Wednesday, June 19, 2013

LLUVIA DE MARZO.





*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010) .

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam


 

 

 

 

 

LLUVIA DE MARZO
-Poemas de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
1
 
 
Inmerso estoy
en esta llovizna
que de ningún modo
puede llamarse
pasajera.
Es otoño
sin embargo
pero esa persistencia
del ocre
subsiste aún
lacónico
empapado
silencioso
hasta donde puede
serlo esta agonía
de marzo.
El pueblo
es un animal
dormido y húmedo
por no decir
cubierto
por la inclemencia
del agua.
Sólo un camión
lo cruza
con sus faros
Y su motor ruidoso
que barrena
el sueño de la gente.
 
 
 
 
 
2
 
 
Ante esta lluvia
que arrincona pájaros
qué puede uno hacer
sino mirar
por la ventana de vidrios
empañados
cómo el silencio
de la madrugada
pasea su orondez
sin más remilgo
que el del pinar
sobrecogido
como quieto monje
cargado de paciencia.
 
 
 
 
 
3
 
 
Nadie sucumbe
en un marzo
entero
como hoy.
Lo que sucumbe
es el sueño
porque la lluvia golpea
con sus mil patitas,
sobre el techo
de un cinc paciente y entregado.
Nadie se mueve hoy
porque al escampar veremos
las hojitas nuevas
verdes
estallantes
moviéndose en busca
del sol que nacerá de nuevo.
 
 
 
 
 
 
4
 
 
Entramado el aire
con las ramas y el cielo
la lluvia penetra
como un relente
limpio
bajo los remolinos
turbios
bajo los troncos chorreantes
en los árboles
donde mueren
los insectos
y la última araña
huye con su tela
destruida.
con su inevitable
sin saber
qué hacer
en esta furia del cielo
hasta hace poco tan
límpido y perfecto.
 
 
 
 
 
5
 
 
En la cornisa
de marzo
silencia el mar
sus arrebatos
en esa playa sucia
donde una botella rota
espera inútilmente
la visita de las algas
hasta que el sol
se filtre
por esos vidrios
que nos protegieron
de aquella madrugada
que la arena sepultó
 
 
 
 
6
 
 
Ya no entraremos
a las ciudades
con la paciencia
ardiente.
 
Ya no asaltaremos
ni la ilusión
ni el cielo.
 
Apenas viviremos
atados a ese recuerdo
niño
que sólo se agiganta
en la memoria.
 
 
 
 
 
7
 
 
A lo mejor
el aire
brotaba de luces nuevas
y esa torcaza
era
una ilusión
de marzo.
A lo mejor
los peces nadaron
desovando en la corriente.
A lo mejor
mi canto erguía
tallitos nuevos
acobardando otoños.
 
 
 
 
 
8
 
 
Un ardiente sol
cae en la tarde
rueda
como una naranja
por las calles
captura sombras
papeles sucios
marquilla de cigarros
un ronco amor
que llora de rodillas
 
 
 
 
 
9
 
 
Un tero salta
con un grito
en la mañana
de marzo
un hornerito
llama a su compañera
y le pide atención
una gaviota blanca
se clava en la altura
celeste
un vientito fresco
arrea
vilanos de cardos
en flor
y los va dejando
sobre el campo verde
verde
que traga mariposas
blancas.
 
 
 
 
 
10
 
 
Arboladuras quietas
cada tarde ardían
en aquel crepúsculo
lento.
Arboladuras arduas
en el señuelo denso
en el olvido
en la quietud
rebelde
en que lloramos juntos
 
 
 
 
 
11
 
 
El viento
que arremolina
hojas oscuras
en las alcantarillas
donde crujen
por olvidos
 
esa caricia
que se detuvo
un instante
antes que Octubre
liberara
sus palomas.
 
 
 
 
 
12
 
 
En ese perfil
que el viento
antojadizo
rememora
 
como la mano
maternal
sobre la frente
o la perdiz
cruzando rauda
la distancia.
 
