Saturday, June 08, 2013

LA REALIDAD NO ES TAN SIMPLE COMO PARECE...




*Obra de Virginia Rivera.
Título: “Las amigas”. 180 x 80 cm. Acrílico sobre madera
 
 
 
 
 
Miguel y Clara*
 
 
 
*Por Victoria Mora. mvictoriamora@yahoo.com.ar
 
 
Hoy volví a pensar en Clara. Parece increíble, un hombre grande y no me la puedo sacar de la cabeza, a pesar de como terminó nuestra historia. Quizás sea el momento de reconocer que es el gran amor de mi vida. Si cierro los ojos puedo verla, linda, hermosa como cuando la conocí. Entré a la oficina ese día como cualquiera otro, la vi y me enamoré. Estaba escribiendo a máquina, concentrada, inclinada sobre la mesa, primero la vi de perfil, me acerqué, cuando la tuve enfrente supe que caería rendido a sus pies. Unos ojos grandes negros, profundos me miraban con desconcierto. La saludé, intentando entablar una  conversación que no fue, solo me devolvió unos monosílabos sueltos. Ese día no me respondió, pero de a poco con toda mi paciencia fui logrando que me hablara. Un día se me ocurrió llevarle un regalo, un perfume, me di cuenta, que aunque no quería demostrarlo, el regalo le había gustado. Así di el primer paso.
Haciendo un trabajo de hormiga llegó un momento en que conversábamos de todo: nuestra historia, nuestra infancia, nuestras ideas, por supuesto no coincidíamos en muchas cosas pero era un placer hablar con ella, y además me di cuenta que a ella le gustaba hablar conmigo.
-Hola Clara ¿como estás hoy? Te extrañé anoche- me animé un día
-No me digas esas cosas, por favor- siempre tan tímida
-Bueno es lo que siento, no se puede evitar-insistí
-Hablemos de otra cosa ¿si?-
Entonces empezábamos a debatir: historia, literatura, política, nunca rechazaba mi conversación ni mi compañía.
Un día conocí a su familia. Fuimos en el auto hasta su pueblo, un pequeño pueblo perdido en la provincia de Bs As. Hicimos prácticamente todo el trayecto en silencio, pensé que quizás fueran los nervios de que conociera a su familia ¡siempre tan preocupada Clara! Yo intentaba todo el tiempo que fuera feliz, a veces lo lograba, a veces no. Clara era un ser luminoso que me había cambiado la vida. La amaba con toda el alma y si bien a veces me respondía como yo esperaba, a veces era distante, como el día del viaje. Le saqué conversación sin éxito en varias oportunidades, no hubo caso. No sé porque estaba tan nerviosa, sus padres nos recibieron con los brazos abiertos increíblemente hospitalarios. La primera visita fue un poco rara porque no nos conocíamos pero después fue fluyendo, el padre hacia unos asados espectaculares, la pasábamos genial. Sin embargo, Clara siempre con esa mirada sombría, debí sospechar que a pesar de mis esfuerzos lo nuestro no iba a funcionar.
 
 
Miguel sabía que Clara iba a ser liberada en cualquier momento. Lo intuía, quedaban pocos detenidos, la confirmación se la dio Gutiérrez
-Che, se te va la mina- por un segundo a Miguel se le paró el corazón
-¿La trasladan?-ambos sabían que traslado era sinónimo de vuelo de la muerte
- ¡Que cara! No boludo, no te asustes, la liberan -Miguel respiró, quiso saber
-¿Sabes que día?
-No, pero te lo averiguo, te va a salir caro, eh
- Dale boludo, me debes más de una, averiguame ¿si?
-Porque sos vos y porque la piba se portó como los dioses, desde que la trajeron a la oficina no paró de laburar, está bien que hacen cualquier cosa con tal de no volver a los calabozos, pero ella se portó mejor que cualquiera, le escribió a máquina trabajos a medio mundo y nunca la oí quejarse de nada, y mirá que cuando llegó la pasó mal, después recapacitó, se dio cuenta como son las cosas, menos mal que la metieron en el programa de recuperación enseguida, sino vos te quedabas sin novia, ¡pobrecito Miguel se iba a quedar solito! -lo cargó Gutiérrez
- Calláte imbécil, no me cargues y conseguime la fecha
- ¡No te calentes! es un chiste
 
