Wednesday, December 22, 2010

EDICIÓN DICIEMBRE 2010



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




La espera*


Para Viola Cárdenas, en su cumpleaños.


En su llama mortal la luz te envuelve.
Absorta, pálida doliente, así situada
contra las viejas hélices del crepúsculo
que en torno a ti da vueltas.

Veinte Poemas de Amor y una Canción Desesperada
Pablo Neruda


La tarde de verano la sorprendió sentada en el portón. El sillón iba y venía, sin saber que era parte de la realidad. Estaba sumida en sus pensamientos, mordida de abandono, añoranza e incomunicación.

¿Cómo se puede estar solo en compañía?

¿Cómo se puede estar, cual ahora, acompañado en medio de la soledad?

De entre los árboles emerge la silueta de un caballo que se acerca en suave trote. El jinete desmonta y se planta frente a sus visiones, obligándola a regresar. Su rostro evoca algo perdido en la nostalgia, como la imagen desfigurada que nos queda minutos después de recobrarnos de un sueño. Le cuesta trabajo reconocerlo, han pasado más de veinte años.

“He venido a buscarla”, le dice.

“Pero yo... Yo no le esperé”, balbucea, sin creer aún que el minuto tan soñado esté corriendo y lo esté dejando ir. “Me agoté de anhelar su llegada, tuve miedo a secarme, tomé esposo, tuve hijos... He envejecido, no soy la misma que usted amó”.

“No le pedí que me esperara”, responde el hombre, “sino que viniera conmigo llegado el momento. Estoy cumpliendo mi palabra de venir en su busca. No pude hasta ahora, todos somos culpables de algo”.

Ella voltea el rostro cubierto de lágrimas, quiere pestañear, como tantas veces antes, dejar que la visión se desvanezca.

Él toma su mano y la ayuda a levantarse, con mano recia la alza y la monta en el caballo. Clava espuelas.

No vuelven la vista atrás.



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.





MORADA DE LA NOCHE*


NOCTURNO I



Tejió la noche mis fibras
en su rueca de aventuras,
cubrió mi sangre caliente
tiniéndola de claroscuro.
Le dio forma de gaviota
a mi búsqueda del día,
contrajo mi expectativa,
borró el amanecer.
El retorno inapelable
fue volver al punto de partida.
Los engendros de la noche
se tiñen de oscuridad.



NOCTURNO II



El ocaso, otra distancia.
Guiños azules filtró el firmamento
en un lento goteo de hojarasca.
Las lágrimas lavaron el camino,
imagen le dejaron al recuerdo...
Otro adiós en la mañana...
Revoloteo de tiempo.




NOCTURNO III



Pueden mis manos
clamar contra la muralla
con lacerantes alaridos.
Pueden mis horizontes retorcerse
en rebeldes remolinos.
Llega la noche y me promete el día;
secuencia en ciclos
que alimentan mis espejismos
y solo pregunto: ¿por qué?



NOCTURNO IV


Es la oscuridad
la única compañera,
tú apenas dibujas recuerdos.
Solo la noche
es la envoltura solidaria
que neutraliza el sueño...
Es equidad prolongada
de un permanente
delinear fantasmas
sobre una calle
que se ha quedado sola...




NOCTURNO V



Sobre el altar de la noche
el tributo impuesto
es la golondrina muerta
o el silencio hueco
del viejo aldeano.
Mi mente sedienta
crea el desafío,
mi clamor el viento
que copió mi sombra...



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar








LA ESQUINA DE LOS VIENTOS*


De cuando en cuando una ráfaga de viento se arremolinaba, en la esquina que daba a ambas calles del frente del solitario edificio de departamentos, haciendo girar nubes de polvo que solían durar poco más que un suspiro. Quizás ocurría tan frecuentemente por la forma del edificio, o tal vez por lo sólo que estaba en medio de un barrio de casas bajas, con la monotonía de sus frentes conservadores, llanos y sencillos; o por la orientación de sus calles, o vaya a saberse bien por qué…
Los remolinos, aunque fugaces, a veces molestaban por el polvo y la suciedad que levantaban, a veces despeinaban o jugaban picarescamente con alguna pollera desprevenida; que hacía recordar aquellos versos del cancionero criollo : …”con su pollerita al viento, que linda va…” Parecía que el viento fuera en verdad un duende travieso, que lo hacía para divertirse, en el momento menos esperado, molestando sagazmente a sus dueñas, y su silenciosa carcajada burlona se perdería seguramente, en las susurrantes volteretas de hojas y papeles, que tras un súbito giro tornaban a posarse ligeros, tras su breve y revoltoso devaneo.
Veloces e inconscientes, quienes eran atrapadas por el juguetón diablillo, malvado y etéreo, invariablemente se apresuraban a sujetar los volátiles pliegos, bajándolos veloces con sus manos, y doblando ligeramente ambas rodillas, en una lucha graciosa y sutil, por recomponer su donaire, y tratar de seguir como si nada hubiera afectado su gallardía femenina.
Juliana, que pasaba por la vereda de la esquina de los vientos, se vio súbitamente envuelta en uno de esos inesperados revuelos, y no fue lo suficientemente rápida en sus reflejos, o su amplia y primaveral pollera era tal vez demasiado liviana e inestable; y antes que pudiera reaccionar, se había levantado tanto que le cubrió la cara con el ruedo, y le pareció que transcurría una eternidad entre suspiros y manotones, para conseguir que bajara flotando alegremente…
Paralizada, miró instintivamente a su alrededor, con sus ojazos verdes muy abiertos, y sus brazos bajos ahora sí, sujetando su díscola pollera, con la secreta esperanza de que nadie lo hubiera reparado, o que nadie estuviera mirándola.
Todo su campo visual permanecía inmutable. La gente entraba y salía del banco en la planta baja, toda vidriada, sin signos de cambio alguno, como si nadie absolutamente, lo hubiera advertido en lo más mínimo.
Se relajó como un resorte soltado de repente, con marcado alivio, exhalando un suspiro tan profundo, que casi podría haber competido con la ráfaga de viento que terminaba de envolverla. Tan sensible era que se sintió culpable sin saber de qué, como si por un instante se hubiera enredado en un grave delito.
Todo había durado un instante, y pasado antes de darse cuenta; pero se le ocurrió la sensación, de que habría podido ser algo asi como un bochorno, un papelón, si alguien cercano la hubiera visto, tan expuesta, en desmedro de su grácil y casi arrogante caminar de gacela, tan prolija y elegantemente bella y delicada.

