Monday, January 31, 2011

Y, ENTONCES, DE PRONTO, LLEGUÉ AQUÍ...




*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu







Y, ENTONCES, DE PRONTO, LLEGUÉ AQUÍ...

-Selección de textos en prosa de Sergio Borao Llop. sbllop@aragoneria.com






UNA BODA


una huella serpenteante de pequeños
cráteres de arena conduce hacia el desierto.

Michael Ende. El espejo en el espejo.



Todos saben que nunca asisto a las bodas.
Aunque no por ello dejan de enviarme invitaciones. Algunas, de lo más extravagantes. Los escenarios elegidos también son diversos: Iglesias tradicionales, juzgados, templos decadentes y ya abandonados, ayuntamientos, locales dedicados a otros cultos, incluso una vez recuerdo que el enlace se celebraba en una vieja ermita construida en lo alto de una montaña, a la que sólo se podía acceder tras una caminata de cuatro kilómetros cuesta arriba y bajo el sol. Esto último, al menos, despertó mi simpatía y, con la
pertinente nota declinando la invitación, envié un profuso ramo de flores, no todas ellas, según me hizo notar la empleada de la floristería, apropiadas para la solemne ocasión. Mándelas no obstante, respondí. Todas las flores son hijas de la tierra. Y a ella tornarán un día, como nosotros mismos, ninguna merece ser discriminada durante el brevísimo periodo que le ha sido dado para mostrarse al mundo.
Detesto las bodas. Una boda -dice Silvio WJ- es el acontecimiento social donde se concentra la mayor cantidad de idiotas por metro cuadrado. No es que sean idiotas siempre -explica-; lo son, con obstinada insistencia, mientras dura el evento. Gente que se siente obligada a mostrarse sonriente, como si en realidad hubiese un motivo. Gente que saluda con la mayor y más fingida cordialidad a otra gente totalmente desconocida, burbujas que un instante flotan en la superficie para hundirse de nuevo en la inmensa vorágine del anonimato sin haber llegado siquiera a pronunciar su sentencia, aquella para la cual fueron creadas. En la conversación, inevitable en cualquier reunión prolongada, abundan los lugares comunes, la intrepidez oratoria y el aburrimiento. Realmente me repugna todo ese circo: el protocolo de fingir que nos interesa el suceso y cuanto con él se relaciona, de verse casi obligado a esgrimir frases estándar, del tipo No has cambiado nada desde la última vez, que ellas interpretan como un halago cuando en realidad se trata de una crítica bastante ácida, porque lo normal sería haber cambiado, haber evolucionado, y en cambio, helas ahí, sonrojadas y satisfechas a causa del presunto piropo recibido, y en verdad tan huecas y lineales como siempre. No se nos podrá acusar de haber mentido. Pero no hay que alarmarse: Toda palabra dicha en uno de estos eventos es barrida junto con las colillas de los cigarros y los restos de comida, ni rastro quedará de lo uno ni de lo otro, brisa imperceptible que pasó, haciéndonos sentir apenas un leve escalofrío; ni eso, ya no nos acordamos.
A veces, sin embargo, no tengo otro remedio que ir: Cuando se trata de un familiar o un amigo, palabra ésta que un día también perderá del todo su sentido. En esos casos, extraigo el disfraz de su lugar en el fondo del armario, me acomodo en su interior lo mejor que puedo, coloco en mi rostro la sonrisa apropiada para que nadie pueda distinguirme entre la multitud y, durante el tiempo imprescindible, adopto los modales convenientes. Después, con un pretexto cualquiera (nada es del todo inverosímil cuando a nadie le importa), me retiro. En general, agradezco que el restaurante donde se celebra la comida o cena esté cerca de un río. La contemplación de la corriente, ya sea desde un puente o desde la ribera, contribuye a limpiar los restos del fatigoso episodio: Imágenes ya en descomposición, frases
truncadas, risas fingidas, poses; sombras, en suma, reflejadas en el muro inmaterial y milenario.
La última vez, lo recuerdo como si fuese hoy, no había río alguno. Tuve que ir caminando hasta casa para despejar mi mente, tal era la cantidad de despropósitos y estupideces que habían violado mis oídos. Aun así, la caminata (algo más de cinco kilómetros), resultó excesivamente corta.
Horrorizado aún, me tumbé en el sofá con los ojos cerrados y un disco de David Anthony Clark (Terra Inhabitata, claro) sonando a través de los auriculares. Sólo después de un buen rato pude recuperarme. Me prometí no volver a dejarme arrastrar hacia ese abismo.
Por eso mismo, resulta más bien extraño que hoy esté preparándome para acudir, una vez más, a la ceremonia. No sabría explicar (aun si hubiese de hacerlo) los motivos. Ni siquiera conozco los nombres de los contrayentes.
La invitación llegó hace un mes, en un sobre de color azul, sin membrete ni remitente. Sin franquear. El cartero, al preguntarle, me miró con gesto altivo y aseguró no saber nada del asunto. Si bien al principio pensé que se trataba de una broma, con el paso de los días se fue apoderando de mí ese sentimiento de fatalidad que me ha llevado a cometer los mayores disparates, pero que, al mismo tiempo, me ha permitido ver en ocasiones el rostro descubierto de la vida -tan distinto en el fondo a esa máscara doliente y cotidiana-, el bello rostro que tan fácil resulta amar porque tiene el inconmensurable valor de lo irrepetible.
Para evitar ese desasosiego, metí el sobre en un cajón de mi escritorio. A pesar de los años cumplidos, de las inequívocas repeticiones -parece mentira- aún no hemos aprendido que esa táctica sólo sirve para olvidar cosas que hubiésemos olvidado de todos modos y sin el menor esfuerzo, por carecer de importancia alguna. En el presente caso, como en todos, el encierro reforzaba aún más la presencia impalpable de la carta, le concedía la solidez de lo inquietante, la hacía aun más patente por el vacío dejado en el lugar donde debería estar y, sin embargo, no estaba. Se convirtió en una incómoda obsesión, como esas cancioncillas que, a veces, aunque las detestemos, se nos quedan pegadas en la memoria sin motivo aparente y resuenan dentro de nosotros durante horas. La música, al final, siempre cesa, pero la invitación se dibujaba constantemente en mi cabeza, hasta en sus más difusos detalles. Cuando al fin la saqué de allí y la coloqué sobre la mesa del salón, apoyada en el florero, la sensación angustiosa
desapareció. Sin embargo, ya era demasiado tarde. Algo que no era yo había decidido por mí.

Me miro en el espejo. La transformación se ha producido sin incidentes.
Ahora ya puedo marcharme. Al cerrar la puerta de casa, y mientras bajo las escaleras, me asalta una molesta sensación de ingravidez. Me sorprendo al reparar, quizá por vez primera, en el rostro sereno de la portera del edificio. Aunque sus ojos reflejan una tristeza cuyos motivos se me escapan, son hermosos. En su juventud debió ser una mujer linda, pienso. Parece ir a decirme algo, pero sólo me mira con esos ojos enormes, se queda un instante en suspenso, como tratando de hallar las palabras exactas, acaso palabras que no conoce o que se le han olvidado, y luego, impotente, se da la vuelta y desaparece en el interior de la portería, provocándome, sin que atine a discernir el motivo, una sorda melancolía.
La boda es en otra ciudad. Un estremecimiento me recorre de arriba abajo al tomar el tren. Eso me sucede siempre desde que un buen amigo (a cuya boda no pude acudir para no cometer un imperdonable anacronismo) me dejó leer algunos de sus cuentos, en los cuales el tren no es un lugar tan idílico como pueda parecer a un viajero ocasional. Es sólo un momento. En cuanto el cuerpo se acomoda, la sensación opresiva desaparece. En cualquier caso, no conviene dormirse. Uno nunca sabe dónde va a despertar. El viaje es corto y el paisaje, amable. El trayecto me resulta relajante, pero agradezco su conclusión. Antes de salir de la estación, entro un momento en los lavabos y echo un vistazo a mi aspecto. El traje no se ha arrugado. Me ajusto el nudo de la corbata (un extraño se ajusta el nudo de la corbata, ahí en el espejo) y salgo al exterior, donde amenaza lluvia.
No conozco el lugar, así que detengo un taxi y le doy la dirección. El taxista me mira, o para ser exactos, mira mi reflejo en el retrovisor.
Parece algo desconcertado, pero se encoge de hombros y partimos. Calculo que no tardaremos mucho en llegar, es una ciudad pequeña. Después de algunos giros y rotondas, percibo que estamos alejándonos del centro. Luego, tomamos una estrecha carretera en dirección al norte. Muy pronto los edificios desaparecen de la vista. El lugar, deduzco, está en las afueras, o tal vez en una pequeña aldea cercana. El viaje es corto. Al detenernos, no puedo evitar un gesto de sorpresa. A nuestra derecha no hay más que una sucesión de campos de cultivo que se prolonga hasta el horizonte. A la izquierda, el panorama sería idéntico, a no ser por una larga nave, tal vez un viejo almacén, que se extiende paralela a la carretera. Parece abandonada. El taxista vuelve a mirarme por medio del espejo. Aquí es, dice. Contemplo los ajados muros y los campos circundantes. Demasiado real para ser una broma de mal gusto. En las bromas, todo es más o menos correcto excepto uno o dos detalles, que desentonan. Ahí radica la gracia. Pero aquí existe una uniformidad en el despropósito. Hay algo desagradable en todo esto. Lo más
sensato sería pedirle al conductor que diese media vuelta, volver a la estación, tomar el tren, olvidar la existencia de este lugar y este día. Sin embargo, pago la carrera, no sin añadir una generosa propina, desciendo del automóvil y cruzo la carretera desierta. Por el rabillo del ojo, distingo la sombra del taxi poniéndose de nuevo en movimiento, dando la vuelta y acelerando rumbo a la ciudad. Juraría que los ojos del conductor siguen fijos en mí mientras se va alejando, como si fuese incapaz de entender lo
que aquí sucede o como si estuviese tratando de indicarme algo con esa mirada, algo que él sabe pero que yo, por algún motivo secreto, no puedo comprender. Muy pronto, el auto desaparece tras una curva, dejándome tan sólo esa extraña sensación.
Al internarme en el camino de tierra que conduce a la enorme construcción, me remango un poco el pantalón, pero es inútil: Mis pasos levantan pequeñas nubes de polvo que luego flota en torno a mí hasta quedarse pegado en mis ropas. Fue una mala idea no pedirle al taxista que me acercase, al menos, hasta la puerta de la nave, si es que la hay. Un poco antes de llegar al final del muro, escucho voces, ecos, no sé si resuenan en el interior o al otro lado del edificio. Giro la esquina y puedo ver la fachada, que da al
norte. Al otro lado de la nave distingo numerosos coches aparcados.
Reconozco algunos, aunque no me molesto en tratar de recordar a quién pertenece cada uno. En la fachada, hay un portón verde, abierto de par en par. Junto a él, algunas personas charlan. Reconozco a mis primas. Por lo tanto, debe tratarse de una boda familiar. Trato, inútilmente, de evitarlas.
Pocas cosas hay en el mundo tan insulsas como una conversación con ellas.
También veo a dos o tres antiguos compañeros de juergas, lo cual me sorprende un poco. Al percibir mi presencia, sus sonrisas se ensanchan ostensiblemente. Me saludan con una cordialidad que considero excesiva, aunque no les preste demasiada atención. Las voces se multiplican al acercarme a la entrada. El interior está alfombrado y lleno de gente.
Docenas de lámparas inundan de claridad el ámbito, sólo el techo y las paredes quedan velados por una tenue cortina de penumbra. Hay flores por todas partes -aquí, en medio de este desierto, el contraste aún resulta más evidente-. Al fondo, en un discreto segundo plano, están los fotógrafos, esperando el momento de ponerse a disparar sus cámaras. Me resulta chocante reconocer a la mayoría de los invitados. Es algo infrecuente, máxime cuando uno intenta vivir apartado del mundo. Me gustaría preguntar quiénes son los novios, pero sería una imprudencia. Temo hacer el ridículo, puesto que no sé
si todo el mundo recibió la misma invitación o, por el contrario, finalmente sí fui objeto de una broma. Por eso miro a uno y otro lado con disimulo, a pesar de los constantes saludos, abrazos y palmadas en la espalda, que me impiden concentrarme en mi objetivo. Oigo palabras que no me molesto en descifrar, me siento guiado por manos y cuerpos que se arremolinan alrededor. Todo esto me marea un poco.
Las manos, las risas, las palabras, me conducen, sin que sea capaz de advertirlo, hasta el lugar central, allí donde la iluminación resulta aún más deslumbrante. Distingo, encima de una plataforma elevada a la que se accede mediante dos amplios escalones, una especie de altar (¿un altar destinado a sacrificios rituales?). Por un momento, siento como si formase parte del reparto de una película de Luis Buñuel y no pudiese hacer nada, salvo representar mi papel lo mejor posible. Me sorprendo esperando el eco
de un grito de pánico en alguna parte, pero es sólo una ilusión. En las bodas no hay pánico, sólo alegría, no importa ya si verdadera o falsa. De repente, al lado del altar aparece un individuo alto y serio. No tiene aspecto de sacerdote. Sospecho que se trata de un simple funcionario, su rostro muestra el inexpresivo cansancio propio de ese gremio. Viste un traje negro que parece muy antiguo. El rostro y el traje, sin embargo, son extrañamente compatibles. Si esto fuese una película, pienso, él sería Anthony Perkins; un Perkins con disfraz de Bartleby.
A mi lado (no me había dado cuenta antes) se encuentra el menor de los hermanos de mi difunto padre, un hombre bajo y de mirada pícara, cuyo nombre no logro recordar. Bajo su fino bigote, una sonrisa muy expresiva me abre las puertas de la comprensión. Justo entonces, la gente que hay a mi alrededor se mueve unos pasos hacia atrás y el pasillo central se despeja.
Mi tío hace un gesto. Ante mi sorpresa, nosotros no nos movemos. Se hace el silencio y, sólo un instante más tarde, la música comienza a sonar. Es un tema de Luis Delgado, del disco El hechizo de Babilonia. Exquisita ironía.
Parece un mensaje, y tal vez lo sea. Desde el fondo de la nave, la novia avanza hacia donde estamos. No hubiera hecho falta mirarla, pero aun así, lo hago. Sus ojos sonrientes, sus labios húmedos, confirman mi sospecha. Sé que se detendrá junto a mí y después el estirado funcionario nos dirigirá una serie de palabras inútiles y nos hará una pregunta simple. Sé cuál será la respuesta. Es impensable pronunciar otra palabra. Por un momento, me aferro a la esperanza de estar soñando.
Mas no es un sueño. El sudor que corre por mi frente es real, como lo son el polvo de ahí afuera y las risas forzadas de los invitados. Antes o después, tenía que suceder. Prometí no recaer e incumplí la promesa. Por eso, sé que cuando todo esto acabe, cuando pase la ceremonia y termine el convite y no
consiga encontrar un río junto al que recuperar la armonía, cuando finalmente llegue a casa (que inevitablemente será otra) e intente quitarme la máscara, podré comprobar, sin asombro, que esta vez no es como las otras, que esta vez la máscara y el rostro son una misma cosa, conglomerado inerte
que no cede ante estirones ni arañazos. Será sólo una anécdota verificar que mi querida colección de música, en efecto, ha desaparecido.








