jueves, diciembre 09, 2010

CON RESTOS DE SAL...




*Ilustración: Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera.




BARCO VACÍO*


Navegan mi mar
recuerdos y olvidos,
tú y mi alma.

El viento calla
y el agua arrulla,
la noche llega.

Mi brújula es
un brotar de estrellas
inalcansables.

Escucho dentro
ruidos de barco vacío
con restos de sal.


*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar









EL CANTO DE LA SIRENA*



Había jurado que la hallaría, a pesar de los descreídos, de los científicos, de los materialistas, de los cazadores de brujas trasnochados, de los niños que ya no escuchan cuentos, de los que no creen en los sueños; a pesar de los que lo llamaron loco, de los que se habían reído en su cara cuando les contó...

Iba a encontrar esa sirena, la atraparía y traería como prueba de que no mentía, como tampoco mintieron aquellos marinos de antaño que juraban haber caído bajo el embrujo de sus cantos. La seguridad que dominaba sus pasos le venía de un sueño que se repetía noche a noche; su sirena, cual novia impaciente, le llamaba desde algún sitio que aún no alcanzaba a definir. Su canción lo llenaba de una nostalgia indescriptible, trayéndole recuerdos, imágenes borrosas plenas de voluptuosidad, sensaciones placenteras... llevándolo a romper sus ataduras con la sociedad, la cordura y el pasado con tal de ir a su encuentro.

Estaba tan seguro de encontrarla que no le importó sumar sus ahorros de años y vender su auto para comprarse una pequeña embarcación, que equipó con lo imprescindible para tornarla su nuevo hogar, de donde no saldría sino a reponer las provisiones, hasta que no tocara definitivamente la costa, portándola en la pecera gigante que tenía preparada.

Recorrió como un poseso los mares de la tierra. Tanto soñó con ella que aprendió a dibujarla con mano maestra, él que nunca pasó de torpes bocetos... Podía tocarla en sueños, se le tornaba tangible a través de la intensidad de su canto; su imagen se le volvió obsesión al punto de soñarla despierto, olvidando el transcurso de los días. Aprendió a amarla a pesar de las diferencias morfológicas. Se regodeaba en la visualización del primer encuentro.

Si bien en un principio pensó en donarla a un acuario, a un instituto científico, o a veces, recordando lo invertido, en venderla al mejor postor; ahora la quería sólo para él. Habría un horario de exhibición que le reportaría jugosas ganancias, pero el resto del tiempo sería exclusivamente para su deleite…

Absorto en sus cavilaciones, extravió su rumbo. Se abandonó a la deriva; vivió de agua y de sueños, cuando comenzó a agotarse el preciado líquido, se recostó en la cubierta, entregado por entero a su delirio.

Lo despertó de su marasmo una suave melodía, venida de afuera y no del interior de su cabeza recalentada; arpegio que iba tomando consistencia, tornándose canto, salido de tan extraordinaria garganta, que no podía venir de otra criatura que no fuera la que tanto había añorado. Se desperezó, sin saber aún si era presa de la locura: Tan real como su propio cuerpo mal alimentado, como su barca, como la roca en que estaba sentada, su sirena le tendía los brazos


......................................................................


Una pecera a su medida, con todo lo necesario, enclavada bien lejos de la costa, para que ni soñara con escapar, horarios de visita para reponer los gastos - los más molestos eran los grupos escolares -, el resto del tiempo era para entregarse al placer de contemplar lo nunca antes visto, de poseer lo exclusivo, de estudiar su comportamiento, de conocer su tesoro cada vez más profundamente; sabiendo que ninguno de los dos volvería a aquella roca...

¿Quién le hubiera dicho que su amada sirena era una exploradora, la única de su especie que se había arriesgado a subir a la superficie para probar que los hombres, esos seres que durante siglos habían tentado a sus antepasadas, eran algo más que leyendas? ¿Cómo imaginar que aquellas visiones, la melodía que lo impulsó, eran implantados por el poder especial dotado a aquellos seres de dominar la mente de criaturas inferiores?