Un leve temblor en sus labios pretendía delatarla…
Al final, el rubor le agregó hermosura…




*De Celso H Agretti, celsoagr@trcnet.com.ar
5 Octubre 2010. AVELLANEDA, Santa Fe.







EL VENDEDOR DE HELADOS*



El viento, agradecido, comienza a cantar.
Yordán Rey


Aunque se había instalado el invierno en el barrio, trayendo a sus compañeros la lluvia y el frío, el heladero insistía en pasar todos los días por la desolada calle que llevaba al parque.

A sus pregones de “¡Paletas de frutas, paletas recubiertas de chocolate, conos, vasitos!” no había respuesta alguna. Entonces seguía con su carrito hasta el parque y se colocaba en el centro.

A pesar de que insistía “¡Deliciosas paletas, conos, vasitos, corran, que se acaban!” Nadie creía que fuera posible que se agotase lo que no comenzaba siquiera a mermar. Ni un niño bajaba, solo o de la mano de su abuelito, a buscar los helados con que se habían deleitado durante el verano.

Los vecinos lo miraban desde el cristal de sus ventanas, en sus casas abrigadas, a salvo de la lluvia y del viento, sin entender cómo podía insistir en vender su mercancía en tiempo tan inadecuado. Tal vez el vendedor no sabía hacer otra cosa, o tenía necesidad urgente de aquel dinero…

“¿Por qué insiste, mamá?” Preguntaban los niños, y ellas les explicaban que quizás estuviera un poco loco: Si alguien vive todo el tiempo entre sabores de chocolate, mandarina, fresa, mantecado, vainilla, cereza y almendras, puede perder la noción de la realidad.

Al caer la tarde, el vendedor recogía su carrito y se marchaba cabizbajo, agotado de pregonar en vano, con cansancio de siglos en sus pasos.

Ese atardecer pasó por debajo de un árbol que se le antojó único en el mundo: era un árbol de pájaros. Había perdido todas sus hojas, dejado ir sus flores, sus ramas estaban cubiertas de pájaros negros, que se hallaban como aguardando un gran acontecimiento. Lo rodeó con el carrito, contando pájaros, pero al pasar la veintena perdió la cuenta.

Entonces descubrió la flor.

Una flor solitaria, como él, se había negado a abandonar el árbol. Tal vez estaba también a la espera de algo… ¿Por qué no de él? ¿Puede haber espectáculo más triste que una flor solitaria o un heladero que no logre vender sus helados?

¿Qué puede suceder cuando dos soledades deciden hacerse compañía?

Se paró debajo de ella, abrió los brazos y, a pesar de la fina llovizna y el viento helado que se colaba por cada rincón de su cuerpo, le mostró su pecho.

La flor se desprendió y voló a su encuentro, leve como un alma.

Los pájaros alzaron el vuelo, para ellos también la espera había concluido.

Al día siguiente, el vendedor se paró en medio del parque y entonó un pregón muy distinto. Los vecinos no podían dar crédito a lo que escuchaban:

“¡Vengan a comprar mis helados hechos de Maravilla, cubiertos de Sueños! Paletas de tardes de lluvia, paletas de hojas de otoño, paletas de cuentos de hadas, paletas de poemas, paletas de cartas anónimas, paletas de risas infantiles, paletas de recuerdos agradables, paletas de besos, paletas de deseos hechos realidad, paletas de encuentros memorables, paletas recubiertas de luz de luna, conos de rayos de sol, conos de eclipses, conos de cometas de papel, vasitos de vuelo de pájaros, vasitos de estrellas fugaces, vasitos de arco iris… conos, vasitos y paletas de música!”

Una vecina que siempre quería ser la primera en probar cada novedad, salió a comprar una de aquellas últimas. La seguía, cautelosa, su hija de nueve años.

"¿Qué desea, señora, esta paleta de Chopin o esta, recubierta de sinfonías de Beethoven? ¡Tenemos un cono rizado de fugas de Bach que es una delicia! ¡Y para los niños hay un vasito especial de Melodías de Cajas de Música, que no embarran la ropa, ni gotean sobre los muebles, ni se pegan a las manos!”

La señora compró uno de cada uno y se fue a la casa, mientras la niña la seguía, contenta, dando saltitos.

La tentación fue demasiado fuerte. A pesar de que se había ocultado de nuevo el sol, perezoso, tras su sábana gris y regresaba la llovizna, las gentes comenzaron a tomar capas, sombreros, sombrillas, abrigos, hasta la tapa de cartón de una vieja caja, y fueron al parque a probar tales maravillas.