INVENTRÉN



Al amigo Coiro, que sueña trenes.



Lo que vemos desde aquí no es más que un modesto edificio de una sola planta, con una puerta de madera y dos ventanas. Se adivina que en otro tiempo estuvo pintado de blanco, pero ahora toda la fachada está repleta de desconchones y lo que parece ser un impreciso conglomerado de restos de pintura, con diversos colores mezclados de forma aleatoria, como lo haría un niño. "Ese estrago no es obra de niños" dice el Gringo. El Gringo era actor.
Vino hace casi treinta años a participar en una película, descubrió la melancólica noche de nuestras ciudades y la insondable desnudez de nuestros yermos, y nunca más volvió a su tierra. Desde entonces vaga por ahí con su videocámara y un ansia insaciable de escenas por grabar, de mundos por descubrir y relatar.

Si nos acercáramos un poco más, veríamos que se trata de la oficina ya inútil de un apeadero abandonado, último residuo de un pasado que se nos va marchando lentamente. Un poco más cerca, observamos que la puerta, que alguna vez fue verde y ahora es un mero trozo de madera reseca, ha sido
abierta, quizá forzada, y que las ventanas no tienen cristales. Pensamos que acaso alguien se los llevó para venderlos, o que estarán esparcidos por el suelo, fragmentados en miles de pequeñas astillas transparentes que dentro de un rato, cuando el sol esté alto, sembrarán de reflejos el entorno,
multiplicando la aridez de este paisaje.

Nuestros pasos, lentos, resuenan sobre la calma del amanecer austral mientras nos vamos aproximando a la caseta. A pocos metros hay un auto, que parece tan abandonado e inútil como todo lo demás. El volante y el cambio de marchas han desaparecido, así como tres de las ruedas. La cuarta está destrozada. También faltan la puerta del conductor y los espejos. Ese auto tiene un no sé qué de animal herido. De bestia moribunda que se ha arrastrado hasta aquí a exhalar su último aliento, al lado de las vías por
las que una vez circuló esa especie de hermano mayor: el tren. Pero también las vías han emigrado a otras latitudes. No queda por allí ni un solo hierro. Algunas traviesas de madera, uno que otro tornillo enterrado, la hierba seca marcando el lugar donde antes hubo raíles, como queriendo contar una historia, una vieja balada de destierros y encuentros.

Dentro del inmueble en ruinas hay alguien. Se asoma al acercarnos. Es el Marmota. Le llaman así porque siempre parece estar durmiendo. La realidad es que padece una suerte de insomnio crónico, que le impide dormir durante la noche. Eso hace que se pase el día dando cabezadas. Antes la cosa era diferente: El Marmota trabajó, como todos nosotros, en el ferrocarril.
Fueron años dichosos. Uno se pone a contar anécdotas y no termina. Ganamos algo de plata, hicimos buenos amigos, recorrimos este país hermoso, vivimos.
Luego todo terminó de repente. La casa donde vivía el Marmota en esa época estaba a unos doscientos metros de las vías. Cada noche, antes de acostarse, escuchaba pasar el tren de las once, que iba hacia el norte. Media hora más tarde, con bastante puntualidad, podía escuchar, a veces ya desde la tibia
región del duermevela, el que venía atravesando la estepa rumbo al sur. Ese era el mejor indicio de que el mundo seguía marchando, de que todo estaba bien. Después -esto ya lo supo todo el país por los diarios o la televisión- esa ruta quedó obsoleta y se suspendió el tráfico. Muchos de nosotros nos
quedamos sin trabajo. Aquella primera noche sin trenes, el Marmota permaneció acostado cara al techo durante horas, esperando, sin saberlo, el sonido que había venido escuchando y amando desde que tenía conciencia. El bárbaro silencio no lo dejó dormir. Desde entonces, cada noche no es más que un reflejo borroso de aquélla, la pesadilla de la que no le es posible despertar.

Por eso no es extraño que haya sido el primero en llegar. Nos saluda con un gesto. Nos muestra el interior. Un armario desgajado y un par de sillas raídas, un tablón de anuncios con cuatro o cinco chinchetas oxidadas, un botiquín vacío. También hay un diminuto baño con las paredes desnudas.
Habrán aprovechado las baldosas. "No es mucho, la verdad" murmura el Gringo.
"Hay que ser cautos" dice alguien. "No sabemos bien de qué va esto. Ya se verá".

Todavía falta gente, no sabemos cuánta. Nos sentamos afuera, en el suelo, a la sombra. Aún no hace calor, pero es el lugar más agradable para esperar.
Fumamos en silencio, con la mirada perdida en un punto inconcreto, cada uno sabrá qué es lo que ve en esa intersección imaginaria.

Un rato más tarde aparecen dos mujeres con un bulto. A lo lejos, parece una especie de alfombra enrollada. Se oye un susurro: "Son ellas". Caminan despacio, quizá el peso les impide avanzar más aprisa. Dos de los hombres se incorporan, tiran sus cigarrillos al yermo donde antes estaban las vías, y van al encuentro de las mujeres. El tercero sonríe. Hace años que las conoce. Sabe lo que va a pasar, como si ya lo hubiera visto antes, como si no hubiera hecho otra cosa en su vida que ver una y otra vez esa misma
escena: Se encontrarán a mitad de camino, o un poco más lejos, allí donde un letrero sujeto con alambre al poste inclinado todavía indica el nombre del apeadero, y una flecha mínima, insignificante, señala la dirección a seguir.
Después, ellos se ofrecerán a llevar el pesado fardo. Ellas, educada pero firmemente, rechazarán la propuesta. Habrá una breve y acalorada discusión.
Luego, ellos regresarán a paso ligero, sin mirar atrás, mientras ellas se van aproximando con lentitud, saludando con la mano de vez en cuando y parándose a descansar un par de veces.

Cuando llegan, apoyan el fardo sobre uno de los muros y saludan a todos. Hay sonrisas y abrazos. Queda olvidado el incidente de unos minutos antes. Somos una misma cosa, las pequeñas contrariedades no deben afectarnos. Tenemos un objetivo, aunque aún no sepamos muy bien cuál es. Así pues, nos saludamos y
charlamos durante algunos minutos. En realidad, no sabemos de qué: Lo importante en ese momento es el sonido de las voces, saber que estamos ahí, que hemos regresado del exilio al que nos sometimos, o al que no pudimos escapar.

Luego, todos callamos. En el horizonte ha aparecido el Catalán. A esa distancia parece más pequeño, pero así y todo, no pasa desapercibido.
Alguien pregunta "¿Se habrá acordado de traer los cuadernos?". Es una pregunta retórica. Todos conocemos la extrema seriedad y eficiencia del Catalán. Resulta extraño verle con traje y corbata en un día como hoy y en un lugar como éste. Al caminar, sus pies levantan pequeñas nubes de polvo que se quedan durante un instante posadas sobre el camino terroso y después se desvanecen como fantasmas inexpertos. Trae una maleta en la mano derecha, una maleta pequeña. Nos sorprende un poco reparar ahora en que los demás no hemos traído equipaje. No pensábamos que fuese necesario, y quizá no lo sea,
mas el hecho de ver a uno con una maleta nos hace pensar en ello por primera vez desde que iniciamos esta aventura. Entendemos, porque así se nos dijo, que todo empieza en este lugar y en este día, pero nada sabemos de lo que vendrá luego. "¿Y no es siempre así en la vida?" se pregunta uno de nosotros, imposible saber quién.

Ha ido llegando más gente. Unos charlamos, otros permanecemos callados mientras oteamos la lejanía por si vienen más. La mañana va floreciendo.
Nadie mencionó una hora concreta; no obstante, algunos empezamos a estar un poco intranquilos. Aunque nadie va a volver sobre sus pasos, eso no lo dudamos. Así que nos ponemos a esperar. Fumamos y charlamos; caminamos y fumamos, alguien canta por lo bajo. El día va transcurriendo. Hay quien piensa que tal vez sería hora de regresar a su casa; sin embargo, aquí nadie se mueve. No sabemos qué, pero en el fondo todos confiamos -o nos dejamos mecer en ese espejismo- en lo que ha de venir, aunque nos sea imposible cifrarlo o definirlo. Escrutamos la inmensa extensión que se extiende en torno; creemos adivinar, a lo lejos, sombras que se mueven, autos que van o vienen, aunque sabemos que no hay ninguna carretera cercana. Llega la primera penumbra del crepúsculo. Tal vez nos preguntamos si en verdad es
posible aún esperar algo. Como un ronroneo creciente, la noche se acerca y nada ha sucedido. Sobre el murmullo, se escucha un rasgueo de guitarra, una voz que entona una milonga, otra que le acompaña. Al otro lado, en el yermo, se repiten los ecos nocturnos de los lugares abandonados para siempre. Entre
todos estos ruidos tan familiares, se cuela uno nuevo, inexplicable: Si no fuera imposible, diríamos que se ha oído el traqueteo de un tren en la distancia. "Habrá sido un camión" farfulla una voz, aunque le falta convicción. Un rato después, el sonido se repite. Pedimos silencio. En efecto, hay un rumor, lejano aún, pero inequívoco. Esta vez nadie tiene dudas. Al fin y al cabo, somos todos del oficio. "El viento lo habrá traído desde la ciudad" musitamos, tratando de negarnos esa ambigua ilusión que comienza a asentarse en nuestro ánimo. Sin embargo, aguzamos el oído por si nos es dado establecer de dónde viene; escudriñamos el norte y el sur, el este y el oeste, convencidos de la inutilidad de nuestra solícita
vigilancia, y al mismo tiempo con la secreta esperanza de ver aquello que deseamos, distante quimera que nos alzó de nuestros lechos y nos condujo hasta este minuto en el que todo va a tener sentido, o a perderlo. El sonido es real y poco a poco aumenta su volumen. Crece entre nosotros un griterío apagado, hay movimientos inquietos, miradas interrogantes, cierta confusión.

De pronto alguien grita mientras señala un punto luminoso en el sur: "Allí, allí". Ya no es sólo el traqueteo remoto. Ahora lo acompaña una luz que se nos va acercando, una luz que viene del Sur. Desconcertados, nos miramos.
Nos gustaría ensayar una hipótesis, fijar con unas pocas palabras eso que está sucediendo y que no tiene explicación, mas nadie dice nada. El sonido se va elevando hasta resultar casi insoportable. El círculo de luz también ha aumentado ostensiblemente su tamaño. No puede ser, pensamos. Pero es: Una locomotora antigua, cubierta por la tierra de todos los caminos, erosionada por todas las lluvias que el mundo ha visto, se acerca, poderosa y desafiante, hacia el lugar en que estamos, hacia este apeadero inútil, hacia
este yermo desolado, provocando un rechinar, una agria resonancia, fantástica música que escuchamos con el corazón encogido. Con un chillido de frenos viejos, desacostumbrados, se detiene justo al lado de este barracón donde esperamos, arracimados y anhelantes. Vemos al conductor. Le reconocemos. Era cierto, entonces. Una voz se eleva por encima del murmullo general. La voz, resuelta, garabatea en el aire un pensamiento común: "Vamos subiendo. Es la hora".







Antes del fin 2.0


Cuando subía por última vez la cuesta en dirección al Puente de Piedra, me abordó una jovencita. Explicó que su moto la había dejado tirada y necesitaba un euro para gasolina. Conté lo que llevaba en mis bolsillos: Dos euros y algunos céntimos. Se lo di todo. Ella protestó. Yo insistí.
Finalmente aceptó y se fue cuesta abajo, balanceando un pequeño bidón de plástico y canturreando algo que no supe identificar. La miré mientras se alejaba. Un par de veces se volvió, agitando la mano libre en señal de despedida. Parecía feliz. Su horizonte era el lugar donde su moto la pudiese llevar con ese euro de gasolina. Sentí que el escenario había cambiado, que ya no podía hacer aquello para lo que había venido hasta el río. Que no tenía derecho mientras esa mujer siguiese caminando por el mundo con su
bidoncito para gasolina y esa tonta canción germinando obstinada entre sus labios.








DE LA FUERZA DEL NOMBRE




I


El Coiro me manda un enigmático y brevísimo correo donde dice: "¿Podés escribirme algo sobre Casbas?". El nombre no me suena de nada, por lo que abro el Firefox y busco en Internet. El primer enlace conduce hasta un pueblo de Huesca cuya existencia ni siquiera conocía (Huesca es la provincia
limítrofe por el norte con Zaragoza, donde vivo), un pueblo pequeño hacia el este, cerca de Abiego y Bierge, nombres que sí reconozco. Y puesto que nunca antes he estado allí, me digo: "¿Por qué no?", pensando que lo que mi amigo argentino quiere es información de primera mano sobre este pueblecito, y
nada más natural, por otra parte, que me pida el favor viviendo yo tan cerca del sitio en cuestión.