El centro clandestino se estaba desmantelando, ya casi no quedaban prisioneros. A Miguel le costaba pensar que iba a ser de su vida. Hacia dos años que había decidido directamente vivir ahí. No tenía sentido alquilar afuera,  todo lo que necesitaba estaba adentro, y desde que conoció a Clara, ya no salió más que para hacer trabajos que le indicaran, o comprar alguna cosa para él o para ella. Se puso feliz cuando Clara pudo visitar a sus padres, así él iba a conocerlos.
La segunda vez que fueron, era año nuevo, cuando terminaron de cenar, ayudó a la mamá de Clara a levantar la mesa, y ahí se animó, le confesó que estaba enamorado de su hija. Notó que la mujer se sorprendía pero entendió que la situación era compleja. No le importaba. La historia la escribía él.
Tenía todo planeado, cuando esto se terminara con el dinero que había ahorrado iba a alquilar un departamento y se iba a casar con Clara, quizás hasta tener hijos. No estaba seguro si ella iba a poder, pero lo intentarían. Fantaseaba a menudo con eso, un sinfín de imágenes cotidianas en  las que él y Clara comían juntos, hacían las compras, se amaban, ella con panza, los dos con un bebé, juntos y felices. Finalmente supo el día exacto en que Clara iba a salir, consiguió ser quien la lleve a su casa, después de todo él había sido su responsable durante dos años. Lo preparó todo muy bien, la casa lista, amueblada, hasta le compró ropa, la ropa que imaginó que a ella iba a gustarle. Ese día compró flores. Después de subirla esposada al auto salieron del predio. Anduvieron como media hora, ella atrás en silencio, él mirándola por el espejo retrovisor, sonriéndole. Ella esporádicamente insinuaba una sonrisa tenue, hasta que él rompió el silencio
-¿Te gustan las flores? Son para vos
-¿Vamos a ver a mis viejos?
-No a un lugar mejor
Clara no preguntó más nada. Miguel paró el auto enfrente a su nueva casa, antes de bajarla, le sacó las esposas
-Estás libre- Entonces Clara se sorprendió, sonrió, un poco descreída quizás, pero sonrió feliz, por primera vez, como nunca la había visto
-¿Me puedo ir? ¿Me voy a mi casa con mis viejos?
-No, Clara, acá, esta es tu nueva casa, conmigo ¿ves? ¿Te gusta?-y otra vez la sombra en el rostro de Clara, oscureciéndola completamente
Miguel no entendía, era una casa preciosa ¿no lo amaba acaso?
-Si- dijo ella tímidamente- es preciosa
Entraron, Miguel le preguntó si necesitaba algo, Clara le dijo que lo que más había extrañado en esos últimos dos años era darse una ducha con agua bien caliente y los churros con dulce de leche, le pidió por favor si podía ir a comprarle una docena mientras ella se bañaba.
Miguel salió sonriente caminando a la panadería del barrio, cuando volvió quince minutos después, se encontró una casa vacía.
Cuando llegó a la casa de los padres de Clara ya no quedaba nadie.
 
Clara salió del país con su familia, en España los esperaba su hermana. Allí treinta años después logró ver a Miguel entre rejas.
 
 
 
 
 
 
 
LA REALIDAD NO ES TAN SIMPLE COMO PARECE…
 
 
 
 
 
 
 
