lunes, diciembre 06, 2010

COMO SI LO HUBIERAN DEJADO AHÍ...




*Ilustración: Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera.





LA NOCHE*



Abro el libro que da vida a mis sueños.
Una mariposilla gris,
Arde en la ilusión de hacerse fénix.


La oscuridad me envuelve,
Me protege del silencio,
De la no-palabra, del no-decir,


Del eco sordo de mi voz,
Del vacío que dejan otras voces.


La noche, cálida amiga,
Da razón de ser a mis esperas...



*De Marié Rojas Tamayo
Ciudad Habana, Cuba.









Querido hijo -2- *




Mi horizonte de proyectos

Que ni imaginé cuando naciste



Se que sós tan sensible como inteligente

Impetuoso y bravío como el viento de tormenta

Con una inigualable capacidad de transformación

Con una capacidad de poner freno a la deslealtad

En poco tiempo cumplirás los veintiuno




Ya te estás yendo de mí,

Que es lo más importante.

Tengo que dejarte ir:





Tu cielo te pertenece, tus progresos conmueven

Tu elegancia y hombría no es poca cosa.

Tu perfil de seda italiana amenaza la perfección

De la cruel honestidad y la reserva

Me siento orgullosa de verte.





Es que quizás soy irrespetuosa de tu edad

Me olvido tantas veces de tu singularidad

De tus riquezas, de tus canciones

De tus salidas tan espontáneas y críticas

De tu forma de beber la vida

Sorbo a sorbo, paso a paso.



En tu cumple, en tu tiempo de ser mayor

Te deseo lo mejor




Tengo siempre presente

Tus dedos finos delgados y sudorosos





Como aquel día que me regocijé acunando sobre mi pecho

Escuchando tus latidos, tu vigor

Allí, en ese momento, tu nariz transparente

Fue mi hociquito de luz

Sonaban en cuerdas de cristal

La musicalidad de oírte respirar

Fue el milagro del amor



Las palabras no bastan, o sobran

Pero el poema de haberte concebido

No estaba escrito, lo ideaste vos.-







*De Azul. azulaki@hotmail.com

-Para Juanma. Noviembre de 2010









INCÓGNITA*


Los números luminosos del reloj marcaban las siete de la mañana, pude verlos en un abrir y cerrar de párpados, luego seguí durmiendo.
La primera vez que ocurrió no pasó del registro momentáneo, tampoco lo tomé en cuenta las veces siguientes, pero luego de una semana esa repetición como calcada encendió la alarma y me movió a pensar.
¿Cuál sería el mensaje? ¿Era en realidad eso? ¿El destino o Dios me estaban indicando algo?
Lo primero que el humano piensa ante estos hechos es que se trata de un número clave. ?Pero qué indicaba? ¿Un número de suerte o la hora definitiva en que iba a partir?



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar








JUAN JOSE MILLAS Y SU NUEVA NOVELA, LO QUE SE DE LOS HOMBRECILLOS
"La extrañeza es el motor de mi escritura"



El autor español, invitado a la Feria del Libro de Guadalajara, señala que el protagonista del libro "se encuentra en el mundo como si lo hubieran dejado ahí, pero no pertenece".