Así que al otro día meto unas cuantas cosas en una bolsa de deporte y me echo a la carretera. Camino durante un buen rato, hasta que un auto negro, un Renault 5 con más de veinte años, se detiene junto a mí. El conductor, casi un adolescente, me pregunta: "¿Te llevo?". Por supuesto, acepto. Él tampoco conoce el sitio. Su acento le delata: es gallego. Con una sonrisa franca, confirma mi sospecha. Dice que va al norte, a los Pirineos, sólo por ver la cordillera. Le han hablado de parajes extraordinariamente bellos, aunque no recuerda bien los nombres o los mezcla o los confunde. Para no resultar redundante, le menciono sólo cuatro lugares (también escribo en un papel los nombres y la forma de llegar hasta allí) que en mi recuerdo crecen más y más conforme se aleja el tiempo en que me fue dado visitarlos. El
primero es el Plan d´Aigualluts, en el Valle de Benasque, una pequeña explanada rodeada de montañas donde, a veces, se tiene la sensación de que llueve hacia arriba. Es lo más lindo que yo vi nunca. El segundo, un pueblo llamado Aínsa. El tercero, aunque he de confesar que no me impresionó cuando
estuve allí, es el Monasterio de San Juan de la Peña. No sé que es, pero hay algo desconcertante en la montaña donde está situado, algo feo y sin embargo inolvidable; tal vez -pienso confusamente- hago mal en recomendarle esa visita. Por último, escribo: Selva de Oza. "¿Qué es?", me pregunta. Es un valle hacia el oeste, por donde discurre el río llamado Aragón-Subordán. La vegetación tiene un color oscuro que produce sensaciones difíciles de describir, pero allí uno siente que está vivo, que de verdad pueden ocurrir cosas que te hagan sentir vivo, cosas maravillosas o atroces, pero en cualquier caso reales. El tipo asiente, acaso sin comprender del todo el sentido de mis palabras, y promete que irá a todos esos sitios. Luego se pone a hablar de su coche y, más tarde, de los grupos musicales que le gustan, cuyos nombres casi siempre me resultan extraños. No obstante, reconozco algunos, lo cual es motivo de alegría para ambos. Le recomiendo otros, que él no oyó jamás. "Te gustarán", le digo.

Al llegar a Huesca, tomamos la carretera hacia Lleida. Unos kilómetros más adelante, nos despedimos con un apretón de manos. No tardaré en darme cuenta de que ni siquiera nos habíamos presentado. Somos dos extraños caminando en un túnel o en un insondable laberinto, que sólo por casualidad han compartido un brevísimo trecho del camino. Tal vez ninguno de los dos encuentre lo que busca, o como sucede tantas veces, lo encuentre y no lo reconozca.

Por la estrecha carretera que conduce a Casbas apenas hay tráfico. Atravieso una población y sigo adelante. Según el mapa, ya casi estoy. Es entonces cuando, de pronto, me asalta una extraña idea: ¿Y si no es esto lo que quería el Coiro?, pienso. ¿Qué interés puede tener para Inventiva un minúsculo pueblo aquí en mi tierra? Un sitio del que, por otra parte, ni siquiera yo tenía noticia hasta este momento. ¿Habrá algo que se me escape en todo este asunto? Perdido en esa confusión y en esa carretera solitaria, unas palabras aparecen en mi mente, fosforescentes como un letrero luminoso en medio de la noche: Próxima estación Casbas. Me doy cuenta de que he metido la pata (el Casbas sobre el que debería escribir es otro, y está en Argentina y no sé absolutamente nada de él. Mi maldito despiste crónico me
impidió recordar hasta ahora que es una de las próximas estaciones del Inventrén) y lo peor es que está anocheciendo (es otoño y los días acortan).
Por suerte, al fondo puedo ver las primeras casas. Advierto que estoy cansado. Espero encontrar un sitio donde me dejen dormir, porque hace un poco de frío y la manta que he traído es más bien fina. Pero no se ve un alma por las calles.

Al fin, distingo un vago destello al fondo de una calle lateral. Se trata de una puerta iluminada. De no haber anochecido ya, no la hubiese visto, tan tenue es el resplandor que de ella sale. Hacia allí me dirijo, con paso lento y el oído alerta. No es natural este silencio. Sobre la puerta hay un letrero de madera. La inscripción apenas puede leerse, pero se adivina que el lugar es una taberna. Cruzo el umbral y me encuentro en un cuchitril mal iluminado donde parece no haber nadie. Al oír mis pasos, un hombre sale por una puerta situada al fondo y, con un perfecto acento argentino, me saluda y pregunta si deseo tomar algo.



II


Una sensación de irrealidad me atenaza. No acierto a responder. Sólo le miro como se mira a un aparecido o como se podría mirar el propio reflejo en un espejo diseñado por Klein (el de la botella). Él repite la pregunta, más despacio, como si yo fuera extranjero y no comprendiese bien el idioma. No
sé qué decir, qué hacer. Me siento como un actor de teatro esperando que el apuntador le sople el texto. Por fin, con cierto embarazo, me atrevo a pedir una cerveza. Mientras me sirve, el tipo explica que el pueblo está desierto porque hay un concierto en las piscinas municipales, un grupo de pop, uno de
esos que venden muchos discos donde las diez o doce o quince canciones son, en realidad, la misma. Añade que incluso ha venido gente de los otros pueblos cercanos y hasta algún autobús de la ciudad. (Ese silencio ahí afuera, sin embargo, esa ausencia.). Al preguntarle dónde estoy, él me mira de arriba abajo y dice con naturalidad el nombre del pueblo. La siguiente pregunta no es fácil de hacer. Si el mundo sigue girando en su órbita normal y éste es, como parece, un hombre serio y cabal, se va a acordar de mis muertos y suerte tendré si no me saca del establecimiento a golpes; si por el contrario, el temor que me aprieta el corazón resulta ser fundado, yo me volveré loco. Aun así, no queda otro remedio: "Pero ¿Casbas de España o de Argentina?" digo en un susurro. Al principio, pienso que no me ha entendido,
y tal vez sea lo mejor; acaso en el fondo conocer ese detalle no importe en realidad.

Pasado un instante, levanta la vista del barreño en el que en ese momento estaba lavando unos cubiertos y dice: "¿Acaso quieres tomarme el pelo?".
Entonces me atropello, intento explicarle lo ocurrido, nombro el Inventrén y algunas otras estaciones, le cuento que soy poeta. "¡Poeta!" dice él.
"¡Poeta!" repite. "No me lo creo. Nadie va por ahí en estos tiempos diciendo que es poeta. Usted es un aprovechado. Un sinvergüenza". Yo insisto. Mi sombra en el suelo gesticula como una marioneta de trapo, parece la sombra de otra persona, idéntica a mí pero con otro ritmo. Con amargura recuerdo que no he traído un solo libro; de haberlo hecho, mis argumentos quizá tuviesen más peso. Entonces, sin explicación, hay por su parte como una sorda aceptación, no ya de mis palabras o de lo que ellas pretenden comunicar, sino de la remota posibilidad de que sean ciertas. Mirándome de reojo, con desconfianza aún, se dirige hacia un extremo del mostrador, levanta un trapo oscuro que cubre un ordenador portátil y sentencia: "Ahora lo veremos". Abre el explorador, busca el Inventrén, busca mi nombre, encuentra resultados que le satisfacen, parece comprender que no le he mentido. La expresión de su rostro es otra ahora; luego me indica una mesa y sale del mostrador con una botella de vino en una mano y dos vasos en la otra. Nos sentamos, sirve el vino, enciende un cigarrillo y se larga a hablar convulsiva y nostálgicamente.

Así, me entero por fin de que nada extraño ha sucedido (si es que no es extraño encontrar de repente, en medio de un desierto, a un hombre que creemos habitante de otro desierto distante más de diez mil kilómetros). No hubo viajes astrales ni agujeros en el espacio. Estamos en Huesca. Con la voz plena de emoción, Manu (ese es el nombre de mi interlocutor) me habla de su niñez, de su adolescencia, se demora en detalles que tal vez hayan dormido ahí durante años, esperando esta noche y este vino; (afuera continúa el silencio, no hay ruido de pasos, ni de autos en marcha, ni siquiera el eco lejano del concierto. Si yo fuese otro, si fuese un tipo valiente, tal vez me asomaría un instante a la puerta, para mirar la luna, sólo eso: mirar la luna y saber que todo está bien). Mientras, la voz ronca de Manu me habla de la barra, de una novia que tuvo y perdió, "¡qué linda era!", exclama.
Luego hay un silencio necesario. Un movimiento lento, la mano de Manu buscando en su cartera y sacando de allí una foto cuarteada por el tiempo.
La miro y hago un gesto de admiración. En efecto, la muchacha es guapa. (no sé si es entonces cuando comprendo que éste es cualquier lugar y cualquier momento, un retazo arrancado a mordiscos de la eternidad; tal vez por eso el obstinado silencio del exterior, la silueta en la pared de dos desconocidos
conversando, dos latinoamericanos perdidos en cualquier parte, lejos y cerca a la vez, tenues fantasmas de sí mismos, sombras que se proyectan desde remotas noches olvidadas, que viajan en la nada hacia un tiempo inconcebible). Después escucho la descripción de un oscuro boliche que en su memoria se confunde con otros muchos que habría de conocer más tarde; me habla de su trabajo en el campo, del fatídico día en que se fue el último tren... Entonces algo parece romperse en el pausado hilo del relato. Clavo mis ojos en los suyos. Sujeto el vaso que viaja hacia sus labios. Lo insto a continuar, con el leve asomo de una sospecha insinuándose en mi entendimiento. Él me mira gravemente y retoma la narración: "...yo me fui en él. Aquel último tren que pasó por Casbas City, hace ya más de treinta años, se me llevó consigo. Luego anduve haciendo un poco de todo por todas partes.
En Argentina, en Chile, en Colombia, en Bolivia y Ecuador, que es decir casi lo mismo, o de forma más breve, más certera, en Latinoamérica, que es mi patria... Nuestra patria" se corrige. Yo asiento. Luego continúa narrando las peripecias de una vida, una vida errante, como lo son todas. "Y, entonces, de pronto, llegué aquí" dice mientras vacía en los vasos lo que queda de la segunda botella. "De alguna manera, sentí que mi deriva había terminado. No es que la coincidencia del nombre y el cansancio acumulado me llevasen a tomar la decisión de quedarme. Esa decisión era anterior, fue ella quien guió mis pasos hacia estas tierras, ella quien me llevó de pueblo en pueblo hasta terminar en éste. Cuando llegué era de noche, como ahora.
Dormí en unas ruinas a las afueras. No supe donde estaba hasta la mañana siguiente, pero durante el sueño supe que me quedaría aquí. No puedo explicarlo mejor. Lo sentí. Sólo eso. Y aquí estoy desde entonces".
No hablamos más. Ambos estábamos algo borrachos y era muy tarde. Dormí allí mismo, en una pequeña habitación que servía de almacén y donde había sitio de sobra. Al otro día, después de un abundante desayuno, Manu estrechó mi mano y nos despedimos como dos viejos amigos. Ambos sabíamos que había muy pocas posibilidades de volvernos a encontrar. Eché a andar por la carretera, en dirección al sur, no a ese Sur que nunca vi y que mi corazón incansablemente anhela, sino al otro, al de todos los días, al sur prosaico donde la vida sufre una combustión tan lenta que ni combustión parece.






Moebiana



Para verificar que venía siguiéndome, ensayé itinerarios imposibles. Así, ejecutamos con precisión idénticos vaivenes, idénticas elipses, recortes y tirabuzones. Recorrimos extraños vericuetos, laberintos y desiertos. Inventamos rutas, estaciones y nombres de ciudades.
Como era previsible, nos perdimos; y lo que es peor: Después de tantas vueltas inútiles ya ni siquiera sabemos quién es el perseguido y quién el perseguidor, ni qué motivó esta situación, ni adónde nos dirigimos.


*Moebiana. De Moebius.
La banda o anillo de Moebius es una superficie de un sólo lado, donde envés y revés son la misma cosa.







FOTO




La foto, en apariencia, no tiene nada de especial. Y sin embargo, la miramos. Sin saber muy bien el porqué. La ausencia de color nos hace suponer que es antigua; también el hecho de estar rasgada en algunos puntos y arrugada en otros. Los años han gastado las esquinas; en una de ellas, arriba a la izquierda, falta un trocito minúsculo, tal vez demasiado pequeño para afirmar que la imagen está incompleta. Al mirarla por primera vez, se tiene una ligera sensación de frío, tan leve que casi no la percibimos. Sólo más tarde (pero ¿cuánto más tarde?) seremos conscientes de ello.

Muestra un pequeño edificio de una sola planta, con una especie de porche o tejadillo exterior que da a un andén. Sabemos que es un andén por la presencia de las vías en la parte inferior de la imagen. La conclusión resulta obvia: El lugar es una estación. En un lateral del tejadillo hay seis letras que nos indican el nombre, seis mayúsculas irrebatibles: ANDANT.
Quizá sea esa media docena de letras, que parecen un tanto anacrónicas, lo que nos perturba ligeramente. O el color apagado del cielo, en el que, sin embargo, no se aprecia nube alguna. Lo cierto es que nos asalta una sensación desagradable que, por otra parte, no nos impide seguir mirando la
foto; acaso anhelamos encontrar eso que nos molesta un poco no saber definir o señalar con precisión.

La visión de líneas paralelas sugiere el infinito. Aquí, las vías quedan bruscamente cortadas en los bordes izquierdo y derecho de la foto, negando con violencia esa abstracción, segmentando una mínima parcela de realidad -o de ese conjunto de percepciones que llamamos realidad. En el andén hay seis
personas. Posan (la contemplación de una foto puede llevarnos por caminos un tanto sinuosos e intrincados; hacernos pensar, por ejemplo, en la actitud del que posa, en la perpetua repetición de ese momento, en la pavorosa idea de que toda la vida es pose). Cinco de ellos miran directamente a la cámara.
El otro, el primero por la izquierda, está con los brazos cruzados y parece tener la vista clavada en un punto inconcreto, hacia la derecha del fotógrafo. Nos incomoda ese detalle (¿porque insinúa una ruptura, un desorden?). Nos incita a preguntarnos qué está mirando exactamente. ¿Por qué no hace como todos los demás y simplemente fija la vista en el centro? (si es que el ojo de la cámara es el centro, si podemos atrevernos a presumir la existencia de un centro) ¿Qué es eso que está ahí, fuera del ámbito de la foto, y qué significa esa mirada y por qué los otros no ven lo que él está viendo? Podría pensarse que sólo es un gesto, una pose diferente, una obstinación lícita en no mirar directamente al ojo de la cámara, y tal vez no sea otra cosa, pero nos desasosiega un poco esa asimetría.