Se contentaba con la idea que esgrimía cuando su encierro comenzaba a agobiarlo:

De tantos que, por ley de la probabilidad, escucharon el canto, había sido el único en seguirlo, pese a los materialistas, los científicos, los sin fe, los niños que no creen en las hadas, los cazadores de brujas, los que lo llamaron loco, los que se rieron en su cara...

Como dirían en tierra, había sido él "quien mordió el anzuelo".

La sirena anotaba algo en una especie de cuaderno mientras lo observaba con atención. Cuidadosamente, él exhaló su aliento en el cristal y dibujó un corazoncito con el índice.




*De Marié Rojas Tamayo
Ciudad Habana, Cuba.






LA CURVA DE SANTA ANA*


-Parte I-



O la curva de la muerte, como le dicen los misioneros. Es una curva a la izquierda, que aparece abruptamente al bajar la loma, y quiebra de golpe a la derecha en plena bajada del puente que está sobre un zanjón profundo, entre una enmarañada arboleda. Vuelve a subir otra lomada y va bajando hasta el otro puente mil metros más adelante, donde cruza otro pequeño arroyo. La vista es hermosa, aunque aquí la selva hace muchísimo tiempo fue totalmente desmontada. A la derecha va quedando el Cerro Azul, y a la izquierda de tanto en tanto aparece el Paraná, que baja retorciéndose y encajonado entre altas orillas abruptas y frondosas.
La fama del lugar se debe en parte a la topografía, y en parte a la imprudencia, aunque también a veces la fortuna juega sus partidas, a diestra o a siniestra. Son frecuentes los accidentes viales, la mayoría desastrosos. Más frecuentes aún en épocas de vacaciones y más aún cuando los conductores no conocen bien la ruta, que saliendo de Posadas, sube al norte, al costado del río que baja, y va jugueteando entre lomadas y serranías; hora zigzaguea u ahora baja y sube quitando el aliento, entre un manto verde y extremadamente ondulado, mientras cada tanto cruza una corriente de agua clara que descarga en ese Paraná exultante.
En los años setenta estábamos radicados en la Capital misionera. Para las vacaciones de julio, de un invierno riguroso; mi cuñado, mi hermana, mi mamá y dos sobrinos pequeños, fueron a visitarnos en un pequeño Fiat 600 de color rojo, su primer auto, recién adquirido, con el proyecto de seguir a las cataratas del Iguazú, viaje en el que nos sumaríamos en nuestro auto. A la mañana temprano salimos por la ruta doce buscando el norte, a la par del río. Un sol brillante resaltaba el verde de la vegetación profusa, los campos amarillentos, y la tierra rojiza.
Al principio las subidas y bajadas son suaves e irregulares, alternadas con curvas de un vaivén más bien entretenido. El pequeño auto rojo iba adelante y mi cuñado confiado, aún sin conocer el camino, marchaba raudamente, con toda solvencia… hasta la curva de Santa Ana. Allí el camino y el paisaje cambiaron de golpe. Filmábamos en súper ocho, pasajes del viaje, precisamente en eso, un “Polara”, grande como un barco se nos adelantó y nos tapó la vista, allí dejamos de tomarlo, y cuando el Fiat dobla a la derecha en el bajo del puente, vemos que la rueda delantera izquierda se desprende y se adelanta disparada. Allí el auto grande lo pasa y perdemos de vista la rueda que a gran velocidad cruzaba la ruta, comenzando a trepar la cuesta. La entereza de Edgardo mantuvo al pequeño auto en tres ruedas hasta que se fue frenando en la banquina de la derecha, afortunadamente sin consecuencias…
El asunto es que no pudimos volver a encontrar aquella díscola rueda. Desapareció como por magia. Buscamos y volvimos a buscar, subiendo a la izquierda, bajando a la derecha, adelante hasta el otro puente, y ya en el bajo del pequeño valle, a lo largo del riachuelo seco que discurría paralelo a la ruta. Desistimos del viaje a las cataratas, seguimos buscando, todo el día y se hizo de noche, y el frío nos cubrió como con un manto helado. Edgardo no quiso dejar el auto solo. Llevamos a mamá y los demás a Posadas, volvimos con una vianda para acompañarlo, al menos un par de horas. Se hacía cada vez más frío, el tránsito se fue silenciando, la soledad y la noche nos envolvieron de un modo inquietante. Pasó el tiempo lentamente, mientras hacíamos juegos con los chicos y contábamos cuentos. Yo he visto un par de veces, muy a lo lejos lo que me pareció una luz errante, se perdía y volvía a aparecer, sin alcanzar a saber con certeza si se movía, de tan fugaz. Luego la volví a ver muy lejana pero cambiante en un subir y bajar, o ir de un lado a otro. Un fuego fatuo, una luz mala… No tuve muchas ocasiones de estar así en la soledad descampada de una noche, y menos tan obscura. Cada dos minutos me daba vuelta a ver si aún estaba allí, y hasta me parecía que por momentos estaba más cercana. Al cabo los dos mayores y los cinco pequeños estábamos pendientes de lo que hacía la luz, y ciertamente se movía cada vez más cercana, como si recorriera el cauce del fondo del vallecito, quizás colaborando compasiva, en la búsqueda de nuestra rueda. Al fin la luz se acercaba cada vez más, y cuando estuvo casi enfrente, siempre errante, se elevó y decididamente se nos arrojó encima, iluminando la noche hasta el suelo mismo… Tan encima que de pronto escuchamos la marcha de un helicóptero, que pasó atronando con sus turbinas justo sobre el lugar, a pocos metros de altura, y se perdió tras la loma, en dirección al río… Ni siquiera sentimos alivio, hacía tanto que estábamos ateridos, y congelados de espanto… Pasó un buen rato antes que empezáramos a reírnos, y soltarnos en carcajadas.
La escarcha nos corrió y volvimos a dormir en casa. Tozudo, mi cuñado no se rendía; a la mañana siguiente seguimos batiendo el terreno, todo el feriado patrio lo pasamos buscando palmo a palmo, empecinados en ganar la partida… Pero la rueda no apareció.
Sólo encontramos, subiendo la cuesta, contra el alambrado, un rodillo despedazado en pequeños fragmentos, mostrando que allí la rueda había chocado y seguramente rebotado, volviendo a cruzar la ruta hacia el bajo; y demostrando sobre todo la meticulosa búsqueda de aquella maldita rueda.