 
 
 
 
13
 
 
En una
memoria quieta
nadie
podrá decir
que sucumbió
de paz.
Cuando alguien
siempre
por cualquier
motivo
se iba para siempre
 
 
 
 
 
14
 
 
Entre
aquellas dudas
que rumiaron
las lluvias
como un deber
que nadie desentona.
Quiero decir
nadie  nos deja
a un lado
como un recuerdo
infiel.
 
 
 
 
15
 
 
Hacia las nubes
duraron
ciertas banderas
que no reverdecían
sino el aire
la luz
o aquel camino
que se perdió ensoñado
entre casuarinas
oscuras.
 
 
 
 
16
 
 
¿A quién
le dará
de comer
este crepúsculo?
¿Sólo a mi alma
transida
a mi humanidad
que da vueltas
ante tanto dolor?
 
 
 
 
 
17
 
 
¿Qué hará esa nube
quieta
que ninguna
brisa
mueve?
¿Qué hará
cuando algún viento
la deshaga
como a los
sueños míos?
 
 
 
 
 
18
 
 
Quiero
un día mío
para mí,
podría ser un jueves
“diecisiete”
y no sabría
qué hacer con él.
Si fuera limpio
si viniera
de niño
y banderines
plural
pletórico
peleándole
hilachas
a la lluvia
que mata barriletes.
 
 
 
 
 
19
 
 
Hoy soy feliz
estoy soñando
un cielo
que exhibe
margaritas
casuarinas
fresnos
macachines
que copian
con sus flores
tanto espacio.
 
Hoy soy feliz
como hace mucho
como el olvido
a que recluyó
la lengua
resentida
que me tira
su ceniza.
 
 
 
 
 
20
 
 
En mi mano
rugían
tembladerales
azules
infinitos silencios
donde partió
un amor.
Hacía mucho
que la miseria
ardía
que el goloso actor
no nos ponía
en vilo.
No nos dejaba
su dolor
en la llovizna
en la mañana.
 
 
 
 
 
21
 
 
Argumentos del viento
estas palabras
que en realidad
insisten
en la noche.
Un árbol
que la miseria
ausculta
cuando la negra
inquietud
desiste.
Enredaderas del oprobio
cuando la noche.
Asgo una miseria
adentro de la luz
que el aire escarda
delicuescente
atrófico
como antes
de morir.
 
 
 
 
 
22
 
 
Un árbol
instaura
dolores quietos
en la noche.
Un ocio
arrodillado
ínsito
como si fuera
la luz
de un dios
en la miseria
de una mujer
enceguecida
por la gracia.
 
 
 
 
 
23
 
 
Un orgánico
olor
una miseria sola
una lluvia
que en la noche
preserva
un olor
que el aire
deviene
ese silencio
oceánico
que acalló
tu voz
 
 
 
 
 
24
 
 
Amparándome en el cielo
donde un color
reviste
insinúa una lluvia
destronada
de misterios
casi muerte
casi lluvia
casi color
tan pálido en la nube
cuando era
vellón
algodonado
o montaña negra
con dos picos.
 
 
 
 
25
 
 
Enrevesado amor
en la costa ruge
la llovizna
un oscilante
hervor
canciona la dulzura
donde mimó
el dolor.
 
 
 
 
 
26
 
 
La mano
que no puede
recoger el sol
se conforma
con apretar
algunos granos de trigo.
Mi madre
volcaba
en un vaso
con agua
algunos granos de trigo
haciendo tres veces
la señal de la cruz
y murmurando
una oración
incomprensible
con ella me curaba
los calambres.
Ahora mi madre
ha muerto y se llevó el secreto
de sus curaciones
Y yo no tengo a quién
recurrir cuando siento
calambres en el alma.
 
 
 
 
27
 
 
Una extensa
primavera caía
en la tormenta
una infinita
calma
asía la pecera
entre el  mismo dolor
la misma lluvia
y tu melena
que flotaba
en el recuerdo.
 
 
 
 
 
28
 
 
Una molicie
que ronca
en la llovizna
ascendente
sucia
insípida
como si un temblor
nos pusiera
arrodillados.
 