*Por Silvina Friera
Desde Guadalajara


Un golpe en la cabeza. Como si de buenas a primeras una rama le pegase en la nuca, una cronista recibe un carpetazo mientras apura el paso por el stand de la editorial Planeta. Ella clava los frenos del acelerador de sus pies -un tanto perezosos hasta cuando hay que apurarse-, se detiene y gira.
El agresor es un escritor respetable -cuyo apellido irradia seriedad y prestigio- que enseña la carpeta del delito. Y los dientes. Sonríe en cámara lenta. Esa risa elástica que se hamaca por su cara se puede traducir en una frase: "No corra; yo también llego tarde". La escena transcurre en la Feria
Internacional del Libro de Guadalajara (FIL), la mayor cita editorial del mundo hispano. Juan José Millás ha dado otro golpe de timón en su narrativa con Lo que sé de los hombrecillos (Seix Barral). Pocos han adjetivado lo cotidiano con una "maldad" tan eficaz. Y bella. Todo comienza con un temblor
en el bolsillo derecho de la bata del protagonista, un profesor emérito más, "un articulista de temas económicos mediocre, un esposo vulgar, una especie de animal domesticado". Encuentra varios mendrugos de pan, cuya corteza roía con los mismos efectos relajantes con los que otros fuman o toman una copa.
Y cuatro o cinco hombrecillos que arrojó sobre la mesa.
Una de esas perfectas réplicas humanas en miniatura -uno de los hombrecillos en cuestión- se transforma en la extensión del profesor. No es exactamente un doble. Es -sin dudas- peor: ambos forman parte de una misma entidad. La vida del protagonista se convierte en un tormento sin fondo, "donde sólo tenían cabida las pasiones más previsibles y las más repugnantes", cuando se convierte en realidad cada uno de sus deseos inconfesables. El fracaso parece ser el único destino posible. La lectura de este delirio genial provoca un zumbido semejante al revoloteo de los insectos. Es una historia
que revoloteaba por la cabeza de Millás desde que era un niño. El protagonista se mueve en un espacio onírico donde la realidad, al menos la realidad periférica, goza de la elasticidad de los sueños.
"Al ponerme los zapatos cuando era pequeño, siempre revisaba que no hubiera una cucaracha adentro -recuerda el escritor en la entrevista con Página/12-.
En algún momento, cambié las cucarachas por hombrecillos, pensando que me daría menos asco aplastar a uno de ellos que a un bicho." La poderosa melodía metafísica que recorre de punta a cabo esta novela -una reescritura de La metamorfosis a lo Millás- sugiere que el paranoico se sumerge en el baldío de la desesperación cuando se desbarranca de ese puente colgante que lo aleja de la "experiencia de la sucesión" para hundirlo en la "experiencia de la simultaneidad".
-¿Por qué asocia el ejercicio de roer con la producción del pensamiento?
-Para mí roer equivale a rumiar. Los animales que rumian de algún modo piensan. Los animales como las vacas, que tragan la comida, luego se tumban, la llevan de nuevo a la boca y la rumian, siempre he creído que piensan. En ese sentido, rumiar lo asocio a pensamiento.
-¿La escritura, entonces, sería un modo de rumiar pensamientos?
-Sí, la escritura es una forma de "rumiación", una rumiación obsesiva. Es una expresión que procede del mundo de la psiquiatría, atribuida a las personas obsesivas. Yo soy muy lector de historiales clínicos y en alguna de esas historias leí: fulano de tal tiene "rumiaciones obsesivas".
-El profesor dice en un momento de la novela que en el esquema de intensidades emocionales de su familia ocupa un lugar periférico. ¿Por qué sus personajes tienen esta característica de estar como "en un costado de la vida"?
-Esta novela es muy autobiográfica, como casi todas mis novelas, no en la literalidad de la peripecia, pero sí en la sustancia. El protagonista se encuentra en el mundo como si lo hubieran dejado ahí, pero no pertenece.