Un anciano compró un cono con el sabor del Día de Reyes, su esposa el vaso que contenía el recuerdo del primer beso de amor; una niña compró paletas cubiertas con la emoción de las cartas que deseaba recibir de su hermano el marinero; un niño el cono con olor y sabor de Navidades. Una señora compró todo lo que encontró con sabores de otoño, lluvia, pájaros, estrellas, arco iris, eclipses, sol, luna – por suerte el carrito estaba bien lleno -. Un abuelo compró diez vasitos de Caja de Música para sus nietos, así no se ensuciaban los abrigos, ni dejaban huellas de deditos pegajosos en las teclas de su piano. Un inventor compró un vaso con sabor a Descubrimiento. ¡Había para todos!

Un vecino solterón, refunfuñón y malhumorado, que se fingía cojo para despertar la compasión ajena, compró una paleta recubierta por El Himno a la Alegría, probó una gotita que se escurría por la envoltura, soltó el bastón y marchó a casa ensayando pasitos de baile.

Se cuenta que una pareja de recién casados compró vasitos de vuelo de pájaros y conos de cometas de papel y estuvo toda la noche revoloteando por el tejado del edificio… Se hubieran hecho famosos, pero nadie tomó fotos del acontecimiento, estaban absortos en su propia dicha.

Pronto el carrito estuvo vacío. El vendedor, mientras se alejaba con paso ligero, sonreía, daba las gracias y mostraba orgulloso una florcilla color naranja que tenía prendida en la solapa… Los vecinos no entendían qué tenía que ver la flor con todo aquello, pero como el heladero tenía fama de chiflado, le devolvían la sonrisa y le decían que había sido un placer comprar aquellos helados de Maravilla y Sueños.

Al llegar a las casas, bien a resguardo de la lluvia y el frío, comenzaron a probar los helados… Y aunque seguían teniendo sabor a mandarina, almendra, cereza, fresa, vainilla, mantecado o chocolate, sintieron los arcanos que forman la primera risa de un niño, los olores de la Navidad, la emoción del Día de Reyes, el éxtasis de los cuentos de hadas, la exaltación de recibir noticias desde lejos, el palpitar del primer beso, la felicidad de los sueños realizados…

Las paredes se vistieron de sol, de luna, de estrellas, de eclipses, de otoños, de arco iris… La música llenó cada habitación, escapando por cada ventana, cada puerta, volando en brazos del viento agradecido, hasta posarse en el árbol, que supo llegado el momento de preparar un nuevo ajuar, para celebrar el haber sido parte de esa mágica conjunción que ayudó al heladero a vender sus helados y a los vecinos a ser felices.

Porque para ser felices solo hace falta un toque de magia, y para llegar a la magia, solo hay que creer en ella.



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.





OJOS VERDES CON REFLEJOS DORADOS*


*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


A Tita, Carmen y Ricardo



Menuda, simpática, no carente de una electricidad natural, eso era la vecina que llamábamos "tía" aunque todos sabíamos que no nos unía ningún lazo de parentesco pero sí del cariño, que trasciende siempre los vínculos casuales de la sangre. Ejercía no sé qué arte de birlibirloque o magia para esgrimir
las escasas monedas que ganaba don Francisco, su marido, en la peluquería de magros ingresos y poner una mesa decente a su familia que completaban sus hijas "Tita" y Carmen y el inefable Ricardo, el menor.
La casa de los Spina era la entrada también a ese campo lleno de yuyos -nunca supe quién era el dueño que separaba la calle del caserón de la familia Gallardo. Se accedía hasta su patio rodeado de añosos paraísos, por un caminito angosto que los integrantes de la familia -don Cayetano y doña Fermina compuesta además por seis hijos (tres varones y tres mujeres) transitaban para ingresar al pueblo. Tenían otra salida que quedaba casi en la casa de los Vélez y constaba de una gran tranquera de madera que a veces se cerraba con un gran candado. Por esa calle salía don Cayetano montado en un moro enjaezado con pericia criolla. Eran sus faenas habituales en la estancia de Maldonado, que quedaba a cinco kilómetros exactos de esa enorme tranquera. Pero era habitual que a pie salieran por el patio de los Spina, por lo que Ricardito llama "el camino de los Gallardo", con ese hilo de alambre que se ataba a un añoso paraíso y era como el límite de las dos familias.
En ese tiempo -sin ruta y sin calle asfaltada era casi el campo ese sector del pueblo. La calle -mi calle que festoneaban de un lado el "campito" de Gallardo y del otro, el maizal de don Clemente Gerlo sólo está viva en mi memoria feroz y persistente. Tenía gramilla a los costados, antes del tejido o alambrado. Algunos árboles y una huella sola que producía el carro de don Antonio Compañy o la jardinera olorosa a pan crocante que guiaba don Juan Cristóforo Galli, de la panadería tan refinada que se llamaba "La Flor".
Esa calle, ese caminito, esa casi huella única fue testigo una madrugada lloviznosa de junio, del urgido traquetear de un sulky, con mi padre nervioso, lleno de miedo y de ansias, cuando fue a buscar a doña Agustina Pezzoni, partera egregia de mi pueblo. "Partera con diploma", decía mi abuelita Laura.
Una vez que iba con ella nos cruzamos a doña Agustina y al inquirirle por su identidad me dijo con toda la naturalidad de la que ella era capaz: Es la mujer que te tiró de las patas.
Es obvio que esa frase fue entendida por mí muchos años después.
Esa callecita que poblaban los gorriones y el pesado vuelo de la torcaza cenicienta. Esa callecita que no era tratada por nosotros como tal, fue escenario y testigo hoy mudo y muerto de las primeras incursiones con las boleadoras de plomo que me fabricaba mi padre, y que me enseñó a usar contra
las bandadas distraídas y lánguidas que iban a castigar el almácigo de don Eufrasio Campos.
De vez en cuando -pero fue más adelante hacía puntería contra las bandadas que iban por el aire. Pero el sistema tuvo que ser abandonado porque se extraviaban o perdían con frecuencia. Con sólo atarle un trapo colorado junto al plomo no era suficiente, el yuyal era hirsuto y escondedor, como se sabe.
Más adelante, ya acompañado de aquella barrita haríamos incursiones hasta la cañada del "gordo" Compañy, no sin dejar de lado el saqueo de la tapera de don Way, en ese campo de los Ortali, que yo siempre pensé de los Pozzi, pero Roberto Escudero me dice que fue de la firma Sáenz de Arregui y Cía.
Pero me fui muy lejos, yo quería rendir un homenaje tibio, sentido, a la tía Anécdota Rojas de Spina, muy importante en los afectos de mi niñez primera.
Era, por lo que recuerdo, menuda, el cabello tirando a rojizo en alguna parte, unos grandes ojos verdes, que tenía según la luz del sol unos breves reflejos dorados. Una enérgica alegría que tenía para regalar, porque las pocas cosas materiales que tuvo en su vida tan exigente las compartía con todos.
Sus hijas "Tita", Carmen y Ricardo, su único hijo varón, fueron como hermanos míos. Yo me crié en su patio que cruzaban un par de patos lánguidos y mansos y un gallito pequeño a quien ella cariñosamente llamaba "Pinino".
Lo poco que tuvo me lo dio y cuando ya no le quedaba nada -tortas, bizcochos, buñuelos, empanadas asomaba su rostro alegre por sobre el tejido que la separaba de la calle: Nene me decía vení que tengo algo rico para vos y cuando yo, interesado y rápido, entraba como un tromba en su pequeña cocina, ella me alcanzaba en un plato unas rodajas de pan con una gota de aceite y una cucharadita de azúcar.
Mi paladar no conoció manjar tan rico, porque en ese gesto -yo creo que lo entendía entonces estaba todo su inmenso amor, y a propósito, ¿que pasó con ese plato donde me ofrecía su manjar preciado? ¿Y de quién era el sulky con el cual mi padre transportó a la partera, que en su premura casi tumba en
ese viaje un poco alocado la madrugada en que yo vine a este mundo, un quince de junio que se quedó en la llovizna?