-Cabe preguntarse si en realidad tenemos derecho a asomarnos a una foto. No me refiero al vistazo casual o efímero, al frívolo escrutinio de un momento, que con frecuencia provoca una sonrisa o un rechazo o mera indiferencia.
Hablo de mirar una foto como quien mira un cuadro, durante un tiempo que no se puede medirse con cronómetros o calendarios, el tiempo dúctil de quien pinta un atardecer a lo largo de infinitos atardeceres o el de aquellos que esperan, agazapados durante toda su vida, el instante exacto del resplandor que les justifique. Esa contemplación, que en el fondo es una búsqueda, ¿no sería una forma de intrusión en ese otro orden que nos es ajeno? ¿No serán, pues, nuestros ojos invasores -camuflados tras el objetivo y el tiempo- lo que miran esas cinco personas, preguntándose acaso el motivo de tal
insistencia?

La wikipedia nos cuenta que hace más de treinta años que por ahí ya no pasa el tren y que en Andant, el pueblo, apenas quedan cuarenta habitantes. Visto desde lejos, sólo son cifras. Pero la lenta despoblación de todos estos lugares nos da qué pensar. Pensamos, por ejemplo, si eso que mira el primero de la izquierda, eso que parece estar un poco a la derecha del fotógrafo, ligeramente a la derecha y hacia arriba, no será lo que, sin ruido, sin que casi nadie lo perciba, va limando con paciencia los bordes de las fotos, oscureciendo los paisajes y los rostros, devastando, centímetro a centímetro, los campos y las calles asfaltadas, terminando poco a poco con la vida en los pueblos y devolviendo al desierto lo que, acaso, siempre fue del desierto.

-Y así, la inmovilidad de la foto desborda el ámbito del papel y se expande implacable por la realidad (por este lado de la realidad). Pienso que debería ponerme de una vez a escribir algo sobre ella. Pero no se me ocurre nada. La tengo ahí, delante de mis ojos, dejándose mirar mansamente, permitiéndome atisbar cada detalle, acaso contemplándome, o contemplándose a sí misma a través de mis ojos un poco cansados. Y yo no puedo hacer otra cosa: sólo mirar la foto y dejarme contagiar esa parálisis, esa suerte de espera; inmóviles ellos en su perpetuo instante desgajado para siempre del tiempo; inmóviles todos en nuestro diario periplo por las avenidas de la rutina; inmóvil yo en mi celda sin barrotes; tanto, que ni siquiera me molesto en girar un poco la cabeza, en mirar de reojo hacia atrás, a mi derecha, donde sé que se arremolina en silencio, expectante, eso que está mirando, desde la lejanía y el pasado, el hombre de la foto, eso que siempre ha estado ahí y que no puede verse; que nadie puede ver sino a través de un
reflejo, una señal inequívoca en los ojos asombrados de otro, una sombra difusa atravesando océanos y décadas.







Una conversación


Kafka pareció sorprenderse un poco al verme.
- Creí que seguías vivo - dijo sin preámbulos. El tuteo le salió natural, como si ya nos conociéramos de antes, como si, en cualquier otro lugar o tiempo, tal vez posibles pero inequívocamente teñidos por un aura de irrealidad, hubiésemos sido amigos.
- Anoche, al acostarme, lo estaba - respondí sin mucha convicción - Así lo creo, al menos. Como sabes, no es tan fácil fijar con precisión los límites entre un estado y otro.
Se quedó pensativo unos instantes. Luego sonrió levemente antes de volver a hablar:
- Probablemente estás durmiendo y esto no es más que un sueño.
- Esa me parece la explicación más lógica. - concedí. Él sabía o sospechaba que no era eso: sólo trataba de ser amable, permitiéndome a la vez tener algo más de tiempo para adaptarme a mi nueva circunstancia. Pensé que ese gesto exigía de mí una respuesta un poco más extensa - Sin embargo, tampoco me atrevería a asegurar que sea yo el que sueña. Como ambos sabemos, en este mundo gelatinoso el cálculo de probabilidades no existe y nada es más cierto que su opuesto. Acaso en realidad (si es que hay realidad) se trate de tu sueño y no del mío.
- Podría ser... Aunque no recuerdo muy bien dónde leí, o escuché, que los muertos no soñamos, luego si es sueño ha de ser por fuerza tuyo, salvo que haya un tercero en todo esto y ambos no seamos más que meras formas que su delirio ha creado por motivos que jamás nos serán revelados. Imágenes, sonidos, sombras que danzan en la imaginación de un desconocido, sin esencia propia. Simples figurantes en un teatro que nos es ajeno.
- Esa descripción se asemeja bastante a lo que llamamos vida.
- Cierto. Y no obstante...
Ambos callamos durante unos segundos. Me miró sin sonreír, esperando mis palabras. Como si todo estuviese ya escrito desde mucho tiempo antes. Dije:
- De cualquier modo, sea sueño o no lo sea, y en el primer caso, sea uno u otro el soñador, hay dos cosas que siempre quise decirte y éste me parece el mejor momento para hacerlo. No sé si habrá otro. Quizá, después de todo, el que está soñando sea un dios sin suerte, un dios anónimo que ve llegar su hora postrera y que, como un último acto generoso, a modo de despedida, ha querido concederme este instante y estas palabras.
- Habla pues. Te escucho.
- Lo primero que he de decir es que yo, que te he leído, sé cuál fue realmente el motivo por el que ordenaste quemar tus textos. Mucho se ha escrito sobre ello, pero creo que nadie hasta ahora ha mencionado lo esencial. Puesto que ambos sabemos de qué estoy hablando y no hay aquí nadie más a quien pudiera interesar éste, nuestro pequeño secreto, me parece innecesario dedicarle una palabra más.- Hice una breve pausa, quizá algo teatral, para observar la reacción de mi interlocutor. Kafka enrojeció
levemente. Después se encogió de hombros y, adoptando una pose un tanto patriarcal, dijo:
- No hay escritor que no crea saberlo. Incluso la mayoría de los lectores silenciosos. Cada uno tiene su opinión, todas igualmente respetables. Alguna de ellas, sin duda, se acercará más o menos a la verdad, lo cual tampoco importa; si lo miramos bien, verdad y mentira pueden ser sinónimos, sólo la perspectiva del que contempla o escucha o lee cambia. Pero siento curiosidad: ¿Qué es lo otro que deseas decirme?
- Lo segundo es que, gracias a tus obras no quemadas, pude finalmente hacer caso al impulso que desde niño me había estado empujando a escribir. No es probable que alguna vez sepamos si esto fue algo positivo para mí o, por el contrario, una más de las causas de mi desgracia, pero en uno u otro caso,
así sucedió, y por ello, ahora que tengo la oportunidad de hacerlo, te doy las gracias.
- Agradécele a Max. Como ya sabes, yo había condenado a la hoguera hasta la última línea. Pero no comprendo del todo bien el motivo de tu agradecimiento. Por un lado, me parece que escribir no es algo que te haga demasiado feliz; por otro, tú mismo acabas de decir que acaso el hecho de haberte decidido a emprender ese camino pueda estar ligado a tu propia desdicha.
- Tienes razón. Escribir no es algo que me cause una especial satisfacción.
Si bien tampoco puede decirse que me resulte detestable, en ocasiones llega a molestarme un poco tener que hacerlo. Tú sabes a qué me refiero. Me alegra poder hablar de todo esto contigo, porque a casi todo el mundo le resulta extraña, incluso incoherente, la idea de que un escritor pueda no disfrutar con lo que hace. Para la mayoría, esto debería ser una especie de juego o distracción.
- Es comprensible. Sin duda, ellos no han padecido las pesadillas, la obsesión por transformar lo indefinible en términos concretos, el irrefrenable impulso de completar aquello que, aunque no lo sepamos, es, en esencia, incompleto.
Durante un larguísimo instante escuché. Ni el más leve sonido perturbaba nuestra charla. Luego respondí:
- Y sin embargo, aunque intuyamos que hay vacíos que no se pueden llenar, no queda otra opción que seguir en el empeño.
- El camino en sí será suficiente... Creo que tú mismo dijiste eso o algo parecido alguna vez, en un poema.
- Es posible. Ya no me acuerdo.- Hice un gesto vago con la mano abierta. - Palabras escritas, reflejo de palabras leídas u oídas, reflejo al cabo. No tiene importancia... Pero me alegra que lo hayas leído.
- En realidad ya no recuerdo si lo leí yo mismo o alguien me habló de él.
Como puedes imaginar, aquí todo resulta un poco confuso. En especial, los nombres. De hecho, no conozco el tuyo. - Hizo un leve gesto de impaciencia.-
Pero no hace falta que te molestes en pronunciarlo; lo olvidaría en pocos segundos. Importan las obras, los nombres son tan sólo una más de las muchas máscaras que solemos usar en nuestro deambular por el mundo. Aquí carecen de importancia.
- El tuyo, no obstante, ha perdurado. Incluso ha dado para acuñar un término -kafkiano- que mucha gente utiliza sin el menor reparo -y en muchos casos de forma arbitraria- aun desconociendo por completo tu obra.
- Mero accidente. Reflejo de la superficialidad que gobierna las cosas del mundo de los vivos. Más acentuada en tu época que en la mía, según he podido escuchar por ahí.
- Creo que así es. El culto a la apariencia nos ha llevado a valorar la forma y olvidarnos casi por completo de lo importante. Somos, en esencia, lo que aparentamos ser. Lo demás es abstracción, algo que no goza de la simpatía general.
Después de un corto silencio, Kafka preguntó:
- ¿Cuál sería entonces la razón que te impulsa a escribir contra viento y arena, según tu propio testimonio?
Uno nunca está preparado para una pregunta como ésta, pero por alguna razón, no me incomodó. La respuesta surgió de forma natural, sin siquiera pensar lo que estaba diciendo.
- No es fácil saberlo con certeza. Yo mismo me lo he preguntado muchas veces y no me atrevo a afirmar que conozca la respuesta. Podría inventar algunas explicaciones más o menos verosímiles, pero ninguna de ellas sería del todo cierta; como mucho servirían, quizá, para mitigar la incomodidad de algunos
lectores y disimular vagamente la impenetrable verdad. Sólo puedo decir que, mientras escribo, hay momentos en que estoy fuera del tiempo. Mientras eso dura, presiento que soy inmortal, invulnerable. Aunque entonces se viniese todo abajo, el verso que acabo de terminar es único y es mío, y yo suyo.
Sólo por un instante, algo trasciende, va más allá del mero devenir inconsistente de esta parodia que habito o que me habita; por un instante, o una mera fracción del mismo, hay un resplandor. El mundo, durante esa millonésima de segundo, parece tener un sentido. Ahora mismo...
- ¿Ahora? ¿Estás, pues, escribiendo en este momento?
- En este sueño, si sueño es, escribo que tiene lugar esta conversación. Tal vez en otro seas tú quien dialoga con el fantasma de un oscuro autor no nacido. Si hay alguien más, tal vez sea ese alguien quien finalmente cuente que tú y yo, en un tiempo inconcebible, brindamos en algún lóbrego bar de una ciudad que ninguno de los dos conoció en vida.
- Sea como dices, pero ahora ¡despierta! Está amaneciendo.







Santateresa


Los humanos nos juzgan crueles, pero ¿qué valor puede tener en estos tiempos la opinión de los humanos?

Consideran que nuestras costumbres sexuales son violentas, pero ¿hay algo más violento y sanguinario que ellos sobre la faz de la tierra?

Cierto es que matamos a nuestros amantes durante la cópula, pero ¿qué mayor homenaje a sus caricias? Puesto que la muerte ha de llegar forzosamente ¿no es mejor su advenimiento durante el delirante clímax?

Que nadie vea en estos argumentos una justificación. No hay tal cosa. Si arrancamos la cabeza de nuestros amantes durante el acto es simplemente porque hay en nosotras un impulso que no puede ser reprimido, y que proviene sin duda de la voluptuosidad del instante. Pero no hay engaño. Saben que así
debe ser, y cumplen su papel sin la menor queja. Amar y morir son una misma cosa para ellos. No hay traiciones, ni deslealtades, ni malentendidos. Sólo el placer, y después la nada. A nosotras, en cambio, nos queda la amargura de la soledad, la certidumbre del desencuentro.

Uno tras otro, van pasando por nuestras vidas. Llegan, nos aman y se van, sin posibilidad alguna de regreso. Casi no da tiempo ni a juntar un puñado de recuerdos. Por eso siempre estamos profundamente tristes; en nuestro abatimiento, parece que rezamos.

Hay voces que afirman que nuestra conducta sexual está basada en el antiguo principio que dice que todo macho es infiel por naturaleza, y que sólo tratamos de protegernos del inevitable abandono. Pero estos teólogos carecen por completo de credibilidad. Una hora de irrefrenable lujuria con una de nosotras bastaría para desmontar la más sofisticada teoría al respecto.

Los humanos nos miran por encima del hombro, pero en la intimidad nos envidian, y en el fondo les gustaría poder imitarnos, sentir el vértigo del instante, paladear esa espesa mezcla en la que miedo y deseo son una misma gelatina multicolor, habitar, apenas un momento, esas zonas oscuras de su alma a las que ni siquiera en sus horas más desoladas se han atrevido a asomarse.





-Para leer más a Sergio Borao Llop, visitar:
http://sbllop.blogia.com
http://www.aragonesasi.com/sergio



*


Inventren Próxima estación: HORTENSIA



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El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:


ORDOQUI.

CORBETT. / SANTOS UNZUÉ. / MOREA. / ORTIZ DE ROSAS. / ARAUJO.

BAUDRIX. / EMITA. / INDACOCHEA. / LA RICA. / SAN SEBASTIÁN.

/ J.J. ALMEYRA. / INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS. / PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. / PLOMER. / KM. 55. / ELÍAS ROMERO. / KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO. / LIBERTAD. / MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO. / ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

LA SALADA. / INGENIERO BUDGE. / VILLA FIORITO. / VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE. / PUENTE ALSINA. / INTERCAMBIO MIDLAND.