 
 
 
29
 
 
Una noche en donde
ardía
una caricia.
Una noche en donde
ardía
la lluvia que caía
sobre el óxido
y la pena
una noche
en que temía
una rodilla
y una miseria
una noche
en donde lluvias
caían
de la mano.
Una noche rebelándose
cuando un dolor
rugía
en la planicie y el árbol
los corchetes
 
 
 
 
 
30
 
 
Una mano
que toca una guitarra
una mano
que acaricia
una cintura
una mano
que se moja
en la llovizna
o se posa
sobre un pezón
estremecido
una mano
que apriete
fuerte en el saludo
una mano
que escribe
este poema.
 
 
 
 
31
 
 
Como si
desde
esta ventana
no viera
pasar los autos
y los ciclistas
y la mañana tan gris
y tan fría.
Como si
desde
esta mañana
pudiera esperarte.
Como si desde esta
ventana
se pudiera
ver el mar.
 
 
 
 
32
 
 
Uno pica pica
una flor rosada
con su verde
tornasol
por las tardes.
 
El otro
muy azul
casi negro
lo besa
en las mañanas
 
Nerviosos
y ágiles
con sus alitas
minúsculas
y su pico
larguísimo.
 
En el esplendor
del verano
no me tienen en cuenta.
 
 
 
 
33
 
 
Nadie
le pide
a la poesía
que deje de ser
lo que es.
 
Sólo que su silencio
pueda ser
tolerado por nosotros.
 
(no sé si no es
mucho pedir).
 
 
 
 
 
34
 
 
Un resquemor
nos daba pábulo
en esa lluvia
que no dejó que
nos durmiéramos.
Como si nos dejara
despiertos
el silbido monocorde
que usa la perdiz.
 
 
 
 
 
35
 
 
No supe
qué otra cosa
hacer
frente al rocío
que me regaló
la noche
que rumiar
mi melancolía
contra la ansiedad
contra la pena.
 
 
 
 
36
 
 
En una nube
que nadie
quiere ver
en una nube
que el silencio
arredra
en un dolor
incierto
la pena de otros
sutiles
densos
como el aire
que no cabía
en mí.
 
Ni en mis rodillas.
 
 
 
 
37
 
 
Dentro del cielo
donde un rumor
cubría la lluvia
de la noche
en el ancestro
del desierto
que
una rumorosa
quietud funde
en el cielo
y la penumbra.
 
 
 
 
 
38
 
 
Cuando ardían
los veranos
en los atardeceres
únicos
demenciales de entonces
como el aire
que no dejaba
de partir un día
detrás de aquellos pinos
que pararon las
tormentas
como un dolor
que refulgía en el aire
cuando la mañana
era un borrador
de la soledad
que desaparecía
entre hierbas
como no nacía
de mí.
 
 
 
 
39
 
 
¿Un decidido
furor
arde en la costa?
¿pule
otras miserias
que no quisimos
ver
como el ardor
que se guardó
enfática
arrasada
en la tormenta?
 
 
 
 
40
 
 
Tal vez
era una lluvia
que arrasaba
los caminos
como un temblor
de las hojas
duras
densas
rotulándose
de mí.
 
 
 
 
41
 
 
En un amarillo
fervor
del verano
en donde nadie
encendía las lámparas
porque un esplendor
decidía por ese ardor
por esa pena
que de rodillas
caía
como un medallón
detenido en el tiempo.
 
 
 
 
42
 
 
Eran astucias
que en otro
tiempo
esgrimíamos.
Eran figuraciones
muy lentas
donde dejé mi rumor.
 
Como ese amigo
lejano
que nos dejó
de escribir.
 
 
 
 
43
 
 
Una dulzura
hace aguas
en el esplendor
de una pena
arma estulticia
como un sándalo
en ciernes
como un caballero
en la tarde
que hace remolinos
tan descalzo.
 
 
 
 
44
 
 
El hombre lloraba
en el flamear
de la lluvia
en el rencor
que hace
escuela
en donde morían
los oscuros
crepúsculos
que se llevaron
nuestro mirar
distraído.
 
 
 
 
45
 
 
No hay
trémulos hervores
que no “van
a diamantes”
que no reculan
en el ocio del cielo.
No hay
una plática sucia
que no rompa
un hervor.
 