VÍA 17*


*Por Silvia Milos milossilvia@yahoo.com.ar



El tren estaba por parar. Ya había tocado la bocina estremecedora anunciando su llegada a la estación de Castelar. Antes del cruce de las vías se detuvo, a la espera de que el otro tren, salido de Moreno, libere el paso. La gente estaba muy apretujada, y el calor del verano hacia de ese vagón un horno. Abriéndose paso, el guarda caminó picando los boletos hasta que llegó a nosotros. Una mujer chilló, porque alguien la había pellizcado, mientras un oportunista arrasó con tres carteras en esos cinco minutos infernales. Todos queríamos que de veras arranque, sí, de una maldita vez y poder bajar para respirar aire puro. En Enero del 1993 la temperatura rondaba los 40ª, pero ahí arriba la superaba. Habría dado cualquier cosa con tal de que refresque, de tener algún escalofrío que me libere. Maldecía y maldecía, mientras cabeceaba cerraba los ojos. Después de diez horas de trabajo, estaba extenuada.

El guarda dio una media vuelta, y con esfuerzo, empujando y pisando a más de uno llegó hasta donde estaba el maquinista. Nadie sabe como, pero el tren avanzó sin la señal debida. Horrorizados vimos pasar la luz roja ante nuestras narices, y el estupor de la gente adentro de sus autos enfrentados hacia la barrera, desconocíamos adonde íbamos, porque nos alejábamos cada vez más de la estación.
De inmediato el sopor reinante se diluyó, y enfrió el ambiente. Un viento helado comenzó a sisear por las chapas del tren, colándose entre las juntas del piso, desafortunadamente abierto bajo mis pies.
Celeste me miró y yo miré hacia afuera, apoyando mis manos contra los vidrios para tratar de darle una explicación, que ni ella me había pedido, ni yo se la podría dar. Estaba demasiado oscuro, y las ventanillas tenían barrotes adosados. Poco se podía distinguir ante la inminente noche. Todos, los 688 pasajeros, habíamos perdido la noción del tiempo.
Solo sé que el paisaje era totalmente ajeno. Un campo inhóspito bajo el cielo gris se multiplicaba como en una diapositiva. Poniendo atención pude distinguir algunos carteles escritos en alemán. Al costado del camino desfilaban horcas dispuestas para los partisanos. Un gitano comentó que estábamos en Abril, de 1943. La punzada en el abdomen me hizo notar que hacía dos días que estábamos viajando, yendo hacia una parte del mundo que el resto del mundo desconocía como propia. Los pasajeros amontonados como ratas en vagones de ganado, la nieve que empezaba a formar copitos sobre el techo, mis ojos rojos ya sin lágrimas. Notamos ruidos sobre nuestras cabezas, eran pisadas sobre el techo, un soldado ucraniano apuntando hacia la nada gatilló agujereando la chapa y mató a una pasajera. Parecía divertirse.
Y el guarda desaparecido con su máquina de picar boletos fue reemplazado por otro con metralleta. No sea que alguno quisiera escapar. Cosa que de hecho sucedió. En la desesperación rompieron el piso a patadas y se tiraron bajo las vías, esos fueron arrollados. Otros perecieron de hambre y de sed, no soportaron los seis días de viaje.

Formaba parte de una pesadilla ajena. Casi sin hablar nos consolamos, dudando hasta el extremo cual sería el fin. Pero la incógnita fue develada, sólo para nosotros, los que permanecimos de pie. Para los que abrir los ojos significaría algo peor, y negar la realidad, podía ser la diferencia: sobrevivir.