Esta es la sensación que he tenido respecto de la realidad: caí aquí, pero tengo que disimular y parecer uno de los vuestros (risas). Lo que me llevó a escribir es la extrañeza frente al mundo. Este personaje dice en algún momento que ha conseguido adaptarse y que no se den cuenta de que es un extraño. Ese lugar periférico, de extrañeza frente a la realidad, es algo que pertenece al autor del libro. El motor de mi escritura es la extrañeza.
-Aunque el personaje se adapta a este mundo, pareciera que cuando quiere pertenecer más, se frustra más.
-El personaje fracasa cuando va por más. Cuando intenta agarrarse de la realidad, la realidad se vuelve más irreal. En las escenas de sexo, que las describe como si fuera un libro de biología, lo que encuentra no es biología. Lo que encuentra es amor. Cuanta más física, más metafísica. En él todo conduce a lo contrario. Busca una cosa y encuentra su contraria; busca materia y encuentra espíritu. Esto lo desconcierta porque es catedrático de economía. El pertenece al mundo académico que se considera el paradigma de la normalidad; es profesor de una ciencia en apariencia muy racional, pero luego resulta que los movimientos de la Bolsa son emocionales. Y lleva una vida muy disciplinada, muy sometida a horarios, muy rutinaria, porque él se está defendiendo desde niño de la locura. Sabe que está ahí, acechando. Y toda su vida ha sido un disimulo para que nadie se dé cuenta de que está loco.
-¿Qué importancia tienen los sueños en su literatura? ¿Sueña antes lo que después escribe?
-Los sueños tienen mucha importancia para mí, pero más que los sueños, me importa el ensueño, la zona que también se describe en el libro del despertar y tener un pie en la vigilia y otro en el sueño. Esta zona es muy creativa; es donde se me ocurren muchas cosas y resuelvo muchos temas. Si tengo un reportaje en la cabeza que no sé cómo articularlo, ahí lo resuelvo.
Si tengo una novela entre manos, de repente se me ocurren situaciones. Es un estado que intento provocar, aunque no siempre me sale. A veces se da de manera gratuita; no aparece cuando tú quieres, sino cuando quiere él. Me es más fácil alcanzar ese estado cuando estoy cerca del mar. Tengo una casa en Muros de Nalón (Asturias) y allí, con la cercanía del mar, la tensión me baja y ese estado de ensoñación lo consigo con mayor facilidad.
-¿Ese estado de ensoñación, intenta provocarlo también mientras escribe?
-Después de escribir esta novela, me hice un propósito disparatado: nunca volveré a escribir nada que no sea producto de un delirio. Cuando me puse a escribir esta novela, tuve la impresión de que ya estaba escrita en la trastienda y que lo único que hice fue pasarla a la parte de adelante, porque es una novela en la que no tuve problemas con el tono, con el punto de vista. Desde que me puse a escribirla, fue todo felicidad. En mi obra anterior hay opciones por lo fantástico, por el delirio, pero lo fantástico
aparece incrustado en lo real. Aquí se invirtió el proceso: lo real aparece incrustado en lo fantástico. Quiero de algún modo alcanzar un estado de delirio permanente. Y escribir desde ese estado. Es absolutamente inalcanzable, pero por lo menos voy en esa dirección.
Millás agarra el vasito de té que le acaban de servir, algo perplejo en su fraterna y pudorosa sinceridad. "Esta novela es muy distinta, pero no sé explicar bien por qué". A pesar del enigma, bucea en el océano de sus inquietudes como si intentara pescar el hilo de eso que hace que su último libro sea calificado de "extraño", etiqueta que parece tranquilizar a quienes no pueden evitar clasificarlo todo. "Siempre he pensado que en el momento en que estoy por empezar una novela debería escribir un diario de navegación de esa novela. Pero un diario de navegación sin grandes pretensiones -aclara-. Que el único objetivo sea contar los incidentes de navegación de ese día, del mismo modo que el capitán de un barco al terminar la jornada abre el diario de a bordo y escribe: 'Hubo tormenta...' Yo mantengo esa idea en la convicción de que si fuera capaz de hacerlo, cuando terminara la novela, tendría que tirarla a la basura y publicar el diario porque sería muy bueno. Este objetivo lo he cumplido parcialmente en mi