 
EL HOMBRE DEL VALS *
 
 
*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
 
 
Imprevistamente, el hombre que ocupa la mesa que da al ventanal se ha puesto a silbar la melodía dulzona de un vals de Strauss, confiriéndole al jueves una fisonomía singular, rayana en lo grotesco. Mientras el silbido recorre el salón con apacible fluidez, disolviendo la habitual monotonía de las tardes en el antiguo café, el solitario autor de esta ruptura permanece absorto, mirando la calle a través de los cristales manchados, sin advertir que los otros parroquianos se han confabulado tácitamente para crear un silencio profundo y burlón que ponga aún más en evidencia su insólita conducta.
Al cabo de unos minutos, el concierto llega a su término y el acorde final deja latente en el aire una tenue sensación de ausencia. Con absoluta naturalidad, el hombre bebe un último trago de café, deja un billete sobre la mesa y se pone de pie. Ensimismado, con aire de estar resolviendo íntimas y complejas ecuaciones, camina callado unos metros, esquiva tres sillas mal ubicadas y detiene su marcha frente al viejo del mostrador. "La realidad no es tan simple como parece", afirma de pronto, con filosófica contundencia, sin hablarle a nadie en particular. Poco le importa la expresión distraída del viejo, poco le importan las sonrisas cáusticas de aquellos que lo escuchan, divertidos, a sus espaldas. Habitante único de un mundo que parece terminar en los bordes mismos de su mente, se limita a disertar para sí mismo, como si los otros no existieran. "En el mundo viven cinco mil millones de personas", sigue diciendo, con voz serena y firme. "¿Por qué no pensar que en este mismo momento una de esas personas acaba de silbar el mismo vals que yo silbé? Tal vez esté escrito desde siempre que los dos hagamos las mismas cosas al mismo tiempo, minuto tras minuto, segundo tras segundo. Pero él y yo vivimos a kilómetros de distancia y nunca podremos comprobar si nuestras sospechas son fundadas".
El viejo lo mira ahora con una atención piadosa; el resto ya no logra disimular la risa. Ajeno por completo a las reacciones que provocan sus palabras, el hombre del vals se acomoda el saco con un suave movimiento de hombros, da unos pasos cansados hacia la puerta y se deja devorar por la calle, por la alienada agitación de una ciudad incapaz de entenderlo.
Los otros, los que se quedan, comentan el episodio y se ríen sonoramente del loco. Amparados en una lógica arbitraria que jamás atinarán a cuestionar, no pueden siquiera imaginar que, en este mismo momento y en un lugar muy remoto, otra gente se ríe de un loco con las mismas carcajadas mordaces e ignorantes.
 
 
 
 
 
 
 
 
ESE OTRO EXODO*
 
 
 
*De George Reyes. george_reyes@email.com
 
 
 
El cristal de tus pupilas
se ha de astillar con la opacidad del mío
al golpe de mi insistente mirada
Es que más allá de este imparaíso
se diluye en tu otredad una jornada
que estremece
hasta esta empecinada sombra
y en el vagón que viajo sacudiéndome las alas
me acompaña un rumo de esperanza y de recuerdo
vistiendo cual lucero de un titilar extralejano
en desmemoria
de que hay una injusticia humana
que ha de estallar en tu justiciera mano
 
George Reyes, del libro El azul de la tarde (2013)
México, México. D.F.
 
 
 
 
 
 
Mirada que crece en el silencio, descubre lo oculto, invita.*
 
 
Cada uno mira desde su lugar, con  lo vivido, lo leído, lo amado, el cine, el teatro, los bares de infinitos cafés, hasta la maravilla de la torre de quesos festejados por Calvino con sus sutiles entrecruzamientos de hierbas y cielos. Uno mira  desde su dolor, sus duelos, sus festejos, sus miserias y sus lujos. Con todas las ciudades  que conoció  y algunas que no, y los mares y las calladas montañas. Mira con su cuerpo. Con el silencio.
 
La piel abre ojos, sentidos, íntimas claves a descifrar. Deletrea el cosmos.
Vacía para ver
 
 
*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com
 
 
 
 
 
Cuentos de la realidad
 
 
Dos “carajitos” para la mesa dos*
 
 
 
 
*Por Carlos Alberto Parodíz Márquez. parodizlaunion@gmail.com
 
 
 
“Nada queda ya de tu casa natal... sólo telerañas que...”.
 
 
“Es cierto, la vida es un tango pero hay que saberlo bailar, dijo con tono profético Sebastián, desde su enrulada y negra cabellera, cruda envidia del pelado “Garrafa”, que no le pierde la pista ni cuando se da vuelta para pedir otra copa en el bar.
 
Una fijeza hipnótica y la primera deducción que viene de esa imagen, es la sospecha que si lo sorprendiera dormido, habría un trasplante menos que realizar, en la larga colección que se anuda en la puerta de cualquier hospital, si es que existe más de uno en condiciones de practicarlos. Casi como anuncio de ese tiempo de inicios de milenio.
 
“¿Que le pasa a tu casa natal?”, fue la tímida consulta que llegó del otro extremo de la mesa y provenía de “Chiquito” Princes, que nunca llegaría a reyes, según sesudas cavilaciones de Luis  “Chapita”, formuladas después del Gancia con Fernet y una sólida porción de mortadela que –para él- es “jamón del medio”.
 
“Que nos tenemos que ir más rápido que corriendo”, amplió Sebastián y el tono oscuro de su piel viró, levemente, al rojo. Una bronca que se avecina y nace -antes-, en el medio del mar; en este caso su mar –de fondo-, llegaba del porrón de barro de ginebra, una reliquia de otros tiempos y casi tan difícil de hallar, que la gente de Sotheby’s ha tendido sus redes para la próxima subasta del 10 de noviembre, porque la tradición es la tradición... piensan los ingleses.
 