 
 
 
46
 
 
No dirime un rubí
ni una miseria
ni un denso
ardid
del cielo
en los omóplatos.
No inquiere
rotura el aire
como una nube
que se colgó
del cielo
sin premura.
 
 
 
 
47
 
 
En la lanzadera
del crepúsculo
arden las cremalleras
sucias en el rojo cenit
de amor
como era
antes.
 
 
 
 
48
 
 
En una mano
arde ese misterio
que no daba a naranjas
que el roto fervor
de tu mejilla
dio otra mayor
por vivir
 
 
 
 
49
 
 
En el temor absurdo
de la lluvia, en ese
reconcentrado y denso
dolor que en el aire
con pus sucumbe de
rodillas.
Eran las hordas solas
donde murieron el dolor
la lluvia
las distancias.
 
 
 
 
50
 
 
Una mariposa
que se pegó
en el cielo
una mariposa
sola
defenestrada
en sí
una belleza
rubia
con sus pechos
a morir.
 
 
 
 
51
 
 
Como esas
piedrecitas
que pulieron
las aguas
de ese río
como esa sensación
ardida
entre el rencor
y la distancia
que no nos
acercó.
 
 
 
 
52
 
 
Un dolor
cambiante
como una lluvia
que no daba
su fulgor.
Una razón
que urge
una caricia
que persiste
entre la luz
y la cordura
que no llegó
 
 
 
 
53
 
 
Una mano
que no escurría
en la lluvia
una mísera
arteria
que razonó
mi mal
 
 
 
 
54
 
 
La  luz del crepúsculo
dando ocre a la copa
de aquellas
casuarinas oscuras.
¿La casualidad
incide
tal vez
en la belleza?
 
 
 
 
55
 
El gorrión
tan breve
que se cayó
del cielo.
¿trató de pintar
con su piquito
la ceja
ocre de la tarde?
¿o sólo
quiso
hundir el aire
con sus alitas
breves?
¿o lo casual
de la naturaleza
me hace pensar
una decisión
donde solo hubo
inconsciencia?
 
 
 
 
56
 
 
En la enredadera
del cielo
armé
un tembladeral
ajeno
para que
olvidaras
una noticia
artera
que no llegó
a destino.
 
 
 
 
 
57
 
 
Una mano
estaba fuerte
sostenida
por el haz
azul
de aquel crepúsculo
una mano
movía
ese fervor
que se nos fue
para siempre
 
 
 
 
58
 
 
En el silencio
final
de la mañana
sólo se escucha
el ronco
zurear
de una paloma.
 
 
 
 
59
 
 
En el silencio
que nunca tiene
el mar
una gaviota
planea
mi desconcierto.
Aunque tal vez
esté muy segura
de ese destino
que no eligió.
 
Lo mismo que nosotros,
pero nosotros  suponemos siempre.
 
 
 
 
60
 
 
¿Qué pasó
en aquel rincón
perdido
donde mi amor
bebía
el agua escasa
de todos los desiertos?
 
 
 
 
 
61
 
 
Una sincera
inquietud
irrumpe
en la miseria
dulce
que no vemos.
 
En ese rumor
del aire
que no llegó
decidí
seguir
entre la lluvia
ajena.
 
 
 
 
 
62
 
 
Anduvieron solos
en el aire quieto
en el dulzor
de antes
en la lluvia
que rompía
un diapasón de sí
una caricia lenta
una caricia mía
donde la lluvia
caía
sin sentir.
 
 
 
 
63
 
 
Amor amor ardían
las dulzuras
las lluvias
que ninguna pasión
tenía en el ardor
donde llovió
sin ningún rencor.
Denso
y turbio
denso y solo
astuto
como pasión
sin mí.
 
 
 
 
 
64
 
 
Entrelazada de lluvia
donde
una pequeña
luz rencorosa
ardía
en las llamas del Sur.
Entonces decían
que mi mano
propondría
el  mejor espejo de mí.
 
 
 
 
 
65
 
 
Una mano amplía
la dulzura
que hace insólita
la nada
que ensorbece los cabellos
entre mis manos
que se fueron
tras de ella
tras su perfume
que sintetizaba así.
 