novela El mundo, que es simultáneamente la novela y el diario de la novela."
¿Qué pasa con Lo que sé de los hombrecillos? Medita unos segundos y baja el tono de su voz. Lo que dirá es difícil de confesar, una espina incómoda en la boca. "No he conseguido establecer un discurso; es como si esta novela se negara a ser hablada. Entonces salgo del paso con cosas banales, y me siento un tonto cuando digo que los hombrecillos representan la zona oscura de todos; es una cosa tan obvia que me parece que estoy reduciendo el alcance de la novela."
-Una palabra clave para entender la novela es la "extrañeza" que genera en muchos lectores. Pero también para usted es extraña...
-Sí, pero voy a avanzar hacia zonas peligrosas para mí. ¿Qué quise hacer con esta novela? El personaje de Borges, Pierre Menard, quería escribir el Quijote. Yo siempre he querido escribir La metamorfosis, de Kafka, pero una metamorfosis que no se pareciera en nada, una especie de gemela disímil.
Puede parecer presuntuoso, pero creo que esta novela es una gemela disímil de La metamorfosis. La novela de Kafka reúne todo lo que para mí es la literatura: la máxima complejidad junto con la máxima simplicidad en el mismo instante. Lo que sé de los hombrecillos es una novela absolutamente simple, la puede leer un chico de quince años. Internamente -y si no se dice bien, alguien puede decir: "¡este gilipollas qué está diciendo!"- tengo la impresión de que he escrito una novela que se resiste a ser hablada. Y que es simple y compleja al mismo tiempo.
-Será quizá que esa fórmula de máxima complejidad y simplicidad al mismo tiempo en este momento de su literatura hace que no pueda generar un discurso.
-Yo siempre perseguí esa fórmula. Hace años escribí una conferencia que se llama "Mamíferos e insectos", en la que andaba detrás del insecto. Bueno: éste es el insecto. Yo andaba detrás del insecto perfecto. Para mí esta novela es el insecto perfecto. Es muy feo que lo diga yo, y lo siento; pero en esta novela todos los elementos están perfectamente ajustados entre sí; es como un mosquito. Es una novela eficaz, y para mí la literatura es fundamentalmente eficacia. La belleza es un efecto secundario de la
eficacia. Si es bella es porque es eficaz. Un relojero no pretende que la maquinaria del reloj sea bella. Pretende que sea económica, que ocupe el menor espacio posible y que dé bien la hora. Yo quería que esta novela fuera eficaz y que ocupara poco sitio. No hay nada de grasa, no hay nada que no esté al servicio del desconcierto de este personaje que sabe que debe guardar su secreto porque entiende que lo que ve para él es real, pero no puede ser comunicado. Es la situación de quien se siente en este mundo como si lo hubieran colocado aquí por error. Yo no pertenezco a esto, pero al mismo tiempo tengo que disimular. Claro, es horroroso vivir con esa sensación.
-¿Por qué cree que su novela es calificada como "extraña"?
-Una novela normal es el Código Civil (risas). Decir que una novela es extraña debería chocar. La obligación de una novela es ser extraña. La escritura literaria se distingue porque no es normal, es decir porque abandona la norma. Y si no abandonara la norma, no sería literaria. Decir que una novela es extraña es una aberración. Debería escribir algo sobre esto. Hace dos o tres años leí en un periódico que una emisora de la televisión japonesa había hecho un casting de personas normales. Buscaban
personas normales para hacer un concurso de personas normales, para darle un premio al más normal (risas). Y parece que fue mucha gente al casting. Y yo me imaginaba una sala llena de personas muy normales, que se consideraban muy normales, que es el grado de subnormalidad mayor que puedas imaginar. Me hubiera gustado conocer al que ganó el premio. Debe ser un oligofrénico de a upa (risas). La palabra normal siempre es muy inquietante...