“¿Y porque se tienen que ir?”, deslizó “Chiquito, asomado al borde de la mesa.
“Para hablar tenés que pararte”, hostilizó “Garrafa” - solo por los gases -  en el bautismo ceremonial que el grupo dispuso para él.
 
“Porque se vencieron todos los plazos, se vencieron”, replicó Sebastián, con las fetas ausentes de un sandwich, según el cómodo léxico que se cultiva en Don Orione, frontera mediante con Claypole y Calzada, tierras de gente brava y dispuesta a mudarse, cada vez que se vuelven maoístas y mueven los límites, pasándose de un lugar a otro más cerca de “Perdón”  - Presidente - que nunca.
 
“¿Y que van a hacer?”, insistió pesadamente “Chiquito”, al parecer no tan bien informado como el resto, silencioso y lúgubre, ante la perspectiva aceptada.
 
“Por ahora mudarnos pero no se donde, hasta ahora, lo cierto es que se acabó el tiempo”, farfulló “Seba”, con el desconcierto pintado en la cara.
 
Luego de una pausa cargada de presagios, cada uno y como si el resto escuchara, estalló en comentarios generando el caos nunca bien ponderado.
La gente suele pensar por los otros y deduce, que escucha sobre lo que el mismo piensa y como por su parte, el interpelado hace lo propio con el interlocutor, cada uno emite su discurso y se va con la serena complacencia de suponer que él o los demás, han escuchado.
 
De allí se extrae la mejor versión de la Torre de Babel, en el tercer milenio, que se puede disponer y está a la vuelta de la esquina y las mejores intenciones. Un asco total.
 
Yon y yo volvimos al bar “Macanas” que los fines de semana muta en bailable, para rescatar a Sebastián. Lo hicimos a bordo del Alfa gris y, nos sentamos en mesas separadas, para disfrutar del espectáculo; luego de una seña jugamos a la discreción.
 
En ese lugar era difícil saber que elegir y tomar, pese al aspecto de ramos generales que ofrece a primera vista. Yon luego de pensarlo un segundo y en un gesto quijotesco, presuntamente medieval, pidió grapa de uva, por supuesto una para cada uno y musitó “nos vamos a tomar dos carajitos´”, me quedé mirándolo absorto por la contaminación que avanza a gran velocidad y amenaza con destruir el sistema neuronal, que ha quedado con vida. No obstante y como cuadra a un caballero respetuoso, que soy, hice silencio interrogante, enarcando la ceja izquierda.
 
“Se toma en el norte de España y es bueno para el frío” anunció lacónico, en tanto anular e índice indicaban que, además, llegarían dos cafés.
 
Mi curiosidad progresó moderadamente, mientras aguardaba y el espacio me dio tiempo para recorrer el local, repasar la razón de nuestra estancia en él y resignar, una vez más, a la paciencia -pobrecita- que se requiere para entender el mundo misional de Yon Eibar.
 
El lugar seguía poblado de voces destempladas. El mozo, eso sí limpio en su librea blanca, dejó su carga sobre la mesa, recelando de nuestras intenciones cuando advirtió que Yon colocaba –atravesada- una cucharita sobre el pocillo, instalaba sobre ella el mítico terrón de azucar y derramaba una generosa porción de la copa con grapa, dentro del recipiente para culminar, encendiendo un fósforo - aparecido de la nada -, e incendiar el pocillo.
 
“Cuando se apague, el alcohol queda eliminado”, anunció el vasco en tono didáctico, casi intimista. Era cierto. Concluida la exhibición pirómana, me aproximé –receloso- al pocillo ante la alentadora mirada de Yon.
 
El sabor de la infusión había cambiado radicalmente - con perdón de la palabra -, un fuerte gusto a uva le otorgaba una atrayente dosis de misterio, aunque luego de dos sorbos, uno dedujera que dos carajitos seguidos, eran casi un pasaporte a la borrachera, sin alcohol.
 