De golpe una sacudida. La frenada hizo que tambaleara, y sacara mi cabeza doblada hacia delante. Celeste me apuró para bajar, el tren había llegado a la estación. Seguro estuve dormida, parada, sostenida de la manivela, y ajustada sin espacio por los demás a mi alrededor.

En estos tiempos esas cosas no pasan, no se secuestra a la gente adentro del tren, si está lleno de ausentes estudiantes o trabajadores asalariados. A quién le podría interesar, personas comunes con sueños comunes, gente que vota y que quiere a sus mascotas.
Que toma el desayuno a las apuradas, porque pierde el último tren.


*Nota de la autora: El último tren con destino al campo de concentración en Auschwitz partió desde Berlín llevando 688 pasajeros, entre ellos gitanos, judíos, polacos y checoslovacos que estaban todavía en Alemania. Salió desde la vía 17 de la estación de Grunewald en Abril de 1943.





DUELO*


“¿Tendrá por fin tu cuerpo, sustentar
Al gusano que herede tu derroche”
WILLIAM SHAKESPEARE



Yo, Yocasta. Tengo dos piedras en mi mano.
Una, lengua cortada. Otra, oráculo de miedo.


He de evadir este puñal que me cercena el pecho.
Esta profecía, esta condena.
Ciega mis caderas. Enmudece mis muslos.


Como una cabra loca escalaré las cimas.
Me dejaré llevar por el viento del oeste.
Mi sexo, bífido. Mi ánima, salvaje.
Salvaje polen. Amapolas secretas.
Oscuridad y luz. Aire y jadeo.
Y sed. Sobre todo, sed.
El páramo necesita de la lluvia.
¿La lluvia necesita del páramo?


Yo, Yocasta. Tengo dos piedras en mis manos.
Dos piedras en mis pechos. En mis pies, dos piedras.


El rey de espadas tiene un falo en la mano.
Un as de bastos, un báculo.
Y ríe...solo ríe.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






Mi viejo y los ojos*


Para mi papá


Esos ojos grises leían y leían los tomos pesados de leyes.
En las estanterías estaban los protocolos encuadernados de blanco, de cada año que se despedía.
Su vida era el trabajo, examinaba atentamente con una lupa las firmas, antes de certificarlas.
Los domingos, cuando casi todos descansaban. Algún vecino tocaba el timbre. Y preguntaba: - ¿Esta el Doctor?: Le tengo que hacer una consulta. Entonces mi viejo salía con su portafolio de cuero, los anteojos y el libro de actas.
El quería que fuese escribana, pero yo de chica odiaba tanto los biblioratos, los certificados, los dominios y los "libre deudas". No me gustaba estar rodeada de tantos papeles y lapiceras.
Pretendía ser distinta, no ansiaba hacerme tanta mala sangre como él.
Cuando murió, paso algo muy paradójico.
Comencé a escribir.
De sus ojos me jacto de tenerlos parecidos.
De su puño y letra aprendí a amar mi trabajo.



*De Azul. azulaki@hotmail.com






EN NOCHE DE LUNA LLENA*


Para Ray



Comenzó con la llegada de la luna llena. A partir de ese momento, en cada plenilunio las escenas se repetían en su horror ancestral. El aumento de los aullidos, los rastros de sangre en la nieve, las noticias de avistamientos corriendo como fuego... Era evidente, el antiguo enemigo volvía a las andadas.

Cuesta trabajo creer en lo que no se ha visto. La simple visión de los insondables enigmas de la naturaleza no basta para desarraigar la creencia de que son frutos de la superstición. Pero esta vez el intruso se había cobrado demasiadas víctimas sin preocuparse siquiera por borrar sus huellas. El consejo de ancianos se reunió para tomar una determinación: Era cuestión de creer o no en lo inevitable.

Al final del ciclo astral, antes del advenimiento de la luna llena, habían decidido tomar las necesarias precauciones, evitar a toda costa la muerte de la mermada población. Mas, para ello, era imprescindible convencer a los demás del peligro que los acechaba a cada salida de sus hogares. La voz corrió de hocico en hocico de los miembros de la tribu de licántropos:

Hay hombres en el bosque, y son reales.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






EL café escondido*


En el fondo de todo siempre hay un jardín
Olga Orozco


El mantel parece la pollera de una bailarina con tules y puntillas, hay flores en los ángulos de la mesa y unas ramas caen acariciando el lugar. La luz con su costumbre de envolver el vacío y el sonido del agua anticipa la fuente. Ella sabe que su café - bosque -urbano, es casi un secreto que se despliega en la parte de atrás de un negocio de muebles antiguos. Por eso en ese desayuno no hay nadie en el jardín o porque cierto frescor primaveral ha hecho entrar a la gente a otras habitaciones del café, por lo que sea, estaban solos. Pienso que es una escena de una pintura preciosista, le dijo él. Ella se sentía tan viva, él la había desnudado con la mirada, la hacía crecer, se hubiera dejado tomar en pedacitos con el café, ofrecerse en capas suaves, dulces, para ser saboreadas por la boca del hombre
Sos tan intensa, le susurró él al oido, apenas se rozaron.
Cuando se fueron ella perdió, no el zapato, los anteojos. El príncipe no la buscó para probar un calzado perdido. Ella lo encontró para ensayar una mirada nueva.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar





No es la misma lluvia*


Por qué?
El amor de enamorados se va
Lo que fue calido e intenso
Se convierte en mísero y distante
El compartir la risa…
Luego de un tiempo
La compañía se trasmuta en intolerancia.