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-20139-2010-12-04.html




Habrá que desinventarse*



Habrá que desinventarse
para nacer en otras bocas
para que sean otros los llamados
para buscar otro fin
otros ruidos
para detener todos los olvidos
y todas las memorias.

Habrá que empezar desde el todavía,
desde el ahora,
el aún
o desde la orfandad de todos los secretos.


...Y ahi el tiempo pone en movimiento
la claridad de la última palabra
olvida la coartada de la primavera
riega los silencios
esconde los despojos
y hasta profana los caminos
para que todas las ausencias
se abismen en su propio origen.
Va arrojando cantos de cigarra
debajo de la tierra
para despertar irremediablemente
ésta realidad en fuga.

Habrá que desinventarse
al fin
para nacer
y poder descansar de tanta herida.



*De María Manetti. dulcemariam6@hotmail.com






En los ojos*



*Por Marcelo Britos



"...vi la circulación de mi propia sangre, vi el engranaje del amor y la modificación de la muerte, vi el Aleph, desde todos los puntos, vi en el Aleph la tierra, vi mi cara y mis vísceras, vi tu cara, y sentí vértigo y lloré, porque mis ojos habían visto ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo". Jorge Luis Borges
La lluvia había empezado a caer tenue desde la mañana, apenas una lámina gris que nublaba la luz tardía del mercurio. Esperó hasta el mediodía, a que se sentaran en la mesa de la ventana que miraba sobre calle Pellegrini, para abatirse con mayor furia sobre los autos y la gente. El se detenía en eso esta vez, en cómo corrían aturdidos en busca del reparo, una lluvia nada más, nada que no pudiera pasar en minutos, ni que no pudiera desaparecer con la brisa del sur. En otras tormentas le interesaba el manto de viento que sacudía los plátanos, otras el agua misma, la que caía en ejércitos contra el asfalto y corría por los cordones entre las ruedas, hasta las alcantarillas. Pero ese mediodía, con la avenida concurrida, no podía mirar otra cosa que no fuera esa desesperación imbécil por guarecerse dentro de los negocios, por cubrir absurdamente las cabezas con los bolsos o las carpetas.
Su amigo dejó la taza sobre el plato -el choque de la vajilla lo devolvió dentro del bar y comenzó el relato desde el principio, aunque ya venía contándolo desde hacia dos semanas, cuando se la habían presentado en una fiesta. Después el primer encuentro en el bar de Alem y Montevideo, Anastasia, y la ocurrencia de renombrar a esa mujer como el bar, como lo hacían con tantas cosas para después hablar en clave delante de desconocidos. Pensaba que escuchar esa historia y tantas otras era un compromiso, una de las convenciones de la amistad. Nada de lo que le decía era novedoso o sorpresivo, siempre las mismas historias de fuertes expectativas y finales lánguidos, siempre la culpa lejos y la burla cerca. Llegó al último encuentro, el de la noche anterior. Prestó atención porque el acuerdo también lo obligaba a opinar cuando hubiera silencio.
Ella es fría. Es aburrida. No ha hecho ni ha dicho nada que pudiera interesarme. Pasamos horas, las pocas que estamos juntos, sin decirnos nada; o sencillamente hablando de cosas banales que ni siquiera divierten. Pero le dije que estaba confundido, que tenía que tomar decisiones en el trabajo que me hacían poner la cabeza en otro lado. Que en definitiva ella no era lo que esperaba.
Imaginó que a Anastasia eso no le había hecho mucha gracia. Que quizá había contraatacado más hiriente y profunda. Su amigo no le contaría nada de eso, la amistad no evitaba el orgullo ni el pudor. Pero sí dijo algo que lo sorprendió, que dejó un hueco de misterio en la conversación.
-No quiero volver a mirarla a los ojos -dijo , no quiero volver a mirárselos.
-¿Por? ¿Te dijo algo que te ofendió? ¿Algo feo?
-No, es lo que ya te dije. No quiero volver a mirarle los ojos.
No pudo evitar recordar las fotografías que le había mostrado semanas atrás, antes de que salieran por primera vez. Las fotografías prendidas de la página de una red social, y él obligado a emitir un juicio sobre esa mujer, sin voz y sin movimiento, en el brillo de un sol de tarde de río, acaso en un barco, con la sonrisa estirándose debajo de unos lentes oscuros, y esos lentes entre la sonrisa y un sombrero de fieltro. La piel blanca, los pies delicados. Los ojos pudo verlos en otras fotos, pero con ese tono rojizo que dejan las cámaras digitales, ese brillo extraño, parecido tenuemente al efecto de los virus que esparce George Romero en sus películas apocalípticas. Sí había algo singular y común en todas las fotografías: ella parecía querer escapar siempre del cuadro, estar ausente entre las sonrisas ensayadas y los gestos, como si quisiera salir de ese segundo exacto y eterno para pensar en algo distinto.