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Thursday, January 27, 2011

DESDE LA TORRE OSCURA...




-DIBUJO: DEJA QUE NAVEGUE LA GUITARRA
De Ray Respall Rojas. La Habana. Cuba.




Ofrenda*


Tu guitarra se ha llevado mi sonrisa.
Te he buscado en las colinas, pero las nubes te ocultan.
Bebí la espuma, granos de arena,
(Mis recuerdos son ofrenda a Jemanjá)


Tu guitarra sigue sonando bajo el agua,
en cada bruma.
Vaivén de algas, brisas.
Una sonata a la luna, a la Gran Madre.


Y yo en la orilla, escuchando.
Sin labios que se curven.
Sin ti.



*de Yordán Rey Oliva. cartasylibelulas@gmail.com
La Habana, Cuba





OFRENDA*


Amo el viento subterráneo que acuna mis insomnios,
La rosa que no muere, el vuelo de la luna,
El rumor de las fuentes, eco de mil guitarras.
Amo el oscuro rostro que se oculta en el abismo.

Pero, qué hacer, si también amo tu sonrisa
De óleo inacabado, boceto de ángel triste
Prisionero de tus hilos.
Si sé que pude romper el hechizo, y no lo hice.

Volverás, dueño de todos los olvidos, como si solo fuera ayer,
Cuando yo sólo sea el canto de la caracola...
En otra playa, sin saberlo, presenciarás mi nacimiento.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba









NO LES CREAS*



Hay gente que gusta de confundir, y utiliza argumentos banales, pueriles, pero que cavan un hoyo profundo en el subconsciente, pues apelan a lo más básico de las supersticiones y ese fondito tufiento que compartimos a nuestro pesar y en el que se mezcla un aroma a xenofobia, una cosita pegada que recuerda al racismo, algún animal muerto parecido al miedo ancestral a quién sabe qué cosa que no alcanzamos a nombrar.
Y estas gentes, con acceso a los medios, pagados por sabemos quiénes, explican la situación de miseria de los países de la América hispana recurriendo a capciosas fórmulas llenas de vericuetos y derivaciones confusas.
Explican con seriedad y exhibiendo títulos universitarios y doctorados o maestrías que los países de la pobre América de basurales y niños famélicos son consecuencia de siglos en que una confluencia de desgracias construyeron el desastre. Hablan entonces sin ruborizarse de la trata de esclavos, del regalo de las tierras a los latifundistas traidores, de una oligarquía poderosa apátrida que vivía en Europa y poseía los medios de producción americanos, hablan de gobiernos corruptos y de multinacionales corruptoras, de la CIA, del robo de materias primas, del bloqueo de los productos con valor agregado en el país productor, hablan de una organización de los países del primer mundo manteniendo su estándar de vida por la necesaria dominación del patio trasero. En fin, mezclan política, historia, sociología. Nos confunden, infiltrados estratégicamente en noticieros y documentales por la izquierda internacional, cuando la verdad es nítida, simple, y no es necesario transitar universidades para desentrañarla. Implican, además, una especie de confabulación de los blancos venidos de Europa para dominar a los nativos, lo cual es muestra de una discriminación abominable, los blancos civilizamos y acristianamos a los salvajes quienes nos desprecian por nuestro desvaído color de piel.
La revelación me llegó frente al televisor. Un hombre franco, agradable, bien vestido y correctamente afeitado y peinado, un señor de traje, a la vez confiable pero cercano, sin tanto título ni necesidad de validaciones mentirosas. Un SEÑOR, como dijera la Juanita, hombre cálido pero vehemente, explicó en dos o tres minutos el por qué de tanto sufrimiento, de tanta mortalidad infantil y tanta indigencia.
Haití es el país con mayor pobreza porque allí se practica el vudú. Porque allí se practica el vudú, seis palabras y se revela el sentido de cientos de años de tragedias y desgracias. En América Latina en general es donde se practica la santería. Y, allí vino la sonrisa cómplice, el tono de “pero claro”, subrayado por los brazos abiertos en cruz, el pastor nos dijo, nos hizo notar, que en NUEVA ORLEANS es donde también se practica mucho la santería. Ni falta hizo nombrar a los negros o los morenos, que estaban implícitos. Hasta en EEUU, país electo por el Señor para derramar sus dones, hasta en la Gran Tierra de los Sueños, Bendita y Sagrada, hasta allí hay gentes despreciables que merecen ser castigados porque, como explicó con su enorme capacidad de clarificar los conceptos y verterlos a la gente modesta, los pobres son pobres porque lo merecen, se consagraron a Satán y Dios castiga su maldad y estupidez. Hasta que Haití no renuncie al Demonio, por ejemplo, seguirá sufriendo catástrofes.
Por eso hermano mío, cuando te sientas inclinado a estudiar en la facultad, cuando hables en el café con tus amigos, a solas con tu familia o donde sea, no cedas a la fácil tentación de las teorías y los estudios científicos. Las tretas de Satán son muchas y distraen de lo obvio, de lo que brilla y resplandece por su limpieza y sencillez. El pobre es pobre por malo y porque seguramente le gusta, sabemos de la necedad asociada a ciertas razas.
No podemos corregir el plan divino, no podemos arrogarnos el derecho de enmendar las acciones del Señor. A los pobres les compete la tarea de renunciar al Malo. Nosotros en nuestra impotencia no podemos hacer nada salvo abrir una cuenta en el banco, aunque sea pequeña, comprar a plazos la parcela en el barrio privado, debemos juntar las manitas y cantar aleluyas a nuestro (nuestro) Dios.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com






Haití: la maldición Blanca*



*Por Eduardo Galeano.


El primer día de este año, la libertad cumplió dos siglos de vida en el mundo. Nadie se enteró, o casi nadie. Pocos días después, el país del cumpleaños, Haití, pasó a ocupar algún espacio en los medios de
comunicación; pero no por el aniversario de la libertad universal, sino porque se desató allí un baño de sangre que acabó volteando al presidente Aristide.
Haití fue el primer país donde se abolió la esclavitud. Sin embargo, las enciclopedias más difundidas y casi todos los textos de educación atribuyen a Inglaterra ese histórico honor. Es verdad que un buen día cambió de opinión el imperio que había sido campeón mundial del tráfico negrero; pero la abolición británica ocurrió en 1807, tres años después de la revolución haitiana, y resultó tan poco convincente que en 1832 Inglaterra tuvo que volver a prohibir la esclavitud.
Nada tiene de nuevo el ninguneo de Haití. Desde hace dos siglos, sufre desprecio y castigo. Thomas Jefferson, prócer de la libertad y propietario de esclavos, advertía que de Haití provenía el mal ejemplo; y decía que había que "confinar la peste en esa isla". Su país lo escuchó. Los Estados Unidos demoraron sesenta años en otorgar reconocimiento diplomático a la más libre de las naciones. Mientras tanto, en Brasil, se llamaba haitianismo al desorden y a la violencia. Los dueños de los brazos negros se salvaron del haitianismo hasta 1888. Ese año, el Brasil abolió la esclavitud. Fue el último país en el mundo.
Haití ha vuelto a ser un país invisible, hasta la próxima carnicería.
Mientras estuvo en las pantallas y en las páginas, a principios de este año, los medios trasmitieron confusión y violencia y confirmaron que los haitianos han nacido para hacer bien el mal y para hacer mal el bien.
Desde la revolución para acá, Haití sólo ha sido capaz de ofrecer tragedias.
Era una colonia próspera y feliz y ahora es la nación más pobre del hemisferio occidental. Las revoluciones, concluyeron algunos especialistas, conducen al abismo. Y algunos dijeron, y otros sugirieron, que la tendencia haitiana al fratricidio proviene de la salvaje herencia que viene del
Africa. El mandato de los ancestros. La maldición negra, que empuja al crimen y al caos.
De la maldición blanca, no se habló.
La Revolución Francesa había eliminado la esclavitud, pero Napoleón la había resucitado: -¿Cuál ha sido el régimen más próspero para las colonias?
-El anterior.
-Pues, que se restablezca.
Y, para reimplantar la esclavitud en Haití, envió más de cincuenta naves llenas de soldados.
Los negros alzados vencieron a Francia y conquistaron la independencia nacional y la liberación de los esclavos. En 1804, heredaron una tierra arrasada por las devastadoras plantaciones de caña de azúcar y un país quemado por la guerra feroz. Y heredaron "la deuda francesa". Francia cobró cara la humillación infligida a Napoleón Bonaparte. A poco de nacer, Haití tuvo que comprometerse a pagar una indemnización gigantesca, por el daño que había hecho liberándose. Esa expiación del pecado de la libertad le costó 150 millones de francos oro. El nuevo país nació estrangulado por esa soga atada al pescuezo: una fortuna que actualmente equivaldría a 21.700 millones de dólares o a 44 presupuestos totales del Haití de nuestros días. Mucho más de un siglo llevó el pago de la deuda, que los intereses de usura iban multiplicando. En 1938 se cumplió, por fin, la redención final. Para entonces, ya Haití pertenecía a los bancos de los Estados Unidos.
A cambio de ese dineral, Francia reconoció oficialmente a la nueva nación.
Ningún otro país la reconoció. Haití había nacido condenada a la soledad. Tampoco Simón Bolívar la reconoció, aunque le debía todo. Barcos, armas y soldados le había dado Haití en 1816, cuando Bolívar llegó a la isla, derrotado, y pidió amparo y ayuda. Todo le dio Haití, con la sola condición de que liberara a los esclavos, una idea que hasta entonces no se le había ocurrido. Después, el prócer triunfó en su guerra de independencia y expresó su gratitud enviando a Port-au-Prince una espada de regalo. De reconocimiento, ni hablar.
En realidad, las colonias españolas que habían pasado a ser países independientes seguían teniendo esclavos, aunque algunas tuvieran, además, leyes que lo prohibían. Bolívar dictó la suya en 1821, pero la realidad no se dio por enterada. Treinta años después, en 1851, Colombia abolió la esclavitud; y Venezuela en 1854.
En 1915, los marines desembarcaron en Haití. Se quedaron diecinueve años. Lo primero que hicieron fue ocupar la aduana y la oficina de recaudación de impuestos. El ejército de ocupación retuvo el salario del presidente haitiano hasta que se resignó a firmar la liquidación del Banco de la Nación, que se convirtió en sucursal del Citibank de Nueva York. El presidente y todos los demás negros tenían la entrada prohibida en los hoteles, restoranes y clubes exclusivos del poder extranjero. Los ocupantes no se atrevieron a restablecer la esclavitud, pero impusieron el trabajo forzado para las obras públicas. Y mataron mucho. No fue fácil apagar los fuegos de la resistencia. El jefe guerrillero, Charlemagne Péralte, clavado en cruz contra una puerta, fue exhibido, para escarmiento, en la plaza pública. La misión civilizadora concluyó en 1934. Los ocupantes se retiraron dejando en su lugar una Guardia Nacional, fabricada por ellos, para exterminar cualquier posible asomo de democracia. Lo mismo hicieron en Nicaragua y en la República Dominicana. Algún tiempo después, Duvalier fue el equivalente haitiano de Somoza y de Trujillo.
Y así, de dictadura en dictadura, de promesa en traición, se fueron sumando las desventuras y los años. Aristide, el cura rebelde, llegó a la presidencia en 1991. Duró pocos meses. El gobierno de los Estados Unidos ayudó a derribarlo, se lo llevó, lo sometió a tratamiento y una vez reciclado lo devolvió, en brazos de los marines, a la presidencia. Y otra vez ayudó a derribarlo, en este año 2004, y otra vez hubo matanza. Y otra vez volvieron los marines, que siempre regresan, como la gripe.
Pero los expertos internacionales son mucho más devastadores que las tropas invasoras. País sumiso a las órdenes del Banco Mundial y del Fondo Monetario, Haití había obedecido sus instrucciones sin chistar. Le pagaron negándole el pan y la sal. Le congelaron los créditos, a pesar de que había desmantelado el Estado y había liquidado todos los aranceles y subsidios que protegían la producción nacional. Los campesinos cultivadores de arroz, que eran la mayoría, se convirtieron en mendigos o balseros. Muchos han ido y siguen yendo a parar a las profundidades del mar Caribe, pero esos náufragos no son cubanos y raras veces aparecen en los diarios.
Ahora Haití importa todo su arroz desde los Estados Unidos, donde los expertos internacionales, que son gente bastante distraída, se han olvidado de prohibir los aranceles y subsidios que protegen la producción nacional.
En la frontera donde termina la República Dominicana y empieza Haití, hay un gran cartel que advierte: El mal paso. Al otro lado, está el infierno negro.
Sangre y hambre, miseria, pestes.
En ese infierno tan temido, todos son escultores. Los haitianos tienen la costumbre de recoger latas y fierros viejos y con antigua maestría, recortando y martillando, sus manos crean maravillas que se ofrecen en los mercados populares.
Haití es un país arrojado al basural, por eterno castigo de su dignidad.
Allí yace, como si fuera chatarra. Espera las manos de su gente.


*Fuente: http://www.larepublica.es/spip.php?article18218







Poesía del Harlem*

Algunos poemas referenciales




Countee Cullen
(1903-1946)

DESDE LA TORRE OSCURA


No siempre sembraremos mientras otros recogen
El dorado aumento del fruto a punto;
No siempre el semblante abyecto y mudo
Para que los hombres menores sujeten
a sus hermanos despreciables;
No eternamente mientras otros descansan
Nosotros encantaremos con flautas dulces
sus limbos;
No siempre nos inclinaremos ante lo sutil y
brutal;
No fuimos hechos para llorar eternamente.






Arna Bontemps
(1902-1973)

LOS DESPUNTADORES DEL ALBA



No venimos a librar una batalla
con espadas sobre esta colina,
No es el deseo desolar la vida
ante una obstinada voluntad.
Aunque bien moriríamos como algunos
murieron
Agitando un camino hacia el sol
renaciente.






Langston Hughes
(1902-1967)

JUSTICIA


Esa Justicia es una diosa ciega,
Una cuestión de la cual nosotros somos entendidos:
Su venda esconde dos llagas que supuran
Donde quizás en algún tiempo hubo ojos.