 
 
 
66
 
 
Ese poeta
no estuvo
a la altura
de sí mismo
cuando no
cazó al vuelo
ese último crepúsculo
que caía
degollado
detrás de aquellas
casuarinas oscuras.
 
 
 
 
67
 
 
Eran atardeceres
mansos
con el sol besando
las vías del tren.
Eran delirios de otros
que no podían
con mi afán.
Era la cremallera roja
adelgazada
de un crepúsculo sin fin.
Era ese  detenerse
atento
cuando el carro
obstruyó las llamas
los pájaros
el cielo
y cuando hubo pasado
dejó en el llano
esa naranja inmensa
que perdía
de a poco
su color.
 
 
 
 
68
 
 
Una llamarada
se encendió
en los cielos
hasta el pasto
humilde
donde corrió un lagarto
y su temor.
Allí fuimos
arduos
temerarios
densamente
espléndidos como pequeños
héroes que no pueden fracasar.
 
 
 
 
 
69
 
 
Como aquel rencor
que no nos atrevemos
a tocar porque insiste
en la más remota noche pálida
con su esplendor
hundido como un odio
que da vueltas
e irrumpe
con su nueva realidad
como ese rencor
que nos lacera
el pecho
como ese estertor
que amasa
presupuestos
como un dolor que enamora
su deseo
hasta poder vivir
 
 
 
 
70
 
 
Me había
sentado
bajo estas casuarinas
tristes
del invierno.
Había decidido
simplemente
escribir
trabajar
toda la mañana
Pero algo acudió de pronto
a lo lejos:
una inmensa
bandada de bandurrias
cruzó en silencio el cielo
y yo me quedé absorto
ante tanta maravilla
 
 
 
 
 
71
 
 
Observando
ese puñado
de carbones
que mancharon
un instante el cielo bruñido
y herido y distante
Entonces
guardé
todos
estos papeles
inútiles
e intenté captar
toda esa belleza
fugitiva
 
 
 
 
 
72
 
 
¿Qué eran
esas manchas
minúsculas
que en sarpullido
errático
cruzaban el cielo?
¿A qué ordenes
respondían
qué imperativo
o qué sentencias
cumplían?
¿La orden
de un dios niño
travieso
indiferente?
¿O  fue mi ilusión
óptica
o mi  tensión puesto
en añil
en duda
en pesadumbre?
 
 
 
 
 
73
 
 
“La luna no va a a diamantes”
sino que horada
el cielo negro
–su combustión de estrellas-.
En ese deseo
al menos
resuelvo
noches
silencios
durmientes
que el riel pisa
cuando el tren
aplasta sombras
últimas profundo sueños
y algún insomnio pasajero.
“La luna no va a diamantes
sólo anadea
con pies de pato”.
 
 
 
 
 
74
 
 
¿Qué tuvo
aquel Otoño
que no tuvo ninguno?
¿El sol acaso
fue más débil
que otras veces
sobre la pared
de ladrillos
huecos?
¿o las hojas
fueron más ocres
o cayeron
con menos piedad
sobre el silencio
del pasto humedecido?
No sé. No sé.
No puedo decir
hoy por qué el Otoño
–aquel Otoño-
hoy es recordado por mí
como que fue distinto
o triste.
 
 
 
 
 
75
 
 
La duda
donde porfió
el censor
la suave
senectud
de antaño
donde ningún olvido
naufragó,
este silencio
que magisterio
austero
ejerce sobre uno
 
 
 
 
76
 
 
En la cocina
donde el sol
se filtra lento
es ya el atardecer.
En ese rincón
del cielo
donde nadie
comía.
Sólo entraban
tus ojos
como otro
devenir.
 
 
 
 
77
 
 
En el silencio
de la casa
en sombras
al estallar la luz
rompían
derrotas
suyas
que no puedo
narrar
 
 
 
 
78
 
 
Era tan leve
la luz
que seguía
mis pasos.
Era tan sólo
el dolor
que no hervía
de lava
cuando los marzos
caían
con las bruscas partidas
y las ganas
tan locas
de volver
a llorar.
 
 
 
 
 
79
 
 
Tan sólo
así
he vuelto
al devenir
de la lluvia.
Como si
fuera
ver un párpado
que da vueltas
en lo oscuro
en la noche.
 