Al otro día, lunes, llegó a la oficina media hora antes del horario de entrada, para poder disfrutar de un tiempo de paz que después no iba a tener hasta entrada la tarde. En ese breve ensueño de libertad, en el panteón de su trabajo -su box estaba en el subsuelo del edificio , comenzó la tentación por espiar la página, la computadora durante todo el día frente a él, la impunidad del espacio vedado para los demás. Pudo resistir hasta que cayó la tarde, la soledad del piso le dio coraje. Ya no podía pasar más números en la pantalla, la espalda estaba aterida y el cuello resentido. Durante el almuerzo había intentado hacerse masajes en los omóplatos, pero era como hundir los dedos en una piedra. Ya no sentía los hombros. Los ojos le ardían y las lágrimas limpiaban el cansancio. Miró hacia el resto de los box para cerciorarse de que su amigo ya se hubiera retirado; sentía culpa por lo que iba a ocurrir, aunque fuera no más que revisar de nuevo las fotos, tratar de encontrar, quién sabe cómo y por qué, ese misterio de los ojos o la mentira escondida tras esa excusa. Escribió su nombre en el buscador, el verdadero nombre. El apellido sonaba extraño y distante a todos los nombres que ella tenía. Miró esas imágenes, imaginó la totalidad de esos lugares que asomaban detrás de las caras, los olores, el clima. La vio conectada y no lo dudó. Si hubiera pensado, no lo hubiera hecho. No existían razones objetivas para no hacerlo, pero los códigos rígidos de amistad que traía desde su adolescencia no le permitían cruzar esas líneas. La mujer de un amigo es imposible, intocable. Aunque haya dejado de serlo, aunque la rechazara y hablara pestes, esas propiedades no se extinguían en el corazón de los hombres. La saludó y ella preguntó quién era, y él dijo la verdad. No por presentarse como un hombre honesto, no quiso sacar ventajas de eso. Sencillamente dijo la verdad porque no se le ocurrió otra cosa, y después, ese instante de vacilación fue algo gracioso, un tema de qué reírse cuándo decidieron encontrarse al otro día para tomar un café. Ella quién sabe con qué intención, él para comprobar algo que lo perturbaba desde aquella conversación frente a la tormenta.
Fue en el mismo bar. Le contó aquello del nombre y ella sonrió. Refirió la historia de Anastasia Romanov -lo había buscado en Internet , del misterio de su destino, de cómo los bolcheviques habían fusilado a toda su familia, de la posibilidad de que ella hubiera escapado con la ayuda de un soldado. Ella tan sólo escuchaba. No era una atención pasiva, algo se gestaba en su pensamiento. Acaso estaría encarnando el sufrimiento de la familia real, acaso pensaría que había sido un paso necesario de la revolución. De todas formas no recordó qué fue lo que dijo después del relato, porque fue allí cuando se detuvo en los ojos. Algo le llamaba la atención. Desde el centro de ese azul coronado de pestañas, de esa contemplación expresiva y brillante, crecía un remolino pequeño de otros colores. Era un reflejo, pero no de lo que tenía frente a ella. No estaba el interior del bar, las luces de la calle que se encendían; sí estaba él, pero en otro lugar y otra época. Sentado en un parque, sonriendo, y ella recostada en el resto del banco, con la cabeza sobre su rezago. Vio también otra tormenta desde la ventana de una casa con un fondo arbolado -había soñado con esa casa , las cortinas de color mostaza bailando y los paraísos azogados por la lluvia. Un río marrón que no era el Paraná, sino un brazo ancho que corría sinuoso entre dos barrancas, también rodeadas de sauces y maleza. Vio sus pies caminando por campos de trigo, la espiga que recién crece a centímetros de la tierra, y que tenía el color de su cabello. Vio a su amigo, y comprendió. Lo que había visto él, y lo de ese instante. La totalidad de las cosas, la imposible magia de lo que había en la mirada y lo que tenía que hacer con eso. Entonces se detuvo. Los colores del iris volvieron a su lugar. Ella dejó de hablar, esperando a que volviera de esa ausencia. Hizo el gesto del que se sorprende de la distracción de otro, pero como una cortesía, sabiendo que en algún momento de esa tarde era inevitable ese viaje. Hablaron de otras cosas. Algunas se buscaron en la lista de temas de emergencia para no enfrentar el silencio, otros surgieron naturalmente: la pareja increíble que hacían Bogart y Lauren Bacall, el mar en el invierno, la suavidad sensual y nocturna del Cabernet. En cada conversación buscó lo mismo en los ojos, pero no se repitió.
Ya casi pisando la madrugada, la acompañó hasta la esquina en dónde había estacionado el auto; él estaba a dos cuadras. Se miraron. El no pudo contenerse y le preguntó si se iba a repetir. Ella le preguntó qué. El dijo esto, si se iba a repetir todo esto. Y ella dijo que sí.
Camino a su casa recordó la imagen de su amigo y dimensionó el terror que había experimentado. Pensó en cómo se hubiera sentido de haber sido él. Con el paso de las cuadras terminó por quitar eso de su mente y eligió las otras cosas que vendrían, porque no podía ser otra cosa que eso, algo que se anticipaba en el cuerpo de un deseo o de un sueño. Días después volvieron a verse -con la anuencia de su amigo, que no se atrevió jamás a preguntarle si había visto algo . Mientras la voz de ella lo envolvía, también escuchó otras voces y otros sonidos que no tenían que ver con ese tiempo y ese espacio, pero eso es otra historia.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26484-2010-12-06.html