YO TAMBIEN SOY AMERICA



Yo también canto, América.

Soy el hermano más oscuro.
Ellos me mandan a comer a la cocina
Cuando vienen invitados.
Pero yo me río
Y me alimento bien
Y crezco fuerte.

Mañana
Me sentaré a la mesa
Cuando vengan invitados.
Nadie se animará
A decirme
"Ve a comer a la cocina".

Entonces,
Ellos además verán qué hermoso soy
Y se sentirán avergonzados.

Yo también soy América.








James Baldwin
(1924-1987)


TÚ ESCRIBES…



Tú escribes para cambiar el mundo, sabiendo
perfectamente bien que probablemente no puedas
hacerlo, pero también sabiendo que la literatura
es indispensable para el mundo ... El mundo cambia
de acuerdo a la forma en que la gente lo ve, y
si tú modificas, aunque sea por un milímetro,
el rumbo, la gente lo vería como una realidad;
entonces tú puedes cambiarlo.








June Jordan
(1936-2002)


7 DE ABRIL, 1999



Nada es más cruel
que los soldados que
ordenan
a la viuda
que esté agradecida
de estar viva todavía.





LLAMANDO A LAS MINORÍAS SILENCIOSAS


Hey

Vengan
Salgan

Dondequiera que estén
Necesitamos tener un encuentro
en torno de este árbol
Que no ha sido
plantado
todavía.




*

Estando en las calles del Harlem no podía dejar de pensar y sentir que ese barrio inmenso tiene una mayor afinidad de tonos, gentes y climas, con los barrios de las afueras de Caracas que con la misma ciudad de Nueva York, a la que este sector de la comunidad negra pertenece. Por otra parte, una historia de movilizaciones y de luchas, de gente segregada, que la connotan como una localidad cercana a nuestra realidad continental y a nuestra contingencia. Una vez, uno de sus poetas, Countee Cullen, en los años '20, planteó públicamente la necesidad de afirmar una cercanía con los movimientos de lucha del continente y del mundo. Conocido es también el diálogo de otro de sus prestigiosos creadores, Langston Hughes, con Nicolás Guillén y con Miguel Hernández, a quienes abrazó cuando aproximó la solidaridad del Harlem a la causa de la República, en Madrid y en Valencia, en tiempos de la Guerra Civil. Momentos, en fin, de una historia que se fue modelando en legítima defensa y humanidad, y en sueños y derechos propios. Algunos recuerdan con emoción la visita de Fidel Castro, en 1960, a escasos meses del triunfo de la Revolución Cubana. Otros, a la vez, refieren la estadía del líder Nelson Mandela, y su visita a escuelas públicas e instituciones. Las luchas, las encrucijadas, el conjunto de signos profundos del Harlem, confirman una historia tan sostenida como estremecedora. Hay una literatura, un fundamento, una raíz cultural, inclusive una muy firme producción artística, que va desde la música hasta la pintura, y que alientan la evidencia de una vida comunitaria que nunca renunció a ser, aun estando en vecindad —con unas pocas avenidas entremedio— de las calles del mayor centro financiero de Occidente. A veces ignorados, otras veces, tantas, perseguidos, los poetas del Harlem encarnan uno de los tramos o capítulos más singulares del espíritu y de las letras y las poéticas del continente. "Yo sueño un mundo/ donde el hombre no desprecie al hombre", dice uno de los poemas recordados de Langston Hughes, a lo que nosotros damos nuestra memoria y también nuestro saludo.



*Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar

*Poemas tomados del libro “Harlem: los blues de la historia”, de Eduardo Dalter; Ediciones del Nuevo Cántaro, Buenos Aires, 2010. Traducción de los poemas al español: Eduardo Dalter y Nidia Santa Cruz.







Correo:



CURIOSIDAD FERROVIARIAMENTE ECOLÓGICA*


¿Sabías que allá por los años 40 se plantaron millones de eucaliptos en las estaciones ferroviarias de la mayor parte del País?
La verba popular cuenta que eran para reemplazar con eucaliptus tratado los durmientes del ferrocarril en el futuro. Es más, el Ferrocarril Provincia de Buenos Aires había realizado por sí algo similar a principios del Siglo XX, cuando fuera puesto en marcha su servicio.

Bueno, pero todo eso no es el cuento sobre lo que les voy a comentar.

Si tomamos en cuenta el poder de mitigación de Dióxido de Carbono (CO2), que, según estándares internacionales, posee un eucaliptus adulto y lo multiplicamos por los miles de hectáreas ferroviarias QUE EN LA DÉCADA DE 1980 todavía quedaban con esos árboles en pie, nos encontraremos que ese
volumen de carbono eliminado naturalmente por los viejos eucaliptus del ferrocarril, eran suficientes para llevar a cero la contaminación de todos los trenes diesel que tenía en marcha la entonces Ferrocarriles Argentinos.

En síntesis, aquel supuestamente pésimo ferrocarril de hasta 1990, movilizaba millones de personas y millones de toneladas sin siquiera contaminar el ambiente, pues anulaba lo emitido con los árboles que mantenía en pie.


26 de Enero de 2011
*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Ingeniero White - Buenos Aires



*


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Tuesday, January 25, 2011

DONDE CADA PALABRA CRISTALIZA EN UN ECO...




*DIBUJO: TEMPORADA DE ARPÍAS Y QUIMERAS
Ray Respall Rojas
Cuba




Tu atardecer*



Dejé mi voz en tu isla con la esperanza del retorno.
(Ser algo más que un espejo de agua.)

Ahora soy tan solo un eco
sin una sombra que le regrese a su cauce.

¿Cómo he de nombrar a mis hijos?
Tan solo he de acunarles, en silencio,
para verles morir con la Luna.

Tomo prestada una voz... cualquiera...
el rumor de montañas que no hacen más que repetir mi silencio,
resquebrajar de nubes que se retuercen dejando caer sus lágrimas sobre la tierra,
silbidos de fantasmas antiguos, desordenando retratos.

Aunque en silencio, sé que existí,
me escucho citar murmullos ajenos con una voz que desconozco,
pero que tiene el poder de romperme.

Entregué mis sueños en adopción:
no tuve llama con qué alumbrarles.

Y aquí espero,
sin tener tus dedos cerca,
los mismos dedos de trazar en el aire
mi canto de siempre.

Ay de tu isla, de la que antes fui mar...



*de Yordán Rey Oliva. cartasylibelulas@gmail.com
La Habana, Cuba






Despertar*



Vengo del castillo donde reina la niebla,
Donde el musgo escribe en sus paredes mis versos.

Vengo del lugar donde muere el olvido,
En su estela se lleva el cometa los miedos.

Vengo del universo a donde viajo en sombras,
Abrazados al viento se alejan mis sueños.

Vengo de la fuente donde bebo a escondidas,
Donde crecen flores veladas al invierno.

Vengo de ese prado donde vuelan las hadas,
Donde cada palabra cristaliza en un eco.

Vuelvo, amado mío, del jardín de las voces.
Amor de mis exilios… torno de tu recuerdo.



*de Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






DONDE CADA PALABRA CRISTALIZA EN UN ECO...





Oscuridad*



Con tres enormes zancadas en mis zapatillas número 42 bajé las escaleras del túnel, que une el lado norte de la estación de Haedo con el lado sur. Podría asegurar que el brilloso día fue literalmente absorbido por la constante penumbra del lugar, y que esa sensación de forzada oscuridad me daba escalofríos. Afuera la gente veía, adentro, en ese fiero y tortuoso camino reinaba algo siniestro: la ceguera. Me saqué los lentes y caminé más rápido aún, pero en ese estúpido apuro vomitado desde mis entrañas perdí los apuntes para la facultad. No era joda, debía recuperarlos, aunque eso significara volver y repisar mis propias marcas sobre pegajosas baldosas mugrientas por chicles, escupidas y helado derretido. Imaginé mientras retrocedía, que este lugar de paso también tenía encuentros furtivos a la madrugada, cuando los andenes desiertos albergan perros y gente revolviendo basura, aquí, muy por debajo, otro mundo resurgía sosteniendo el piso. Sin esfuerzo pude reconstruir el sexo barato y el olor a fritanga mezclado con el de humedad. Era definitivamente una cueva. El que se atreviera a pasar ese estómago subterráneo a esas horas estaba demente.
Pudo haber sido solamente un minuto el que tardé en llegar hasta el folio caído de la carpeta, lo divisé antes de alcanzarlo, y cuando me agaché noté a su lado una mano dormida con la palma hacia arriba. Un mendigo.
Lo había pasado por alto, simplemente era una pintura más en la pared, un cartel descascarado y roto que a nadie importa. “algo”que salió de la categoría de persona y pasó a ser una “cosa”, unos harapos con latidos, que despertaba sentimientos repulsivos, y antinaturales. Quise evitar mirarlo, pero el morbo que llevaba dentro me dominó. Eficazmente recorrí la curvatura de su espalda que era tan larga como un reptil, la cabeza metida entre los hombros proyectada hacia abajo, como una boya hundida sin sentido me hizo pensar en los barcos viejos. Si mis pupilas fueran dedos, la hubiera repasado con un tacto abrumador. Me impresionó cantidad de ropa que lo tapaba, y por un brevísimo segundo quedé tildado, hasta que por detrás alguien pasó largándole una moneda en su mano abierta. Eso hizo que reaccionara y levantara los apuntes, di la vuelta y retomé el camino con los ojos en el piso; empecé a caminar lento, ya no estaba apurado.
Aquellos que fueron y vinieron, los que alguna vez caminaron por el túnel me chocaron, convergieron en una masa invisible de brazos sujetándose a mis piernas. El aire se hizo escaso, comencé a sudar frío y me desesperé, sobre todo cuando comprobé que al atravesarme, abandonaron parte de su alma.
De no ser por mis dieciocho años, hubiera jurado tener ochenta. Mis largos cabellos ondeados, comenzaron a pegotearse en el cuero cabelludo hasta que se plegaron como las alas de una mosca, mi esternón se arqueó y se convirtió en una caja comba, la piel adosada a las costillas y las arrugas en las manos, anunciaban que la vejez me perseguía. Puedo jurar que descendí a medida que intentaba subir. Al pisar las últimas escaleras que separaban la salida del túnel con la calle, un cansancio brotó desde mis huesos hacia fuera, y poco a poco invadió hábilmente mi cuerpo como un disfraz; quedé apoyado contra la pared hasta sentarme sin darme cuenta. Escuché pasos, muchísimos pasos apurados, de tacones y de zapatillas, como las que una vez tuve. Voces, risas y música de radio mezclada con silbidos. Un chico le preguntó a su madre por el mendigo muerto.
Quise levantar el cuello para pedir ayuda, sin embargo, la acostumbrada inercia lo impidió. Quise abrir la boca, pero una áspera sequedad había sellado mis labios, entonces abrí los ojos para mirarme las manos: estaban negras. Una rabiosa ceguera comió todo lo que antes veía. Los boletos tirados, las colillas, las sonrisas, y las piernas de las mujeres. Nunca más formarían parte de mi mundo, aunque curiosamente seguirán allí, custodiándome como fantasmas.
Recordé los apuntes, la facultad y hasta los lentes para sol, pero lo hice tratando de enumerarlos como un sueño al despertar, y traté de ordenarlos con algún sentido, para repetirlos en murmullos. La angustia que momentáneamente se había escapado, volvió miserable, y me recordó que tenía que abrir las manos, lo único que sabía hacer.
Esperé, simplemente esperé hasta que sacaron el cadáver, y sentado contra la pared empecé a juntar monedas.



*de Silvia Milos milossilvia@yahoo.com.ar








ALGUIEN NOS SUEÑA*



No sabemos si vivimos la realidad
como si fuera un sueño,
o de algún modo somos la madera
que alimenta el fuego
de Alguien que nos sueña
... y que nos espera.