Me quedé saboreando y aprendiendo la forma de beberlo que, sin sugerencias, él estaba mostrando. Convine en que cada día se aprende algo nuevo y devolví mi atención a la mesa vecina, seguro que el vasco, en algún momento me explicaría porque estábamos allí, en otra, siendo que conocíamos a los protagonistas, haciendo las veces de espectadores de una escena de abrume cotidiano.
“¿Y se van todos... no dejan a nadie afuera?”, algo ansioso, “Chiquito” consultaba al morocho, desde lo profundo de la silla.
 
“Por el momento no lo sé, pero si estamos todos en negro, me cago en la diferencia”, respondió Sebastián amagando con la retirada. Los otros se diluyeron, como siempre, en acotaciones inconducentes, más parecidas a un estado deliberativo rumbo al naufragio.
 
Seguí con la mirada, la mirada del vasco, sin descubrir indicios que me orientaran. No me dejó alternativas y procedí sin anestesia.
 
“¿Quien se muda y porque tanto barullo?”
 
La tonalidad celeste de su mirada incluía perplejidad y una cierta piedad, parecida a la que suelo hallar en la de la mujer dorada en ciertos momentos, “tu diario, idiota,”, me dijo palmeando mi mano derecha, suspendida con el pocillo y previsiblemente dispuesta a asumir la lluvia nunca púrpura, mostrando el final que siempre llega, de una u otra manera, pese a mi asombro nunca tan inoportuno, sobre todo cuando se intenta quedar.
 
 
 
 
 
 
 
INTERVALO LÚCIDO*
 
 
*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
 
 
El hombre se detuvo con brusquedad en el centro mismo de la masa hormigueante que corría por la larga avenida, sobresaltado por la súbita revelación que acababa de herir su conciencia. Primero con perplejidad, luego con horror, miró hacia uno y otro lado, y el espectáculo escalofriante de la multitud que se desplazaba raudamente a su alrededor lo estremeció.
Como una legión demencial de maratonistas, millones de figuras deshumanizadas avanzaban en idéntica dirección, con la vista clavada en un horizonte distante que nadie alcanzaba a divisar. "¿Para qué corremos, entonces?", atinó a preguntarse, asustado. "¿para qué corremos todos, si ni siquiera sabemos hacia dónde vamos?" Pero apenas un instante después, reanudó la carrera con redoblado ahínco. La humanidad se alejaba y él se estaba quedando vergonzosamente atrás.
 
 
 
 
 
 
No sé…*
 
 
 
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
que esa tristeza aciaga que silencian los ecos
se abriga en la quietud envolvente de un cielo
se esconde en el extraño horizonte del tiempo
y estrella laberintos en el aire de pájaros
 
No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
ver cómo la indecencia se anima a la nobleza
y la victoria mengua encorvada en el agua
en el grito del árbol o en los brazos del sueño
del sueño adormecido en las manos del canto…
 
Pero a mí me ha pasado
que derroté el cansancio en los ojos del viento
que bordé la coherencia con ánimo de nube
que parí la ternura
que lamí la semilla
y el verbo fue un brevísimo racimo de lluvia
 
Pero nos ha pasado
que inventamos la risa con dos notas y el alba
que tejimos palabras en idioma costero
que las luces de agosto abrazaron los bordes
que el éxtasis del aire deliraba nostalgias
y soleamos las manos
y el amor se hizo ángel
y el secreto paciencia
y las voces virtud
y la piel arboleda
y el abrazo desvelo
 
Pero a mí me ha pasado…
que nombrando su nombre con los labios dormidos
que temblando la noche suturada de acordes
con la melancolía del sur en la estrella
el poeta hizo coplas
hizo copla en la siesta
hizo copla y camino
hizo copla en silencio…
 
 
*De Ana Lía Gattás. al_gz@yahoo.com.ar
-Mendoza, Argentina-
 
 
 
 
 
 
CUATRO DRAGONES Y UN DURAZNO*
 
 
 
*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com
 
 
 