Por qué la carcajada seductora y tierna
Cómplice de nuestros defectos
Hace trizas el compartir.
En una impronta de malos entendidos
Lo dicho se escucha hiriente,
ajeno y sin motivo aparente
son las mismas palabras de antaño
las que antes saborizadas de sorpresa
ingenuidad y alegría
se vuelven disparatadas, agresivas
e indiferentes.

Será que el amor no dura eternamente?
Seré yo o serás tú
El que comenzó a caminar
Por distintos senderos?

Quizás no quiera darme cuenta
Que la lluvia cambia su semblante
Su sabor, su temperatura
Y su destino.

Sus gotas aunque parezcan del mismo cristal
No desean esclavizarse en el mismo otoño
Su intenso afán de libertad
Las hacen más pesadas y dañinas
Buscan otro seno que las albergue
Necesitan de su propio espacio
Y yo, inocente y romántica
Creía que era la misma lluvia.-




*de Azul. azulaki@hotmail.com







EL PERRO DE PUCHO*


-Para empezar -repuso el Gato-, los perros no están locos. ¿De acuerdo?
-Supongo que sí -concedió Alicia.

Alicia en el País de las Maravillas
Lewis Carroll


Se encontraba disfrutando de un almuerzo en El Floridita, sintiéndose Hemingway, cuando algo le rozó la pierna. No puede decirse que la culpa fue del hueso que le arrojó, porque Pucho había ordenado filete de pargo.

El perro chino no se le despegó a partir de ese momento. Los bromistas aseveran que se habían conocido en una vida anterior.

Pucho regresó al Taller de Gráfica con el perro detrás. Todo el día, mientras entintaba las piedras y daba vuelta a las prensas, fue el hazmerreír de sus colegas, porque aquel animal gris y pelado era lo más feo que pueda imaginarse.

Hubiera quedado ahí, si al final de la jornada el chucho hubiera tomado su rumbo; pero lo siguió a casa de La Cantante, que lo recibió con el grito de: “¡Para animales contigo me alcanza!”.

Así comenzó el desandar de Pucho con el perro: Abandonó su bicicleta por taxis lujosos, con olor a gente famosa; por autobuses repletos, malolientes a sudores de jornadas laborales; se internó en el Palacio de los Capitanes Generales, con la esperanza de que el aroma de las antigüedades opacara el sentido del perro, pero fue llamado por el altavoz porque el animalito se plantó en la puerta y no dejaba pasar a la directora.

Finalmente, un amigo le sugirió que abandonara la ciudad. Si pedaleaba hasta Caimito del Guayabal - el Caimito lorquiano -, pueblo de las afueras donde vivía su prima, y se internaba allá por el fin de semana, de seguro al regreso el can había encontrado otro entretenimiento...

A la mañana siguiente, estaba Pucho dispuesto a recorrer los kilómetros necesarios para no perder a La Cantante.
Al cabo de dos horas de darle a los pies se sintió libre – ese sentimiento de libertad fue lo más importante -, suspiró y, al mirar al frente, distinguió al perro, esperándolo mientras meneaba la cola sin pelos.
No sabemos si la culpa fue de aquella visión, si de todas maneras la bicicleta iba a volcarse: El caso es que ahora no se nos borra la imagen del perro junto a la lápida de Pucho.

Hay quien dice que el perro es la Muerte y está esperando su próxima víctima; otro anda tarareando aquello de “Cuando salí de La Habana, de nadie me despedí, sólo de un perrito chino, que venía tras de mí...”; yo digo que a lo mejor quedárselo le hubiera dado suerte, porque La Cantante tiene otro marido y pensaba botarlo, con perro o sin él; alguien me responde que cuando viene tu momento, con perro o sin perro, te vas para el “reparto boca arriba”...

La verdad nada más la saben Pucho, y el perro.



*De Marié Rojas Tamayo.

-DEL LIBRO “TONOS DE VERDE”, editorial Drac, Mallorca. (2004 y 2005)






LAS VIUDAS DEL NO OLVIDO*


Hijos míos, he cerrado la puerta y la noche está abierta.
Vuestro padre ha partido, pero no se ha ido.
Las viudas del no olvido, se han vestido de rojo.
Llevan, en el pecho una viudez de insomnio.
Niños enflaquecidos por la fiebre.
No tienen pupilas, las viudas del no olvido.
Cuencas vacías. Tenues parpadeos de limones.
Quedan los amorosos diálogos.
Tambien los tristísimos adioses.
El aljibe, sin agua. El horno sin pan. Mis niños sin zapatos.
Y beben, las penas, el barro y los latidos.
Insaciables.
Caminan por los andrajos de la luna.
Final de golondrina y de verano.
Bajo la plácida sombra del nogal.
Rescriben la fábula. Hijos cebollas y racimos.
Han apagado el padre, amor.
Pero vuele en crepúsculos morados.
Fidelidad de árbol.
Primeras hojas de la tarde.
Leve tropel.
Tatuadas.
Llevamos en el vientre.
Manzana carmesí grana memoria.
Manos que amasan y toman la metralla.
Boca que canta y grita.
Por eso, las viudas del no olvido
Nos vestimos
De rojo



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar




Vigilia*


Salpicada
de barro
Estiro las piernas
Absorta
contemplo
el revoloteo de un colibrí
que se detiene
al lado del jacarandá en flor
Sin estigmas
sin rencores
Escabullo el dolor
Y es así
como prosigo.


*De Ana Romano romano.ana2010@gmail.com






EL HIJO*


A Josefina Díaz


Oscuros cauces donde la sed eterna sigue,
y la fatiga sigue, y el dolor infinito.

XX Poemas de Amor y Una Canción Desesperada
Pablo Neruda



Le abrió la puerta del taxi, la ayudó a bajarse.