Se me hace cuento:
En un lugar que ya no existe*
04/12/10



*Por Marcelo Birmajer


Una de las grandes fantochadas de los últimos tiempos es la expresión “no lugar”. Los shopping sí que son lugares, como las estaciones de servicio 24 hs y los maxi-kioskos, y están ubicados en calles precisas con su respectiva numeración. Dentro de un par de años, cuando ya nadie compre el buzón semántico del “no lugar”, los recordaremos como a las galerías. Todos los lugares son lugares. Excepto los que ya no existen, como el Ital Park.

La última vez que vi a mi amigo Ike fue en la entrada al Laberinto de Cristal, en el parque de diversiones porteño de mi generación.


33 años atrás, se podía festejar un cumpleaños en el Ital Park. Creo que nos habían obsequiado una vuelta gratis, para siete juegos, a cada uno. Y uso ilimitado para el cumpleañero. Fue porque podía elegir cualquier juego que Ike entró al Laberinto de Cristal, descartado por todos los demás varones. Yo seguro opté por los autitos chocadores, el tren fantasma, la Super-ocho volante (a) “Montaña Rusa”, el Indianápolis y un juego casero, de kermesse, que consistía en derribar muñecos de goma a pelotazos; los había de Boca y de River. El Indianápolis, un remedo del turismo carretera, resultaba atractivo por la pista y la velocidad de sus autos; pero dos detalles irritantes se complementaban: los autos se quedaban a cada rato y un locutor, que aparentemente conocía el misterio de su funcionamiento como ninguno de los conductores, sermoneaba: “Gire volante, gire volante”. Nunca he olvidado la voz de ese locutor, ni su inútil consejo. Tampoco el olor a goma quemada que se desprendía del piso metálico.


Tendría que haberme quedado hasta que la fiesta terminara, pero se largó a llover y mi padre, que me aguardaba afuera, entró a buscarme. Luego de aquel cumpleaños, los padres de Ike, con mi amigo y su hermano menor, se fueron a vivir a Córdoba. No volvimos a vernos y a mediados de los noventa, supe por otros, Ike emigró a Holanda. De modo que nuestro último diálogo fue cuando me dijo, antes de entrar al laberinto: “Si no salgo, nos vemos cuando cumpla cuarenta, aquí mismo”.


No era la primera vez que me hacía esos chistes graves. En el colegio, se jactaba de leer el pensamiento. Al terminar una evaluación de Matemáticas, se acercó a la profesora y le “confesó” que yo le había pasado un resultado “telepáticamente”. Sostuve mi inocencia e Ike su culpabilidad.


-Sos un tarado- le dije, cuando nos liberaron.
-Sabía que me dirías eso- respondió.


Pero un par de meses después, en el medio de una evaluación de biología, tuve que recurrir a él. Era un fanático de la biología, le interesaban los micro-organismos, y especialmente el funcionamiento del cerebro. Para mí la biología era un misterio tan cerrado como el de la muerte. Por primera y única vez me atreví, confeccioné una pregunta clandestina, y se la hice llegar a Ike de mano en mano. Pero con los nervios, en lugar de escribir: “¿Cuál es la unidad básica de la vida?”, pregunté: “¿Cómo vivir?”.


Cuando terminó la clase, Ike se acercó y me dijo en voz baja:
- La célula.
- ¿Por qué no me lo mandaste antes de que sonara el timbre?- le reproché.


Te lo repetí tres veces -porfió-.
En el año 1990, cuando cerraron el Ital Park, después de aquel horrible accidente sufrido por una niña en el Matter Horn, me pregunté si Ike habría salido alguna vez del laberinto.


Me acordaba perfectamente la fecha de su cumpleaños, porque al día siguiente comenzó el Mundial 78. De modo que el día del cuarenta cumpleaños de Ike, bebiendo el frío del último día de mayo, bajé rodando por Callao hasta las plazoletas de Libertador, me senté en la entrada del Ital Park inexistente y esperé. Tal vez yo mismo estaba en ese momento encerrado en el laberinto transparente. Pude escuchar con precisión la voz de Ike a través del cristal: “No tengo la respuesta a esa pregunta”.