Justo es decir que el pintor de mi barrio tiene fama de varios colores y a cuál más amarillo. Mi vecina muere de amor pero él la pinta al óleo.
Mi vecina, que cría a sus cuatro dragones como cuatro gatos, tiene un sabor a durazno blanco que perdura en el paladar de quien la muerde hasta muy entrada la madrugada. Pero no sólo eso. También abre las ventanas cada día, incluso, los domingos y apoya los codos en el alféizar, y se queda allí, largo rato, pensativa. Dicen, algunos, que la han oído murmurar canciones en el lenguaje de los dragones, un idioma tan azul que los gatos no entienden.
El pintor, que vive enfrente, cuando no la ve acodada en la ventana, la imagina de mil maneras. Con las manos en el agua haciendo espumas, desnuda bajo un sombrero de ala ancha, inclinada sobre el borde de algún recuerdo, sostenida en un solo pie como una bailarina rusa.
La imagina en una especie de mundo, bajo una especie de cielo, caminando por una especie de calles, en una especie de noche, rodeada de una especie de personas.
Ha llegado al paroxismo de pensarla quitándose el reloj o colocándose los zapatos. Y eso no viene de su fantasía desbocada, sino de la más objetiva observación, porque a fuerza de pasar horas vigilando sus movimientos, la ha visto salir, presurosa, de su casa, dando un paso tras otro, como quien camina sobre sus pies. Más aún, ha visto que cada uno de sus pies iba dentro de los zapatos, con cierta vanidad entre femenina y humana.
Pero en las madrugadas de mayor desasosiego, cuando dormir es una pesadilla, y el insomnio un tinte somnoliento, el pintor imagina el mentón del hombre que llega por las noches a clavarle los dientes.
Para evitar lo que presiente, se inventa molestias al por mayor que lo distraigan de mi vecina. Piensa, por ejemplo, que el mar tiene fondo y que en el fondo del mar duerme la luna. Aún más, piensa que el cielo se llena de peces y los navegantes de tiempos remotos se extravían, porque los peces no se quedan quietos. Los barcos pierden rumbo y naufragan u orbitan alrededor del agujero que dejó la luna y todo se vuelve muy confuso.
Pero cuando esto no resulta, el pintor piensa en muchas aguas que invaden muchas tierras, y si esto tampoco lo distrae de la angustiosa sospecha de los colmillos hundidos en la carne blanda y jugosa de mi vecina, el pintor busca sosiego amasando mil y un colores imprudentes.
Sin embargo, nada de lo que haga evita saber lo irremediable, porque cuando el hombre que llega por las noches, muerde la carne blanda y jugosa de mi vecina, el barrio se inunda con su pertinaz olor a durazno rasgado. Y no sirven las puertas blindadas, ni las persianas bajas, ni la música a todo volumen, ni el vino generoso, ni los colores restregados sobre los cuadros adyacentes. El aroma a duraznos de mi vecina penetra por las paredes, por los silencios, por las más remotas hendijas de la memoria.
Cuando el aire alcanza su máximo dulzor, a todos en el barrio nos asfixia sentirnos tan solos, tan tristes, tan ínfimos, tan faltos de sabor.
Se dice que el pintor de mi barrio, ha dibujado los huesos de mi vecina, finos como mimbre. Que ha trazado arqueos que se producen sólo por aquellos estremecimientos. Se dice que la ha pintado en pedazos, y que ha colocado sus pequeños gajos de durazno dentro de un frasco transparente. Y que tan reales resultan los pedazos, que dan ganas de comerlos.
Mi vecina, cuando no se deja comer como un durazno blanco, cuando no trabaja en la oficina municipal y cuando no apoya los codos en la ventana, se dedica a cuidar de sus cuatro dragones por los motivos siguientes: uno de ellos cree que es un gato gigante que tiene miedo de los ratones pequeños. Otro pasa horas trepado a un árbol y olvida la hora de comer, hablando solo, inventándose un nombre. Debajo del mismo árbol, otro lee libros de hombres imposibles cuando no hace muñecos de barro. Cosa que tiene prohibida porque es alérgico al fango. Pero el mayor problema mi vecina lo tiene con su cuarto dragón porque es imaginario.
La historia del pintor y mi vecina comenzó una tarde de abril, que pudo ser una tarde de diciembre, porque esa tarde era tan profunda y transparente que se veía el fondo. En el fondo de esa tarde, precisamente, mi vecina se detuvo sobre la curvatura de un estruendo, y el pintor atinó a morir por un trazo de Egon Schiele.
De allí en más, lo que sabemos.
 
Techo incorrecto. Todo blanco óseo cuando la luz es plena. La encina soltando su olor a fruta fresca. Brotes de duraznos dibujándose a toda hora. Hojas que crecen a diestra y siniestra.
 
Ninguna flor es segura.
 
Ninguna mujer.
 
Nada sucede mientras todo sucede.
 
Vibración que tornasola.
 
Ningún color es seguro.
 
Ningún mordisco.
 
Ningún hombre.
 
Y a veces, llueve.
 
 
 
 
 
 
 
* * *
 
 
 
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