- ¿Quieres que entre contigo?
- No, mejor hacemos como siempre – respondió, alcanzándole la pequeña cartera -, cuídame esto, sabes que tengo la manía de dejar los documentos y el monedero en donde quiera que me siento.

Él sonrió y guardó la cartera en su mochila.

- En especial, no quieres perder la foto de tu nieta… me has hecho sacarla repetida a pesar de que el álbum está sobre la mesa de la sala.
- Gracias por acompañarme – se alzó en puntas para besarle la frente -, nos vemos a la salida.
- Doy una vuelta por ahí y nos encontramos en la esquina – le señaló un café al aire libre -, no me gustan las salas de espera.

Entró, siguió el ritual de dar el nombre en la recepción, esperar a ser llamada, el saludo, las preguntas, la renovación de las recetas… el médico era un viejo amigo.

- Y eso es todo, nos vemos en la próxima consulta… ¿Has venido sola?
- No, de ningún modo: me trajo mi hijo Felipe.
- Elisa – suspiró -, ¿debo recordarte lo que sucedió hace más de veinte años? Pensé que estábamos haciendo progresos…
- Tuve un accidente. Mi esposo estaba al timón y no sobrevivió.
- Estabas embarazada…
- Casi a punto de dar a luz, con el impacto me comenzaron las contracciones, logré arrastrarme a un costado de la carretera a pesar de tener dos costillas fracturadas. Ahí me encontraron, con Felipe en brazos, ¿crees que es posible olvidarlo?
- Estabas inconsciente, perdiste la criatura, un varón, al que enterraste junto a tu esposo.
- Siempre dices lo mismo, y vengo a esta consulta cada mes…
- Te pido, cada vez, que lo dejes ir por tu propio bien, es hora de parar de pretender lo imposible y vivir la vida. No valen de nada los medicamentos, la terapia, si no pones de tu parte. ¿Prometes intentarlo, una vez más?
- Claro, mi buen amigo, sé lo que es real y lo que no lo es. Solo que hay cosas que nunca entenderás – se levantó y se alisó la falda.
- Bueno, nos vemos el próximo mes, cuídate, Elisa.

Caminó hasta el café. Allí estaba, cada vez más parecido al padre, pero con ese “algo” en la sonrisa que le recordaba su propia juventud. En cuanto la vio, dobló la prensa y fue a su encuentro.

- ¿Me acompañas a un café?

Ella negó con la cabeza

- ¿Te busco un taxi?
- No, mejor vamos andando, así llegamos cuando despierte la niña y la saco al jardín un ratito en lo que Maité le prepara la papilla.
- La estás malcriando – se rió - ¿Y qué te dijo el médico?
- Lo mismo de siempre, hijito… La medicina sigue detenida, como si no lograra alcanzar determinadas soluciones, como si le fueran negadas ciertas verdades... ¿Me devuelves la cartera?

Rieron, tomando el camino a casa. Había un fresco muy agradable si se iba por la acera que los árboles dibujaban con su sombra, y andar era un buen pretexto para seguir conversando.



*De Marié Rojas.
-La Habana. Cuba.




Musicales*


Y después pareció como si ella asumiera el control de repente: con las paredes del coño se convirtió en un exprime limones por dentro, extrayendo y apretando a voluntad, casi como si le hubiese crecido una mano invisible.

¿De quién sería inevitable que me acordara cuando leí esto? (Henry Miller, Sexus”, Seis Barral, pág. 183): de Fortuna.

Más en su departamento de dos ambientes que en el mío de tres y a pocas cuadras de distancia el uno del otro, más sin planearlo que determinándolo por anticipado, más comenzando en desmayadas trasnoches que en horarios “convencionales”, extensas encamadas.
Ambos, músicos: Fortuna, teclados; yo, cuerdas.
Me sorprendo ahora alucinando tu vibradora jugosa. Te invoco, incorregible Fortuna, al borde del suicidio o de la inercia, con tus mismos aires de siempre de princesa desasosegada.


Me casé con una cantante. No me quiere. Me hostiga, me acompleja. Iniciose en fase adúltera con un barítono, ornamentándome con tentaculitos, con cuernecillos de caracol. Hasta que otros conocí: de cabra de los Alpes, de búfalo, de jirafa, cuernos de gamo, de ciervo, de gamuza, de reno, protuberancias puntiagudas o imponentes de yack, de órix, de verraco del Pamir, de cabra del Tíbet, de toro de lidia, de rinoceronte: a cambio de sus trapisondas con exponentes líricos y pentagramáticos. Mientras, decido cómo concluir con ella, próximo al límite de dificultad. Con la música a otra parte me iré, apenas logre seducir, desentrenado como estoy, a una bailarina.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





Es mejor ahora*




Es mejor ahora
que los molinos del alma se aquietaron
y puedo diferenciar todavía
entre el color de las células y el olvido.

Mejor ahora
antes de hablar de alguna utopía
de complicarnos en abrazos que no damos
de sentir que hay puertas en todas las esquinas
y que volver no cuesta porque no existen las cadenas.

Mejor ahora
que no hay besos blindados alrededor de tu risa
que la sangre invertida de todos los pájaros huele a setiembre
y los secretos, a moho.

Mejor ahora
antes de sentarse a la mesa con los vinos agrios
con esas lluvias que se escuchan por los ojos,
antes de que se cuelguen las esperas
y queden pendientes las penumbras y el ocaso.
Antes de que el café se enfríe
y las copas estallen como jadeos en pleno combate.

Mejor ahora
amor
ahora que podemos recuperar el remanso
ahora que todo es lejos de tu cuello
y todo es cerca de ese abrazo que gotea en el pasillo.

Mejor ahora
aunque duela la lágrima que se cuela en mi viento
aunque el barro se meta entre la carne
y la morfina no atempere
a esta poquita muerte que acecha tan obscena.