 
 
 
80
 
 
Nada era
en ese entonces
más alto
que un sueño
ni más puros
los días
que sucedían
en la mitad
del Otoño.
O ese silencio
que nos sacó del sueño
y que ya olvidamos
y cuya estela
responde
a nuestra mera
nostalgia
o tal vez
a  la exigua
costumbre
que nos negamos
a dejar.
 
 
 
81
 
 
Deviene
esplendor
pero en Otoño
no.
En verano
verde en
invierno
ausencias.
En Otoño
una miel
dorada
viste las hojas
en un finísimo
sol
 
 
 
 
82
 
 
¿Cómo se llamaban
esas
clavelinas
que sembraba
mi madre?
Las había blancas
violetas
rosadas
y muy rojas.
¿Adónde fueron
a disecar
sus pétalos
suaves
sus hojitas
pecioladas
y en qué lugar
escondieron
ese perfume
que aspiró
mi infancia?
 
 
 
 
83
 
 
Y aquellas florcitas,
blanquecinas
que mi madre
llamaba
“boca de conejo”
Puedo jurar
que las tuve
entre mis dedos
breve de  entonces
y el nombre
le venía
como un guante
de medida.
No las he vuelto
a ver
ni a pensar en ellas
en todo este largo
adormecido tiempo
en que no supe de mí
como si hubiese
estado en un cono de sombras
y otro de llovizna
 
 
 
 
84
 
 
Cuando la tarde
cae
entre las llamas
bajas
de aquel crepúsculo
de cobre
una sola víbora
verde
se enrosca
en la luz violeta
y moribunda
del sol
 
 
 
85
 
 
Si no fuera
de ley la noche
quiero decir
una larga sombra
que se llenó
de brea
sino fuera
de alumbre
el sol
quien se atreviera
al desatino
en donde estamos
sin saber por qué
ni cómo
 
 
 
 
86
 
 
En esa calle
donde un fervor
se esconde
en la penumbra
en que lloró
mi pena
aquella lejana
tarde
en que extravié
mi último sueño.
Como el sol
que se desfleca –pus
y sangre-
contra aquellas
alambradas quietas.
 
 
 
 
87
 
 
Entre las flores
que con amor
cuidó mi madre
estaban esas talludas y altas,
que ella llamaba
“cresta de gallo”.
Un gallo que no cantaba
sólo perfumaba
los octubres
hasta que el verano
golpeaba
esos penachos
rojos
y caían muchas
semillitas ciegas
en el fervor maternal
de la tierra abierta.
 
 
 
 
88
 
 
Me había
sentado
bajo aquella
casuarina triste
y entonces vi
cómo henchía el aire
chato
azul
lejano
esa bandada
de bandurrias negras
en formación
marcial
que nos parece inútil
pero que algún
sentido tiene,
y que a mí
al menos
se me escapa siempre
 
 
 
 
89
 
 
Ese pájaro
que bajó
del fresno
sobrevoló
la gramilla
recién cortada
donde las hormigas
pacientes
hicieron
con dos meandros
que se juntan
un caminito
al hormiguero.
 
 
 
 
90
 
 
Decididamente
el cielo
se expresa igual
pese a esa erupción
de patos
que  hacia aquella
laguna
remonta en vuelo bajo.
Están seguros
que ese equilibrio
no habrá
de romperse
mientras el sol
pinte todo
con los colores
nuevos
de septiembre
 
 
 
 
91
 
 
Si todo
fuera fácil
el sol
el aire
los caminos
que cruzan
aquellos hurones
presurosos
no tendrían
–ni una vez-
algún sentido
estas preguntas
 
 
 
 
 
92
 
 
Pienso
desde aquí
en qué rama
de esos fresnos
plantados con mi padre
se posarían
las patitas leves
de ese pechirojo
que por una vez
no incendió
los campos.
 
 
 
 
93
 
 
Como la luna
que se trizó
en el espejo
sucio
del charco
así mi pena se rompe
contra la noche
íntima
solitaria
alejada
como si no fuera
de nadie.
 