*De Miryam Colombotto de Seia miryamseia@cablenet.com.ar








Casi sábado a la noche*



*Por Leonardo Oyola



Justo cuando el capitán Wilder rogaba que Spender se escapara ya, mi papá me dio dos golpecitos en el brazo para avisarme que llegábamos a Lamadrid. Las pilas del walkman apenas me habían alcanzado para escuchar una vez sola en el viaje el TDK negro que tenía grabado en el lado A Lo mejor de Gapul
Volumen 1 y en el B el Volumen 2. Después me había enganchado con alguna que otra FM de las que iba perdiendo sus señales al dejar atrás las estaciones de sus respectivos pueblos hasta que la luz colorada del encendido no se prendió más; y ahí me dediqué a leer Crónicas marcianas y a disfrutarlo sin la obligación que le metía al libro la vieja de Literatura. Como señalador estaba usando el telegrama que habíamos recibido una semana antes.
EL UBIL ESTA MUY MAL. QUIERE VERLO A USTED Y AL NIETO.
MARGARITA
Faltaba más de un mes para que empezaran las clases. No me había llevado ninguna materia a marzo así que no tenía ningún problema en acompañar a mi papá a Tucumán para ver a mi abuelo. Un día después de haber salido de Retiro dejamos el Cinta de Plata haciendo la combinación con el otro tren que iba para el sur de la provincia. Mi papá se venía aguantando las ganas de ir al baño así que aprovechó y me dio el dinero para que sacara dos boletos hasta Bajastiné. Detrás de la ventanilla, la persona que me los
vendió me preguntó si mi papá no era el hijo de don Ubil. Le dije que sí.
Entonces él me comentó dos cosas: que había hecho primero inferior y segundo grado con mi papá; y que mi abuelo era un hijo de puta. Así nomás. Como al pasar.
-Pero qué hijo de puta que es tu abuelo.
Me dio el vuelto de los pasajes y me fui sin saludar. Un pitido avisaba que la formación rumbo a Huasapampa venía llegando. Nos volvimos a encontrar con mi papá y nos subimos al tren para hacer el último tramo del viaje. No sé por qué, pero decidí no contarle de mi encuentro con su compañerito del
colegio.
Era pasada la medianoche cuando llegamos al final de nuestro recorrido. Mi papá ya me había advertido que íbamos a caminar varios kilómetros hasta la casa del abuelo porque a esa hora iba a ser difícil que alguien nos llevara.
Pero contradiciendo todos los pronósticos tuvimos suerte.
-¡Mire quiénes volvieron al pago! -festejó al vernos el tío Simón, el hermano mayor de mi abuelo.
Festejó él y nosotros. Porque a la nieta y a los bisnietos se ve que no les dio mucha gracia que con el Falcon rural dieran la vuelta en U para acercarnos. La nieta del tío Simón se sentó en el medio con su hija más chica, todavía una beba. Mi papá se ubicó al lado de la ventanilla. Al otro chiquito lo mandaron conmigo y nuestros bolsos a la parte de atrás de la camionetita. Disfruté del viaje mirando las estrellas.
Mi papá, después de agradecerle al tío Simón la gauchada, le preguntó si últimamente lo había visto al abuelo.
-Está tan flaco como esta criatura -le dijo el tío Simón, señalando al pibito de seis años con el que yo había viajado.
Mientras arrancaba de vuelta el Falcon rural, cuando me bajé de la parte de atrás con los dos bolsos al hombro, ese pibito me preguntó:
-¿Tu abuelo es don Ubil?
Le contesté afirmando con la cabeza.
-Qué hijo de puta que es tu abuelo.
Seis añitos. Qué boquita la del borrego, ¿no?
Nos pareció extraño que no nos ladrara ningún perro cuando entramos a la propiedad. Afuera del rancho, mi papá golpeó las manos bien fuerte. Como no obtuvimos respuesta, alzó la voz y llamó a la dueña de casa:
-¡Margaritaaaaa!
Se encendió una luz. Y esa misma luz de sol de noche fue la que apareció por la puerta de entrada iluminando por detrás del mosquitero la figura minúscula de una mujer a la que yo había conocido seis años atrás. La última vez que había visto al abuelo Ubil.
-¿No me diga que los despertamos?
-A mí, nomás. Su papá salió -nos contó mientras los dos se confundían en un abrazo cariñoso-. ¿Y éste es su hijo? ¡Pero si ya es todo un hombre!
El comentario me hizo poner tan colorado que se me notaba en la oscuridad.
No dije ni una palabra durante un buen rato. Dejando los bolsos en la galería, mi papá quiso saber qué tan grave era lo que tenía el abuelo.
-No va a llegar al otoño -respondió Margarita con lágrimas en los ojos-. Deben estar cansados. Les voy a mostrar sus camas.
-No se preocupe por eso. Ahora queremos verlo a él. ¿Sabe adónde lo podemos encontrar?
-Se fue a bailar a un quince en la estancia de Los Soraides.
-¿Cumple algunas de las nietas de Soraide?
-No. La chica es hija de peones. Hija y nieta de peones. Por eso la fiesta se hace en los tinglados.
-¿Nieta de alguien conocido?
Margarita bajó la mirada antes de responder.
-De doña Paula.
-De doña Paula -repitió mi papá en un tono similar a si hubiera dicho la puta madre.
Margarita nos ofreció prepararnos algo de comer. Mi papá le dijo que no hacía falta. Que seguro íbamos a poder picotear algo en la fiesta. Que por favor volviera a dormir y que no se preocupara por nosotros.
Nos bañamos al costado del aljibe. Cada uno con dos baldazos de agua helada.
Tiritamos. Nos quejamos lo mínimo. Sobre unos arbolitos que estaban cerca habíamos dejado la ropa que nos íbamos a poner. En lo único que se diferenciaban los vaqueros, las botas tejanas y los cinturones de hebillas anchas era en el talle, porque yo ya era más alto. Las camisas eran otro cantar.
-¿De ésas también hay para hombres? -me preguntó mi papá, burlándose de mi hawaiana mangas cortas.
-Callate que la pagaste vos.
-Ya veo en lo que ando tirando la plata.
Nos reímos. Con mi papá siempre fuimos muy compañeros.
Caminamos en el medio de la noche hasta volver a la Ruta 38. A un costado había tres cruces blancas en memoria de un espectador, de un piloto y de un copiloto de rally que en ese lugar habían tenido un accidente. Algo se escuchaba de música y según mi papá no faltaba mucho para los tinglados de Los Soraides. Y no se equivocaba. Las luces estaban ahí nomás. Y la gente también.
Muchos hombres al vernos llegar nos cabecearon para saludar. Ni bien los pasábamos noté que se ponían a cuchichear. Creí escuchar en alguno nuestro apellido cuando sentado sobre un tronco caído, acompañado sólo por su perro, el General, encontramos al abuelo Ubil pitando lo último de un cigarrillo
que tiró de un tincazo cuando nos reconoció y se puso de pie. Se veía que no estaba en su mejor momento. Pero tampoco era como nos había anticipado el exagerado del tío Simón.
-Papá -le dijo mi papá al abuelo antes de que los dos se dieran la mano.
Después yo me acerqué al abuelo Ubil para darle un beso y él me paró agarrándome con la zurda de un hombro mientras me ofrecía la derecha para darme un fuerte apretón. Desde ese momento nos saludamos así.
-Qué grande y qué alto que está, m'hijo -me comentó con una sonrisa.
El abuelo sacó un paquete de 43/70 del bolsillo de la camisa. Se lo golpeó dos veces en el pecho. El cigarrillo que quedó más arriba fue el que se llevó a los labios. Sin preguntarme si yo fumaba me convidó uno. No lo acepté. Había empezado a fumar a las 13. Pero delante de mi papá, no lo había hecho nunca. El abuelo Ubil sonrió como diciéndome a mí no me engañás; y le pasó el paquete a mi papá, que sí se fumó uno.
Estábamos bien. Pero yo no dejaba de sentirme visitante. Ajeno. Por cómo nos marcaban a mi papá y a mí. Por darme cuenta de que los vagos se reían de mi camisa hawaiana mangas cortas con una malicia que no había tenido mi papá.
Había algo de hostilidad en todos los demás. Menos en una piba de pelo corto que me estaba fichando. Cuando intercambiamos miradas ella alcanzó a sonreírme una vez antes de clavar los ojos en el piso.
De la nada, el abuelo puso cara de asco. Carraspeó. Carraspeó con ganas y después escupió un flor de gargajo embebido en su sangre. Con la punta de la bota lo tapó y lo removió en la tierra.
-Papá -le dijo mi papá-, volvamos a su casa.
El abuelo Ubil negó con la cabeza.
-Vine a bailar. Vinimos a bailar. Y de acá no nos vamos a ir así. Sin polvo en las botas.
Carraspeó otra vez. Por suerte no volvió a toser sangre. Serenándose, me pidió:
-M'hijo: no sea lento. ¿Qué está esperando para hablar con la más chica de los Pinilla? Parece que tiene para el tanto y alguno de los machos de tantas señas que le está haciendo. ¿Y usted no se me va al pie?
Mi papá, simulando ponerse serio, arqueó las cejas como para subrayar lo dicho por el abuelo Ubil. Yo la volví a mirar a ella, que otra vez me estaba mirando y que de nuevo terminó apartandome la mirada. Les sonreí al abuelo y a mi papá. Ellos me sonrieron mientras volvían a encenderse un cigarrillo cada uno. Y ahí fui a encarar a la piba de pelo corto.
Estaba tomando una gaseosa trucha en un vasito de plástico blanco. Lo sostenía con las dos manos a la altura de su ombligo. Se puso de todos los colores cuando se avivó que me estaba acercando. La cara le terminó combinando con mi camisa. Nos dijimos hola. Me presenté. Me dijo que ya sabía quién era yo. Que se estaba hablando de mi papá y de mí desde que llegamos. Le pregunté si era policía y ella, negándolo, se rió con ganas. La invité a bailar y en ese momento sólo se puso muy colorada para decirme que sí.
En la pista improvisada, le comenté al pasar que todavía no nos habíamos saludado. Ella intentó corregirme asegurándome que había sido lo primero que habíamos hecho: decirnos hola. Le di la razón en eso. Pero le expliqué que no habíamos hecho esto: y ahí le di un besito en la mejilla. Ella cerró los ojos y cuando me separé los volvió a abrir y me dedicó una mirada tan linda.
Una mirada que duró sólo un segundo, pero todavía hoy me la acuerdo. Porque después, por encima de mi hombro, ella vio algo y entre dientes indignada murmuró:
-Pero qué hijo de puta que es tu abuelo.
El abuelo Ubil le estaba pidiendo a doña Paula que bailara con él. Ella, muy amable, le decía que no. En eso se aparece el marido de doña Paula, el Miguelito Frías. Para cuando se aparecieron sus hijos y nietos tuve que dejar a la más chica de los Pinilla sola y encarar para el bardo.
El abuelo Ubil estaba contando:
-Tres... cuatro... cinco... seis... siete... Son siete. Siete contra uno.
-Siete contra tres -lo corrigió mi papá.
El abuelo giró la cabeza para vernos cómo nos sumábamos y le brillaron los ojos mientras inflaba el pecho. Ahí fue cuando me empecé a cebar yo.
-Son siete contra tres -insistió el abuelo Ubil-. No me gustan los papelones así que, Miguelito, vayan a buscarse otros cinco para llegar a la docena.
Vamos a estar más parejos. No queremos darles ventaja.
Don Miguelito Frías se lo quería comer crudo. Se le notaba y mucho.
-No me haga reír, Ubil. Que cuando me río con ganas siento puntadas en la panza. ¿Me quiere hacer creer que nos van a dar una biaba usted, su hijo y su nieto el porteñito?
Por la edad que tenía en ese momento, y por la actitud, me saltó la térmica como a cualquier pendejo atrevido.
-Porteño las pelotas. Yo soy de Casanova, la concha de tu madre.
Se paró la música. Todos se quedaron mudos.
Parece que en Tucumán no se hacían mucho drama si alguien te decía "pero qué hijo de puta que es fulano de tal". Pero la cosa se iba a la mierda con un "la concha de tu madre". Y justo lo había dicho un porteño. Que no era porteño, pero andá a explicarles mientras te están estrangulando.
La gente del campo es directa. Le da una mano al que la necesita y un par al que se las merece. Y yo, por tener una cloaca en la jeta, me comí unas cuantas. Podrían haber sido más si no fuera porque el que me las dio fue el Chiquito Frías. Celebridad local que había llegado a participar en las pulseadas de La noche del domingo, dislocando hombros y codos, fracturando un antebrazo y quebrando una muñeca hasta que probó de su propia medicina en los cuartos de final en que un desgarro lo dejó fuera de competencia.
Qué suerte la mía: justo lo vine a agarrar recuperado de la lesión.
Insisto: ¡pero qué suerte la mía! El Chiquito Frías tenía la política de pelear sólo contra una persona a la vez. Así que me marcó a mí y me dio para que tenga. ¿Quién fue el salame que dijo que dar el primer golpe te acerca a la victoria? Seguro uno que nunca se boxeó. Cuando lo tuve enfrente al Chiquito, en un ataque de coraje y habilidad, salté y le metí una patada en hacha en el medio del pecho enterrándole bien al fondo el taco de la bota.
Ni lo moví. De ahí en más el tipo hizo lo que quiso conmigo. Que ya en un momento, anestesiado de tantos dedos con los que me llenó la cara, simplemente me dediqué a mirar las performances de mi papá y del abuelo Ubil.
Yo aprendí lo que significaba la palabra "sabor" viendo cómo mi papá, antes de hacerle comer los dientes a un tipo de una trompada, le decía "saborealo".
Y efectivamente mi papá no había perdido ni el don ni la cintura, aunque ya tuviera cuarenta. Bajaba muñecos a troche y moche. ¡Pumba! Metía una piña y cambiaba de frente para atacar lo que se le viniera encima.
Ahora lo del abuelo Ubil era una pelea aparte: en su mano a mano con Miguelito Frías, los viejos se dieron duro. ¡Y qué aguante que tenían los dos locos! Mi abuelo hubiera cobrado más de no ser porque el General cada dos por tres le daba tarascones a las bocamangas del pantalón de don Frías y, sobre todo, porque el Miguelito se medía y se aguantaba las ganas y oportunidades de golpearlo en el estómago o en los riñones y sólo se dedicó a embocarlo en el rostro.
Lo dicho: la gente del campo es directa.
Honesta.
Y con códigos.
El abuelo Ubil se dio cuenta y lo puteó y lo pidió:
-¡Frías! ¡Con todo!
Y ahí fue donde el Miguelito le cruzó el derechazo al mentón y me lo tumbó al abuelo.
Fue raro darse cuenta de que don Miguelito Frías no disfrutaba de su victoria. Negando con la cabeza retrocedió dos pasos y se perdió entre la gente.
Con el abuelo Ubil ya no podíamos más. Pero mi papá era el conejo de las pilas Duracell. En eso se apareció el comisario de Pueblo Viejo y, después de hacer un tiro al aire para que mi papá se desenchufara y dejara de castigar, nos detuvo a los tres por haber armado zafarrancho. Estaba
empezando a clarear cuando llegamos al Rambler del comisario. Mi papá fue en el asiento del acompañante y con el abuelo Ubil nos sentamos atrás. Llevaba el sombrero sobre las piernas. Mientras me tanteaba con la lengua que todavía tuviera todos los dientes, en el reflejo del espejo retrovisor noté
que mi papá iba con la quijada tensa, mordiéndose la bronca. Estaba recaliente con el abuelo. De golpe dio media vuelta apoyándose sobre el respaldo de la butaca y se puso a ladrarle.
-Papá, déjese de joder de una buena vez. Usted se tiene que cuidar. Hacerle caso a Margarita.
El Rambler se zarandeó por lo estropeado que estaba el camino. El abuelo Ubil giró la cabeza para mi lado y me susurró al oído:
-Si la Ina se llega a ir primero, no vaya a dejar que su viejo se case otra vez.
Lo miré sin entender por qué me decía eso. Y ahí nomás me volvió a disparar; advirtiéndome:
-Y usted, no se me case nunca, m'hijo.
Y yo, como soy un pelotudo, terminé poniendo el gancho dos veces.
Pero ésa es otra historia.
Llegamos a la comisaría. El General nos alcanzó cuando entrábamos al destacamento de Pueblo Viejo. Un pibe, como mucho dos años más grande que yo, estaba preparando el mate.
-Ya sabe dónde está su pieza, Ubil. Compártala con su familia nomás -dijo el comisario desentendiéndose de nosotros para tomarse el amargo que le habían cebado.
El abuelo, al ver que no nos daban más bola, en lugar de encarar para el calabozo, acelerando el paso se fue derecho al fondo del destacamento adonde había una puerta abierta. Con mi papá y el General lo seguimos y nos encontramos con que atrás estaba pastando un caballo blanco. Para cuando se escuchó el ¡adónde mierda creen que van!, el abuelo Ubil ya lo estaba montando a pelo con mi papá atrás y yo, desesperado, viendo por dónde carajo me subía. El caballo un poco se retobó, dio un giro completo con el perro meta ladrarle, y recién entonces el abuelo lo dominó y salieron con mi papá echando putas; conmigo y el General corriendo detrás de ellos, tragando la polvareda que iban levantando.
A grito pelado de vena en el cuello, el comisario lo puteaba:
-¡Ubil! ¡Hijo de su buena madre! ¡No se me lleve al Cal otra vez, carajo!
No sé si fueron doscientos metros o un kilómetro a campo traviesa lo recorrido hasta que me pude subir al caballo. Para mí fue mucho. Para el perro también. Yo no veía nada. Corría, tosía y escupía. Me pasé un brazo por la frente y los ojos y fue peor. Las botas me estaban sacando ampollas, pelando los talones y convirtiendo mis pies en empanadas. Para colmo de males se me despegó y perdió un taco. El abuelo y mi papá me miraron cuando los alcancé rengueando y se rieron por lo bajo. Yo no estaba de humor y les
hice una mueca de mala gana, simulando una carcajada que ellos terminaron largando cuando me vieron los dientes y la lengua negros. Por la transpiración, tenía pegado en el cuello y en la cara la tierra del camino.
El General aprovechó para descansar y sentarse un ratito con la lengua afuera, larga como si fuera una corbata. Mientras, yo hacía toda una ceremonia para treparme a una tranquera y de ahí mandarme detrás de mi papá.
Cuando me apoyé en él, alzó los hombros como si le diera asco sentirme y se puso más incómodo cuando me abracé de su cintura. Entre dientes, alzando la perita por encima de su hombro derecho, me secreteó:
-Así se agarran las mujeres.
Y después cogoteó para adelante, mostrándome como iba él prendido del abuelo. Las manos, como garras, de los hombros.
Resoplando lo imité.
Encontramos un sendero y de ahí llegamos al toque otra vez a la 38. El abuelo Ubil lo taconeó al Cal y el caballo empezó a trotar. Ibamos por el costado de la ruta. Tranquilos. El General siempre detrás, escoltándonos. El sol ya se hacía sentir. El asfalto, más adelante, parecía un lago. Me vino todo el cansancio de golpe. Las veinticuatro horas arriba del tren. Las palizas que me había morfado. Los doscientos metros o el kilómetro que corrí detrás de mi papá, el abuelo y el Cal.
El toco-TOC-toco-TOC-toco-TOC que iba haciendo el caballo en su andar se convirtió en una canción de cuna. Yo cabecee un par de veces y ya estaba entrando en un sueñito cuando escuché algo que no pude identificar. Primero pensé que era un bicho. Unos cuantos bichos al sentir el sonido más cerca.
Aguaciles.
Avioncitos.
Diablos del aire.
"Son aguaciles. Y va a llover. Porque los aguaciles anuncian lluvia", pensé; acordándome que eso también me lo había enseñado el abuelo Ubil.
Habíamos recorrido un tramo que era una bajada. Los tres miramos para atrás buscando ese ruido que terminó siendo las cadenas de dos bicicletas de carrera que habían dejado de pedalear. Manejándolas iban un par de gringas muy pero muy bonitas.
-¡Jai! -pronunciaron a coro cuando nos pasaron. El abuelo Ubil se sacó el sombrero para devolverles el saludo. Con mi papá, los dos embobados, sin abrir las bocas dijimos hola levantando las manitos.
Las gringas tenían unas calzas negras pintadas. Los tres nos perdimos en esos culos trabajados, bien firmes. El abuelo, todavía con el sombrero en la mano, estirando hacia arriba todo lo que podía el cogote, les propuso
gritando:
-¡¿Una carrera?!
No sé si las ciclistas hablaban español o entendían el idioma. Sí, que intercambiaron miradas y que se pararon sobre los pedales empezando a andar más fuerte y mostrándonos mucho mejor esos culitos hermosos.
En mi barrio se llama "provocar".
Y en Tucumán, "mojar la oreja".
El abuelo Ubil se calzó el sombrero, apretó los dientes y le hincó bien fuerte los talones en las ancas al caballo, que salió disparado hecho una furia. El abuelo se tiró hacia delante casi recostando el pecho sobre el cuello del Cal. En efecto dominó, mi papá hizo lo mismo apoyándose sobre la espalda de su papá; movimiento que yo también imité.
Así, agazapados, las alcanzamos y nos mantuvimos cabeza a cabeza durante unos segundos que fueron una vida. Tres vidas. Tres alegrías.
No mucho antes había aprendido a manejar motos en una chopera de mi primo Joye con asiento de cuero de vaca. Esa vez había sido uno de mis primeros contactos con la velocidad. No pasó un año cuando la rompí por Cristianía y Venezuela hasta la Carlos Casares con otro primo, el Cachi, en una Enduro.
Pero en el medio estuvo ésta con mi papá y mi abuelo en el caballo blanco. Y aunque tuve muchas más, la picada contra las cicilistas gringas en la Ruta 38 nunca la pude superar. Fue la mejor. Y eso que yo no manejaba.
Ibamos cabeza a cabeza con las gringas y en un momento empezamos a pasarlas.
Ellas estaban dejando todo. La que iba más cerca de nosotros me miró.
Llevaba anteojos negros, como la otra. Anteojos negros ocultándole los ojos.
Ojazos, seguro, celestes, verdes o del color del tiempo. Me miró. La miré. Y le guiñé un ojo. Ella sonrió. Se mordió el labio de abajo y entró a pedalear más fuerte. Y ahí picaron en punta. El pobre Cal no daba más. El abuelo Ubil dejó de exigirlo. Y ellas nos terminaron dejando atrás. Muy atrás. Ganando.
-Oh, oooh, oooooh... -el abuelo le hablaba a una oreja del Cal para que fuéramos frenando de a poco.
Cuando por fin nos paramos, la gringa a la que le había guiñado un ojo giró y nos hizo un ceremonioso saludo militar para decir adiós cinco segundos antes de que con su compañera se perdieran en el horizonte.
Para despedirnos de ellas, al abuelo Ubil le pintó jugarla de Llanero Solitario o El Zorro y lo hizo parar en dos patas al caballo. El Cal relinchó. El abuelo con una mano se agarró bien fuerte de la crin y con la
otra se sacó el sombrero saludando. Sentí que me iba a la mierda, que me iba a caer de espaldas, y le hice por debajo de las axilas la toma garrapata a mi papá. Mi papá, viendo que él también iba a comprar terreno, lo estranguló al abuelo Ubil. Y así terminamos los tres en el suelo. Yo amortiguando las
caídas de ellos dos.
Mientras el General no dejaba de ladrarnos, el abuelo rodó una vuelta completa sobre su derecha y se quedó sentado. Nunca en mi vida había levantado pesas pero ése fue el movimiento que hice para despegar a mi papá, que también se abrió para la derecha y se sentó. Yo me quedé ahí acostado viendo lo celeste que estaba el cielo y escuchando cómo el caballo no paraba de relinchar ni de trotar, alejándose de nosotros.
Toco-TOC-toco-TOC-toco-TOC-toco-TOC-toco-TOC-toco-TOC-toco-TOC.
Llegó una brisa tímida. Todos la agradecimos. Hasta el sombrero del abuelo que se dejó arrastrar unos metros, volviendo al asfalto de la ruta.
El abuelo Ubil sacó el paquete de 43/70 todo arrugado del bolsillo de la camisa. Se lo golpeó dos veces en el pecho. Y cuando lo retiró, el cigarrillo que quedó más arriba fue el que se llevó a los labios. Le convidó a mi papá, que agarró gustoso. Me mostró el paquete para ver si quería fumar con ellos. Con el dedito le dije no, gracias. Y estuvimos ahí un rato. Los tres. Más bien los cuatro, con el General que se había echado con las dos patitas para adelante. Estuvimos ahí los cuatro. Disfrutando del silencio.
El abuelo terminó su pucho primero. Se puso de pie. Se sacudió con las palmas la tierra de sus ropas. Carraspeó. Carraspeó con ganas y escupió otro gargajo colorado embebido en su sangre. Y antes de ir a buscar el sombrero, con una sonrisa canchera de esas que se hacen de costado, nos batió:
-Hoy es sábado. En algún lado, seguro, esta noche va a haber fiesta.
Mi papá lo escuchó y se atragantó con el humo del tabaco. El General se puso a gruñir. Y yo me cubrí la cara con las manos y mientras negaba moviendo la cabeza, les terminé dando la razón a todos los habitantes del Jardín de la República pensando: ¡pero qué hijo de puta que es mi abuelo!
El abuelo Ubil murió el primero de marzo. Menos el último fin de semana de febrero, todos los demás, él, mi papá y yo... viernes, sábados y algún domingo... fuimos juntos a bailar.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-161113-2011-01-25.html