*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
06 dic. 2010 Avellaneda. Santa Fe







ERRANTES*


Desgajada. Naranjales en flor.
Huye la tarde por la ventana del cansancio.
Ya ha partido el Hombre.
Se ha llevado la precaria sombra de mis huellas.
Se ha llevado mi primer latido, la llave de oro y mi valija.
La bendición del pan y la rosa sangrante.
Mi resolana.
La frescura del sombrero de paja.
Con él se ha ido el silbido de un tango que se aleja.
Se ha llevado mis zapatos de cristal.
Se ha llevado, ¡Ay!, se ha llevado mis anillos de agua.
Nadie ha llegado todavía.
Nadie des cubre la máscara de hierro.
Los perros ladran al eclipse solar.
Los cerezos revientan, sus brotes.
Errantes soles miran los errantes pasos de una luna coral.
Se acerca un barco. Un tango.
Y yo, sin mis zapatos de cristal, sin mis anillos.
¡Ay! Sin mis anillos de agua.
…Sin mis anillos de agua…


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







Sobre machos muchos*


Hay flaco, hay gordo
Que jodido que sos!
Tengo que aprender a reírme
De tu competencia
Claro muchas herencias de macho
Como el manual de Coco Cily
Un personaje grosero y desafortunado
Que siempre va para adelante Yeah!
El macho bravío que cuenta
A sus amigotes cuantas minas
Se levantó y demás
Pero,

Y su supieran lo que es ser
HEMBRA EN SU JERGA
En un tono displicente
y autoritario.