 
 
 
 
94
 
 
El vuelo de esa calandria
por el cielo
no tiene la perfección
de tu cintura.
El vuelo de esa calandria
no supone
la ausencia
de mi mano
en la blancura
de tu espalda
que los años
volvieron más hermosa
como es hermoso
tu amor
que atraviesa
incólume
los tiempos.
 
 
 
 
 
 
LA MANO DEL ESCRITOR
 
 
-sobre Lluvia de marzo, de Jorge Isaías
 
 
 
*Por Graciela Cariello
 
 
Todos los que tenemos manos, y sabemos cómo hacerlo, las usamos, entre otras cosas, para la acción de escribir. Salvo que utilicemos otro método, otra herramienta, por necesidad o sofisticación, como la voz. Digamos, entonces, que lo más frecuente es emplear las manos cuando se trata de escribir.
Podemos apoyar los dedos individualmente sobre las letras de un teclado, real o virtual, y golpear, presionar o tocar, y ver cómo las mismas letras aparecen de modo misterioso en una pantalla o, menos misterioso, sobre un papel, en las antiguas máquinas mecánicas, si alguien aún las conserva y usa. Digo misterioso porque no , en general, cómo funcionan las máquinas y ese misterio tiene, sin duda, un significado para la escritura.
 
Pero no es lo mismo –no digo que sea mejor ni peor- que abrazar con una mano un lápiz o lapicera, posarla sobre un papel y. con un movimiento deslizante y complejo, ir dejando un rastro inmediato de palabras sobre él.
que Jorge es un escritor manual, un amanuense de sí mismo. que sus poemas, como los de muchos de nosotros, son escritos a mano sobre papel, y solo después transcriptos amorosamente por otras manos en la máquina. Podría hacer esto, y tal vez ahora lo haga, él mismo. Pero la primera escritura, supongo, sigue siendo a mano. Y aun si no fuera así, la mano que escribe sigue estando como rastro en sus poemas. En este libro, en particular. al releerlo para esta presentación, lo vi.
En otras lecturas anteriores había percibido sus preguntas y posibles respuestas sobre el sentido. De eso hablé en el prólogo que tuve el honor y el placer de escribir para el libro y que llamé “Aguas que abren”.  Hoy quiero hablar de esa figura, la mano del escritor. Y digo que es la mano que escribe a mano porque siempre (o casi siempre, lo veremos) es la mano en singular.
 
Empecemos por el poema 30. En él, la imagen es explícita. Se trata de “una manoque realiza acciones. Destaco la palabra una. Marca el número, es solo una de las manos, y también la indeterminación: es una mano cualquiera, de cualquier persona. Esto mismo señala la lista de acciones: hacer música, acariciar, mojarse, posarse sobre un cuerpo erótico, o estrechar otra mano en el saludo amistoso. Acciones vitales, simbólicas, afectivas, amatorias: esa mano es cualquier mano humana, de cualquier ser humano. Diríamos, tal vez, de cualquier ser humano sensible. Pero el final del poema retoma y resume esa lista de acciones en una donde deja de ser una mano cualquiera: es la mano que escribe este poema. La palabra este individualiza y al hacerlo, lee y rescribe todo lo anterior. Y entonces la mano enuncia poéticamente la unicidad del poema. Cada poema es único, y al escribirlo, el poeta resignifica todo lo que hace como ser humano. Pero la mano, el instrumento humano, es la misma. Solo el poema es único.
 