Mejor ahora
porque los cerezos aún te nombran
y no se mide con escuadra la peligrosa osadía de la ausencia.
Antes de que el pacto provisorio se hunda como pedazos de vidrios
en los sueños o en la planicie de tu pecho.
Antes de que las preguntas no me alcancen
que me arrebate el delirio
que mi costumbre se dé contra la pared,
antes de que se vistan de luto todas las despedidas,
que soslaye placeres sin bostezos
y otra música oxigene a esta piel.


*De MARIA MANETTI. dulcemariam6@hotmail.com







LA NOVELA DE NORMA*


A Yordán y Yohanna Rey Oliva


Era la conserje más antigua del museo. Por espacio de ocho horas, pasaba el paño por los adornos, escuchando su radio. Sólo a la hora del almuerzo se guardaba los audífonos en el bolsillo del delantal, donde siempre tenía el receptor.

“Hola, Norma, ¿qué tal la novela?”, solíamos preguntarle.

Si no era a esta pregunta, respondía con un encogimiento de hombros.

Pero cuando se le tocaba el tema, Norma, tan tímida que se diría algo retardada, se transmutaba. Nos ponía al día de las desventuras de la hija del Duque, embarazada de un enmascarado, amando a su hijo nonato. Subíamos con ella a las cimas del mundo con un grupo de escaladores, navegábamos en una nave amenazada por corsarios, participábamos en el asedio a una fortaleza o nos embarcábamos en una aventura futurista. Como en cada novela que se precie, surgía, maduraba y florecía un romance. Era increíble como memorizaba los pormenores...

Resultaba agradable comer con la narración del capítulo del día. Ninguno de nosotros escuchaba la radio, apenas teníamos tiempo de actualizarnos con las noticias del televisor y alquilar alguna película los fines de semana.

Pero llegó el cambio de administración. A la nueva jefa, no más hacer su aparición, le molestó el radiecito de Norma. Ante su negativa a dejarlo en la taquilla, la amenazó con una sanción laboral, con la expulsión y, al ver que sus palabras caían en el vacío, le arrebató de un tirón los audífonos. El pequeño receptor siguió al cable y cayó al suelo.

Atónitos, comprobamos que se trataba sólo de una caja vacía, ausente de mecanismo, circuitos, o baterías.

Norma la recogió en silencio, se colocó los audífonos y se marchó sin atreverse a cruzar nuestras miradas.

Nunca más volvimos a verla, su presencia casi fantasmal, bayeta en mano, no era parte de la vida activa del museo.

Pero a la hora del almuerzo no sabemos hacer otra cosa que mirarnos en silencio: Norma... ¿quién lo diría?

Aquel mundo interior que afloraba ante la pregunta, la perfección de los diálogos y las descripciones, lo que creímos su memoria excepcional, para volver a caer en la expresión vacía, en el mutismo, como si se interrumpiera una conexión que no logramos adivinar con quién o con qué establecía.



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.





L Í M I T E S *


uno tiene límites
todos tenemos un último borde

el miedo tiene límites
el amor tiene límites
el dolor

la filosofía tiene límites
la locura la risa
la poesía
el silencio del hombre tiene límites

lo que no tiene límites
es la muerte



*Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar





SENDEROS*


Llora el cielo
el dolor del humano
que no redime.

La esperanza
en las alas del viento
busca un puerto.

Sin velas de fe
deambula el hombre
por el infierno.

La sangre muerta
deja huellas sombrías
en los rincones.

No serás árbol,
no madurarás frutos.
Serás estéril.

La vida es río,
solo una vez pasa
por la rivera.



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar





MUJER EN LA TERMINAL*

(Joaquina)



A paso lento
sin importarle su propia traza
la mirada fija a ningún lugar,
la mujer, en la terminal, avanza.
Joaquina, tal vez su antiguo nombre,
pasa atravesando las miradas sin dejar un gesto.
Ya los ha usado a todos.

Avanza con su rastra de olvidos
su memoria ida
con esa manera tan callada de decir:
aún estoy.

Y Joaquina se sienta.
¿Joaquina se sienta?
Su mirada parte en cada coche
y de cada uno que llega, espera.
¿Tal vez un rostro que se fue?
¿Tal vez un rostro que reconozca su rostro?
¿Tal vez mi propio rostro para que la dibuje?

A paso lento, Joaquina sigue su andar
su cíclico andar la terminal
esa que cambia en cada viandante
esa desde donde, Joaquina, espera partir.



*De Cacho Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar






EPITAFIO*


“...El ciervo reposa, sin herida, apoyada su cabeza,
sobre una piedra, flor azul...”

MARÍA ZAMBRANO (MADRID)



No reconoce otra ley que la vida.
Ley de epitafio de niña corriendo a media noche.
Ley de ver crecer brotes, lentos, sobre tumbas.
Ley del sigilo de la iguana y de la leona.
Ley de intuitiva huída.
Ley del vino en la punta de la lengua.
Ley de sollozos ante fútiles ruegos.
Ley de barro, ángeles de piedra.
Ley de la urgente geografía de los cuerpos.
Ley de almendros y de suspiros de agua.
Ley de fuego incinerando santos.
Ley de profundas persuasiones de papel.
Ley de elegir, vara de zahorí o péndulo.
Ley de girasol o mariposa.
Ley de tropel que reparan duelos.
Ley de corazón sin bridas.
Ardoroso. Vehemente.
No reconoce otra ley que el abrazo de árbol.
(Reposo de vuelos y de ayeres)
Ramas y raíces en la palma de su mano.
Epitafio de niña corriendo a media noche.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar




*


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