*Fuente: http://www.clarin.com/ciudades/hace-cuento-lugar-existe_0_383961875.html







Cuatrocientas*


Ocurrirá hoy. Ojalá resulte memorable. Digna esta Mariela para ser “la cuatrocientas”.
Tal vez se lo diga. Tal vez no pueda contenerme, y ya que se fue estableciendo circulación confesiva... Sí, si funciona como espero, después de serlo, sabrá que ha sido “mi cuatrocientas”. Bonita cifra para un gentilhombre anónimo que todavía tiene su arrastre manteniéndose en forma, sin fumar ni comer ni beber en exceso, haciendo gimnasia, en fin, cuidando, sin matarme, la salud y el aspecto. Tengo a quien salir: mi padre: ducho, un estilista. “El traje de confección de la monogamia”, sentenciaba mi madrastra, “nunca le sentó”. A ella tampoco: “mi número uno”. Yo estaba abombado, sin ganas de levantarme para ir al colegio. Me reanimó con su terapéutica, envalentonándome, mi emprendedora y experta madrecita, docente, brisa despejadora, contando yo doce años, cincuenta y seis meses antes de que mi viejo la rajara. Después desfilaron hasta concreciones copulativas las siguientes trescientas noventa y ocho. En realidad, descartando a las que no me concedieron chance reivindicatoria tras haberme sobrevenido I. D. O. P. (indeseabilísimas dificultades operativas persistentes), en primeras encamadas. Ésas (minas jodidas) se me quedaron (no podría ser de otro modo) atravesadas. Fueron siete. No figuran en mi lista. Lista que fui conformando desde pichón, con seriedad: nombres, apellido, seudónimo, edad o edad aproximada, lugar de nacimiento, estado civil, señas particulares, actividad laboral y/o estudiantil, cantidad de hijos y otros datos familiares interesantes, instancias de la erótica, observaciones. No sumo tampoco a las veintitrés yirantas. Sólo a las que lo hicieron conmigo por amor o antojo. Con añosas fue siempre mi debilidad, mi propensión, lo más excitante. Con la única que logré eyacular siete veces en un mismo viaje carnal había una distancia de cuatro décadas. Yo andaba en mi apogeo gonadal. Fue cuando decidí no entrar a la universidad por más que me tiraba arquitectura. Algunas obtendrían resonancia pública: Julia Zabriurdián Nilsse como ensayista, periodista y empresaria: la traté cuando ella concluía el colegio secundario; Ivonne Iris Barnichitsi como especialista en esterilidad; Zoé como modelo y actriz. A otras las conocí ya notorias. “La cien” no fue comunicada de su ubicación en mi lista, pero a “la doscientas” se lo dije, la platinada señora de Szterenbirgt. La divirtió el honor. Me regaló un reloj carísimo y me rogó que la retribuyera con un recuerdo. Le obsequié un corpiño rosa, bordado, muy fino, que habían dejado debajo de mi almohada. Le quedó perfecto, no tuvo escrúpulos, y le produjo un recóndito regocijo: así es de fascinante el alma femenina. En cambio, “la trescientas” lo tomó pésimo, y además, no me creyó. La pobre chica carecía de humor. Acaso no valga la pena correr ese albur con esta de hoy. A esta de hoy me agradaría volver a verla, así, cada tanto, añadirla a quienes en la actualidad ya tengo en danza, llamarla para cuando me deprimo, para cuando se me arma un bache, para cuando agonizo en la estacada. Si sigo dándome máquina, soné. Mejor voy vistiéndome y rumbeo para la casa de Mariela, que a las nueve se largan los papis a Chubut y queda como única ama de la vivienda y de mi palpitar, esa cosita que estoy más impaciente que la puta que me parió, como si me estuviera por estrenar; como si no hubiera llegado a fifar con cinco pares de hermanas; como si nunca hubiese concertado citas (o arrebatado números telefónicos) con diez u once mujeres un sábado desde el crepúsculo hasta las dos de la mañana, siendo yo un pintón y rápido veinteañero; como si nunca me hubiese acostado por primera vez hasta con cuatro en una misma semana; como si jamás lo hubiera hecho, como por turnos, con tres en un lapso de veinticuatro horas; como si me fuera a casar con Mariela o con cualquier otra; como si estuvieran por donarme la Cordillera de los Andes en reconocimiento a mi vigencia en el arte amatorio; como si hoy me certificaran, y con la firma de Dios autenticada por peritos calígrafos, que no volveré a sufrir, ni a sobresaltarme, ni a padecer ataques de desasosiego o asma; como si, precisa e ineludiblemente hoy, después de las nueve de esta mañana de invierno y en domingo lluvioso, fueran a ungirme con algún otro sentido para mi vida de soltero alienado.




*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





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