El cuento por su autor*



El final de Birdie de Alan Parker es uno de los más luminosos que recuerdo dentro de un contexto que era de lo más triste y opresivo. El personaje de Nicolas Cage se desespera creyendo que el de Mathew Modine se acaba de suicidar arrojándose al vacío. Cage corre hasta el borde del edificio desde
donde se largó su amigo, y en lugar de descubrir un cadáver despatarrado en el medio de la calle, se encuentra con un techo lindante por el que continúa escapando Modine; que se da media vuelta y como si nada le pregunta: "¿Qué?".
La pantalla se funde a negro y acto seguido suena "La bamba", generando una sensación de alivio y de catarsis que me parece única. Porque el Birdie de Modine es un personaje que va a morir con las botas puestas. Fiel a lo que es. Incluso a su locura.
Siempre quise hacer algo que se acercara a esa sensación. A lo que a mí me dio esa escena y esa película. Y como hacía rato que tenía ganas de escribir sobre mi abuelo, y como todos mis recuerdos de varios viajes a Tucumán empezaron a estar muy presentes desde que hice el relato "El fantasma y la oscuridad" para la antología Un grito de corazón y mi novela Sacrificio, fue que nació lo que van a leer en estas páginas.
La música es algo que también siempre tengo presente a la hora de sentarme frente a la PC a laburar. "La bamba", y en especial la versión de Los Lobos para la película con Lou Diamond Phillips como Richie Valens, me servía lisa y llanamente para ubicarnos temporalmente en los finales de los '80. Y para
hacernos comulgar a mi abuelo, a mi papá y a mí en una canción que en su momento cada uno escuchó y la sintió popular y para nada ajena. Pero conforme iba craneando la historia me di cuenta de que por usar el mismo tema que Alan Parker no iba a lograr el efecto que estaba buscando.
Si hubiera escrito sobre mi papá y yo, la canción hubiera sido una de Creedence. De cabeza. Pero como se apareció el abuelo Ubil, había que buscar una con la que nos hubiéramos prendido los tres. Ninguno de nosotros fue tanguero. Con el folklore por ahí el abuelo se identificaba más y mi viejo algo se podía arrimar, pero yo necesito sí o sí pasarlo por Divididos o Doña María.
Y justo cuando empezaba a trabarme en el qué escuchamos, me di cuenta de que este relato en realidad iba por el vicio compartido, heredado y en el que descollamos estas tres generaciones de Oyolas; y en el que espero dibujen mi hijo Ramón y mi sobrino Tomás: el ir a bailar.
Entonces, con la de Creedence no le hacíamos justicia al abuelo. Pero, tomándome una licencia, con el Fogerty solista yo creo que sí. Por la música country que a mí me da un pulso para hacer un híbrido del que estoy orgulloso de explorar como lo es el locro-western. Le puse al cuento Casi sábado a la noche por el título de una canción de John Fogerty. Pero el tema que para mí suena después del punto final del relato es un cover que el gran John canta a dúo con otro grosso como lo es El Jefe, Bruce Springsteen:
"When will I be loved.
Yo no tengo banda ancha porque me distrae y mucho para escribir. Voy al cyber dos o tres veces por semana a revisar y contestar mails. Pero si ustedes son como los que hicieron al Hombre Nuclear y tienen la tecnología de su lado y pueden hacerlo; si no es un abuso: tengan en punta en YouTube
esa canción y ni bien lean el último párrafo de mi cuento, por favor pongan play. Si están solos y se encuentran moviendo la patita, si están con alguien y se animan a bailar con los pasos que les salgan, sepan que van a honrar a mi abuelo y que quien escribe va a dar por hecho que les hizo pasar un buen momento. Y ésa, para los que nos dedicamos a esto, es una moneda que vale mucho-mucho-mucho.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/161113-51643-2011-01-25.html







POR QUIEN DOBLAN LAS CAMPANAS*


“Tómame ahora que aun es temprano
y que llevo dalias nuevas en la mano”
JUANA DE IBARBOUROU



Han sonado las campanas de mi pueblo.
No han sonado por mi, ¡Ay!, no por mí.
Tampoco, ¡Ay!, tampoco han sonado por ti.
Un mirada de raíz postrera.
Dioses de manos duras.
Tribulación del aire.
Concierto pesadumbre.
Ronda de eternas profecías.
Han cubierto: Plazas. Playas. Calles.
Niños moribundos, perros flacos.
Desnudez de árbol, féretros abiertos.
Jarrones sin flores, atrios.
Cruces madera anónima.
Cancelas tiempo, cosecha salitral.
Escaleras derruidas.
Pechos pasajeros. Frigidez.
Ratas y flautas rotas.

Han sonado las campanas de mi pueblo.
Tres días y tres noches han sonado.
Por un instante, solo por un instante.
He sentido su aliento.
Niebla carne oscura, zafiro caracol.
Rosa invertebrada. Pajonal relincho.
Agua barro. Polvareda.
Han sonado las campanas. Ay.
No han sonado por mí.
No han sonado por mí.
Ay, tampoco corazón, han sonado por ti.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar




*


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