la ausencia.
En el desencajado malhumor,
en las uvas doradas,
en el leño que arde:
navega la viajera
la siempre eternidad.
en las uvas doradas,
en el leño que arde:
navega la viajera
la siempre eternidad.
*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
Villa Gesell
*
Pero no lo
sabes
En la noche se
derrama un silencio de plumas.
Digo tu nombre.
Pero no lo sabes.
Entonces, tu
recuerdo sin fronteras
galopando en mi
interior
se despeña en
un cielo anticipado.
Y cae.
No puedo
salvarlo.
*De Miryam
Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar
Veneno*
*De Sergio
Borao Llop. sbllop@gmail.com
Creedme: Es en
verdad un mal valle, ése de la tristeza, para quedarse a vivir en él.
No hay, oídme
bien, ni un solo árbol verdadero, ni un pájaro cuyo canto consiga despertar un
destello de magia, ni siquiera un arroyo de aguas transparentes junto al que detener
un momento nuestro arduo peregrinaje. Sólo encontraréis allí un exiguo
manantial que destila un veneno lento, lentísimo, que el tiempo va inoculando
gota a gota en las venas. Lo malo es cuando (a veces pasa, hay gente que le
pasa, no pueden evitarlo, les pasa y es casi inconcebible y ojalá que nunca
nunca nunca sepamos que se siente) el veneno se convierte en droga y te
engancha y comprendes de repente que ya no hay vuelta atrás, y sientes que te
estás muriendo -que eso te está matando- y al mismo tiempo sabes que
tampoco podrías vivir fuera de ese lugar, porque en el exterior no existe nada
respirable.
Yo conocí una
mujer que contrajo esa enfermedad; estuve cerca, muy cerca de ella, tan cerca
que fue imposible (lo supe desde el primer momento) evitar el contagio,
imposible permanecer inmune a ese veneno, y también, -¡cómo olvidarlo!-
imposible no amarla sin palabras, no morirse un poco en cada lágrima que manaba
de sus ojos, no irse olvidando, poco a poco, de los caminos de retorno, de la
posibilidad de retornar a cualquier parte, de la mera existencia de otro sitio
que no fuera ese valle donde hasta el rumor del viento es una ausencia.
-De Prosas
breves
*
Atreverme
alguna vez,
a terminar
mi barca.
alguna vez,
a terminar
mi barca.
En la arena
alcanzar el mar.
Llenar la valija
de unos pocos libros,
polvo de los huesos
de viejos amores,
botellas de lluvia
que me vi llorar.
alcanzar el mar.
Llenar la valija
de unos pocos libros,
polvo de los huesos
de viejos amores,
botellas de lluvia
que me vi llorar.
Esperar al viento.
Reírme. Y zarpar.
Reírme. Y zarpar.
*De MARIANA FINOCHIETTO.
ALICIA EN EL
BOSQUE DE LOS HÉROES*
*De Reynaldo
García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu
Alicia
Yo asistí a la
caída de las estatuas
Al derrumbe de
unos muros que parecían imposibles
Pero van a
pasar los años
Y cuando yo
tenga heridas cárdenas en el pecho
Y estas palabras
sean escombros y cenizas
Tu volverás a
este bosque de los héroes
A cantar otra
canción
A ver el
esplendor de otros árboles
A decirle a tus
amigos
Que hubo en
otro tiempo una militancia
Un disco que
giraba más de 45 revoluciones por minutos
Y fuimos torpes
Amorosos
Irreverentes
Pero sobre
todas las cosas esperábamos un algo
Que nunca llegó
Alicia
Ahora tu corres
y juegas en este bosque de los héroes
Y hay guerras
Y malentendidos
Y una flor
imposible en las manos de Dios
Pero estas
palabras serán escombros y cenizas
Nada de
aplausos
Nada de ofrenda
floral
Nada de
hosannas al amanecer
Solo me queda
la esperanza que tu volverás
A este bosque
de los héroes
A decirle a tus
amigos
Que fuimos
torpes
Amorosos
Irreverentes
Pero sobre
todas las cosas esperábamos un algo
Que nunca
llegó.
- Reynaldo
García Blanco (Venegas, Cuba, 1962). Escribe para CMKC Radio Revolución los
espacios Andar la librería y Comentarios de SuperShow. Ha obtenido los premios
José María Heredia, América Bobia, Pinos Nuevos, Calendario y La Gaceta de
Cuba, entre otros. En el 2006 apareció su poemario Campos de belleza armada
(Unión). Actualmente coordina el Centro de Promoción Literaria José Soler Puig
y el Taller Literario Aula de Poesía.
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