En su catálogo de prejuicios
Y desafortunadas mal interpretaciones
Que se derriten ante unas lolas
Opulentas que balconean ante sus ojos….
En un cruce de piernas largas
O en un suspiro de aparente inocencia

Mi vieja es una santa (sanata)
Todas las otras unas trolas
Siempre tienen la última palabra
El mejor discurso,
Te canto la justa, che!

Pero si supieran lo que es
El ser femenino,
Esa virtud de poder pensar un poquito
Más allá de lo aparente
De lo sencillo y de lo afectuoso
Quizás tendrían
Que no medirse la longitud
La cantidad de polvaredas
Las puestas de espalda.

Pero bueno, es lo que hay
A pesar de la revolución sexual
El transito de la libertad
E igualdad de los sexos

Seguimos como antaño
Con esa herencia
Del don Juan dominante
Que todavía cree
Que la mujer actual
Piensa en el Príncipe azul.

Quizás, también nosotras
Contribuyamos a su deseo.



*De Azul. azulaki@hotmail.com
25/11/2010








PARA LACAN, LO PROPIAMENTE MASCULINO ES UN ASUNTO QUE ESTA POR VERSE

Misterios del cuerpo femenino*


Los cuerpos no terminan en el borde de las uñas o en el contorno que dibuja la piel. Una parte de cada humanidad reposa en esa amada presencia que alberga sus más preciados objetos, aunque con distintos alcances según el portador.




Por Sergio Zabalza*


Más de una vez, Lacan deslizó que lo propiamente masculino es un asunto que aún está por verse. ¿Por qué no apelar a los poetas para ubicar los rasgos del macho en el siempre conflictivo encuentro entre los sexos?
Me duele una mujer en todo el cuerpo es el verso de un hombre. A menos que la frase connotara otro campo de significaciones, sería difícil imaginar una formulación similar para el caso de una dama. El clima de encierro y temor que Borges plasmó en "El amenazado"(2) delata la especial vulnerabilidad del
macho en las vicisitudes del amor.
Por el contrario, en lo que a ellas compete, suele suceder que el dolor en el cuerpo también advenga como resultado de la felicidad, ese gozo -que no es masoquismo ni está exento de ternura a la que muchas se entregan gustosas, como si la plenitud de saberse deseadas les bastara para ofrecerse como un campo pronto a ser surcado por su compañero. (Así, por ejemplo, lo testimoniaba el personaje de Anita Perichon la abuela de Camila en el homónimo y célebre film de María Luisa Bemberg , al relatarle a su nieta los rastros que la pasión de su amante, Santiago de Liniers, dejaba en su cuerpo).
En uno y otro caso pareciera que nuestros cuerpos no terminan en el borde de las uñas o en el contorno que dibuja la piel. Una parte de nuestra humanidad reposa en esa amada presencia que alberga nuestros más preciados objetos, aunque con muy distintos alcances según quien sea el portador.
Los datos de la clínica suelen ser implacables en este punto: "Mi mujer dice que..."; o "Mi señora no está de acuerdo porque...", son -por ejemplo frases paradigmáticas a partir de las cuales muchos varones confían sus más íntimas tribulaciones.
Así, la mujer es la referencia a partir de la cual el hombre piensa y se piensa, compone la realidad, escribe, trabaja o se pavonea ufano sin anoticiarse del punto de apoyo que sostiene toda su impostura. "¿No viste dónde dejé...?", suelen preguntar cuando buscan el portafolio, los zapatos o los documentos. Para el hombre, el cuerpo de su compañera es un lugar, una patria. Bien ¿pero dónde termina el cuerpo de ella? Una respuesta tradicional diría: en los hijos. La evidencia clínica -y el devenir de la cultura indica que no bastan los hijos para dar cuenta del enigma que encierra la singularidad del cuerpo femenino. El cuerpo de una mujer no termina, no acepta medidas: te duele en todo el cuerpo. Quizás por eso los hombres se afanan por dominarlo, domesticarlo o retratarlo infinitamente.
Esta cuestión dislocada e imprevisible del cuerpo de ella, bien puede expresarse por una insatisfacción permanente o, por el contrario, en ese saber hacer con el enigma que más allá de los estereotipos estéticos abre el horizonte del goce propiamente femenino.