Recorramos ahora todos los otros poemas que nombran a esa mano.
En el 20, el sujeto del poema, el yo que anuncia en la expresión “mi mano” sitúa en ese lugar, la propia mano, el sonido y el silencio del amor.
En el 26, la mano es imagen parcial de la totalidad, por donde la madre pasa al hijo poeta el gesto metafórico de apretar granos de trigo por recoger el sol. Lo posible por lo imposible, la imposible presencia por la total ausencia: la raíz de toda poesía.
El poema 29 comienza con la imagen de “una noche en donde / ardía / una caricia”. Esa noche abriga a su vez la imagen de “la mano”, esta vez ya determinada, de la que caen las lluvias: “lluvias / caían/ de la mano”.  La lluvia que abre las preguntas cae no del cielo, sino de la mano. La que acaricia, la que escribe, la que indaga. La mano no recibe la lluvia que sucede afuera: la hace surgir en el poema. Y entonces, la mano se vuelve simbólica, en el poema 53, donde crípticamente alude al dolor de la razón herida.
En el 57 una mano es sostenida por la luz y sostiene, a su vez, el fervorque se nos fue para siempre”. Es nuevamente la mano humana del poeta, pero también de cualquiera (señalado por el pluralnos”) que busca la lucidez ante el desánimo del espíritu.
El poema 64 muestra a la mano, figura de la parte por el todo, lo que llamaríamos sinécdoque, como imagen del yo del poeta. El poeta es su mano: aquello que escribe en él. Pero no lo es para sí mismo, sino para los otros, los que “decían / que mi mano/ propondría / el mejor espejo de mí”. Son los otros, a los que dirige su poesía, quienes ven en su mano (en su escritura) el lugar del poeta. Un lugar, por otra parte, imaginario.
Y en el 65 una mano puede desbaratar la nada, crear, dar sentido. Ahora esa mano se contrapone como otra a ambas manos del poeta: “mis manos”. Es la única vez que se nombran en plural, porque son las “se fueron tras de ella” y permanece solo la mano única de la escritura, la que “sintetizaba así”. Y “así” quiere decir, en mi lectura, el modo poético.
Y por último, el último. En el poema 94, que cierra el libro, la mano es otra vez la que acaricia. Pero ya ha recibido y provocado la lluvia de marzo, ha preguntado, ha actuado y sobre todo, ha escrito. Ahora  esta “mi mano”, la del poeta, espera que se produzca el milagro de toda escritura, el milagro que se realiza en la lectura. Como la espalda amada, más hermosa con los años, como el amor de la mujer amada, el poema anuncia con la imagen su destino o su deseo de “atraves(ar) / incólume/ los tiempos”.
 
 
 
***
 
 
-Jorge Isaías Nació en 1946 en Los Quirquinchos, (Santa Fe). Desde 1964 reside en Rosario.
Publicó 30 libros entre poesía y prosa de los cuales destaca: Oficios de Abdul (dos ediciones); Crónica Gringa (cinco ediciones); Poemas de amor (tres ediciones); Áspero cielo; Donde supura el aire, El vuelo de la abeja. Y en prosa: El país de la infancia; La mano sobre el recuerdo; Como un caballo salido del mar; Futboleras, Las más rojas sandías del verano, Almacén Las Colonias y Las Calandrias de Juanele.
También seleccionó y editó: Antología de los mejores cuentos del Litoral; Papeles inéditos de José Pedroni y Palabras a mi padre y a su digna herramienta.
Sus textos fueron traducidos parcialmente al francés, inglés, italiano, alemán y coreano y circulan junto a sus prosas en los manuales de EGB y Polimodal. Sus trabajos han sido incluídos en varias antologías nacionales y extranjeras.
Desde 1990 colabora en la sección Contratapa del diario Rosario/12 y en numerosas publicaciones del país.
 
En 1993, la Fundación Astengo de Rosario premió su trayectoria en el género poesía; en 1998, el Ministerio de Educación y Cultura de la Provincia de Santa Fe por Resolución 845, declaró su libro La persistencia del canto de Interés Educativo; en 1999, la H. Cámara de Diputados de la Nación, declara su obra en prosa y verso de Interés Cultural Nacional; en 2004, la Cámara de Diputados de la Prov. De Santa Fe le otorga el premio Escritor Distinguido; en 2005, el Ministerio de Educación y Tecnología de la Nación incluye textos de su autoría en su Programa Leer por Leer.
 
Entre los años 1971/1974 co-dirigió la revista de poesía La Cachimba; luego dirigió la editorial del mismo nombre hasta 1995. En 1983 fue responsable de la colección Los nuestros de Ediciones El Peregrino y en 1990 fundó la Cooperativa Editorial Gauderio y tuvo a su cargo la dirección de la misma.
 
 
-Lluvia de marzo. Fue editado por Editorial Ciudad Gótica, Colección ICONO N° 4. marzo, 2012.
 
 
 
 
 
 
 
 
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