*Psicoanalista. Fragmento de "El porvenir de la diferencia", enviado por el autor. Fundamentos Seminario virtual en Comunidad Russell.


-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-26530-2010-12-09.html







Caballos de menta*




*Por Homs


La quietud estalló en un estrépito orgánico. Sin ruidos del exterior que ayudasen a la confusión, sin fe y sin dolor, un relincho persistente llenaba al espacio de una increíble potencialidad contenida. Pero, ¿de donde provenía ese suspiro de bestia? La mesa, que temblaba y daba pequeños saltos, parecía pronta a comenzar a cabalgar. Un olor animal impregnó la habitación y del cajón del agitado mueble saltó un pequeño número de caballos plateados.
...
Caballos en la intención de las palabras de quien escribe.
Caligráfico dolor de una palabra astillada por la inquebrantable rectitud de un renglón. ¿Qué se rompe y qué se restablece en ese salto de caballo hacia el abajo? ¿Pueden dar coces las palabras?
...
La distancia nace cuando, en lugar de caballos, la gente entre sí se envía cartas a modo de rescate.
Flotando te vas sobre un caballo que con el horizonte reverbera.
Caballos que vuelan. Oriente y Ariosto.
...
...Y el laberinto escribió con moho sobre una de sus paredes: "Siempre he sido lo mismo. Un plano en blanco, un enorme vacío donde Este y Sur dan lo mismo que Oeste y Norte. Un escollo débil cuyo atemorizante rugido no es más que el agobio de un centauro engrillado. Una recta que de tan neta
atormenta".
...
El instinto de un caballo salta desde la luna a la nada para no ser más una bestia doblegada.
...
Caballos ciegos en el resplandor del salitral, desesperados en sed, de los vergeles expulsados por probar la roja fruta del árbol de la sabiduría.
Caballos condenados a la guerra, o a ser parte de la policía.
Caballos al servicio del Estado.
Caballos de montaña incrustados en la llanura, añorando el sabor hosco de las plantas que existen a más de tres mil metros de altura.
Caballos de helio.
Caballos de hielo.
Caballos de calesita en el celo de la aurora.
Caballos raza Wellcome, alados, sumergiéndose suicidas en la furia de los jugos gástricos.
Caballos epilépticos adictos a sus ecuyeres.
Caballos de agua atravesando el fuego.
Estirpes que batallan en el confín de la estructura.
Bestias exultantes de furia en el colapso de la entidad.
Redondeces que enseñorean tanto más allá de los que creemos cielo.
Caballos de líneas bordeando el contorno de los ecuadores.
Caballos selenitas mitad gris mitad bario, envestidos en la sutileza que adquiera la sustancia cuando la tinta que la traza es plateada.
...
La polvareda que los antecede es seña inminente. Están llegando.
El caballo con el último de sus alientos y sobre la bestia, el hombre, por fin y para siempre libre de la guerra. La nube de polvo crece. Perros salen al encuentro de la maltrecha comitiva. Y cuando el mártir, más muerto que vivo, está a punto de llegar al hogar, alguien, seguramente algún empleado de poca monta de este emporio del electrodoméstico, cambia de canal.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-26525-2010-12-09.html






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